IV.  EL CONCEJO Y SU ALFOZ

 

 

LAS TIERRAS DE BENAVENTE A LA LUZ DE LA ARQUEOLOGÍA
Hortensia Larrén Izquierdo

 

Reconstruir el pasado de un espacio geográfico concreto a la luz de los datos que la Historia proporciona, haciendo uso de los variados métodos de investigación que las diferentes ciencias nos ofrecen, y recomponer y ordenar los resultados, es una tarea difícil y no exenta de errores, cuyo éxito depende del grado de información que se posea en cada momento. Hacer una síntesis histórica de las tierras que compusieron en su día el alfoz de Benavente tropieza con los problemas lógicos de un espacio histórico cuyos límites se con-figuran según los avatares políticos que le son afectos.

La conocida como tierra de Benavente y los valles conlleva una variedad geográfica que se impone a la hora de rastrear unos espacios habitados desde época pretérita, en los que las manifestaciones humanas ofrecen formas diversas dependiendo, a su vez, del momento histórico-cronológico al que correspondan. La bonanza de las tierras que configuraron sus venas de agua contrasta con la dureza de sus formaciones montuosas; cada una de ellas acogió, dependiendo de las necesidades, estructuras de variada génesis que el hombre fue imponiendo en un espacio, poco a poco dominado y dominio, hasta crear una sintonía entre ambos.

Desde que el P. Ledo del Pozo publicara su conocida Historia, muchos y variados han sido los trabajos de investigación que han proporcionado datos de singular importancia para reconstruir el paso del tiempo hasta llegar al momento actual. En este recorrido, la ciencia arqueológica ha supuesto una aportación de primera magnitud para llenar algunos vacíos y, por qué no, crear algunas incertidumbres, con unos datos nuevos, no siempre amparados en lo que las fuentes escritas nos ofrecen.

Este artículo no pretende enjuiciar las nuevas o viejas teorías derivadas de estas investigaciones, sino sintetizar lo que en los últimos años de investigación arqueológica se ha hecho evidente, ayudándonos del elenco bibliográfico que se acompaña, sin olvidar, en ningún caso, a los investigadores que con su hacer pionero pusieron las bases de los estudios que ahora se llevan a cabo: Gómez Moreno y César Morán los más lejanos, Martín Valls, Delibes de Castro y Esparza Arroyo los más cercanos iniciaron una andadura que lentamente va completando un ciclo de hipótesis y propuestas históricas de las que no quedan fuera, sino todo lo contrario, un buen número de nuevos investigadores y arqueólogos que, por motivos muy diversos, van escudriñando el pasado de estas tierras y cuyo largo listado no será posible enumerar individualmente en las páginas siguientes. En cualquier caso, quede aquí nuestro agradecimiento y excusas.

La presencia humana desde el Paleolítico queda bien atestiguada en los entornos de los cauces de agua. Los ríos Tera, Órbigo, Eria, Cea y Esla, con sus arroyos subsidiarios como el Almucera, fueron lugares preferentes para estas gentes, tanto por las posibilidades geográficas que ofrecían, como por la presencia de materia prima necesaria y susceptible de ser utilizada para la fabricación de sus característicos útiles líticos, tan ampliamente estudiados por M. Santonja (1995) y J.I. Martín Benito (2000). Pese a ello, todavía se desconoce cuáles fueron sus lugares de habitación, así como sus hábitos sociales y costumbres, si bien los lugares identificados a través de prospecciones arqueológicas son de singular interés para el devenir histórico de estas tierras.

Mayor entidad ofrecen los vestigios de los momentos posteriores. Aunque no se han identificado los poblados coetáneos, han llegado hasta nosotros las mejores manifestaciones de arquitectura megalítica funeraria de la provincia, tanto por su número como por la integridad de sus monumentos, ya conocidos en su día por Gómez Moreno y César Morán, a quienes se deben las primeras incursiones arqueológicas en los mismos. Los dólmenes de San Adrián y Las Peñezuelas en Granucillo de Vidriales, el Casetón de los Moros en Arrabalde, El Tesoro en Morales del Rey y el desaparecido, a comienzos de los 80, en Brime de Urz, todos ellos en las inmediaciones de los actuales núcleos de población y a los pies de las sinuosas sierras que enmarcan los valles del Eria y Almucera, nos evocan unos espacios en total sintonía entre la agreste naturaleza y los ideales sociales de las gentes que erigieron estos espacios funerarios.

A partir de las excavaciones realizadas por el P. Morán primero y J. Del Val, A. Palomino yA. Cuadrado en los últimos años, se ha sabido de su variedad tipológica unos de planta simple y otros de corredor y de su pérdida tumular, excepción hecha del dolmen de El Tesoro. Asimismo, el paso del tiempo y el desconocimiento humano no permitió que los enterramientos llegaran íntegros, debiéndonos de conformar tan sólo con algunas piezas que formaban el ajuar funerario: cuentas de adornos talladas en variscita, prismas de cuarzo y puntas de flechas, son los conjuntos más llamativos que hoy se exhiben en el Museo de Zamora. Por último cabe citar el pequeño conjunto numerario de época romana, fechado en el S. III, aparecido en el interior del dolmen de "El Tesoro" de Morales del Rey en el que, curiosamente, la creencia popular se plasmó en el topónimo de la zona y se materializó en las monedas exhumadas.

Sin lugar a dudas, las posibilidades que ofrecían estas tierras fueron bien acogidas y aprovechadas por las gentes de la denominada Edad del Cobre, tal y como se constata en el número de asentamientos documentados en los últimos años en los valles de Vidriales y Tera, en los actuales términos municipales de Colinas de Transmonte, Quiruelas de Vidriales y Vecilla de Transmonte a partir de los trabajos de investigación realizados con motivo de la puesta en regadio de la zona. Las Peñas, San Miguel y Los Arenales en Quiruelas, Las Bodegasy Los Llanosy Los Bajos en Colinas y Vecilla de Trasmontre, respectivamente , nos caracterizan un conjunto de poblados en llano, cercanos a los cauces de agua, carentes de defensas, donde las estructuras de habitación se reconstruyen a partir de los agujeros de poste que acogieron los elementos lígneos troncos que formaron las cabañas de planta circular, a las que se asocian los conocidos hoyos o silos, cuya abundancia en el caso de Los Bajos, llevó a definir el conjunto como un auténtico campo de hoyos.

Junto a estas sencillas estructuras un completo ajuar cerámico cuencos, orzas y ollaspiezas talladas en hueso y piedra espátulas, agujas, afiladeras, hachas planas y puntas de flecha y los excepcionales objetos metálicos puñal y cincel de cobre de Los Bajos”– son las evidencias de vida en estos parajes (Pérez Rodríguez et a. 1991, 1993; Marcos et a., 1994; Larrén coord. (1999).

Similares características ofreció el asentamiento documentado en los cercanos Paradores de Castrogonzalo donde, sin duda, las gentes calcolíticas iniciaron lo que a través de toda la historia se ha hecho en esta zona: el control de. un paso natural desde la posición dominante sobre el río Esla. En esta ocasión, estas gentes dejaron como elemento novedoso algunos fragmentos cerámicos decorados con sencillas incisiones con motivos oculados o soles, que muestran una intencionalidad apotropaica y cuya relación con las gentes de Las Pozas es evidente (Domínguez, 1991).

Frente a esta ocupación relativamente masiva del territorio, la Edad del Bronce aparece menos representada, si bien esta circunstancia se debe más a un conocimiento parcial que a su inexistencia, ya que las prospecciones realizadas sí muestran enclaves de este momento, habiendo sido los trabajos de excavación menos numerosos. En este sentido, un buen ejemplo que corrobora lo anterior lo constituyen los yacimientos documentados en las Lagunas de Villafáfila, por otro lado tan relacionadas históricamente con las tierras de Benavente, donde la presencia de las gentes del Bronce y su relación con las explotaciones salinas es evidente ( Rodríguez, Larrén y García, 1990; Rodríguez, 2000), siendo excepcional el yacimiento conocido como Santioste, junto a la Laguna Grande, en Otero de Sariegos donde, a través de la excavación arqueológica ha sido posible reconstruir el proceso de transformación de la sal en ese momento (Delibes, Viñé y Salvador, 1998).

Junto a este asentamiento, dos son los lugares que deben recordarse: la singularidad del hoyo de Cogotas I de Barcial del Barco (Rodríguez y Val, 1990), cuya similitud con otros yacimientos de campos de hoyos es indudable y, lo más novedoso, la identificación en el señero Castro de las Labradas de un momento de ocupación en el Bronce Final. (Misiego, 2001), posiblemente el de fundación, aunque por el momento desconozcamos la relación con sus estructuras contemporáneas.

