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- CAPÍTULO VIII -
EL AISLAMIENTO DE LA CATEDRAL DE LEÓN
“Realizada la verdadera restauración estética (...) y
abatidos los muros de la que nunca fue más que superfetación del monumento, se
inicia el despojo externo de los demás aditamentos menos valiosos que ocultan la
insigne Catedral Legionense por todo su lado más bello, y gracias a la
ilustración y patriotismo de la Superioridad podrá gozarse la contemplación
completa de todo su costado sur y ábside”.
Demetrio de los Ríos, Proyecto de restauraciones parciales. León, 10 de
mayo de 1883. A.G.A. (E. y C.), C.8.063, Lg.8.847, Exp.n°5.
La restauración de la catedral de
León culminó con la preparación del entorno urbanístico preciso para
“realzar” el monumento tal como
reaparecía después de más de cincuenta años de continuados trabajos de
reconstrucción y restauración, aún cuando estas operaciones se realizaran en
detrimento de las construcciones adosadas al templo por su costado meridional.
El “aislamiento”
de la catedral de León se saldó con el derribo de buena parte de estas
edificaciones -algunas de ellas originales y coetáneas al pro-ceso
histórico-constructivo de la Catedral- que fueron progresivamente suprimidas con
un firme propósito: aislar el edificio para contemplar libremente el costado
meridional y ábside de la Catedral, de tal modo que el
“renovado esplendor” exhumado por la
restauración fuera enarbolado de modo ostensible por encima de las
construcciones
“secundarias”.
Estas demoliciones se acometieron
inicialmente bajo la dirección de Demetrio de los Ríos y se practicaron en
varias fases: a finales de 1883, Ríos comenzó el derribo de la torre denominada
del “Tesoro”,
incluida dentro del proceso de restauración del costado meridional de la
Catedral. Como no eran operaciones directamente relacionadas con el edificio,
salvo en lo que se refiere a esta torre mencionada, la continuación de los
derribos se reanudó años después de clausurada la restauración, reiniciándose en
1910, con la demolición de la llamada “Puerta
del Obispo”. La sistemática destrucción de
estos cuerpos anexos a la Catedral hubiera concluido con el desmonte de la
sacristía y oratorio, según un proyecto de Manuel de Cárdenas que, sin embargo,
felizmente no se realizó. Resultado de estas demoliciones fue la posterior
ampliación del atrio de la Catedral por esta parte meridional a partir de los
planos trazados por Juan Crisóstomo Torbado.
Estas operaciones serán analizadas en
las siguientes páginas según su orden de ejecución. El aislamiento de la
catedral de León pondrá término al presente estudio sobre el proceso de
restauración del templo mayor leonés, aún cuando se sobrepasen ampliamente los
límites cronológicos propuestos inicial-mente y nos adentremos en los primeros
decenios del siglo XX. Ello es así porque, aunque la mayor parte de los derribos
se ejecutaron en el año 1910, su planteamiento era parte integral del
pensamiento de Demetrio de los Ríos, que incluía estas demoliciones como obras
necesarias para terminar la restauración:
“el aislamiento del Templo para su mejor
conservación, el despojo de los importunos aditamentos para su contemplación más
libre y estética, pueden ofrecer ocasión a un proyecto, del cual es harto
merecedora Catedral restaurada con tantos sacrificios”1.
1) EL DERRIBO DEL "TESORO", (1883-1884).
Las construcciones adosadas a la
catedral de León por su costado meridional eran parte integrante de la
peculiaridad y función histórico-social del templo durante la Baja Edad Media,
época en que, paralelamente al levantamiento de la Catedral, surgieron estas
edificaciones que se transformaron en los siglos siguientes y que acabaron por
desaparecer tras los derribos iniciados a finales del siglo XIX.
La “reconstrucción”
gráfica y mental de estas edificaciones a través de las descripciones y planos
ejecutados con anterioridad a los derribos es sumamente interesante para
comprender el origen y significado de la catedral de León en la época de su
construcción. La actual ubicación del templo, prácticamente
“descontextualizado”
de su primitivo entorno histórico, hace difícil recomponer la acepción original
de catedral, integrada plenamente en el corazón de la ciudad medieval
2.
La utilización cultual de la catedral
de León, y sobre todo su progresivo entendimiento contemporáneo como
“monumento histórico y artístico”,
desvían nuestra atención de las primitivas “funciones”
del edificio en la ciudad medieval. Uno de los destacados usos que cumplió la
catedral de León durante la Edad Media, además del religioso, fue el
“militar”, como parte importantísima
del sistema defensivo de la ciudad de León. Incluso fue utilizada como recinto
fortificado a finales del siglo XIII por una de las facciones que contendían por
la Corona castellana. Este carácter militar de la catedral leonesa se denota
claramente en la compenetración del templo con las murallas de la ciudad, al
igual que ocurre, por ejemplo, con la catedral de Ávila.
La muralla de León, coronada de
torres y cubos, corría y atravesaba la Catedral de norte a sur a la altura del
encuentro del presbiterio con el ábside (fig.135). La Catedral fue trazada por
encima de la muralla, entestada en el murallón, de tal modo que el ábside y
parte del presbiterio quedaban fuera, pero formando parte, del cerco amurallado.
Toda esta zona semicircular del templo, a modo de gran cubo de muralla,
contribuía a la defensa de la ciudad, como poderoso baluarte que sobresalía del
muro exterior. Esta función bélica quedaba atestiguada por los pasos de
comunicación existentes que conducían desde los demás propugnáculos y muros al
andito exterior de las capillas absidiales puesto que, según refiere Demetrio de
los Ríos, este corredor discurría por las capillas a una altura adecuada para la
defensa, además de que estaba protegido por un antepecho macizo y grueso, muy
propio de estas funciones bélicas, antepecho que, como vimos, fue desmontado por
Demetrio de los Ríos y sustituido por el trazado calado actual
3.
Según el propio Ríos, era muy probable que en tomo a esta galería hubieran
existido en otros tiempos almenas como refuerzo característico de su primigenia
naturaleza de bastión defensivo.
Todas estas disposiciones se
continuaban por la parte meridional de la Catedral hasta enlazar con el Palacio
Episcopal (fig.135). En esta dirección corrían las murallas y sobre ellas se
habían levantado diversas construcciones con usos distintos. En medio de este
lienzo se abría la “Puerta del Obispo”,
uno de los principales portones de ingreso a la ciudad a través de las murallas,
y que en su origen segura-mente había estado sujeta a privilegios por parte de
las autoridades eclesiásticas (fot.32). Sobre estas disposiciones, derribadas
todas ellas en 1910, volveremos más adelante.
Interesa ahora concentrar la atención
en una de estas edificaciones que Demetrio de los Ríos identificó como el
“Tesoro” del Cabildo catedralicio.
Este polémico
“Tesoro”
se encontraba adosado a la Catedral por este costado meridional del templo,
aprovechando los lienzos murales correspondientes a la capilla cuadrangular del
Cristo -capilla presbiterial- y parte de la primera capilla absidial, muros que
servían de cerramiento del “Tesoro”
por su lado norte (figs.135, 136 y 137). Estos muros y los propiamente
pertenecientes al
“Tesoro”
configuraban un espacio de planta prácticamente cuadrada, a modo de torre
fortificada.
En este recinto reconoció Demetrio de
los Ríos la estancia dedicada en la Catedral a la custodia del
“Tesoro”
del Cabildo catedralicio, aún cuando, como él mismo confesaba, su
“existencia no está ligada a ningún hecho histórico del que sepa darse
nadie cuenta”
4.
La hipótesis de esta función atribuida por Demetrio de los Ríos a esta torre
sudeste adherida a la Catedral se fundamentaba en la transformación de la
muralla para cuidado de las riquezas que integraban el
“Tesoro” del Cabildo, debido al
carácter sólido y seguro de esta primitiva torre o transformación del cubo de la
muralla.
Los “Tesoros”
fueron unas construcciones peculiares de los templos catedralicios del siglo
XIII, si bien su ubicación en edificios franceses de la época suele mostrar tres
disposiciones principales en relación con el templo que no coinciden ninguna con
la de esta problemática torre leonesa: los
“Tesoros”
suelen aparecer bien anexos a las sacristías -catedrales de París y la
Sainte-Chapelle-, o situados en las capillas o en las naves bajas del transepto
-Reims, Rouen- o bien ubicados en el costado sur del coro - Sens o Troyes-.
Ninguna de estas disposiciones se vincula propiamente con esta torre sudeste
adosada a la catedral de León, pues, como decía Demetrio de los Ríos,
“no pertenece al plan general de la iglesia”.
Otra posible función de esta torre
asociada con el templo pudiera haber sido la de una primitiva sacristía. Como es
sabido, las sacristías medievales no alcanzaron la importancia que se les
atribuyó posteriormente en la concepción general de los edificios religiosos,
por lo que es posible que se habilitara esta construcción anexa al templo para
esta función y que, posteriormente, con la edificación de la actual sacristía en
el siglo XVI por Juan de Badajoz, dejase de cumplir este uso.
Sin embargo, a mi modo de ver, quizá
no se tratara de una disposición directamente vinculada con la Catedral sino más
bien con el resto de las construcciones que se extendían por este costado
meridional del edificio. Como ya ha sido mencionado, existía un importante
portón de acceso a la ciudad atravesando estos lienzos murales; Manuel Gómez
Moreno señalaba al hablar de estas edificaciones que por encima de los cuerpos
inferiores
“pisaba la casa del alcaide, con subida
desde adentro de la ciudad, por una escalera contigua al crucero meridional, en
saliente, y cuyo desemboque alto enfilaban dos saeteras, previniendo cualquier
ataque” (fig.135)
5.
Esta torre sudeste, con marcado carácter militar, podría haber estado más bien
vinculada con esta estructura y funciones defensivas de la
“Puerta del Obispo”, que propiamente
relacionada con una función integrada o dependiente del templo catedralicio.
Esta hipótesis vendría avalada además por la falta de comunicación de la torre
con el interior de la Catedral, puesto que la escalera de enlace con la capilla
absidial no se abrió sino a comienzos del siglo XIX por el arquitecto Fernando
Sánchez Pertejo, como conocía bien el propio Demetrio de los Ríos.
Sea como fuere, lo cierto es que el
“Tesoro” -lo seguiremos denominando
así- era una disposición original y propia del primitivo contexto
“histórico”
y
“urbanístico”
en que se emplazaba la catedral de León. Esta torre se había levantado sobre uno
de los cúbos de la antigua muralla, al igual que el resto de edificaciones que
continuaban por el sur hasta enlazar con el Palacio Episcopal: era un
aprovechamiento de la torre de la muralla que se modificó ensanchándola,
abovedándola de crucería gótica y rasgando sus muros con aspilleras de luces,
mientras que la capilla absidial, como refiere Demetrio de los Ríos,
“se construyó cerrada por resultar sin
aquellas (sin ventanas)”. Al ensanchar esta
torre se mutiló parte importante del espesor del muro y todo el contrafuerte que
limitaban exteriormente la Capilla del Cristo, en la forma que claramente
reproducía Demetrio de los Ríos (fig.136). Fue precisamente al plantear Demetrio
de los Ríos la reconstrucción de este muro y contrafuertes exteriores cuando
propuso el derribo completo del “Tesoro”,
integrado en el Proyecto de restauraciones parciales del año 1883
6.
