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IV.
EL CONCEJO Y SU ALFOZ
LAS TIERRAS DE BENAVENTE A LA LUZ DE LA ARQUEOLOGÍA
Hortensia Larrén Izquierdo
Reconstruir el pasado de un espacio geográfico concreto a la luz de los datos
que la Historia proporciona, haciendo uso de los variados métodos de
investigación que las diferentes ciencias nos ofrecen, y recomponer y ordenar
los resultados, es una tarea difícil y no exenta de errores, cuyo éxito depende
del grado de información que se posea en cada momento. Hacer una síntesis
histórica de las tierras que compusieron en su día el alfoz de Benavente
tropieza con los problemas lógicos de un espacio histórico cuyos límites se
con-figuran según los avatares políticos que le son afectos.
La conocida como tierra de Benavente y los valles
conlleva una variedad
geográfica que se impone a la hora de rastrear unos espacios habitados desde
época pretérita, en los que las manifestaciones humanas ofrecen formas diversas
dependiendo, a su vez, del momento histórico-cronológico al que correspondan. La
bonanza de las tierras que configuraron sus venas de agua contrasta con la
dureza de sus formaciones montuosas; cada una de ellas acogió, dependiendo de
las necesidades, estructuras de variada génesis que el hombre fue imponiendo en
un espacio, poco a poco dominado y dominio, hasta crear una sintonía entre
ambos.
Desde que el P. Ledo del Pozo publicara su conocida Historia, muchos y variados
han sido los trabajos de investigación que han proporcionado datos de singular
importancia para reconstruir el paso del tiempo hasta llegar al momento actual.
En este recorrido, la ciencia arqueológica ha supuesto una aportación de primera
magnitud para llenar algunos vacíos y, por qué no, crear algunas incertidumbres,
con unos datos nuevos, no siempre amparados en lo que las fuentes escritas nos
ofrecen.
Este artículo no pretende enjuiciar las nuevas o viejas teorías derivadas de
estas investigaciones, sino sintetizar lo que en los últimos años de
investigación arqueológica se ha hecho evidente, ayudándonos del elenco
bibliográfico que se acompaña, sin olvidar, en ningún caso, a los investigadores
que con su hacer pionero pusieron las bases de los estudios que ahora se llevan
a cabo: Gómez Moreno y César Morán –los más lejanos–, Martín Valls, Delibes de
Castro y Esparza Arroyo –los más cercanos– iniciaron una andadura que lentamente
va completando un ciclo de hipótesis y propuestas históricas de las que no
quedan fuera, sino todo lo contrario, un buen número de nuevos investigadores y
arqueólogos que, por motivos muy diversos, van escudriñando el pasado de estas
tierras y cuyo largo listado no será posible enumerar individualmente en las
páginas siguientes. En cualquier caso, quede aquí nuestro agradecimiento y
excusas.
La presencia humana desde el Paleolítico queda bien atestiguada en los entornos
de los cauces de agua. Los ríos Tera, Órbigo, Eria, Cea y Esla, con sus arroyos
subsidiarios como el Almucera, fueron lugares preferentes para estas gentes,
tanto por las posibilidades geográficas que ofrecían, como por la presencia de
materia prima necesaria y susceptible de ser utilizada para la fabricación de
sus característicos útiles líticos, tan ampliamente estudiados por M. Santonja
(1995) y J.I. Martín Benito (2000). Pese a ello, todavía se desconoce cuáles
fueron sus lugares de habitación, así como sus hábitos sociales y costumbres, si
bien los lugares identificados a través de prospecciones arqueológicas son de
singular interés para el devenir histórico de estas tierras.
Mayor entidad ofrecen los vestigios de los momentos posteriores. Aunque no se
han identificado los poblados coetáneos, han llegado hasta nosotros las mejores
manifestaciones de arquitectura megalítica funeraria de la provincia, tanto por
su número como por la integridad de sus monumentos, ya conocidos en su día por
Gómez Moreno y César Morán, a quienes se deben las primeras incursiones
arqueológicas en los mismos. Los dólmenes de San Adrián y Las Peñezuelas en
Granucillo de Vidriales, el Casetón de los Moros en Arrabalde, El Tesoro en
Morales del Rey y el desaparecido, a comienzos de los 80, en Brime de Urz, todos ellos en las inmediaciones de los actuales núcleos de población y a los pies
de las sinuosas sierras que enmarcan los valles del Eria y Almucera, nos evocan
unos espacios en total sintonía entre la agreste naturaleza y los ideales
sociales de las gentes que erigieron estos espacios funerarios.
A partir de las excavaciones realizadas por el P. Morán primero y J. Del Val, A.
Palomino yA. Cuadrado en los últimos años, se ha sabido de su variedad
tipológica –unos de planta simple y otros de corredor– y de su pérdida tumular,
excepción hecha del dolmen de El Tesoro. Asimismo, el paso del tiempo y el
desconocimiento humano no permitió que los enterramientos llegaran íntegros,
debiéndonos de conformar tan sólo con algunas piezas que formaban el ajuar
funerario: cuentas de adornos talladas en variscita, prismas de cuarzo y puntas
de flechas, son los conjuntos más llamativos que hoy se exhiben en el Museo de
Zamora. Por último cabe citar el pequeño conjunto numerario de época romana,
fechado en el S. III, aparecido en el interior del dolmen de "El Tesoro" de
Morales del Rey en el que, curiosamente, la creencia popular se plasmó en el
topónimo de la zona y se materializó en las monedas exhumadas.
