UN YANTAR Y UNA PLÁTICA

DON Arias, después de haber regido diversas mandaciones en nombre de Ordoño, de don Sancho y aun del niño Ramiro, se ha retirado a gobernar su hacienda y vive en León, como hemos visto 1. Liberal y hospitalario desde mozo, como antaño al conde Assur Fernández 2, tiene ahora alojado al abad de San Justo de Ardón, que regresa de Córdoba. Había éste llegado a León, con su cortejo, de mañana y, cruzadas unas frases corteses con su huésped, se había apresurado a dar cuenta de su embajada a la regente. Le espera don Arias en una de las cámaras de la mansión del príncipe, y terminada la audiencia con los reyes, infórmale el abad de su viaje. Envióle la reina doña Elvira a la capital de la España islamita para saludar y renovar la paz con Al-Hákam II 3. De León fue a Simancas; desde allí a Toledo, por la calzada que pasa cerca de Magerit, y de Toledo a Córdoba por la vía de Alhambra 4. Se alojó fuera del recinto murado en la Almunia de Násar, junto al Guadalquivir 5, y allí, mientras esperaba el día de la audiencia, trató a los principales cristianos cordobeses. Eran éstos su cadí Asbag ben Nábil, su obispo, Iça. ben Mansur, su conde Muáwiya ben Lupo y Ubaid Allah ben Qásim, el metropolitano de Sevilla 6. Todos se hallaban bien avenidos con su vida entre los musulmanes andaluces, que ahora les permitían el libre ejercicio de su culto, les respetaban su semiautónomo gobierno y aún los utilizaban en la corte.

Estando él en la ciudad de los califas llegaron: Ximeno, enviado del rey García de Pamplona, y los embajadores de los condes de Castilla y Monzón, de García Fernández y de Fernando Ansúrez 7. Como los Beni Gómez de Carrión y Rodrigo Velázquez de Galicia, han roto estos magnates su debida obediencia al soberano de León; se dan aires de príncipes y envían directamente sus legados a la corte de Al-Hákam 8.

El primer sábado después de su llegada a Córdoba fue el abad con su séquito al palacio de Al-Zahra, escoltado por un piquete de la guardia y acompañado por un alto funcionario del gobierno. El soberano le recibió en una maravilloso salón que daba a unos espléndidos jardines. Se hallaba sentado en un trono magnífico de marfil y de plata, alzado sobre una plataforma y rodeado de una serie numerosa de dignatarios, gobernadores y visires, ataviados, como el príncipe, con lujo insuperable 9. Aturdido ante tamaña ostentación, se acercó vacilante hasta el califa, le besó la mano y recitó su arenga, que tradujo a la letra Asbag ben Nábil, cadí de los cristianos cordobeses. Le respondió el mismo soberano, interrogándole por la salud del niño rey y de la reina doña Elvira, y aceptando, complacido, la renovación de la paz concertada hacía años. Mucho extrañó al embajador la palabra obediencia que empleara el califa, según el intérprete citado, pero no osó contradecirle y retiróse, como a la entrada en el palacio, acompañado de un grupo de la guardia que llamaban chund los agemíes o cristianos de Córdoba 10.

Tal fue el relato que hizo a don Arias el abad de San Justo mientras se dirigían desde las habitaciones de la reina a la corte del primero, cruzaban después el atrio de la misma y penetraban juntos en los que su dueño calificaba de palacios, con el barroquismo habitual de los peninsulares. Les aguardaba en ellos un sabroso yantar, y alta, erguida, arrogante, Adosinda, la dueña de la casa, para quien los años habían transcurrido sin mermar su belleza. Aficionada aquélla a galas juveniles, cubría su cabellera, aún rubia, con unas blancas tocas, llamadas alfiniames en el lenguaje al uso 11, y velaba su cuerpo, esbelto todavía, mediante una camisa sirica, un mutebag o túnica sin mangas, una almexía, largo sayal usado por las mozas, y un manto azul de seda, bordado con gran arte 12. Ceñía la almexía a sus caderas con una rica cinta argentea, por la que dio don Arias hasta trescientos sueldos 13; sujetaba el manto sobre su hombro derecho mediante un gran broco, broche o fíbula 14 de plata y ostentaba además joyas espléndidas. Oprimía sus ebúrneos brazos con unos torques de oro cuajados de esmeraldas y rubíes, adornaba sus largos y torneados dedos con cuatro anillos o sortijas, y lucía, por último, unos costosos reiteles argenteos y exauratos 15.

Saluda el abad presentando las manos e inclinando la frente, que en esto de saludos no hay grandes diferencias entre León y Córdoba 16, y pídele Adosinda noticias del viaje. Reitera su relato el enviado de Ramiro y de Elvira, y acósale la dueña de la corte con mil preguntas diferentes sobre las casas, los jardines, los vestidos, las damas y las modas de las ciudades musulmanas, y sobre todo de Toledo y de Córdoba. Apurado se ve el abad para responder a tal acoso; mas satisface a medias la curiosidad de la señora de la casa y canta entusiasmado las bellezas de la ciudad de los califas. El cielo, el clima, la luz, la sierra, el campo han impreso en su alma un recuerdo imborrable y más aún los jardines de mirtos y naranjos, las cámaras de mármoles y jaspes y el bosque de columnas de la bellísima y magnífica mezquita, adivinado más que visto a través de las entreabiertas y también admirables portadas de sus muros. Tienen su encanto nuestros campos, nuestras grandes choperas y nuestros callados y recogidos huertos, ensombrecidos por gallardos álamos; pero no puede nuestra ciudad resistir parangón con la de los emires, ni nuestros templos con el suyo, ni nuestras cortes con sus casas. Sólo nuestras murallas compiten en solidez, en fortaleza y en belleza con las suyas. Lástima grande –concluye el buen abad– que tanta maravilla como encierra Córdoba esté en manos de infieles y que por justas disposiciones del Eterno haya que renunciar, tal vez por siempre, a la esperanza de arrebatar a los secuaces de Mahoma aquellas campiñas luminosas y aquellos palacios de ensueño.

Mientras Adosinda completa en la cocina los preparativos del yantar, del servicio y de la mesa, muestra a su huésped el abad de San Justo una silla jineta recubierta de cuero, dos algupas o aljubas de finísima seda, una acémila y otros varios objetos regalo del califa 17. Es lujosa y es rica la silla donada por Al-Hákam al enviado de Ramiro; y ofrece de otra parte un detalle que la hace singularmente apetecible para el caprichoso gusto de don Arias: tiene estribos. Se usan ya habitualmente monturas de esta clase en la España islamita, pero como en tierras cristianas se cabalga todavía de ordinario sin estribos, aunque ya se utilizan algunas sillas de este tipo, procedentes también de Andalucía, son muy raras aún en todo el reino 18, y es, por tanto, explicable que apetezca don Arias poseer y lucir la traída de Córdoba por el abad su amigo. Adivina el buen monje los poco reservados deseos del rico magnate leonés que le hospeda y le honra cuantas veces viene de su cenobio a la ciudad, y al instante, sin vacilar un punto, le ofrece la silla cordobesa. Conoce desde siempre la nunca desmentida devoción y generosidad del viejo prócer, y espera obtener provecho de su gesto. Y, en efecto, no se equivoca en sus cálculos el abad de San Justo. Don Arias acepta complacido la oferta de su huésped; pero no de modo gratuito. Tomará la silla in offertione, in roboramento o in honore por la donación de un su molino situado a orillas del Torío, que desde aquel momento cede para la hora de su muerte al claustro regido por el legado de Ramiro y de Elvira 19.

Entretanto el yantar está a punto; la mesa, preparada; arriman los siervos unas sedilias de cuero y de tijera 20, y mientras Adosinda dirige los servicios, ocupan los puestos señalados el abad y don Arias 21. Cubre la mesa un mantelio tramisirgo y literato, mantel de hilo con listas paralelas de tejido de seda. Cada uno de los dos comensales tiene delante de su asiento una conca o gran tazón de plata, una cuchara o cocleare argéntea, una copa dorada para vino, un vaso irake para agua, pan un cultello de mesa y una servilleta que llaman sábano . El vaso para agua es de vidrio tallado, y la copa en forma de cáliz, imaginata y sculpa, es decir, esculpida y con figuras. En el centro de la mesa se ofrece, con agua cristalina, una herrada de plata, ferratella argentea en el lenguaje de la época, y a su lado una arrotoma o redoma con vino añejo de la apoteca de don Arias, dos salares o saleros, varias sulcitras o salseras y un pigmentario con pimienta. De cristal tallado la redoma, son argénteas también las otras piezas 22.

Antes de comenzar a servir los manjares aparecen con ricos aquamaniles de plata los siervos de la corte y dan agua a las manos del abad y su huésped en unos grandes concos a modo de jofainas. Les alargan después las manutergias o toallas 23, y comienza la fiesta, que fiesta era en efecto el yantar de aquel día, porque doña Adosinda y su marido querían obsequiar al abad de San Justo y hacer ante él alarde de su lujo y riqueza.

