“La primera circunstancia que debe tener todo Arquitecto, puesto al frente de una restauración, es respeto profundo a lo hecho por todos los artistas de otros
tiempos, sus antecesores; y subrayamos el todos, porque si algo bueno hay en el
criterio de la época presente, es el creer que en todas las escuelas y en todos
los tiempos ha habido mucho que admirar y no poco en que aprender y algo que
rechazar”.
Juan Bautista Lázaro, “El criterio artístico”. Revista de la Sociedad Central de
Arquitectos. Madrid, octubre de 1884; t.X; p.202.
1) JUAN BAUTISTA LÁZARO: UN NUEVO PLANTEAMIENTO EN TORNO AL TRATAMIENTO DE
LOS MONUMENTOS.
Con la muerte de Demetrio de los Ríos y Serrano, otra interesantísima y
prolífica personalidad se vinculó a las obras de restauración de la catedral de
León. Juan Bautista Lázaro de Diego (1849-1919) gobernó los trabajos de
restauración en su recta final, hasta la reapertura solemne y oficial de la
catedral el año de 1901. Sin embargo, más allá de esta fecha los proyectos de
restauración continuaron, tanto por el propio Lázaro como por su ayudante y
futuro arquitecto de la Catedral, Juan Crisóstomo Torbado, llegando hasta
nuestros días la inevitable y constante “conservación” de un edificio de
estructura tan delicada como la catedral de León. Todas las labores efectuadas
en la Catedral durante este período estuvieron presididas por el criterio de
conservación que Juan Bautista Lázaro se esforzó por introducir como nuevo
concepto rector y principio dominante en las intervenciones sobre el Patrimonio
arquitectónico. Esta será una de las facetas más interesantes de su pensamiento
y donde comienzan a apreciarse con claridad las marcadas diferencias que le
separan de su antecesor Demetrio de los Ríos. Pero el atractivo perfil
profesional de Juan Bautista Lázaro, aún pendiente de un estudio monográfico,
muestra interesantes rasgos que apuntan hacia una superación del peso
tradicional de la formación académica, tanto en la teoría restauradora en
particular, como en la teoría arquitectónica en general.
Juan Bautista Lázaro nació en León el año 1849, de decidida vocación artística,
ingresó en la Escuela de Arquitectura de Madrid donde obtuvo el título en 1874
1. Al año siguiente de su titulación, alcanzó el puesto de arquitecto municipal
de Ávila, donde, poco después fue nombrado arquitecto diocesano, cargo que
igualmente desempeñó en la diócesis de Toledo:
En su producción arquitectónica, Juan Bautista Lázaro se manifestó como un
inteligente seguidor de las enseñanzas contenidas en el pensamiento racionalista
de Juan de Madrazo. Javier Hernando ha definido las líneas fundamentales de su
planteamiento arquitectónico en varias facetas que se aúnan felizmente en el
arquitecto leonés 2: como
“sistematizador final de la arquitectura de ladrillo
en su vertiente casticista y artesanal”, supo encontrar en este material un
componente adecuado para un método que le permitía exponer con claridad la
racionalidad del proceso constructivo. Sin embargo, el uso del ladrillo
permanece atado en Lázaro al recubrimiento formal con el ropaje historicista,
aún cuando siempre estuvo interesado en subrayar el uso de material de acuerdo
con sus características propias -su “sinceridad” constructiva-, sin llegar a una
utilización “expresiva” del ladrillo, como derivaría en la obra de los
modernistas catalanes. A este interés por la arquitectura de ladrillo -y en
perfecta coherencia- hay que sumar una marcada tendencia por el racionalismo medievalista, bien como
procedimiento de proyecto o bien como lo que podríamos llamar
“método de
análisis histórico-propedéutico”, cosa bastante obvia en un arquitecto como
Lázaro que tan ricas enseñanzas supo extraer de la admiración que profesaba por
Juan de Madrazo: el “racionalismo-funcionalista” presente, como vimos, en la
“lectura” del edificio medieval realizada por Madrazo era uno de esos principios
“suprahistóricos” que Lázaro interpretó a través del ladrillo con unas formas
más o menos historicistas, aún cuando en ciertas ocasiones llegara a
prácticamente superar este lenguaje historicista, como ocurre en su Colegio de
San Diego y San Nicolás, próximo a diluir las formas históricas en
“un modelo
radicalmente funcional”
3. No obstante, Lázaro, pese a esta interesante
tendencia por llegar hasta la depuración -o incluso disolución- del lenguaje
historicista, cabe decir que por lo general permaneció dentro de los límites del
compromiso con las formas de la tradición histórica, lo que no invalida ni mucho
menos el indiscutible interés de su propuesta metodológica. En este sentido,
desde este arriesgado desenmascaramiento de la arquitectura del Colegio de San
Diego de 1903, Lázaro nos ofrece también edificios de un marcado y desbordante
eclecticismo, como la iglesia de la Milagrosa (1900), u otros, como el convento
de las Concepcionistas (1885), también en Madrid, donde el carácter neogótico de
una de sus fachadas, se conjuga con una mayor severidad en el tratamiento del
resto de sus lienzos exteriores 4.
En su período más fructífero, comprendido entre 1885 y 1908, Juan Bautista
Lázaro profundizó en las técnicas constructivas, como la bóveda tabicada, que
fue uno de los procedimientos de construcción de bóvedas que el modernismo
catalán incorporó plenamente a su repertorio, lo mismo que también Lázaro,
dentro de esta preocupación por el abovedamiento, cubrió el Panteón de los
Condes de Villapadierna con una singular bóveda de crucería que en lugar de la
liviana plementería sostenía grandes losas graníticas similares a las del
pavimento de la capilla 5. La derivación y profundización de un
“principio”
contenido en la arquitectura gótica era “interpretado” de manera libre y
novedosa por Lázaro.
Este breve recorrido por alguna de las aportaciones de Juan Bautista Lázaro nos
muestra un arquitecto inquieto por considerar la historia más como una fuente de
permanente reflexión que como una panacea para obtener cómodas soluciones. La
penetración en la comprensión de los procedimientos constructivos, con la
clarividente expresión de las estructuras o esqueletos de sillería 6, la
utilización de los materiales de acuerdo con su intrínseca naturaleza y el
interés por las técnicas constructivas, llevan a Juan Bautista Lázaro a situarse
en los ejes de la reflexión planteados por el racionalismo de Viollet-le-Duc
para extraer interesantes propuestas de renovación.
Otro componente notable de la
trayectoria de Juan Bautista Lázaro reside en el interés que otorgó a las artes
industriales, punto éste que, como señala Hernando, le sitúa de nuevo en una
dimensión paralela a las inquietudes del
modernismo catalán. Precisamente esta faceta será su más destacada aportación al
proceso de restauración de la catedral de León: después de los amplios proyectos
de restauraciones de cantería llevados a cabo por Demetrio de los Ríos, el
edificio quedaba aún pendiente de la ejecución de las restauraciones llamadas
por Ríos de complemento; fue en este tipo de trabajos donde se incluían la
reposición, reparación y reconstrucción de las vidrieras como labores de mayor
envergadura y en las que Lázaro se mostró como un consumado experto en esta
etapa terminal de la restauración y recta final del propio semblante
arquitectónico de Juan Bautista Lázaro.
Toda esta intensa actividad está atravesada por una constante preocupación por
las restauraciones de edificios medievales. Tanto en sus trabajos desempeñados
como arquitecto restaurador del Estado, como en los artículos que publicó al
pronunciarse sobre los principios que debían gobernar las restauraciones, Lázaro
demostró un interesante y moderno juicio crítico en esta materia que lleva a
detenerse brevemente en reproducir algunos de sus argumentos.
Juan Bautista Lázaro, como apuntábamos más arriba, asumió plenamente la vigorosa
defensa de la conservación frente a la restauración, tal como la entendió y
practicó Demetrio de los Ríos, como representante destacado de buena parte de los arquitectos del momento
7. Lázaro
condenó radicalmente las intervenciones sistemáticas en busca de la
“unidad de
estilo” y la consiguiente alteración del monumento:
“la piqueta -decía
expresivamente Lázaro- es una herramienta que el buen restaurador debe tener
guardada bajo siete llaves”. Esta frase resume por sí sola su posición ante la
intervención en los edificios históricos.
