EL OSO DE ARBAS DEL PUERTO

 

"Es digna de visitar la antigua Colegiata de Santa María de Arbas, a tres kilómetros de Busdongo, valioso monumento de arquitectura románica en el que parece inspirarse la moderna basílica de Covadonga".

José Mourille López. 1928.

El susto del peregrinaje en los Montes Etuves

Hoy nos corresponde viajar por las márgenes del Bernesga. El Bernesga, río leonés con nombre griego, de Bernike, que según don Antonio Justel, inspector jefe provincial de E. G. B. adoptó la denominación de Bernisca o Cabellos de Berenice, constelación griega que asumió el nombre de la esposa del rey Evergetes, allá por los años 230 antes de Cristo.

El topónimo debió ser introducido por un grupo de colonos griegos, importados por los romanos para el laboreo de las minas áureas a lo largo de la cuenca de este río truchero.

Calcando ya el itinerario descrito en otra leyenda; La Robla, el santuario del Buen Suceso, Santa Lucía y Ciñera, La Vid y Villasimpliz, los peregrinos se asustaban cuando divisaban los Montes Etuves. Montes de fríos y de nieves, "ni sol ni luna en el monte tenebroso". Y así, las hiperbólicas exageraciones de la juglaresca. "Adelante, compañeros, no hagáis caso ni de mis piernas que tiemblan ni de mi semblante que se altera en la oscuridad de estos Montes Etuves, tan tenebrosos, que achican tantos corazones, hacen viudas a las mujeres y huérfanos a los niños..."

Así cantaban los juglares del Códice Calixtino o Libro de San Jacobo, atribuido al papa Calixto II, y que nos relata la inmarcesible pluma de don Antonio Viñayo, abad de la basílica de San Isidoro en su libro sobre El Camino de Santiago en tierras de León.

Pasamos por Villamanín, la villa de Manino, de repoblamiento visigótico y afluencia hoy de veraneantes que prefieren los lugares frescos. Más allá Busdongo, el "Bustum Dominico", lugar de pastos y prados; "bustum", granja o explotación de ganado vacuno en propiedad exclusiva de un señor. Tuvo minas de carbón, y más arriba una explotación de cantera y fábrica de cementos.

Y se llega a Arbas del Puerto, y ahora, a contemplar los Montes Etuves, el gran puerto de Pajares, con sus 1.379 metros de altitud. Los montes que tanto asustaban al peregrinaje; montes de osos y de lobos, que encogían el ánimo y se poblaban de leyendas.

Pero había que seguir, había que llegar al Salvador de Oviedo, porque "quien va a Santiago y no va al Salvador, visita al siervo y deja al Señor".

Jovellanos viene a León a estudiar los Montes Etuves

El catedrático don Waldo Merino, dice que este puerto de Pajares no era el apropiado para las incursiones a Asturias, por su fragosidad y pendiente; que los lugares de acceso se buscaban por pasos más asequibles, allá por el puerto de La Mesa que ya hemos descrito en otra leyenda.

El puerto de Pajares fué siempre un acceso difícil para Asturias, y el cinco de septiembre de mil setecientos noventa vino Jovellanos a León. Y vino con el exclusivo propósito de estudiar el trazado de la carretera por este puerto de Pajares. De Asturias traíamos el pescado, pero siempre a lomos de reata, y el carruaje no entró en Asturias hasta finales del siglo XVIII. Asturias permanecía casi aislada.

El motivo de estudiar el puerto dio pie a Jovellanos para mantener un idilio en León, asistir a refrescos, pasear con las damas y alojarse en casa del coronel Cea.

Varias veces pasa Jovellanos por León. En su Diario primero, llega Jovellanos para oír misa en la iglesia del Mercado, el domingo 5 de septiembre de 1790; describe la fuente de la plaza y sus angelotes. Prosigue el viaje por Pola de Gordón, y detalla como se cobraba allí el portazgo, por el conde Luna, al precio de tres cuartos la caballería cargada y seis maravedís las otras caballerías de carga, no pagando las que iban de vacío y la de montar el arriero. Pagaban también el ganado vacuno y el mular cuando iban e la feria de León; sin embargo no pagaba el ganado lanar por tener privilegio de La Mesta.

