LA CIUDAD Y SU HISTORIA

EDIFICADA León para albergar a la Legio VII gemina 1, fue ya quizás asiento del dux de ésta que como legado augustal gobernó a veces Asturias y Galicia 2. Desconocemos su historia tras la ruina de la dominación romana en España. Hubo de ser conquistada por Muza en su campaña del Noroeste 3, y acaso sirvió de asiento al prefecto musulmán de los astures cismontanos, mientras el de los astures trasmontanos, el bereber Munuza, residía en la ciudad marítima de Gijón 3 bis. Reconquistada, mediado el siglo VIII, en las grandes campañas de Alfonso I que la rebelión berberisca hizo posibles, quedó desierta, por cerca de cien años, al trasladar el citado caudillo, a las abruptas montañas de su reino, las gentes que habitaban en la alta meseta comprendida entre el Duero y los montes 4.

En pie sus viejos muros, construidos por el pueblo romano 5, que edificaba para la eternidad, y más o menos arruinadas sus termas y algunos otros monumentos de idéntico abolengo, debió ser morada de las sombras durante casi un siglo, por cuanto, a lo que creo, la halló vacía el vencedor del conde palatino Nepociano, cuando, asentado en el trono de Asturias, pudo continuar la reconquista. A lo menos el esfuerzo en tomarla debió de ser tan pequeño, que ni su nieto el rey cronista, ni la crónica atribuida sin razón a un monje de Albelda, mencionan la ocupación de la ciudad por don Ramiro. Y, sin embargo, es indudable que se estableció en ella población cristiana durante su reinado, porque varios historiadores musulmanes hablan de que aquélla huyó de León en 846, ante el ataque de los islamitas. Y estas mismas fuentes nos declaran la fortaleza y, en consecuencia, el origen de los muros en pie, al referirnos que, tras haber incendiado la ciudad, los sarracenos intentaron destruir su recinto murado, pero que hubieron de retirarse de León sin lograr su propósito, ante el grosor y la resistencia de la cerca 6. El incendio y el fracasado intento de arrasar las murallas son buena prueba de que las tropas cordobesas no pensaron siquiera en guarnecer la plaza conquistada, y ésta debió, por tanto, continuar desierta. Así la encontró, en efecto, el rey Ordoño cuando abandonada la barrera montañosa que defendía el reino astur, y sintiéndose seguro en la llanura, restauró Astorga y Amaya al pie de los montes 7 y ocupó León en 856 7 bis. La repobló, como en general todas las nuevas tierras, con cristianos del Norte, venidos a correr fortuna en la frontera, y con mozárabes que huían de las persecuciones y de las discordias civiles de la España musulmana. Gómez-Moreno ha probado el mozarabismo de buena parte de los pobladores del alfoz leonés 8. Y un pasaje del texto rotense, ahora tenido por primera redacción de la crónica de Alfonso III 9, ha venido a confirmar rotundamente las conclusiones a que llegara por diversos caminos el ilustre arqueólogo e historiador citado 10.

Ordoño restauró los destrozos ocasionados en las murallas leonesas por los sarracenos en los días de su padre Ramiro; erigió en la ciudad por primera vez un obispado 11, e instaló su palacio en las antiguas termas. Reinaba Alfonso el Magno cuando hacia el año 875, tres antes de la victoriosa jornada de Polvoraria, como dicen los textos, se dio nuevo empuje a la repoblación de la ciudad. Sus habitantes tomaron entonces agua del Bernesga para ella y después levantaron torres y fortalezas en la campiña próxima, construyeron presas y molinos en los ríos cercanos, edificaron granjas e iglesias en los campos vecinos y se desparramaron en aldeas por los valles del Porma, del Bernesga y del Torío 12. Apoyado en las recias murallas de León esperó Alfonso III, en 882 y en 883, la acometida del príncipe Al-Mundzir y del general Háxim Ben Abd Al-Aziz, que al cabo volvieron a tierras andaluzas sin combatir con el ejército cristiano 13. Después, mientras el emirato cordobés parecía extinguirse en medio de persecuciones religiosas, alzamientos locales, odios de raza y discordias civiles, el Rey Magno, en un salto de tigre, extendió sus estados hasta el Mondego, el Duero y el Pisuerga; León dejó de estar amenazada; al desplazarse hacia el Sur la raya fronteriza, pasó a ser centro político del reino, y en adelante se convirtió en la capital de la joven y fuerte monarquía, en que se fundieron sangres, ideas, costumbres, normas jurídicas, instituciones y formas artísticas de abolengo romano, de raigambre visigoda y de origen árabe.

