II.  1. LAS CORTES: BELLATORES

 

 

LA GUERRA Y EL ARMAMENTO EN CASTILLA Y LEÓN
DURANTE LOS SIGLOS XII-XIV

Álvaro Soler del Campo

 

La guerra y el armamento medieval constituyen dos de los elementos que más han condicionado en nuestros días la visión popular sobre este periodo. La imagen de ambos aparece sin embargo distorsionada en la mayor parte de las ocasiones por reducirse a estereotipos que describen la actividad bélica en la Edad Media como una sucesión de grandes batallas, con gran número de contingentes y por lo general pesadamente armados, con grandes armas y armaduras sin tener en cuenta el momento preciso al que se refieren dentro de un periodo que abarcó aproximadamente diez siglos. La realidad no fue así a juzgar por las fuentes escritas e iconográficas que conocemos. En la guerra medieval, en muchas ocasiones estacional, predominaban fundamentalmente las operaciones puntuales de desgaste para debilitar los recursos del enemigo, así como el ataque, toma, o arrasamiento de la fortificaciones que permitirían el control de los castillos y núcleos urbanos en los que estaba basada la organización del territorio. Estas operaciones eran llevada a cabo por contingentes no muy numerosos, y en ocasiones un grupo de jinetes bien armados y con gran capacidad de movimientos podían realizar incursiones profundas en territorio enemigo. La batalla campal sólo constituía un recurso extraordinario, muy incierto y a menudo propagandístico, como evidencia que desde finales del siglo XI hasta finales del XIV los castellano-leoneses sólo libraron las batallas de Sagrajas-Zallaqa (1085), Alarcos (1195), Navas de Tolosa (1212), Salado (1340) y Aljubarrota (1385).

La guerra medieval constituye un fenómeno complejo que va más allá de las cuestiones puramente técnicas, como puedan ser los tipos de expediciones, las tácticas o el armamento utilizado. En esta ocasión nos limitaremos a describir una perspectiva general de los principales tipos de expediciones y de armas utilizadas, por lo que no se abordarán otros aspectos de gran interés como puedan ser las connotaciones políticas, económicas o el trasfondo ideológico subyacente en ella 1.

A finales del siglo XIII las Partidas de Alfonso X el Sabio definen la guerra como extrañamiento de las cosas guadas y destruimiento de las compuestas ... es cosa de que se levanta muerte y cautiverio a los hombres, y daño y pérdida y destruimiento de las cosas. Según la obra de Alfonso X la guerra se hace para defender lo propio o conquistar lo ajeno; por servir, guardar u honrar al señor natural; o por acrecentar, guardar y honrar la tierra a la que se pertenece. Los enfrentamientos podían ser de seis clases según el tipo de combate y los hombres que tomaban parte en él, al tiempo que en el ejército existía una estructura de mando comandada por el caudillo, en quien recaía el mando supremo y de quien las Partidas especifican que debe distinguirse por tener esfuerzo, maestría e seso para llevar la guerra a buen término. Al caudillo le sigue en importancia el adalid, responsable de guiar al ejército, de la estrategia, el avituallamiento, el espionaje o la instalación del campamento. El tercer grado de mando recae en el almocadén, responsable de la infantería.

Las fuentes cristianas señalan dos tipos de expediciones según fueran ofensivas o defensivas. Las primeras se dividen a su vez en otras seis modalidades, entre las que destacan la hueste, la cabalgada y el fonsado. La hueste podía aludir a cualquier reunión armada, pero en sentido estricto se refería a un ejército reunido para una empresa de importancia convocada por el rey, un señor o las autoridades municipales. Era obligatorio que todos los hombres aptos acudieran a ella, ya que se convoca fundamentalmente ante las entradas del enemigo en territorio propio.

El fonsado tenía como fin la guerra ofensiva o la lid campal. Es el tipo de expedición más apropiado para la caballería al estar basado en incursiones de corto alcance, pero rápidas y devastadoras con el fin de causar daño al enemigo destruyendo cosechas o robando ganado. Similar en cierto modo, pero diferente, era la cabalgada, o expedición corta destinada a ocasionar daños y capturar botín o prisioneros.

Junto con ellas existían otras expediciones de menor importancia como la algara, la corredura o la rafala, caracterizadas por su corta duración y por tener como fin el pillaje o causar el mayor daño posible en breve tiempo y de forma rápida.