Y es la Edad del Hierro la que cobra singular magnitud en estos espacios ofreciendo aquí, por primera vez, los dos tipos de poblados característicos de estas gentes: frente a los potentes poblados fortificados los populares castros que dominan los valles protegidos por sus robustas defensas desde los crestones rocosos de la Sierra de la Culebra o la de Carpurias (Gómez Moreno, 1927; Esparza, 1986), cuya abundancia y personalidad ha concluido en la conocida como cultura castreña del Noroeste, aparecen otros, cada vez más abundantes, con una ubicación, también defensiva, pero en espacios más abiertos sobre los cauces de agua y tan sólo en apariencia menos poderosos, en los que es la arcilla la materia prima básica utilizada en sus construcciones, bien como adobe, bien como tapial.

Si para los primeros el Castro de Las Labradas es la referencia obligada, tanto por su ubicación geográfica, su extensión y características defensivas y, en especial, los dos espectaculares atesoramientos recuperados (Delibes y Martín Valls, 1982; Esparza, 1986), para los segundos son Los Cuestos de la Estación, en Benavente y La Corona/El Pesadero de Manganeses de la Polvorosa, identificados a comienzos de la década de los 80 (Celis, 1986; Celis y Gutiérrez, 1989) los señuelos de estos importantes poblados bien conocidos gracias a los trabajos realizados en estos años donde, la investigación científica, ha logrado poner al descubierto la capacidad creadora de estas gentes (Celis, 1988; 1993; Misiego et a. 1997; 1998).A ellos hay que añadir los significativos ejemplos de Castropepe, Castrogonzalo o Bretó donde la ocupación del primer milenio verá repetir similares circunstancias en época medieval a través de las conocidas motas (Gutiérrez González, 1991; 1995).

Como ya se ha dicho, es sin duda el Castro de Las Labradas el yacimiento de esta época con más personalidad de los conocidos. Su extenso territorio casi 23 Has.sobre las crestas de la Sierra de Carpurias, dominando la feraz vega del río Eria y emergente en el valle de Vidriales, se ofrece como un reducto inexpugnable en prácticamente todos sus flancos, donde los grandes roquedos naturales quedan perfectamente integrados en las líneas de defensa creadas ex profeso, en una longitud de unos 2500 m., cuyo desarrollo es posible identificar a partir de los potentes derrumbes que circundan el asentamiento (Balado, 1999; Misiego, 2001).

Los últimos trabajos realizados han permitido confirmar los dos recintos amurallados y la estructura de una de sus puertas de acceso en su cierre occidental interior, con dos potentes torreones macizos de planta cuadrangular, así como el sistema constructivo de sus murallas que, a buen seguro, mantendrían una altura en torno a los 4/5 m., cobijando cabañas o casas rectangulares, todavía no bien definidas, así como otras estructuras como aljibes, rediles para el ganado, etc., que en combinación con las ofertas de la naturaleza, posibilitaron la presencia humana en el antiguo espacio castreño con manifestaciones hasta bien entrada la época moderna (Gutiérrez, 1991).

Junto a estas evidencias de vida, son los dos tesoros recuperos los elementos más llamativos de Las Labradas. Símbolos de poder y riqueza entre sus gentes, atesoramiento u ocultación frente al enemigo, han llegado a nosotros como joyas excepcionales en las que se mezclan técnica y estética, obra de arte y valor humano, sobre las que poco hay que añadir a lo ya publicado (Delibes, Esparza y Martín Valls, s.a; Perea y Rovira, 1995).

No por ser más humildes son menos importantes a nivel científico los datos que proporcionaron los castros de El Castillo, en el desaparecido Manzanal de Abajo y El Castro de La Magdalena o Socastro en Milles de la Polvorosa. (Escribano, 1990; 1992). El primero, junto al pueblo de Manzanal, bajo las aguas del Embalse de Valparaíso desde 1988, se situaba en lo que era la penillanura de La Carballeda, en la confluencia del río Tera y su afluente Valdalla, formando un espigón protegido por un recinto amurallado de planta ovalada en torno a 1 Ha., con una defensa perimetral hecha con mampostería en seco, precedida de un foso y un campo de piedras hincadas, siguiendo los estereotipos de estos asentamientos, en los que la cultura material confirma esta conexión.

El Castro de La Magdalena, enclavado en un promontorio natural sobre los ríos Tera y Esla, en los actuales términos de Milles de la Polvorosa y Mózar de Valverde, presenta una dispersión de restos en superficie mucho mayor, en torno a 6 Has., en las que se observan muros a ras de suelo, cenizales en los cortes de la pista de acceso y posibles defensas ataludadas cuyo lomo destaca del terreno circundante. La intervención arqueológica realizada en sondeos muy concretos con motivo de la instalación de un repetidor de RTVE, corroboró la correspondencia de este asentamiento con el foco castreño, a la vez que se confirma una ocupación en época celtibérica y momento pleno y bajomedieval, identificándose estos con el topónimo de Socastro, poblado incluido en la Merindad de Riba de Tera, despoblado, según S. Hernández en 1434 (1986) y repoblado de nuevo por portugueses en 1525 (García Caballero, 1992), aunque la entidad de esta nueva ocupación se nos escapa. En cualquier caso, el lugar es un ejemplo más que avala la tesis de Gutiérrez González (1991) sobre la ocupación medieval de estos asentamientos, como también se constata en el citado de Las Labradas.

Pero, sin duda, son los enclaves de Benavente, Manganeses de la Polvorosa, identificados por J. Celis (1986) el primero, y por este investigador y J.A. Gutiérrez González el segundo (1989) y El Castro en Camarzana de Tera , los que han supuesto una aportación científica de primera magnitud tanto para la reconstrucción histórica de estas tierras en particular, como para el conocimiento de la Edad del Hierro en general, teniendo que señalar cómo, el intenso trabajo arqueológico desarrollado en los últimos años ha supuesto un cambio notable en las hipótesis formuladas, siendo el yacimiento de Camarzana el que supuso el punto de partida a nivel de información arqueológica para este tipo de asentamientos a partir de los sondeos realizados con motivo de una obra municipal proyectada en 1985 (Campano y Val, 1986).

Poco vamos a decir de la primigenia ocupación benaventana, dado que existe un estudio monográfico en este trabajo realizado por E. Arnau, pero sí insistir en algunos aspectos seña-lados en el párrafo anterior. Si importante fue la primera identificación de "Los Cuestos de la Estación"y"La Sinoga" por Jesús Celis en el ya lejano 1986, como un lugar de ocupación de la I Edad del Hierro sobre el río Orbigo, a partir de los vestigios manifestados en las laderas sur y oeste del núcleo urbano, los resultados puestos al descubierto -y en buena parte desaparecidos- en las campañas arqueológicas realizadas en años posteriores (Celis y Gutiérrez, 1988; 1989; 1990) confirman la creación de un auténtico tell , con 12 fases de ocupación. Desde sencillas cabañas circulares manifestadas a través de los "hoyos de poste" que configuran su planta sobre el nivel geológico, a la que se superponen otras, bien de planta circular, bien de planta cuadrada, construidas con adobes, a las que se asocian a las primeras, restos de decoración pintada en sus paramentos interiores, hogares y otras estructuras subsidiarias hornos, con un importante elenco de hallazgos materiales correspondientes a sus vajillas y útiles de uso (Celis, 1993). A priori, este poblado tendría su cierre a través de un profundo foso en la conocida calle de la Sinoga, donde la orografía de la ciudad actual muestra un señalado desnivel. Sin embargo, las recientes excavaciones de E. Arnau en la cercana Mota por otro lado topónimo altamente significativo han puesto de manifiesto la existencia de cabañas, correspondientes a este mismo momento, que ampliarían de forma notable el área de ocupación del poblado de las gentes del Soto.

Y si singular fue la identificación de este yacimiento, no lo fue menos el conocido como El Pesadero en el vecino Manganeses de la Polvorosa (Celis y Gutiérrez, 1989) donde, la explanación de unas fincas de labor, a los pies del promontorio denominado La Corona, puso de manifiesto otro lugar de ocupación de similares características al benaventano, ampliando las referencias que hasta ese momento se tenían sobre este enclave prerromano, ubicado en el interfluvio de los ríos Eria y Orbigo y el arroyo del Pesadero (Martín Valls y Delibes, 1981; Esparza, 1986), diferenciándose así dos espacios ocupacionales, con una extensión en torno a las 11 Has.

