- CAPÍTULO VIII -

 

 


EL AISLAMIENTO DE LA CATEDRAL DE LEÓN


    “Realizada la verdadera restauración estética (...) y abatidos los muros de la que nunca fue más que superfetación del monumento, se inicia el despojo externo de los demás aditamentos menos valiosos que ocultan la insigne Catedral Legionense por todo su lado más bello, y gracias a la ilustración y patriotismo de la Superioridad podrá gozarse la contemplación completa de todo su costado sur y ábside.


Demetrio de los Ríos, Proyecto de restauraciones parciales. León, 10 de mayo de 1883. A.G.A. (E. y C.), C.8.063, Lg.8.847, Exp.n°5.

        La restauración de la catedral de León culminó con la preparación del entorno urbanístico preciso para realzar el monumento tal como reaparecía después de más de cincuenta años de continuados trabajos de reconstrucción y restauración, aún cuando estas operaciones se realizaran en detrimento de las construcciones adosadas al templo por su costado meridional. El aislamiento de la catedral de León se saldó con el derribo de buena parte de estas edificaciones -algunas de ellas originales y coetáneas al pro-ceso histórico-constructivo de la Catedral- que fueron progresivamente suprimidas con un firme propósito: aislar el edificio para contemplar libremente el costado meridional y ábside de la Catedral, de tal modo que el renovado esplendor exhumado por la restauración fuera enarbolado de modo ostensible por encima de las construcciones secundarias.


        Estas demoliciones se acometieron inicialmente bajo la dirección de Demetrio de los Ríos y se practicaron en varias fases: a finales de 1883, Ríos comenzó el derribo de la torre denominada del Tesoro, incluida dentro del proceso de restauración del costado meridional de la Catedral. Como no eran operaciones directamente relacionadas con el edificio, salvo en lo que se refiere a esta torre mencionada, la continuación de los derribos se reanudó años después de clausurada la restauración, reiniciándose en 1910, con la demolición de la llamada Puerta del Obispo. La sistemática destrucción de estos cuerpos anexos a la Catedral hubiera concluido con el desmonte de la sacristía y oratorio, según un proyecto de Manuel de Cárdenas que, sin embargo, felizmente no se realizó. Resultado de estas demoliciones fue la posterior ampliación del atrio de la Catedral por esta parte meridional a partir de los planos trazados por Juan Crisóstomo Torbado.


        Estas operaciones serán analizadas en las siguientes páginas según su orden de ejecución. El aislamiento de la catedral de León pondrá término al presente estudio sobre el proceso de restauración del templo mayor leonés, aún cuando se sobrepasen ampliamente los límites cronológicos propuestos inicial-mente y nos adentremos en los primeros decenios del siglo XX. Ello es así porque, aunque la mayor parte de los derribos se ejecutaron en el año 1910, su planteamiento era parte integral del pensamiento de Demetrio de los Ríos, que incluía estas demoliciones como obras necesarias para terminar la restauración: el aislamiento del Templo para su mejor conservación, el despojo de los importunos aditamentos para su contemplación más libre y estética, pueden ofrecer ocasión a un proyecto, del cual es harto merecedora Catedral restaurada con tantos sacrificios”1.


1) EL DERRIBO DEL "TESORO", (1883-1884).


        Las construcciones adosadas a la catedral de León por su costado meridional eran parte integrante de la peculiaridad y función histórico-social del templo durante la Baja Edad Media, época en que, paralelamente al levantamiento de la Catedral, surgieron estas edificaciones que se transformaron en los siglos siguientes y que acabaron por desaparecer tras los derribos iniciados a finales del siglo XIX.


        La reconstrucción gráfica y mental de estas edificaciones a través de las descripciones y planos ejecutados con anterioridad a los derribos es sumamente interesante para comprender el origen y significado de la catedral de León en la época de su construcción. La actual ubicación del templo, prácticamente descontextualizado de su primitivo entorno histórico, hace difícil recomponer la acepción original de catedral, integrada plenamente en el corazón de la ciudad medieval
2.


        La utilización cultual de la catedral de León, y sobre todo su progresivo entendimiento contemporáneo como monumento histórico y artístico, desvían nuestra atención de las primitivas funciones del edificio en la ciudad medieval. Uno de los destacados usos que cumplió la catedral de León durante la Edad Media, además del religioso, fue el militar, como parte importantísima del sistema defensivo de la ciudad de León. Incluso fue utilizada como recinto fortificado a finales del siglo XIII por una de las facciones que contendían por la Corona castellana. Este carácter militar de la catedral leonesa se denota claramente en la compenetración del templo con las murallas de la ciudad, al igual que ocurre, por ejemplo, con la catedral de Ávila.


        La muralla de León, coronada de torres y cubos, corría y atravesaba la Catedral de norte a sur a la altura del encuentro del presbiterio con el ábside (fig.135). La Catedral fue trazada por encima de la muralla, entestada en el murallón, de tal modo que el ábside y parte del presbiterio quedaban fuera, pero formando parte, del cerco amurallado. Toda esta zona semicircular del templo, a modo de gran cubo de muralla, contribuía a la defensa de la ciudad, como poderoso baluarte que sobresalía del muro exterior. Esta función bélica quedaba atestiguada por los pasos de comunicación existentes que conducían desde los demás propugnáculos y muros al andito exterior de las capillas absidiales puesto que, según refiere Demetrio de los Ríos, este corredor discurría por las capillas a una altura adecuada para la defensa, además de que estaba protegido por un antepecho macizo y grueso, muy propio de estas funciones bélicas, antepecho que, como vimos, fue desmontado por Demetrio de los Ríos y sustituido por el trazado calado actual
3. Según el propio Ríos, era muy probable que en tomo a esta galería hubieran existido en otros tiempos almenas como refuerzo característico de su primigenia naturaleza de bastión defensivo.


        Todas estas disposiciones se continuaban por la parte meridional de la Catedral hasta enlazar con el Palacio Episcopal (fig.135). En esta dirección corrían las murallas y sobre ellas se habían levantado diversas construcciones con usos distintos. En medio de este lienzo se abría la Puerta del Obispo, uno de los principales portones de ingreso a la ciudad a través de las murallas, y que en su origen segura-mente había estado sujeta a privilegios por parte de las autoridades eclesiásticas (fot.32). Sobre estas disposiciones, derribadas todas ellas en 1910, volveremos más adelante.


        Interesa ahora concentrar la atención en una de estas edificaciones que Demetrio de los Ríos identificó como el Tesoro del Cabildo catedralicio. Este polémico Tesoro se encontraba adosado a la Catedral por este costado meridional del templo, aprovechando los lienzos murales correspondientes a la capilla cuadrangular del Cristo -capilla presbiterial- y parte de la primera capilla absidial, muros que servían de cerramiento del Tesoro por su lado norte (figs.135, 136 y 137). Estos muros y los propiamente pertenecientes al Tesoro configuraban un espacio de planta prácticamente cuadrada, a modo de torre fortificada.


        En este recinto reconoció Demetrio de los Ríos la estancia dedicada en la Catedral a la custodia del Tesoro del Cabildo catedralicio, aún cuando, como él mismo confesaba, su existencia no está ligada a ningún hecho histórico del que sepa darse nadie cuenta”
4. La hipótesis de esta función atribuida por Demetrio de los Ríos a esta torre sudeste adherida a la Catedral se fundamentaba en la transformación de la muralla para cuidado de las riquezas que integraban el Tesoro del Cabildo, debido al carácter sólido y seguro de esta primitiva torre o transformación del cubo de la muralla.


        Los Tesoros fueron unas construcciones peculiares de los templos catedralicios del siglo XIII, si bien su ubicación en edificios franceses de la época suele mostrar tres disposiciones principales en relación con el templo que no coinciden ninguna con la de esta problemática torre leonesa: los Tesoros suelen aparecer bien anexos a las sacristías -catedrales de París y la Sainte-Chapelle-, o situados en las capillas o en las naves bajas del transepto -Reims, Rouen- o bien ubicados en el costado sur del coro - Sens o Troyes-. Ninguna de estas disposiciones se vincula propiamente con esta torre sudeste adosada a la catedral de León, pues, como decía Demetrio de los Ríos, no pertenece al plan general de la iglesia.


        Otra posible función de esta torre asociada con el templo pudiera haber sido la de una primitiva sacristía. Como es sabido, las sacristías medievales no alcanzaron la importancia que se les atribuyó posteriormente en la concepción general de los edificios religiosos, por lo que es posible que se habilitara esta construcción anexa al templo para esta función y que, posteriormente, con la edificación de la actual sacristía en el siglo XVI por Juan de Badajoz, dejase de cumplir este uso.


        Sin embargo, a mi modo de ver, quizá no se tratara de una disposición directamente vinculada con la Catedral sino más bien con el resto de las construcciones que se extendían por este costado meridional del edificio. Como ya ha sido mencionado, existía un importante portón de acceso a la ciudad atravesando estos lienzos murales; Manuel Gómez Moreno señalaba al hablar de estas edificaciones que por encima de los cuerpos inferiores pisaba la casa del alcaide, con subida desde adentro de la ciudad, por una escalera contigua al crucero meridional, en saliente, y cuyo desemboque alto enfilaban dos saeteras, previniendo cualquier ataque (fig.135)
5. Esta torre sudeste, con marcado carácter militar, podría haber estado más bien vinculada con esta estructura y funciones defensivas de la Puerta del Obispo, que propiamente relacionada con una función integrada o dependiente del templo catedralicio. Esta hipótesis vendría avalada además por la falta de comunicación de la torre con el interior de la Catedral, puesto que la escalera de enlace con la capilla absidial no se abrió sino a comienzos del siglo XIX por el arquitecto Fernando Sánchez Pertejo, como conocía bien el propio Demetrio de los Ríos.


        Sea como fuere, lo cierto es que el Tesoro -lo seguiremos denominando así- era una disposición original y propia del primitivo contexto histórico y urbanístico en que se emplazaba la catedral de León. Esta torre se había levantado sobre uno de los cúbos de la antigua muralla, al igual que el resto de edificaciones que continuaban por el sur hasta enlazar con el Palacio Episcopal: era un aprovechamiento de la torre de la muralla que se modificó ensanchándola, abovedándola de crucería gótica y rasgando sus muros con aspilleras de luces, mientras que la capilla absidial, como refiere Demetrio de los Ríos, se construyó cerrada por resultar sin aquellas (sin ventanas). Al ensanchar esta torre se mutiló parte importante del espesor del muro y todo el contrafuerte que limitaban exteriormente la Capilla del Cristo, en la forma que claramente reproducía Demetrio de los Ríos (fig.136). Fue precisamente al plantear Demetrio de los Ríos la reconstrucción de este muro y contrafuertes exteriores cuando propuso el derribo completo del Tesoro, integrado en el Proyecto de restauraciones parciales del año 1883
6.