La demolición del
“Tesoro” fue una cuestión
extremadamente polémica, que llegó a debatirse en el Senado y que motivó la
paralización completa de las obras de restauración, la redacción de extensos
informes y la intervención directa del Ministro de Fomento. Nuevamente el
proceso de restauración entraba en el campo de las agrias disputas y las
descalificaciones públicas.
El contenido total del proyecto de
restauración del año 1883 formado por Demetrio de los Ríos fue aprobado por el
Gobierno, previo informe favorable de la Academia de San Fernando, por Real
Orden de 17 de octubre de 1883
7.
Las obras contenidas en el proyecto se iniciaron de inmediato y con ellas, a
mediados del mes de noviembre, se dio comienzo al derribo de la torre del
“Tesoro”.
Fue entonces cuando se produjo una denuncia ante la Dirección General de Obras
Públicas y la Academia de San Fernando que acusaba a Demetrio de los Ríos de
estar derribando
“una obra respetabilísima de arte, como
fabricada a una con la primitiva del Templo”.
Inmediatamente se decretó por el Director General de Obras Públicas la
suspensión total de las obras de restauración, decisión que corroboró poco
después el propio Ministro de Fomento, alarmado por la dimensión pública que
tomaba el asunto. Los informes de la Junta Inspectora de las obras de
restauración y de la Academia de San Fernando, que a su vez requirió el informe
de la Comisión de Monumentos de León y del propio arquitecto, trataron de
esclarecer el espinoso asunto.
Podría pensarse en un maduro juicio
“histórico” por parte de los
denunciadores que les llevaba a defender esta torre del
“Tesoro” como testimonio indisociable
de la historia o del “conjunto histórico”
del edificio, pese a su desajuste con el resto de la estructura monumental de la
Catedral. Pero esto, en realidad, no fue del todo así. La cuestión del derribo
del “Tesoro”
fue utilizada para poner de manifiesto discrepancias profesionales y rencillas
personales que eran los móviles que se encontraban en el fondo de las
controversias. Efectivamente, la denuncia del derribo ante la Academia y el
Gobierno la encabezaba José Fernández Solar que, como vimos, había sido auxiliar
de las obras de restauración y que fue despedido por Demetrio de los Ríos hacía
poco menos de un año
8.
El apoyo del que disfrutaba Solar en León, junto con el amparo de los
adversarios de Demetrio de los Ríos, le llevaron a formular esta denuncia.
Además, José Fernández Solar era vocal de la Comisión Provincial de Monumentos
de León, es decir, contaba con una sólida posición para notificar a la Academia
posibles infracciones o atentados contra los monumentos de León. Pero Demetrio
de los Ríos tenía asegurado el control de la Comisión de Monumentos, pues era
Vicepresidente, además de estar apoyado por los más influyentes miembros de la
institución. Todo esto indica cómo en el seno de la Comisión Provincial de
Monumentos se encendieron las disputas.
La defensa del
“Tesoro” dentro de la Comisión de
Monumentos fue encabezada por el mencionado José Fernández Solar y por Inocencio
Redondo, escultor que había sido igualmente apartado de las obras de
restauración. Su denuncia se fundamentaba en la necesidad de conservar la
muralla como restos anteriores a la Catedral y que reunían
9
suficiente importancia “arqueológica”, lo que implicaba la restauración de la
torre levantada sobre los mismos que además era una construcción contemporánea a
la Catedral: para ello proponían reparar los deteriorados muros del
“Tesoro” y erigir de nuevo su bóveda
de crucería aprovechando la misma sección y plantillas que se habían utilizado
para la reconstrucción de las bóvedas de la Catedral.
Demetrio de los Ríos, por su parte,
defendió con empeño la demolición del
“Tesoro”
y para ello desarrolló la argumentación que ya había manifestado en el proyecto
de restauraciones parciales. Básicamente se apoyaba en las siguientes
consideraciones:
- La posibilidad de conservar la
muralla como resto
“arqueológico” sobre el que se
sustentaba la torre del siglo XIII, le parecía algo imposible desde el momento
en que de esta muralla no se conservaban más que insignificantes restos por
haber sido recortada en el siglo XIII al construirse el
“Tesoro”.
Además, estos escasos fragmentos de la muralla prácticamente habían desaparecido
a comienzos del siglo XIX cuando se erigió la escalera de comunicación del
Palacio Episcopal con la Catedral a través de la entrada practicada en la
primera capilla absidial (fig.137). Esta escalera, realizada por Fernando
Sánchez Pertejo, afectó considerablemente a la muralla,
“quedando aniquilada por la parte baja del esviaje primero de dicha
escalera, donde puede decirse que desapareció completamente”.
- En cuanto a la conservación
propiamente de la torre del "Tesoro" era desechada por Demetrio de los Ríos
debido al estado completamente desfigurado en que había llegado a estos decenios
finales del siglo XIX. Durante la mencionada intervención realizada a comienzos
del siglo, se había alterado profundamente el carácter de sus muros y, sobre
todo, estas variaciones afectaron a la bóveda que cubría la torre,
“aniquilándose su antigua bóveda para la erección de la tabicada”,
tal como puede verse en el corte trazado por Ríos (fig.137). En definitiva,
estas modificaciones de comienzos de siglo habían trastrocado la primitiva y
problemática función de este recinto en
“una pretenciosa escalera en sustitución de la que se había usado para
que los Obispos descendieran de su palacio al Templo”.
- Hasta aquí discurría el razonamiento que afectaba al
“Tesoro”
en sí mismo; pero el nudo del problema se encontraba para Demetrio de los Ríos
en la forzada coexistencia de esta estructura con la Catedral, es decir, en los
negativos efectos que a su juicio resultaban de la conservación de este recinto
fortificado para la estructura constructiva y la contemplación artística del
monumento. Desde la perspectiva más concreta, el forzado
“ensamblaje”
de esta torre con los muros de la Catedral se dejó sentir en la considerable
reducción del espesor del muro de la capilla del Cristo y en la supresión total
de un contrafuerte y en la ocultación de otros dos al intestar los muros del
“Tesoro”
con los estribos: “el templo se contrajo a
su contacto con las murallas”. Todo ello,
como decía Demetrio de los Ríos, “conduce a
perjudicar la solidez y hermosura del Templo mutilado en un concepto y a la vez
afeado con superfetaciones extrañas”.
- Con estas palabras se llegaba al
fondo teórico de la cuestión: el complejo problema del derribo del
“Tesoro” no era el mismo que se había
planteado en ocasiones anteriores; es decir, como hemos visto a lo largo de
estas páginas, la demolición de elementos barrocos e incluso renacentistas fue
más o menos tolerada debido al “sectarismo
estilístico” imperante y a la
“originalidad de estilo”
que privilegiaba la
“matriz”
fundamental del siglo XIII. Pero, con la propuesta de derribo del
“Tesoro” y del resto de
construcciones que continuaban por este costado meridional, se estaba planteando
la destrucción de unas edificaciones que habían surgido de modo paralelo a la
construcción de la Catedral durante la Edad Media y que estaban sustancialmente
compenetradas con el edificio medieval y formaban parte de su
“testimonio histórico original”.
¿Trataba el siglo XIX de “corregir”
también al siglo XIII como había realizado con el resto de los estilos
incorporados en otras épocas al edificio?. Esta cuestión no pasó desapercibida a
Demetrio de los Ríos que en plena discusión la contestaba del siguiente modo:
“al querer restaurar la Catedral, y no un anexo incidental de ella, no
corrige el siglo XIX al XIII, ni el arquitecto actual al de aquella época, sino
que con el escalpelo de la crítica aparta de la concepción fundamental del
artista creador todas las restauraciones falsas o postizos ajenos y
contra-estéticos para darle al monumento su existencia originaria y su propia
belleza”. Por eso Demetrio de los Ríos se
esforzó en demostrar que el “Tesoro”
y el resto de construcciones anexas a la catedral eran ajenas e incluso un
“desvío” de la
“idea original”
de la catedral que debía exponerse con toda evidencia como resultado de la
restauración; el
“Tesoro”,
en definitiva, era juzgado como “un
aprovechamiento eventual de la torre de la muralla”,
“su erección no obedece a un plan preconcebido más o menos estético”,
en suma, “no está concebido ad hoc,
bajo un plan de libre concepción, ni es una verdadera manifestación tectónica,
ni mucho, muchísimo menos arquitectónica”.
- Consecuencia de lo expuesto, era la
necesaria “libre contemplación estética de
la Catedral”, que sólo podría realizarse
mediante
“el despojo externo de los demás aditamentos
menos valiosos que ocultan la insigne Catedral Legionense por su lado más bello”.
En una palabra, el aislamiento del edificio y el completo desarrollo de su
estructura fundamental eran propuestos por Demetrio de los Ríos con todas sus
consecuencias, aunque se limitaran por el momento al derribo de aquella de las
construcciones más próxima a la Catedral como era el
“Tesoro”.
El Ministro de Fomento al decretar la
suspensión de la obras, solicitó informe a la Academia de San Fernando sobre
este asunto. La Academia a su vez requirió a la Comisión de Monumentos de León
el día 3 de octubre de 1883 para que se pronunciara al respecto. La Comisión se
reunió el día 6 de diciembre de 1883 para examinar el problema y tomar un
acuerdo. El acta de la sesión, remitida a la Academia y a la Dirección General
de Obras Públicas, revela una fuerte tensión y violencia contenida en el
desarrollo de la discusión La sesión estuvo presidida por Ignacio Herrero,
Gobernador Provincial, y, como tal, Presidente de la Comisión. Las disputas
enfrentaron al historiador Juan López Castrillón y al paleógrafo Ramón Álvarez
de la Braña, partidarios de Demetrio de los Ríos, contra José Fernández Solar e
Inocencio Redondo. Los primeros trataron de conducir el informe hacia lo que
estrictamente demandaba la Academia, es decir, que se informara sobre
“el mérito artístico de la muralla”,
mientras que los segundos intentaron extender el juicio al valor histórico del
“Tesoro”.
La Comisión decidió apoyar decididamente la propuesta de demolición de Demetrio
de los Ríos, no obstante el voto particular negativo de Solar y Redondo
10:
“la
supuesta muralla contigua al ábside de la Catedral no existe desde muy antiguo,
y, por consiguiente, no se le puede atribuir valor alguno artístico, siendo, por
otra parte, de todo punto necesario lo que se propone por el Director de las
obras de restauración en su memoria a fin de realizar el completo desarrollo de
aquella parte del edificio”.
