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DEPORTISTAS

Con las zapatillas en la mano

El penúltimo mito de los aluches, Miguel el de Campohermoso, llegaba a los corros vestido de paisano, con las zapatillas bajo el brazo y se dedicaba a hablar de la feria de Boñar o el retraso del tren de la Feve hasta la hora de competir. Debajo de la ropa de calle traía unos pantalones de deporte y una camiseta, luchaba descalzo, ganaba un día tras otro (cinco años seguidos) y regresaba a su ganado, a su tren, a su gente.

Nadie diría que Acacio el de Maraña era campeón de España de esquí cuando lo cruzabas por las tierras de Riaño con uno de los camiones más recordados de la comarca, unos días cargado de jatos otros de abono o lo que pintara.

El Sastrín era capaz de andar 40 kilómetros por los montes para poder luchar el Provincial en una plaza de toros llena a reventar de gente que había llegado en unos trenes especiales que ponía la Feve. Lo mataron en la guerra. Su primo Sindín el de Vegamián se perdió en los montes durante semanas en la contienda civil y adquirió una gravísima enfermedad que le costó la vida joven pero no le impidió ser campeón provincial tres años, igual que Tino El Mutilado, que ganaba con una pata tiesa de un tiro que recibió en el frente.

Fueron grandes deportistas, pero fueron sobre todo unos paisanos singulares.

El Cainejo y Luje, el cielo les lleve la gorra

Si mientras tomas un vino caliente contra los fríos de Caín escuchas una expresión tan curiosa como «¡el diablo me lleve la gorra!» , seguramente anda por allí el nieto de una gloria nacional en asuntos de escalada. Su abuelo fue Gregorio Pérez, al que por ser precisamente de este pueblo leonés habían bautizado como El Cainejo.

En el año 1904 los señoritos hacían alpinismo y los lugareños subían al monte. En ese año un alpinista asturiano, Pedro Pidal, Marques de Villaviciosa, quería realizar la complicada ascensión hasta la cima del mítico Naranjo de Bulnes, cuya altura sobrepasaba los 2.500 metros. No era el paisano de Fernando Alonso un cualquiera en esto del deporte pues cuatro años antes, en 1990, había sido el primer español en ganar una medalla olímpica, de plata, en París. El Marqués conocía bien el paño de la dificultad de la aventura que intentaba llevar a cabo y se hizo acompañar por un vecino de Caín que le había impresionado subiendo montes y peñas pese a su edad (ya sobrepasaba los 50, mientras Pidal tenía 34).

Pastor y cazador

Gregorio El Cainejo era pastor, cazador y superviviente, como tantos otros de aquel pueblo que su compañero de aventura describió como «hundido en una profunda sima, entre montañas, del que muchas veces no se puede entrar ni salir».

El 5 de agosto de 1904 se lanzaron los dos a la conquista del Naranjo. Un buen desayuno a las ocho de la mañana y la expectación de los vecinos por aquella locura es lo que recogen las fotos de la época. También se ven las diferencias de clase, el bigotudo Marques a caballo de un burro y el barbado lugareño a pie. Dicen las crónicas que la ascensión fue muy complicada, que surgieron contratiempos que solventaron con astucia aquellos dos deportistas (aunque uno de ellos desconociera su condición de alpinista) y a las 13 horas ya estaban en lo más alto. El Cainejo era duro como una piedra y también Pidal se había preparado a conciencia, incluso había acudido a ponerse a punto en las altas tierras de Chamonix.

«¡Que sensación estar donde nunca estuvo nadie!», escribió Pidal en su diario. Y allí, donde antes nadie había subido, sacaron las dos botellas de vino que habían llevado para celebrarlo y bebieron una, dejando allí la otra para que lo pudiera celebrar el siguiente en repetir la hazaña, hecho que sucedió en 1906.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sousa, de Villaseca de Laciana al ring de Las Vegas

Subido en el ring de un estadio de Las Vegas, arbitrando un Campeonato del Mundo y viendo las cámaras de televisión a mi alrededor, lo único que yo pensaba es si me estarían viendo desde Villaseca de Laciana». Lo dice José Luis Sousa, el hombre por excelencia del boxeo en España, el primer europeo que dirigió un Campeonato del Mundo de Pesos Pesados, el que estuvo diez años trabajando con el mítico Don King, el que forma parte de las cuadrillas de dos de los más grandes de la historia de este deporte: Julio Cesar Chavez y Azuma Nelson.

Su historia comienza en Villaseca de Laciana, donde nació y vivió hasta los cinco años. Su padre murió en un accidente de mina y la familia se trasladó a León. Fue entonces cuando Sousa tuvo sus primeros contactos con el mundo del deporte, primero el fútbol (llegó a jugar en los juveniles de la Cultural), y luego el que se terminó convirtiendo en su profesión: «Fue Mayo, un hombre muy respetado, el que me metió el gusanillo», recuerda él, que por entonces frecuentaba un gimnasio de Pinilla. Muy cerca de allí, en el colegio Quevedo, «poco pero estudié».