Durante el siglo X, León fue la población más importante de la España cristiana. No la imaginen, sin embargo, los lectores como una gran ciudad. Era reducido su perímetro. Tenía la forma de un rectángulo casi perfecto 14. Su eje mayor iba, de Sur a Norte, desde el mercado, fronterizo a San Martín, hasta el castillo, y su eje menor cruzaba desde la Puerta del Obispo a la Cauriense, situada a la altura del espléndido palacio que levantaron más tarde los Guzmanes. Ceñida por la antigua cerca que edificaron los romanos, daban acceso a ella cuatro puertas: La llamada Archo de Rege conducía al mercado y se abría en la calle donde se alzaba el palacio del rey, enclavado a espaldas de la iglesia actual del Salvador 15. Al oriente, no lejos de la Torre Cuadrada 16, se encontraba la Puerta del Obispo 17, como tal conocida hasta hace pocos años. La del Conde, al septentrión de la ciudad, después Puerta del Castillo, debía su nombre al gobernador de León por el monarca, cuyo palacio y fortaleza -castrum o castellum le denominan los diplomas- se hallaba junto a ella 18. Por último la Puerta Cauriense se abría frontera a San Marcelo, de extramuros 19, en el lugar citado arriba, y conducía a la llamada, por las escrituras de la época, Carrera de Fagildo 20.

En su interior la cruzaban, en direcciones diferentes, numerosas vías, calles, carrales y carreteras, registradas en diversos diplomas 21, cuyos textos permiten trazar el plano que acompaño, de cómo era la ciudad alrededor del año mil 22. Las antiguas termas 23 se convirtieron en sede episcopal por Ordoño II; trasladó éste el solio regio a un palacio situado junto a la Puerta del Mercado, desde entonces tal vez llamada Archo de Rege 24; y en el curso del siglo que estudiamos se alzaron en León, fuera y dentro de sus viejas murallas, diversas iglesias y numerosos monasterios. De monjes unos, de religiosas otros y varios dúplices, ora seguían las antiguas reglas españolas de San Fructuoso o de San Isidoro, ora se regían por la de San Benito, extranjera, pero ya propagada en la Península 25. Regulares también los clérigos de la iglesia episcopal 26, completaban el cuadro de los habitantes de León algunos infanzones y diversos ingenuos no nobles. De éstos, unos eran peones y caballeros otros. Pero todos trabajaban en diversos oficios o labraban el campo; ya cultivando sus propias heredades, ya explotando las tierras de los otros, como juniores, o mediante diversos tipos de contratos agrarios.

El proceso de la colonización había creado en los páramos leoneses numerosas pequeñas y medianas propiedades, que hacían de León y su alfoz tierra de hombres libres o ingenuos, a veces acogidos a la benefactoría de un patrono. Había, sí, en las medianas y grandes propiedades una numerosa masa de tributarios, colonos o juniores, dueños ya de su libertad de movimiento, pero a quienes la miseria ataba a las heredades del señor. Existía también una clase de juniores de capite o cabeza, constituida por los hijos jóvenes, sin tierra, de los tributarios, juniores de hereditate u homines mandationis; y algunos pocos siervos adscripticios, en los campos, y diversos siervos personales, que servían como criados o domésticos en las cortes de los más ricos leoneses 27.

El Conde gobernaba a la ciudad, auxiliado por el merino y el sayón. El concilium o asamblea general de vecinos de León y su alfoz se reunía bajo la presidencia de aquél: para hacer justicia, para presenciar actos de jurisdicción voluntaria –donaciones, testamentos, cartas profilationis o contratos de variada especie–; para fijar las medidas de pesos, líquidos y áridos, el precio de los jornales y la tasa de las mercaderías, y para elegir los zabazoques, o jueces del mercado, primeros funcionarios autónomos de la ciudad futura 28.

