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HUELLAS DEL ROMANCE NACIENTE 1. Sobre la vacilación lingüística de los documentos. Una vez fijado el texto por el paleógrafo y tras una primera lectura en clave latina, llega el momento de estudiar con detalle la lengua que nos transmiten estos documentos. Inmediatamente advertimos que no están escritos sólo en latín sino que utilizan, en muy diverso grado, una complicada mezcla de registros oral y escrito, latino y romance. Nos sorprende, de entrada, encontrar en un mismo documento párrafos que solo son inteligibles desde el latín, junto a otros cuyo aspecto refleja un modelo de lengua mucho más cercano, más romance en definitiva. Vemos, sobre todo, que en unos y otros no existe la correspondencia entre grafías y fonemas a la que estamos acostumbrados, de forma que podría parecer que las normas de escritura de estos documentos son tan caprichosas como incomprensibles. Fijémonos, por ejemplo, en el documento nº 2. Se comprobará de inmediato que está plagado de grafías tan burdas y descuidadas como estas: Ibso, -s por ipso, -s (lin. 6,72, 9), lonpa o lompa por lomba (lín, 4, 52), deuersa por defensa o deuesa (líne. 3), mizi o mici por mihi (lín, 1, 2, 72), gum por cum (lín. 6, 12), goncedo por concedo (lín. 13) ... y así otras muchas más. Lo que no es asunto de un texto concreto. En otros de los aquí reunidos aparecen, por ejemplo, bratos por pratos (nº 11 lín. 7), Calletja por Galicia (nº 3 lín. 3), Carcia por García (nº 4a lín. 1; nº 4b lín. 3), canado (nº 9 lín. 9) o kanato (nº 7 lín. 1) por ganado. Ahora bien, dada la constante reiteración de este tipo de hechos en diversos notarios, parecería demasiado simple despachar estos ejemplos catalogándolos como la consecuencia de errores o descuidos. Por descuidado que pudiera ser el amanuense de turno, se impone buscar alguna razón que, desde la lógica de la interpretación lingüística, permita explicar este extraño galimatías gráfico. Todo resulta un poco más fácil si alcanzamos a analizar esos aparentes errores dentro de la compleja relación que el amanuense se ve obligado a establecer un modelo de lengua escrita -que por su formación conoce- y la lengua hablada que estará intentando reflejar en el pergamino. Dicho en otras palabras, los especialistas de los scriptoria de esa época no tienen más remedio que trabajar con una herramienta, el alfabeto heraldo del latín con escasísimas innovaciones, que no sirve para representar el abanico de nuevos fonemas que la evolución de la lengua latina ha ido creando, hasta convertirse en romance. Piénsese, sin necesidad de ir más lejos, en los procesos de variación consonántica y de palatalización -iniciados ya en el propio latín- que tan profundamente habían alterado el paradigma consonántico y el inventario de fonemas conocido por los gramáticos latinos y que habían desembocado en esos nuevos sonidos en los que el romance contrastaba claramente con el latín. 2. Vacilaciones originadas por la representación de los sonidos inexistentes en latín. El dilema con el que se enfrentaban quienes trabajaban en los scriptoria de la época o los clérigos de zonas rurales que ejercían la función de scriptor era desde luego arduo. ¿Cómo representar, por ejemplo, las diversas consonantes palatales que se habían ido formando? No era posible, sin más, recurrir al latín pues esta lengua, que carecía de fonemas palatales, lógicamente tampoco disponía de grafías con las que representarlos. De ahí que cada notario buscara sus propias soluciones, uniendo distintas letras para representar un sonido o dando distintos valores a una letra para representarlos por medio de ella. La dispersión de variantes gráficas no se debe, como pudiera pensarse en un análisis superficial, a que los hablantes dudaran de cómo pronunciar los sonidos a que correspondían, sino a la necesidad de tantear soluciones para la representación de los nuevos fonemas. Se dudaba -y se seguirá dudando durante un tiempo- de cómo escribir los nuevos sonidos. En el caso de la ñ, por ejemplo, se exploran diversas posibilidades, aunque casi siempre entran en juego un elemento nasal como la grafía n y otro añadido con el que se trata de indicar el