 

José Luis Sousa debutó como boxeador en la misma velada que Roberto Castañón, el más conocido de la historia del boxeo leonés. «Pero yo, como boxeador, era malísimo», reconoce Sousa, que entonces tenía 18 años.

Su madre emigró a Suiza cuando el tenía 24 años y él la acompañó en un principio, aunque no tardó en regresar a León. Aquí dirigió la mítica discoteca Tropicana, que entonces estaba considerada como una de las mejores salas de fiestas de todo el país. Luego siguió por los caminos de la hostelería y estuvo al frente del Atomium y el pub 3.000, que se encontraban en el pasaje de Ordoño II: «Para que te hagas una idea, un lunes por la noche vendíamos 1.000 entradas».

Llegó entonces el salto al ring, de la mano de José María Martín Búfalo. Sousa viajó primero a Zaragoza y luego a Las Vegas, donde vivió durante quince años. Arbitré 53 campeonatos del mundo. «Gracias al boxeo conocí los cinco continentes y aprendí a ser persona y a respetar, por que yo de joven he de reconocer que era muy violento».

La quinta de ‘Los Magníficos’ de Maraña

El esquí y sus competiciones huelen a lujo, al menos en la actualidad, a deporte y casi una pasarela de moda todo junto. Pero no siempre ha sido así. Basta observar las fotografías de los leoneses que triunfaron allí por los años 50 para darse cuenta de que era otro mundo. Chaquetas y pantalones de pana y hasta alguna madreña nos hablan de gentes de aquel León rural de las tierras altas en las que algunos chavales hicieron de su lucha contra el invierno una virtud y convirtieron sus pueblos, fundamentalmente a Marana, en una capital nacional del esquí, que llegó a acoger recordadas competiciones.

 

La historia arranca antes de los años 50, de la mano de aquel Secundino Rodríguez que trajo hasta Marana los secretos de los esquís de competición, las ataduras... y desencadenó aquel fenómeno social que tuvo su época de esplendor durante más de una década, hasta casi los años 70.

No existía en León la tradición, ni los medios de las pujantes federaciones madrileña, catalana, aragonesa, vasca o navarra, pero sí unos chavales que no envidiaban a nadie sobre unas tablas de esquí. En aquellas competiciones aparecían 50 esquiadores de Maraña, más de 20 de La Tercia de Argüellos (fundamentalmente Busdongo) y otros de Cofiñal, Lillo, La Uña, Liegos, Acebedo, Lario, Burón...

 

 

Los cursillos celebrados desde 1950 en adelante fueron dando sus frutos ye n tres años ya se pudo contar con un equipo competitivo con Acacio y Aurelio Alonso, Amancio y Cirilo, todos de Maraña, junto a Raúl el de Busdongo o Walter el de Cofiñal. En 1953 Acebedo acogió la primera competición de elite. Se desplazaron espectadores de toda la comarca y ya destacó un excelente esquiador, Acacio Alonso, de Maraña, que regaló a los asistentes una demostración de salto, alcanzando 36 metros en un improvisado trampolín. Aquel mismo año este chaval ganó dos títulos de Campeón de España en Candanchú y también fueron los vencedores por equipos con un grupo al que bautizaron como Los Magníficos’.

Juan Ferrero, el primer Míster Universo

Cuando a los más viejos de Puente Almuhey les dijeron, hace diez años, que Fidelín El Negro había sido nada más y nada menos que Míster Universo hubo comentarios de todo tipo, pero todos rayaban la incredulidad. Lo cierto es que fue complicado encontrar vecinos que se acordaran de él pues este chaval había nacido en aquella localidad en 1918 y a mediados de la década de los 20 se fue con sus padres a vivir a Francia, donde estos emigraron.

Quien contaba sus avatares para encontrar testimonios de la villa en Puente Almuhey de Fidel Ferrero Colino, cuya partida de bautismo sí estaba en el pueblo, era el entrenador de halterofilia e investigador del deporte Tomas Abeigón, que es a quien se debe el descubrimiento de que aquel niño menudo y moreno había sido, con el paso del tiempo, el primer ganador del título de Míster Universo, en un concurso que se celebró en julio de 1952 en Londres.

Recordaban de él que muchas veces se pegó en los recreos escolares por no gustarle el mote de El Negro y por rebelarse contra el hecho de que por ser menudo era más débil. Ya era un luchador indomable.