León vivía a ras de tierra, sin otro acicate que la sensualidad y sin otra inquietud espiritual que una honda y ardiente devoción. Mística y sensual, guerrera y campesina, la ciudad toda dividía sus horas entre el rezo y el agro, el amor y la guerra. Los laicos empuñaban la espada para luchar con los infieles, o el arado para labrar la tierra; y los monjes, la azada para cavar el huerto o la pluma para copiar el Viejo o el Nuevo Testamento, las obras de los santos padres más famosos de la Iglesia cristiana o los libros litúrgicos al uso. Todos o casi todos amaban y rezaban; sólo una minoría de escogidos mantenía encendida la mortecina llama de la cultura clásica, al leer y al copiar, aunque de tarde en tarde, los divinos versos de Horacio o de Virgilio.

Tratemos ahora de sorprender algunos instantes de la vida de León durante este siglo de su historia. Esforcemos un poco nuestra potencia evocadora y trasladémonos a la ciudad que nos ocupa, no para asistir a escenas llenas de dramatismo y de pasión, sino para presenciar la monotonía de su vivir diario, para acudir a su mercado, recorrer sus calles, carrales y carreras, penetrar en sus casas, escuchar sus diálogos, sorprender sus yantares, verla animada y curiosa en horas de bullicio cortesano, marcial y devota en vísperas de fonsado o de guerra, y quieta, silenciosa y recogida en días de paz y de sosiego...

 

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1  Véase Gómez-Moreno, La legión VII Gemina Ilustrada (Boletín de la Acad. de la Hist., LIV, 19) y Catálogo Monumental de España, León, 23.

2  Corpus Inscriptionum II (Hübner), núm. 2.634.–Sobre el gobierno de Asturias y Galicia por un legado augustal véanse mis Divisiones tribales y administrativas del solar del reino de Asturias en la época romana, Apt. del Boletín de la Academia de la Historia, Madrid, 1929, 69 a 73.

3  Sobre la campaña de los conquistadores islamitas en el Noroeste de la Península véase mi estudio ¿Muza en Asturias? Los musulmanes y los astures transmontanos antes de Covadonga. Publicaciones del Centro Asturiano, Buenos Aires, 1944.

3 bis Al publicar las anteriores ediciones de estas Estampas creía todavía que León había servido de sede a Munuza antes de la campaña de Alkama que terminó en Covadonga. Me parecía que el examen detenido de las fuentes podía permitirme contradecir la tesis de Barrau-Dihigo (Remarques sur la Chronique dite d'Alphonse III Rev. Hisp. XLVI, 1919, 334 y Recherches sur l'histoire politique du royaume asturien. Ext. de la Rev. Hisp. LII, 1921, 114, nota 2). El hallazgo del Códice de Roda, que nos brinda un texto muy antiguo de la Crónica del Rey Magno (Véase mi estudio: La redacción original de la Crónica de Alfonso III, Spanische Forschungen der Górrersgesellschaft. Gesammelte Aufsátze, II, 1930) y la nueva edición de dicho cronición por Gómez-Moreno (Las primeras crónicas de la Reconquista. El ciclo de Alfonso III, Bol. Ac. H., C. Madrid, 1932) me han obligado a cambiar de opinión.

4  Hasta hace algún tiempo hubiese sido innecesaria toda anotación de este pasaje. Nadie había puesto en duda el hecho referido, que ilustrara DOZY en sus Recherches. Pero hoy creo conveniente señalar aquí el error profundo de MAYER (Historia de las instituciones sociales y políticas de España y Portugal durante los siglos V al XIV, I, páginas 22 y sigts.) al afirmar que, transcurrida una generación desde la conquista de España por los árabes, volvieron los cristianos al Duero y los godos persistieron en sus propiedades. Como para su tesis sobre la casi eterna prolongación de las diferencias étnicas, sociales y jurídicas de la época goda era indispensable suprimir toda solución de continuidad entre el reino de Rodrigo y las monarquías hispanas medievales, se explica que haya interpretado a su sabor los pasajes muy claros de las crónicas de Albelda (E. S., mil, 452) y de Alfonso III (Ed. Villada, 116) relativos a las campañas del yerno de Pelayo, y los demás textos narrativos y diplomáticos que hablan del sucesivo avance de la frontera y de las posteriores repoblaciones del país. Barrau-Dihigo, cuya autoridad en la historia de esta época está sólidamente basada en una obra construida con extraordinario rigor crítico, opina en este asunto como todos, y afirma que después de las conquistas de Alfonso I los cristianos no ocuparon las tierras devastadas. El reino asturiano se extendió por la costa y «un vaste désert –escribe–, large de plusieurs centaines de kilométres, le sépara désormais de l'Espagne musulmane (Recherches... 144)».–En fecha muy próxima estudiaré de nuevo el tema a que aludo en esta nota, en mi libro: La pequeña propiedad y los hombres libres en el reino asturleonés, que publicará el Instituto de Historia de la Cultura Española que dirijo en la Universidad de Buenos Aires. He dado noticia abreviada de tal estudio en las Journées d'historie du droit de Lovaina de 1934, y en la conferencia inaugural del Instituto a que acabo de aludir.

