
ESTAMPAS DE LA VIDA EN LEÓN DURANTE EL SIGLO X
Claudio Sánchez Albornoz
Í N D I C E
Apéndices:
Apéndice I: Textos utilizados para trazar el plano
Apéndice II: Textos utilizados para el estudio de la vivienda
LEÓN DESPUÉS DEL SIGLO X
FUE profeta el abad de San Justo y Pastor. Sobrevinieron días apocalípticos. La ciudad que hemos contemplado en minutos de paz, preparando la guerra y en horas de bullicio cortesano, padeció, a fines de aquel siglo, el asalto, el saqueo y la desolación. León, que alegre había visto entrar por las puertas de sus muros a Alfonso, después de la victoriosa jornada del foso de Zamora; a Ordoño II triunfante en San Esteban; a Ramiro vencedor en Simancas, y a Ordoño III luego de saquear Lisboa, entristeció ante las derrotas de Sanchos, Ramiros y Bermudos; fue teatro de las sublevaciones de su alfoz contra el rey, que van siempre los desastres seguidos de revueltas, y al cabo, ella misma llegó a ser asediada y rendida por la invencible espada de Almanzor. Ella, alejada de la raya fronteriza desde hacía más de un siglo; ella, que había visto alzarse en su interior ricas iglesias y suntuosas cortes; ella, centro mercantil y político de un reino que había humillado muchas veces a los califas cordobeses, fue al cabo asaltada y destruida. Fueron abatidas sus murallas romanas, que habían resistido la pesadumbre de cerca de diez siglos; fueron derruidos sus infinitos templos y arruinadas sus cortes, y hasta fueron cautivadas sus más ilustres damas y las abadesas de sus claustros.
Después de aquellos días todo eran solares en León; las gentes, arruinadas, se desprendían de ellos por cantidades irrisorias; subió, a la inversa, el coste de la vida; alcanzaron valores elevados los ganados de distintas especies; los caballos sobrepasaron sus antiguos y ya altísimos precios, y fue preciso repoblar la ciudad, reconstruir sus muros, reedificar sus cortes y rehacer sus templos.
León resucitó pujante de aquella amarga crisis. Mientras el califato se hundió con estrépito en muchos pedazos diferentes, la monarquía leonesa restañó sus heridas, recuperó las tierras dominadas en los días más gloriosos de Ordoño y de Ramiro; se fundió de nuevo con Castilla; avanzó aún más al Sur sus antiguas fronteras; impuso la ley en la España islamita con Fernando I, y con Alfonso VI realizó el sueño de tres siglos: la conquista de la ciudad que había sido capital del reino visigodo. Durante el siglo XI, en medio de tantas y tantas grandezas, que hubieran parecido sueños irrealizables incluso a los vencedores en San Esteban y en Simancas, León, aunque emulada muy de cerca por Burgos, siguió siendo la primer ciudad de la gran monarquía. Se engrandeció como nunca hasta allí; presenció cómo dentro de ella se formaba la primera ley territorial de la España cristiana; logró que al mismo tiempo se fijara por escrito su derecho local; asistió al nacimiento de la ciudad en el sentido jurídico que tuvo ese vocablo en la Edad Media; vio aparecer nuevas modalidades en el culto, con el de las imágenes, y pudo admirar el desarrollo de un arte nuevo, importado, no ideado por los peninsulares, pero que el genio nacional había de desenvolver en forma esplendorosa, adaptándolo a las características espirituales de la raza.
Mas con los días de mayor auge pudo advertir también los comienzos de su decadencia; la toma de Toledo hizo palidecer su estrella. Como antes Oviedo, León quedó ahora demasiado alejada de la frontera para servir de capital al reino. Siguió creciendo y engrandeciéndose con monumentos y palacios, vio coronarse emperador a Alfonso VII, conservó su esplendor de capital de la monarquía leonesa durante más de un siglo, pero al cabo llegó a perder su rango de corte y de primer ciudad del nuevo Estado, cuyo centro político declinaba, además, hacia Castilla. Fue más honda y perdurable esta crisis que la padecida por la antigua corte de Ordoños Y Ramiros a manos de Almanzor, aunque fuera ésta más aguda, dolorosa y cruenta.
Del León cuya vida hemos intentado sorprender en diversos instantes del para ella glorioso siglo X, apenas si alguna humilde bóveda y varios mármoles pueden contemplarse todavía. Más crueles los siglos que Almanzor, han destruido casi por entero las huellas materiales de la ciudad evocada en estas páginas. Pero ni ellos, ni el famoso caudillo han conseguido borra el recuerdo de la sociedad leonesa del novecientos. Los moradores de León y su tierra que alcanzaron los días del asalto y de la ruina lograron esconder y poner fuera de peligro, con sus reliquias y joyas más preciadas, los títulos de sus grandes y de sus modestas propiedades, y al defender aquellos humildes y borrosos pergaminos, salvaron algo más que sus derechos y que sus exenciones: salvaron con ellos la historia de una ciudad anterior al milenio.