Sírvese primero en una soparia o sopera de plata un caldo grasiento, hecho con tocino, cecina de colas de castrón, ajo, pan, berza y hojas frescas de nabos. Con un trulione o cucharón vierte cada uno a su tazón o conco la cantidad de caldo que le place 24, bendice el abad la comida, y con las primeras cucharadas se renueva la plática. Escucha don Arias de su huésped de relato de su entrevista con los reyes. Le ha recibido doña Elvira teniendo a su derecha al rey junior Ramiro, que desatento a su discurso jugaba con la espada de García Iñiguez, su amo 25. Ha disgustado, mas no extrañado a la regente, la actitud de Fernando Ansúrez y Rodrigo Velázquez, ambos tan favorecidos por don Sancho e hijo el primero del conde As-sur Fernández, tan fiel al rey Ramiro, de gloriosa memoria. Y hanla enojado las palabras del califa al llamar obediencia a lo que es paz y tregua entre sus reinos. «Habrá que rechazar tal sumisión en la primera circunstancia oportuna que se ofrezca», ha dicho impaciente doña Elvira, heredera directa del temple y de la bravura de su padre. La reina es el último vástago de una estirpe de grandes capitanes. Ha tenido energías bastantes para hacer rey a su sobrino; es la primera mujer que se sienta en el trono de los reyes godos y, no obstante los cambios de los tiempos y sus tocas monjiles, conserva su carácter entero. Su orgullo le ha dictado sin duda las palabras postreras de su respuesta al abad, su legado. «Daré instrucciones a los primeros embajadores que envíe a la corte de Al-Hákam –ha dicho, según el huésped de don Arias– para que aclaren la verdadera naturaleza de las relaciones existentes entre León y Córdoba».

No lo dijo el abad, pero debe añadirse que, en efecto, las hostiles palabras de unos enviados de la reina al califa ocasionaron, meses después, la destitución del cadí de los cristianos cordobeses, que las tradujo a la letra en el momento de la solemne audiencia 26, y que estuvieron a punto de acarrear la entrada de los legados de Ramiro en la misma prisión que visitaron años después los embajadores del conde de Castilla 27.

Terminado el relato de su entrevista con la reina, el abad refiere a su huésped don Arias sus proyectos de aprovechar su estada en la ciudad para vender la corte, que un devoto había legado al monasterio, y con este motivo se habla de los incidentes ocurridos al donante, Julián, con ocasión de sus piadosas donaciones 28. Había comenzado por entregar una parte de sus bienes al cenobio de Villa Saelice; pero arrebatado por el diablo, mezclóse Salbato, su abad, en adulterio con una meretriz, y quiso el Señor castigar su pecado haciendo que fuesen él y ella descubiertos in uno coram puplicum en la misma León. Hizo luego Julián una importante concesión al monasterio que fue de doña Froilo y que regía como abadesa Proniflina; más cuatro días después de otorgar la escritura, exierunt ipsas sorores alias pregnantes, alias adulterio penetrantes, como dice don Arias, aprovechando la ausencia de Adosinda. Aún recuerda la ciudad con espanto el asalto de aquel claustro de vírgenes impúdicas y la matanza de aquellas meretrices, y el señor de la casa los detalles del concilio o asamblea general de vecinos, congregada en el pórtico de Santa María de León por orden del obispo y a ruegos del infortunado presbítero Julián que, lloroso, pidió autorización para revocar sus anteriores donaciones.

Dase fin a la sopa durante esta poco edificante plática y aún tienen ocasión los comensales, antes de terminarla, de gustar una sabrosa pierna de cordero que aparece en la mesa en un bello frixorio, fuente plana para servir asados. Mientras saborean unas deliciosas truchas del Porma o del Bernesga, presentadas en una inferturia o bandeja cóncava de plata y comidas, como el cordero, a mano 29, cámbiase el tema del diálogo y se habla de solares y de cortes. El abad desea conocer el precio que alcanzan en venta de ordinario y don Arias le informa con detalle.

Según él es reducido en León el valor de cortes y solares. Consiguen precios elevadísimos los objetos de lujo, piezas de orfebrería o tejidos preciosos, del país o importados. Son caros, sobre todo, los caballos, pero no el ganado, las tierras ni las casas. En 200 sueldos mermó don Arias su caudal para comprar su lecto palleo, lecho con cobertores de trama de tapiz 30, y no adquiriría en menos de 600 una sella argentea o montura recubierta de plata que posee 31. Delante de él pagó un día el conde Assur Fernañdez 100 sueldos por unos paños síricos 32, y le hubieran costado hasta 500 si hubiesen sido greciscos o moriscos 33. Un buen caballo vale también 100 sueldos 34, y sin embargo por esa misma cifra se compran 100 ovejas 35, de 12 a 20 bueyes o alrededor de 25 asnos 36, o a la inversa se adquieren una iglesia, un monte y un molino 37. Por 300 sueldos venderían sin duda los diáconos Albaro y Abraham su Villanova 38, y Velasco Aquilone, por menos de 200, su magnífica corte, situada a orillas del Bernesga 39.

«En León –continúa don Arias–, un solar sin edificaciones puede valer de cuatro a 20 sueldos 40, y de 60 a 100 una corte de proporciones regulares 41. En 25 venden Cipriano y su mujer María un solar con tres casas: una teliata, otra territa y otra para cocina; por 20 se adquiere una tienda en el mercado y en 70 quieren comprar, y tal vez compren, Paterno y Galaza, una corte vecina de la suya 42. La ciudad va siendo absorbida, sin embargo, por los monasterios e iglesias que se edifican cada día, y a menos que ocurra una catástrofe, va a llegar año en que todo León estará en manos de monjes, de religiosas y de clérigos. Será entonces difícil adquirir un solar y se pagarán a precios fabulosos los pocos que queden libres del dominio del clero».

Aparecen, entre tanto, los siervos de don Arias con unos lomos de adobo 43, presentados en un tarego argenteo, vasija usada de ordinario para servir conservas; intervienen los cultellos de mensa y con ellos los dedos, y prosigue el diálogo 44. Lleva ahora el peso de la plática el abad de San Justo, y tras un elogio de los lomos, recogiendo las últimas palabras de su huésped, habla de la extraordinaria religiosidad de los moradores de León, acreditada por el sinnúmero de templos que elevan al Altísimo. Cada día se edifica uno nuevo. Desde la Puerta del Obispo puede salirse a la Cauriense con ligeros rodeos, teniendo siempre a derecha o a izquierda algún cenobio. Ya antes de entrar en la ciudad se alzan junto a la puerta referida San Pedro de los Huertos y la iglesia de los santos Justo y Pástor; pasada áquella se hallan a un lado y otro del carral: Santa María y el templo de Santiago; con Santa María linda también el monasterio de San Andrés Apóstol, y desde él se llega hasta San Juan, frontero a la muralla del poniente, pasando por San Miguel Arcángel y San Pelayo Mártir. Fuera de la Puerta Cauriense se encuentran además San Marcelo, San Adrián y San Miguel, más allá el no menos famoso de San Claudio, y aún quedan fuera de la ruta trazada el de San Salvador, junto al Arco de Rey, y el de Santa Cristina 45.

Tenía razón el buen abad. León era un solo y gran cenobio; en cada corte se levantaba un claustro y en cada calle cuatro templos. Y aún ignoraba el huésped de don Arias que muy poco después, apenas comenzado el siglo XI, se consagrarían diversos y nuevos monasterios: a San Julián, en el corazón de la ciudad; a Santa Leocadia, en la carrera que iba de la Puerta del Obispo a la Cauriense; a San Vicente, junto a Santa María; a San Pedro, cerca de la Puerta del Conde; a San Román, en las inmediaciones de la Cauriense; a San Juan Bautista, en la corte de Aldoara, apoyada en el Archo de Rege; a San Félix y a Santa Marina, también dentro de la cerca murada, y la iglesia de San Martín, en el mercado 46.

Con la enumeración del último cenobio se terminan los lomos en adobo y surge entonces un humeante y oloroso guisado de ánade y de gallina 47, servido en un mensorio dorado y de gran peso. Con un trulione o cucharón ebúrneo o de marfil y con unas tenacillas o tenaces, pasa cada comensal a su scala o escudilla argéntea los trozos de guisado que le agradan; y trasiégalos luego de la scala a la boca con el intermedio de la oportuna codeare o cuchara de plata y con frecuencia de los dedos 48.