carácter palatal del dígrafo (gn, ni ...). No es extraño incluso que en un mismo documento se opte por soluciones distintas para representar la consonante y, si la comparación la ampliamos a notarios y textos de procedencias diversas, la nómina de formas con las que se grafía la ñ es aún mayor, como vemos en los siguientes ejemplos: «gn»: Bragnias ‘braña’: nº 14 lín. 5; segnos ‘sendos, seños’: nº 18 lín. 4. «ngn» singnalle ‘señal’: nº 2 lín. 7. «ni» Branias ‘braña’: nº 14 lín.13; aniada ‘añada, de un año’: nº 6 lín. 9; seniore ‘señor’: nº 18 lín. 7; uinia, -s ‘viña, -s’: nº 1b (1ª col.) lín. 14; nº 6 lín. 7; nº 8 lín. 4, 5, 9; nº 5b lín. 12, 38 (aunque uinia puede tomarse como un intento de representación del lat uinea, que también aparece como uineas ‘viñas’: nº 11 lín. 7). «nn»: anno ‘año’: nº 17 lín. 19; nº 18 lín. 24; sinnalle ‘señal’: nº 2 lín. 8; Pennamianae ‘Peñamián’: nº 18 lín. 17; Pennamine ‘Peñamián’: nº 18 lín. 15; panno, -s ‘paño, -s’: nº 15 lín. 7; nº 18 lín. 19. «n«: ano ‘año’: nº 10 lín. 3; ogano ‘hogaño’: nº 1b (1ª col.) lín. 11; Penamiane ‘Peñamián’: nº 18 lín 1. «i»: Confiiale ‘Cofiñal’: nº 18 lín. 11, 12; seias ‘sendas, señas’: nº 18 lín. 5. La consecuencia de la necesidad de habilitar soluciones para representar gráficamente los nuevos fonemas la comprobamos en la actualidad cuando nos servimos en las distintas lenguas románicas de soluciones gráficas diferentes para estos sonidos: España, Espanya, Espanha, Espagne, mezcladas a veces con discrepancias fonéticas: folha, hoja, fulla, feuille, foglia... 3. Vacilaciones gráficas en el caso de sonidos existentes en latín. Volvamos ahora a los ejemplos del documento nº 2 y otros similares citados más arriba, para señalar que hay otro tipo de vacilaciones debidas en este caso a que el escribano duda entre utilizarla grafía latinizante secare o pacare o echar mano de la más moderna segar o pagar. Tenemos así pares como los siguientes: loco: nº 6 lín 3; logo: nº 13 lín. 5; locum: nº 3 lín. 2, nº 5a lín. 4 logum: nº 2 lín. 3 equa: nº 7 lín. 5; 13 lín. 18 egua: nº 17 lín. 17 La elección de secare o de segar no supone ningún problemas si quien escribe conoce tanto las formas latinas como las modernas de los romances de la época; pero sí lo es cuando el notario, en lugar de tener un buen conocimiento de las lenguas que corresponden a los dos registros citados, de la único que es capaz es de aplicar una serie de normas básicas que le permiten trasvasar el registro oral (romance) al registro escrito (latino). En este supuesto, acierta al escribir secare o pacare cuando oye segar o pagar, pero, sin más argumentos que el de la mera conversión mecánica de sonidos a grafías, yerra de medio a medio cuando, para escribir rogo ‘ruego’, negar, mandar, provincia o abad aplica la misma regla y los convierte en roco (nº 10 lín. 7, 8, 10; rocum: nº 3 lín. 6), necare (nº 4a, lín 3; nº 7 lín. 10), mantare (nº 4b, lín 4, 5), propintja (nº 5b, lín. 49) o apate (nº 1b, 1ª col., lín. 9), formas aparentemente latinas pero que solo existieron en la pluma del amanuense. Claro está que la extrañeza es mayor a nuestros ojos que a los de quienes utilizaban estas grafías, pues, del mismo modo que escribiendo pacare podrían entender pagar(e), escribiendo necare podrían leer negar(e), por más que la forma que refleja el texto nunca hubiera existido en latín. En otros casos, como en saludem por salutem (nº 2 lín 1), eridate por hereditatem (nº 6 lín. 3) la apariencia latina es aún menor. De todas formas, no todos los cambios gráficos tienen aparentemente esta lógica; es el caso de algunos cuya grafía sorprende aún más: gontra por contra (nº 2, lín 5), gum por cum (nº 2, lín. 6), galzas por calceas (nº 17, lín. 15), bratos por pratos (nº 11, lín. 7) abut por apud (nº 2, lín. 10; mientras que en nº 8, lín. 8 adput supone una actitud opuesta), ederne por aeterne (nº 6, lín. 1). No se han aplicado en ellos las reglas de latinización de la misma manera que en los casos que hemos visto más arriba. ¿Se busca una apariencia latina recurriendo a la ruptura con la pronunciación romance, aunque fuera por un camino inverso al esperable? ¿Tiene que ver con la dificultad de distinción entre consonantes lenes y fuertes, como la que puede ocurrir en algunas otras lenguas? ¿Supone una especie de adaptación a la lengua coloquial desde el formal? Cuando comparamos los casos anteriores con pedicione (nº 9, lín. 2) podría uno tener la sospecha de que un petito latino está siendo adaptado al romance, a la manera como se pudiera adaptar hoy un anglicismo a la estructura fonética de nuestra lengua. En cualquier caso, dista mucho de estar resuelta la razón de este aparente desorden y los textos aquí reunidos aportan abundante material para la discusión y el análisis. 