Sin embargo, el tema no quedó ni
mucho menos definitivamente zanjado. En sesión oficial del Senado del día 21 de
diciembre de 1883 se leyó el acuerdo de la Real Academia de la Historia firmado
por Antonio Cánovas en que se recomendaba suspender de inmediato
“el derribo de la muralla en la cual se sostiene el ábside de la Catedral
de León”. En el Senado se pronunciaron duras
palabras por el Ministro de Fomento contra la dirección de la restauración
ejercida por Demetrio de los Ríos:
“mientras
el andamiaje está puesto y mojándose, y la lluvia penetrando en el interior de
la Catedral y socavando los cimientos, se quiere entretener la Comisión de
Monumentos Históricos y Artísticos de León en hacer obras por fuera para que
quede más bonito el edificio, sin saber que los monumentos artísticos son
también monumentos históricos”.
La polémica se encontraba en estas
semanas finales del año 1883 y primeros días del mes de enero de 1884 en su
punto álgido. La Comisión Provincial de Monumentos contestó enérgicamente a las
palabras pronunciadas en el Senado con la decidida defensa del método de
restauración desarrollado por Demetrio de los Ríos,
“plenamente satisfecha del buen sentido, tanto arqueológico como
artístico que hasta el momento actual preside a las obras”,
como afirmaba dirigiendo al Ministro de Fomento una dura comunicación en que la
Comisión recriminaba el cuestionamiento de la intervención de Demetrio de los
Ríos en el Senado y por parte de la prensa nacional
11.
Igualmente se manifestó la Junta Inspectora de la Obras de restauración de la
Catedral de León, demostrando su total apoyo a Demetrio de los Ríos en dos
comunicaciones dirigidas al Director General de Obras Públicas y firmadas por el
Vicario Capitular, Cayetano Santos
12.
La prensa regional y nacional también
se interesó vivamente por el asunto. Artículos publicados en la Correspondencia
en España o en el Norte de Castilla recogían las argumentaciones que habían
alcanzado su mayor resonancia con el artículo publicado en El Liberal a mediados
de diciembre, en el que se atacaba violentamente a Demetrio de los Ríos y que
fue respondido con contundencia desde El Porvenir
13.
La polémica no sería definitivamente
zanjada hasta que la Academia de San Fernando emitió su decisivo informe sobre
el asunto. Con un amplia memoria sobre el tema, redactada por Demetrio de los
Ríos el 5 de enero de 1884
14,
y el resto de la documentación, la Academia emitió su terminante resolución el
día 8 de marzo de 1884
15.
La institución académica -en la que Ríos tenía una consolidada posición- se
pronunció a favor de todas y cada una de las argumentaciones con las que
Demetrio de los Ríos había apoyado el derribo del
“Tesoro”.
La conclusión del informe era la tajante afirmación de la singularidad del
“monumento”
por encima de su original contexto histórico-urbanístico, como claramente
expresaba la institución al referirse a la torre del
“Tesoro”
y dependencias anexas con los siguientes términos:
“...
todo esto debe ceder ante la importancia del gran monumento Catedral, ante la
integridad de los organismos que componen su fundamental estructura, ante la
indisputable belleza que resulta de reestablecer esta integridad, ante la
necesidad de que sea contemplada estéticamente por el costado único en que puede
serlo y ante otras consideraciones de economía y buen sentido”.
Ante estas palabras de la Academia,
el Gobierno aprobó por segunda vez la totalidad del contenido del proyecto de
restauración de 1883 donde se contemplaba la demolición del
“Tesoro”. Demetrio de los Ríos
procedió al derribo y a la construcción del paramento y contrafuertes exteriores
de la capilla del Cristo. Ello significaba, como había afirmado el arquitecto en
la memoria del proyecto, “completar el
edificio en una de sus partes más características e interesantes cual es el
encuentro de las naves laterales del presbiterio con el arranque de las capillas
absidiales”. Para trazar este muro tal como
hoy puede observarse, Demetrio de los Ríos hubo de recurrir al desarrollo del
esbozo de estos arranques contenidos en la propia Catedral y, sobre todo, a la
comparación con otros edificios franceses que mostraban la misma disposición.
Catedrales como las de Reims y Amiens ofrecen modelos similares para este
característico arranque de las capillas absidiales. El muro de la capilla
cuadrangular se aumentó de espesor (fig.136, Q) y el contrafuerte reconstruido
(fig.136, N) era una repetición del primero del presbiterio (fig.136, M),
contiguo al que ahora se reconstruía, aún cuando Demetrio de los Ríos demostrara
en la hoja de cálculos que este contrafuerte añadido en realidad no cumplía
ninguna función mecánica, puesto que los empujes del nervio de la bóveda de la
capilla del Cristo (fig.136, a-b) se neutralizaban por los pilares interiores;
la consecuencia era que el contrafuerte se levantaba
“no por exigencia mecánica, sino porque así lo reclama la arquitectura
estética y arqueológicamente”. No ocurría lo
mismo con el contra-fuerte exterior de la capilla absidial que ejercía la
función mecánica de resistencia al empuje de la bóveda en sentido longitudinal
(fig.136, V).
Las obras de restauración fueron
visitadas el 28 de agosto de 1884 por el Director General de Obras Públicas que
meses antes había ordenado la suspensión de las obras. Según refiere Demetrio de
los Ríos, recibió cordiales felicitaciones por el modo en que conducía los
trabajos, y del mismo modo se expresó el Marqués de Sardoal que, tras examinar
detenidamente los restos del
“Tesoro”
el 11 de septiembre, reconoció
“el equivocado concepto que datos inexactos
me habían hecho formar de las obras de restauración de esta Catedral”,
según recogía Demetrio de los Ríos en su monografía sobre la catedral de León
16.
El derribo del problemático
“Tesoro” tuvo una importante
trascendencia como antecedente para la futura demolición del resto de
construcciones que continuaban por esta parte meridional de la Catedral, hasta
prácticamente consumarse el aislamiento por este costado. En esta contraposición
entre el
“valor histórico”
de estas construcciones y el
“valor artístico”
de la catedral de León, la singularidad del monumento había salido vencedora
como parte fundamental de una concepción del tratamiento de los edificios que
presidió el siglo XIX. Este carácter de precedente abrió el camino para el
derribo de la
“Puerta del Obispo”,
ya entrado el siglo XX.
2) DEMOLICIÓN DE LA "PUERTA DEL OBISPO" Y PROYECTO DE DES-MONTE Y TRASLADO DE
LA SACRISTÍA.
El
“aislamiento”
de los edificios sometidos a restauración fue una práctica sumamente extendida
en Europa durante todo el siglo XIX y que pervivió considerablemente durante la
siguiente centuria. El célebre urbanista Reinhard Baumeister afirmaba que
“los edificios antiguos deben conservarse, pero aislados y restaurados”
17.
Este principio fue aplicado desde las primeras restauraciones de edificios
medievales ejecutadas en Francia. De hecho, la mayor parte de las intervenciones
se vieron coronadas por el aislamiento del edificio, que aparecía a modo de
“navío” anclado en medio de una
plaza. Es decir, la restauración del
“monumento”
no fue suficiente; el arquitecto debía igualmente reflexionar sobre la
implantación del edificio en el tejido urbano en el que se emplazaba. Pero esta
consideración de la inevitable dimensión “urbanística”
del monumento estuvo dominada por una idea que tomó el carácter de axioma: la
intervención debería estar orientada siempre a “poner
de relieve” el monumento restaurado, a
expresar su “singularidad”
y
“perfección”,
aún a expensas de su original contexto histórico: ante el
“monumento” debía doblegarse la
estructura urbanística. Este principio operativo fue aplicado en toda su
radicalidad en el caso del derribo del “Tesoro”
de la catedral de León que marcó el comienzo de las demoliciones sistemáticas
que se continuaron a partir de 1910.
Sin embargo, como tal principio
general, el “aislamiento”
de los monumentos se justificaba por varias razones que eran diferentes según el
problema concreto que presentaba cada particular disposición
“urbanística” del edificio.
Jean-Michel Leniaud sintetiza tres operaciones principales en el entorno, aunque
todas ellas convergentes en esa intencionalidad de
“aislar” el monumento
18:
la necesidad de
“sanear”
los alrededores del edificio, la voluntad de
“revalorizar”
la construcción medieval en su marco urbano (mettre en valeur) y los intentos de
reemplazar el edificio en un contexto apropiado.
Ciertas operaciones de
“saneamiento” del monumento fueron
una necesidad inexcusable. Durante varios siglos los edificios medievales habían
permanecido sumergidos en un lamentable abandono; fue frecuente que alrededor de
las iglesias o catedrales se adosaran construcciones parasitarias que
contribuían poderosamente al deterioro del edificio. Los trabajos efectuados por
Jean-Baptiste Lassus abrieron el camino en esta “depuración”
del monumento de sus
“pólipos”
dañinos. Jean-Michel Leniaud ha reconstruido documentalmente algunas de estas
amplias intervenciones ejecutadas por Lassus en torno a los edificios
restaurados por el arquitecto francés
19:
la destrucción de las casas adosadas a la cabecera de Saint-Aignan, el
aislamiento de las capillas y la nivelación del terreno alrededor de la catedral
de Mans, o los trabajos de limpieza del entorno de Saint-Germain l'Auxerrois,
eran parte integral e indisociable de los procesos de restauración del edificio
medieval. En la catedral de León también se produjo una pronta eliminación de
construcciones de este tipo, es decir, que no reunían ningún valor histórico: en
1872 se trató de adosar un establo con pajar al archivo y torreón de muralla
contiguo en el que se abrieron socavones para empotrar vigas; era ésta la zona
cercana a la antigua Sala Capitular que se derribó en 1910 (fig.135). La
Comisión de Monumentos de León refirió todos estos desmanes a la Academia de San
Fernando el 28 de julio de 1872, que contestó con una comunicación dirigida al
Gobernador Civil para que ordenara de inmediato el derribo de los cuerpos que ya
se habían comenzado a edificar
20:
“cualquier
construcción vulgar arrimada de este modo a un edificio monumental lo afea y
desfigura lastimando en decoro, interrumpiendo sus líneas y sus masas de cuya
acertada combinación nace la belleza”.
Un oficio del Gobierno Civil a la
Alcaldía instando al cumplimiento de las Ordenanzas Municipales detuvo la
edificación y posteriormente se demolió lo que se había construido anexo a esta
zona dependiente de la Catedral. Este caso no era ciertamente problemático, pero
la Academia con sus palabras dejaba sentado cómo ante
“las líneas y las masas” del
monumento debían ceder los edificios
“subalternos”.
La disputa surgió, como vimos, cuando se trataba de una construcción que reunía
valor histórico, como fueron los casos del
“Tesoro”
y la
“Puerta del Obispo”,
construcciones coetáneas a la Catedral.