El apellido fue la única expedición de carácter defensivo, consistente en un llamamiento para la defensa de la plaza atacada o para perseguir a los enemigos que entraban en territorio propio. Era convocado con señales acústicas como voces, tambores, añafiles, campanas etc.

En cuanto al armamento, las fuentes medievales disponibles no permiten tratar de manera homogénea todo el periodo comprendido entre los siglos XI y XIV por ser numérica y cualitativamente desiguales. Por ello, algunos periodos sólo son conocidos en sus líneas directrices, como es el caso del siglo XI, mientras que sobre otros, como la segunda mitad del siglo XIII, disponemos de mayor información. Por este motivo es preferible abordar el tema desde el punto de vista de los modelos de equipamiento utilizado, para descender puntualmente a los tipos específicos de armas cuando se conocen con mayor seguridad.

Las información disponible permite atisbar que hasta mediados del siglo XI no existía una diferenciación clara entre los tipos de armas utilizados por los reinos cristianos del norte peninsular respecto a al-Andalus. Ello es debido a que básicamente el tipo de equipo debería ser muy similar, de carácter fundamentalmente ligero siguiendo el influjo andalusí, la capacidad tecnológica del momento y las necesidades que imponía la propia guerra. El equipo básico de un noble estaba compuesto por su espada, recta y de doble filo; un casco; un escudo circular u ovalado y los arreos de su caballería. El armamento ofensivo podía completarse con un juego de lanzas, pero éstas debían ser arrojadizas o para ser usadas como un estoque, pero nunca bajo la axila. Las cotas de malla eran de uso muy restringido. Era un equipo parco pero de gran valor, como indica el hecho de ser en muchas ocasiones reseñado en las disposiciones testamentarias como objeto de donación a los centros monásticos. No sabemos nada de los centros de producción castellano-leoneses, pero si se ha documentado el uso de armas procedentes de al-Andalus y de la Europa central.

Por su parte, el armamento de la infantería estaba compuesto por una lanza, escudo, espada corta de un solo filo similar a un gran cuchillo y un arco simple. La combinación de dos o varios de estos elementos, o la formación de un eventual cuerpo especializado, dependía de la mayor o menor capacidad del rey o de un señor para equipar a sus huestes. En este momento también se estaban utilizando ballestas, que todavía debían estar en sus primeros estadios evolutivos. El problema radica en que no disponemos de datos precisos sobre su primera presencia en la Península. Las primeras representaciones de ballestas de mano en Europa son los relieves bajoimperiales de Puy y Solignac en el sur de Francia. Son citadas en diversas fuentes europeas del siglo X y en el siglo XI aparecen representadas por primera vez en Castilla en el Beato del Burgo de Osma y en las pinturas de San Baudelio de Berlanga. Es muy posible que ya se conocieran en el siglo X en todos los reinos cristianos peninsulares, como así también lo sugieren las fuentes andalusíes, que en las paradas militares celebradas por los califas de Córdoba mencionan arcos cristianos, es decir, ballestas, aunque su uso debió ser muy limitado.

Desde el último cuarto del siglo XI hasta el siglo XIV parecen diferenciarse seis fases en las que evoluciona el armamento en Castilla-León. En este sentido es preciso destacar que a partir del siglo XII las innovaciones que marcan estas fases son estrictamente paralelas al proceso seguido en el resto de Europa occidental, contando incluso con algunos nuevos modelos que hasta el momento se documentan por primera vez en Castilla- León.

La primera se desarrolla aproximadamente entre los años 1075 y 1150, iniciándose por tanto durante el reinado de Alfonso VI, momento en el que se produce un cambio fundamental tanto en los tipos de armas como en su uso. La apertura del reino al resto de Europa no sólo abrió nuevos caminos e impuso cambios de liturgia. El armamento también se vio afectado por las nuevas tendencias y pronto se introdujeron cambios trascendentales. El más importante fue el nuevo uso de la lanza como arma de choque por parte de la caballería, que en los últimos años se estaba extendiendo por todo el continente. Consistía en sujetar firme-mente la lanza debajo de la axila derecha, de manera que podía dirigirse el golpe con mayor precisión y, sobre todo, permitía aprovechar la extraordinaria fuerza proporcionada por un caballo al galope. Hasta este momento el caballo había servido fundamentalmente como un elemento de transporte, o en el mejor de los casos como una plataforma elevada en una lucha casi cuerpo a cuerpo.