Como es conocido por todos, la construcción de la Autovía Rías Bajas afectaba en su trazado a parte de El Pesadero, por lo que se llevó a cabo la excavación de un área de 7000 m2 a lo largo de seis meses, en el año 1997, por el equipo de arqueólogos dirigidos por Jesús Misiego, previamente a la ejecución de la obra, cuyos vestigios han quedado soterrados bajo el terraplén de la citada Autovía. En este gran espacio, el poblado o, mejor, la sucesión de poblados correspondientes a las gentes de la I y II Edad del Hierro, se ha mostrado con gran magnitud, comprobándose la superposición de sus estructuras habitacionales organizadas en un entramado urbano, así como la instalación en una zona extrema del mismo, ya en época romana , de un alfar dedicado a la manufactura de tejas (Misiego et a. 1997, 1998).

El primer momento de ocupación, designado por sus investigadores como Manganeses I y correspondiente a la I Edad del Hierro, se identificaba con una aldea ubicada en el llano de El Pesadero, con unas 2,50 Has. de extensión, protegida por una potente muralla hecha de cantos de río en su base y levantada con una estructura de adobes que cerraba su lado occidental. En su interior se disponían, en torno a calles de traza irregular, cabañas de planta circular, también construidas con adobes dispuestos a tizón, con un banco corrido adosado a parte de su estructura y un hogar en el centro. Junto a ellas, aparecían otras estructuras, también circulares, de menor tamaño, segmentadas por radios concéntricos que recuerdan a las tradicionales ruedas de carro , identificadas como posibles altares, dado que entre los espacios libres se disponían vasos cerámicos y cornamentas de animales, interpretados como ofrendas.

Sin solución de continuidad, las gentes de la II Edad del Hierro de Manganeses II, ampliaron el espacio hasta 11 Has, incluyendo en ellas tanto La Corona como el área anteriormente ocupada. El nuevo poblado se disponía en calles ortogonales, en ocasiones pavimentadas, en el que convivían viviendas de planta circular y rectangular, así como espacios destinados a actividades artesanales. Frente al bagaje cerámico realizado a mano del momento anterior, ahora el conjunto vascular se realiza a torno, ofreciendo en muchos casos la típica decoración pintada de las gentes celtibéricas, existiendo asimismo otros útiles fabricados en hueso y hierro elementos de adorno, fíbulas y piezas defensivas.

Como complemento a este complejo habitacional, posiblemente con un momento de abandono relacionable con el proceso de conquista romana, se erige en el lugar, como ya se ha dicho, un auténtico complejo alfarero laboratorio destinado a la fabricación de elementos de construcción, conocido como Manganeses III, en torno a los siglos I y II d.C. que, a tenor de las marcas de alfareros registradas en algunas de sus tégulas, mantuvieron un importante mercado dentro del territorio de la actual provincia de Zamora, a través de su propietario, de nombre Valerio Tauro.

El centro industrial de El Pesadero ocupaba un área en torno a los 1200 m2 , que se yuxtapuso al anterior emplazamiento, posiblemente ya arruinado y abandonado, en un espacio donde los elementos naturales le eran propicios para su desarrollo: abundante agua , leña y arcilla en sus alrededores inmediatos, así como lugares de mercado para su comercio. Su excepcionalidad tiene un doble sentido: por un lado, conocer en su integridad ese espacio industrial completo, parangonable a los escasos ejemplos peninsulares conocidos , como son los alfares de Andujar o el de La Maja en Calahorra, a la par que nos permiten hacer un balance de su actividad y repercusión comercial en las tierras adyacentes.

A nivel de organización espacial, el complejo se organiza en torno a un gran espacio abierto donde se ubica, en primer término un edificio de unos 100 m2 de planta, construido en su base con mampostería y alzados en tapial, subdividido en distintas estancias, destinadas al almacenamiento y decantación de la arcilla, al que se adosan otras dependencias dedica-das a las áreas de torno, identificándose una interior y otra exterior, protegida por un porche, relacionadas con la actividad alfarera según la estación climatológica. Separado de este edificio, se sitúa otro, reconocido como secadero, de planta cuadrangular y articulado con un sistema de pilares para la sujeción de la cubierta, donde se depositarían las piezas sobre estantes lígneos, previamente a la cocción en los hornos. De éstos, dos han sido documenta-dos en el proceso de excavación: de 6 y 14 m2 respectivamente, uno de los ellos, derruido con la carga completa en su interior; lo que evidencia su abandono en el proceso de fabricación y, el otro vacío, pero con la estructura completa. A partir de lo exhumado, se pudo ver el praefurnium, hecho con un sistema de bóveda de cañón sostenida o reforzada con pilares intermedios coincidentes con sus claves, y la parrilla , con sus agujeros de aireación, así como, en el horno más pequeño, parte de la cámara de cocción.

Gracias a las piezas recuperadas con inscripción, se identifican, por un lado, el propietario del alfar Valerio Tauro y, por otro, dos de sus operarios Cepalo y Matugeno, cuya referencia parecen en cartelas grabadas en un buen número de piezas distribuidas por los yacimientos de la Dehesa de Morales, en Fuentes de Ropel, la Villa de Requejo en Santa Cristina de la Polvorosa y zona de Villafáfila (Abásolo y García Rozas, 1997).

El proceso de conquista y posterior romanización de este vasto territorio en el siglo I a. C, englobado en el marco de los pueblos del Noroeste, con asentamientos de indudable preponderancia tal y como ha puesto de manifiesto la evidencia arqueológica, no debió ser fácil. Los castros y poblados en altura, protegidos por sus propias defensas y su ubicación natural y, en principio, los más accesibles en las zonas de los valles, debieron ser flancos de difícil dominio, como reflejan las fuentes escritas. Y para el control del pueblo astur se instalan en esta zona varios campamentos en las inmediaciones de Castrocalbón y, el mejor conocido de Rosinos de Vidriales, donde se asienta la Legio X Gemina, con un contingente de seis mil soldados más otras tropas auxiliares. El lugar, conocido desde el siglo XVIII con nombres como la ciudad de Sansueña o La Ciudadeja, para ser después la mansio de Petavonium, ha estado rodeada de leyendas e incertidumbres, contando hoy con una percepción más directa gracias a los trabajos realizados y los abundantes estudios editados, reunidos en la reciente publicación de S. Carretero (2000), a la que remitimos para una mayor profundidad en el tema.

Sin duda, la Ciudadeja" evocadora de un pasado remoto en el valle del Almucera, poco expresaba lo que ahora vamos conociendo. El campamento conquistador se sitúa en un área abierta, retando al cercano Castro de San Pedro de la Viña como punto inmediato, ocupando un pequeño espacio a decir de los especialistas de 17,35 Has., de planta rectangular con las esquinas redondeadas, cuyas límites se conocen principalmente por la fotografía aérea (Olmo, 1994-95). Posteriormente, ya a fines del siglo I d.C. se mantiene un contingente de caballería, el Ala II Flavia, que reduce el espacio campamental a 4,70 Has., espacio que hoy conocemos, gracias a las recientes excavaciones y trabajos de consolidación y restauración. Al igual que el primer campamento en cuyo interior se asienta, éste es de planta rectangular con torres en sus esquinas -típicamente redondeadas- y en sus lados mayores, con cuatro puertas en las dos vías principales que atravesaban el campamento, de las que conocemos las dos de los lados menores , también protegidas con torreones. En el interior de este espacio se ha identificado una serie de edificios, de difícil interpretación, así como una cocina con su horno, todo ello organizado en torno a sendas calles que conservan su atarjeas y canalizaciones.

A la sombra de estos campamentos, se fue asentando la población civil, en un área en torno a las 90 Has., la mansio de Petavonium, posiblemente dotada de unas termas públicas y un templo dedicado a Hércules, si bien es todavía desconocido el lugar de enterramiento de sus muertos - la necrópolis- cuyas únicas referencias nos las proporcionan los singulares ejemplos epigráficos, unos referentes a los milites, otros a la población civil, en cualquier caso fuera de un contexto arqueológico.

Y derivado de este proceso de romanización, el espacio se ordena a partir de unas vías de comunicación en torno a las cuales van surgiendo centros de población de entidad muy diversa, a las que acompañan manifestaciones edilicias de muy variado carácter. Así, en el territorio que nos ocupa, dos sondas vías de comunicación importantes dentro del esquema peninsular. Por un lado, y con afección directa a las tierras del valle de Vidriales y los asentamientos referidos, es la denominada Vía XVII del Itinerario de Antonino, que unía en el espacio occidental dos de las civitas imperiales Asturica Augusta con Bracara Augusta-, de las que han quedado algunas evidencias en el cercano Bercianos-Villaobispo, y Fuente Encalada (con miliarios desaparecidos en la actualidad) y topónimos alusivos a la misma en los núcleos de población actuales de Calzada y Calzadilla o Milla, a su paso por el río Tera (Gómez Moreno, 1927; Loewinsohn, 1965; Bragado, 1990).