Sin lugar a dudas, las posibilidades que ofrecían estas tierras fueron bien
acogidas y aprovechadas por las gentes de la denominada Edad del Cobre, tal y
como se constata en el número de asentamientos documentados en los últimos años
en los valles de Vidriales y Tera, en los actuales términos municipales de
Colinas de Transmonte, Quiruelas de Vidriales y Vecilla de Transmonte a partir
de los trabajos de investigación realizados con motivo de la puesta en regadio
de la zona. “Las Peñas”,
“San Miguel” y
“Los Arenales” en Quiruelas,
“Las Bodegas”
y “Los Llanos”
y “Los Bajos” en
Colinas y Vecilla de Trasmontre,
respectivamente , nos caracterizan un conjunto de poblados en llano, cercanos a
los cauces de agua, carentes de defensas, donde las estructuras de habitación se
reconstruyen a partir de los “agujeros de poste” que acogieron los elementos lígneos
–troncos– que formaron las cabañas de planta circular, a las que se
asocian los conocidos hoyos o silos, cuya abundancia en el caso de
“Los Bajos”,
llevó a definir el conjunto como un auténtico campo de hoyos.
Junto a estas sencillas estructuras un completo ajuar cerámico
–cuencos, orzas
y ollas– piezas talladas en hueso y piedra
–espátulas, agujas, afiladeras, hachas
planas y puntas de flecha– y los excepcionales objetos metálicos
–puñal y cincel de cobre de
“Los Bajos”– son las evidencias de vida en estos parajes (Pérez
Rodríguez et a. 1991, 1993; Marcos et a., 1994; Larrén coord. (1999).
Similares características ofreció el asentamiento documentado en los cercanos
“Paradores” de Castrogonzalo donde, sin duda, las gentes calcolíticas iniciaron
lo que a través de toda la historia se ha hecho en esta zona: el control de. un
paso natural desde la posición dominante sobre el río Esla. En esta ocasión,
estas gentes dejaron como elemento novedoso algunos fragmentos cerámicos decorados con sencillas incisiones con motivos oculados
o soles, que muestran una intencionalidad apotropaica y cuya relación con las
gentes de “Las Pozas” es evidente (Domínguez, 1991).
Frente a esta ocupación relativamente masiva del territorio, la
Edad del Bronce aparece menos representada, si bien esta circunstancia se debe más a un
conocimiento parcial que a su inexistencia, ya que las prospecciones realizadas
sí muestran enclaves de este momento, habiendo sido los trabajos de excavación
menos numerosos. En este sentido, un buen ejemplo que corrobora lo anterior lo
constituyen los yacimientos documentados en las Lagunas de Villafáfila, por otro
lado tan relacionadas históricamente con las tierras de Benavente, donde la
presencia de las gentes del Bronce y su relación con las explotaciones salinas
es evidente ( Rodríguez, Larrén y García, 1990; Rodríguez, 2000), siendo
excepcional el yacimiento conocido como “Santioste”, junto a la Laguna Grande,
en Otero de Sariegos donde, a través de la excavación arqueológica ha sido
posible reconstruir el proceso de transformación de la sal en ese momento (Delibes, Viñé
y Salvador, 1998).
Junto a este asentamiento, dos son los lugares que deben recordarse: la
singularidad del hoyo de Cogotas I de Barcial del Barco (Rodríguez y Val, 1990),
cuya similitud con otros yacimientos de “campos de hoyos” es indudable y, lo más
novedoso, la identificación en el señero “Castro de las Labradas” de un momento
de ocupación en el Bronce Final. (Misiego, 2001), posiblemente el de fundación,
aunque por el momento desconozcamos la relación con sus estructuras
contemporáneas.
Y es la Edad del Hierro la que cobra singular magnitud en estos espacios
ofreciendo aquí, por primera vez, los dos tipos de poblados característicos de
estas gentes: frente a los potentes poblados fortificados
–los populares castros–
que dominan los valles protegidos por sus robustas defensas desde los crestones
rocosos de la Sierra de la Culebra o la de Carpurias (Gómez Moreno, 1927;
Esparza, 1986), cuya abundancia y personalidad ha concluido en la conocida como
cultura castreña del Noroeste, aparecen otros, cada vez más abundantes, con una
ubicación, también defensiva, pero en espacios más abiertos sobre los cauces de
agua y tan sólo en apariencia menos poderosos, en los que es la arcilla la
materia prima básica utilizada en sus construcciones, bien como adobe, bien como
tapial.
Si para los primeros el Castro de Las Labradas es la referencia obligada, tanto
por su ubicación geográfica, su extensión y características defensivas y, en
especial, los dos espectaculares atesoramientos recuperados (Delibes y Martín
Valls, 1982; Esparza, 1986), para los segundos son Los Cuestos de la Estación,
en Benavente y La Corona/El Pesadero de Manganeses de la Polvorosa,
identificados a comienzos de la década de los 80 (Celis, 1986; Celis y
Gutiérrez, 1989) los señuelos de estos importantes poblados bien conocidos
gracias a los trabajos realizados en estos años donde, la investigación científica, ha logrado poner al
descubierto la capacidad creadora de estas gentes (Celis, 1988; 1993; Misiego et
a. 1997; 1998).A ellos hay que añadir los significativos
ejemplos de Castropepe,
Castrogonzalo o Bretó donde la ocupación del primer milenio verá repetir
similares circunstancias en época medieval a través de las conocidas
“motas”
(Gutiérrez González, 1991; 1995).
