
ESTAMPAS DE LA VIDA EN LEÓN DURANTE EL SIGLO X
Claudio Sánchez Albornoz
Í N D I C E
Apéndices:
Apéndice I: Textos utilizados para trazar el plano
Apéndice II: Textos utilizados para el estudio de la vivienda
EN VÍSPERAS DE GUERRA
LOS sayones de Ordoño, el hijo de Ramiro, han hecho sonar la bocina y el cuerno llamando a los hombres a las armas. El rey de León desea emprender una gran aceifa contra los sarracenos y convoca al fonsado 1. Quiere llevar la guerra a tierras enemigas antes de que las tropas musulmanas invadan sus fronteras. El califa es ya viejo 2,pero aún así, siempre es de temer que sus caudillos, llegados los días de las mieses, entren en el valle del Duero por Medinacelli y San Esteban o ataquen Osma, Simancas o Zamora 3. No es fácil que conquisten las plazas fronterizas, bien defendidas y guardadas, pero sí que devasten el país, incendiando los campos, robando los ganados y saqueando las pequeñas aldeas y las villas o granjas. No pueden siempre los campesinos refugiarse con tiempo en las fortalezas o castillos, y al daño en las cosechas o en los pueblos se une el cautiverio de muchos infelices 4. Para evitar estas entradas en su reino, Ordoño se dispone a ser él quien ataque primero. No le anima la esperanza de conquistar ciudades, que también los califas tienen bien guarnecidas sus fronteras. Intenta sorprender y saquear Lisboa y volver a León cargado de riquezas. La guerra en esta forma es una empresa productiva y una saneada fuenta de ingresos para el fisco 5. Quiere sorprender al enemigo, y en vez de cruzar el Duero por cerca de Simancas, para pasar por los puertos de Ávila a tierras de Toledo, como hicieron muchas veces su padre y sus mayores 6, proyecta caminar desde León a Astorga, de Astorga a Braga, por la vía más corta, y de Braga a Lisboa 7. Una gran calzada facilita su marcha, y aunque es larga y arriesgada la aceifa, confía en hacer gran botín por lo inesperado del ataque. Como no suele llevarse la guerra a aquella zona, no deben hallarse tan defendidos sus castillos, ni sus guarniciones tan alerta como en las tierras del Tajo central, donde se pelea de ordinario.
No quiere Ordoño, sin embargo, desguarnecer sus fortalezas de la línea del Duero, por temor a una sorpresa no imposible, pues aunque los sarracenos no suelen atacar hasta más tarde –son las nonas de mayo– a las veces adelantan sus campañas 8. Desde Zamora a San Esteban y desde Zamora hacia poniente quedan, pues, guarnecidos los castillos, y quedan los infanzones de la tierra en servicio de anubda, vigilia o vigilancia 9.
Ha citado en Astorga a los condes y potestades de Galicia, y a los de León, Asturias y Castilla en la capital de sus estados. Desde el día tercero de las nonas llegan a la ciudad del Torío y del Bernesga, a cada hora, los majorinos, potestades y comites de estas diversas tierras 10. Con ellos vienen los infanzones 11, los caballeros villanos y los peones 12 de sus condados, mandationes o commisos 13 , e incluso los habitantes de ciertas villas o heredades, adornadas con el privilegio de inmunidad, pero no eximidas de acudir al fonsado 14. Los capitanes de las diversas huestes y sus tropas han alzado sus tiendas fuera de la ciudad 15. Sólo algunos se alojan dentro de ella, en las cortes más ricas o con el conde de León 16. Han llegado también varios prelados con sus gentes armadas, dispuestos a acompañar al príncipe en su empresa y a pelear en las batallas, si la suerte lo quiere 17.
Abundan entre las fuerzas acampadas las tropas de a caballo. Hay también muchedumbre de infantes. No están, sin embargo, sino parte de los peones disponibles. Por no dejar desguarnecidas por entero las fortalezas y ciudades del interior del reino –de las fronterizas no se han sacado hombres– el rey ha decretado que de cada tres infantes o peones quede uno de reserva y empuñen dos las armas. De esta manera no sólo permanecen defendidas todas las poblaciones y castillos, sino que al mismo tiempo se dulcifica algo el servicio de guerra, obligatorio para todos los habitantes varones de la monarquía leonesa, pero que cada día resulta menos grato a quienes no hacen del batallar su oficio y se dedican a las entonces rudimentarias industrias de la paz o a cultivar la tierra. El sistema tiene además otra ventaja. Se exige de los peones que permanecen en sus casas la prestación de sus pollinos, y así dispone el ejército, de modo gratuito, de un considerable número de bestias en que cargar armas y provisiones, a la ida a la guerra, y el botín, si se logra, al regresar de la campaña 18.
Durante todo el día ha estado la ciudad pletórica de tropas. Desde poco después de la hora nona se hallan reunidos con el rey los condes, las potestades y los obispos llegados a León, y con ellos los dignatarios de la corte 19. El Palatium ha deliberado hasta después de la caída de la tarde. Se han discutido diversos detalles de la empresa, han recibido instrucciones cada uno de los jefes y se ha acordado la hora en que ha de comenzarse a caminar. Acabado el consejo, designa el príncipe al prelado que ha de llevar la cruz durante la campaña; el obispo Gonzalo de León recibe orden para disponer la ceremonia que ha de celebrarse en la iglesia episcopal antes de la partida 20, los togae palatii, optimates y episcopi besan la mano a Ordoño, y, terminado el besamanos ya de noche, cada cual se retira a su posada o a su tienda.
Juntos salen de palacio los condes de León y de Luna y Fredinando Assúriz, que ha reemplazado a su padre Assur Fernández en el condado de Monzón 21. El de Luna se despide de sus dos compañeros para torcer a la derecha, cruzar el Arco del Rey, salir de la ciudad y acogerse a sus tiendas; y su colega, huésped del de León aquellos días, se encamina con él hacia la izquierda, por la calle adelante. Es noche cerrada y marchan precedidos de unos escuderos con hachones y seguidos por los infanzones de ambos grandes 22. Se dirigen al castellum 23 en que habita el gobernador de la ciudad, situado, como sabemos ya, junto a la puerta que, por él, se llamaba del Conde. Cruzan la calle principal de León, que lleva de la Puerta del Obispo a la Cauriense, y se adentran por el carral estrecho en cuya esquina se alzan las cortes de Lobón y del monasterio de Abeliare. La calle está desierta, los condes platican distraídos, mas al pasar por junto a los solares donde poco después había de consagrarse un templo al mártir San Pelayo 24, Fernando Ansúrez cree reconocer, a la luz de una antorcha, las caras de dos hombres que, apoyados en los tapiales de una corte vecina, han hecho un movimiento de sorpresa y de pánico al acercarse los dos condes. Visten un corto sayo pardo que descubre las piernas, tercian sobre sus hombros una a modo de manta 25 y revelan en sus personas lo ínfimo de su condición y la pobreza de su vida. Antes de que el terror les permita moverse, dos de los infanzones de Fredinando Assuriz sujetan sin resistencia a aquellos infelices, mientras su señor ordena, con presteza, a uno de los criados de las hachas, que acerque su luminaria, sin tardanza, a los espantados rostros de los dos leoneses 26.
Son éstos Félix y Gúdila, siervo el primero y junior de capite el segundo 27 de Assur Fernández, padre del que es hoy huésped del conde de León. Habitaban ambos en una misma corte de su señor Assur y juntos huyeron de ella en una oscura noche de diciembre, hace ya mucho tiempo. El viejo conde de Monzón ordenó su pesquisa, su sayón Hanne Obecoz los buscó por todo el commiso de su amo y encomendó su hallazgo a sus colegas de las tierras vecinas 28. Todo fue inútil; Gúdila y Félix lograron burlar todas las vigilancias, y al cabo de los años consiguieron acogerse a León, donde se establecieron. Trabajaban aquí como alvendarii o tejedores, se casaron y, aunque de modo miserable, vivieron como libres, y como ingenuos criaron a sus hijos 29. Cien veces estuvieron a punto de ser reconocidos por gentes del conde de Monzón, pero otras tantas sortearon con éxito el peligro. Cuando se anunciaba la reunión de una asamblea de Palacio o tenían noticia de la llegada a León de su señor, se encerraban de día en sus moradas y sólo de noche, y no siempre, salían de sus casas.
Ahora llevaban ocultos en sus viviendas cuatro ferias 30. A fin de evitar posibles encuentros con el hijo de Assur, o con sus gentes, durante las largas jornadas de la guerra, habían conseguido, aunque no sin trabajo, exceptuarse de acudir al fonsado mediante la entrega, en su reemplazo, de sus preciadísimos pollinos. Cerrada la noche, habían abandonado sus moradas para saludar a unos compadres que partían con el ejército en la hueste del conde de León y, sobre todo, para despedirse tiernamente de sus asnos, que marchaban con ellos. Esta vez la suerte les fue adversa. Ella quiso que se toparan con el cortejo de su nuevo señor, con quien habían jugado de muchachos, y que la llama indiscreta de una antorcha descubriera a aquél al siervo y al junior de su padre.