4. Sonidos que laten en las grafías. Si en torno al año mil los romances de León y Castilla coincidían en un buen número de soluciones fonéticas -lo que les hace formar parte de lo que conocemos como romances centrales de la Península Ibérica- mantenían también, desde los documentos más antiguos, algunas diferencias. Es el caso, por ejemplo, de las voces exatas y exola (nº 15, lin. 4), donde encontramos un resultado clasificable específicamente como leonés: estas voces incluyen en sus étimos -asciata, asciola- el grupo /-skj-/ que tiene como resultado castellano la predorsodental sorda / ŝ / açada, açuela, frente al resultado del área leonesa, en el que lo esperable es una solución dorsopolatal sorda / š / que, con cambio de / a- / inicial por / e- /, es justamente la que reflejan las grafías aquí atestiguadas exatas 22 y exola. En la misma línea está el antropónimo Crexes que se repite en varias ocasiones en el documento nº 5b y que, en otros textos, se escribe como Creces. Otra particularidad leonesa en la evolución fonética es el mantenimiento del grupo latino / -mb- / que en castellano se reduce a /m/. Al castellano loma, le corresponde lomba en el área leonesa, sin asimilar las consonantes. Es lo que reflejan en los textos el nombre propio Colomba, el topónimo Lomba o el apelativo lombo: Colonba. Iº mº per emina. (nº 17 lín. 9) |psa terra qui est |n |lla Lonba (nº 10 lín. 9) per |lla lompa de Rouooreto (nº 2 lín. 4) qui lombus ouo <de porco> dio <lo>s (nº 18 lín. 10) τ suos lonbos como los otros (nº 18 lín. 18). Es habitual la presencia de rasgos que reflejan con claridad la procedencia leonesa tanto de los textos como la de quienes los escribieron. Es el caso de la preposición hasta, castellano antiguo fata, fasta, que en leonés carece de cualquier resto de la aspiración inicial que tenía el étimo árabe que la origina: Desde tras de Granada ata lo pelago ... del soto de Confiiale ata u ua la eredade ... desde nas de Granda ata Rogera ... desde Rogera ata inlo Fresno ... Del Fresno ata enna ponte de Uega de Pennamiane (nº 18 lín. 11, 122, 13, 15). En esta misma cita puede comprobarse otra peculiaridad del romance de León que no se da en Castilla, la forma contracta de la preposición en y el artículo que le sigue, incluida la asimilación entre la /-n/ y la /l-/: enna ponte de Uega de Pennamiane ‘en la puente ...’ (nº 18 lín. 15) inna honor de Lio ‘en la honor ...’ (nº 18 lín. 20) IIos dias ina setmana ‘en la semana’ (nº 18 lín. 17) Esta mezcolanza de latín, romance y -más frecuentemente- seudolatín no se produce únicamente en la grafía sino también en el campo de la morfología. Véase, si no, este curioso ejemplo del paradigma del latín habere: “medietate que aueuia in ipsas duas perales” (nº 8 lín. 6). Donde el contexto exige, bien el latín habebat, bien el romance auia, figura, sin embargo, una especie de híbrido aueuia que probablemente solo existiera en la mente del notario. Pero, pese a lo que pudiera pensarse, es un testimonio mucho más valioso para conocer la lengua de la época que las decenas de veces que se utilizan las formas esperables: de este ejemplo podría deducirse que el notario estaba acostumbrado a corregir el romance auia por el latín habebat; al intentarlo aquí de nuevo, falto de pericia quizá, dejó una prueba fehaciente de la forma que intentaba ocultar. En otras ocasiones, los textos dejan pistas aún más claras de la existencia de los dos registros (lo que hoy, en un análisis probablemente algo simplista, llamaríamos romance y latín) que manejan los notarios, particularmente en aquellos casos en que se corrigen las formas que, en una lectura más pausada o más