De cualquier modo, estas operaciones
muestran el nuevo significado que estaba adquiriendo el monumento medieval
insertado en el núcleo urbano de las ciudades. Quizás el más paradigmático
pro-ceso de tratamiento urbanístico, que marca de una manera simbólica la
“recuperación” plena de la
arquitectura gótica, fueron los trabajos de aislamiento efectuados en la
Sainte-Chapelle de París. Este carácter se debe a que en tomo a este proceso se
planteó un interesante conflicto entre los partidarios de la arquitectura
medieval -Lassus, Montalembert, Rivet entre otros- y los partidarios de la
“arquitectura moderna”,
representados por los arquitectos del Palacio de Justicia, Duc y Dommey. Todo
ello generó un abultado expediente administrativo en el que interesa señalar el
resultado
21:
se cumplieron buena parte de las reclamaciones planteadas por Lassus que se
orientaban a la demolición de las partes en contacto con la Sainte-Chapelle en
perjuicio del Palacio de Justicia; es decir se impuso la consideración del
edificio medieval como “monumento”,
su superioridad sobre la
“moderna”
construcción del Palacio adyacente.
Sin embargo, más problemáticas se mostraron las operaciones englobadas en ese
tercer tipo de intervenciones a que se refería Jean-Michel Leniaud como la
búsqueda de un “contexto”
adecuado para el monumento. En este sentido, la creación de un enorme parvis
delante de la fachada occidental de la catedral de Notre-Dame de París por
Viollet-le-Duc fue complementario a los proyectos de creación de una sacristía y
arzobispado armonizando con la catedral gótica (figs.138 y 139). Este
tratamiento “urbanístico”
de la catedral parisina fue paradigmático en el siglo XIX: Viollet-le-Duc llevó
a sus últimas consecuencias sus postulados restauradores, pues la Catedral no
solamente se aisló con el derribo de varias manzanas y la apertura de calles
anchas alrededor, sino que también se trató de dotar de
“anexos” en
“unidad de estilo”
con el monumento; suponía el intento de crear una “gran
ciudad episcopal” presidida por la Catedral
y que precisamente realzara su carácter monumental
22.
Otra de las más difundidas versiones de tratamiento urbanístico monumental
realizadas por Viollet-le-Duc tuvo lugar en relación con la iglesia de
Saint-Sernin de Toulouse: para
“embellecer”
la plaza elíptica en la que se reemplazó el monumento se realizaron
considerables derribos y movimientos de tierras
23.
Todo ello avalado por la Société Archéologique du Midi que resumía el propósito
de estos trabajos de
“aislamiento”
con palabras que bien podrían ser trasladas de modo casi literal al caso de la
catedral de León
24:
“Así
la magnífica basílica enteramente despejada, rodeada de su muro, de su verja, se
elevará majestuosamente en el centro de la plaza más grande de nuestra ciudad y
desde todos los ángulos la vista no encontrará ningún obstáculo para aprehender
la forma y la proporción”.
En definitiva, los procesos de
aislamiento fueron numerosos y realizados en el interior de circunstancias
diferentes pero todos ellos con el común objetivo de enaltecer y magnificar el
monumento que se encumbraba por encima de su marco urbano habitual, al que
sometía con su “recuperada”
presencia. Esto se llevó a su máxima expresión en intervenciones como las
efectuadas en Notre-Dame de París que, por su relevancia como Catedral de la
capital francesa, se trató de presentar como el centro majestuoso de una
“microciudad” dominada por el
monumento. Casos paralelos de aislamiento fueron prolíficos, como los de las
catedrales de Albi y Orleans en Francia o los ejecutados en las catedrales
alemanas de Colonia y Ulm, por citar algunos de los ejemplos más significativos.
La catedral de León comenzó su
“aislamiento” con el polémico derribo
de la torre del “Tesoro”,
pero vimos cómo las opiniones de Demetrio de los Ríos y las conclusiones del
decisivo informe de la Academia de San Fernando invitaban a proseguir con los
derribos para conseguir el “aislamiento”
completo de la Catedral por su costado meridional. De hecho, Demetrio de los
Ríos, en el plano que trazó en el año 1885 con la consignación de las obras que
a su juicio eran necesarias para ver terminada en su totalidad la restauración,
mostraba el costado meridional de la Catedral completamente despejado, con el
ábside exento, en un diseño similar al trazado por Manuel de Cárdenas en 1913
(fig.141)
25.
Inaugurada la Catedral en el año 1901, estas ideas de aislamiento contenidas en
el pensamiento de Demetrio de los Ríos fueron retomadas en el año 1910 para
derribar la “Puerta del Obispo”,
después de un fuerte movimiento de opinión popular en favor de esta demolición.
Consumado el derribo del
“Tesoro” en el año 1884, el conjunto
de construcciones que continuaban por el sur, entre la Catedral y el Palacio
Episcopal, habían quedado desconectadas de la Catedral. La discusión sobre el
“valor histórico”
de estas heterogéneas edificaciones se volvió a plantear con vistas al derribo.
Las descripciones -casi siempre mediatizadas por la necesidad de justificar la
demolición- y las fotografías tomadas antes de la destrucción de lo que
genéricamente denominamos como “Puerta del
Obispo”, nos ofrecen una agrupación de
diversas construcciones levantadas sobre la antigua muralla, edificadas en su
origen en la Edad Media, y transformadas en los siglos siguientes. Es decir, al
ser construcciones de carácter utilitario, fueron transformando sus funciones de
acuerdo con las necesidades imperantes en cada momento.
El nivel inferior de todos estos
restos era el más antiguo -y por eso en torno a él se centró la discusión- y
estaba compuesto por la muralla original que, como dijimos, formó parte
indisociable del con-texto original de la Catedral, integrados ambos, muralla y
templo, en un mismo conjunto interdependiente en sus funciones. Después de la
torre sudeste del “Tesoro”,
corrían hacia el sur las dos murallas, tocando la medieval a la romana por
fuera, cada una de unos cinco metros de grosor, según refiere Manuel Gómez
Moreno
26.
Este grosor debió de ser producto del ensanchamiento de la muralla por sus dos
haces en el siglo XIII. La muralla se ampliaba en su longitud configurando
torres de base cuadrangular, como la que dio lugar al
“Tesoro”, de las cuales la última de
ellas formaba parte del Palacio, maciza, y semejante a la llamada Torre de los
Ponces.
En medio de estos lienzos de muralla
se abría, atravesando el murallón, la
“Puerta del Obispo”
(fot.32). Esta poterna formaba un pasadizo abovedado que constituyó una de las
puertas de acceso a la ciudad por medio de un arco apuntado interior, construido
en el siglo XIII -a la par de la catedral- en forma de lanceta, muy recio, sin
molduras ni adorno alguno, y que cobijaba la ranura para el rastrillo. Este arco
estaba acompañado por otros dos, también apuntados, aunque de mayor luz, menor
carácter, y seguramente posteriores con respecto al arco interior, al que
flanqueaban por sus extremos (fot.32).
Por encima de la muralla se
construyeron varios recintos. En la planta trazada por Demetrio de los Ríos al
nivel inferior (fig.140), se comprueba la existencia de una escalera en sentido
transversal al eje de la Catedral, contigua al crucero meridional, que daba
acceso desde el interior de la ciudad a la parte superior de la murallas. En
este piso alto, según Gómez Moreno, estaba la
“casa del alcaide”,
función bastante probable en su origen, dado el carácter defensivo de esta
puerta de ingreso a la ciudad. Lo cierto es que también se habla de una galería
de tránsito en este nivel, que servía de paso a los obispos desde el Palacio
hacia la Catedral (fot.33). Por su fachada interior, orientada hacia poniente,
se conservaban las ventanas de la galería (fot.33) a modo de seis huecos gemelos
en forma de arquillos apuntados, que también eran coetáneos a la fábrica
catedralicia. La fachada oriental, hacia el exterior, tenía un vano similar a
estos interiores, el resto tapiados, y algunas ventanas de época posterior,
cuadradas y cerradas con rejas.
Entre estos dos lienzos, contigua y
paralela a la galería de paso, se abría una estancia que había sido la primera
Sala Capitular del Cabildo antes de que fuera construida la actual en el
claustro. Esta estancia estaba dividida interiormente por un tabique
longitudinal que formaba dos naves iguales comunicadas por medio de una puerta
en forma de arco agudo. En el interior se encontraba una chimenea, decorada en
su boca con hojas talladas, que sirvió de calefacción a la Sala Capitular, y que
se dejaba sentir al exterior en el prominente cilindro para salida del humo.
Manuel Gómez Moreno fechaba estas estancias exteriores de la misma época que la
muralla inferior, -“la elegancia de líneas y
proporciones, típicas de aquel siglo XIII, rebosaba en todo”-,
aunque estas disposiciones superiores de Sala Capitular y galería de paso quizás
fueran posteriores.
Estas construcciones habían llegado
ocultas al siglo XX por un
“caserón”
dividido en varias estancias que, según parece, databa del siglo XVII (fot.34).
Estas “agregaciones y enlucidos viles”,
como las denominaba Gómez Moreno, se habían superpuesto a las construcciones
medievales por su lado occidental, es decir hacia el interior de la ciudad,
cerrando y ocultando la Puerta del Obispo (fot.34). La salida de la ciudad se
realizaba entonces por una apertura practicada en el lado sur de este recinto,
al quedar desconectada la Puerta del Obispo del palacio Episcopal, tránsito que
se cubrió con un arco de carácter bastante tosco por encima del cual se dispuso
el paso para el Obispo desde su Palacio hacia la Catedral (fot.34). Estas
dependencias albergaron las oficinas de las obras y los almacenes de la fábrica
y fueron las primeras construcciones que se derribaron hasta dejar al
descubierto la Puerta del Obispo.
El derribo de este “caserón”
superpuesto a las construcciones medievales fue solicitado por la Comisión de
Monumentos y rápidamente autorizado por Real Orden que llegó a León el 15 de
agosto de 1910. Inmediatamente se acometió la demolición de estos cuerpos que no
produjeron discusión alguna por ser de época posterior, como ha sido mencionado.
La obra de derribo de este
“caserón”
-como se le denominaba en la prensa del momento- ocupó varios meses, hasta que,
a mediados de noviembre de 1910, se llegó a la muralla interior. La demolición
dejó al descubierto la poterna gótica inferior y la galería y antigua Sala
Capitular superiores, como puede observarse en las fotografías correspondientes
a este momento (fots.32 y 33). A partir de entonces comenzaron las discusiones
acerca de estos restos medievales.
Un ferviente partidario de la
demolición, el erudito local Clemente Bravo, escribió varios artículos en la
prensa argumentando las razones para justificar el derribo. Además se conserva
una memoria manuscrita suya en donde relata con detalle los incidentes de las
obras de derribo, a modo de crónica, que permite reconstruir las argumentaciones
de los que se pronunciaron a favor del derribo en uno de sus más dotados
representantes
27.