        La demolición del Tesoro fue una cuestión extremadamente polémica, que llegó a debatirse en el Senado y que motivó la paralización completa de las obras de restauración, la redacción de extensos informes y la intervención directa del Ministro de Fomento. Nuevamente el proceso de restauración entraba en el campo de las agrias disputas y las descalificaciones públicas.


        El contenido total del proyecto de restauración del año 1883 formado por Demetrio de los Ríos fue aprobado por el Gobierno, previo informe favorable de la Academia de San Fernando, por Real Orden de 17 de octubre de 1883
7. Las obras contenidas en el proyecto se iniciaron de inmediato y con ellas, a mediados del mes de noviembre, se dio comienzo al derribo de la torre del Tesoro. Fue entonces cuando se produjo una denuncia ante la Dirección General de Obras Públicas y la Academia de San Fernando que acusaba a Demetrio de los Ríos de estar derribando una obra respetabilísima de arte, como fabricada a una con la primitiva del Templo. Inmediatamente se decretó por el Director General de Obras Públicas la suspensión total de las obras de restauración, decisión que corroboró poco después el propio Ministro de Fomento, alarmado por la dimensión pública que tomaba el asunto. Los informes de la Junta Inspectora de las obras de restauración y de la Academia de San Fernando, que a su vez requirió el informe de la Comisión de Monumentos de León y del propio arquitecto, trataron de esclarecer el espinoso asunto.


        Podría pensarse en un maduro juicio histórico por parte de los denunciadores que les llevaba a defender esta torre del Tesoro como testimonio indisociable de la historia o del conjunto histórico del edificio, pese a su desajuste con el resto de la estructura monumental de la Catedral. Pero esto, en realidad, no fue del todo así. La cuestión del derribo del Tesoro fue utilizada para poner de manifiesto discrepancias profesionales y rencillas personales que eran los móviles que se encontraban en el fondo de las controversias. Efectivamente, la denuncia del derribo ante la Academia y el Gobierno la encabezaba José Fernández Solar que, como vimos, había sido auxiliar de las obras de restauración y que fue despedido por Demetrio de los Ríos hacía poco menos de un año
8. El apoyo del que disfrutaba Solar en León, junto con el amparo de los adversarios de Demetrio de los Ríos, le llevaron a formular esta denuncia. Además, José Fernández Solar era vocal de la Comisión Provincial de Monumentos de León, es decir, contaba con una sólida posición para notificar a la Academia posibles infracciones o atentados contra los monumentos de León. Pero Demetrio de los Ríos tenía asegurado el control de la Comisión de Monumentos, pues era Vicepresidente, además de estar apoyado por los más influyentes miembros de la institución. Todo esto indica cómo en el seno de la Comisión Provincial de Monumentos se encendieron las disputas.


        La defensa del Tesoro dentro de la Comisión de Monumentos fue encabezada por el mencionado José Fernández Solar y por Inocencio Redondo, escultor que había sido igualmente apartado de las obras de restauración. Su denuncia se fundamentaba en la necesidad de conservar la muralla como restos anteriores a la Catedral y que reunían
9 suficiente importancia “arqueológica”, lo que implicaba la restauración de la torre levantada sobre los mismos que además era una construcción contemporánea a la Catedral: para ello proponían reparar los deteriorados muros del Tesoro y erigir de nuevo su bóveda de crucería aprovechando la misma sección y plantillas que se habían utilizado para la reconstrucción de las bóvedas de la Catedral.


        Demetrio de los Ríos, por su parte, defendió con empeño la demolición del Tesoro y para ello desarrolló la argumentación que ya había manifestado en el proyecto de restauraciones parciales. Básicamente se apoyaba en las siguientes consideraciones:


        - La posibilidad de conservar la muralla como resto arqueológico sobre el que se sustentaba la torre del siglo XIII, le parecía algo imposible desde el momento en que de esta muralla no se conservaban más que insignificantes restos por haber sido recortada en el siglo XIII al construirse el Tesoro. Además, estos escasos fragmentos de la muralla prácticamente habían desaparecido a comienzos del siglo XIX cuando se erigió la escalera de comunicación del Palacio Episcopal con la Catedral a través de la entrada practicada en la primera capilla absidial (fig.137). Esta escalera, realizada por Fernando Sánchez Pertejo, afectó considerablemente a la muralla, quedando aniquilada por la parte baja del esviaje primero de dicha escalera, donde puede decirse que desapareció completamente.


        - En cuanto a la conservación propiamente de la torre del "Tesoro" era desechada por Demetrio de los Ríos debido al estado completamente desfigurado en que había llegado a estos decenios finales del siglo XIX. Durante la mencionada intervención realizada a comienzos del siglo, se había alterado profundamente el carácter de sus muros y, sobre todo, estas variaciones afectaron a la bóveda que cubría la torre, aniquilándose su antigua bóveda para la erección de la tabicada, tal como puede verse en el corte trazado por Ríos (fig.137). En definitiva, estas modificaciones de comienzos de siglo habían trastrocado la primitiva y problemática función de este recinto en una pretenciosa escalera en sustitución de la que se había usado para que los Obispos descendieran de su palacio al Templo.


- Hasta aquí discurría el razonamiento que afectaba al Tesoro en sí mismo; pero el nudo del problema se encontraba para Demetrio de los Ríos en la forzada coexistencia de esta estructura con la Catedral, es decir, en los negativos efectos que a su juicio resultaban de la conservación de este recinto fortificado para la estructura constructiva y la contemplación artística del monumento. Desde la perspectiva más concreta, el forzado ensamblaje de esta torre con los muros de la Catedral se dejó sentir en la considerable reducción del espesor del muro de la capilla del Cristo y en la supresión total de un contrafuerte y en la ocultación de otros dos al intestar los muros del Tesoro con los estribos: el templo se contrajo a su contacto con las murallas. Todo ello, como decía Demetrio de los Ríos, conduce a perjudicar la solidez y hermosura del Templo mutilado en un concepto y a la vez afeado con superfetaciones extrañas.


        - Con estas palabras se llegaba al fondo teórico de la cuestión: el complejo problema del derribo del Tesoro no era el mismo que se había planteado en ocasiones anteriores; es decir, como hemos visto a lo largo de estas páginas, la demolición de elementos barrocos e incluso renacentistas fue más o menos tolerada debido al sectarismo estilístico imperante y a la originalidad de estilo que privilegiaba la matriz fundamental del siglo XIII. Pero, con la propuesta de derribo del Tesoro y del resto de construcciones que continuaban por este costado meridional, se estaba planteando la destrucción de unas edificaciones que habían surgido de modo paralelo a la construcción de la Catedral durante la Edad Media y que estaban sustancialmente compenetradas con el edificio medieval y formaban parte de su testimonio histórico original. ¿Trataba el siglo XIX de corregir también al siglo XIII como había realizado con el resto de los estilos incorporados en otras épocas al edificio?. Esta cuestión no pasó desapercibida a Demetrio de los Ríos que en plena discusión la contestaba del siguiente modo: al querer restaurar la Catedral, y no un anexo incidental de ella, no corrige el siglo XIX al XIII, ni el arquitecto actual al de aquella época, sino que con el escalpelo de la crítica aparta de la concepción fundamental del artista creador todas las restauraciones falsas o postizos ajenos y contra-estéticos para darle al monumento su existencia originaria y su propia belleza. Por eso Demetrio de los Ríos se esforzó en demostrar que el Tesoro y el resto de construcciones anexas a la catedral eran ajenas e incluso un desvío de la idea original de la catedral que debía exponerse con toda evidencia como resultado de la restauración; el Tesoro, en definitiva, era juzgado como un aprovechamiento eventual de la torre de la muralla, su erección no obedece a un plan preconcebido más o menos estético, en suma, no está concebido ad hoc, bajo un plan de libre concepción, ni es una verdadera manifestación tectónica, ni mucho, muchísimo menos arquitectónica.


        - Consecuencia de lo expuesto, era la necesaria libre contemplación estética de la Catedral, que sólo podría realizarse mediante el despojo externo de los demás aditamentos menos valiosos que ocultan la insigne Catedral Legionense por su lado más bello. En una palabra, el aislamiento del edificio y el completo desarrollo de su estructura fundamental eran propuestos por Demetrio de los Ríos con todas sus consecuencias, aunque se limitaran por el momento al derribo de aquella de las construcciones más próxima a la Catedral como era el Tesoro.


        El Ministro de Fomento al decretar la suspensión de la obras, solicitó informe a la Academia de San Fernando sobre este asunto. La Academia a su vez requirió a la Comisión de Monumentos de León el día 3 de octubre de 1883 para que se pronunciara al respecto. La Comisión se reunió el día 6 de diciembre de 1883 para examinar el problema y tomar un acuerdo. El acta de la sesión, remitida a la Academia y a la Dirección General de Obras Públicas, revela una fuerte tensión y violencia contenida en el desarrollo de la discusión La sesión estuvo presidida por Ignacio Herrero, Gobernador Provincial, y, como tal, Presidente de la Comisión. Las disputas enfrentaron al historiador Juan López Castrillón y al paleógrafo Ramón Álvarez de la Braña, partidarios de Demetrio de los Ríos, contra José Fernández Solar e Inocencio Redondo. Los primeros trataron de conducir el informe hacia lo que estrictamente demandaba la Academia, es decir, que se informara sobre el mérito artístico de la muralla, mientras que los segundos intentaron extender el juicio al valor histórico del Tesoro. La Comisión decidió apoyar decididamente la propuesta de demolición de Demetrio de los Ríos, no obstante el voto particular negativo de Solar y Redondo
10:


        “la supuesta muralla contigua al ábside de la Catedral no existe desde muy antiguo, y, por consiguiente, no se le puede atribuir valor alguno artístico, siendo, por otra parte, de todo punto necesario lo que se propone por el Director de las obras de restauración en su memoria a fin de realizar el completo desarrollo de aquella parte del edificio.

