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ENREDABAILES

Baile que no falte, aunque truene

«Baile que no falte, aunque caigan chuzos de punta». Era uno de los latiguillos más repetidos en todas las fiestas de nuestros pueblos, por duras que fueran las condiciones de vida de la época. «Es lo que nos queda».

Bastaba una pandereta, un acordeón, un bombo, una dulzaina, una gaita... habiendo quien los toque.

 

Y nunca faltó quien los tocara. Nuestros enredabailes, a ellos se les deben los momentos más felices en las épocas más oscuras. Gentes que por muy poco dinero Pero con una afición terrible llegaban con su música hasta los últimos rincones de la provincia. ¡Y cuantas veces marcharon sin cobrar!

Música que no falte. Aunque caigan chuzos de punta. Pues eso.

Música para todas las generaciones

Cuando los más veteranos miran para esas orquestas, con más luces que el alumbrado público y más ruido que el tren frenando, se sonríen recordando aquellos tiempos en los que con una pandereta y un cantador/a de copas era suficiente para bailar hasta el amanecer. Sólo hacía falta afición para ser enredabailes, como bien recuerda aquella vieja copla de Arbolio: «¡Que atrevimiento he tenido / coger yo la pandereta, / que es como el que coge un libro / y no conoce la letra!». Aquellos bailes, por extraño que parezca, eran sueltos hasta los años treinta, cuando llegaron los primeros fonógrafos y organillos y se comenzó tímidamente a bailar agarrado, siempre que la vigilante madre de la moza consintiera en ello.

Después legaron aquellos primeros instrumentistas y las primeras orquestas. En todas las comarcas hay personajes recordados, aunque son muchos los que siempre hablan del maragato Aquilino Pastor como El patriarca, pues no en vano cumplió los cien años con la flauta y el tambor entre las manos.

Pergentino y Aquilino

 

El Tío Aquilino, padre de 13 hijos con dos mujeres pues la primera murió muy joven, había nacido en Santa Catalina de Somoza en 1889 con la flauta y el tamboril puestos pues su padre, Tío Antonio, ya había recorrido la Maragatería con la música a cuestas para amenizar bailes de fiestas, bodas y otras celebraciones, lo que ahora los modernos llaman la BBC (bailes, bodas y comuniones).

 

 

 

 

 

 

 

Pero nunca dio la música para vivir y Pastor ensayaba las canciones dándole a la aguja mientras ejercía su oficio de sastre. Sonreía cuando le hablaban de las corcheas y los pentagramas pues no los necesitó para ser un grande de la música popular... y longevo, pues hasta el día que cumplía cien años se arrancó con la flauta y el tamboril.

Sesenta años tocando el acordeón. Ese es el resumen de la vida de Pergentino Álvarez Redondo, que también, como todos los hombres de su tiempo, se tuvo que dedicar un poco a todo. A Pergentino, cuando no tocaba el acordeón, lo que más le gustaba era pescar pero lo suyo era coger el coche, casi siempre acompañado por Josefa Pérez, su mujer, y tocar en las bodas. «Un año, en Torrebarrio, llegó a tocar en 18 bodas. La gente antes se casaba más y se divorciaba menos», resume ella. Hasta Omaña y hasta Asturias, además de, por supuesto, toda la comarca de Babia, Pergentino llevaba la música. Nadie le enseño a tocar el acordeón. Se quedó fascinado con su sonido y pidió uno, el primero, a una fabrica de Bilbao. Era un Rinaga Guerini que llegó a Truébano en el coche de línea. Le mandaba a practicar a la cuadra, y a los animales dedicó sus primeras interpretaciones.

Luego llegaría el salto a las actuaciones en publico. Por la primera cobró 15 pesetas. Por otras, nada. Por otras, la voluntad. Por otras, una barbaridad. El caso es que la música no faltase en las fiestas de Babia y Omaña, y también en algunas asturianas. En todos Los pueblos de los alrededores aún dicen: «Truébano, el pueblo del taller... y el de Pergentino». Su sonido forma parte de los recuerdos de buena parte de los babianos, que echaron su primer baile, estrenaron el vestido de su vida o conocieron al hombre o a la mujer de su vida al compás de la música de Pergentino, que le puso la banda sonora a sus vidas.

Caso curioso es el de Nemesio Castañón, de Rodiezmo, un enredabailes imprescindible en todas las fiestas de la comarca... aunque no tocara (que a veces sí lo hacía con Xixón). Y es que una fiesta sin Nemesio, no era fiesta.

Celerina Ferrero, una vida cantando

En Velilla de la Reina se conservan muchas tradiciones que ya han desaparecido en muchos de los pueblos cercanos. Allí siguen celebrando su peculiar carnaval y allí se siguen cultivando las costumbres de los antepasados.

Son muchos los habitantes de esta localidad leonesa que se dedican a que sus hijos conozcan con detalle lo que hacían sus abuelos. Solo así se entiende que Velilla sea reconocido por los habitantes de sus pueblos cercanos como el más alegre de todos los de la comarca.

Buena parte de la culpa de que Velilla de la Reina sea así la tiene Celerina Ferrero Martínez. No es, por supuesto, la única persona que se dedica a conservar la sabiduría de lo viejo, pero sí que a través de ella se pueden entender las características de una localidad como Velilla de la Reina.

Desde pequeña tuvo un oído muy especial, un oído que, más que permitirle conocer los detalles de la melodía, lo que le permitía era memorizar las tetras. Por eso, hoy sabe al dedillo todas las canciones de Velilla, que son las mismas que las de muchos otros pueblos de la provincia. No es extraño, por tanto, llegar a casa de Celerina y encontrarse con un etnógrafo o con los componentes de un grupo de música tradicional, que con su grabadora registran la sabiduría de Celerina con el objetivo de que no caiga en el olvido.

Ella canta orgullosa lo que, en realidad, es el patrimonio de su tierra, y predica con el ejemplo. Para darse cuenta de ello no hace falta más que ver como Celerina y su marido Julio celebraron sus bodas de oro, subidos a un carro tirado por burros y con todo el pueblo lanzándoles flores. Como antaño. Como no se debe perder. Entonces, las mujeres de Velilla escribieron un cantar que quizá algún día sea objeto de estudio, como tantas canciones que llegan al presente a través de Celerina. Terminaba así: «Con un viva los novios y otro a todo lo pasado, digámosle todas juntas: que sea por muchos años».

Moisés, el gaitero de Corporales

La Cabrera es tierra de excelentes enredabailes, como Moisés Liébana, El gaitero de Corporales. Desde los 7 años con la música puesta. «Empecé por intuición, con una pipa de aquellas de saúco que nos hacíamos nosotros con ocho notas, y a los diez años todas las canciones que sabía todas las tocaba». Hasta los 16 años no se pudo comprar una gaita, por 18 pesetas. Pero de la música no se vivía, sí del campo, y con el paso del tiempo utilizó aquella gaita como moneda para pagar una máquina de majar. «¡Cuántas veces me arrepentí!

Después formó una orquesta, compró un saxofón, que le daba más juego, y también tuvo la discoteca del pueblo. Pero a mi me salio un bulto en el labio de tanto apretar para tocar el saxo, me tuvieron que operar y tuve que dejarlo. Así volví a la gaita, tenia una afición terrible y eso que ganábamos nada y menos».

Sergio, saxofonista de ‘los de Odollo’

Escuchando a Sergio como te explica desde la plaza de Odollo los montes que atravesaban para ir a tocar en una fiesta entiendes lo que es afición. «Pasábamos a la otra Cabrera por estos montes, después otros dos valles hasta Sanabria y por ahí. Igual estábamos cuatro días por los montes para tocar otros dos. Todo por dos mil pesetas a repartir entre los cuatro».

Sergio era el saxofonista de Los de Odollo, una orquesta que durante muchos años recorrió todas las fiestas de la Cabrera y otras comarcas limítrofes, aunque también podía tocar la gaita gallega, el clarinete o el saxo alto. Ahora es el ultimo habitante del barrio de abajo de Odollo, junto a su mujer. Allí está todo el invierno, con la puerta abierta para invitar a un vino y hablar con cualquier visitante. Y el día que no lo hay, pues coge el saxo y se pone a tocar.

Fernández de Córdoba, jugador a todo o nada

José Luis Fernández de Córdoba, Córdoba a secas, uno de esos leoneses conocidos e inconfundible con su figura oronda, sus medallones, sus trajes, su pelo ensortijado, su cerrada barba, es definido por muchos de los que estuvieron más cerca de él como «un jugador a todo o nada». Jugar le gustaba, arriesgar aún más, lo tuvo todo y también se quedó sin nada. «Yo lo he visto en un casino doblar seis veces y ganar. Ya tenía siete millones de la época, se nos ponían a todos los ojos como platos y le pedíamos que se retirara. Lo apostó otra vez todo a doble o nada. Salió nada, como tantas veces, pero no perdió la sonrisa», recuerda un compañero de aquellas épocas en las que este leonés era uno de los personajes más importantes del mundillo de la representación artística y la organización de eventos. «Vivía al tren más alto que se puede vivir. Aquellos Montecristo que fumaba los compraba a puñados».

Recordado como supersociable y supersimpático, no le gustaba pasar desapercibido, no podía hacerlo con aquellos trajes que traía. Le gustaba decir que era la reencarnación de Plínio El joven, tal vez porque vivía rodeado de grandes personajes del mundillo de la canción, como el estadista romano vivió al lado de gentes como Marcial, Tácito, Suetonio o Quintiliano. Y es que cuando Julio Iglesias lo era casi todo en España, el orondo leonés había sido su primer manager. «Decía que lo había abandonado porque quería (Julio Iglesias) ser más estrella que yo (Córdoba)».

 

 

 

 

 

 

Los Enrollamientos

Lo que le sobraban eran ideas. Cada semana se le ocurría alguna actividad que organizar. Otro de los leoneses metidos al mundo de la organización de eventos en Helio Espectáculos señala que «aunque muchos se han subido al carro de estos encuentros, el inventor de los famosos Enrollamientos e, incluso, de la palabra es Córdoba». Eran aquellos macroconciertos de varios días de duración que comenzaron en León y después se exportaron a otras muchas ciudades con excelente acogida. Y es que Córdoba era quien mejor lo podía hacer pues él mismo llevaba la representación de algunos de los grupos más importantes del panorama musical, conjuntos como los Storn, Triana o Los Módulos, que marcaron una época. También a otros leoneses como Los Paladines. No es menos cierto que con algunos tuvo problemas por su peculiar forma de ser y entender la vida. Una vez dejó a Los Paladines en Portugal.

 

Conflictos en los que nunca llegó la sangre al río «porque Córdoba era Córdoba, era así, nadie era capaz de odiarle pues ibas a verlo mosqueado para cobrarle una deuda y acababas cenando y tomando unas copas con él».

Aquella máquina de parir ideas que era su cabeza no paraba de dar vueltas. Así extendió sus redes mucho más allá de la música y organizó durante años las fiestas que se celebraban en El Pardo (residencia oficial de los Franco) o una recordaba gala en favor de la lucha contra el cáncer en Sevilla en la que logró que la duquesa de Franco ostentara la presidencia de honor y se desplazara a la capital andaluza. Hubo polémica después con las cuentas pues el leonés recorrió un buen numero de floristerías de la ciudad y le llenó la habitación de flores.

Todo lo hacia a lo grande. En el Hostal de San Marcos tenia alquiladas dos habitaciones de forma permanente, estuviera en León o no. No teñía carnet de conducir por lo que unas veces tenía chófer y otras alquilaba un taxi por meses. «No tenía medida para el dinero, lo mismo lo gastaba que lo regalaba pues era tremendamente esplendido».

 

Las leyendas urbanas sobre él hablan de su imaginación para salir de entuertos y así llegó a fingir un ataque al corazón para poder abandonar un hotel.

Murió el día de los Santos Inocentes. Quienes acudieron al entierro aseguran que nunca coincidieron en León tantas estrellas del espectáculo juntas. A lo grande. Como era el.

Aquellas orquestas de traje y templete

Un año a la fiesta del pueblo llegó una orquesta. Con cartel y todo. Vestidos todos iguales, con un cantante que sólo hacía eso, no tocaba instrumentos. Fue la gran noticia, en las primeras horas del baile nadie salía al centro de la pradera, miraban entusiasmados para aquellos músicos que habían pedido un templete para tocar.

Lo de la música que hacían eso ya era otra cosa. Es famosa en el Curueño la anécdota de una orquesta que tocaba minutos y minutos canciones difíciles de clasificar hasta que el de la batería miraba para sus dos compañeros, al saxo y la acordeón, y les avisaba: «Ojo al acabar». A los pocos segundos daba un fuerte golpe en los platillos y ahí quedaban los otros dos como estatuas, con la partitura a medio ejecutar, y nunca mejor dicho.

Hubo una transición de los viejos pandereteros a las orquestas. Gentes que no abandonaron nunca su oficio pese a la irrupción de los grupos, músicos ejemplares como el tamborilero Luis Cordero Geijo, también de la Maragatería, otro de los que recorrió toda la comarca con la flauta y el tamboril, uno en cada mano pese a que en una de ellas le faltaba un dedo. Un hombre que no veía en las orquestas el peligro para su oficio, «fueron las discotecas las que nos dieron un palo terrible».

La suerte para ellos es que casi ninguno vivía de la música. O su desgracia. Cordero era artesano textil. No les daba para comer pero «sí amigos para regalar, en muchos pueblos nos salían a buscar los mozos», como recordaba Eufemio Cano Prieto, tamborilero de Villacintor, soltero por obligación «no podía tocar y estar bailando a la vez, eso es imposible» y un hombre que se supo ir acomodando a los tiempos con su batería a cuestas. «Lo mismo te toco la jota que la lambada, con tal de que bailen».

El sueldo era mas bien escaso 20 ó 30 pesetas al día. Tenía que tocar un par de días para comprar un litro de aceite en el estraperlo».

Gerardo ‘El trotamundos’

Y llegaron las orquestas. Uno de los pioneros de estos grupos ya de templete y traje fue Gerardo Gómez, leonés de La Valcueva, que militó en las mejores agrupaciones de la época y viajó a cualquier lugar donde le ofrecieran una batería que tocar por lo que se ganó entre sus colegas el apodo de El trotamundos.

Gerardo, que falleció en 1993, estudió por libre con el maestro Odón Alonso y llegó a formar parte de la Banda Municipal, pero a él el cuerpo le pedía más marcha. Primero se enroló en la orquesta de un circo y después recorrió España con el Teatro Argentino, antes de asentarse unos años en una tierra de gran tradición en el mundo de las orquestas, Galicia.

Y hasta allí le llegó la propuesta de un gallego afincado en León, José Bandín, que le proponía crear la orquesta Brisas de León, que después sería la popular Los Brisas. Después entró en una de las orquestas más importantes que ha tenido esta tierra, La Orquesta Ayala y Fernando León. Recorrieron media España y «viajamos hasta Noruega, acompañamos a grupos de moda como el Dúo Dinámico o mitos como Antonio Machín», recuerda José Bandín, su compañero. «Después ya sentamos algo la cabeza y nos quedamos en León».

Su estancia en León trae a la memoria no sólo historias de orquestas, también de lugares en los que bailó toda la ciudad y media provincia. El Siroco, El Universal o El Club Radio. «León fue una de las primeras ciudades en las que hubo destape en los cabarets. A buen seguro que ayudó el hecho de que uno de los asiduos a ella era un juez que solía decir al entrar: Todos tranquilos que ya esta aquí la justicia y ya veías al camarero echar mano a la botella de whisky para don José».

La ciudad era para el invierno. Con la llegada del verano estas orquestas recorrían la provincia. «Aquello ya era otra cosa. Tenemos tocado en corrales en los que igual estabas tocando y te cogía por el pantalón un gocho que andaba por ahí».

Cirolines, Yalex, Brisas

Los nombres de las orquestas de los años 60 a 80 eran familiares en toda la provincia. Así fueron apareciendo Los Cirolines, Armonía, Brisas de León y Brisas del Sil, en el Bierzo, Los Trevinca, Los Realengos, Dúplex, La Orquesta Torres y una larga lista que popularizaron nombres de músicos como la familia Majo, de Jiménez de Jamuz, Bernardo Casado, los hermanos Álvarez, Bandín, Bernardino de las Cuevas, Luis Masdeus, Manuel Otero, César Arias y tantos otros. Las anécdotas que cuentan estas gentes dan para escribir un buen numero de libros. Incluso darían mucha luz a lo que fue esta provincia en aquellos años.

Uno de los nombres míticos de la música en la provincia son Los Cirolines, de Benavides. Una saga familiar, los Majo, que recorre todo el siglo XX. A Silvestre, el patriarca, los mozos del pueblo le compraron una dulzaina para que tocara gratis en las fiestas. Despues fue integrando en el grupo a sus hijos y dado que eran conocidos como Los hijos del tiCirolín (por su baja estatura) pasaron a llamarse Los Cirolines. Viajaban en bicicleta con el bombo a la espalda, hasta que compraron un Opel Olimpia de 9 plazas que había sido decomisado en la II Guerra Mundial. 90.000 pesetas les costó, que no era lo peor pues gastaba 60 litros de gasolina. Ya en el 60 compraron la furgoneta que recorrió la provincia con aquel rótulo de Los Cirolines. «El 18 de julio de 1936 estábamos tocando en Nistal. Llegaron unos y nos ordenaron bajar del carro que hacía de templete; los de la comisión de fiestas nos ordenaban seguir. Se liaron y mataron a uno de los de la comisión de un tiro».