Como ya se ha dicho, es sin duda el Castro de Las Labradas el yacimiento de esta
época con más personalidad de los conocidos. Su extenso territorio
–casi 23 Has.–
sobre las crestas de la Sierra de Carpurias, dominando la feraz vega del río
Eria y emergente en el valle de Vidriales, se ofrece como un reducto
inexpugnable en prácticamente todos sus flancos, donde los grandes roquedos
naturales quedan perfectamente integrados en las líneas de defensa creadas ex
profeso, en una longitud de unos 2500 m., cuyo desarrollo es posible identificar
a partir de los potentes derrumbes que circundan el asentamiento (Balado, 1999;
Misiego, 2001).
Los últimos trabajos realizados han permitido confirmar los dos recintos
amurallados y la estructura de una de sus puertas de acceso en su cierre
occidental interior, con dos potentes torreones macizos de planta cuadrangular,
así como el sistema constructivo de sus murallas que, a buen seguro, mantendrían
una altura en torno a los 4/5 m., cobijando cabañas o casas rectangulares,
todavía no bien definidas, así como otras estructuras como aljibes, rediles para
el ganado, etc., que en combinación con las ofertas de la naturaleza,
posibilitaron la presencia humana en el antiguo espacio castreño con
manifestaciones hasta bien entrada la época moderna (Gutiérrez, 1991).
Junto a estas evidencias de vida, son los dos tesoros recuperos los elementos
más llamativos de Las Labradas. Símbolos de poder y riqueza entre sus gentes,
atesoramiento u ocultación frente al enemigo, han llegado a nosotros como joyas
excepcionales en las que se mezclan técnica y estética, obra de arte y valor
humano, sobre las que poco hay que añadir a lo ya publicado (Delibes, Esparza y
Martín Valls, s.a; Perea y Rovira, 1995).
No por ser más humildes son menos importantes a nivel científico los datos que
proporcionaron los castros de “El Castillo”, en el desaparecido Manzanal de
Abajo y “El Castro de La Magdalena”
o “Socastro” en Milles de la Polvorosa.
(Escribano, 1990; 1992). El primero, junto al pueblo de Manzanal, bajo las aguas
del Embalse de Valparaíso desde 1988, se situaba en lo que era la penillanura de
La Carballeda, en la confluencia del río Tera y su afluente Valdalla, formando
un espigón protegido por un recinto amurallado de planta ovalada en torno a 1
Ha., con una defensa perimetral hecha con mampostería en seco, precedida de un
foso y un campo de piedras hincadas, siguiendo los estereotipos de estos
asentamientos, en los que la cultura material confirma esta conexión.
El “Castro de La Magdalena”, enclavado en un promontorio natural sobre los ríos Tera y Esla, en los actuales términos de Milles de la Polvorosa y Mózar de
Valverde, presenta una dispersión de restos en superficie mucho mayor, en torno
a 6 Has., en las que se observan muros a ras de suelo, cenizales en los cortes
de la pista de acceso y posibles defensas ataludadas cuyo lomo destaca del
terreno circundante. La intervención arqueológica realizada en sondeos muy
concretos con motivo de la instalación de un repetidor de RTVE, corroboró la
correspondencia de este asentamiento con el foco castreño, a la vez que se
confirma una ocupación en época celtibérica y momento pleno y bajomedieval,
identificándose estos con el topónimo de “Socastro”, poblado
incluido en la
Merindad de Riba de Tera, despoblado, según S. Hernández en 1434 (1986) y
repoblado de nuevo por portugueses en 1525 (García Caballero, 1992), aunque la
entidad de esta nueva ocupación se nos escapa. En cualquier caso, el lugar es un
ejemplo más que avala la tesis de Gutiérrez González (1991) sobre la ocupación
medieval de estos asentamientos, como también se constata en el citado de Las
Labradas.
Pero, sin duda, son los enclaves de Benavente, Manganeses de la Polvorosa,
identificados por J. Celis (1986) el primero, y por este investigador y J.A.
Gutiérrez González el segundo (1989) y “El Castro” en Camarzana de Tera , los
que han supuesto una aportación científica de primera magnitud tanto para la
reconstrucción histórica de estas tierras en particular, como para el
conocimiento de la Edad del Hierro en general, teniendo que señalar cómo, el
intenso trabajo arqueológico desarrollado en los últimos años ha supuesto un
cambio notable en las hipótesis formuladas, siendo el yacimiento de Camarzana el
que supuso el punto de partida a nivel de información arqueológica para este
tipo de asentamientos a partir de los sondeos realizados con motivo de una obra
municipal proyectada en 1985 (Campano y Val, 1986).
Poco vamos a decir de la primigenia ocupación benaventana, dado que existe un
estudio monográfico en este trabajo realizado por E. Arnau, pero sí insistir en
algunos aspectos seña-lados en el párrafo anterior. Si importante fue la primera
identificación de "Los Cuestos de la Estación"y"La Sinoga" por Jesús Celis en el
ya lejano 1986, como un lugar de ocupación de la I Edad del Hierro sobre el río
Orbigo, a partir de los vestigios manifestados en las laderas sur y oeste del
núcleo urbano, los resultados puestos al descubierto -y en buena parte
desaparecidos- en las campañas arqueológicas realizadas en años posteriores (Celis
y Gutiérrez, 1988; 1989; 1990) confirman la creación de un auténtico tell , con
12 fases de ocupación. Desde sencillas cabañas circulares manifestadas a través
de los "hoyos de poste" que configuran su planta sobre el nivel geológico, a la
que se superponen otras, bien de planta circular, bien de planta cuadrada,
construidas con adobes, a las que se asocian –a las primeras–, restos de
decoración pintada en sus paramentos interiores, hogares y otras estructuras
subsidiarias –hornos–, con un importante elenco de hallazgos materiales
correspondientes a sus vajillas y útiles de uso (Celis, 1993). A priori, este
poblado tendría su cierre a través de un profundo foso en la conocida calle de
la Sinoga, donde la orografía de la ciudad actual muestra un señalado desnivel.
