LA CABRERA

Santiago García
María Teresa Mayoral
Escritores


la cabrera es una comarca, aunque se la distingue en dos zonas, la Baja y la Alta, por su situación, pues por lo demás siendo toda La Cabrera tierra alta, por encima incluso de los 2.000 metros, la llamada Cabrera Baja es, por añadidura, la más abrupta. Y también la más caracterizada, con una muy acusada personalidad no sólo geográfica sino cultural.

Esta comarca leonesa ocupa el confín suroccidental de la provincia. Se halla separada de la Sanabria zamorana al sur por las sierras de Cabrera y de Peña Negra. Al norte tiene el cerco de los Montes Aquilianos. Al oeste, las estribaciones de Peña Trevinca y el territorio gallego de Valdeorras, Y al este, sin que medien accidentes divisorios, la salida natural hacia la provincia a través de la región de la Valdería.
 

ES tierra a dos aguas, las del Duero y el Miño, divididas por la alineación intermedia que va desde el Morredero a La Tiembla. El río Cabrera, tributario del Sil (cuenca del Miño), que da nombre al conjunto de la comarca, discurre por la montañosa Cabrera Baja; nace de las aguas de Peña Trevinca filtra al lago de La Baña (el otro lago de la región es el de Truchillas) y se dirige hacia el Sil tras su amplia y característica vuelta que se inicia en Nogar. Existen en esta parte de su recorrido terrenos de vega -diminutas vegas-, «pero, desde que el río cambia de dirección y se deja sentir la influencia de los Montes Aquilianos, el paisaje se altera totalmente», según describe Medina Bravo. El valle presenta acentuada forma en V; sus orillas son terriblemente escarpadas, por este motivo sus pueblos se han visto obligados a remontarse a las alturas.

Los Montes Aquilianos constituyen la divisoria de las aguas del río Cabrera y los arroyos que fluyen en busca del Eria, el río de la Cabrera Alta, que tributa a la cuenca del Duero. Ribera del Eria arriba desde Castrocontrigo, se alcanzan vegas abiertas y yuxtapuestas por el río, como la de Castrocontrigo y Morla y la de Truchas -centro de la Cabrera Alta- y Quintanilla de Yuso. Pero también aquí los caminos trepan zigzagueantes y llenos de dificultades, entre murallones de roca y vértigos de barrancos.

El paisaje, en fin, es aquí el protagonista. Y miradores estratégicos son los puertos de Carbajal y Corporales, de este paisaje imperioso que tiene fama de inaccesible. Lo advierte incluso un dicho popular: «Castrillo, Noceda, Saceda y Marrubio: Cuatro lugares donde Cristo no anduvo». Por otra parte, de su fatalidad de región abandonada da cuenta que haya sido llamada «Las Hurdes leonesas»; y como señala Ramón Carnicer, «esta denominación la utilizan los propios cabreirenses». Una historia marcada por las dificultades de la lucha diaria para rascar -literalmente- la supervivencia a una tierra escasa, bajo un cielo inclemente, ha arraigado, sin embargo, en las gentes de la comarca, un especial sentido de la igualdad. Cabreirense ilustre, y una de las historiadoras de la comarca, Concha Casado Lobato lo describe: "No existe una diferencia apreciable en la actividad desempeñada por hombres y mujeres. Tanto unos como otras, llegado el momento, salen al campo para realizar las labores propias de la estación, acarrean hierba o leña, o hacen su velía en la vecera. El trabajo de la mujer se aprecia en su total valor y no difiere nada del de los hombres".

La pizarra es el material que, como un manto, reviste toda La Cabrera. Las pizarras «forman la totalidad de los montes y sierras con lajas de espesor variable que dan híspidas y oscuras tintas a las zonas más peladas, así como a las casas construidas con estos materiales» (R. Carnicer). No obstante, el posible viajero no debe arredrarse por esta imagen de desnudez. Hay otros paisajes en La Cabrera, frondosos y risueños, de aguas cristalinas y espesuras verdes de alisos, nogales, castaños y cerezos en las riberas, o de brezos y robles más arriba. Estos parajes, y aun los de la desolación bien merecen el recorrido de esta región, la tierra de los «descendientes de aquellos cabreirenses sobrios, duros y bravos, que cubiertos con una gorra de piel de cabra, eran la fuerza de choque de los famosos Caballeros Templarios, según nos cuenta don Enrique Gil y Carrasco en su deliciosa novela El Señor de Bembibre» (J. Pariente).