La comitiva se detiene antes ellos. Fernando Ansúrez y uno de sus viejos infanzones los reconocen y nombran por sus antiguos nombres. Ellos protestan de llevar ya en libertad el número de años precisos para ser libres de derecho 31; mas les replica, con autorización de su señor, el anciano escudero que fue ayo o amo del joven conde de Monzón, que sigue a su servicio todavía, le acompaña fielmente en sus empresas y combate a su lado en las batallas 32. La disputa se corta en este punto. Velasco, el gobernador de la ciudad, testigo mudo de la escena descrita, interviene a la postre en el diálogo para ordenar que sean conducidos al castillo aquellos desdichados, a quienes acusan su colega y su gente 33 y a quienes delatan también su turbación y desconcierto. No hay tiempo –dice– para fallar la causa antes de la partida del ejército; se reunirá el concilium en juicio al regresar de la campaña, pero entre tanto Gúdila y Félix permanecerán encarcelados, si no dan prendas ni ofrecen fiadores como garantía de acudir al proceso y de estar a los resultados de la prueba 34.
Mientras los dos infelices fugitivos ingresan en la cárcel del castillo, los dos magnates se instalan en una de las cámaras del mismo, que ilumina un lucernario de bronce pendiente de cadenas. De forma circular el cuerpo de la lámpara, arrancan de él diversos brazos que sostienen, de tres en tres, varias candelas 35. Se ha levantado viento, y para evitar que la corriente deje en tinieblas el salón del palacio, aún a trueque de padecer el humo de la cera, se han taponado con lienzos encerados y cortinas o acitharas los huecos de la estancia 36. Sentados en dos altos sillones de cuero, los condes dictan después a sus infanzones y merinos las instrucciones necesarias para que, con el día, organicen en orden de marcha sus huestes de infantes y jinetes. El de León ordena a sus vasallos 37 que reúnan sus gentes muy temprano y que se instalen con ellos junto a Santa María, en la carrera del Obispo; y ambos platican luego a su sabor por largo espacio. Se habla primero de armas. Velasco muestra al de Ansúrez el yelmo y la loriga que ha adquirido en ciento veinte sueldos 38 para defender su cuerpo y su cabeza en los combates próximos, y el de Monzón, la rica espada de factiles dorados que, mercada por su progenitor en un centenar de sueldos kacetníes, fue por él usada y afamada en cien encuentros 39. Se hacen después augurios favorables sobre la nueva empresa, se recuerdan otras jornadas ya pretéritas, Fernando cuenta las proezas de su padre en Simancas, y el de León, las suyas de Alhandega 40, se elogia con entusiasmo la decisión de Ordoño, y cuando los cuerpos les reclaman reposo, se retiran cada cual a su cella y se entregan al sueño.
Poco duerme León aquella breve noche. En la ciudad y en el campamento, alzado junto a ella, reina la ansiedad precursora de un fonsado de tamaña importancia. Condes y potestades dictan órdenes; sus infanzones y merinos trasmiten sus mandatos a infantes y a jinetes; aquéllos cuidan de los asnos, y éstos, de sus cabalgaduras; unos beben y brindan; otros cantan y ríen; muchos platican y discuten, y los menos descansan. Poco a poco silencian los parleros, se apagan los cantos y las risas, cesa el trasegar de la sidra y del vino, triunfa de todos el cansancio y el sueño. La aurora sorprende dormidos a la ciudad y al campamento. Comienza la actividad de nuevo. Se enjaezan de prisa los caballos 41; se arman los caballeros sus lorigas de cuero 42 y sus agudos yelmos 43;embrazan infantes y jinetes sus redondos, pequeños y pintados 44 escudos; empuña cada uno su ancha espada 45 o su robusta lanza 46; toman sus armas los arqueros 47; se cargan los pollinos, y se agrupan, por último, las varias haces de las diversas huestes.
Ordoño madruga con el día; viste sobre su camisa y sus bragas de lino 48, una túnica hendida o mofarrex, usada por los magnates 49 para sus cabalgadas; se arma su loriga de cuero, cuya capucha o capiello, cubierta por el yelmo, defiende su cabeza 50, y oculta su armadura bajo un amplio kabsan o sobretodo 51. Toma su espada de arriaz en cruz y de pomo en forma de cabeza de clavo 52, se encomienda al Dios hombre y, embrazado su escudo, abandona su cámara. Le esperan ya los condes y oficiales de Palacio 53, armados de modo semejante, y en el patio bracea inquieto su caballo castaño, enjaezado con magnífica silla argéntea de altos borrenes, recubierta de oro 54 y sujeta, a más de por la cincha, por un rico ataharre y un lujoso petral, de los que penden variados pinjantes 55. Como no se conocen los estribos 56, Ordoño monta de un salto sobre el hermoso bruto; le imitan las gentes de su séquito; cuelga el escudo del arzón de la soberbia silla 57; al aflojar las bridas, libera la boca de la cabalgadura de la presión que el freno argénteo ejerce sobre ella 58, y marcha a la iglesia mayor precedido de sus arqueros y lanceros y seguido de los magnates de su corte y de los milites de la schola regalis o milicia palatii 59, todos mandados por el armiger regis, que enarbola la insignia del monarca 60.
Todo León presencia el paso de Ordoño y su cortejo en el corto trayecto que separa el palacio de la iglesia consagrada a la Madre de Dios 61. Esperan a la corte junto a la puerta del Obispo los caballeros y peones de la capital y de su tierra; en el atrio del templo, varios diáconos y clérigos, y dentro de la iglesia, el prelado y el clero de León. Las tropas, a las órdenes del conde gobernador de la ciudad, forman, de espaldas a los muros, entre el monasterio de Santiago y las termas romanas 62. Los diáconos y presbíteros del atrio visten casullas preciosas y albas de seda –listadas, amarillas, y blancas 63–; llevan incensarios o turíbulos –argénteos, de cobre o de latón 64–, y rodean a un clérigo que, ornado con una capa de tejido de seda 65, alza una cruz de forma visigoda, labrada con oro y cuajada de gemmas 66.
Dentro del templo se hallan recogidas, mediante las polegias o poleas, las alhagaras palleas es decir, los velos o cortinas policromas de trama de tapiz, que ocultan a las veces, en las tres naves de las antiguas termas, las aras consagradas: a Santa Mafia, en la central, y al Salvador y a sus Apóstoles y al Bautista y a los santos confesores y mártires, en las dos laterales 67. Al fondo de las mismas se divisan, por tanto, tres altares, adornados con frontales palleos, en las naves menores, y con un grecisco, el que preside la nave principal. Una cruz y varias margaritas bordadas con hilillo de oro se destacan en el frontal grecisco, y águilas amarillas sobre fondo cárdeno y aves bordadas y sobre fonde bermejo, en los frontales palleos. Tres pallas –francisca o galicana y exaurata o dorada en el altar mayor, y de brocado o alvexíes en los dos laterales– cubren, en unión de las camisas líneas, las tres mesas de las tres aras: del Señor, de su Madre y del Bautista 68.
Colgadas encima de los dos altares secundarios refulgen sendas cruces de esmalte u olovítreas, y en el central, una argéntea, dorada y ornada con rica pedrería. Varias coronas, argénteas asimismo, y una de ellas, además, gemmata y deaurata, como la cruz de la nave mayor, penden de la pérgola delante de las tres aras referidas; y con las coronas, lucen también varios vasos litúrgicos y tres almenaras o lámparas de plata, con quince lucernas de vidrio la del altar central 69.
Dos ciriales de bronce, la alta cátedra episcopal ornada con incrustaciones de metal y de hueso 70, el solio que ha de ocupar el príncipe 71 y un analogio o ancho atril de madera 72, cubierto con un largo paño palleo, superevangeliaris en el lenguaje al uso 73, completan, con los escaños y banquetas del coro, el ajuar de la iglesia 74.
En medio de la clerecía leonesa ocupa el obispo su sitial 75. Se cubre con una rica capa tejida con seda, bordad con oro y adornada con gemmas 76, y se toca con la cetharis o mitra blanca, cual corresponde a tan solemne ceremonia como va a celebrarse 77. En pie detrás del analogio, un diácono, vestido con una amplia casulla 78, pone su diestra sobre el rebelde pergamino del Liber Ordinum 79, donde se halla copiado el ritual que ha de seguirse para despedir al soberano y para entregarle la cruz de la victoria. Los demás diáconos y clérigos, todos con casullas, albas, estolas, amitos y cíngulos o balteos de diversos tejidos y colores 80, y algunos con vihuelas y con cítaras 81, aguardan, en pie también, la entrada de la corte. Arden a una las diversas candelas, perfuma el aire el olor del incienso, se oye el chisporrotear de las lucernas, el bisbiseo de las plegarias y el murmurar de los diálogos, y en diversos instantes llega hasta los atentos oídos de algunos impacientes el ruido de la calle.