Estas declaraciones de Lázaro, contenidas en varios artículos publicados en
torno a 1884, surgían en un momento especialmente oportuno: el interés mostrado
por el Estado en la recuperación de los monumentos medievales desde finales de
la década anterior había provocado la tramitación de un importante número de
expedientes de restauración que habían sido encargados a arquitectos bastante
dispares sin que existiera una homogeneidad de criterios a la hora de
enfrentarse a la restauración, con los consiguientes peligros que de ello
resultaba por las posibles alteraciones de los edificios por la mano de la
euforia renovadora de algunos arquitectos. Esta es la situación que exponía
Lázaro en un artículo publicado en julio de 1883 8: pese a los
“progresos en
cuanto a restauraciones”, debidos al empleo de procedimientos técnicos más
avanzados, y pese a que “se ha reconocido
como un axioma que en las producciones antiguas se deje intacto o se conserve lo
más posible de lo que el autor hiciera”, no obstante, Lázaro detectaba cómo este
“axioma” en realidad no era
tan universalmente aplicado. La falta de clarificación de criterios comenzaba
por el nombramiento del arquitecto restaurador que no estaba sujeto más que
“al
capricho del ministro”, decía Lázaro. En este artículo solicitaba una mayor
clarificación profesional para desempeñar unas operaciones que tan graves
consecuencias podían acarrear, con la expresa petición de la
“creación de un
cuerpo de arquitectos restauradores”. Vemos cómo esta cuestión preocupaba
considerablemente por estos años, pues el mismo Ríos solicitó también la
creación de una cátedra de restauración de monumentos en la Escuela de
Arquitectura donde se debatieran los principios teóricos y los medios prácticos
con los que debían contarse frente a la intervención en un monumento. Lázaro
insistió en incorporar a las aulas el debate sobre la restauración, demandando
que “con este fin se cree una verdadera
especialidad dentro de la carrera del arquitecto”.
Sin embargo, es de suponer que la orientación de esta añorada cátedra de
restauración hubiera marcado líneas teóricas de signo muy distinto según el
arquitecto que la hubiera regentado. Por eso, un año más tarde, en septiembre de
1884, Juan Bautista Lázaro se esforzó en clarificar cuál debía ser el con-torno
de aplicación de la restauración arquitectónica. Su posición quedó claramente
definida a propósito de un debate concentrado sobre las intervenciones que por
estas fechas se proyectaban para la Basílica de San Vicente de Ávila y que
suscitaron una interesante polémica que alcanzó una amplia difusión.
La Basílica de los Santos Mártires de Ávila, después de unos primeros trabajos
dirigidos por Andrés Hernández Callejo, fue declarada Monumento Nacional el 26
de julio de 1882: a partir de entonces se abrió una nueva etapa que abarcó la
restauración integral del templo 9. Entre los numerosos proyectos elaborados
interesa señalar la propuesta de demolición del pórtico de la fachada
meridional, planteada por el arquitecto Vicente Miranda en un proyecto firmado
el 14 de febrero de 1884. Juan Bautista Lázaro conocía bien tanto el edificio
como los proyectos formados por Miranda, debido a su actividad en Ávila como
arquitecto municipal y diocesano, ciudad donde también realizó interesantes
trabajos de restauración, como los efectuados en la iglesia de Santo Tomás y en
la reparación de parte de las murallas 10. Lázaro fue el más decidido
antagonista al derribo del pórtico de la Basílica de San Vicente. El proyecto de
Vicente Miranda fue rechazado por la Academia de San Fernando en su informe de 6
de mayo de 1884, por considerar que si bien el pórtico era de época posterior y
contradecía la "unidad de estilo" del edificio con sus formas, no obstante debía
conservarse como vestigio importante de una etapa de su historia. Lázaro
aplaudió esta decisión que provocó numerosos comentarios. Según refiere el
arquitecto Marín Baldo, esta decisión de la Academia fue discutida en los
salones de la Sociedad Central de Arquitectos, de la que Lázaro era Presidente
11. La mayoría de los arquitectos
discrepaban de la decisión contenida en el informe académico y eran partidarios
de la demolición planteada por Vicente Miranda, mientras que sólo Lázaro
defendió el dictamen de la Academia. Después de estas controversias, Marín Baldo
y el también arquitecto Joaquín de la Concha se encontraron con Juan Bautista
Lázaro en Ávila delante del pórtico de la Basílica de San Vicente; nuevamente se
discutió sobre la conveniencia del derribo sin llegarse a una solución debido a
la exclusión de criterios.
Esta polémica fue la que motivó a Juan Bautista Lázaro a comenzar a publicar en
esos meses una serie de artículos en la Revista de la Sociedad Central de
Arquitectos sobre los principios de intervención arquitectónica que tituló
“El criterio artístico”. El primero de estos artículos apareció el 10 de septiembre
de 1884 y en él Lázaro lamentaba la falta de “criterio fijo” en las
restauraciones, subrayando “las
responsabilidades y compromisos de todo género”
que resultaban de estas delicadas operaciones, para concluir con las siguientes
palabras 12:
“Y es un hecho evidente y doloroso; pero sería inútil ocultarlo, que en gran
parte de las restauraciones emprendidas hay no poco que censurar y mucho que
temer”.
Estos “temores” habían sido expresados de manera general sin concretar Lázaro
cuáles eran las imprudentes restauraciones que a su juicio se venían realizando.
En el segundo artículo del mes de octubre, Lázaro expresó claramente su repulsa
a la piqueta, como ya dijimos, lo que suponía una oposición frontal a las
alteraciones y derribos que se estaban realizando en algunos edificios en busca
de recrear“monumentos pulidos, completos y
rigurosamente ajustados a un estilo” 13.
Sin embargo, era evidente que estas críticas de Lázaro tenían como referente las
discusiones suscitadas en el seno de la Sociedad Central de Arquitectos sobre la
demolición del pórtico de San Vicente. Así lo entendió Marín Baldo y en
consecuencia escribió su artículo también titulado
“El criterio artístico” donde
respondía a las acusaciones de Lázaro. Marín Baldo se apoyó en las teorías de J.L. Schmith, Inspector de monumentos religiosos en Francia, que contemplaban la
posibilidad de “restituir el edificio a su
estado primitivo, en su aspecto general y en decoración”, lo que conducía a defender la propuesta de derribo del
pórtico planteada por Vicente Miranda: aunque aceptaba como punto de partida la
necesidad de conservar todo el edificio, Marín Baldo, al igual que Demetrio de
los Ríos, opinaba que “esta tesis no puede aceptarse como absoluta”, con el
consentimiento de ciertos derribos “en que
hay que deshacer lo que fue mal hecho”. Lázaro respondió a su vez a Baldo con la afirmación de la imposición de
un nuevo planteamiento en tomo a los monumentos que se estaba introduciendo en
Europa y que relegaba esta “unidad” frente al
“valor testimonial” del monumento;
estas palabras de Lázaro merecen reproducirse puesto que marcan el comienzo en
España de una nueva concepción de la intervención arquitectónica 14:
“entiendo que los más eminentes arqueólogos pecan del gravísimo error de no ver
más que formas en los edificios, y por tanto sus juicios resultan equivocados y
deben rechazarse hoy, que los estudios llevan otro camino”.
El último de los artículos de Lázaro era un llamamiento a la
“humildad artística” del arquitecto restaurador,
“humildad”
“que consiste en deponer nuestras propias
opiniones ante lo que el monumento es y significa”
15. El
pórtico de la Basílica de San Vicente se salvó de su destrucción ante esta
encendida defensa de Juan Bautista Lázaro, pues aunque el informe de la Academia
de San Fernando había rechazado el proyecto de Vicente Miranda, el sucesor de
éste en la restauración, Enrique Me Repullés y
Vargas, pensó en una solución de compromiso que contemplaba la demolición
parcial del pórtico que fue también rechazada por la institución académica
16.
Juan Bautista Lázaro había contribuido poderosamente a la afirmación del
criterio de conservación a través de esta sonada y difundida discusión; vimos
cómo Demetrio de los Ríos se vio obligado a argumentar cada vez con mayor
necesidad los proyectos de “restauraciones parciales” de la catedral de León;
del mismo modo, sus duras observaciones hicieron reflexionar seriamente a la
Academia y a los arquitectos sobre la trascendencia de las decisiones que habían
de adoptarse frente al monumento sometido a restauración. La posición de Lázaro
en esta década de 1880 estaba en conexión con las propuestas de conservación que
tuvieron en Camilo Boito, como vimos, a su máximo representante; pero
coincidente Lázaro en la “acción mínima” postulada por el italiano, no llegó a
afirmar el criterio de “notoriedad moderna” que presidirá la doctrina de
conservación de monumentos durante el siglo XX.
Juan Bautista Lázaro alcanzaba a finales de la década de 1880 una consolidada
reputación en el campo de la restauración y como arquitecto en general. Los
siguientes diez años estuvo vinculado a la restauración de la catedral de León,
trabajos con los que alcanzó un gran renombre. Lázaro conocía bien la catedral
de León y su restauración como dejó de manifiesto en las conferencias
pronunciadas en la Sociedad Central de Arquitectos y que fueron publicadas en
1886 17. En su recorrido histórico por la Catedral se detuvo especialmente en la
restauración y sobre todo en la intervención de Juan de Madrazo, donde no ocultó
su admiración por sus proyectos, con la exposición completa de los
“principios
racionales” de la arquitectura gótica. Este conocimiento detenido de la catedral
leonesa y su autoridad en materia de restauración arquitectónica le llevó a ser
nombrado miembro de la Comisión inspectora extraordinaria nombrada por Real
Orden de 19 de septiembre de 1887 para informar sobre el estado del edificio
tras los trabajos realizados por Demetrio de los Ríos 18. Fallecido Demetrio de
los Ríos a finales de enero de 1892, fue propuesto como sucesor para la
dirección de la restauración el sobrino del arquitecto andaluz, Ramiro Amador de
los Ríos que se ocupó de las obras durante pocos meses hasta el nombra-miento
definitivo de Juan Bautista Lázaro en junio de 1892.
