CAPÍTULO - VII


DE LA RESTAURACIÓN A LA CONSERVACIÓN.
JUAN BAUTISTA LÁZARO DE DIEGO
(1892-1901)

 

 


        La primera circunstancia que debe tener todo Arquitecto, puesto al frente de una restauración, es respeto profundo a lo hecho por todos los artistas de otros tiempos, sus antecesores; y subrayamos el todos, porque si algo bueno hay en el criterio de la época presente, es el creer que en todas las escuelas y en todos los tiempos ha habido mucho que admirar y no poco en que aprender y algo que rechazar.


        Juan Bautista Lázaro, El criterio artístico. Revista de la Sociedad Central de Arquitectos. Madrid, octubre de 1884; t.X; p.202.

1) JUAN BAUTISTA LÁZARO: UN NUEVO PLANTEAMIENTO EN TORNO AL TRATAMIENTO DE LOS MONUMENTOS.


        Con la muerte de Demetrio de los Ríos y Serrano, otra interesantísima y prolífica personalidad se vinculó a las obras de restauración de la catedral de León. Juan Bautista Lázaro de Diego (1849-1919) gobernó los trabajos de restauración en su recta final, hasta la reapertura solemne y oficial de la catedral el año de 1901. Sin embargo, más allá de esta fecha los proyectos de restauración continuaron, tanto por el propio Lázaro como por su ayudante y futuro arquitecto de la Catedral, Juan Crisóstomo Torbado, llegando hasta nuestros días la inevitable y constante conservación de un edificio de estructura tan delicada como la catedral de León. Todas las labores efectuadas en la Catedral durante este período estuvieron presididas por el criterio de conservación que Juan Bautista Lázaro se esforzó por introducir como nuevo concepto rector y principio dominante en las intervenciones sobre el Patrimonio arquitectónico. Esta será una de las facetas más interesantes de su pensamiento y donde comienzan a apreciarse con claridad las marcadas diferencias que le separan de su antecesor Demetrio de los Ríos. Pero el atractivo perfil profesional de Juan Bautista Lázaro, aún pendiente de un estudio monográfico, muestra interesantes rasgos que apuntan hacia una superación del peso tradicional de la formación académica, tanto en la teoría restauradora en particular, como en la teoría arquitectónica en general.


        Juan Bautista Lázaro nació en León el año 1849, de decidida vocación artística, ingresó en la Escuela de Arquitectura de Madrid donde obtuvo el título en 1874 1. Al año siguiente de su titulación, alcanzó el puesto de arquitecto municipal de Ávila, donde, poco después fue nombrado arquitecto diocesano, cargo que igualmente desempeñó en la diócesis de Toledo:


        En su producción arquitectónica, Juan Bautista Lázaro se manifestó como un inteligente seguidor de las enseñanzas contenidas en el pensamiento racionalista de Juan de Madrazo. Javier Hernando ha definido las líneas fundamentales de su planteamiento arquitectónico en varias facetas que se aúnan felizmente en el arquitecto leonés 2: como “sistematizador final de la arquitectura de ladrillo en su vertiente casticista y artesanal”, supo encontrar en este material un componente adecuado para un método que le permitía exponer con claridad la racionalidad del proceso constructivo. Sin embargo, el uso del ladrillo permanece atado en Lázaro al recubrimiento formal con el ropaje historicista, aún cuando siempre estuvo interesado en subrayar el uso de material de acuerdo con sus características propias -su sinceridad constructiva-, sin llegar a una utilización expresiva del ladrillo, como derivaría en la obra de los modernistas catalanes. A este interés por la arquitectura de ladrillo -y en perfecta coherencia- hay que sumar una marcada tendencia por el racionalismo medievalista, bien como procedimiento de proyecto o bien como lo que podríamos llamar método de análisis histórico-propedéutico, cosa bastante obvia en un arquitecto como Lázaro que tan ricas enseñanzas supo extraer de la admiración que profesaba por Juan de Madrazo: el racionalismo-funcionalista presente, como vimos, en la lectura del edificio medieval realizada por Madrazo era uno de esos principios suprahistóricos que Lázaro interpretó a través del ladrillo con unas formas más o menos historicistas, aún cuando en ciertas ocasiones llegara a prácticamente superar este lenguaje historicista, como ocurre en su Colegio de San Diego y San Nicolás, próximo a diluir las formas históricas en un modelo radicalmente funcional” 3. No obstante, Lázaro, pese a esta interesante tendencia por llegar hasta la depuración -o incluso disolución- del lenguaje historicista, cabe decir que por lo general permaneció dentro de los límites del compromiso con las formas de la tradición histórica, lo que no invalida ni mucho menos el indiscutible interés de su propuesta metodológica. En este sentido, desde este arriesgado desenmascaramiento de la arquitectura del Colegio de San Diego de 1903, Lázaro nos ofrece también edificios de un marcado y desbordante eclecticismo, como la iglesia de la Milagrosa (1900), u otros, como el convento de las Concepcionistas (1885), también en Madrid, donde el carácter neogótico de una de sus fachadas, se conjuga con una mayor severidad en el tratamiento del resto de sus lienzos exteriores 4.


        En su período más fructífero, comprendido entre 1885 y 1908, Juan Bautista Lázaro profundizó en las técnicas constructivas, como la bóveda tabicada, que fue uno de los procedimientos de construcción de bóvedas que el modernismo catalán incorporó plenamente a su repertorio, lo mismo que también Lázaro, dentro de esta preocupación por el abovedamiento, cubrió el Panteón de los Condes de Villapadierna con una singular bóveda de crucería que en lugar de la liviana plementería sostenía grandes losas graníticas similares a las del pavimento de la capilla 5. La derivación y profundización de un principio contenido en la arquitectura gótica era interpretado de manera libre y novedosa por Lázaro.


        Este breve recorrido por alguna de las aportaciones de Juan Bautista Lázaro nos muestra un arquitecto inquieto por considerar la historia más como una fuente de permanente reflexión que como una panacea para obtener cómodas soluciones. La penetración en la comprensión de los procedimientos constructivos, con la clarividente expresión de las estructuras o esqueletos de sillería 6, la utilización de los materiales de acuerdo con su intrínseca naturaleza y el interés por las técnicas constructivas, llevan a Juan Bautista Lázaro a situarse en los ejes de la reflexión planteados por el racionalismo de Viollet-le-Duc para extraer interesantes propuestas de renovación.


        Otro componente notable de la trayectoria de Juan Bautista Lázaro reside en el interés que otorgó a las artes industriales, punto éste que, como señala Hernando, le sitúa de nuevo en una dimensión paralela a las inquietudes del modernismo catalán. Precisamente esta faceta será su más destacada aportación al proceso de restauración de la catedral de León: después de los amplios proyectos de restauraciones de cantería llevados a cabo por Demetrio de los Ríos, el edificio quedaba aún pendiente de la ejecución de las restauraciones llamadas por Ríos de complemento; fue en este tipo de trabajos donde se incluían la reposición, reparación y reconstrucción de las vidrieras como labores de mayor envergadura y en las que Lázaro se mostró como un consumado experto en esta etapa terminal de la restauración y recta final del propio semblante arquitectónico de Juan Bautista Lázaro.


        Toda esta intensa actividad está atravesada por una constante preocupación por las restauraciones de edificios medievales. Tanto en sus trabajos desempeñados como arquitecto restaurador del Estado, como en los artículos que publicó al pronunciarse sobre los principios que debían gobernar las restauraciones, Lázaro demostró un interesante y moderno juicio crítico en esta materia que lleva a detenerse brevemente en reproducir algunos de sus argumentos.


        Juan Bautista Lázaro, como apuntábamos más arriba, asumió plenamente la vigorosa defensa de la conservación frente a la restauración, tal como la entendió y practicó Demetrio de los Ríos, como representante destacado de buena parte de los arquitectos del momento 7. Lázaro condenó radicalmente las intervenciones sistemáticas en busca de la unidad de estilo y la consiguiente alteración del monumento: la piqueta -decía expresivamente Lázaro- es una herramienta que el buen restaurador debe tener guardada bajo siete llaves. Esta frase resume por sí sola su posición ante la intervención en los edificios históricos.


        Estas declaraciones de Lázaro, contenidas en varios artículos publicados en torno a 1884, surgían en un momento especialmente oportuno: el interés mostrado por el Estado en la recuperación de los monumentos medievales desde finales de la década anterior había provocado la tramitación de un importante número de expedientes de restauración que habían sido encargados a arquitectos bastante dispares sin que existiera una homogeneidad de criterios a la hora de enfrentarse a la restauración, con los consiguientes peligros que de ello resultaba por las posibles alteraciones de los edificios por la mano de la euforia renovadora de algunos arquitectos. Esta es la situación que exponía Lázaro en un artículo publicado en julio de 1883 8: pese a los progresos en cuanto a restauraciones, debidos al empleo de procedimientos técnicos más avanzados, y pese a que se ha reconocido como un axioma que en las producciones antiguas se deje intacto o se conserve lo más posible de lo que el autor hiciera, no obstante, Lázaro detectaba cómo este axioma en realidad no era tan universalmente aplicado. La falta de clarificación de criterios comenzaba por el nombramiento del arquitecto restaurador que no estaba sujeto más que al capricho del ministro, decía Lázaro. En este artículo solicitaba una mayor clarificación profesional para desempeñar unas operaciones que tan graves consecuencias podían acarrear, con la expresa petición de la creación de un cuerpo de arquitectos restauradores. Vemos cómo esta cuestión preocupaba considerablemente por estos años, pues el mismo Ríos solicitó también la creación de una cátedra de restauración de monumentos en la Escuela de Arquitectura donde se debatieran los principios teóricos y los medios prácticos con los que debían contarse frente a la intervención en un monumento. Lázaro insistió en incorporar a las aulas el debate sobre la restauración, demandando que con este fin se cree una verdadera especialidad dentro de la carrera del arquitecto.


