EL MERCADO

POR una ancha calzada, cuyo pavimento de pequeños guijarros muestra, en sus frecuentes baches y descarnaduras, el descuido de los hombres, caminan, seguidos de sus gentes, dos magnates 1. Es una mañana tibia de octubre. El aire tiene esa maravillosa transparencia que adquiere en la otoñada cuando las lluvias han posado ya el polvo del estío. Señores y vasallos cruzan el páramo leonés. A derecha e izquierda del camino se extiende la llanura suavemente ondulada. A su vista se ofrecen rastrojos que aún amarillean, barbechos que esperan la semilla, praderas, campos de lino, frondosas viñas que no brindan ya negros racimos entre sus verdes pámpanos, grandes choperas en las orillas de los ríos, y al norte, al fondo del paisaje, la silueta oscura de los montes lejanos.

La luz de la mañana permite divisar a la izquierda de la calzada que siguen los jinetes algunas míseras aldeas, cuyas casas de adobes, cubiertas de ramaje y de barro ya seco, apenas se destacan del suelo 2. Junto al camino un grupo de labriegos derrama la simiente en varias heredades vecinas, mientras otros rústicos, con sendas parejas de bueyes, hunden la reja en el barbecho y cubren el grano con los nuevos surcos. Son juniores o tributarios de Santa María, que prestan los habituales sernas otoñales, es decir, las obligadas jornadas de trabajo que han de realizar, varias veces al año, en las tierras cuyos productos íntegros reserva para sus cellarios o graneros la iglesia de León 3.

Los desconocidos caballeros caminan en dos hermosos potros, uno castaño y otro bayo. Al cruzar el Porma les alcanzan unos mercaderes judíos 4 que traen en su recua ricas preseas eclesiásticas de Bizancio 5, sedas, tapices y brocados del oriente islamita 6 o de la España musulmana 7, y otros varios productos adquiridos a bizantinos y a andaluces. Han traficado con éxito en Castilla. Doña Abba, nuera del conde don Fernando, les ha comprado unas almuzallas o cobertores, varios paños, dos dalmáticas, una casulla y dos frontales greciscos 8 Han vendido mal tarde algunas piezas spaniscas o hispanoárabes en Sahagún y van a León después de haber intentado comerciar con las comunidades, aún pobres, de San Miguel de Escalada y de San Pedro de Eslonza.

Es cuarta feria, día de Mercurio, como decían los romanos, y caminan deprisa para llegar al mercado en buena hora 9. Acomodan los hebreos la marcha de sus cabalgaduras al paso de los caballos que montan los magnates, y platicando mercaderes y jinetes –son todos latinados– se acercan a León. Dos cosas han sorprendido a los judíos en su viaje. Las manos del conde don García y la iglesia de San Miguel. Nunca habían visto manos de varón más blancas ni más bellas. Conocían Córdoba, Toledo, España entera y, sin embargo, vienen impresionados por la sencillez y armonía de líneas de la iglesia de Escalada. Tienen grabado en la memoria el extraño recuerdo de las finas manos de don García 10 y viva todavía en la retina la imagen del templo, consagrado al Arcángel en el repecho de aquel cerro pelado que ve correr a sus pies el anchuroso Esla 11.

El dialogar ameno acorta los caminos. Han cruzado ya el Torío por un viejo puente y han adelantado a varios labriegos del alfoz que, montados en las ancas de sus asnos, llevan en sus cuévanos o cestos, nabos, ajos, cebollas y castañas, y a varios campesinos de Macellarios 12, que, también caballeros en pollinos, traen a León carne, sebo y cecina. Una lenta carreta de bueyes cargada de madera queda, como los labriegos, rezagada 13, y llegan al mercado. Apiñada muchedumbre de gentes se estruja, grita, discute, gesticula. Los colores vivos de las túnicas o sayas de las mujeres, y de los jubones, sayos y mantos de los hombres destacan sobre el fondo gris oscuro de los lienzos de muralla que empieza a dorar el sol del mediodía. Se oyen voces humanas, sonar de esquilas, mugidos y relinchos, Los judíos avanzan como pueden por medio de aquella masa en que se funden hombres, bestias y mercaderías. Las gentes armadas que acompañan a los dos caballeros se desvían hacia saliente para entrar en León por la Puerta del Obispo, y sólo queda junto a ellos un su siervo que, con treinta vacas, un toro y dos perros, les habían cambiado Froila y su mujer por unas tierras 14.

Los próceres cuyas huellas seguimos se detienen en el teso del ganado. Dos leoneses comen grandes rebanadas de pan y refrescan la garganta empinando una bota llena de vino ras-cante del país. Celebran el alboroque con que acaban de cerrar su trato 15. El que con rostro más alegre moja con el vino el gaznate ha vendido al otro una yunta de novillos. Son dos hermosos animales, uno berrendo y otro blanco; pero ha recibido por ellos veinte sueldos y está satisfecho de su venta 16. Un su compadre ha vendido tres bueyes óptimos n doce sueldos 17, y a lo sumo por dos bueyes, con su atondo y su carro, se han pagado en el mercado último quince sueldos romanos 18. Supera incluso el precio conseguido por cada uno de sus novillos al de seis sueldos en que se ha mercado un buey negro, orgullo de su dueño 19. Y se explica por ello el regocijo del afortunado vendedor que obsequia con su bota a los testigos de su éxito 20.

Junto al grupo que come, bebe y ríe se vende una vaca preñada en doce sueldos 21; un campesino pide cuatro por un asno gigante 22; un aldeano ofrece ocho denarios por un cerdo cebado 23; se compran cien ovejas en cien sueldos 24, una cabra en un modio de trigo 25, y se tantean potros, mulas, yeguas y pollinos. Los dos jinetes misteriosos vuelven a detener sus pasos ante un corro que presencia interesado el regateo de un feo potro de color morcillo 26. El comprador es un villano de Castrrojeriz venido a León a liquidar la herencia de una tía. Ha vendido un herrén, un linar y su parte en unos molinos del Torío, y es tal su impaciencia por convertirse en caballer4o que no espera a volver a su tierra para comprar caballo 27. Ha obtenido unos sesenta sueldos por esos bienes, divisa o partija que le había tocado al repartir con sus hermanos la herencia referida 28. La cifra de los sesenta sueldos es reducida. No le permite adquirir un buen caballo, que se cotiza a muy altos precios en todos los mercados del reino de León. El caballo es indispensable para la guerra con el moro y alcanza un valor elevadísimo en proporción al conseguido por las demás especies animales. Después de la batalla de Simancas, en que perecieron tantos brutos y jugaron tan decisivo papel los jinetes cristianos, los reyes distinguen a los caballeros con marcada preferencia, la demanda de cabalgaduras ha crecido y es más que difícil adquirir una de ellas. Un gallego unido al grupo que presencia el trato refiere en este punto que ha visto cambiar en su tierra, por ocho y por seis bueyes, un caballo castaño y otro bayo como los que montan los dos incógnitos jinetes 29. No aceptarían ellos un cambio semejante. Exigirían de diez a veinte bueyes, o un centenar de sueldos, a lo menos 30, y en León vale un caballo de cuarenta a sesenta 31, es decir, de cuarenta a sesenta ovejas, de seis a doce bueyes como mínimo 32. El aspirante a caballero ha apalabrado ya una silla gallega de altos borrenes en diez sueldos 33; pero no puede emplear los cincuenta restantes en mercar el caballo, porque necesita adquirir el atondo propio de todo caballarius, y ha de comprar aún: cabezada, pretal, riendas, freno y ataharre, para completar los arreos de la cabalgadura, y escudo, espada y lanza, para su equipo personal 34. Ha encontrado un potro morcillo huesudo y con mal pelo, por lo que su dueño le pide treinta sueldos. No le satisface la estampa de la bestia; pero con la esperanza de engordarla, y forzado por lo exiguo de su caudal, discute de modo peregrino con el dueño del potro para alcanzarlo más barato. El trato dura; el vendedor, a quien urge la venta, pues la ruindad de la cabalgadura es imagen de la pobreza de su dueño, cede al cabo; y el nuevo caballero da veinte sueldos galicanos por el potro 35.

Más allá los dos desconocidos ven pagar cien sueldos por un mulo a un siervo del obispo 36, quince por una yegua vieja a un infanzón del conde que gobierna Luna 37, y, sorprendidos, admiran un caballo bayo de la alzada, estampa y pelo de uno de los dos suyos, por el que entregan también hasta cien sueldos 38. Se apean de las cabalgaduras, las coge de las bridas el siervo que los sigue, abandonan el teso del ganado y se dirigen al Arco del Rey o de Palacio, para entrar por él en la ciudad 39.

No es empresa fácil abrirse paso por medio del mercado. Como las gentes de León han de proveerse en él de semana en semana de todo lo preciso para el vivir diario, y aun de lo superfluo, que como indispensable les reclama también el regalo y adorno de su persona y casa, la ciudad se ha vaciado toda en la explanada situada, mirando al mediodía, fuera de las murallas 40. Hay ya algunas tiendas dentro de la cerca que ciñe la agrupación urbana; pero unas se han abierto para remedio de los más pobres, cuya penuria no les permite hacer acopio un día a la semana de lo más necesario, y otras han surgido al calor del lujo, para ofrecer a los ricos que viven o vienen a León, pan tierno, bocados exquisitos, carnes frescas, joyas y bellos paños 41. Ni aquéllas por lo mísero, ni éstas por lo escogido de los productos en que trafican, bastan al aprovisionamiento de la ciudad. El número de todas es, además, pequeño, no llegan tal vez al de los cuatro Evangelistas 42, y el vecindario acude todas las cuartas ferias al mercado, a vender y a comprar, que pocos dejan de ser a la vez mercaderes y consumidores. Unos venden las galochas, abarcas y zapatones que han fabricado durante la semana, para comprar nabos, sebo, pan, vino, una pierna de carnero, cecina de vaca o de castrón 43 y, si los hay, algunos lomos; y otros el trigo o el vino que les sobra, cabezas de ganado menor, lino, legumbres o alguna res envejecida en el trabajo o desgraciada en accidente fortuito, para adquirir rejas de arado, espadas y monturas o para mercar sayas, mudas de mesa, tapetes y plumacios.

A vender y a comprar acuden al mercado también los aldeanos del alfoz e incluso los ricos propietarios laicos y los numerosos monasterios de la campiña leonesa. Lo reducido y lo disperso de sus pobres dominios, por lo general grandes tan sólo en parangón con las pequeñas parcelas que poseen los más de los labriegos, les impide vivir de sus propios recursos y les fuerza a enviar sus mayordomos o vaheas a León las cuartas ferias. Ni aun los más poderosos pueden bastarse a sí mismos económicamente. Necesitan vender los sobrantes de sus cosechas o de sus ganados para adquirir enseres de labor o de casa, prendas de lujo, armas, arreos de caballo o productos alimenticios de comarcas extrañas. Se mueven, por tanto, sin remedio, dentro de la órbita comercial de la ciudad vecina, y con frecuencia, de una parte sus bolsas bien repletas y de otra sus gentes, sus ganados o sus carros –cargados de cereales, de legumbres o de frutas–, contribuyen a hacer del mercado leonés centro de contratación importantísimo, por el que no se puede marchar sin embarazo 44.

