|
EL MINUTO DE GLORIA
Estrellas en el desván

Es una de las frases que se ha convertido en el lema de esta galería de personajes. La pronunció Napoleón el de Mataluenga cuando recordaba aquel programa de televisión que le eligió para protagonizar uno de sus capítulos: «Nunca malicié que iba a ser el principal».
Y fue el principal aquel camionero en el recordado 'Vivir cada día'.
Y lo fueron otros muchos. Aquellos niños sabios de 'Cesta y puntos' que tuvieron
a todo León en los años 60 pegados a la pantalla para verlos quedar campeones y salir a la calle para recibirlos como héroes.
Y lo fue el molinero Flavio de la Puente en otro espacio de la tele en blanco y negro buscando ser 'El hombre más fuerte de España'. Y lo fueron las niñas de la Operación Plus Ultra en la radio. Y las familias que ganaron los Premios Nacionales de Natalidad que traían debajo del brazo el pan de aquellas llamadas 'Casas de Franco'.
Y lo fue tristemente aquella mujer de Santa María del Páramo, Rosa Pérez, artista de circo y cine, que protagonizó un 'Documentos TV por aparecer muerta en el metro y nadie reclamaba su cadáver.
Los chicos de 'Cesta y puntos'

En que país se encuentra la ciudad de Turfeu? Esa fue la última pregunta que lanzaron contra el equipo leonés formado por alumnos del colegio Maristas San José en el concurso Cesta y Puntos de 1967. La formuló Daniel Vindel, que era el presentador de aquel famosísimo programa televisivo, y, al escucharla, los dos delanteros leoneses se miraron. Eran Ricardo Hueso y Luis Alberto Martínez. Titubearon primero y dieron después una respuesta incorrecta. Los
árbitros pitaron falta personal. Hueso y Martínez , con su
chándal azul, se hablaron al oído y no aparentaban excesivo nerviosismo.
- En Finlandia.
El cronista del Proa escribió que esa nueva respuesta, desde la grada del campo de baloncesto del Real Madrid (donde se celebraba la final del concurso porque el Estudio 1 de TVE se quedó pequeño), «fue recibida con indescriptibles muestras de entusiasmo, y al escribir indescriptible no estoy pensando en el tópico sino en su verdadero significado».



A partir de entonces comenzaron una serie de celebraciones que seguro recordarán los miles de leoneses que les recibieron en las calles. Se pasearon por León en coches descapotables, aplaudidos por una multitud que les adoraba porque, probablemente, eran las personas más cercanas que habían visto salir por televisión. «Ni a Franco le recibimos así», decía un hermano marista. Y tenía razón.
El caso de los niños del Cesta y Puntos es aún recordado en León por ser una de esas ocasiones, que tampoco son demasiadas, en las que la ciudad alcanzó la gloria. De los nuevos ídolos leoneses, el que más famoso se hizo fue Ricardo Hueso. Sus padres decían que era tímido, pero, cada vez que hablaba, todos su compañeros callaban. Era el capitán del equipo. Había nacido en Madrid y era hijo del delegado de Hacienda en León. En las entrevistas que le hicieron tras su victoria, afirmaba que de mayor le gustaría ser arquitecto y, con el paso del tiempo, lo consiguió. Una vez que había conseguido unas excelentes notas, su padre le dijo que le pidiera lo que quisiera, y el rogó que le dejara quedarse en casa los domingos, a jugar solo.
Luís Roberto Martínez era el otro delantero del equipo leonés. Era el menor de todos, pues tenía tan sólo 15 años cuando se celebró el concurso. Estaba interno en los Maristas porque su padre era veterinario en un pueblo de Orense.