experta, pudieran considerarse impropias del registro escrito. Es significativo el ejemplo del documento nº 16, que cuenta con abundantes correcciones, algunas de las cuales resultan de no poco interés, al dejar patente cuál era la forma coloquial rechazada y cuál la formal, preferida por el notario. La frase “et abebat kartam qui oc dicebat” (nº 16 lín. 11) está escrita sobre otra versión más arromanzada “et abebat kartam qui lo dicebat”. Es decir, ‘y tenía una carta que lo decía’. Frente a las apariencias, no es un cambio nimio el oc por lo, pues muestra lo que sería el registro oral (lo) y su sustitución por un registro escrito, desde nuestra perspectiva, más cercano al latín (oc, hoc). El uso de las preposiciones, la presencia constante del artículo, la conformación del paradigma verbal, el uso de paradigmas como el de los posesivos o el de los demostrativos que muestran estos textos, todo ello indica bien a las claras el trasfondo romance que subyace en la lengua usada en la documentación conservada en los archivos medievales leoneses. La enumeración fuera de contexto de algunos de los sustantivos que con mayor asiduidad se repiten en los documentos nos llevarían a la idea engañosa de una parcial conservación del paradigma casual latino. Es el caso del sustantivo filius, que presenta diversas variantes de la declinación latina: filiis: nº 1a lín. 20; nº 5a lín. 1; nº 11 lín. 2, 62, 8, 9, 10, 13 filio: nº 2 lín. 8; nº 7 lín. 3; nº 15 lín. 16; nº 16 lín. 102 filios: nº 2 lín. 42, 5; nº 13 lín 8; nº 15 lín. 3 filis: nº 3 lín. 9; nº 6 lín. 10 filius: nº 2 lín. 11 Tendríamos representado así parte del paradigma casual latino correspondiente a la declinación de esta voz: el nominativo singular filius, el acusativo plural filios, el dativo-ablativo plural filiis, éste con una variante filis, o lo que parece un dativo-ablativo singular filio. Este último ejemplo es el primero que hay que sacar de la lista pues en realidad el copista debiera haber usado el acusativo filium, no el dativo-ablativo filio. Pero el objetivo del notario no era tanto la corrección latina como el aspecto latino del documento escrito. Es el mismo aspecto formalmente latino que ofrecen los ejemplos siguientes, por más que den enteramente la espalda al sistema casual latino: que mici mostrabit Iustus, filio Abito (nº 2 lín. 8); uenit filio Rodrgigo Moniiz (nº 15 lín. 16); tornarat ... suo filio Petro Feliciz et uxori sue (nº 16 lín. 10), en lugar de filius. et contende Frenando |llo dare ad suo filio Floridi[o] (nº 7 lín. 3), en lugar de filium. No quedan en mejor lugar el resto de los ejemplos si se analizan desde la perpectiva del uso normativo de los casos latinos. El único supuesto caso de nominativo singular que podríamos señalar no pasa de ser, por tener que concordar con las voces junto a las que se cita, una forma de plural que sólo cabría analizar como el resultado romance de un acusativo plural, en el que se cierra la vocal final 23: gontra factum meum ad disrumpendum eunerit uel uenero, hanc fradribus, anc filius, nepotes, anc eredibus meis (nº 2 lín. 11). Respecto a las formas de plural, que parecen concentrarse en el acusativo filios y en el dativo-ablativo filiis / filis, varios de los ejemplos indican la escasa diferencia que los notarios de la época podían llegar a adjudicar a ambas formas. Eso al menos es lo que parece demostrar que en dos secuencias paralelas se utilice ambas opciones como que fueran intercambiables: et Iº kauallo et IIos asinos et Vº oues, cum suos filios, (nº 15 lín. 3) Ego, Ziti, una cum filiis meis (nº 5a lín. 1) Las diversas variantes que relacionábamos arriba quedan ahora reducidas, por tanto , a una forma (romance) de singular filio y a dos formas de plural filios -con variante filius- y filiis (ocasionalmente filis). Pero es que incluso estas dos variantes de plural, aunque en ocasiones se utilicen con cierto sentido de la norma latina en fórmulas consabidas (“per me et per filiis meis”), en otras se utilizan sin ninguna correspondencia con la variante de la declinación que aparentan representar. Tal vez el ejemplo más claro en esta línea sea el documento nº 11, en el que constantemente se utiliza la variante filiis