Con el postrero de los platos fuertes deriva el diálogo por caminos distintos. Después del largo y fatigoso viaje de los últimos meses, añora el abad el silencio y la quietud del monasterio y ansía hallarse cuanto antes en medio de los monjes y monjas de su claustro, dúplice como tantas otras comunidades de la época 49. No sólo mueve al huésped de don Arias el deseo de paz y de sosiego. También su afición a las letras le sirve de acicate para anhelar el pronto regreso a su cenobio. Lleva meses sin gustar el placer de la lectura reposada. De todas las estancias de su claustro ninguna está tan fija en su memoria como la cámara que, apoyada en la torre, sirve a sus religiosos de biblioteca y de scriptorium 50. Era ésta su rincón favorito. Había conseguido reunir en ella numerosos volúmenes. Junto a los libros de liturgia, tan abundantes allí como en los más ínfimos cenobios, y junto a los divinos, constituidos por el Viejo y el Nuevo Testamento y por comentarios a los mismos de San Agustín, de Casiodoro, de San Gregorio y de Beato, figuran en la colección de San Justo de Ardón diversas obras de los Santos Padres de la Iglesia cristiana occidental y en particular de la española; los comentarios de Apringio al Apocalipsis de San Juan; las Reglas de San Isidoro, San Fructuoso y San Benito; las Historias de Orosio, de Eusebio y de Rufino; el Fuero Juzgo y un ejemplar rarísimo del Código de Alarico o Breviario de Aniano 51.

Avaro el abad de la lectura ajena y generoso de la propia, estableció hace tiempo un sistema de préstamo de libros con varios monasterios distantes y cercanos 52, y, gracias a este medio y al constante trabajo de sus monjes, aumenta cada día el caudal de su ya rica biblioteca. Cuando, enviado por la reina, marchó a Córdoba, copiaban sus religiosos varios códices de diversos cenobios leoneses y del claustro de Abeliare, situado en las orillas del Torío. Un monje reproducía los poemas cristianos de Prudencio y Draconcio; otro el Liber Homiliarum, donado por el obispo Oveco al monasterio de San Juan de Vega; un tercero, las Sátiras de Juvenal y ciertos escritos de Catón, y el mismo abad se deleitaba leyendo y copiando la Eneida de Virgilio 53, que a veces no entendía, pero en la que hallaba infinitas bellezas, revelación de un arte y de un mundo insospechados. El abad termina su añoranza de la biblioteca de su claustro, que don Arias escucha desinteresado y distraído, hablando a su huésped de un códice de la Explanatio in Apocalipsim de Beato de Liébana, que poco antes de emprender su viaje había conseguido llevar a su scriptorium para que lo copiaran en él sus mejores escribas. Era un manuscrito valiosísimo, reproducido en Valcavado, e iluminado allí, con un vigor y una fuerza de expresión maravillosa, por Oveco, un monje maestro en la pintura, famoso en todos los monasterios desde el Bierzo a Castilla 54.

De la mano le lleva la obra de Beato a otro tema distinto: los vicios de la época. El abad se lamenta de la extraordinaria sensualidad que invade y corrompe campos, aldeas y ciudades. «Dios castiga con razón nuestros pecados. Ha suscitado discordias civiles entre condes y príncipes cristianos y ha permitido que los monarcas leoneses, olvidando las jornadas de San Esteban, Simancas y Lisboa, se arrastren ante el trono de los califas sarracenos: No hace mucho que el rey don Sancho imploró humillado el auxilio de infieles para arrojar del reino a su rival Ordoño, y en nuestros días cada año se renueva sin falta una paz bochornosa, que en Córdoba no se interpreta como amistad recíproca, sino que se traduce en obediencia.»

Asiente don Arias a su huésped, y, alegre por las frecuentes libaciones, refiere el caso de la abadesa Onega y de Odoino, que vagó luxuriose cum ea per diversa loca 55; el del ermitaño Gundisalvo, que oraba en una peña situada sobre el río Torío y a quien decepit... inimicus diaboli et conmiscuit se cum filia perdicionis 56, y otros varios parejos de clérigos y monjes 57. Algo disgustado el abad por la tendenciosa estadística trazada por don Arias, defiende las virtudes de religiosos y presbíteros y subraya los vicios de los laicos, haciendo notar pecados terribles cometidos por ellos con nueras, con cuñadas y con nietas 58. Están próximos, profetiza el abad de San Justo, los días de ruina y de tragedia que anuncia el Apocalipsis de San Juan. El reino favorecido del Altísimo va a ser aniquilado, cual nueva Babilonia, por haberse entregado, como ella, a la disipación y a la lujuria.

Es don Arias, como todos los leoneses de su siglo, hombre temeroso de Dios y de piedad ardiente, pero sin darse cuenta siente una casi imperceptible, aunque al cabo efectiva, hostilidad al clero. De la misma manera que tantos otros magnates de su época, había topado con la Iglesia en varias ocasiones, tropezando a menudo con su inmenso poderío o con sus inmunidades y riquezas. Como gobernador de mandationes o commisos había tenido muchas veces que humillar su autoridad ante obispos o abades, y como simple lego había sufrido la repetida competencia de claustros o de iglesias en la adquisición de tierras, de solares y de viñas. Su hostilidad es, de otra parte, tanto más explicable, cuanto que, en sus disputas con el clero, siempre le habían vencido la suprema sugestión de la autoridad divina de la Iglesia y sus tesoros terrenales 59.

Predominan en él, sin embargo, su fe sencilla y ruda, pero firmísima y su acendrada devoción, y así ante el disgusto y los terribles augurios de su huésped ataja su discurso para rogarle que disculpe sus frases. No ha querido menoscabar ni desconocer las virtudes de los representantes del Eterno, que humilde reverencia como hijo obediente y sumiso. Aún está vivo en León el recuerdo de la santidad de su obispo Froilán; el mismo Arias había conocido a dos prelados de Astorga que el pueblo y los reyes veneraban por su piedad extraordinaria, y también él había sido testigo en Galicia de la bondad admirable de Rosendo, por cuyas manos obraba Dios, al decir de las gentes, multitud de prodigios 60. Ni esos casos de liviandad, ni otros diversos que pudieran citarse merman su devoción ni su respeto a la Iglesia de Cristo. Y buenas pruebas son de ello las cuantiosas donaciones a diversos monasterios de la ciudad y del alfoz que había dispuesto para la hora de su muerte. Donaciones frecuentes en su tiempo, hubiera podido añadir don Arias con verdad, pues era fórmula muy usada para alcanzar la gloria sin grave daño del bienestar terreno 61.

Aparece Adosinda en este punto del diálogo, y deseosa de interrumpir la plática, que había adivinado por las últimas frases y por el gesto de los dos comensales, logra ponerla cabo ordenando a sus siervos que escancien al abad y a don Arias sícera o sidra en moiolos dorados 62, y ofreciendo a su huésped higos, peras, manzanas y melones, miel y queso 63 y ciertas confituras regalo de la abadesa de San Miguel Arcángel 64.

Los incidentes postreros del diálogo aceleran su término. El abad busca un tema ayuno de peligros e insiste en el relato de su viaje a Córdoba. A su regreso a León por Zamora había tenido ocasión de admirar los baños edificados en ella junto al Duero, y a falta de otra plática de mayor interés para don Arias, rompe nuestro buen monje el embarazoso silencio que había seguido a las palabras de Adosinda, relatando a su huésped detalles curiosos sobre la fundación, emplazamiento, y magníficas vistas sobre el río de los balneos, y noticias diversas acerca de su funcionamiento, distribución, alzada y proporciones. Los construyó el rey Alfonso el Magno, hace ya casi un siglo, y los disfruta el público mediante el pago de un pequeño estipendio. Y es tal, según el enviado de Ramiro, la afición a bañarse del pueblo de Zamora, que la Iglesia de Oviedo, a quien Alfonso había donado el fruto de los baños, obtiene de ellos veinte sueldos mensuales 65.

La plática fenece sin remedio, da gracias al Altísimo el abad de San Justo, vuelven los siervos a dar agua a las manos, se levantan al cabo los manteles 66 y, tras breve reposo, don Arias acompaña a su huésped a visitar el molino y la presa cedidas por él hacía unas horas al claustro de su amigo. Montan en dos caballos el monje y el magnate, el viejo prócer leonés se afirma en los estribos de la silla jineta cordobesa, y ufanos y orgullosos, don Arias de la montura del califa y su huésped del excelente trato realizado con ella, salen de la ciudad por la Puerta del Conde y al paso lento de sus bestias se dirigen despacio hacia el molino.

 

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1  De don Arias sólo sabemos en concreto, aparte de su nombre, el de Adosinda, su mujer, y que poseía una corte en León hacia el 970, corte cuya situación nos es también notoria. Le he elegido al azar entre los diversos leoneses de su tiempo de que hay noticia, por el estratégico lugar en que moraba en la esquina de las calles de Merino y Varillas. Nadie puede probar que don Arias no rigió las mandaciones que le supongo gobernando. Por el contrario, en un documento de 1007 (L. Ferreiro, Historia, II, 202, Apénd., se lee: «Item uenerunt in diebus domini ueremunde principes proles hordonii per ordinationem eius sui infanzones fortes didacus et arias aloiti et teherunt ipsum comitatum auiancos». Este Arias Aloiti pudo ser el mismo don Arias de León y, como en tiempos de Bermudo II, haber también regido commitatos en los de Ordoño III, Sancho I y doña Elvira. He hablado de divisiones administrativas en la Estampa III, nota 13.