El repicar de las campanas anuncia la llegada de la Corte ante el atrio de la sede antiquísima de Santa María 82. Un conde de Palacio tiene de las bridas el caballo castaño del monarca; apéase Ordoño de la bestia; rodéanle diáconos y clérigos; los primeros le inciensan, y precedido de la cruz alzada, penetra con su séquito en el interior de la basílica. Toda la clerecía leonesa, a su frente el obispo y con él los prelados venidos para asistir a la campaña, esperan al príncipe en el coro. El rey se prosterna en el suelo y ruega en medio de un silencio absoluto 83. Alzase al punto Ordoño y los clérigos todos cantan, en alta voz y acompañados de vihuelas y de cítaras, la antífona en que piden al Dios de las batallas auxilio y protección para el ejército cristiano. Cesan los cantos y ruega sólo el obispo Gonzalo 84. Implora para el rey la victoria, fuerza para las huestes, confianza, fidelidad y acuerdo para las tropas y sus duces, y el retorno triunfal de todos a la misma iglesia donde al presente se hallan. Un diácono toma entonces la cruz de oro que contiene reliquias del sagrado madero en que se consumó la redención del hombre, se la entrega al obispo y éste la pasa al rey, mientras cien voces entonan la antífona que empieza: Accipe de manu Domini y que prosigue luego: Sume scutum inexpugnabile equitatis.
Encarga Ordoño a Ilderedo, obispo de Simancas 85, de llevar la cruz durante la campaña; reciben de mano del prelado los alféreces de las diversas haces del ejército los estandartes bendecidos, se dirigen a la puerta del templo y, entretanto, diáconos, clérigos y obispos cantan oraciones diversas, que terminan así: Dominus custodiet introitum tuum et exitum tuum.
Salen al atrio de la iglesia los portadores de las señas, es entonado el Gloria patri, un diácono exclama: Humiliate vos benedictione, y el obispo pronuncia acto seguido la larga fórmula de la bendición que los ritos prescriben. ¡Que Dios proteja a la hueste de Ordoño en su lucha contra los musulmanes y que todos regresen victoriosos a aquel mismo lugar donde se encuentran! Les da paz el prelado; In nomine Domini nostri Ihesu Cristi ite in pace, dice otro diácono, y el rey sale del templo, mientras la cleracía canta la antífona Domine Deus, uirtus salutis mee obumbra caput meaum in die belli 86. Abraza el príncipe al obispo, monta a caballo, suenan las trompas y bocinas 87, se pone la corte en movimiento y, seguida de las tropas del conde de León, desfila, despaciosa, por la calle que conduce al real palacio. Atraviesan por bajo del Arco del Rey o del mercado; únense en éste a Ordoño y a su corte de huestes de los condes, potestades y merinos de tierras leonesas, y los de Asturias y Castilla, y por el viejo puente romano del Torío 88 ganan la gran calzada que ha de llevarlos primero a Astorga, después a Braga y por fin a Lisboa.
____________
1 Ignoramos cómo se llamaba a los hombres al fonsado en el siglo x. Hay noticias tardías de que los reyes hacían «intonare voces et preconia» o simplemente «intonare regalía preconia» para convocar el ejército a la guerra (Crónica de Alfonso VII. Esp. Sagr., XXI, 324 y 353). Supongo que en el período a que ahora me refiero ocurriría otro tanto. Puede sospecharse que los pregones se harían a toque de bocina y de cuerno. A lo menos Sampiro refiere (Esp. Sagr., XIV, 451) que cuando Ramiro II supo la vuelta a León de su hermano el Rey Monje «jussit intonare buccinis, vibrare hastas» para marchar contra el huido de Sahagún.
2 Imagino ocurridos estos sucesos en el reinado de Ordoño III, después del año 950. Abd al-Rahmán III vivió hasta 961.
3 Estas plazas defendían los pasos naturales de acceso al reino de León y se hallaban situadas en los cuatro grandes caminos romanos que conducían a la meseta superior: Medinaceli, en la que iba de Toledo a Zaragoza (Blázquez: Vías de Sigüenza a Zaragoza..., 1923), que facilitaba la entrada en Castilla por las fuentes del Duero. Desde Osma partía la que llevaba a Atenza y a Segontia (v. el mapa de Kiepert del Corpus II). Por Simancas pasaba el Duero la vía que venía desde Laminium (Alhambra, no lejos de Ruidera) y se cruzaba en Titulcia con la de Toledo a Zaragoza (Blázquez: Vías romanas del Valle del Duero, 1916). Y por Zamora, Ocelo Durii, atravesaba el Duero la gran vía del Oeste, que unía Mérida y Astorga. Simancas, Osma y San Esteban fueron por esto durante el siglo x teatros de las grandes batallas conocidas de todos.–Después de publicada la primera edición de estas Estampas han aparecido dos estudios en que se han examinado total o parcialmente las vías romanas citadas ahora: Sánchez-Albornoz: Divisiones tribales y administrativas del solar del reino de Asturias en la época romana, Bol. Ac. Ha., Madrid, 1929, y Taracena: Vías romanas del alto Duero, Anuario del cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, II, 1934, 257 y sigts.
4 En el relato de esta guerra de devastación coinciden las crónicas cristianas y musulmanas.–Véanse las de Albelda (Esp. Sagr., XIII:, 454 a 458) y Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 453 a 457) y Al-Bayán al-Mugrib (Td Fagnan, 1015 (Esp. Sagr., XXXVI, pág. XX) y 1023 (Esp. Sagr., XXXVI, XIX) en que se refiere la desolación de la tierra leonesa tras las campañas de Almanzor.
5 Lo fue mucho más cuando los cristianos poseyeron la superioridad militar. En el siglo XII, del botín pagaba a veces el rey su salario a los caballeros (Chronique latine des rois de Castille. Ed. Cirot, Ap. del Bull. Hisp., 1912-1913, 149). Pero ya en esta época se obtenían en ocasiones grandes despojos. Véanse las crónicas de Albelda (Esp. Sagr., XIII, 454, 455), Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 453-55) y Silos (Ed. Santos Coco, 38).
6 Recuérdense las expediciones de Alfonso III a Toledo (Sampiro, Esp. Sagr., XIV, 447); de García, sin duda también a tierras toledanas, puesto que a su regreso pasó por el Tiemblo, situado en el camino de Ávila a Toledo (Sampiro, Esp. Sagr., XIV, , 448), y de Ramiro II a Madrid y a Talavera (Sampiro, Esp. Sagr., XIV, 452 y 454).
7 Sampiro nos refiere con su habitual concisión esta gran campaña de Ordoño III (Esp. Sagr., XIV, , 455).
8 Ya Sampiro habla de «illis diebus guando hostes solent ab bella procedere». En otras fuentes posteriores se fija más concretamente la época de las campañas sarracenas, y se dice «en los días de las mieses». Diversos pasajes del Bayán (Td Fagnan, II, 295, 361) señalan los meses de junio y julio como los preferidos por los sarracenos para sus entradas en tierras de cristianos. En Simancas se peleó el 6 de agosto (Anales castellanos primeros: Gómez-Moreno, Discursos..., 24).
9 Un interensatísimo documento de hacia 1030, procedente de San Juan de la Peña, publicado ya por Serrano y Sanz en sus Noticias históricas del condado de Ribargoza (pág. 336), mal interpretado por Mayer en su Historia de las instituciones... (154, 155), y ahora de nuevo reproducido con ciertas correcciones por Menéndez-Pidal, en sus Orígenes del español (pág. 39), nos ilustra detalladamente sobre este servicio de anubda o vigilancia.–Me he ocupado con detenimiento del mismo y confío que he resuelto sus dificultades, que descarriaron a Mayer, en: Muchas páginas más sobre las behetrías, Anuario, IV, 1927, 72 y sigts.