Sin embargo, las recientes excavaciones de E. Arnau en la cercana Mota
–por otro
lado topónimo altamente significativo– han puesto de manifiesto la existencia de
cabañas, correspondientes a este mismo momento, que ampliarían de forma notable
el área de ocupación del poblado de las gentes del Soto.
Y si singular fue la identificación de este yacimiento, no lo fue menos el
conocido como “El Pesadero” en el vecino Manganeses de la Polvorosa (Celis y
Gutiérrez, 1989) donde, la explanación de unas fincas de labor, a los pies del
promontorio denominado “La Corona”, puso de manifiesto otro lugar de ocupación
de similares características al benaventano, ampliando las referencias que hasta
ese momento se tenían sobre este enclave prerromano, ubicado en el interfluvio
de los ríos Eria y Orbigo y el arroyo del Pesadero (Martín Valls y Delibes,
1981; Esparza, 1986), diferenciándose así dos espacios ocupacionales, con una
extensión en torno a las 11 Has.
Como es conocido por todos, la construcción de la Autovía Rías Bajas afectaba en
su trazado a parte de El Pesadero, por lo que se llevó a cabo la excavación de
un área de 7000 m2 a lo largo de seis meses, en el año 1997, por el equipo de
arqueólogos dirigidos por Jesús Misiego, previamente a la ejecución de la obra,
cuyos vestigios han quedado soterrados bajo el terraplén de la citada Autovía.
En este gran espacio, el poblado o, mejor, la sucesión de poblados
correspondientes a las gentes de la I y II Edad del Hierro, se ha mostrado con
gran magnitud, comprobándose la superposición de sus estructuras habitacionales
organizadas en un entramado urbano, así como la instalación en una zona extrema
del mismo, ya en época romana , de un alfar dedicado a la manufactura de tejas
(Misiego et a. 1997, 1998).
El primer momento de ocupación, designado por sus investigadores como
Manganeses I y correspondiente a la I Edad del Hierro, se identificaba con una aldea
ubicada en el llano de El Pesadero, con unas 2,50 Has. de extensión, protegida
por una potente muralla hecha de cantos de río en su base y levantada con una estructura de adobes que cerraba
su lado occidental. En su interior se disponían, en torno a calles de traza
irregular, cabañas de planta circular, también construidas con adobes dispuestos
a tizón, con un banco corrido adosado a parte de su estructura y un hogar en el
centro. Junto a ellas, aparecían otras estructuras, también circulares, de menor
tamaño, segmentadas por radios concéntricos que recuerdan a las tradicionales
ruedas de carro , identificadas como posibles “altares”, dado que entre los
espacios libres se disponían vasos cerámicos y cornamentas de animales,
interpretados como ofrendas.
Sin solución de continuidad, las gentes de la II Edad del Hierro de
Manganeses
II, ampliaron el espacio hasta 11 Has, incluyendo en ellas tanto
“La Corona”
como el área anteriormente ocupada. El nuevo poblado se disponía en calles
ortogonales, en ocasiones pavimentadas, en el que convivían viviendas de planta
circular y rectangular, así como espacios destinados a actividades artesanales.
Frente al bagaje cerámico realizado a mano del momento anterior, ahora el
conjunto vascular se realiza a torno, ofreciendo en muchos casos la típica
decoración pintada de las gentes celtibéricas, existiendo asimismo otros útiles
fabricados en hueso y hierro –elementos de adorno, fíbulas y piezas defensivas–.
Como complemento a este complejo habitacional, posiblemente con un momento de
abandono relacionable con el proceso de conquista romana, se erige en el lugar,
como ya se ha dicho, un auténtico complejo alfarero
–laboratorio– destinado a la
fabricación de elementos de construcción, conocido como Manganeses III, en torno
a los siglos I y II d.C. que, a tenor de las marcas de alfareros registradas en
algunas de sus tégulas, mantuvieron un importante mercado dentro del territorio
de la actual provincia de Zamora, a través de su propietario, de nombre Valerio
Tauro.
El centro industrial de
“El Pesadero” ocupaba un área en torno a los 1200 m2 ,
que se yuxtapuso al anterior emplazamiento, posiblemente ya arruinado y
abandonado, en un espacio donde los elementos naturales le eran propicios para
su desarrollo: abundante agua , leña y arcilla en sus alrededores inmediatos,
así como lugares de mercado para su comercio. Su excepcionalidad tiene un doble
sentido: por un lado, conocer en su integridad ese espacio industrial completo, parangonable a los escasos ejemplos peninsulares conocidos , como son los
alfares de Andujar o el de “La Maja” en Calahorra, a la par que nos permiten
hacer un balance de su actividad y repercusión comercial en las tierras
adyacentes.