        Sin embargo, es de suponer que la orientación de esta añorada cátedra de restauración hubiera marcado líneas teóricas de signo muy distinto según el arquitecto que la hubiera regentado. Por eso, un año más tarde, en septiembre de 1884, Juan Bautista Lázaro se esforzó en clarificar cuál debía ser el con-torno de aplicación de la restauración arquitectónica. Su posición quedó claramente definida a propósito de un debate concentrado sobre las intervenciones que por estas fechas se proyectaban para la Basílica de San Vicente de Ávila y que suscitaron una interesante polémica que alcanzó una amplia difusión.


        La Basílica de los Santos Mártires de Ávila, después de unos primeros trabajos dirigidos por Andrés Hernández Callejo, fue declarada Monumento Nacional el 26 de julio de 1882: a partir de entonces se abrió una nueva etapa que abarcó la restauración integral del templo 9. Entre los numerosos proyectos elaborados interesa señalar la propuesta de demolición del pórtico de la fachada meridional, planteada por el arquitecto Vicente Miranda en un proyecto firmado el 14 de febrero de 1884. Juan Bautista Lázaro conocía bien tanto el edificio como los proyectos formados por Miranda, debido a su actividad en Ávila como arquitecto municipal y diocesano, ciudad donde también realizó interesantes trabajos de restauración, como los efectuados en la iglesia de Santo Tomás y en la reparación de parte de las murallas 10. Lázaro fue el más decidido antagonista al derribo del pórtico de la Basílica de San Vicente. El proyecto de Vicente Miranda fue rechazado por la Academia de San Fernando en su informe de 6 de mayo de 1884, por considerar que si bien el pórtico era de época posterior y contradecía la "unidad de estilo" del edificio con sus formas, no obstante debía conservarse como vestigio importante de una etapa de su historia. Lázaro aplaudió esta decisión que provocó numerosos comentarios. Según refiere el arquitecto Marín Baldo, esta decisión de la Academia fue discutida en los salones de la Sociedad Central de Arquitectos, de la que Lázaro era Presidente 11. La mayoría de los arquitectos discrepaban de la decisión contenida en el informe académico y eran partidarios de la demolición planteada por Vicente Miranda, mientras que sólo Lázaro defendió el dictamen de la Academia. Después de estas controversias, Marín Baldo y el también arquitecto Joaquín de la Concha se encontraron con Juan Bautista Lázaro en Ávila delante del pórtico de la Basílica de San Vicente; nuevamente se discutió sobre la conveniencia del derribo sin llegarse a una solución debido a la exclusión de criterios.


        Esta polémica fue la que motivó a Juan Bautista Lázaro a comenzar a publicar en esos meses una serie de artículos en la Revista de la Sociedad Central de Arquitectos sobre los principios de intervención arquitectónica que tituló El criterio artístico. El primero de estos artículos apareció el 10 de septiembre de 1884 y en él Lázaro lamentaba la falta de criterio fijo en las restauraciones, subrayando las responsabilidades y compromisos de todo género que resultaban de estas delicadas operaciones, para concluir con las siguientes palabras 12:


        Y es un hecho evidente y doloroso; pero sería inútil ocultarlo, que en gran parte de las restauraciones emprendidas hay no poco que censurar y mucho que temer.


        Estos temores habían sido expresados de manera general sin concretar Lázaro cuáles eran las imprudentes restauraciones que a su juicio se venían realizando. En el segundo artículo del mes de octubre, Lázaro expresó claramente su repulsa a la piqueta, como ya dijimos, lo que suponía una oposición frontal a las alteraciones y derribos que se estaban realizando en algunos edificios en busca de recrear“monumentos pulidos, completos y rigurosamente ajustados a un estilo” 13.


        Sin embargo, era evidente que estas críticas de Lázaro tenían como referente las discusiones suscitadas en el seno de la Sociedad Central de Arquitectos sobre la demolición del pórtico de San Vicente. Así lo entendió Marín Baldo y en consecuencia escribió su artículo también titulado El criterio artístico donde respondía a las acusaciones de Lázaro. Marín Baldo se apoyó en las teorías de J.L. Schmith, Inspector de monumentos religiosos en Francia, que contemplaban la posibilidad de restituir el edificio a su estado primitivo, en su aspecto general y en decoración, lo que conducía a defender la propuesta de derribo del pórtico planteada por Vicente Miranda: aunque aceptaba como punto de partida la necesidad de conservar todo el edificio, Marín Baldo, al igual que Demetrio de los Ríos, opinaba que esta tesis no puede aceptarse como absoluta, con el consentimiento de ciertos derribos en que hay que deshacer lo que fue mal hecho. Lázaro respondió a su vez a Baldo con la afirmación de la imposición de un nuevo planteamiento en tomo a los monumentos que se estaba introduciendo en Europa y que relegaba esta unidad frente al valor testimonial del monumento; estas palabras de Lázaro merecen reproducirse puesto que marcan el comienzo en España de una nueva concepción de la intervención arquitectónica 14:


entiendo que los más eminentes arqueólogos pecan del gravísimo error de no ver más que formas en los edificios, y por tanto sus juicios resultan equivocados y deben rechazarse hoy, que los estudios llevan otro camino”.


        El último de los artículos de Lázaro era un llamamiento a la humildad artística” del arquitecto restaurador, humildad que consiste en deponer nuestras propias opiniones ante lo que el monumento es y significa” 15. El pórtico de la Basílica de San Vicente se salvó de su destrucción ante esta encendida defensa de Juan Bautista Lázaro, pues aunque el informe de la Academia de San Fernando había rechazado el proyecto de Vicente Miranda, el sucesor de éste en la restauración, Enrique Me Repullés y Vargas, pensó en una solución de compromiso que contemplaba la demolición parcial del pórtico que fue también rechazada por la institución académica 16.


        Juan Bautista Lázaro había contribuido poderosamente a la afirmación del criterio de conservación a través de esta sonada y difundida discusión; vimos cómo Demetrio de los Ríos se vio obligado a argumentar cada vez con mayor necesidad los proyectos de restauraciones parciales de la catedral de León; del mismo modo, sus duras observaciones hicieron reflexionar seriamente a la Academia y a los arquitectos sobre la trascendencia de las decisiones que habían de adoptarse frente al monumento sometido a restauración. La posición de Lázaro en esta década de 1880 estaba en conexión con las propuestas de conservación que tuvieron en Camilo Boito, como vimos, a su máximo representante; pero coincidente Lázaro en la acción mínima postulada por el italiano, no llegó a afirmar el criterio de notoriedad moderna que presidirá la doctrina de conservación de monumentos durante el siglo XX.


        Juan Bautista Lázaro alcanzaba a finales de la década de 1880 una consolidada reputación en el campo de la restauración y como arquitecto en general. Los siguientes diez años estuvo vinculado a la restauración de la catedral de León, trabajos con los que alcanzó un gran renombre. Lázaro conocía bien la catedral de León y su restauración como dejó de manifiesto en las conferencias pronunciadas en la Sociedad Central de Arquitectos y que fueron publicadas en 1886 17. En su recorrido histórico por la Catedral se detuvo especialmente en la restauración y sobre todo en la intervención de Juan de Madrazo, donde no ocultó su admiración por sus proyectos, con la exposición completa de los principios racionales de la arquitectura gótica. Este conocimiento detenido de la catedral leonesa y su autoridad en materia de restauración arquitectónica le llevó a ser nombrado miembro de la Comisión inspectora extraordinaria nombrada por Real Orden de 19 de septiembre de 1887 para informar sobre el estado del edificio tras los trabajos realizados por Demetrio de los Ríos 18. Fallecido Demetrio de los Ríos a finales de enero de 1892, fue propuesto como sucesor para la dirección de la restauración el sobrino del arquitecto andaluz, Ramiro Amador de los Ríos que se ocupó de las obras durante pocos meses hasta el nombra-miento definitivo de Juan Bautista Lázaro en junio de 1892.


        En la etapa que permaneció al frente de las obras de la catedral de León, Lázaro se ocupó fundamentalmente, como anunciamos más arriba, de los trabajos concentrados en las vidrieras. La repercusión nacional del taller que organizó en León y su profundización en el arte de la vidriería le llevó a ser nombrado Académico de San Fernando el 16 de diciembre de 1908, donde ingresó con un discurso sobre Las artes decorativas, fruto de su experiencia acumulada en León, que fue contestado por Enrique Mª Repullés y Vargas 19.


        Juan Bautista Lázaro sufrió un proceso de enajenación mental desde el año 1907 que fue empeorando progresivamente hasta ser internado en el Sanatorio de San José en febrero de 1908. Sus proyectos fueron continuados por sus colaboradores, como Narciso Clavería y Rafael Martínez Zapatero, mientras que en la catedral de León le relevó su ayudante Juan Crisóstomo Torbado. El 20 de diciembre de 1919 falleció Juan Bautista Lázaro.

 

        La actividad de Lázaro será estudiada en las siguientes líneas en dos aspectos fundamentales: en primer lugar a partir de sus proyectos de restauración-conservación de cantería que completaron las restauraciones de Demetrio de los Ríos; en este apartado saltaremos los límites cronológicos marcados por esa fecha final de 1901 y nos adentraremos en los primeros decenios del siglo XX, tanto para consignar algún proyecto del propio Lázaro, como para referir algunas de las obras de restauración realizadas por Juan Crisóstomo Torbado, aún cuando no se pretenda hacer un estudio sistemático de estas últimas20. El segundo bloque temático está presidido por las vidrieras, si bien adelanto que no se realiza un estudio exhaustivo. de las mismas porque estos trabajos presentan una problemática especial y requerirían un estudio monográfico especial que superaría ampliamente los límites del presente trabajo, por lo que las vidrieras serán únicamente consideradas en el interior del proceso de restauración arquitectónica.


2) LOS PROYECTOS DE JUAN BAUTISTA LÁZARO.


