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A Modo de Prólogo

Pequeña Historia de un Descubrimiento

Manuel Lagares
Universidad de Alcalá

 

...Su Magestad, que anhela constantemente el bienestar y la prosperidad de los españoles, se ha servido mandarme prevenga a V. S, como lo ejecuto de su Real orden, que mirando este asunto como del primer interés, excite a los pudientes, o proponga los medios que según las circunstancias de esa provincia sean adecuadas para establecer en ella Caja o Cajas de Ahorro...

Diego Medrano y Treviño a los Gobernadores Civiles.

Real Orden de 3 de Abril de 1835.

He de reconocer que mi interés por quien puede considerarse como el primer impulsor oficial de las Cajas de Ahorros en España se despertó hace ya muchos años, a principios de la década de los ochenta, cuando por primera vez tuve ocasión de examinar, en la Sala de reuniones de la actual Secretaría de Estado de Hacienda, un volumen cuidadosamente encuadernado de la Gaceta de Madrid con el texto de la Real Orden de 3 de abril de 1835. En ella el Ministro Diego Medran instaba a los gobernadores civiles para que impulsaran la creación de Cajas de Ahorros en todas las provincias y poblaciones de importancia.

El nombre de quien había suscrito esa disposición como Ministro de Interior despertó mi curiosidad, pues los textos sobre historia de las Cajas se limitaban a describir por entonces la fundación de los Montes de Piedad como primeros y más remotos antecedentes de las Cajas de Ahorros en nuestro país, señalando en algunos casos que ciertas instituciones similares a los Montes habían aparecido ya aquí a f hales de la Edad Media, aunque el más conocido -y quizá también el primero de los Montes españoles- ese, sin embargo, el Monte de Piedad de Madrid, fundado por el Padre Piquer en diciembre en 1702.

Pero los Montes de Piedad eran entonces y son hoy cosa bien distinta de las Cajas de Ahorros y estas últimas no se crearon deforma estable en España sino a partir de la Real Orden de 3 de abril de 1835. Por eso me hice el propósito de investigar acerca de este Medrano que en 1835 había ordenado a los gobernadores civiles de todas nuestras provincias que mirando este asunto como del primer interés, excite a los pudientes, o proponga los medios que según las circunstancias de esa provincia sean adecuados para establecer en ella Caja o Cajas de Ahorro”.

Pensé también, desde luego, que esa investigación en torno a Medrano no estaría exenta de riesgos, pues solo tendría interés si el papel del Ministro hubiese ido algo más allá que el de ser mero firmante de la Real Orden emitida por su Departamento en 1835. La tarea no resultaba fácil, porque buena parte de la literatura existente concedía todo el mérito de ese primer impulso a Mesonero Romanos y al Marqués viudo de Pontejos, Alcalde de Madrid, que habían formado parte de la primera Junta gobierno de la Caja de Ahorros de esta capital, creada en 1838. Es decir, tres años más tarde de la publicación de la Real Orden suscrita por Medrano y a consecuencia de la misma, como reconocería explícitamente la exposición de motivos de otra Real Orden posterior, la de 17 de abril de 1839.

Pero una cosa suelen ser los propósitos de investigar y otra bien distinta el llevarlos realmente a término. Difíciles circunstancias personales que no hacen al caso me impidieron por aquellos años ocuparme de Medrano, quedando ese trabajo para mejor ocasión, que no se me volvió a presentar hasta que en la Confederación Española de Cajas de Ahorros comenzamos a proyectar los actos del setenta y cinco aniversario de su fundación. Recordé entonces la tarea pendiente y pensé que esos actos podrían constituir adecuado marco para presentar esta investigación, de alcanzarse algún razonable resultado en la misma. Por eso decidí sin más dilaciones encomendar a José Manuel Neira, nuestro bibliotecario-documentalista, que averiguase algo más sobre este personaje que pudiera servir de pista inicial para la investigación.

El trabajo realizado creo que demuestra que Neira se tomó en serio su tarea. Casi lo primero que averiguó fue que Medran era de Ciudad Real y ese dato, de apariencia tan precaria, nos dio sin embargo una pista excelente para continuar nuestras investigaciones. El origen de Medrano me llevó a la idea de preguntar a alguien de Ciudad Real, concretamente a Da Cristina Madero, con quien tengo parentesco por línea política, si en esa ciudad aún existía alguna familia relacionada con nuestro personaje. Su respuesta positiva y su valiosa introducción ante la actual familia Medrano nos proporcionaron una fluida y grata relación con D. José María Henríquez de Luna y su esposa, Da Mª Teresa Medrano Rosales, descendientes directos de Francisco Medrano, hermano mayor de Diego, lo que nos permitió el acceso a los valiosos documentos familiares que conservan, sin los que nuestro trabajo no habría sido posible.