Fernando Nicolás Cañibano y Santos de la Torre Alonso formaban la defensa marista. El primero de ellos tenía como especialidades la Física y las Matemáticas. El segundo, hijo de un conocido joyero de León, se dedicaba sobre todo a las Ciencias Naturales y a la Historia. Actuaron como reservas, que también los había en el concurso, José María Usaz,
Luís Roberto Rodríguez, Salvador Monroy, Juan José Callado y Santiago Fernández. Los hermanos maristas Jesús Llamas Llamazares y
Luís Ampudia Caballero fueron los preparadores del equipo durante meses. Calculan que, durante los entrenamientos, llegaron a formular cerca de 100.000 preguntas a los chavales.

En León, por aquel entonces, casi nadie sabía las reglas del baloncesto, pues no eran demasiados los equipos que practicaban este deporte en la provincia, pero todo el mundo sabía cuál era el funcionamiento de Cesta y Puntos. Era el programa que mantenía a la gente en casa los sábados por la tarde, en aquel tiempo en el que las televisiones era aún objetos de lujo que no todo el mundo se podía permitir. Quizá por eso, para distinguir los diferentes puestos que había dentro de un mismo equipo, se empleaban terminologías más bien cercanas al que era y sigue siendo, aunque ya se conozca algo de los demás, el deporte rey de este país: el fútbol.

Hasta la avenida Álvaro López Núñez, donde
se encuentra el colegio Maristas San José, llegaron telegramas de todo el mundo, de leoneses repartidos por los rincones más insospechados (muchos de ellos religiosos) que se sumaban a la alegría de todo León.
Un premio en metálico para el colegio y un viaje por toda Europa para los chavales fue el premio que recibieron por la victoria. Eso y también el cariño de todos los leoneses que, a partir de entonces, les admiraron y siguieron sus pasos. Pasaron a ser, para todo el mundo, «los de Cesta y Puntos».
Por supuesto, una vez que terminaron las celebraciones, cosa que tardó bastante, tenía que seguir la vida. Los ecos duraron hasta muchos meses después de aquel mes de junio de 1967. Aquellos ganadores y los que dos años después se proclamaron subcampeones (y que probablemente se merecerían la victoria tanto como los primeros, pero, ya se sabe, la historia no entiende de méritos sino sólo de resultados) se convirtieron con el paso del tiempo en cuatro ingenieros, tres abogados, dos médicos, un catedrático y un licenciado en Exactas. Dos de ellos, Martínez y Ameijide, llegaron a cursar dos carreras. Fueron la gloria de una ciudad que, con su participación en 'Cesta y Puntos', aprendió a vivir pegada al televisor.


De saberes y deporte
Daniel Vindel presentaba 'Cesta u puntos', el popular concurso televisivo que empleaba las reglas del baloncesto para promover el interés por los estudios entre los alumnos de bachillerato de toda
España.
Cada equipo tenía dos delanteros, dos defensas y un pivot. Les lanzaban preguntas y, si fallaban, se les pitaba personal. Se enfrentaban dos equipos entre sí y ganaba aquel que consiguiera más puntos.
El mejor reclamo para León
A buen seguro que en los tiempos que corren la imagen de los chicos de 'Cesto y Punto' so hubiera
explotado de uno manera muy distinta. Cantidad de medios de
comunicación nacionales se desplazaron a León para hacer reportajes
de los nuevos héroes. «La familia es la pieza clave de los ganadores de 'Cesta y Puntos', tituló un periódico local».
Les llegaron felicitaciones de todo el mundo, «desde Chile hasta Helsinki pasando por Mieres», que dijo otro cronista. Resulta curioso un anuncio publicado en prensa y que decía: «Caramelos Santos, el creador del leonés
'Ronchito' felicito a los triunfadores de 'Cesta y Puntos', así como a sus familiares y profesores, agradeciéndoles emocionadamente el prestigio cultural que han dado o León. ¡Juventud estudiosa!»
Los Subcampeones
Dos años después de lo victoria alcanzada por si equipo marista
en 'Casta y Puntos', en 1969, otro conjunto de este colegio alcanzó la final del concurso televisivo. Fueron Jesús Vega, Manuel Ballesteros, José María Rmeijide, Gabriel Molina y César Lanza, que perdieron en la final contra un equipo de Valladolid y que también mantuvieron a muchos leoneses frente al televisor en las tardes de los sábados.
Flavio, el molinero que rompió la guía de Madrid