        Algunas de las primeras intervenciones de Juan Bautista Lázaro en la catedral de León las hemos visto ya en relación con proyectos que había dejado incompletos Demetrio de los Ríos. El proyecto que estaba formando Ríos en los meses finales de 1891 para el traslado del coro señalaba ya este nuevo concepto que introducía Lázaro en las obras de restauración: su oposición a alterar y modificar el edificio le llevó a desestimar la propuesta de traslado de Demetrio de los Ríos, a pesar del considerable respaldo popular con que contaba esta sugerencia.


        Este criterio que había afirmado polémicamente a través de los artículos publicados y que vimos aplicado al caso del traslado del coro, será el que presida los proyectos formulados para la Catedral, si bien en algunas ocasiones se pasará de la conservación a la restauración, debido a las circunstancias concretas de la intervención.


        Cuando llegó Lázaro a ocuparse de las obras de restauración, aún se encontraban sin terminar algunos de los trabajos que había dejado iniciados Demetrio de los Ríos. El remate del hastial occidental, la solución del problema del coro y la terminación de la pavimentación de la Catedral fueron las labores por donde comenzó Juan Bautista Lázaro su intervención 21. El pavimento de la Catedral quedó detenido en la nave central a la espera de una solución definitiva sobre el emplazamiento del coro, el hastial occidental se remató en mayo de 1893 y en julio de 1892 dio comienzo el proceso de descimbre de la nave mayor en los últimos tramos de bóvedas hacia los pies, al tiempo que se realizaron algunas reparaciones parciales que aún no se habían acometido en la Silla de la Reina y en la fachada meridional. Los proyectos formados por Lázaro y continuados por Torbado extendieron la restauración hacia aquellas zonas que todavía presentaban serios problemas y requerían proyectos especiales, aunque de menor magnitud que los realizados hasta el momento.


- Cubiertas y desagües de las naves laterales.

        Durante el último año al frente de las obras de restauración, Demetrio de los Ríos dejó realizadas ciertas reparaciones en el trasdós de las bóvedas de las naves bajas, junto con un embarronado de hierro, tareas éstas que no habían sido consignadas en ningún presupuesto. Juan Bautista Lázaro continuó la restauración de estas naves bajas con la elaboración de un proyecto para dotar de los desagües necesarios a esta altura del edificio y al mismo tiempo rematar algunas obras necesarias que aún no se habían contemplado en proyectos anteriores 22.


        La canalización de los desagües de las naves bajas suponía continuar unos trabajos que Demetrio de los Ríos había comenzado a la altura de las naves superiores 23. El repaso total del sistema de evacuación de las aguas era, como vimos, una función imprescindible en el sistema constructivo gótico. Juan Bautista Lázaro extendió las limas por la parte superior de todos los arcos fajones de las naves laterales y de la girola con el desagüe en los contrafuertes exteriores, como puede verse en la planta trazada a la altura de la parte superior de las naves bajas (fig.122). Para extender estos canales fue preciso reparar previamente los arcos y enjutas de los arcos fajones que soportaban estas limas, puesto que desde que se modificaron las cubiertas en el siglo XVII no se habían reparado y estaban abandonados por completo (fig.122).


        Un asunto que había quedado pendiente era la reposición de la cubierta de la Catedral. Juan Bautista Lázaro propuso en este proyecto rehacer la cubierta de estas naves laterales del templo, trabajos que eran imprescindibles puesto que, como vimos, la cubierta extendida sobre estas naves era a una sola vertiente y cerraba por completo la galería del triforio. La pronta reposición de las vidrieras en el triforio requería previamente la transformación de la cubierta exterior. Para cubrir estas naves bajas Lázaro rechazó desde el primer momento la cubierta a una sola vertiente:


        La cubierta a una sola agua de las naves bajas no sólo oculta los vanos del triforio, que parece se practicaron para estar descubiertos, sino que en el extremo de las partes rectas va a acometer contra los salientes de las torres, produciendo allí limas de difícil desagüe.


        En sustitución de esta cubierta propuso Lázaro dos soluciones: la supuesta cubierta primitiva a dos aguas o bien la cubierta en pabellones independientes para cada tramo. Aunque se inclinaba por esta última, la realización de la cubierta actual modificó algún tanto sus primeras intenciones.


        Este proyecto de octubre de 1892 incluía también algunas obras de restauraciones parciales que faltaban por ejecutarse. En primer lugar los antepechos de coronación exterior de los que aún carecía el edificio en diversos puntos de las naves altas y bajas, en la terraza sobre el pórtico sur y anditos al nivel del arranque de las ventanas altas en el brazo meridional y en el septentrional (fig.122). Con la misma intencionalidad se incluyó asimismo la terminación de dos tramos de cornisa correspondientes a las naves bajas del sur. Estas labores retomaban los trazados realizados años antes por Demetrio de los Ríos para estas partes del edificio, como puede observarse en los detalles de la hoja de planos de Juan Bautista Lázaro (fig.122).


        Años más tarde, en 1899, Juan Bautista Lázaro realizó un brevísimo Proyecto de restauraciones exteriores con la idea de ultimar obras de índole diversa para poder inaugurar el edificio como de hecho se realizó dos años más tarde 24. Obras de remate como las labores escultóricas en el pórtico meridional, las arcaturas decorativas en el zócalo de la Puerta de la Muerte, la reparación del pavimento por este costado sur, tan deterioradas las losas como estaban después de las enormes carpinterías que sostuvieron para reedificar la fachada, y ciertas reposiciones de puertas y canceles, junto con otros detalles menores integraban este proyecto de complemento para la apertura definitiva del templo. Sin embargo, como dijimos más arriba, los proyectos continuaron con posterioridad a la solemne inauguración.


- Restauración de la torre de las campanas.

        Una de las últimas intervenciones de Juan Bautista Lázaro en la catedral de León fue la restauración de la torre llamada de las campanas, es decir, la torre situada al norte flanqueando la fachada principal de la catedral de León. Esta torre presentaba deterioros considerables concentrados en la escalera de caracol interior y en la descomposición de los sillares del cuerpo superior de ventanas que requirieron la formación de un proyecto por Lázaro el año de 1906 25.


        Demetrio de los Ríos observó ya la gravedad e inestabilidad de esta torre septentrional. La intensidad del trabajo acumulado a lo largo de los años impidió a Ríos formular un proyecto especial de restauración para esta torre: la solución de Demetrio de los Ríos fue puramente preventiva en espera de poder llevar a cabo la restauración integral de esta descompuesta torre; para ello aplicó unos atirantados de hierro y emparrillados de vigas a la altura de las ventanas altas con carácter provisional y con la intención de contener los movimientos, tal como puede verse en las plantas trazadas por Juan Bautista Lázaro (fig.123).


        Los deterioros comenzaban por la escalera de caracol que daba acceso a los cuerpos superiores de la torre; el uso constante de esta escalera y el poco espesor de sus muros impedían utilizar medios preventivos provisionales como cinchos, tirantes o engrapados. Además, la ruina se acentuaba por momentos, lo que era especialmente peligroso debido a las consabidas funciones de contrarresto que ejerce esta torrecilla de caracol, casi en contacto directo con las naves de la Catedral (fig.124).


        La reparación completa de esta escalera se realizó por medio de la sustitución de sillares en toda su altura y la consolidación de sus muros.


        Los paramentos y ventanas de esta torre norte presentaban un distinto estado de conservación según la zona que se tratara en los distintos niveles de altura de los cuatro cuerpos superpuestos que conforman la torre.


        El nivel inferior correspondiente a la capilla de San Juan de la Regla, sólo presentaba ligeros des-perfectos en los paramentos exteriores que para nada afectaban a la estabilidad general de la torre, mientras que por el interior presentaba un óptimo estado, no sólo en los muros sino también en la bóveda de crucería simple que cubre la capilla.


        El segundo cuerpo, o cuerpo intermedio, está formado por una espaciosa estancia de escasa iluminación que fue empleada como almacén para guardar los vidrios desmontados. Su estado de muros y bóveda era prácticamente igual al de la capilla inferior, es decir, sin apenas más daños que ligeros desperfectos exteriores.


        El cuerpo de luces formado por dos líneas de huecos de ventanas presentaba signos claros de un deterioro considerable. A pesar del atirantado aplicado por Demetrio de los Ríos, continuaban manifestándose desórdenes y movimientos en los huecos altos: las dovelas habían perdido sus asientos, lo que provocó el movimiento y descomposición de las tres hiladas superiores de sobrecarga. Lázaro acudió de inmediato a reforzar con cimbras estas ventanas por los lados oriental y meridional para evitar el derrumbe de estos sillares (fig.125 y fots.29 y 30).


        El cuerpo de cubierta, constituido por la pirámide de base octogonal, requería asimismo sustitución de sillares en cada uno de sus ocho lados y en el antepecho calado, tal como reproducía detalladamente Lázaro en la proyección horizontal de este remate de la torre (fig.124).


        La operación más arriesgada era la sustitución de sillares en los huecos altos de las ventanas, puesto que estos arcos debieron sostenerse con cimbras, desmontarse por puntos, para ser posteriormente rehechos de nuevo.


        Esta reparación realizada por Juan Bautista Lázaro era una continuación de los proyectos de restauraciones parciales emprendidos por Demetrio de los Ríos que consistía fundamentalmente en la restauración por reposición de sillares deteriorados por otros de nueva labra. Incluimos a continuación los proyectos de reparación del claustro elaborados por Juan Crisóstomo Torbado en las primeras décadas del siglo XX, por continuar una de las propuestas que ya habían sido apuntadas por Juan Bautista Lázaro.


- Pavimentación y reparación del claustro por Juan C. Torbado.


        Juan Crisóstomo Torbado, fiel continuador de los criterios de restauración que aprendió al lado de Juan Bautista Lázaro, ocupó largos años el puesto de Arquitecto de la catedral de León. Las obras de restauración ya habían sido clausuradas, aunque la constante atención requerida por el edificio le llevó a formular numerosos proyectos de conservación y reparación de estructuras y elementos decorativos. Entre todos estos proyectos fijaremos la atención solamente en algunos aspectos complementarios de las obras de restauración emprendidas en el siglo XIX, objeto específico de este estudio.