reiteradamente coordinada con el aparente nominativo uxor. qui sumus fides |unsores de Frojla Sendinizi et de uxor sua, Geta, et de filiis suis, (lín. 2) que rouore Frojla Sendinizi et vxor sua et filiis suis iscriptum de sua eredita tene et de uxor sua Geta et de filiis suis, (lín. 6) quantum de ueritate de Frojla et de uxor sua et de filiis est (lín. 8) |n |ure de Petru Flainizi et de uxor uestra Bronildi et de filiis suis (lín. 9) Et si mentire Froila et uxor et filiis suis de iscriptu rouorare, (lín. 10) Et demus Frojla Sendinizi et uxor sua, Geta, et filiiis suis dominatum (lín. 13) ¿Qué sistema morfológico usa quien coloca en el mismo plano el nominativo uxor y el ablativo filiis, ya funcionen como sujetos o como complementos de diverso tipo? Solo parece haber una respuesta: se trata de alguien para quien los casos carecen de cualquier valor funcional y que mantiene estas voces en el caso más frecuente en la literatura notarial: el nominativo para uxor (“Ego XX cum filiis meis vendo vobis ...). Desprovistas una y otra voz de los valores funcionales del caso, pasan a usarse como una mera variante formal, sin un criterio de utilización claro. Si repitiéramos el análisis con cualquiera de las voces usuales en este tipo de textos, observaríamos que, pese a mantener aún una diversidad formal que hace recordar el paradigma latino, lo normal es que el criterio de uso no responda en modo alguno a la aplicación de los criterios funcionales que regían el caso en latín. Así ocurre con las variantes correspondientes a sustantivos como rey (rex, regem, regis, rege) o el relativo que (qui, quem, quos, que, quo, quod ~ cod ~ god ~ cot, quis), etc. La variación gráfica y morfológica que hemos señalado en estos textos permite encontrar, bajo la mezcla de registros que se percibe en ellos, las huellas del romance. Esa huella es bien clara igualmente en el léxico. De los documentos reproducidos en este facsímil, hay uno especialmente interesante para el conocimiento de la historia de algunas palabras hispánicas. Se trata del documento nº 15, en el que se enumeran bienes de Santa María de Vezdemarbán (Zamora), cuya fecha se atribuye a mediados del siglo XI. La difusión alcanzada por el documento, al haber sido incluido en Orígenes del Español de R. Menéndez Pidal 24, unido a la gran riqueza léxica que, -como corresponde a un inventario de bienes- presenta, han hecho que en el DECH 25 se cite una y otra vez como primera documentación de muchas de las voces incluidas allí. Con independencia de que hoy puedan localizarse otras dotaciones más antiguas, este texto figura en esa obra como primera documentación para segur (sequr, lín. 13), túrdiga (tordegas, lín 8), tijera-tonsoria (tonsorias, lín. 6), sobeo (sobeilos, lín. 8), candado (cadnato, lín. 5), carral (caral, lín. 13), hilado (filato, lín. 10), silo (lín. 12), gallina (gallinas, lín. 4), badana (uatannas, lín. 9). Y lo es también para otras como ánade (anate, lín. 4), cabestro (kapestros, lín. 8), azuela (exola, lín. 4), hocino (faucinas, lín. 11), acedo ‘vinagre’ (azeto, lín. 13), cebada (ceuata, lín. 12), sal (lín. 11), sierra con el sentido de ‘instrumento’ (serra, lín. 6) o escuerzo 26 (escorçus, lín. 13) que figuran en el referido diccionario con una datación posterior e incluso mucho más tardía. Es bien significativo también el caso del vocablo bacelare que se registra en el texto más conocido de cuantos integran esta edición facsimilar, la Nodicia de kesos: «in |lo bacelare de cirka Sancte Iuste (nº 1b, 1ª col. lín. 5-7) Bacillar es una voz que figura en la última edición del diccionario académico sin marca diatópica alguna, pero que se usa casi exclusivamente en las áreas leonesas de la Meseta (León, Zamora, Salamanca). No deja de ser sintomático que ya en los testimonios más antiguos 27, figure como la forma usual de referirse a un tipo de viña, concretamente a la ‘viña nueva, recién plantada’. La continuidad del uso regional de este término tan tempranamente registrada queda patente tanto en la toponimia como en los vocabularios dialectales a los atlas lingüísticos 28. Algo similar ocurre con avesedo ‘umbría’, voz que no figura en el DRAE, pero que, con diversos resultados, se usa