«Yo
fui a la buena de Dios. Después tenía que competir a deportes que ni
sabía que existían, como la halterofilia esa». Así explica Flavio de
la Puente su paso por uno de los programas más recordados de la
vieja televisión española en blanco y negro: un concurso titulado
'El hombre más fuerte de España', que presentaba una de las
estrellas del momento, el inquieto Alfredo Amestoy. Y a pesar de
ello este joven molinero del Valle de Mansilla se metió en la final,
con el vasco Manuel Aguirre y el navarro José Luís Palacio, y
ganándose el aprecio de la numerosa audiencia con aquella cara de
niño bueno que tenía el mansillés y unas demostraciones de potencia
impropias de un cuerpo 'tan sencillo'.
Flavio de la Puente tenía la profesión
que siempre se ha dicho que ha dado los más destacados practicantes
de lucha leonesa. Y Flavio era un gran campeón de los viejos aluches,
ganador de corros en todas las categorías, y un hombre de tanta
calidad que muchas veces le 'ordenaban' competir en la categoría de
pesados aunque por su peso podía inscribirse en la de medios. Con
solamente 18 años ya se había proclamado Campeón Provincial en un
recordado corro celebrado en Cistierna.
Alfredo Amestoy
Flavio vio en la tele el programa de
Alfredo Amestoy, lo que hacían otros concursantes, y ni corto ni
perezoso se lanzó también él a la aventura. No le fue mal, ni mucho
menos, pues se metió en la final pese al contratiempo evidente que
le suponía no conocer muchos de los deportes a los que competía y no
tener la técnica específica para ellos. «Cuando me dijeron lo de la
halterofilia no sabía ni de lo que me estaban hablando. Claro que
tampoco sabía cómo colocarme y todo eso, yo miraba para los
otros...».
Pero cuando venían las pruebas 'puras',
aquellas en las que todos estaban en igualdad de condiciones, a
Flavio se le abría el cielo. Todavía son muchos los que recuerdan
con la facilidad que el molinero cogía la guía de teléfonos de
Madrid y la partía en dos mitades «sin inmutarse».
El que debía haber sido 'el hombre más
fuerte de España' ganó una medalla... y la construcción de un silo.
El leonés que trabajó con Sofía Loren

En este fascículo repasamos las vivencias de aquellos leoneses que tuvieron su famoso minuto de gloria. A buen seguro que la mayoría de ellos se lo cambiaban a Miguel López Robles, de Villaverde de Arriba, un tipo con apariencia de apacible, tímido y hasta introvertido y que, sin embargo, tuvo una vida casi de película. Siendo sus minutos de gloria junto a verdaderos mitos como Sofía Loren, que ya es mucho decir, o la entonces también bellísima Sara Montiel, antes de lanzarse a la locura de los programas rosa.
Miguel López fue a trabajar a Torrelaguna, una localidad madrileña elegida por muchas productoras para rodar películas. Allí estaba Sofía Loren protagonizando 'Orgullo y pasión' cuando él llegó y fue elegido como extra. Le cogió
gusto al trabajo y se convirtió en casi una obsesión seguir participando en rodajes. Y lo hizo en 'Carmen la de Ronda', 'Noche del Alba' y otras muchas, con Sofía Loren, Francisco Rabal o Joselito, 'El pequeño ruiseñor'.
Pasó de todo. En unas escenas subidas de tono las mujeres del pueblo 'sobre actuaban y se mostraban poco naturales' por lo que contrataron prostitutas con las que los hombres «se entendían mucho mejor y se montó una gran trifulca». Pero el suceso más grave fue la explosión durante un rodaje de un obús que permanecía enterrado desde la Guerra Civil y mató a dos compañeros y le llevó una pierna a un tercero, precisamente hermano de Miguel.
A su regreso a León fue conductor de quitanieves durante muchos años.
Cadáver anónimo
Si Miguel López fue la cara del minuto de gloria, la cruz la podía llevar Rosa Pérez Lema, de Santa María del Páramo,
que también protagonizó un episodio de 'Documentos TV' por haber aparecido muerta en el metro de Callao en Madrid, rodeada de vagabundos.
Era hija de artistas, Los Henry, propietarios de un circo, y ella soñaba con ser artista. También
fue extra en varias películas, amigo de Los Tonetti y Paco Rabal, pero
fue cayendo en la marginalidad y al morir nadie reclamaba su cadáver ni la identificaba.
Rosa María Martínez y la Operación Plus Ultra