La otra vía, de singular interés es la conocida a partir del topónimo medieval como Vía de la Plata, cuyo recorrido Sur-Norte uniendo las ciudades de Emérita Augusta y Astúrica Augusta, renovaba un camino natural abierto desde época prerromana con fines económicos, relacionados con las explotaciones y comercio de materiales auríferos y centros mineros (Loewinsohn, 1992). Pocos son los elementos muebles y estructuras identificables desde el punto de vista arqueológico que han pervivido para atestiguar estas actividades. Algunos yacimientos evidencian explotaciones mineras en la Sierra de la Culebra, cuya antigüedad es difícil de establecer, asociada a humildes poblados , como el de Boya, del que poco sabemos acerca de las familias que le hicieron posible y de cuya actividad tan sólo nos quedan potentes escuriadales emergentes en las zonas llanas cercanas a los cauces de agua.

Es evidente que estas vías fueron necesarias para obtener, en un primer momento un objetivo político, que se amplía, posteriormente, con el dominio económico y social dentro de un programa más amplio. Sin embargo, los escasos restos a ellas asociados que han pervivido hasta hoy dificultan enormemente tanto la reconstrucción de su trazado como su veracidad, como coinciden la mayor parte de los investigadores.Así, tan sólo contamos con los restos de un miliario, maltratado por sus actuales propietarios, hallado en las inmediaciones de Fuente Encalada a comienzos del siglo XX y, el más conocido de Milles de la Polvorosa, fechado en época de Nerón, cuyo hallazgo actualiza nuevas hipótesis a cerca de la ubicación de determinadas mansiones (Aguado, 1986).

Algo similar ocurre con las obras públicas y puentes de esta época, muchos de ellos adjudicados a constructores romanos de forma genérica, influyendo en ello su sencillez constructiva o su buena fábrica, muy posiblemente restaurados en época moderna. En este sentido es bien expresivo el ejemplo del Puente de los Paradores o de Castrogonzalo donde, a través de la sucesión de estructuras y ejemplos llegados hasta nosotros, es posible hacer un interesante recorrido evolutivo a lo largo de la historia, conociéndose cómo, las ruinas de época romana para unos, medievales para otros, se rematan en 1585, iniciándose la nueva construcción en 1588 con remodelaciones en años sucesivos -1640 y 1650- y nuevas obras en el siglo XVIII (Aramburu-Zabala, 1992).

Como es sabido, asociados a la bonanza de las tierras ribereñas de los ríos Esla y Órbigo, el paso de los Paradores citado y otros pasos de barca mantenidos hasta épocas muy recientes, se identifica un significativo número de yacimientos, jalonados muchos de ellos desde época calcolítica, sin solución de continuidad, hasta época actual. Desgraciadamente, los trabajos arqueológicos no han sido ni demasiados en su relación numérica, ni suficientemente extensos como para tener una idea más certera de la ocupación de época romana que ahora nos afecta, a lo que hay que añadir la destrucción, por causas muy diversas, de un buen número de ellos. Así mismo, se carece de unos estudios integrados del territorio que analicen las referencias escritas y los datos materiales, lo que motiva importantes vacios a la hora de interpretar, bien determinados hallazgos, bien determinadas fuentes documentales.

Si los lugares ya citados de Bretó, Castropepe o Castrogonzalo son buenos ejemplos de lo expresado en párrafos anteriores, también lo son aquéllos que intentan ser identificados con las ciudades y mansiones citadas en las fuentes escritas, entre las que destaca, sin ningún género de dudas Brigecio, fruto de las conjeturas más variadas en la historiografía al uso (Pérez Mencia, 1994-95). Desechado el núcleo de Los Paradores por lo poco expresivo de sus hallazgos y su grado de deterioro, son las actuales poblaciones o sus territorios adyacentes de Villabrázaro, Benavente o Fuentes de Ropel, los lugares idóneos, a partir de la interpretación de la noticia escrita. En el caso de los primeros, los yacimientos que se conocen lo son a través de prospecciones superficiales, siendo difícil poder hacer esta identificación. Asimismo, en el núcleo de Benavente, no existen, hasta el momento, evidencias materiales de época romana, siendo la Dehesa de Morales, en Fuentes de Ropel, la que más posibilidades ofrece, tal y como se desprende de la interpretación realizada a partir de los trabajos de campo por J. Celis (1990) y el análisis de la fotografía aérea (Olmo, 1996). A ello hay que unir la singular pieza broncínea con inscripción, hallada furtivamente en 1987, e interpretada por sus investigadores como terminatio de un territorio, con referencias a ciudades y poblados, ninguna de ellas reconocidas hoy, fechada en torno al siglo I (Mayer, García y Abásolo, 1998), cuya relación con un asentamiento urbano parece más que probable.

Con un carácter rural se presentan los asentamientos de Los Villares en Villanueva de Azoague o Requejo en Santa Cristina de la Polvorosa , ampliamente estudiadas por E Regueras (1990 a, 1990 b). La más significativa es la segunda por el conjunto musivario correspondiente a un villa, situada junto al río Órbigo, causante de parte de su destrucción; en ella parece identificarse un primer momento de habitación, de época altoimperial, y otra en torno al siglo IV-V, cuya restitución planimétrica no ha sido posible, y a la que pertenecen los mosaicos citados correspondientes a diversas estancias y estructuras termales, en las que también se recuperó un importante conjunto de pinturas murales con motivos marinos.

También a un momento tardío corresponden los restos documentados en el lugar denominado San Juan/El Valle en Colinas de Transmonte, cuya excavación fue motivada por las obras de regadío de la margen izquierda del Tera, a las que ya se ha hecho referencia (Larrén (coord.) 1999). Como en los casos precedentes, el área excavada no permite definir el tipo de asentamiento, si bien los hallazgos cerámicos aportados indican dos momentos de ocupación, siendo el más antiguo de los siglos IV-V d.C.

Esta precariedad respecto a los lugares de habitación también se manifiesta en sus necrópolis. Poseemos referencias de dos conjuntos asociados a posibles villas o vicus: San Miguel del Valle, prácticamente arrasada por las labores de desmonte de la finca, de la que se recuperaron una jarra y un cuenco muy fragmentado correspondientes a un ajuar, y la de Las Cañamonas, en San Cristóbal de Entreviñas (Regueras, 1979), en la que se exhumaron doce enterramientos, de tipología simple y diversa, de los que tan sólo uno ofreció un sencillo ajuar formado por dos jarritas de terra sigillata hispánica, que ayudan a fechar el conjunto entre los siglos IV-V d.C, dentro de las denominadas necrópolis del Duero según sus investigadores (Carretero, 1990; Caballero, 1995).

Otro tanto cabe decir sobre el vacío de conocimiento que afecta a las actividades económicas. Sólo dos excepciones son expresivas de este aspecto: las explotaciones mineras, de las que conocemos los datos relacionados con el asentamiento de Boya, ya citado y en el que no vamos a insistir, y las producciones cerámicas, bien de vasijas de uso, bien de elementos constructivos. A pesar de no ser abundantes, la excepcionalidad de sus hallazgos o la singularidad de los centros de producción, hacen de los casos documentados una referencia obliga-da en el campo de la arqueología.

Ya se ha descrito, en relación con el yacimiento de La Corona-El Pesadero, en Manganeses de la Polvorosa, el laboratorio o centro de producción, desconocido hasta ese momento, de tejas planas o tegulae con marcas asociadas a su propietario o fabricante CEPALI OF/VALERI TAURI, cuya presencia y dispersión por los yacimientos de Benavente, Rosinos de Vidriales, Fuentes de Ropel, Santa Cristina de la Polvorosa, Villafáfila, etc., dan muestras evidentes de la actividad de este centro productor (Misiego et a. 1997; 1998; Abásolo y García, 1997).

Y realmente excepcional fue el hallazgo en la ya lejana década de los 70, del testar de piezas de paredes finas del lugar, gráficamente denominado de Los Ladrillos en Melgar de Tera , fechado en el siglo I d.C. (Martín Valls y Delibes, 1976) con gran difusión comercial por tierras circundantes, cuyo conjunto cerámico fue estudiado posteriormente (Gimeno, 1990) y, gracias a las dos campañas de excavación realizadas en el lugar de estos hallazgos en 1987 y 1988, conocidos dos de sus hornos (Lión, 1988), los cuales guardan una gran similitud al documenta-do, y desgraciadamente muy destruido, en Milles de la Polvorosa (Carballo y Viñé, 1990).

