imprimircerrar
 

 

EL MITO DE LA CABRERA

Tierra mil veces bautizada

La Cabrera es el último mito de la geografía leonesa. Tierra mil veces bautizada —del controvertido 'Donde las Hurdes se llaman Cabrera' a 'La tierra olvidada'— y tierra aún por bautizar mientras sus piedras caminan hacia la soledad en demasiados pueblos que se van quedando sin aquellos cabreireses ejemplares, gentes capaces de todo.

De la Cabrera marchó un pastor que fue el gran relojero del mundo, el hombre que cambia el número de los años para siempre. También los últimos bandoleros que se han ganado el cariño que despiertan estos malhechores que a nadie hacen daño, de Antonio El Ruso a El bandolero de Orna-ña. En La Cabrera viven los músicos, de allí se han ido los pescaderos.

En La Cabrera aún resisten los mitos. Sólo allí.

 

 

Losada, el relojero de las doce campanadas

La Cabrera es el mito. Y el contraste. En las entrañas de la tierra tenida por más pobre de la provincia hay oro, minas de oro, más que en ningún otro rincón de la provincia. Desde el año 1916 si hay un lugar conocido en España, al que todos acuden en directo o a través de las emisoras de radio y televisión, es el reloj de la Puerta del Sol de Madrid para despedir cada año y recibir al siguiente con los sonidos de las doce campanadas de su reloj. Detrás de ese reloj está la figura de un hombre de la comarca más alejada y olvidada, La Cabrera, y José Rodríguez Losada, que él fue quien construyó este artilugio.

Un tipo singular el relojero Losada. Como la propia Cabrera. Nació en Iruela, creció allí como pastor de ganado y acabó por ser uno de los personajes más singulares del siglo XIX español: liberal, conspirador hasta el punto de que el absolutismo fernandino le puso precio a su cabeza, lo que provocó su huida a Londres donde también llegó a ser un influyente personaje y mejor relojero. Intimo amigo del poeta y dramaturgo José Zorrilla, quien definió la profesión de su amigo como «constructor cronometrista».

Pero volvamos a La Cabrera que ya andamos por Londres y es demasiado viaje para estos fascículos, que encuentran mejor acomodo en Iruela, en lo que entonces era Reino de León, donde nació el niño José el 8 de mayo de 1797. "^ Era hijo de Miguel Rodríguez y María Conejero, de lo que se deduce que el apellido Losada se lo pone en homenaje a su tierra, a la jurisdicción a la que pertenece su pequeño pueblo, la de Losada, en la Cabrera Alta, adscrita al Marquesado de Villafranca.

Crece como todos los chavales del a época, ayudando en casa desde niño, pastorean do el ganado fundamentalmente. Y en esas andaba en 1814, con 17 años, cuando cuenta el historiador Matías Rodríguez, conocido de Losada, que el chaval llegó a casa de noche, con el ganado, lleno de miedo pues se le había perdido una vaca, que era mucho tesoro. Explica que no la encontró por ninguna parte, que rastreó toda la sierra hasta que la noche se le echó encima y ya escuchaba los aullidos de los lobos en la lejanía. No sirven de nada las excusas y el chaval lleva tal paliza que marcha corriendo y escucha como le gritan: «No vuelvas a casa mientras no traigas la ternera». Y no volvió. Vagó por la sierra y en la oscuridad intuyó un bulto. Lo palpó, lo sintió caliente y comprendió que era la sangre y la piel del animal al que habían matado los lobos. Huye corriendo como un loco hasta caer desvanecido de cansancio en... Puebla de Sanabria. Allí lo recoge un arriero y lo lleva hasta Extremadura. Sobre este pasaje de la huida existen otras versiones: Que el animal 'sólo' era una oveja, que eran cinco y no de su padre sino del cura de Valdecañada, que contrajo la viruela...

¿Y cómo llega a oficial del Ejército español e influyente personaje de la vida política? Pues con la misma voluntad indomable que huyó de Iruela a Sanabria en una sola noche. Su huida de España, narrada por Zorrilla, es digna de una novela de caballería, con persecución incluida. Así llegó al Londres Victoriano donde comenzó de mozo de limpieza en una relojería, se casó con la viuda del dueño y se convirtió en el primer cronometrista de Inglaterra, proveedor de cronómetros para la Marina española, amigo de Zorrilla y Prim... un caballero.