Si el viajero es de los que utilizan las ruedas motorizadas sólo para llegar, vivirá una experiencia apeándose para adentrarse a pie siguiendo el rastro de alguno de los canales construidos por los romanos -desde el Valle Airoso, desde el Valle de Rodazal, entre otros- para llevar agua hasta Las Médulas.

La Baña es la población más elevada de la región, en la Cabrera Baja. Truchas polariza la Cabrera Alta. Estos y otros pueblos como Corporales, Silván, Pombriego, Encinedo, Castrillo, Saceda, Llamas, Odollo..., debido en buena parte a las explotaciones de pizarra no son hoy tan miserables como fueron, sin que por ello pueda decirse exactamente lo contrario. En cambio, lo que sí es seguro es que algunos nunca recuperarán ni el pálpito de otras épocas. Como Santalavilla, del que el nombre ya dice mucho: «Tres vecinos -escribe David G. López-, si es que alguno más no ha abandonado, dan testimonio de la que antiguamente fuera villa con dos monasterios, hoy desaparecidos, y lugar santo de juicios medievales».

 

 

Valle del río Truchillas

Superficie: 30 km2. Localización: Truchas.

En la cabecera de su valle el río Truchillas es un arroyo que desciende las aguas de la umbría de Peña Negra (2.122 m) hasta incrementar el curso del Eria, con el que confluye en Truchas. Valle de modelado glaciar en un entorno de montaña alta y media, que constituye un área de interés geomorfológico y ecológico; y de interés cultural en su parte baja, debido al hábitat tradicional, asentado en los "chanos", con una singular arquitectura popular común a toda la comarca. En su parte alta se encuentra el lago Truchillas, de aguas cristalinas, en un paraje de soledad y silencio. Rodales de abedul, y en histórica y consumada regresión, de roble, del que hoy el testimonio más importante es el rebollo. La vegetación arbustiva está dominada por urcinas, brezos, arándanos y piornos, en intransitable tapiz que cobija, en los barrancos, al corzo y al jabalí, y da reposo al errático lobo. El águila real, se avista ocasionalmente, desviada en cacería. Más representativa, una avifauna menor: alondra, bisbita, perdiz pardilla y pechiazul, entre otras especies. Reforestación de pinos silvestres. En las angostas vegas se cultivan escasos y frágiles espacios agrarios.

 

Lago de La Baña. Alto Cabrera

Superficie: 8.250 Ha. Localización: Encinedo.

El espacio de interés por su geomorfología y sus valores ecológicos, está configurado por un anfiteatro de abruptas montañas dominadas por las moles de Peña Trevinca (2.123 m) y el Picón (2.076 m), con el recóndito y solitario lago de La Baña en el fondo, vestigio glaciar que se nutre de las aguas despeñadas desde los neveros de Peña Surria y es, a su vez, fuente de la que fluye el río Cabrera. En las umbrías, vegetación arbórea, pero escasa, de roble, abedul, tejo y acebo. Más abundante, el melojar, habitado por el gato montés; y un extenso manto arbustivo de changuazos, urcillas, brezos y carqueixas. Este monte bajo, rastrero, es el territorio del corzo y el jabalí. Sobre el río, la nutria; y en el río, la trucha común. Además de las aves comunes del matorral de brezos, y de las que anidan en lo alto del roquedo, merecen especial reseña las rapaces: el halcón y el cernícalo, la soberana y exclusiva águila real y el impresionante noctívago, el búho real.