De este compendio de manufacturas alfareras no pueden quedar fuera los singulares ejemplos de sigillatas decoradas en relieve y estampadas, procedentes del yacimiento de Los Villares, en Villanueva de Azoague, donde presumiblemente fueron fabricados, llamando la atención los motivos decorativos que ornan los ejemplos vasculares con referencia a escenas del Antiguo Testamento, como es, por citar el más característico, Daniel en el foso de los leones, dentro de la más auténtica manifestación de las cerámicas denominadas paleocristianas ( López y Regueras, 1990).

Pero los vacíos más evidentes se muestran en lo que al período visigodo y altomedieval se refiere. Si de forma insistente se ha hablado de la valiosa información de las fuentes escritas, la arqueología pocos datos ha aportado hasta el momento para estos siglos. Algunas referencias a la ocupación visigoda de Petavonium o la creación de moneda en una ceca de Sanabria siguen sin ser corroboradas a nivel material, variando ligeramente la perspectiva en lo que al mundo mozárabe se refiere, a pesar de lo fraccionados de sus datos.

Así, uno de los elementos más significativos que todavía pervive es la lápida fundacional del primitivo monasterio de San Martín de Castañeda, empotrada y reutilizada en el testero de los pies de la construcción románica, que habla de la fundación, no sin reservas, en el año 921 (Gómez Moreno, 1919, 1927).A este primitivo edificio pertenecerían las piedras en relieve dispersas por algunas viviendas del pueblo actual (Grau, 1991), pero del que nada han desvelado ni los sondeos realizados a los pies de la iglesia (Sanz et a., 1991), ni la reciente intervención en las áreas claustrales llevada a cabo por J. Sanz y F. Ollero el pasado mes de Agosto de 2001, que sí han confirmado la existencia de vestigios correspondientes a las fases posteriores.

Otro tanto ocurre con el desaparecido San Fructuoso de Ageo, citado en el 940, en el actual Ayoó de Vidriales, de donde deriva el nombre. De él se conocen sendos capiteles con sus columnas situados en una puerta en el muro meridional, hoy expuestos en el Museo de los Caminos de Astorga. Una mínima documentación llevada a cabo con motivo de la restauración del edificio, puso al descubierto parte de una cimentación en el ángulo norte de la cabecera, que como mera hipótesis según las características constructivas y de traza en relación con el edificio actual, quizás pueda identificarse con la construcción anterior a la que correspondería la celosia rescatada en esos trabajos y las piezas arquitectónicas ya conocidas (Quintana, 1988; Larrén, 1996).

Nada sabemos de otros monasterios de esta zona, como el de Camarzana de Tera o San Pedro de Zamudia y bastante poco, para la identidad que debió tener, del cenobio y scriptorium de Tábara, ampliamente estudiado y objeto de un reciente trabajo y exposición, por lo que a ella nos remitimos (Regueras y García-Aráez, 2001); simplemente cabe recordar que tanto la estructura situada a los pies de la torre como las distintas piezas arquitectónicas, decorativas y funerarias que colocó para su protección el Servicio Territorial de Cultura de Zamora en 1996, fueron extraídas en una de las ultimas obras de restauración realizadas, desconociendo tanto su contexto arqueológico, como lugar exacto, al tiempo que algunas de ellas se hallaron en el conocido barrio alto deTábara o casa parroquial, como el epígrafe publicado por Regueras y Pérez (1997).

Otro tanto ocurre con el cercano monasterio de Moreruela de Tábara , en el que las abundantes piezas reutilizadas y empotradas en los muros de su iglesia y la bella celosía cuya ubicación se desconoce, no restan duda de su pertenencia a un templo de bastante entidad y riqueza ornamental. Sin embargo, las excavaciones realizadas en el interior de la iglesia, con motivo de la última obra de restauración del edificio, ninguna luz han aportado al respecto, a excepción de la identificación de un buen número de fragmentos antes desconocidos y una significativa colección de marcas de cantería y grabados (Iglesias et a., 1994; 1995), pudiéndose pensar que el solar original no era coincidente con el de la actual iglesia.

Similares circunstancias ofrecen los poblados de esta época. Del estudio realizado en el entorno de las Lagunas de Villafáfila, a través de los trabajos de prospección y su contrastación con las fuentes documentales, parece evidente que los lugares de habitación son relativamente abundantes al decir de los hallazgos en superficie y las referencias toponímicas (Rodríguez, 1996; Larrén y Rodríguez, 2001), no debiendo olvidar, por su singularidad, la pizarra hallada en el término municipal de Fuente Encalada, de texto profiláctico contra el granizo, también fechada en el siglo X (Esparza y Martín Valls, 1998).

Por último sólo nos queda hacer referencia a un despoblado, ya reseñado. Se trata del asentamiento conocido de San Juan/El Valle en Colinas de Trasmonte donde, junto a la ocupación romana se identificó una estructura, con abundante material cerámico, fechable a partir del siglo XI, gracias a las características ollitas decoradas con retícula incisa, tan bien representadas en el antiguo Reino de León (Larrén y Turina, 1995; Larrén, coord., 1999). Lo que para nosotros resulta más difícil es identificar estos restos con el desaparecido monasterio de San Salvador de Castroferrol, como ha propuesto recientemente R. González (2000), para lo cual sería necesario conocer más en profundidad el contexto arqueológico, como ocurre con el conocido como El Torrejón, en Santa Cristina de la Polvorosa, fechado por sus excavadores en el siglo XIV (Regueras y Grau, 1987).

El colofón a estas páginas no podría ser otro que el relacionado con la propia ciudad de Benavente, identificada en los comienzos del siglo XXI con una entidad dentro de la provincia de Zamora. Históricamente, las adscripciones políticas y administrativas le dieron otros adjetivos que la singularizaron en el contexto peninsular, partiendo -como ya se ha dicho- de la controvertida Brigecio, pasando por la Malgrat medieval que, desde el reinado de Enrique III en 1398 se consolida en villa y, después, cabeza de señorío y condado de la Casa de los Pimentel.

Del primitivo reducto habitacional de la Edad del Hierro hasta la configuración urbana actual, las transformaciones espaciales sufridas han sido realmente espectaculares, bien por la lógica evolución histórica de todo núcleo, bien por intereses económicos o de otro tipo. Sin duda, las imágenes del primitivo castillo señorial y su proceso de destrucción, evocan de forma admirable lo que debió ser esta ciudad amurallada, con un pequeño recinto medieval que acogería un caserío humilde, pero con singulares edificios de culto, de los que se contabilizaban hasta catorce iglesias y cuatro monasterios en el siglo XV y de los que tan sólo dos bellos ejemplos han llegado hasta nosotros.

Desgraciadamente, esta destrucción masiva del Patrimonio Histórico es irrecuperable, quedando tan sólo la posibilidad, en parte muy menguada, del estudio del pasado benaventano a través de la Arqueología. Aunque escasos son los ejemplos, sí es necesario consignarlos: los restos del convento de San Francisco, excavados en 1988 por A. Domínguez (1988) , cuya bodega permanece hoy soterrada; los trabajos sistemáticos en Los Cuestos de la Estación y La Sinoga, de los que ya se ha hablado, realizados por J. Celis y J. A. Gutiérrez en 1988, 1989 y 1990, las recientes documentaciones en Casa del Tinte (Arnau , 1997) el convento de Santa Clara (Aníbarro 1998), La Mota Vieja (Arnau 1998-2000), el solar inmediato a la puerta del Sepulcro (Misiego et a., 1998) y los restos de la iglesia del mismo nombre (Salvador, 2001), nos han mostrado algo, muy poco, de lo que existió, así como evidencias de la actividad de las gentes que aquí vivieron como, por ejemplo la población mudejar dedicada a la alfarería (Larrén, 1989; Gutiérrez, Larrén y Beneítez, 1995) o al curtido de las pieles.

Esperemos que esta exposición y lo recogido en las páginas de este trabajo sirvan, tanto para información, como para reflexión, intentando proteger aquello que todavía pueda salvarse.

 

________________________

BIBLIOGRAFIA

ABÁSOLO, J.A. (1990): Comentario a la lectura del miliario de Mines de la Polvorosa. Actas 1er. Congreso Historia de Zamora , T. 2, Zamora 1988, p. 539-544.

ABÁSOLO, J.A y GARCÍA ROZAS, R. (1990): Sobre las estelas romanas y su ornamentación. Actas ler Congreso Historia de Zamora, T. 2, Zamora 1988, p. 545-560.