Al dejar atrás el teso del ganado cruzan primero nuestros incógnitos amigos por entre algunos labriegos y varios mayordomos de diversas iglesias y magnates que, al socaire de sus asnos o al pie de sus carretas, venden, en sacos, cebada, centeno, trigo y mijo. Cuando pasan por frente a los criados del monasterio de Abeliare, ven medir a una panadera de León varios modios de trigo a sueldo el modio 45. No les sorprende el precio. De antiguo es el modio de trigo, como también la oveja, valor equivalente al sueldo, y a menudo han visto pagar en modios o en ovejas, tierras, ganados o mercaderías ajustados en sueldos 46.

Más allá atraviesan entre los hortelanos de la ciudad y del alfoz. Para gozar de sombra –el sol calienta hoy después de haber estado oculto entre nubes varios días– los hortelanos han armado sus miserables toldos. Han clavado en el suelo gruesos troncos, han cruzado dos ramas por los dos agujeros abiertos en los palos, unos dedos antes de su remate superior, y han tendido, sobre las dos varas aspadas, un sucio pedazo de lienzo moreno 47. Bajo estos tenderetes, en grandes banastas hechas con delgadas tiras de castaño, haya o sauce, o en cestos, cuévanos, carguillas o talegas de mimbre 48, ofrecen manzanas, ajos, cebollas, uvas, higos, peras, castañas, nueces y otras mil frutas y hortalizas diversas 49. Empiezan ya a venderse también nabos tempranos, alimento fundamental en todos los yantares leoneses 50 y de los que hacen por tanto, gran acopio las mujerucas de León vestidas de ordinario con sayas bermejas y amarillas. Un hombre al servicio de los canónigos de Santa María elige ahora en uno de los puestos referidos los mejores higos que ha logrado encontrar en el mercado. No son para la mesa del capítulo, sino para la del monarca, pues mientras el soberano habita en la ciudad han de proveerla de higos y de postre los capitulares de León 51.

El sayón viene recaudando las maquillas del rey, los derechos que pertenecen al monarca, impuesto que pagan cuantos llevan algo a vender al marcado de León las cuartas ferias 52. Por cada carreta de nabos exige tres denarios, uno por la carga de cada pollino y un puñado de nabos a los labriegos que vienen a pie con las alforjas llenas. De cada carro de ajos o cebollas toma veinte ristras de ocho cabezas, diez ristras por la carga de un asno y cinco por la de un peón 53, y en proporción análoga cobra maquillas de las castañas, peras, nueces y demás productos que se venden en aquella zona del mercado.

Desde allí se encaminan hacia poniente, donde se agrupan pellejos de vino de Toro y de aceite de Zamora, traídos de las márgenes del Duero por recuas leonesas 54; varios sacos de sal, venidos a lomos de pollinos desde las salinas de Castilla 55; ramas de urce para encender el fuego, sebo, cestos con gallinas y palomas, cera, miel, pimiento, grandes patos, queso, sícera, es decir, sidra del país o de Asturias y numerosas grullas, que crían para el mercado de León las gentes de una aldea vecina, los moradores de Grullarios 56. El sayón cobra una emina por cada carro de sal, un sueldo y una olla de vino por cada carreta de pellejos o cubas, quince cuartillos a los vinateros por la carga de cada asno 57, y así de la cera, grullas, gallinas y palomas. Los pellejos de aceite están ya desinflados. No viene aceite a León todas las cuartas ferias, sino de tarde en tarde, y el día que aparecen con él las recuas de Zamora, en las primeras horas del mercado se lo disputan los siervos de cocina del obispo, del conde, de palacio y de algunos magnates 58. La disputa se explica; no es siempre fácil proveerse de manteca en cantidad bastante, es insufrible el sabor del sebo en las comidas 59, y da mejor gusto en ellas el aceite de olivas que el de linaza –de uso muy general, procedente del Órbigo 60–, y que el de nueces, fabricado en el país o traído de Asturias 61, pero también difícil de encontrar y de adquirir. Hoy se han terminado los pellejos venidos de Zamora más temprano que nunca, porque unos hombres del monasterio de Escalada han acudido de mañana al mercado y han adquirido cuanto aceite han podido cargar en sus carretas. Mozárabes aún algunos monjes de aquel claustro y acostumbrados al aceite andaluz o toledano, por todos los medios a su alcance pesquisan el rico producto de aquellas luminosas campiñas que les vieron nacer.

Resguardados por toldos parecidos a los usados por los hortelanos, los industriales de León y su alfoz venden, hacia saliente del mercado, diversos utensilios de uso diario en las casas de los artesanos y de los labradores, de la ciudad y de las aldeas. Sentadas detrás de sus cántaros, ollas, pucheros, barreños y cazuelas de barro rojo vidriado en su interior, unas mujeres de Nava de Olleros 62, cejijuntas, de pómulos salientes, pelo entrecano y tez morena, esperan comprador a sus cacharros. A su lado otras mujerucas de Tornarios venden zapicos o jarros y platos, fuentes, domas y herradas de madera 63. Junto a ellas unos mozos, de manos ennegrecidas y de rostros ahumados, ofrecen instrumentos de hierro, latón, acero y cobre. Sobre mantas raídas tienen hachas, hoces, azadas, azuelas, candados, cuchillos y tenazas; amontonadas junto a las mantas varias rejas de arado, y delante largas filas de trébedes, morteros, sartenes, cuencos y calderos, entre los que figuran algunos de latón 64. Un siervo de cocina del obispo, que ha comprado entero un pellejo de aceite, elige en este instante unas enormes trébedes, y un rústico de Trobajos trata de convencer a Domingo, el herrero, de que gana, al cambiarle por una carga de nabos y de trigo, un caldero, un hacha, un cuchillo y una reja 65.

Inmediatos a los puestos de olleros y torneros varios aldeanos de Saliame (Sejambre) ofrecen trillos, carros, bieldos, manales para majar el trigo y forcados o carretas sin ruedas 66; y junto a ellos algunos artesanos de Rotarios, las típicas ruedas leonesas que fabrican sin radios, con trozos de madera ensamblada, y que venden sueltas o emparejadas por un eje 67. Un hombre de behetría, que habita junto a San Félix del Torío, entrega en este punto tres sueldos galicanos de plata por una carreta de madera de sólida y fuerte construcción. El vendedor elogia al comprador la calidad de la mercancía y le garantiza que ha advertir las excelencias de su carro al escuchar el chirrido armonioso que su rodar produce 68.

Más allá varios arrieros del concejo de Arbolio ajustan unas botas para vino 69, tantean cueros de buey y de caballo 70 y regatean unos folles cabrunos o pellejos de cabra 71, que necesitan para renovar los desgastados en los frecuentes viajes de sus recuas. A dos pasos, unos labriegos de Toletanos 72 miran, remiran, palpan y vuelven a palpar varias tiras anchas de cuero que llamamos tórdigas, unos sobeios, es decir, correas para atar el yugo a la lanza del carro, varias melenas para adornar la testuz de los bueyes y algunas sogas, coyundas y cabestros, que penden, con sobeios, tórdigas y melenas, de un palo horizontal colocado sobre dos verticales clavados en el suelo 73. Son los puestos de los talabarteros, que ofrecen asimismo bridas, sillas y albardas. Allí encontramos otra vez al nuevo y como tal hinchado y gozoso caballero del potro morcillo, que está pagando en este punto y hora y en dinero pondere pensato, los diez sueldos de la silla adquirida y otros varios importe de los arreos de su cabalgadura 74. El talabartero, a presencia de todos, prepara una pequeña balanza que le presta unos de los zabazoques o inspectores del mercado, allí presente 75, y se dispone a pensar los denarios romanos, los sueldos galicanos, los dirhemes moriscos y los demás pedazos de plata que entrega por la silla, el petral, la cincha y unas bridas el caballero recién improvisado. Circulan por León monedas del pueblo hispano-musulmán, con que comercia el reino 76 y a la par las viejas piezas galicanas 77 o romanas que alza el arado de la tierra a cada paso 78. Mas no bastan las dirhemes de Córdoba, los sueldos de Galicia ni los viejos denarios, y aunque con frecuencia se acude al trueque directo los objetos por objetos, como no es éste siempre suficiente y los reyes leoneses no acuñan numerario 79, fuerza es admitir en los pagos todo trozo de plata y pesar la moneda, para igualar de algún modo los diversos instrumentos de cambio.

Abarcas y zapatones en hilera esperan comprador en el puesto de al lado 80; mal allá pieles de conejo, cordero, ardilla y comadreja penden de sogas sujetas en dos álamos blancos, y enfrente, echados sobre arcones, tendidos sobre lienzos en el suelo o colgados también de varias sogas atadas a otros árboles, se ofrecen a la venta: sayas, mantos, camisas, telas para plumazios o colchones, galnapes, es decir, mantas o cobertores, paños diversos y tapetes de cama 81. Tres, cuatro, cinco, seis, siete, y hasta ocho sueldos se pagan por varias pellicas de conejo, comadreja o cordero 82; tres por un tapete 83, ocho por dos galnapes o cobertones 84, cinco por un manto azul 85, tres modios de trigo por un largo sayal 86, treinta por una rica saya carmesí 87 y quince sueldos por una saya bermeja de lana, saya de habí 88, como dicen los vendedores, de abolengo mozárabe, que aún emplean vocablos aprendidos en tierras de Toledo.

Los compradores, infanzones, clérigos, caballeros o labriegos de la ciudad y del alfoz, traducen en seguida en ovejas o en bueyes los precios mencionados. Para ellos una piel vale cinco a doce ovejas; un galnape, quenabe o cobertor, de cuatro a treinta, y una saya, de tres a siete bueyes. El valor de las telas es, pues, considerable, en paragón con las diversas especies de ganados y, como consecuencia, las transacciones son escasas en aquellos puestos de mantos, paños y tapetes. Las gentes hilan y tejen de ordinario en sus casas para satisfacer, con más o menos gusto, la necesidad apremiante de vestirse, y sólo cuando ella les fuerza a adquirir piezas que no es posible elaborar en los hogares o les incita el lujo, acuden a las tiendas de intra muros o al mercado y vacían sus bolsas en manos de tejedores o alvendarios, nacidos en León o acogidos a ella en busca de libertad y de trabajo 89.