En la Ciudad Residencial Infantil de San Cayetano, en el otoño de 1975, los niños esperaban a su compañera Rosa María Martínez temblando. Dos eran los motivos que provocaban su nerviosismo: volver a encontrarse con su compañera, ahora convertida en famosa, y abrir los regalos que a buen seguro traería después de su viaje por todo el mundo.
Efectivamente, la joven Rosa María llegó cargada de regalos y, en primer lugar, se dirigió a Mª Paz, que era la niña con síndrome de Down que ella cuidaba cada día, labor que le había permitido ser seleccionada en la famosa Operación Plus Ultra.
El régimen de Franco, con el dictador entubado en un hospital como más claro ejemplo, agonizaba por entonces, y desde la radio, un programa de la Cadena Ser servía la ilusión a los oyentes (al tiempo que los distraía). Se trataba de conseguir jóvenes de toda España cuyas vidas fueran ejemplares por un motivo u otro, pero preferentemente por causa solidaria.
La leonesa Rosa María Martínez respondía con perfección al papel. Fue seleccionada y empezó a aparecer en todos los medios de comunicación, entre otras cosas realizando un viaje por todo el mundo en compañía de los otros niños que fueron seleccionados en este concurso. Viajó por todo el mundo, desde Italia, donde fueron recibidos por el Papa, hasta Yugoslavia, pasando por Colombia y, a su regreso, una gira por toda España. En todo ese recorrido, como es lógico, fue recibida por las autoridades de todos los lugares que visitó.
Pero sin duda fue su recibimiento en León el que muchos recordarán. No contó con las multitudes de los chicos de 'Cesta y Puntos', pero se organizó un festival musical en San Cayetano al que acudieron muchos niños leoneses, pues se llegaron a poner autobuses desde el centro de la ciudad.
El de Rosa María Martínez era el cuento de hadas por el que todos los niños la envidiaban, sin embargo, la niña fue creciendo y recuerda con cariño aquel hecho pero su espíritu sigue siendo el mismo e insiste en que «no hice nada extraordinario, sólo lo que cualquier niña hace por una amiga».
Los que ganaron 'Las casas de Franco' a base de hijos