10 Entre las pocas noticias legales que poseemos acerca del servicio militar en el reino asturleonés, destaca el art. XVII del Fuero de León, que dice: «Illi etiam qui soliti fuerunt ire in fosatum cum Rege, cum comitibus, cum maiorinis, eant semper solito more». Me permito introducir en escena, junto a los condes y a los merinos, a las potestades, porque éstos gobernaban con frecuencia, como los primeros, las circunscripciones administrativas del reino, y como ellos, dirigían la hueste de su mandación, cuando el rey llamaba al fonsado. Que así ocurría en efecto nos demustra la concesión de inmunidad por Bermudo III al conde Piniolo Xemenni en 1031 (Esp. Sagr., XXXVIII, 287), en la que se lee: «Homicidium, rausura, fossataria ab hodierno die, et deinceps non tribuantur Regi infra istos terminos, nec eant in expeditione Regis et ejus potestatibus...» El artículo copiado del Fuero de León prueba que los merinos o mayordomos continuadores de los villicos godos y romanos habían avanzado extraordinariamente en su transformación de funcionarios privados de los dominios reales y particulares en oficiales públicos. Su evolución es síntoma de la experimentada por el régimen señorial. No es éste lugar adecuado para estudiar la organización local del reino de León, que merecerá un extenso capítulo en otra parte.–De la que pudiéramos llamar feudalizante organización militar del reino asturleonés he tratado en mi obra: En torno a los orígenes del feudalismo, Mendoza, 1942, I, 180-186, y III, 283 y sigts. De condes y potestades, en la misma, I, 125-128, y en mi Ruina y extinción del municipio romano en España e instituciones que le reemplazan, Buenos Aires, 1943, 68-78. Y de los merinos he hablado en Muchas páginas más sobre las behetrías, Anuario, IV, 1927, 121-123.
11 No los menciona en tal concepto el Fuero de 1020; pero el diploma citado en 1030 (nota 9) se deduce que era el pelear su obligación principal para con el monarca. Ignoramos si ya habrían logrado los infanzones de León en los días de Ordoño III que fuera su deber de acudir al fonsado carga aneja a los prestimonia que poseían o a la soldada que recibían del soberano leonés. Es de presumir que los castellanos conseguirían tal privilegio antes de los días del conde don García, pues aunque fuentes tardías refieren este suceso al gobierno de don Sancho, no es de creer que alcanzaran de aquél los caballeros villanos de Castrojeriz, en 976, ventajas que no disfrutasen ya los infanzones.–Después de publicadas las anteriores ediciones de estas Estampas he llegado a creer que data del período visigótico la concesión de tierras con cargo al servicio de guerra. Véase: En torno a los orígenes del feudalismo, I, Fideles y Gardingos en la monarquía visigoda, 168-173 y 180-186.
12 La manera de prestar el servicio militar los hombres no nobles, a pie o a caballo, fue creando entre ellos diferencias sociales. Es conocida la teoría de Brunner (Der Reiterdienst und die Anfünge des Lehenwesens: Forschungen zur Geschichte des deutschen und franzóschischen Rechtes (Stuttgart, 1894), págs. 39 y sigts.) sobre el papel de la caballería en los orígenes del feudalismo y su tesis acerca de la influencia ejercida por las luchas de los francos con los musulmanes en el siglo VIII en la organización de la caballería carolingia.–Esta teoría de Brunner fue ya combatida por: Delbrück: Geschichte der Kriegskunst, II, 1902, 424 y sigts.; Mayer: Die Entstehung der Vassallitát und des Lehenwesens, Festgabe für R. Sohm, 1914, 45 y sigts. y Dopsch: Wirtschaftliche und soziale Grundlagen del europüischen Kulturentwicklung, II, 1920, 291 y sigts. Fue defendida por Voltelini: Prekarie und Benefizium, Vierteljahrschrift für Sozial und Wirtschftsgeschichte, XIV, 1922, 292 y sigts., y por Von Schwerin: Zeitschrift für die Gesamten Staatswissenschften, LXXX, 1926, 719 y sigts. Ha sido impugnada de nuevo por Dopsch: Benefizialwesen und Feudalitüt. Mitteilungen des Oestrreichischen Instituts für Geschitsforschung, XLVI, 1932, 1 y sigts. Y ha roto una nueva lanza a su favor, Ganshof: Note sur les origines de l'union du bénefice avec la vassalité. Etudes dediées á la memoire de H. Pirenne, 1937, 173 y sigts. Confío en haberla definitivamente destruido por otros caminos de los seguidos por sus contradictores, en mi obra: En torno a los orígenes del Feudalismo. Parte Segunda: Los árabes y el régimen prefeudal carolingio, T. III, La caballería musulmana y la caballería franca del siglo VII, Mendoza, 1942.
Mas aunque después de mi obra ahora citada no sea posible admitir la vieja tesis, no puede negarse la eficacia de la caballería en la organización europea de los siglos medios, y sobre todo en los comienzos de la época feudal. No influyó poco en nuestra diferenciación de Europa en la Edad Media la peculiar solución parcial que aquí se dio al problema con la caballería villana. Fue en el siglo x cuando surgió esta última. Nada nos dicen los textos leoneses; pero el castellano F. de Castrojeriz del 976 (Muñoz, Fueros, 38) la presenta ya formada. Los condes de Castilla, para facilitar la creación de cuerpos de jinetes, dieron a los caballeros villanos exenciones y derechos que les equiparaban con los nobles, sin confundirlos con ellos. En adelante, por siglos, aquéllos fueron a éstos como los libertos de derechos plenos a los ingenuos.–Sobre la caballería villana en España véase la obra de mi discípula la Srta. Carmela Pescador.
13 Comitatos, mandationes y commissos se llamaron las circunscripciones administrativas en que el reino se hallaba dividido. Nada permite distinguirlos entre sí. Eran vocablos que se aplicaban indistintamente a un mismo distrito. También se empleaban con el mismo significado las palabras terram ad imperandum y mandamentum, si bien se llamaban mandamenta de ordinario a las pequeñas circunscripciones en que ejercían su cargo los sayones (art. XVI del Fuero de León). Insistiremos sobre esta cuestión en la obra ofrecida.
14 De la época asturleonesa sólo conozco tres concesiones de inmunidad en que se exima a los habitantes de la tierra acotada de acudir al fonsado. Me refiero a las siguientes: de Fernán González a San Millán en 945 (Llorente, Historia de las Provincias Vascongadas, III, 323); de García Fernández a Covarrubias en 978 (C. de Covarrubias, ed. Serrano, 21), y de Bermudo III a Piniolo Xemenni en 1031 (Esp. Sagr., XXXVIII, 287).–Sobre el fonsado véase el estudio de Antonio Palomeque: Contribución al estudio del ejército en los estados de la Reconquista, Anuario ha. dcho. esp., XV, 1944.
15 Véase la nota 7 de la Estampa II.
16 Véanse las notas 8 y 9 de la Estampa II.
17 No hay textos de la época que nos presenten a los prelados rodeados de gente de armas; pero consta por Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 449) su presencia en la guerra. En Valdejunquera cayeron prisioneros los obispos Dulcidio de Salámanca y Hermogio de Tuy. Es, por tanto, probable, que tuviera ya realidad la frase de la Compostela «Episcopus S. Jacobi, baculus et ballista».
18 Ya en el período merovingio muchas veces se llamó sólo a un hombre armado de cada familia. Bajo los carolingios se generalizó este sistema. Se tuvo en cuenta la riqueza de cada cual para exigirle de modo diferente el servicio de armas. Se fijó una determinada unidad de fortuna. Los que la poseyeron tenían que acudir personalmente; los demás se reunían en grupos hasta completar aquella cantidad mínima, y cada grupo enviaba un hombre a quien auxiliaban económicamente sus compañeros mediante el adjutorium. No ocurrió exactamente lo mismo en la Península; pero también se hizo sensible la crecida repugnancia de los hombres a empuñar las armas, que había de obtener satisfacción paulatina en los fueros municipales, cuyas exenciones en orden al deber militar dificultaron y retrasaron considerablemente la reconquista. Faltan textos leoneses acerca de este asunto; pero el Fuero de Castrojeriz (Muñoz, Colección, 38) de 976, presenta por primera vez en vigor un sistema parecido al del adjutorium franco, mucho más antiguo: «Et si illo comite tenuerit arcato faciant se tres pedones in uno et det uno illo asino et vadant illos duos». Este pasaje me permite conjeturar que la merced concedida a perpetuidad a los peones de Castrojeriz en 976 se habría ya otorgado alguna vez esporádicamente a diversos distritos u ocasionalmente a todo el reino, en convocatorias diversas por las razones y con los fines señalados arriba.–Sobre el ejército al Norte de los Pirineos hacia la misma época véase: Frauenholz: Das Heerwesen der germanischen Frühzeit des Frankenreiches und des ritterlichen Zeitalters, München, 1935.
19 La intervención de los magnates del Palatium en la plática y preparación de empresas militares está comprobada por Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 452). «Ranimirus securus regnans, consilum iniit cum omnibus Magnatibus Regni sui, qualiter Chaldaeorum ingrederetur terram».
20 Según el Ordo: «Quando rex cum exercitu ad prelium egreditur» (Liber Ordinum; ed. Ferotin, 150 y sigts.), antes de la ida del príncipe a la guerra se celebraba una solemne ceremonia religiosa en la que el rey recibía y entregaba a un eclesiástico, para que la llevase durante la campaña, la cruz de la Victoria. Describiré después la fiesta.