        La reposición del pavimento del claustro de la Catedral era un trabajo que completaba la pavimentación total del edificio, emprendida, como vimos, por Demetrio de los Ríos. Este pavimento debía extenderse por el claustro y atrio exterior donde también se encontraba deteriorado. Juan C. Torbado realizó estas labores después de varios años de demoras e interrupciones.


        La reparación y reposición del pavimento del claustro catedralicio fue reanudada a partir de un proyecto firmado el 17 de septiembre de 1926, aún cuando este proyecto, como apuntaba Torbado, llevaba “muchos años interrumpido, por causas ajenas a nuestra voluntad” 26. El procedimiento de pavimentación era prácticamente el mismo que se utilizó para el interior de la Catedral: consistió en la extensión de una capa de hormigón de veinte centímetros de espesor que servía de base para el asiento de las losas que se colocaron por hiladas tal como se observa en la planta del enlosado (fig.126). Para facilitar el desagüe de este patio se dispusieron varios canales que convergían en el sumidero central con comunicación directa con un colector que evacuaba las aguas al exterior; esta canalización requirió elevar el nivel del suelo del claustro catedralicio (fot.31).


        En este mismo proyecto se incluyeron diversas obras que completaban la restauración del claustro: en los cuatro contrafuertes angulares se repusieron las gárgolas voladizas de piedra que habían sido provisionalmente sustituidas por canalones de cinc; del mismo modo se reparó, y en algunos casos se sustituyó parcialmente, la cornisa del claustro y, por último, se acondicionó todo este espacio para la exposición de las torrecillas de remate de la antigua fachada principal que habían sido desmontadas por Demetrio de los Ríos. Esta operación era consecuente con la idea de Juan C. Torbado de crear un museo de las obras de restauración de la catedral de León.


        La fachada exterior del claustro fue reparada varios años más tarde, en 1933 27. Este lienzo de fachada se encontraba en un estado bastante lastimoso, como se desprende del alzado levantado por Juan C. Torbado (fig.127): reformado con diferentes tapamentos y aperturas de huecos, había sufrido también este paramento varios revoques que se habían desprendido hacía tiempo y otros presentaban una descomposición progresiva. Varias denuncias se formularon ante el peligroso estado de este paramento, hasta que finalmente fue reparado por Juan C. Torbado. La intervención se redujo a picar los distintos revoques hasta dejar al descubierto las distintas clases de fábrica que integran la fachada, para reparar el muro y también se desmontó la cornisa de madera que puede apreciarse en el plano de Torbado, de gusto clásico, que se encontraba en mal estado, para dejar libre el primitivo alero que corría por debajo de esta cornisa.


        Las intervenciones de Juan Crisóstomo Torbado, como ya apuntamos, fueron numerosas; trabajos de conservación, saneamiento, protección y reparación de vidrieras, reparaciones en la torre del reloj, en las cubiertas, limpieza de gárgolas, retejo general de cubiertas, reparaciones en las verjas, pavimentación del atrio, y un largo etcétera, fueron emprendidos a través de los numerosos proyectos formulados por el arquitecto Torbado. Estas operaciones llegan hasta nuestros días en la obligada y constante supervisión del templo mayor leonés. Su estudio sobrepasaría los límites propuestos para este trabajo, tanto cronológicos, como sobre todo conceptuales, puesto que aquí se han tratado de incluir especialmente las obras de restauración tal como fueron entendidas en el siglo XIX. Esta naturaleza de los proyectos decimonónicos nos llevará de nuevo a traspasar ese año de 1901 en el capítulo que cierra estas páginas al tratar el problema del aislamiento de la catedral de León, corolario de la restauración iniciada en el año de 1859.


* * *


3) LAS VIDRIERAS EN EL PROCESO DE RESTAURACIÓN ARQUITECTÓNICA.


        La reposición, reparación y restauración de la inmensa superficie de vidrieras de la catedral de León fue una preocupación constante a lo largo del proceso de restauración. La magnitud que alcanzaron las obras de reconstrucción y consolidación estrictamente arquitectónicas -afectas a la estructura del edificio- fueron demorando estos trabajos de vidriería, dependientes de la previa consolidación estructural del templo y de la refección de la tracería de las ventanas donde debían instalarse los vidrios antiguos, una vez reparados, y las vidrieras de nueva factura para aquellos huecos carentes de cerramientos vítreos.


        La restauración de las vidrieras de la catedral de León alcanzó tal dimensión e importancia que requeriría un estudio monográfico especial, tanto por su magnitud como por el método de análisis -iconográfico, proceso técnico, relación detallada de cada panel, comparaciones con otros trabajos similares en Europa, y un largo etcétera- que supondría exceder con creces los límites del presente estudio. Ahora bien, la referencia a estos trascendentales trabajos de vidriería tampoco puede pasarse por alto al hablar sobre la restauración de la catedral de León, pues son parte importantísima del proceso iniciado en 1859. Por todo ello, y centrándome en ese enfoque arquitectónico-constructivo, trataré de llegar a una solución de compromiso en donde estos trabajos se enmarquen en el proceso de restauración arquitectónica como dimensión privilegiada 26 bis.


        Al iniciarse los desmontes y la restauración integral del templo, las vidrieras que permanecían en los huecos de las ventanas fueron desmontadas y almacenadas en el cuerpo intermedio de la torre norte de la Catedral, en espera de poder volver a montarse los vidrios. Matías Laviña ya inició las primeras gestiones para restaurar las vidrieras. El problema no sólo estribaba en la reposición y reparación de los vidrios antiguos, sino que las dificultades aumentaban ante la considerable cantidad de vidrieras que debían trazarse para aquellos ventanales que, o bien nunca habían sido provistos de vidrios, o bien éstos se habían perdido irremediablemente. Debido a los graves problemas de estabilidad arrastrados por la catedral leonesa, todas las ventanas de la galería del triforio, numerosas de las ventanas bajas y algunos huecos de los ventanales superiores habían sido tapiados con adobe. Con la restauración integral del templo estos huecos volvieron a abrirse en espera de poder cerrarse con vidrios de nueva factura.


        Matías Laviña, en un oficio de febrero de 1863, propuso dos soluciones posibles 27 bis: el primer recurso consistía en encargar los vidrios a casas especializadas de París o Bruselas, mientras que también apuntaba otro medio de mayor compromiso que consistía en fabricar estos vidrios directamente en España. La escasez de artistas dedicados a esta especialidad quedaba patente ante las dificultades para hallar un maestro vidriero en España e incluso en el extranjero. En nuestro país solamente pudo localizar a un artista retirado en Chamberí que había expuesto algunos trabajos de vidriería en la Exposición del año 1858, pero que no se encontraba con fuerzas suficientes para hacerse cargo de una empresa de la magnitud que se presentaba en León. En Barcelona existía un taller de un maestro suizo, y por último Matías Laviña localizó a un vidriero llamado José Guinea que había estudiado en París. A este último se le encargó una prueba consistente en la realización de un panel que se sometió a examen de dos especialistas que, sin embargo, no aprobaron este trabajo, sobre todo en lo que se refería a la pintura. Ante estos impedimentos para realizar estos trabajos en España, Matías Laviña contactó a través del jesuita leonés padre Vinader con el vidriero de la Sainte-Chapelle de París M.S. Lusson. Se enviaron algunos prospectos y catálogos que evidenciaban lo elevado del presupuesto que resultaría de encargar los vidrios en Francia.


        Al tropezar con estos numerosos escollos, las propuestas de vidriería se dejaron a un lado; además, el expuesto estado de la Catedral exigía concentrar toda la atención en la consolidación estructural del edificio, ante la amenaza de una eventual ruina. De este modo, la necesidad de acometer los trabajos de las vidrieras no volvió a surgir hasta que las obras de restauraciones parciales de cantería estuvieron prácticamente ultimadas.


        Demetrio de los Ríos elevó al ministerio la primera propuesta o anteproyecto para la reposición y restauración de las vidrieras el año de 1887. Las ventanas de la Catedral con su tracería habían sido prácticamente reparadas en su totalidad por estas fechas 28. El cerramiento de los huecos con los vidrios era un trabajo imprescindible para volver a abrir el templo al culto. El anteproyecto de vidrieras pintadas formado por Demetrio de los Ríos era una primera aproximación, clara y concisa, al problema de las vidrieras ante el avance de las obras de cantería: se añadían tres hojas de planos con todos los tipos de rosetones y huecos del triforio que requerían nuevos vidrios 29. El informe de la Academia de San Fernando se emitió en febrero de 1889, es decir, con un considerable retraso, debido a que la propuesta de Demetrio de los Ríos era una exposición del estado de las vidrieras con una evaluación aproximada del plan general y presupuesto alzado de su coste 30.


        Esta primera estimación global de Demetrio de los Ríos ofrece un cuadro certero de la magnitud de la empresa 31: la inmensa superficie de vidrieras de la catedral de León contiene un total de 1.763 metros cuadrados de vidrio, sin contar los 524 paneles correspondientes a las vidrieras del claustro. Toda esta superficie encierra un amplio muestrario del arte de la vidriería desde el siglo XIII hasta el siglo XVII y, después de la restauración, también es testimonio de la resurrección de este arte en España durante este último decenio del siglo XIX.


        La acción destructora del tiempo y las transformaciones y reparaciones sucesivas -y no del todo acertadas- realizadas a lo largo de los siglos habían mermado considerablemente este rico patrimonio vítreo. Como ya apuntamos más arriba, las vidrieras que filtraban la luz en la galería del triforio habían desaparecido en época remota, así como la totalidad de los vidrios del rosetón del hastial meridional. En términos globales era necesaria la restauración de 1.101 metros cuadrados y la construcción ex novo de 664 metros superficiales.