El aislamiento fue defendido por una
buena parte de los miembros de la Comisión de Monumentos, como
“un proyecto acariciado por los arquitectos restauradores y por todos los
inteligentes y admiradores de la Pulchra Leonina, pues de la mole de tierra que
se está derribando sólo quedan ya en pie restos incompletos de una construcción
que estaba dentro de un caserón y oculta desde el siglo XVII, sin que apenas
constara su existencia”. Esta era la
situación en los meses finales del año 1910. A partir de entonces las
argumentaciones a favor del derribo, acompañadas de una fuerte corriente de
opinión popular, consiguieron imponerse.
El razonamiento para justificar el
“aislamiento” de la Catedral
prácticamente repitió los términos utilizados años antes por Demetrio de los
Ríos, a quien se citó en varias ocasiones. Varios aspectos fueron los puntales
para proponer la desaparición de estas construcciones medievales, tanto
referidos a los restos en sí mismos como a su efecto
“urbanístico” con respecto a la
Catedral y a la ciudad en general:
- El estado de conservación en que
estas construcciones habían llegado al siglo XX era bastante deficiente,
especialmente en lo que se refería al piso superior: de la galería y antigua
Sala Capitular prácticamente sólo quedaba los muros, sin cubierta, y éstos con
remiendos de ladrillos y gran parte de las ventanas mutiladas o cegadas,
especialmente en la fachada oriental, y algunas transformadas en épocas
posteriores; tampoco se conservaba resto alguno del pavimento, ni elementos
decorativos originales: “el estado de
conservación -sentenciaba Bravo- es de todo punto deplorable y sería, aparte de
resolver muchos y difíciles problemas técnicos, muy costosa la restauración o
siquiera la conservación de estos incompletos y heterogéneos componentes que
hasta nosotros han llegado de la antigua construcción”.
- La falta de
“utilidad” de estos recintos también
fue un argumento esgrimido en defensa del derribo; estas construcciones
intermedias, tras el derribo del
“Tesoro”
y de los cuerpos adyacentes al Palacio del Obispo, habían desconectado estas
dependencias de los edificios con los que orgánica e históricamente estaban
relacionadas. No obstante esta carencia de
“valor instrumental”, no dejaba éste
de ser un débil argumento, pese a las logradas descripciones que ponían el
acento en el lamentable estado de abandono de la
“Puerta del Obispo”:
“Quedando
aislada del Palacio y de la Catedral, ni se podría subir a ella, ni tendría
aplicación posible ni uso, ni manera de cuidarse, no constituyendo más que un
peligro para el público, un refugio para los aveluchos, un rincón deshabitado
donde quizás por serlo se albergaría cualquier maleante, un objeto abandonado a
las diabluras de los chicos, o quizás un medio para escalar la Catedral y entrar
por alguna ventana”.
- Otro argumento bastante débil era
la falta de interés
“artístico”
que presentaban estas construcciones, opinión que se presentaba vinculada a su
deficiente conservación; la “falta de
carácter”,
“sin labra, ni adorno ninguno y sin
columnas, capiteles o demás elementos decorativos que las den carácter artístico”
eran las razones para presentar estas construcciones con un origen marcadamente
utilitario, vestigio obsoleto de las primitivas funciones defensivas del
conjunto catedralicio, y que ahora se consideraban totalmente inútiles; el
indudable “valor histórico”
de estas construcciones era un sólido argumento para oponerse a este
“subjetivo”
“valor artístico”;
sin embargo, como años antes había expresado Demetrio de los Ríos, la
imposibilidad de
“sostener acomodos contra el Arte y el
Templo”
28,
llevó a rebajar el mérito de estas construcciones sobre todo en relación con la
inmediata presencia de la Catedral.
- En efecto, al igual que el
“Tesoro”, estas construcciones se
derribaron no tanto por su disposición particular sino más bien por el
“emplazamiento”
que ocupaban:
“Con
ser tan pobres, bajo el aspecto artístico o sólo constructivo estos restos, sin
embargo, por su proximidad a la Catedral estorban y afean el magnífico templo,
cuyo ábside y parte del crucero queda oculta al observador. Desarmonizan además
con la basílica, toda hermosura, esbeltez, diafaneidad, este informe montón de
amazacotada muralla, alguno de cuyos trozos sube hasta ocultar parte del
triforio”.
Estos “negativos”
efectos afectaban al monumento y a la ordenación urbana de la Catedral.
Es decir, en primer lugar se debía aislar el edificio para contemplar la
Catedral en toda su pureza de líneas, con la repetición de los mismos argumentos
que habían salido a la luz años antes a propósito del derribo del
“Tesoro”
y que ahora se repetían con igual fervor:
“Aquí
y en todas partes se consiente por cualquier cosa de poca monta tirar las
murallas, y ante objeto tan artístico y glorioso, como aislar y embellecer el
templo más famoso de la región ¿no se va a poder quitar un morrillo de la
muralla? ”.
Estos argumentos, sumamente
difundidos por la prensa
29,
contaban con el aval del informe de la Academia de San Fernando que aprobó el
derribo del
“Tesoro”.
Aquí estaba el centro de la cuestión, es decir, el llamado
“embellecimiento”
del entorno de la Catedral. En La Correspondencia en España se mencionaban los
ejemplos de Viena, Colonia, Berlín, Londres y París que habían abierto grandes
plazas delante de los monumentos para despejarlos, añadiéndose que
“en los pueblos que marchan a la cabeza
transfórmanse las cosas antiguas en beneficio y engrandecimiento de las
poblaciones”. Aparte de crear un entorno
“libre de aditamentos”
para la contemplación de la Catedral, el Ayuntamiento de León apoyó firmemente
el derribo para establecer comunicación con los barrios que quedaban extramuros
y taponaban su comunicación con la ciudad por esta
“desfasada”
“Puerta”
medieval:
“Quedando
en pie estos restos, el trozo de muro y lo edificado encima, no sólo no se
consigue aislar la Catedral, dejándola despejada, libre y exenta de feas y
peligrosas vecindades ..., sino que la ciudad sigue como cerrada por dichos
restos, quedando fuera de ella barrios florecientes y muy populosos que tendrán
que bajar a tomar la poterna dicha para entrar en la población”.
Todas estas razones calaron
profundamente en la población que apoyó masivamente el derribo. Tras autorizarse
en agosto de 1910 el derribo del
“caserón”,
se interpretó que la Real Orden facultaba a la demolición y aislamiento completo
del templo. Sin embargo, al llegarse a descubrir las construcciones medievales
que permanecían ocultas, los trabajos de derribo se detuvieron a instancias de
la Comisión de Monumentos, pues algunos de sus miembros juzgaban que debía
conservarse esta parte. Tras discutirse el tema en el seno de la Comisión, ésta
resolvió solicitar al Ministerio el derribo total. La prensa apoyó esta
decisión, especialmente los diarios La Democracia y León de España. Sin embargo,
las obras de demolición fueron detenidas por maniobras del Obispo, que visitó a
los ministros de Gracia y Justicia y Bellas Artes en septiembre. Las autoridades
religiosas plantearon al Gobierno que las construcciones que se pensaban
derribar eran propiedad de la Iglesia, por lo que se debía indemnizar al
Obispado al ceder estas edificaciones que pasarían a un uso público. El
Ministerio solicitó informes al Alcalde, que dijo que el
“caserón” era del Estado y también al
Arquitecto diocesano que opinaba que estas construcciones pertenecían al Obispo
y Cabildo. Esta detención de las obras causó la indignación de la población que
acudió en gran número al Palacio Episcopal para apedrear su fachada,
originándose disturbios que requirieron la intervención de la fuerza pública. El
Diario de León no se oponía al derribo, pero opinaba que la forma de realizarlo
era un atropello. Finalmente, se consiguieron resolver estos desacuerdos por
mediación del Gobernador Civil que intervino decisivamente, deseoso de terminar
con las disputas: el lunes 12 de diciembre de 1910 ordenó que comenzara sin
dilación el derribo de la muralla adosada a la Catedral. Se trabajó a un ritmo
acelerado durante toda la semana y se admitieron más obreros para estas tareas,
de tal modo que el día 20 de diciembre quedaron derribadas todas las ventanas de
la galería alta que miraban hacia poniente. Las operaciones prosiguieron durante
los primeros días de 1911, hasta consumarse la demolición completa con el
consecuente estado en que hoy puede verse este costado meridional de la catedral
(fig.153). Todas estas operaciones estuvieron supervisadas por Manuel de
Cárdenas, Arquitecto municipal durante este período y con la expresa negativa
del Arquitecto de la catedral Juan C. Torbado.
Con estos derribos masivos de las
construcciones medievales adosadas a la catedral de León por su costado
meridional se cumplían las aspiraciones de despejar el edificio de estas
edificaciones anexas. Sin embargo, el carácter sistemático de las demoliciones
hubiera culminado con el desmonte de la sacristía adosada a las dos primeras
capillas absidiales del templo. Esta posibilidad fue contemplada en un Proyecto
de traslado de la sacristía elaborado por Manuel de Cárdenas, el artífice del
derribo de la “Puerta del Obispo”
30.
Este proyecto, fechado el 8 de febrero de 1913, suponía el desmonte de la
sacristía y oratorio realizados en el siglo XVI por Juan de Badajoz para dejar
el ábside con toda su parte poligonal de las capillas libre de
“aditamentos”
(fig.141). La nueva sacristía se trasladaba a una crujía del claustro, contigua
a la capilla de Santiago, con las mismas ventanas y remates en florones
(figs.145 y 146). Este proyecto no fue aprobado por la Academia de San Fernando
que finalmente decidió no modificar más el ya irremediablemente desfigurado
entorno de la catedral de León. La ampliación del atrio por Juan Crisóstomo
Torbado fue la consecuencia de estas demoliciones, que habían dejado entre
escombros un importante espacio que se hacía necesario urbanizar
convenientemente.
3) AMPLIACIÓN DEL ATRIO POR JUAN CRISÓSTOMO TORBADO.
Juan Crisóstomo Torbado se opuso
siempre al derribo de la Puerta del Obispo. Como arquitecto encargado de la
conservación de la catedral de León, se vio obligado a desalojar las oficinas de
las obras que se encontraban repletas de numerosos e interesantes objetos
artísticos producto de las restauraciones, así como los abundantes planos,
materiales, esquemas de cimbras y demás, que ilustraban con todo detalle el
transcurso de las obras realizadas en la Catedral durante más de medio siglo. La
sugestiva idea de Torbado era habilitar las antiguas oficinas y talleres de las
obras de restauración, es decir, las dependencias de la Puerta del Obispo, para
crear un museo sobre la restauración de la catedral de León, como afirmaba años
después del derribo:
“Aún recordamos con tristeza la desaparición
de unas construcciones coetáneas de la Catedral ... donde teníamos proyectado
instalar los distintos objetos y restos artísticos-arqueológicos que,
desperdigados hoy, podían constituir, una vez reunidos y ordenados, el Museo de
las obras de Catedral, base muy apropiada, para la formación de un Museo
Diocesano leonés”.
Esta atractiva sugerencia no pudo ser
llevada a cabo y, de hecho, gran parte de estos materiales se perdieron
inevitablemente como consecuencia de la dispersión y dejadez.