21 No sé quién gobernaba Luna en los días de Ordoño III. Hacia 952 era conde de León Velasco (T. Leg., fol. 381), y desde 950, a lo que parece, regía Monzón Fernando Ansúrez en lugar de su padre (Escalona, Historia de Sahagún, 395). En un documento de 976 escribe el mismo Fernando Ansúrez: «Nempe plures manet notum eo quod dive memorie genitori meo Assuri Comite satis fidelissimum fuisse Domino Rademiro Principe et post obitum genitoris mei Ego vicem ipsius obtemparavi, ut potuit supradictum... [sic]... Ego yero tempore ut ille fines vite excepit et prolis ipsius Domino Ordonio regalía vice adquisivit, ego ut michi mee supetierunt vires adiutor et fidelissimus illi extiti et contra resistentes illi atquietavi adtentius dimicavit» (Escalona, Historia de Sahagún, 420).
22 Imagino aquí cómo estaría constituido el cortejo de los grandes. De escuderos habla ya un documento de 1.011 (T. Leg., fol. 358 v.°), y por lo que hace a los infanzones, ya observó Hinojosa que se hallaban de ordinario al servicio de los condes y de los altos magnates eclesiásticos, y aun utilizó dos textos del siglo x entre los distintos que alega en prueba de su aserto (El Derecho en el Poema del Cid. Estudio..., 78). He podido reunir otros varios testimonios de aquella frecuente subordinación, tan frecuente que inclina a considerar tal situación como la normal de aquellos nobles inferiores. En diversos diplomas los vemos gobernando condados o teniendo en afondo o prestimonio tierras del rey, de un obispo o de un abad, que les llama meos infanzones, o de quien son tenidos por suos infanzones (951-958. Escrituras de Lugo, Hinojosa, lugar citado.-966. Cart. de Sobrado, I. fol. 1.007. L. Ferreiro, H. de Sant., II, 202, Ap.). Y en otros aparecen encargados de la crianza de los hijos de su señor (982, L. Ferreiro, Historia..., II, 177, Ap.), acompañándolo cuando acudía a juntas o placitos judiciales y aun prestos a actuar a su lado como conjuradores si las circunstancias lo exigían (1.055. Fita, San Miguel de Escalada y Santa María de Piasca, Bol. Ac. Hist., XXXIV, 339, y Menéndez Pidal, Orígenes del español, 34). No dudo, por tanto, de que concurrirían a León con los condes y obispos asistentes a la asamblea de Palacio reunida por Ramiro II, según refiere el diploma de Odoino ya citado en la Estampa anterior, y ahora al acudir sus señores a la convocatoria del ejército por Ordoño III.
23 Véanse el plano y los documentos núms. 45 y 52 del Apéndice III.
24 Véase en el plano el camino que conjeturo hubieron de seguir el conde de León y Fernando Ansúrez.
25 Los supongo ataviados como los dos plebeyos que figuran en el fol. 499 del códice de los Morales de San Gregorio de la Biblioteca Nacional, fechada en 945.
26 Imagino este incidente para ofrecer al lector idea de las escenas a que debía de dar lugar la fuga y el hallazgo de siervos, aquélla comprobada por inventarios como el de Celanova, y éste posible en ocasiones.
27 He elegido los nombres al azar, pero no la condición de las personas. Siervos y juniores de cabeza carecían de la libertad de movimiento. Los artículos XXI y XXII del Fuero de León lo comprueban de modo indubitable en relación a los primeros, y el XX respecto a los segundos, ya que al no permitir acoger en León libremente sino a los que fueran cuberos o tejedores, prueba que los demás juniores de cabeza no gozaban de la libertad de domiciliarse a su albedrío, y que los señores podían reivindicarlos en derecho. No desconozco la teoría de Mayer acerca de los juniores leoneses, ni las explicaciones que ofrece para obviar la dificultad insuperable que alza contra aquélla el artículo citado del Fuero; pero, como ha dicho Carande (Rev. de Occidente, XXV, 139), Mayer no ha probado su tesis. Confío en haberla pulverizado en Muchas páginas más sobre las behetrías. Frente a la última teoría de MAYER, Anuario ha. dcho. esp., IV, 1927, 4 a 157. En tal monografía me he ocupado con alguna detención de los juniores (44-67). Baste aquí apuntar que entre los juniores leoneses de los artículos IX, X y XI y del XX hay, según se deduce del texto de éstos, la misma diferencia que entre los juniores de heredad y de cabeza del diploma de Alfonso IX de León publicado por Hinojosa (Colección.., 147), que coincide en su esencia con los pasajes citados del Fuero de 1020, y que Mayer olvida, ignoro si intencionadamente.
28 En un documento de 943 (B. de Cardeña, ed. Serrano, 364), consta que el sayón del conde Assur Fernández se llamaba Hanne Obeçoz. Véase sobre los sayones la nota 6 de la Estampa IV.
29 Les supongo alvendarios, porque, como hemos visto en la nota 27, era oficio a que solían dedicarse los juniores de cabeza. Juzgo novedad del Fuero la licencia concedida para establecerse en León a tales juniores. Parece indicarlo la circunstancia de incluirse este precepto en el mismo artículo que habla de la repoblación de la ciudad. Se otorgaría tal libertad a fin de atraer gente a restaurar los daños producidos por Almanzor. En la época de Ordoño III es, por tanto, probable que incluso los junio-res alvendarios pudieran ser reivindicados por los señores.
30 Los días de la semana en el siglo X eran aún en el reino de León: Dies dominici (978 T. Leg., fol. 204 v.°), secunda feria (944. Llorente, Historia de las P. Vascongadas, III, 321; y 949, B. Gótico de San Millán, fol 60 v.0; Beato Gallicano, fol. 175; Copias Minguella), tertia, quarta, quinto, sexta feria (944. Llorente, Obr. Cit., III, 321) y séptima feria (985. B. Cardeña, ed. Serrano, 306) o die sabbati (853. Esp. Sagr., XXXVII, 320). «Tan diebus cotidianis quam et dominicis» se dice en una escritura de 920 (B. Sahagún, fol. 177 v.°).
31 Es sabido que según la Lex Visigothorum (x, 2, 2) los siervos fugitivos adquirirían la libertad por prescripción de cincuenta años. No hay motivos para dudar de que esta ley se aplicara en el reino asturleonés, y menos para suponer que los junio-res de cabeza disfrutaran en este punto de peor condición que los siervos.
32 Consta por el documento de Odoino que a veces los magnates encargaban a algunos de los infanzones a su servicio de la crianza de sus hijos (L. Ferreiro, Historia..., II, 177, Apénd.). Lo demás del relato parece consecuencia obligada de aquél hecho indudable.
33 La acusación era requisito previo en el procedimiento germánico acusatorio, y lo fue en el castellanoleonés de los siglos siguientes, como prueban los repetidos preceptos de los fueros: «Nadie responda sin querelloso». Es probable que lo fuera también en el siglo X.
34 El artículo XXII del Fuero de León dice: «Servus yero qui per veridicos homines servus provatus fuerit, tam de cristianis quam de agarenis, sine aliqua contentione detur domino suo.» De no haber mediado el argumento de la prescripción de cincuenta años, los fugitivos, probada su servidumbre por la acusación del conde y su gente, hubieran sido entregados sin más proceso a su dueño, pero ante lo alegado por ellos en su defensa, es posible que se resolviera la cuestión mediante un litigio regular. A lo menos en un documento de 912 (L. Ferreiro, H. Stgo., II, 74 Ap.) aparecen defendiendo personalmente su libertad ante el rey y sus jueces unos siervos que, acusados de tales, contestaron que llevaban largos años viviendo como libres. ¿Regiría para estos casos el precepto del Fuero (art. XL) «Homo habitans in Legione et infra praedictos terminos pro ulla calupnia non det fidiatorem nisi in V. solidos»?
35 De esta forma se reproduce una en el fol. 365 del Beato de Gerona. Véanse también las del B. de la Acad. de la Hist.. fol. 20 v.º.
36 Conjeturo que se utilizarían ya los lienzos encerados a guisa de vidrieras en las casas del León anterior al milenio. Naturalmente no hay texto alguno de la época que hable de esto; pero se usaron ya en la postrera Edad Media, según prueban fuentes tardías, y se emplean aún para los mismos fines por algunas comunidades religiosas de vida estrecha y de remota fundación. En la crónica del Príncipe de Viana se describe una escena pareja de la narrada arriba.