 

Mirando a Iruela

No solió losado do Iruela por la puerta grande, pero no olvidó nunca su tierra, como pruebo incluso el apellido que adoptó, en 1860, con 63 años, sintiéndose ya enfermo, quiso visitar su pueblo y en Astorga conoció al citado historiador Matías Rodríguez, quien cuento que lo que más le llamo la atención de lo ciudad son los relojes del Consistorio y la Catedral. Viajo o caballo hasta Iruela, con viento y trío, envuelto en un capote y con gorro ingleso. Del Londres Victoriano regresa a su vieja caso, en lo que unas rejillas comunican lo estancia de la familia con las del ganado, «para que suba el calor».

- Si lo sobré yo; dicen que comentó el relojero.

Al siguiente visitó la iglesia y nado más ver al párroco le comunico que regalará un altar para la iglesia, un retablo y un reloj para lo torre.

«También tendrá usted casullas, albas, estolas y todo lo que necesite paro el culto».

 

 

Duras historias de las sufridas gentes de a pie.

Sergio, el saxofonista de la orquesta recordada como 'Los de OdoIIo' recordaba mirando al monte los kilómetros que tenían que hacer para ir a tocar hasta Sanabria, con los instrumentos a cuestas, para ganar cuatro duros y reflexiona: «Si aquí, en La Cabrera, nos pasamos más de media vida luchando contra los elementos: la nieve, el frío, los lobos, el monte, el hambre, la lejanía...». Y, sin embargo, él fue a trabajar a Madrid y «volví escopetao».

Por ello, allí en La Cabrera, las historias que a ellos les parecen normales adquieren tintes de leyenda cuando las escuchas con los oídos de quienes no son de allí, de quienes no conocen el rigor de aquellas tierras.

Doña Olimpia

Eso le ocurrió a 'don Manuel' el cura, pese a que él sí conoce la dureza de esta comarca, cuando escuchó la historia de Olimpia Álvarez, una mujer que estudiaba Magisterio en León cuando no había carreteras, en los primeros años 40. Cruzaba esta mujer toda la Cabrera Alta y algo de la Valdería, desde Losadilla, para coger el autobús en Castrocontrigo. Diez horas caminando, el mismo tiempo que tardaba en desandarlo cuando regresaba a casa y además de noche. «Los caminantes cantaban sin cesar para matar el miedo».

Mil anécdotas tenía esta maestra. Una vez tuvieron que meterla en un horno para combatir el frío, alguna vez le robaron, otra se encontró con un grupo de prisioneros forzados a hacer carreteras y siempre flotaba en el ambiente el miedo 'a los del monte' (maquis).

El libro 'Si toda carne es hierba' es una antología de relatos de serano (filandón) en el que se puede comprobar que en aquella tierra, en épocas ya superadas, cualquier profesión puede ser casi heroica. Lo era la de músico de Sergio, la de estudiante de Olimpia o la de cartero.

Castor Corredera

Cartero de enlace de Silván a Benuza fue Castor Corredera Centeno, que ingresó en el Cuerpo de Correos en 1950 y hacía 32 kilómetros diarios para cumplir con su trabajo, «muchos de ellos en descampados sin el amparo de nadie, más que de Dios del cié lo», explicaba.

Y este desamparo se hizo patente precisamente el día de Nochebuena del año 1950. «Me vi sumergido en una vaguada con una nevada de más de tres metros de gruesa. Como para quedarme allí. Hacía escalones con las manos y los pies para poder salir del sitio donde me había metido, el mismo paraje donde cinco días después me vi rodeado de nueve lobos y creí ser comido por ellos, pero no fue así gracias a la Divina Providencia y a San Antonio, que me amparó». Y, sin embargo, recuerda que no fue el día que más lobos encontró en aquel desamparado camino:

«Hasta 14 me encontré en ese trozo».

Son sólo algunos ejemplos de una tierra singular. Habría cientos, miles, de un lugar donde todo tiene un sentido diferente, donde a veces parecía haberse detenido el tiempo en el siglo XIX cuando ves a una mujer de esas vestidas de negro de pies a cabeza o te parece estar ya en el siglo XXI cuando uno de sus médicos se va casando y separando sucesivamente como sólo lo hacían las artistas de cine.

No ha tenido suerte esta tierra, nunca ha sido favorecida, no en vano la primera vez que se convirtió en noticia de primera página de los periódicos, allá por el año 1958, fue porque allí, cerca de La Baña, fue a capotar una avioneta pilotada por el alemán Karls O. Schmith, a quien acompañaba su esposa y una pareja de luna de miel. Murieron todos.

