EL CHAPUZADOR
 

En la pesca a mano se pueden hacer dos apartados: el pescador del que hemos hablado y el chapuzador o buceador.

Los dos emplean las manos como instrumento para atrapar las truchas, pero las tácticas son distintas.

Al primero, se le denomina pescador de mano. Va de piedra en piedra, sin prisa, mojando las manos y los pies, alguna vez la cabeza, y casi nunca la barriga.

En los pequeños ríos de montaña, mojar la barriga significa abandonar el río pues uno se enfría rápidamente. Ocurría alguna vez que el pescador resbalaba y caía tan largo como era. En este caso no tenía más alternativa que salir al sol a secarse o abandonar la pesca.

EL CHAPUZADOR

Así se denominaba en la zona de Luna al pescador de mano que se metía debajo del agua para sacar las truchas.

Se chapuzaban los ríos «grandes» como el Luna, Esla, Órbigo, Omaña, Bernesga, Torro, Porma, Sil ... y algunos de sus afluentes. Por sor de largo recorrido y valles más abiertos, el agua se calienta en los meses estivales y permite esta especialidad de pesca.

El chapurador tiene que tener buenos pulmones, resistir de bajo del agua por lo menos medio minuto y mucha habilidad para atrapar las truchas, pues el tiempo apremia. No puede perder el poco tiempo de que dispone en rebuscar, dar pronto con la trucha y fuera.

Puede zambullirse varias veces consecutivas, hasta comprobar que no queda ninguna, bien porque las haya atrapado o porque se marchan.

Para este menester hay que conocer muy bien el río, los lugares que ofrecen garantías de encontrar truchas, como pueden ser barrancos, raizones y, sobre todo piedras grandes o peñascos.

Hay un peligro. Introducir la mano entre dos piedras o raíces y no poder sacarla. Más de un caso se dio de perder la vida en este lance. Y éste es uno.

Apolinar vivía en el pueblo de Olleros de Sabero. El jornal de la mina no era suficiente para sacar adelante a su numerosa prole de nueve hijos.

Especialista en el chapuzo, aprovechaba los meses de julio y agosto para arrancar al río un segundo jornal.

A tiro de piedra estaba el famoso río Esla con su riquísima trucha. Apolinar a sus cincuenta años lo conocía muy bien y bien catalogados tenía todos los pozos.

No obstante, un 25 de julio del año 1948 el pozo de los Bueyes, que tantas veces había trasteado, le jugó una mala partida. Había realizado varias inmersiones, pero en una de ellas, para Apolinar la última, tardaba en salir. Su hijo mayor que siempre le acompañaba se lanza al agua para auxiliar a su padre. Había quedado aprisionado por una mano entre dos rocas. Cuando logró sacarlo, era cadáver.

 Conocí alguno que aguantaba en el río, una y hasta dos horas, chapuzando.

Los meses de más calor, julio y agosto, son los preferidos. La época mejor suele ser de quince de julio a quince de agosto.

Como se dice por estas tierras, de Virgen a Virgen. La mejor hora, a partir de las dos de la tarde, hora solar, cuando el agua está más caliente.

De antemano se determinaban bien los lugares elegidos: «Hoy miraremos el pozo de la Matilla, mañana la tablada de los Fresnos...».

En el término de Barrios de Luna había dos pozos fuera de serie: El pozo del Negrón y el del Castillo. Muy pocos chapuzadores se atrevieron a bajar a ellos.

Los dos, uno por el pantano y el otro por la autopista León Campomanes, han desaparecido. Increíble las truchas que tenían. Los pescadores solían decir: «Aquí hay toneladas». Piadosa exageración, pero no tan lejos de la realidad.

En el río Omaña era bueno el pozo del Piélago, en el término de Paladín. Y en el río Torío gozaba de fama, los Pontones de Cármenes. Para muchos amantes de la pesca, los Pontones es el más bonito y elegante de todos los pozos de la provincia.

En el río Curueño, el pozo Ciego, en Tolibia de Abajo y en Valdeteja, el pozo el Canalón, que hace unos años dio una trucha que pesó 12,50 kg.

En el río Porma, el pozo de la Herrería, cerca de Remellán. Entre las buenas piezas que ha proporcionado, una llegó a los.8 kg.

En el río Sil, el pozo el Canalón, término de Rioscuro. Y en los términos de Piedrafita y Vega de los Viejos, los pozos de: La Salladera, el Bonito y la Granada.

En el río Esla, padre de nuestros ríos, los Peñones de Villahibiera, el Cuebro en Riaño, los Infanzones en Bachende y uno, muy original por su forma, el pozo Conja, en las Salas.