A nivel de organización espacial, el complejo se organiza en torno a un gran
espacio abierto donde se ubica, en primer término un edificio de unos 100 m2 de
planta, construido en su base con mampostería y alzados en tapial, subdividido
en distintas estancias, destinadas al almacenamiento y decantación de la
arcilla, al que se adosan otras dependencias dedica-das a las áreas de torno,
identificándose una interior y otra exterior, protegida por un porche,
relacionadas con la actividad alfarera según la estación climatológica. Separado
de este edificio, se sitúa otro, reconocido como secadero, de planta
cuadrangular y articulado con un sistema de pilares para la sujeción de la
cubierta, donde se depositarían las piezas sobre estantes lígneos, previamente a
la cocción en
los hornos. De éstos, dos han sido documenta-dos en el proceso de
excavación: de 6 y 14 m2 respectivamente, uno de los ellos, derruido con la
carga completa en su interior; lo que evidencia su abandono en el proceso de
fabricación y, el otro vacío, pero con la estructura completa. A partir de lo
exhumado, se pudo ver el praefurnium, hecho con un sistema de bóveda de cañón
sostenida o reforzada con pilares intermedios coincidentes con sus claves, y la
parrilla , con sus agujeros de aireación, así como, en el horno más pequeño,
parte de la cámara de cocción.
Gracias a las piezas recuperadas con inscripción,
se identifican, por un lado, el propietario del alfar
–Valerio Tauro–
y, por otro, dos de sus operarios –Cepalo y
Matugeno–, cuya referencia parecen en cartelas grabadas en un buen
número de piezas distribuidas por los yacimientos de la
“Dehesa de Morales”, en
Fuentes de Ropel, la “Villa de Requejo” en Santa Cristina de la Polvorosa y zona
de Villafáfila (Abásolo y García Rozas, 1997).
El proceso de conquista y posterior romanización de este vasto territorio en el
siglo I a. C, englobado en el marco de los pueblos del Noroeste, con
asentamientos de indudable preponderancia tal y como ha puesto de manifiesto la
evidencia arqueológica, no debió ser fácil. Los castros y poblados en altura,
protegidos por sus propias defensas y su ubicación natural y, en principio, los
más accesibles en las zonas de los valles, debieron ser flancos de difícil
dominio, como reflejan las fuentes escritas. Y para el control del pueblo astur
se instalan en esta zona varios campamentos en las inmediaciones de Castrocalbón
y, el mejor conocido de Rosinos de Vidriales, donde se asienta la Legio X
Gemina, con un contingente de seis mil soldados más otras tropas auxiliares. El
lugar, conocido desde el siglo XVIII con nombres como
“la ciudad de Sansueña” o
“La Ciudadeja”, para ser después la
mansio de Petavonium, ha estado rodeada de
leyendas e incertidumbres, contando hoy con una percepción más directa gracias a
los trabajos realizados y los abundantes estudios editados, reunidos en la
reciente publicación de S. Carretero (2000), a la que remitimos para una mayor
profundidad en el tema.
Sin duda, “la Ciudadeja" evocadora de un pasado remoto en el valle del Almucera,
poco expresaba lo que ahora vamos conociendo. El campamento conquistador se
sitúa en un área abierta, retando al cercano Castro de San Pedro de la Viña como
punto inmediato, ocupando un pequeño espacio a decir de los especialistas de
17,35 Has., de planta rectangular con las esquinas redondeadas, cuyas límites se
conocen principalmente por la fotografía aérea (Olmo, 1994-95). Posteriormente,
ya a fines del siglo I d.C. se mantiene un contingente de caballería, el Ala II
Flavia, que reduce el espacio campamental a 4,70 Has., espacio que hoy
conocemos, gracias a las recientes excavaciones y trabajos de consolidación y
restauración. Al igual que el primer campamento en cuyo interior se asienta,
éste es de planta rectangular con torres en sus esquinas -típicamente
redondeadas- y en sus lados mayores, con cuatro puertas en las dos vías
principales que atravesaban el campamento, de las que conocemos las dos de los
lados menores , también protegidas con torreones. En el interior de este espacio
se ha identificado una serie de edificios, de difícil interpretación, así como
una cocina con su horno, todo ello organizado en torno a sendas calles que
conservan su atarjeas y canalizaciones.
A la sombra de estos campamentos, se fue asentando la población civil, en un
área en torno a las 90 Has., la mansio de Petavonium, posiblemente dotada de
unas termas públicas y un templo dedicado a Hércules, si bien es todavía
desconocido el lugar de enterramiento de sus muertos - la necrópolis- cuyas
únicas referencias nos las proporcionan los singulares ejemplos epigráficos,
unos referentes a los milites, otros a la población civil, en cualquier caso
fuera de un contexto arqueológico.
Y derivado de este proceso de romanización, el espacio se ordena a partir de
unas vías de comunicación en torno a las cuales van surgiendo centros de
población de entidad muy diversa, a las que acompañan manifestaciones edilicias
de muy variado carácter. Así, en el territorio que nos ocupa, dos sondas vías de
comunicación importantes dentro del esquema peninsular. Por un lado, y con
afección directa a las tierras del valle de Vidriales y los asentamientos
referidos, es la denominada Vía XVII del Itinerario de Antonino, que unía en el espacio occidental dos de las civitas imperiales Asturica Augusta con
Bracara Augusta-, de las que han quedado algunas evidencias en el cercano
Bercianos-Villaobispo, y Fuente Encalada (con miliarios desaparecidos en la
actualidad) y topónimos alusivos a la misma en los núcleos de población actuales
de Calzada y Calzadilla o Milla, a su paso por el río Tera (Gómez Moreno, 1927;
Loewinsohn, 1965; Bragado, 1990).
La otra vía, de singular interés es la conocida a partir del topónimo medieval
como Vía de la Plata, cuyo recorrido Sur-Norte uniendo las ciudades de
Emérita Augusta y Astúrica Augusta, renovaba un camino natural abierto desde época
prerromana con fines económicos, relacionados con las explotaciones y comercio
de materiales auríferos y centros mineros (Loewinsohn, 1992). Pocos son los
elementos muebles y estructuras identificables desde el punto de vista
arqueológico que han pervivido para atestiguar estas actividades. Algunos
yacimientos evidencian explotaciones mineras en la Sierra de la Culebra, cuya
antigüedad es difícil de establecer, asociada a humildes poblados , como el de
Boya, del que poco sabemos acerca de las familias que le hicieron posible y de
cuya actividad tan sólo nos quedan potentes escuriadales emergentes en las zonas
llanas cercanas a los cauces de agua.