37 En relación de vasallaje debían encontrarse, con los magnates laicos o eclesiásticos a quienes servían, los infanzones que aparecen en dependencia o servicio de aquéllos (véase la nota 22). Pero además he encontrado algún documento leonés de principios del siglo en el que se usa la palabra, no con la significación ínfima de colono, única conocida hasta ahora de tal vocablo en la época que estudio, sino en el sentido técnico jurídico que tenía a la sazón en todo el centro y occidente de Europa. Sin embargo, hace mil años era milites el vocablo más usado, en el reino de León, para designar a los llamados vasallos en la terminología jurídica del viejo solar del imperio carolingio. Lo he comprobado en las páginas que he consagrado a las instituciones prefeudales asturleonesas en mi obra: En torno a los orígenes del feudalismo, Mendoza, 1942, III, 275 y sigts. También después de la aparición de las primeras ediciones de estas Estampas he publicado el diploma de 1029 a que he aludido en esta nota, en Un documento de interés para la historia del vasallaje español, Logos, II, 1942, 315 y sigts.
38 En un documento de 1034 (Ind. Sahg., 194) se lee: «duos elmos laboratos in LX solidos, una loriga de LX solidos». El dato es relativamente tardío; pero es el más temprano que conozco acerca del precio de lorigas y yelmos.
39 Una «spata obtima cum factiles deauratos ualente solidos centum» se cita en un documento de 959 (B. de Sahagún, fol. 152 v.°).
40 Consta por los Anales Castellanos Primeros (Gómez-Moreno, Discursos..., 24) la presencia en Simancas de Assur Fernández, y no es imposible la del conde Velasco en Alhandega.
41 Los arreos de las cabalgaduras eran en el siglo X: silla jineta de borrenes muy altos, pretal, cincha y ataharre, cabezada, freno y bridas. Pueden verse jaeces de este tipo en los Beatos de Thompson (fol 241), de Valladolid (fol. 148 v.°), de Gerona (fols. 15, 373 y 376), de Urgel (fol. 209), de Fernando I (fols. 171 v.°, 206, 237 y 266), del Escorial (fol. 144) y de Osma (fols. 85 v.° y 157). Varía, naturalmente, la riqueza y el adorno de estos arreos, y se observa que en las representaciones de fecha más tardía a veces se reproducen caballos enjaezados sin ataharre (B» de Osma, fols. 85 v.° y 151) o sin pretal y sin ataharre (B. Fdo. 1, fol. 171 v.°). Son frecuentes las citas de sillas y de frenos en los documentos de la época que estudiamos. Se encuentran en escrituras de 960 (Bibl. Nac. Ms. 18.382. T. Castañeda, fol. 33 v.°), 941 (C. de Santo Toribio, fol. 38), 945 (B. Cardeña, 301), 946 (P.M.H. D. et Ch., 32), 963 (B. Cardeña, 8), 980 (C. de Santillana; ed. Jusué, 31), 1004 (T. Leg., fol. 174). A juzgar por los textos, había sillas arintias (922. P.M.H., D. et Ch., 16), uermellas (960.T. Leg., fol. 37 v.º) y argenteas (véase nota 54). Los diplomas no mencionan nunca bridas, pretales y ataharres. Debían constituir el atondo o loramen del jaez y ser incluidos en la denominación genérica: silla.
42 El uso de lorigas por los guerreros cristianos no aparece comprobado por las miniaturas de los códices de la época, pero sí por documentos de fecha muy cercana al milenio, como el de 1034 (Ind. Sahg., 194), ya citado. En Francia y en Aragón se usaban en los siglos X y XI brunias de cuero con escamas o anillos de metal. Y en Castilla parece que fueron de cuero, a lo menos hasta la época del Cid (M. Pidal, Cantar de Mio Cid, 736, 37).
43 En el mismo documento de 1034 mencionado en las notas 38 y 42 se citan «duos elmos», y no es imposible que llevasen yelmos los jinetes del Apocalipsis bajo las picudas capuchas con que se tocan, por ejemplo, en el Beato de Gerona, fol. 376.
44 Así son los que, pendientes de los arzones de las sillas jinetas, o embrazados por caballeros y peones, aparecen en las iluminaciones de los Beatos de Thompson (fols. 241 y 160), de Gerona (fols. 257 y 376), de Urgel (fols. 208 v.°, 209 y 222), de Valladolid (fol. 194 v.º) y de Fernando I (fols. 178, 265 v.°, 266 y 283). El escudo anterior al siglo XIII, guardado en la Armería Real, procedente de una sepultura de Oña (Conde de Valencia de Don Juan, Catálogo de la Real Armería, 150), aunque de otra forma, es de madera forrada de cuero. ¿Serían también así los usados por los guerreros en el siglo X? Lo ignoro. Documentos de 978 (Yepes, Cronica, V, fol. 444) y de 985 (P.M.H., D. et Ch., 92) hablan sólo de scutos, sin emplear ningún calificativo. No he encontrado en los códices leoneses y castellanos sino escudos redondos, a diferencia de lo que ocurre en las Biblias de Rodas y Ripoll (Neuss, Die katalanische Bibelillustration..., láms. 24, 27, 29 y otros), donde se reproducen escudos alargados que sólo aparecen en ilustraciones castellanoleonesas muy posteriores al año mil, alrededor del que fecha Neuss las Biblias citadas.
45 Como era natural, a juzgar por las miniaturas de los códices de la época que nos interesa, los hombres del siglo X usaban espadas muy diversas. Anchas son las que se reproducen en el Vigilano y en el Emilianense, pero mientras unas tienen el pomo flordelisado (Emil., folios 106 v.° y 453), otras son de arriaz en cruz y de pomo en forma de cabeza de clavo (Vig., vol. 428, y Emil., fol. 107). Espadas anchas hallamos también en los Beatos de Thompson (fol. 241), de Valladolid (fols. 177 v.° y 194 v.º) y de Fernando I (fols. 205 y 266); estrechas y largas, sólo en los de Urgel (fols. 136 v.°, 208 v.° y 209) y de Fernando I (fol. 178), y anchas y muy cortas, a veces a guisa de puñales, en los del Escorial (fols. 102 v.°, 144 y 150) y Osma (fols. 85 v.° y 114). La espada era arma usada al igual por caballeros y peones. De ella encontramos en los documentos de la época citas más frecuentes que de lorigas, yelmos, lanzas y escudos.
46 Lanzas de formas muy diversas hallamos en el Emilianense (folio 453) en los Beatos de Thompson (fols. 241 y 260), de Valladolid (fol. 194 v.°), de Gerona (fols. 15, 257, 367, 376 y 379), de Urgel (fols. 129, 136 v.°, 208 v.°, 209 y 222), de Fernando 1 (fols. 173 v.°, 265 v.°, 266, 283 y 290) y de Osma (folio 85 v.°). También la lanza se usaba indistintamente por infantes y jinetes. Lanzas se citan en un diploma de 985 (P.M.H., D. et Ch., 92) y en otro de 978 (Yepes, Cronica, V, fol. 444), en que se habla de ir «ad pignora cum lanceas et scutos et lapides».
47 Armados con arcos aparecen caballeros y peones en los Beatos de Thompson (fol. 241), de Valladolid (fol. 194 v.°), de Urgel (fol. 208 v.° y 209), de Gerona (fols. 376 y 379), de Fernando I (fols. 265 v.° y 266) y de Osma (fol. 85 v.°). No encuentro citas de arcos en los documentos de la época. Ignoro si se referirá, pero no es probable que aluda a estos arcos la frase del Fuero de Villavicencio en que, fijando lo que había de pagarse por los productos llevados al mercado, se dice: «De Karrata de arcos octo, de assinos dúos, de peone uno» (Muñoz... 175).
48 Véase la Estampa II, nota 85.
49 Cabalgando con túnica hendida se representa ya a los reyes castellanoleoneses en el siglo XII. ¿Lo usarían ya Ordoños y Ramiros en el siglo X? No es imposible, puesto que algún documento de 969 (V. Ap. III) habla ya de mofarrage o mofarrex. Los jinetes del Apocalipsis representados en los Beatos repetidamente visten una especie de pelele, o ballugas, calzas, bragas y jubones.
50 Ya he hablado de yelmos en la nota 43. No encuentro mención de capuchas o capiellos. Aparecen éstos en textos tardíos, como el Poema del Cid (véase M. Pidal, obra citada, 533).
51 Si suponemos cubiertas de esta forma las lorigas, se explica por qué no se advierten en las reproducciones de los Beatos. (Véase la palabra Kabsan en el Apéndice).
52 Véase una espada de este tipo en el Emilianense, fol. 107.
53 Véase la nota 95 de la Estampa II.
54 Véanse en la nota 41 las indicaciones allí consignadas sobre las miniaturas de los Beatos que unánimes reproducen sillas del tipo señalado. De «sellas argenteas» hablan varios diplomas de 960 (Arch. Cat. León, T. Leg., fol. 37 v.°), de 984 (B. Sahagún, fol. 178) y de 1019 (B. Sahagún, fol. 84 v.°); y de una «sella argentea ualente DCos. solidos opere digno fabricata et auro composita» una escritura de 1015 (B. Sahagún, fol. 117).