        Sin embargo, el tema no quedó ni mucho menos definitivamente zanjado. En sesión oficial del Senado del día 21 de diciembre de 1883 se leyó el acuerdo de la Real Academia de la Historia firmado por Antonio Cánovas en que se recomendaba suspender de inmediato el derribo de la muralla en la cual se sostiene el ábside de la Catedral de León. En el Senado se pronunciaron duras palabras por el Ministro de Fomento contra la dirección de la restauración ejercida por Demetrio de los Ríos:


        mientras el andamiaje está puesto y mojándose, y la lluvia penetrando en el interior de la Catedral y socavando los cimientos, se quiere entretener la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de León en hacer obras por fuera para que quede más bonito el edificio, sin saber que los monumentos artísticos son también monumentos históricos.


        La polémica se encontraba en estas semanas finales del año 1883 y primeros días del mes de enero de 1884 en su punto álgido. La Comisión Provincial de Monumentos contestó enérgicamente a las palabras pronunciadas en el Senado con la decidida defensa del método de restauración desarrollado por Demetrio de los Ríos, plenamente satisfecha del buen sentido, tanto arqueológico como artístico que hasta el momento actual preside a las obras, como afirmaba dirigiendo al Ministro de Fomento una dura comunicación en que la Comisión recriminaba el cuestionamiento de la intervención de Demetrio de los Ríos en el Senado y por parte de la prensa nacional
11. Igualmente se manifestó la Junta Inspectora de la Obras de restauración de la Catedral de León, demostrando su total apoyo a Demetrio de los Ríos en dos comunicaciones dirigidas al Director General de Obras Públicas y firmadas por el Vicario Capitular, Cayetano Santos 12.


        La prensa regional y nacional también se interesó vivamente por el asunto. Artículos publicados en la Correspondencia en España o en el Norte de Castilla recogían las argumentaciones que habían alcanzado su mayor resonancia con el artículo publicado en El Liberal a mediados de diciembre, en el que se atacaba violentamente a Demetrio de los Ríos y que fue respondido con contundencia desde El Porvenir
13.


        La polémica no sería definitivamente zanjada hasta que la Academia de San Fernando emitió su decisivo informe sobre el asunto. Con un amplia memoria sobre el tema, redactada por Demetrio de los Ríos el 5 de enero de 1884
14, y el resto de la documentación, la Academia emitió su terminante resolución el día 8 de marzo de 1884 15. La institución académica -en la que Ríos tenía una consolidada posición- se pronunció a favor de todas y cada una de las argumentaciones con las que Demetrio de los Ríos había apoyado el derribo del Tesoro. La conclusión del informe era la tajante afirmación de la singularidad del monumento por encima de su original contexto histórico-urbanístico, como claramente expresaba la institución al referirse a la torre del Tesoro y dependencias anexas con los siguientes términos:

        ... todo esto debe ceder ante la importancia del gran monumento Catedral, ante la integridad de los organismos que componen su fundamental estructura, ante la indisputable belleza que resulta de reestablecer esta integridad, ante la necesidad de que sea contemplada estéticamente por el costado único en que puede serlo y ante otras consideraciones de economía y buen sentido.


        Ante estas palabras de la Academia, el Gobierno aprobó por segunda vez la totalidad del contenido del proyecto de restauración de 1883 donde se contemplaba la demolición del Tesoro. Demetrio de los Ríos procedió al derribo y a la construcción del paramento y contrafuertes exteriores de la capilla del Cristo. Ello significaba, como había afirmado el arquitecto en la memoria del proyecto, completar el edificio en una de sus partes más características e interesantes cual es el encuentro de las naves laterales del presbiterio con el arranque de las capillas absidiales. Para trazar este muro tal como hoy puede observarse, Demetrio de los Ríos hubo de recurrir al desarrollo del esbozo de estos arranques contenidos en la propia Catedral y, sobre todo, a la comparación con otros edificios franceses que mostraban la misma disposición. Catedrales como las de Reims y Amiens ofrecen modelos similares para este característico arranque de las capillas absidiales. El muro de la capilla cuadrangular se aumentó de espesor (fig.136, Q) y el contrafuerte reconstruido (fig.136, N) era una repetición del primero del presbiterio (fig.136, M), contiguo al que ahora se reconstruía, aún cuando Demetrio de los Ríos demostrara en la hoja de cálculos que este contrafuerte añadido en realidad no cumplía ninguna función mecánica, puesto que los empujes del nervio de la bóveda de la capilla del Cristo (fig.136, a-b) se neutralizaban por los pilares interiores; la consecuencia era que el contrafuerte se levantaba no por exigencia mecánica, sino porque así lo reclama la arquitectura estética y arqueológicamente. No ocurría lo mismo con el contra-fuerte exterior de la capilla absidial que ejercía la función mecánica de resistencia al empuje de la bóveda en sentido longitudinal (fig.136, V).


        Las obras de restauración fueron visitadas el 28 de agosto de 1884 por el Director General de Obras Públicas que meses antes había ordenado la suspensión de las obras. Según refiere Demetrio de los Ríos, recibió cordiales felicitaciones por el modo en que conducía los trabajos, y del mismo modo se expresó el Marqués de Sardoal que, tras examinar detenidamente los restos del Tesoro el 11 de septiembre, reconoció el equivocado concepto que datos inexactos me habían hecho formar de las obras de restauración de esta Catedral, según recogía Demetrio de los Ríos en su monografía sobre la catedral de León
16.


        El derribo del problemático Tesoro tuvo una importante trascendencia como antecedente para la futura demolición del resto de construcciones que continuaban por esta parte meridional de la Catedral, hasta prácticamente consumarse el aislamiento por este costado. En esta contraposición entre el valor histórico de estas construcciones y el valor artístico de la catedral de León, la singularidad del monumento había salido vencedora como parte fundamental de una concepción del tratamiento de los edificios que presidió el siglo XIX. Este carácter de precedente abrió el camino para el derribo de la Puerta del Obispo, ya entrado el siglo XX.


2) DEMOLICIÓN DE LA "PUERTA DEL OBISPO" Y PROYECTO DE DES-MONTE Y TRASLADO DE LA SACRISTÍA.
 

        El aislamiento de los edificios sometidos a restauración fue una práctica sumamente extendida en Europa durante todo el siglo XIX y que pervivió considerablemente durante la siguiente centuria. El célebre urbanista Reinhard Baumeister afirmaba que los edificios antiguos deben conservarse, pero aislados y restaurados” 17. Este principio fue aplicado desde las primeras restauraciones de edificios medievales ejecutadas en Francia. De hecho, la mayor parte de las intervenciones se vieron coronadas por el aislamiento del edificio, que aparecía a modo de navío anclado en medio de una plaza. Es decir, la restauración del monumento no fue suficiente; el arquitecto debía igualmente reflexionar sobre la implantación del edificio en el tejido urbano en el que se emplazaba. Pero esta consideración de la inevitable dimensión urbanística del monumento estuvo dominada por una idea que tomó el carácter de axioma: la intervención debería estar orientada siempre a poner de relieve el monumento restaurado, a expresar su singularidad y perfección, aún a expensas de su original contexto histórico: ante el monumento debía doblegarse la estructura urbanística. Este principio operativo fue aplicado en toda su radicalidad en el caso del derribo del Tesoro de la catedral de León que marcó el comienzo de las demoliciones sistemáticas que se continuaron a partir de 1910.


        Sin embargo, como tal principio general, el aislamiento de los monumentos se justificaba por varias razones que eran diferentes según el problema concreto que presentaba cada particular disposición urbanística del edificio. Jean-Michel Leniaud sintetiza tres operaciones principales en el entorno, aunque todas ellas convergentes en esa intencionalidad de aislar el monumento
18: la necesidad de sanear los alrededores del edificio, la voluntad de revalorizar la construcción medieval en su marco urbano (mettre en valeur) y los intentos de reemplazar el edificio en un contexto apropiado.


        Ciertas operaciones de saneamiento del monumento fueron una necesidad inexcusable. Durante varios siglos los edificios medievales habían permanecido sumergidos en un lamentable abandono; fue frecuente que alrededor de las iglesias o catedrales se adosaran construcciones parasitarias que contribuían poderosamente al deterioro del edificio. Los trabajos efectuados por Jean-Baptiste Lassus abrieron el camino en esta depuración del monumento de sus pólipos dañinos. Jean-Michel Leniaud ha reconstruido documentalmente algunas de estas amplias intervenciones ejecutadas por Lassus en torno a los edificios restaurados por el arquitecto francés
19: la destrucción de las casas adosadas a la cabecera de Saint-Aignan, el aislamiento de las capillas y la nivelación del terreno alrededor de la catedral de Mans, o los trabajos de limpieza del entorno de Saint-Germain l'Auxerrois, eran parte integral e indisociable de los procesos de restauración del edificio medieval. En la catedral de León también se produjo una pronta eliminación de construcciones de este tipo, es decir, que no reunían ningún valor histórico: en 1872 se trató de adosar un establo con pajar al archivo y torreón de muralla contiguo en el que se abrieron socavones para empotrar vigas; era ésta la zona cercana a la antigua Sala Capitular que se derribó en 1910 (fig.135). La Comisión de Monumentos de León refirió todos estos desmanes a la Academia de San Fernando el 28 de julio de 1872, que contestó con una comunicación dirigida al Gobernador Civil para que ordenara de inmediato el derribo de los cuerpos que ya se habían comenzado a edificar 20:


        cualquier construcción vulgar arrimada de este modo a un edificio monumental lo afea y desfigura lastimando en decoro, interrumpiendo sus líneas y sus masas de cuya acertada combinación nace la belleza.


        Un oficio del Gobierno Civil a la Alcaldía instando al cumplimiento de las Ordenanzas Municipales detuvo la edificación y posteriormente se demolió lo que se había construido anexo a esta zona dependiente de la Catedral. Este caso no era ciertamente problemático, pero la Academia con sus palabras dejaba sentado cómo ante las líneas y las masas del monumento debían ceder los edificios subalternos. La disputa surgió, como vimos, cuando se trataba de una construcción que reunía valor histórico, como fueron los casos del Tesoro y la Puerta del Obispo, construcciones coetáneas a la Catedral.