Es evidente que estas vías fueron necesarias para obtener, en un primer momento
un objetivo político, que se amplía, posteriormente, con el dominio económico y
social dentro de un programa más amplio. Sin embargo, los escasos restos a ellas
asociados que han pervivido hasta hoy dificultan enormemente tanto la
reconstrucción de su trazado como su veracidad, como coinciden la mayor parte de
los investigadores.Así, tan sólo contamos con los restos de un miliario,
maltratado por sus actuales propietarios, hallado en las inmediaciones de Fuente
Encalada a comienzos del siglo XX y, el más conocido de Milles de la Polvorosa,
fechado en época de Nerón, cuyo hallazgo actualiza nuevas hipótesis a cerca de
la ubicación de determinadas mansiones (Aguado, 1986).
Algo similar ocurre con las obras públicas y puentes de esta época, muchos de
ellos adjudicados a constructores romanos de forma genérica, influyendo en ello
su sencillez constructiva o su buena fábrica, muy posiblemente
“restaurados” en
época moderna. En este sentido es bien expresivo el ejemplo del Puente de los
Paradores o de Castrogonzalo donde, a través de la sucesión de estructuras y
ejemplos llegados hasta nosotros, es posible hacer un interesante recorrido
evolutivo a lo largo
de la historia, conociéndose cómo, las ruinas de época
romana para unos, medievales para otros, se rematan en 1585, iniciándose la
nueva construcción en 1588 con remodelaciones en años sucesivos -1640 y 1650- y
nuevas obras en el siglo XVIII (Aramburu-Zabala, 1992).
Como es sabido, asociados a la bonanza de las tierras ribereñas de los ríos Esla
y Órbigo, el paso de los Paradores citado y otros pasos de barca mantenidos
hasta épocas muy recientes, se identifica un significativo número de
yacimientos, jalonados muchos de ellos desde época calcolítica, sin solución de
continuidad, hasta época actual. Desgraciadamente, los trabajos arqueológicos no
han sido ni demasiados en su relación numérica, ni suficientemente extensos como
para tener una idea más certera de la ocupación de época romana que ahora nos
afecta, a lo que hay que añadir la destrucción, por causas muy diversas, de un
buen número de ellos. Así mismo, se carece de unos estudios integrados del
territorio que analicen las referencias escritas y los datos materiales, lo que
motiva importantes vacios a la hora de interpretar, bien determinados hallazgos,
bien determinadas fuentes documentales.
Si los lugares ya citados de Bretó, Castropepe o Castrogonzalo son buenos
ejemplos de lo expresado en párrafos anteriores, también lo son aquéllos que
intentan ser identificados con las ciudades y mansiones citadas en las fuentes
escritas, entre las que destaca, sin ningún género de dudas Brigecio, fruto de
las conjeturas más variadas en la historiografía al uso (Pérez Mencia, 1994-95).
Desechado el núcleo de “Los Paradores” por lo poco expresivo de sus hallazgos y
su grado de deterioro, son las actuales poblaciones o sus territorios adyacentes
de Villabrázaro, Benavente o Fuentes de Ropel, los lugares idóneos, a partir de
la interpretación de la noticia escrita. En el caso de los primeros, los
yacimientos que se conocen lo son a través de prospecciones superficiales,
siendo difícil poder hacer esta identificación. Asimismo, en el núcleo de
Benavente, no existen, hasta el momento, evidencias materiales de época romana,
siendo la “Dehesa de Morales”, en Fuentes de Ropel, la que más posibilidades
ofrece, tal y como se desprende de la interpretación realizada a partir de los
trabajos de campo por J. Celis (1990) y el análisis de la fotografía aérea
(Olmo, 1996). A ello hay que unir la singular pieza broncínea con inscripción,
hallada furtivamente en 1987, e interpretada por sus investigadores como terminatio
de un territorio, con referencias a ciudades y poblados, ninguna de
ellas reconocidas hoy, fechada en torno al siglo I (Mayer, García y Abásolo,
1998), cuya relación con un asentamiento urbano parece más que probable.
Con un carácter rural se presentan los asentamientos de
“Los Villares” en
Villanueva de Azoague o “Requejo” en Santa Cristina de la Polvorosa ,
ampliamente estudiadas por E Regueras (1990 a, 1990 b). La más significativa es
la segunda por el conjunto musivario correspondiente a un villa, situada junto
al río Órbigo, causante de parte de su destrucción; en ella parece identificarse
un primer momento de habitación, de época altoimperial, y otra en torno al siglo
IV-V, cuya restitución planimétrica no ha sido posible, y a la que pertenecen
los mosaicos citados correspondientes a diversas estancias y estructuras
termales, en las que también se recuperó un importante conjunto de pinturas
murales con motivos marinos.
También a un momento tardío corresponden los restos documentados en el lugar
denominado “San Juan/El Valle” en Colinas de Transmonte, cuya excavación fue
motivada por las obras de regadío de la margen izquierda del Tera, a las que ya
se ha hecho referencia (Larrén (coord.) 1999). Como en los casos precedentes, el
área excavada no permite definir el tipo de asentamiento, si bien los hallazgos
cerámicos aportados indican dos momentos de ocupación, siendo el más antiguo de
los siglos IV-V d.C.