En el Diario segundo, de 1791, vuelve Jovellanos a León, en su viaje de Salamanca a Gijón, pernoctando en Villamañán el 17 de diciembre, en un día lluvioso que le va a dar una noche para pasar frío y toser. Le dieron una posada sucia, fría e incómoda. "Dios nos saque en paz de ella". En León estuvo hasta el día 26, el 27 se fue para Asturias.

En el Diario tercero, hace una excursión de Gijón a León, el 6 de junio, permaneciendo hasta el día 25, año 1792, y hospedándose en San Marcos. En esta permanencia hace un viaje a la ribera del Orbigo, a Astorga y a El Bierzo. En El Bierzo se hospedó en el monasterio de Carracedo, del que hace una descripción detalladísima de su palacio y panera, la cuadra, el artesonado, el archivo, la galería y el monasterio.

En León va a recibir Jovellanos un gran impacto sentimental. De tantas mujeres como trató en sus viajes, ninguna le atrajo tanto como "Ramona", una jovencísima dama hija de los marqueses de Villadangos que se le coló hasta los tuétanos. Y no era muy guapa. El mismo dice: "Ramona, tan amable y majestuosa; no he visto fea que más interese".

En León vio un retrato de mujer pintado por Velázquez, que aún debe hallarse en León, pero del que no se volvió a saber más.

En 1795, vuelve a León, y lo describe en su Diario sexto; viene desde Gijón, durmió en Buiza, en casa de Manuela la viuda, se lava con agua y vinagre, cena leche, huevos y truchas; es fecha del 15 de abril. Esta vez no se hospedó en San Marcos, debió hacerlo con los franciscanos, porque les dio mil reales de propina por lo bien que le atendieron.

Paseó con "La Majestuosa", que se le iba metiendo cada vez más adentro. Le gusta viajar mucho por la provincia, porque es un viajero incansable y describe con un encanto especial los chopos de las riberas de León. Se fué a Mansilla de las Mulas, al monasterio de Sahagún, entra por las tierras palentinas, visita en León a monjes y monjas, archivos y bibliotecas. No comenta nada de la colegiata de San Isidoro, es raro. Ordenó todo el archivo y biblioteca de San Marcos y se encontró la Biblia de Arias Montano, que fué para él de gran complacencia.

Viajó al monasterio de Sandoval, y le satisface hallar el Libro de Abades y el de Obras; fue muy alegre la estancia en el monasterio de Eslonza, en la celda del regente Fray Mauro de Castro. El 30 de junio se fue ya para Gijón.

El 1797, el 26 de agosto, torna otra vez a León, que lo dice en su Diario séptimo, y va camino de Santander y Bilbao, permanece dos días, vuelve a intimidar con su tormento Ramona. Nuevamente el 7 de octubre recala en León, camino del Principado, haciendo noche en Arbas del Puerto, en la iglesia, antigua, oscura, húmeda, fría, insufrible, según se expresa. Habla muy mal de la colegiata de Arbas, de cómo sus clérigos están como secuestrados o segregados del trato humano; de que las limosnas que allí se reparten van a manos de holgazanes y vagabundos; de que aquel hospital solo sirve para atraer a estos desalmados; de que mejor sería que trasladaran el hospital a un lugar más poblado.

Jovellanos anduvo nuevamente en tratos de comprar esa pintura velazqueña, retrato de la Castañona; pero no lo compró porque en su testamento no aparece.

Don Francisco Martínez García, profesor de la universidad legionense, en su obra Historia de la Literatura Leonesa, nos perfila la atracción de Jovellanos por León, influenciado quizá por el recreo de sus ojos en la mujer amada. Y nos describe cómo la conoció Jovellanos en una tertulia, a las que era tan aficionado, y cómo alteró su equilibrio sentimental. Que era una mujer de fino talento, educación esmerada, de conversación amenísima, y aunque no muy agraciada físicamente sí que significó un escalofrío de pasión para Jovellanos, incluyendo también el enredo de los celos, porque eran muchos los pretendientes que corrían en su redor.

Cuando Jovellanos se despide de Ramona, "porque distamos mucho en años y en proyectos", dice, sabe que tiene su batalla perdida, y es que Colasín Ponte la había enamorado locamente, y se la llevó al altar.