        De cualquier modo, estas operaciones muestran el nuevo significado que estaba adquiriendo el monumento medieval insertado en el núcleo urbano de las ciudades. Quizás el más paradigmático pro-ceso de tratamiento urbanístico, que marca de una manera simbólica la recuperación plena de la arquitectura gótica, fueron los trabajos de aislamiento efectuados en la Sainte-Chapelle de París. Este carácter se debe a que en tomo a este proceso se planteó un interesante conflicto entre los partidarios de la arquitectura medieval -Lassus, Montalembert, Rivet entre otros- y los partidarios de la arquitectura moderna, representados por los arquitectos del Palacio de Justicia, Duc y Dommey. Todo ello generó un abultado expediente administrativo en el que interesa señalar el resultado
21: se cumplieron buena parte de las reclamaciones planteadas por Lassus que se orientaban a la demolición de las partes en contacto con la Sainte-Chapelle en perjuicio del Palacio de Justicia; es decir se impuso la consideración del edificio medieval como monumento, su superioridad sobre la moderna construcción del Palacio adyacente.

        Sin embargo, más problemáticas se mostraron las operaciones englobadas en ese tercer tipo de intervenciones a que se refería Jean-Michel Leniaud como la búsqueda de un contexto adecuado para el monumento. En este sentido, la creación de un enorme parvis delante de la fachada occidental de la catedral de Notre-Dame de París por Viollet-le-Duc fue complementario a los proyectos de creación de una sacristía y arzobispado armonizando con la catedral gótica (figs.138 y 139). Este tratamiento urbanístico de la catedral parisina fue paradigmático en el siglo XIX: Viollet-le-Duc llevó a sus últimas consecuencias sus postulados restauradores, pues la Catedral no solamente se aisló con el derribo de varias manzanas y la apertura de calles anchas alrededor, sino que también se trató de dotar de anexos en unidad de estilo con el monumento; suponía el intento de crear una gran ciudad episcopal presidida por la Catedral y que precisamente realzara su carácter monumental 22. Otra de las más difundidas versiones de tratamiento urbanístico monumental realizadas por Viollet-le-Duc tuvo lugar en relación con la iglesia de Saint-Sernin de Toulouse: para embellecer la plaza elíptica en la que se reemplazó el monumento se realizaron considerables derribos y movimientos de tierras 23. Todo ello avalado por la Société Archéologique du Midi que resumía el propósito de estos trabajos de aislamiento con palabras que bien podrían ser trasladas de modo casi literal al caso de la catedral de León 24:


        Así la magnífica basílica enteramente despejada, rodeada de su muro, de su verja, se elevará majestuosamente en el centro de la plaza más grande de nuestra ciudad y desde todos los ángulos la vista no encontrará ningún obstáculo para aprehender la forma y la proporción.

        En definitiva, los procesos de aislamiento fueron numerosos y realizados en el interior de circunstancias diferentes pero todos ellos con el común objetivo de enaltecer y magnificar el monumento que se encumbraba por encima de su marco urbano habitual, al que sometía con su recuperada presencia. Esto se llevó a su máxima expresión en intervenciones como las efectuadas en Notre-Dame de París que, por su relevancia como Catedral de la capital francesa, se trató de presentar como el centro majestuoso de una microciudad dominada por el monumento. Casos paralelos de aislamiento fueron prolíficos, como los de las catedrales de Albi y Orleans en Francia o los ejecutados en las catedrales alemanas de Colonia y Ulm, por citar algunos de los ejemplos más significativos.


        La catedral de León comenzó su aislamiento con el polémico derribo de la torre del Tesoro, pero vimos cómo las opiniones de Demetrio de los Ríos y las conclusiones del decisivo informe de la Academia de San Fernando invitaban a proseguir con los derribos para conseguir el aislamiento completo de la Catedral por su costado meridional. De hecho, Demetrio de los Ríos, en el plano que trazó en el año 1885 con la consignación de las obras que a su juicio eran necesarias para ver terminada en su totalidad la restauración, mostraba el costado meridional de la Catedral completamente despejado, con el ábside exento, en un diseño similar al trazado por Manuel de Cárdenas en 1913 (fig.141)
25. Inaugurada la Catedral en el año 1901, estas ideas de aislamiento contenidas en el pensamiento de Demetrio de los Ríos fueron retomadas en el año 1910 para derribar la Puerta del Obispo, después de un fuerte movimiento de opinión popular en favor de esta demolición.


        Consumado el derribo del Tesoro en el año 1884, el conjunto de construcciones que continuaban por el sur, entre la Catedral y el Palacio Episcopal, habían quedado desconectadas de la Catedral. La discusión sobre el valor histórico de estas heterogéneas edificaciones se volvió a plantear con vistas al derribo. Las descripciones -casi siempre mediatizadas por la necesidad de justificar la demolición- y las fotografías tomadas antes de la destrucción de lo que genéricamente denominamos como Puerta del Obispo, nos ofrecen una agrupación de diversas construcciones levantadas sobre la antigua muralla, edificadas en su origen en la Edad Media, y transformadas en los siglos siguientes. Es decir, al ser construcciones de carácter utilitario, fueron transformando sus funciones de acuerdo con las necesidades imperantes en cada momento.


        El nivel inferior de todos estos restos era el más antiguo -y por eso en torno a él se centró la discusión- y estaba compuesto por la muralla original que, como dijimos, formó parte indisociable del con-texto original de la Catedral, integrados ambos, muralla y templo, en un mismo conjunto interdependiente en sus funciones. Después de la torre sudeste del Tesoro, corrían hacia el sur las dos murallas, tocando la medieval a la romana por fuera, cada una de unos cinco metros de grosor, según refiere Manuel Gómez Moreno
26. Este grosor debió de ser producto del ensanchamiento de la muralla por sus dos haces en el siglo XIII. La muralla se ampliaba en su longitud configurando torres de base cuadrangular, como la que dio lugar al Tesoro, de las cuales la última de ellas formaba parte del Palacio, maciza, y semejante a la llamada Torre de los Ponces.


        En medio de estos lienzos de muralla se abría, atravesando el murallón, la Puerta del Obispo (fot.32). Esta poterna formaba un pasadizo abovedado que constituyó una de las puertas de acceso a la ciudad por medio de un arco apuntado interior, construido en el siglo XIII -a la par de la catedral- en forma de lanceta, muy recio, sin molduras ni adorno alguno, y que cobijaba la ranura para el rastrillo. Este arco estaba acompañado por otros dos, también apuntados, aunque de mayor luz, menor carácter, y seguramente posteriores con respecto al arco interior, al que flanqueaban por sus extremos (fot.32).


        Por encima de la muralla se construyeron varios recintos. En la planta trazada por Demetrio de los Ríos al nivel inferior (fig.140), se comprueba la existencia de una escalera en sentido transversal al eje de la Catedral, contigua al crucero meridional, que daba acceso desde el interior de la ciudad a la parte superior de la murallas. En este piso alto, según Gómez Moreno, estaba la casa del alcaide, función bastante probable en su origen, dado el carácter defensivo de esta puerta de ingreso a la ciudad. Lo cierto es que también se habla de una galería de tránsito en este nivel, que servía de paso a los obispos desde el Palacio hacia la Catedral (fot.33). Por su fachada interior, orientada hacia poniente, se conservaban las ventanas de la galería (fot.33) a modo de seis huecos gemelos en forma de arquillos apuntados, que también eran coetáneos a la fábrica catedralicia. La fachada oriental, hacia el exterior, tenía un vano similar a estos interiores, el resto tapiados, y algunas ventanas de época posterior, cuadradas y cerradas con rejas.


        Entre estos dos lienzos, contigua y paralela a la galería de paso, se abría una estancia que había sido la primera Sala Capitular del Cabildo antes de que fuera construida la actual en el claustro. Esta estancia estaba dividida interiormente por un tabique longitudinal que formaba dos naves iguales comunicadas por medio de una puerta en forma de arco agudo. En el interior se encontraba una chimenea, decorada en su boca con hojas talladas, que sirvió de calefacción a la Sala Capitular, y que se dejaba sentir al exterior en el prominente cilindro para salida del humo. Manuel Gómez Moreno fechaba estas estancias exteriores de la misma época que la muralla inferior, -la elegancia de líneas y proporciones, típicas de aquel siglo XIII, rebosaba en todo-, aunque estas disposiciones superiores de Sala Capitular y galería de paso quizás fueran posteriores.


        Estas construcciones habían llegado ocultas al siglo XX por un caserón dividido en varias estancias que, según parece, databa del siglo XVII (fot.34). Estas agregaciones y enlucidos viles, como las denominaba Gómez Moreno, se habían superpuesto a las construcciones medievales por su lado occidental, es decir hacia el interior de la ciudad, cerrando y ocultando la Puerta del Obispo (fot.34). La salida de la ciudad se realizaba entonces por una apertura practicada en el lado sur de este recinto, al quedar desconectada la Puerta del Obispo del palacio Episcopal, tránsito que se cubrió con un arco de carácter bastante tosco por encima del cual se dispuso el paso para el Obispo desde su Palacio hacia la Catedral (fot.34). Estas dependencias albergaron las oficinas de las obras y los almacenes de la fábrica y fueron las primeras construcciones que se derribaron hasta dejar al descubierto la Puerta del Obispo.

        El derribo de este caserón superpuesto a las construcciones medievales fue solicitado por la Comisión de Monumentos y rápidamente autorizado por Real Orden que llegó a León el 15 de agosto de 1910. Inmediatamente se acometió la demolición de estos cuerpos que no produjeron discusión alguna por ser de época posterior, como ha sido mencionado. La obra de derribo de este caserón -como se le denominaba en la prensa del momento- ocupó varios meses, hasta que, a mediados de noviembre de 1910, se llegó a la muralla interior. La demolición dejó al descubierto la poterna gótica inferior y la galería y antigua Sala Capitular superiores, como puede observarse en las fotografías correspondientes a este momento (fots.32 y 33). A partir de entonces comenzaron las discusiones acerca de estos restos medievales.


        Un ferviente partidario de la demolición, el erudito local Clemente Bravo, escribió varios artículos en la prensa argumentando las razones para justificar el derribo. Además se conserva una memoria manuscrita suya en donde relata con detalle los incidentes de las obras de derribo, a modo de crónica, que permite reconstruir las argumentaciones de los que se pronunciaron a favor del derribo en uno de sus más dotados representantes
27.


        El aislamiento fue defendido por una buena parte de los miembros de la Comisión de Monumentos, comoun proyecto acariciado por los arquitectos restauradores y por todos los inteligentes y admiradores de la Pulchra Leonina, pues de la mole de tierra que se está derribando sólo quedan ya en pie restos incompletos de una construcción que estaba dentro de un caserón y oculta desde el siglo XVII, sin que apenas constara su existencia. Esta era la situación en los meses finales del año 1910. A partir de entonces las argumentaciones a favor del derribo, acompañadas de una fuerte corriente de opinión popular, consiguieron imponerse.