Esta precariedad respecto a los lugares de habitación también se manifiesta en
sus necrópolis. Poseemos referencias de dos conjuntos asociados a posibles
villas o vicus: “San Miguel del Valle”, prácticamente arrasada por las labores
de desmonte de la finca, de la que se recuperaron una jarra y un cuenco muy
fragmentado correspondientes a un ajuar, y la de “Las Cañamonas”, en San
Cristóbal de Entreviñas (Regueras, 1979), en la que se exhumaron doce
enterramientos, de tipología simple y diversa, de los que tan sólo uno ofreció
un sencillo ajuar formado por dos jarritas de terra sigillata hispánica, que
ayudan a fechar el conjunto entre los siglos IV-V d.C, dentro de las denominadas
“necrópolis del Duero” según sus investigadores (Carretero, 1990; Caballero,
1995).
Otro tanto cabe decir sobre el vacío de conocimiento que afecta a las
actividades económicas. Sólo dos excepciones son expresivas de este aspecto: las
explotaciones mineras, de las que conocemos los datos relacionados con el
asentamiento de Boya, ya citado y en el que no vamos a insistir, y las
producciones cerámicas, bien de vasijas de uso, bien de elementos
constructivos. A pesar de no ser abundantes, la excepcionalidad de sus hallazgos
o la singularidad de los centros de producción, hacen de los casos documentados
una referencia obliga-da en el campo de la arqueología.
Ya se ha descrito, en relación con el yacimiento de
“La Corona-El Pesadero”, en Manganeses de la Polvorosa, el
laboratorio o centro de producción, desconocido
hasta ese momento, de tejas planas o tegulae con marcas asociadas a su
propietario o fabricante –CEPALI OF/VALERI TAURI–, cuya presencia y dispersión
por los yacimientos de Benavente, Rosinos de Vidriales, Fuentes de Ropel, Santa
Cristina de la Polvorosa, Villafáfila, etc., dan muestras evidentes de la
actividad de este centro productor (Misiego et a. 1997; 1998; Abásolo y García,
1997).
Y realmente excepcional fue el hallazgo en la ya lejana década de los 70, del
testar de piezas de paredes finas del lugar, gráficamente denominado de
“Los
Ladrillos” en Melgar de Tera , fechado en el siglo I d.C. (Martín Valls y
Delibes, 1976) con gran difusión comercial por tierras circundantes, cuyo
conjunto cerámico fue estudiado posteriormente (Gimeno, 1990) y, gracias a las
dos campañas de excavación realizadas en el lugar de estos hallazgos en 1987 y
1988, conocidos dos de sus hornos (Lión, 1988), los cuales guardan una gran
similitud al documenta-do, y desgraciadamente muy destruido, en Milles de la
Polvorosa (Carballo y Viñé, 1990).
De este compendio de manufacturas alfareras no pueden quedar fuera los
singulares ejemplos de sigillatas decoradas en relieve y estampadas, procedentes
del yacimiento de “Los Villares”, en Villanueva de Azoague, donde
presumiblemente fueron fabricados, llamando la atención los motivos decorativos
que ornan los ejemplos vasculares con referencia a escenas del Antiguo
Testamento, como es, por citar el más característico,
“Daniel en el foso de los
leones”, dentro de la más auténtica manifestación de las cerámicas denominadas
paleocristianas ( López y Regueras, 1990).
Pero los vacíos más evidentes se muestran en lo que al período
visigodo y altomedieval se refiere. Si de forma insistente se ha hablado de la valiosa
información de las fuentes escritas, la arqueología pocos datos ha aportado
hasta el momento para estos siglos.
Algunas referencias a la ocupación visigoda
de Petavonium o la creación de moneda en una ceca de Sanabria siguen sin ser
corroboradas a nivel material, variando ligeramente la perspectiva en lo que al
mundo mozárabe se refiere, a pesar de lo fraccionados de sus datos.
Así, uno de los elementos más significativos que todavía pervive es la
lápida
fundacional del primitivo monasterio de San Martín de Castañeda, empotrada y
reutilizada en el testero de los pies de la construcción románica, que habla de
la fundación, no sin reservas, en el año 921 (Gómez Moreno, 1919, 1927).A este
primitivo edificio pertenecerían las piedras en relieve dispersas por algunas
viviendas del pueblo actual (Grau, 1991), pero del que nada han desvelado ni los
sondeos realizados a los pies de la iglesia (Sanz et a., 1991), ni la reciente
intervención en las áreas claustrales llevada a cabo por J. Sanz y F. Ollero el
pasado mes de Agosto de 2001, que sí han confirmado la existencia de vestigios
correspondientes a las fases posteriores.
Otro tanto ocurre con el desaparecido San Fructuoso de Ageo, citado en el 940,
en el actual Ayoó de Vidriales, de donde deriva el nombre. De él se conocen
sendos capiteles con sus columnas situados en una puerta en el muro meridional,
hoy expuestos en el Museo de los Caminos de Astorga. Una mínima documentación
llevada a cabo con motivo de la restauración del edificio, puso al descubierto
parte de una cimentación en el ángulo norte de la cabecera, que como mera hipótesis según las características constructivas y
de traza en relación con el edificio actual, quizás pueda identificarse con la
construcción anterior a la que correspondería la celosia rescatada en esos
trabajos y las piezas arquitectónicas ya conocidas (Quintana, 1988; Larrén,
1996).