Brindis Morán

«Nací en Sigüeyo, en lo Cabrero Bajo. Mi infancia fue muy dura, estuvo morcada por la pobreza material de mi casa, por lo cerrazón de mi pobre madre y la borrachería de mi padre: hambre, trabajo y zurras». Así describe sus primeros años otro cabreirés singular, Brindis Morón, que pudo salir de allí camino del seminario de Olmedo primero y del convento de Sonto Tomás más tarde, en Ávila. Otro infierno paro el chaval. «Era un antro oscuro, me cansé y volví para Sigüeya».

Ahí empezó el largo peregrinar de este errante al que le gusta mucho escribir. Fue o Madrid en los años 30 y marchó como 'gato escaldao' para las minas de Fabero y recuerdo que logró publicar un texto en el periódico Lo Mañana, de León. Recorrió medio Latinoamérica, fue músico, albañil... viajó en un barco de guerra, en un vagón de féretros. «Lo importante era el destino y, sobre todo, la libertad»

 

 

 

El Rojo y Cañueto, las manos sin dedos

Las tierras duras crean mitos, leyendas de lobos humanos. Y La Cabrera más que ninguna otra. De las múltiples historias de personajes a medio camino entre la delincuencia y el cariño que despiertan quienes sobreviven contra viento y marea están dos de los que se han dado en llamar 'los últimos bandoleros'. Serían Antonio B. El Rojo (Antonio Bayo en realidad) y el más cercano Bandolero de Omaña, (Salvador Cañueto), llamado así no por ser de Omaña, es cabreirés, sino por ser ésta la comarca en la que con más frecuencia actuó. Tal vez sean dos personajes diferentes, pero con una curiosa coincidencia: los dos perdieron dos dedos de una mano en su agitada vida.

Tal vez tengan en común más que la falta de esos dos dedos. Seguramente lo que más acerca a estos dos personajes sea el subtítulo que le puso a la biografía de uno de ellos, Antonio B. El Rojo, su autor, el escritor vasco Ramiro Pinilla: «Ciudadano de tercera». Gentes expulsadas, por uno u otro motivo, de la sociedad que les acoge y que se revuelven contra ella con todas las fuerzas de su ira, que es mucha. Antonio B. El Rojo acabó sus días trabajando en Bilbao, allí conoció al escritor vasco Ramiro Pinilla, cuyo último libro 'Verdes valles, colinas rojas' ha levantado cierto revuelo en su tierra.

¿Ruso o Rojo?

Pinilla quedó impresionado por las historias que le contaba el leonés de La Cabrera y se decidió a llevarlas a una novela que vio la luz en dos volúmenes con el título de Antonio B. El Rojo. Ciudadano de tercera'.

Pocos libros recogerán testimonios más duros e impresionantes. Escritos en primera persona y puestos en boca de este cabreirés nacido en La Baña. En una familia pobre, muy pobre, y en tiempos de hambre y miseria, en la dura posguerra española, y leonesa, y de La Cabrera.

Antonio B... (tal vez Pinilla utilizó sólo la inicial pues su apellido real tenía mucho que ver con un personaje muy de actualidad y controvertido en el País Vasco) era un chaval muy espabilado y decidido, rebelde contra la dura situación familiar que le tocó vivir, contra las vejaciones que sufrió su madre (una mujer digna de otro libro) y fruto de todo ello fue la historia de un chaval arrastrado primero a la pequeña delincuencia, a los robos menores para comer, y después entró en una espiral de huidas, enfrentamientos con la Guardia Civil, problemas con algunos vecinos, venganzas por las vejaciones a sus allegados... Se convirtió en un lobo que se movía por los montes como en su propia casa, un ser desesperado y, a la vez, un mito para muchos de los que 'abajo' sufrían la injusticia de una pobreza que nadie merece en ese grado.

Manuel Garrido, cura durante décadas en La Cabrera, autor de varios libros de artículos y reflexiones, uno de los que mantiene que tal vez Pínula «noveló algo en exceso», reconoce, sin embargo, en un escrito: «Acabó siendo un ladronzuelo impenitente, cuyas andanzas le proporcionaron alguna secreta envidia y el convertirse en ese chivo expiatorio que necesita siempre un pueblo exasperado por el hambre (...) El hecho de que pagara por sus fechorías y por las que hacían otros, amparados en su fama, no es ajeno a que sus fechorías rápidamente adquirieran caracteres de leyenda. El caso es que sus robos de todo objeto comestible le acarrearon infinidad de detenciones y palizas, de las que siempre volvía a las andadas y le valieron el contundente apodo de 'El Ruso'».

¿El Ruso o El Rojo? Garrido mantiene que en La Cabrera le llamaban 'El Ruso' pero cuando salió la novela a su autor le pareció más comercial 'El Rojo', que también así era conocido pero no con connotación política sino por el color de su pelo.