        Demetrio de los Ríos marcó las líneas generales que debían presidir la restauración de las vidrieras: los vidrios existentes debían respetarse en sus lugares respectivos, bien pertenecieran a los que se denominaban los siglos fundamentales, es decir, los siglos XIII y XIV, bien procedieran de restauraciones posteriores,  pues esta variedad dentro de la unidad del conjunto hace resaltar su riqueza arqueológica. En cuanto al caso especial de las vidrieras de las capillas absidiales, compuestas con medallones de pequeñas figuras de la Edad Media, restauradas en el siglo XVI con paneles de grandes figuras puestos a continuación, la Academia decidió que  se haga desaparecer semejante heterogeneidad, haciendo extensivo este criterio a los casos que pueden presentarse de complicación de dos o tres estilos o épocas en el conjunto de la misma vidriera. Un tercer caso era cuando en una misma vidriera aparecían junto al estilo primitivo otro de su continuación y un tercero de una restauración posterior y luego paneles deshechos en una revuelta mezcla de vidrios: aquí la Academia decidió  reemplazar los modernos retazos con otros en que sobresalga la forma y carácter de la masa más antigua predominante en la misma vidriera para que armonice con la inmediata.


        Fijados estos criterios generales, se estableció el proceso global de los trabajos: en primer lugar debían reconocerse, clasificarse y catalogarse detenidamente los vidrios antiguos almacenados, tareas que debían ser dirigidas por el Arquitecto Director auxiliado de un Canónigo y un Vocal de la Junta de obras perteneciente a la Comisión de Monumentos. Para los temas que debían representar los vidrios nuevos se decidió la intervención directa del Obispo, Cabildo en pleno, o la delegación en una Comisión nombrada para este propósito.


        La reparación de las vidrieras conservadas se desligó del problema de la construcción de las nuevas. Para las primeras Demetrio de los Ríos recomendaba que no salieran de León durante la reparación, para evitar pérdidas irremplazables; por ello, en cuanto a esta tarea de construcción de vidrios para aplicarse a las vidrieras deterioradas y su reparación, se estableció que se encargara a la industria nacional. En lo referido a la construcción de las vidrieras nuevas, una vez fijados los asuntos que debían representarse en ellas, se decidió que se convocara un concurso internacional para este difícil cometido.


        La Junta de obras de la Catedral de León remitió al Director General de instrucción Pública una memoria con la descripción de las vidrieras existentes y su organización en los huecos; esta memoria fue a su vez dirigida a la Academia que emitió su informe el 4 de marzo de 1889 32.

        La memoria era un detallado y organizado informe sobre el estado de las vidrieras existentes, su época, descripción, y su emplazamiento en los vanos de la Catedral. La Academia no se pronunció sobre los temas que habían establecido las autoridades religiosas para los nuevos vitrales, siendo de exclusiva competencia del Exmo. Cabildo de la Santa Iglesia Catedral, de acuerdo con su Prelado, el fijar los asuntos que deben representar las vidrieras que faltan.


        Respecto a las vidrieras nuevas, una vez establecidos los temas, la Academia fijó en su informe las bases del concurso que debía convocarse: se establecían interesantes puntos referentes a la técnica de fabricación de las vidrieras que debían formarse con vidrios llamados metálicos sobre los que se aplicarían los colores con óxidos metálicos para que, con el fundente y el recocido en la mufla, resultasen vitrificados; otras observaciones hacían referencia a la necesidad de elaborar dibujos previos que debían remitirse a la Academia, y la posterior ejecución de cartones de tamaño natural sometidos de nuevo al juicio de la Academia. Finalmente se establecían las orientaciones para elaborar condiciones facultativas y presupuestarias.


        Los religiosos completaron esta documentación con una Relación de las vidrieras que faltan con fecha 9 de junio de 1890 33. Una memoria redactada por Demetrio de los Ríos y fechada en septiembre de 1890 trataba de completar los requisitos necesarios para dar comienzo de modo efectivo a la reparación y reposición de vidrieras. Para la construcción de las vidrieras nuevas establecía Demetrio de los Ríos que el mejor modelo son las vidrieras mismas, especialmente para las que debían restaurase, donde debía aspirarse a lograr una identidad completa, mientras que para las nuevas era necesario al menos conseguir una excelente imitación.


        Las dificultades de encargar este trabajo a una casa extranjera eran manifiestas: a esta necesidad de tener presente siempre las vidrieras antiguas como modelo para las nuevas, con vista a la unidad del conjunto, se sumaban otras consideraciones, como la obligatoriedad de realizar el plantillaje hueco por hueco, debido a las diferencias metrológicas entre los vanos y sus huecos respectivos, igual que ocurría con las cotas de las alturas para los hierros que enlazan los maineles. Estos problemas imponían que los estudios necesarios para fabricar los vidrios nuevos, como por supuesto para reparar los antiguos, debían realizarse en León, debido a la particularidad de cada caso concreto.


        Faltaba en el último proyecto de Demetrio de los Ríos un documento esencial para poder sacar a concurso la fabricación y reparación de las vidrieras de la catedral de León, como era el pliego de condiciones facultativas, y así lo declaró la Academia 34. A redactar este documento debió dedicarse Demetrio de los Ríos los últimos meses del año de 1891. Sin embargo, el informe de la Academia, con fecha de mayo de ese año, llegó a Demetrio de los Ríos pocos meses antes de su fallecimiento, cuando ya sentía considerablemente debilitadas sus fuerzas.


        El fallecimiento de Demetrio de los Ríos el 27 de enero de 1892 supuso la detención de los trabajos de vidriería cuando éstos estaban superando los preparativos y trámites precisos para poder dar comienzo al certamen internacional. Aún quedaba en suspenso esta convocatoria del concurso internacional para la reconstrucción de los vidrios necesarios para cerrar los ventanales. Demetrio de los Ríos había planteado pocos meses antes de su defunción, el día 23 de mayo de 1891, la creación de un taller de restauración de vidrieras localizado en la llamada Casa-Lonja, dependiente de la catedral de León, para lo que proponía la rehabilitación del edificio.


        Ésta era la situación en que se encontró los proyectos de vidriería Juan Bautista Lázaro al ocupar la Dirección facultativa de las obras de restauración en junio de 1892. Todo apuntaba hacia la creación de un concurso internacional para la factura de las nuevas vidrieras, como de hecho se había realizado en 1881 para realizar los vitrales nuevos de la catedral de Burgos. En esa ocasión concursaron las más prestigiosas casas europeas dedicadas a este arte, como eran los talleres de Zetller de Munich, los de Mayer de Londres, la parisinas casas de Anglade y de Lorin, ésta última con talleres también en Chartres -vinculados a Viollet-le-Duc- la de Schmit de Aachen y, dentro de España, la barcelonesa firma de Amigó. Entre todas ellas parecían gozar de mayor prestigio los talleres muniqueses de Zetller, que también contaban con sucursales en Londres.


        La necesidad de plantear un pliego de condiciones facultativas como requisito previo a la convocatoria del concurso y la complejidad misma de realizar un certamen internacional, ocasionaron dilaciones que hacían peligrar el éxito de la empresa. Estos graves escollos no pasaron desapercibidos a Juan Bautista Lázaro que empleó sus dos primeros años al frente de la Catedral en profundizar en el estudio del arte y la técnica de la vidriería. Para ello comenzó efectuando algunos ensayos en pequeña escala para poder juzgar la calidad, coloración y fortaleza de los distintos tipos de vidrios que podía proporcionar la industria nacional y extranjera. Estas tentativas de fabricar las vidrieras directamente en León se aplicaron a algunos paneles o témpanos enteramente nuevos, primero a partir de dibujos o copias de vidrieras para comparar los resultados con los originales; el resultado fue poco satisfactorio debido a que los dibujos no daban idea exacta de los matices de las vidrieras antiguas; después se procedió a realizar una copia con un témpano antiguo a la vista del que se hizo una copia con vidrios nuevos y se repusieron en el viejo los que faltaban, dando un resultado sumamente satisfactorio, hasta el punto que no se podían distinguir los vidrios nuevos de los antiguos sino después de un detenido examen: quedaba demostrado que era sumamente difícil encargar a una casa extranjera la fabricación de los vidrios necesarios para completar y reparar las vidrieras antiguas, puesto que los resultados sólo podían ser satisfactorios si la vidriera se reparaba con el modelo antiguo a la vista.


        Del mismo modo, Juan Bautista Lázaro, para completar los ensayos comprobó el resultado visual de estos primeros vidrios fabricados en León en su emplazamiento propio, puesto que la elevación, el efecto de la luz natural y otras muchas circunstancias podían variar considerablemente el efecto final. Para realizar esta prueba, Lázaro reparó por completo el rosetón occidental, que, de una superficie total de 30 metros cuadrados, se conservaban unos 23 metros de vidrieras originales, aunque todos los paneles necesitaban reparaciones de mayor o menor importancia. Este rosetón planteaba, pues, la totalidad de trabajos que podían concurrir en la restauración del resto de las vidrieras de la Catedral, puesto que aunaba todos los casos posibles, es decir, emplomados nuevos, reposición de plomos y vidrios antiguos, refección de paneles deteriorados mediante su reparación parcial con vidrios nuevos junto a los antiguos y, por último, el completamiento final del rosetón con vidrios de nueva factura. Primero se utilizó vidrio inglés que no ofreció resultados satisfactorios debido a su excesiva limpidez que mostraba una transparencia muy distinta de la original. La experimentación prolongada llevó a Lázaro a la aplicación de arena gruesa en el recocido y a la exclusión de la mulla con lo que consiguió una impresionante semejanza con la textura rugosa del vidrio antiguo. Después de estas largas, laboriosas y complejas operaciones de experimentación y estudio, Juan Bautista Lázaro consiguió restaurar por completo el rosetón occidental de la catedral de León con un éxito sin precedente en España, como modestamente dejaba escrito el arquitecto en 1894:


        “al presente este grande y hermoso rosetón se halla terminado por completo, ocupando su lugar propio y en condiciones de poderse juzgar de todos los pormenores de su reparación y decidir si la obra ejecutada y los artífices en ella empleados permiten esperar que la reposición de las demás vidrieras antiguas pueden llevarse a cabo con éxito satisfactorio como fundadamente cree el que suscribe.