2  En la corte de don Arias, descrita en la Estampa IV, alojé al conde Assur Fernández en la Estampa II.

3  Ben Hayyán da noticia en su Al-Múqtabis de una embajada enviada por Elvira a Al-Hákam II en el otoño de 976. La desempeñó cerca del califa, el 1 de octubre, un abad, cuyo nombre no leía con seguridad Codera (Embajadas de príncipes cristianos en Córdoba, B.A.H., XIII, 458-59). Le supongo abad de San Justo y Pastor en Ardón, porque nada se opone a creer que lo fue en realidad este enviado de Ramiro III.

4  De León a Simancas pudo ir por la vía romana que llevaba desde Astorga a Cesaraugusta, pasando cerca de León y conduciendo por Intercatia (La Mudarra) a Tela (Tudela de Duero, junto a Valladolid). Desde Simancas a Toledo el camino romano iba por Madrid y Titulcia (no lejos de Aranjuez). Y de Toledo a Córdoba podía seguirse la vía de Laminium (Alhambra, entre Solana y las lagunas de Ruidera). Véase BLÁZQUEZ (Vías romanas del Valle del Duero) y Blázquez y Sánchez-Albornoz (Vías romanas del Valle del Duero y Castilla la Nueva).

5  No dice Ben Hayyán dónde se albergó el abad legado de Elvira. Le supongo alojado donde lo estuvo el conde Bon Fill, enviado de Borrell I de Barcelona, en junio de 971, según el Al-Múqtabis (Codera, Embajadas; B. A. H. XIII, 455).

6  Los cita Ben Hayyán con motivo de la embajada del abad a que me refiero. (Codera..., B. A. H., XIII, 459).

7  Así lo dice Ben Hayyán según traduce Codera (B. A. H., XIII, 459).

8  En el citado estudio de Codera hay noticias de cuatro embajadas enviadas a Córdoba por el conde de Castilla, en agosto y octubre de 971 y en junio y en julio de 974. Legados de Fernando Ansúrez fueron recibidos por el califa en agosto y octubre de 971, en septiembre de 973 y en el verano de 974. También habla Ben Hayyán de la recepción de los enviados de Rodrigo Velázquez y de los Banu Gómez en septiembre de 973 (B. A. H., XIII, 457-61).

9  Así fue recibido por Al-Hákam el conde Bon Fill (B. A. H., XIII, 455), y así es de suponer que lo fuera el abad.

10  El relato de la entrevista del abad con Al-Hákam está trazado siguiendo las noticias que nos ha conservado Ben Hayyám acerca de la recepción del legado de Borrell I, pues el Múqtabis se limita a decir que el califa «acercó a su persona» al enviado de Elvira y de Ramiro. Bon Fill besó la mano de Al-Hákam; fue interrogado por éste acerca del estado de su señor; a él y a sus colegas de embajada dio a conocer el califa «lo que habían de decir a Borrell de su parte y lo que proponía acerca del fin de la obediencia», y tales enviados fueron acompañados y despedidos con las solemnidades señaladas arriba. Supongo a Asbag ben Nábil actuando de intérprete porque Ben Hayyán le hace asistir a la recepción del abad, y refiere que actuó como tal en la de otros legados de Elvira y de Ramiro.

11  Véase la voz alfiniame en el Apénd. IV. Con tocas aparecen figuras femeninas en la Biblia de San Isidoro (fol. 247), en el Beato del Escorial (fols. 105 y 133), en el Antifonario de León (fol. 68), y en los Beatos de la Ac. de la Hist. (fols. 196 v.° y 197 v.') y de Osma (fol. 55 v.°), la meretriz representada tendida en un escaño o lecho.

12  Véanse en el Apénd. IV las palabras camisa, mutebag, almexia y manto. De que la almexía era prenda usada por las mozas he hablado ya en la nota 87 de la Estampa II, y del uso de las camisas, en las notas 38 y 85 de la misma Estampa.

13  De una cinta argentea valorada en 300 sueldos se da noticia en un diploma leonés de 1012 (Esp. Sagr., XXXVI, XIX).

14  Una escritura castellana de 944 (B. de Cardeña, ed. Serrano, 56) cita un broco apreciado en cinco sueldos, y traduzco broco por broche siguiendo a Meyer-Lubke: Romanischbes etymologisches Worterbuch, 1319. Una figula argentea donó, entre otras preseas y objetos diversos, Alfonso III a la Iglesia de Oviedo en 908 (Arch. Cat. Ovetense).–He publicado y estudiado tal diploma de Alfonso III, como antes he dicho, en mi Serie de documentos inéditos del reino de Asturias, Cuadernos ha Esp., I y II, 1944.

15  Se citan en una escritura portuguesa de 959 (P. M. H., D. et Ch., 46) unas «torques deauratas et lapidibus ornatas». Imagino que las piedras preciosas serían esmeraldas o rubíes en atención a lo que sabemos de las gemmas que ornaban alhajas de la época llegadas hasta el día. De «III.° annellos» se habla en otro diploma portugués de 446 (P. M. H., D. et Ch., 32). Y un texto gallego de 928 (Barrau-Dihigo, Notes et docs...: Rev. Hisp., 1903, 370) valora en 100 sueldos unos «reiteles argentios exoratus», especie de alhaja cuyo significado se ignora.

16  Véase la nota 67 de la Estampa II.

17  Regalos, vestidos y acémilas se dieron a Bon Fill y sus compañeros de legación según Ben Hayyán (Codera, Embajadas... B. A. H., XIII, 457). No es imposible que también se obsequiara de la misma manera al abad enviado de Elvira y de Ramiro.

18  Según las iluminaciones de los Beatos anteriores al milenio, los jinetes cristianos montaban sin estribos. El uso de éstos se generalizó en el reino de León, a lo que parece deducirse de las miniaturas de los códices, en el siglo XI. Mientras en los Beatos de Thompson de 926 (fol. 241), de Gerona de 975 (fol. 376) y de Urgel, también del siglo x (fol. 209 e Igl. moz., lám. cxxx), el primero leonés, y los segundos de procedencia castellana, los jinetes del Apocalipsis no utilizan estribos, en los de Fernando I, de 1047 (fols. 171 v.°, 237 y 266), y Osma, de 1086 (fols. 85 v.° y 151), ya los usan. Puede conjeturarse que su introducción en los reinos cristianos debió ocurrir en el último tercio del siglo X y ser obra de la influencia musulmana. Hacia esa época se utilizaban ya, en efecto, estribos por los jinetes sarracenos, que se representan montando con ellos, según me comunica Gómez-Moreno, en las arquetas cordobesas anteriores a 1002 y en el plato de Elvira, que no puede llevarse más allá de 1008. Que debieron de empezar a usarse en el reino cristiano en el último tercio del siglo x resulta del Beato de Gerona. En éste, mientras en diversos folios se reproducen jinetes cristianos sin estribos, en dos de sus iluminaciones (en el fol. 15 y en otro que no puedo precisar) se representa, montado con ellos sobre un corcel, a Nabucodonosor. La cola del caballo, entrelazada a la moda cordobesa, la significación del caballero cuya imagen se quiere ofrecer a los lectores y otros detalles de indumentaria permiten suponer que el pintor reprodujo la figura de un jinete sarraceno. Pero al mismo tiempo, la reproducción misma de éste en un códice castellano autoriza a sospechar que, como el iluminador del Beato, pudieron también los laicos empezar a conocer y a imitar los usos cordobeses por lo que toca a los estribos. Por otra parte, el empleo de estribos no era sólo costumbre de los musulmanes andaluces. Se usaban en la Francia carolingia. En el Psalterium Aureum de San Gall de fines del siglo IX y en el Apocalipsis de Valenciennes del mismo siglo se representan jinetes montando con ellos (Amedée Foinet, L miniature carolingienne, 1913: Planches CXLV y CLIX). De todas partes podía, pues, recibir la costumbre a que me vengo refiriendo aquel coto cerrado del reino leonés. Aislado del resto del mundo en un rincón perdido del occidente europeo, no es extraño que sólo llegaran a él tardíamente prácticas difundidas antes por las demás naciones de Europa, incluso por los pueblos vecinos: musulmanes y francos, y aun en la misma Península, en regiones del extremo oriental de España más en contacto con Francia: en Cataluña. Obsérvese, en efecto, que en las Biblias catalanas de Rodas y Ripoll –fechadas por Neuss hacia el año mil– los jinetes cabalgan de ordinario con estribos (láms. 25, 29 y 39, por ejemplo).–Después de publicadas las primeras ediciones de estas Estampas ha aparecido la obra de Lefebvre des Noëttes: L'attelage et le cheval de selle a travers les âges, 2 vols., París, 1931. Su autor cree que el estribo fue inventado por los sármatas y que fue introducido en Occidente por los godos, que habían vivido largo tiempo en las orillas del Mar Negro. Si Lefebvre des Noëttes hubiese consultado los códices miniados leoneses y castellanos de la temprana Edad Media, que ha desconocido sin excepción, habría vacilado antes de aventurar tal conjetura, supuesta la ausencia en aquéllos de representaciones gráficas de jinetes con estribos. Por primera vez aparecen éstos en miniaturas norpirenaicas del siglo IX. Pero todavía en las del X (figs. 295-297) se representa con frecuencia a los caballeros sin estribos.