Después de todas
estas polémicas demoliciones masivas, transcurrieron dos decenios en que el
costado sur de la Catedral permaneció con el espacio ocupado por estas antiguas
construcciones sin pavimentar y con los escombros amontonados en el exterior del
ábside y la capilla de Santiago. Juan Crisóstomo Torbado presentó en marzo de
1930 un Proyecto de ampliación del atrio que resolvió definitivamente la
urbanización del entorno de la Catedral
31.
En el extremo de la portada
meridional se dispuso un murete para cerrar provisionalmente toda la zona sin
pavimentar, “con el fin de evitar
espectáculos poco edificantes”, como decía
Torbado (fig.147). A partir de este murete de cerramiento, Torbado extendió el
pavimento del atrio hasta el extremo oriental de la sacristía (fig.148). Como
puede verse en la planta trazada, se trataba de prolongar el atrio meridional de
la Catedral con la misma línea de cerramiento exterior e idéntico pavimento, en
la zona que había ocupado el antiguo
“Tesoro”
y las primeras construcciones de la Puerta del Obispo; el terreno presenta un
desnivel considerable, característico del emplazamiento de la Catedral, que se
resolvió con el escalonamiento del atrio. A esta particular disposición se debió
adaptar la verja de cerramiento (fig.149). La verja y sus columnas repetían
exactamente los modelos proporcionados por Fernando Sánchez Pertejo cuando trazó
este cerramiento para la Catedral a finales del siglo XVIII
32;
se repitió incluso el considerable grosor de la verja de Pertejo, pese a lo
elevado del presupuesto (fig.150). Para el pavimento se emplearon losas calizas
de la Pola, dispuestas en hiladas rectas, según se estaba ejecutando también por
estas fechas en la Colegiata de San Isidoro y en el antiguo convento de San
Marcos.
Dentro de esta misma categoría de
trabajos de
“saneamiento”
del entorno del edificio se realizaron dos intervenciones más. Incluido dentro
de este mismo proyecto de marzo de 1930, Torbado regularizó la zona de la torre
norte de la Catedral. En torno a la torre de las campanas se extendió la
pavimentación del atrio como prolongación del occidental y también se procedió
al derribo del muro intestado en los contra-fuertes de la torre para lograr la
alineación de la calle de Guzmán el Bueno en la puerta de entrada al claustro
desde el exterior (fig.151). Dos años más tarde, en octubre de 1932, Torbado
solicitó despejar de escombros la parte exterior del pavimento correspondiente
al ábside y capilla de Santiago
33.
Toda esta zona se encontraba repleta de los restos del derribo de la Puerta del
Obispo que, debido a la rapidez exigida en la demolición, se tuvo que habilitar
con celeridad este terreno para depositar los materiales procedentes del
derribo. Aquí permaneció este amontonamiento de escombros durante estos dos
decenios con grave perjuicio para los muros del ábside y de la capilla
mencionada, puesto que retenían el agua y producían humedades sumamente
perjudiciales. Toda esta zona se limpió y se limitó por un cierre sencillo de
hierro, similar al contiguo del ábside.
Estas operaciones, llevadas a cabo ya
muy entrado el siglo XX, fueron resultado del forzoso y apresurado derribo de
las construcciones anexas e íntimamente ligadas a la catedral de León por este
costado. Estas demoliciones acabaron con interesantes testimonios del peculiar
"entorno" histórico de la catedral de León. Ahora bien, al igual que el resto
del proceso de restauración, fueron producto de una peculiar consideración del
“monumento” característica del siglo
XIX que se manifestó residualmente en estos primeros decenios del siglo XX,
cuando ya se cuestionaba no sólo la “teoría
restauradora”, sino también cuando ya habían
aparecido nuevas consideraciones sobre los monumentos como parte troncal de un
“entorno” más amplio. Este tránsito
desde la
“singularidad”
del monumento -característico de una visión decimonónica- hacia la elaboración
del concepto de “conjunto histórico”,
suscita un particular interés como epílogo de este recorrido a lo largo del
proceso de restauración de la catedral de León, puesto que, en definitiva, la
censura de las operaciones de aislamiento corrieron parejas a la crítica
integral del método restaurador en sí mismo.
4) EL "AISLAMIENTO", EPÍLOGO DE
LA RESTAURACIÓN ARQUITECTÓNICA DE LA CATEDRAL DE LEÓN: DEL DECIMONÓNICO
"MONUMENTO HISTÓRICO" HACIA EL "CONJUNTO HISTÓRICO" DEL SIGLO XX.
El siglo XIX estuvo dominado por la
consagración del
“monumento”
como sujeto privilegiado del patrimonio histórico. La mitificación del
“monumento”
por la historiografía decimonónica se tradujo en la formulación de una
“teoría de restauración de monumentos”,
exclusivamente arquitectónica, y que condujo a operaciones de
“aislamiento” como las ejecutadas en
la catedral de León. La normativa emitida a lo largo del siglo para la
protección del patrimonio histórico se centró igualmente en la singularidad del
monumento como objeto único de protección, sin tener en cuenta el
“contexto histórico” orgánicamente
ligado al monumento como parte fundamental de su significado.
Los considerables planes de
urbanización y modernización llevados a cabo durante el siglo XIX en las grandes
capitales europeas provocaron la destrucción de antiguos barrios que formaban
parte de lo que hoy llamamos el
“patrimonio urbano”.
Este moderno concepto de
“patrimonio urbano”
no surgió sino después de una reflexión iniciada a finales de la centuria, hasta
convertirse en uno de los temas clave de la teoría urbanística y de la normativa
jurídica de protección del patrimonio durante el siglo XX.
Sin embargo, dentro de estos planes
de ensanches y modernización de las ciudades, los monumentos tuvieron una
especial importancia: se trató de lograr para ellos un contexto adecuado que
realzara sus características
“arquitectónicas”
dentro de las nuevas avenidas abiertas en la ciudad durante el siglo XIX. El
barón Haussmann, artífice del París de los grandes bulevares, se defendía de las
acusaciones de “vandalismo”
que le acusaban de destruir gran parte del “viejo
París”, con unas palabras que resumen con
gran claridad cómo se entendió el monumento histórico en el interior de una de
las propuestas urbanísticas más difundidas durante el siglo XIX y primera mitad
del XX
34:
“En fin, señores míos que, desde el fondo de
vuestras bibliotecas, parecéis no haber visto nada (de las condiciones de
insalubridad del
“viejo París”),
cítenme siquiera un antiguo monumento digno de interés, un edificio valioso para
el arte, curioso por sus recuerdos, que mi administración haya destruido, pues
si se ha ocupado de él, no ha sido sino para despejarle (dégager) y realzarle lo
más posible (le mettre en aussi grande valeur), y dotarle de la más bella
perspectiva posible”.
Efectivamente, el barón Haussmann
salvó de la destrucción edificios de la importancia de Saint-Germain l'Auxerrois
que estaban condenados a la demolición. Sin embargo, en nombre de la higiene y
la modernización, destruyó barrios enteros del antiguo tejido urbano parisino.
Los grandes monumentos de la capital francesa fueron
“aislados” y dotados de esas
“bellas perspectivas”
que igualmente se buscaron para la catedral de León. Los intelectuales e
historiadores del momento no mostraron un especial interés por el entramado
urbano, en muchos casos original, en que se emplazaban estos monumentos. El
Itinéraire archéologique de Paris publicado por Guilhermy en 1855 proporciona un
detallado inventario de los monumentos, sin preocuparse del conjunto o de la
“ciudad”
propiamente dicha. Théophile Gautier aprobaba la desaparición de ese París
demolido como un signo de progreso, e incluso Victor Hugo, trovador del París
medieval, no censuró los planes de Haussmann, al igual que Montalembert, en
cuanto a la destrucción general de los barrios antiguos, sino más bien se limitó
a proponer la desviación del trazado de algunas avenidas para salvar algún
monumento en peligro de ser absorbido en la red del trazado moderno.
Igualmente ocurrió en León con estos
derribos que fueron apoyados por la mayoría de los miembros de la Comisión
Provincial de Monumentos y por la propia Academia de San Fernando. La
consideración “individual”
del monumento prevaleció, el trazado urbano se supeditó y doblegó a la Catedral
que debía despejarse y mostrarse “aislada”.
La Historia del siglo XIX, centrada igualmente en hechos singulares y personajes
relevantes, era, en definitiva, producto de una misma concepción: habría que
esperar al desarrollo de la historia de la mentalidades y sobre todo la
“historia social”
para alcanzarse una más amplia visión del monumento como parte del dialéctico
fenómeno urbano, esencialmente “social”.
Esta práctica de
“aislamiento” era además el corolario
de la restauración
“integral y sistemática”
que había prevalecido en España durante la segunda mitad del siglo XIX y que se
prolongó hasta bien entrada la siguiente centuria. La unidad y perfección del
estilo llevó a considerar la catedral como un objeto singular, aislado e
independiente, dominando el entorno urbano en que se encontraba ubicada. Es más,
se puede incluso afirmar que la preeminencia de sus cualidades estrictamente
arquitectónicas en detrimento de su
“histórica”
función urbanística hizo que el monumento fagocitara su propio entorno en
beneficio de la expresión clara y evidente de su estilo, de la
“lógica del estilo”.
La radical ruptura de todo diálogo de la catedral con su entorno original era
fruto de esta concepción purista del edificio, casi escultórica, concebida como
objeto exento, singular y autosuficiente. Estas labores de aislamiento
realizadas en León tuvieron además una importante repercusión.
El ejemplo del aislamiento de la
catedral de León fue el modelo para las obras de derribos ejecutadas en la
catedral de Burgos a partir del 20 de julio de 1914 por Vicente Lampérez y Romea
35.
Seguidor de los métodos de Demetrio de los Ríos, Vicente Lampérez también fue
consecuente con la doctrina del
“aislamiento”.
Su proyecto fue igualmente respaldado por las autoridades y el pueblo burgalés y
supuso el derribo del Palacio arzobispal, construcción renacentista, lindante
con la puerta del Sarmental, que formaba parte del conjunto exterior de la
Catedral
36.
Estos casos ejemplares de aislamiento
realizados en dos de las más célebres catedrales españolas, materializados ya en
el siglo XX, fueron precedentes que llevaron a prolongar la práctica hasta bien
entrado el siglo, con el consecuente resultado de desconectar los monumentos de
su verdadero significado en el entramado urbanístico de la ciudad.
Sin embargo, por estos años se
levantaron autorizadas voces contra esta tendencia de aislar los monumentos de
su entorno inmediato
37.
De entre los arquitectos que introdujeron en España las teorías más avanzadas
que sobre la conservación de monumentos circulaban en Europa destacó la
actividad desarrollada por el célebre historiador y arquitecto Leopoldo Torres
Balbás; especialmente se refirió a este tema en un influyente artículo publicado
en la revista Arquitectura el año 1919, donde exponía de modo claro y preciso la
necesidad de valorar el monumento a partir de su significación urbana
38.