 

La casa de La Cabrera

Las casas cabreirenses están construidas de pizarra, el material predominante de la región y que «tiene un papel importante hasta en el mismo tono opaco de estos pueblos». La orientación varía según el aprovechamiento del terreno, pero suele ser al mediodía, con la puerta abierta al lado opuesto de los vientos y ventanas escasas y de dimensiones reducidas. «No puede decirse que existan aquí viviendas diferenciadas de pastores, cazadores, herreros, labradores, etc., siendo así que el único género de vida al que todos los habitantes se entregan igualmente es el del cuidado del ganado y del campo».

Según el patrimonio familiar, existen diferentes tipos de viviendas. La más primitiva es la de una planta única, baja de techo, cuadrangular y cubierta de paja. El hogar es la única habitación, donde se desarrolla la vida doméstica; y separada del hogar por un tabique con puerta, la corte o cuadra, que tiene otra puerta al exterior.

El modelo de vivienda tradicional más extendido es el de dos plantas con escalera exterior. La planta baja se destinaba para cuadras del ganado y para guardar los aperos de labranza. A la parte superior de la vivienda conduce una escalera exterior, pegada a la fachada, construida con grandes piedras y pizarras, que remata en un corredor desde el que por la única puerta existente se entra a la cocina, que ocupa toda la planta. En este caso, el hogar suele encontrarse un poco ladeado con relación a la puerta de entrada, y las camas se hallan en las partes más resguardadas de la estancia. Puede existir una parte separada por un trenzado de cañizo que divide la cocina y la zona de dormitorio o almacén o despensa.

El tercer tipo de vivienda, reservado a la gente con mayores recursos, es una variante del anterior: vivienda de dos plantas con escalera exterior, pero dentro de un corral. Por lo común presenta dos paredes en L al exterior. Una gran puerta da paso a una especie de zaguán donde se guarda el carro, y, al fondo, una escalera comunica con el piso superior, que tiene un corredor con varias puertas de acceso a la cocina y a las otras habitaciones, una de ellas encima del zaguán. En la planta baja se halla la cuadra y una habitación que hace las veces de granero y despensa. Algunas de estas casas presentan la peculiaridad de un corredor saliente a lo largo de la fachada principal, como un balcón o mirador.

Concha Casado Lobato

 

Quintanilla de Losada. F. Díez
Ambasaguas agrupa sus casas aprovechando la hendidura que forma el interfluvio. M. Sánchez / P. Lozano
Baillo, en la cabecera del valle del Eria. Corredor cerrado. Archivo SG
Corporales. Típica escalera, construida con grandes piedras y pizarras. Imagen M.A.S.
La Cuesta. Las viviendas más comunes, de la Cabrera, de dos plantas y con escalera al exterior. Archivo SG
Caserío tradicional cabreirense en Nogar. Todo un modelo de adaptación al medio. E. Díez
La Baña, en la Cabrera Baja. Las explotaciones de pizarra han sido un alivio económico para la Cabrera. Y han transformado los pueblos. F. Díez
Manzaneda, en la Cabrera Alta, la que desciende tendidamente al paso del Eria, tiene dos barrios; uno para habitar, con casas de contos y pizarra, con corredores, portales y cobertizos, y otro para los pajares, en un entorno de eras y sembrados. Imagen M.A.S.
Lago de la Baña, la solitaria fuente del río Cabrera. El paisaje es grave y lírico a la vez, y el silencio, total... (R. Carnicer). Imagen M.A.S.
El río Truchillas en invierno, ya próximo a su confluencia con el Eria. Imagen M.A.S.
El remoto lago Truchillas, un paraje de soledad y silencio. W. Álvarez Oblanca
El territorio de Cabrera desde el Alto de Carbajal (1.346 m). M. Sánchez / P. Lozano
Paisaje de Saceda, a la del río Cabrera para seguir su curso hacia el Sil. M. Sánchez / P. Lozano
El lobo, objeto de recelos históricos y trofeo de batidas sin fin. Siempre temido y, quizás, admirado. M. Sánchez / P. Lozano
En Cabrera los lugares para habitar y cultivar son las pequeñas mestas en el encuentro de los ríos y arroyos. Paisaje de Robledo de Losada. M. Sánchez / P. Lozano