55 En la nota 41 he hecho referencia a pretales y ataharres. Aparecen con pinjantes o colgantes que, a juzgar por las noticias de época visigoda, considero esmaltados, en los Beatos de Thompson (fol. 241), de Urgel (fol. 209), de Gerona (fols. 15 y 376) y de Fernando I (fols. 237 y 266). Después de la aparición de las primeras ediciones de esta obra se ha hablado de orfebrería visigoda en los siguientes estudios: Martínez Santa Olalla: Notas para un ensayo de sistematización de la arqueología visigoda en España, Archivo español de arte y arqueología, XXIX, 1934; Campos Cazorla: Arte hispano-visigodo, Madrid, 1936; Ferrándiz, J.: Artes decorativas visigodas„ Historia de España. Menéndez Pidal, Madrid, 1940, y Helmut Schlunk: Relaciones de la península ibérica y Bizancio durante la época visigoda, Archivo español de Arqueología, 6.0, 1945, 201-204.
56 Véase la nota 18 de la Estampa V.
57 Del arzón llevan pendientes sus escudos los jinetes del Apocalipsis en los Beatos de Thompson (fol. 241), de Urgel (fol. 209) y de Fernando I (fol. 266).
58 Bridas y frenos de formas diversas pueden verse o adivinarse, según los casos, en los folios citados de los diversos Beatos. De frenos se habla en los documentos indicados en la nota 41. Un freno «per colore amarello» se cita en una escritura de 958 (B. de Cardeña, ed. Serrano, 225), otro «argenteo» en un diploma de 960 (T. Leg., fol. 37 v.º) y un tercero «argenteum deauratum» en un documento de 951 (L. Ferrero, Ha., u, 137, Ap.). También sería argénteo el freno valorado en 100 sueldos de que se habla en un documento de 984 (B. de Sahagún, fol. 178).
59 En una escritura de 1007 (T. de Celanova, fol. 4. v.°) se refiere que el conde Hermenegildo Gutiérrez, encargado por Alfonso III de someter al rebelde Vitiza, le combatió con su gente y «cum omnibus militibus palatii». Esta frase me permite suponer ya en uso las expresiones «militia palatii» y «schola regalis» que hallo en la Crónica de Alfonso VII (Esp. Sagr., XXI, 371, 392). He hablado de los fideles o milites regis asturleoneses en mi obra En torno a los orígenes del feudalismo, I, 66-71, 120, 187... y III, 274 y sigts.
60 He hablado del armiger en la nota 64 de la Estampa II. Textos tardíos acreditan que el alférez llevaba la insignia real en los combates. Alfonso VIII premió al suyo, Álvaro Núñez de Lara, otorgándole el señorío de Castroverde, «pro servitio plurimo commendando, que mihi in campestre prelio fecisitis, cum vexillum meum sicut vir strenuus tenuistis, cum Almiramomeninum regem Cartaginis devici...» (A.H.N., Tumbo Menor de Castilla, pág. 110). Imagino que en Simancas ocurriría poco más o menos lo mismo que en las Navas de Tolosa.
61 Véase el plano adjunto.
62 El ceremonial incluido en el Liber Ordinum presupone la presencia de tropas junto a la iglesia donde se verifica la solemnidad religiosa de que luego hablaré. Por esta razón sitúo allí a la hueste del conde de León, pues en aquel lugar no cabía el resto del ejército. Véase el plano.
63 Véase Iglesias mozárabes, 335 a 37. Como apenas puedo añadir nada a lo que Gómez-Moreno dice en su obra sobre prendas y objetos de culto, a ella he de referirme en esta parte de la mía. Los folios de los Beatos están llenos de representaciones de clérigos y diáconos con albas y casullas.
64 Iglesias mozárabes, 330. Véanse incensarios en los fols. 367 y 375 del Beato de Gerona.
65 No abundan las menciones de capas en los documentos de la época. Gómez-Moreno alega una de 1003 (Igl. moz., 337, núm. 3). Yo puedo añadir otra más antigua de 959 (P.M.H., D. et Ch., 46). Véase una reproducida en el Antifonario de León, fol. 241.
66 Así cree Gómez-Moreno que eran (Igl. moz., 327) y así aparecen en el B. de Fernando I (fol. 6 v.°), y en el Antifonario de León (fol. 5 v.°). De cruces de la época se conservan la de los Angeles (808) y la de la Victoria (908) en Oviedo, y hasta 1906 se conservaba también la de Compostela (874). Vénase Igl. moz., 378, 79 y láminas 136 y 137. En un documento inédito del Archivo Catedral de Oviedo, fechado en 908, he encontrado la ofrenda de la Cruz de la Victoria y referencias a otra cruz traída de Toledo con unos dípticos ebúrneos. El notario describe así la llegada hasta hoy: «crucen principalem totam ex purissimo cocto auro fabrefactam diuersis gemmarum uiridum generibus ornatam, a preciosis lapillis insutam», y añade refiriéndose a la otra: «ídem et altera modica cruce uetusto opere ubi reconditum est lignum sancte crucis». He publicado íntegramente y estudiado tal donación de Alfonso III, que nadie había logrado leer, en mi Serie de documentos inéditos del reino de Asturias, Cuadernos de Historia de España, I y II, 944, 308-316 y 329-334.
67 Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 448) nos detalla así la iglesia construida en tiempos de Ordoño II en las viejas termas, donde antes se alzaban los palacios reales.
68 Para trazar la descripción de la iglesia y de los altares me he servido de las páginas que dedica Gómez-Moreno a este asunto en sus Iglesias mozárabes, X. Me parecen aquéllas excelentes y las sigo, aunque para mi libro Covadonga haya reunido no pocos inventarios que añadir a la larga y muy completa lista de ellos ofrecida en Igl. moz., 321, 322. He hallado inventarios en donaciones de Frunimio I a Santa Eulalia de Vinagio (873. Esp. Sagr., XXXIV, 427); de Frunimio I a la Iglesia de León (874. Arch. Cat. León, núm. 1.326); de Alfonso III a San Adriano de Tuñón (891. Esp. Sagr., XXXVII, 339); de Alfonso III a la Iglesia de Oviedo (908. Arch. Cat. Oviedo); de Ikilano al monasterio de Santiago de León (917. Arch. Cat. León, T. Leg., fol. 349 v.°); de Félix presb. a la iglesia de Lugo (923. T. Viejo de Lugo, folio 58); de Donano a San Martín de Coimbra (924 P.M.H., D. et Ch., 18); de Cándido a San Claudio del Rivero (928. Bol. Com. Monumentos Orense, VI, 129); de Frunimio II a la Iglesia de León (928. Arch. Cat. León, núm. 1.330); de Gugina al monasterio de Ferreira, 939 (A. H. N., Clero leg., 719); de Engladios a Santiago de Villebria (952. T. de Lorenzana, folio 21 v.°); de Fafila a San Vicente de Miño (952. T. de Celanova, folio 192); de Arias al monasterio de San Clodio (968. T. de San Clodio, fol. 649); de Senior al monasterio de San Miguel en la Sierra de Lemos (976. Arch. Cat. Lugo. Priv. Reales I, núm. 4); de Fernando Flainez al monasterio de Benevivere (1020. A. H. N., Clero leg., 1157), de doña Salomona a San Vicente de León (1036. Arch Cat. León, T. Leg., folio 268 v.°), de Ruderico y Sancha a la Iglesia de San Antolín junto a Coyanza (1038. A. C. Leg., T. Leg., fol. 176) y de doña Sancha a la misma iglesia de San Antolín (1038. A. C. Leg., T. Leg., fol. 33). Para la descripción de los frontales me he valido principalmente del inventario incluido en la donación de Alfonso III a la Iglesia de Oviedo en 908, donde he publicado al cabo en Cuadernos ha Esp. I y II, 1945.
69 Sigo las noticias de Gómez-Moreno en el citado capítulo X de sus Iglesias mozárabes. A las referencias de cruces puedo añadir las siguientes de la citada donación de Alfonso III, en 908, a la Iglesia de Oviedo: «Dedimus igitur in primis cruces argenteas tres: processoria, deaurata et gemmata, et olouitrata ad altare Sancti Tirsi, tertia idem ad altare sancte Leocadie deauratam a lapidibus ornatam».
70 Así se describe una cátedra episcopal en un diploma de 911 (L. Ferreiro, Historia..., II, 64, Apénd.).
71 Véase la nota III de la Estampa II.
72 En el Vigilano (fol. 47 v.°) y en el Emilianense hallamos tipos de analogios como los descritos en la Estampa II, con soportes torneados y arquillos de herradura por adorno. Otras formas más simples y más cercanas de los atriles actuales se representan también en el Vigilano (folios 35, 37 v.° y 43 v.') y en el Emilianense (folios 31 v.° y 40).
73 Gómez-Moreno, Iglesias mozárabes, 335. En las miniaturas siempre aparecen los analogios desnudos.
74 Se reproducen banquetas, taburetes, sillas y sillones de formas muy dispares en los Beatos y folios citados en las notas 58, 59 y 60 de la Estampa II.