En la etapa que permaneció al frente de las obras de la catedral de León, Lázaro
se ocupó fundamentalmente, como anunciamos más arriba, de los trabajos
concentrados en las vidrieras. La repercusión nacional del taller que organizó
en León y su profundización en el arte de la vidriería le llevó a ser nombrado
Académico de San Fernando el 16 de diciembre de 1908, donde ingresó con un
discurso sobre Las artes decorativas, fruto de su experiencia acumulada en León,
que fue contestado por Enrique Mª Repullés y Vargas 19.
Juan Bautista Lázaro sufrió un proceso de enajenación mental desde el año 1907
que fue empeorando progresivamente hasta ser internado en el Sanatorio de San
José en febrero de 1908. Sus proyectos fueron continuados por sus colaboradores,
como Narciso Clavería y Rafael Martínez Zapatero, mientras que en la catedral de
León le relevó su ayudante Juan Crisóstomo Torbado. El 20 de diciembre de 1919
falleció Juan Bautista Lázaro.
La actividad de Lázaro será estudiada en las siguientes líneas en dos
aspectos fundamentales: en primer lugar a partir de sus proyectos de
“restauración-conservación” de cantería que completaron las restauraciones de
Demetrio de los Ríos; en este apartado saltaremos los límites cronológicos
marcados por esa fecha final de 1901 y nos adentraremos en los primeros decenios
del siglo XX, tanto para consignar algún proyecto del propio Lázaro, como para
referir algunas de las obras de restauración realizadas por Juan Crisóstomo Torbado, aún cuando no se pretenda hacer un estudio sistemático de estas últimas20. El segundo bloque temático está presidido por las vidrieras, si bien
adelanto que no se realiza un estudio exhaustivo. de las mismas porque estos
trabajos presentan una problemática especial y requerirían un estudio
monográfico especial que superaría ampliamente los límites del presente trabajo,
por lo que las vidrieras serán únicamente consideradas en el interior del
proceso de restauración arquitectónica.
2) LOS PROYECTOS DE JUAN BAUTISTA LÁZARO.
Algunas de las primeras intervenciones de Juan Bautista Lázaro en la catedral de
León las hemos visto ya en relación con proyectos que había dejado incompletos
Demetrio de los Ríos. El proyecto que estaba formando Ríos en los meses finales
de 1891 para el traslado del coro señalaba ya este nuevo concepto que introducía
Lázaro en las obras de restauración: su oposición a alterar y modificar el
edificio le llevó a desestimar la propuesta de traslado de Demetrio de los Ríos,
a pesar del considerable respaldo popular con que contaba esta sugerencia.
Este criterio que había afirmado polémicamente a través de los artículos
publicados y que vimos aplicado al caso del traslado del coro, será el que
presida los proyectos formulados para la Catedral, si bien en algunas ocasiones
se pasará de la conservación a la restauración, debido a las circunstancias
concretas de la intervención.
Cuando llegó Lázaro a ocuparse de las obras de restauración, aún se encontraban
sin terminar algunos de los trabajos que había dejado iniciados Demetrio de los
Ríos. El remate del hastial occidental, la solución del problema del coro y la
terminación de la pavimentación de la Catedral fueron las labores por donde
comenzó Juan Bautista Lázaro su intervención 21. El pavimento de la Catedral
quedó detenido en la nave central a la espera de una solución definitiva sobre
el emplazamiento del coro, el hastial occidental se remató en mayo de 1893 y en
julio de 1892 dio comienzo el proceso de descimbre de la nave mayor en los
últimos tramos de bóvedas hacia los pies, al tiempo que se realizaron algunas
reparaciones parciales que aún no se habían acometido en la Silla de la Reina y
en la fachada meridional. Los proyectos formados por Lázaro y continuados por Torbado extendieron la restauración hacia aquellas zonas que todavía presentaban
serios problemas y requerían proyectos especiales, aunque de menor magnitud que
los realizados hasta el momento.
- Cubiertas y desagües de las naves laterales.
Durante el último año al frente de las obras de restauración, Demetrio de los
Ríos dejó realizadas ciertas reparaciones en el trasdós de las bóvedas de las
naves bajas, junto con un embarronado de hierro, tareas éstas que no habían sido
consignadas en ningún presupuesto. Juan Bautista Lázaro continuó la restauración
de estas naves bajas con la elaboración de un proyecto para dotar de los
desagües necesarios a esta altura del edificio y al mismo tiempo rematar algunas
obras necesarias que aún no se habían contemplado en proyectos anteriores 22.
La canalización de los desagües de las naves bajas suponía continuar unos
trabajos que Demetrio de los Ríos había comenzado a la altura de las naves
superiores 23. El repaso total del sistema de evacuación de las aguas era, como
vimos, una función imprescindible en el sistema constructivo gótico. Juan
Bautista Lázaro extendió las limas por la parte superior de todos los arcos
fajones de las naves laterales y de la girola con el desagüe en los
contrafuertes exteriores, como puede verse en la planta trazada a la altura de
la parte superior de las naves bajas (fig.122). Para extender estos canales fue
preciso reparar previamente los arcos y enjutas de los arcos fajones que
soportaban estas limas, puesto que desde que se modificaron las cubiertas en el
siglo XVII no se habían reparado y estaban abandonados por completo (fig.122).
Un asunto que había quedado pendiente era la reposición de la cubierta de la
Catedral. Juan Bautista Lázaro propuso en este proyecto rehacer la cubierta de
estas naves laterales del templo, trabajos que eran imprescindibles puesto que,
como vimos, la cubierta extendida sobre estas naves era a una sola vertiente y
cerraba por completo la galería del triforio. La pronta reposición de las
vidrieras en el triforio requería previamente la transformación de la cubierta
exterior. Para cubrir estas naves bajas Lázaro rechazó desde el primer momento
la cubierta a una sola vertiente:
“La cubierta a una sola agua de las naves bajas no sólo oculta los vanos del
triforio, que parece se practicaron para estar descubiertos, sino que en el
extremo de las partes rectas va a acometer contra los salientes de las torres,
produciendo allí limas de difícil desagüe”.
En sustitución de esta cubierta propuso Lázaro dos soluciones: la supuesta
cubierta primitiva a dos aguas o bien la cubierta en pabellones independientes
para cada tramo. Aunque se inclinaba por esta última, la realización de la
cubierta actual modificó algún tanto sus primeras intenciones.
Este proyecto de octubre de 1892 incluía también algunas obras de restauraciones
parciales que faltaban por ejecutarse. En primer lugar los antepechos de
coronación exterior de los que aún carecía el edificio en diversos puntos de las
naves altas y bajas, en la terraza sobre el pórtico sur y anditos al nivel del
arranque de las ventanas altas en el brazo meridional y en el septentrional
(fig.122). Con la misma intencionalidad se incluyó asimismo la terminación de
dos tramos de cornisa correspondientes a las naves bajas del sur. Estas labores
retomaban los trazados realizados años antes por Demetrio de los Ríos para estas
partes del edificio, como puede observarse en los detalles de la hoja de planos
de Juan Bautista Lázaro (fig.122).
Años más tarde, en 1899, Juan Bautista Lázaro realizó un brevísimo Proyecto de
restauraciones exteriores con la idea de ultimar obras de índole diversa para
poder inaugurar el edificio como de hecho se realizó dos años más tarde 24. Obras
de remate como las labores escultóricas en el pórtico meridional, las arcaturas
decorativas en el zócalo de la Puerta de la Muerte, la reparación del pavimento
por este costado sur, tan deterioradas las losas como estaban después de las
enormes carpinterías que sostuvieron para reedificar la fachada, y ciertas
reposiciones de puertas y canceles, junto con otros detalles menores integraban
este proyecto de complemento para la apertura definitiva del templo. Sin
embargo, como dijimos más arriba, los proyectos continuaron con posterioridad a
la solemne inauguración.
- Restauración de la torre de las campanas.
Una de las últimas intervenciones de
Juan Bautista Lázaro en la catedral de León fue la restauración de la torre
llamada de las campanas, es decir, la torre situada al norte flanqueando la
fachada principal de la catedral de León. Esta torre presentaba deterioros
considerables concentrados en la escalera de caracol interior y en la
descomposición de los sillares del cuerpo superior de ventanas que requirieron
la formación de un proyecto por Lázaro el año de 1906 25.