Las observaciones de Torres Balbás
eran una repetición abreviada de las tesis del arquitecto y urbanista vienés
Carrillo Sitte. En 1889 Sitte sacó a la luz un importante libro que reaccionaba
contra las tendencias urbanísticas de su tiempo, en busca de dotar de unas
“bases artísticas” al planeamiento
urbano
39.
Más que sus propuestas de
“regeneración”
urbanística, interesa señalar su reacción contra algunos de los principios de
planeamiento vigentes y universalmente aplicados en la época en que publica
Sitte su libro; uno de estos principios contra los que acomete Sitte es la
práctica del aislamiento de los edificios monumentales; este tipo de
intervención urbana es censurada a partir de dos argumentos:
- En primer lugar Camillo Sitte
demuestra la contradicción histórica que supone
“aislar”
a los edificios, especialmente a las catedrales góticas,
“las iglesias no se colocaron nunca
aisladas, pues están siempre, bien adosadas, bien empotradas en otras
edificaciones”
40.
Después de una amplia lectura de ejemplos de emplazamiento de edificios de
Italia y el norte de Europa, demostró la falsedad histórica que suponía destruir
el contexto urbanístico del edificio: debía buscarse
“la compenetración de los hermosos edificios y monumentos con el lugar en
que se emplazan”
41.
- Pero lo que demostraba el análisis
histórico, venía confirmado para Sitte en los negativos efectos visuales y
urbanísticos que resultaban de la moderna práctica del aislamiento:
“padecemos la obsesión de que todo ha de verse, que lo más excelente es
un vacío uniforme alrededor sin considerar que es de por sí molesto, por
destruir la multiplicidad de efectos”. Es
decir, el entorno urbano original del monumento contribuía a una más rica
captación y a un aprovechamiento “visual”
más complejo e interesante del edificio que las amplias y despejadas
perspectivas modernas
42.
Suponía una reacción contra el exceso de regularización geométrica de la ciudad
moderna, contra
“las plúmbeas geometrías”,
que incluso sometieron el entorno del monumento, como hemos visto en la catedral
de León: “la situación característica de una
catedral gótica estriba en que por ambos costados y detrás, acércanse las casas
a su fábrica, quedando solamente libre una plaza delante de las torres y la
puerta principal, siendo ésta la disposición que mejor se adviene con su
estructura”
43.
Leopoldo Torres Balbás recogió y
desarrolló esta argumentación: además del respeto histórico por el entorno del
monumento, en una extensión del mismo como indisociable de la trama urbana que
preside y organiza, también apuntó, siguiendo fielmente a Sitte, las ventajas
“perceptivas” que se derivaban de
conservar el primitivo emplazamiento “histórico-urbanístico”
de los edificios medievales: las catedrales - que constituyen el centro de su
argumentación- ganan en interés al contemplarse desde perspectivas oblicuas,
violentas, rodeadas de construcciones más modestas que producen una inmediata
impresión de esbeltez y verticalidad, frente al aislamiento que elimina esta
perspectivas sorpresivas con el predominio de las líneas horizontales en la
apreciación del edificio. No obstante, el fundamento de su teoría era la
valoración consciente del “ambiente”,
del entorno en que estos edificios se enclavan:
“toda obra de arte concibióse para vivir en
un cierto medio; al modificar éste, se le quita una parte muy importante de sus
cualidades”.
Estas palabras de Torres Balbás iban
especialmente dirigidas a intervenciones de
“aislamiento”
como las realizadas en la catedral de León. En realidad los derribos practicados
en León eran una manifestación ya retardada de una práctica y concepción del
monumento fundamentalmente decimonónica. Por estas primeras décadas del siglo XX
se estaba abriendo una nueva consideración del monumento que rompía esa
consideración
“singularizada”
y comenzaba a entender el edificio desde la trama urbana que organiza y preside
y con la que mantiene una relación dialéctica. La
“conservación”
de las ciudades históricas, la protección del
“entorno”
original de los monumentos, es fruto de la reflexión contemporánea que supera el
alcance limitado del “monumento”,
hasta llegarse a un planteamiento de la problemática del monumento en un
contexto más amplio y dinámico que lo integra en la compleja realidad urbana de
la que el monumento es pieza fundamental. La moderna teoría jurídica sobre el
Patrimonio Histórico ha tratado de dotar de los instrumentos legales necesarios
para lograr esta aspiración
44.
Ahora bien, la normativa jurídica es el punto final de un proceso previo de
reflexión que tuvo en Camillo Sitte y sobre todo en el italiano Gustavo
Giovannoni unas figuras que se aproximaron y teorizaron esta apertura del
monumento hacia su integración dialéctica con la ciudad histórica
45.
* * *
________________
1
Demetrio de los RÍOS, La Catedral de León. “Obras que faltan para concluir la
restauración”; t.II; p.142.
2
No se tratará aquí de plantear una “revisión” del significado de la catedral de
León en la ciudad bajomedieval en vista de estas construcciones anexas que
revelan algunas de estas funciones, interesante cuestión que requeriría un
enfoque distinto y que se sale del marco de este trabajo; por ello me limitaré a
apuntar algunas de las hipótesis formuladas en la época de los derribos acerca
del primitivo emplazamiento urbanístico de la Catedral -tomadas como argumentos
a favor o en contra de los derribos- en un intento de conducir la polémica hacia
interior de las coordenadas propias de finales del siglo XIX en cuanto a la
intervención polémica en el “entorno” del edificio, tema que plantea una
problemática propia. No obstante, considero que sería interesante incluir este
inseparable contexto del edificio, hoy irremediablemente perdido, en un estudio
histórico “total” de la primitiva fundación gótica.
3 Véase
para la restauración de esta parte del edificio VI, 3.
4 Demetrio de los RÍOS,
Informe sobre el derribo del
“Tesoro”
remitido a la Academia de San Fernando. León, 5 de enero de 1884. A.A.S.F.
sig.48-9\2.
5
Manuel GÓMEZ MORENO,
Catálogo monumental de la provincia de León. Madrid, 1925 Reedic. León,
1979. p.289.
6 Demetrio
de los RÍOS, Proyecto de restauraciones parciales en la nave central y
laterales, en el interior y exterior de las capillas absidiales y en otras
partes del Templo. León, 10 de mayo de 1883. A.G.A. (E. y C.), C.8.063,
Lg.8.847, Exp.n°5.
7 Recordemos que el
informe de la Academia estaba fechado en Madrid a 30 de agosto de 1883. A.G.A.
(E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
8 Véase VI,1.
9
Comisión Provincial de Monumentos de León.
Acta de la sesión celebrada el día 11 de diciembre de 1883. A.A.S.F.
sig.2-48\9.
10 Informe de la
Comisión de Monumentos.
11 Comisión
Provincial de Monumentos de León.
Comunicación dirigida al Ministro de Fomento. León, 2 de enero de 1884.
A.A.S.F. sig.2-48\9. (copia certificada por el Secretario de la Comisión).
12 Fechadas
en León a 12 de diciembre de 1883 y 15 de enero de 1884. A.G.A. (E. y C.),
C.8.054, Lg.8.842.
13 “Las
obras de la Catedral de León”. El Liberal.
Madrid, 17 de diciembre de 1883; n°1613. ídem, El Porvenir. Madrid, 20 de
diciembre de 1883; n°663. En el diario El Progreso también se cruzaron
artículos como el que el día 29 de diciembre escribió Rodrigo Amador de los
Ríos, sobrino del arquitecto, en defensa de Demetrio de los Ríos y que fue
directamente contestado por José Fernández Solar el 8 de enero de 1884 (n°973).
14 Informe
de la Dirección facultativa de las obras de restauración de la Catedral de León.
León, 5 de enero de 1884. A.A.S.F. sig.48-9\2.
15 Informe
de la Academia de San Fernando sobre el derribo de la torre del Tesoro de la
catedral de León. Madrid, 8 de marzo de 1884. A.G.A. (E. y C.), C.8.054,
Lg.8.842. Publicado en el B.A.S.F. Madrid, 1884; t.IV; pp.103-107.
16 Demetrio
de los RÍOS, La Catedral de León. t.II; p.122.
17 Reinhard
BAUMEISTER, Stadt-Erweisterungen in teschnischer, baupolizeilicher und
wirtschaftlicher Beziehung. Erns und Korn. Berlin, 1876.
18 Jean-Michel
LENIAUD, Jean-Baptiste Lassus, ou le temps retrouvé des cathédrales.
Paris, 1980. p.108.
19 Jean-Michel
LENIAUD, Jean-Baptiste Lassus... pp.108 y ss.
20 Comunicación
de la Academia de San Fernando al Gobernador Civil de León. Madrid, 2 de
octubre de 1872. A.A.S.F. sig.2-48\8.
21
Véase, Dossier relatif aux travaux d'isolement de la Sainte-Chapelle du
Palais á Paris. 1837-1849. A.C.M.H. sig.2.079.
22 Aparte
del plano que presentamos, correspondiente al primer proyecto conjunto realizado
por Lassus y Viollet-le-Duc, la idea de ordenación del entorno de Notre-Dame se
desarrolló especialmente en los planos ejecutados por Viollet-le-Duc a partir
del año 1857, año de la muerte de Lassus: el plano de noviembre de ese año con
el proyecto de arzobispado y trazado de las calles nuevas, el de marzo de 1859
modificando toda la trama del barrio con el proyecto del Hótel Dieu, capítulo y
seminario y el “plan masse”
de la sacristía y personal de enero de 1866. Estos importantes planos se
conservan en L'Agence Notre-Dame, n°inv.37.505-37507.
23 Rapport
du Préfet de la Haute Garonne dirigé á Monsieur le Ministre de l'Interieur.
Toulouse, 12 mai 1852. A.C.M.H. sig.920, (1er dossier).
24 Rapport
de la Commission de la Société Archéologique du Midi de la France sur les
reparations á faire á l'Église de Saint-Sernin. Toulouse, 15 mai 1844.
A.C.M.H. sig.920, (1er dossier).
25
plano de Demetrio de los Ríos véase VI,3.
26 Manuel
GÓMEZ MORENO, Catálogo... p.289. Gómez Moreno ofrece una breve pero
precisa descripción de la “Puerta del Obispo”
poco antes de su destrucción; estos datos los ampliamos con otros procedentes de
otras fuentes y las láminas correspondientes.
27 Documentos conservados
en el A.H.P.L. “Fondos Miguel Bravo”, Doc.11.592,
sig.516\34. A estas opiniones recogidas en la citada documentación nos referimos
a continuación.
28
Demetrio de los RÍOS, 5 de enero de 1884.
29
Véanse especialmente entre los numerosos artículos aparecidos en León por estas
fechas, los publicados en La Correspondencia de España de 17 de agosto de
1910 y los de El Correo Español de septiembre y del Diario de León
de 23 de diciembre, donde relatan el masivo seguimiento de las operaciones de
derribo por la población leonesa.