La nueva técnica obligó a la generalización de las defensas corporales de mallas en forma de lorigas, es decir, cotas de malla que llegaban por debajo de las rodillas. El resto de las piernas quedaba descubierto, por lo que fue necesario disponer de un tipo de escudo llama-do de corneta o almendrado por ser alargado y estrecharse progresivamente hacia el extremo inferior con el fin de proteger desde la cara al tobillo durante una carga.

También se adoptó el modelo continental de casco, consistente en un estructura seudo cónica dotada de un nasal o barra para proteger la nariz. Con estos cambios el equipo del caballero era más sofisticado y costoso de adquirir, reforzando así el carácter de clase de los bellatores frente al resto de la sociedad. Estos cambios en el armamento han sido estrecha-mente relacionados con el fenómeno de la expansión del feudalismo.

El equipo caballeresco se completaba con un espada recta de doble filo y un canal o ranura central para aligerarla y reforzar sus filos. Estas espadas eran concebidas para cortar y golpear, pero no para clavar, ya que ésta sería una función secundaria porque no disponían de una punta aguda.

Por su parte, el arreo más importante de las monturas era una silla de montar de arzones altos con el fin de sujetar firmemente al caballero en el encontronazo con su objetivo. Para ello también era necesario que las correas de sus estribos fueran largas para proporcionarle mayor estabilidad. Por tanto montaban a la brida, con las piernas sensiblemente estiradas.

La segunda fase se desarrolló entre los años 1150 y 1200. La primera mitad del siglo XII significó el perfeccionamiento y consolidación de los equipos pesados. Desde este momento y hasta finales de la Edad Media, la confrontación entre el armamento ofensivo y el defensivo dio lugar a mejoras constantes de ambos que producen un proceso evolutivo en el que no siempre está claro que innovaciones anteceden a otras. Se constata entonces un perfeccionamiento del uso de la lanza, esta vez más pesada, y por lo tanto más fuerte, ya que no sólo se sujeta con la axila si no que además se hizo necesario apoyarla en el antebrazo antes de empuñarla con la mano. Al mismo tiempo fue necesario perfeccionar el armamento corporal defensivo. Los cascos con nasal comienzan a cerrarse, convirtiendo el nasal en una máscara que podía proteger todo el rostro, no sólo la nariz. Bajo el casco se incorpora el almófar o capuchón de malla, similar a un verdugo añadido en este momento a la loriga. A su vez, ésta última se acorta, porque se perfecciona al crearse las brafoneras o calzas de malla que cubrían desde la cintura hasta los pies mejorando la defensa de las piernas. Las innovaciones en el armamento corporal dejaron obsoletos los grandes escudos llamados de cometa, que durante este periodo comienzan a reducir su longitud como paso intermedio a un nuevo modelo que predominará durante los siglos XIII y XIV.

Las mejoras del armamento ofensivo también afectaron a la infantería. En el claustro de Santo Domingo de Silos es posible documentar la adopción del estribo en las ballestas. Este elemento, formalmente análogo a los estribos de una silla de montar, se situaba en el extremo del tablero de la ballesta para ser pisado y servir como punto de apoyo en el momento de tensar el arco de la ballesta. Su aparición indica que los arcos de las ballestas fueron a partir de entonces más potentes, ya que requerían un elemento auxiliar para poder ser cargados venciendo la resistencia de su tensión. Por su potencia la ballesta se convirtió en un arma esencial en cualquier ataque a una plaza, dando lugar desde este momento a la creación de cuerpos especializados. La generalización de este arma se constata también por el hallazgo en contextos arqueológicos almohades contemporáneos de partes del mecanismo de disparo, como los hallados en Calatrava la Vieja (Ciudad),Torre Grossa y Alcoy (Alicante).

En este periodo tuvo lugar la batalla de Marcos (Ciudad Real), saldada con la derrota de Alfonso VIII por los almohades (1195 d.j.). Esta es la única de las grandes batallas de la Reconquista de la que conocemos una parte de su armamento, gracias a la excavación arqueológica de una de las fosas que se utilizaron para retirar los despojos de un sector del campo de batalla después de la misma, correspondiente a uno de los sectores de la fortaleza en la que se encontraba parte del ejército cristiano 2. Entre los hallazgos de la excavación no han aparecido armas caballerescas de calidad, tales como espadas o armas defensivas, pero si se ha podido constatar una gran diversidad de puntas de flecha y de lanza. En ellas predominan las secciones cuadradas en el caso de las flechas u hojas con pronunciadas nervaduras centrales o secciones romboidales en el caso de las lanzas, ambas apropiadas para la penetración de las estructuras de mallas de anillos metálicos.