Demetrio de los Ríos observó ya la gravedad e inestabilidad de esta torre
septentrional. La intensidad del trabajo acumulado a lo largo de los años
impidió a Ríos formular un proyecto especial de restauración para esta torre: la
solución de Demetrio de los Ríos fue puramente preventiva en espera de poder
llevar a cabo la restauración integral de esta descompuesta torre; para ello
aplicó unos atirantados de hierro y emparrillados de vigas a la altura de las
ventanas altas con carácter provisional y con la intención de contener los
movimientos, tal como puede verse en las plantas trazadas por Juan Bautista
Lázaro
(fig.123).
Los deterioros comenzaban por la escalera de caracol que daba acceso a los
cuerpos superiores de la torre; el uso constante de esta escalera y el poco
espesor de sus muros impedían utilizar medios preventivos provisionales como
cinchos, tirantes o engrapados. Además, la ruina se acentuaba por momentos, lo
que era especialmente peligroso debido a las consabidas funciones de
contrarresto que ejerce esta torrecilla de caracol, casi en contacto directo con
las naves de la Catedral (fig.124).
La reparación completa de esta escalera se realizó por medio de la sustitución
de sillares en toda su altura y la consolidación de sus muros.
Los paramentos y ventanas de esta
torre norte presentaban un distinto estado de conservación según la zona que se
tratara en los distintos niveles de altura de los cuatro cuerpos superpuestos
que conforman la torre.
El nivel inferior correspondiente a la capilla de San Juan de la Regla, sólo
presentaba ligeros des-perfectos en los paramentos exteriores que para nada
afectaban a la estabilidad general de la torre, mientras que por el interior
presentaba un óptimo estado, no sólo en los muros sino también en la bóveda de
crucería simple que cubre la capilla.
El segundo cuerpo, o cuerpo intermedio, está formado por una espaciosa estancia
de escasa iluminación que fue empleada como almacén para guardar los vidrios
desmontados. Su estado de muros y bóveda era prácticamente igual al de la
capilla inferior, es decir, sin apenas más daños que ligeros desperfectos
exteriores.
El cuerpo de luces formado por dos líneas de huecos de ventanas presentaba
signos claros de un deterioro considerable. A pesar del atirantado aplicado por
Demetrio de los Ríos, continuaban manifestándose desórdenes y movimientos en los
huecos altos: las dovelas habían perdido sus asientos, lo que provocó el
movimiento y descomposición de las tres hiladas superiores de sobrecarga. Lázaro
acudió de inmediato a reforzar con cimbras estas ventanas por los lados oriental
y meridional para evitar el derrumbe de estos sillares (fig.125 y fots.29 y 30).
El cuerpo de cubierta, constituido por la pirámide de base octogonal, requería
asimismo sustitución de sillares en cada uno de sus ocho lados y en el antepecho
calado, tal como reproducía detalladamente Lázaro en la proyección horizontal
de este remate de la torre (fig.124).
La operación más arriesgada era la sustitución de sillares en los huecos altos
de las ventanas, puesto que estos arcos debieron sostenerse con cimbras,
desmontarse por puntos, para ser posteriormente rehechos de nuevo.
Esta “reparación” realizada por Juan Bautista Lázaro era una continuación de los
proyectos de restauraciones parciales emprendidos por Demetrio de los Ríos que
consistía fundamentalmente en la restauración por reposición de sillares
deteriorados por otros de nueva labra. Incluimos a continuación los proyectos de
reparación del claustro elaborados por Juan Crisóstomo Torbado en las primeras
décadas del siglo XX, por continuar una de las propuestas que ya habían sido
apuntadas por Juan Bautista Lázaro.
- Pavimentación y reparación del claustro por Juan C. Torbado.
Juan Crisóstomo Torbado, fiel continuador de los criterios de restauración que
aprendió al lado de Juan Bautista Lázaro, ocupó largos años el puesto de
Arquitecto de la catedral de León. Las obras de restauración ya habían sido
clausuradas, aunque la constante atención requerida por el edificio le llevó a
formular numerosos proyectos de conservación y reparación de estructuras y
elementos decorativos. Entre todos estos proyectos fijaremos la atención
solamente en algunos aspectos complementarios de las obras de restauración
emprendidas en el siglo XIX, objeto específico de este estudio.
La reposición del pavimento del claustro de la Catedral era un trabajo que
completaba la pavimentación total del edificio, emprendida, como vimos, por
Demetrio de los Ríos. Este pavimento debía extenderse por el claustro y atrio exterior donde también se encontraba
deteriorado. Juan C. Torbado realizó estas labores después de varios años de
demoras e interrupciones.
La reparación y reposición del pavimento del claustro catedralicio fue reanudada
a partir de un proyecto firmado el 17 de septiembre de 1926, aún cuando este
proyecto, como apuntaba Torbado, llevaba “muchos años interrumpido, por causas
ajenas a nuestra voluntad”
26. El procedimiento de pavimentación era
prácticamente el mismo que se utilizó para el interior de la Catedral: consistió
en la extensión de una capa de hormigón de veinte centímetros de espesor que
servía de base para el asiento de las losas que se colocaron por hiladas tal
como se observa en la planta del enlosado (fig.126). Para facilitar el desagüe
de este “patio” se dispusieron varios canales que convergían en el sumidero
central con comunicación directa con un colector que evacuaba las aguas al
exterior; esta canalización requirió elevar el nivel del suelo del claustro
catedralicio (fot.31).
En este mismo proyecto se incluyeron diversas obras que completaban la
restauración del claustro: en los cuatro contrafuertes angulares se repusieron
las gárgolas voladizas de piedra que habían sido provisionalmente sustituidas
por canalones de cinc; del mismo modo se reparó, y en algunos casos se sustituyó
parcialmente, la cornisa del claustro y, por último, se acondicionó todo este
espacio para la exposición de las torrecillas de remate de la antigua fachada
principal que habían sido desmontadas por Demetrio de los Ríos. Esta operación
era consecuente con la idea de Juan C. Torbado de crear un museo de las obras de
restauración de la catedral de León.
La fachada exterior del claustro fue reparada varios años más tarde, en 1933 27.
Este lienzo de fachada se encontraba en un estado bastante lastimoso, como se
desprende del alzado levantado por Juan C. Torbado (fig.127): reformado con
diferentes tapamentos y aperturas de huecos, había sufrido también este
paramento varios revoques que se habían desprendido hacía tiempo y otros
presentaban una descomposición progresiva. Varias denuncias se formularon ante
el peligroso estado de este paramento, hasta que finalmente fue reparado por
Juan C. Torbado. La intervención se redujo a picar los distintos revoques hasta
dejar al descubierto las distintas clases de fábrica que integran la fachada,
para reparar el muro y también se desmontó la cornisa de madera que puede
apreciarse en el plano de Torbado, de gusto clásico, que se encontraba en mal
estado, para dejar libre el primitivo alero que corría por debajo de esta
cornisa.
Las intervenciones de Juan Crisóstomo Torbado, como ya apuntamos, fueron
numerosas; trabajos de conservación, saneamiento, protección y reparación de
vidrieras, reparaciones en la torre del reloj, en las cubiertas, limpieza de
gárgolas, retejo general de cubiertas, reparaciones en las verjas, pavimentación
del atrio, y un largo etcétera, fueron emprendidos a través de los numerosos
proyectos formulados por el arquitecto Torbado. Estas operaciones llegan hasta
nuestros días en la obligada y constante supervisión del templo mayor leonés. Su
estudio sobrepasaría los límites propuestos para este trabajo, tanto
cronológicos, como sobre todo “conceptuales”, puesto que aquí se han tratado de
incluir especialmente las obras de restauración tal como fueron entendidas en el
siglo XIX. Esta naturaleza de los proyectos decimonónicos nos llevará de nuevo a
traspasar ese año de 1901 en el capítulo que cierra estas páginas al tratar el
problema del “aislamiento” de la catedral de León, corolario de la restauración
iniciada en el año de 1859.
* * *
3) LAS VIDRIERAS EN EL PROCESO DE RESTAURACIÓN ARQUITECTÓNICA.
La reposición, reparación y restauración de la inmensa superficie de vidrieras
de la catedral de León fue una preocupación constante a lo largo del proceso de
restauración. La magnitud que alcanzaron las obras de reconstrucción y
consolidación estrictamente arquitectónicas -afectas a la estructura del edificio- fueron demorando estos trabajos de vidriería, dependientes de la previa
consolidación estructural del templo y de la refección de la tracería de las
ventanas donde debían instalarse los vidrios antiguos, una vez reparados, y las
vidrieras de nueva factura para aquellos huecos carentes de cerramientos
vítreos.
La restauración de las vidrieras de la catedral de León alcanzó tal dimensión e
importancia que requeriría un estudio monográfico especial, tanto por su
magnitud como por el método de análisis -iconográfico, proceso técnico,
relación detallada de cada panel, comparaciones con otros trabajos similares en
Europa, y un largo etcétera- que supondría exceder con creces los límites del
presente estudio. Ahora bien, la referencia a estos trascendentales trabajos de
vidriería tampoco puede pasarse por alto al hablar sobre la restauración de la
catedral de León, pues son parte importantísima del proceso iniciado en 1859.