El 19 de marzo de 1967 se paró el mundo en Santa Marina del Rey. Un vecino del pueblo, Santiago Martínez Blanco, recibía de manos del 'jefe del estado', el mismísimo Francisco Franco, el Premio Nacional de Natalidad de aquel año. No le faltaban méritos, más de veinte hijos en dos matrimonios: «5 con la primera mujer —'Catalina'— y 16 con la segunda —Claudia Marcos—, que fue la que tuvo que cuidar de todos ellos, de los 18 que sobrevivieron». Ya habían ganado cuatro premios provinciales de natalidad cuando 'saltaron' a la fama. «Gané por uno a los otros que había allí», decía orgulloso este hombre, ya fallecido, que siempre adornaba su conversación con refranes, bromas y un optimismo que no decrecía de pensar que aquella veintena de chavales, él y su mujer, vivían en una casa de dos habitaciones. «Los chavales eran muy puntuales... a la hora de comer. A la de dormir los repartía por casas de familiares de todo el pueblo, ¿qué remedio me quedaba?» y sonreía mientras te contaba otro refrán: «Pase lo que pase, cantando he de morir, porque llorando nací y las penitas de este mundo se han ido para mí».
La buena de Claudia no estaba para tantos refranes después de 16 partos, algunos difíciles en los que llegó a «ver la puerta de ir para el otro lado, pero me quedé sólo de pensar qué harían todos aquellos niños al cuidado de 'Santiaguín'». Su reflexión es bien diferente: «A la hora de comer me arreglaba como podía, pero lavar tanta ropa era muy penoso pues no había lavadoras y tenía que ir al reguero, de rodillas».
Santiago Martínez y Claudia Marcos
Tantos fueron los hijos de 'Santiaguín' que dos de sus hijos se llamaban igual. «Todo se explica si hay quien lo quiera entender. Fueron tantos que ya no había padrinos en el pueblo y de uno de los pequeños fue padrino uno de los mayores, que se empeñó en que se llamara como él. Y se llamaban igual, claro, aunque yo les llamaba de manera diferente».

No es que todo cambiara aquel 19 de marzo de 1967 cuando el Premio Nacional de Natalidad trajo debajo del brazo una de aquellas famosas 'Casas de Franco'. Un edificio de dos plantas en el que «ya podíamos dormir toda la familia y no había que recogerlos de las casas por la mañana como al rebaño de las ovejas».
Le echaba humor a la vida 'Santiaguín' pero no es difícil imaginar la dificultad de sacar adelante una familia así. A Claudia le hicimos una entrevista el Día de la Mujer Trabajadora del año 91 y su primera respuesta era contundente: «De día atendía el ganado y las tierras, a los hijos, y de noche lavaba la ropa en el río y la planchaba en casa. No me quedaba tiempo para saber que existía eso de la mujer trabajadora, aunque algo escuché en la radio».
45 años tenía ella y 68 su marido cuando nació el último hijo. La mayoría se llevaban el año o trece meses. «No queríamos tener tantos hijos, pero vinieron las cosas así y no había tantos medios
como ahora. Mire una cosa, yo lo de los condones esos lo veo bien, para los matrimonios claro», decía con tremenda ingenuidad esta mujer que trabajó de sol a sol —«el marido sí ayudaba, pero tenía que ir a las obras, estuvo muchos años para el pantano»— para al final encontrarse con una vejez llena de dolores pues «los médicos me decían que me descalificadolos huesos de tanto tener hijos».

Su consejo final parece una locura:
«Lo ideal
sería tener cinco o seis hijos». Pero hay que pensar que ella tuvo 16 en 21 años. Echen la cuenta.
Rumio y Nati
Naredo de Fenar tiene otra de aquellas 'Casas de Franco', la de Rutilio Valbuena y Natividad González, que tuvieron un total de 17 hijos, una cifra que tampoco está nada mal y también fue suficiente para llevar hasta este valle un Premio Nacional de Natividad. Fue en 1947, cuando nació Francisco Javier, que curiosamente no era el último de todos pues aún faltaba otro por venir al mundo: María Eva, que es quien cierra una lista con un increíble privilegio: viven todos, no así sus maridos e, incluso, algunos hijos han fallecido.
Rutilio tuvo dos profesiones bien diferentes, fue minero como tantos otros de la localidad, pero también llegó a ser miembro de la Guardia de Franco.

Pero la concesión de la 'Casa de Franco' (además de un premio en metálico de 50.000 pesetas) estaba condicionada a que el pueblo cediera los terrenos. Dámaso Moran, que era el presidente, convoca un Concejo y allí se acuerda realizar la cesión. Rutilio Valbuena, agradecido, se compromete a hacer la donación de una imagen de Santa Bárbara, patrona de los mineros, para la iglesia de Naredo. Y allí se puede contemplar la imagen desde el año 1954, pues aquel padre de familia muy numerosa no tardó en cumplir
con su compromiso.
La tramitación de la donación del premio fue gestionada por Miguel Zaera, entonces delegado de Trabajo, siendo Ministro de Trabajo José Antonio Girón, a quien en agradecimiento el cabeza de familia le envió la foto familiar.