Los datos que fueron apareciendo me afianzaron en la intuición inicial y me permitieron, además, conocer y analizar la única obra publicada de nuestro personaje, las Consideraciones sobre el estado económico, moral y político de la provincia de Ciudad Real; que fueron escritas por Medrano en 1841 y dedicadas a una de sus más queridas creaciones de aquellos años: la Sociedad Económica de Amigos del País de Ciudad Real, de la que fue fundador y a la que impulsó desde supuesto de gobernador civil de aquella provincia entre 1833 y 1834.

La lectura de esas Consideraciones”, y el libre acceso al valioso archivo familiar, a la abundante correspondencia de Medrano y a otras muchas fuentes concatenadas, que con gran paciencia, dedicación e inteligencia realizó José Manuel Neira, nos ha permitido conocer con detalle la apasionante trayectoria personal de Diego Medran y Treviño.

Así pudimos averiguar que, después de cursar es en Granada y Madrid y economía en Alcalá, Medrano había sido un valiente miembro del ejército regular durante toda la Guerra de la Independencia, que inició de cadete en Cuenca y finalizó de teniente coronel de Estado Mayor ocupando territorio francés a las órdenes de Wellington; un hombre fuertemente comprometido con las ideas constitucionales entre 1814 y 1820; un Diputado a Cortes por la provincia de La Mancha entre 1820 y 1822; un Jefe político muy activo en Castellón y Jaén entre 1822 y 1823; un ardiente defensor de sus ideas con las armas en la mano y a riesgo de vida frente a los Cien Mil Hijos de San Luis en ese último año y un militar depurado y condenado al ostracismo del exilio interior durante la Década absolutista. Una trayectoria poco común, incluso para aquellos años de cambios violentos y de personajes bien singulares. El Ministro de Interior que firmó la primera disposición española sobre Cajas de Ahorros había dejado de ser un desconocido.

Esos datos nos mostraron igualmente que Diego Medrano había vuelto a ser persona importante cuando los liberales moderados se hicieron cargo del Gobierno a la muerte de Fernando VII, como lo probaban sus altos cargos políticos, la abundante correspondencia mantenida con Martínez de la Rosa y sus fuertes relaciones con Javier de Burgos, entre otros destacados constitucionalistas de esa tendencia. Pero, sobre todo, demostraban que Medrano había sido alguien muy preocupado por los graves problemas económicos y financieros de aquella complicada época, fundador de Sociedades Económicas de Amigos del País e, incluso, que poco antes de redactar y firmar la Real Orden sobre Cajas de Ahorros había recibido, posiblemente a petición propia, cumplida información sobre los experimentos de este tipo que, sin mucha entidad y con poca fortuna, venían efectuándose espontáneamente en España por aquellas fechas, siguiendo el ejemplo de las recién creadas Cajas de Ahorros inglesas creadas a principios del siglo XIX.

La investigación ha permitido comprobar, por tanto, que la firma de Medrano en la Real Orden de 3 de Abril de 1835 no fue producto casual del hecho de ocupar en aquel momento el Ministerio de Interior es decir, el antiguo Ministerio de Fomento de Javier de Burgos sino consecuencia inmediata de sus reflexiones en los largos años de forzada inactividad política y de su experiencia posterior como gobernador civil de Ciudad Real, de sus contactos con las Sociedades Económicas de Amigos del País y de sus deseos, ampliamente manifiestos en sus escritos, de contribuir al progreso económico y al bienestar de sus conciudadanos. Esas reflexiones y deseos no cabe duda de que coincidían también con las ideas económicas, propias o recibidas a través del exilio, de sus compañeros departido.

Sin duda la creación de Cajas de Ahorros que propugnaba la Real Orden de 1835 fue consecuencia de los ejemplos ya existentes en el Reino Unido, bien conocidos por los liberales españoles de la Regencia de María Cristina. Pero también, y muy especialmente, del impulso personal y decisivo de su Ministro de Interior Diego Medrano y Treviño. A él le correspondió la responsabilidad política de ordenar que se pusiera en marcha uno de los procesos que más honda y positivamente han influido en el sistema financiero español a lo largo de casi los dos últimos siglos de nuestra historia.