ABÁSOLO, J.A y GARCÍA ROZAS, R.(1997):.Sellos y marcas de cantero sobre tejas y ladrillos del Museo de Zamora (España). Preatti XI Congresso Internazionale di Epigrafía greca e latina, Roma, p. 311-317.

ACTAS ler. Congreso Historia de Zamora. Zamora, 1988. 4 tomos.

AGUADO SEISDEDOS, V. (1986): El miliario del Priorato. Un miliario de la Vía de la Plata en la región de Benavente. Actas del I Congreso Internacional de Astorga Romana, p. 271-285.

AGUADO SEISDEDOS, V. (1990): Comentarios sobre la red viaria zamorana en la provincia de Zamora. Actas 1er.Congreso Historia de Zamora, T. 2, Zamora 1988, p. 525-538.

ALFONSO ANTÓN, I. (1986): La colonización cisterciense en la Meseta del Duero. El dominio de Moreruela (Siglos XII-XIV). Zamora, IEZ Florián de Ocampo.

ANIBARRO, SONIA (1998): Antiguo Convento de Santa Clara. Benavente (Zamora) Anuario IEZ Florián de Ocampo, p.163-181.

ARAMBURU-ZABALA, M.A. (1992): La arquitectura de puentes en Castilla y León, 1575-1650. Valladolid.

AREITO ÁVILA, A. (1985): Noticias de unos trozos de mosaico y otros objetos descubiertos recientemente en Camarzana de Tera, provincia de Zamora. Revista de Obras Públicas IX, p. 293-295.

ARNAU BASTEIRO, E. (1997): Noticia de la actuación arqueológica en el solar de la que fue casa del Tinte de Benavente. Brigecio, 7 p. 91-104

BECEIRO PITA, I. (1997): La fortaleza de Benavente en el siglo XV, Brigecio 7, p. 185-203.

BALADO PACHÓN, A. (1999): Intervención arqueológica en las murallas del Castro de las Labradas en Arrabalde (Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 17-43.

BALIL, A y REGUERAS, E (1978): Cabeza de Marsyas hallada en Benavente (Zamora). Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, XLIV, Valladolid, p. 385-389.

BLANCO FREIJEIRO, A. y CORZO, R. (1980): Lápida fundacional de San Salvador deTábara. Actas del Simposium para el estudio de los códices del Beato de Liébana, p. 275-277.

BLÁZQUEZ, J.M. (1990): Mosaicos romanos de Zamora. Santa Cristina de la Polvorosa. Los Talleres. Gusto artístico. Actas ler.Congreso Historia de Zamora, T 2, Zamora 1988, p. 359-368.

BRAGADO TORANZO, J.M. (1990): Aproximación al estudio de la red viaria romana en la provincia de Zamora". Actas ler Congreso Historia de Zamora, T.2, Zamora 1988, p 379-440.

CABALLERO ZOREDA, L. (1995): Zamora en el tránsito de la Edad Antigua a la Edad Media, siglo V-X en Historia de Zamora, t.I , De los orígenes al final del Medievo, Zamora, p. 339-430.

CABEZAS LEFLER, C. (1997): Fuentes documentales para el estudio de la fortaleza de Castrotorafe, Ed. Semuret, Zamora.

CAMPANO, A. y VAL, J. del (1986): Un enclave de la primera Edad del Hierro en Zamora. El Castro, Camarzana de Tera. Revista de Arqueología, 66, p. 29-33.

CARBALLO CUADRADO, M. G. y VIÑÉ ESCARTÍN, A. I. (1990): Un horno romano en Milles de la Polvorosa (Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 123-134.

CARRETERO, S. (1990): Dos necrópolis tardorromanas en la provincia de Zamora: Las Cañamonasy San Román del Valle. Actas ler Congreso Historia de Zamora, T.2, Zamora 1988, p. 515-524.

CARRETERO, S. (2000): El campamento romano del Ala II Flavio en Rosinos de Vidriales (Zamora): la cerámica . IEZ Florián de Ocampo - Universidad de Valladolid, Zamora.

CARRETERO, S. y ROMERO, W V. (s.a): Los campamentos romanos de de Petavonium (Rosinos de Vidriales, Zamora). Fundación Rei Afonso Enriques, Zamora, 1996.

CARRETO, S.; ROMERO, Ma y MARTÍNEZ,A. (1999):"Las estructuras defensivas del Ala II Flavio en Petavonium (Rosinos de Vidriales). Actas II Congreso de Arqueología Peninsular, Zamora 1996, p. 183-194.

CELIS SÁNCHEZ, J (1986): Nuevo yacimiento de la Edad del Hierro en Benavente (Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo,  p. 41-55.

CELIS SÁNCHEZ, J (1990): Apuntes para el estudio de la secuencia ocupacional de La dehesa de Morales, Fuentes de Ropel (Zamora)". Actas 1er Congreso Historia de Zamora, Zamora 1988, t. II, p. 467-496.

CELIS SÁNCHEZ, J. (1993): La secuencia del poblado de la primera Edad del Hierro de los Cuestos de la Estación de Benavente en Arqueología Vaccea: estudios sobre el mundo prerromano en la Cuenca Media del Duero, Valladolid, p. 93-132.

CELIS SÁNCHEZ, J. y GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, J.A.: (1988): La Sinoga y Los Cuestos de la Estación. Benavente (Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 79-99.

CELIS SÁNCHEZ, J. y GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, J. A.(1989): Noticia de la excavación arqueológica de urgencia en EL Pesadero, Manganeses de la Polvorosa (Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 161-170.

DELIBES DE CASTRO, G. (1975): La colección arqueológica D. Eugenio Merino de Tierras de Campos. Colecc. Fuentes y estudios de historia leonesa, 14. León.

DELIBES DE CASTRO, G y VAL RECIO, J. del (1990): Prehistoria reciente en Zamora: del Megalitismo al Bronce. Actas ler Congreso Historia de Zamora, Zamora 1988, t. II, p. 53-99.

DELIBES, G. y MARTÍN VALLS, R. (1982 de la): El tesoro de Arrabalde y su entorno histórico. Catálogo de la exposición. Zamora.

DELIBES, G., ESPARZA, A. y MARTÍN VALLS, R. (s.a): Los tesoros romanos de Arrabalde y la joyería celtibéríca. Fundación Rei Afonso Henriques, Zamora, 1996.

DELIBES, G. y MARTÍN VALLS, R. (1990): Bucculae del Campamento de Petavonium. Nvmantia, III, p. 155-164.

DELIBES, G., VIÑÉ, I. y SALVADOR, M.1998): Santioste, una factoría salinera en los indicios de la Edad del Bronce en Otero de Sariegos (Zamora) en Minerales y metales en la prehistoria reciente. Algunos testimonio de su explotación y laboreo en la Península Ibérica, G. Delibes coord. Studia Archaeologica.

DOMÍNGUEZ BOLAÑOS, A. (1988): Intervención de urgencia en el Convento de San Francisco (Benavente). Anuario IEZ Florián de Ocampo p. 125-139.

DOMÍNGUEZ BOLAÑOS,A. (1991): Los Paradores de Castrogonzalo. Un yacimiento calcolítico y romano, Anuario IEZ Florián de Ocampo p. 191-207.

ESCRIBANO VELASCO, C. (1990):  La Edad del Hierro en el occidente de Zamora y su relación con el horizonte del Soto de Medinilla: El Castillo, Manzanal de Abajo. Zamora, Anuario IEZ Florián de Ocampo p. 211-265.

ESCRIBANO VELASCO, C. (1992): Excavación de urgencia en el Castro de la Magdalena (Milles de la Polvorosa. Mózar de Valverde) Anuario IEZ Florián de Ocampo p. 175-189.

ESPARZA ARROYO, A. (1986): Los castros de la Edad del Hierro del Noroeste de Zamora. IEZ Florián de Ocampo, Zamora.

ESPARZA ARROYO, A (1990): La Edad del Hierro en Zamora. Actas 1er Congreso Historia de Zamora, Zamora 1988, t. II, p. 101-126.

ESPARZA ARROYO, A. y MARTÍN VALLS, R.(1998): La pizarra altomedieval de Fuente Encalada (Zamora): contribución al estudio de las inscripciones profilácticas. Zephyrus, U, p. 237-262.

FERNÁNDEZ DURO, C. (1882): Memorias históricas de la ciudad de Zamora, su provincia y Obispado. Madrid., 2 T.

FERNÁNDEZ, J.J. y LARRÉN, H. (1990): Historia de la investigación arqueológica en la provincia de Zamora. Situación actual. Actas 1er Congreso Historia de Zamora, Zamora 1988, p. 127-151.