        A partir de este rosetón ejecutado enteramente en el incipiente taller que estaba surgiendo en León se puede decir que comenzó la formidable empresa de la restauración y reconstrucción de la totalidad de las vidrieras de la catedral de León, uno de los tesoros más pregonados del templo catedralicio leonés. Juan Bautista Lázaro no sólo afirmaba los fundamentos de un taller local, con operarios, técnicas, materiales e instrumental ideado y dirigido por él mismo, sino que también estaba resucitando un arte como el de la vidriería, prácticamente desconocido y olvidado en España durante el siglo XIX.


        El propósito de estos ensayos llevados a tan feliz término por Lázaro era formar un taller de reparación de las vidrieras existentes que pudiera ser realizado en su totalidad en León. Las ventajas de formar un taller en León eran incuestionables: al considerable ahorro presupuestario, se sumaban las garantías de llevar a cabo la reparación con la mayor escrupulosidad y respeto arqueológico de los vidrios existentes al repararse directamente en los talleres de la Catedral, bajo la directa supervisión de un arquitecto como Lázaro, cuyos rigurosos criterios de restauración ya fueron comentados más arriba.


        Juan Bautista Lázaro desligó los trabajos de vidriería en dos categorías, una de reparación de los vidrios existentes y otra de fabricación de los nuevos vidrios necesarios. El arquitecto leonés, tras estos ensayos previos, comenzó presentando al Gobierno un Proyecto de reposición de las vidrieras antiguas en la zona de la nave alta, huecos éstos que conservaban buena parte de sus antiguos vidrios, por lo que se podía iniciar la restauración de las vidrieras por estos paneles 35. Además, estos huecos eran los de que requerían más urgentemente su cerramiento, puesto que por estos amplios ventanales penetraban el agua y las nieves "en términos que ha habido días que todo el personal de la obra ha tenido que dedicarse a extraer el agua que convertía sus naves en una auténtica laguna", como expresivamente informaba el Obispo de León al Director General de Instrucción Pública al remitir el proyecto de Lázaro 36.

 

        El progresivo conocimiento de los métodos y procedimientos de la fabricación de vidrieras le permitió formar operarios sumamente diestros en este arte. Ello suponía iniciar una empresa, no acometida hasta ahora en España, como reconocía el propio arquitecto. La administración de la obra dispuso de horno para la fundición, además de las máquinas y herramientas mayores precisas para estos trabajos, mientras que los diamantes de cortar, soldadores y hornillos se comprendieron en los jornales de los operarios. La adquisición de materiales planteaba algunos problemas. El plomo se adquirió en lingotes fabricados en España, exigiéndose que fuera dúctil, compacto, exento de burbujas y puro. El estaño se adquirió en barras. Las mayores dificultades se planteaban en la elección del vidrio, que debía ser de la mejor clase: los colores primarios estaban comprendidos en el vidrio en toda su masa a excepción de los rojos y de las gamas compuestas de oro; se admitieron vidrios con burbujas, espesores diversos, tonos desvaídos y demás variedades que alteraban la monotonía de los colores unidos, pero se cuidó bien de no aceptarse vidrios cuya manipulación de espesores y diafaneidad acusara el empleo de medios mecánicos en su ejecución, distintos de los estrictamente artesanales; la selección de los vidrios se realizaba en varias fases, primero en comparación con relación a los viejos, después contemplando su diafaneidad y transparencia a la luz del sol y por último comprobando su comportamiento en el horno, desechándose los que reaccionaban en falso, saltaban y se resquebrajaban.


        Los procesos y técnicas de restauración fueron prolija y detalladamente descritos por Juan Bautista Lázaro en el pliego de condiciones facultativas del proyecto. Básicamente y de modo esquemático comprendían los siguientes pasos: primero se limpiaba cada panel de la envoltura de papel que lo recubría y acto seguido se calcaba todo su despiezo sobre un cristal y se clasificaban sus cristales cuidadosamente; después se desarmaban todos Sus elementos y se separaban por el arquitecto y el maestro vidriero los vidrios que precisaban repararse, cambiarse de lugar o reponerse, para pasar el panel al oficial cartonista que trazaba el cartón con arreglo al calco rectificado y lo dejaba en disposición de montarse; las confrontaciones de los despiezos y dibujos y la constante supervisión del arquitecto aseguraban la escrupulosidad del proceso: incluso para privilegiar siempre la conservación de los vidrios antiguos en aquellos casos en que los vidrios se habían desgastado, Lázaro decidió que se aumentaran los plomos para sostenerlos; sobre el trazado del cartón se colocaron los elementos del panel que pasaba a manos del montador que, hecho el recorte, distribución y ajuste del nuevo emplomado, comenzaba a efectuar la montura, soldado, colocación de alambre de cobre y barnizado, para finalizar con el etiquetado y almacenaje del panel. Un aspecto interesante era la coloración de los vidrios: la mayoría de los vidrios eran monócromos, tal como los facilitaba la industria, pero si este tono no era aún plenamente satisfactorio, los vidrios se pasaban por el horno para dotarlos del color exacto; algunos otros, por su propia naturaleza, debían pintarse y sufrir varias cocciones, trabajos éstos ejecutados por el maestro vidriero. La colocación de los paneles en sus huecos respectivos se aseguraba mediante alambres de cobre a las barras de hierro reforzadas con cha-vetas, recibiendo los bordes de los paneles por el interior estuco de cemento hidráulico.


        Estas operaciones, expuestas con esta brevedad, en realidad requirieron un esfuerzo considerable, sobre todo en cuanto a la clasificación y recomposición de los innumerables fragmentos de vidrieras des-montados que pudieron volver a recuperar su primitivo emplazamiento gracias a la laboriosidad y tenacidad de Juan Bautista Lázaro.


        El proyecto de reposición y restauración de vidrieras antiguas abarcó la totalidad de los ventanales altos (fig.128). De las 31 ventanas que componen esta nave central del templo, existían almacenados vidrios de todas las ojivas, con una superficie de 753 metros cuadrados, excepto en la ventana del eje del ábside, que faltaban por completo; de las rosas altas de los ventanales faltaban todos los vidrios, mientras que había 48 ojivas sin vidrios por haber sido tapiadas con adobe hacía varios siglos y que comprendían una superficie total de 153 metros cuadrados de vidrios que debían fabricarse de nuevo. De los tres grandes rosetones, el occidental, como dijimos, ya había sido restaurado por Lázaro, mientras que del rosetón del norte existían la mayor parte de los vidrios, pues de una superficie total de 31 metros cuadrados se conservaban 28; del rosetón sur faltaban todos los vidrios, como era de suponer, debido a los seculares desplomes y reparaciones que había sufrido este lienzo meridional. Pese a existir buena parte de los vidrios en esta parte superior del templo, no obstante casi todos ellos necesitaban reparaciones de mayor o menor importancia, como testimonia la clasificación de cada panel en tres categorías de conservación que oscilaban entre regular, mediano y malo. En líneas generales, la mitad de las ventanas podían reponerse con escasas reparaciones, mientras que la otra mitad requería además la reposición de vidrios rotos y el arreglo de aquellos sustancialmente alterados.


        Con los informes favorables de la Junta de Construcciones Civiles y de la Academia de San Fernando 37, Juan Bautista Lázaro emprendió la aventurada y considerable empresa de restauración de las vidrieras de la catedral de León auxiliado por el también arquitecto Juan C. Torbado. Los maestros vidrieros que intervinieron decisivamente en la composición y reparación de las vidrieras fueron Alonso Bolinaga, Santa María y González y el ajustador Moncada, que habían sido introducidos y perfeccionados en el arte de la vidriería por el catalán Rigalt. El modesto pero eficacísimo taller leonés consiguió restaurar todos los grandes ventanales de la nave alta y los grandes rosetones occidental y septentrional con sus respectivos triforios el año de 1897.


        Con estos excelentes resultados, Juan Bautista Lázaro acudió a la Exposición Nacional de Bellas Artes del año 1897, presentando los estudios realizados para la restauración de las vidrieras, con el envío de los planos, cartones y dibujos coloreados de las mismas, con paneles bien restaurados o bien ejecutados de nuevo que abrazaban todos los estilos, épocas y clases de vidrieras desde el siglo XIII al XV. La resonancia pública y nacional que alcanzaron estos trabajos de vidriería realizados en León bajo la dirección de Juan Bautista Lázaro fue de un gran alcance. La prensa y la crítica nacional repitió abundante-mente los elogios por esta verdadera "resurrección" de un arte olvidado en España. Juan Bautista Lázaro recibió la medalla de primera clase otorgada por el Jurado de la Exposición y la Real Academia de la Historia premió con un accesit la Monografía acerca de la pintura sobre vidrio presentada por Lázaro al concurso público convocado por la Academia 38.


        Con este reconocido éxito, Juan Bautista Lázaro presentó en abril de 1898 un proyecto para la ejecución de las vidrieras totalmente nuevas que aún eran necesarias para completar el cerramiento de los ventanales de la Catedral 39. Las vidrieras que faltaban eran las correspondientes al rosetón meridional, a la totalidad de la galería del triforio, excepto en los hastiales norte y oeste, y las ventanas bajas de la nave; en cuanto a las ventanas correspondientes a las capillas absidiales, éstas se encontraban práctica-mente conservadas en su totalidad, por lo que se procedió a su reparación. Los problemas eran ahora mucho más complejos, pues a la parte técnica y material se sumaba la artística, debido a la necesidad de ejecutar cartones totalmente nuevos, junto con los problemas iconográficos de asignar los temas convenientes a cada zona de ventanales.