en todo el Noroeste peninsular 29 y que ya aparece en los textos leoneses más antiguos, como el nº 2 de entre los aquí reunidos: «|n logum predicto |n |llo aueseto (nº 2 lín. 3)». Plumaceo es otra de las voces que aparecen con frecuencia en la documentación leonesa y que resulta muy característica de los textos de la zona. Se trata de un derivado de pluma que figura con variantes ya más latinizantes (plumazo) ya más romances (xumazo o chumaço), pero que en todo caso resulta frecuente como pago en especie en las compraventas o en inventarios de bienes como estos: «Et pro confirmandum azepimus de uos, abba et pater, oues X, plumazo palleo» (nº 1a lín. 17); «|c est: kanabes IIas, plumacos IIos, mantas III, peles IIas, (nº 7 lín. 4). Su sentido es el de almohada o colchón, que originariamente estaban rellenos de pluma, como se puede deducir de su propio nombre. No obstante, la forma con la que figura en el primero de los documentos citados -plumazo palleo- indica que en este momento ha tomado un valor genérico con independencia del material con el que se realizara el relleno, ya fuera de pluma, ya -como ocurre aquí- de un material mucho más humilde como es la paja. En otras ocasiones la documentación antigua nos permite constatar la existencia de variantes o de posibles evoluciones para las que apenas podemos contar con cualquier otra referencia histórica, Es el caso del masculino escosos (“los orfanos escosos”, nº 18 lín. 23), una palabra cuyo uso se constata siempre en femenino con el significado, entre otros, de ‘doncella, virgen’ y que, en el contexto en el que figura, hay que entender seguramente como “huérfanos adolescentes, muy jóvenes aún”. Un hallazgo similar lo tenemos en el documento nº 6, cuando se indica el precio de la venta a la que se refiere el texto, se es-pecifica: |n precio obicula aniada e alia de II quartarios, III uelores de lana,, que mici bene placut (nº 6 lín. 9) Es decir, una oveja de un año en el primer caso y otra de dos quartarios, pero no queda claro qué puedan ser los cuatro velores de lana. No resulta, sin embargo, muy difícil dar con la explicación: en latín, existe un derivado de villu ‘vello’, el sustantivo neutro vellus, -eris ‘vellón’; de ahí proceden vello, vellón, y del neutro plural vellera, vulgar vellora, procede véllora, voz a la que el DECH (s. v. vello) le atribuye ascendencia mozárabe. Tenemos, pues, en la documentación leonesa un testimonio del resultado del neutro vellus, -eris ‘vellón’ adaptado al paradigma del masculino por una vía distinta a la seguida por otros neutros similares como latus, lateris, que parten igualmente del singular para el resultado romance. La forma documentada velores supone un singular latino vellorem, pl. vellores, -es decir, vellus declinado por el paradigma de los masculinos- y un romance véllor, véllores que no registran los diccionarios. Para calibrar en su justo término la enorme riqueza informativa que atesoran estos archivos merece la pena detenerse en un pasaje del documento nº 18, por lo demás muy sugerente por el modelo de lengua que utiliza. Se trata de la secuencia culonios de tega. Todo parece indicar que tendríamos aquí una tempranísima evidencia de dos voces escasamente representadas en los textos antiguos. El DRAE 30 registra coloño con dos sentidos diferentes: como voz regional de Burgos con el valor de ‘cesto’ y de Cantabria con el de ‘haz de leña’. Por su parte, el otro elemento, tega, ha de ser leído hoy como teja 31. Según esto y teniendo en cuenta que estamos ante una relación de foros e impuestos con los que están obligados a contribuir los habitantes de varias localidades de montaña oriental leonesa, lo más fácil sería entender que el documento habla de ‘sendos cestos de teja’ que han de ser pagados como foro por las personas de Villa Escura. Hay, sin embargo, algún inconveniente. De una parte, la montaña leonesa no se caracteriza precisamente por su producción de objetos de cerámica, por lo que no resulta muy apropiado pensar en las tejas De una parte, la montaña leonesa no se caracteriza precisamente por su producción de objetos de cerámica, por lo que no resulta muy apropiado pensar en las tejas como forma de pago de un impuesto