También cobra maquilas el sayón en esta zona del mercado. Están exentas de derechos las tórdigas, los zapatones y las abarcas, que en reducido número se venden o se cambian por gentes que no son del oficio; pero los artesanos pechan en general por todos los productos que llevan a vender las cuartas ferias. Una reja por carga y una meaja por cada dos rejas han de pagar los vendedores de objetos de hierro, unas abarcas al mes los abarqueros 90, y en forma parecida tributan las mujerucas de los cacharros, los albarderos, los boteros, los curtidores de pieles y los alvendarios o tejedores.

Los magnates a quienes seguimos al principio, después de haberse detenido ante diversos grupos, correspondido a mil saludos y tanteando unas recias espadas de acero bien templado, llegan ahora a dos pasos del arco abierto en uno de los lienzos de la vieja muralla y se disponen a penetrar por él en la ciudad. Mas antes de que hayan logrado su propósito les detiene en su marcha un tumulto lejano, cuyo rumor parece llegar hasta ellos del teso del ganado 91. En un abrir y cerrar de ojos quedan solitarios en sus puestos tiraceros, curtidores, tejedores y talabarteros. La multitud corre curiosa hacia el lugar de la disputa. La siguen nuestros dos caballeros y en un vuelo se encuentran transportados al borde de aquella faja del mercado donde hemos visto vender bueyes, mulos, potros y caballos. Muchedumbre de gentes se agrupa en medio de unos prados. Comen y beben en ellos, tumbados en la hierba, varios arrieros y algunos campesinos, que han vendido ya el vino o el aceite, la cebada o el trigo traídas por sus recuas o sus carros. Se alzan del suelo al escuchar las voces; mas temiendo un espanto del ganado, no se unen a la curiosa multitud por no desamparar en el tumulto los asnos y los bueyes que pastan junto a ellos; y por no exponer a un posible peligro las pequeñas, despaciosas y chirriantes carretas que yacen como tristes, abandonadas de sus yuntas.

Cuando los viajeros logran abrirse paso hasta el centro del grupo que pregunta, discute, escucha y contradice, encuentran a los zabazoques y al sayón oyendo a un hombre que empuña en su diestra una espada desnuda, mientras sujeta con la izquierda las bridas de una yegua. Un viejo judío leonés tiene también fuerte y nerviosamente asida con su huesuda mano la cabezada de la cabalgadura. El hombre de la espada, infanzón del conde de Luna, a quien vimos ha poco mercar su yegua en quince sueldos, dice que, contra la costumbre y las órdenes del rey, el judío y su gente habían intentado apoderarse de su bestia, y encendido su cólera hasta el punto de haberse visto forzado a amenazarlos con su espada. El hebreo, sin soltar su presa, traza con palabras que quieren mover a compasión, un largo, hipócrita y divertido relato de sus cuitas. El infanzón es flaco de memoria. Ha olvidado los favores que le dispensó en uno de los postreros años malos que había sufrido la ciudad, cuando remedió sus hambres y miserias con un cuantioso préstamo o renovo 92. Ha llenado su bolsa al servicio del señor de Luna 93, compra cabalgaduras en el teso, gasta y triunfa, y trata, sin embargo, de burlarlo una vez más. Pero ésta no se escapa; le ha prendado su yegua para obligarlo a comparecer con él a juicio 94, y pide a todos ayuda para obtener justicia. El sayón le pregunta cómo no ha esperado a otra ocasión y se ha atrevido a prendar a su deudor en el mercado, y el hebreo responde, con asombro fingido, que no le ha prendado en el mercado, sino al borde, fuera del mismo, donde el rey autoriza a tomar prendas de fiadores y deudores. No convencen al sayón las argucias del judío y le pide sesenta sueldos por su desobediencia a los decretos reales que prohíben prendar en día, sitio y hora como éstos, y otros sesenta al infanzón por haber desnudado su espada y quebrantando así la paz del rey, que es la paz del mercado 95.

 Replican varias veces el deudor y el hebreo; la opinión se divide en el grupo; desinteresados del asunto, nuestros desconocidos se separan, aunque no sin trabajo, de la masa humana apiñada en torno a la yegua vieja de los quince sueldos, y platicando sobre las sutilezas del judío entran en la ciudad por el Archo de Rege. Siguen la carrera en que se hallan las cortes de doña Eldoara y del diácono Miguel, el palacio del príncipe y el recién construido monasterio del Salvador; avanzan por el carral estrecho y tortuoso donde habitan Paterna y su mujer Galaza; llegan al cabo al ángulo que forma esta carrera con la que une la Puerta del Obispo y la Cauriense y penetran, por último, en la corte de don Arias 96, el incógnito jinete del caballo castaño. Su compañero, de edad más respetable –don Arias es muy mozo– se llama Assur Fernández, es conde de Monzón y viene a la ciudad a distraer sus ocios otoñales y a holgarse en el bullicio cortesano.

____________

1  Les supongo caminando por la vieja calzada romana de Zaragoza a Astorga. Véase Blázquez: Vías romanas del valle del Duero (1916), Blázquez y Sánchez-Albornoz: Vías romanas del valle del Duero y Castilla la Nueva (1917) y Blázquez (Antonio y Ángel): Vías romanas de Carrión a Astorga y de Mérida a Toledo 1920). Después de aparecida la primera edición de esta obre me he ocupado de la geografía romana de esta región en mi estudio: Divisiones tribales y administrativas del solar del reino de Asturias en la época romana, Bol. Ac. Ha., 1929.

2  Como es notorio a cuantos conocen la tierra leonesa, las casas aldeanas son hoy en ella todavía de barro y paja. De barro hay también alguna típica y vieja casa en la plaza del Mercado de la misma León. Además, los documentos de la época que estudiamos hablan de casas territas. Véase la venta que Cipriano y María hicieron en 1007 a Placencio y Elvira de una corte situada junto al monasterio de San Julián, en el Apéndice I, 26.

3  Hablaré más adelante de juniores. Respecto a las sernas, no creo necesario mayor aclaración. La prestación de sernas fue, durante toda la Edad Media, servico muy generalizado entre los aldeanos de todo el reino de León y Castilla. No cabe dudar de que ya pesaba tal carga sobre la población rural mediado el siglo x, a la vista del privilegio concedido a Santa María de Rezmondo por Fernán González en 969, y del fuero de Castrojeriz de 976 (Muñoz, Colección de fueros municipales y cartas pueblas, Madrid, 1847, págs. 34 y 38). Ambos documentos son castellanos; pero comprueba la prestación de ternas y el uso mismo de la palabra serna en tierras leonesas, la frecuencia con que aparece en diplomas leoneses tal vocablo. Se aplica a tierras diversas; pero éstas recibirían probablemente aquella denominación por ser cultivadas mediante la ejecución de tales servicios. La donación por Alfonso III en 908 a la sede de Oviedo de una serna de 300 modios situada en el monte Naaranco –la he publicado por primera vez en mi Serie de documentos inéditos del reino de Asturias, Cuadernos de Historia de España, I y II, Buenos Aires, 1944, 333– acredita, por lo remoto de la fecha en que el nombre la prestación había empezado a aplicarse a las tierras mediante ella labradas, lo antiguo del uso del vocablo para designar antes el servicio. Santa Rosa de Viterbo, en su Elucidario das palavras, termos e frases que em Portugal antigamente se usaram (II, 208) acredita con textos el significado indicado de la palabra serna.

El fuero de Castrojeriz y el navarro de Cirueña, fechado en 972 (B.A.H., XXIX, 348), permiten fijar la forma en que se levantaban tales cargas, Mayer habla también naturalmente de sernas (Historia de las Inst., I, 267 y 284); pero no utiliza estos testimonios ni se remonta, por tanto, al siglo X su estudio de ellas. Vacila, además, al determinar el carácter de las mismas, y ora las considera prestaciones de índole señorial, ora servicios de índole pública; por lo que hace a este último aspecto, sin prueba suficiente. Después de la obra de Mayer, importa tanto como antes estudiar el origen, la naturaleza y la transformación de las sernas. No creo este lugar adecuado para acometer tal empresa.

4  Gómez-Moreno (Iglesias mozárabes, 126) se inclina a suponer al comercio leonés en manos de judíos, y cita un texto de 1047 en prueba de su aserto. A lo menos debía correr a su cargo la importación de paños, alhajas y preseas eclesiásticas.

5  En el glosario que acompaña al índice de los documentos del monasterio de Sahagún (Madrid, 1874), ya se tiene por grecisca a la fabricada en Grecia. También Gómez-Moreno (Iglesias mozárabes, 126) se inclina a reconocer igual significado a la voz mencionada. Las citas de prendas eclesiásticas greciscas abundan relativamente en los documentos de la época. He aquí algunas menciones en diplomas de todas las regiones de la monarquía: 922 frontales, illos duos crescisos (A.H.N., T. de Aguilar, fol. 1, v°).–938: pallas VIII una alba... quinta grecisca... séptima cardena similem de gricisca (A.H.N., T. de Celanova, folio 6).–959: palas greciscas duas (Portugaliae Monumenta Histórica. Diplomata et Chartae, 46).–968: casulas creciscas duas... frontales cicatones II (A.H.N., T. de San Clodio, folio 649).–978: almocallas de palleo et de greciscos et suos plumacos palleos et greciscos... et fateles alfaneges in pannos greciscos (Cartulario del Infantado de Covarrubias, ed. Serrano, 22).–987: duas casullas illa una grecisca (Cartulario de la antigua abadía de Santillana del Mar, ed. Jusué, 15).–1002: Casull grecisca (Esp. Sagr., XXXVI, 14 del Apéndice).–1019: Orales... grecisco (Gómez-Moreno, Igl. moz., 327).–1020: Frontales duos greciscos... dalmaticas greciscas, II (A.H.N., Clero, Benevibere, leg. 1157.–1025: 1.ª adamatica grecisca (Índice de Sahagún, 188–.–1038: frontales duos uno greciso... aliphaphe zingaue cum panno grecisco... plumazos inter greciscos et palleos et bacris almuzallas greciscas fazariolos greziscos (T. Leg., f. 34).–1038: frontales duos unum greciscum..., Pallas Ilas, greciscas, stola grecisca... una genabe in panno grecisco... plumazos mi inter greciscos et baztris et pallios, almuzallas greziscas IIII... facerolos grezisquos III (T. Leg., f. 177).–1042: de belos de templo alhagara una grecisca: frontales duos, uno grecisco..., casullas duas, una grecisca...: almuzaba una grecisca (Esp. Sagr., XXXVI, 43 del Apéndice).