Alarcos también confirma el uso continuado de espadas cortas de un sólo filo, casi cuchillos, destinadas a armar a la infantería en contraposición a las espadas de largas hojas rectas con canal central y empuñadura propiamente caballerescas. El antecedente arqueológico procede del ocultamiento de un conjunto de utillaje metálico de época omeya hallado en Lietor (Albacete), donde también se documenta la existencia de espadas cortas, en esta caso de doble filo y con un leve canal central 3.

Entre los hallazgos de Marcos destaca también una bola de hierro de dos centímetros y medio de diámetro, muy presumiblemente utilizada como munición por los cuerpos especializados de honderos integrados en la infantería de los ejércitos cristianos y musulmanes. No es un caso único, ya que también han sido halladas bolas de piedra consideradas como munición para hondas dentro de un contexto arqueológico relacionado con la toma cristiana de la ciudad portuguesa de Silves.

Como dato a tener en cuenta también debemos señalar la presencia en la fosa de Marcos de hoces pertenecientes a combatientes muertos en la batalla, presumiblemente destinadas a aprovechar los recursos de la tierra durante la campaña militar.

En esta fase se constata también por primera vez que los modelos de armamento castellano-leonés fueron adoptados en al-Andalus, donde la tradición islámica pasa a un segundo plano para contrarrestar la efectividad del nuevo armamento cristiano. Se invierte así la tendencia que había predominado hasta mediados del siglo XI y, salvo contadas excepciones, en este momento será el armamento cristiano el que marque las pautas. Este proceso también puede ser explicado por coincidir con el trascendental avance castellano hacia el sur. La implicación de las comunidades de la frontera en la guerra es también palpable en el arte románico del momento, como reflejan los programas iconográficos de las iglesias del sur de la Meseta, donde las representaciones de armas y arreos de caballería son muy abundantes en comparación con los templos del norte del reino.

La tercera fase se desarrolla entre los años 1200 y 1250, durante la cual se sigue en líneas genera-les la fase anterior, pero se documentan innovaciones trascendentales que van a condicionar los importantes avances de la segunda mitad del siglo XIII. En ella continúa reforzándose el carácter pesado del equipo caballeresco. Las máscaras fijadas a los yelmos se prolongan a ambos lados de la cabeza y dan paso a los primeros yelmos completa-mente cerrados, casi cilíndricos, carentes de elementos móviles y dotados de un ranura transversal para permitir la visión. Esta ranura podía estar provista de una guarnición en forma de cruz, o una cimera o adorno en su extremo superior. Es-tos yelmos son documentados en la siguiente fase, pero su aparición es muy posible que tuviera lugar en este momento. Junto con ellos también surge un característicos tipo de casco llamado capacete que pervivirá sin grandes cambios hasta el siglo XVI, caracterizado por un ala inclinada para desviar posibles golpes y proteger de las inclemencias meteorológicas.

El cuerpo continúa cubriéndose con una loriga y brafoneras, por lo que culmina el pro-ceso de reducción del tamaño de los escudos dando paso a un nuevo modelo cuadrado pero de extremo inferior redondeado. Este tipo es el que ha llegado a nuestros días como el modelo de escudo por antonomasia. Se ha considerado que podría ser un tipo de creación castellano-leonesa porque es aquí donde se documentan sus representaciones más tempranas en todo el continente.

Todo el proceso de perfeccionamiento de las defensas del caballero no tendrían sentido sin la protección de su montura y el perfeccionamiento de los arreos de caballería. A principios del siglo XIII se registran las primeras representaciones iconográficas de cubiertas de caballería elaboradas con mallas de anillos entrelazados al igual que las lorigas de los caballeros. Con ellas, el carácter pesado del binomio jinete-caballo queda plenamente establecido. La fuerza de choque de este conjunto es en este momento mayor que nunca.

Las sillas de montar también sufren variaciones coincidiendo con la adopción de las lorigas de caballos. Surge un nuevo modelo con arzones traseros curvos, de extremos prolongados en su parte superior reforzando su carácter envolvente. Con ellas el jinete quedaba firmemente sujeto a la silla, protegiendo sus riñones y aumentando por tanto la capacidad de resistencia ante un impacto y permitiendo también proporcionar más fuerza al atacar. Eran, además, más cómodas en el uso civil. Las virtudes de este modelo explican que haya pervivido hasta nuestros días y continuaran siendo utilizadas en las justas y torneos de los siglos XVI y XVII.