en especie. De otra, en el contexto en el que figura esa expresión, resulta también algo forzada esa interpretación inicial del texto: Villa Escura incotada cum suo celero fora inde <s>egnos culonios de tega por seias medaias ad illo montanera de foro. Et in illo pinedo qui pino taio <sengrado> τ illo acalcaron peto Iº b<o>ue. τ super isto monte montanero de entraguas qui uele istos montes ... (nº 18 lín, 4-6). Las referencias a la montanera, al monte, al pinedo y a árboles como el pino apuntan más a una interpretación en el sentido del coloño ‘haz de leña’ que el DRAE atestigua para Cantabria. Más aún, el sentido de ‘haz’ que sigue siendo usual en Cantabria 32 es también conocido en el ángulo nororiental de León -concretamente en las cuencas altas del Cea y del Esla- zona en la que se sitúa el documento. En la cabecera del Esla coloño se utiliza con el significado específico de ‘haz de ramas’, de modo especial las que se recogen con hojas en el verano y que, una vez secas, se utilizan como alimento para los animales en el invierno: ‘echa de comer un par de coloños a las cabras’. Parece indudable entonces que el culonio del texto se refiere a un haz de ramas o de leña. Pero entonces ¿qué es el teja que lo determina? La argumentación en esta segunda hipótesis no habría que buscarla en tegula ‘teja, pieza para cubrir el tejado’ sino en tilia ‘tilio’. La evolución llevó a estas dos voces -tegula y tilia- a un resultado idéntico ya desde los orígenes del romance y quizá fue la propia homonimia lo que hizo que se buscara una alternativa para el nombre del árbol que, a su vez, también encontraría competencia 33 en tejo < taxu. Esta hipótesis puede añadir argumentos a la interpretación de culonio como ‘haz de leña o ramas’: si se tratara de un simple haz de leña no tendría mucho sentido su detallada mención en el documento pues no parece tener entidad suficiente en una lista de impuestos. Otra cosa bien distinta es la recolección de las ramas de un árbol con aplicaciones medicinales -como es la tila- que sí que justificaría ya una mención específica en la relación de foros que han de pagarse por el aprovechamiento de la montanera. Si esta fuera la interpretación correcta, tendríamos en este texto un primer testimonio del uso de teja < tilia atestiguado según el DECH sólo muy posteriormente 34. Lo mismo ocurre con coloño pero, en este caso, la evidencia de su uso en un texto de la segunda mitad del siglo XII es aún mucho más llamativa frente a la referencia de los repertorios lexicográficos del siglo XIX 35 que es la que se ofrece en el DECH. Finalmente, en el campo de la formación de palabras, llama la atención la variedad de voces que se construyen con el sufijo -dura, tan frecuente en los textos leoneses y que hoy tiene especial pervivencia en las zonas del antiguo dominio leonés. Es el caso de la palabra pobladura que da lugar a topónimos (Pobladura, Poladura) repartidos únicamente por el área de influencia histórica del Reino de León (Asturias, León, Zamora, Salamanca y Valladolid). Otros ejemplos son cargadura, cavadura y matadura: et Iª cargatura de sal (nº 15 lín. 10) Per termino de |lla uia e per |lla pena e per |lla kabatura e per |lla uinia (nº 6 lín. 7) que nos morirat |psa muliere de sua ferira nen de sua matatura (nº 12 lín. 8) omines de Penamiane τ de Lilio τ de illas pob<l>aduras τ de illo obispegado (nº 18 lín. 2) super illos montes τ illas pobladuras (nº 18 lín. 8) Aunque no se trata de un rasgo exclusivo de las hablas leonesas, es mucho más frecuente en ellas la formación de nombres de árboles con el sufijo -al. Frente a los castellanos cerezo o manzano, en León son usuales para referirse al árbol las denominaciones cerezal y manzanal que -en lo que constituye otra marca dialectal más- suelen combinarse con el género femenino 36. Tanto del uso sufijo como del carácter femenino del derivado resultante hay diversos ejemplares en esta muestra documental: et |lla cerasare (nº 6 lín. 5) |n |psas duas 37 perales (nº 8 lín. 6) |psa uinia et |ipsas perales (nº 8 lín. 9) ____________ 34 DECH s. v. tilo da la fecha de 1555 y varios repertorios lexicográficos posteriores. |
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