FERNÁNDEZ, J.J. (1990): El tesorillo visigodo de Villafáfila (Zamora), Nvmantia, III, p.195-208.

FERNÁNDEZ, J.J. (1999): Un proyecto de actualización arqueológica integral para la zona de Los Valles. Brigecio 9, 243-252.

FUENTES GANZO, E. (1996): Las Cortes de Benavente (El siglo de Oro de una ciudad leonesa) Benavente 1164-1230. Benavente.

GALTIER MARTÍ, E ( 1987): O turre tabarense alta et lapiedea...Un saggio d'iconografia castellológica sulla miniatura della Spagna cristiana del secolo X, 34, CCARBA, p. 253-289.

GARCÍA CABALLERO, A. (1992): Los despoblados en el Condado de Benavente (Siglos XVI-XVII-XVIII)Brigecio, 2, p. 81-100.

GARCÍA ROZAS, R. (1995): Arqueología romana en la provincia de Zamora en Historia de Zamora, T 1, De los orígenes al final de medievo, Zamora, p.267-336.

GIMENO GARCÍA-LOMAS, R. (1990): El alfar romano de Melgar de Tera. A ler Congreso Historia de Zamora, Zamora 1988, p. 587-611.

GÓMEZ MORENO, M. (1927): Catálogo Monumental de la provincia de Zamora. Ed. fac. León, 1980.

GÓMEZ MORENO, M. (1919): Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX al XI. Madrid. Ed. facs., Granada, 1998.

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, R. (1997): Infraestructura urbana y hacienda concejil. La cerca medieval de Benavente. Brigecio 7, p. 151-184.ç

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, R. (2000 a): Castroferrol, un enclave monástico altomedieval en el Valle del Tera. Brigecio 10, p. 33-44.

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, R. (2000 b): Monasterios, caminos de peregrinación e infraestructura viaria en el Norte de Zamora. Brigecio 10, p. 45-66.

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, R. (2001): El monasterio de San Salvador de Villaverde de Vidriales. Brigecio 11, p. 43-62.

GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, J.A. (1991): Fortificaciones medievales en los castros del noroeste de Zamora”. Actas 1er Congreso de Historia de Zamora, Zamora 1988. t. III, p. 347-365.

GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, J.A. (1995): Fortificaciones y feudalismo. En el origen de la formación del reino Leonés (Siglos IX-XIII).Universidad de Valladolid, Valladolid..

GUTIÉRREZ , J. A.; LARRÉN, H.; BENEÍTEZ, C. y TURINA A. (1995): Una producción mudéjar en Castilla y León: la jarrita carenada. Actes du Ve colloque internatinal:La ceramique en Mediterranée occidentale, Rabat 1991, p.316-324.

GRAU LOBO, L. H. (1991): Patrimonio histórico-artístico en tomo al lago de Sanabria. El Monasterio de San Martín de Castañeda. Anuario IEZ Florián de Ocampo p. 405-431.

HERNÁNDEZ VICENTE, S. (1986): El concejo de Benavente en el S. XV. Zamora, IEZ Florián de Ocampo.

IGLESIAS, L. et a. (1994): Intervención arqueológica asociada a la restauración de la iglesia de San Miguel Arcángel, Moreruela de Tábara (Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 53-71.

IGLESIAS, L. et a. (1995): Marcas de cantería y grafitos de la iglesia de San Miguel Arcángel en Moreruela de Tábara (Zamora)”. Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 53-69.

IGLESIAS, L. et a. (1995): Prospección arqueológica de la zona anegada por el Embalse de Ricobayo, sobre el río Esla (provincia de Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 119-143.

JORDA PARDO, J. (1996): Estudio geoarqueológico del yacimiento protohistórico de Los Cuestos de la Estación (Benavente, Zamora). Brigecio 6, p. 31-55.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (1989): Notas sobre cerámica medieval de la provincia de Zamora en GUITÉRREZ, J.A. y BOHIGAS, R. (coord): La cerámica medieval en el norte y noroeste de la Península Ibérica, León, p. 261-284.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (1991): Fondos cerámicos marcados procedentes de Zamora. Boletín de Arqueología Medieval, 5 p. 167-179.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (1993): Arqueología preventiva y de gestión, (1989-1990). Provincia de Zamora. Nvmantia IV, p. 309-402.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (1994): Arqueología preventiva y de gestión (1993-1994), Nvmantia VI, p. 379-398.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (1996): Excavaciones de dos sepulcros: el de la iglesia de San Salvador de Ayoó de Vidriales y el de los Castilla-Fonseca en San Lorenzo el Real de Toro.). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p.55-66.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (1997): Actuaciones de conservación y protección en los castros de la provincia de Zamora. A O I milenio a.C. no noroeste peninsular: a fachada atlántica e o interior, Bragança, 1995, p. 123-143.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (1999a): Arqueología preventiva y de gestión, (1995-1996). Provincia de Zamora. Nvmantia VII p. 323-340.

LARRÉN IZQUIERDO, H. (Coord.) (1999b): Arqueología e infraestructura agraria en el valle del Tera (Zamora). M° de Agricultura, Pesca y Alimentación, Zamora.

LARRÉN IZQUIERDO, H. y VAL RECIO, J. del (1990c): Arqueología preventiva y de gestión, (1984-1988). Provincia de Zamora. Nvmantia III, p. 333-346.

LARRÉN IZQUIERDO, H. y TURINA GÓMEZ, A. (1998): Caracterización y tipología de la cerámica medieval de la provincia de Zamora, siglos XIXIV. II Jornadas de cerámica medieval e pos-medieval: Métodos e resultados para o seu estudo (Tondela, 1995), p. 81-89.

LARRÉN IZQUIERDO, H. y RODRÍGUEZ, E. (2001): Análisis histórico-arqueológico del poblamiento en tomo a las lagunas de Villafáfila (Zamora). S. X-XI. Actas V Congreso de Arqueología Medieval Española T.1., p. 57-68.

LARRÉN IZQUIERDO, H. et a. (2001): Patrimonio arqueológico y monumental en el Embalse del Esla. Tramo: Bretó-Bretocino. I.E.Z Florián de Ocampo. Zamora.

LEDO DEL POZO, J. (1853): Historia de la nobilísima villa de Benavente. Zamora.(reed. Salamanca, 1970).

LIÓN BUSTILLO, C. (1988): Excavaciones en el alfar de cerámicas de paredes finas en Melgar deTera. AIEZ Florián de Ocampo, p. 99-100.

LIÓN BUSTILLO, C. (1990): Aspectos decorativos y onomásticos de las estelas funerarias de la provincia de Zamora. Actas ler Congreso Historia de Zamora, Zamora, 1988, t II, p. 561-570.

LOBATO VIDAL, J.C. (1992): Despoblados medievales en los valles de Benavente, Brigecio 2, p. 43-54.

LOEWINGSON, E. (1965): Una calzada y dos campamentos romanos en el Conventus Asturum. Archivo Español de Arqueología, 38, n° 111-112, p. 26 ss.

LOEWINGSON, E. (1994-95): La Vía de la Plata en sus extremos septentrionales. Brigecio 4-5, p. 99-107.

LÓPEZ RODRÍGUEZ, J.R. y REGUERAS, E (1990): Sigillatas en relieve y estampadas de Villanueva de Azoague. Actas 1er Congreso Historia de Zamora, Zamora, 1988, t II, p. 623-628.

MADOZ, P. (1845-50): Diccionario geográfico-estadístico de España y sus posesiones en Ultramar. Madrid. (reed. 1984,Valladolid).

MARCOS CONTRERAS, G (1994): Dos piezas metálicas del Calcolitico precampaniforme zamorano: Los Bajos (VeciIla de Trasmonte, Zamora. Zephyrus XLVI, p. 301-307.

MARINÉ ISIDRO, M. (2001): Fíbulas romanas en Hispania: La Meseta. Archivo Español de Arqueología, anejos XXIV.

MARTÍN BENITO, J.I. (1988): Prehistoria de Benavente y los valles. Brigecio 1, p. 21-44.

MARTÍN BENITO, J.I. (2000): El Achelense en la cuenca media occidental del Duero. CEB Ledo del Pozo e IEZ Florián de Ocampo, Salamanca.

MARTÍN BENITO, J.I. y GONZÁLEZ. R. (1997): La reparación de las murallas de Benavente en el siglo XVII según un documento delArchivo Municipal. Brigecio 7, p. 205-212.

MARTÍN CARBAJO, M.A. et a. (1993): San Juan - El Valle, un enclave tardorromano y plenomedieval en Colinas de Trasmonte (Zamora), Anuario IEZ Florián de Ocampo. p. 37-49.