Lorenzo Martínez, medio siglo siendo el mejor

El record provincial que más tiempo tardó en batirse, el de lanzamiento de martillo que logró el leonés Lorenzo Martínez en 1949, esconde detrás una intensa y muy interesante biografía que va mucho más allá del ámbito deportivo. Nadie le puede quitar el merito de haber sido el primer gran atleta leonés, pues en el año 1949 se proclamó Campeón de España de lanzamiento de martillo y logró, además, el récord nacional con un lanzamiento de 49,52 metros; una marca que a nivel provincial estuvo medio siglo sin poder ser superada, con lo que sigue siendo la que más tiempo tardo en ser batida. Después seria otras tres veces Campeón de España, el primer internacional leonés y subcampeón del mundo universitario, pese a que él mismo reconocía que no le gustaba excesivamente cuidarse y entrenar, «al margen de que la gente de León era tan peculiar que en aquellas épocas nos veían correr por las calles de la ciudad y nos llamaban maricones. Otras veces entrenaba en un prado con el martillo y tenia que escapar del dueño, que crefa que he iba a matar las vacas».

Aunque existe la vieja creencia de que los deportistas andan un poco reñidos con el mundo de la cultura, este lanzador de martillo también rompió aquel mito y su biografía estuvo profundamente vinculada a diversas facetas del mundillo de la universidad y la cultura.

 

Nacido en Mansilla de las Mulas en 1927, permaneció en León «hasta los veintitantos» y después estudio en París. Con un pasaporte especial, Lorenzo consiguió viajar a Rusia cuando sólo lo había hecho Luis Mariano, escribió el primer diccionario ruso-español y, sobre todo, fue un gran anticuario, presidente de la Federación del gremio y fundador de la Bienal Internacional de Anticuarios.

Los aluches: campeón de chozo y molino

Es nuestro deporte. O nuestro juego, al menos en sus etapas de máximo esplendor. O nuestro orgullo, pues los viejos aluches consistían en agarrar se al cinto para defender el nombre de tu pueblo o tu comarca frente a otro pueblo o a otro valle.

Pero no fue sólo un juego en la era. Fue, durante mucho tiempo, el plato fuerte de cada fiesta, de cada boda, bautizo, cantamisas o cualquier celebración que se preciara. A un desafío entre Prioro y Morgovejo, allá por los años 20, bajaron más de 120 mozos de Prioro dispuestos a luchar por defender el nombre del pueblo. Para ver aquellos primeros campeonatos provinciales de los años 30 en una plaza de toros de León llena a reventar, la Feve ponía trenes especiales que trasladaban miles de aficionados desde toda la provincia a la capital.

El honor de un pueblo puesto en manos de un deportista explica que muchos de ellos se convirtieran en verdaderos mitos cuyas hazañas corrían de boca en boca, lo mismo que sus biografías, curiosas en muchos casos y admirables en otras muchas ocasiones.

Pastores y molineros

Aquellos primeros luchadores eran gentes del pueblo. Pastores y ganaderos en la montaña; molineros y ganaderos en la ribera. Apasionados todos, capaces de andar decenas de kilómetros por el monte para agarrarse al cinto en un corro.

Uno de los primeros mitos, Crescencio El Pastor de Prioro, labró su leyenda aquella tarde de los años 30 que en Riaño los del bando de la montaña estaban en serias dificultades. Fueron a buscarlo al chozo de la majada y tiró a más de 30 rivales que se admiraban de su potencia y decían que olía a humo del chozo.

El Campeonato Provincial, que nació en 1932, consagró a otro mito: Juan Antonio Suárez, El Sastrín de Rucayo. Un chaval menudo, de menos de 60 kilos, ganadero de unas pocas vacas, que atravesaba montes para competir. Ganó los dos primeros provinciales en ligeros y, lo que es más complicado, derrotó al vencedor de pesados en la disputa del Cinto de Honor. En sus andanzas por los montes adquirió un perfecto conocimiento de ellos y, cuando estalló la guerra civil, gentes de un bando y de otro le pedían que les ayudara a entrar o salir de la comarca, según la conveniencia. Aquella sinrazón del 36 tuvo con él un destino cruel y el cuerpo de aquel mito que nada entendía de política apareció muerto en los montes. Más suerte tuvo Tino El Mutilado de Paradilla, que sólo recibió un tiro en la pierna y siguió siendo campeón y cojo.

El que ganó trofeos «como para llenar sacos»

Entre los deportes más extraños que uno pueda practicar está, sin duda, el de la lucha de brazos. En los pueblos, que suele ser donde se practica, se llaman pulsos, y el recinto donde se celebran las competiciones no suelen tener nada que ver con las pistas deportivas sino que, habitualmente, es una discoteca o un bar el escenario donde se celebran los enfrentamientos entre los gallos que practican este deporte.

Uno de estos es José Luis Rubio Serrano, que llegó a ser Campeón de España en su peso (65 kilos) durante la década de los noventa. Vive en Riaño y en Riaño se inició en este deporte que suelen practicar aquellos que se dedican a oficios en los que queda muy bien decir que fue campeón de pulsos).