5  Argüelles y Díaz Jiménez, Un monumento de la ciudad de León (Bol. Ac. Hist., LVIII, 135), y Gómez Moreno, Catálogo..., León, 23 y sigts.

6  Al-Bayán de Ben Adzari, trad. Fagnan, II, 144.–Al-Kámil de Ben Al-Atzir, trad. Fagnan, 222.–Al-Niháyat de AlNuwayrí, trad. Gaspar y Remiro, 44. Véase Dozy, Prise de León, a. 846 (Recherches..., 3. aed., I, 141) y Barrau-Dihigo (Recherches, 168-69).

7  Crónica de Alfonso III. Redacción B. ed. G. Villada, 127, y Crónica de Albelda, E. S., XIII, 454.–Conservo las citas de las ediciones de los cronicones de Albelda y de Alfonso III que utilicé en la primera edición de estas Estampas y remito aquí una vez por todas a las novísimas de Gómez-Moreno que acompañan a su estudio: Las primeras Crónicas de la Reconquista, Bol. Ac. Ha. C, Madrid, 1932, 600-621.

7 bis  En los Anales Castellanos Primeros, antes llamados Crónicón de San Isidoro de León, se lee: «In era DCCCLXVIIII populavit domnus Ordonius Legione et fregit Talamanka» y la noticia se repite en los Anales Castellanos Segundos, antes Anales Complutenses (Gómez-Moreno: Discursos leídos ante la Academia de la Historia, Madrid, 1917, 23 y 25). La fecha está confirmada por un documento del mismo Ordoño I, datado en 854 y hasta hace muy poco desconocido, en el que aparecen dependiendo todavía de Astorga tierras situadas en las orillas del alto Esla, al oriente de León. He estudiado y publicado tal diploma en mi Serie de documentos inéditos del reino de Asturias, Cuadernos de Historia de España, I y II, Buenos Aires, 1944, 301-308 y 326-328.

8  Iglesias mozárabes, 105 y sigts.

9  Sobre las fuentes de tal cronicón véanse mis estudios: La crónica de Albelda y la de Alfonso III, Bull. Hisp., XXXII, 1930, 305-325 y ¿Una crónica asturiana perdida?, Rey. Fil. Hispánica, Buenos Aires, 1945.

10  Ed. García Villada, 127. «Ciuitates ab antiquis desertas, id est Legionem Astoricam, Tudem et Amagiam Patriciam muris circumdedit, portas in altitudinem posuit, populo partim ex suis, partim ex Spania aduenientibus impleuit».