Era la familia 'más numerosa' de la comarca, pero en aquella misma localidad, había otras muchas que también contribuyeron de manera decisiva a elevar la tasa de natalidad, familias como las de Secundino y María, con diez hijos, o la de los Laiz, que tenía siete. Pero estas cifras eran 'casi' habituales entonces.
El pueblo de los capadores
Uno de los hechos que más llaman la atención de la largo familia de Naredo de Fenar es que no solo no falleció ninguno de los 17 hijos o la hora del parto (algo muy habitual en aquellas fechas) sino que todos siguen vivos (al menos seguían hasta bien avanzado el año 2004), mientras ya habían muerto algunos de los maridos (los de Hortensia, la mayor, Sagrario, Marí Cruz y María Eva, lo menor) e, incluso, alguno de los nietos (dos en concreto).
Esta familia se convirtió no sólo en la
más numeroso de Naredo, en buena lógica, sino en lo más conocida.
Muchas gentes se acercaban a ver la 'casa de franco' de
esta localidad que antes de contar con esta largo dinastía también era famoso en la comarca por ser el 'pueblo de los capadores'.
La tradición nace en dos hermanos: Antonio y Avelino Laiz que se dedicaban a este menester, Antonio se casó en Naredo y tuvo siete hijos y uno de ellos, Donino, el llamado «Ninón» también se dedicó a este oficio, que alternaba con su trabajo en la mina; una de las mujeres, Dionisia Laiz, se casó con Gerardo Barrio, que también fue capador. Los siete hjos de Antonio se casaron con personas del pueblo y vivían en él; así la numerosa descendencia de esta familia eran apodados 'Los copadores'.
Cuando Napoleón fue el «principal»

Si la mayor tragedia te la cuenta Napoleón el de Mataluenga pasa a no serlo tanto, a tener un toque alegre, entrañable. «Yo conocí a mi padre, que era maestro y preparado, cuando ya tenía 14 años. Me dijeron, 'ahí tienes a tu padre' y nos abrazamos. Las cosas de la Guerra, que lo tuvieron por el mundo adelante».
Es su filosofía de vida. «Yo fui de buena conformidad aunque no hubiera motivos». Y el teatro su pasión. Lo hacía en el pueblo desde niño y se le nota que le ha calado hondo. Gesticula sin parar. «Yo a la farándula le saqué lo que disfruté, más no hubo».

Y para comer tuvo varios oficios. Primero fue carpintero, curioso, «hasta que me corté un dedo». Después compró un camión y se dedicó al transporte de «patatas y delincuentes. Fundamentalmente llevaba patatas pero un día me asaltó 'El Argentino', aquel sinvergüenza que había violado y asesinado a una niña. Me vino muy bien el teatro pues aunque no me dejaba decir ni pío cuando nos pararon los guardias hice gestos de teatro y cazaron la indirecta». Pero el minuto de gloria le llegó en 1984. Uno de los programas de más éxito de la televisión de entonces —'Vivir cada día'— eligió a Napoleón el de Mataluenga después de ver su soltura en el grupo de teatro del pueblo. «Nunca malicié que sería el principal».

Cuatro meses en Madrid llevando una vida de Paco Martínez Soria en la gran ciudad. 'Napoleón: Villa y Corte' se llamaba el capítulo y el leonés sorprendió con su gracia y habilidad para sortear las trabas que le ponían en el camino. «Me mandaron a comprar un reloj a esos que les llaman 'perucos' y ya les dije yo nada más que vi por dónde venían: queréis vender el kilo a lo que comprasteis la arroba y eso no es para Pulión».
|