6  En documentos de principios del siglo XI se hallan citas de tales dulceries, doctories, duzuries o doxtonies. Así indicó en su día a Menéndez Pidal que posiblemente se trata de tejidos procedentes de una ciudad persa llamada Daxtoua, famosa por sus paños. De ser cierta esta hipótesis, habría que admitir la existencia de un comercio de importación de paños persas a comienzos del siglo XI. No encuentro razones para suponer que tal comercio principiase entonces, y es, en cambio, verosímil que datara de la época precedente que estudiamos. Véanse las citas a que aludo, de las cuales debo al profesor Menéndez Pidal las posteriores a 1040: 1008: casullas... dulceris bene compositas (P.M.H., Dip. et. Ch., 124).–1090: dalmaticas duceri una (Gómez-Moreno, Igl. moz., 327).–1020: frontales... alio lectori (A.H.N., Clero, Benevivere, Leg. 1157).–1038: una genabe panno grecisco et alía luberna in panno doctori (A. Cat. León, T. Leg., fol. 177).–1038: aliphaphe zingaue... alía loberna panno doxtoui (T. Leg., fol. 34).–1042: frontales duos... uno leztori (Esp. Sagr., XXXVI, 43 del Apéndice, y T. Leg., fol. 262 vº).

7  La importación de telas y objetos diversos spaniscos o moriscos está comprobada en el siglo X, más que por citas documentales de prendas o preseas así calificadas –en diplomas leoneses de 935 y 959 se habla de genabes o cobertores mauriscos (T. Leg., fols. 419 v°, y 321 v°), por el sinnúmero de vocablos de procedencia árabe empleados en textos leoneses para designar tejidos, pieles, vestidos, piezas de mantelería, colores, etc... Gómez-Moreno ha reunido las voces de la época que tienen a su juicio ese abolengo (Iglesias mozárabes, 126-129).

8  Consta que dicha señora y el conde don García donaron diversas piezas greciscas a su hija al fundar en 978 el monasterio de Covarrubias (Cartulario de Covarrubias, ed. Serrano, 22).

9  En las cuartas ferias se celebraba el mercado de León según el artículo 46 del fuero de 1020, que dice: «mercatum publicum, quod quarta feria antiquitus agitur», y en miércoles sigue celebrándose aún en nuestros días.

10  La Primera Crónica General recoge esta tradición legendaria de las bellas manos del conde don García que había de llevar luyas para no enamorar a las mujeres de sus vasallos (Ed. Menéndez Pidal, Madrid, 1906, N. B. AA. EL, v. 427).

11  La reconstitución histórica del monasterio de Escalada se debe a Fita (Bol. Acad. Hist., XXXI, 466; XXXII, 25, 209, 266, 367, 475), y el estudio de la iglesia a Gómez-Moreno (Igl. moz., 141 y sigts.).

12  La existencia de la aldea de Macellarios en el siglo X está comprobada por diversos diplomas, entre otros por la donación de unas sernas otorgadas por Alfonso IV al monasterio de San Cosme y San Damián en 930; de una de ellas dice el texto «iacet sub Mazellarios» (T. Leg., fol. 454). Véanse también la venta de un huerto «in villa Macellarios» (939. Arch. Cat. León, 1336), y la donación de una viña «in Macellarios», otorgada en 985 por Vimara a San Salvador de Mataplana (T. Leg., f. 140). Hasta hace años han seguido proveyendo a la ciudad de León montados en sus pollinos, los carniceros del alfoz.

13  Carretas cargadas de madera y de cabrios o latas concurrían al mercado de Villavicencio, según consta en su fuero (Muñoz, Colección..., 173), tan emparentado con el leonés; ¿por qué no suponerlas acudiendo también a León en las cuartas ferias?

14  En 963 recibieron, en efecto, Diego Ovequiz y su mujer, de Froila y la suya, por unas tierras: «XXXª uakas et uno cauro et I seuro et II canes» (A.H.N., Becerro de Sahagún, fol. 208).

15  De alboroque de pan y vino hay noticias en diversos diplomas. Véanse, por ejemplo, un documento de 1038 (Arch. del Obispo de León, n.° 154) y otro de 1026 (T. Leg., fol. 303).

16  Hay noticia de una yunta de bueyes valorada en 20 sueldos en 971 (B. Sahagún, fol. 75), y en dos diplomas castellanos de 972 (Becerro de Cardeña, ed. Serrano, 103) y de 981 (B. de Cardeña, 221) se habla de «uno iugo de bobes [duos boues]... uno albo et alio verrendo», cuyo precio era de 20 modios. En una monografía titulada: El precio de la vida en el reino asturleonés hace mil años, Logos, Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, iv, Buenos Aires, 1945, he sistematizado todos los abun dantes datos que he logrado reunir sobre el valor de las diversas especies de ganado, de las joyas y ornamentos de Iglesia, de las prendas integrantes del traje, de los objetos de uso doméstico, etc... en la época aquí estudiada. Sirva esta cita para cuantas veces en el curso de esta obra consigne cifras acerca del precio de animales o de cosas

17 B. de Sahagún, fol. 210. Año 965.

18 En un documento de 877 se valoran, en efecto, en 15 sueldos, «duos boyes cun suo loramne et cum suo karro» (B. de Sahagún, fol. 221).

19 A. H. N., Clero, Leg., 620, n.° 412, año 965.

20 Basta con los tipos de valoracion indicados arriba para que el lector pueda formar idea aproximada de los precios quealcanzaban las yuntas de bueyes y los bueyes sueltos en el mercado de León. Véase en el estudio que he publicado en Logos, citado en la nota 46, el cuadro completo de los valores conseguidos por el ganado vacuno en las diversas regiones del reino asturleonés.

21 En esa cifra se valora una vaca preñada en un documento de 1014, número 64 del Archivo del Obispo de León.

22 En un diploma de 948 copiado en el B. de Sahagún, fol. 207, y°, se habla de un asno apreciado en cuatro sueldos. Le supongo gigante, pues valía lo mismo que algún buey. Puede explicarse el alto valor de los pollinos por su empleo para la ardeda.

23 La única cita que permite fijar en ocho denarios el valor de un cerdo en el siglo x procede de Portugal y del año 999 (Archivo Distrital de Braga, Liber Fidei, fol. xvii).

24 «Obiculas C. adpreciatas in solidos C» se mencionan en un documento leonés de 1008 (Arch. Ob. León, núm. 54).

25 Así se valora una cabra en otro diploma leonés de 1001 (Archivo Ob. León, núm. 38).

26 He imaginado la escena que describo a continuación para ofrecer al lector noticias exactas sobre el valor del caballo en León durante el siglo x, valor que fue a un tiempo consecuencia y causa del desarrollo de instituciones sociales y políticas básicas en la organización de la sociedad y del Estado leonés (véase Estampa III, nota 12). El relato del texto está, por lo demás, trazado teniendo en cuenta: I.° Las disposiciones del fuero de Castrojeriz sobre la caballería villana, que son, a lo que creo, las primeras relativas a la peculiar solución que se da en Castilla al problema de la caballería, pero que permiten sospechar un proceso análogo en León. 2.° Las numerosísimas noticias reunidas sobre el precio del caballo en el reino asturleonés, que aquí utilizo sólo parcialmente. 3.° La circunstancia de que entre los diversos valores alcanzados por los caballos en las distintas regiones de la monarquía destaca, por lo ínfimo, el de 20 sueldos en que se aprecia un potro morcillo leonés. El lector se explicará ahora por qué hago villano de Castrojeriz al comprador, y le presento mercando un potro huesudo y ruin. Sobre la caballería villana versa la excelente tesis de la señorita Carmela Pescador, que con motivo de los desastres de la guerra de España, permanece aún inédita. Y he reunido cuantos textos poseo sobre el valor del caballo en el siglo x en mi estudio: El precio de la vida en e/ reino asturleonés hace mil años, Logos vi, 1945.

27 Son numerosísimos los diplomas de la época que refieren la venta de una viñas o un linar; de una tierra, terreno o senara, y de una parte de un molino. Me creo dispensado, por tanto, de citar ninguno.

28 En mis Behetrias he estudiado el origen y las acepciones de la palabra divisa (Anuario de historia del derecho español, 1, 269 y sigts.).

29 Un caballo bayo y otro castaño aparecen, en efecto, apreciados en 6 y en 8 bueyes en un documento gallego de 947 (LÓPEZ FERREIRO, Historia de... Santiago, u, 129 del Apénd.).

30 Conozco varias menciones de caballos valorados en 100 sueldos. Aparecen en documentos leoneses de 962 (A. C. L.,T. Leg., fol. 365 v.°), 974 (B. de Sahagún, fol. 214 v.0), 1004 (T. Leg., fol. 174), 1008 (Archivo Ob. León, núm. 54) y 1035 (Arch. Ob. León, núm. 115). A juzgar por los precios del ganado vacuno arriba mencionados, por 100 sueldos podían compararse de 10 a 20 bueyes.

31 Exceptuada la extraña valoración de un potro morcillo en 20 sueldos, la cifra más baja en que aparecen apreciados los caballos en tierras de León es 40 sueldos. Valoración tan reducida se encuentra sólo, de otra parte, en documentos de fines del siglo x: de 997 (T. Leg., fol. 195) y 999 (Archivo Ob. León, núm. 34). Eran, a lo que parece, más numerosos los caballos de 50 sueldos. En esta cantidad se valoran en diplomas de 946 (ESCALONA, Historia de Sahagún, 394), 969 (13. de Sahagún, folio 213), 979 (ESCALONA, Historia de Sahagzín, 425), 1002 (T. Leg., folio 305 v.°) y 1030 (Arch. Catedral de León, núm. 152). También debían ser muchos los caballos apreciados en 60 sueldos. Se mencionan en escrituras de 941 (B. de Sahagún, fol. 177 v.°), 995 (T. Leg., fol. 131), 998 (B. de Sahagún, fol. 184) y 998 (ESCALONA, Historia de Sahagún, 436). Por encima de estos precios había caballos de 80, 100, 120, 150 y hasta 300 sueldos, pero, como he dicho antes, envío al cuadro completo de valores de esta especie animal en todo el país, que he trazado en mi estudio: El precio de la vida en el reino asturleonés, Logos, 1945.

32 Sobre la base de las valoraciones indicadas en la nota anterior y de las consignadas para bueyes y ovejas, esas eran las correspondientes comparativas de una especie a otra.

33 Los precios de las sillas corrientes oscilaban entre 10 (B. de Cardeña, ed. Serrano, pág. 9, a. 963), 20 (B. de Sahagún, fol. 53, 973) y 30 sueldos (Becerro de Sahagún, fol. 156 v.°, 953, y B. de Cardeña, pág. 301, 945). Le supongo comparando la más barata.

34 Hablaré de los arreos de las cabalgaduras y del equipo de los caballeros en la Estampa III, notas 41, 55 y 58.

35  Véase una escritura de 992 en el T. Leg., fol. 176.

36  Conozco varias citas de mulos de 100 sueldos. Se hallan en documentos de 922 (P.M.H.D. et Ch., 16), 971 (B. de Sahagún, fol. 75) y 1012 (P.M.H.; D. et Ch., 133). Los había, salvo excepciones, desde 30 hasta 300 sueldos. No parece que se empleaban para la arriería, que de creer al Fuero de León (véanse comparativamente los artículos XXVII, XXX y XXXIX) y al de Villavicencio (Muñoz, Colección, 67, 68, 70 y 73), se hacía a lomos de pollinos o mediante carretas; pero se usarían tal vez para la guerra, como entre los musulmanes españoles; y, por lo que testifican las viejas tradiciones locales y lo que se sabe de las costumbres europeas de la época, supongo que también se utilizarían por clérigos y obispos. Después de publicada la tercera edición de estas Estampas he hablado del uso de las mulas por los islamitas de España en mi obra. En torno a los orígenes del feudalismo, III, La caballería musulmana y la caballería franca del siglo VIII, Mendoza, 1942, pág. 248 y sigts.

37  En esa cifra se valora una yegua baya en escritura de 1002 (Becerro de Sahagún, fol. 102 v.°). La relación de dependencia en que presento a un infanzón en relación a un conde, era muy frecuente en la época, como demostraré más tarde. Véase la Estampa III, nota 22.

38  De un caballo bayo apreciado en 100 sueldos habla un documento de 974 (B. Sahagún, fol. 214 v.°).

39  Véanse el plano de León y los pasajes 19, 24, 27, 43, 56 y 57 del Ap. I.

40  El emplazamiento del mercado en el lugar donde le sitúo está comprobado por multitud de pasajes que recojo en el Ap. I (núms. 19, 27, 41, 48, 53, 56 y 57) y por la misma denominación que llevan aún hoy las calles trazadas sobre él. El burgo nuevo que se alzó el antiguo mercado de los siglos X y XI fue cercado e incluido en la vieja ciudad por Alfonso XI.

41  Recojo aquí las teorías formuladas sobre el origen de las tiendas en las ciudades medievales, por Bücher: Etudes d'Historie et d'Economie Politique, trad. Hansay, Bruxelles, París, 1901, 88-89, y por Von Below: Probleme der Wirtschaftsgeschichte, Tübingen, 1920, 207-208.

42  De mediados del siglo x sólo tenemos noticias de dos tiendas abiertas en el interior de la ciudad, no lejos de la Puerta Cauriense: las de Eulalia y su vecino Zaayti Manzor (950 T. Leg., fol. 450. Véase Apéndice I, núm. 3). En un documento leonés de 1029 (núm. 195 del Arch. Cat.) se menciona la tienda de Pelayo Savariquiz, sita en el mercado; en otro de 1032 (T. Leg., fol. 298 v.º) se habla de la alfondega de la reina, y en un tercero de 1039 (T. Leg., fol. 300), de las tiendas de Juan y de San Pelayo, como la alfondega, también en el mercado (V. Apénd. I, núms. 41, 48 y 3).

43  Es el nombre vulgar leonés usado en lugar de cabrón.

44  Frente a las teorías de Schmoller (Principes d'Economie Politique, trad. Platón, París 1905 a 8, II, 159) y de Bücher (Etudes d'Historie et d'Economie Politique trad. Hansay, cap. I), para quienes la humanidad vivía en esta época en pleno régimen de economía doméstica cerrada, se alza la tesis de Von Below: Probleme d. Wirtschaftsgesch., 153 y 167, que combate la existencia histórica de tal sistema y defiende que los señoríos vivían en contacto económico y acudían a comprar y a vender a los mercados. Dopsch propugna también doctrina semejante, que ha defendido últimamente basándose en el Capitulare de Villis (Carlomagno y el Capitulare de Villis: Anuario de historia de derecho español, II, 43, 44). En León y Castilla, donde en el siglo X había una masa numerosa de pequeños y medianos propietarios, y las grandes propiedades estaban más dispersas que en ningún otro país de allende el Pirineo, era aún más imposible que en Europa la autarquía económica de los señoríos y el régimen de economía doméstica cerrada. Dentro del reino asturleonés era León y su alfoz, de los centros geográficos donde más dividida se hallaba la tierra, y era, por tanto, en ella más indispensable aún que en las demás regiones el intercambio y el comercio. Por estas razones, que aquí expongo y que comprobaré en el trabajo anunciado, imagino el mercado de León como un gran centro de contratación, y supongo concurriendo a él incluso a las gentes de los grandes monasterios y de los grandes señores.–Después de publicada la tercera edición de esta obra ha aparecido un breve pero enjudioso estudio de García de Valdeavellano: Economía natural y Economía monetaria en León y Castilla durante los siglos IX, X y XI, Moneda y Crédito, Rev. de Economía, 1944. En él aprovecha la documentación reunida en estas páginas y la completa con diplomas del siglo XI. Remito hoy a la exhaustiva bibliografía europea que reúne sobre el tema, apenas abordado en esta nota, relativo a los problemas de historia económica en la Edad Media.

45  Así se aprecia el modio de trigo en un documento del año 1004 (B. de Sahagún, fol. 47).

46  La equivalencia de la oveja, el sueldo, y el modio se comprueba mediante dos textos de 951 (Arch. Ob. León, núm. 9) y de 1008 (Archivo Ob. León, núm. 54). En el primero se valora una oveja en un modio, y en el segundo, 100 ovejas en 100 sueldos. Se introdujo el uso legal del modio romano en las provincias, en virtud de una constitución de Valentiniano, Valente y Graciano, fechada entre 367 y 368. De poco después data el modio de Puente Puñide encontrado en este lugar de Galicia en 1913 y estudiado por Martínez Salazar en el Boletín de la Comisión de Monumentos de Orense (núms. 94, 1914), por García Romero en el Boletín de la Real Academia Gallega (núm. 87, 1914), y por Ureña en el Boletín de la Academia de la Historia (LXVI, 485). El modio de Puente Puñide es un cono truncado que mide de 23 a 26 cros. de diámetro, y de 19,5 a 21 de altura a consecuencia de las deformaciones sufridas por el vaso. El modio romano tenía una cabida equivalente a 8,66 litros, según Vázquez de Queipo (Essai sur les systémes métriques et monnétaires des anciens peuples depuis les premiers temps historiques jusqu'a la fin du Khalifat d'Orient, París, 1859), a 8,754 litros según Wez (Metrologie grecque et romaine, trad. Monet, París, 1887) y a 8,75 litros según Gow y Reinach (Minerva, París, 1909). El modio de Puente Puñide tenía una capacidad aproximada, según los cálculos de Martínez Salazar, de 8,500 kilos de trigo, es decir, algo menos de la quinta parte de la cabida de una fanega. No creo que el modio a que se refieren los diplomas leoneses del siglo X con tanta frecuencia fuese distinto del modio romano. El curioso lector puede comparar el valor de un modio de trigo en el siglo en el X y en el XX, teniendo en cuenta que, según la citada Constitución de Valentiano de 367, 12 modios de trigo se justipreciaban en un sueldo romano, que el modio de trigo valía un sueldo de plata en el siglo X y el precio actual de la fanega.

47  Este sencillo tipo de tenderetes se ha usado en León hasta nuestros días y se usa aún en otras ciudades de los reinos de León y Castilla, en Ávila, por ejemplo. Hoy los labriegos del valle Amblés –y hasta hace años los campesinos de la vega de León–, para que no sea preciso clavar en el suelo el tronco del toldo, lo sujetan en un trípode de madera. Es posible que así ocurriera siempre, pero también que se comenzara por el tipo, más sencillo aún, que describo arriba.

48  Supongo en uso las mismas banastas, cestos, cuévanos, carguillas y talegas que aún emplean con estos nombres los aldeanos de la tierra de León. Su origen se remonta probablemente a la época romana. San Isidoro (Etimologías, XX, 9) habla ya del canistrum o canasto hecho de cañas; de la cistella o cesta fabricada con cañas o con mimbres, de la corbis de mimbre y de la sporta de esparto.

49  Cito sólo las frutas y hortalizas de otoño de que he hallado noticias en escrituras de la época. No consigno mención alguna de manzanas ni de uvas, porque la abundancia de citas de pomares y de viñas o maxuelos en los documentos del siglo x es a todos notoria. Hoy no se conservan aquéllos ni éstas en la cantidad que los diplomas atestiguan para entonces, pero aún recuerdan tales tiempos pueblos leoneses con nombres como éstos: Manzanedo, Villanueva de las Manzanas...–Ajos y cebollas se llevaban al mercado de Villavicencio, y, a lo que parece, en abundancia, puesto que se mencionan al consignar las cantidades recaudadas por el sayón de los productos que se vendían por labradores e industriales, y se habla de carretas cargadas de alios aut de cepolas (Muñoz, Colección..., 173). Las cebollas eran alimento muy frecuente en el yantar del pobre. El fuero de Cirueña (972; B.A.H., XXIX, 348), al señalar la comida que había de dar el señor a los villanos los días en que éstos prestaban sernas, nos declara que los labriegos yantaban por la montaña comuña (pan de trigo y centeno), queso y cebollas.–De higueras he encontrado mención en diplomas de 842 (T. Sobrado, fol. 17 v.°), 960 (P.M.H., D. et Ch., 50), 963 (T. Sobrado, 1, fol. 22 v.°) y 989 (T. Celanova, fol. 17 v.°); podrían hallarse en mil textos más y siguen cuidándose en las aldeas de tierra de León.–De perales se habla en escrituras de 883 (T. Sobrado, I, fol. v.°), 931 (T. Sobrado, I, fol. 36 v.°), 950 (Rev. Hispanique, 1900, 336), 963 (T. Sobrado, I, fol. 22 v.°), 980 (Arch. Ob. León, núm. 42), 1006 (Arch. Ob. León, núms. 40 y 48), 1017 (Arch. Ob. León, núm. 74).–De castaños hay cita en diplomas de 842 (T. Sobrado, fol. 17 v.°), 931 (T. Sobrado, fol. 36 v.°), 960 (P.M.H.; D. Ch., 50), 965 (P.M.H.; D. Ch., 57), 973 (P.M.H.; D. Ch., 69). Hoy llegan castañas a León desde el Bierzo y se venden en grandes cantidades en la plaza del Conde...–Figuran nogales en textos de 950 (Rev. Hisp., 1900, 336), 992 (Arch. Ob. León, núm. 13), 992 (Arch. Ob. León, núm. 26), 1006 (Arch. Ob. León, núm. 40)... y son muy abundantes en diversos pueblos del antiguo alfoz y aun en las afueras mismas de la ciudad.

50  Antes de la introducción de la patata, el nabo hizo quizás sus veces. Aun hoy se consume en León y, en gran cantidad, en Galicia, región muy conservadora en éste y otros muchos aspectos de la vida. El fuero de Villavicencio los menciona entre los productos cuya tributación importaba fijar; es de presumir que por su frecuente venta. En carretas, en asnos o a hombros llevaban los labriegos al mercado de Villavicencio las cargas de nabos, y de la misma manera les supongo conducidos por los campesinos del alfoz al de León.

51  En 1190 eximió Alfonso IX al obispo y a la Iglesia de León de esta carga, que puede datar del siglo X. Ignoro su origen, pero no hallo razones para juzgarla posterior (Arch. Cat. León, núm. 1.072).

52  Acepto aquí la tesis de profesor Díez Canseco. Para él se llamaba maquilas en el Fuero de León (art. XXXII) al impuesto que se pagaba en el mercado. Hasta ahora se entendía por maquilas las cantidades que recaudaba el señor o el rey por su monopolio de molino. El Fuero de Castrocalbón (1156. Anuario hist. dcho. español, I, 376) sirve a Canseco para apoyar su conjetura. No había en aquel lugar monopolio de molino y, sin embargo, el Fuero copia el artículo del de León relativo a las maquilas (Sobre los fueros del valle de Fenar, Castrocalbón y Pajares. Notas para el estudio del Fuero de León, Anuario, I, 363).

53  Estas eran las cantidades que percibía el sayón en Villavicencio, cuyo Fuero está muy emparentado con el de León (Muñoz, Colección, 373). ¿Por qué no suponer que se recaudaban también en el mercado leonés las mismas maquilas?-Traduzco garfato por puñado y supongo a los peones de que habla el fuero, cargados con arganzas o alforjas. Véase arganzas en el Ap. IV.

54  Como el reino de León no es tierra de olivares, he dudado si llegaría aceite al mercado leonés las cuartas ferias. Los textos me han resuelto el problema. Llegaba ya en el siglo X, y llegaba de Zamora. En la donación de Ordoño II a la Iglesia de León de alredeor de 916 (España Sagr., XXXIV, 441) se lee: «offerimus de nostro partatico pro illas septem solemnitates majores de Sancti Martini usque ad Pentecostem, pro una cuique solemnia XIIim. libras de cera, et XIIim. argenteos incensi Libani; et pro diem Ramos palmarum duas mensuras olei, quos dicunt refrenas ad faciendum Crisma». Y puede suponerse con fundamento que el aceite venía de Zamora, porque en Zamora hay y había olivos, según consta en un diploma de 945 (Escalona, Historia de Sahagún, 393). Ramiro II, que concedió a Sahagún en esa fecha la villa de Traviesa, dice en él: «Et dedisti nobis por ipsa Villa tres Acenias in Zamora ad olivares iusta palatium nostrum».

55  En documentos leoneses sólo encuentro cita de salinas en una donación de Ordoño II, al monasterio de Sahagún, de las de Barnelio (920. Barrau-Dihigo, Notes et Documents... Rev. Hisp., 1903, 360). Frente a esta cita única hallo multitud de textos que mencionan salinas gallegas, portuguesas, asturianas y castellanas. De salinas portuguesas se habla en diplomas de 929 (P.M.H.; D. et Ch., 22) y 978 (Arquivo distrital de Braga. Gaveta 1.ª das Igrejas de Braga); en Galicia se cita el condado Saliniense, y se mencionan salinas enclavadas en él en textos de 886 (López Ferreiro, Historia de Santiago, II, 34, Ap.), 911 (L. Ferreiro, Hist. Santiago, II, 65, Ap.) y 947 (Colección diplomática de Galicia histórica, 451). Se habla de salinas asturianas en el diploma sospechoso de 853 (Esp. Sagr., XXXVIT, 320) y en otro de 905 (Esp. Sagr., XXXVII, 331). Hallo también algunas salinas en la Montaña en un documento de entre 953 a 967 y en otro de 987 (Cartulario de Santillana, ed. Jusué, 16 y 41). Pero la mayor parte de las noticias que nos brindan las escrituras del siglo x sobre salinas proceden de Castilla. Hay citas de salinas en textos de 932, 942, 945, 947 y 988 (Llorente, Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, III, 183, 320, 324 y 338); de 978 (Cartulario de Infantado de Covarrubias, ed. Serrano, 18 y 33); y de 902, 945, 959, 961, 962, 962, 964, 967, 978, 978, 978, 980, 984 y 985 (B. de Cardeña, ed. Serrano, 120, 301, 313, 302, 304, 311, 317, 315, 312, 307, 308, 322, 321, 318 y 306). La mayor abundancia de salinas conocidas en Castilla y la mayor comodidad para el transporte de la sal en recuas de pollinos desde Salinas de Añana, Salinillas de Bureba o Poza de la Sal hasta León –la calzada romana de Zaragoza a Astorga por Briviesca facilitaba el acarreo– me ha movido a atribuir procedencia castellana a la sal que se vendía en el mercado leonés.

56  Aparte de que es natural que se vendiesen todos estos productos y animales en el mercado de León, los documentos nos comprueban el consumo de la mayoría de los mismos por los leoneses del siglo x, y aún en concreto la entrada en la ciudad de algunos de ellos. Apartados y lejanos de León los pinares, en vez de teas los leoneses utilizan hoy, y suponemos que usarían siempre, ramas de urce.–El empleo del sebo en León está acreditado por el art. XLIII del Fuero (Muñoz, Colección, 71), y aún consta que se media y pesaba por arreldes, es decir, por libras de 12 onzas.–Según el fuero de Fenar de 1042, los habitantes de aquel pueblo se hallaban obligados a dar una gallina cada uno al señor una vez al año (Anuario de hist. del dcho. español, I, 372).–Las citas de palomares no son extrañas en los textos de la época.–Panares de cera se mencionan en un documento de 980 (Cartulario de Santillana, edición Jusué, 31); los vecinos de Fenar debían dar también al señor dos libras de cera (Anuario, I, 372), y prescindiendo de las citas de cirios, el pasaje de la donación de Ordoño II a la iglesia legionense (916. España Sagrada, XXXIV, 441, véase en la nota 54) prueba la entrada de cera en el mercado de León, puesto que el rey concedía 12 libras de la que se recaudase en su portazgo.–Una libra de pimienta habían de entregar al señor de Fenar los moradores del concejo (Anuario, I, 372), y libra una piperis recibía la Iglesia de León del portazgo de la ciudad después del día de Pascua (Esp. Sagr., XXXIV, 441, 916).–En un documento de procedencia leonesa y de la primera mitad del siglo al inventariarse los objetos y animales embargados o robados en la casa de Santa María de Bezdemarbán (Menéndez Pidal, Orígenes del español, 28), se habla de ánades, y de «XIV ansares» en una escritura de 973 (B. de Sahagún, fol. 53).–Los hombres del siglo X gustaban mucho del queso. Ya hemos vistos que los vecinos de Cirueña yantaban de mañana comuña, queso y cebollas los días que prestaban sernas al señor (Fuero de Cirueña, 972, B.A.H., XXIX, 348). De quesos se habla en documentos de 835 (C. Sobrado, fol. 12 v.°) y de 936 (Becerro de Sahagún, fol. 171). En 858 Letasia se mezcló en adulterio con un siervo, y juntos se comieron cuatro vacas y sesenta quesos (A.H.N., Cart. Sobrado, I, fol. 31). Conocemos, por último, la lista de los quesos gastados en 980 por el despensero del convento de San Justo y Pastor en Rozuela (Menéndez Pidal, Orígenes del español, 27).–Abundan las citas de sícera en documentos leoneses. Los hallamos en textos de 904 (Arch. Cat. León, 56), 908 (Idem, 58), 941 (Id., 80), 959 (Id., 104), 960 (Id. 107). Los pueblos de Manzaneda y Villanueva de las Manzanas conservan aún el recuerdo de los viejos pomares de la tierra leonesa. Por último, también pesaba sobre los moradores de Fenar la obligación de dar al villicus del señor media terraza uino uel sizera (Anuario, I, 573). Todos estos detalles permiten sospechar que se fabricaba sidra en comarcas próximas a León.–El nombre de Grullarios –no se olvide que don Enrique de Villena menciona las grullas entre las viandas que se yantaban en su época– dice tanto como cualquier diploma. Al propagarse la cría de los pavos, los grulleros se han convertido en paveros, según me asegura don Laureano Díez Canseco.

57  Estas eran las cantidades que se pagaban en Villavicencio (Muñoz, Colección, 173). Me permito suponerlas recaudadas también por el sayón en el mercado leonés.

58  Ya he probado que podía venir y que de hecho venía aceite a León desde Zamora, pero no olvido que Zamora es punto extremo de la zona olivarera de la Península, donde, por tanto, la cosecha de aceituna no permitiría a un tiempo satisfacer las necesidades del consumo local y proveer con abundancia los mercados del reino de León.

59  El uso del sevo en las comidas por los leoneses del siglo x me parece probable. La obligación de los macellari legionenses de dar al sayón por vendimias un «arrelde de sevo», y las actuales costumbres de los campesinos leoneses y aun de los barrios populares de nuestras ciudades, me inclinan a sospecharlo así. Pero ¿no usarían además la manteca? No he encontrado cita alguna de manteca en los diplomas de aquel tiempo, ni tampoco la ha hallado en ellos hasta hoy Menéndez Pidal, al reunir noticias para el eruditísimo vocabulario del lenguaje de entonces que prepara. La primera mención de la manteca que conoce, según me comunica, se refiere a textos mozárabes del siglo XII. Y, sin embargo, ¿cómo dudar de su empleo en un país tan ganadero y tan distante de la zona de cultivo de la oliva, que apenas llega y llegaría a tierras de Zamora? ¿Emplearían la palabra sebo de un modo genérico para significar también la manteca? Hoy se usa más en la montaña que en la ribera.

60  En nuestros días se emplea aún en tierras de León el aceite de linaza, procedente del valle del Órbigo, como aceite de arder. La escasez del de olivas que debía padecerse en el período que estudiamos, la gran difusión en éste del cultivo del lino y la circunstancia de que todavía hoy prefiera el pueblo leonés el aceite de linaza en el guiso de determinados platos, me mueven a considerarlo ya de uso muy general en el siglo X.

61  ¿Se fabricaría aceite de nueces en tierras leonesas? Consta que se elaboraba en Asturias. Los siervos de la Iglesia ovetense pertenecientes a la progenie de Velliti Garciaz estaban obligados a «levare nozes ad Oveto, facere ex eas oleum et dare ad coquinam» (Muñoz, Colección, 124). Dado el gran número de nogales existentes en la campiña de León, no es imposible que, como en Asturias, se hiciese también aceite de nueces en tierras leonesas durante el siglo x; pero si se hizo, debió ser tal fabricación poco frecuente, puesto que mientras hoy se sigue elaborando aceite de linaza, no se prepara ni consume el de nueces.

62  Nava de Olleros aparece en documentos de la primera mitad del siglo XI (T. Leg. fol. 293).

63  Supongo fabricando estos objetos de madera a los habitantes de Torneros, aldea muy cercana a León, ya existente en el período que interesa. Multitud de diplomas del Tumbo Legionense hablan de Tornarios en el siglo X y nos descubren que ya se hallaba despoblada a principios del XI, sin duda a consecuencia de las devastaciones metódicas de Almanzor. El uso de vajilla de madera está de otra parte comprobado por diversos textos de la época. Véase: Vasa lignea en el Ap. IV.

64  No es preciso acudir a los textos para sospechar con fundamento la venta de todos estos enseres en el mercado de León, porque mientras muchos productos naturales podían ser cultivados o criados por los leoneses en sus propias tierras, y otros objetos industriales podían ser fabricados en los propios hogares, no es probable que pudieran conseguirse de esta forma los citados ahora. Importa, a lo sumo, comprobar su uso en aquella época, y esta comprobación es posible respecto a la mayoría de los instrumentos mencionados. En el inventario de los objetos tomados por los sayones en la casa de Santa María de Bezdemarbán (Menéndez Pidal, Orígenes del español, 29) se citan: VIas. exatas (azadas), Ia. exola (azuela), Io. cadnato (candado), Ia. conga de allaton (cuenco de latón), Ias. tonsorias (tijeras), Io. cultello de mensa (cuchillo de mesa), Ias. faucinas de messe segar (hoces) y Ia. segur (hacha)». Ganzas (calderas), figuran en diversos inventarios. Aszatas (azadas), secures y relias (rejas), en una escritura de 978 (Cart. de Covarrubias, ed. Serrano, II); mortarios ereos, en varios diplomas de 917 (T. Legionense, fol. 349) y 970 (T. Leg., fol. 334); I.ª caldera, en uno de 996 (B. de Sahagún, fol. 147), y rejas en varios. Concretamente aparecen éstas vendidas en el mercado, en el Fuero de Villavicencio (Muñoz, Colección, 174). Los vendedores serían tal vez abuelos de Domingo, el herrero, que años después alzó una tienda fija en el mercado de León, no lejos de San Martín, como atestigua un documento de 1029 (Arch. Cat. León, núm. 195, véase después, Ap. I, núm. 41) ¿Por qué no suponer que alguno de ellos usaría ya en las postrimerías del reinado de Ramiro II el mismo nombre que su supuesto nieto?

65  Imagino que de esta manera, mediante el trueque directo de productos naturales por instrumentos de fabricación industrial, se cerrarían muchos tratos. Los documentos de la época nos hablan con frecuencia del cambio o venta de tierras por granos, telas u objetos diversos. Con mayor facilidad debían realizarse estos trueques que supongo arriba.

66  Durante siglos han provisto de carros y otros aperos de labranza los aldeanos de Saliame o Sejambre a las gentes de la montaña y de la ribera. El espléndido y maravilloso bosque del puerto vecino del Pontón ha sido siempre rica cantera para los materiales necesarios a la fabricación de tales instrumentos. De carros nos hablan con relativa frecuencia los documentos del período que nos interesa. No así de bieldos, manales, forcados... No dudo, sin embargo, de su uso ni de su entrada en el mercado leonés. Se emplea aún en tierras leonesas en rincones apartados de la montaña, como me comunica Díez Canseco y me confirma Dantín Cereceda, que se dispone a publicar un estudio sobre la vida en estos lejanos valles de los montes de León. Se usan en otros puntos extremos de región tan tradicionalista como Galicia, y el profesor Krüger, de Hamburgo, los ha hallado en tierra de Sanabria, comarca hispanoportuguesa que, aislada del tráfico mundano, conserva un dialecto remoto, vive ruda y miserablemente y demuestra en sus viviendas, ajuar doméstico, aperos industriales y de labranza, costumbres y lengua que ha visto correr los siglos sin transformarse, y que saborea hoy una vida que acaso no dista mucho de la que trato de estudiar en este trabajo.

67  De un pueblo, «Rotarios», situado no lejos de Macellarios, en el alfoz de León, se hallan ya diversas citas en diplomas de 925 (T. Legionense, 467) y de 929 (T. Legión, fol. 452 v.°), ambos relativos al monasterio de San Cosme y San Damián. En los dos –el segundo es una donación de Alfonso IV– se delimitan unas tierras «in primis per illa Karraria antigua que uadit de Rotarios per ad Monasteriola». El nombre de tal aldea me inclina a suponer a sus moradores fabricantes de las típicas ruedas sin radios que con formas diversas se usan todavía, que yo sepa, en León, Asturias y Galicia, y en Sanabria, según Krüger (Die Gegenstandskultur Sanabrias und seiner Nachbargebiete, Hamburgo, 1925, fotogr. 55 a 62).

68  De carros valorados en tres sueldos se habla de dos escrituras de 969 (B. de Sahagún, fol. 213) y 979 (Escalona, Historia de Sahagún, 425). Los campesinos leoneses distinguen aún por el sonido el carro que pasa chirriante junto a ellos, la calidad del mismo.

69  Con el nombre de folies o con otro distinto presumo que se usarían ya botas o recipientes parecidos. De Arbolio o Argüello eran hasta hace poco muchos arrieros leoneses.

70  En el inventario de los objetos embargados o tomados en la casa de Santa María de Bezdemarbán figuran: «1.° corlo de boue et alio de cauallo» (Menéndez Pidal, Orígenes del español, 29). Es probable que se vendiesen también en el mercado de León.

71  «1.° folle cabruno» se menciona en el citado inventario (Menéndez Pidal, Orígenes..., 29). Me permito conjeturar que llamaban folles cabrunos a los pellejos destinados a la arriería del vino, que todavía se hacen hoy con pieles de cabra.

72  El pueblo de Toledanos figura ya en documentos del siglo X. Véase, por ejemplo, una donación de Bermudo II a la iglesia leonesa de 984 (T. Leg., 19 v.°).

73  Sobeios, tórdigas, cabestros y sogas se usaban ya hace mil años, como se siguen empleando hoy y con los mismos nombres. En el inventario del embargo sufrido por la casa de Santa María de Bezdemarbán (Menéndez Pidal, Orígenes..., 128) se mencionan «Mes. tordegas et IIIes. soueijos et IIIIor. kapestros». Se citan sogas en un diploma de 980 (C. de Santillana, 31).

Consta que algunos de estos objetos se llevaban al mercado de Villavicencio. En el fuero de este lugar se lee: «Et qui vendiderit duas tordacas non det portatico» (Muñoz, Colección, 173). Con más sazón debían venderse tórdigas, sogas, etcétera, en el mercado leonés. ¿Es muy aventurado suponer que también se venderían coyundas y sus bueyes? Los textos citan genéricamente «el atondo y el loramen de las carretas». ¿Estarían incluidas dentro de ellos coyundas y melenas, como lo estaban cabestros y sobeos?

74  En varios documentos de 958, 1010, 1021, 1021, 1022, 1022, 1022, 1022, 1022, 1024, 1028 (T. Leg., fols. 376 v.°, 246, v.°, 298, 275 v.°, 298, 249 v.°, 283, 319, v.°, 323 v.°, 361, 284 y 251), 1030 (Arch. Cat. León, núm. 152), 1030 (EscalonaHistoria de Sahagún, 438), 1031, 1032, 1032, 1032, 1033 y 1035 (T. Leg., fols. 258, 252 v.°, 255 v.°, 275, 301 v.° y 341 v.º) se registran ventas de tierras, viñas, casas..., por sueldos «pondere pensatos». El número de los textos atestigua la frecuencia de tal práctica. Ciero que se refieren casi todos a principios del siglo XI, pero ya hay alguna de mediados del X, y es posible que pesándose de antiguo los sueldos, sólo se introdujera en las fórmulas notariales la costumbre de consignar tal detalle en la época a que se refieren la mayoría de los testimonios reunidos. No encuentro razón para suponer novedad del primer tercio del siglo XI un sistema que era natural se emplease desde siempre en el reino de León. Una de las escrituras mencionadas nos declara cómo se hacía públicamente el peso de los sueldos. El vendedor recibió «in pretio X argentios sólidos, et fuerunt in pondere pesatos coram multitudine» (1010 T. Leg., folio 246 v.°).

75  Los zavazoures de León aparecen en el artículo XXXV del fuero de 1020. Muñoz, en sus Notas a los fueros latinos de León (Colección, 152), siguiendo a Lista, considera a los zavazoures leoneses zaharrones o juglares. Hoy se conoce el verdadero significado del vocablo en cuestión. En Córdoba el zabazoque era juez o inspector del mercado, y de sus sentencias podía apelarse ante el juez de la ciudad (Al-Juxaní, Historia de los jueces de Córdoba, trad. Ribera, 121 y 220). Esto mismo eran probablemente los zavazoures leoneses, y el artículo XXXV del Fuero parece comprobarlo al hablar de ellos en unión de los carniceros. El abolengo mozárabe de la palabra es indiscutible, pero no es tan seguro el de la institución. Advirtamos que en Córdoba había un zabazoque, según se deduce de los citados pasajes de Al-Juxaní, y, por el contrario, los diversos textos del Fuero utilizados por Muñoz y Romero para su edición pluralizan el término. El zabazoque cordobés de los siglos IX y X dependía del poder central, como todos los que regían la ciudad, que no era autónoma en su régimen, que no existía en el sentido jurídico que tuvo la voz ciudad en Europa durante la Edad Media. Y los zavazoures eran ya, probablemente en 1020, de elección popular. Puesto que el conde gobernador y juez de la ciudad lo nombraba el rey, y el rey designaba también al merino y al sayón, a los zavazoures sólo parece referirse la elección de justicia que se realizaba el día primero de cuaresma en el capítulo de Santa María, según dispone el art. XXIX del Fuero. He estudiado de nuevo el tema en mi Ruina y extinción del municipio romano en españa e instituciones que le reemplazan, Buenos Aires, 1943, Ap. 3.°, 142-145.

76  He aquí varios textos en prueba de la circulación de moneda sarracena por el reino de León. Ordoño II declara en 915: «Multis quidem notum manet eo quod genitores mei diue memorie adefonsus rex ac exemena regina... hordinauerunt pontificibus gemnadio et frunimio quingentos metcales ex auro purisimo huic sancto loco iacobo... (L. Ferreiro, u, 85, d, Ap.). En 943 se vendió una iglesia en «XXXX et V solidos Hazimis» (P.M.H., D. e Ch., 30). En un documento portugués de 972 se lee: «Et ego zuleiman accepi de uos argentum solidos XXII°, XVII solidos hazimis et V solidos mahomati» (P.M.H., D. et. Ch., 76); en otro gallego de 984: «et accepi de te Petro abbati in meam offertionem argenti solidos XLV quod mihi bene complacuit et fuit argentum hazumi» (Cart. de Sobrado, fol. 28 v.°); y mediante otro de 1016, Zuleiman iben Giarah vendió al monasterio Laurbanonense su parte en Villa Villella «pro XXi, solidos de argento Kazimi» (P.M.H., D. et Ch., 143).