19  Ya habló Hinojosa en sus trabajos El derecho en el Poema del Cid (Estudios, 109 y 110) y El elemento germánico en el Derecho español (trad. G. Sánchez, 23), de cómo la idea «de que no hay ninguna transmisión de bienes gratuita –idea que se revela en el Launegild lombardo y que produce efectos jurídicos entre los visigodos bajo el nombre de «vicisitudo»– domina imperiosamente en la época que sigue a la invasión árabe». Muchos textos del siglo x reunió ya Hinojosa en prueba de su tesis, y muchos más he encontrado en la numerosa serie de diplomas inéditos de esta época de que he dispuesto. Es frecuente en las donaciones de tierras, villas, herrenes o molinos, la entrega al donante, por el favorecido con la donación, de caballos, sillas, alhajas u objetos diversos, cuyo valor no era equivalente al de la cosa recibida, puesto que no se cedía como precio de la misma, sino que su entrega era expresión formularia de una idea jurídica de abolengo germánico. Tales contradonaciones se hacían ad confirmandam islam cartam, in honore..., y ellas me han servido de base para completar la escena ideada arriba. ¡Cuántas veces el capricho de poseer una alhaja extraña o un magnífico bruto serían, como en el caso imaginado ahora, la íntima causa de mercedes al parecer piadosas!

20  Supongo al abad y a don Arias yantando sentados y no tumbados como se solía comer en Roma. No hay prueba gráfica de que se yantase como creo. Antes al contrario, siempre que en los Beatos se representa la cena de Baltasar, los comensales aparecen tumbados. Véanse los B. de Gerona, Urgel, Valladolid (fol. 204). Sin embargo, me inclino a creer con Gómez-Moreno que tales representaciones responden, a un recuerdo erudito de tiempos pretéritos. No olvidemos que trataban de reproducir escenas de fecha remotísima, y no es extraño que, conocedores por la tradición de la forma en que se acostumbraba a comer en la antigüedad, la reprodujeran, volviendo la espalda a los sistemas del día. Ya es indicio para sospechar que comían sentados la circunstancia de que abunden en los textos las citas de catedras, o sedilias y mensas (véase el Apénd. V), mientras sólo en un documento de 862 (Vigil, Asturias monumental..., 58) se habla de tricliniis. Pero además concretamente se habla de «sedilias in refictorium» en una escritura de 929 (Igl. moz., 338); y tanto en los marfiles de San Millán de hacia 1070 (Igl. moz., 374), como en la Biblia de Rodas –para Neuss de hacia el año 1000– también aparecen sentados los comensales (Obr. cit., láms. 33, 40 y 41).

21 Es aventurado conjeturar si comería o no también la dueña de la casa con el huésped. Para suponer yantando solos al abad y a don Arias me he atenido a la tradición, aun viva en las aldeas castellanas, de que la mujer y las hijas del dueño de la casa dirijan los servicios o sirvan a la mesa, mientras comen el marido y el huésped de calidad a quien se desea festejar con el mayor fausto posible.

22  Al azar he elegido la forma y la materia de manteles, vasos, herradas, cucharas y redomas... De todas hay cita documental, como puede verse en el Apénd. IV. También en él hallará el lector referencia a los sabanas o servilletas; y un cultello de mensa fue embargado con otros enseres en la casa de Santa María de Bezdemarbán, según el diploma que publica M. Pidal en sus Orígenes del español, 29. Cubiertas con manteles se representan las mesas en la Biblia de Rodas (véanse las láminas citadas de la obra de Neuss en la nota 20). En ella aparecen sobre las mesas fuentes, vasos, redomas, trozos de pan y cuchillos.

23  Véanse en el Apénd. IV citas muy numerosas de aguamaniles, casi siempre mencionados con sus concos, y alguna cita también de manutergias.

24  En el Apénd. IV agrupo las citas reunidas de soparias, truliones y concos con las variantes que en punto a forma y materia de los mismos conocemos. Respecto a la sopa debo confesar que no sin dudas me he decidido a inaugurar el yantar con este a modo de caldo gallego. Está por hacer la arqueología de la cocina en España. No encuentro, naturalmente, cita documental de esta sopa; pero dada la influencia gallega a que entonces estaba sometido León, no es imposible que el plato tradicional y típico todavía de Galicia, y que con ciertas variantes se come aún en el Bierzo, se guisase y comiese ya en tierras leonesas en la época que estudiamos. Adviértase además que los documentos hablan de soparias.

25  En la agnitio con que terminó la intentio entre Iñigo García y el presbítero Berulfo, celebrada en 968 ante Ramiro III, la reina doña Elvira y los obispos y magnates del Palacio, confirma «Gersea Enneconi amo regis» (Arch. Cat. Cat. Leg., núm. 909, y T. Leg., fol. 369 V.°).

26  He puesto en boca de doña Elvira las frases citadas arriba precisamente porque Ben Hayyán da noticia de las palabras insultantes que dirigieron al califa el 17 de noviembre de 973 los primeros embajadores que llegaron a Córdoba desde León después del supuesto abad de San Justo (Codera, Embajadas...: B. A. H., XIII, 461). Indignado el califa, como declara Ben Hayyán, destituyó al intérprete y envió a León al jurisconsulto Ahmad ben Arux y al metropolitano de Sevilla Ubaid Allah ben Qasim.

27  Refiere el suceso Ben Hayyán como ocurrido en septiembre de 974. Codera, Embajadores de Castilla encarcelados en Córdoba en los últimos años de Alháquem II (B. A. H., XIV, 187 y sigts.).

28  Dado el interés y la índole del documento en que se relatan estos incidentes, creo oportuno y reproducirlo íntegro.

T. Legionense, fol. 371, 945: «Ambiguum quippe non est: Set plerisque cognitum patet. Eo quod ego infimus et exiguus lulianus quasi presbiter, cum esse ego abitante in uilla Auctarios, in domicilio proprio meo quam manibus propriis edificaui, abenta euenit mihi cogitatio, et de paupertati mee aliquis munusculum Domino in memorie mee possim offerri, potius aliqua possim inueniri remunerationem. Ita cogitaui et ad monasterium de Calle de Salice perrexi et per manus abba nomine Salbatus testamentum feci. Dum essem ibidem constructum uel colligatum, arreptum est ille abba a diabolo et conmiscuit se in adulterio cum meretrice in ciuitate Legione et comprehensi sunt in uno coram puplicum omnium; et pariaui pro tali scelus ipse abba ad ipsos pressores uel at potestates solidos CC. Item et ad sorores de monasterio qu fuit de domna Froilo alium testamentum similiter elegi et construxi et confirmaui per manu abbatissa, nomine Proniflina et eorum sorores. Et post quam omnia feceram atque elegeram, post. III 0r dies expletis, exierunt ipsas sorores alias pregnantes, alias adulterio penetrantes. Gentes uero, de ipsas meretrices dum agnouissent tali scelus, cucurrerunt at ipso reculuso et multas de illas occiderunt et quod non occiderunt exterminauerunt. Et per multis diebus seu temporibus atque annis permansit ipse reclusus direptus de ipsa confessione.

«Dum ego peccatrix talis scelus agnoui, perexi ad concilium legionensem, ante episcopus uel pontificia, et nunciaui omnia gesta mea secundum egeram quod super resonat. Et cepi ego miser cum lacrimis flere et, quod uotum meum rationabile non esset in cuius manibus peccato meo commendaueram et paupertate mea testaueram. Ipsi autem pontificis ciuitate seu episcopus congregati sunt in uno portico ad regulan/ beate Marie semper uirginis et sedis episcopale, et conpatuerunt de hec causa et scelus tale et peruiderunt bene et modi misericordia hordinauerunt: ut unusquisque quod ad ipsos super taxatos pigros et neglegentes contestauerat uel dederat ut sibi recepisset et ubi stabilitas confessionum inuenisset suum munusculum ibi retulisset ita et factum est. Ea ratione manentem perrexi ipsa uia de ipso concilio ad monasterio de Iulianus abba uel collegium fratrum sanctorum Iusti et Pastoris oppidum Ardon, et placuit Domino et michi indigno et affirmaui ibidem meam hereditatem, quod in uilla Auctarios possedi: Kasas, terras seu etiam uineas, pratis, hortis, cubas uel omnem intrinsecus domorum; tam de quo augmentaui uel conparaui, quam eciam qui me contigerit de parentes meos seu et quod de fraterna mea abeo comparata. Adicio desuper huic corte quam conparaui in Legione: clausa in giro cum tres kasas et omne suo intrinseco.

