RINCÓN POR RINCÓN, LEÓN

LA CALLE ANCHA

 

Por aquellos entonces, ¿en qué momento del año veinte nos hallamos exactamente?, la Calle Ancha era la Calle Ancha, sin compromisos ni condicionamientos. Porque eran tiempos de muchísimo respeto hacia la opinión diversa de los habitadores de la urbe. Todavía no se habían impuesto los liberalotes de don Fernando Merino Villarino, en el intento de cambiar el nombre del callejero, precisamente allí donde más entralada estaba la costumbre, que ya me dirán por otra parte cómo podrían asustar los ayuntamientos políticos del merinismo en acción a la clientela del Lectoral de la Catedral, don Eulogio López, «el Pico de Oro» de nuestra oratoria sagrada, ni al Magistral, don Clodoaldo Velasco, auténticos martillos de herejes indígenas, como aquel don Gordón, o Marco Rico o los Pallareses, o los incubos y súcubos que en «La Democracia», compuesta y tirada a mano en los sotabancos de la Plaza del Conde, antes de ser corrompida y transformada en horripilante y antiestético cuartelón para verduleros y carniceros, encontraban mesa y tertulia. La Calle Ancha, como su propio nombre indicaba, era «la calle» por antonomasia, de León, con su floreciente comercio (Almacenes Torres, don Lesmes, etc.), con su cafetín de tonadilleras (Café Iris) regentado por aquella doña Petra oriunda de Villamañán y madre de uno de los escritores y poetas de mayor nombradía en tiempos muy posteriores, y su paseo provinciano, tranquilo y seguro, gracias al sistema de regulación del tráfico de la época, consistente en el cruce de cadenas, precisamente colocadas a la altura de la Cordelería de Saravia, que era tertulia más bien proterva del Republicanismo leonés, y que impedía la irrupción de los carros de don Fernando Chapé y de los estruendosos y estremecedores automóviles de Laurín y de don Gumersindo Rosales.

León era un encantador pueblón de madreña y pelliza, con su Calle Ancha para la convivencia pacífica de aquellos militares de capotón y de ros de hule reluciente y del paisanaje siempre pobre y siempre honrado; para el intercambio comercial y fiduciario de unas gentes artesanas y campesinas de blusón de dril y de pana, que acudían a la Farmacia famosa de Merino en busca de pastillas para la tos y a la Banca Llamazares a cambiar, en perronas «para las vueltas», aquellos duros de plata que sonaban a buenos hasta cuando eran falsos, como aquellos sevillanos, escandalosamente aparecidos en el mercado bursátil, que contenían más plata en su acuñación que los legales.

Pero la Puerta del Obispo, todavía sin derribar y en mala hora consentida la destrucción, y las murallas que corrían hasta la Torre de los Ponce y las Huertas de la Pasajera y de La Serna, ponían cercos infranqueables al crecimiento de la Ciudad, y ésta tuvo que romper por do más facilidades había, hacia la plaza de la Libertad o de la Constitución o de Santo Domingo, metiéndose por el cauce .seco del Paseo de las Moreras o de las Negrillas, hasta alcanzar y sobrepasar la Plaza donde Guzmán ofrecía su lección de bárbara fidelidad, y «La Guzmana», Comidas y Bebidas, su bacalao a la leonesa, rojo de pimentón de Aldeanueva y regado copiosamente con los mejores vinos de Valdevimbre, de Ardón, de Los Oteros.

La Calle Ancha fue cediendo prerrogativas, a medida que León se abría paso por entre praderíos y arboledas, y fue quedándose muy sola, sin cafesconcert, sin Banca, sin duros de plata y sin aquellos militares historiados de capotón azul y ros de hule reluciente.

Y empezaron a ponerle nombres a la calle.