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"A las doce y media salimos de la cantina. La noche está fresca y cuajada de
estrellas, muchísimas, tantas que uno siente el vago temor de que el reloj de
los cielos se haya descompuesto y de un momento a otro se produzca un
cataclismo".
Ramón Carnicer, en
DONDE LAS HURDES
SE LLAMAN CABRERA
EL
CORPORALES DE LAS CANALES AURÍFEROS
Corporales es un pueblo grande, con sabor antiguo, al lado del río Eria, que
nace en la base del soberbio Teleno.
Por las faldas asentadas ya del Teleno, con sus nieves perpetuas, se contempla
un valle dilatadísimo, el Valle de las Rubias, adjetivado por las mujeres, que
una rubia siempre es una rubia y marca su impronta en la vida del hombre; y
dicen que por allí se va a trazar una carretera que acorte el camino para salir
hacia Astorga.
Y ese Teleno, el Marti-Tileno, el "Marte lanzador de rayos", muestra aún las
obras romanas que surcaban sus faldas, recogiendo todas sus aguas en tres
canales paralelos que se dirigían a la imponente obra de Las Médulas; engrosados
ya en número con otros dos que recogían toda el agua de La Cabrera.
Dominando el pueblo se halla un castro en el que se han descubierto y puesto
a la luz los muros de un poblado romano, con sus viviendas cuadradas y muros de
pizarra. Es el castro de Corona, de asentamiento romano sobre el primitivo
prerrománico, que tenía claramente su sistema defensivo con foso y talud de
parapeto.
Corporales debió tener su importancia en otras épocas, porque se dice que fue
villa con escribano, y se conserva allí la leyenda de existir un lago
subterráneo, hoy sepultado, donde el dios Marti-Tileno bajaba para apagar sus
rayos de fuego al finalizar las tormentas.
Y ese lago se halla, dice la tradición, bajo unos terrenos que denominan "Tolaniel",
y la gente tiene cierto temor racional a Tolaniel, que dicen significar
"paperas", y quizá sea por la infección de sus aguas que hayan producido a veces
esta epidemia, pero que las consejas populares y la imaginación desbordada le
echa la culpa a ese lago imaginario que debió existir *para el legendario dios,
y que pesa sobre él cierto maleficio.
EL
"EXTREMADERO" DE CASTROHINOJO
Caminando de Ambasaguas a La Baña, a muy poca distancia, hay una desviación con
carretera ya asfaltada que sube a Castrohinojo. Las curvas empinadas es toda una
prueba para volantistas, que tiene su pintoresca trayectoria asemejándose a un
tobogán.
Sube que sube hasta llegar a una aldea muy sui génesis, situada la más alta de
La Cabrera Baja.
Y allí está, el castro donde se darían los hinojos, con sus cogollos aromáticos
y sabor de anises, que tan hermosamente cantó el Marqués de Santillana en su
"Vaquera de la Finojosa".
Las casas de Castrohinojo, de pizarra en sus muros y cubierta, tan comunes en La
Cabrera, presentan la singularidad de estar asentadas sobre enormes rocas.
Pues en esta aldea se halla emplazado en medio de la tortuosa calle, una calle
muy irregular, un gran bloque de piedra caliza, a forma aproximadamente cónica,
que llaman "el morrillo del Extremadero".
Junto al morrillo del Extremadero
se practicaba el concejo y el recuento del
ganado. Pero su valor legendario estriba en las virtudes que poseía aquella
piedra, ya que las mujeres frotaban la barriga en el Extremadero para ser
fecundas; y tal era la fe que tenían en la influencia de la piedra que se tomó
siempre como el símbolo de la fecundidad.
A menos de medio kilómetro de la aldea existe una cueva con su entrada por el
cortado de una roca, y que debió ser una bocamina, pero que los nativos la
pueblan de leyenda, pues aseguran que dentro se aprecia una bella columna
tallada en la piedra.
EL RELOJERO DE IRUELA
Cuenta la leyenda que un muchacho de Iruela, que apellidaba
Losada, se hallaba
de pastorcillo de un rebaño de ovejas de un sacerdote de La Valdueza.
Por haber perdido una oveja, y temiendo la fuerte represión del amo tomó camino
de evasión por los montes de La Guiana, bajó a La Cabrera, se fué a Sanabria,
Portugal y embarcó para Inglaterra.
Allí se colocó de aprendiz de relojero, en Londres. Y fue tan hábil que con las
piezas de desecho del taller compuso relojes de gran estilo, hasta que su patrón
comprendió la valía del muchacho y lo ascendió a oficial mayor del taller.
A la muerte del patrón se casó con la viuda; se hizo una gran firma relojera, y
fue el artífice que construyó el reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Amasó una
gran fortuna.
Tal fortuna, que al no dejar herederos aún se halla depositada en Londres, a la
espera de que surja el documentado pariente más próximo para serle entregada.
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