Por todo ello, y centrándome en ese enfoque arquitectónico-constructivo, trataré
de llegar a una solución de compromiso en donde estos trabajos se enmarquen en
el proceso de restauración arquitectónica como dimensión privilegiada 26 bis.
Al iniciarse los desmontes y la restauración integral del templo, las vidrieras
que permanecían en los huecos de las ventanas fueron desmontadas y almacenadas
en el cuerpo intermedio de la torre norte de la Catedral, en espera de poder
volver a montarse los vidrios. Matías Laviña ya inició las primeras gestiones
para restaurar las vidrieras. El problema no sólo estribaba en la reposición y
reparación de los vidrios antiguos, sino que las dificultades aumentaban ante la
considerable cantidad de vidrieras que debían trazarse para aquellos ventanales
que, o bien nunca habían sido provistos de vidrios, o bien éstos se habían
perdido irremediablemente. Debido a los graves problemas de estabilidad
arrastrados por la catedral leonesa, todas las ventanas de la galería del
triforio, numerosas de las ventanas bajas y algunos huecos de los ventanales
superiores habían sido tapiados con adobe. Con la restauración integral del
templo estos huecos volvieron a abrirse en espera de poder cerrarse con vidrios
de nueva factura.
Matías Laviña, en un oficio de febrero de 1863, propuso dos soluciones posibles
27 bis: el primer recurso consistía en encargar los vidrios a casas
especializadas de París o Bruselas, mientras que también apuntaba
“otro medio de mayor compromiso” que consistía en fabricar estos vidrios directamente en
España. La escasez de artistas dedicados a esta especialidad quedaba patente
ante las dificultades para hallar un maestro vidriero en España e incluso en el
extranjero. En nuestro país solamente pudo localizar a un artista retirado en Chamberí que había expuesto algunos trabajos de vidriería en la Exposición del
año 1858, pero que no se encontraba con fuerzas suficientes para hacerse cargo
de una empresa de la magnitud que se presentaba en León. En Barcelona existía un
taller de un maestro suizo, y por último Matías Laviña localizó a un vidriero
llamado José Guinea que había estudiado en París. A este último se le encargó
una prueba consistente en la realización de un panel que se sometió a examen de
dos especialistas que, sin embargo, no aprobaron este trabajo, sobre todo en lo
que se refería a la pintura. Ante estos impedimentos para realizar estos
trabajos en España, Matías Laviña contactó a través del jesuita leonés padre Vinader con el vidriero de la Sainte-Chapelle de París M.S. Lusson. Se enviaron
algunos prospectos y catálogos que evidenciaban lo elevado del presupuesto que
resultaría de encargar los vidrios en Francia.
Al tropezar con estos numerosos escollos, las propuestas de vidriería se dejaron
a un lado; además, el expuesto estado de la Catedral exigía concentrar toda la
atención en la consolidación estructural del edificio, ante la amenaza de una
eventual ruina. De este modo, la necesidad de acometer los trabajos de las
vidrieras no volvió a surgir hasta que las obras de restauraciones parciales de
cantería estuvieron prácticamente ultimadas.
Demetrio de los Ríos elevó al ministerio la primera propuesta o anteproyecto
para la reposición y restauración de las vidrieras el año de 1887. Las ventanas
de la Catedral con su tracería habían sido prácticamente reparadas en su
totalidad por estas fechas 28. El cerramiento de los huecos con los vidrios era
un trabajo imprescindible para volver a abrir el templo al culto. El
“anteproyecto” de vidrieras pintadas formado por Demetrio de los Ríos era una
primera aproximación, clara y concisa, al problema de las vidrieras ante el
avance de las obras de cantería: se añadían tres hojas de planos con todos los
tipos de rosetones y huecos del triforio que requerían nuevos vidrios 29. El informe
de la Academia de San Fernando se emitió en febrero de 1889, es decir, con un
considerable retraso, debido a que la propuesta de Demetrio de los Ríos era una
exposición del estado de las vidrieras con una evaluación aproximada del plan
general y presupuesto alzado de su coste 30.
Esta primera estimación global de Demetrio de los Ríos ofrece un cuadro certero
de la magnitud de la empresa 31: la inmensa superficie de vidrieras de la
catedral de León contiene un total de 1.763 metros cuadrados de vidrio, sin
contar los 524 paneles correspondientes a las vidrieras del claustro. Toda esta
superficie encierra un amplio muestrario del arte de la vidriería desde el siglo XIII hasta el siglo XVII y, después de la restauración, también es testimonio de
la resurrección de este arte en España durante este último decenio del siglo XIX.
La acción destructora del tiempo y las transformaciones y reparaciones sucesivas
-y no del todo acertadas- realizadas a lo largo de los siglos habían mermado
considerablemente este rico patrimonio vítreo. Como ya apuntamos más arriba, las
vidrieras que filtraban la luz en la galería del triforio habían desaparecido en
época remota, así como la totalidad de los vidrios del rosetón del hastial
meridional. En términos globales era necesaria la restauración de 1.101 metros
cuadrados y la construcción ex novo de 664 metros superficiales.
Demetrio de los Ríos marcó las líneas generales que debían presidir la
restauración de las vidrieras: los vidrios existentes debían respetarse en sus
lugares respectivos, bien pertenecieran a los que se denominaban
“los siglos
fundamentales”, es decir, los siglos XIII y XIV, bien procedieran de
restauraciones posteriores, “pues esta
variedad dentro de la unidad del conjunto hace resaltar su riqueza arqueológica”. En cuanto al caso especial de las
vidrieras de las capillas absidiales, compuestas con medallones de pequeñas
figuras de la Edad Media, restauradas en el siglo XVI con paneles de grandes
figuras puestos a continuación, la Academia decidió que
“se haga desaparecer semejante
heterogeneidad, haciendo extensivo este criterio a los casos que pueden
presentarse de complicación de dos o tres estilos o épocas en el conjunto de la
misma vidriera”. Un tercer caso era cuando en una misma vidriera aparecían
junto al estilo primitivo otro de su continuación y un tercero de una
restauración posterior y luego paneles deshechos en una revuelta mezcla de
vidrios: aquí la Academia decidió “reemplazar los modernos retazos con otros en
que sobresalga la forma y carácter de la masa más antigua predominante en la
misma vidriera para que armonice con la inmediata”.
Fijados estos criterios generales, se estableció el proceso global de los
trabajos: en primer lugar debían reconocerse, clasificarse y catalogarse
detenidamente los vidrios antiguos almacenados, tareas que debían ser dirigidas
por el Arquitecto Director auxiliado de un Canónigo y un Vocal de la Junta de
obras perteneciente a la Comisión de Monumentos. Para los temas que debían
representar los vidrios nuevos se decidió la intervención directa del Obispo,
Cabildo en pleno, o la delegación en una Comisión nombrada para este propósito.
La reparación de las vidrieras conservadas se desligó del problema de la
construcción de las nuevas. Para las primeras Demetrio de los Ríos recomendaba
que no salieran de León durante la reparación, para evitar pérdidas
irremplazables; por ello, en cuanto a esta tarea de construcción de vidrios para
aplicarse a las vidrieras deterioradas y su reparación, se estableció que se
encargara a la “industria nacional”. En lo referido a la construcción de las
vidrieras nuevas, una vez fijados los asuntos que debían representarse en ellas,
se decidió que se convocara un concurso internacional para este difícil
cometido.
La Junta de obras de la Catedral de León remitió al Director General de
instrucción Pública una memoria con la descripción de las vidrieras existentes y
su organización en los huecos; esta memoria fue a su vez dirigida a la Academia
que emitió su informe el 4 de marzo de 1889 32.
La memoria era un detallado y organizado informe sobre el estado de las
vidrieras existentes, su época, descripción, y su emplazamiento en los vanos de
la Catedral. La Academia no se pronunció sobre los temas que habían establecido
las autoridades religiosas para los nuevos vitrales,
“siendo de exclusiva
competencia del Exmo. Cabildo de la Santa Iglesia Catedral, de acuerdo con su
Prelado, el fijar los asuntos que deben representar las vidrieras que faltan”.
Respecto a las vidrieras nuevas, una vez establecidos los temas, la Academia
fijó en su informe las bases del concurso que debía convocarse: se establecían
interesantes puntos referentes a la técnica de fabricación de las vidrieras que
debían formarse con “vidrios llamados
metálicos” sobre los que se aplicarían los
colores con óxidos metálicos para que, con el fundente y el recocido en la
mufla, resultasen vitrificados; otras observaciones hacían referencia a la
necesidad de elaborar dibujos previos que debían remitirse a la Academia, y la
posterior ejecución de cartones de tamaño natural sometidos de nuevo al juicio
de la Academia. Finalmente se establecían las orientaciones para elaborar
condiciones facultativas y presupuestarias.