        El estudio de los escasos restos conservados de estas vidrieras demostraba a Lázaro la existencia de un programa simbólico en la distribución de los temas de las vidrieras de la Catedral, regido por el orden general dominado por el ascenso desde el reino vegetal y animal, es decir la tierra, hacia las esferas celestiales. Las ventanas bajas representaban motivos vegetales de profusa decoración, la zona intermedia del triforio pertenece al mundo, donde aparecen los símbolos heráldicos del poder terrenal, mientras que las ventanas altas, presididas por figuras de santidad, remiten al mundo celestial. Sin embargo, este orden general mostraba particularidades dentro de cada una de las zonas que debían reconstruirse.


        - Ventanas bajas de las naves: en un número de diez ventanas habían sido tapiados sus vanos desde hacía varios siglos y sus huecos se cerraron a principios del siglo XIX con unas pinturas sobre tabla con figuras de reyes, de escasa calidad, ejecutadas por el pintor Neira (fig.133). Se conservaban sin embargo la totalidad de las tres rosas superiores de estas ventanas y, por el contrario, los escasos restos de vidrieras de las ojivas ofrecían exiguos datos, pero suficientes para plantear su reconstrucción con suficiente garantía de fiabilidad: los temas representados eran, como apuntamos más arriba, representaciones de la flora con algunas notas de fauna, trasunto del reino terrenal, que fueron adoptados para toda la extensión de los vidrios de estas naves bajas del templo.


        - Capillas absidiales: de las quince ventanas de las capillas absidiales se conservaban casi todas las vidrieras, si bien su estado de conservación era sumamente lamentable. Juan Bautista Lázaro explicaba este deterioro por ser algunos de estos vidrios los más antiguos del templo y también por pertenecer el resto a la época en que se había abandonado el uso de los vidrios pequeños y gruesos que fueron sustituidos por otros mayores y más delicados. En esta zona del edificio existían vidrios más que suficientes para proceder a la reparación de las vidrieras, debido a que, con la apertura de los accesos a la capilla de Santiago y a la sacristía en el siglo XVI, parte de los vidrios se habían almacenado desde estas fechas, de modo que había sobrados vidrios que se emplearon para reparar estas vidrieras.


        - Galería del triforio: de esta galería que circunda el templo catedralicio por todo su perímetro no habían llegado a estos años finales del siglo XIX más que las vidrieras correspondientes a los triforios de los hastiales norte y oeste que ya habían sido restauradas y repuestas. Del resto sólo se conservaban insignificantes restos cuya composición era de simples grisallas con escudos heráldicos. Estas vidrieras presentaban dos peculiaridades que tuvo en cuanta Lázaro al proponer su reconstrucción: en primer lugar la luz que recibían era más escasa que el resto de los ventanales debido al escamado que corona la galería, por lo que Lázaro empleó para estos vidrios menos coloración que para el resto para no absorber tanta luz. Por otra parte, la temática heráldica venía impuesta tanto por los restos conservados, por el programa simbólico general, como también por una ley que se cumplía en el arte de la vidriería del mismo modo que en la escultura monumental, como era la supeditación a la arquitectura: los huecos no permitían representación figuradas puesto que resultarían sumamente perjudicadas por las gigantescas figuras de santos de las ventanas altas. Por ello se emplearon los escudos, salvo en el triforio del ábside, que, por recorrer una parte tan destacada del edificio como por presentar huecos de mayores dimensiones, recibió figuras semejantes a las de las ventanas altas.


        - Rosetón meridional: la tracería de este rosetón reconstruido por Juan de Madrazo era idéntica a la del rosetón septentrional. Esta semejanza llevó a Lázaro a ratificar la decisión temática planteada por las autoridades religiosas que se inclinaron por reproducir motivos semejantes al vecino rosetón del norte. La iconografía del óculo de la rosa septentrional -Jesús en actitud de enseñar- tenía su temática en el pórtico sur, lo que indujo a extraer el motivo principal del rosetón meridional -la Coronación de la Virgen- del tímpano de la puerta izquierda del pórtico occidental, que sirvió de guía para el óculo central del rosetón. Del mismo modo, la serie de personajes bíblicos que ocupan los dieciséis óculos secundarios de la rosa del norte eran reproducciones exactas de los que decoran las archivoltas de la puerta sur, concomitancia que llevó a Lázaro a copiar los modelos que ofrecían las archivoltas del pórtico occidental, es decir, las figuras femeninas dotadas de los símbolos de las virtudes que acompañan a la Coronación de la Virgen (fig.134). Esta temática ornamental venía además justificada por algunos vidrios que aparecían engarzados en otras vidrieras como reparaciones antiguas, cuya procedencia se desconocía, y que Lázaro suponía procedentes de los antiguos vidrios del rosetón meridional.


        Este proyecto del año 1898 se ejecutó durante los tres años siguientes hasta cerrarse en su totalidad los ventanales de la catedral de León. Los trabajos de vidriería fueron parte importante de ese interés constante de Juan Bautista Lázaro por las artes decorativas en esta etapa final de su trayectoria arquitectónica. La restauración de las vidrieras fue la más imponente recuperación de estas llamadas artes menores; pero Lázaro organizó también importantes talleres de rejería donde se completaron las rejas de la Catedral, tanto en su forja y lima como en sus repujados y cincelados, así como también otro taller de talla artística en madera para la construcción y reparación de puertas, la restauración de la sillería de coro y la reposición de los altares. En este último sentido, otra interesante labor ejecutada por Lázaro y Torbado fue la recomposición del retablo mayor de la Catedral, después de que el enorme retablo barroco fuera desmontado por Demetrio de los Ríos. El retablo actual de la Catedral fue armado a partir de tablas de los siglos XV y XVI que pertenecían a antiguos retablos de la Catedral y otras que se agruparon procedentes de varias iglesias de la Diócesis leonesa por donde se fueron recopilando 40. Para componer este retablo y restaurar los restantes del templo, se habilitó igualmente un taller de dorado, estofado y pintura. Estos trabajos, como vimos, estaban ya planteados en el proyecto de restauraciones parciales de complemento formado por Demetrio de los Ríos en sus años finales como director de la catedral de León 41.


        Esta habilidad que demostró Juan Bautista Lázaro para organizar todos estos trabajos de carácter artesanal indispensables para reabrir el templo, demuestran el interés por las artes decorativas que a tan alto nivel situó el arquitecto leonés; esta interesantísima faceta de su personalidad artística conectaba con esa preocupación por el carácter artesanal de la técnica del ladrillo, interpretada desde esa vertiente castiza de la que tan atractivos ejemplos dejó Lázaro. La revitalización de estas técnicas y oficios artesanales sería una de las más fecundas aportaciones del modernismo catalán, abriendo el camino para una fructífera corriente de utilización como parte del proyecto arquitectónico.


        La restauración de las vidrieras y la rehabilitación del mobiliario litúrgico interior posibilitaban la reapertura de la catedral de León después de casi medio siglo de constantes trabajos. La ceremonia de apertura de la Catedral fue esperada con impaciencia por todos aquellos que siguieron de cerca el proceso de restauración de la Catedral.


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4) LA APERTURA OFICIAL Y SOLEMNE DE LA CATEDRAL DE LEÓN EN 1901.


       
La reapertura solemne de la catedral leonesa fue un acontecimiento que causó una viva expectación entre la población leonesa y las autoridades religiosas y civiles. Se organizó un amplio programa de festejos para conmemorar este renacimiento del templo mayor leonés que reaparecía totalmente renovado desde que se abriera ante el Gobierno el expediente de restauración el año de 1858. La prensa local, regional y nacional recogió a través de numerosos artículos el evento. Las revistas especializadas de arquitectura publicaron algunos interesantes artículos en que trazaban las líneas generales del proceso de restauración, sin escatimar en elogios a los arquitectos restauradores que, como apuntaba Vicente Lampérez, allí dejaron la huella de su pensamiento y de su mano”42. Efectivamente, el siglo XIX había dejado un importante testimonio en el monumento leonés, hasta el punto que, siguiendo de nuevo a Lampérez, habían devuelto de nuevo el ser al edificio.
Los actos de reapertura solemne del templo congregaron a todas las autoridades en varios actos que se escalonaron en abril de 1901. Juan Bautista Lázaro fue nombrado Hijo benemérito de León y recibió asimismo la Gran Cruz de Isabel la Católica en reconocimiento de sus trabajos efectuados en la catedral leonesa. Años más tarde, el 16 de diciembre de 1906, ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


        Todas estas distinciones recibidas por Lázaro eran la consumación y culminación de un proceso sumamente discutido y polémico, seguido con apasionamiento, y en donde se concentraron las miradas de toda España, como fue la restauración de la catedral de León. Sin embargo, la ultimación definitiva de la restauración decimonónica lleva plantear un interesante tema como es el significado urbanístico que alcanzó la catedral de León como punto final de las obras emprendidas en el templo. Las operaciones de aislamiento, contenidas en el pensamiento de los arquitectos restauradores e iniciadas por Demetrio de los Ríos, llevarán a traspasar los límites del siglo XIX para penetrar en los primeros decenios del siglo XX. Estos radicales derribos y demoliciones del entorno inmediato de la catedral de León pondrán fin a este recorrido a través de la restauración de la catedral de León.
 

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1 Para algunos de los datos sobre la trayectoria profesional de Juan Bautista Lázaro véase Enrique María REPULLES Y VARGAS, “Discurso de contestación al ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Juan Bautista Lázaro de Diego”. B.A.S.F. Madrid, 1906, pp.41-49, y del mismo autor, “Necrología de Juan Bautista Lázaro de Diego”. B.A.S.F. Madrid, 1919; n°52; pp.257-263.

 

2  Javier HERNANDO, Arquitectura... pp.261-264. Este autor, dentro de un estudio de conjunto, ha llamado la atención sobre el destacado lugar que ocupa Lázaro en el panorama arquitectónico español de finales del siglo XIX.

3  Javier HERNANDO, ibídem. p.263.

4  Otras obras de Lázaro citadas por Enrique Me Repullés son en Madrid la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pilar, la iglesia y convento de las Ursulinas, la iglesia de San Vicente de Paúl, el monasterio de Salesas en Burgos, la iglesia de Cedillo de la Sierra en Cáceres, la de Sabucedo del Monte en Orense, el Hospital de Pradoluengo, y numerosas más, con marcada dedicación a la arquitectura religiosa.