«Et dum hec isto quod resonat elegi prediui uoluntate et benediccione, secundum est foro et consuetudo in monasterio ut abitassem in ipso monasterio, ita et dederunt mihi benediccionem. Et dum essem ibi remorantem, expediui me post quatuor diebus et perrexi ad meam kassam ut dedissem omnia rem mobile in egenis et reuertissem ad monasterio in ipso monasterio permanente. Egrotaui ibidem in tertio die, et dum uidi me infirmum, direxi pro ipso abba suprino meo nomen Salutem. Et dum plegaui ipse abba iussi ad coniermanum meum nomen Mauia presbitero hunc testamentum et confirmaui ego illum in conspectu de fratres meos, suprinos et consanguineos seu et extraneos, qui ueniebant me uisitandum; et in illorum faciem confirmaui ipsud quod superius dictum est ad ipso monasterio iam taxatum sanctorum Iusti et Pastoris, pro remedium anime mee uel parentum meorum, omnia ab integro ut sit ibi seruitura pro sustentatione fratrum ospitum atque egenorum. De cetero enim omnem rem mobilem posui fideles congermanos meos nominibus Olemundus Ekerede et Uiliemundus, ut distribuant in captiuis et egenis unde de suo labore et meo facto ante Deum aliqua mercedem possumus inueniri. Ita quod preuidimus firmiter iubemus stare.

«Si quod absit, aliquis hunc uotum meum infringere temptauerit de propinquis, consanguineis seu extraneis, uilicus aut dux uel comes, quam etiam de aliquo officio episcobatico, abbatatico, sacerdotalico uel quoslibet persona, temerarius fuerit et ad infringendum uenerit uotum meum secundum resonat, in primis sit extraneus a corpus et sanguinis Domini, et lucem domini illa fronte kareat et penas non euadat eternas et cum luda sit afflictus, in tartaro cruciatus, et in die illo magni iudicii mecum sit kausurus. Et ob inde in igne sit passurus, et a diabolo sit cruciatus; et insuper a dampna secularia quod distulerit reddat in triplo et auri talenta duo persoluat et hunc factum meum plenam obtineat firmitatis robore per secula cuneta amen. Factum et confirmatum nodum die XIII kalendas nouembris. Era DCCCCXCII. Ego Iulianus hunc testamentum cos confirmaui et tradidi et concessi manu mea signum impressi.

«Sancius rex conf imans. Ordonius rex confirmans. Sancius confirmans. Sub Christi nomine Gundisalvies Dei gratia episcopus confirmans. Rapinatus presbiter confirmans. Adulfus presbiter confirmans. Frater Bonus testis Recaredus testis. Sisibutus testis. Vistremirus testis, Nebocianus testis. Garsea testis. lustus presbiter notuit.»

29  Véanse las voces frixorio e inferturia en el Apénd. IV. Me atrevo a suponer que el cordero y las truchas formarían parte de todo yantar señorial. Consta por el Fuero de Fenar que los habitantes de este concejo debían dar de comer al señor una vez al año «singulos panes, uno tocino, duos carneros, singulas gallinas, de uino tres canadiellas (Díez-Canseco, Notas para el estudio del Fuero de León: An. hist. derecho español, I, 372)». Y el artículo XLV del Fuero de León prueba que en la ciudad se consumía «piscatum maris et fluminis». Conjeturo que se gustaría más pescado de río que de mar, y entre aquél especialmente las truchas del Porma, del Bernesga y del Torio, ríos de sierra y entonces –sin explotar las minas– más abundantes aún que hoy en truchas. No dudo de que los dedos serían el principal instrumento usado en los yantares de la época astúrleonesa.

30  Poseemos noticias de la valoración de dos lectos palleos; uno castellano, apreciado en 80 sueldos en 984 (B. Cardeña, 219), y otro leonés, valuado en 200 sueldos en 1015 (B. Sahagún, fol. 117).

31  En el mismo diploma de 1015 (B. Sahagún, fol. 117) se aprecia en 600 sueldos «I.ª sella argentea».

32  Véase la nota 37 de la Estampa II.

33  En 500 sueldos se valoran unos paños greciscos en un diploma de 968 (P. M. H., D. et Ch., 62).

34  Véanse las notas 29, 30 y 31 de la Estampa I.

35  Véase la nota 24 de la Estampa I.

36  Véanse sobre el valor de bueyes y de asnos las notas 16 a 21, y 22 de la Estampa I, y ahora mi estudio El precio de la vida en el reino asturleonés hace mil años, Logos, VI, 1945.

37  Naturalmente, cada iglesia, huerta, monte o molino alcanzaría en venta un precio diferente. Sin embargo, tengo noticia de una iglesia vendida el 943 en 45 sueldos (P. M. H., D. et Ch., 30), de un monte adquirido el 930 por el monasterio de Sahagún también en 30 sueldos (B. Sahagún, fol. 171); de un molino con su presa en el Cea, comprado en otros tantos sueldos por los frailes de Santiago de Valdavia en 954 (B. Sahagún, fol. 222), y de un huerto con manzanas que en 943 se vendió a Sahagún en 20 sueldos (B. Sahagún, fol. 221 v.°). Y aparte de los datos señalados poseo otros muchos que me permiten afirmar en el texto el valor relativamente reducido de tierras, huertos y molinos.

38  En 300 la vendieron, en efecto, según consta en una escritura de 967 (T. Leg., fol. 38 v.°).

39  Ciento cincuenta sueldos dio la reina doña Elvira, viuda de Bermudo II, por dicha corte con sus tierras, molinos y pesqueras, como declara ella misma en un documento de 1017 (L. Ferreiro, H.ª de... Santiago, II, 207, Apénd.). Este precio y el de Villanova, indicado en la nota anterior, constituían excepciones: una casa con su correspondiente presa en el Bernesga se vendió en tres sueldos en 999 (Arch. Cat. Leg., núm. 916), y asdí podría citar otras ventas diversas.

40  En 4 1/2, 6, 9, 9, 14, 15 y 20 sueldos se vendieron solares en León en los años 1005, 1013, 1006, 1032, 1031, 997 y 1044, según atestiguan los textos 24.°, 30.°, 25.°, 49.°, 45.°, 19.° y 57.° del Apénd. I. Constituyen excepciones los adquiridos en 46 y 56 sueldos en 1031 en virtud de escrituras reproducidas en los pasajes 47.° y 46.° del Apénd. I.

41  Por los textos 44.°, 11.°, 13.° y 50.° sabemos que diversas cortes enclavadas en León se adquirieron en 55, 70, 100 y 100 sueldos, respectivamente, en los años 1030, 972, 974 y 1032. Debían ser cortes muy reducidas las vendidas en 20, 20 y 25 sueldos en 1005, 1026 y 1007, según acreditan los textos 23.°, 38.° y 26.° del Apénd. II.

42  Véanse los textos de 1007, 1039 y 972, núms. 26.°, 53.° y 11.° del Apénd. II.

43  No se necesita indicio alguno para conjeturar que los lomos constituirían plato obligado en los yantares leoneses otoñales. Pero además consta documentalmente que se comían porque, según el art. xxv del Fuero de León, quienes habitaban en solar ajeno y no poseían asno ni caballo se hallaban obligados a dar «semel in anno domino soli decem panem frumenti, et mediam canatellan de vini et unum lumbum bonum». También en el Fuero de Fenar se lee: «Clericos qui ecclesias tenuerint duos lumbos, singulas gallinas, singulios panes, media terraza uino uel sizera (Anuario historia derecho español, I, 372).

44  Véanse las voces cultellos y taregos en el Apénd. IV.

45  Véanse en el plano todos estos monasterios, que existían ya en el reinado de Ramiro III, y en el Apénd. I, los textos 28.°, relativo a San Pedro; 28.°, sobre S. Justo; 1.°, 2.°, 15.°, 18.°, 21.°, 23.°, 28.°, 29.°, 32.°, 37.°, 49.° y 52.°, acerca de Santa María: 1.°, 2.°, 6.°, 10.°, 18.°, 25.°, 29.°, 36.° que fijan la situación del monasterio de Santiago; 15.°, referente al monasterio de San Andrés; 40.°, 46.° y 47.°, sobre el monasterio de San Juan, hoy de San Isidoro; 9.°, 15.°, 30.°, 49.° y 54.°, acerca del claustro de San Miguel Arcángel; 30.° y 40.°, relativos al de San Pelayo; 7.°, 42.° y 60.°, sobre los de San Marcelo, San Adrián y Santa Natalia y San Miguel de Extramuros; 4.° y 58.°, referentes al de San Claudio; 19.°, 24.°, 27.°, 44.° y 56.°, que fijan el emplazamiento del monasterio del Salvador; y el 36.°, relativo al de Santa Cristina. Suficientes los citados para determinar el emplazamiento de todos, con la excepción única del de Santa Cristina, no lo son para fecharlos como anteriores al reinado de Ramiro III. Importa ver, por lo que hace a los de San Pelayo, San Juan, San Pedro de los Huertos y Santa Cristina, las páginas 115, 110, 129 y 108, respectivamente, de la Iglesia de León, de Risco.