Los religiosos completaron esta documentación con una Relación de las vidrieras
que faltan con fecha 9 de junio de 1890 33. Una memoria redactada por Demetrio
de los Ríos y fechada en septiembre de 1890 trataba de completar los requisitos
necesarios para dar comienzo de modo efectivo a la reparación y reposición de
vidrieras. Para la construcción de las vidrieras nuevas establecía Demetrio de
los Ríos que “el mejor modelo son las
vidrieras mismas”, especialmente para las
que debían restaurase, donde debía aspirarse a lograr una identidad completa,
mientras que para las nuevas era necesario al menos conseguir una excelente
imitación.
Las dificultades de encargar este trabajo a una casa extranjera eran
manifiestas: a esta necesidad de tener presente siempre las vidrieras antiguas
como modelo para las nuevas, con vista a la unidad del conjunto, se sumaban
otras consideraciones, como la obligatoriedad de realizar el plantillaje hueco
por hueco, debido a las diferencias metrológicas entre los vanos y sus huecos
respectivos, igual que ocurría con las cotas de las alturas para los hierros que
enlazan los maineles. Estos problemas imponían que los estudios necesarios para
fabricar los vidrios nuevos, como por supuesto para reparar los antiguos, debían
realizarse en León, debido a la particularidad de cada caso concreto.
Faltaba en el último proyecto de Demetrio de los Ríos un documento esencial para
poder sacar a concurso la fabricación y reparación de las vidrieras de la
catedral de León, como era el pliego de condiciones facultativas, y así lo
declaró la Academia 34. A redactar este documento debió dedicarse Demetrio de
los Ríos los últimos meses del año de 1891. Sin embargo, el informe de la
Academia, con fecha de mayo de ese año, llegó a Demetrio de los Ríos pocos meses
antes de su fallecimiento, cuando ya sentía considerablemente debilitadas sus
fuerzas.
El fallecimiento de Demetrio de los Ríos el 27 de enero de 1892 supuso la
detención de los trabajos de vidriería cuando éstos estaban superando los
preparativos y trámites precisos para poder dar comienzo al certamen
internacional. Aún quedaba en suspenso esta convocatoria del concurso
internacional para la reconstrucción de los vidrios necesarios para cerrar los
ventanales. Demetrio de los Ríos había planteado pocos meses antes de su
defunción, el día 23 de mayo de 1891, la creación de un taller de restauración
de vidrieras localizado en la llamada Casa-Lonja, dependiente de la catedral de
León, para lo que proponía la rehabilitación del edificio.
Ésta era la situación en que se encontró los proyectos de vidriería Juan
Bautista Lázaro al ocupar la Dirección facultativa de las obras de restauración
en junio de 1892. Todo apuntaba hacia la creación de un concurso internacional
para la factura de las nuevas vidrieras, como de hecho se había realizado en
1881 para realizar los vitrales nuevos de la catedral de Burgos. En esa ocasión
concursaron las más prestigiosas casas europeas dedicadas a este arte, como eran
los talleres de Zetller de Munich, los de Mayer de Londres, la parisinas casas
de Anglade y de Lorin, ésta última con talleres también en Chartres -vinculados
a Viollet-le-Duc- la de Schmit de Aachen y, dentro de España, la barcelonesa
firma de Amigó. Entre todas ellas parecían gozar de mayor prestigio los talleres muniqueses
de Zetller, que también contaban con sucursales en Londres.
La necesidad de plantear un pliego de condiciones facultativas como requisito
previo a la convocatoria del concurso y la complejidad misma de realizar un
certamen internacional, ocasionaron dilaciones que hacían peligrar el éxito de
la empresa. Estos graves escollos no pasaron desapercibidos a Juan Bautista
Lázaro que empleó sus dos primeros años al frente de la Catedral en profundizar
en el estudio del arte y la técnica de la vidriería. Para ello comenzó
efectuando algunos ensayos en pequeña escala para poder juzgar la calidad,
coloración y fortaleza de los distintos tipos de vidrios que podía proporcionar
la industria nacional y extranjera. Estas tentativas de fabricar las vidrieras
directamente en León se aplicaron a algunos paneles o témpanos enteramente
nuevos, primero a partir de dibujos o copias de vidrieras para comparar los
resultados con los originales; el resultado fue poco satisfactorio debido a que
los dibujos no daban idea exacta de los matices de las vidrieras antiguas;
después se procedió a realizar una copia con un témpano antiguo a la vista del
que se hizo una copia con vidrios nuevos y se repusieron en el viejo los que
faltaban, dando un resultado sumamente satisfactorio, hasta el punto que no se
podían distinguir los vidrios nuevos de los antiguos sino después de un detenido
examen: quedaba demostrado que era sumamente difícil encargar a una casa
extranjera la fabricación de los vidrios necesarios para completar y reparar las
vidrieras antiguas, puesto que los resultados sólo podían ser satisfactorios si
la vidriera se reparaba con el modelo antiguo a la vista.
Del mismo modo, Juan Bautista Lázaro, para completar los ensayos comprobó el
resultado visual de estos primeros vidrios fabricados en León en su
emplazamiento propio, puesto que la elevación, el efecto de la luz natural y
otras muchas circunstancias podían variar considerablemente el efecto final.
Para realizar esta prueba, Lázaro reparó por completo el rosetón occidental,
que, de una superficie total de 30 metros cuadrados, se conservaban unos 23
metros de vidrieras originales, aunque todos los paneles necesitaban
reparaciones de mayor o menor importancia. Este rosetón planteaba, pues, la
totalidad de trabajos que podían concurrir en la restauración del resto de las
vidrieras de la Catedral, puesto que aunaba todos los casos posibles, es decir,
emplomados nuevos, reposición de plomos y vidrios antiguos, refección de paneles
deteriorados mediante su reparación parcial con vidrios nuevos junto a los
antiguos y, por último, el completamiento final del rosetón con vidrios de
nueva factura. Primero se utilizó vidrio inglés que no ofreció resultados
satisfactorios debido a su excesiva limpidez que mostraba una transparencia muy
distinta de la original. La experimentación prolongada llevó a Lázaro a la
aplicación de arena gruesa en el recocido y a la exclusión de la mulla con lo
que consiguió una impresionante semejanza con la textura rugosa del vidrio
antiguo. Después de estas largas, laboriosas y complejas operaciones de
experimentación y estudio, Juan Bautista Lázaro consiguió restaurar por completo
el rosetón occidental de la catedral de León con un éxito sin precedente en
España, como modestamente dejaba escrito el arquitecto en 1894:
“al presente este grande y hermoso rosetón se halla terminado por completo,
ocupando su lugar propio y en condiciones de poderse juzgar de todos los
pormenores de su reparación y decidir si la obra ejecutada y los artífices en
ella empleados permiten esperar que la reposición de las demás vidrieras
antiguas pueden llevarse a cabo con éxito satisfactorio como fundadamente cree
el que suscribe”.
A partir de este rosetón ejecutado enteramente en el incipiente taller que
estaba surgiendo en León se puede decir que comenzó la formidable empresa de la
restauración y reconstrucción de la totalidad de las vidrieras de la catedral de
León, uno de los tesoros más pregonados del templo catedralicio leonés. Juan
Bautista Lázaro no sólo afirmaba los fundamentos de un taller local, con
operarios, técnicas, materiales e instrumental ideado y dirigido por él mismo,
sino que también estaba resucitando un arte como el de la vidriería,
prácticamente desconocido y olvidado en España durante el siglo XIX.
El propósito de estos ensayos llevados a tan feliz término por Lázaro era formar
un taller de reparación de las vidrieras existentes que pudiera ser realizado en
su totalidad en León. Las ventajas de formar un taller en León eran
incuestionables: al considerable ahorro presupuestario, se sumaban las garantías
de llevar a cabo la reparación con la mayor escrupulosidad y respeto
arqueológico de los vidrios existentes al repararse directamente en los talleres
de la Catedral, bajo la directa supervisión de un arquitecto como Lázaro, cuyos
rigurosos criterios de restauración ya fueron comentados más arriba.
Juan Bautista Lázaro desligó los trabajos de vidriería en dos categorías, una de
reparación de los vidrios existentes y otra de fabricación de los nuevos vidrios
necesarios. El arquitecto leonés, tras estos ensayos previos, comenzó
presentando al Gobierno un Proyecto de reposición de las vidrieras antiguas en
la zona de la nave alta, huecos éstos que conservaban buena parte de sus
antiguos vidrios, por lo que se podía iniciar la restauración de las vidrieras
por estos paneles 35. Además, estos huecos eran los de que requerían más
urgentemente su cerramiento, puesto que por estos amplios ventanales penetraban
el agua y las nieves "en términos que ha habido días que todo el personal de la
obra ha tenido que dedicarse a extraer el agua que convertía sus naves en una
auténtica laguna", como expresivamente informaba el Obispo de León al Director
General de Instrucción Pública al remitir el proyecto de Lázaro 36.