        El razonamiento para justificar el aislamiento de la Catedral prácticamente repitió los términos utilizados años antes por Demetrio de los Ríos, a quien se citó en varias ocasiones. Varios aspectos fueron los puntales para proponer la desaparición de estas construcciones medievales, tanto referidos a los restos en sí mismos como a su efecto urbanístico con respecto a la Catedral y a la ciudad en general:


        - El estado de conservación en que estas construcciones habían llegado al siglo XX era bastante deficiente, especialmente en lo que se refería al piso superior: de la galería y antigua Sala Capitular prácticamente sólo quedaba los muros, sin cubierta, y éstos con remiendos de ladrillos y gran parte de las ventanas mutiladas o cegadas, especialmente en la fachada oriental, y algunas transformadas en épocas posteriores; tampoco se conservaba resto alguno del pavimento, ni elementos decorativos originales: el estado de conservación -sentenciaba Bravo- es de todo punto deplorable y sería, aparte de resolver muchos y difíciles problemas técnicos, muy costosa la restauración o siquiera la conservación de estos incompletos y heterogéneos componentes que hasta nosotros han llegado de la antigua construcción.


        - La falta de utilidad de estos recintos también fue un argumento esgrimido en defensa del derribo; estas construcciones intermedias, tras el derribo del Tesoro y de los cuerpos adyacentes al Palacio del Obispo, habían desconectado estas dependencias de los edificios con los que orgánica e históricamente estaban relacionadas. No obstante esta carencia de valor instrumental, no dejaba éste de ser un débil argumento, pese a las logradas descripciones que ponían el acento en el lamentable estado de abandono de la Puerta del Obispo:


        Quedando aislada del Palacio y de la Catedral, ni se podría subir a ella, ni tendría aplicación posible ni uso, ni manera de cuidarse, no constituyendo más que un peligro para el público, un refugio para los aveluchos, un rincón deshabitado donde quizás por serlo se albergaría cualquier maleante, un objeto abandonado a las diabluras de los chicos, o quizás un medio para escalar la Catedral y entrar por alguna ventana.


        - Otro argumento bastante débil era la falta de interés artístico que presentaban estas construcciones, opinión que se presentaba vinculada a su deficiente conservación; la falta de carácter, sin labra, ni adorno ninguno y sin columnas, capiteles o demás elementos decorativos que las den carácter artístico eran las razones para presentar estas construcciones con un origen marcadamente utilitario, vestigio obsoleto de las primitivas funciones defensivas del conjunto catedralicio, y que ahora se consideraban totalmente inútiles; el indudable valor histórico de estas construcciones era un sólido argumento para oponerse a este subjetivo valor artístico; sin embargo, como años antes había expresado Demetrio de los Ríos, la imposibilidad de sostener acomodos contra el Arte y el Templo” 28, llevó a rebajar el mérito de estas construcciones sobre todo en relación con la inmediata presencia de la Catedral.


        - En efecto, al igual que el Tesoro, estas construcciones se derribaron no tanto por su disposición particular sino más bien por el emplazamiento que ocupaban:


        Con ser tan pobres, bajo el aspecto artístico o sólo constructivo estos restos, sin embargo, por su proximidad a la Catedral estorban y afean el magnífico templo, cuyo ábside y parte del crucero queda oculta al observador. Desarmonizan además con la basílica, toda hermosura, esbeltez, diafaneidad, este informe montón de amazacotada muralla, alguno de cuyos trozos sube hasta ocultar parte del triforio.


        Estos negativosefectos afectaban al monumento y a la ordenación urbana de la Catedral. Es decir, en primer lugar se debía aislar el edificio para contemplar la Catedral en toda su pureza de líneas, con la repetición de los mismos argumentos que habían salido a la luz años antes a propósito del derribo del Tesoro y que ahora se repetían con igual fervor:


        Aquí y en todas partes se consiente por cualquier cosa de poca monta tirar las murallas, y ante objeto tan artístico y glorioso, como aislar y embellecer el templo más famoso de la región ¿no se va a poder quitar un morrillo de la muralla? .


        Estos argumentos, sumamente difundidos por la prensa
29, contaban con el aval del informe de la Academia de San Fernando que aprobó el derribo del Tesoro. Aquí estaba el centro de la cuestión, es decir, el llamado embellecimiento del entorno de la Catedral. En La Correspondencia en España se mencionaban los ejemplos de Viena, Colonia, Berlín, Londres y París que habían abierto grandes plazas delante de los monumentos para despejarlos, añadiéndose que en los pueblos que marchan a la cabeza transfórmanse las cosas antiguas en beneficio y engrandecimiento de las poblaciones. Aparte de crear un entorno libre de aditamentos para la contemplación de la Catedral, el Ayuntamiento de León apoyó firmemente el derribo para establecer comunicación con los barrios que quedaban extramuros y taponaban su comunicación con la ciudad por esta desfasada Puerta medieval:


        Quedando en pie estos restos, el trozo de muro y lo edificado encima, no sólo no se consigue aislar la Catedral, dejándola despejada, libre y exenta de feas y peligrosas vecindades ..., sino que la ciudad sigue como cerrada por dichos restos, quedando fuera de ella barrios florecientes y muy populosos que tendrán que bajar a tomar la poterna dicha para entrar en la población.


        Todas estas razones calaron profundamente en la población que apoyó masivamente el derribo. Tras autorizarse en agosto de 1910 el derribo del caserón, se interpretó que la Real Orden facultaba a la demolición y aislamiento completo del templo. Sin embargo, al llegarse a descubrir las construcciones medievales que permanecían ocultas, los trabajos de derribo se detuvieron a instancias de la Comisión de Monumentos, pues algunos de sus miembros juzgaban que debía conservarse esta parte. Tras discutirse el tema en el seno de la Comisión, ésta resolvió solicitar al Ministerio el derribo total. La prensa apoyó esta decisión, especialmente los diarios La Democracia y León de España. Sin embargo, las obras de demolición fueron detenidas por maniobras del Obispo, que visitó a los ministros de Gracia y Justicia y Bellas Artes en septiembre. Las autoridades religiosas plantearon al Gobierno que las construcciones que se pensaban derribar eran propiedad de la Iglesia, por lo que se debía indemnizar al Obispado al ceder estas edificaciones que pasarían a un uso público. El Ministerio solicitó informes al Alcalde, que dijo que el caserón era del Estado y también al Arquitecto diocesano que opinaba que estas construcciones pertenecían al Obispo y Cabildo. Esta detención de las obras causó la indignación de la población que acudió en gran número al Palacio Episcopal para apedrear su fachada, originándose disturbios que requirieron la intervención de la fuerza pública. El Diario de León no se oponía al derribo, pero opinaba que la forma de realizarlo era un atropello. Finalmente, se consiguieron resolver estos desacuerdos por mediación del Gobernador Civil que intervino decisivamente, deseoso de terminar con las disputas: el lunes 12 de diciembre de 1910 ordenó que comenzara sin dilación el derribo de la muralla adosada a la Catedral. Se trabajó a un ritmo acelerado durante toda la semana y se admitieron más obreros para estas tareas, de tal modo que el día 20 de diciembre quedaron derribadas todas las ventanas de la galería alta que miraban hacia poniente. Las operaciones prosiguieron durante los primeros días de 1911, hasta consumarse la demolición completa con el consecuente estado en que hoy puede verse este costado meridional de la catedral (fig.153). Todas estas operaciones estuvieron supervisadas por Manuel de Cárdenas, Arquitecto municipal durante este período y con la expresa negativa del Arquitecto de la catedral Juan C. Torbado.


        Con estos derribos masivos de las construcciones medievales adosadas a la catedral de León por su costado meridional se cumplían las aspiraciones de despejar el edificio de estas edificaciones anexas. Sin embargo, el carácter sistemático de las demoliciones hubiera culminado con el desmonte de la sacristía adosada a las dos primeras capillas absidiales del templo. Esta posibilidad fue contemplada en un Proyecto de traslado de la sacristía elaborado por Manuel de Cárdenas, el artífice del derribo de la “Puerta del Obispo”
30. Este proyecto, fechado el 8 de febrero de 1913, suponía el desmonte de la sacristía y oratorio realizados en el siglo XVI por Juan de Badajoz para dejar el ábside con toda su parte poligonal de las capillas libre de aditamentos (fig.141). La nueva sacristía se trasladaba a una crujía del claustro, contigua a la capilla de Santiago, con las mismas ventanas y remates en florones (figs.145 y 146). Este proyecto no fue aprobado por la Academia de San Fernando que finalmente decidió no modificar más el ya irremediablemente desfigurado entorno de la catedral de León. La ampliación del atrio por Juan Crisóstomo Torbado fue la consecuencia de estas demoliciones, que habían dejado entre escombros un importante espacio que se hacía necesario urbanizar convenientemente.


3) AMPLIACIÓN DEL ATRIO POR JUAN CRISÓSTOMO TORBADO.
 

        Juan Crisóstomo Torbado se opuso siempre al derribo de la Puerta del Obispo. Como arquitecto encargado de la conservación de la catedral de León, se vio obligado a desalojar las oficinas de las obras que se encontraban repletas de numerosos e interesantes objetos artísticos producto de las restauraciones, así como los abundantes planos, materiales, esquemas de cimbras y demás, que ilustraban con todo detalle el transcurso de las obras realizadas en la Catedral durante más de medio siglo. La sugestiva idea de Torbado era habilitar las antiguas oficinas y talleres de las obras de restauración, es decir, las dependencias de la Puerta del Obispo, para crear un museo sobre la restauración de la catedral de León, como afirmaba años después del derribo:


       Aún recordamos con tristeza la desaparición de unas construcciones coetáneas de la Catedral ... donde teníamos proyectado instalar los distintos objetos y restos artísticos-arqueológicos que, desperdigados hoy, podían constituir, una vez reunidos y ordenados, el Museo de las obras de Catedral, base muy apropiada, para la formación de un Museo Diocesano leonés.


        Esta atractiva sugerencia no pudo ser llevada a cabo y, de hecho, gran parte de estos materiales se perdieron inevitablemente como consecuencia de la dispersión y dejadez.