75 Gómez-Moreno cree que en las iglesias españolas del período mozárabe la cátedra episcopal no se hallaba en el presbiterio, detrás del ara, como en la época romana, sino en el coro (Igl. moz., 332).
76 De una «capa deaurata et lapidibus ornata», valorada en 260 sueldos, y que por su riqueza suponemos usada por los prelados en las más solemnes ceremonias, se habla en un documento de 959 (P.M.H., D. et Ch., 46).
77 Se la menciona como propia de los días muy señalados en la obra del presbítero cordobés Leovigildo (siglo IX) De habitu clericorum, publicada por el padre Serrano en el B.A.H., LIV, 500.
78 Véanse los folios del Vigilano y del Emilianense citados en la nota 72.
79 Sobre las fuentes, contenido, manuscritos y utilización del Liber Ordinum ha disertado eruditamente Ferotin en el prólogo a su edición del mismo, aparecida en los Monumenta Ecclesiae Liturgica, vol. V (París, 1904. A juicio de Ferotin, el Líber Ordinum se usó desde la época visigoda hasta la adopción del rito romano por influencia de los cluniacenses. Mis búsquedas en los diplomas de la época asturleonesa me permiten ofrecer al lector una larga serie de citas del referido libro halladas en las escrituras inéditas o publicadas de que he tenido noticia. Estas citas prueban a las claras el no interrumpido uso de aquél en todas las regiones que comprensís en su período de mayor expansión la monarquía leonesa. Se menciona en las donaciones de Frunimio, obispo de León, al monasterio de Santiago de Vinagio (873. Esp. Sagr., XXXIV, 427); de Beato, presbítero, a la iglesia de Santa María, San Pedro y San Pablo de Arnogio (889. T. Celanova, fol. 17 v.°); de Alfonso III al monasterio de Tuñón (891. Esp. Sagr., XXXVII, 340); de Addalinus, abad a Leovigildo, presbítero (910. AHN., Clero Cat. Lugo, número 77, leg. 735); de Sisenando, obispo de Ida, al monasterio de Montesacro (914. A.H.N., Clero); de San Genadio a la iglesia de San Pedro, San Andrés y Santiago de Montes (915. Yepes, IV, fol. 447); de Hermenegildo a Sahagún (922. Escalona, Historia..., 383); de Félix a Lugo (923. Tumbo Viejo Lugo, fol. 58); de Abo a Sahagún (925. B. Sahagún, fol. 135); de Cixila al monasterio de Abeliare (927. Iglesias mozárabes, 348); de Theoda y Argonti al monasterio de Sahagún (930. Escalona, Historia..., 387); de Oveco, obispo de León, al monasterio de San Juan de Vega (950-51, Esp. Sagr., XXXIV, 455); de Fáfila al monasterio de San Vicente de Miño (952. T. de Celanova, fol. 91); de Monnio Nequetez al monasterio de Salcedo (955. Llorente, Hist. Prov. Vascongadas, III, 333); de doña Mummadona al monasterio de Guimaraes (959. P.M.H., D. et Ch., 46); de Osorio Gutiérrez al monasterio de Villanueva de Lorenzana (969. Esp. Sagr., XVIII, 337); de Velasco Monniz a Sahagún (996. B. Sahagún, 147 v.°); de Adosinda al monasterio de S. Martín de Lalín (1019. A. H. N., Leg. 1.157); de Geroldo presbítero a S. Pedro de Soto (1040, Serrano, Cart. S. Vicente de Oviedo, 34). En fecha muy reciente he inventariado las citas que he encontrado en documentos asturleoneses de los libros litúrgicos usados por la Iglesia a la sazón, en mis Notas sobre los libros leídos en el reino de León hace mil años, Cuadernos hist. Esp., I y II, 1944, 232-238.
80 Véase Iglesias mozárabes, 335 a 337.
81 Instrumentos de cuerda tocados a mano aparecen reproducidos en los Beatos de Gerona (fols. 370 y otros), de Urgel (fol. 157 v.°), de Valladolid (fol. 145 v.º) y de Fernando I (fols. 6 v.°, 114 v.°, 202 y 208 v.°). De cuerdas también, pero tocados con arco, figuran en los fols. 127 del Beato del siglo X de la Bibl. Nac., y 177 y 184 del Beato de la Academia de la Historia, y monocordios, en los fols. 117 y 122 v.° del B. del Escorial.
82 Son frecuentes las citas de campanas y signos (Igl. moz., 331): «Unum [signum] qui pendet post tribuna in domum sancti Saluatoris grandissimum rotundum mire opere factum», donó Alfonso III a la Iglesia de Oviedo en 908, según consta en la escritura del Archivo Cat. Ovetense ya citada, inédita hasta su publicación por mi en los Cuadernos de historia de España, y II, 1944, 329. Una miniatura conocidísima del Beato de Távara reproduce la famosa torre de este monasterio en un momento de repique.
83 Al describir la ceremonia en la iglesia sigo el «Ordo guando rex cuem exercitu ad prelium agreditur», que nos ha conservado el Liber Ordinum (ed. Ferotin, 140 a 154).
84 Gonzalo sucedió a Oveco, citado en la Estampa II. Rigió la diócesis legionense desde 951 a 966, según Risco (Esp. Sagr. XXXIV, 256 y sigts.). Era, pues, obispo de León en el momento en que presentamos a Ordoño III comenzando su expedición contra Lisboa. Sobre el episcopologio leonés durante el siglo x véase ahora el estudio del profesor. A. Palomeque Torres: La iglesia y el obispo de León desde sus orígenes hasta la dinastía navarra. Boletín de la Universidad de Granada, 1943.
85 Según el «Ordo» que vengo siguiendo en el relato, el rey encargaba un clérigo de llevar la cruz durante las jornadas de la guerra. Las fuentes tardías presentan siempre a un obispo o arzobispo enarbolando la cruz en las batallas. Por esta causa y por la amistad que supuse existía entre Ordoño III e Ilderedo, obispo de Simancas (véase la nota 13 de la Estampa II), me permito suponer a éste portador de la insignia.
86 Insisto en remitir al lector al Liber Ordinum (150-154) para todo cuanto se refiere a la solemne ceremonia descrita.
87 Ya he citado más de una vez el texto de Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 451), quien refiere cómo Ramiro II, para poner el ejército en marcha, «jussit intonare buccinis, vibrare hastas». Ignoro si las tropas llevarían consigo en sus campañas algunos instrumentos músicos. Pueden verse diversos instrumentos de aire, flautas sencillas, dobles flautas... en los folios de los Beatos donde se reproduce a los adoradores de la estatua. Véanse los folios 199 v.° 248, 212 v.° y 272 v.° de los Beatos de Valladolid, Gerona, Urgel y Fernando I.
88 Está por hacer el estudio de la utilización de las vías romanas en las campañas de la reconquista. Mas era tal la facilidad y seguridad de aquéllas, y ha sido tanta su duración, que las creo en relativamente buen estado durante el siglo X y las juzgo preferidas como base de los itinerarios de los ejércitos leoneses y sarracenos en esta época. Las crónicas latinas y árabes prueban, en efecto, cómo muchas expediciones de musulmanes y cristianos se hicieron siguiendo en gran parte las vías romanas. Así ocurrió con las campañas de Muza y Táriq; así con las anuales invasiones de Alava, Galicia y Asturias durante los siglos VIII y IX; así con las expediciones de Háxim ben Abd al-Aziz en los días de Alfonso III; así también con las de Abd al-Rahman III contra Ordoño II y Ramiro II.
Después de la primera edición de este libro he estudiado Una vía romana en Asturias: La vía de la Mesa y de Lutos. Anuario del cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, III, 1936. En tal trabajillo examiné una calzada desconocida por donde entró en Asturias Abd al-Malik ben Mugaytz en la campaña que concluyó en el desastre de. Lutos.
El camino más corto de León a Lisboa era el apuntado arriba, y en el reinado de Ordoño III, dada la extensión de la frontera cristiana por tierras portuguesas, el que podía recorrerse durante mayor espacio dentro del reino de León. La expedición se realizó con éxito, como nos refiere Sampiro (Esp. Sagr., XIV, 455).
| Representación de infantería y caballería cristianas. Dibujo de una miniatura del Beato de Thompson Morgan. Fol. 241. |
| Beato de Liébana, en el Museo de la Catedral de Gerona. Dibujo de una miniatura que representa La defensa de una población. |
| Biblia de San Isidoro de León (s. X). Persecución de los filisteos, escena de caballería. Folio 119 r. (Foto Manuel Viñayo). |
| Dos jinetes. Dibujo de una miniatura del Beato de Liébana de Fernando I (Fol. 240), en la Biblioteca Nacional (Madrid). |