En el caso de José Luis Rubio Serrano, que es hijo de otro de los personajes que aparecieron en esta misma colección, el llamado Tigre de Villahibiera, fue también su oficio el que le permitió adquirir una forma apta como para competir en la lucha de brazos: «Siempre trabajé en la construcción yen el monte», dice él que confiesa haber abandonado la práctica de este deporte (o al menos la competición) en el momento en que se casó. Pero durante cuatro años, José Luis Rubio Serrano acudió a todos los campeonatos de los que tenía noticia, algunos de ellos, incluso, en el extranjero, como ocurrió en una ocasión en la que viajó a Grecia para participar en el Campeonato Europeo: «Me tumbó uno de Barcelona y quedé segundo».

La cena y el vino

‘El Cainejo’ era tan consciente de la dificultad de lo que habían logrado que prometió una cena a quien bajara un trozo de cuerda que había dejado enganchada en un lugar denominado ‘panza de burra’. La bajó un escalador cuando ya hacía dos años que él había muerto. Lo que sí regresó a Pidal fue la segunda botella de vino que dejaron en la cumbre, se la llevó quien hizo la ascensión... pero vacía.

Lueje la hizo eterna

El nombre de ‘El Cainejo’ tuvo sus segundos de gloria en el verano de 2004, cuando se cumplió un siglo de su hazaña junto a Pidal. Sin embargo, otro gran amante de aquellas mismas montañas de los Picos de Europa sigue en un injusto anonimato: José Ramón Lueje. Asturiano de nacimiento pero de Lario (en casa Lupercio) de querencia, recorrió todos sus parajes, realizó preciosas anotaciones sobre ellos y, sobre todo, los dejó fotografiados. Uno a uno, los hizo eternos.

Ayudante personal

Durante los noventa, Sousa fue ayudante personal de Julio César Chávez, seis veces campeón del mundo. Su cometido era tan variado como organizar los viajes, alentar desde la esquina del ring en los combates y asegurar el suministro de cocaína en cada ciudad que visitaban. Llegó a disparar en la cabeza de Sousa una pistola que no estaba cargada, aunque Chávez no lo sabía, «por el oro que robaron los españoles». Luego le pidió perdón. Un pasaje más de la estrella que, a veces, en plena calle, pedía a todos que se arrodillaran porque se le estaba apareciendo la Virgen.

Quintanilla y Walter Foquer

Si en esta pequeña historia no se debe olvidar el papel pionero de Secundino Rodríguez, también sería injusto olvidar al leonés Onofre Quintanilla. El que el llamado Frente de Juventudes le encargó la promoción de Maraña y sus competiciones de esquí. Se lo tomó muy a pecho y llevó a cabo un ambicioso programa que abarcaba desde cursillos de iniciación a otros más avanzados a los que asistieron deportistas de casi toda la provincia. Ahí empezaron en 1950 los locales Acacio, Pepe Barba, Amancio o Cirilo y otros llegados de lejos como Raúl y Gelín, Galarraga o Cascallana. Un año después se celebró una competición en Pajares y contaron además con un entrenador de auténtico lujo, el veterano suizo Walter Faquer.

Mucho más que un míster

Los de Míster Universo suena más espectacular pero su carrera deportiva fue mucho más importante. Destacó en atletismo (con grandes marcas en 100 metros), salto de altura y halterofilia. En culturismo ya había sido Mejor Atleta de Europa en 1937. Su ejemplar constancia le permitió llegar a las más altas cotas pese a su apariencia.

Estirpe de molineros

Entre los luchadores de la ribera destacaron siempre los molineros, que además formaron largas sagas. El gran dominador de los corros en las primeras décadas del siglo XX fue Florencio Díaz, ‘El Molinero’ de Garrafe, también uno de los primeros campeones provinciales pese a que ya estaba enfermo del cáncer que se lo llevó muy joven. Fue padre de siete hijos, todos molineros, y sembró la provincia de molinos y luchadores. Su hermano Emiliano tenía molino en Arcayos y también fue gran luchador y padre de más luchadores. De Arcayos era el luchador más longevo, ‘El Tío Perica’, que con 55 años ganó el corro de la romería de Yeda. A su hijo Laurentino le dio un infarto luchando la final del corro de Boñar.

Las apuestas de un campeón

Obviamente, tiene que ser un bar donde uno se inicia en el deporte de la lucha de brazos. En el caso de José Luis Rubio, fue en un bar de Riaño, su pueblo, donde comenzó a practicar a lucha de brazos «y a ganar dinero con las apuestas». En Riaño su casa, ganó uno de los campeonatos de los que hoy guarda trofeos: «Los tengo por sacos», dice él. En la fotografía que se puede ver en esta página aparece lo que podría ser un perfecto resumen de las apuestas y retos de un campeón.