        Después de todas estas polémicas demoliciones masivas, transcurrieron dos decenios en que el costado sur de la Catedral permaneció con el espacio ocupado por estas antiguas construcciones sin pavimentar y con los escombros amontonados en el exterior del ábside y la capilla de Santiago. Juan Crisóstomo Torbado presentó en marzo de 1930 un Proyecto de ampliación del atrio que resolvió definitivamente la urbanización del entorno de la Catedral 31.

        En el extremo de la portada meridional se dispuso un murete para cerrar provisionalmente toda la zona sin pavimentar, con el fin de evitar espectáculos poco edificantes, como decía Torbado (fig.147). A partir de este murete de cerramiento, Torbado extendió el pavimento del atrio hasta el extremo oriental de la sacristía (fig.148). Como puede verse en la planta trazada, se trataba de prolongar el atrio meridional de la Catedral con la misma línea de cerramiento exterior e idéntico pavimento, en la zona que había ocupado el antiguo Tesoro y las primeras construcciones de la Puerta del Obispo; el terreno presenta un desnivel considerable, característico del emplazamiento de la Catedral, que se resolvió con el escalonamiento del atrio. A esta particular disposición se debió adaptar la verja de cerramiento (fig.149). La verja y sus columnas repetían exactamente los modelos proporcionados por Fernando Sánchez Pertejo cuando trazó este cerramiento para la Catedral a finales del siglo XVIII 32; se repitió incluso el considerable grosor de la verja de Pertejo, pese a lo elevado del presupuesto (fig.150). Para el pavimento se emplearon losas calizas de la Pola, dispuestas en hiladas rectas, según se estaba ejecutando también por estas fechas en la Colegiata de San Isidoro y en el antiguo convento de San Marcos.


        Dentro de esta misma categoría de trabajos de saneamiento del entorno del edificio se realizaron dos intervenciones más. Incluido dentro de este mismo proyecto de marzo de 1930, Torbado regularizó la zona de la torre norte de la Catedral. En torno a la torre de las campanas se extendió la pavimentación del atrio como prolongación del occidental y también se procedió al derribo del muro intestado en los contra-fuertes de la torre para lograr la alineación de la calle de Guzmán el Bueno en la puerta de entrada al claustro desde el exterior (fig.151). Dos años más tarde, en octubre de 1932, Torbado solicitó despejar de escombros la parte exterior del pavimento correspondiente al ábside y capilla de Santiago
33. Toda esta zona se encontraba repleta de los restos del derribo de la Puerta del Obispo que, debido a la rapidez exigida en la demolición, se tuvo que habilitar con celeridad este terreno para depositar los materiales procedentes del derribo. Aquí permaneció este amontonamiento de escombros durante estos dos decenios con grave perjuicio para los muros del ábside y de la capilla mencionada, puesto que retenían el agua y producían humedades sumamente perjudiciales. Toda esta zona se limpió y se limitó por un cierre sencillo de hierro, similar al contiguo del ábside.


        Estas operaciones, llevadas a cabo ya muy entrado el siglo XX, fueron resultado del forzoso y apresurado derribo de las construcciones anexas e íntimamente ligadas a la catedral de León por este costado. Estas demoliciones acabaron con interesantes testimonios del peculiar "entorno" histórico de la catedral de León. Ahora bien, al igual que el resto del proceso de restauración, fueron producto de una peculiar consideración del monumento característica del siglo XIX que se manifestó residualmente en estos primeros decenios del siglo XX, cuando ya se cuestionaba no sólo la teoría restauradora, sino también cuando ya habían aparecido nuevas consideraciones sobre los monumentos como parte troncal de un entorno más amplio. Este tránsito desde la singularidad del monumento -característico de una visión decimonónica- hacia la elaboración del concepto de conjunto histórico, suscita un particular interés como epílogo de este recorrido a lo largo del proceso de restauración de la catedral de León, puesto que, en definitiva, la censura de las operaciones de aislamiento corrieron parejas a la crítica integral del método restaurador en sí mismo.

 

4) EL "AISLAMIENTO", EPÍLOGO DE LA RESTAURACIÓN ARQUITECTÓNICA DE LA CATEDRAL DE LEÓN: DEL DECIMONÓNICO
"MONUMENTO HISTÓRICO" HACIA EL "CONJUNTO HISTÓRICO" DEL SIGLO XX.


        El siglo XIX estuvo dominado por la consagración del monumento como sujeto privilegiado del patrimonio histórico. La mitificación del monumento por la historiografía decimonónica se tradujo en la formulación de una teoría de restauración de monumentos, exclusivamente arquitectónica, y que condujo a operaciones de aislamiento como las ejecutadas en la catedral de León. La normativa emitida a lo largo del siglo para la protección del patrimonio histórico se centró igualmente en la singularidad del monumento como objeto único de protección, sin tener en cuenta el contexto histórico orgánicamente ligado al monumento como parte fundamental de su significado.


        Los considerables planes de urbanización y modernización llevados a cabo durante el siglo XIX en las grandes capitales europeas provocaron la destrucción de antiguos barrios que formaban parte de lo que hoy llamamos el patrimonio urbano. Este moderno concepto de patrimonio urbano no surgió sino después de una reflexión iniciada a finales de la centuria, hasta convertirse en uno de los temas clave de la teoría urbanística y de la normativa jurídica de protección del patrimonio durante el siglo XX.


        Sin embargo, dentro de estos planes de ensanches y modernización de las ciudades, los monumentos tuvieron una especial importancia: se trató de lograr para ellos un contexto adecuado que realzara sus características arquitectónicas dentro de las nuevas avenidas abiertas en la ciudad durante el siglo XIX. El barón Haussmann, artífice del París de los grandes bulevares, se defendía de las acusaciones de vandalismo que le acusaban de destruir gran parte del viejo París, con unas palabras que resumen con gran claridad cómo se entendió el monumento histórico en el interior de una de las propuestas urbanísticas más difundidas durante el siglo XIX y primera mitad del XX
34:


        En fin, señores míos que, desde el fondo de vuestras bibliotecas, parecéis no haber visto nada (de las condiciones de insalubridad del viejo París), cítenme siquiera un antiguo monumento digno de interés, un edificio valioso para el arte, curioso por sus recuerdos, que mi administración haya destruido, pues si se ha ocupado de él, no ha sido sino para despejarle (dégager) y realzarle lo más posible (le mettre en aussi grande valeur), y dotarle de la más bella perspectiva posible.


        Efectivamente, el barón Haussmann salvó de la destrucción edificios de la importancia de Saint-Germain l'Auxerrois que estaban condenados a la demolición. Sin embargo, en nombre de la higiene y la modernización, destruyó barrios enteros del antiguo tejido urbano parisino. Los grandes monumentos de la capital francesa fueron aislados y dotados de esas bellas perspectivas que igualmente se buscaron para la catedral de León. Los intelectuales e historiadores del momento no mostraron un especial interés por el entramado urbano, en muchos casos original, en que se emplazaban estos monumentos. El Itinéraire archéologique de Paris publicado por Guilhermy en 1855 proporciona un detallado inventario de los monumentos, sin preocuparse del conjunto o de la ciudad propiamente dicha. Théophile Gautier aprobaba la desaparición de ese París demolido como un signo de progreso, e incluso Victor Hugo, trovador del París medieval, no censuró los planes de Haussmann, al igual que Montalembert, en cuanto a la destrucción general de los barrios antiguos, sino más bien se limitó a proponer la desviación del trazado de algunas avenidas para salvar algún monumento en peligro de ser absorbido en la red del trazado moderno.


        Igualmente ocurrió en León con estos derribos que fueron apoyados por la mayoría de los miembros de la Comisión Provincial de Monumentos y por la propia Academia de San Fernando. La consideración individual del monumento prevaleció, el trazado urbano se supeditó y doblegó a la Catedral que debía despejarse y mostrarse aislada. La Historia del siglo XIX, centrada igualmente en hechos singulares y personajes relevantes, era, en definitiva, producto de una misma concepción: habría que esperar al desarrollo de la historia de la mentalidades y sobre todo la historia social para alcanzarse una más amplia visión del monumento como parte del dialéctico fenómeno urbano, esencialmente social.


        Esta práctica de aislamiento era además el corolario de la restauración integral y sistemática que había prevalecido en España durante la segunda mitad del siglo XIX y que se prolongó hasta bien entrada la siguiente centuria. La unidad y perfección del estilo llevó a considerar la catedral como un objeto singular, aislado e independiente, dominando el entorno urbano en que se encontraba ubicada. Es más, se puede incluso afirmar que la preeminencia de sus cualidades estrictamente arquitectónicas en detrimento de su histórica función urbanística hizo que el monumento fagocitara su propio entorno en beneficio de la expresión clara y evidente de su estilo, de la lógica del estilo. La radical ruptura de todo diálogo de la catedral con su entorno original era fruto de esta concepción purista del edificio, casi escultórica, concebida como objeto exento, singular y autosuficiente. Estas labores de aislamiento realizadas en León tuvieron además una importante repercusión.


        El ejemplo del aislamiento de la catedral de León fue el modelo para las obras de derribos ejecutadas en la catedral de Burgos a partir del 20 de julio de 1914 por Vicente Lampérez y Romea
35. Seguidor de los métodos de Demetrio de los Ríos, Vicente Lampérez también fue consecuente con la doctrina del aislamiento. Su proyecto fue igualmente respaldado por las autoridades y el pueblo burgalés y supuso el derribo del Palacio arzobispal, construcción renacentista, lindante con la puerta del Sarmental, que formaba parte del conjunto exterior de la Catedral 36.

 

        Estos casos ejemplares de aislamiento realizados en dos de las más célebres catedrales españolas, materializados ya en el siglo XX, fueron precedentes que llevaron a prolongar la práctica hasta bien entrado el siglo, con el consecuente resultado de desconectar los monumentos de su verdadero significado en el entramado urbanístico de la ciudad.


        Sin embargo, por estos años se levantaron autorizadas voces contra esta tendencia de aislar los monumentos de su entorno inmediato
37. De entre los arquitectos que introdujeron en España las teorías más avanzadas que sobre la conservación de monumentos circulaban en Europa destacó la actividad desarrollada por el célebre historiador y arquitecto Leopoldo Torres Balbás; especialmente se refirió a este tema en un influyente artículo publicado en la revista Arquitectura el año 1919, donde exponía de modo claro y preciso la necesidad de valorar el monumento a partir de su significación urbana 38.


        Las observaciones de Torres Balbás eran una repetición abreviada de las tesis del arquitecto y urbanista vienés Carrillo Sitte. En 1889 Sitte sacó a la luz un importante libro que reaccionaba contra las tendencias urbanísticas de su tiempo, en busca de dotar de unas bases artísticas al planeamiento urbano
39.