77  ¿Se referirán a sueldos francos las menciones de «solidos gallicanos, gallicenses, kalicenses, calicenses o galleganos que hallamos en las escrituras de los siglos IX a XIl? Así se ha creído hasta ahora. Me sugieren algunas dudas tres consideraciones: 1.° La exclusiva procedencia galaico-portuguesa de las citas de tales sueldos que conozco. ¿Cómo explicar que sólo se hable de solidos gallicanos en Gallaetia si fuesen sueldos francos? ¿Por qué había de ser en Galicia donde corriera la moneda francesa? 2.° Para designar objetos de procedencia ultrapirenaica se emplea en los documentos la palabra francisco ¿Por qué usar otro término distinto para la moneda? 3.° Obsérvese en un texto de 955 (P.M.H., D. et Ch., 40) se les llama galleganos. ¿Entenderían los hombres del X por sueldos gallicanos sueldos de Galletia? No me decido a negar en absoluto la posibilidad de que fueran, en efecto, sueldos francos, puesto que es posible interpretar como consecuencia de diferencias de estilo notarial el silencio que guardan los textos leoneses y castellanos al calificar los sólidos de que hablan en la casi totalidad de los diplomas. Adviértase que tampoco las citas de sueldos mahomati o romanos proceden de León ni de Castilla. También me contiene en la negativa la circunstancia de que los numismatas españoles niegan la acuñación de moneda en esta época; y si esto es así, ¿qué podían ser esos sueldos gallicanos? De ellos se habla en documentos de 900 (Arq. de Braga, Liber Fidei, fol. LX), 905 (T. Celanova, fol. 43), 924 (P.M.H, D. et Ch., 19), 929 (P.M.H., D. et Ch., 22), 941 (Cart. de Sobrado, t. I, fol. 28), 955 (T. Celanova, fol. 128 v.°), 955 (P.M.H., D. et Ch., 40), 962 (C. de Sobrado, I, fol. 26 v.°), 984 (P.M.H., D. et Ch., 89) y 1000 (T. Celanova, fol. 66).–He tenido la satisfacción de comprobar lo fundado de las observaciones anteriores, con el descubrimiento de sueldos suevos por W. Reinhart. Ha dado noticia de los mismos en dos monografías: Die Münzen des Swenreiches, Mitteilungen des Bayerischen Numismatischen Gesellschaft, München, 1937, y El reino hispánico de los suevos y sus monedas, Archivo español de Arqueología, 49. Madrid, 1943. Y ha insistido sobre el tema en confirmación de mi tesis en Los sueldos «Gallicanos», monedas gallegas, Cuadernos de estudios gallegos II, 194. Agradezco sus palabras desde aquí.

78  En 952 Uiuildi vendió a Froila una villa en el territorio Uarganense «pro pretio que nobis dediste –dice– XXVIII sólidos romanos usum terre nostre» (P.M.H., D. et Ch., 37).

79  Esta era la opinión de Vives, cuyo discurso Origen de la moneda castellana (Madrid, 1901) es todavía, que yo sepa, la última palabra publicada sobre este tema, pues permanece inédito el libro que acerca de este asunto prepara Pío Beltrán, y Mayer no toca esta cuestión en su Das ältere spanische Münzwesen. Archiv für Strafrecht und Strafprozess, 1919, B. 67; estudio interesante, aunque incompleto y escrito desconociendo los trabajos de Vives y de otros nimismatas españoles. Después de publicada la primera edición de estas Estampas he examinado de nuevo el tema en un estudio titulado La primitiva organización monetaria de León y Castilla, Anuario de historia de derecho español, V, 1928, 301-345. García de Valdeavellano ha confirmada la tesis que defendí en esta monografía sobre el carácter de moneda real de la primera acuñada por Alfonso VI, en el excelente estudio que he citado en la nota 44. Sobre la posible acuñación de moneda de oro en el reino de León a fines del siglo XI véase la monografía de Jorge Serrano Redonet: Ovetensis monetae, Cuadernos de Historia de España, I y II, 1944, 156-189. Ignoro en Buenos Aires si Pío Beltrán ha publicado la obra señalada arriba.

80  No puedo dudar de que se vendían abarcas y zapatones en el mercado de León, puesto que se llevaban al de Villavicencio (Fuero de Villavicencio. Muñoz, Colección, 173).

81  ¿Es aventurado suponer que se traficaría en pieles y en telas en el mercado leonés? Téngase en cuenta, de una parte, el clima frío de León, la cita frecuente y la baratura relativa de las pieles; de otra, el lujo que reflejan, por lo que hace a vestidos, a paños y a ropas de mesa y de cama, las escrituras de la época; y, por último, adviértase la importancia que da el fuero a la industria textil legionense cuando autoriza a acogerse a León libremente no a todos los juniones –de cabeza–, sino sólo a los cuberos y alvendarios o tejedores (art. XX).

82  De una sencilla piel valorado en tres sueldos se halla en un documento de 961 (B. Sahagún, fol. 74); de una pelle conellina de cuatro sueldos en otro de 959 (Arch. Cat. León, núm. 105), y de otra de cinco en un texto de 953 (B. Sahagún, fol. 156 v.°). Pieles corderas de seis sueldos aparecen en dos diplomas de 987 (A.H.N., Clero Sahagún, Leg. 620, núm. 438 y Escalona, Historia de Sahagún, 433); pieles de siete, en un texto de 933 (B. Sahagún, fol. 217 v.°), y una piel de ocho sueldos en una escritura de 1002 (T. Leg., fol. 306).

83  En tres sueldos se aprecia un tapete en una escritura de 937 (T. Leg., fol. 216).

84  En ese precio se valoran «II galnapes» en un diploma de 960 (A.H.N., Clero Sahagún, Leg. 620, núm. 393, y B. Sahagún, fol. 76 v.°).

85  De un manto azul de cinco sueldos se habla en un documento de 944 (B. de Cardeña, ed. Serrano, 56).

86  Así se aprecia en un texto de 1020 (C. de Santillana, ed. Jusué, 61).

87  En 30 modios se valora una en un diploma de 960 (P.M.H.; D. et Ch., 49).

88  Una saya vermelia de habi, apreciada en 15 sueldos, se cita en una escritura de 994 (B. de Cardeña, ed. Serrano, 282).

89  Hasta nuestros días ha durado la costumbre de hilar en los hogares.

90  Estas son las cantidades que recaudaba el sayón en el mercado de Villavicencio (Muñoz, 173-74).

91  He imaginado la escena cuyo relato comienzo ahora teniendo a la vista los artículos XLVI y XLVII del Fuero de León que prohíben perturbar el mercado con armas y prendar dentro del mercado desde la mañana hasta vísperas. No se prohíbe lo que no ocurre alguna o muchas veces. Pudo, por tanto, tener lugar en cualquier ocasión y fecha el suceso que describo. Elijo como acreedor a un judío leonés, por la tradición de gentes dedicadas al negocio del crédito que pesa sobre los hebreos y porque consta que había judíos en León y aun que habitaban en número considerable y gozaban de cierta consideración e influencia. El art. XXV del Fuero dispone que cuando un peón viviera en solar ajeno y quisiera vender la casa en él edificada «duo cristiani et duo iudei aprecientur laborem illius». Diversos diplomas leoneses de la época confirman la presencia de hebreos en la ciudad. He publicado hace poco en mi Serie de docs. ind. del reino de Asturias, Cuadernos ha. Esp., I y II, 1944, 346-347, una escritura leonesa fechada en 905 por la que un presbítero llamado Lázaro donó al monasterio de Abeliar la tierra y el agua que había recibido de un monje llamado Habaz, judío convertido al cristianismo.

92  Sobre el desarrollo de la usura o a lo menos del préstamo en el reino asturleonés y acerca de sus consecuencias en la formación de las grandes propiedades durante el siglo X, he de escribir en el libro Instituciones..., anunciado arriba. Queden para entonces los numerosos textos reunidos a este propósito. Mas vayan aquí dos en prueba de la práctica de la usura en León. En 964 Mercadarius vendió al abad Sesualdo una corte situada cerca de Puerta Cauriense y adquirida «ex peccucnia mea –dice– de Miro Barraze quem ad me acceperat ad usuram et per annis pluris et placidos legabiles et multum eis excessos tradidit mihi ipsa corte qua et propter peccunia quam michi neglexerat et placitos exesserat coram multis testibus» (T. Leg., fol. 447 v.°). Citi vendió al presbítero Gutier una viña en 994, recibiendo por ella «eminas II de uino que ferunt de renouo» (Arch. Cat. León, 157).

93  Diversos documentos de la época hablan del señor de Luna. Entre otros, un pleito entre su vicario y el del monasterio de San Cosme y San Damián terminado en 1011 (T. Leg., fol. 471). De los infanzones al servicio de condes y magnates laicos y eclesiásticos hablaré en la Estampa III, nota 22.

94  Sobre la prenda extrajudicial autorizada en León a lo que parece deducirse del art. XLVII del Fuero, que sólo la prohíbe en el mercado a las horas ya indicadas, véase el capítulo que la dedica Hinojosa, en El elemento germánico en el derecho español, trad. G. Sánchez, Madrid, 1915, 79-106.

95  Obsérvese que la cifra de 60 sueldos –en los mss. que Muñoz siguió al editar el Fuero se lee XL, en el art. XLV, pero el error es manifiesto habido en cuenta el art. XLVI y confirma la realidad del yerro la nueva edición de Vázquez de Parga: Anuario XV 1944– coincide con la del Bann regio en la monarquía franca. Interesa citar aquí el libro de Huvelin: Essai historique sur le droit des Marchés et des Foires, París, 1897. Véanse también los excelentes estudios, publicados después de la aparición de las primeras ediciones de esta obra, García Valdeavellano: El mercado. Apuntes para su estudio en León y Castilla, durante la Edad Media, Anuario his. dcho. esp., VIII, 1931, y Virginia Rau: subsidios para o estado das feiras medievaís portuguesas, Lisboa, 1943.

96  Véase en el plano de León, que ofrezco en otra parte, el itinerario desde el mercado hasta la Corte de don Arias, núm. 9 del registro de aquél.

 

Ciudadano. Dibujo parcial de una miniatura del Beato de Liébana de la Catedral de Gerona. Fol. 34.
Ciudadano. Dibujo del Beato de Liébana (Fol. 34), en la Catedral de Gerona.
Biblia de San Isidoro de León (s. X). Salida de Egipto: los hijos de Israel, bueyes, ovejas, cabras. Fol. 38 v. (Foto Manuel Viñayo).
Beato de Liébana, en la Catedral de Burgo de Osma. Escenas agrícolas. (Foto Oronoz).
Dos Magnates. Dibujos parciales de una miniatura del Beato de Liébana de la Biblioteca Nacional (Madrid) que representa una reunión de Nabucodonosor y sus sabios.
Dos Magnates. Dibujos parciales de una miniatura del Beato de Liébana de la Biblioteca Nacional (Madrid) que representa una reunión de Nabucodonosor y sus sabios.
Biblia de San Isidoro de León (s. X). Representación de San Mateo y San Lucas. Fol. 400 r. (Foto Manuel Viñayo).
Biblia de San Isidoro de León (s. X). Aarón en el Tabernáculo. Fol. 50 r. (Foto Manuel Viñayo).