El progresivo conocimiento de los métodos y procedimientos de la fabricación de
vidrieras le permitió formar operarios sumamente diestros en este arte. Ello
suponía iniciar una empresa, “no acometida
hasta ahora en España”, como
reconocía el propio arquitecto. La administración de la obra dispuso de horno
para la fundición, además de las máquinas y herramientas mayores precisas para
estos trabajos, mientras que los diamantes de cortar, soldadores y hornillos se
comprendieron en los jornales de los operarios. La adquisición de materiales
planteaba algunos problemas. El plomo se adquirió en lingotes fabricados en
España, exigiéndose que fuera dúctil, compacto, exento de burbujas y puro. El
estaño se adquirió en barras. Las mayores dificultades se planteaban en la
elección del vidrio, que debía ser de la mejor clase: los colores primarios
estaban comprendidos en el vidrio en toda su masa a excepción de los rojos y de
las gamas compuestas de oro; se admitieron vidrios con burbujas, espesores
diversos, tonos desvaídos y demás variedades que alteraban la monotonía de los
colores unidos, pero se cuidó bien de no aceptarse vidrios cuya manipulación de
espesores y diafaneidad acusara el empleo de medios mecánicos en su ejecución,
distintos de los estrictamente artesanales; la selección de los vidrios se
realizaba en varias fases, primero en comparación con relación a los viejos,
después contemplando su diafaneidad y transparencia a la luz del sol y por
último comprobando su comportamiento en el horno, desechándose los que
reaccionaban en falso, saltaban y se resquebrajaban.
Los procesos y técnicas de restauración fueron prolija y detalladamente
descritos por Juan Bautista Lázaro en el pliego de condiciones facultativas del
proyecto. Básicamente y de modo esquemático comprendían los siguientes pasos:
primero se limpiaba cada panel de la envoltura de papel que lo recubría y acto
seguido se calcaba todo su despiezo sobre un cristal y se clasificaban sus
cristales cuidadosamente; después se desarmaban todos Sus elementos y se
separaban por el arquitecto y el maestro vidriero los vidrios que precisaban
repararse, cambiarse de lugar o reponerse, para pasar el panel al oficial
cartonista que trazaba el cartón con arreglo al calco rectificado y lo dejaba en
disposición de montarse; las confrontaciones de los despiezos y dibujos y la
constante supervisión del arquitecto aseguraban la escrupulosidad del proceso:
incluso para privilegiar siempre la conservación de los vidrios antiguos en
aquellos casos en que los vidrios se habían desgastado, Lázaro decidió que se
aumentaran los plomos para sostenerlos; sobre el trazado del cartón se colocaron
los elementos del panel que pasaba a manos del montador que, hecho el recorte,
distribución y ajuste del nuevo emplomado, comenzaba a efectuar la montura,
soldado, colocación de alambre de cobre y barnizado, para finalizar con el
etiquetado y almacenaje del panel. Un aspecto interesante era la coloración de
los vidrios: la mayoría de los vidrios eran monócromos, tal como los facilitaba
la industria, pero si este tono no era aún plenamente satisfactorio, los vidrios
se pasaban por el horno para dotarlos del color exacto; algunos otros, por su
propia naturaleza, debían pintarse y sufrir varias cocciones, trabajos éstos
ejecutados por el maestro vidriero. La colocación de los paneles en sus huecos
respectivos se aseguraba mediante alambres de cobre a las barras de hierro
reforzadas con cha-vetas, recibiendo los bordes de los paneles por el interior
estuco de cemento hidráulico.
Estas operaciones, expuestas con esta brevedad, en realidad requirieron un
esfuerzo considerable, sobre todo en cuanto a la clasificación y recomposición
de los innumerables fragmentos de vidrieras des-montados que pudieron volver a
recuperar su primitivo emplazamiento gracias a la laboriosidad y tenacidad de
Juan Bautista Lázaro.
El proyecto de reposición y restauración de vidrieras antiguas abarcó la
totalidad de los ventanales altos (fig.128). De las 31 ventanas que componen
esta nave central del templo, existían almacenados vidrios de todas las
“ojivas”, con una superficie de 753 metros cuadrados,
excepto en la ventana del eje del ábside, que faltaban por completo; de las
rosas altas de los ventanales faltaban todos los vidrios, mientras que había
48
“ojivas” sin vidrios por haber sido tapiadas con adobe hacía varios siglos y que
comprendían una superficie total de 153 metros cuadrados de vidrios que debían
fabricarse de nuevo. De los tres grandes rosetones, el occidental, como dijimos,
ya había sido restaurado por Lázaro, mientras que del rosetón del norte existían
la mayor parte de los vidrios, pues de una superficie total de 31 metros
cuadrados se conservaban 28; del rosetón sur faltaban todos los vidrios, como
era de suponer, debido a los seculares desplomes y reparaciones que había
sufrido este lienzo meridional. Pese a existir buena parte de los vidrios en
esta parte superior del templo, no obstante casi todos ellos necesitaban
reparaciones de mayor o menor importancia, como testimonia la clasificación de
cada panel en tres categorías de conservación que oscilaban entre
“regular,
mediano y malo”. En líneas generales, la mitad de las ventanas podían reponerse
con escasas reparaciones, mientras que la otra mitad requería además la
reposición de vidrios rotos y el arreglo de aquellos sustancialmente alterados.
Con los informes favorables de la Junta de Construcciones Civiles y de la
Academia de San Fernando 37, Juan Bautista Lázaro emprendió la aventurada y
considerable empresa de restauración de las vidrieras de la catedral de León
auxiliado por el también arquitecto Juan C. Torbado. Los maestros vidrieros que
intervinieron decisivamente en la composición y reparación de las vidrieras
fueron Alonso Bolinaga, Santa María y González y el ajustador Moncada, que
habían sido introducidos y perfeccionados en el arte de la vidriería por el
catalán Rigalt. El modesto pero eficacísimo taller leonés consiguió restaurar
todos los grandes ventanales de la nave alta y los grandes rosetones occidental
y septentrional con sus respectivos triforios el año de 1897.
Con estos excelentes resultados, Juan Bautista Lázaro acudió a la Exposición
Nacional de Bellas Artes del año 1897, presentando los estudios realizados para
la restauración de las vidrieras, con el envío de los planos, cartones y dibujos
coloreados de las mismas, con paneles bien restaurados o bien ejecutados de
nuevo que abrazaban todos los estilos, épocas y clases de vidrieras desde el
siglo XIII al XV. La resonancia pública y nacional que alcanzaron estos trabajos
de vidriería realizados en León bajo la dirección de Juan Bautista Lázaro fue de
un gran alcance. La prensa y la crítica nacional repitió abundante-mente los
elogios por esta verdadera "resurrección" de un arte olvidado en España. Juan
Bautista Lázaro recibió la medalla de primera clase otorgada por el Jurado de la
Exposición y la Real Academia de la Historia premió con un accesit la Monografía
acerca de la pintura sobre vidrio presentada por Lázaro al concurso público
convocado por la Academia 38.
Con este reconocido éxito, Juan Bautista Lázaro presentó en abril de 1898 un
proyecto para la ejecución de las vidrieras totalmente nuevas que aún eran
necesarias para completar el cerramiento de los ventanales de la Catedral 39.
Las vidrieras que faltaban eran las correspondientes al rosetón meridional, a la
totalidad de la galería del triforio, excepto en los hastiales norte y oeste, y
las ventanas bajas de la nave; en cuanto a las ventanas correspondientes a las
capillas absidiales, éstas se encontraban práctica-mente conservadas en su
totalidad, por lo que se procedió a su reparación. Los problemas eran ahora
mucho más complejos, pues a la parte técnica y material se sumaba la artística,
debido a la necesidad de ejecutar cartones totalmente nuevos, junto con los
problemas iconográficos de asignar los temas convenientes a cada zona de
ventanales.
El estudio de los escasos restos conservados de estas vidrieras demostraba a
Lázaro la existencia de un programa simbólico en la distribución de los temas de
las vidrieras de la Catedral, regido por el orden general dominado por el
ascenso desde el reino vegetal y animal, es decir la tierra, hacia las esferas
celestiales. Las ventanas bajas representaban motivos vegetales de profusa
decoración, la zona intermedia del triforio pertenece al mundo, donde aparecen
los símbolos heráldicos del poder terrenal, mientras que las ventanas altas, presididas por figuras de santidad, remiten al mundo
celestial. Sin embargo, este orden general mostraba particularidades dentro de
cada una de las zonas que debían reconstruirse.
- Ventanas bajas de las naves: en un número de diez ventanas habían sido
tapiados sus vanos desde hacía varios siglos y sus huecos se cerraron a
principios del siglo XIX con unas pinturas sobre tabla con figuras de reyes, de
escasa calidad, ejecutadas por el pintor Neira (fig.133). Se conservaban sin
embargo la totalidad de las tres rosas superiores de estas ventanas y, por el
contrario, los escasos restos de vidrieras de las “ojivas” ofrecían exiguos
datos, pero suficientes para plantear su reconstrucción con suficiente garantía
de fiabilidad: los temas representados eran, como apuntamos más arriba,
representaciones de la flora con algunas notas de fauna, trasunto del reino
terrenal, que fueron adoptados para toda la extensión de los vidrios de estas
naves bajas del templo.
- Capillas absidiales: de las quince ventanas de las capillas absidiales se
conservaban casi todas las vidrieras, si bien su estado de conservación era
sumamente lamentable. Juan Bautista Lázaro explicaba este deterioro por ser
algunos de estos vidrios los más antiguos del templo y también por pertenecer el
resto a la época en que se había abandonado el uso de los vidrios pequeños y
gruesos que fueron sustituidos por otros mayores y más delicados. En esta zona
del edificio existían vidrios más que suficientes para proceder a la reparación
de las vidrieras, debido a que, con la apertura de los accesos a la capilla de
Santiago y a la sacristía en el siglo XVI, parte de los vidrios se habían
almacenado desde estas fechas, de modo que había sobrados vidrios que se
emplearon para reparar estas vidrieras.
- Galería del triforio: de esta galería que circunda el templo catedralicio por
todo su perímetro no habían llegado a estos años finales del siglo XIX más que
las vidrieras correspondientes a los triforios de los hastiales norte y oeste
que ya habían sido restauradas y repuestas. Del resto sólo se conservaban
insignificantes restos cuya composición era de simples grisallas con escudos
heráldicos. Estas vidrieras presentaban dos peculiaridades que tuvo en cuanta
Lázaro al proponer su reconstrucción: en primer lugar la luz que recibían era
más escasa que el resto de los ventanales debido al escamado que corona la
galería, por lo que Lázaro empleó para estos vidrios menos coloración que para
el resto para no absorber tanta luz. Por otra parte, la temática heráldica venía
impuesta tanto por los restos conservados, por el programa simbólico general,
como también por una ley que se cumplía en el arte de la vidriería del mismo
modo que en la escultura monumental, como era la supeditación a la arquitectura:
los huecos no permitían representación figuradas puesto que resultarían
sumamente perjudicadas por las gigantescas figuras de santos de las ventanas
altas. Por ello se emplearon los escudos, salvo en el triforio del ábside, que,
por recorrer una parte tan destacada del edificio como por presentar huecos de
mayores dimensiones, recibió figuras semejantes a las de las ventanas altas.
- Rosetón meridional: la tracería de este rosetón reconstruido por Juan de
Madrazo era idéntica a la del rosetón septentrional. Esta semejanza llevó a
Lázaro a ratificar la decisión temática planteada por las autoridades religiosas
que se inclinaron por reproducir motivos semejantes al vecino rosetón del norte.
La iconografía del óculo de la rosa septentrional -Jesús en actitud de enseñar-
tenía su temática en el pórtico sur, lo que indujo a extraer el motivo principal
del rosetón meridional -la Coronación de la Virgen- del tímpano de la puerta
izquierda del pórtico occidental, que sirvió de guía para el óculo central del
rosetón. Del mismo modo, la serie de personajes bíblicos que ocupan los
dieciséis óculos secundarios de la rosa del norte eran reproducciones exactas de
los que decoran las archivoltas de la puerta sur, concomitancia que llevó a
Lázaro a copiar los modelos que ofrecían las archivoltas del pórtico occidental,
es decir, las figuras femeninas dotadas de los símbolos de las virtudes que
acompañan a la Coronación de la Virgen (fig.134). Esta temática ornamental venía
además justificada por algunos vidrios que aparecían engarzados en otras
vidrieras como reparaciones antiguas, cuya procedencia se desconocía, y que
Lázaro suponía procedentes de los antiguos vidrios del rosetón meridional.
Este proyecto del año 1898 se ejecutó durante los tres años siguientes hasta
cerrarse en su totalidad los ventanales de la catedral de León. Los trabajos de
vidriería fueron parte importante de ese interés constante de Juan Bautista
Lázaro por las artes decorativas en esta etapa final de su trayectoria
arquitectónica. La restauración de las vidrieras fue la más imponente
recuperación de estas llamadas artes menores; pero Lázaro organizó también
importantes talleres de rejería donde se completaron las rejas de la Catedral,
tanto en su forja y lima como en sus repujados y cincelados, así como también
otro taller de talla artística en madera para la construcción y reparación de
puertas, la restauración de la sillería de coro y la reposición de los altares.
En este último sentido, otra interesante labor ejecutada por Lázaro y Torbado
fue la recomposición del retablo mayor de la Catedral, después de que el enorme
retablo barroco fuera desmontado por Demetrio de los Ríos. El retablo actual de
la Catedral fue armado a partir de tablas de los siglos XV y XVI que pertenecían
a antiguos retablos de la Catedral y otras que se agruparon procedentes de varias iglesias de la Diócesis leonesa por donde se fueron
recopilando 40. Para componer este retablo y restaurar los restantes del templo,
se habilitó igualmente un taller de dorado, estofado y pintura. Estos trabajos,
como vimos, estaban ya planteados en el proyecto de restauraciones parciales de
complemento formado por Demetrio de los Ríos en sus años finales como director
de la catedral de León 41.
Esta habilidad que demostró Juan Bautista Lázaro para organizar todos estos
trabajos de carácter artesanal indispensables para reabrir el templo, demuestran
el interés por las artes decorativas que a tan alto nivel situó el arquitecto
leonés; esta interesantísima faceta de su personalidad artística conectaba con
esa preocupación por el carácter artesanal de la técnica del ladrillo,
interpretada desde esa vertiente “castiza” de la que tan atractivos ejemplos
dejó Lázaro. La revitalización de estas técnicas y oficios artesanales sería una
de las más fecundas aportaciones del modernismo catalán, abriendo el camino para
una fructífera corriente de utilización como parte del proyecto arquitectónico.
La restauración de las vidrieras y la rehabilitación del mobiliario litúrgico
interior posibilitaban la reapertura de la catedral de León después de casi
medio siglo de constantes trabajos. La ceremonia de apertura de la Catedral fue
esperada con impaciencia por todos aquellos que siguieron de cerca el proceso de
restauración de la Catedral.
* * *
4) LA APERTURA OFICIAL Y SOLEMNE DE LA CATEDRAL DE LEÓN EN 1901.
La reapertura solemne de la catedral leonesa fue un acontecimiento que causó una
viva expectación entre la población leonesa y las autoridades religiosas y
civiles. Se organizó un amplio programa de festejos para conmemorar este
“renacimiento” del templo mayor leonés que reaparecía totalmente renovado desde
que se abriera ante el Gobierno el expediente de restauración el año de 1858. La
prensa local, regional y nacional recogió a través de numerosos artículos el
evento. Las revistas especializadas de arquitectura publicaron algunos
interesantes artículos en que trazaban las líneas generales del proceso de
restauración, sin escatimar en elogios a los arquitectos restauradores que, como
apuntaba Vicente Lampérez, “allí dejaron la huella de su pensamiento y de su
mano”42. Efectivamente, el siglo XIX había dejado un importante testimonio en
el monumento leonés, hasta el punto que, siguiendo de nuevo a Lampérez, habían
“devuelto de nuevo el ser” al edificio.
Los actos de reapertura solemne del templo congregaron a todas las autoridades
en varios actos que se escalonaron en abril de 1901. Juan Bautista Lázaro fue
nombrado Hijo benemérito de León y recibió asimismo la Gran Cruz de Isabel la
Católica en reconocimiento de sus trabajos efectuados en la catedral leonesa.
Años más tarde, el 16 de diciembre de 1906, ingresó en la Real Academia de
Bellas Artes de San Fernando.
Todas estas distinciones recibidas por Lázaro eran la consumación y culminación
de un proceso sumamente discutido y polémico, seguido con apasionamiento, y en
donde se concentraron las miradas de toda España, como fue la restauración de la
catedral de León. Sin embargo, la ultimación definitiva de la restauración
decimonónica lleva plantear un interesante tema como es el significado
urbanístico que alcanzó la catedral de León como punto final de las obras
emprendidas en el templo. Las operaciones de “aislamiento”, contenidas en el
pensamiento de los arquitectos restauradores e iniciadas por Demetrio de los
Ríos, llevarán a traspasar los límites del siglo XIX para penetrar en los
primeros decenios del siglo XX. Estos radicales derribos y demoliciones del
entorno inmediato de la catedral de León pondrán fin a este recorrido a través
de la restauración de la catedral de León.
_________________
1 Para algunos de los datos sobre la trayectoria profesional de Juan Bautista
Lázaro véase Enrique María REPULLES Y VARGAS, “Discurso de contestación al
ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Juan Bautista Lázaro
de Diego”. B.A.S.F. Madrid, 1906, pp.41-49, y del mismo autor,
“Necrología de
Juan Bautista Lázaro de Diego”. B.A.S.F. Madrid, 1919; n°52; pp.257-263.