 

        Más que sus propuestas de regeneración urbanística, interesa señalar su reacción contra algunos de los principios de planeamiento vigentes y universalmente aplicados en la época en que publica Sitte su libro; uno de estos principios contra los que acomete Sitte es la práctica del aislamiento de los edificios monumentales; este tipo de intervención urbana es censurada a partir de dos argumentos:


        - En primer lugar Camillo Sitte demuestra la contradicción histórica que supone aislar a los edificios, especialmente a las catedrales góticas, las iglesias no se colocaron nunca aisladas, pues están siempre, bien adosadas, bien empotradas en otras edificaciones”
40. Después de una amplia lectura de ejemplos de emplazamiento de edificios de Italia y el norte de Europa, demostró la falsedad histórica que suponía destruir el contexto urbanístico del edificio: debía buscarse la compenetración de los hermosos edificios y monumentos con el lugar en que se emplazan” 41.


        - Pero lo que demostraba el análisis histórico, venía confirmado para Sitte en los negativos efectos visuales y urbanísticos que resultaban de la moderna práctica del aislamiento: padecemos la obsesión de que todo ha de verse, que lo más excelente es un vacío uniforme alrededor sin considerar que es de por sí molesto, por destruir la multiplicidad de efectos. Es decir, el entorno urbano original del monumento contribuía a una más rica captación y a un aprovechamiento visual más complejo e interesante del edificio que las amplias y despejadas perspectivas modernas
42. Suponía una reacción contra el exceso de regularización geométrica de la ciudad moderna, contra las plúmbeas geometrías, que incluso sometieron el entorno del monumento, como hemos visto en la catedral de León: la situación característica de una catedral gótica estriba en que por ambos costados y detrás, acércanse las casas a su fábrica, quedando solamente libre una plaza delante de las torres y la puerta principal, siendo ésta la disposición que mejor se adviene con su estructura” 43.


        Leopoldo Torres Balbás recogió y desarrolló esta argumentación: además del respeto histórico por el entorno del monumento, en una extensión del mismo como indisociable de la trama urbana que preside y organiza, también apuntó, siguiendo fielmente a Sitte, las ventajas perceptivas que se derivaban de conservar el primitivo emplazamiento histórico-urbanístico de los edificios medievales: las catedrales - que constituyen el centro de su argumentación- ganan en interés al contemplarse desde perspectivas oblicuas, violentas, rodeadas de construcciones más modestas que producen una inmediata impresión de esbeltez y verticalidad, frente al aislamiento que elimina esta perspectivas sorpresivas con el predominio de las líneas horizontales en la apreciación del edificio. No obstante, el fundamento de su teoría era la valoración consciente del ambiente, del entorno en que estos edificios se enclavan: toda obra de arte concibióse para vivir en un cierto medio; al modificar éste, se le quita una parte muy importante de sus cualidades.


        Estas palabras de Torres Balbás iban especialmente dirigidas a intervenciones de aislamiento como las realizadas en la catedral de León. En realidad los derribos practicados en León eran una manifestación ya retardada de una práctica y concepción del monumento fundamentalmente decimonónica. Por estas primeras décadas del siglo XX se estaba abriendo una nueva consideración del monumento que rompía esa consideración singularizada y comenzaba a entender el edificio desde la trama urbana que organiza y preside y con la que mantiene una relación dialéctica. La conservación de las ciudades históricas, la protección del entorno original de los monumentos, es fruto de la reflexión contemporánea que supera el alcance limitado del monumento, hasta llegarse a un planteamiento de la problemática del monumento en un contexto más amplio y dinámico que lo integra en la compleja realidad urbana de la que el monumento es pieza fundamental. La moderna teoría jurídica sobre el Patrimonio Histórico ha tratado de dotar de los instrumentos legales necesarios para lograr esta aspiración
44. Ahora bien, la normativa jurídica es el punto final de un proceso previo de reflexión que tuvo en Camillo Sitte y sobre todo en el italiano Gustavo Giovannoni unas figuras que se aproximaron y teorizaron esta apertura del monumento hacia su integración dialéctica con la ciudad histórica 45.


* * *

 

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1  Demetrio de los RÍOS, La Catedral de León. “Obras que faltan para concluir la restauración”; t.II; p.142.

2  No se tratará aquí de plantear una “revisión” del significado de la catedral de León en la ciudad bajomedieval en vista de estas construcciones anexas que revelan algunas de estas funciones, interesante cuestión que requeriría un enfoque distinto y que se sale del marco de este trabajo; por ello me limitaré a apuntar algunas de las hipótesis formuladas en la época de los derribos acerca del primitivo emplazamiento urbanístico de la Catedral -tomadas como argumentos a favor o en contra de los derribos- en un intento de conducir la polémica hacia interior de las coordenadas propias de finales del siglo XIX en cuanto a la intervención polémica en el “entorno” del edificio, tema que plantea una problemática propia. No obstante, considero que sería interesante incluir este inseparable contexto del edificio, hoy irremediablemente perdido, en un estudio histórico “total” de la primitiva fundación gótica.

 

3 Véase para la restauración de esta parte del edificio VI, 3.

 

4 Demetrio de los RÍOS, Informe sobre el derribo del Tesoro remitido a la Academia de San Fernando. León, 5 de enero de 1884. A.A.S.F. sig.48-9\2.

 

5  Manuel GÓMEZ MORENO, Catálogo monumental de la provincia de León. Madrid, 1925 Reedic. León, 1979. p.289.

 

6 Demetrio de los RÍOS, Proyecto de restauraciones parciales en la nave central y laterales, en el interior y exterior de las capillas absidiales y en otras partes del Templo. León, 10 de mayo de 1883. A.G.A. (E. y C.), C.8.063, Lg.8.847, Exp.n°5.

 

7  Recordemos que el informe de la Academia estaba fechado en Madrid a 30 de agosto de 1883. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.

 

8  Véase VI,1.

 

9  Comisión Provincial de Monumentos de León. Acta de la sesión celebrada el día 11 de diciembre de 1883. A.A.S.F. sig.2-48\9.

 

10  Informe de la Comisión de Monumentos.

 

11 Comisión Provincial de Monumentos de León. Comunicación dirigida al Ministro de Fomento. León, 2 de enero de 1884. A.A.S.F. sig.2-48\9. (copia certificada por el Secretario de la Comisión).

 

12 Fechadas en León a 12 de diciembre de 1883 y 15 de enero de 1884. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.

 

13 “Las obras de la Catedral de León. El Liberal. Madrid, 17 de diciembre de 1883; n°1613. ídem, El Porvenir. Madrid, 20 de diciembre de 1883; n°663. En el diario El Progreso también se cruzaron artículos como el que el día 29 de diciembre escribió Rodrigo Amador de los Ríos, sobrino del arquitecto, en defensa de Demetrio de los Ríos y que fue directamente contestado por José Fernández Solar el 8 de enero de 1884 (n°973).

 

14 Informe de la Dirección facultativa de las obras de restauración de la Catedral de León. León, 5 de enero de 1884. A.A.S.F. sig.48-9\2.

 

15 Informe de la Academia de San Fernando sobre el derribo de la torre del Tesoro de la catedral de León. Madrid, 8 de marzo de 1884. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842. Publicado en el B.A.S.F. Madrid, 1884; t.IV; pp.103-107.

 

16 Demetrio de los RÍOS, La Catedral de León. t.II; p.122.

 

17  Reinhard BAUMEISTER, Stadt-Erweisterungen in teschnischer, baupolizeilicher und wirtschaftlicher Beziehung. Erns und Korn. Berlin, 1876.

 

18  Jean-Michel LENIAUD, Jean-Baptiste Lassus, ou le temps retrouvé des cathédrales. Paris, 1980. p.108.

 

19 Jean-Michel LENIAUD, Jean-Baptiste Lassus... pp.108 y ss.

 

20 Comunicación de la Academia de San Fernando al Gobernador Civil de León. Madrid, 2 de octubre de 1872. A.A.S.F. sig.2-48\8.

 

21  Véase, Dossier relatif aux travaux d'isolement de la Sainte-Chapelle du Palais á Paris. 1837-1849. A.C.M.H. sig.2.079.

 

22 Aparte del plano que presentamos, correspondiente al primer proyecto conjunto realizado por Lassus y Viollet-le-Duc, la idea de ordenación del entorno de Notre-Dame se desarrolló especialmente en los planos ejecutados por Viollet-le-Duc a partir del año 1857, año de la muerte de Lassus: el plano de noviembre de ese año con el proyecto de arzobispado y trazado de las calles nuevas, el de marzo de 1859 modificando toda la trama del barrio con el proyecto del Hótel Dieu, capítulo y seminario y el plan masse de la sacristía y personal de enero de 1866. Estos importantes planos se conservan en L'Agence Notre-Dame, n°inv.37.505-37507.

 

23 Rapport du Préfet de la Haute Garonne dirigé á Monsieur le Ministre de l'Interieur. Toulouse, 12 mai 1852. A.C.M.H. sig.920, (1er dossier).

 

24 Rapport de la Commission de la Société Archéologique du Midi de la France sur les reparations á faire á l'Église de Saint-Sernin. Toulouse, 15 mai 1844. A.C.M.H. sig.920, (1er dossier).

 

25 plano de Demetrio de los Ríos véase VI,3.

 

26 Manuel GÓMEZ MORENO, Catálogo... p.289. Gómez Moreno ofrece una breve pero precisa descripción de la Puerta del Obispo poco antes de su destrucción; estos datos los ampliamos con otros procedentes de otras fuentes y las láminas correspondientes.

 

27 Documentos conservados en el A.H.P.L. “Fondos Miguel Bravo”, Doc.11.592, sig.516\34. A estas opiniones recogidas en la citada documentación nos referimos a continuación.

 

28  Demetrio de los RÍOS, 5 de enero de 1884.

 

29  Véanse especialmente entre los numerosos artículos aparecidos en León por estas fechas, los publicados en La Correspondencia de España de 17 de agosto de 1910 y los de El Correo Español de septiembre y del Diario de León de 23 de diciembre, donde relatan el masivo seguimiento de las operaciones de derribo por la población leonesa.

 

30Manuel de CÁRDENAS PASTOR, Proyecto de traslado de la Sacristía. León, 8 de febrero de 1913. A.A.S.F. sig.90-16\6.