5 Enrique Mª REPULLÉS, Necrología... p.261.

6 Enrique Mª REPULLÉS, “Necrología...” p.262.

7 Véase VI,2 y 3.

8 Juan Bautista LÁZARO, Restauraciones de obras de arte. R.S.C.A. Madrid, 30 de julio de 1883; t.X;
pp.161-162.

9 Para este proceso de restauración véase Ignacio GONZÁLEZ-VARAS IBÁÑEZ, La Basílica de San Vicente en Ávila. La restauración del siglo XIX como fuente para su estudio, (1882-1901). León, 30 de junio de 1992. Universidad de León.

10  De su etapa en León completó las restauraciones de San Miguel de Escalada, comenzada por Demetrio de los Ríos, y la de Santa Cristina de Lena, principiada por Ricardo Velázquez Bosco, y restauró asimismo la iglesia de Santillana del Mar.

11 J.MARÍN BALDO, El criterio artístico. R.S.C.A. Madrid, octubre de 1884; t.XI; pp227-230.

12  Juan Bautista LÁZARO, El criterio artístico. R.S.C.A. Madrid, 10 de septiembre de 1884; t.X; pp.193-194.

13  Juan Bautista LÁZARO,“El criterio artístico”. R.S.C.A. Madrid, octubre de 1884; p.203.

 

14  Juan Bautista LÁZARO, El criterio artístico. R.S.C.A. p.254.

 

15  Juan Bautista LÁZARO, “El criterio artístico”. R.S.C.A. pp.258-260.

 

16 Enrique M° Repullés se ocupó de la restauración de la Basílica abulense a finales de 1884. En su Proyecto de complemento de la restauración de la fachada del Sur de la Basílica de San Vicente de Ávila, que comprende la cubierta del pórtico, fechado el 28 de marzo de 1885, planteaba la supresión de las arcadas del extremo occidental del pórtico (A.G.A. (E. Y C.), C.8.391, Lg.9-082, Exp.n°2). La Academia, en su informe, en el que actuó como ponente Facundo Riaño, rechazó este derribo parcial (B.A.S.F. Madrid, 1885; t.V; pp.133-136). Repullés había tratado de buscar una solución intermedia entre la propuesta de conservación de Lázaro y la de demolición total de Baldo y así lo expresó en un artículo publicado a finales del mes de octubre de 1884, antes de finalizar el proyecto. Enrique Mª REPULLÉS Y VARGAS, Las restauraciones de los edificios monumentales. Revista de Arquitectura. Madrid, 31 de octubre de 1884; t.XI; pp.224-228.

 

17 Juan Bautista LÁZARO, “La Catedral de León. Conferencias pronunciadas en la Sociedad Central de Arquitectos”. A.D.C.1., Primera conferencia explicada en 25 de abril de 1884. Madrid, 1885; t.X; pp.279-282; Madrid, 25 de octubre de 1885; t.X; n°20; pp.305-307; Madrid, 10 de julio de 1886; t.XI; n°13; pp.193-195; Segunda conferencia explicada el 9 de mayo de 1884. Madrid, 25 de julio de 1886; t.XI; n°14; pp.209-212.

 

18 VI,3.

19 Juan Bautista LÁZARO “Las artes decorativas”. Discurso leído ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la recepción pública de Don Juan Bautista Lázaro el 16 de diciembre de 1906. Madrid, 1906. Enrique M° REPULLÉS, Discurso de contestación al ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Don Juan Bautista Lázaro. Madrid, 16 de diciembre de 1906.

 

20  Para una referencia más completa de estos proyectos del siglo XX véase el apéndice documental.

 

21  Una breve relación del estado de la Catedral tras el fallecimiento de Demetrio de los Ríos puede consultarse en el Informe del Cabildo de la Catedral de León de 30 de enero de 1892. Un año más tarde existe otro Informe de la Junta inspectora de las obras de la Catedral de León de 27 de enero de 1893 de contenido similar. A.G.A. (E. y C.), C.8.055; Lg.8.842.

22  Juan Bautista LÁZARO, Proyecto de canalización de las aguas pluviales sobre las naves bajas y remates decorativos en los anditos exteriores e interiores. León, 21 de octubre de 1892. A.G.A. (E. y C.), C.8.065, Lg.8.848, Exp.n°5. El informe favorable de la Junta de Construcciones Civiles, con fecha 20 de diciembre de 1892, se encuentra en el A.G.A. (E. y C.), C.8.055, Lg.8.842.

 

23  Véase VI,3.

 

24  Juan Bautista LÁZARO, Proyecto de restauraciones exteriores. León, 15 de febrero de 1899. A.G.A. T. Y C.), C.8.065, Lg.8.849, Exp.n°2.

 

25 Juan Bautista LÁZARO, Proyecto de reparación en la torre del norte. León, 5 de mayo de 1906. A.G.A. (E. y C.), C.8.391, Lg.9.071, Exp.n°l.

 

26  Juan Crisóstomo TORBADO, Proyecto de Obras de saneamiento. León, 17 de septiembre de 1926. A.G.A. (E. y C.), C.4.857, Lg.13.202-16.

27 Reparación incluida dentro del Proyecto de conservación del año 1933. A.G.A. (E. y C.), C.4.837.

 

26 bis Para un análisis detallado de las vidrieras de la Catedral véase, José FERNÁNDEZ ARENAS y Cayo Jesús FERNÁNDEZ ESPINO, Las vidrieras de la catedral de León. León, 1982.

 

27 bis  Oficio de Matías Laviña al Ministerio de Gracia y Justicia. León, 15 de febrero de 1863. A.A.S.F. sig.4211-2.


28  Véase VI,3.

 

29  Una copia de este proyecto, firmado el 7 de mayo de 1887, se conserva en el A.C.L. sin inventariar.

 

30 Informe de la Academia de San Fernando sobre el proyecto de vidrieras pintadas para la Catedral de León formado por el Arquitecto Don Demetrio de los Ríos. Ponente Antonio Ruiz de Salces. Madrid, 22 de febrero de 1889. Manuscrito original en el A.G.A. (E. y C.), C.8.055, Lg.8.842. Publicado en el B.A.S.F. Madrid, 1889; t.IX; n°85; pp.138-144.

 

31  Una relación detallada de los vidrios y sus temas puede consultarse en La Catedral de León de Demetrio de los Ríos.

 

32 La Memoria, con fecha 25 de octubre de 1887, estaba suscrita por Demetrio de los Ríos, los individuos de la Comisión Provincial de Monumentos de León y el Presbítero de la Catedral. Academia de Bellas Artes de San Fernando. Asuntos y estado actual de las vidrieras existentes en la Catedral de León. Ponente Antonio Ruiz de Salces. Madrid, 4 de marzo de 1889. B.A.S.F. Madrid, 1889; t.IX; n°85; pp.144-148.

 

33  Desconozco la localización de esta relación, si bien su contenido se puede consultar a través del informe de la Academia de San Fernando de 14 de mayo de 1891. A.G.A. (E. y C.), C.8.055, Lg.8.842. Según este informe, la relación estaba firmada por Nicolás Miranda como Arcediano, Clemente Bolinaga, Canónigo en representación del Prelado, el Cabildo de la Catedral y Demetrio de los Ríos como Arquitecto director.

 

34 Informe de la Academia de San Fernando. Madrid, 14 de mayo de 1891. A.G.A. (E. y C.), C.8.055, Lg.8.842.

 

35  Juan Bautista LÁZARO, Proyecto de reposición de las vidrieras antiguas en la zona de la nave alta. León, 28 de agosto de 1894. A.G.A. (E. y C.), C.8.066, Lg.8.849, Exp.n°3.

 

36el Obispo de León al Director General de Instrucción Pública. A.G.A. (E. y C.), C.8.055, Lg.8.842.

 

37 Informe de la Junta de Construcciones Civiles. Madrid, 26 de octubre de 1894. Informe de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid, 29 de marzo de 1895. A.G.A. (E. y C.), C.8.055, Lg.8.842.

 

38  Bajo la supervisión de Joaquín Fesser, Director del Centro Editorial Artístico, se reprodujeron litográfica-mente los trabajos presentados por Lázaro en una publicación titulada La Exposición Nacional de 1897. Al año siguiente, Lázaro publicó dos artículos sobre los trabajos de vidriería: Juan Bautista lázaro, "El arte de la vidriería en España". R.A. Madrid, febrero y abril de 1898, t.XXV.

 

39  Juan Bautista LÁZARO, Proyecto de vidrieras pintadas. León, 27 de abril de 1898. A.G.A. (E. y C.), C.8.065, Lg.8.849, Exp.n°1.

 

40  Véase especialmente Juan Eloy DÍAZ-JIMÉNEZ. Catedral de León. El retablo. Madrid, 1907.

 

41 Véase VI,4.

 

42  Entre estos últimos artículos mencionados de difusión nacional destacaron los siguientes, Vicente LAMPEREZ Y ROMEA, La restauración de la Catedral de León. A.C. Barcelona, 8 de enero de 1901; t.V; n°93; pp.6-15; 23 de enero de 1901; t.V; n°94; pp.27-30 y 8 de febrero de 1901; t.V; n°95; pp.44-48. Del mismo Vicente LAMPÉREZ, La Catedral de León y su restauración. LLE.A. Madrid, 8 de junio de 1901; t.XLV; n°21; pp.339-345. Luis M° CABELLO LAPIEDRA, Crónica mensual de Bellas Artes y Artes aplicadas. A.C. Barcelona, 23 de junio de 1901; t.V; n°104; pp.187-189. José TORRES ARGULLOL, Crónica mensual del Arte arquitectónico. A.C. Barcelona, 8 de julio de 1901; t.V; n°105; pp.198-202; 23 de septiembre de 1901; t.V; n°110; pp.278-286.