Jovellanos ya no volvió a León, quizá por el desengaño amoroso, quizá porque salió desterrado luego para el castillo de Bellver, en Mallorca.

León produjo en Jovellanos un goce artístico, aparte del sentimental, por sus monumentos, libros, documentos antiguos en archivos y bibliotecas, las costumbres regionales, como las Cantaderas, y la fruición con que saboreaba la contemplación del paisaje leonés. Esta es una prueba:

"Verdes praderas, florida y ancha vega

Donde Bernesga pródigo reparte

Su onda cristalina: alegres prados,

Antiguos y altos chopos, que su orilla

Bordáis en torno, ¡ah! cuánto gozo, cuánto

A vuestra vista siente, siente el alma mía!".

El ferrocarril del Norte, León-Gijón, fue subastado en el año 1864, pero hasta veinte años más tarde no se iniciaron las obras; y debido a una multitudinaria manifestación en Asturias.

Así ya se vio colmado el deseo de que para ir desde Gijón a Madrid se emplearan algo más de veinte horas, y no los cuatro días que se empleaban en carruaje.

El paso del puerto de Pajares fue un alarde de técnica y audacia, ya que había que salvar más de mil metros de altura en los que hoy son poco más de veinte kilómetros de distancia, perforando un centenar de túneles.

El oso de la leyenda de Arbas

Si nos acercamos al parador, elegante y macizo, al franquear su puerta se aprecia dos magníficos osos en piedra como centinelas, que sostiene cada uno una rodela guerrera con los escudos de León y Asturias.

En los predios leoneses del alto del puerto queda la Colegiata de Arbas, que más parece hecha por mano de ángeles. Es como el último suspiro del románico, en época de Alfonso IX.

Esta Colegiata ha sido restaurada bajo la dirección de Menéndez Pidal, quien estaba enamorado de esta obra arquitectónica. Y allí tiene su sepulcro, porque dijo que en tal lugar deseaba ser enterrado.

Los asturianos celebran en esta Colegiata una fiesta todos los años, porque argumentan que es de Asturias, péro los leoneses bien sabemos que no; que es nuestra. Que sí que perteneció a la diócesis de Asturias, pero su dependencia inmediata era tiempos atrás del abad de San Isidoro de León; porque allí había hospedería y hospital de peregrinos con dádiva de perdonanza, donde podían permanecer tres días, si se gozaba de buen tiempo, y luego se les daba para el camino la libra de pan, el cuartillo de vino y el morral con las viandas, sin tener en cuenta quien fuere.

San Isidoro de León tenía grandes posesiones en Mayorga de Campos, Toro de Zamora y en Gordaliza del Pino. En Gordaliza hay una ermita consagrada a Santa María de Arbas. Estos terrenos proporcionaban riqueza de pan y vino para alimentar a los peregrinos en San Isidoro, en sus hospitales y en Santa María de Arbas.

Dícese que el hospital de la primitiva colegiata fue fundado en el siglo XI, por el conde Don Fruela, hermano de Doña Jimena, la esposa del Cid.

La leyenda dice que la fundación de Arbas se debió a dos infantes, hijos de un rey extranjero, enviados por su padre a vivir con los ermitaños en aquel solitario retiro, en expiación de un crimen.

Arrepentidos, ayudaban a los caminantes. EL rey extranjero quiso fundar el hospital, pero se le adelantó el rey leonés, quien encargó esta construcción.

Y allí queda patente el testimonio de la leyenda de Arbas del Puerto. Al franquear la puerta de acceso a la iglesia hay dos modillones en piedra, representando a un buey y a un oso. El buey y el oso de la leyenda.

Los canónigos agustinianos acarreaban la piedra para construir el hospital, con la carreta celta, cantora, de eje unido a las ruedas y untado con tocino y con salgueira para que el carro cantara.

Los carros cantores se oían por los valles como un encanto del paisaje. Al yugo, uncidos, tiraban del carro cantor la pareja de bueyes.

El oso del puerto, el temible oso de los peregrinos, mató a uno de los bueyes, y el canónigo ermitaño Pedro le castigó a ser uncido con el otro buey, para acarrear la piedra con que se fue construyendo el hospital.

Así queda el testimonio legendario esculpido en la piedra imperecedera, para solaz de los caminantes.