El perfeccionamiento de los equipos pesados que tiene lugar en los últimos años del reinado de Alfonso VIII y durante el reinado de Fernando III, dio por tanto lugar a una caballería acorazada muy activa en las numerosas campañas militares que durante estos años supusieron la conquista de La Mancha y de gran parte de Andalucía.

Entre 1255 y 1320 se diferencia una cuarta fase centrada en los primeros pasos hacia la formación de las armaduras, cuyo desarrollo pleno no se produjo hasta el siglo XV Las lorigas de mallas continuaron utilizándose, pero en la segunda mitad del siglo XIII se guarnecen con placas metálicas rectangulares, estructuradas en hileras tanto en el pecho como en la espalda. Estas placas, conocidas como fojas en la documentación contemporánea, son el antecedente de los futuros petos y espaldares y de unas características defensas de placas conocidas como coracinas o brigandinas, que se diferencian de ellas por estar soportadas por cuero o tejido, no por mallas de anillos. Al mismo tiempo se documentan las primeras piezas móviles en los yelmos para la protección de la cara.

El fortalecimiento de las defensas corporales obligó a introducir cambios en las hojas de las espadas. Desde este momento convivirán las tradicionales espadas de dos filos con hojas de dos órdenes: doble filo con canal en la mitad superior y de sección romboidal en la inferior. Este diseño indica la necesidad de perfeccionar el uso de la espada como estoque ante el perfeccionamiento de las defensas corporales. Por estos motivos también surge un nuevo tipo de maza, dotada de un nudo con navajas o láminas apuntadas en el centro. Estas mazas pervivirán hasta el siglo XVII como armas de parada.

La infantería sigue disponiendo del equipo básico ya señalado, pero es preciso mencionar que por primera vez se documenta la existencia de equipos específicos para determinado cuerpos especializados. Este es por ejemplo el caso de los zapadores, armados con lorigas de láminas superpuestas.

Entre los años 1310/20-1350 se desarrolla una quinta fase, destacable por suponer el inicio del fin de las estructuras de malla como elementos claves y omnipresentes en las defensas corporales. La necesidad de aumentar la protección del cuerpo tiene como consecuencia la aparición de piezas elaboradas con materiales rígidos, como el cuero endurecido y el acero, destinadas en un primer momento a la protección de las partes más vulnerables o vitales del cuerpo. Es el caso de los gorjales para el cuello; los refuerzos en hombros, codos y muñecas; o los quijotes y grebas que cubrían las piernas. Junto con ellos se perfeccionan las defensas corporales basadas en fojas o láminas, pero tanto en el caso de las defensas de las extremidades como las del cuerpo siguieron siendo combinadas con lorigas y cotas de mallas a las que se superponían. Estos avances fueron determinantes en la creación de las armaduras tal y como las concebidos hoy en día.

El proceso documentado en Castilla y León es paralelo al llevado a cabo en el resto de Europa occidental, pero la preocupación por el desarrollo de las defensas de las extremidades parece mostrar una vinculación más estrecha con la renovación del armamento del ámbito inglés y francés. En este sentido no debe olvidarse las estrechas relaciones comerciales y políticas entre los tres reinos, pero a pesar de estas relaciones o influencias es importante resaltar que en la frontera con el sultanato nazarí los caballeros castellanos son en cierta manera ajenos a este proceso. Por las características de la frontera y por el tipo de guerra desarrollada por los granadinos, el equipo y la indumentaria de los castellanos fronterizos estaba influenciado por los modelos nazaríes, es decir, de carácter ligero, montando a la jineta, siguiendo la tradición islámica según un proceso de aculturación que no se conocía en el reino desde mediados del siglo XI. Baste recordar en este sentido que Alfonso XI ordenó retirarse a los fronterizos durante la batalla del Salado, porque los caballeros portugueses no los diferenciaban de los nazaríes y se habían producido acometidas entre estos grupos dentro del propio ejército cristiano.

Un hecho a destacar dentro de esta fase es la aparición de la artillería, documentada por las fuentes literarias hacia 1340 durante el reinado de Alfonso XI. En esta fecha tan temprana debía tratarse de armas de corto alcance e imprecisas, con deficientes sistemas de ignición pero con capacidad de lograr un quebranto importante en distancias cortas. En cualquier caso su uso debió ser muy limitado, ya que la primera guerra en la que la artillería y las armas de fuego ligeras jugaron papel importante fue la campaña de los Reyes Católicos sobre Granada a finales del siglo XV. La información disponible sobre el periodo transcurrido entre ambos momentos no permite sin embargo reconstruir cuál fue el proceso evolutivo seguido.