Habría mil anécdotas parecidas, muchas más alegres y menos guerreras pues ellos estaban fundamentalmente donde había fiesta y diversión. A ellos les debemos las mejores veladas de nuestras vidas.

‘Enredador’ de última generación

 

Si viajando por la ribera del Torio encuentras el coche de Miguel Ángel detén tu camino y entra. Si no lo conoces no te preocupes, es el que trae en la mano (o está tocando) la gaita, Bien sea asturiana, gallega o escocesa, que no le hace ascos a ninguna. Pero en los últimos tiempos ha incorporado la zanfoña y el rabel, en este último caso con el añadido de que él mismo lo ha construido, sumando así el oficio de luthier a los muchos que ya tenía pese a su corta edad: minero, músico, concejal, peregrino, conversador...

Es un enredabailes de última generación pero de aroma antiguo. Aprendió a tocar todos estos instrumentos como los viejos pastores, a base de insistir. De hecho le gusta ir al monte a ensayar. Tampoco entiende la música sin conversación, sin explicar el instrumento y sus sonidos, sin escuchar las historias de quienes como él fueron gaiteros o rabeleros.

Tampoco se ha comercializado. Lo mismo anima la velada en un bar que había cuatro paisanos que acaba tocando en una cocina, como los antiguos o en cualquier diana, fiesta, romería... «El caso es que la gente disfrute».

Huellas en la ciudad

La ciudad está llena de recuerdos de Córdoba, aunque en muchos de ellos no se sepa que él estaba detrás. El fue quien trajo el esperado concierto de Víctor y Ana en el que el pabellón se abarrotó hasta extremos de causar problemas porque era mucho menos el aforo que las entradas, él fue quien abrió el Vudú con unas atracciones espectaculares que provocaban filas de coches aparcados hasta el Crucero... El, siempre él, el que se ponía algún día una túnica romana para acercarse a Plinio. El irrepetible. El jugador a todo o nada. Hoy no sería posible vivir así. Ni ser así.

‘Seni’, el leonés que trajo a España a Frank Sinatra

El mito de la canción en Estados Unidos, Frank Sinatra, actuó en España en 1986, cobrando 130 millones de los pesetas de entonces. Detrás de esta complicada contratación estaba, como no, un leonés del Valle de Sabero: Arsenio Marcos, El Seni, como le llamaban sus vecinos. Arsenio creció en el valle cuidando vacas y trabajando en la mina hasta que con 19 años marchó para Bilbao, como tantos otros. Comenzó a trabajar de fontanero, después de repartidor con una isocarro y finalmente se dedicó a la hostelería para dar el salto a las discotecas, donde empezó a hacer contrataciones de grandes artistas. Así llegó Sinatra. La única pena es que su padre no pudo ir al Bernabeu por un «ataque de silicosis».

‘Morla’, 73 años de músico

Astorga tiene un músico de récord Guinness, Manuel López Carabés. ‘Morla’, un hombre que lleva tocando la trompeta en la Banda Municipal de la ciudad desde hace 73 años. Hasta un programa de TVE se sumó hace unos meses a la petición de su ingreso en el famoso libro de gestas.

‘Morla’ también es de los que nació con la música puesta pues es hijo del que era subdirector de esta banda de música, la misma en la que ha pasado tres cuartas partes de siglo ‘picando’, «porque soplando no arrancas ni una nota».

Curtidor, barrendero

La vida de los músicos, hasta la llegada de las grandes orquestas, es una historia de vocación. Polo Fuertes, el compañero que nos ha acercado mil historias de estas gentes, contaba un día la biografía de ‘El señor Poli’, Policarpo Pedrero, músico hasta sus últimos días, acompañado siempre de una guitarra «que siempre tengo afinada». ‘El señor Poli’ había sido de todo: curtidor, picapedrero, barrendero municipal... pero siempre músico, aunque le costara la salud.