Nada sabemos de otros monasterios de esta zona, como el de Camarzana de Tera o
San Pedro de Zamudia y bastante poco, para la identidad que debió tener, del
cenobio y scriptorium de Tábara, ampliamente estudiado y objeto de un reciente
trabajo y exposición, por lo que a ella nos remitimos (Regueras y García-Aráez,
2001); simplemente cabe recordar que tanto la estructura situada a los pies de
la torre como las distintas piezas arquitectónicas, decorativas y funerarias que
colocó para su protección el Servicio Territorial de Cultura de Zamora en 1996,
fueron extraídas en una de las ultimas obras de restauración realizadas,
desconociendo tanto su contexto arqueológico, como lugar exacto, al tiempo que
algunas de ellas se hallaron en el conocido barrio alto deTábara o casa
parroquial, como el epígrafe publicado por Regueras y Pérez (1997).
Otro tanto ocurre con el cercano monasterio de Moreruela de Tábara , en el que
las abundantes piezas reutilizadas y empotradas en los muros de su iglesia y la
bella celosía cuya ubicación se desconoce, no restan duda de su pertenencia a un
templo de bastante entidad y riqueza ornamental. Sin embargo, las excavaciones
realizadas en el interior de la iglesia, con motivo de la última obra de
restauración del edificio, ninguna luz han aportado al respecto, a excepción de
la identificación de un buen número de fragmentos antes desconocidos y una
significativa colección de marcas de cantería y grabados (Iglesias et a., 1994;
1995), pudiéndose pensar que el solar original no era coincidente con el de la
actual iglesia.
Similares circunstancias ofrecen los poblados de esta época. Del estudio
realizado en el entorno de las Lagunas de Villafáfila, a través de los trabajos
de prospección y su contrastación con las fuentes documentales, parece evidente
que los lugares de habitación son relativamente abundantes al decir de los
hallazgos en superficie y las referencias toponímicas (Rodríguez, 1996; Larrén y
Rodríguez, 2001), no debiendo olvidar, por su singularidad, la pizarra hallada
en el término municipal de Fuente Encalada, de texto profiláctico contra el
granizo, también fechada en el siglo X (Esparza y Martín Valls, 1998).
Por último sólo nos queda hacer referencia a un despoblado, ya reseñado. Se
trata del asentamiento conocido de San Juan/El Valle en Colinas de Trasmonte
donde, junto a la ocupación romana se identificó una estructura, con abundante
material cerámico, fechable a partir del siglo XI, gracias a las características
ollitas decoradas con retícula incisa, tan bien representadas en el antiguo
Reino de León (Larrén y Turina, 1995; Larrén, coord., 1999). Lo que para nosotros
resulta más difícil es identificar estos restos con el desaparecido monasterio
de San Salvador de Castroferrol, como ha propuesto recientemente R. González
(2000), para lo cual sería necesario conocer más en profundidad el contexto
arqueológico, como ocurre con el conocido como “El Torrejón”, en Santa Cristina
de la Polvorosa, fechado por sus excavadores en el siglo XIV (Regueras y Grau,
1987).
El colofón a estas páginas no podría ser otro que el relacionado con la propia
ciudad de Benavente, identificada en los comienzos del siglo XXI con una entidad
dentro de la provincia de Zamora. Históricamente, las adscripciones políticas y
administrativas le dieron otros adjetivos que la singularizaron en el contexto
peninsular, partiendo -como ya se ha dicho- de la controvertida Brigecio,
pasando por la Malgrat medieval que, desde el reinado de Enrique III en 1398 se
consolida en villa y, después, cabeza de señorío y condado de la Casa de los
Pimentel.
Del primitivo reducto habitacional de la Edad del Hierro hasta la configuración
urbana actual, las transformaciones espaciales sufridas han sido realmente
espectaculares, bien por la lógica evolución histórica de todo núcleo, bien por
intereses económicos o de otro tipo. Sin duda, las imágenes del primitivo
castillo señorial y su proceso de destrucción, evocan de forma admirable lo que
debió ser esta ciudad amurallada, con un pequeño recinto medieval que acogería
un caserío humilde, pero con singulares edificios de culto, de los que se
contabilizaban hasta catorce iglesias y cuatro monasterios en el siglo XV y de
los que tan sólo dos bellos ejemplos han llegado hasta nosotros.
Desgraciadamente, esta destrucción masiva del Patrimonio Histórico es
irrecuperable, quedando tan sólo la posibilidad, en parte muy menguada, del
estudio del pasado benaventano a través de la Arqueología. Aunque escasos son los
ejemplos, sí es necesario consignarlos: los restos del convento de San
Francisco, excavados en 1988 por A. Domínguez (1988) , cuya bodega permanece hoy soterrada; los trabajos sistemáticos en Los Cuestos de
la Estación y La Sinoga, de los que ya se ha hablado, realizados por J. Celis y
J. A. Gutiérrez en 1988, 1989 y 1990, las recientes documentaciones en Casa del
Tinte (Arnau , 1997) el convento de Santa Clara (Aníbarro 1998), La Mota Vieja
(Arnau 1998-2000), el solar inmediato a la puerta del Sepulcro (Misiego et a.,
1998) y los restos de la iglesia del mismo nombre (Salvador, 2001), nos han
mostrado algo, muy poco, de lo que existió, así como evidencias de la actividad
de las gentes que aquí vivieron como, por ejemplo la población mudejar dedicada
a la alfarería (Larrén, 1989; Gutiérrez, Larrén y Beneítez, 1995) o al curtido
de las pieles.
Esperemos que esta exposición y lo recogido en las páginas de este trabajo
sirvan, tanto para información, como para reflexión, intentando proteger aquello
que todavía pueda salvarse.
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