46  He podido determinar la situación de todos estos monasterios, exceptuados los de San Félix y Santa María. Véanse aquéllos en el plano. En el Apéndice I, los textos 21.°, 32.°, 37.° y 38.° hacen relación a San Vicente; el 38.°, a Santa Leocadia; el 26.°, a San Julián; los pasajes 39.°, 51.° y 52.°, a San Pedro de intramuros; el 59.°, a San Román; los textos 27.°, 43.°, 44.° y 56.°, a San Juan Bautista, el 35.°, a San Felix; el 55.°, a Santa Marina, y el 41.°, a San Martín.

47  Tal vez parezca al lector excesivo el número de platos. No hay textos para contrastar mi hipótesis; pero no conviene olvidar las costumbres de pueblos, como el marroquí, que emparentados con el nuestro viven aún en plena Edad Media, y en éstos las comidas con que se quiere honrar a un huésped ilustre constan de multitud de platos y casi todos fuertes. No es imposible, de otra parte, que un guisado de ánade y de gallina figurase en los yantares leoneses del siglo x. Toda casa medianamente acomodada estaba provista de ánades y gallinas. El inventario de los enseres y animales embargados en Santa María de Bezdemarbán lo atestigua (M. Pidal, Orígenes del español, 28). Entre las prestaciones que habían de cumplir los villanos de la época aparece la entrega de gallinas al señor. Esta carga pesaba, en efecto, sobre los moradores de Fenar, como sabemos (Anuario h.ª dcho. esp., I, 372). El Fuero de Cirueña de 972 prueba, por último, que se acostumbraba a comer guisados, llamados en los documentos de la época pulmenta. Los días que los villanos de la aldea prestaban sernas al señor, yantaban a costa de éste «dimidium panem tritici, et dimidium comunie, caseum et tepes in mane, et in nocte duo leguminum pulmenta, et tribus vicibus tam ad prandium quam ad cenam ab bibendum et ad merendam duabus vicibus» (B. A. H., XXIX, 348).

48  Véanse las citas de mensorios, truliones, scalas y cocleares en el Apéndice I. Gómez-Moreno (Igl. moz., 339) considera a los mensorios como tacitas para servir licores. Ignoro las razones que le mueven a opinar de este modo. Pérez Pujol (Historia de las instituciones sociales de la España goda, IV, 408) identifica mensorios y missurios y tiene a unos y otros por platos grandes equivalentes a nuestras fuentes actuales, y menciona uno ofrecido por Sisebuto a Dagobcrto, según Fredegario, que pesaba cincuenta libras de oro. En los documentos del período en estudio se citan mensorios, mensorios y missorios, y que los había relativamente grandes pruebas un documento de Guimaraes (Igl. moz., 339) que menciona un «mensurio de XXX sólidos dcaurato».

49  Del documento copiado en la nota 28 de esta Estampa no se deduce que fuera, en efecto, dúplice el monasterio de San Justo de Ardón. De haberlo sido, no hubiera constituido una excepción entre los cenobios del período asturleonés. Alcanzaron gran difusión y larga vida los monasterios dúplices en España. Dúplices fueron algunos de los más célebres de la monarquía leonesa (Guimaraes, Sobrado, Piasca, Covarrubias, Aguilar). Los monjes y las monjas vivían bajo la dirección de su abad y de su abadesa respectiva. A juzgar por los diplomas del monasterio de Piasca, a veces era ésta la que recibía las donaciones, firmaba los contratos, etc. Hombres y mujeres habitaban convenientemente separados y entregados a sus rezos y prácticas piadosas. De este tipo de claustros, de los monasterios particulares, de los pactos monásticos, y en general de la organización de la Iglesia, me ocuparé en la obra anunciada repetidamente. Algo de ello he anticipado después de aparecidas estas Estampas, en mi Serie de documentos inéditos del reino de Asturias, (Cuadernos Ha. Esp. I y II, 1944, 317-320), al publicar el pacto monástico de los monjes y monjas del monasterio de San Pedro y San Pablo de Narouba (28 febrero de 812) y las actas de fundación de los cenobios de Tobiellas (18 noviembre 822) y Asia (18 enero 836).

50  Apoyado en la torre se hallaba el scriptorium en Távara, según puede verse en la conocida miniatura del B. del mismo monasterio (Iglesias mozárabes, lámina LXXVIII).

51  Esta podía ser la biblioteca de un monasterio leonés. Remito a los lectores al estudio de Tailhan Les bibliotéques espagnoles du Haut Moyen Age. Nouveaux Mélanges, IV, y a las páginas que dedica a este asunto Gómez-Moreno en sus Iglesias mozárabes, 347 a 353. Los únicos volúmenes raros de esta supuesta biblioteca serían la Lex romana visigothorum, de la que, sin embargo, había ejemplares en tierras leonesas durante el siglo X, como prueba el palimpsesto de la catedral legionense, y los comentarios de Apringio utilizados, a lo que se cree, por Beato de Liébana y hoy perdidos, pero existentes, entonces, a lo menos en el monasterio de San Pedro de Montes, en el Bierzo (Yepes, Cronica, IV, folio 448, 915). Para la obra muchas veces anunciada he estudiado también esta cuestión de las bibliotecas asturleonesas y reunido numerosos materiales que no es éste el lugar de exponer. Acaso en fecha próxima dé al público las noticias conseguidas sobre libros litúrgicos. Mucho he tardado en cumplir tal promesa, pero al cabo la he hecho efectiva en mis Notas sobre los libros leídos en el reino de León hace mil años, Cuadernos de Historia de España, I y II, 1944, 222-238.

52  No es imposible que se llegara al establecimiento de acuerdos de esta índole. Recuérdense las disposiciones de San Genadio sobre la lectura de los libros que dejaba en común a los monasterios de San Pedro, San Andrés y Santiago (Yepes, Cronica, IV, fol. 447, 915): «Hos omnes libros iubeo ut omnibus fratribus in istis locis communes sint neque quisquam eorum pro dominatione sibi vindicet, sed sicud dixi per partes, et in comune posidentes videant legem Dei, et ad supra scriptas Ecclesias percurrant, verbi gratia: ut quantoscumque fuerint, et eis in Sancto Petro, alios tantos in sancto Andrea, et alios tantos similiter in Sancto Jacobo, et multo eos disponentes, istos quos quie legerint in vno monasterio comutent eos cum alio ita per singula loca discurrentes, vt totos eos comuniter habeant, et totos per ordinem legant...»

53  Todos los manuscritos citados en este pasaje se mencionan en el inventario de los bienes y alhajas donados al monasterio de Abeliare por Cixila en 927 (Igl. moz., 348, del T. Leg., fol. 384 v.º) y el Liber Homiliarum en la dotación de Oveco al claustro de San Juan de Vega en 951 (Esp. Sagr., XXXIV voy, 455, y en el T. Leg., fol.. 72).

54  El manuscrito referido se guarda en la Biblioteca Universitaria de Valladolid; fue escrito por Juan y pintado por Ovedo a instancias del abad Sempronio. Ha sido descrito por Gutiérrez del Caño, Códices y manuscritos que se conservan en la Biblioteca de la Universidad de Valladolid, 1888, página 18. Véase también Delisle, Mélange de paléographie et de bibliographie, 122; Beer, Handschriftenschiitze Spaniens, 534, 719; Ramsay, The mss. of the Commentary of Beatus... (Revue des Bibliothéques, XII, 1902, núm. 16); Clark, Collectanea Hispanica, núm. 710, pág. 63; García Villada, Paleografía española, núms. 215, págs. 125-26, y Neuss, Die katalanische Bibelillustration um die Wende des ersten jahrtausends und die altspanische Buchmalerei, 3, pág. 63.

55  L. Ferreiro, Historia Santiago, II, 180, Apénd.

56  El swuceso del ermitaño Gonzalo se relata en un diploma de 1006. T. Leg., fol. 339.

57  Por desgracia, dado el sistema de monasterios particulares frecuente en el período que estudiamos, fueron numerosos los casos de liviandad de tales seudorreligiosos, y su ejemplo en los demás claustros, fue fatal. Ya ha reconocido estos hechos Ferotin. Los documentos son en este asunto muy explícitos. Véanse escrituras de 927 (Esp. Sagr., XVIII, 327), 949 (P. M. H., D. et Ch., 33), 952 (T. Celanova, fol. 29), 980 (T. Leg., fol. 374), 985 (Esp. Sagr., XXXIV, 477), 1009 (T. Celanova, fol. 163 v.º) y 1014 (Arch. Ob. León, núm. 62). Han llegado a nosotros estas noticias por la pena pecuniaria que llevaban consigo tales delitos, pena que suponía la confiscación de algunas tierras por el obispo al monje delincuente, o la entrega de ciertos bienes por la familia de la mujer culpable a los representantes del poder. Así leemos en uno de los textos citados: «et pariauit uobis ea [hereditate] propter culpa que inuenerunt super mea filia nomine Baselesa eo quod penetraui adulterio con Nausti monagi»; en otro: «pariamus uobis illo, penis nostro facto quod filia mea dedi ad adulterio ad fratrum Uidramora», y en un tercero: «Joane Meternizi ad uobis comite Petru Flainizi pro ipsas calumnias de filia mea Uitalia que compreserunt cum Flaino monaco et miserunt illa in palatio pro tradere, et rocando cum omines pectaui eo Ioane ipsa uilla et ipsa eredita ad integro» (Arch. Ob. León, núm. 62).