La sexta y última fase abarcó la segunda mitad de siglo, aproximadamente entre los años 1350-1400. Este periodo se define por constituir el momento inmediatamente anterior a la aparición de la armadura completa, formada por piezas metálicas rígidas y articuladas en la búsqueda del ideal de la invulnerabilidad. La principal innovación se centró en el perfeccionamiento de las defensas de las extremidades, de manera que ya no se limitaba a refuerzos puntuales, si no a la aparición de arneses articulados completos que cubrían la totalidad de los brazos y de las piernas. Para la aparición de la armadura completa sólo quedaba la adición de un peto y un espaldar, no documentados en Castilla en las fuentes disponibles, pero que sí pudieron haber sido conocidos ya que en la Península Ibérica comenzaron a ser documentados en Aragón a partir del último cuarto del siglo XIV. Con todo, la generalización de su uso no se produjo hasta el siglo XV por lo que las dos últimas décadas del siglo XIV sólo se consideran como el momento de introducción y por lo tanto de uso muy limitado.

Junto con las defensas corporales, también se aprecia un notable avance en el desarrollo de las defensas de la cabeza, entre las que se imponen las formas apuntadas para desviar los golpes o el perfeccionamiento de los elementos móviles, sobre todo en lo referente a las vistas de los yelmos.

El perfeccionamiento de las defensas rígidas de la etapa anterior obligó a cambios puntuales en las armas ofensivas, tales como la aparición de hojas romboidales en las espadas o los primeros tipos de martillos de armas, ambos destinados a traspasar o quebrantar las defensas rígidas. El perfeccionamiento del armamento corporal también supuso cambios en el uso de las lanzas al igual que en épocas anteriores. Los más significativos fueron su mayor fortaleza o peso y la consecuente necesidad de buscar un punto de apoyo. Este última necesidad dio lugar a la creación de un tipo de escudo llamado tarja, de traza casi rectangular pero caracterizado por tener una escotadura en la esquina superior derecha donde se encajaba la lanza para apoyarla.

Los equipos y los tipos de armas utilizados en este periodo son también estrictamente contemporáneos a los modelos más avanzados utilizados en el resto de Europa occidental, confirmándose la tendencia a la adopción de modelos propios del ámbito inglés y francés por la atención prestada a las extremidades como ya se había iniciado en la fase anterior.

Por todo ello podemos concluir que en un aspecto tan vital en el medievo como es el del armamento, sólo hubo pequeñas diferencias entre el proceso seguido en Castilla y León respecto a los modelos de armas y equipos utilizados en el resto de la Europa más occidental.

 

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NOTAS

1  Para una información más detallada ver: SOLER DEL CAMPO, A. (1992). La evolución del armamento medieval en el reino castellano-leonés y al-Andalus (Siglos XII-XIV). Madrid. Para enmarcar las cuestiones ideológicas en el ámbito peninsular es de gran interés el trabajo que viene realizando Martín Alvira Cabrer. Para centrar el tema y para una bibliografía de referencia consultar : MITRE FERNÁNDEZ E., ALVIRA CABRER, M. (2001): Ideología y guerra en los reinos de la España medieval. Revista de Historia Militar, 291-334. ALVIRA CABRER, M. (2000): Guerra e ideología en la España medieval: Cultura y actitudes históricas ante el giro de principios del siglo XIII. Batallas de las Navas de Tolosa (1212) y Muret (1213). Tesis Doctoral inédita. Universidad Complutense de Madrid. Madrid, 6 de octubre de 2000.

2  Para el contexto histórico y arqueológico de la batalla de Alarcos ver: Alarcos. El fiel de la balanza (Cat. Expo.) Ed. al cuidado de Juan Zozaya. Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades de Castilla - La Mancha. Toledo, 1995.

3  NAVARRO PALAZÓN J., ROBLES FERNÁNDEZ A., Lietor. Formas de vida rurales en Sarq al-Andalus a través de una ocultación de los siglos X-XI. Murcia, 1996.

4  LAVIN, J. An examination of some early documents regarding the use of gunpowder in Spain. Journal of the Arms and Armour Society, IV, 9, 1964: 163-169.