Algunas de las descripciones de Antonio B... son espeluznantes, de un lobo solitario. «Es de noche. Tengo que apoyarme en las paredes para andar.

Me quito los trapos de las manos (se estaba recuperando de la pérdida de dos dedos) para agarrarme mejor y luego poder ahogar a algún guardia. ¿Qué me pasa en las manos? ¡Mis dedos! ¿Cómo voy a ahogar a nadie sin mis dedos?». Y es que la descripción de cómo va perdiendo los dedos por necrosis, de cómo huele la casa de su madre a carne muerta en descomposición, mientras permanece escondido en ella es un pasaje terrible.

Pero es un tipo indomable. A continuación del pasaje de no soportar el dolor de sus manos relata cómo encontró una lata de gasolina y fue a quemar, y quemó, el cuartel de la Guardia Civil.

Sólo alguna vez, muy pocas, flaqueó Antonio. Tal vez los dolores en la mano son los que más le ponen al borde de la desesperación: «Yo me largo de aquí, madre. Me estoy muriendo y no quiero morirme como un perro. Me presentaré a los guardias y que ellos me lleven al médico. Si no me puede salvar las manos al menos me salvará la vida. A ver cuando me quita más gusanos, que me pican».

Pero la respuesta de la madre habla de la 'dureza' de toda la familia: «Eso se piensa antes, hijo. Has elegido esta vida y tienes que arrear con ella ¿Por qué no bajas a quejarte a tu madre cuando comes en el monte corzos y codornices? Hay que estar a las duras y a las maduras. ¡Y dichoso tú!, porque yo sólo estoy a las duras».

'El Ruso' en el monte es dueño y señor. «Me siento seguro en mi cueva. Su boca, tapada de zarzales, es invisible para todo el mundo menos para mí. Los guardias no me agarrarán nunca». Es una fiera herida.

— Te vamos a degollar vivo Rojo; es la expresión de los guardias cuando lo detienen. Es el primer paso de un largo calvario de cárceles para acabar en un manicomio. También muchas fugas. Su leyenda no deja de crecer y acaba en el País Vasco, de guarda jurado. «Voy a venir a encontrar la paz donde están los de ETA».

«El Cañueto»

El segundo bandolero lleva esta definición en su nombre: 'El bandolero de Omaña'. También cabreirés, muy reciente en la memoria pues aún hace pocos meses que ha sido detenido. Un tipo enigmático, romántico, legendario, errante por los montes a causa de los 55 delitos que se le imputan contra el patrimonio y el orden socioeconómico, tenencia ilícita de armas, y una requisitoria judicial por quebrantamiento de condena, al no regresar a prisión tras un permiso penitenciario en 1992. Se llama Salvador Cañueto, aún no ha cumplido los 60 años y se movía por los montes como pez en el agua. Hijo de madre soltera y padre no reconocido muchas veces robaba para comer y de todos los delitos que se le imputan en ninguno llegó a causar daños personales, aunque en una ocasión sí amenazó a los propietarios de una casa que le sorprendieron mientras se aprovisionaba pues I solía aprovechar para sus fechorías los días que en los pueblos había un entierro u otros actos sociales para encontrar las casas vacías. Ya llevaba trece años sobreviviendo por los montes este cabreirés de Marrubio cuya familia había emigrado a Londres y no le queda en su pueblo casi ningún allegado, aunque allí no reniegan de él pues no le recuerdan como un tipo bronco, algo que Antonio Bayo nadie niega que lo era.

La maldición del wolfram

Sobre lo biografío do Antonio B. existe uno cierto controversia en La Cabrera. Hay quienes creen que tal vez Ramiro Pinilla exageró algo en su novela, pero todos reconocen que habría que conocer el contexto histórico y se entendería mejor.

La pobreza entonces era terrible en La Baña. Y cruel. Una explotación de wolframio en la sierra de Casaña Fue como la fiebre del oro para lo comarca. Cuando cerró y fue abandonado había dejado una terrible herencia entre quienes trabajaron en ello. La silicosis asfixió hasta la muerte a muchos obreros, lo mayoría muy jóvenes.

¿Qué esconde la B...?

Extraña que en un testimonio 'tan en primera persona, directo y escabroso' como es Antonio B... se 'oculte' el apellido.

En Lo Baña todos saben que es Bayo. Y añaden más, allí todos aseguran que es el padre de Felipe Bayo, guardia civil implicado en el famoso caso Lasa y Zabala, que fue acusado, con Dorado y por orden de Galindo, de quemar con cal viva a estos dos supuestos terroristas.

Es la última paradoja de la vida de este hombre que odiaba a lo Guardia Civil y que además explicaría por qué Pinilla no quiso poner el apellido Bayo completo.

La tierra de 'donde las Hurdes se llaman...'

Como todos los lugares cargados de épica, La Cabrera ha estado en el punto de mira de los literatos, los pintores... los artistas. Estas tierras tienen magia, el mérito está en saber trasmitirlo.

Ramón Carnker

El más importante de los intentos por hacer llegar esta comarca a todos los rincones donde pueda volar la literatura fue sin duda el de Ramón Carnicer y su controvertido 'Donde las Hurdes se llaman Cabrera', un precioso libro de viajes, escrito con la honestidad que a nadie tiene que demostrar el villafranquino y que sufrió todo tipo de iras, del obispado, del periódico afín al obispado, de muchos. El tiempo ha puesto las cosas en su sitio y el ya citado en este fascículo Manuel Garrido, que bien podía ser otro de los personajes de esta tierra después de más de dos décadas de cura en ella, nada sospechoso de tener nada contra el obispado y también hombre que dice lo que piensa lamentaba profundamente aquel triste episodio en el que un extraño Jurado no le concedió el Premio Castilla y León de las Letras después de hacerlo finalista único. La manía de Carnicer de hablar con claridad le había costado otro disgusto.

 

Nunca entendió el autor de 'Las jaulas' aquella polémica que levantó su libro. «Yo tan solo reproducía de una forma fiel lo que había visto en mi viaje, mucha miseria y una comarca muy retrasada. Quienes se volvieron contra el libro fueron aquellos que eran los causantes de este retraso histórico: el obispado y el Gobierno Civil, que encontraron acogida a sus escritos en el Diario de León. El libró quería poner de manifiesto la necesidad de actuar allí y, en parte, después se pusieron a hacerlo».

La galería de personajes que desfilan por este libro lo convierten en una galería de historias hoy más increíbles que cuando las escribió. Por sus páginas anda, como no, el relojero Losada junto a Benigno, el tamborilero de San Clemente de Valdueza; don Manuel, que también era cura pero ya viejo; médicos que le hablan del bocio y otros problemas; maestros singulares; indianos, parturientas, gentes de pie o las cuadrillas de vecinos de La Baña que bajaban a la campaña del aceite hasta los campos del sur...

El regalo de Don Ramón

Cuando llegó a las librerías 'Donde los Hurdes se llaman Cabrera', después de mil avatares, fue recibido en la tierra que dibujaba con reacciones de todo tipo. El tiempo ha demostrado que es un gran libro, que le hizo un gran favor a la Cabrera denunciando sus problemas y que la honestidad de nuestro patriarca de las letras está fuera de toda discusión.

Tan noble es el bueno de Carnicer que el Museo de lo Cabrero albergo uno monta que le habían regalado en aquel viaje y él regaló ahora

Los mozos de la caravana de mujeres

El mayor signo de desesperación ante el futuro de una comarca es cuando ya se pide una 'caravana de mujeres'. Y en La Cabrera lo hicieron en 1995, menos mal que después el futuro de esta tierra lo han enfocado por otros cauces pues la caravana, todo hay que decirlo, fue un desastre. Ni una mujer acudió a la cita ¿O una?

Los dos padres de la idea fueron Paco Losada y Abelardo González. El primero había recorrido medio mundo, trabajó en Inglaterra y después en México D.C. Allí sintió el pánico de la inseguridad como un sudor frío y pensó: «Con lo tranquilo que se vive en Corporales». Y cogió el avión. La tranquilidad la encontró pero una mujer no le vendría nada mal.

Abelardo, de Cunas, es todo un personaje. Imprevisible. Lo mismo pesca que juega al tute, pero «qué falta nos hace en casa una mujer». Ellos se decidieron a dar el paso y cuando ya lo habían hecho apareció el ganadero José Antonio Cea: «Si sobran, una para mí».

No sobraron porque no acudió ninguna aquel sábado 28 de enero de 1995 en el que los tres acudieron de punta en blanco al Hostal Eria de Félix, que era el enredabailes de todo el proceso. Les quedaba una esperanza, «no se atreven a venir pero igual llaman por teléfono».

Abelardo y la mano negra

Ya han pasado 10 años pero Abelardo no ha cerrado lo puerta do la caravana. Insiste en una que quiere venir, que le llama, pero hay una mano negra que no deja llegar a buen puerto su sueño. Y se atreve a señalarlo, con sótana y apellidos.

Parece una quimera, pero seguramente los sueños sean el mejor sucedáneo de aquella caravana de mujeres que nunca llegó hasta Truchas.