Nuestra investigación subraya también que Medrano no se limitó a ordenar a sus gobernadores que impulsaran la creación de Cajas de Ahorros sino que les fijó, además, un conjunto racional y concreto de objetivos al que deberían responder estas entidades. A ese conjunto de objetivos lo hemos denominado en nuestro trabajo Programa Medrano”.

El Programa Medrano señala, tanto a través del contenido de la Real Orden de 1835 como de otros escritos posteriores de su autor, que las Cajas deberían crearse para fomentar el espíritu de ahorro en las clases populares; que el ahorro y las Cajas deberían integrar al hombre en la sociedad evitando su exclusión o marginación, con las desastrosas consecuencias políticas y morales que esta última supone; que las Cajas deberían combatir la usura, compitiendo duramente con quienes la practicasen; que los impositores deberían desempeñar un importante papel en la gestión de las Cajas, para evitar los préstamos forzosos u otros semejantes medios de intervenciónpública en las mismas; que los recursos captados se deberían destinar a inversiones en el ámbito privado y solo en tareas públicas cuando fuesen los fondos públicos el asilo seguro y ventajoso de los ahorros del pobrey finalmente, que la administración de esos recursos debería hacerse por personas dotadas `del espíritu de filantropía ; que fuesen capaces de obtener un rédito proporcionadoy que atendiesen, además, a la seguridad de los depósitos recibidos.

No se trata, en absoluto, de objetivos desfasados para la sociedad española de hoy. Fomentar el ahorro continúa siendo necesario en las sociedades avanzadas como la nuestra, pues en ellas el nivel de ahorro suele ser más reducido que las posibilidades de inversión, lo que significa que somos habitualmente demandantes netos de ahorro en los mercados internacionales, restando oportunidades de financiación a los países menos desarrollados y dificultando también nuestras propias posibilidades de crecimiento. Evitar la exclusión social y, especialmente, la que se deriva de la exclusión de los servicios financieros es otra importante necesidad actual en relación con numerosos colectivos, tales como los de personas de mayor edad, inmigrantes, mujeres, pequeñas actividades empresariales, jóvenes en busca de empleo y otros similares, que no encuentran con facilidad ofertas apropiadas de servicios financieros pese a las numerosas entidades que compiten en estos mercados.

La usura, por otra parte, se disfraza ahora de precios y tarifas oligopolísticas, contra las que solo cabe luchar eficientemente mediante la competencia, lo que hace indispensables a las Cajas en unos mercados en que los Bancos se han concentrado en torno a muy pocas entidades. Del mismo modo, evitar las posibles tentaciones de las autoridades para participar de modo decisivo en la gestión de las Cajas y usar de los fondos depositados en las mismas constituye otro objetivo que no debería perderse de vista, porque la historia de las Cajas de Ahorros está plagada de numerosas y reiteradas ingerencias que quizá se enmascaren hoy bajo formas menos groseras que los coeficientes de inversión obligatoria de épocas anteriores. Y buscar administradores dotados de espíritu de filantropía , que sean capaces de Obtener un rédito proporcionado ; atendiendo, además, a la seguridad de los fondos que gestionan, constituye otro requerimiento también importante en un mundo en el que cada vez más la eficiencia de los administradores se mide por la cuantía de sus retribuciones, locual solo resulta cierto en mercados libres y transparentes que, por desgracia, no suelen ser los más abundantes en ningún país.

Pese al tiempo transcurrido y a las enormes diferencias que nos separan de aquella complicada época, el Programa Medranosigue teniendo plena vigencia hoy. Las Cajas de Ahorros no se diferencian de otras entidades financieras solo por su forma institucional de fundaciones o por la peculiar composición de sus órganos de gobierno sino, sobre todo y especialmente, por el servicio prioritario a esos objetivos, que siguen justificándolas y haciéndolas necesarias en la sociedad actual y que han sido, además, la principal razón de su extraordinario éxito a lo largo de casi dos siglos de existencia. Programa que no deberían nunca olvidar nuestras autoridades ni abandonar quienes gestionan y dirigen las Cajas de Ahorros.