11  Vuelvo aquí a la antigua opinión de Morales y de Flórez, que no admitieron la existencia del obispado legionense en la época romana y visigoda. Combatió esta tesis Risco, con muy débiles y confusas razones, en la España Sagrada (XXXIV, 65 y sigts.) y en su Iglesia de León... (7 y sigts.); pero su argumentación no logra resolver las dificultades levantadas por Flórez (Esp. Sagr., IV, 132; mil, 133) contra la antigüedad de la sede leonesa. La carta de San Cipriano a las iglesias emeritense, legionense y astorgana, consolándolas en la afición que padecían a consecuencia del asunto relativo a los obispos Marcial y Basílides, no obstante cuanto dice Risco, muestra a las claras como León y Astorga formaban a la sazón una sola diócesis. Véase el pasaje que interesa en el tomo XXXIV, pág. 65 de la España Sagrada. La firma de Decenio como obispo de león en el concilio de Iliberri no significa, por tanto, sino que el prelado de Astorga se titula juntamente episcopus legionensis y asturicensis. La redacción que poseemos de las actas del martirio de las vírgenes Centola y Helena, que hablan separadamente de los obispos de Astorga y de León (Esp. Sagr.,XXXIV, 70), es demasiado moderna para hacer fe frente al silencio constante que guardan los textos visigodos respecto a la sede leonesa y frenta a la rotunda afirmación de un ingenuo prelado legionense, Pelayo, que hablando de León escribía en 1073 (Esp. Sagr., XXXVI, pág. 58): «Postea cum jam idola defecissent et idolis homines renunciantes signum fidei accepissent, vacuum permansisset usque ad tempora dignae memoriae Ordonii Regis Legionensis. Hic primus Regum istius Provinciae fertur in hac Civitate Episcopum promovisse, cun usque ad hec tempora sine Episcopo et sine Sede fuisset». Risco quiere sacar partido contra este diploma del calificativo de Rex legionensis que aplica el buen obispo a Ordoño I; pero, naturalmente, la confusión del prelado –escribía en 1073– no invalida su aserto. Todos los argumentos que en pro de su tesis basa Risco en las actas de los Concilios de Lugo (Esp. Sagr., XXXIV, 68) y Oviedo (Esp. Sagr., XXXIV, 68-69) caen por el suelo, dada la falta de autenticidad de tales testimonios (Véanse, para el de Lugo, Flórez, Esp. Sagr., IV, Tratado 3, y respecto al de Oviedo, Barrau-Dihigo, Recherches, 91). Y es obvia la discusión de las frases de la Hitación de Wamba referentes a Astorga, si, a lo que parece, nos hallamos en presencia de un documento forjado en el obispado de Osma o en Toledo en el breve período comprendido entre el concilio de Husillos (1086) y los primeros años del siglo XII, según ha demostrado Vázquez de Parga en 1943. Más aún, si el texto de la Hitación remontara a alguna matriz antigua, se hallarían más cerca de ésta que las viciadas copias pelagianas, las del Liber Fidei de Braga y las de los códices aragoneses de San Juan de la Peña, Montearagón y Huesca, y en ninguna aparece la sede de León, y en todos se hace llegar la de Astorga hasta Fenar, arroyo afluente del Torío y concejo situado a la altura de la Robla, con lo que León queda incluido dentro del obispado asturicense.–He hablado de estos asuntos en mis trabajos El Obispado de Simancas, Homenaje a Menéndez Pidal, Madrid, 1925, III, 325, y en mis Fuentes para el estudio de las divisiones eclesiásticas visigodas, Bol. de la Universidad de Santiago, 1930. En este último examiné asimismo el problema de la autenticidad de la Hitación. Sobre los comienzos de la sede leonesa véanse, además, García Villada: Historia Eclesiástica de España, II, Madrid, 1932, 214, y A. Palomeque Torres: La iglesia y el obispado de León desde sus orígenes hasta la dinastía navarra, Boletín de la Universidad de Granada, 1943; y sobre la Hitación: L. Vázquez de Parga: La división de Wamba. Contribución al estudio de la Historia y Geografía eclesiásticas de la Edad Media Española, Madrid, 1943.

12  Arch. Catedral de León. Tumbo de León, f. 205 vº, 915.

«In presentia domini Fronimi episcopi Uegila et Ad hec testificamus... quod occulis nostris uidimus et presens fuimus guando preso Uimara cum suos filios aque in Uernega ad populacionem de Legione de istirpe antico ante qualibet htsminem et pectet suos molinos et abeat iuri quieto et anno quieto tercio ante illa disfacta de Pulhuraria».

