
ESTAMPAS DE LA VIDA EN LEÓN DURANTE EL SIGLO X
Claudio Sánchez Albornoz
Í N D I C E
Apéndices:
Apéndice I: Textos utilizados para trazar el plano
Apéndice II: Textos utilizados para el estudio de la vivienda
Prólogo
Cuando el Duque de Rivas escribía su Moro Expósito o Córdoba y Burgos en el siglo décimo, iba inspirado por un atractivo tema poético e histórico: la evocación de las dos cortes, la islámica y la cristiana, durante uno de los períodos en que España vivió una vida más intensamente suya, más rica en fermentación y en entusiasmos heroicos. Pero el Duque iba guiado sólo por el instinto poético que lanzaba a los románticos en busca del color local, y por la lectura de escasas e inadecuadas fuentes históricas. En el poema del Duque de Rivas la ciudad cristiana surge de la lectura de obras de los últimos siglos medievales, como la del canciller Ayala y el Paso Honroso de Suero de Quiñones; la ciudad musulmana busca sus cimientos en la mala historia de Conde y en el romancero morisco del siglo XVI.
La verdadera evocación de la vida del siglo X tiene que ser comenzada totalmente de nuevo. ¿Cuándo tendremos la reconstrucción de la ciudad califal? La empresa es muy tentadora; esperemos que será acometida.
He aquí ahora la reconstrucción de la corte cristiana en el siglo X, hecha por un literato, que es, antes que literato, un historiador; un historiador preocupado de la más escrupulosa exactitud cronológica, informado en la lectura de miles de documentos auténticos y curioso indagador de las miniaturas de los códices coetáneos y de todos los restos arqueológicos de la época.
Las amenísimas estampas leonesas que van a pasar ante los ojos son a la vez una obra de fino arte novelesco y de sólida ciencia histórica.
Las sabrosas curiosidades de estas escenas arcaicas nos muestran cómo la vasta y afanosa erudición de don Claudio Sánchez-Albornoz ha penetrado hasta en sus más íntimos escondrijos toda la vida ciudadana de aquellos remotos días precursores del milenio, avalorando los más secos detalles de los diplomas con docto poder interpretativo; nos muestran asimismo lo mucho que la imaginación y el espíritu artístico, auxiliares necesarios de toda reconstrucción histórica, asisten a Albornoz para evocar aquella vida extinguida en las escasas reliquias que de ella quedan.
Albornoz, en su ávido deseo de perfección, aun no satisfecho, desearía, no sólo que los leoneses del 900 viviesen en estas estampas sus horas cotidianas, sino además que volviesen a hablar su desconocido lenguaje, que oyésemos su propio timbre de voz, desvanecido en los aires hace mil años. Y confiando en mi pericia más de lo que ella consiente, me pide que yo haga hablar a esos personajes. Pero ni yo acertaría a hacer nada semejante a las afortunadas reconstrucciones de las estampas leonesas, ni los redivivos personajes de ellas necesitan articular su primitivo lenguaje para que lo sintamos a nuestro lado con toda realidad.
No caeré, pues, en la tentación de hacerlos dialogar en una de esas fablas arbitrarias que nunca fueron fabladas más que por los literatos que las fantasearon. Sólo para atender en algo la indicación de Albornoz, procuraré ayudar la imaginación del lector en las estampas, señalando algunas particularidades del lenguaje que usaban aquellos leoneses del siglo X, descubriendo algunas de las ideas lingüísticas y de las modas de hablar que entonces corrían.
El idioma romance se hallaba durante el siglo X en su período de orígenes o de formación, y lo que más esencialmente distinguía el lenguaje de entonces del de después era la falta de una norma lingüística fija. Varias normas luchaban entre sí, cada una sin fuerza bastante para vencer rápidamente a su contraria.
Por ejemplo, la palabra otero tiene, ya desde el siglo XII, esta forma única, invariable. Pero en el siglo X, unas veces se escribía siguiendo el latín escolástico, altarium; otras veces, recordando arcaísmos de siglos anteriores, se usaba en formas viejísimas, autario, autairo, o bien en formas no tan viejas, autero, auterio; en otras ocasiones, el que hablaba propendía a las variantes más modernas, outeiro, octeiro; en otras circunstancias menos solemnes preferíase el neologismo otero. Es decir, que entonces casi todos vacilaban en el uso lingüístico, como hoy solamente vacila aquel hombre de recursos que sabe decir de tres maneras precuraor, percuraor y porcuraor. Pero entonces la vacilación no era hija de la ignorancia, sino de la falta de una literatura romance bastante activa que pudiera imponer sus gustos decididamente. Mas, sin embargo, no nos aturda tan enorme variedad; en medio de esa fermentación revuelta de formas, al parecer desconcertada y anárquica, las fuerzas lingüísticas que en ella luchan se van ordenando lentísimamente, según sus valores respectivos, para el triunfo de la más vital, de la que vendrá a ser forma literaria fija en el siglo XIII.
Esto sentado, digamos algo más concreto acerca de los varios modos de hablar que se oían en la corte de León por los años del 900.
Albornoz halla en un documento las palabras textuales que el desdichado Tedón, hombre de behetría, dirige a don Arias, arrojándose a sus pies. O domine, le dice... ¿Pero hablaría así aquel hombre, con un correcto vocativo latino? Seguramente no se expresaría en ese latín escolástico que el antiguo notario empleó como único digno de consignarse por escrito. Los diplomas de los notarios no usan el lenguaje hablado entonces; sólo alguno de ellos deja escapar, de cuando en cuando, cualquiera de las formas entonces vulgares; y nosotros, recogiéndolas con cuidado, podemos reconstruir en parte el lenguaje de la conversación de entonces. El vocativo angustiado que suponemos resonó en el atrio de la casa de don Arias, cuando Tedón pedía amparo, sería, en lugar de O domine, algo así: Dueño, mie vida don Arias 1; la rendida zalamería de los inferiores usaba entonces corrientemente frases de gran efusión, como «mi vida», que hoy viven refugiadas tan solo en la entrañable intimidad del lenguaje, siempre pasional, de los enamorados o de la madre que habla a su niño.
El antiguo notario continúa en su latín escolástico el discurso de Tedón: multa mala passa sum propter quod nec dixi nec feci; pero nuestro Tedón ante don Arias diría: muitos males passei por los que nen dixi nen fizi. Dueño prendiéronme elos míos enemigos, ie metiéronme en fierros ie en cárcele, sen culpa..., y así proseguiría expresándose en un lenguaje algo semejante al que hoy todavía se conserva en algunos rincones más occidentales de la provincia de León, hacia Ponferrada, en los valles del río Sil. El lenguaje que el vulgo hablaba en la ciudad de León a raíz de ser hecha corte, se parecía más al gallego que al castellano, según vemos. El castellano sonaba a los oídos leoneses como algo bastante extraño; sonaba a lengua extravagantemente modernista, que repugnaba al espíritu más tradicional de un leonés culto; en el principal centro cortesano y político de la Península el castellano era tenido por dialecto bajo o demasiado familiar.
Los fieles del rey de León, que espiaban en palacio el diálogo entre Fernán González y el conde de Saldaña, podían ser puristas cortesanos que gustarían de notar muchas cosas chocantes en el lenguaje del conde burgalés. Comentarían los dislates que le habían oído y acudirían a consultar sus juicios gramaticales con el docto abad de Ardón; «Estos castellanotes –decían los fieles del rey– hasta en el hablar son rebeldes y apartadizos; hablan como nadie habla.» «Sí –les replicaba el abad–; el conde, en cuanto se deja llevar un poco de la familiaridad, deja escapar las palabras más desapuestas y rehaces: Hablándome hoy mismo de su vuelta a Burgos, me decía: «cras tendré la mie carrera pora Castilla»; y por ahí adelante usaba tantas vilezas como palabras. Primero tendré por teneré. Después ¡¡la carrera!!, jamás el conde dice, como la gramática nos manda, illa carraria, ni siquiera dice ela carraira o ela carreira, como cuando queremos hablar llanamente, según nos enseñaron nuestros padres; no, siempre la carrera, como en León dice solamente el vulgo. ¡Y qué mal suena también eso de Castilla, silla, portillo, que se escapa tantas veces de la boca del conde! El se corrige y dice otras veces Castiella y portiello; pero buen trabajo le cuesta. ¡Pues aún parece peor aquel pronunciar mujer y fijo, como dice el conde, en vez de muller y filio, que no parece sino que silba al decirlo.»
Y si el conde habla así –añadía uno de los fieles del rey–, ¡no digamos nada de sus criados! Uno llamaba a su señor duen Hernando, y decía hazer por facere; se comen la f, que parecen vascos, y se comen otras letras muchas: pues, ¡no llaman a la reina: dueña Elvira!; se les atraviesa el decir domna Gelvira.»
De este modo, para los oídos cortesanos de los leoneses en el siglo X sonaban como vulgares neologismos o rudos dialectalismos los rasgos más típicamente castellanos. Pero al siglo en que Fernán González empieza a luchar por la independencia de Castilla, suecede el siglo en que el Cid lucha ya no por la independencia sino por la supremacía castellana, y a la par que progresaban las victorias de Castilla, los rasgos de su habla comenzaron a imponerse como norma del bien decir y acabaron por informar la lengua más cortesana y más literaria de España; esos rasgos, durante los siglos XII y XIII invadieron la ciudad de León y sustituyeron en ella a las antiguas peculiaridades que tan arraigadas estaban en el siglo X, arrinconándolas hacia el occidente de la región.
El habla vulgar de la corte de León en el siglo X tenía una gran debilidad constitutiva: su vacilante indecisión. En ella concurrían tendencias venidas de Galicia, con el gran prestigio de la cultura, la riqueza y la gran densidad de población de aquella tierra occidental; tendencias venidas de Asturias, antigua sede de la monarquía; tendencias venidas de Castilla, región que ya entonces se distinguía por una firme orientación lingüística, muy alejada de las grandes vacilaciones leonesas. León gozó su gran prestigio político en una época en que la calidad de corte la perjudicaba lingüísticamente por la mezcla de gentes e influencias muy diversas que a ella concurrían, y en que todavía no existía una literatura romance capaz de reducir a armónica unidad esas varias tendencias.
Pero además de sus vacilaciones en el romance, León en el siglo X vacilaba también en el latín que allí se usaba por los más cultos, y cuyas dos principales variedades se nos antoja que habían de estar representadas en el abad de Ardón y en Ilderedo, el obispo de Segovia.
El abad de Ardón, clérigo de grandes estudios, aficionado a los versos de Prudencio y de Virgilio, hablaba un regular latín escolástico, siempre que la solemnidad o el énfasis de sus palabras lo requerían. Era hombre ceremonioso y de pausadas maneras. Apoyando su piedad cristiana en los piadosos usos musulmanes, no solía nombrar las personas eminentes o las grandes ciudades sin un ferviente inciso de bendición o maldición, semejante a los que hoy por multisecular rutina conservamos en dos ocasiones, al decir: «el rey, que Dios guarde», y «fulano, que santa gloria haya» 2. Nuestro abad, si nombraba al rey niño Ramiro, había de añadir: «quem Dominus undique exaltet»; si hablaba de Zamora, «custodiet illam Deus», y daba a sus narraciones gran majestad, multiplicando tales incisos, al dilatarse en memorias del buen tiempo pasado, el del viejo y glorioso rey Ramiro: Postquam illo rex domnus Ranimirus, cui sit beata requies, divicit in Simancas Abderracman, maledicat eum Deus, intravit in civitatem Legionensem, quam Dominus salvet et deffendat..., prosiguiendo así mientras la paciencia lo toleraba.
De tipo muy diferente era el latín que usaba el obispo Ilderedo, privado del infante Ordoño, y gran pretendiente en corte, hombre de mucha adulación y mucha intriga, pero de muy pocas letras. Hablaría sin duda un latín vulgar muy poco gramatical, que si lo oyésemos podría servir al señor Albornoz para confirmar sus teorías sobre el estacionamiento de ciertas instituciones españolas comparadas a las francesas. Tal estacionamiento es un fenómeno general en la Península. En otra ocasión he observado cómo ciertas formas de arte, cual el asonante, el verso irregular, el cantar de gesta breve, que perduran en España a través de toda la Edad Media, se usaron en Francia tan sólo en una época muy remota. Ahora, al oír hablar a Ilderedo, nos encontraríamos con otro hecho análogo. En la Francia merovingia se usaba un latín muy vulgar que el renacimiento de las letras iniciado por Carlomagno hubo de relegar al olvido, restaurando el latín escolástico, más fiel a la lengua clásica. Pues bien, ese latín muy vulgar, que en Francia desapareció casi del todo durante el siglo VIII, se conservaba en la arcaizante tierra de León, más que en ninguna otra región de España, durante todo el siglo X. El mejor latín escolástico se usaba también, claro es, pero a su lado sobrevivía esta manera de hablar de siglos anteriores, e Ilderedo la empleaba seguramente.
Ilderedo, por ejemplo, modificaría al uso romance las vocales y las consonantes del latín. Al dar aguja para sacar reja, al regalar una magnifica copa de oro al infante Ordoño, despreciaría cortesmente su don, llamándolo esta mea paupertágula, con e en vez de la i de ista, y con g vulgar en vez de la c de paupertácula. Al poco tiempo de captada así la voluntad del infante, después de hablar a éste con gran celo del bien de la eglesia cadóliga y de la triste situación de sus pontivices, cuyas diócesis estaban arruinadas por los sarracenos, llega como por casualidad al recuerdo de ciertas terras aradébiles, esto es, aratíbiles o aradas, y de ciertos solares pobolatos cum casas edivigatas, que el infante poseía in terridorio Zamorense, de tal modo, que el infante, sin saber cómo ha sido ello, se siente inclinado a donar todo eso a la iglesia. El buen obispo da rendidísimas gracias al infante; rogará siempre porque el ánima del bienhechor sea iustivigata enna presencia de dueño Cristo por los siéculos de los siéculos.
Ilderedo era, sin duda, un clérigo redicho. Y en el siglo x se era redicho por los procedimientos más exagerados que hoy se pueden imaginar. Una de las maneras de ser redicho es la ultracorrección o falso purismo; pero hoy, una persona algo culta sólo cae en ese defecto en poquísimos casos; como, por ejemplo, pronunciando con falso cultismo expontáneo por espontáneo. Sólo los rústicos caen hoy en casos más exagerados, y, por ejemplo, huyendo de la vulgaridad de omitir la d en venido, arboleda, etc., dan en el disparate de decir rido por río, o hablan del cristo de Zalameda. Pero en la corte leonesa del siglo X eran muy corrientes tales ultracorrecciones, y sin duda Ilderedo hablaba de sus heredades de Rido Seco y ponía muchas veces la t por la d, juzgando vulgar esta consonante, y decía metranza por medro, y Córtoba por Córdoba, porque sabía que era más correcto decir semitario que semedairo.
Además, Ilderedo articularía redichadamente, como esos predicadores retóricos de hoy, que dan énfasis a su lenguaje deslizando un breve soplo vocálico en los grupos de consonantes, «Amados heremanos míos de mi álama»...; o como esos malos actores que recitan el Tenorio:
no es veredad, ángel de amorrr,
que en esta aparatada orilla...
Hoy a nadie se le ocurriría escribir semejante vocal, pero en el siglo X, y en León especialmente, se pronunciaba tanto, que hasta se escribían eguelesia por eglesia, yélemo por yelmo e Ilderedo era de los que escribía en sus cartas: «peropia nostra voluntate, vendemus tibe Salvatore et uxore tua Peraciosa terras nostras peropias, juxta felumen Torio in loco peredicto».
Pero basta. Sería muy largo dar una idea de todas las modas de hablar usadas en esa corte leonesa que tan felizmente ha hecho revivir Albornoz. Basta lo dicho para formarse una idea de los variadísimos gustos o tendencias lingüísticas que solicitaban libérrimamente a aquellos hablantes del siglo X y de las extrañas vacilaciones con que ellos preparaban la lengua literaria de mañana, la que tendrá su primer florecimiento en el siglo XII.
Basta, digo, y aún sobra. Dejemos pronto que el señor Albornoz nos guíe al mercado de León, nos introduzca en los palacios, en las iglesias, en las casas de la ciudad regia, y nos haga asistir a momentos ordinarios y a momentos solemnes de la vida de entonces.
R. Menéndez Pidal
____________
1 El título mie vida, mi vida, aplicado al señor, aparece en un documento del año 1099, en los Documentos lingüísticos, 147.°, líneas 28 y 31. En otro, 157.°, línea 41, año 1206, firma «Dominico de mi vida don Polo, preste».
2 Véase Orígenes del español, § 91.