Según don Jesús Pariente, el mejor pozo de la provincia es el de Valdoré. No se sabe la profundidad que tiene y ningún chapuzador ha llegado abajo. Ha dado truchas de 11,50 kg. Convendría una buena exploración por submarinistas para descubrirnos todos sus secretos.

Y sigue don Jesús. La trucha está diezmada en todos nuestros ríos y en cambio proliferan los barbos, piscardos, bogas, escallos, lucios...

El río más truchero fue el Esla, pero hoy día está muy contaminado. Las aguas del Porma y del Órbigo han sido reguladas por un pantano, desde entonces tienen más trucha que el Esla.

Para el señor Pariente, el mejor hoy día, es el Porma. El Órbigo ha empezado a contaminarse debido a los pueblos importantes que cruza: Benavides, Carrizo, Hospital...

El Omaña tiene unas condiciones trucheras excepcionales por la cantidad y la calidad. Su afluente, el río del Valle Gordo, es en su categoría, de lo bueno, lo mejor.

La contaminación a quien más ataca, es a la trucha grande. Hasta aquí don Jesús Pariente, un médico dentista muy conocido en León y provincia. Tiene publicados varios trabajos sobre la trucha.

Lo normal del chapuzador, es sacar una trucha cada vez que se sumerge. Para sacar dos, una en la boca y la otra en una mano, hay que dominar bien el oficio y depende mucho de cómo esté la cueva.

Contadísimas veces se da que un chapuzador salga con una pieza en la boca y otra en cada mano. Tiene que ser un superclase en habilidad y resistencia. Y por lo menos, una tendrá que sacarla muerta.

El éxito de la operación depende en buena parte, del conocimiento de la cueva. Estos lugares suelen cambiar poco de un año para otro. Si esto ocurre o es la primera vez que el chapuzador se acerca a ella, será cuestión de estudiarla para asegurar el éxito en lo sucesivo.

Estos lugares elegidos por el chapuzados son los mejores del río, los preferidos por las truchas. De forma que si hoy se sacan, al cabo de ocho días otros nuevos inquilinos han ocupado el lugar. Lugares un tanto misteriosos a los que las truchas tienen una querencia espacialísima.

Si el chapuzador, pasados unos días, repite suerte, con toda seguridad encontrará truchas. Y eso solían hacer.

A mayor profundidad la trucha es mayor y aguanta más. Se siente segura. Nunca ha sido molestada y bien sabe que por aquellos contornos no encontrará otro lugar que le ofrezca más garantías de seguridad. Si el chapuzador no consigue amarrarla, con toda seguridad al día siguiente la volverá a encontrar en el mismo lugar. El chapuzador lo sabe muy bien y no cejará un día y otro día hasta hacerse con ella.

De ordinario el chapuzador era pescador de tiradera.

Si el lugar reúne condiciones para ello, sobre todo piedras, las cubre completamente con la tiradera y se mete debajo. La trucha que no consigue coger, al echarse fuera de la piedra queda atrapada en las mallas de la misma.

Concretamente en este caso, la pericia del chapuzador consiste en obligar a las truchas a echarse fuera. En ocasiones el conseguirlo no es tan fácil como a simple vista parece. La trucha se da cuenta de la trampa que le han tendido y va de un lado para otro, hasta que el pescador se cansa, levanta los trastos y dice: «Otro día te espero, ¡ya caerás!»

O también acostumbra, una vez cubierta la piedra por la tiradera, a picar con un palo, para que al echarse fuera la trucha, quede apresada en la red.

La especialidad de chapuzador es muy bonita, no muy costosa y rentable. Como en todos los deportes hay chapuzadores de primera, de segunda y de tercera.

El buen chapuzador conocedor del río y de los lugares que ofrecen garantías de llenar la cesta, programa una serie de inmersiones a lo largo del verano. Va a tiro fijo y no suele fallar. Con toda seguridad ese día cae un buen jornal.

En estas profundidades no se encuentran ni sapos ni culebras, pero impone el introducirse en una cueva que se adentra dos o tres metros.

Hoy día, con gafas, oxígeno, fusil subacuático y una luz en el casco, sería muy fácil, pero antaño a pecho descubierto...

 

Río Esla. Precioso rincón para chapuzar y para mano.
El chapuzador en busca de la cueva.
Río Torío. Los Pontones de Cátmenes.
Río Sil. Puente de las Palomas.
El deshielo rápido, la mejor depuradora de nuestros ríos.