MARTÍN CARBAJO, MIGUEL A. et a. (1998): Trabajos de prospección y documentación arqueológica de la zona afectada por las obras de la red de gasificación de Benavente en el yacimiento de Los Villares, Villanueva de Azoague (Zamora), Anuario IEZ Florián de Ocampo. p. 57-73.

MARTÍN VALLS, R. (1975): Epígrafes romanos de Sansueña (Rosinos y Santibáñez de Vidriales en Sobre los campamentos de Petavonium, Studia Archaeologica. 36, p. 13-18.

MARTÍN VALLS, R. y DELIBES, G. (1976): Hallazgos arqueológicos en la provincia de Zamora (III), Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, XLII, p. 427.

MARTÍN VALLS, R. y DELIBES, G. (1981): Hallazgos arqueológicos en la provincia de Zamora (VIII), Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, XLVII, p. 172-176.

MARTÍN VALLS, R. y MAÑANES PÉREZ, T (1975): Nuevo documento militar del campamento de Rosinos de Vidriales en Sobre los campamentos de Petavonium, Studia Archaeologica 36, p. 9-12.

MARTÍNEZ SOPENA, P. (1985): La Tierra de Campos occidental. Poblamiento, poder y comunidad del siglo X al XIII. Valladolid.

MARTÍNEZ SOPENA, P: (1989): Las pueblas reales de León y la defensa del Reino en los siglos XII y XIII en Castillos medievales en el Reino de León, Madrid.

MARTÍNEZ SOPENA P, AGUADO, V. y GONZÁLEZ, R. (1996): Privilegios reales de la villa de Benavente (Siglos XII-XIV), Salamanca.

MATA GUERRA, J.C de la (1996): Breve historia de la Casa del Tinte. Brigecio 6 p. 203-208.

MAYER, M.; GARCÍA, R. yABÁSOLO, J.A. (1998): El Bronce de Fuentes de Ropel (Zamora). Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, LXIV, p. 161-174.

MIGUEL HERNÁNDEZ, E (1994): Aproximación arqueológica al Monasterio de Santa María de Moreruela. Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 59-76.

MISIEGO TEJEDA, J. et a. (1997): Excavaciones arqueológicas en el yacimiento de La Corona-El Pesadero en Manganeses de la Polvorosa (Zamora), Anuario IEZ Florián de Ocampo, p.17-43.

MISIEGO TEJEDA, J. et a. (1998): Arqueología en territorio astur. La Corona/El Pesadero (Zamora), Revista de Arqueología n° 208, p.29.35.

MISIEGO TEJEDA, J. et a. (1999): Excavación arqueológica en el solar de la C/ Obispo Regueras, 67, c/v C/ Venezuela, de Benavente (Zamora)”. Anuario IEZ Florián de Ocampo. p.43-59.

MORÁM BORDÓN, C. (1935): Excavaciones en los dólmenes de Salamanca y Zamora, Junta Superior del Tesoro Artístico. Memorias. 135.

OLMO. J. del (1994-95)): Arqueología aérea en tres núcleos campamentales romanos de Zamora y León, Brigecio 4-5, p. 109-118.

OLMO. J. del (1996): Arqueología aérea en la Dehesa de Morales. Brigecio 6, p. 57-74.

PALAU VICENTE, J.J.(1999): Presencia militar romana en la actual provincia de Zamora. Brigecio 9, p. 45-56.

PALOMINO LÁZARO, A. (1988): Resultados de la excavación arqueológica en La Casa de los Moros. Arrabalde (Zamora). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 139-150.

PALOMINO LÁZARO, A. (1990): Nuevas aportaciones al conocimiento del megalitismo en la provincia de Zamora. Actas 1er Congreso Historia de Zamora, 1988, t. 2, p.173-200.

PEREA, A y ROVIRA, S. (1995): The gold from Arrabalde en G. Morteceni and J.P. Northover (eds). Prehistoric Gold in Europe, p. 471-490.

PÉREZ MENCÍA, E. (1986): Necrópolis medieval sobre villa romana en Villanueva de Azoague. Actas del Congreso Internacional sobre Astorga romana, p. 309-316.

PÉREZ MENCÍA, E. (1994-95): Brigecio. Brigecio 4-5, p. 75-99.

PÉREZ RODRÍGUEZ, EJ. et a. (1991): Intervención arqueológica en el yacimiento Los Bajos, Vecilla de Trasmonte (Zamora), Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 149-174.

PÉREZ RODRÍGUEZ, EJ et a. (1993): Algunos aspectos de la Edad del Cobre en el Valle medio del río Tera, Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 49-79.

PRIETO MORILLO, S. (1997): Monasterio de Moreruela. Sinopsis gliptográfica, Brigecio 7, p. 107-121.

QUADRADO, J.Mª (1861): Recuerdos y bellezas de España. Zamora. Madrid (ed. fac., Valladolid, 1990).

QUINTANA PRIETO, A. (1988): El monasterio de Ageo.Brigecio 1, p. 61-108.

QUINTANA PRIETO, A. (1991): Santa Marta de Tera. Zamora.

REGUERAS, E. (1979): Un yacimiento romano en el valle del Esla: la Villa de las Cañamonas. Archivos leoneses, 65, p. 111-121.

REGUERAS, E. (1990a): Los mosaicos de la villa romana de Requejo. Actas 1er Congreso Historia Zamora, Zamora, 1988, t II, p. 637-696.

REGUERAS, E. (1990b): Restos de pinturas romanas en la provincia de Zamora, Actas ler Congreso Historia Zamora, Zamora, 1988, t II, p. 697-720.

REGUERAS, E. (1990c): La arquitectura mozárabe en León y Castilla. Junta de Castilla y León, Salamanca.

REGUERAS GRANDE, E. y GRAU LOBO, H.L.A. (1987): Intervención arqueológica en el yacimiento de El Torrejón(Santa Cristina de la Polvorosa). Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 15-31.

REGUERAS, E. y PÉREZ, M. ( 1997): Cenobios Tabarensis: sobre un nuevo epígrafe localizado en Tábara. Brigecio 7, p. 65-90.

REGUERAS , E. y GARCÍA-ARÁEZ, H. (2001): Scriptorium. Tábara visigoda y mozárabe. Salamanca.

RODRÍGUEZ, E.; LARRÉN, H. y GARCÍA ROZAS, R. (1990): Carta Arqueológica de Villafáfila”, Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 33-76.

RODRÍGUEZ MARCOS, J.A. y VAL RECIO, J. (1990): Nuevos datos para la interpretación de los hoyos Cogotas I. Un silo de Barcial de Barco. Actas 1er Congreso Historia Zamora, Zamora, 1988, t II, p. 201-209.

RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ, E. (1996): El poblamiento medieval del entorno de las Lagunas de Villafáfila, Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 227-298.

RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ, E. (2000): Historia de las explotaciones salinas de las Lagunas de Villafáfila. Cuadernos de Investigación n° 16, IEZ Florián de Ocampo, Zamora.

ROLDÁN HERVÁS,J.M. (1971): Iter ab EmeritaAsturicam. El camino de la Plata. Salamanca.

SANATONJA, M. (1995): El Paleolítico en Historia de Zamora. De los orígenes al final del medievo, tomo I, Zamora, p. 19-46.

SALVADOR VELASCO, M. y VIÑÉ ESCARTÍN, A. I. (1996): Nuevos datos acerca del Monasterio de Santa María de Moreruela (Granja de Moreruela, Zamora) a través de la intervención arqueológica en la segunda planta de cubiertas de la cabecera de la iglesia, Anuario IEZ Florián de Ocampo", p. 37-47.

SANZ GARCÍA, EJ., et a. (1991): Sondeos arqueológicos en el entorno de la iglesia de San Martín de Castañeda (Galende, Zamora)”. Anuario IEZ Florián de Ocampo", p. 315-325.

SEVILLANO CARBAJAL, V. (1978): Testimonio arqueológico de la provincia de Zamora. Zamora.

STRATO, S.L. (2001): Guía de la ruta arqueológica por los Valles de Zamora. Vidriales, Órbigo y Eria. Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, Salamanca.

TOVAR MARTÍN, V. (1976): Proyectos para la iglesia del Convento de San Francisco de la Villa de Benavente (Zamora). Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, XLII, p. 463-469.

VICENTE GARCÍA, Mª D. (1990): Resumen de la excavación de urgencia realizada en Villaveza del Agua, Anuario IEZ Florián de Ocampo, p. 145-153.

WATTEMBERG, F (1959): La región vaccea. Celtiberismo y romanización de la cuenca del Duero. Biblioteca Prehistórica Hispánica, II.