13  Crónica de Abelda. Esp. Sagr., XIII, 457-60.

14  Gómez-Moreno (Catálogo... León, 24) opina que el recinto romano seguía la línea del viejo recinto medieval. Según este autor, aquél era redondeado como el de Ciudaleja, en Vidriales, y carecía, como éste, de torres. Así se deduce también del estudio de Argüelles y Díaz Jiménez sobre la Puerta del Obispo, citado arriba (B.A.H., LVIII, 135). Se han encontrado restos del muro romano en el ángulo NO., cerca de la puerta de Renueva y detrás de la capilla de San Marcelo. Según Gómez-Moreno, el perímetro leonés medía 550 por 340 metros.–Schulten disiente de esta opinión en su obra Los cántabros y astures y su guerra con Roma, Madrid, 1943, 182-184. Cree que la muralla de León no es la del campamento, sino la de la ciudad nacida en las canabae o aglomeración de casas en que vivían los mercaderes y las mujeres y niños de los soldados. Sostiene que fue edificada hacia el 260, para defender la ciudad de los germanos que habían invadido la Tarraconense. Pero en tal caso quedarían huellas del recinto militar anterior, y Schulten no ha logrado atestiguar su existencia y ha olvidado, además, que las murallas de León llegadas hasta hoy fueron reedificadas por Alfonso V, después del arrasamiento por Almanzor de las antiguas, lo que explica la presencia en ellas de lápidas romanas.

15  Hasta hace años se ha aplicado el nombre de Puerta de Arco a la que se abría en la vieja muralla en la calle de los Cardiles. Véase en el plano y los textos números 19, 24, 27, 43, 56 y 57 del Apéndice I.

16  Ordoño II dio a la sede leonesa en 916, a más de su palacio (Esp. Sagr., XXXIV, 440), «foris munitione murum solares et cortes... per términos certissimos de Turris quadrata, quod est ad Orientalis parte civitatis foras murum...»

17  Véanse los textos 12 y 18 del Apéndice I. Se habla ya de la Puerta del Obispo en la donación de Frunimio II a la Iglesia leonesa, fechada en 917 (Esp. Sagr., XXXIV, 445). El prelado escribe: «vobis gloriosissimis Patronis Sancti Christophori, cujus reliquiae reconditae sunt in civitate Legione juxta porta Dmi. Espiscopi, sub ara Sancti Cypriani, et Sanctae Mariae ante altares Sedis antiquae».

18  Véanse los textos 13, 20, 31, 33, 39, 40, 45, 46, 47, 51 y 52 del Apéndice I. En la donación de Ordoño II a la Sede legionense (916. Esp. Sagr., XXXIV, 441) se lee: «et finit se in carraria de vereda, que discurrit de Turio pro ad porta de Condis, et concludet usque in murum civitatis».

19  Véanse los textos 3, 6, 8, 11, 38 y 59 del Apéndice I. En un documento de Sancho I (Esp. Sagr., XXXIV, 145 y Risco, Iglesia de León, 96) se dice de un rey Ramiro –que Risco supone el primero, pero que de ser auténtico el diploma debe ser el segundo–: «Construxit, atque aedificavit, et restauravit Ecclesiam Sancti Marceli in suburbio Legionensi locum situm ad portam Cauriensem foras murum civitatis...» La falsedad posible del documento no interesa a nuestro fin actual de localizar la puerta Cauriense. La muralla vieja de León cruzaba por donde hoy se alza el palacio de los Guzmanes.

20  Abundan en el Tumbo los textos que hablan de la carrera de Fagildo. En 1044 Eila y su mujer vendieron a doña Fronilde un huerto «en Karreira de Fagildo, iusta aulam sancti Claudii» (T. Leg., fol. 267).

21  De vías hablan los textos 19, 27, 54, 46, 47, 56 y 57 del Apéndice I; de calles, los números 15, 18 y 49; de carrales, los números 2, 3, 11, 20, 22, 24, 25, 26, 30, 31, 38, 44 y 54; y de carreras los núms. 13, 27, 34, 53 y 58 del mismo Apéndice I.

22  El plano está trazado sobre el de Risco y varios muy modernos –del Ayuntamiento de León me dicen que no hay otros mejores–, ninguno de los cuales recoge por entero los ensanches todos de la ciudad en los últimos tiempos. Para trazar el mío he tenido a la vista cuantas noticias diplomáticas me ha sido posible reunir. He elegido como fechas extremas en la búsqueda el año 900 y el 1050, y agrupo en el Apéndice I los pasajes recogidos a tal fin en los archivos de la Catedral y del Obispo de León, y en otros fondos inéditos e impresos. En cada corte o solar un número envía al registro donde se indica el nombre del propietario, y donde entre paréntesis se remite mediante un ordinal al texto o textos del Apéndice I utilizados para situar en el plano la corte o el solar. En el registro consigno, además, aquellas otras cortes o solares cuyo emplazamiento no he podido determinar por la imprecisión del pasaje oportuno del referido Apéndice a que el ordinal correspondiente envía. Véase el registro del plano junto a éste y no se olvide que se trata de una reconstrucción y que para llevarla a cabo he tenido que luchar con la relativa penuria y con la sobriedad de los materiales disponibles.