58  La oleada de sensualidad que invadía a los laicos en el siglo x llegaba a extremos que maravillan. La atestiguan muchedumbre de diplomas de 954 (Arch. Cat. Lugo), 958 (C. Sobrado, I, fol. 31), 960 (C. Sobrado, I, fol. 46 v.°), 979 (C. Covarrubias, ed. Serrano, 35), 989 (T. Celanova, fol. 127 v.°), 994 (Anuario h.° dcho. esp., I, 385), 1003 (T. Leg., fol. 194 v.°), 1008 (T. Leg., folio 183 v.°), 1000 a 1010 (T. Celanova, fol. 73 v.°), 1000 a 1010 (T. Celanova, folio 138), 1016 (Esp. Sagr., XXXVI, XXII), 1022 (Anuario h.ª dcho. esp., I, 227, nota 74) y 1022 (Anuario h.ª dcho. esp., I, 229, nota 78). Casos de tragedia en otros ambientes allí se llevaban a juicio y se solucionaban mediante el simple pago de una pena pecuniaria. Ziti Pinioliz, después de haberse mezclado en adulterio, como dicen los textos, con una tal Gota y con su propia nuera, declara: «et pro tales neglegencias que feci...»

59  Eran frecuentes los casos de litigios entre iglesias y monasterios, y condes, magnates o simples laicos. Casi todos terminaban con la victoria judicial de los eclesiásticos. La lectura de muchos de estos pleitos y cuestiones me permite sospechar y deducir de ciertas frases de los mismos esa supuesta, casi imperceptible, hostilidad al clero que luego en siglos posteriores de la Edad Media sale pujante a luz en obras literarias, en crónicas y en tallas escultóricas. No quiero, sin embargo, dejar de consignar que en ocasiones era fallado el litigio a favor del laico contendiente. Así ocurrió en la «intentio» habida en 1008 entre el obispo Ximeno de León y el conde Munio Fernández, acerca de la villa Horma de San Pelayo, que había sido de doña Velasquita, hermana del obispo. Este decía contra el conde: «prendidisti ea et misiste in custodie et uedasti ea uictum et oraculum; et saccasti ea ad ipsa mea iermana inuitissime et fecit tibi carta de illa sine sua uoluntate et tenes ea contra te fortissime». Se defendió Munio Fernández y se llegó a la prueba; fue ésta favorable al conde, y el prelado hubo de firmar la agnitio consiguiente (Arch. Cat. León, núm. 174).

60  Don Arias pudo tratar a multitud de personas que hubieran hablado a San Froilán, de cuya vida se conservaba relato de mucha antigüedad y edificación: la Vita S. Froylani, terminada en 920, reproducida en una Biblia de la catedral de León (Barrau-Dihigo, Recherches, R. H., LII, 1921, 32-35); y él mismo pudo conocer de muchacho a San Genadio y a sus santos sucesores, y ya en su edad madura, a San Rosendo, que no murió hasta 977 (Igl. moz., 241).

61  Estas donaciones para la hora de la muerte eran las más empleadas a los fines señalados arriba. El enriquecimiento de iglesias y monasterios se verificó principalmente –prescindiendo de las mercedes reales– gracias a esta fórmula, de la que han conservado multitud de casos los diplomas. Y esto no sólo en el reino asturleonés, sino en Europa toda, como se ha hecho notar ya por Dopsch y por otros investigadores centroeuropeos. Sobre tales concesiones, que podían revestir dos formas diferentes, ha tratado después de la aparición de estas Estampas, J. A. Rubio: «Donationes post obitum» y «donationes reservato usufructu» en la alta Edad Media en León y Castilla, Anuario h.ª  dcho. esp. IX, 1932, 1-33.

62  He hablado de sícera o sidra en la Estampa I, nota 56. Véase moiolos en el Apéndice IV.

63  De todas estas frutas y productos he hablado ya en la Estampa I. Incluso los melones, que tal vez procederían de «Alija de los Melones», porque consta se comían ya en tiempos medievales. Don Enrique de Villena los menciona en su Arte cisoria al enumerar en el capítulo VI «las viandas que usan comer en estas partes.»

64  ¿Harían ya confituras las monjas como las hacían en los días del alegre Arcipreste de Hita y las siguen haciendo todavía? No es imposible que remonte a días tan lejanos esta tan difundida tradición monjil. Por lo demás, consta que hacia la época en que coloco el desarrollo de esta Estampa era abadesa de San Miguel Arcángel doña Gonza. Véase el texto 9.° del Apénd.

65  En la donación de Alfonso III a la iglesia de Oviedo que, fechada en 908, guardaba inédita el Archivo Catedral Ovetense hasta que la he publicado en mi Serie de docms. inédits. del reino de Asturias (Cuadernos H.ª Esp., I y II, 1944, 329-334), se lee: «Idem et pro luminaria domui tui uel pro cerotariorum neccesaria euangelii stipendia uf nulla domui tue in secutiva secula senciat lumini iactura fructus balnei quam construximus in ciuitate Zamora, cuius fructus omni luna apenditur argenti solidos XXti. qui in anno faciunt solidos ducentos quadraginta perobtamus qui huic sancti Saluatoris pretoriensis nostre adeptus fuerit pastoralis officium sollicitam curam de hoc habere, de ipso balneo per unumquoque mense solidos XXti. exigere et mens ex inde ceram que necessaria fuerit pro candelis cereas et luminaribus».

66  No debe olvidar el erudito lector de esta Estampa la penuria de noticias que se padece en relación a los yantares del novecientos. Para suplirla de algún modo he tenido en cuenta con las infinitas reservas a que la diferencia de tiempos obliga: 1.°, las Partidas; 2.°, algunos pasajes del Arcipreste de Hita; 3.°, el Arte Cisoria de don Enrique de Villena, y 4.°, los detalles que ofrece como apéndices a su edición de la obra de Villena, Felipe Benicio Navarro. En la Partida II, tit. V, hallamos dos leyes curiosas: la II «Commo el Rey deue ser mesurado en comer et en beuer», y la IV: «Que el rrey se deue faser sus fechos en buen contenente». En la misma Partida figuran la ley V del tít. VII: «Qué cosas deuen acostumbrar los ayos a los fijos de los rreys pora ser lynpios et apuestos en su comer», y la ley xfx del tít. XXI: «Que los caualleros deuen ser onrrados en comer et en beuer et en dormir.» El Arcipreste de Hita ofrece curiosos detalles sobre viandas, vinos, frutas y confituras gustadas en su época al describir la disposición del ejército de don Carnal y la orgía celebrada en el campamento de éste.–El Arte Cisoria de don Enrique de Villena es sobradamente conocido, así como su difusión y perduración en España y fuera de la Península. Interesa en particular el capítulo VI: «De las cosas que se acostumbran cortar, segunt las viandas de que vsan comer en estas parte». He dudado de que en el siglo x estuviera tan avanzado el arte cisorio como al escribir su obra el de Villena, y por esto no he aprovechado los mil pormenores que se reúnen en ella.–Los apéndices de Felipe Benicio Navarro son una arqueología de la cocina y de la comida en la tardía Edad Media, y en particular en la corona de Aragón.

 

Beato de Liébana procedente de Valcavado, en la Biblioteca de la Universidad de Valladolid (Fol. 204). Copero real y sirviente abanicando a los reyes. (Foto Oronoz).
Biblia de San Isidoro de León (s. X). Paso del Mar Rojo, con la muerte de los egipcios. Fol. 39 v. (Foto Manuel Vilayo).
Tocadores de vihuela. De una miniatura del Beato de Liébana llamado de Fernando I (Fol. 127), en la Biblioteca Nacional (Madrid).
Tocadores de vihuela. De una miniatura del Beato de Liébana llamado de Fernando I (Fol. 127), en la Biblioteca Nacional (Madrid).
Biblia de San Isidoro de León (s. X). Desafío de Goliat. Representación de guerreros armados con espadas anchas, lanzas y escudos. Fol. 118 v. (Foto Manuel Viñayo).
Biblia de San Isidoro de León (s. X). Escena efigiando al rey y sus vasallos. (Foto Manuel Viñayo).
Dos obispos dialogando. Del Códice Emilianense.