 

31  Juan Crisóstomo TORBADO FLÓREZ, Proyecto de restauraciones exteriores. Ampliación del atrio. León, marzo de 1930. A.G.A. (E. y C.), C.4.857, Lg.13.202-18.

 

32 Véase 11,1.

 

33  Juan Crisóstomo TOREADO FLÓREZ, Proyecto de conservación. León, septiembre de 1939. A.G.A. (E. y C.), C.6009, Lg.14.038-8.

 

34 Barón HAUSSMANN, Mémoires. Paris, 1893; t.III; p.28.

 

35 El derribo y aislamiento de la catedral burgalesa es estudiado por Luis CORTÉS ECHANOVE, De cómo la ciudad de Burgos logró el aislamiento de su Catedral. Boletín de la Institución Fernán González. Burgos, 1971; n°176; pp.522-557.

36 Vicente Lampérez expuso sus criterios y el desarrollo de las obras en un artículo publicado en la revista Arquitectura y Construcción el año 1918. No obstante, esta intervención de Lampérez contó con la decidida oposición del Conde de las Almenas, que a través de los artículos publicados en La Tribuna, criticó duramente el derribo. Lampérez se defendió con varias declaraciones en el Diario de Burgos, en donde justificaba el derribo con argumentos ya conocidos; es decir, por ser el edificio derribado en absoluto independiente de la Catedral” y debido al “admirable golpe de vista” de la Catedral que se lograba con la demolición. (Luis Cortés. De cómo... pp.547 y ss.).

37 Para algunas de estas consideraciones véase, Santiago e Ignacio GONZÁLEZ-VARAS IBÁÑEZ, El monumento como una realidad en el entorno urbano desde una visión interdisciplinar; (aspectos arquitectónicos, jurídicos, histórico-artísticos y geográficos)”. Jornadas sobre Protección del Patrimonio Histórico-Artístico. Real Academia de Bellas Artes de Córdoba. Córdoba, 22 de junio de 1991.

38 Leopoldo TORRES BALBÁS, El aislamiento de nuestras catedrales”. Arquitectura. Madrid, diciembre 1919; año II; n°20; pp.358-362. La defensa del entorno original de las catedrales era un aspecto más de los defendidos por Torres Balbás en cuanto a sus teorías sobre la conservación de monumentos: fue también un defensor importante de los nuevos conceptos de “conservación” frente a la “restauración” aún en boga, criterio que extendió al entorno inmediato de los edificios, “La restauración de los monumentos antiguos”. Arquitectura. Madrid, julio 1929; año HI; n°27; pp.179-181. Todo ello le llevó también a ensamblar estas críticas con el cuestionamiento del “racionalismo” de los edificios medievales, como vimos en su momento (véase I,2). Sobre Torres Balbás véase Carlos VÍLCHEZ, La Alhambra de Leopoldo Torres Balbás (obras de conservación y restauración, 1923-1936). Granada, 1988.

39  Camino SITIE, Der Stádtebau nach seinen Künstlerichen Grundsdtzen. Wien, 1889. Construcción de ciudades según principios artísticos. Barcelona, 1980. Traducción de Emilio Canosa y estudio introductorio de George R. Collins y Christiane C. Collins. Véase sobre la obra de Sitte, D.WIECZOREK, Camino Sitte et les débuts de l'urbanisme moderne. Bruxelles, 1981

 

40 Camino SITTE, Construcción... p.36.

41  Camillo SITTE, ibídem. p.77. El problema de la histórica disposición original de la iglesias en las ciudades preocupó considerablemente a Sitte que planteó una cuestión que se discutió ampliamente entre los historiadores del planteamiento urbano, suscitando una amplia bibliografía: especialmente interesantes, en cuanto sostuvieron una manifiesta intencionalidad operativa en favor de la conservación de los cascos históricos, fue la actividad desarrollada por las asociaciones Denkmalpflege, con la publicación desde 1899 de la revista Deutsche-Kunst und Denkmalpflege, así como la fundación en Francia de la institución La Renaissance des Cités o en Bélgica el Comité des Etudes historiques du Vieux Bruxelles, asociaciones que tan importante labor desempeñaron para la afirmación de una nueva actitud hacia el patrimonio urbano. (Véase George R. Collins. La construcción. Est.Intr. nota 37, p.34 y nota 19, p.395

42  Como ha sido señalado, Sitte demuestra en sus análisis un gran interés por abordar los problemas formales de la disposición y construcción urbana desde una valoración que tiene muy presente la psicología perceptiva del espectador, con presencia frecuente de términos como dirección-visual o línea de vista, es decir, con conceptos semejantes al tipo de análisis artístico de Hildebrand, Fiedler o Wálfflin. Creo que una interesante continuación de este punto de partida para el estudio de la ciudad ha sido desarrollado por la llamada Geografía de la percepción, corriente metodológica que analiza la ciudad desde un punto de vista predominantemente visual, en que la imagen urbana se organiza y se recuerda en la mente de los habitantes de las ciudades a través de los elementos más particulares del paisaje urbano. Estos elementos se agrupan en sendas, bordes, distritos, nodos e hitos. El monumento entraría a formar parte principal de los mojones o hitos, entendidos como elementos singularizados del paisaje urbano, fácilmente perceptibles y que actúan como poderosos elementos ordenadores y punto de referencia en la ciudad. Véase, Kevin LYNCH, La imagen de la ciudad. Londres, 1960.

43 Camillo SITTE, ibídem. p.80.

 

44  La necesidad de integrar la protección del Patrimonio Histórico con las técnicas urbanísticas, en la deseable superación del estatismo tradicional de la normativa histórico-artística, fue claramente enunciada por Tomás Ramón Fernández que dejó ya sentado que incluso un monumento aislado es parte de un conjunto vivo que hay que aislar en su totalidad (Tomás Ramón FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, La legislación española sobre el patrimonio histórico-artístico. Balance de la situación cara a la reforma. Revista de Derecho Urbanístico. Madrid, 1978; n°60; p.23. La evolución de la normativa en el sentido señalado puede consultarse en Concepción BARRERO RODRÍGUEZ, La ordenación jurídica del Patrimonio Histórico. Madrid, 1990 (especialmente los apartados F y G del capítulo primero de la primera parte, El Decreto de 22 de julio de 1958. La extensión de la protección al marco o entorno de los monumentos o conjuntos). Piedad GARCÍA-ESCUDERO y Benigno PENDAS GARCÍA, El Derecho del Patrimonio Histórico: Teoría General. Madrid, 1986; (apartado tercero del punto segundo del primer capítulo, La superación del aislamiento de la teoría jurídica sobre el patrimonio histórico: el concepto de bienes culturales y la política urbanística), y Ramón PARADA, Derecho Administrativo. III Bienes Públicos. Derecho Urbanístico. Madrid, 1990, y Tomás QUINTANA LÓPEZ, La conservación de las ciudades en el moderno urbanismo. Oñati, 1989.

45 No entramos en el desarrollo de la importantísima actividad desarrollada por Gustavo Giovannoni (1873-1943) que aunó simultáneamente el “valor de uso” y el “ valor museal” aplicado a los conjuntos urbanos históricos. Giovannoni fue el primero en designar sistemáticamente el “patrimonio urbano”, incluido como parte troncal de su original doctrina de la urbanización: “una ciudad histórica es en sí un monumento”, declaraba al fundar una doctrina de la restauración del patrimonio urbano, en la que incluye el monumento histórico como parte del contexto arquitectónico y urbanístico en el que se inserta, al definir el concepto de ambiente, integrado en un plan de ordenación (piano regolatore). La recopilación de sus ideas en la Carta italiana del restauro del año 1931 y su contribución en la conferencia de Atenas sobre la conservación en ese mismo año, abrieron una nueva etapa en la historia de la conservación del Patrimonio Histórico. Véase de Giovannoni especialmente, I restauri dei monumenti e il retente congresso storico. Roma, 1903; Vecchie cittá ed edilizia nuova, título de su artículo de 1913, que conservó en su gran obra de 1931, editada en Torino. La figura de Giovannoni, vinculada al régimen fascista de Benito Mussolini, ha sido injustamente relegada después de las parciales críticas de Bruno Zevi, (Storia dell'architettura moderna. Milano, 1955), aunque se asiste en la actualidad a su revalorización de su pensamiento en Italia: Véase especialmente G.ZUCONI, “La naissance de l'architecture intégral en Italie”. Annales de la recherche urbaine. Paris, 1990. Una aproximación muy interesante es la de Frangoise Choay, profesora de teoría de las formas urbanas y arquitectónicas (Paris VIII) que integra a Giovannoni como uno de los ejes vertebrales de la creación del “Patrimonio urbano”: Frangoise CHOAY, “L'invention du Patrimoine urbain”. L'Allégorie du Patrimoine. Paris, 1992; pp.150-157. Véase también Antón CAPITEL, “Monumento y ciudad”. Metamorfosis de monumentos y teorías de la restauración. Madrid, 1988.

   

            La catedral de León en este medio siglo de continuadas y profundas intervenciones sintetizó las aspiraciones ideológicas y arquitectónicas de una centuria volcada hacia la arquitectura medieval. Sin embargo, la realidad del monumento es compleja y cambiante y permite interpretarse desde muy diversas perspectivas. El siglo XIX dejó la profunda impronta de una época fuertemente comprometida con la recuperación de la catedral leonesa. El aislamiento del templo fue una de las últimas operaciones de una manera de conceptualizar el monumento que repensó en su totalidad su estructura, función y significado. El conocimiento de esta etapa de la vida del edificio -ya integrada como un período que aportó su propia originalidad a la historia de la Catedral- considero que puede suscitar reflexiones sobre el significado de los monumentos en la sociedad contemporánea, de la persistencia del pasado en la delimitación corporal de los edificios y los vínculos de enlace de la sociedad con este pasado que se articula como una dimensión fundamental del hombre contemporáneo. Con un siglo de distancia, este apasionado despertar del pasado en el presente adquiere tonos más ponderados: la restauración de la catedral de León permanece como un testimonio de especial importancia y significación para penetrar en las contradicciones de una época en la que nos vemos próximamente reflejados, aunque los desacuerdos que nuestra sensibilidad contemporánea detecta en esta intensa transformación de un edificio como la catedral de León, precisamente quizás constituyan un punto de partida fructífero para consolidar y desarrollar la conservación de un Patrimonio cuya riqueza estriba precisamente en su rica y significativa presencia, sin por ello ahogar los gérmenes de la creación y transformación contemporáneas.