30Manuel
de CÁRDENAS PASTOR, Proyecto de traslado de la Sacristía. León, 8 de
febrero de 1913. A.A.S.F. sig.90-16\6.
31 Juan Crisóstomo
TORBADO FLÓREZ, Proyecto de restauraciones exteriores. Ampliación del atrio.
León, marzo de 1930. A.G.A. (E. y C.), C.4.857, Lg.13.202-18.
32 Véase
11,1.
33 Juan Crisóstomo
TOREADO FLÓREZ, Proyecto de conservación. León, septiembre de 1939.
A.G.A. (E. y C.), C.6009, Lg.14.038-8.
34 Barón HAUSSMANN,
Mémoires. Paris, 1893; t.III; p.28.
35 El derribo y aislamiento
de la catedral burgalesa es estudiado por Luis CORTÉS ECHANOVE,
“De cómo la ciudad de Burgos logró el aislamiento de su Catedral”.
Boletín de la Institución Fernán González. Burgos, 1971; n°176;
pp.522-557.
36
Vicente Lampérez expuso sus criterios y el desarrollo de las obras en un
artículo publicado en la revista Arquitectura y Construcción el año 1918.
No obstante, esta intervención de Lampérez contó con la decidida oposición del
Conde de las Almenas, que a través de los artículos publicados en La Tribuna,
criticó duramente el derribo. Lampérez se defendió con varias declaraciones en
el Diario de Burgos, en donde justificaba el derribo con argumentos ya
conocidos; es decir, “por ser el edificio
derribado en absoluto independiente de la Catedral” y debido al “admirable golpe
de vista” de la Catedral que se lograba con la demolición. (Luis Cortés. De
cómo... pp.547 y ss.).
37 Para algunas de estas consideraciones véase, Santiago e
Ignacio GONZÁLEZ-VARAS IBÁÑEZ, “El monumento
como una realidad en el entorno urbano desde una visión interdisciplinar;
(aspectos arquitectónicos, jurídicos, histórico-artísticos y geográficos)”.
Jornadas sobre Protección del Patrimonio Histórico-Artístico. Real Academia
de Bellas Artes de Córdoba. Córdoba, 22 de junio de 1991.
38
Leopoldo TORRES BALBÁS,
“El aislamiento de nuestras catedrales”.
Arquitectura. Madrid, diciembre 1919; año II; n°20; pp.358-362. La
defensa del entorno original de las catedrales era un aspecto más de los
defendidos por Torres Balbás en cuanto a sus teorías sobre la conservación de
monumentos: fue también un defensor importante de los nuevos conceptos de
“conservación” frente a la “restauración” aún en boga, criterio que extendió al
entorno inmediato de los edificios, “La restauración de los monumentos
antiguos”.
Arquitectura. Madrid, julio 1929; año HI; n°27; pp.179-181. Todo ello le
llevó también a ensamblar estas críticas con el cuestionamiento del
“racionalismo” de los edificios medievales, como vimos en su momento (véase
I,2). Sobre Torres Balbás véase Carlos VÍLCHEZ, La Alhambra de Leopoldo
Torres Balbás (obras de conservación y restauración, 1923-1936). Granada,
1988.
39 Camino SITIE, Der
Stádtebau nach seinen Künstlerichen Grundsdtzen. Wien, 1889. Construcción
de ciudades según principios artísticos. Barcelona, 1980. Traducción de
Emilio Canosa y estudio introductorio de George R. Collins y Christiane C.
Collins. Véase sobre la obra de Sitte, D.WIECZOREK, Camino Sitte et les
débuts de l'urbanisme moderne. Bruxelles, 1981
40 Camino
SITTE, Construcción... p.36.
41 Camillo SITTE, ibídem. p.77. El problema de la
histórica disposición original de la iglesias en las ciudades preocupó
considerablemente a Sitte que planteó una cuestión que se discutió ampliamente
entre los historiadores del planteamiento urbano, suscitando una amplia
bibliografía: especialmente interesantes, en cuanto sostuvieron una manifiesta
intencionalidad operativa en favor de la “conservación”
de los cascos históricos, fue la actividad desarrollada por las asociaciones
Denkmalpflege, con la publicación desde 1899 de la revista Deutsche-Kunst
und Denkmalpflege, así como la fundación en Francia de la institución La
Renaissance des Cités o en Bélgica el Comité des Etudes historiques du
Vieux Bruxelles, asociaciones que tan importante labor desempeñaron para la
afirmación de una nueva actitud hacia el
“patrimonio urbano”.
(Véase George R. Collins. La construcción.
Est.Intr. nota 37, p.34 y nota 19, p.395
42 Como ha sido señalado, Sitte demuestra en sus análisis un
gran interés por abordar los problemas formales de la disposición y construcción
urbana desde una valoración que tiene muy presente la psicología perceptiva del
espectador, con presencia frecuente de términos como
“dirección-visual” o
“línea de vista”,
es decir, con conceptos semejantes al tipo de análisis artístico de Hildebrand,
Fiedler o Wálfflin. Creo que una interesante continuación de este punto de
partida para el estudio de la ciudad ha sido desarrollado por la llamada
“Geografía de la percepción”,
corriente metodológica que analiza la ciudad desde un punto de vista
predominantemente visual, en que la imagen urbana se organiza y se recuerda en
la mente de los habitantes de las ciudades a través de los elementos más
particulares del paisaje urbano. Estos elementos se agrupan en
sendas, bordes, distritos, nodos e hitos. El monumento entraría a formar
parte principal de los mojones o hitos, entendidos como elementos singularizados
del paisaje urbano, fácilmente perceptibles y que actúan como poderosos
elementos ordenadores y punto de referencia en la ciudad. Véase, Kevin LYNCH,
La imagen de la ciudad. Londres, 1960.
43 Camillo
SITTE, ibídem. p.80.
44
La necesidad de integrar la protección del Patrimonio Histórico con las técnicas
urbanísticas, en la deseable superación del estatismo tradicional de la
normativa histórico-artística, fue claramente enunciada por Tomás Ramón
Fernández que dejó ya sentado que “incluso
un monumento aislado es parte de un conjunto vivo que hay que aislar en su
totalidad (Tomás Ramón FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, “La
legislación española sobre el patrimonio histórico-artístico. Balance de la
situación cara a la reforma”. Revista de
Derecho Urbanístico. Madrid, 1978; n°60; p.23. La evolución de la normativa en
el sentido señalado puede consultarse en Concepción BARRERO RODRÍGUEZ, La
ordenación jurídica del Patrimonio Histórico. Madrid, 1990 (especialmente los
apartados F y G del capítulo primero de la primera parte,
“El Decreto de 22 de julio de 1958. La extensión de la protección al
marco o entorno de los monumentos o conjuntos”).
Piedad GARCÍA-ESCUDERO y Benigno PENDAS GARCÍA, El Derecho del Patrimonio
Histórico: Teoría General. Madrid, 1986; (apartado tercero del punto segundo del
primer capítulo, “La superación del
aislamiento de la teoría jurídica sobre el patrimonio histórico: el concepto de
bienes culturales y la política urbanística”),
y Ramón PARADA, Derecho Administrativo. III Bienes Públicos. Derecho
Urbanístico. Madrid, 1990, y Tomás QUINTANA LÓPEZ, La conservación de las
ciudades en el moderno urbanismo. Oñati, 1989.
45 No
entramos en el desarrollo de la importantísima actividad desarrollada por
Gustavo Giovannoni (1873-1943) que aunó simultáneamente el “valor de uso” y el “
valor museal” aplicado a los conjuntos urbanos históricos. Giovannoni fue el
primero en designar sistemáticamente el “patrimonio urbano”, incluido como parte
troncal de su original doctrina de la urbanización: “una ciudad histórica es en
sí un monumento”, declaraba al fundar una doctrina de la restauración del
patrimonio urbano, en la que incluye el monumento histórico como parte del
contexto arquitectónico y urbanístico en el que se inserta, al definir el
concepto de ambiente, integrado en un plan de ordenación (piano regolatore). La
recopilación de sus ideas en la Carta italiana del restauro del año 1931 y su
contribución en la conferencia de Atenas sobre la conservación en ese mismo año,
abrieron una nueva etapa en la historia de la conservación del Patrimonio
Histórico. Véase de Giovannoni especialmente, I restauri dei monumenti e il
retente congresso storico. Roma, 1903; Vecchie cittá ed edilizia nuova, título
de su artículo de 1913, que conservó en su gran obra de 1931, editada en Torino.
La figura de Giovannoni, vinculada al régimen fascista de Benito Mussolini, ha
sido injustamente relegada después de las parciales críticas de Bruno Zevi,
(Storia dell'architettura moderna. Milano, 1955), aunque se asiste en la
actualidad a su revalorización de su pensamiento en Italia: Véase especialmente
G.ZUCONI, “La naissance de l'architecture intégral en Italie”. Annales de la
recherche urbaine. Paris, 1990. Una aproximación muy interesante es la de
Frangoise Choay, profesora de teoría de las formas urbanas y arquitectónicas
(Paris VIII) que integra a Giovannoni como uno de los ejes vertebrales de la
creación del “Patrimonio urbano”: Frangoise CHOAY, “L'invention du Patrimoine
urbain”. L'Allégorie du Patrimoine. Paris, 1992; pp.150-157. Véase también Antón
CAPITEL, “Monumento y ciudad”. Metamorfosis de monumentos y teorías de la
restauración. Madrid, 1988.
La catedral
de León en este medio siglo de continuadas y profundas intervenciones sintetizó
las aspiraciones ideológicas y arquitectónicas de una centuria volcada hacia la
arquitectura medieval. Sin embargo, la realidad del monumento es compleja y
cambiante y permite interpretarse desde muy diversas perspectivas. El siglo XIX
dejó la profunda impronta de una época fuertemente comprometida con la
recuperación de la catedral leonesa. El aislamiento del templo fue una de las
últimas operaciones de una manera de conceptualizar el monumento que
“repensó” en su totalidad su
estructura, función y significado. El conocimiento de esta etapa de la vida del
edificio -ya integrada como un período que aportó su propia originalidad a la
historia de la Catedral- considero que puede suscitar reflexiones sobre el
significado de los monumentos en la sociedad contemporánea, de la persistencia
del pasado en la delimitación corporal de los edificios y los vínculos de enlace
de la sociedad con este pasado que se articula como una dimensión fundamental
del hombre contemporáneo. Con un siglo de distancia, este apasionado despertar
del pasado en el presente adquiere tonos más ponderados: la restauración de la
catedral de León permanece como un testimonio de especial importancia y
significación para penetrar en las contradicciones de una época en la que nos
vemos próximamente reflejados, aunque los desacuerdos que nuestra sensibilidad
contemporánea detecta en esta intensa transformación de un edificio como la
catedral de León, precisamente quizás constituyan un punto de partida fructífero
para consolidar y desarrollar la
“conservación”
de un Patrimonio cuya riqueza estriba precisamente en su rica y significativa
presencia, sin por ello ahogar los gérmenes de la creación y transformación
contemporáneas.
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