23  Las noticias de las escrituras medievales respecto al emplazamiento de la iglesia mayor de León sobre unas viejas termas romanas han sido confirmadas por los hallazgos de dos hipocausis, uno bajo el pórtico occidental de aquélla (1888), y otro en el trascoro (1888), y de un mosaico, que figuraba un mar lleno de algas y peces, en el crucero hacia el NE. (1848). V. Gómez-Moreno, Catálogo..., León, 25.

24  La donación de Ordoño II data de fecha el año 916 (Esp. Sagr., XXXIV, 440), y consta por Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 453) que el palacio de los reyes leoneses posteriores estaba junto al monasterio de San Salvador, identificado con San Salvador de Palaz de Rey por Gómez- Moreno (Iglesias mozárabes, 253 y sigts.). La escritura de venta de un solar en el «Karrale qui discurrit pro ad porta de archo» (1005. T. Leg. fol. 269 v°), otorgada por el diácono Miguel a doña Fronilde Pelagiz, permite, además, situar el palacio en la carrera referida.

25  Véase en la obra de Risco titulada Iglesia de León. Monasterios antiguos y modernos de la misma ciudad, las págs. 86 a 135.

26  Véase la concesión de Ordoño II a la Iglesia leonesa, 916, Esp. Sagr., XXXIV, 439, y los siguientes textos, no menos explícitos. Oveco, obispo de León, encabeza así una donación a Reuelle y a su hermano en 941 (Becerro de Sahagún, fol. 205): «Ego antistes Ouecco episcopo, una cum collegio prepositorum uel clericorum qui sunt in regula Sancte Marie Legionensi ciuitati». Ordoño III donó en 953 varias iglesias del alfoz de Salamanca a la sede legionense (T. de León, folio 15 v.°): «pro cunctins utilitatibus monachis suis perpetim habituras». El mismo rey concedió al obispo Gonzalo, en 954, el monasterio de San Claudio (Esp. Sagr., XXXIV, 458): «pro victum atque vestimentum monachorum ad ipsam Ecclesiam vestram Deo servientium». En 984 Bermudo II hizo cierta donación (Esp. Sagr., XXXIV, 472): «Dommno Pater Sabarigus Eps. cum omnium monachorum ibi vitam degentes in Domino». El mismo rey, en 985, confirmó sus posesiones a la Iglesia de León (T. de León, fol. 15): «siue et ad partem domno Sauarigo episcopo cathedralis loco ipsius succedentium et cum monachis et clericis ibi deo militantium atque psallentium».

27  He hablado ya de estas cuestiones en mis trabajos: España y Francia en la Edad Media. Causas de su diferenciación política (1 edición Rev. de Occidente, II, Madrid, 1923; 294 y sigts., y 2. a –corregida– España y el Islam, Buenos Aires 1943, 143-179); Las Behetrias. La encomendación en Asturias, León y Castilla. Anuario de historia del derecho español, I, Madrid, 1924; Muchas páginas más sobre las behetrías. Frente a la última teoría de Mayer, Anuario his. dcho. esp., IV, Madrid, 1928. De los hombres libres y la pequeña propiedad me ocuparé en el estudio ahora anunciado en la nota 4, y del régimen de la tierra y de las clases sociales en general, en mis Orígenes de las instituciones del reino de León y Castilla.

28  También reservo el desarrollo de este tema para el libro últimamente citado y repetidamente anunciado en mis anteriores trabajos. En las notas de las estampas próximas me veré forzado, sin embargo, a esbozar las diversas cuestiones que en estas páginas previas apunto. A ellas remito a los lectores que deseen comprobar provisionalmente las conclusiones registradas arriba de modo brevísimo.

 

Plano de la Ciudad de León.
Plano de la Ciudad de León.
Ordoño II, fundador de la ciudad de León. Del de la Catedral de León. (Foto Francisco Díez).
Miniatura con obispos y tiendas, del Códice Emilianense, en la Biblioteca de El Escorial. (Foto Oronoz).
Lagar de viga. Del Beato de Liébana, en la Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial.