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CAPÍTULO - VI
LA CATEDRAL NEOGÓTICA: DEMETRIO DE LOS RÍOS
Y SERRANO.
(1880-1892)
“... si no se ha erigido una Catedral nueva, no hay parte de la nuestra que no
se haya retocado poco o mucho, y algunas partes de ella muy principales resultan
completamente repuestas”.
Demetrio de los Ríos, La Catedral de León. Madrid, 1895; t.II; p.145.
1) NOMBRAMIENTO DE DEMETRIO DE LOS RÍOS: LA CONTINUACIÓN DE LOS PROYECTOS DE
JUAN DE MADRAZO.
El intrincado asunto de la destitución de Juan de Madrazo había dejado abierta
la cuestión de su difícil reemplazo. El delicado estado en que había quedado la
catedral de León exigía la textual continuación del pensamiento arquitectónico
de Juan de Madrazo, pero las agudas disparidades ideológicas con las autoridades
religiosas aconsejaban un arquitecto dotado de una personalidad y trayectoria
decantada hacia el compromiso ideológico característico de la restauración
liberal-conservadora.
Este compendio de cualidades las
encontró el Gobierno condensadas de modo paradigmático en Francisco de Cubas,
quizás el arquitecto mas significativamente representativo del
“neocatolicismo”
alfonsino. El Marques de Cubas se encontraba inmerso por estos años en un
período de creación profundamente vinculada con la arquitectura religiosa y
benéfica, después de sus primeros proyectos de palacetes neorrenacentistas.
Además, dotado de un carisma público indudable, ocupando varios cargos políticos, estaba completamente identificado con la alta
burguesía hasta integrarse en las capas mas altas de la sociedad española del
momento tras recibir el título de Marques. Su catolicismo militante le convertía
en el arquitecto idóneo para conducir la restauración de la catedral de León
desde esas altas esferas “espirituales” demandadas por el Obispo y el Cabildo
de León. A todo este compromiso ideológico sumaba un exhaustivo conocimiento de
la arquitectura gótica, pues en este mismo año de 1879 trazaba el primer
proyecto para levantar en la capital de España una gran parroquia, trabajos que
a partir del año 1885, con la creación de la Diócesis de Madrid, se
convertirían en el simbólico proyecto de la catedral de la Almudena. A partir de
entonces modificaría su proyecto orientándolo hacia un
“neogótico”
mas arqueológico en el que las deudas con la catedral de León eran bastante claras,
al igual que con el resto de los templos catedralicios mas característicos de
los siglos XIII y XIV, lo que denota un completo estudio de la arquitectura
gótica.
Todos estos atributos que reunía Francisco de Cubas llevaron al Ministro de
Fomento a nombrarlo director facultativo de la catedral de León por Real Orden
de 18 de noviembre de 1879. Sin embargo, esta intensa actividad pública que
estaba desempeñando Cubas en Madrid, “los cargos puramente
honoríficos que vengo
desempeñando años ha”, y el comienzo de los proyectos de la Almudena, eran
razones que exponía el Marques de Cubas al Conde de Toreno para renunciar al
cargo que le había sido concedido: “las obras de restauración de la Catedral de
León -decía Cubas- son de tal importancia y estudio que exigen la constante
atención y vigilancia del Arquitecto que de ellas se encargue”1.
Con la renuncia de Cubas, volvía a
plantearse la necesidad de nombrar con urgencia arquitecto para la catedral de
León, pues la semiarruinada condición del edificio Así lo requería. Una comunicación del ayudante de las obras, José
Fernández Solar, dirigida al Ministro de Fomento insistía en el alarmante y expuesto estado de las fabricas:
“un cuchillo, en contacto con las
fabricas, puede muy bien en pocas horas convertirse en un elemento de
destrucción aumentando las presiones que contra ellas ejerce o convertirse en un
elemento inútil por no ejercer ninguna”; esta constante supervisión de las
cimbras y entibaciones que se encontraban montadas conteniendo toda la inmensa
estructura de la Catedral, requería una decidida y eficaz dirección en las
obras, lo mismo que los movimientos y desplomes que día a día acusaban los
elementos activos de la Catedral, como consecuencias de los desmontes 2.
El Ministro de Fomento, admitida la dimisión de Cubas, nombro ese mismo día a
Simeón Ávalos para ocupar el puesto en León 3. Sin embargo,
Ávalos también
renuncio al cargo el 21 de febrero de 1880, casi dos meses después de haber sido
nombrado, sin haber llegado a tomar posesión; la “lenta y segura
preparación”
precisa para ejercer la dirección de la restauración le hicieron declinar el
ofrecimiento, como escribía al Ministro de Fomento. Fue así como el cargo de
director facultativo recayó , por Real Orden de 2 de marzo de 1880, en Demetrio
de los Ríos y Serrano.
Demetrio de los Ríos ambicionaba el nombramiento desde que fue propuesto en la
terna del año 1869, junto a Juan de Madrazo y Francisco Enríquez y Ferrer. Vimos
ya como entonces su hermano José Amador de los Ríos inicio ciertas maniobras
ante el Gobierno para conseguir el nombramiento de Demetrio4. Pero el estallido
de la Revolución de septiembre de 1868 inclino la balanza a favor de Juan de
Madrazo que contaba por entonces con una sólida posición en el Ministerio. Con
motivo de la destitución de Madrazo, Demetrio de los Ríos se dirigió rápidamente
al Gobierno solicitando la dirección de las obras de restauración de la catedral
de León toda vez que, como recordaba al Ministro, había ya sido propuesto en la
terna y, dado el fallecimiento de Enríquez y Ferrer, y ante
“el caso forzoso,
extremo y lamentable de que el dignísimo Señor Madrazo no pueda continuar al
frente de aquellas obras”, quedaba él como
único candidato de la terna propuesta
en 1869 5.. No obstante esta solicitud, el Ministro, como hemos visto, desestim6
su petición y solo después de la renuncia de Ávalos nombró a Demetrio de los
Ríos Director facultativo de la catedral de León. Simeón Ávalos, sin embargo,
quedaría vinculado a las obras como inspector General de las mismas.
Demetrio de los Ríos, al igual que
Juan de Madrazo, contaba también con el respaldo de un apellido cuyo peso se
dejaba sentir fuertemente en la Academia de San Fernando. Nacido en Baena el Año 1827 ostentaba varios llamativos títulos y
nombramientos en el momento de ser designado Arquitecto director de las obras de
restauración de la catedral de León: catedrático excedente de la Escuela de
Maestros de Obras al haber sido suprimida, era también catedrático de la
Academia de Bellas Artes de Sevilla, acad6mico de número de la de Buenas Letras
de la capital hispalense, correspondiente de las Academias de San Fernando y de
la Historia, del Instituto Prusiano de Arqueología de Roma y Arquitecto
provincial de Sevilla y Vicepresidente de la comisión de Monumentos de la
capital andaluza. Al llegar a León seria nombrado igualmente Vicepresidente de
la Comisión de Monumentos.
Toda esta amplia trayectoria ya nos habla de una de las vertientes mas marcadas
de su personalidad intelectual y que incorporara con importantes consecuencias a
su actividad en la catedral de León: se trata de su faceta como historiador y
arqueólogo. La fluida utilización de la historia será siempre un argumento
fundamental en sus proyectos de restauración. Demetrio de los Ríos ha sido sin
duda quien mas ampliamente ha conocido y estudiado la catedral de León y
testimonio de esta actividad erudita son sus dos tomos dedicados al templo mayor
Leonés que permanecen como una obligada obra de consulta para adentrarse en el
conocimiento de la historia edificio 6..
El segundo de los dos volúmenes que
componen la obra esta dedicado a las “restauraciones” ejecutadas en la Catedral
desde el siglo XV, “época de desglose entre lo que se acaba y se renueva”,
llegando hasta las que é1 mismo realice dos años antes de su muerte, pues los
proyectos en curso y el progresivo debilitamiento de sus fuerzas le impidieron
consignar las obras realizadas a partir de 1890. En este sentido señalado, el
segundo tomo de la obra de Demetrio
de los Ríos es de gran importancia como fuente para el conocimiento de los
principios de restauración arquitectónica durante esta segunda mitad del siglo
XIX, pues es aquí donde Ríos argument6 y defendió polémicamente las intensas
operaciones de derribos, desmontes, renovaciones y completamientos que Canto é1
como sus predecesores acometieron en la catedral de León. La
“historia” del
edificio se convertía en manos de Demetrio de los Ríos en la mas poderosa arma
para defender la “unidad de estilo” como principio de restauración. La
“historia” de Demetrio de los
Ríos se convertía en “crítica
histórico-artística”
con el evidente sentido pragmático de intervenir en el edificio, como ya señaló
en su momento, y como veremos al exponer sus proyectos de restauración 7..
Esta familiaridad con la historia la adquirió Ríos en contacto con el ambiente
familiar y también, dentro de la formación institucional, a través de sus años de aprendizaje en la Escuela Especial de Arquitectura de Madrid. Condiscípulo de
Juan de Madrazo, del magisterio de Antonio Zabaleta y Aníbal Álvarez no
solamente recogió esa mencionada apertura hacia la historia, sino también un
“ideal arquitectónico” centrado en el Renacimiento. Los numerosos
artículos
firmados por su hermano José Amador de los Ríos en el Boletín Español de
Arquitectura incidieron en la exposición de la arquitectura del siglo XVI como
método de composición y modelo cognoscitivo que abría el camino para buena parte
de las aspiraciones de los arquitectos del siglo XIX, como era el caso de su
propio hermano Demetrio de los Ríos. La arquitectura del Renacimiento suponía la
captación modélica de ese “eclecticismo” de base
clasicista que impregnaba el
pensamiento de Demetrio de los Ríos: el ejemplo del paradigma renacentista
consistía en su capacidad para amalgamar elementos formales de tradiciones
diversas y en su poder de dotar al mismo tiempo a la arquitectura de esa
anhelada capacidad “significativa”,
al fundir el “espiritualismo” medieval,
pleno de esas connotaciones “idealistas” -que perviven ampliamente en la
“segunda generación romántica”- con el espíritu moderno. Todo ello posibilitaba
además el control del proyecto con una amplia base clásica, no tanto en el
aspecto formal -la distinta utilización de los estilos históricos fue una
practica habitual en arquitectos como Ríos-sino mas bien en cuanto al control
proyectual; es aquí donde pervive con toda su fuerza conceptual la tratadística
clásica: bajo la aparente libertad ecl6ctica la idea
“unitaria” de la
arquitectura mas allá de la disparidad de formas quedaba afirmada dentro de la
mas pura ortodoxia acad6mica mediante la perduración y prolongación de conceptos
como “carácter”,
“simetría”,
“gusto”,
“proporción”,
etcétera, que eras nociones que perduraron en la teoría arquitectónica del siglo XIX merced a la síntesis teórica a la que Demetrio de los
Ríos contribuyó también de manera destacada.
Efectivamente, su faceta de “teórico del arte” es otro de los
interesantes
semblantes historiográficos de Demetrio de los Ríos. Con motivo de la
convocatoria de la oposición de la cátedra de Teoría de la Arquitectura en la
Escuela Superior de Arquitectura de Madrid en el Año 1871, Demetrio de los Ríos
concurso y publicó su programa de la Asignatura con el título Arquitectura.
Teoría del Arte. Invención. Distribución y Decoración 8.. Al concurso, del que se
retiró Ríos en las primeras sesiones, se presentaron también Miguel Aguado de la
Sierra y Luís Cabello y Aso 9.. Los tres opositores coincidían en proponer un
retorno a los principios de Vitrubio, como “fundador de la
Teoría
arquitectónica”, según decía Demetrio de los
Ríos. El análisis de la “belleza”
como parte de la “teoría estética” y también como concepto revestido de implicaciones
“idealistas”,
formó Asimismo parte de la coherencia total de su pensamiento. Esta faceta de
teórico
la completó Demetrio de los Ríos con otros títulos como La Estética de 1877 o El
Arte en todas sus manifestaciones, aparecido en 1883.
La validez universal de esta doctrina, la apelación de los
“principios seguros”,
la “necesidad de fundar la Teoría
arquitectónica sobre cimientos seguros e
imperecederos, hiriendo con la vara de la sensatez las fuentes de la verdad”,
son criterios que, desde su formulación en estos tratados teóricos, extenderá
Demetrio de los Ríos a sus proyectos de restauración en la catedral de León.
Todo este complejo corpus doctrinal de raigambre “clasíca” es conjugado por
Demetrio de los Ríos con un análisis “positivista” de la catedral de
León,
considerado el edificio como la “lógica gótica” por excelencia. La
explicación
de las leyes constructivas del edificio como hecho material -en las que había
puesto el acento Juan de Madrazo- no impidieron a Demetrio de los Ríos elaborar
una interpretación de su ingénita “belleza”
de carácter “espiritualista”. Esta
será, en suma, la posición de compromiso
en la que se mantendrá Demetrio de los Ríos, coma buena parte también de
nuestros arquitectos del siglo XIX; es decir, la aceptación del análisis
“constructivo”, -“positivista”- del edificio coma método para su
restauración y
la perduración de un concepto abstracto de “belleza” que se aplica a la
arquitectura medieval, como criterio de validez universal. En una palabra, se
trataba de la “síntesis o compromiso
ecléctico" o, como ha sintetizado Javier
Hernando al referirse a la personalidad teórica de Demetrio de los Ríos, una
cómoda posición "entre el positivismo y el idealismo”.
Este perfil del pensamiento histórico y teórico de Demetrio de los Ríos se
tradujo en una interesante trayectoria como “historiador-arquitecto”
10..
Además
de los libros teóricos mencionados y de su estudio sobre la catedral de León,
como historiador escribió varias monografías, como la dedicada al
Anfiteatro de Itálica, La España Romana, Los Monumentos Árabes y Mudéjares de
Sevilla y otros
cuantos volúmenes mas, unos publicados y otros inéditos. En León extendió este
interés por la historia y excavo las ruinas romanas de Navatejera 11., Así como
también restauro la iglesia mozárabe de San Miguel
de Escalada 12..
Su decidida vinculación con la arquitectura del Renacimiento era, como
apuntábamos mas arriba, otra de las notas definitorias de Demetrio de los Ríos.
Al proponer el derribo del remate del siglo XVI que coronaba la fachada
principal de la catedral de León, se declaro en varias ocasiones
“arquitecto
apasionado del Renacimiento bramantesco”,
“estilo que sustenta como propio para
el siglo XIX y que prefiere a todo otro en el caso de actuar como libre
compositor”, decía de sí mismo 13.. Estos contactos con la arquitectura del siglo XVI los prolongo durante doce
años con motivo de la construcción de las
“fachadas monumentales de estilo bramantesco
de las Casas Consistoriales de Sevilla”, ejecutadas entre los
años 1868 y 1880; nuevamente retomó este estilo
en 1886 al proyectar la capilla del Seminario en la catedral de Burgos y con
algunos proyectos de reparación del edificio de San Marcos en León, que tan
agitada vida tuvo en el siglo XIX. Pero esta afinidad con la arquitectura del
Renacimiento no le impidió proyectar edificios en otros estilos con igual
dominio de los repertorios históricos, como la Catedral en estilo mudéjar que
trazo para Gibraltar en 1873, un palacio en estilo árabe en 1866 para Sanlúcar
de Barrameda o la pequeña capilla del Cristo de las Victorias en León en torno
al Año 1885, según pautas neorrománicas. Es decir, en el mas puro
“eclecticismo
tipol6gico”, utilizaba y asociaba el estilo a los significados que
debía
suscitar el edificio.
Este mismo compromiso que mantuvo con los “estilos”, lo extendió
también a su
propia concepción ideológica, encuadrada dentro del
“moderantismo conservador”.
Después de los violentos sucesos mantenidos entre las autoridades religiosas y
Juan de Madrazo, la llegada de Demetrio de los Ríos a León supuso un importante
cambio. El Porvenir de León, Diario que había defendido con ímpetu a Juan de
Madrazo, lanzaba recriminaciones contra el Obispo y el nuevo Arquitecto a
prop6sito de la muerte de Juan de Madrazo 14.. Otro
periódico local, El Bernesga,
reflejaba la noticia del bautizo del hijo de Demetrio de los Ríos por el Prelado
Leonés, dando muestras de una cordialidad de relaciones y comunión de intereses
que no habían existido en momentos anteriores 15.. Estos fluidos
vínculos de
Demetrio de los Ríos con el obispo Saturnino Fernández de Castro se mantuvieron
y prolongaron, pues incluso el arquitecto diseñó el monumento sepulcral del
Prelado Leonés en la catedral de Burgos cuando este falleció como Arzobispo de
esa Diócesis.
Estas buenas relaciones con las autoridades religiosas y la consignación de una
cantidad presupuestaria constante permitieron a Demetrio de los Ríos agilizar
las obras de restauración de la catedral de León que siguieron un buen ritmo
durante sus doce años al frente de las mismas. En estas tareas estuvo auxiliado
por el ayudante José Fernández Solar con el que, sin embargo, pronto tendría
relaciones sumamente tirantes, hasta el punto de solicitar su separación de las obras en
febrero de 1881 y su sustitución por un arquitecto, pues Solar era maestro de
obras. Para este cargo proponía Demetrio de los Ríos a Isidoro Sánchez Puelles
16.. El Gobierno no
aceptó las peticiones de Ríos, fundamentadas en “las
continuas arbitrariedades de mi Ayudante que procede sin previa consulta y
respeto debido”. El conflicto se recrudeció, pues un
año después, en octubre de
1882, Demetrio de los Ríos volvió a insistir en esta cuestión ante el Gobierno.
José Fernández Solar era sumamente popular en León, y contaba con el apoyo del
Ayuntamiento de la Ciudad, de varias firmas de vecinos destacados de León e
incluso de algunos de los obreros de la Catedral, pues todos ellos se dirigieron
al Ministro de Fomento solicitando la reposición de Solar cuando este ya había
sido destituido por el Ministro 17.. Demetrio de los Ríos amenazo con presentar la
dimisión, con el peligro de la consiguiente detención de las obras. El Director
General de Obras Publicas destruyó definitivamente a Fernández Solar y en su
puesto fue nombrado Fernando Portillo y Berraquero, cuyo nombramiento, pese a
las instancias elevadas por Ríos para agilizarlo, no se confirm6 hasta el 24 de
enero de 1883 18.. Sin embargo, la debilitada salud de este discípulo sevillano
de Demetrio de los Ríos le impidió personarse en León para hacerse cargo del
nombramiento. Durante dos años estuvieron las obras sin auxiliar hasta que el 9
de junio de 1885 fue nombrado Vicente Lampérez y Romea,
“aventajado alumno de la
Escuela de Arquitectura”, como decía Ríos al proponerle para el cargo 19..
Lampérez no ocupo su puesto de auxiliar siquiera un ano, pues el 6 de mayo de
1886, “por motivos de salud e intereses particulares”, presento su
dimisión 20..
La estancia en León del que seria yerno de Demetrio de los Ríos debió de ser
decisiva para su formación. El futuro restaurador de las catedrales de Burgos y
Cuenca, entre otros edificios, fue el mas dotado continuador de las teorías y
métodos de restauración sostenidos por Demetrio de los Ríos, además de un
prolífico historiador.
Estos inconvenientes motivados por las polémicas suscitadas alrededor de la
destitución de José Fernández Solar no fueron los 6nicos obstáculos con los que
tropez6 la gestión facultativa de Demetrio de los Ríos. Como veremos en las
siguientes paginas, tuvo que soportar las criticas que se levantaron en algunos
sectores contra su radical intervención en la catedral de León. Problemas como
el derribo de la torre denominada del Tesoro o los anuncios de ruina
alarmantemente extendidos por sus opositores serán algunos de los mas sonados
conflictos que requirieron la atención de todo el país y la intervención directa
de las autoridades gubernamentales.
Demetrio de los Ríos, desde que tomo posesión como arquitecto de las obras de
restauración de la catedral de León el 20 de marzo de 1880 hasta la fecha de su
muerte el 27 de enero de 1892, aplicó con toda dureza y radicalidad el criterio
purista de la restauración en “estilo”. El lamentable estado en que recibió el
templo propició la renovación radical de toda su inmensa estructura pétrea. En
la memoria que redactó y remitió al Ministerio el 20 de abril de 1880, se
comprueba como Juan de Madrazo había dejado el edificio en disposición de
emprender su reconstruccion y restauración 21.: los encimbrados estaban
prácticamente extendidos par todos los elementos activos de la catedral y el
proyecto de reconstrucción del hastial sur ya había comenzado a ejecutarse, a la
vez que Madrazo había terminado los pianos para la reconstruccion de toda la
parte superior del brazo sur del crucero.
Demetrio de los Ríos retomo el hilo del pensamiento de Juan de Madrazo que, como
vimos, ya había marcado en su totalidad el futuro desarrollo de las obras. La
labor de Demetrio de los Ríos comprenderá trabajos de reconstrucción y de
restauración. Hasta el momento prácticamente solo se habían acometido desmontes
y proyectos de reconstrucción. Demetrio de los Ríos comenzara a aplicar en todo
su rigor el concepto de restauraciones parciales; éste será uno de los aspectos
en que nos detendremos, puesto que Demetrio de los Ríos realizara una fuerte y
contundente defensa de la “restauración razonada y en profundidad” de la
catedral, enmarcada por el eje rector del principio de la
“unidad de estilo”.
Posteriormente, pasaremos a comprobar como se produce el paso desde el
“concepto” hasta su
aplicación: es decir, podremos Asistir al impresionante
proceso de total revisión de la catedral de León, de su transformación, hasta emerger la
“nueva Catedral”, la
“Catedral del siglo XIX”,
en toda su pureza, integridad y unidad de estilo, hasta el punto de convertirse
en una realidad las palabras de Demetrio de los Ríos con las que encabezábamos
este capítulo. “... si no se ha erigido una Catedral nueva, no hay parte de la
nuestra que no se haya retocado poco o mucho, y algunas partes de ella muy
principales resultan completamente repuestas”.
No solo se trataran las obras proyectadas y realizadas por Demetrio de los Ríos,
sino que también se incluyen aquellas otras que por diversas circunstancias no
se llegaron a materializar, permaneciendo como propuestas que encuentran su
marco adecuado en esa “Catedral imaginada” par Demetrio de los Ríos, de la que
nos dejó algunos pianos y, sobre todo, sus plásticas y vívidas descripciones,
plet6ricas de imágenes y metáforas, que retomaremos en muchas ocasiones para
seguir el desarrollo de sus argumentaciones. Demetrio de los Ríos, en suma, fue
un hombre brillante y elocuente, que defendió sus criterios y su actuación en la
catedral de León con apasionamiento y gran habilidad persuasoria. Arquitecto,
historiador y arqueólogo, su aportación a la catedral de León queda como el
testimonio pleno del intento de “corregir” la historia para llevar la catedral
de León a un “renovado esplendor” identificado con el resurgir de la
Edad Media.
2) PRESUPUESTOS Y PROYECTOS DE RESTAURACIONES PARCIALES:
“EL PRIMITIVO ESPLENDOR
DE LA CATEDRAL GÓTICA”.
- La discusión en torno al concepto de restauraciones parciales.
Los amplios programas de desmontes emprendidos por Matías Laviña y la formación
por Juan de Madrazo de los proyectos de encimbrado y reconstrucción del hastial
y brazo sur del crucero de la catedral absorbieron prácticamente toda la
atención en la etapa de la restauración que protagonizaron estos dos
arquitectos. Sin embargo, Juan de Madrazo, en su Ultimo Año de dirección
facultativa, elevaba a la superioridad un primer presupuesto que contenía las
restauraciones parciales que debían ejecutarse a partir de mediados del Año de
1879. El comienzo de este tipo de trabajos era posible debido a que una gran
parte del encimbrado ya se había terminado por estas fechas 22.: la estabilidad
del edificio quedaba asegurada, al tiempo que se disponía de los medios
auxiliares precisos para emprender obras de restauración por toda la superficie
de la Catedral.
Los presupuestos y proyectos denominados de restauraciones parciales supondrán
una sustancial transformación del edificio a través de varios proyectos que
“repasaron” la totalidad estructural y decorativa de la Catedral en busca de la
"pureza de estilo" de la arquitectura gótica del siglo XIII.
La realización de este tipo de proyectos venía anunciada por Juan de Madrazo,
que, en los informes que remitió al Ministerio de Gracia y Justicia durante sus
primeros años de dirección facultativa, denominaba a estos trabajos como
“obras
de complemento... necesarias en caso de que se trate de devolver a este
magnífico templo aquella pureza con que fue ideado por sus constructores del
siglo XIII”23..
En estas líneas, Juan de Madrazo resumía lo que será la aplicación rigurosa del
método purista para la restauración de la catedral de León con toda su carga
polémica. Sin embargo, aunque este método de restauración seria el que de hecho
se aplicó en los presupuestos y proyectos de restauraciones parciales
emprendidos a partir de 1879, su valor conceptual y su verdadero ámbito y
alcance se definió y redefinió en varias ocasiones. Esta preocupación de los
arquitectos Madrazo y Ríos por llegar a establecer con claridad la naturaleza de
sus proyectos de restauraciones parciales suponía entrar de lleno en la
amplia discusión doctrinal acerca de que era la restauración arquitectónica y
cual debía ser el espacio o contorno de su aplicación al edificio.
La gravedad de la reflexión sobre los criterios que guiaron la elaboración de
los proyectos de restauraciones parciales es de gran trascendencia debido a las
consecuencias que se derivaron directamente para el futuro del edificio y la
consiguiente transformación de su imagen visual hasta conformarse en gran medida
como una Catedral “gótica recuperada”
o “neogótica” con la
incorporación de
elementos nuevos y extraídos directamente del repertorio figurativo del gótico
“clásico”
del siglo XIII.
La discusión sobre el concepto de restauraciones parciales es, por tanto, una
discusión teórica amplísima, que recorre el siglo, nunca clausurada, y siempre
polémica. Dada la complejidad del tema y la amplitud del debate, aquí me
limitare a exponer algunos de los criterios rectores en que se fundamentaron los
proyectos de restauraciones parciales elaborados para la catedral de León. La
aclaración teórica y practica de la discusión en tomo a los significados que se
atribuyeron -explícita o implícitamente- a las restauraciones parciales es
importante como reflexión previa al análisis del contenido concreto de los
proyectos y las transformaciones del edificio realizadas después de la aprobación
de los mismos.
* Proyectos de reconstrucciones y proyectos de restauraciones parciales.
Los proyectos de restauraciones parciales reunieron las estructuras
arquitectónicas de nueva creación, incorporadas al edificio a través de los
proyectos de reconstrucciones -fachada meridional y brazo sur del crucero,
hastial occidental y bóvedas de crucería- con la parte antigua de la Iglesia,
que se somete a través de los proyectos de restauraciones parciales a un total
“rejuvenecimiento” de sus elementos constitutivos. La imagen actual de la
catedral de León, como arquitectura de estilo perfectamente coherente y
unitario, es el resultado de la integración de los dos tipos de proyectos
-reconstrucciones y restauraciones parciales- bajo una misma finalidad:
conseguir la Catedral ideal, de estilo unitario y carácter cerrado, en donde las
huellas de deterioro se eliminaran y el edificio ofreciera la apariencia externa
de la obra recién creada, en permanente estado de génesis y no afectada por la
triple influencia destructora del hombre, la naturaleza y el tiempo; este
objetivo de los proyectos de restauraciones parciales venía claramente señalado
por Juan de Madrazo cuando afirmaba que el prop6sito de los mismos era
“dotar de
la suficiente resistencia a las fabricas antiguas que con las de nueva
edificación han de formar en su día un todo completo y uniforme”24..
Esta definición de Madrazo acerca de la finalidad de las restauraciones
parciales, contenida en el primero de los presupuestos elaborados de este tipo,
nos sirve para entrar a considerar el alcance conceptual con que se dot6 al
termino.
El concepto de restauración parcial distaba de ofrecer una claridad meridiana,
pues, antes bien, durante los primeros años se produjeron dudas y titubeos en
cuanto a su tramitación entre el arquitecto Demetrio de los Ríos y la Junta
Consultiva de Caminos, Canales y Puertos; las dificultades de tramitación se
debían en realidad a la falta de aclaración de la naturaleza de estos proyectos
o presupuestos.
Como obras de complemento, Juan de Madrazo presentó dos presupuestos de
restauraciones parciales durante su Ultimo Año de dirección facultativa, uno
para realizarse en el resto del Año 1879 y otro para el siguiente año económico
de 1879-1880. Esta formula fue la que empleó también Demetrio de los Ríos
durante sus dos primeros años al frente de las obras de la catedral de León, es
decir, presentación anual de los trabajos de restauraciones parciales bajo la
forma y características de un presupuesto acompañado de una breve memoria
introductoria. Sin embargo, el ultimo de estos presupuestos de restauraciones
parciales, correspondiente al Año económico de 1881-1882, tras un informe
negativo de la Junta de Caminos, Canales y Puertos, le fue devuelto al
arquitecto el 17 de septiembre de 1881 por Orden del Director General de Obras Públicas. Como respuesta a las aclaraciones que solicitaba la Junta Consultiva,
Demetrio de los Ríos elaboró su Proyecto de obras parciales de restauración para
el Presbiterio en la
zona de la nave alta, cuya primera parte esta dedicada a especificar lo que se
entendía por obras parciales de restauración, su alcance, y, en consecuencia,
como debían tramitarse.
La primera distinción que establece Demetrio de los Ríos diferencia las
“obras
parciales de restauración” de los
“proyectos” propiamente dichos. Esta
distinción puede ser valida hasta este mismo Año de 1881, puesto que, en efecto,
las obras parciales de restauración elevadas a la superioridad desde 1879 hasta 1881 no se presentaron ni bajo el concepto ni bajo la forma de
proyectos, sino mas bien como “presupuestos”. La
distinción era, por
consiguiente, en primer lugar formal: los proyectos constaban, coma es sabido,
de una amplia memoria artístico-científica, de pianos ejecutados a gran escala y
de pliegos de condiciones facultativas y presupuesto; por el contrario, los
“presupuestos de obras parciales de restauración” comprendían solamente el
presupuesto con los cuadros de precios precedido de un breve preámbulo
explicativo. Sin embargo, desde el momento mismo en que Ríos establecía esta
primera distinción - en 1881- las obras parciales de restauración se presentaran
en lo sucesivo con las mismas formalidades que los
“proyectos”; es decir, estarán dotadas de memoria descriptiva, pianos, condiciones facultativas y
presupuesto y, debido a esta mas amplia elaboración, dejaron de ser anuales.
Esta precisión, que pudiera parecer gratuita, tiene en realidad bastante
importancia. En primer lugar, la redacción de la memoria acompañada de pianos
explicativos nos permite conocer en la actualidad con bastante detalle y
precisión los elementos transformados de la Catedral y el alcance de estas
restauraciones; y, en segundo lugar, la redacción de estos mismos documentos,
con su complejidad inherente, demuestra como se atribuyo a las
“obras parciales
de restauración” una importancia superior a la que hasta entonces se le
había asignado, bajo la forma y el concepto de un mero presupuesto.
En definitiva, esta primera distinción entre “proyectos” y
“presupuestos de
restauración” se muestra confusa y claramente insuficiente para distinguir con
precisión los distintos tipos de trabajos emprendidos en la catedral de León.
Además, el mismo Ríos cae en una intencionada contradicción, puesto que en el
momento concreto en que plantea esta distinción, la esta realizando en la
redacción de una memoria de lo que el mismo denomina ya como
“Proyecto” de
restauración del Presbiterio. Por consiguiente, aunque Ríos utilice estos
términos, en realidad esta distinguiendo entre dos tipos de proyectos:
“proyectos de reconstruccion” y
“proyectos de restauración”. Si nos hemos
detenido en estos preliminares, es porque la aclaración del concepto de
restauraciones parciales comienza con esta distinción previa entre proyectos de
reconstrucción y proyectos de restauraciones parciales.
Los “proyectose de reconstrucción” son definidos por Demetrio de los
Ríos del
siguiente modo 25.:
“A los proyectos corresponden las diferentes obras que, abarcando una importante
porción del Templo, son esencialmente opinables y discutibles por referirse a
restauraciones de partes completamente derribadas que han de erigirse
nuevamente, y en las que, merced a restauraciones antiguas o injerencias extrañas,
perdióse la forma general y los conceptos estéticos de su composición,
que mediante opinable y discutible estudio hay que inventar con más o menos
acierto, con más o menos propiedad artístico-arqueológica”.
A este tipo de “proyectos”
pertenecían los que ya hemos visto de encimbrado,
reconstrucción del triforio del crucero meridional, hastial de mediodía,
enjarges de bóvedas y brazo sur, formados por Madrazo, y los que realizara Ríos
para la demolición y posterior reconstruccion del hastial occidental.
El carácter comprometido, de invención y composición artística, de lo que Ríos
denomina “proyectos” y que nosotros hemos precisado como
“proyectos de
reconstruccion”, parecía, según la
definición de Demetrio de los Ríos, uno de
los rasgos principales que distinguía a estos proyectos. En efecto, tanto Ríos,
como Madrazo con anterioridad, se esforzaron en presentar los
“proyectos de
restauraciones parciales” como trabajos desprovistos de este carácter
“opinable
y discutible” que
“hay que inventar”, citado
mas arriba al hablar de las
reconstrucciones. En este sentido se orientan las aclaraciones de Juan de
Madrazo, formuladas en los preámbulos explicativos de sus presupuestos de
restauraciones parciales, acerca del alcance de estas obras:
“... hay en toda la inmensa estructura de este edificio elementos aislados
faltos de estabilidad o defectivos de resistencia cuya sustitución por otros
nuevas no implica ninguna reforma en la composición de la misma estructura, y
sólo
supone una reproducción exacta de sus elementos actuales”26.(...) “se reducen
(las obras) a sustituciones o relevos de partes viejas por otras nuevas ... no
implican reformas, ni cambios, ni modificaciones en las estructuras que hoy
existen y solo suponen reproducciones exactas de los elementos que componen
estas estructuras” 27..
Demetrio de los Ríos reafirmaba, completándolas, estas definiciones de Juan de
Madrazo, en su “presupuesto” de 1880
28.:
“... no habiéndose de alterar en lo mas mínimo, ni las funciones mecánicas de
las aludidas partes, ni tampoco su carácter arqueológico”.
Sin embargo, en el proyecto de restauración del presbiterio del Año 1881, pese a
apoyarse de nuevo literalmente en las opiniones de Madrazo, introduce Ríos una
matización importantísima para nuestros propósitos, puesto que se amplia ya de
modo explicito el campo de aplicación de las obras de
“restauraciones
parciales”, que, desde la reposición de secciones existentes, se extienden a la
sustitución de aquellos elementos ajenos al estilo del edificio que pueden ser
suprimidos y sustituidos por otros “neogóticos” -no existentes materialmente-,
en una clara afirmación del criterio de “unidad de estilo” como rector de las
obras de restauración:
“Aun en el caso de tener que renovar todo un miembro arquitectónico par medio de
restauraciones parciales, este no se adultera en lo mas mínimo en punto a su
oficio, dimensiones, forma y carácter distintivo, ni se le varía de como existe,
a menos que no haya que depurarlo, quitándole agregados a todas luces
posteriores, o piedras mal ingeridas por canteros indoctos, sin mas sujeción que
la de su libre capricho” .
Es decir, del carácter aparentemente “neutral” de las intervenciones que se
desprendía de las definiciones anteriores, se llegaba con esta importante
matización a sumergir el concepto de restauraciones parciales en una compleja
polémica desde el momento en que se admitía la posibilidad de
“depurar” el
edificio de aquellos “agregados” que contrariaban la unidad del sistema
constructivo y decorativo gótico. El fondo doctrinal de estas afirmaciones de
Demetrio de los Ríos-se fundamentaba en la radical afirmación del criterio
restaurador que sintetizo E. Viollet-le-Duc en las primeras líneas de su
articulo “Restauration” del Dictionnaire raisonne, tantas veces citadas, y que
resumen la doctrina restauradora en su punto de mayor radicalismo 30.:
“Restaurar un edificio no es solo conservarlo, repararlo o rehacerlo, sino que
es restablecerlo a un estado completo que puede no haber existido nunca en un
momento dado”.
La devolución de la catedral de León a “aquel estado de pureza con que fue
ideado por sus constructores del siglo XIII”, el restablecimiento del edificio
hasta conseguir “formar un todo completo y uniforme”, eran los
criterios rectores de la restauración expresados
también
-como dijimos mas arriba- por Juan de Madrazo, claramente coincidentes con la
definición violletiana del termino. Demetrio de los Ríos se encargara de aplicar
con todo el rigor los contenidos expresados verbalmente en estas definiciones
hasta sus últimas consecuencias en la transformación concreta y material del
edificio a través de sus proyectos de restauraciones parciales.
* Tipos de intervenciones contenidas en los proyectos de restauraciones
parciales.
En este repaso a través de las explicaciones que Madrazo y Ríos dieron en sus
proyectos acerca del alcance y repercusión que debían tener las obras de
restauraciones parciales, hemos visto como en realidad estaban englobando bajo
un mismo termino distintas operaciones arquitectónicas que oscilaban desde la
estricta “conservación” hasta la
aplicación de la “restauración” con toda su
amplitud y radicalismo.
Vemos, pues, como “restauración” es un termino de difícil
definición, fluctuante
en su significado y de límites imprecisos; el vocablo restauración expresa una
noción que a primera vista parece obvia, pero que, ahondando en sus posibles
definiciones, aparece como un termino ambiguo, susceptible de abarcar en su
campo semántico diferentes, e incluso opuestos, tipos de operaciones de
intervención arquitectónica.
Este carácter contradictorio de los distintos significados de las restauraciones
parciales se evidencia en las explicaciones anteriores de Madrazo y Ríos, donde
quedan patentes las dificultades de estos arquitectos para lograr una definición
teórica absoluta, cerrada y totalmente coherente de lo que ellos entendieron por
restauraciones parciales. Por eso, ante la imposibilidad de llegar a encontrar
una definición teórica unitaria del concepto de restauraciones parciales, es más
productivo, como aclaratorio del termino, detenerse en considerar el conjunto de
los distintos tipos de operaciones arquitectónicas que se propusieron bajo la
genérica denominación de obras de restauraciones parciales.
Sin entrar en detalle en la descripción de los trabajos, cabe distinguir cuatro
grandes tendencias, bastante dispares, e incluso opuestas, entre los tipos de
intervenciones que se presentaron en estos proyectos:
1)- Conversación. Bajo el
apartado de la estricta “conservación” tanto Madrazo
como Ríos realizaron numerosos trabajos de limpieza, mantenimiento y
consolidación de estructuras constructivas y elementos decorativos de la
Catedral. Demetrio de los Ríos citaba como procedimientos de conservación los
trabajos de picado y rejuntado, trasdoseado y atirantado; es decir se trataba de
obras de refuerzo, consolidación y limpieza que para nada alteraban el aspecto,
la forma o los materiales de las partes del edificio que se sometían a este
tratamiento. El carácter “neutro” de este tipo de intervenciones
lógicamente no
produjo ningún tipo de discusión en cuanto a los efectos, puramente
“preventivos”, de estos trabajos. No obstante, lo que sí fue
polémico era el
grado de aplicación o la importancia general que la conservación, en cuanto
sistema de intervención, tenía en el proceso total de restauración de la
Catedral. Es decir, la polémica surgió en el momento en que la
“conversación”
entro en conflicto con la “restauración” y se consideraron como procedimientos
antagónicos y excluyentes. En esta polémica, como veremos, asumiría Demetrio de
los Ríos la vigorosa defensa de la “restauración integral y
sistemática” del
edificio, cuando ya se empezaba a cuestionar en España este método como
falseador del valor histórico y de antigüedad del monumento.
2)- Restauraciones. En este apartado de restauraciones, al que propiamente se
refieren los proyectos de restauraciones parciales, nos ha parecido conveniente
introducir dos grados diferentes de restauración según la dureza de la
intervención:
a) Restauraciones sin alteración mecánica ni formal -pero sí material- de los
elementos restaurados: este tipo de intervención fue, como hemos visto, el que
Madrazo y Ríos tendieron a identificar como la operación básica contenida en los
presupuestos y proyectos de restauraciones parciales. La finalidad de la
restauración en este nivel era la de dotar de estabilidad y resistencia a
estructuras o elementos aislados, “sin
alteración de las funciones mecánicas y
su carácter arqueológico”. Este tipo de intervención por restauración se realizo
siguiéndose dos procedimientos que se diferenciaron según el grado de intensidad
o renovación de los elementos restaurados:
a.a.- restauraciones por sustitución: operación consistente básicamente en la
reposición de sillares; es decir, en sustituciones parciales o relevos de partes
viejas deterioradas por otras nuevas; se mantuvo en lo fundamental el sustrato
de antigüedad en el elemento restaurado, que solo se renovó en puntos concretos
de su estructura.
a.b.- restauraciones por reconstruccion: la intensidad de la intervención es
mucho mayor; la restauración se identifico con la reconstruccion de elementos
arquitectónicos en su practica totalidad; es decir, pilares, arcos, bóvedas,
arbotantes, contrafuertes, etcétera, que fueron construidos de nuevo. Estas
operaciones hay que diferenciarlas de otros dos tipos de intervenciones que
hemos considerado en grupos aparte, aunque todas ellas presenten un núcleo común
en cuanto al método de intervención presidido por la
“reconstruccion” como
operación básica:
- las restauraciones por reconstruccion hay que distinguirlas en primer lugar de
los “proyectos de reconstrucción”; la
definición que citábamos más arriba de
Demetrio de los Ríos de lo que el denominaba como “proyectos” propiamente
dichos, permite establecer las diferencias entre los proyectos de reconstrucción
y las restauraciones por reconstruccion: los primeros
“abarcaban una importante porción del Templo -decía Ríos- cuya forma general y conceptos
estéticos se
habían perdido”, por lo que era necesario
“inventar” de nuevo su composición
según las formas y principios constructivos del gótico del siglo XIII. Es decir,
se diferenciaban ambas intervenciones en primer lugar por su
“magnitud”, -los
proyectos de reconstruccion eran reedificaciones de conjuntos estructurales
complejos, compuestos de la combinación y composición arquitectónica de
elementos o estructuras básicas-, mientras que las restauraciones por
reconstruccion se limitaban a la reedificación de estas estructuras básicas o
elementos aislados-; en segundo lugar, se distinguen por su
“elaboración”, pues
para los primeros era necesario “inventar”, ya que se habían perdido las trazas originales, mientras que para las segundas bastaba con
“reproducir”
exactamente los elementos estructurales según los modelos que ofrecía el propio
edificio.
- en segundo lugar hay que distinguir las restauraciones por reconstruccion de
las aquellas restauraciones que se realizaron por eliminación de elementos
originales y reconstrucción en su lugar de otros nuevos; este segundo tipo de
“restauración”,
que veremos a continuación, es también por “reconstruccion”, si bien supuso la
introducción de un importante juicio critico previo que llevo a la eliminación
de un elemento existente y su posterior reconstruccion purista.
En resumen, en este apartado de restauraciones que no suponían ninguna
alteración mecánica ni formal de los elementos restaurados, el principal punto
polémico se centrara en la discusión acerca de la legitimidad del use de
materiales nuevos para la sustitución parcial o reconstruccion total del
elemento arquitectónico deteriorado o ruinoso: aquí la restauración entraba en
conflicto con el valor de antigüedad; sin embargo, la ausencia de modificaciones
mecánicas o formales en las restauraciones realizadas bajo este criterio
rebajaba su carga polémica, y por ello, tanto Madrazo como Ríos, insistieron en
presentar sus proyectos de restauraciones parciales esencialmente bajo este
principio. De hecho, desde el punto de vista del proceso administrativo, la
tramitación de estos presupuestos y proyectos de restauraciones parciales se
realizo bajo la supervisión de la Junta Consultiva de Caminos, Canales y
Puertos, al considerarse que el contenido de los trabajos no afectaba a la
alteración histórico-artística del monumento, y, por tanto, no tenían que pasar
por el examen la Academia de San Fernando, sino que su supervisión debía atender
fundamentalmente a cuestiones estáticas y económicas derivadas de su naturaleza
de presupuestos.
Sin embargo, como veremos a continuación, el juicio critico, artístico y
arqueológico, discutible y polémico, no estaba ausente, ni mucho menos, en los
trabajos contenidos en estos proyectos. Este componente conflictivo se mostraba
con gran intensidad en el segundo tipo de intervenciones por restauración.
b) Restauraciones como restablecimiento de ciertas partes del edificio en el
estilo del gótico del siglo XIII. En cuanto “restablecimiento” supone la
existencia de ciertos elementos originales del edificio que fueron sustituidos
durante la restauración por otros nuevos al considerarse
“viciosa” su función o
su forma. El juicio crítico del arquitecto en este tipo de trabajos fue
fundamental. Su carácter esencialmente discutible y la defensa polémica que de
los mismos que realizo Demetrio de los Ríos la veremos mas adelante; ahora nos
limitamos a señalar el alcance general de estos trabajos. Básicamente se
realizaron apelando a dos principios básicos:
-
principio “funcional”: puede definirse como el principio
según el cual toda
construcción o disposición arquitectónica viciosa, aunque fuera original, debía ser destruida y reemplazada por otra correcta y apropiada a la
función desempeñada; la renovación y modificación del sistema de desagües del edificio,
las propuestas de reforma de las cubiertas, la modificación de arbotantes,
etcétera, fueron algunas de las numerosas modificaciones que se propusieron y
realizaron bajo la invocación de este principio.
-
principio de “unidad de estilo”: la
eliminación de elementos decorativos de
edificio también se realizo en defensa de la “unidad de estilo” de la Catedral;
este fue el tipo de intervención mas polémico y discutido de entre los empleados
en la catedral de León. El componente esencialmente crítico que comportaba la
eliminación de un elemento original de la Catedral por estar en desacuerdo con
la concepción de la Catedral gótica como una unidad de sistema constructivo y
decorativo fue uno de los primeros principios que se discutieron como método para la restauración
arquitectónica.
Demetrio de los Ríos defenderá ardientemente este principio, que será el mas polémico debido a reposar en un “criterio del gusto” más que en una necesidad
estática, funcional o de conservación, por lo que fue frecuente
“justificar” la
necesidad Estética presentándola en relación con una necesidad funcional 31..
Sobre todo ello volveremos mas adelante.
3) Decoraciones en el interior. Los últimos proyectos de restauraciones
parciales propuestos por Demetrio de los Ríos y sus sucesores en el cargo
tendrán como finalidad la preparación de la Catedral para
“abrirla de nuevo al
culto”; algunos de estos trabajos se realizaron mientras
aún se ejecutaban las
obras de cantería que afectaban a la estructura fundamental del edificio, aunque
lo normal fue que se plantearan como “menesteres complementa Ríos de
índole muy diversa, no incluidos nunca en presupuestos anteriores”, según se
refería a
ellos Demetrio de los Ríos. Pese a este carácter complementario del que habla
Ríos, algunas de las obras de “decoración interior” fueron muy discutidas y de
gran magnitud, como ocurrió por ejemplo con el caso del problema de las
propuestas de traslado del coro de la Catedral, objeto de importantes
discusiones; otros trabajos, como la reposición de las vidrieras, realizado
prácticamente en su totalidad por Juan Bautista Lázaro, alcanzaran una gran
amplitud y repercusión. La eliminación del enjabelgado interior de los muros con
el picado general de todos los paramentos interiores, la reparación del
pavimento, verjas, sepulcros y demás, fueron algunos otros de los trabajos de
decoración interior planteados en los proyectos de restauraciones parciales. En
definitiva, la decoración interior del templo, presentada como trabajo
complementario y posterior a la consolidación estructural y estática del
edificio, será de gran importancia para completar la imagen
“purista” de la
catedral de León, con la eliminación de añadidos posteriores que no dejaron
tampoco de suscitar polémica; la discusión acerca de este tipo de trabajos,
debido a que se trataba de una suma de procedimientos de conservación y
restauración, se realizara con las mismas argumentaciones que las empleadas para
justificar o rechazar estos conceptos.
4) Aislamiento de la Catedral. Contenidas en los proyectos de restauraciones
parciales, Demetrio de los Ríos realizará sus propuestas de aislamiento del
edificio que tuvieron en la demolición de una construcción adosada al templo por
su costado meridional, denominada “el Tesoro”, el principal objetivo. El derribo
de la “Puerta del Obispo”, ya durante el siglo XX, completara este tipo de
proyectos. Su naturaleza esencialmente polémica, al tratarse de operaciones de
derribos de elementos yuxtapuestos al núcleo del edificio, pero históricamente
originales, provocara numerosas discusiones en cuanto a su valor histórico. La
preocupación por el entorno urbanístico del monumento será una característica
introducida a partir de las restauraciones emprendidas desde el siglo XIX. Sin
embargo, este fue uno de los criterios que experimentó una más radical
transformación con el desarrollo de las modernas teorías sobre la conservación
del patrimonio arquitectónico. Debido a su carácter especial a este tipo de
operaciones le dedicaremos un capítulo aparte 32..
La extensión y variedad de las intervenciones que quedaron englobadas y
contenidas en los proyectos de restauraciones parciales queda señalada con esta
distinción de las tendencias principales de los tipos de operaciones que se
agruparon en estos proyectos. Ello prueba la amplitud y al mismo tiempo la
complejidad con que se dot6 al termino “restauración”. Algunos de los trabajos
planteados los trataremos por separado debido a la importancia y significación
que alcanzaron en el contexto de la restauración de la catedral de León. Ahora
bien, los criterios generales que guiaron su ejecución, las polémicas teóricas
que surgieron acerca del que y del como restaurar y la justificación del método
de restauración seguido, son cuestiones generales que se plantearon de modo
polémico en tomo a la restauración de la catedral de León y que trataremos a
continuación. Por supuesto no se trata de entrar en una exposición detallada de
los pormenores teóricos de la discusión, sino que tan solo supone el intento de
encuadrar el proceso de restauración de la catedral de León en un contexto de
discusión como explicativo de las transformaciones del edificio y de la
significación y repercusión que alcanzaron las opiniones expresadas en torno al
método de restauración.
- La afirmación polémica de la restauración integral y sistemática de la
catedral de León por Demetrio de los Ríos.
* Materia y forma: use y abuso de los materiales en el proceso de restauración.
Hemos visto cómo una parte muy importante de los trabajos contenidos en los
presupuestos y proyectos de restauraciones parciales consistió en la reposición
de sillares en estructuras arquitectónicas deterioradas, procedimiento que, en
su máxima extensión, llego incluso a la reconstrucción parcial o total del
elemento dañado cuando este presentaba un pronunciado estado ruinoso. Este tipo
de intervenciones, que calificamos anteriormente como restauraciones sin
alteración mecánica ni formal de los elementos restaurados, se limitó a
reproducir formas y funciones de elementos estructurales y decorativos ya
existentes. Es decir, la alteración del edificio realizada mediante esta
operación era una modificación sustancialmente material sin implicar ningún tipo
de transformación en la forma o en la función del elemento
restaurado.
La mala condición material de la piedra empleada en la construcción de la
catedral Leonesa produjo esta amplísima operación de sustitución de sillares por
toda la superficie del edificio. El llamado mal de la piedra fue, como ya
mencionamos, una de las principales causas generales de la ruina de la catedral
de León
33..
Las sistemáticas operaciones de sustitución o relevos de bloques de piedra
viejos y deteriorados por sillares de nueva labra, recién extraídos de las
canteras, se extendieron durante la restauración por toda la inmensa estructura
del edificio. El proceso de sustitución y reposición de sillares fue presentado
por Madrazo y Ríos como el método de restauraciones parciales por excelencia,
como vimos anteriormente. La aparente neutralidad de la intervención, donde la
labor inventiva del arquitecto restaurador quedaba anulada por completo, era
subrayada por Demetrio de los Ríos al referirse a la metodología empleada en
estos trabajos: “a la piedra sacada en muy diferentes y hasta apartados puntos
sustituye con entera exactitud matemática otra piedra de igual tamaño, forma y
colocación, variando sólo y exclusivamente de naturaleza”
34..
Pero esta diferencia de naturaleza entre la piedra nueva y la vieja tenía una
trascendencia mayor de la que quería hacer ver Demetrio de los Ríos, pues en
torno a esta cuestión se planteó un complejo problema que remitía a la discusión
acerca de la legitimidad de “injertar” materiales modernos junto a los sillares
antiguos, punto clave de toda Teoría o practica de tratamiento de monumentos.
La defensa del valor original e insustituible de la materia era el argumento que
se oponía a su sustitución: la piedra, elemento constructivo por excelencia de
la Catedral, era el sustrato material que expresaba, en su misma degradación, la
idea del paso del tiempo que se revelaba palpablemente en las huellas que este
habla dejado en los sillares. La autenticidad de la materia original no podía
ser suplida con la falsa sustitución de sillares degradados o reducidos a
materia informe -pero en todo caso originales- por sillares nuevos,
arbitrariamente colocados por la mano humana, que de este modo interrumpía y
violaba el genuino desarrollo de la actividad destructora de la naturaleza.
El respeto “religioso” hacia el monumento debido a su
insustituible “vetustez”
llevaba consecuentemente a condenar cualquier tipo de sacrílega intervención en
el edificio. Este valor atribuido al monumento, producto de la moderna
sensibilidad del hombre en sus relaciones con el pasado, fue certeramente
analizado a principios de siglo por el historiador austriaco Alois Riegl que lo
definió como alteswert o “valor de antigüedad”35.. Como moderno valor de masas, Alois Riegl advierte cómo el hombre contemporáneo sustituye la apreciación
erudita del monumento, su valoración como documento histórico portador de
informaciones positivas, por una lectura sensitiva mucho mas global y directa
fundamentada en la impresión anímica que produce el edificio como testigo de
épocas pasadas. Experiencia psicología producida por la confrontación del momento presente con la
antigüedad vaga e
imprecisa representada en el monumento, no es necesario ningún tipo de
conocimiento racional o positivo para valorar el edificio del pasado en su
antigüedad, sino que su aprecio reside solamente en la simple percepción
sensorial. Toda huella de deterioro que denotara exteriormente y de modo
manifiesto que el edificio ha existido y ha vivido, debía ser mantenida.
La degradación de la materia adoptaba en el interior de esta corriente de
opinión un amplio valor y un profundo significado como consumación del ciclo
biológico al que estaba sometido el monumento: producto de la creación humana,
el monumento esta doblegado al ciclo natural de nacimiento y muerte, creación y
destrucción, que debía ser percibido en toda su claridad en los avatares
visibles sufridos por el monumento que provocan una fruición sensorial subjetiva
y reconfortante.
Las raíces ideológicas de esta moderna sensibilidad hacia el monumento se
encuentran en toda la corriente sensitiva y empírica dominada por la poética de
las rulos, origen de las reflexiones románticas sobre la fugacidad del tiempo y
la debilidad de la materia, en un descubrimiento y reinterpretación de los
valores evocativos contenidos en el monumento.
Como actitud hacia el patrimonio, y enmarcada en una amplia y sumamente
interesante formulación teórica, esta corriente tuvo un importantísimo
representante en John Ruskin, gran defensor de la autenticidad histórica del
monumento desde una perspectiva de carácter moral antes que material o formal
36.. Ruskin excluía y condenaba cualquier tipo de intervención en los edificios
antiguos con prof6ticas y escatol6gicas palabras, refiriéndose al inevitable fin
de todo lo surgido de la mano del hombre: “su
última hora sonara -decia al
referirse al monumento- pero que suene abierta y francamente, y que ninguna
sustitución deshonorable y falsa lo prive de los deberes fúnebres del recuerdo”.
Ciertamente, el debate suscitado en torno a la legitimidad moral de la
intervención del arquitecto contemporáneo en la arquitectura histórica es demasiado amplio como para reproducirlo
aquí en toda su extensión
polémica. No
obstante, interesa señalar como cuando Demetrio de los Ríos realiza su
amplísima operación de reposición de sillares en la catedral de León, existían
otras corrientes de opinión que se oponían a este tipo de intervenciones. El
tono polémico que adopta el propio Ríos para defender sus criterios muestra la
complejidad de la problemática.
John Ruskin, como ap6stol mas elocuente de la no-intervención, fundamentaba sus
opiniones en el religioso respeto a la patina incrustada en las vetustas piedras
de los edificios del pasado. La materia, en su misma descomposición, era
portadora de un signo moral de verdad, de autenticidad, que excluía cualquier
tipo de falseadora intervención a la que siempre se opuso con contundencia:
“No hablemos, pues, de restauración. La cosa en si no es, en suma,
mas que un
engaño. Mirad frente a frente la necesidad y aceptadla. Destruid el edificio,
arrojad sus piedras a los rincones más apartados, y rehacedlo de mortero a
vuestro gusto. Pero hacedlo honradamente, no lo reemplacéis por una mentira”.
Las ideas de Ruskin y sus epígonos, expresadas con este tono apocalíptico
tuvieron una influyente .. presencia como oposición a las intervenciones por
restauración: su condena de la restauración considerada como operaciones de
necrofilia palingenesia, destructoras de la autenticidad del monumento,
cualquiera que fuera su grado de intensidad, fueron un importante contrarresto a
la restauración integral, que se vio obligada a justificar cada vez con mayor
frecuencia sus criterios de intervención.
Demetrio de los Ríos no estimaba que la materia, la piedra, por su intrínseco
valor de antigüedad adquiriera un rango venerable tal como para que el edificio
no pudiera “renovarse” mediante la sustitución de sillares. Para Ríos lo
realmente perdurable y respetable en la arquitectura era la forma; la materia
servía a la forma, concretaba la forma y estaba supeditada a ella. Así lo
expresaba con elocuentes palabras en una apasionada defensa de su método
restaurador 37.:
“No es la piedra de que fue originariamente (el edificio) lo, esencial en 91,
lo característico, lo que aman las generaciones, coma encarnación del espíritu, del
alma pensante y haciente de las pasadas; (...) en el edificio lo espiritualmente
viviente, lo ingénito en su personalidad e individualidad determinante no es la
piedra de que se forma y que puede ser y es mutable, sino la forma que imprimió
en ella el Arte, y el alma pensante y haciente que en la forma grabo con
caracteres indelebles el cincel del secundario artista y el talento supremo del
Arquitecto”.
Con estas palabras se daba paso a un proceso que legitimaba no solo la
introducción de materiales de nueva extracción en la Catedral, sino que también
se defendía la recuperación y rescate del estado primigenio del edificio en
relación con su “idea”germinal contenida en ese espíritu que animaba a la forma
con carácter de verdad permanente; esta operación, debido a la inmutabilidad de
la forma, “espiritualmente viviente”, era posible e incluso necesaria desde el
punto de vista de la “verdad” contenida en la arquitectura.
Vemos, pues, como ambas posturas enfrentadas reposaban en una visión moralista e
idealista de la arquitectura: la verdad contenida en la insustituible vetustez
de la materia como expresión de la idea de la antigüedad y el tiempo
transcurrido, y el idealismo de la forma como lo espiritualmente vivo en el
edificio, cuya verdad esta codificada en el interior de la propia lógica de la
arquitectura, en el estilo, como matriz fundamental. Posiciones ambas que, en su
defensa de la "idea" y de la "verdad", son de un notorio sabor tardorromántico,
aun cuando se entrelacen las opiniones de Ríos con un análisis
“positivista” de
la arquitectura.
Las vehementes palabras de John Ruskin con la predicción del fatal y necesario
fin del monumento no pudieron formar parte de ninguna doctrina estatal para el
tratamiento del patrimonio arquitectónico. El carácter
“técnico” de la doctrina
restauradora francesa se impuso a lo largo del siglo en la mayoría de los países
que iniciaron una política de protección del patrimonio. Sin embargo, la radical
crítica de Ruskin y sus epígonos a todo tipo de intervención constituyó un
importante acicate para el desarrollo de las modernas teorías del restauro
científico. La figura del italiano Camilo Boito (1836-1914) tuvo un papel
destacadísimo en la afirmación de las doctrinal de la
“conversación” como
políticas oficiales hacia el patrimonio.
Demetrio de los Ríos tuvo que combatir con dureza la progresiva afirmación que
en España tuvieron las doctrinas conservadoras durante las dos ultimas décadas
del siglo XIX, cuya voz critica hacia el método francés cada vez se hacía oír
con mayor fuerza, según las opiniones que recogía Ríos:
“se ha hecho bastante, se
ha hecho demasiado, porque en vez del sistema de restauración de Viollet-le-Duc
debió emplearse el de conservación de cierto inglés o el de los italianos”38..
El use de los materiales era un aspecto fundamental en las modernas teorías de
conversación que marcaba claramente las divergencias con el método seguido por
Ríos en la catedral de León. La posición mantenida por Boito respecto a los
monumentos se resumía en la aceptación básica de la critica a la intervención
realizada por Ruskin, pero sin entrar en las consideraciones fatalistas del
pensador inglés sobre la necesaria consumación de los edificios; éstos, según Boito, debían ser conservados como testimonios del pasado mediante su
consolidación, con lo que se admitía la posibilidad de intervención mediante
ciertos instrumentos técnicos. Ahora bien, el método de intervención difería
radicalmente del sistema de filiación francesa. Este método fue enunciado por
Camilo Boito en ocho puntos presentados el año 1883 en el III Congreso de
Arquitectos e Ingenieros Civiles de Roma; su doctrina se puede resumir en el
octavo punto que postula la “notoriedad visual de las acciones realizadas” o,
según la formula que ha sintetizado Antón Capitel, se comprendían en el doble
principio de la acción mínima y notoriedad moderna 39..
Es decir, el arquitecto debía limitarse a intervenir solo cuando el monumento
estuviera en verdadero peligro de ruina y en este caso, al ser inevitable la
intervención, su acción debía ser claramente diferenciada de la obra antigua y
reconocerse como un añadido moderno. Así lo afirmaba directamente Boito cuando
afirmaba que debía respetarse siempre “la diferencia de materiales en sus
fabricas”.
Estos dos puntos claves que venían enunciados desde 1883 serán los que discuta
Demetrio de los Ríos en su afirmación polémica del método francés.
En primer lugar tratara de demostrar la insuficiencia del sistema preservativo
para el caso concreto de la consolidación de la catedral de León y la necesidad
de una restauración sistemática y en profundidad del edificio; y en
segundo lugar, afirmara que este método, en su
distinción y contraste entre materiales nuevos y viejos, era absurdo en cuanto a
sus resultados estéticos.
La estricta conservación, incluida como método preventivo en los proyectos de
restauraciones parciales formados por Ríos, era comparada, tomando el símil
medico, con la higiene puramente preventiva, totalmente ineficaz para la
patología de la catedral de León, que se vela aquejada de considerables daños
que afectaban directamente a órganos vitales de su estructura arquitectónica. La
restauración se imponía, pues, tanto como medicina teutónica, con la masiva
sustitución de elementos deteriorados por otros nuevos, como en operaciones
quirúrgicas de alto riesgo, mediante las reconstrucciones de obra nueva que
se vinieron realizando 40.:
“Un edificio, por flamante que le supongamos, debe conservarse desde el
instante
mismo de su terminación, y a veces antes de concluido. La conservación ha de
velar por el incesantemente, a fin de alejar lo mas posible la restauración o la
reedificación; pero cuando el cúmulo de injurias temporales, los trastornos,
resultado de su propia estructura, y el abandono e injurias de las generaciones ha
traído a creciente, a consumada ruina este edificio, o cualquier vetusto
monumento, toda conservación aplicada como único y exclusivo media salvador es
impotente, absurda. La restauración urge, la reedificación se impone”.
Una vez afirmada por Ríos la restauración como inevitable y necesaria para el
caso de la catedral de León la discusión se centro en el use de los materiales.
El empleo de los materiales de acuerdo con sus características propias era uno
de los puntos principales del racionalismo medieval; la arquitectura gótica era
un resultado constructivo indisolublemente unido a la piedra como materia que
condicionaba su estructura y su aspecto formal; suprimir en la restauración el
use de la piedra por otros materiales suponía ir en contra de la verdad
arquitectónica del edificio.
La utilización de materiales de diferente naturaleza que la piedra en lugar de
la restitución de sillares fue un tipo de procedimiento de conservación que se
empleo en algunas ocasiones con anterioridad y que produjo resultados poco
satisfactorios. Los cementos y estucos como alternativa a la reposición de
sillares eran descartados por Demetrio de los Ríos que rechazaba de lleno estos
procedimientos calificándolos como “la teoría de los parches y emplastos”, que
Ríos identificaba como método básico
del “sistema preservativo”41.:
“El procedimiento ingles y el italiano, se reduce a cubrir la
corrosión de las
piedras, sus roturas, todos sus danos y los del edificio en general, con
cementos, estucos, plastes y cortezas, mas o menos resistentes de mixturas al
parecer eficaces, o que realmente lo sean en ciertos y determinados casos”;
en definitiva, “costra, preventiva alguna, rara vez conservadora”.
La utilización de estos materiales extraños a la piedra para la consolidación
de edificios había sido firmemente rechazada en Francia en relación con el
proceso de restauración de la catedral de NotreDame de Paris en 1843. Los
proyectos de Arveuf, Danjoy y la pareja Lassus-Viollet-le-Duc presentados al
concurso convocado para la adjudicación de las obras de restauración partían
todos ellos de la critica a los procedimientos empleados por el arquitecto Godde,
encargado hasta entonces de la restauración de
Notre-Dame 42.,
Godde fue contundentemente descalificado por el empleo en la restauración del
edificio de materiales similares a los señalados mas arriba por Demetrio de los
Ríos. El mastic de Dhiel, utilizado por Godde para la reparación de las piedras
en superficie, y aplicado entre los años 1821 y 1822 para el flanco norte y
sur, era una mezcla pastosa y adhesiva endurecida al aire. En 1837 Godde propuso
utilizar un nuevo descubrimiento en el dominio de la construcción: el cemento de
Molesmes o de Vassy que se endurecía como la piedra y se prestaba fácilmente a la decoración de esculturas;
también propuso este método para restablecer ornamentos y cornisas sin hacer
incrustaciones 43.. Siguiendo este nuevo procedimiento se ejecutaron los trabajos
de los años 1840 y 1841 44.. Sin embargo, los resultados no se revelaron
satisfactorios: en la fachada meridional el mastic se redujo a polvo y provoco
la caída de las piedras, como ya se señalaba desde 1838 45..
Los resultados producidos por estos materiales fueron severamente juzgados, al
tiempo que se inició toda una campaña contra Godde.
El compendio mas completo acerca de cómo y que materiales debían usarse en la
restauración de edificios medievales esta contenido en el rapport del proyecto
de restauración de Notre-Dame de Paris que Jean-Baptiste Lassus y Eugene E.
Viollet-le-Duc remitieron al Ministro del Interior con fecha 31 de enero de
1843. Esta memoria del proyecto alcanzo una gran difusión al ganar Lassus y
Viollet-le-Duc el concurso convocado para la restauración de Notre-Dame. Los
principios contenidos en la memoria fueron de una enorme importancia, puesto que
se daba una exposición completa del significado y procedimientos de la
restauración arquitectónica 46.
En lo que se refiere a la utilización de los materiales en la restauración,
Lassus y Viollet-le-Duc afirmaron con contundencia la obligada y rigurosa
conservación de los materiales empleados en las formas primitivas. La condena de
la introducción en el edificio de otros materiales extraños al mismo, como hizo
Godde, fue clara y enérgica, y Así lo declararon al referirse al
“mastic” y al
cemento:
“... difícil de conservar, de una sequedad que no puede imitar el grano de la
piedra, esta materia conservara siempre su apariencia de pasta modelada (...).
Por todos los lugares donde han sido empleados, los cementos se desprenden de la
piedra, se agrietan, se descomponen en contacto con el aire: ¿que quedará
cuando hayan caído?”.
Lassus y Viollet-le-Duc rehusaron también el empleo del hierro de fundición que
por entonces causaba furor como material para las restauraciones y que tuvo en
la flecha de hierro diseñada por Alavoine para la catedral de Rouen una de sus
más vistosas aplicaciones 47.
Las razones argumentadas por los dos arquitectos parisinos serán las que
mantenga Demetrio de dos Ríos en defensa de su método de reposición de sillares:
la materia y la forma están indisolublemente unidas, hasta el punto que no se
puede cambiar una sin trastrocar la otra. El purismo de la forma estaba ligado
al purismo de los materiales, de manera que la recuperación de la forma solo
podía realizarse con la utilización de los sillares de piedra como material para
la restauración de un edificio gótico, en el intento de restablecer la
integridad formal y constructiva del mismo.
Demetrio de los Ríos en constante busca de la unidad formal y estilística de la
catedral de León, atento al resultado estético y con una valoración visual del
edificio mas acentuada que Madrazo, condeno toda discordancia que pudiera
producir la injerencia de materiales modernos, extraños y ajenos a la piedra y,
además, claramente diferenciados del resto de la fabrica original, según
demandaba Camilo Boito; esta “costra preventiva a modo de remiendos y emplastos”, consideraba
que actuaba “hiriendo nuestra sensibilidad Estética con
supercherías que
degradan al monumento El empleo de piedra lo mas similar a la original era para
Ríos la verdadera y única manera de restaurar, “la
mas lógica, la mas digna,
legítima y positiva en arte y en construcción”.
La posición de Demetrio de los Ríos en cuanto al use de los materiales en la
restauración quedaba clara: en primer lugar se oponía a opiniones como las de
John Ruskin que consideraban ilegítima cualquier sustitución de los materiales
originales en defensa de su insustituible vetustez o valor de antigüedad: la materia, perecedera por naturaleza, podía y
debía ser renovada
para asegurar la prolongación de la vida del edificio. En segundo lugar, Ríos
consideraba, de acuerdo con las opiniones de Lassus y Viollet, que la materia
estaba indisolublemente ligada a la forma y a la función de tal modo que no era
aceptable, ni desde el punto de vista constructivo ni atendiendo al resultado
estético, utilizar en la restauración materiales ajenos y diferentes a los
empleados en el proceso constructivo original de la Catedral; cada elemento
constructivo estaba indisolublemente unido a un tipo de material, debido a que
cada función estática ejercida respondía a un fen6meno resistente o tensional
que requería una respuesta adecuada de las condiciones Micas del material que
debía emplearse; con esta afirmación se oponía frontalmente a los criterios
expresados en 1883 por Camilo Boito que postulaban la clara diferenciación entre
materiales antiguos y modernos cuando fuera necesaria la intervención.
Con estos principios, tanto en los proyectos de reconstrucción como en los de
restauraciones parciales, la preocupación por seleccionar el tipo de piedra más
adecuado fue un aspecto cuidadosamente atendido tanto por Madrazo como por Ríos.
Los criterios seguidos en la elección de los materiales dependieron de la
adaptación de las características físicas de la piedra a la función del elemento
constructivo que se reconstruía o restauraba, aunque también fueron de
importancia los razonamientos económicos derivados de los costes en la
adquisición y transporte del material.
Demetrio de los Ríos opinaba que seria absurdo, en un exceso de purismo
arqueológico, emplear idéntico material pétreo al utilizado en la construcción
de la Catedral. La evidente fragilidad y mala calidad de la piedra original
debía ser mejorada con otro material de su misma clase y naturaleza, pero de
condición más resistente. De este modo, la piedra caliza de las canteras de Bonar que utilizo Matías Laviña para los muros y ventanales, fue abolida ya
durante el período de Juan de Madrazo al considerarla heladiza y cara en la
labra. Madrazo introdujo para estos elementos resistentes piedra procedente de
Ontoria, en la provincia de Burgos, mucho más sólida que la de Bonar o la de las
Huergas. Al mismo tiempo, la reconstrucción y restauración de los plementos de
las bóvedas, como elementos sostenidos, requería el empleo de piedra toba, es
decir, piedra caliza muy porosa y poco pesada. La reconstrucción de las bóvedas
se planteó por Juan de Madrazo a partir en 1879, de acuerdo con el desarrollo
que habían alcanzado las obras por estas fechas 48. Para adquirir este tipo de
piedra se explotaron por administración; las canteras de la fuente de Baños a
cuatro kilómetros de Villamanín, en el termino municipal de
Rodiezmo 49.
Demetrio de los Ríos, durante su etapa al frente de las obras, continuo con la
búsqueda de los materiales mas aptos y económicos para la restauración de la
Catedral 50. Ríos introdujo en la Catedral la s6lida piedra arenisca de Busdongo,
fundamentalmente por criterios de economía; esta piedra la empleo para los
contrafuertes y muros sólidos sin grandes molduras ni labores de ornamentación.
La piedra de Ontoria se continuo utilizando para los arbotantes, enjutas de
gabletes, balaustradas y demos decoración, para mantener
“la uniformidad de
colores y naturaleza en el buen conjunto de las obras”51. A1 mismo tiempo
reaprovechó Ríos gran cantidad de piedra antigua que se había almacenado como
consecuencia de los derribos y desmontes ejecutados,
“volviendo a montar en
fabrica toda aquella que por su buen origen, perfecta conservación y buen estado
lo ha merecido” 52.
La atención dedicada a la resistencia y consistencia del material empleado en la
restauración, sus facultades de adaptación a la función decorativa o estructural
desempeñada en el edificio, el resultado visual “unitario” al emplearse piedra
sustancialmente igual a la antigua y las condiciones económicas de la extracción,
transporte y labra de la piedra fueron, pues, los criterios que se fijaron para
la utilización de los materiales en el proceso de restauración de la catedral de
León.
El argumento básico empleado por Demetrio de los Ríos para justificar la intensa
operación de renovación de sillares por toda la estructura del templo se
centraba en la necesidad de garantizar la solidez del edificio aún en detrimento
de su autenticidad material. En cierto modo, algunas de estas destrucciones de
elementos originales fueron inevitables, puesto que ciertos problemas de
estabilidad no podían ser resueltos mas que por el empleo las modernas técnicas
de consolidación que aún no existían, como por ejemplo el hormigón armado.
La sustitución de materiales para conservar la forma del edificio era en
realidad el primer paso para proponer la recuperación formal de la Catedral y su
restauración purista en el estilo del gótico del siglo XIII. El argumento
consistente en plantear la renovación de sillares como una operación necesaria
para asegurar la consistencia y estabilidad al edificio fue también utilizado en
ciertas ocasiones como coartada para proponer, bajo el amparo de la necesidad
estática, demoliciones y sustituciones de elementos que en realidad obedecían
mas bien a necesidades de índole estética; con ello el problema de la
restauración entraba en un campo de confrontación mucho mas comprometido,
centrado en torno al criterio de la “unidad de estilo” como principio de
aplicación para la restauración de la catedral de León. Este criterio lleva a
considerar uno de los puntos mas conflictivos y que mas duramente se ha
criticado de la intervención realizada por Demetrio de los Ríos en la catedral
de León. Los “excesos” de la restauración de Ríos han silo justamente censurados
por la crítica coetánea e inmediatamente posterior, paralelamente a la formación
y consolidación de la sensibilidad contemporánea hacia el cuidado y conservación
de los monumentos. No repetiré aquí las acusaciones dirigidas contra la
“unidad de estilo” o la
“restauración sistemática” en el proceso abierto a los
arquitectos restauradores, Así como tampoco -lo que será absurdo- trataré de
justificar estos criterios. Más bien parece mas instructivo, dejando a un lado
el peligro de los juicios de valor, tratar de reconstruir las argumentaciones de
Demetrio de los Ríos que, incluso en sus mismas debilidades, pueden sernos de
utilidad para comprender la restauración en su propio contexto histórico y en el
interior del debate arquitectónico del siglo XIX. Al igual que en otras
cuestiones, la discusión planteada en torno a la restauración de la catedral de
León adquirió una considerable resonancia.
* “Restauración razonada y en profundidad”: unidad constructiva y unidad de
estilo.
Uno de los mas comprometidos problemas que debía resolver el arquitecto
restaurador del siglo XIX se refería al dilema siguiente: ¿debía adoptarse la
unidad de estilo para el conjunto del edificio sometido a restauración o, por el
contrario, debía restaurarse cada parte del edificio en su estilo propio?. La
radical adopción del primer principio, como ocurrió con frecuencia, provoco la
consiguiente eliminación de elementos que eras ajenos y contrariaban la unidad
estilística del monumento. Si en la actualidad nos parece evidente que un
añadido barroco puede y debe ser conservado inmerso en el sistema constructivo y
decorativo de una catedral gótica, no ocurría lo mismo en el siglo XIX, donde la
valoración de la arquitectura medieval adquiría un cúmulo de valores añadidos -simbólicos,
sociales y propiamente arquitectónicos- que estaban incrustados en el tuétano de
las más diversas aspiraciones del siglo XIX. La arquitectura gótica se revistió
de un elevado grado “normativo”; en la
“unidad” de estilo residía su
perfección.
El criterio de “unidad de estilo”, concepto cardinal en la teoría de la
restauración arquitectónica del siglo XIX, venía afirmado desde varios puntos de
vista. Algunas de las mas importantes argumentaciones que afirmaban este
concepto ya han ido apareciendo a lo largo de estas paginas; por ello me
limitare ahora a recoger algunos de estos pasajes donde afirmábamos este
criterio, como preámbulo a la exposición de los proyectos de restauraciones
parciales de Demetrio de los Ríos.
Pese a ser un concepto en ultimo termino asentido o negado desde el interior de
la reflexión artística y la doctrina arquitectónica, el peso del contexto social
tuvo una fuerte importancia como amplio refuerzo y respaldo en la aplicación
primaria de la “unidad de estilo”. Sin entrar en complejas
consideraciones
teóricas, el pujante movimiento social e ideológico en favor de la restauración
de los edificios medievales estimulaba este tipo de restauraciones
“integrales y sistemáticas”. Los obispos, el clero, los fieles, la opinión pública en
general, participaron a menudo en los trabajos de restauración con suscripciones
o donativos, Así como también solicitaron en muchas ocasiones la terminación de
edificios incompletos, la restitución de flechas, torres, pináculos, todo ello
en la búsqueda de la Catedral ideal, de su magnificencia y grandeza, en un siglo
que descubría apasionadamente esta multiplicidad significativa del monumento
medieval. El despertar de la conciencia social por el valor del patrimonio
medieval o las diversas corrientes filosóficas o sociales que se volvieron hacia
el monumento en la búsqueda de ese horizonte mítico de pureza de los valores
cristianos, eran corrientes que, en su diversidad, convergían en la afirmación
básica de la necesidad de devolver a las grandes catedrales todo su primitivo
esplendor y riqueza. Realmente resulta sugestivo vincular analógicamente la
“unidad”
formal, la integridad estilística de las catedrales restauradas, con la
“unidad”
de fe proclamada por los exegetas del neocatolicismo social. La
“unidad”,
manifiesta en el resultado visual del edificio completo y acabado, fue un
concepto que adquiría matices legenda Ríos en un siglo en que las
catástrofes
colectivas, las contradicciones del proceso capitalista o la guerras masivas,
apuntaban hacia la fragmentación y dispersión como notas características de una
contemporaneidad que iniciaba ahora sus tortuosos pasos.
Este “peso del contexto” fue de suma importancia para la afirmación de la
“unidad de estilo”. Eugene Viollet-le-Duc se defendía de los ataques de los
“arqueólogos” que condenaban los excesos del
“arquitecto”,
“como si el monumento
que le había sido confiado fuera suyo, y como si no tuviera que cumplir los
programas que le venían impuestos” 53. Además ya vimos como en Francia los
edificios vinculados al Bureau des Edifices Diocesalos se restauraron acentuando
mas su “valor de uso" que otros monumentos que estaban desafectos del culto. El
“valor instrumental” del edificio religioso, derivado de su uso cultual, fue
calificado por Alois Riegl como “un valor de contemporaneidad”: este valor viene
dado a partir de la potencialidad del monumento para satisfacer necesidades
espirituales o materiales en la inmediata contemporaneidad. La posibilidad de
seguir utilizando de modo practico el “monumento histórico” lleva al conflicto
entre esta apreciación del edificio con aquella otra centrada en ese
“valor de antigüedad” señalado anteriormente y que fue elevado por John Ruskin a la
categoría de eje de su doctrina. El “uso instrumental” del edificio religioso
lleva aparejada la intervención para preservar y prolongar su vida y su función
en el tiempo. Esta fue la posición de partida del Cabildo de la catedral de León
cuando solicito la intervención del Gobierno. En general se podría afirmar que
al Cabildo le era mas o menos indiferente el tratamiento que se diera al
monumento, preocupados fundamentalmente por su “uso cultual”. Sin embargo,
cuando desde el uso litúrgico de la Catedral se llegaba a la exaltación de su
carácter sagrado de templo se sumaba un nuevo componente; este fue el dilema que
ya en 1843 planteaba certeramente César Daly cuando se pronunciaba sobre los
proyectos de restauración de la catedral de Notre-Dame de Paris 54; como vimos,
ya distinguió Daly claramente dos actitudes diferentes hacia el monumento según
se privilegiara su consideración coma “monumento histórico” o su valoración como
“lugar destinado al culto”. El
“uso instrumental” del edificio imponía su
restauración, pero su carácter “sagrado” era un componente
mas que
exigía que la
Catedral “sea de un esplendor, una brillantez y una majestad digna en todos sus
aspectos de su alto destino”. La jerarquización de los estilos durante el siglo
XIX aparejaba la consideración de la arquitectura gótica como la mas adecuada
para expresar ese “alto destino”. La
vinculación de los estilos medievales con
estos contenidos llevaba a despreciar los añadidos
“clásicos”, propios de una
arquitectura “pagana”. En suma, el valor
“instrumental” -cultual-
conducía a la
restauración y la exaltación de la arquitectura gótica como
“arquitectura
sagrada” llevaba a la unidad de estilo para conseguir ese primitivo esplendor de
las catedrales, tanto formal como ideológico. La “unidad de estilo” no era
indiferente de la asimilación de contenidos simbólicos e ideológicos por la
arquitectura gótica en el siglo XIX. Estos contenidos
“suprarquitectónicos”
hacían mas significativa a la arquitectura medieval, el
“eclecticismo tipológicos”
vinculaba estrechamente los estilos medievales a las construcciones religiosas:
por debajo quedaban los “añadidos clásicos” postergados y condenados a la
eliminación. La “unidad de estilo” quedaba popularmente afirmada de este modo.
Según Alois Riegl, el tratamiento de los monumentos durante el siglo XIX se
realizo atendiendo sustancialmente a dos postulados: el que denomina como la
“originalidad de estilo” -valor histórico- y el fundamentado en la
“unidad de
estilo”, -valor de novedad- 55. El valor histórico es entendido como el
reconocimiento y exaltación del “estado primitivo” del edificio, hasta el punto
de suprimir las transformaciones posteriores para restituir las formas
primitivas. Como punto de partida critico, la “originalidad de estilo” fue
completada en el siglo XIX con la “unidad de estilo” como propuesta
metodológica:
“lo originario, que se pretendía reinstaurar, había de mostrar como tal una
apariencia cerrada, y todo aditamento no perteneciente al estilo originario se
sentía como una ruptura de ese carácter cerrado, como un síntoma de erosión”56.
A lo largo de estas paginas ya hemos visto a estos dos principios complementarse
en su comunión de intereses. La critica histórica realizada por los arquitectos
restauradores del proceso histórico-constructivo llevaba a reconocer y privilegiar la
“originalidad” de estilo
gótico de
la catedral de León. Al mismo tiempo, la falta de unidad en la ejecución de la
catedral de León fue presentada por como una de las causas principales del
deterioro del edificio 57. La progresiva
alteración del sistema constructivo
gótico de la Catedral denotaba falta de unidad y consecuencia en el desarrollo
de los trabajos.
La critica a los “anadidos” realizados en
contradicción con el sistema
gótico se
realizaba tanto desde el punto de vista estético, con el empleo de formas
“arqueológicamente”
ajenas al gótico inicial, como estático, es decir, como injerencias
constructivas opuestas a la estabilidad del edificio. Este juicio venia a
afirmar críticamente la racionalista consideración de la Catedral gótica como un
“sistema en equilibrio activo”, donde la unidad constructiva y la unidad de
estilo eran mutuamente dependientes e inseparables, de tal modo que cualquier
elemento decorativo era expresión de una función constructiva que se podía
explicar por un razonamiento. El carácter “cerrado” del que habla Alots Riegl
coma consecuencia de la aplicación rigurosa de la “unidad de estilo” vimos coma
tenia en el “modelo teorético”
de explicación de la Catedral gótica un marco explicito de confrontación con la
realidad “abierta”
del edificio. El carácter de “objetos modelo” de las formulaciones de Viollet-le-Duc
propiciaba ejemplos “unita Ríos”,
“cerrados y además dotados de una red
teórica comprensiva del estilo gótico que asumió un carácter
“normativo”.
En el interior de la doctrina arquitectónica del siglo XIX la
“unidad”,
“unidad de sistema y de principios” -como
dirá Quatremere de Quincy- fue invocada desde
diversos posicionamientos teóricos. La “unidad”, desde su
tradicional peso en la
tratadística clásica, prolongó y amplió su aplicación durante el siglo XIX con
la renovación del clasicismo: ante la aparente dispersión ecléctica, la
“unidad”
era un concepto que posibilitaba el control del proyecto y aseguraba la
perduración doctrinal de la ortodoxia académica conjugada sin contradicción con
unas formas abiertamente eclécticas. La “unidad” está presente y se suma al
resto de conceptos de la tradición clásica -simetría, orden proporcional, gusto,
etcétera- como sistema de organización del proyecto. La repetición de la
afirmación de la unidad tal como la definió Quatremere de Quincy fue una
constante a lo largo del siglo XIX 58:
“De la concepción de un monumento depende la unidad de
intención y de vistas que
debe erigirse en el lazo común de todas las partes. Así como también es
necesario que un monumento emane de una sola inteligencia, que combine el
conjunto de tal manera que no sea posible, sin alterar el acuerdo, quitar nada,
ni añadir nada, ni cambiar nada”.
Un rasgo destacado del pensamiento arquitectónico del siglo XIX es que extiende
este criterio de “unidad” a los edificios medievales, inicialmente negado por Quatremere. Ya vimos como Viollet-le-Duc y Lassus defendieron, en actitud
polémica con la Academia de Bellas Artes, que en la contracción gótica todo esta
sometido a un sistema invariable, “un sistema original poseedor del sentido de
las proporciones, de la escala humana y entendimiento de la decoración, es la
variedad en la unidad” 59. La
originalidad del “racionalismo neogótico” estaba
en el nuevo sentido que se daba a esta “unidad” conceptual del edificio
gótico:
la “unidad” venia establecida por el razonamiento constructivo, por una puesta
en orden jerárquica de unidades y por su subordinación a los elementos a su
función dentro del conjunto, por el modo en que la Decoración expresa y
desarrolla la estructura, por el mismo sistema de proporciones geométricas... El
carácter polémico con que se defendió en Francia la
“unidad de sistema y de
principios” de la arquitectura gótica no se reprodujo en España; la
aceptación
de la arquitectura gótica como “sistema” fue
rápidamente asumida por la
Academia: se dejaron a un lado los componentes subversivos del
“racionalismo
constructivo neogótico”, la arquitectura gótica se aceptó y se congeló en una
repetición mimética de las formas góticas, de escasa trascendencia; junto a
ello, arquitectos como Demetrio de los Ríos asumieron el razonamiento
constructivo, la “funcionalidad” de la arquitectura gótica para explicar su
“mecanismo” y proceder a las restauraciones. En una palabra, la
“unidad de
estilo” fue un concepto doctrinal defendido tanto desde
posiciones vinculadas
con el corpus teórico clásico, que aceptaba y subsumía en su sistema la
arquitectura medieval -se “diversificaba”-, como también desde el interior de
las posiciones más radicales que concebían el edificio gótico como la racional y funcional
suma y combinación de elementos constructivos. Sin perder su validez, la
“unidad” de la arquitectura, el criterio de
“unidad de estilo” como principio
para las restauraciones solo seria abandonado ante una nueva estimación del
“valor histórico” de todos los
añadidos del edificio, considerados como
aportaciones insustituibles de su “historia”
sin privilegiar su “matriz originaria”.
Demetrio de los Ríos elaboro sus proyectos de restauraciones parciales para la
catedral de León en la década de 1880. En estos años se comenzó a consolidar en
España el criterio de conservación como principio rector de las restauraciones.
El propio Ríos aceptaba en sus últimos proyectos la conservación de
“las
alteraciones históricas de las épocas por las cuales ha pasado el edificio”; sin
embargo, no siempre fue así: la restauración en estilo de la arquitectura gótica
del siglo XIII se extendió de hecho por toda la catedral Leonesa hasta la
recuperación de todos los rasgos distintivos y propios de este privilegiado
momento originario. Las “restauraciones como restablecimiento de ciertas partes
del edificio en el estilo del gótico del siglo XIII” fueron una parte importante
de los proyectos de restauraciones parciales formados inicialmente por Juan de
Madrazo y prolongados por Demetrio de los Ríos 60:
“no es reedificar devolverle al monumento su hermosura externa, torpemente
arrancada de sus muros, pilas, arcos, bóvedas y de todo cuanto le constituyen,
en fuerza de sucesivos embadurnamientos; es solo restablecer su aspecto propio
por medio de una restauración reparadora, según la ideal general que todo el
mundo tiene de las mismas”.
El partido por el criterio de “restaurar con arreglo a lo primitivo que es de
ordinario lo mas bello y genuino” 61 fue de hecho seguido por Demetrio de los
Ríos. La catedral de León recuperaba la “idea” original de sus primeros
constructores, el “primitivo esplendor” de la construcción gótica
renacía, tras
los “agregados perturbadores de su
integridad y pureza”. Esta defensa doctrinal
de la “restauración integral y sistemática” veremos en las paginas siguientes
como se concretó el concepto en los proyectos de restauraciones parciales hasta
llegarse a “revisar” la catedral de León en su practica totalidad estructural y
decorativa.
3) LA APLICACIÓN DEL CONCEPTO: RESTAURACIONES PARCIALES DE CANTERÍA EN LA
“ESTRUCTURA ESENCIAL” DEL EDIFICIO.
Con la terminación a comienzos del Año de 1879 de buena parte del encimbrado de
la Catedral había llegado el momento de comenzar la ejecución de las primeras
obras de restauraciones parciales. Por estas fechas ya se había reconstruido la
galería del triforio del brazo sur del crucero, se concluían los enjarges de las
bóvedas que debían reedificarse y el proyecto de terminación del hastial
meridional estaba cercano a ser firmado, al tiempo que Juan de Madrazo ya
trazaba los primeros planos para la reconstrucción de toda la parte alta de este
brazo sur de la Catedral 62. En medio de esta importante actividad, Juan de
Madrazo presentó el 15 de abril de 1879 el primer presupuesto de restauraciones
parciales 63. Este presupuesto, escasamente detallado y argumentado, tenía la
finalidad de exponer las primeras obras de este tipo que podrían ser comenzadas
en ese mismo Año de 1879; en la breve memoria del presupuesto se
anunciaba la próxima remisión del correspondiente al año económico de 1879-1880,
como de hecho se finalizó y envió al Ministerio a mediados de agosto de ese
mismo año 64.
La precaria presentación de estos presupuestos, donde apenas se
refieren las obras en ellos contenidas, es explicable al estar Juan de Madrazo sumergido en la formación de los
complejos proyectos de reconstrucción que se apresuraba a terminar por estas
fechas. La concesión por parte del Gobierno de partidas presupuestarias que no
se podrían emplear hasta la aprobación de los proyectos de reconstrucción llevó
a Madrazo a presentar estos presupuestos de restauraciones parciales para dar
salida a los fondos consignados. Además, el mismo arquitecto señalaba la
oportunidad de iniciar estos trabajos, puesto que “era de la mayor importancia
dotar de la suficiente resistencia a las fabricas antiguas que con las nuevas ban
de formar en su día un todo completo y uniforme” 65.
Dotar de resistencia y estabilidad a las zonas sustentantes antiguas -estribos,
arbotantes, pilares, etcétera- fue la primera finalidad de estos presupuestos
formados por Juan de Madrazo. Algunos de estos trabajos dieron comienzo durante
los últimos meses de 1879. La destitución de Madrazo en octubre de ese mismo
año paralizó las obras hasta el nombramiento de Demetrio de los Ríos en febrero
de 1880. En la memoria que redactó Ríos apenas llegado a la dirección de las
obras de restauración, trazó, como ya dijimos, una planificación global de la
practica totalidad de los trabajos de restauración y reconstrucción que aún eran necesarios para abrir de nuevo el templo al culto. En esta
reseña se
mencionaban las restauraciones que estaban en curso al mismo tiempo que se
avanzaban algunas de las obras de restauraciones parciales que habrían de
acometerse a lo largo de todo el decenio de 1880 66:
“se están recorriendo todos los arco-botantes, botareles y contrafuertes, se
repondrá la cornisa alta, antepechos y pináculos y se repondrán los gabletes de
las ventanas altas, ... tan luego como se aprueben los correspondientes pianos”.
Demetrio de los Ríos, como vimos en el apartado anterior, comenzó englobando
estas obras bajo la forma y contenidos de presupuestos. Con este carácter
presento su primer presupuesto correspondiente al año económico de 1880-1881 67.
El mismo criterio se empleó para las obras de restauraciones parciales que
debían ejecutarse para el siguiente ano: “se ha adoptado el sistema de irlas
estudiando parcialmente, limitándose a las que pueden realizarse dentro del
ejercicio de cada año”. Ya señalamos como estos presupuestos estaban asentados
en la consideración que había expresado Madrazo y repetido Ríos de que las obras
contenidas en los mismos no habían de “alterar en lo
mas mínimo ni las funciones
mecánicas, ni el carácter arqueológico” de los elementos sometidos a
restauración; en consecuencia, Ríos sostuvo en un primer momento que no era
necesario someter los presupuestos al examen de la Academia de San Fernando,
como era el caso de los proyectos de reconstrucción, ni tampoco debían
acompañarse planos debido a abarcar “tanto pormenor desparramado
desordenadamente”. Sin embargo, el presupuesto de restauraciones parciales
formado por Ríos en 1881 le fue devuelto por la Junta Consultiva de Caminos,
Canales y Puertos debido precisamente a la confusión y falta de detalle de las
obras contenidas en el presupuesto; este Órgano consultivo ya se apercibía de que
las transformación propuestas en estos presupuestos no eran tan
“inocuas” como
en principio pudiera parecer y exigía un mayor detalle en la elaboración de las memorias
68.
A partir de entonces, Demetrio de los Ríos elaboro proyectos especiales de
restauraciones parciales donde se pormenorizaban con exactitud el alcance de las
transformación propuestas. Los proyectos, que hasta el momento se había considerado que se
referían mas a
cuestiones “mecánicas o científicas”, pasarán también a ser examinados en
algunos casos por la Academia de San Fernando, debido a la indudable repercusión
“artístico-arqueológica” que
revestían para el futuro del edificio.
De este modo, se formaron por Demetrio de los Ríos tres proyectos de "cantería"
que repasaron en su practica totalidad la "estructura esencial" del edificio,
hasta el punto de que, como el mismo arquitecto admitía.
“... si no se ha
erigido una Catedral nueva, no hay parte de la nuestra que no se haya retocado
poco o mucho, y algunas partes de ella muy principales resultan completamente
repuestas”69.
Estos proyectos fueron tres, dotados de abundantes y valiosos pianos. El
proyecto de obras parciales de restauración para el presbiterio en la zona de la
nave alta fue el primero, elaborado y terminado a finales de 1881 como
consecuencia de la devolución del presupuesto anterior 70; dos años más tarde,
en 1883, se terminaba el proyecto de restauraciones parciales en la nave central
y laterales, en el interior y exterior de las capillas absidiales y en otras
partes del templo 71. El ultimo de estos trabajos, el proyecto de
restauraciones
parciales necesarias para abrir el templo al culto 72, data del Año 1885 y con
el terminaban las obras de cantería “que parecen suficientes para abrir la
Iglesia al culto”, si bien aun quedaban
“otros trabajos inexcusables por
efectuar, pertenecientes a esta clase de proyectos”: se refería Ríos a reforma
de las cubiertas, que no llego a presentar como proyecto, a los trabajos de
restauración interior, que veremos en el siguiente epígrafe, a la cuestión del
traslado del coro, que presentaba una problemática especial, y a la reposición
de las vidrieras, trabajos estos últimos que debieron terminarse por su sucesor
en la Catedral, Juan Bautista Lázaro de Diego.
En las siguientes líneas nos ocuparemos de estos presupuestos y proyectos de
restauraciones parciales dedicados a los trabajos de cantería efectuados en toda
la extensión de la “estructura esencial” de la Catedral. Para su estudio no se
sigue rigurosamente su orden cronológico de elaboración, sino que me ha
parecido más adecuado presentarlos en virtud de su aplicación a las distintas
zonas de la Catedral que fueron comprendidas en los mismos, de tal modo que la
restauración iniciada por Ríos en una estructura o zona se pudo ver completada
en el siguiente proyecto. De este modo considero que las transformación o
consolidación de estos elementos aparece expuesta con mayor claridad, al tiempo
que cada una de las zonas planteara una problemática diferente, según su
naturaleza constructiva o decorativa o según la magnitud de la transformación 73.
- Restauración de elementos activos en el exterior: botareles, contrafuertes,
torres de contención y arbotantes.
Los primeros presupuestos elaborados por Juan de Madrazo y continuados por
Demetrio de los Ríos afectaban directamente a estructuras que estaban en
relación inmediata con la estabilidad general de la Catedral. El plan de
restauraciones parciales en estos tres primeros años de aplicación puede
decirse que siguió un orden de ejecución que oscilaba desde el exterior hacia el
interior del edificio; es decir, los presupuestos comprendieron en primer lugar
los botareles del exterior, donde morían los empujes de las bóvedas, y
continuaron por los contrafuertes exteriores y los arbotantes, transmisores de
empujes y contrarrestos, hasta enlazar con las bóvedas interiores. El sentido
que tenían las reparaciones en estos elementos era dotar de la suficiente
firmeza y solidez a los apoyos que debían sostener las bóvedas; la necesidad de
reconstruir varios tramos de bóvedas desmontados y de reparar la practica
totalidad del abovedamiento que cubría las naves de la Catedral, exigía que los
elementos que debían “sostener” todo
el sistema de bóvedas reunieran las indispensables condiciones de estabilidad y
resistencia para soportar las presiones y los empujes.
Los primeros trabajos de restauraciones parciales afectaban, como decia Demetrio
de los Ríos, a “partes muy esenciales en la estabilidad y
duración del
monumento”. El estado de estos elementos de apoyo y contrarresto de la Catedral,
o “elementos esenciales de su estructura”, era bastante irregular;
había
estructuras constructivas que debían reconstruirse en su practica totalidad,
mientras que otras, en mejor estado, solo requerían la sustitución de algunos
sillares deteriorados. Las causas de la ruina de estas estructuras sustentantes
eran semejantes a la que afectaban a la totalidad de la catedral: la debilidad
de la piedra empleada en la construcción, la acción natural de los siglos, y,
como añadía Demetrio de los Ríos, también contribuyeron a su deterioro
“las
descuidadas e inhábiles restauraciones”. Pese a esta afirmación de Ríos, las
alteraciones efectuadas desde el siglo XVI en estas estructuras no fueron de
gran importancia, limitándose a la misma reposición de sillares, operación que,
no obstante, se ejecuto a menudo sin la adecuada atención o el esmero que
requería el debilitado estado de la catedral Leonesa.
En cualquier caso, las intervenciones contenidas en estos primeros presupuestos
se contuvieron en su mayor parte dentro de los límites de lo que denomine más
arriba restauraciones sin alteración mecánica ni formal de los elementos
restaurados, bien como reposición de sillares deteriorados o bien llegando a la
reedificación total del elemento si este estaba arruinado. La magnitud de las
restauraciones y su importancia era claramente señalada por Demetrio de los Ríos 74:
“... ponen a pique de ruina multitud de miembros arquitectónicos, cuyo oficio es
por mas de un concepto necesario a la estabilidad del monumento que sin la
restauración de tales partes y pormenores recibiría en vano las nuevas
construcciones, destinadas a sustituir las que se han derribado”.
Esta “multitud” de miembros arruinados o deteriorados por todo el exterior e
interior de la fabrica hacía considerablemente difícil detallar con precisión
cuales eran las estructuras concretas del edificio que requerían reconstruirse o
restaurarse.
En rasgos generales, los presupuestos formados durante estos primeros anos,
comenzaron por “sustituciones o relevos de partes viejas por otras nuevas”,
localizados en las estructuras que enumeraba Juan de Madrazo en su primer
presupuesto, todas ellas en relación con el sistema de apoyos y contrarrestos 75:
“estribos exteriores del Norte y Mediodía de la nave principal, en las pilas de
la fachada norte, en las pilas principales del Nordeste y Noroeste, en las pilas
secundarias del costado Norte y en algunos enjarges de bóvedas”.
Estas obras se referían a reparaciones en elementos aislados que requerían una
gran precisión en la labra, asiento y ajuste de los sillares nuevos con la
fábrica antigua donde se injertaban, todo ello sin cambios ni modificaciones en
las estructuras existentes, pues “solo
suponen -decía Madrazo- reproducciones exactas de elementos que componen estas
estructuras” 76. Esta fue la línea
seguida por Demetrio de los Ríos en su primer presupuesto. Cuando Ríos firma el
presupuesto, el contenido del que había formado Madrazo no se había realizado en
su totalidad debido a la paralización de las obras con motivo de su destitución.
Ríos propuso continuar las restauraciones parciales durante el año 1881 por los
costados meridional y septentrional de la Catedral, en una total revisión no
solo ya de elementos estrictamente constructivos, sino también decorativos:
“apremia la necesidad de terminar las
gárgolas, reparar uno por uno los arc-botantes
de los costados Norte y Sur, reponer cuantos escamados en uno y otro lado se hallan destruidos, restablecer las cornisas bajas, las archivoltas de
las ventanas y demos elementos que completan la entereza y fisonomía del costado
Sur, incluyendo escultura, para dejar adelantados todos estos pormenores”.
Sin embargo, pese a la ambición de las obras contenidas en el proyecto, que
además contemplaba la reconstrucción de las cuatro bóvedas inmediatas a las
derribadas, se repararon y reconstruyeron especialmente los elementos relativos
a la estabilidad del edificio, aplazando los elementos concernientes a la
“fisonomía”
del costado sur para proyectos posteriores.
La falta de claridad del presupuesto formado por Demetrio de los Ríos para
1881-1882 motivó, como hemos venido diciendo, la negativa de la Junta Consultiva
a su aprobación. Fue entonces cuando se elaboró el primer proyecto de
restauraciones parciales, aplicado a la zona alta del presbiterio. La detallada
memoria redactada por Demetrio de los Ríos y la proyección en planta y alzado
por el oeste y norte de esta zona del presbiterio permiten un conocimiento mas riguroso de los elementos restaurados después de la aprobación de este proyecto.
En lo que se refiere a este apartado de elementos activos de contrarresto,
-estribos, arbotantes y torres exteriores- Ríos incluyó la reparación de varios
sillares de los estribos o contrafuertes exteriores del presbiterio y ábside de
la Catedral, así como la reparación de los paramentos de las dos torres que
recibían los empujes de los arbotantes angulares; estas torres son dos, una
situada en el lado nordeste y conocida como “la Limona”, y otra en el lado
opuesto, el sudeste, denominada “la Silla de la Reina”. Ambas torres-estribos
cumplen como tales una importante función estática de contrarresto y por ello su
estabilidad era imprescindible para asegurar el equilibrio de las bóvedas alias
del crucero, presbiterio y ambos brazos del crucero, al confluir en ellas
empujes provenientes de estas bóvedas a través de los arbotantes, como
claramente se deja ver en la planta y alzado del presbiterio (figs.75 y 76). La
torre nordeste, que es la que aparece en el alzado, requería
“la reconstrucción
de varias, hiladas completamente rotas por efecto de la presión, con la
sustitución de las antiguas, flojas y mal trabadas piedras por otras mucho mas poderosas y resistentes”; en la
“Silla de la Reina” -sudeste- se reparó uno de
sus ángulos “para evitar que continúe el movimiento y hendiduras que se
han
advertido en el”.
Los mismos defectos de deterioro y desajuste en la trabaz6n de la piedra
observaba Demetrio de los Ríos en los botareles exteriores, producto de
reparaciones efectuadas a su juicio, “con
irregularidad, , ligereza e imprevisión”. En cuanto a los arbotantes, el proyecto de restauración del
presbiterio supuso la continuación de la restauración de estos elementos que se
había iniciado por ambos costados de la nave con los presupuestos de
restauraciones parciales anteriores; en 1881 solamente quedaban por reparar los
del ábside: al igual que los de la nave y presbiterio ya recompuestos, los
inferiores eran los que mejor se había conservado y únicamente requerían renovar
algunas de sus dovelas, pero muchos de los superiores estaban semiarruinados, de
modo que era preciso repararlos radicalmente, “desmontándolos y volviéndolos a
reedificar con piedra nueva, rectificada la curva de sus arcos,
considerablemente deformada” (fig.76).
Estas restauraciones de elementos “sustentantes”,
“activos”, de la Catedral a lo
largo de todo el perímetro exterior fue la preparación necesaria para unir o
“atar” todas estas estructuras con las bóvedas superiores que debían
reconstruirse en crucero y su brazo meridional por medio del proyecto que,
iniciado por Madrazo, presentó Ríos al Ministerio en 1882 77. No obstante aún
quedaba la restauración integral de los pilares y muros, es decir, del sistema
de apoyos interiores, así como de las propias bóvedas, para completar la
restauración de toda la “osatura” o
“estructura activa”
que garantizara la solidez de la Catedral, según el modelo de explicación del
funcionamiento en “equilibrio activo” del organismo constructivo gótico. La reparación posterior
de los pilares interiores y el repaso de la totalidad de las bóvedas altas en
sucesivos proyectos, dará fin a esta "sistemática" restauración que, como
apuntaba Demetrio de los Ríos, se extendió "por toda la inmensa estructura de
este edificio".
- Restauración de la galería del triforio.
Asegurada la estabilidad general de las estructuras estrictamente
“activas” del
edificio, ya en el proyecto de 1881 se incluyó la restauración de otras zonas
deterioradas que, sin embargo, no afectaban de
modo tan directo al equilibrio de la Catedral. La galería del triforio fue una
de las estructuras que recibió
una total restauración.
Juan de Madrazo había definido con gran claridad y precisión la naturaleza
funcional del triforio de la Catedral, “galería de servicio practicada en el
muro”78. La reconstrucción del triforio en el brazo meridional había terminado
en junio de 1878. Demetrio de los Ríos emprendió la restauración de esta galería
que recorre la catedral de León por todo su perímetro a partir de ese alto de
1881, con el comienzo de la restauración del triforio correspondiente al
presbiterio y ábside de la Catedral.
El triforio era considerado por Ríos como “una de las partes
mas importantes y
que más individualizan la fisonomía de este templo”79. Efectivamente, una de
las notas más singulares de la catedral de León es este triforio, horadado por
sus dos paños y exornado con vidrieras, que aumenta espectacularmente la
diafanidad interior y los sorprendentes efectos de luz coloreada, filtrada a
través de sus vidrios. Los problemas de estabilidad de la Catedral habían
conducido a tapiar y macizar en algunos puntos esta galería, que, sumado al
tejado a una vertiente que cubría las naves laterales y tapaba el pafio exterior
del triforio, producía el triste resultado de permanecer
“perpetuamente a
oscuras y sin sus bellas vidrieras” 80.
La restauración del triforio comenz6 recorriendo esta galería a lo largo del
presbiterio y parte oriental del brazo norte del crucero (fig.76). Los arcos de
descarga situados bajo el lienzo interior del triforio fueron desmontados y
vueltos a colocar, debido a las deformaciones de los mismos como consecuencia
del movimiento de los pilares. En el triforio propiamente dicho, la renovación
de sus elementos fue prácticamente total: se repuso el zócalo del lienzo
exterior (fig.77, B) y sillares de la arcatura, y, en la parte superior, se
realizo la misma operación con las tapas del triforio, que al mismo tiempo
forman el escamado de las ventanas superiores (fig.76 y 77, D), partes 6stas
que, por su exposición a la intemperie y la mala calidad de la piedra, se
encontraban muy deterioradas.
La reparación más problemática en relación con el triforio tuvo lugar con la
eliminación del antepecho barroco que recorría la galería por la parte interior
de su perímetro. aquí no se trataba ya solo de reponer sillares, sino de
eliminar un elemento original de la Catedral. En la censura de este
“antepecho”
Ríos desarrolla todo el rigor de su critica 81:
“ingerido inopinadamente un antepecho en toda esta parte de la Iglesia ... este
inoportuno agregado de pésima imitación gótica, verificado en época de mal
gusto, e hijo de un miedo pueril e injustificado, no solo interrumpió las líneas
de dicho triforio, arrancándole su belleza, sino que en su acometimiento con las
basas las mutilo rudamente, raz6n por la cual se hace ahora indispensable la
reposición de todas ellas”.
La concepción “purista” del espacio interior gótico impuso la eliminación de
este “antepecho”. Las basas de los maineles y columnas del triforio se
repusieron en su totalidad (fig.77, A).
Realizada la restauración del triforio en el presbiterio y ábside de la
Catedral, a partir del año 1883 se extendió a lo largo de la nave central
(fig.78): se eliminó el “antepecho extraño que tanto afeaba este bello cuerpo
del monumento” y se restituyeron las basas rotas por otras nuevas (fig.78, A),
se repuso la hilada de limas (fig.78, B) y la de su escamado en el z6calo del
lienzo exterior del triforio (fig.78, D), se reemplazaron las piezas
descompuestas de la arcatura exterior, tanto en sus dovelas, como en sus fustes
y capiteles, y, en la parte superior, se colocaron de nuevo todas las tapas del
triforio (fig.78, D) y sobre ellas se asentó la hilada de escamados para apoyo
de las ventanas altas (fig.78, E): todas estas operaciones se verificaron a lo
largo de los costados norte y sur de la nave central y por la parte occidental
del brazo norte del crucero, para enlazar Así con las zonas restauradas a partir
del proyecto de 1881.
La reconstruccion del triforio en el brazo sur del crucero y la restauración
interior dejaba igualada esta galería en todo el perímetro del edificio con una
disposición uniforme y armónica para toda la Catedral. Sin embargo, aún
persistía en 1885 un tramo arruinado del triforio: en el ángulo del crucero marcado por la pila total nordeste, el triforio, lo mismo que el pilar
fundamental, estaban totalmente descompuestos (fig.92); estos desperfectos
fueron producidos como consecuencia del “desplome, cercha y total
desquiciamiento” del pilar toral nordeste, a
su vez ocasionados por los empujes laterales de la torre nordeste,
“la Limona”, que, como vimos
mas arriba, se
había comenzado a restaurar cuatro años atrás. Todas estas concausas afectaron
gravemente a la arcatura interior del triforio que, como decia Demetrio de los
Ríos, “es preciso construir de nuevo, por no haber quedado una piedra sana en
tal desquiciamiento, no producto de un instante, sino obra de todos los siglos” 82.
En este proyecto del Año 1885 se terminaba definitivamente la restauración del
triforio con la labra de antepechos calados “neogóticos” para las
galerías
situadas en la zona inferior de los grandes rosetones de los hastiales
septentrional y meridional. Demetrio de los Ríos englobaba en este proyecto
estos antepechos debido a que Juan de Madrazo no había incluido esta disposición
en el proyecto de reconstrucción del hastial del sur, pese a que, como decia
Ríos, “el Sr. D. Juan de Madrazo nos legara modelo que seguir fielmente en el
bello antepecho que comenzara a construir para la coronación del brazo Sur del
Crucero” 83. Este fue el tipo seguido por Demetrio de los Ríos para la
construcción del antepecho en la parte interior de los dos hastiales, coronando
el triforio, en sustitución del “barroco” (fig.78 y
fot.14).
Con estos antepechos terminaba Demetrio de los Ríos la restauración integral del
triforio de la Catedral donde quedo patente la ansiada búsqueda de la
“unidad de estilo” para el interior del edificio. La reposición de vidrieras por Juan
Bautista Lázaro en esta zona del triforio completó y cerró la restauración
en este nivel.
- Incorporación de elementos “neogóticos” en la parte inferior del edificio:
restauración de las naves laterales y capillas absidiales.
El plan general de restauración seguía una lógica que estaba presidida por la
primacía de la consolidación de elementos importantes para la estabilidad del
edificio desde el “exterior hacia el interior”, en la supeditación del
equilibrio de las fabricas al sistema constructivo gobernado por las bóvedas de
crucería. En un orden similar, la restauración de los paramentos y ventanales
exteriores de la Catedral se realizo desde las zonas
“inferiores hacia las
superiores”.
En el presupuesto de restauraciones parciales del Año 1880 se comenzó la
restauración integral de la parte baja del edificio en ambos costados, trabajos
que se extendieron en los siguientes años a las zonas comprendidas por las naves
laterales y las capillas absidiales que se abren en torno a la girola de la
Catedral.
Los problemas señalados de falta de concreción en los presupuestos impiden
conocer con detalle el alcance de las restauraciones que afectaron a ambos
costados de la Catedral desde 1879 a 1881. Contenido en el presupuesto formado
por Demetrio de los Ríos en 1880, se aprobó el modelo de cornisa baja para todo
el perímetro del edificio. En el proyecto de 1883 se reanudo la restauración de
esta zona del edificio. La obligatoriedad de trazar planos detallando los
trabajos permite una aproximación pormenorizada de las transformación
acometidas a partir de entonces. En las naves laterales se restauraron dos
ventanas en el costado septentrional, las que forman ángulo en el brazo del
crucero (fig.79, H), y tres correspondientes al costado meridional (fig.80, H).
Para ofrecer un modelo completo de la forma que habrían de adoptar por su lienzo
exterior estos tramos de ventanas de las naves de la catedral de León después de
la restauración, Demetrio de los Ríos traz6 un alzado
“tipo” de un paño de
ventanas entre dos contrafuertes (fig.81).
La continuidad de estos ventanales de las naves bajas a lo largo del perímetro
de la Catedral recorría disposiciones análogas, adaptadas a su peculiar
situación, en la zona de las capillas absidiales abiertas en la parte oriental
de la Catedral. Las cinco capillas hexagonales y las dos cuadrangulares se
restauraron en su totalidad, tanto por sus lienzos interiores como exteriores.
La restauración interior fue considerable; las arquerías ciegas del interior se
renovaron totalmente con toda su decoración, pues, según refiere Ríos, toda esta
parte fue destruida para colocar tres altares adosados en cada capilla en sus tres muros principales:
“han de reponerse el
zócalo, los fustes, los capiteles, la arcatura, las enjutas, la imposta y cuanto
fue mutilado por el expresado concepto” (fig.81, R)
84. La
tracería de las
ventanas debía reconstruirse de nuevo por completo,
“a causa de hallarse en
inminente ruina, reponiéndose algunas dovelas de sus arcos formeros, pues no
pocas se desprenderían a no sacarlas preventivamente”; la reedificación de la
tracería de las ventanas afect6 a todos sus elementos, es decir, maineles, arcos
apuntados y rosetas superiores (figs.81 y 82, S).
La restauración del exterior de las capillas absidiales era una aplicación y
conciliación de los motivos de las ventanas de las naves laterales a esta zona
del ábside. La renovación del lienzo exterior también fue total. El alzado del
exterior del modelo de capilla absidial presenta contrapuestos el aspecto
anterior a la restauración -parte izquierda- y la propuesta de restauración de
Demetrio de los Ríos -parte derecha- (fig.81). Algunos elementos se restauraron
con la reposición de sus sillares deteriorados, como era el caso de los
escamados (e), maineles y tracería (S), formeros (T), contrafuertes principales
y secunda Ríos (U y V), apilastrados de los ángulos (X), enjutas y archivoltas,
“por hallarse todo esto en muy mal estado o absolutamente ruinoso”.
Pero mas discutible fue la eliminación de algunos elementos para ser sustituidos
por otros “neogóticos” en
armonía con el carácter del edificio, coma se
había
realizado en las naves laterales. En la comparación entre las dos mitades del
alzado de la capilla absidial pueden observarse las diferencias localizadas en
los siguientes elementos: gabletes de los contrafuertes secundarios, gabletes de
las ventanas, friso de la comisa, antepechos y pináculos 85:
“obra en su origen de las
postrimerías del arte ogival, están tan desfigurados
por la restauración de antiartísticos canteros que aunque se pretendiera reponer
los elementos nuevos por la traza de los antiguos, lo que en manera alguna
conviene a causa de su decadencia y mal gusto, no es posible por impedirlo las
reparaciones indicadas”.
Para proponer la sustitución de todos estos importantes elementos para la
fisonomía exterior de la Catedral, Demetrio de los Ríos se escudó en la
aprobación de los mismos, aplicados a otras zonas del edificio, en presupuestos
y proyectos anteriores. De hecho, este proyecto del Año 1883 fue aprobado en su
totalidad de tal manera que tanto, las naves laterales como las capillas absidiales se vieron
“enriquecidas” con estos elementos tan
característicos de
la arquitectura gótica que incorporó Demetrio de los Ríos a la catedral de León:
se sustituyó la cornisa, se dotaron de gabletes a los arcos, se derribo y se
volvió a levantar el antepecho (H) y se coron6 todo este diseño con pináculos,
de planta cuadrada o de sección pentagonal (W), según su colocación (fots. 15,
16 y 17).
El entendimiento de la catedral de León como un edificio esencialmente
“gótico”
no podía prescindir de estos elementos tan definitorios y característicos de la
arquitectura del siglo XIII. Estos “rasgos
clave” tuvieron su continuidad en la
zona de las ventanas altas del edificio para de este modo conseguir la total
“uniformidad” constructiva y decorativa de la catedral de León (fot. 18).
- La continuación del modelo arqueológico en la zona de las ventanas altas: el
“repertorio neogótico”, gabletes, cornisa, antepechos y
pináculos.
Del
mismo modo a como se procedió para la restauración de las ventanas bajas de la
Catedral, todas las ventanas superiores fueron sometidas a una total renovación exterior, con la
incorporación de esos “estilemas” definitorios de la
arquitectura gótica. Pero previamente a pasar a los muros exteriores, fue
íntegramente restaurada, renovada o restituida la sutil tracería de todos estos
amplios ventanales que cobijan la inmensa superficie de vidrieras de la catedral
de León por su interior. Esta considerable labor fue realizada paralelamente a
la presentación de los proyectos que se aplicaron a las distintas zonas del
edificio hasta abarcar la totalidad de su estructura pétrea.
Con la presentación del proyecto de restauración del presbiterio en 1881,
aplicado a la zona de la “nave alta”, las ventanas superiores constituyeron una parte importante de los trabajos. Las ventanas altar debían restaurarse
“radical
y sistemáticamente” en toda su extensión (figs.76 y 77, G): los maineles y la
tracería de los arcos habían sido ejecutados en “piedra franca, sumamente
desigual y harto deleznable”, que, unido a las
“malas restauraciones con piedra
de Boñar”, precisaban en su delicada labra la total
recuperación con piedra de
Ontoria, mediante la unión de las piezas con plomo, previa adherencia de sus
juntas con “tochos o pitones arponados de bronces de cañón”
86.
Al igual que en la galena del triforio, la restauración de las ventanas altas se
extendió por la superficie de la nave central después de la aprobación del
proyecto de restauración del año 1883: cuatro ventanas en el costado norte y
tres en el meridional de esta nave mayor eran las que se encontraban en peor
estado. La renovación de sus maineles y tracería se realizo en las mismas
condiciones que se establecieron en el proyecto anterior.
En el proyecto de 1883 no se incluyeron las cuatro ventanas altas
correspondientes a los dos primeros tramos de la nave. Estas ventanas no se
renovaron, al igual que se había hecho ya con las veintisiete restantes, puesto
que dependían de la reedificación del hastial occidental, por lo que debieron
esperar hasta la terminación de esta fachada principal, consumada bajo la
dirección de Juan Bautista Lázaro. Una vez restaurada la tracería desde el
“interior”, se exorno exteriormente todo el
perímetro superior del edificio.
Demetrio de los Ríos, preocupado por dotar de uniformidad y
“armonía” a todo el
cerramiento mural y de ventanajes, proyecto en 1885 la total renovación del
contorno de la catedral de León en el cuerpo superior de las grandes ventanas
(fot.18 y 19). Cuando Ríos presentó en 1882 los pianos trazados por Madrazo para
el proyecto de reconstrucción del brazo sur del crucero ya hablaba de como "en
todo este perímetro reina y se sostiene con perfecta unidad la misma composición
El alzado de las dos ventanas superiores de la parte oriental de este brazo sur
del crucero diseñado por Juan de Madrazo se convirtió, como ya vimos, en el
modelo para la total rectificación de la “exterior
fisonomía estético-arqueológica
del Templo” 87. Demetrio de los Ríos vinculo muy perspicazmente la
aprobación
del proyecto de reconstrucción del brazo sur con la restauración total de la
Catedral en su zona superior e incluso parecía dispuesto a realizar esta radical
transformación “sin necesidad de molestar de
nuevo la atención de la Superioridad con nuevos proyectos” 88. Sin embargo, la creciente imposición del
criterio de “conservación” en la Academia de San Fernando y entre los
órganos de
arquitectos, llevo a Ríos a detallar detenidamente el alcance de la restauración
en esta zona del edificio, como realizo de hecho en su proyecto de 1885. Los
mismos elementos que integraban el trazado de Madrazo fueron extendidos par Ríos
a la nave central y ábside de la catedral: gabletes, rosetas en las enjutas,
cornisa, antepechos y pináculos forman parte destacada del repertorio
“neogótico”
incorporado a la catedral de León por Demetrio de los Ríos.
En todo este cuerpo superior del edificio Ríos entró en irreconciliable
conflicto con la "restauración" ejecutada por Baltasar Gutiérrez a comienzos del
siglo XVII. Estos trabajos -a juicio de Ríos “muy mal entendidos”-
transformaron
la parte superior de la Catedral para adaptarla a la moda
“barroca” 89. Demetrio
de los Ríos se encargo de devolver la Catedral a su
“primigenia y característica fisonomía” con la demolición critica de los elementos barrocos,
hasta la supresión total de sus vestigios, para reconstruirlos en
“estilo
gótico”. Cada uno de los elementos
“neogóticos” incorporados por Demetrio de los
Ríos fue definido y justificado por oposición a las formas barrocas en una pugna
dialéctica de carácter histórico-constructivo.
Uno de los elementos que con mas empeño se esforzó Demetrio de los Ríos en
extender sobre todos los arcos de la Catedral fueron los gabletes. Esta
aspiración fue parcialmente cumplida con la exornación de todas las ventanas de
las naves altas y bajas de la Catedral con gabletes de nueva factura. Sin
embargo, existe constancia de la intención de Demetrio de los Ríos de levantar
gabletes de gran envergadura sobre los arcos de las portadas de la Catedral. La
construcción de estos vistosos elementos en zonas tan destacadas del edificio
hubiera alterado notablemente la fisonomía de la catedral de León.
En la planificación global de los trabajos de restauración que realizo Demetrio
de los Ríos pocas semanas después de acceder a la dirección de los trabajos,
criticaba duramente la restauración ejecutada por Matías Laviña en el brazo sur
del crucero. Uno de los puntos que mas censuraba a Laviña era no haber repuesto
los gabletes al reconstruir las portadas de la fachada meridional. Demetrio de
los Ríos afirmaba la existencia primitiva de estos gabletes sobre los se había
construido la terraza, “inoportunamente echada”. Según Demetrio de los
Ríos, Matías Laviña desaprovech6 la inmejorable ocasión que le brindaba la necesidad
de reconstruir totalmente esta fachada para restituir estos gabletes sobre los
arcos
de las portadas 90:
“... a grandes voces le
decían que en vez de la terraza originariamente habían
existido verdaderas cubiertas o gabletes que agrupaban muy bellamente y
decoraban con no menos expresión estética favoreciendo muchísimo las cargas de
las bóvedas, evitando enjutas ociosas y pesadas al haz exterior, proporcionando
mas desahogada vista al triforio y contribuyendo, en fin, al carácter general y
predominante de este género de Arquitectura”.
Demetrio de los Ríos proponía incluso la realización de un proyecto especial con
el levantamiento de pianos en donde se comparasen las disposiciones antiguas con
las reconstruidas por Laviña y se propusiera en consecuencia la restitución de
estos gabletes sobre las portadas. Según Ríos, estos trabajos no fueron
emprendidos por Juan de Madrazo debido a la perentoria necesidad de destruir
“el desquiciado e impotente triforio del Sr.
Laviña”, por lo que
“se atuvo a lo
meramente tectónico”.
En esta misma reseña de las obras que debían ejecutarse, Demetrio de los Ríos,
al ocuparse de la fachada principal de la Catedral, advertía de nuevo la
intención de reponer los gabletes sobre las portadas occidentales tras haber
detectado indicios vehementes de estos gabletes en dos reconocimientos 91:
“Al llegar a ella (a la portada), se
reestablecerían sus gabletes no solo vistos
por el que suscribe al exterior, sino descubiertos totalmente por medio de dos
reconocimientos. El primero demostró la decoración del muro, donde finalizarían
dichas cubiertas, y el segundo puso a la vista estos últimos, una y otra cosa
tapadas por la inoportuna terraza que tanto gravita materialmente sobre la aérea
estructura de esta especie de pórtico, como pesadísima es, estéticamente
considerada, produciendo enjutas ociosas y enormísimas y arrebatando al conjunto
todo su pronunciada y bella ligereza, toda su armónica y rica ornamentación, y,
en fin, todo su carácter esencial y constitutivo”.
Estos gabletes de las portadas no se realizaron finalmente, como ocurriría
también con otras propuestas de “completamiento neogótico” imaginadas por
Demetrio de los Ríos. No obstante, desde el primer momento quedó afirmado por
Ríos el convencimiento de que “la cuestión de los gabletes es capital en orden
al carácter exterior del Templo”.
La firmeza con que defendió Demetrio de los Ríos la reposición de los gabletes
no fue una actitud aislada en el contexto de las restauraciones del siglo XIX.
Gran parte de las catedrales góticas sometidas a restauración en Europa vieron
resurgir estos elementos que subrayan el perfil apuntado de los arcos, casi a
modo de emblemas del resurgir de la arquitectura gótica. La catedral de Notre-Dame
de Paris, cuya restauración conocía bien Demetrio de los Ríos, fue dotada de
gabletes por todas sus portadas y fachadas, como puede verse en el piano de
reposición de los mismos trazado conjuntamente por Jean-Baptiste Lassus y Eugene
Viollet-le-Duc (figs.83 y 84). El deseo de Demetrio de los Ríos se vio
parcialmente cumplido en las ventanas de las naves bajas y, como veremos a
continuación, aún más vistosamente en las ventanas superiores correspondientes a
la nave central, presbiterio y ábside (figs.82 y 87).
La reintegración de la catedral de León a su “primitivo esplendor” tuvo en los
gabletes un elemento sumamente característico. La efusión con que Demetrio de
los Ríos defendía su presencia en la ventanas altas del brazo sur que
debían reconstruirse a partir de 1882,
anticipaba su extensión a todo este tipo de ventanales que circundan la
catedral. Los argumentos esgrimidos por Ríos explicaban la raz6n de ser de este
elemento en el sistema constructivo-decorativo gótico.
Pese a ser un elemento fundamentalmente ornamental, Demetrio de los Ríos no dejo
también de presentar a los gabletes como el resultado de una
“necesidad
funcional”, al menos en su origen: objeto de una
“necesidad real”, eran la
manifestación de la existencia de una cubierta, “expresión de oficio
análogo en
la estructura de la construcción”; también tenían un cierto cometido
“tectónico”, pues, al decir de Ríos,
“descargan algún tanto los arcos formeros
del peso superior, cuya presión dirigen hacia las pilas de
sostenimiento” 92.
Sin embargo, su raz6n de ser era fundamentalmente decorativa, si bien dejando
claro que no era un miembro ocioso, puesto que había sido la
“tradición
artística” la que
“había convertido en mera apariencia lo que tuvo su origen
efectivo”. Era la expresión de la
“idea predominante” latente en la Catedral de
León, como un elemento que “caracteriza el estilo individual de la escuela
francesa a que pertenece”, en una palabra, el estar presente en el
“pensamiento de los primeros constructores”, lo que imponía a juicio de Demetrio de los
Ríos
su restitución en todas las ventanas de la Catedral 93:
“Nace el gablete con los arcos apuntados y ogivos, se desenvuelve con los
frontones sumamente peraltados, los pináculos y los gallardos chapiteles y
contribuye con sus líneas a la idea predominante que preside cuantas curvas y
rectas concurren en un punto vertical”.
A este razonamiento deducido del “estilo”, Demetrio de los Ríos sumaba
las consideraciones estrictamente “arqueológicas” derivadas del examen concreto
de la catedral de León. Según refería Ríos, Juan de Madrazo descubrió indicios claros
de esta disposición original y propia de la Catedral en una ventana del extremo
oriental del brazo sur del crucero. Ríos atribuía a la mencionada
“restauración”
de Baltasar Gutiérrez la desaparición de estos gabletes por los arcos lisos de
descarga que pueden verse en los grabados anteriores a la transformación por
Demetrio de los Ríos de todo este cuerpo superior de ventanas altas (figs.85 y
86) 94:
“sobre los formeros de éstas y de todas las ventanas mayores, no
incluyendo las del ábside, existió en lo primitivo de la Catedral, hasta la hora
de una de sus mas perniciosas restauraciones, una serie de bellísimos gabletes
que ornaban estas y hasta los huecos de las puertas”.
Por último, la aprobación de la reconstruccion del cuerpo superior del brazo sur
del crucero conforme al diseño de Juan de Madrazo, imponía continuar con el
mismo trazado el resto de ventanas altas de la nave,
“para evitación de
repugnantes saltos e inexplicables contradicciones artístico-arqueológicas”.
En definitiva, estos gabletes, esencialmente decorativos, contribuían al
cometido artístico del “enriquecimiento de la total composición de las ventanas”.
Los mismos criterios fueron adoptados para reponer el resto de elementos
“neogóticos”
en este cuerpo superior de ventanales.
Las mismas ásperas críticas y duros juicios recibió la cornisa que extendió el
mismo Baltasar Gutiérrez recorriendo la parte superior de la Catedral, cornisa
“con formas algún tanto barrocas, totalmente ajenas a aquel lugar”
95. La
alteración de esta cornisa a comienzos del siglo XVII trastocó toda la parte
superior de la Catedral y afectó muy considerablemente, en opinión de Ríos, a
una de las partes mas problemáticas del edificio, la armadura de cubierta 96:
“la cornisa se
injirió allí en mala hora para trocar enteramente la forma y el
oficio de la cubierta ... porque en este trueque se le dio el vuelo consecuente
con tal extraviado propósito y el peralte propio de un edificio grecorromano”.
Esta alteración de la cornisa, y con ella de todo el sistema de cubiertas de
la Catedral, era la causa de la perdida del perfil de triangulo equilátero que
debía corresponder a la armadura de cubierta, en correspondencia tanto con los
gabletes de los hastiales como con el sistema de proporciones geométricas de la
arquitectura gótica, tal como argumentaba Juan de Madrazo al proyectar la
reconstrucción del gablete meridional 97.
La renovación total de la cornisa era imprescindible para la posterior reforma
de la cubierta según las premisas mencionadas. La cornisa se debía rebajar una
hilada, como de hecho se realizó, con la finalidad de que los tirantes de la
armadura asentaran por encima de las sobre-claves de las bóvedas altas. La
cornisa, con todo el cuerpo superior del edificio, se reconstruyó totalmente,
pero la reforma de la cubierta -corolario de los proyectos de restauraciones
parciales- no llegó a materializarse, pese a que, como veremos mas adelante,
Demetrio de los Ríos nos legó algunos planos de la catedral de León en que desarrollaba esta idea.
La cornisa reproducía el mismo perfil y Decoración empleados para reconstruir la
correspondiente al brazo sur, es decir, una media cana rematada inferiormente en
junquillo volado con decoraciones de hojas (figs.82 y 87).
Desenvolviendo y aplicando el trazado de Juan de Madrazo, Demetrio de los Ríos
reprodujo el resto de los elementos que completaban este diseño: la decoración
de la enjutas con rosas ciegas para aligerar visualmente el muro, en aplicación
del “principio universal” de que
“coda parte pasiva de un muro se
perfora o adelgaza siempre” y también se incluyeron en el proyecto de 1885 el antepecho y
los pináculos, para “la contemplación
estática"”, a pesar de que no aparecían en
el presupuesto, debido a que Demetrio de los Ríos estimaba que no procedía
colocar estos delicados elementos sobre la cornisa hasta que no se terminaran
las cubiertas por peligro de mutilarlos en el momento de mover y colocar las
maderas de la armadura de cubierta, aunque, ante el aplazamiento de la cubierta,
lo cierto es que estos pináculos fueron rápidamente montados (figs.82 y 87).
La restauración-reedificación de todo el cuerpo superior de la catedral de León
eliminaba las huellas de la vilipendiada “restauración” barroca de Baltasar
Gutiérrez para afirmar el “carácter” esencialmente gótico del edificio, como
afirmaba el propio Demetrio de los Ríos 98:
“Restaurada toda la parte superior del Templo que tanto lo necesita, porque toda
ella se redujo cuando la colocación de la cornisa grecorromana a un mal
revestimiento de muy escaso tizón, barriendo todas las esculturas, y trocando en
arcos ordinarios de descarga los que antes tenían el relieve de los gabletes;
devuelto el Templo a su característica hermosura con restauración más
arqueológica y de mayor solidez fundamental”.
Estas palabras resumen el fondo del pensamiento restaurador de Demetrio de los
Ríos: la posibilidad de devolver la Catedral a su “característica hermosura” era
la afirmación de la búsqueda de la “unidad de estilo” gótico para el conjunto
del edificio. Elementos tan peculiares y propios de la arquitectura gótica como
los pináculos o gabletes formaban parte esencial del repertorio figurativo
gótico. Pese a los intentos de explicar con argumentaciones de carácter mas o
menos “funcional” la presencia de estos
“estilemas”,
lo cierto es que su “reposición” se debía fundamentalmente a que estos elementos eran parte
primordial de la “idea” que del templo
“gótico”
tenía la cultura
artística del
siglo XIX. Las rosetas, la exornación de los arcos con gabletes, la coronación
de toda la Catedral con apuntados pináculos, la austera pero característica,
Decoración gótica, eran indispensables para recrear la
“imagen”
y la “sensación”
del templo gótico. La recuperación de esta “imagen” previamente ideada no deja
de conectarse con los intentos románticos de resucitar la "Catedral" en todo su
esplendor. La restauración de estos rasgos clave de la arquitectura gótica por
Demetrio de los Ríos eran las pautas que permitan apoyar la lectura
“cerrada”
del edificio, con la rápida identificación del estilo a partir de sus elementos
mas característicos.
- El “subsuelo” de la Catedral: los cimientos.
La inquietud de “arqueólogo” de Demetrio de los Ríos y la necesidad de asegurar
la estabilidad de los pilares de la Catedral fueron circunstancias convergentes
para que se llevaran a cabo importantes obras de cimentación en la catedral de
León a partir de 1885.
Contenidos en el proyecto de restauración de 1883, fueron aprobados los trabajos
de reconstruccion de la pila situada en el sudeste del brazo sur del crucero,
inseparables de la restitución de la pila toral del mismo ángulo sudeste del
crucero. Esta arriesgada operación requería una sólida fundación de los
cimientos en esta parte del edificio para poder asentar con la suficiente
garantía de solidez los pesados durmientes, puntales y apoyos de madera,
indispensables para proceder a la reedificación de las pilas mencionadas. La
calicata verificada por Demetrio de los Ríos ofreció resultados bastante
preocupantes. La falta de fundamentos firmes alrededor del pilar toral sudeste
le llevo a Ríos a extender las exploraciones de los cimientos por todo el
crucero y ambos brazos del mismo. Las conclusiones de estos exámenes de la
cimentación fueron expuestas en el proyecto de 1885 junto con los medios
necesarios para remediar esta peligrosa debilidad de los cimientos en una zona
tan importante para la estabilidad del edificio.
La irregularidad de la cimentación vimos cómo fue presentada por Demetrio de los
Ríos como una de las causas importantes de la ruina de la catedral de León 99. La
debilidad de la fundación en al unos puntos estaba contrapuesta a la firmeza de
los cimientos en otras zonas. La diferencia de resistencia en unas y otras
partes a la presión ejercida por las fabricas superiores fue una causa que, a
juicio de Demetrio de los Ríos, produjo graves desequilibrios en la catedral de
León. Por ejemplo, los muros laterales del templo estaban solidamente asentados
sobre una consistente fabrica escalonada que ofrecía un apoyo seguro a estos
lienzos. Vimos también cómo Matías Laviña a las pocas semanas de llegar a León
realizó una exploración de los cimientos por la zona del atrio meridional para
comprobar la fundación del Caracol de la Muerte, machón profundamente debilitado
e inclinado 100. La firmeza de los cimientos por esta zona la extendió
apresuradamente Laviña a la totalidad de la fabrica. Demetrio de los Ríos
demostró que, por el contrario, las pilas orientales del crucero y brazo sur
estaban precariamente asentadas sobre cepas de muy débil construcción para tan
esbeltos pilares.
Efectivamente, en el proyecto de restauración de 1885, Demetrio de los Ríos
incluyó en la primera hoja de planos una planta de la catedral de León al nivel
del pavimento donde recogía las zanjas que había excavado para verificar el
estado de los cimientos en las zonas donde históricamente más se habían dejado
sentir las debilidades y desequilibrios de las fabricas (fig.88). En primer
lugar trazó una zanja entre los pilares torales sudeste y sudoeste por la que
pudo comprobar alarmado “que no corrían ni existían tales cimientos”, lo mismo
que entre esa pila sudeste del crucero y la pila toral nordeste, Así como entre
la primera y la oriental contigua hacia el brazo sur. La falta de cimientos en
estas tres direcciones coincidía con la superposición de estas pilas con las
antiguas fundaciones que arrancaban de las termas romanas y tenían en la
antigua Catedral románica su última construcción, antes de levantarse sus a sus
restos la actual Catedral gótica (fig.89) 101. Las dos pilas orientales del
crucero se asentaron sobre débiles :, cepas de ladrillo que coincidían en el
punto de confluencia del antiguo ábside central de la iglesia románica con los
dos laterales, “sin mas profundidad ni
preparación que las que tenían para la
primera iglesia”. En cuanto a la cimentación de las dos pilas del orientales del
brazo sur del crucero, estaban asentadas sobre “ligera fabrica de morrillo” y el
mas meridional de estos dos
pilares encontraba su fundamento sobre un mosaico romano perteneciente a las
primitivas termas, localizado a tres metros de profundidad y fuertemente
construido sobre una gruesa capa de hormigón, aunque esta solidez dotó de un
exceso de confianza a los primitivos constructores del siglo XIII, pues
omitieron para esta pila la necesaria zapata escalonada, confiándose el asiento
de este pilar a un cimiento aislado.
Los otros pilares torales, es decir los dos occidentales del crucero, tenían
“cepas de muy buena sillería, en forma de tambor y muy salientes”
102. Lo mismo
ocurría con los pilares secunda Ríos al oeste de ambos brazos del crucero.
Pero si algunos cimientos tenían la suficiente consistencia para resistir las
enormes presiones a que estaban sometidas las pilas, no ocurría lo mismo con
respecto al terreno que formaba el subsuelo de la Catedral alrededor de estos
cimientos. Los resultados que refería Demetrio de los Ríos como consecuencia de
las excavaciones efectuadas desde 1883 a 1885 no dejan de sobrecoger en cuanto
al secular use del templo como producto de la antihigiénica costumbre de
enterrar a los difuntos en el interior de las iglesia, función aún más
desarrollada en una zona privilegiada en su significado cultual como es el crucero
de un templo catedralicio 103:
“el terreno era lo
mas flojo y falso que se pudiera imaginar, como compuesto de
tierras de acarreo y cuerpos humanos en descomposición e interrumpido con
construcciones romanas y multitud de sepulturas que unas sobre otras
determinaban tres épocas distintas de antiquísimos enterramientos”.
Esta abigarrada superposición y acumulación de restos humanos e incluso de
ofrendas funerarias que se encontraron en el subsuelo de la Catedral fue
posteriormente ampliada como resultado de nuevas excavaciones ejecutadas desde
1885 a 1889 en que Demetrio de los Ríos presentó el proyecto de pavimentación de
la Catedral. En ese Año volvió a describir el espeluznante amasijo de cadáveres
entrelazados y descompuestos bajo pavimento del templo 104:
“El subsuelo de la Iglesia no podía estar peor y
mas perjudicialmente preparado,
pues consistía en su origen, coma consiste ahora en una profunda capa de tierra,
verdadero humus, procedente de la descomposición de infinitos cadáveres, más
propio para abonar prados y huertos que para construir el asiento de una solería”.
Esta inconsistencia del terreno y la desigualdad de los cimientos entre las
distintas pilas motivaron a Demetrio de los Ríos a realizar importantes trabajos
de consolidación en toda esta parte del edificio. Los trabajos comprendieron
varias operaciones. En primer lugar se orientaron de modo inmediato a consolidar
y dotar de la cimentación necesaria al pilar toral sudeste que fue el que motivó
el examen; acto seguido se procedió a correr estos nuevos cimientos hasta
enlazar con los de las pilas mas inmediatas a partir de la sudeste en las tres
direcciones mencionadas mas arriba y fundar la zapata escalonada con amplia base
para la pila que carecía de la misma. Con estas labores se consolidaban los
pilares que carecían de conveniente cimentación; pero Demetrio de los Ríos,
deseoso de asegurar la estabilidad de todas las pilas, amplió la cimentación al
resto de los pilares torales, cuyos cimientos fueron corridos y enlazados entre
si coma puede verse en el plano, y también se restauraron las zapatas de todas
estas pilas, además de solidificarse el terreno suelto existente entre las
mismas. Esta compleja actividad de cimentación se centró sobre todo en las pilas
torales “por la mayor presión que necesariamente han de resistir y por la mucha
restauración que han tenido y aún han de tener” 105. Con esta poderosa
consolidación de los pilares torales en sus fundamentos parecía querer asegurar
la resistencia de los mismos para sostener con sobrada de solidez no sólo ya la
amplia bóveda de crucería que se volteo sobre estas pilas del crucero,
sino también lo que fue una de las aspiraciones imaginadas por Ríos para esta
zona central de la Catedral: la construcción de una torre o flecha que se
elevara hacia el cielo.
Estas labores de excavaciones y cimentación fueron aprovechadas por Demetrio de
los Ríos para satisfacer su inquieta curiosidad de
“arque6logo” y conocer
los sustratos inferiores del templo catedralicio. El rico espectro de
construcciones superpuestas y restos acumulados fue recogido por el arquitecto
mientras verificaba el estado de los cimientos (fig.89). varios de estos planos que
muestran la actual Catedral sobrepuesta a la antigua iglesia románica y termas
romanas son una de las fuentes mas importantes para el conocimiento arqueológico
de la historia del solar sobre el que se levanta el templo actual. En los
trabajos de cimentación, nuevamente se ofreció a Demetrio de los Ríos la
oportunidad de conciliar sus cualidades de constructor con su pasión de
historiador, facetas ambas inseparables de su fecunda y erudita personalidad.
- El sistema de apoyos interiores de la Catedral: restauración de pilares y
muros.
La practica totalidad de los apoyos verticales del interior de la Catedral se
había resentido considerablemente como consecuencia de las presiones ejercidas
por las cargas superiores, lo que unido a la debilidad y descomposición de buena
parte de sus sillares, provocó su fuerte incurvación, especialmente notoria en
los pilares principales torales y en los secundarios de la nave mayor,
presbiterio y ambos brazos del crucero. La pérdida de la verticalidad en estos
soportes debió de ser tan llamativa que no dejó de provocar la admiración de
aquellos que consideraban esta pronunciada curvatura como un alarde constructivo
de los primeros maestros góticos.
Matías Laviña se ocupó en sus primeros reconocimientos del edificio en explicar
las causas de tan alarmante deformación: las presiones recibidas en sentidos
contra Ríos, por las bóvedas altas hacia fuera, y por la estribación de los arcos
de las naves laterales hacia el interior, se encontraban en el origen de esta
curvatura, unidos estos inconvenientes a la propia endeblez de los sillares y
núcleo de mampostería como
fundamento de su debilidad 106.
Demetrio de los Ríos se dedicó ampliamente a restaurar todas las pilas del
edificio como parte destacada de su íntegro repaso de todas las estructuras de
cantería de la Catedral. Las intervenciones realizadas en los pilares variaron
en intensidad, alcanzando en ocasiones la total reedificación de algunas pilas
desmontadas, aunque la operación más frecuente fue la sustitución de aquellos
sillares que se encontraban prácticamente reducidos a polvo por otros de nueva
labra o bien la consolidación del núcleo de mampostería del pilar.
Demetrio de los Ríos comenz6 a restaurar de modo aislado los pilares de la
Catedral desde el primer momento en que se ocupó de las obras de la
restauración, si bien la cuantía de los deterioros en algunas pilas le llevó a
individualizar los trabajos en ciertos pilares para detallarlos en los proyectos
de restauraciones parciales. De este modo, la restauración sistemática de los
pilares del brazo sur del crucero en su zona inferior se verificó a partir del
proyecto del año 1883.
En el brazo sur del crucero y en las pilas torales se realizaron las
reconstrucciones de mas amplia magnitud debido a los derribos y desmontes
ejecutados en esta parte del edificio y que, lógicamente, afectaron
considerablemente a estos pilares. En estas demoliciones quedaron en pie
solamente la parte inferior de los pilares del brazo meridional del crucero,
mientras que las hiladas superiores, lo mismo que ocurrió con los muros y
bóvedas fueron reconstruidas de nuevo en su totalidad. Sin embargo, esta parte
inferior de los pilares del brazo sur del crucero no estuvo exenta de
restauración: las dos pilas de esta zona estaban seriamente dañadas, la del
lado oeste “tiene toda la sillería de su zócalo del todo deshecha, pues
mas que
de piedra parecen de tierra sus elementos constitutivos que cualquiera
destruiría con el mas ligero contacto”, y su compañera hacia el lado este se
encontraba en una situación aún peor, puesto que estaba desplomada hacia el sur
y cercada hacia el oeste; estos desequilibrios provenían del desquiciamiento de
la bóveda sostenida por esta pila en conjunción con la toral y la primera del
presbiterio, arruinamiento que había tenido lugar como consecuencia del
catastr6fico derrumbe del Año 1743. A partir de esta ruina se reconstruyó la
destrozada pila del presbiterio, mientras que la del brazo sur que ahora nos
ocupa fue precariamente sujetada a la del presbiterio por medio de un barrote de
hierro. Esta solución de compromiso no satisfizo a Demetrio de los Ríos que
procedió a la radical restauración del descompuesto y ruinoso pilar. La reposición de los sillares y su
consolidación era una
empresa no exenta de dificultades, como señalaba Ríos 107:
“las dificultades y el compromiso se acrecientan por su extremada delgadez y
desmesurada altura y por el aparejo especial de sus piedras, que no se ofrece
fácilmente a la sustitución parcial de las mismas sin apeos bien combinados y
costosos y las mas esmeradas precauciones”.
Esta dificultades eran comunes, aunque no tan marcadas, en las pilas secundarias
de la nave central, presbiterio y ábside que se encontraban mas o menos
cerchadas a causa de los empujes mencionados ejercidos por las bóvedas. En el
proyecto de restauración del año 1885 se extendía la restauración a buen número
de pilares, con especial atención a los torales, detallando en una hoja de
pianos las características de cada tipo de pilares, tanto en sección como en
alzado (figs.90, 91 y 92).
Los cuatro pilares torales del crucero habían sufrido los desequilibrios mayores
debidos a la enorme y desigual presión ejercida por la cúpula de Juan de Naveda
y el sobrepeso de los pilastrones de Churriguera que además cargaban gran parte
de su peso en falso. La lenta restauración de estas enormes pilas comenzó con el
presupuesto de restauraciones del año 1880. En 1885 aún quedaba una considerable
y arriesgada labor por realizar en estos pilares fundamentales. Para estas
restauraciones tazo Demetrio de los Ríos un piano especial aplicado a las pilas
torales (fig.92).
De las cuatro pilas del crucero, la mas deteriorada era la nordeste que en 1885
aun permanecía “sin ver lograda la total restauración, que hace falta
precisamente en lo peor de la pila”; esta delicada zona correspondía a la altura
de los capiteles, que era donde se habían dejado sentir con mas ímpetu los
movimientos y fracturas ocasionados por los empujes laterales de la torre de
contención del nordeste, la llamada “Limona”; como consecuencia de estas
presiones, este pilar toral se encontraba prácticamente
“desquiciado” y con su
ruina arrastr6, como ya vimos mas arriba, a la correspondiente arcatura interior
del triforio (fig.92, VIII). La pila toral del sudoeste necesitaba la renovación
de todo su basamento que, al igual que la pila del brazo sur mencionada
anteriormente, “sus piedras están completamente descompuestas y con el aspecto y
condiciones del cuerpo terroso mas deleznable”, lo mismo que buena parte de los
sillares de las columnas y tambor de esta misma pila toral sudoeste, donde
“hay
que intestar no pocas piedras nuevas en sustitución de las muy detrimentadas a
causa de su mala naturaleza” (fig.92). Esta reposición de sillares deteriorados
se aplico también a la pila toral noroeste, especialmente en la zona donde se
producía la unión con la galena del triforio.
La restauración de la pila toral sudeste fue tremendamente compleja y polémica
debido a la necesidad de restaurarla en conjunción con las desquiciadas pilas
contiguas a la toral que sufrieron el violento arruinamiento del año 1743. Se
hizo preciso construir un meditado sistema de apeos y carpinterías para poder
emprender los trabajos que se iniciaron ya en 1883. Fue entonces, cuando al
analizar la resistencia de los asientos, comprobó Demetrio de los Ríos la falta
de solidez de los cimientos de los pilares en toda esta zona de la Catedral.
Después de estos preparativos indispensables, se comenz6 alrededor de 1886 a
restaurar íntegramente el pilar toral sudeste. Cuando Demetrio de los Ríos
procedió a reparar esta pila toral, se desató, como el mismo refiere,
“una
tempestad de contratiempos, desgracias y atronadores
escándalos” 108.
Los temores de ruina de este pilar fundamental y con el de toda la fabrica se
extendieron por León al grito de !La Catedral se hunde! y sus ecos llegaron
rápidamente a oídos del Ministro de Fomento. Demetrio de los Ríos aplico
poderosos cinchos a la pila para impedir cualquier movimiento y al mismo tiempo
repuso las piedras de su tambor “para colocar en sus hondas cajas otras de mayor
tiz6n y resistencia” 109. La alarma adquirió tai resonancia que el 19 de
septiembre de 1887 fue nombrada una comisión Inspectora para dictaminar sobre el
desarrollo de los trabajos de restauración en esta zona del crucero:
“la singularísima importancia de este edificio -decía el texto de la Real Orden-
obligan por patriotismo a una previsión excepcional, lo que determina el
nombramiento de una inspección extraordinaria que sea formada por personas de la
mas acreditada competencia y rectitud” 110. Componían esta comisión los arquitectos Ricardo
Velázquez Bosco,
catedrático
de la Escuela de Arquitectura y que ya conocía la Catedral desde sus años de
juventud como delineante de Matías Laviña 111, Juan Bautista
Lázaro, Presidente
de la Sociedad Central de Arquitectos y futuro director de las obras de
restauración, Eduardo Saavedra, inspector de ingenieros de Caminos, Canales y
Puertos, Antonio Ruiz de Salces, de la Academia de San Fernando, y, por ultimo,
Miguel Aguado, catedrático de la Escuela de Arquitectura y también miembro de la
Academia de San Fernando.
La comisión Inspectora emitió un primer extenso informe el día 20 de diciembre
de 1887 112. Cuando visit6 las obras,
éstas “abarcaban casi toda la
extensión del templo”. Esta circunstancia hacía que su dictamen se viera entorpecido por
la persistencia de la mayor parte de las cimbras, apoyos y entibaciones que aún
se encontraban montadas en la Catedral, sujetando bóvedas y pilares:
“subsisten
todavía - decía el informe- poderosos medios auxiliares que prestan gran
estabilidad a elementos importantes, cuyas condiciones de equilibrio podrán
variar cuando se abandonen a su propia acción las partes que ahora se hallan
sostenidas provisionalmente”. Por tanto, era imposible para la comisión poder
emitir un juicio exacto del estado de solidez o ruina de la catedral de León
hasta que no se produjera el descimbre de la armadura de madera que contenía al
edificio. Por eso aplazaron su veredicto definitivo hasta que se comenzaron las
tareas de aflojamiento de las cimbras y entibaciones ejecutadas por Demetrio de
los Ríos en el año 1888. Estas decisivas labores de descimbre de la Catedral
estaban en directa relación con las bóvedas de crucería, además de afectar a los
pilares. Por ser el resultado final de la restauración del equilibrio formado
por bóvedas, pilares y contrafuertes, retomaremos estos trabajos mas adelante,
al ocuparnos de la restauración de las bóvedas altas de la Catedral.
Los apoyos no fueron aplicados exclusivamente a la pila toral sudeste y
adyacentes, sino que en el proyecto de 1885 se incluyo también la restauración
de otros importantes pilares. Entre las pilas “secundarias”, además de las ya
mencionadas del brazo sur del crucero, las mas debilitadas estaban localizadas
en puntos concretos del resto del edificio, es decir, en el brazo norte del
crucero, presbiterio, ábside y nave central.
La pila nordeste del brazo norte del crucero (fig.90, I) había sufrido los
mismos movimientos que su eurítmica del brazo sur: mostraba un considerable
desplome interior, consecuencia de los grandes empujes laterales y con el
resultado de la ruina de sus bóvedas.
Los mismos empujes provocaron el desplome y cercha de otras pilas, como la ya
mencionada primera pila del presbiterio en su lado sur, arruinada en 1743,
(fig.90, III) y la última del presbiterio por su costado septentrional o
primera del ábside (fig. 1.90, II); ambas pilas requirieron restauraciones
parciales de consideración.
Varios de los pilares de la nave central y laterales
fueron también repasados en
su totalidad pétrea. La pila que flanqueaba por el lado norte el hastial
occidental (fig. 90, P) se encontraba prácticamente descompuesta:
“no parece
sino fabricada con barro sin cocer, pues sus rojos sillares higrométricos en
extremo y que se deshacen con facilidad, carecen de la necesaria resistencia”;
los sillares de uno de los pilares de la nave lateral meridional (fig. 90, IV)
requería “la restauración desde el pavimento de la Iglesia hasta por encima del
paso abierto en esta clase de piedras”; en cuanto a las pilas que flanquean el
coro de la Catedral (fig. 91, V y VI), su restauración era puesta en relación
por Demetrio de los Ríos con sus prop6sitos de devolver el coro al presbiterio
de la Catedral, como veremos mas adelante.
Las pilas de la girola habían sido mutiladas en sus basas al colocar las verjas
que cierran las capillas absidiales de la Catedral. Demetrio de los Ríos
reconstruyó hasta quince de estas basas según el diseño
“tipo” que elaboró para
las mismas (fig. 92, VII).
Los profundos deterioros de los pilares del ábside fueron detenidamente
reproducidos por Demetrio de los Ríos al detallar el estado de cada una de estas
seis pilas del ábside (fig.91, 1ª a 6ª). El triste espectáculo que ofrecía la
tremenda mutilación de estos pilares fue descubierto por Demetrio de los Ríos al apartar el retablo mayor que había sido clavado en estas pilas en el
siglo XVIII por Tome Gavilán, retablista y arquitecto que recibió toda la
repulsa y dureza del verbo critico de Ríos, como el prototipo del estigmatizado
“maestro barroco”,
receptáculo de todo el rigor de la censura crítica del siglo
XIX 113:
“el celebre Tome
Gavilán, consecuente con su apellido, clavó las unas en las
cuatro pilas del ábside, destrozando monstruosamente sus columnas y tambores, con
la misma cruel sana con que el ave aludida las hubiese hincado en la me s
inocente presa. Cuando reparamos su armatoste, aquello era espantoso teatro de
carnicería, mas atroz que la de un campo de batalla; y como si tanta sarracina
no bastase, subióse el gavilán por las pilas, clavándoles barrotes con que
asegurar su aborto, hasta llegar a los delgadísimos tabiques que separan las
bóvedas, para suspender desde ellos panzudos angelotes en un cielo tan
tristemente improvisado”.
La restauración de las pilas del ábside completaba la restauración de los
elementos de apoyo verticales del interior del edificio (fots.20 y 21).
Similares operaciones de restitución de sillares también se realizaron en la
totalidad de los muros interiores de la Catedral: ya vimos mas arriba como se
restauraron en su totalidad los paramentos de las capillas absidiales,
despejando sus muros y recuperando sus disposiciones primitivas; en el proyecto
de 1885 se incluyó esta misma operación a lo largo de toda la organización
ornamental de las naves laterales, repasándolos en su totalidad por ambos
flancos interiores al norte y al sur: se restauraron los banquillos, se
repusieron las basas, fustes, capiteles y arcos de toda la línea de arquerías
ciegas que flanquean los costados de la Catedral por su parte inferior del
interior. Mas deteriorado aún se encontraba el muro de la capilla de San Juan de
la Regla a los pies de la Catedral y que continuaba en la pila norte del hastial
occidental, también considerablemente debilitado como mencionamos mas arriba.
Con la restauración de los pilares interiores se consumaba la reparación y
consolidación de todos los elementos “resistentes-activos” del edificio. La
amplísima restitución de millares de sillares descompuestos o deteriorados por
otros nuevos, recién extraídos de las canteras, fue extendida por Demetrio de
los Ríos a toda la inmensa “estructura esencial” de la Catedral. La magnitud del
proceso ilustra claramente el ardor con el que defendió el arquitecto la
legitimidad de injertar nuevos materiales en el desbaratado organismo
constructivo de la Catedral. Lo cierto es que tras enderezar y consolidar los
pilares y cimentar sólidamente sus fundamentos, la Catedral estaba en
disposición de soportar la totalidad del peso del sistema de bóvedas de crucería
que recorren las naves altas y bajas del edificio.
- El sistema de desagües, una necesidad funcional en el edificio gótico.
“La salida de las aguas, necesidad muy bien estudiada por los constructores de
la Catedral, no se cuid6 en todos los tiempos sistemáticamente, abandonándose
por algunos momentos o reparándose las limas o caños sin toda la escrupulosidad
indispensable” 114. Con estas palabras daba paso Demetrio de los Ríos a la
restauración de todo el sistema de desagües de la catedral de León a partir del
año 1881.
La conveniente circulación y expulsión correcta de las aguas pluviales es una
necesidad importante para la conversación de los edificios góticos debido a la
practica total canalización de los elementos constructivos en sus diversos
niveles o alturas. Esta necesidad se acentúa en el caso concreto de la catedral
de León, puesto que la acumulación de aguas por su falta de salida o el
escurrimiento de las mismas a lo largo de los muros contribuye poderosamente al
deterioro y descomposición de la ya de por sí blanda y deleznable piedra de la
catedral Leonesa.
En la planta del proyecto de restauración del presbiterio del Año 1881(fig.75)115
Demetrio de los Ríos incluyo la reposición “casi en su totalidad” de las limas o
canales de aguas alrededor del presbiterio, ábside y brazo septentrional del crucero a la altura del triforio. Consecuente
con este pensamiento, Demetrio de los Ríos extendía estas limas de aguas a los
contrafuertes exteriores y torres de contención, como puede verse en la parte
izquierda del mismo plan referido. Para unas y otras se empleo piedra marmórea
de la Pola de Gordón, piedra poco porosa y bastante dura, muy adecuada para
estas funciones. En la altura del cuerpo superior se realizó la misma operación
de canalización y, para transmitir las aguas hacia el exterior, Demetrio de los
Ríos relabró en todos los arbotantes el canal de conducción del agua por su
línea superior.
En las capillas absidiales fue reformado el sistema primitivo de desagües una
vez demostrada por Ríos su “viciosa disposición”. Para verter las aguas
tenían
las cubiertas de estas capillas canecillos de muy escaso avance en su
coronamiento, situadas en el eje mismo de las ventanas (fig.81). El resultado
del constante derrame de las aguas por este punto provocó la rápida destrucción
de los maineles y tracería de las ventanas y el deterioro de las vidrieras de
estos ventanales; para evitar estos inconvenientes Ríos coloco los canecillos en
el ángulo entre las ventanas y los contrafuertes mayores (fig.81, g). Por
ultimo, para facilitar el desagüe en estas capillas se instalaron asimismo las
limas o canales a esta altura de sus cubiertas, incluidos estos trabajos en el
proyecto de 1885.
La revisión total del sistema de desagües de la Catedral fueron una serie de
trabajos enmarcados en la línea de la restauración conservativa del edificio,
rehabilitando una función primaria e indispensable para la conversación de la
Catedral. Este carácter “preventivo” y
“preservativo” asociado a este tipo de
trabajos fue de hecho continuado por Juan Bautista Lázaro, uno de los
arquitectos que mas pugn6 por asentar el criterio de conversación como
prioritario de las intervenciones. Lázaro, como veremos en el capítulo
siguiente, completó la rectificación del sistema de desagües con un proyecto
especial de canalización de las aguas pluviales.
- Las bóvedas de crucería, culminación de la restauración integral y descimbre
de la Catedral.
El amplio proceso de reconstruccion-restauración de la catedral de León comenzó
y culmino por las bóvedas de crucería, estructura dominante en la jerarquía
constructiva de la arquitectura gótica. El derrumbe y arruinamiento progresivo
de varias bóvedas fue la causa inmediata que provoco la intervención radical en
la catedral Leonesa.
El sistema de bóvedas de crucería se erigió a partir de la dirección ejercida
por Juan de Madrazo en la clave interpretativa para adentrarse en la profunda
comprensión del sistema constructivo gótico, lógica constructiva deducida
racionalmente a partir de sus bóvedas. El sistema de encimbrado ideado por
Madrazo a modo de apoyos y entibaciones para contener los empujes estaba pensado
y adaptado para abrazar la osatura “activa” de la Catedral y restituir su
perdido equilibrio. Al mismo tiempo, estas cimbras y apeos sirvieron de
preparación indispensable para reparar y reponer la mayor parte del bovedaje del
templo Leonés que presentaba destrozos y quebrantos en la practica totalidad de
sus tramos. La restauración de las bóvedas de la Catedral enlazaba con la
reconstrucción de aquellas otras derribadas y desmontadas, todo ello al servicio
de una misma idea centrada en la recomposición total del abovedamiento del
templo.
La coherencia del sistema constructivo gótico, sistema deducido desde arriba,
fue el criterio unificador de la planificación de la restauración integral de la
“estructura esencial” de la catedral de León. El comienzo de la
restauración
total de los apoyos y contrarrestos exteriores sirvió para dotar de la
consistencia y resistencia necesarias para sostener las bóvedas superiores, lo
mismo que la consolidación de los apoyos verticales interiores, pilares y muros,
hasta culminar el sistema en las bóvedas, todo ello, como expresivamente
afirmaba Demetrio de los Ríos, para “rehabilitar el esqueleto del Templo por
tantos modos desarticulado”.
La preocupación por el fuerte grado de deterioro de las bóvedas de la catedral
de León estuvo siempre presente en el animo de los arquitectos. Juan de Madrazo
señalaba en 1877 con explícita inquietud como “en toda la extensión de las naves
altas de esta Iglesia no existe un solo tramo que no exija en su día
reparaciones de mayor o menor importancia”116, El 22 de marzo de 1879, muy
próximo a terminarse el encimbrado de las bóvedas altas, se remitió a la
administración central un informe de la Junta Inspectora en el que se describía el preocupante estado de las
bóvedas de la catedral de León y se anticipaba la totalidad de los trabajos que
se efectuaron durante la década siguiente 117. La lectura de este informe
evidencia la gravedad de los danos en toda esta parte superior del edificio, aún
mas considerables si sumamos los varios tramos de bóvedas que, como sabemos, habían
sido desmontados en torno al crucero de la Catedral.
Pocos meses después de elevar este informe mencionado a la superioridad, Juan de
Madrazo preparaba los medios materiales precisos para afrontar la restauración
de todas estas bóvedas, Así como la reconstrucción de las derribadas. A
comienzos de agosto de 1879 planteaba la necesidad de emprender el acopio de
considerables cantidades de piedra toba para reponer, o bien construir de nuevo,
los “lunetos” o plementos de las bóvedas. Para ello se comenzaron a explotar los
yacimientos de esta piedra caliza porosa y ligera, localizados en las canteras
de Rodiezmo, cercanas a Villamanín 118. Comenzaba poco después de modo simultaneo
la reconstrucción de las bóvedas derribadas y la restauración de las que aun permanecían en pie.
Entre las bóvedas que habían sido desmontadas por Matías Laviña se encontraban,
como ya indicamos, la central del crucero y las dos correspondientes al brazo
meridional, a las que se sumaron en los años siguientes las adyacentes al
crucero, es decir, los primeros tramos sobre el coro, presbiterio y
prácticamente también la primera del brazo norte, totalmente descompuesta. Vimos
ya como Juan de Madrazo dejo trazados los planos para reconstruir toda la parte
superior del brazo sur del crucero, planos que fueron completados y presentados
como proyecto por Demetrio de los Ríos en 1882 119.
Mientras este amplio proyecto de reconstruccion se completaba, fueron
reconstruidas las bóvedas desmontadas adyacentes a la central del crucero. En el
presupuesto del Año 1880 se incluyeron las dos bóvedas del brazo norte del
transepto: la primera, contigua al crucero central estaba, como dijimos mas arriba, prácticamente arruinada en su totalidad, puesto que se debieron
reconstruir completamente tres de sus plementos y la mitad de sus nervios,
mientras que en el segundo tramo de este brazo septentrional se recompuso
totalmente el entrepaño de bóveda apoyado en el hastial.
Sumamente desbaratadas y descompuestas se encontraban también las bóvedas del
presbiterio y ábside. Era tal su gravedad que una de las primeras operaciones
que realizó Demetrio de los Ríos al llegar a León fue encimbrar de modo
inmediato estos tramos 120. A comienzos de 1881 se principio a reedificar la
bóveda del presbiterio contigua a la central del crucero, mientras que en el
proyecto de restauración del presbiterio de ese mismo Año se incluyeron las dos
bóvedas restantes, es decir, la segunda del presbiterio y la contigua del ábside;
de las dos bóvedas del presbiterio, la primera estaba derribada completamente y
la segunda casi también por entero, “deshechos dos de sus plementos o
entrepaños,
y sostenidos a fuerza de cerchas y tornapuntas apoyados en las pr6ximas
carpinterías”, con un estado de ruina que además se comunicaba a la inmediata
bóveda del ábside, “abriendo considerablemente las juntas de las dovelas en los
arcos de ogiva que constituyen su crucería individual por las juntas de ruptura
de dichos arcos, y quebrantando los entrepaños o plementos” 121. Al terminarse
los trabajos de reedificación de las bóvedas del presbiterio y ábside, quedaban
reconstruidos y recompuestos los tramos de bóvedas que mas habían sufrido los
trastornos y rupturas expandidas en torno al crucero.
Una vez restauradas y reconstruidas las bóvedas del presbiterio, ábside, brazos
del crucero y primera sobre el coro, este proceso de restauración total de las
bóvedas altas se extendió inmediatamente al resto de los tramos de la nave
central que se encontraban, dentro de la gravedad, en mejor estado.
En el proyecto de restauración de 1883 se incluyeron tres tramos de bóvedas de
la nave central, “pues se encuentran en el
mas lastimoso estado de ruina”, como
apuntaba Demetrio de los Ríos. Los dos tramos mas pr6ximos al hastial occidental
se dejaron sin restaurar, aplazándose la intervención hasta la demolición y
reconstruccion del hastial. El tercer tramo tenía deteriorados todos sus plementos, del mismo modo que el siguiente, aunque en esta cuarta bóveda
“solo
ligeramente quebrantados”, mientras
que en el quinto tramo sobre el coro se encontraba fraccionada y descompuesta la
totalidad de su plementería.
Dos años mas tarde, en el proyecto de restauración de 1885, se anunciaba el
inicio de la reedificación de la única bóveda que aun permanecía desmontada en
esta zona superior del edificio: la gran bóveda central del crucero. En el
proyecto de reconstrucción del brazo sur del crucero del Año 1882 se habían
presentado los planos y cálculos para la estabilidad de sus nervios y arcos
torales, Así como de sus plementos 122. Demetrio de los Ríos recordaba en 1885 la
necesidad de “disminuir ahora sus empujes laterales, ligando entre sí los cuatro
arcos torales que la sostienen, por medio del macizo de sus enjutas que cierren
s6lidamente el espacio cuadrado en que dichos torales se elevan” 123. La
intención de Demetrio de los Ríos con esta robusta consolidación de las enjutas
de los arcos torales no se reducía solamente a dotar de la suficiente
resistencia a los arcos para soportar el peso de la amplia plementería que debía cerrar la bóveda, sino que su reforzamiento también estaba pensado para sostener
“ulteriores construcciones que mas adelante pueden juzgarse convenientes”. Con
estas palabras Demetrio de los Ríos refería vagamente su intención de levantar
algún cuerpo en el crucero que lo señalase al exterior. Mas explícito se
mostraba en los cálculos de la memoria del proyecto cuando trataba de demostrar
las amplias condiciones de solidez de los arcos torales del crucero y añadía la
siguiente apostilla: “éstos han de contar con la suficiente resistencia para
soportar el peso de la torre o copula y que en caso de adoptarse 6sta habría que
rectificarlos de nuevo” 124. Esta aspiración de Ríos, como veremos en el
título
siguiente, no siguió adelante, sin siquiera concretarse en un proyecto formal,
debido a la radical oposición de la Academia de San Fernando a levantar
cualquier cuerpo sobre el crucero.
Para la reconstrucción y restauración de estas bóvedas, el encimbrado fue una
preparación indispensable que contuvo las fabricas mientras se desmontaban las
bóvedas o bien posibilito la reedificación cuando 6stas estaban completamente
desmontadas.
El procedimiento de restauración de las bóvedas era sumamente audaz y contenía
un grado importante de riesgo: consistía en deshacer los plementos cuarteados y
desmontar los arcos de los nervios o crucería, que después se volvían a colocar
sobre sus cimbras correspondientes para rectificarlos y reparar las
deformaciones que les aquejaban, de tal manera que se trataba de reaprovechar en
la medida de lo posible sus antiguas dovelas; sobre estos arcos, soporte de la
bóveda, se volteaba de nuevo la plementería 125. Es decir, se puede afirmar que
la bóveda sometida a restauración se desmontaba completamente y después se
volvía a armar rectificando los desperfectos y reponiendo dovelas y plementos
durante esta operación.
Si la reconstruccion de los plementos y nervios de las bóvedas era una actividad
sumamente delicada y expuesta, el proceso de descimbre de la Catedral fue la
prueba de fuego de la restauración del templo Leonés. Ya vimos anteriormente cómo
las arriesgadas operaciones de reconstruccion de la pila toral sudeste y sus
adyacentes, trabajos audazmente emprendidos por Demetrio de los Ríos, habían
desatado la alarma hasta el punto de nombrarse una comisión Inspectora
extraordinaria para dictaminar sobre las posibilidades de una eventual ruina de
la Catedral, temores que habían sido pronosticados y difundidos por algunos
sectores opuestos a Demetrio de los Ríos. La comisión había aplazado su dictamen
definitivo hasta la ocasión decisiva en que se comenzara a descimbrar y privar
de apoyos a la Catedral. Este culminante momento fue descrito en el segundo
informe de la comisión y por el propio Demetrio de
los Ríos 126.
Demetrio de los Ríos procedió a comienzos del mes de julio de 1888 a añojar las
cimbras y codales que habían sujetado y contenido todas las estructuras activas
de la Catedral durante el extenso proceso de reconstruccion y restauración. Esta
concluyente operación de descimbre debió de hacer contener el aliento del
arquitecto y opera Ríos, pues al privar de los apoyos y entibaciones se
comprobaba si la restauración y consolidación de tan decisivos miembros activos
de la Catedral había proporcionado la suficiente resistencia y solidez a estas estructuras. El momento fue crucial
en la historia de la catedral de León; el edificio, desprovisto de sus
“muletas”, debía comenzar a sostenerse por si mismo y demostrar que las grietas,
roturas y fracturas se habían soldado definitivamente.
Después de un detenido examen acerca del procedimiento y forma de emprender el
descimbre, se dio comienzo a estas operaciones por la parte superior, es decir,
retirando las cerchas altar para inmediatamente añojar todos los demás
elementos integrantes de las cimbras, pero con la precaución de dejarlas
dispuestas para apretarlas si las incidencias del procedimiento así lo
requirieran. Al eliminarse las cimbras por completo, las bóvedas dejaron sentir
la totalidad de su peso sobre los pilares, si bien éstos aún estaban sujetados
por la armadura de madera. Comprobada la estabilidad de las bóvedas, se procedió
a retirar las entibaciones y acodalados que actuaban sobre los pilares, pero
antes se establecieron minuciosos puntos de referencia que pudieran detectar
algún movimiento de las pilas al recibir sin apoyos de ninguna especie toda la
gravitación ejercida por las bóvedas; esta operación también se aplicó a las
bóvedas que, tanto en su intradós como en su extradós, recibieron igualmente
señales para registrar la mas leve alteración en sus fabricas. Esta operación
requirió prácticamente un mes de continuados trabajos. La Comisión se volvió a
personar en León el 27 de julio de 1888 para comprobar los aplomos y
referencias, con la constatación de un resultado plenamente satisfactorio,
“no hallándose indicio alguno de desordenes ni movimientos apreciables”
127. Con este
feliz desenlace se acord6 despejar de maderas todas las partes reparadas,
dejando solamente los andamios precisos para la reposición de las vidrieras,
actividad que se extendería a lo largo de toda la década de 1890.
Ante el carácter expuesto de la operación de descimbre y el éxito en la
estabilidad de los resultados obtenidos, la Comisión informaba al Ministro de
Fomento de la capacidad y destreza con que habían sido dirigidas las obras por
Demetrio de los Ríos 128:
"Demostrada ya por la
observación práctica el éxito satisfactorio de las obras
de reparación y restauración acometidas con tanto acierto como firmeza por el
digno Arquitecto Director que una vez mas ha demostrado su reconocido mérito ".
El propio Demetrio de los Ríos describe la emoción de los trascendentales
momentos que siguieron a la comprobación de la solidez y estabilidad de la
Catedral tras el descimbre 129:
“No parece sino que a la
conjunción de tantas tribulaciones y estruendos como
alrededor nuestro estallaron respondió la Providencia, no con un milagro, sino
con una explosión de ellos; pues en un Templo tan excesivamente sensible a la
menor conmoción, en un edificio tan extraordinariamente dócil al mas leve
sentimiento, ni la menor raja se abrió entre aquellas infinitas y atroces que lo
plagaban, ni el mas insignificante desplome se insinuó en parte alguna, cosas
todas naturales e inevitables de continuo en las fabricas de arcos y bóvedas mas
sólidos y del mas rudo servicio cuando se las descimbra y obra en ellas algún
asiento par imperceptible que parezca”.
La restauración de las bóvedas altas fue, pees, integral y sistemática. No
obstante, paralelamente a su refección también se reconstruyeron y repararon en
su totalidad las bóvedas bajas para completarse de este modo el repaso general
del abovedamiento del templo. A esta altura del edificio las primeras bóvedas
que fueron reedificadas por Demetrio de los Ríos se localizaron, como era de
suponer, en el brazo sur del crucero. Las dos bóvedas bajas del lado meridional
de esta parte habían sido reconstruidas por Matías Laviña, una a modo de bóveda
tabicada de ladrillo y la otra como bóveda de arista, motivo de las críticas de
Demetrio de los Ríos, que veía en estas reconstrucciones de Laviña
“el prurito
de grecorromanizar la Iglesia Legionense” 130. Estas bóvedas fueron repuestas en
piedra por Demetrio de los Ríos a partir del proyecto de restauración del
Año 1885. En este mismo proyecto se
incluyeron el resto de bóvedas bajas. Las bóvedas de la girola y capillas
presbiteriales fueron objeto también de radicales reedificaciones: según refería
Ríos, estas bóvedas se reconstruyeron en el siglo XVIII de ladrillo,
“con muy
mal consejo”, motivada esta refección por el desplome de una de ellas y ruina de
las restantes como consecuencia de las presiones de la torre sudeste,
“Silla de
la Reina”; el tabicarlas con ladrillo tuvo como
propuesto aligerar las
bóvedas,
aunque esta solución según el parecer de Demetrio de los Ríos había sido
bastante desacertada desde el punto de vista mecánico, puesto que
“en igualdad
de espesores el ladrillo pesa mas que la toba”. Ríos, también atento a uniformar
visual y constructivamente todo el sistema de bóvedas de la Catedral, propuso la
total reconstruccion en piedra toba de estas bóvedas, tanto para solucionar el
problema mecánico como por razones de “su cabal hermosura” 131:
“la
restauración
general de todas las bóvedas bajas del Templo con la misma unidad y con el mismo
aspecto estético, que ha de resplandecer necesariamente en la armonía del
conjunto”.
La restauración de las bóvedas bajas completaba la totalidad del sistema de
bóvedas de la Catedral. Las operaciones de descimbre y desentibación de las
bóvedas, pilares y apoyos verificaron la recuperación de la estabilidad de un
templo que había arrastrado graves problemas en su estructura a lo largo de los
varios siglos de su existencia, hasta el punto de haber comprometido su precario
equilibrio en varias ocasiones, como hemos visto a lo largo de estas paginas.
Con un mismo carácter sistemático, Demetrio de los Ríos pensó completar y
acabalar la restauración con la reposición de las cubiertas del templo e,
incluso, con la coronación del crucero con una torre. La última parte de su
pensamiento quedaría incompleta, aunque claramente apuntado en sus escritos y
memorias, como veremos a continuación.
- La restauración inconclusa: la Catedral imaginada.
* Una cubierta en correspondencia con los gabletes de los hastiales.
Una de las preocupaciones permanentes de Demetrio de los Ríos desde que accedió
a la dirección de las obras de restauración de la catedral de León estuvo
centrada en torno a las cubiertas. En varios de los proyectos repitió tenazmente
la necesidad de poner monumental colofón a la restauración del templo mayor
Leonés con la renovación completa de sus cubiertas. La idea, no obstante, ya
había sido claramente perfilada por Juan de Madrazo.
Juan de Madrazo había apuntado de modo explícito la intención de rehacer la
cubierta superior de la Catedral cuando presento su proyecto de reconstruccion
del hastial meridional. Las razones argumentadas por Madrazo ya fueron
explicadas al comentar este proyecto 132. Vimos como Madrazo ponía en inmediata
relación constructiva la armadura de cubierta con los gabletes que coronan los hastiales. Los principios invocados para proponer la reconstruccion tanto de los
remates de las fachadas como de la propia armadura de cubierta eran básicamente
dos: en primer lugar, “el principio de la
transparencia” por el cual las disposiciones interiores del edificio debían corresponderse con las exteriores
en perfecta lógica funcional; el “tímpano de
frontón o de gablete recibe los
extremos de todos los elementos longitudinales que ligan a los sucesivos
triángulos de armadura”, decía Juan de Madrazo. Con este criterio estaba
desarrollando la idea básica expresada por la Academia de San Fernando cuando
rechazo el proyecto de hastial meridional de Matías Laviña, exigiendo un
“frontón
que exprese la armadura”, es decir, ambas estructuras constructivas debían
guardar un perfecto acoplamiento, reforzándose mutuamente. El segundo de los
principios invocados por Juan de Madrazo para sostener teóricamente su
reconstruccion del gablete del hastial meridional se derivaba del sistema de
proporciones geométricas de la catedral de León; la arquitectura gótica
establecía las relaciones armónicas entre sus elementos a partir del triangulo y
sus combinaciones: el triangulo equilátero era el que debía adoptarse para la
armadura de cubierta y, en perfecta ilación, lógicamente también era la figura
generatriz del gablete.
Vemos, pues, como gablete y armadura de cubierta permanecían en una perfecta y
necesaria trabazón; una estructura era al mismo tiempo acción y efecto de la
otra, enlace inferido de unas mismas premisas, conexidad ordenada de las partes
del exacto y articulado discurso constructivo, de la totalidad y racionalidad
del sistema gótico. De este modo, el titulo propuesto para este apartado -“una
cubierta para los gabletes”- en realidad fue primeramente concebido por Madrazo
y Ríos en sentido contrario, es decir, “unos gabletes en correspondencia con la armadura de cubierta”. Precisamente
aquí, en los gabletes, se detuvo la restauración y con ello quedo interrumpido
el razonamiento constructivo en uno de sus términos, sin concluirse en su
congénere cubierta, coadyuvante de un mismo pensamiento constructivo.
Con el proyecto de reconstrucción del hastial meridional formado y argumentado
por Juan de Madrazo y con el análogo que trazara Demetrio de los Ríos para la
fachada y remate principal de la Catedral, y que veremos mas adelante, quedaban
aprobados ambos gabletes de triangulo equilátero. La construcción de estos
remates del hastial hacia innecesario argumentar la conveniencia de adaptarles
la consiguiente cubierta. La cubierta de la catedral era el corolario del
razonamiento, es decir, una proposición obligada y que no necesitaba una prueba
particular para su lógica inserción en el edificio, por inferirse fácilmente de
lo demostrado antes. Ahora bien, este era el razonamiento estrictamente
constructivo, pero como tal, cada vez estuvo mas necesitado de otros refuerzos
argumentales, puesto que, como hemos dicho, con el replanteamiento de la Teoría restauradora en el decenio que
ocupó
Ríos la dirección de los trabajos en León,
el monumento estaba cobrando una mas rigurosa significación como
“documento
histórico” que debía preservarse y legarse a
las generaciones futuras sin alteraciones, es decir, en toda su
“autenticidad”. Esta pugna, que vimos en
algunos de sus aspectos en el apartado anterior, obligaba a detallar y
argumentar largamente la necesidad de cualquier modificación proyectada en ese
“documento histórico”. En una palabra, el razonamiento constructivo, la
deducción lógica a partir de las leyes del edificio, ya no era un juicio
intrínsecamente valido para proponer restauraciones de la trascendencia que
revestía la renovación total de la cubierta de la Catedral. Demetrio de los
Ríos, que defendió con gran empeño esta refección, hizo use de varios argumentos con
todo el poder persuasorio de su hábil y ágil pensamiento.
Las observaciones de Demetrio de los Ríos sobre la construcción de la cubierta
de la catedral de León no se concretaron en un proyecto efectivo, como
adelantábamos más arriba. Este proyecto solo podía formarse una vez que se
hubiera reconstruido hasta su remate el hastial occidental que desmonto y
comenzó a reedificar el propio Ríos. Consciente de que esta considerable empresa
de reconstrucción se debería prolongar durante unos cuantos años y debilitadas
progresivamente sus fuerzas, Demetrio de los Ríos no renuncio a presentar en
1885 una memoria acompañada de varios planos en donde consignaba los trabajos
necesarios para terminar en su totalidad las restauraciones en la catedral de
León 133. Entre los cuatro pianos adjuntos a la memoria destacan dos, uno
representando el corte longitudinal del interior de la Catedral por el norte, y
que suponía el compendio todas de las restauraciones parciales de cantería para
el interior del edificio que hemos visto a lo largo de este epígrafe (fig.94),
y, sobre todo, para el tema que ahora nos ocupa, de gran interés es el piano que
representa una vista general del costado sur de la catedral de León con las
cubiertas ideadas por Ríos para la nave central y laterales (fig.95) 134.
Con este piano del costado meridional, Demetrio de los Ríos dejaba constancia
gráfica de su pensamiento y concepción completa de la restauración de la
catedral de León. En este trazado de la Catedral, al igual que en el corte
longitudinal del interior, aparece compilado el resultado de la totalidad de los
proyectos de restauraciones parciales de cantería que fue elaborando Ríos hasta
1885. Las visiones de conjunto de estas vistas generales del interior y el
exterior de la Catedral son la recapitulación y mas clara expresión de como
imaginaba y deseaba ver culminada Demetrio de los Ríos la restauración de la
catedral de León. Gran parte de su pensamiento fue materializado con la
aprobación y ejecución de los contenidos de los proyectos de restauraciones
parciales que hemos repasado en las paginas anteriores y que supusieron una
total renovación de la estructura pétrea del templo. Sin embargo, el
fallecimiento del arquitecto en 1892 dejó inconclusas sus aspiraciones por
lograr la restauración “integral” de la catedral Leonesa tal y como aparece en
estos dos planes.
Por lo que respecta al corte longitudinal del interior (fig.94), un dato
destacado del piano de Demetrio de los Ríos es la eliminación de la sillería de
coro, que no solo es apartada de la nave, sino que incluso es suprimida del
trazado. Veremos como el tema del traslado del coro, en su intento por despejar
la nave central, fue otro de los empeños frustrados de Demetrio de los Ríos.
En el alzado del costado sur de la Catedral, el edificio se nos ofrece
igualmente en toda su perfección formal y unidad de estilo. En este piano son
tres radicales y transcendentales objetivos los que aparecen rotundamente
expresados por Demetrio de los Ríos: las cubiertas de la Catedral, el arranque
de una torre sobre el crucero y, otro rasgo llamativo, el aislamiento completo
del edificio que se muestra totalmente exento. Fueron tres cruciales
aspiraciones de Demetrio de los Ríos por ver devuelta la catedral de León a su
supuesto “primitivo esplendor”, opciones tajantes que defendió el arquitecto con
ardor. Nos ocuparemos en las líneas siguientes de los dos primeros aspectos,
aplazando para mas adelante el tema del “aislamiento” de la Catedral.
Las cubiertas de la Catedral según aparecen en este piano eran uno de los rasgos
más llamativos y espectaculares del edificio. El resultado visual, la perfección
formal, era, en definitiva, el principal empeño del arquitecto 135:
“Vista la Catedral a larga distancia cualquiera conoce que le falta algo, mucho,
su cabeza en suma, y cuanto se agigantaría este gallardo edificio si se elevase
su alta cubierta central hasta la cúspide de sus frontones Norte y Sur”.
Este espectacular resultado que se conseguirla con la cubierta fue apoyado por
Demetrio de los Ríos con diversos razonamientos. Su argumento privilegiado, la
critica histórico-constructiva, era el punto de partida. Ya vimos como al
proponer la restauración de todo el cuerpo de ventanas altas por el exterior,
Demetrio de los Ríos entró en liza con la “restauración
barroca” de Baltasar
Gutiérrez. Al reponer la cornisa superior, demostró los
“negativos efectos” que
para la armadura de cubierta tuvieron las alteraciones de comienzos del siglo
XVII. La cubierta existente la atribuía Demetrio de los Ríos a esta
“mal
entendida” restauración. Al juicio crítico de los negativos efectos
constructivos ejercidos por esta cubierta, sumaba el mal estado de conversación
de la misma para proponer su renovación completa 136:
“Las cubiertas existentes formadas con armaduras de maderas rollizas, cuya
carpintería solo se reduce a los pares, la hilera y el tirante, hállanse en
deplorable estado, destruido su mal ensamblaje, y cargados con teja vana de la
peor especie. Ejecutadas, además, sin conexión con la estructura fundamental de
la Iglesia, sin atender a los empujes que innecesariamente ejercen sobre los
muros y sin respeto de ninguna especie a la contemplación interna o externa de
partes muy bellas y características, habrán de reponerse por otras que llenen
todas estas despreciadas condiciones”.
Otra de las razones que repitió Demetrio de los Ríos para sostener la necesidad
de reconstruir la cubierta se refería a la necesidad de contener la presión
ejercida por los triángulos de los gabletes por efecto del viento, sin encontrar
el contrarresto adecuado en la armadura y cubierta; es decir, al rebajarse la
cubierta en el siglo XVII, los gabletes de los hastiales quedaban
“sueltos”,
“trocados en perjudicialísimas palancas conmovedoras y destructoras del
Templo” 137:
“Tal atentado
jamás aconteciera si la armadura no se hubiese divorciado de los
frontones creados para ella, pues silos vendavales los impelían hacia dentro, la
armadura era un codal invencible contra todas las furias eólicas del mundo, y si
se agitaban estos en sentido contrario, que ahora es el peor, resbalaban los
aires por sus faldones sin la menor consecuencia”.
La cubierta, en comunión con los gabletes, contribuía a la estabilidad de los
hastiales con su acción de contención en sentido horizontal. Pero la armadura de
cubierta también ejercía funciones de contención en sentido vertical. Tal como había llegado la cubierta al siglo
XIX no solo estaba “divorciada” de los gabletes sino que, a juicio de Demetrio
de los Ríos, también exponía el equilibrio de las bóvedas. En la restauración
del siglo XVII se elevó el nivel de la cornisa al rehacerla de acuerdo con las
formas “barrocas”; esta elevación de la cornisa aparej6 que los
tirantes de la armadura de cubierta quedarán demasiado elevados con respecto al trasdós de las
bóvedas. Según señalaba Demetrio de los Ríos, esta separación de los tirantes
con respecto a las bóvedas contribuyó a la ruina del abovedamiento: según la
tradición constructiva gótica, los tirantes de las armaduras cargaban siempre
por encima de las sobreclaves de las bóvedas, ejerciendo todo su peso sobre
ellas, para impedir que las bóvedas de crucería apuntadas rompieran sus claves,
pues, como vimos, las bóvedas, compuestas de arcos apuntados, tenían tendencia a
subir de corona. Este efecto de contención que ejercían estos tirantes era aún
mas necesario en el caso concreto de la catedral de León, puesto que los macizos
de las enjutas de las bóvedas se habían cargado imprudentemente de cascotes, lo
que aumentaba considerablemente el riesgo de que las claves se alzaran.
Esta doble función -contención de los hastiales y sujeción de las bóvedas- se
juntaba con la “estética” para que Demetrio de los Ríos propusiera la
construcción de una nueva cubierta superior de acuerdo con la idea presente en
su plan del costado sur de la Catedral. Sin embargo, debido al fallecimiento del
arquitecto cuando aún no se había terminado la reconstrucción del hastial
occidental, la propuesta de Ríos no fue retomada por sus sucesores. años después
Juan Crisóstomo Torbado restauró la cubierta de teja con el perfil y disposición
que mantiene en la actualidad (fig.97).
Más fortuna tuvieron las opiniones expresadas por Demetrio de los Ríos relativas
a las cubiertas de las naves laterales. Las cubiertas bajas de la Catedral
también se modificaron con la intervención del siglo XVII, con los efectos que
señalaba Ríos 138:
“eran (las cubiertas bajas) de dos aguas y se trocaron en un solo faldón que,
tapando el triforio, empujaban los muros forales de inusitado modo, venciendo
sus pilas contrafuertes, particularmente en el costado Sur, que no ha tenido
amparo que lo evite”.
Juan Bautista Lázaro se encargó de reformar las cubiertas de estas naves
laterales en un proyecto que aunó esta reforma con el repaso de la canalización
de las aguas pluviales en esta zona del edificio.
* “Pensamiento de remate monumental sobre la gran
bóveda central del crucero”.
Así denominaba Demetrio de los Ríos a su propuesta de elevar una torre o flecha
sobre el crucero de la catedral de León. Al contrario de lo que ocurrió con el
problema de las cubiertas, Demetrio de los Ríos nunca propuso de modo explicito
su intención de levantar un remate sobre el crucero y su sugerencia quedó
limitada a lo que el mismo refería como un “pensamiento”. La propuesta de
Demetrio de los Ríos se redujo a esbozar el arranque de la torre que podemos ver
iniciada en su primer cuerpo en el plan del costado sur de la Catedral (fig.95).
Con esta indecisa sugerencia, concretada en este inconcluso trazado de 1885,
Demetrio de los Ríos planteaba la posibilidad de dotar a la catedral de León de
uno de los elementos constructivos mas característicos de la arquitectura gótica
y que recibió numerosas interpretaciones simbólicas en el siglo XIX, hasta el
punto de compendiarse en las flechas el “espíritu” de la arquitectura
gótica.
Pero al igual que la problemática de fondo de la “restauración” de edificios
medievales estaba expresando de modo evidente las aspiraciones de la propia
época, las flechas neogóticas, con toda su carga simb6lica, condensaban y
resumían el ideal ambivalente vinculado con esta emblemática forma apuntada.
“Porque el tema . de la flecha -dice Jean-Michel Leniaud- ha traducido ante todo
las ambiciones del siglo XIX, ambiciones espirituales, ya fueran religiosas o
laicas, econ6micas o técnicas, del conquistador siglo XIX. Traduce una obsesión
religiosa y política, la de reunir la sociedad francesa dividida por la herencia
revolucionaria y oscilante entre la antigua Francia y la nueva, la religión y la
secularización, el arte y la industria” 139.
La precocidad y madurez del movimiento revolucionario en Francia,
desarrollado, negado y replanteado a lo largo de todo el siglo, estimulo esta
riqueza de contenidos vinculados a la arquitectura gótica, aún en su flagrante
contradicción interpretativa. Todas estas versiones otorgaron a las
numerosísimas flechas que se erigieron en Francia durante el siglo XIX un
destacado protagonismo simbólico.
Las interpretaciones apologéticas vinculadas con el neocatolicismo no dudaron en
atribuir a estos apuntados cuerpos una significación teológica, símbolo de la
Trinidad, de la piedad y la oración colectiva; en 1843 el abad Bourassé veía en
ellas “el dedo de Dios” 140,
convicción que repetía el abad Dieulin cuando
afirmaba que “parece que, elevándose hacia el cielo, reclaman nuestros
inmortales destinos” 141. No faltaron interpretaciones
mas complejas, como la del
arqueólogo Jean-Philippe Schmit, que cifraba en las flechas la simbología de la
Trinidad, que “domina toda la composición, no solo por su forma sino
también por
su significado” 142, exégesis estas que pervivieron ampliamente repetidas hasta
finales de siglo, como las volvemos a encontrar en R.P. Etourneau, que en 1896
desenvolvía en torno a estas formas apuntadas una alegórica imagen plena de
sentidos teol6gicos de la iglesia gótica como navío místico en que la flecha es
a la nave del templo sobre el que se levanta lo que el mástil es a la barca del
apóstol SanPedro 143.
En definitiva, en 1898, cerrando el siglo XIX, el escritor simbolista Huysmans
convertía de nuevo a una catedral gótica en el protagonista de una novela, en
este caso a la catedral de Chartres. El hondo simbolismo de los edificios
góticos alcanzaba su punto álgido en sus flechas apuntadas hacia el cielo, como
recreaba Huysmans al hablar de estos cuerpos “misticos” de la arquitectura
144:
“Es preciso llegar a los campanarios, a las flechas de piedra para encontrar el
verdadero símbolo de las oraciones jaculatorias atravesando las pubes,
alcanzando, como un dardo, el corazón mismo del Padre. Y en la familia de estos
sagitarios, ¡que diversidad!, ¡no existe una flecha semejante a otra!”.
De la imagen teológica rápidamente se paso a la interpretación teocrática,
simbolizando la flecha gótico-neogótica el lazo de convergencia de los esfuerzos
de toda la sociedad unificada en un mismo designio. Así lo expresaba claramente
el mismo Etourneau a propósito de la inauguración de la flecha de la catedral de
Dijon, imagen teocrática pero, como puntualiza Leniaud, también
“democratica”
145:
“la finalidad ideal ha sido señalada por el Obispo; la cooperación ha sido
ofrecida por todos: por los poderes públicos y por las grandes fuerzas sociales,
por el clero y por el pueblo. En fin, es en una iglesia católica donde se alza
y, levantada por encima del tabernáculo, llama a Dios que allí reside”.
Pero no fue esta la única versión de este papel simbólico-social de las flechas
góticas, como por ejemplo podemos comprobar en la interpretación ofrecida por
Viollet-le-Duc, que se orientaba a señalar en la flecha la manifiesta
afirmación y representación comunal del municipio como nueva fuerza social
emergente en el siglo XIII 146:
“... una catedral ... al exterior
señala desde lo lejos la importancia de la
ciudad de Clusy, el gusto de sus habitantes, su piedad y los esfuerzos que han
hecho por mantener sus franquicias municipales bajo la garantía del señor-obispo”.
Ciertamente las flechas elevadas sobre las torres y cruceros son unos signos
ordenadores importantes de una concepción urbanística que sobrepasa el plan para
articularse en una dimensión tridimensional de la ciudad. También en estas flechas se
manifestó tempranamente la
audacia t6cnica del siglo XIX, Esto ocurrió de forma pionera en la flecha que
levanto Alavoine en la catedral de Rouen según un proyecto de 1822 147, Pero la
visionaria utilización del metal por Alavoine no tuvo continuidad, erradicada
por la radical oposición de los “neogóticos” franceses al empleo de t6cnicas y
materiales novedosos en los procesos de restauración. De hecho, las flechas más
famosas erigidas en pleno coraz6n de Francia por Lassus y Viollet-le-Duc
utilizaron la madera y el plomo, en una recuperación plenamente
“arqueológica”
tanto de su forma como de su proceso constructivo: estas flechas se alzaron muy
significativamente sobre la Sainte-Chapelle y en el crucero de la catedral de
Notre-Dame de Paris, reconstruida ésta última por Viollet-le-Duc a partir de
1857 (figs.98 y 99). Incluso tanto Lassus y Viollet-le-Duc, como Arveuf, en el
concurso de 1843 diseñaron planos para rematar con flechas las torres
occidentales de la catedral parisina, aunque fuera, como ellos mismos admitían,
un ejercicio de estudio, puesto que hubiera supuesto una excesiva transformación
del edificio acostumbrados como estaban los franceses a las formas pesadas de
estas torres.
Todas estas razones, variadas y contradictorias como el propio siglo, condujeron
a una aut6ntica explosión de flechas coronando las torres y los cruceros de las
iglesias y catedrales. Si la Revolución de 1789 las había derribado como símbolo
de la tiranía, resurgían en el siglo XIX como la mas vistosa y polisémica
afirmación de la arquitectura gótica.
El carácter plenamente característico de las flechas como expresión esencial del
edificio gótico - componentes presentes en la “idea” de esta arquitectura-
llevó
a Demetrio de los Ríos a plantear su tímida propuesta de construcción de una
torre apuntada en flecha para se elevada sobre el crucero de la catedral de León.
Esta torre, esbozada en su arranque, se levantaba “asentada sobre las cuatro
pilas torales del crucero, provista de otros tantos pináculos finales a plomo de
las mismas, que con otros ocho menores, sumaban doce (numero simbólico y alusivo
a los Apóstoles), entre cuyos pináculos colosalmente descollaba como recuerdo de
Jesús, el gran chapitel calado que remontaba la cruz en el espacio”148.
Demetrio de los Ríos presentaba esta opción junto con otro anteproyecto de
“ligera flecha compuesta de diversos y numerosos cuerpos, ornados de estatuas,
hasta recibir la delgada aguja final, también calada, de atrevida altura”149,
es decir, prácticamente una copia de las flechas de Notre-Dame o la
SainteChapelle que conocía bien Ríos de sus visitas a Paris.
El arquitecto andaluz presentaba estos “pensamientos” sabedor de las
múltiples
dificultades para llevarlos a cabo. En primer lugar, es interesante señalar
como esta Memoria donde se contienen los pianos esta firmada el mismo día que su
proyecto de restauración del año 1885. En este proyecto, como señalábamos más
arriba, Ríos presentaba los trabajos de macizado de las enjutas de los arcos
torales del crucero para afirmar la resistencia de esta parte del edificio y,
además, en los cálculos del proyecto, demostraba su
“suficiente resistencia para
soportar el peso de la torre o copula”. Con estas apreciaciones acerca de la
resistencia del crucero para sobrellevar un cuerpo superior y con la remisión a
la superioridad de estos “pensamientos” contenidos en la memoria de las obras
necesarias para terminar totalmente la restauración -con el único carácter de
sugerencia-, seguramente quedaba Demetrio de los Ríos pendiente del informe de
la Academia de San Fernando sobre esta torre o flecha para en caso de recibir
aprobación pasar a concretar estos esbozos en proyectos formales. Pero la
Academia, en su informe sobre el proyecto de restauración de 1885, se reafirmó
en su opinión contraria a elevar cualquier cuerpo sobre el crucero, juicio que
ya había mantenido desde que Matías Laviña proyectara una nueva cúpula para
este crucero. Las palabras de la Academia no dejaban duda alguna sobre su terminante decisión
150:
“La
Sección de Arquitectura aprovecha esta ocasión para consignar explícitamente
que sobre dichas pilas torales no debe erigirse torre, cúpula ni flecha alguna,
porque ni consta que la haya tenido el templo, ni la erección de cualquiera de
ellas conduciría a otra cosa que a comprometer la estabilidad del mismo”.
Esta
resolución de la Academia de San Fernando era tan firme que Demetrio de
los Ríos no volvió a insistir en el tema de la flecha-torre. Es mas, incluso en
ocasiones posteriores, cuando habl6 de esta idea, puso de relieve los
inconvenientes con los que tropezaría tal proyecto: los problemas
presupuestarios, agudizados por las considerables cantidades aún necesarias para
terminar la restauración, y la falta de una cimentación suficiente en la que
poder confiar para que los pilares torales soportaran esta sobrecarga, fueron
escollos mencionados por Demetrio de los Ríos. Pero es evidente que el
arquitecto estuvo convencido siempre del grandioso efecto que produciría este
cuerpo destacando del perfil de la Catedral, elevado hacia el cielo, pues, a la
vez que señalaba los impedimentos, apostillaba que, de vencerse estos
inconvenientes, “hubiérase alcanzado la suficiente confianza para semejantes
alardes de magnificencia y majestad arquitectónica, a los que sin duda era
acreedora nuestra Iglesia y para los cuales parecía preparada su estructura
estética” 151.
Demetrio de los Ríos, tras la tajante decisión de la Academia de San Fernando,
hubo de limitarse a reducir la aplicación de las formas apuntadas, tan
consustanciales a la arquitectura gótica, a los gabletes con los que exorn6
todas las ventanas de la Catedral. Incluso su idea inicial, expresada en 1880,
de rematar las portadas de la catedral de León con amplios gabletes apuntados
debió de descartarla pronto, puesto que, en este plano del costado meridional,
no aparecen tales gabletes sobre las tres portadas meridionales de la Catedral.
Estos “pensamientos” presentados en la Memoria sobre las obras que a juicio de
Demetrio de los Ríos debían terminar la restauración de la catedral eran la
expresión completa de su “idea” unitaria y cerrada de la catedral de
León. La conclusión de la restauración “integral y
sistemática” con estas monumentales
cubiertas y flecha sobre el crucero clausuraban la radicalidad de sus criterios
de intervención arquitectónica. La posibilidad de “mejorar” el edificio no
solamente era llevada a su consolidación propiamente estructural hasta dejar
completamente “hermético” el sistema propiamente constructivo: la incorporación
por Demetrio de los Ríos de elementos decorativos extraídos de la compilación
del repertorio gótico tenían por objeto no solo devolver el
“primitivo
esplendor” que tuvo la catedral de León en su etapa histórico-constructiva
propiamente gótica, sino que iba mas allá de la propia materialidad del edificio
hasta retomar y reinterpretar la posibilidades creativas del
“estilo”
gótico. El
edificio, la concreta catedral de León, fue confrontada con el
“modelo teorético”,
abstracción perfecta del estilo, que había puesto de manifiesto la erudición
decimon6nica. En esta confrontación con esos “modelos ideales” de catedrales
góticas formulados de modo gráfico por Viollet-le-Duc, la catedral de León trato
de equipararse al “modelo” y asumir todos los
“rasgos clave” -los elementos definitorios- de la arquitectura gótica. Los gabletes, antepechos,
pináculos,
fueron fruto de esa aspiración de la época por recuperar la
“pureza"” del estilo,
al igual que la propuesta de rematar monumentalmente la Catedral con una torre o
flecha en el crucero. La mas radical “unidad de estilo” fue defendida
ardientemente por Demetrio de los Ríos. Unas palabras suyas al respecto, con la
afirmación polémica de este criterio, cierran este apartado en el que nos hemos
detenido a considerar el alcance “proyectual” que para la catedral de
León tuvo
el concepto de restauraciones parciales, tal como el siglo XIX lo entendió y
justificó en una de sus mas difundidas versiones, si bien afirmada en medio de
las discusiones que dejan patente los vehementes términos empleados por Demetrio
de los Ríos para defender su intervención en el templo mayor Leonés 152.
“El que reniega de la unidad del Arte arquitectónico por exceso de amor a la
variedad de la Catedrales museos, cajones de sastre y mesas revueltas de todos
los siglos, hasta el punto de postergar a la Iglesia de León, si resplandeciese
pura y absolutamente conservada, según su origen estilo y escuela, a cualquier
otro conjunto heterogéneo donde apenas se adivine lo que es constitutivo ni
fundamental, no conoce la Índole y esencia de lo bello arquitectónico, que
equivoca con lo bello pintoresco, y, por tanto, es recusable en materia de
Catedrales y de Arquitectura”.
4) RESTAURACIONES PARCIALES DE
“COMPLEMENTO” EN EL INTERIOR DE LA CATEDRAL.
La amplia restauración extendida por Demetrio de los Ríos por toda la inmensa
estructura pétrea de la catedral de León se concluía a finales de la década de
1880. Culminando el decenio, Demetrio de los Ríos presentó su último proyecto de
restauraciones parciales que contenía otro tipo de trabajos diferentes a los de
cantería que se habían venido realizando hasta el momento. El proyecto de
reparación del pavimento, coro, verjas, sepulcros y demás necesario al inmediato
uso del Templo, fue presentado por Demetrio de los Ríos a comienzos del año 1889
con el deseo de agilizar los trabajos necesarios para devolver el culto a la
Catedral
153.
Por estas fechas, sin embargo, aún quedaban por reparar dos tramos de bóvedas y
algunas de las ventanas altas de los pies, dependientes del derribo y
reconstrucción del hastial occidental 154. El andamio para acometer estos
trabajos en la fachada principal ya estaba prácticamente terminado, aunque aún
no había decidido la administración central la resolución final sobre la radical
opción de reconstrucción planteada por Demetrio de los Ríos. Terminadas las
obras de restauraciones de cantería en la Catedral, consumado el descimbre
completo del edificio y sin estar todavía aprobada la reconstrucción del hastial
principal, Demetrio de los Ríos presentó este proyecto de restauraciones en el
interior para no mantener inactivos a los operarios y evitar así una posible
paralización de las obras. Este tipo de trabajos de
“complemento” contenidos por Demetrio de los Ríos en
este proyecto ya venían anticipados por Juan de Madrazo, que, en la
planificación general de la restauración de la Catedral, denominaba a estas
tareas “obras de complemento, necesarias en caso de que se trate de devolver a
este magnífico templo aquella pureza con que fue ideado por sus constructores
del siglo XIII”155. Sin embargo,
Demetrio de los Ríos firmaba su proyecto de “reparación” diecisiete años después de estas palabras pronunciadas por Madrazo.
En todo este tiempo la doctrina francesa de restauración fue sometida a revisión
y la Academia afirmó progresivamente el criterio de
“conservar” antes que el de
“restaurar” como principio rector de las intervenciones en edificios.
“Los
vientos no corren por rectificar falsedades”, reconocía con ironía amarga
Demetrio de los Ríos al presentar este proyecto, y con ello aceptaba, si bien a
regañadientes, “recibir y aceptar lo existente, sin otras rectificaciones que
las de reparar daños de la obra o del tiempo”
156. Este principio es expuesto y
asumido por Ríos en un momento en que hubo de soportar por algunos sectores una
fuerte oposición a su propuesta de derribo del remate de hastial renacentista de
la fachada principal de la Catedral. La comisión que inspeccionó por dos
ocasiones los trabajos de restauración, pese a reconocer ante todo la valía y
acierto de la dirección ejercida por Demetrio de los Ríos, afirmaba también que
“la Catedral de León se ha renovado bastante y que importa en cuanto sea posible
conservar lo que de ella resta”. Con esta finalidad, proponían muy discretamente
“desviar un tanto los trabajos del plan que hasta ahora ha dominado en ellos”
157.
De esta recomendación se hizo eco Demetrio de los Ríos al presentar el proyecto
de “reparación” interior en el que incluso omite hasta el empleo de la palabra
“restauración” por las connotaciones que pudieran derivarse. En las primeras
líneas del proyecto insistía en esta posición de principio con la afirmación de
que no contenía ninguna “inventiva artística”:
“de nada nuevo ni extraordinario
se trata, sino de reponer desperfectos accidentales en el pavimento, coro,
sepulcros, verjas y demás partes secundarias del Templo”. Sin embargo, en el
desarrollo del contenido del proyecto, Ríos “sugirió” a modo de incisos algunos
de sus puntos de vista respecto a la concepción de estos trabajos y, si bien en
líneas generales se contuvo dentro de los límites estrictos de la
“reparación”,
no dejó de apuntar cómo en ocasiones hubo de dominar sus
“escrúpulos
artísticos”, “pues
no es del todo lógico el haber emprendido y acabado restauración tan colosal para prescindir de estos perfiles y pormenores que tanto
lucen o deslucen trabajos tan extraordinarios”.
Estos trabajos de “reparación” no fueron, no obstante, obras de escaso relieve.
Antes bien, tuvieron una gran importancia como reposición, reparación,
conservación y restauración integral de elementos, denominados por Demetrio de
los Ríos “complementarios” por no afectar a la estructura estática del edificio,
pero fundamentales para la rehabilitación completa del templo catedralicio.
- Restauración del pavimento, gradas y zócalos.
El pavimento de la Catedral, incluidos sus zócalos y gradas, se encontraba
fuertemente deteriorado por los desórdenes seculares en el subsuelo del
edificio, por la mala calidad de su piedra junto con el poco cuidado en la labra
y asiento de las losas, por la acción natural del tiempo y, por último, debido a
los inevitables desperfectos ocasionados ante la necesidad de armar sobre estas
losas la inmensa máquina del encimbrado, andamiajes, apoyos y entibaciones que
sostuvieron el edificio durante treinta años.
Todos estos despropósitos combinados condujeron a la reparación completa del
pavimento del edificio. Demetrio de los Ríos descartaba el posible uso del
mármol para la renovación del pavimento, firme en su idea de no
“innovar ni
inventar nada en orden al pavimento que seguirá siendo por punto general el
mismo que siempre tuvo”.
En el plano de la pavimentación de la catedral detallaba Demetrio de los Ríos la
totalidad de los tipos de losas integrantes del suelo del edificio (fig.100).
Según las zonas del edificio, el pavimento presentaba un diseño y una colocación
distinta de las losas, así como un diferente grado de deterioro. En la capilla
mayor, presbiterio y paso por el centro del crucero,
“afecta dibujos más bien
barrocos que de otro estilo” (fig.100, I,II,III). En el resto del edificio el
pavimento no presenta un carácter definido y se reduce a losas cuadradas en
disposición diagonal en las naves bajas y crucero (fig.100, V) y a un enlosado
común de piedras de mayor dimensión, “a la manera de los comunes adoquinados” en
la nave central, girola y capillas absidiales (fig.100, VI, VII, VIII).
Entre todas estas “solerías” la mejor conservada era la correspondiente al
ábside, ejecutada en mármol, en mejor estado que las del presbiterio y paso
hacia el coro. El pavimento oblicuo de las naves laterales era bastante
reciente, según Ríos, y no estaba deteriorado excesivamente, lo que no ocurría
con las losas de la nave central, girola y capillas donde
“no puede ser más
elemental el enlosado, que interrumpido por frecuentes lápidas (...) producen a
causa de su acomodo entre las losas infinidad de cintas de piedra de muy difícil
acomodo y tan fáciles de romper que no hay ni una sana”.
La aparición de lápidas a lo largo de este enlosado estaba indicando el secular
uso del subsuelo del templo para enterramientos que se encontraba entre las
causas principales de la “lobreguez, frialdad y humedad” del interior del
edificio. Al comentar las obras de cimentación que emprendió Demetrio de los
Ríos en el crucero de la Catedral, ya fueron mencionadas las tétricas
descripciones del subsuelo del edificio con restos entrelazados y con una capa
de “humus” muy poco apropiada para asentar la solería. Además de practicarse
enterramientos masivos, Demetrio de los Ríos tuvo que levantar numerosas lápidas
para proceder al recalce de los pilares. Estas lápidas fueron exactamente
localizadas en su planta del pavimento de la Catedral (fig.100); el resultado de
todas estas prácticas se tradujo en un considerable deterioro del pavimento:
“Es verdad que muchos de ellos (de los enterramientos) tenían sus lápidas; pero
lo que ha descubierto el que suscribe muy a las claras es que debajo de cada una
de ellas se revolvían los esqueletos de muchas personas, demostrando que se
alzaban dichas lápidas o losas del pavimento para este piadoso ejercicio que las
leyes de sanidad consideran incompatible con la salud pública”.
Este hábito perduró, como es sabido, hasta el segundo decenio del siglo XIX en
que se habilitaron los cementerios y se prohibieron los enterramientos en el
interior de las iglesias, en cumplimiento de la normativa ilustrada de finales
del siglo XVIII 158.
En lo que se refiere a los efectos sobre la pavimentación, esta práctica contribuyó poderosamente al deterioro de las losas que
estuvieron sometidas a un constante movimiento. A ello se sumaba, como apuntamos
más arriba, la “elemental y tosca”
labra de la piedra, “piedra ordinaria de Boñar”, asentada con poco esmero, provocando
“juntas gruesas”,
“por entre cuyas
uniones -decía Demetrio de los Ríos- no se debió permitir se exhalase la humedad
y con ella las emanaciones nada higiénicas de tantas osamentas y cuerpos
desorganizados que la continuidad de tales enterramientos renovaban sin cesar”.
La reparación del pavimento fue, pues, una considerable empresa que requirió no
sólo la renovación de numerosísimas losas rotas y descompuestas, sino también la
preparación previa del asiento del pavimento en toda la extensión del suelo de
la Catedral. El procedimiento de restauración fue muy laborioso: fue necesario
levantar todas las losas y extraer acto seguido la gruesa capa de tierra
producto de los enterramientos y sustituirla con otra
“de buen hormigón de
piedra picada”, para finalmente asentar de
nuevo las losas. Entre los pilares, aprovechando este vaciado del subsuelo, en
lugar de la piedra se extendió un “encanchado”,
es decir, un asiento más firme de piedras gruesas, que formó una cuadrícula
interior entre los pilares, mejorándose de este modo la cimentación de las
pilas.
Como parte del suelo de la Catedral, también se renovaron las gradas y los
zócalos del edificio. Las gradas que señalan el acceso de la nave a la parte más
elevada del presbiterio, girola y capillas (fig.100, IX), las del ábside
(fig.100, X) y altares (XI) recibieron un repaso total, sustituyéndose las
deterioradas. Con los zócalos se siguió un mismo procedimiento,
restableciéndolos “con la necesaria sustitución de piedras”, alrededor del
ábside, en la girola, (fig.100, XII) y en la entrada a las capillas (fig.100,
XIII), zócalos éstos que servían de apoyo a las verjas que fueron igualmente
repuestos, a pesar de que “afectan las formas y el gusto, bien malo por lo
general, de la época en que se hicieron”.
Esta renovación del pavimento era la primera obra que debía realizarse en el
interior. Acto seguido se podía proceder a la reparación de otros desperfectos
localizados en elementos más o menos aislados, pero cuya reparación se podía
emprender con el mismo carácter sistemático.
- Reparaciones en el coro.
En este proyecto del año 1889, Demetrio de los Ríos se volvió a reafirmar en su
intención de trasladar el coro al presbiterio. Como veremos, fue ésta otra de
las aspiraciones inconclusas de Demetrio de los Ríos que quería ver despejada
totalmente la nave mayor de la Catedral. El tema del traslado del coro presenta
una problemática especial por lo que será tratado monográficamente más adelante
159.
Con independencia de la decisión final que sobre el tema del traslado fuera
adoptada por la Academia y el Gobierno, Demetrio de los Ríos presentaba en su
proyecto de “restauraciones de complemento” la reparación total de coro con
todos sus elementos constitutivos, entarimado, sillería, costados, escaleras,
tribunas, trascoro y órgano. Finalmente, desechadas la propuestas de traslado,
estas obras de “reparación” fueron las únicas que se ejecutaron en el coro.
En la planta que representaba la pavimentación total de la catedral, incluía
Demetrio de los Ríos la pavimentación del coro (fig.100, IV). Sobre estas losas
de piedra se asentó el entarimado bajo del coro, representado en dos mitades,
una con la armazón de sus durmientes y la otra con la tablazón superior
correspondiente (fig.101, I). La madera que se empleó para este entarimado fue
de pino barnizado, en imitación al nogal (fig.102). El entarimado superior se
proyectó en nogal, con el diseño en la colocación de las maderas
“que es
precisamente el que siempre ha tenido” (fig.101, II).
La sillería había permanecido en el centro de la nave mayor durante todo el
proceso de restauración. Por encima de ella se había derrumbado una bóveda y la
otra se reparó radicalmente. Las cimbras se colocaron sobre los triforios para
evitar desmontar la sillería. De todas estas arriesgadas operaciones salió
bastante bien parada la sillería, habida cuenta del peligro a que estuvo
expuesta, con el derrumbe de plementos y caídas de cascotes desde las bóvedas
que hubieran podido provocar daños irreparables. Sin embargo, fue preciso
desmontar su coronación y una cuarta parte de la sillería para la reparación de
los pilares en que se hallaba encajado el coro, partes que ahora se volvían a
armar, mientras que, como indicaba Demetrio de los Ríos, "todo lo demás de ambas
sillerías alta y baja, que por fortuna se conserva bastante bien, sólo se
recurrirá a tapar algún pequeño agujero o resanar algún astillazo
insignificante, sin pretensiones de tocar para nada las esculturas y las
tallas".
El resto de los elementos del coro recibió un tratamiento semejante. Los
costados, que Demetrio de los Ríos pensaba derribar, en este proyecto de
“reparación” recibieron una limpieza total de las pinturas que los cubrían,
“no
porque tales cerramientos sean modelos de buen gusto, que bien malo le
ostentan”, apostillaba Demetrio de los Ríos. Las escaleras del coro se
repusieron en su totalidad debido a su considerable deterioro:
“sus peldaños
describen hondas tan pronunciadas y profundas que no se explica cómo tales
escaleras venían sirviendo sin torcerse todos los días los pies de músicos y
cantores y sin rompérselos cada semana” (fig.102). Las operaciones de limpieza
se extendieron a las tribunas, volviendo a colocar sus barandillas, y el
trascoro fue reparado de pequeñas roturas en ángulos y aristas, mientras que
aconsejaba otra caja para el órgano “menos disparatada y de mejor gusto”.
En todas estas operaciones Demetrio de los Ríos se imponía a sí mismo
“mucha
discreción y sobriedad”, ante el peligro de alteraciones
“efectistas” de
artesanos que “no conciben sino renovaciones de flamantes efectos”. Los mismos
criterios fueron mantenidos para la reparación y restauración de otros elementos
del interior de la Catedral.
- Otros "complementos" necesarios para abrir la Catedral al culto: verjas,
puertas y cancelas, portadas y sepulcros.
Gran parte de estos elementos mencionados habían sido desmontados al iniciarse
la restauración de la Catedral o bien se encontraban más o menos deteriorados de
tal manera que requerían reparaciones.
Las verjas del edificio fueron “recorridas y reparadas” en su totalidad. La
alteración más significativas en estas verjas de separación de capillas
consistió en la sustitución de unos remates de madera pintada y dorada
realizados en “época del más pésimo gusto” que fueron eliminados por Demetrio de
los Ríos (fig.101, IX).
Algunas de las puertas principales, al igual que las verjas, fueron también
desmontadas al iniciarse la restauración. Ahora se proponía su restablecimiento
en sus primitivos huecos, con la sola sustitución de algunas piezas en sus
carpinterías interiores y “algunos otros reparos referentes a su mayor solidez y
buen servicio” (fig.101, X). Pero las puertas menores que establecen el paso con
las terrazas en las escaleras de caracol no existían debido a que estos accesos
fueron tapiados ante los problemas de estabilidad del templo. Vueltos a abrir
durante la restauración, Demetrio de los Ríos proponía dotar de puertas de
madera a estos huecos. Estas puertas nuevas debían ser sumamente gruesas y
resistentes, estar bien ensambladas, hasta el punto de
“forrarlas con recias
planchas de hierro con clavos semejantes a los que tuvieron las puertas
antiguas” (fig.101, XI). Los canceles fueron devueltos a su sitio y reparados,
si bien algunos no habían sido trasladados, por lo que habían sufrido todo el
tráfago de las obras y estaban muy deteriorados (fig.101, XII).
Los sepulcros-altares de San Pelayo y San Albito (fig.101, XIII y XIV) fueron
limpiados, como el resto de los sepulcros del templo (fig. 101 XVI), y otras
zonas igualmente delicadas y expuestas, como las portadas del Cardo y la de la
capilla de Santiago, “rellenas cien veces de cascote y polvo”.
* * *
Estas operaciones diversas, agrupadas por Demetrio de los Ríos en un proyecto de
“reparaciones” agruparon, como hemos podido comprobar, intervenciones de diversa
índole y magnitud que oscilaron desde la importante restauración total del
pavimento a la simple limpieza de sepulcros o portadas. Parecían así descargarse
de la carga polémica en que se vieron envueltos los proyectos de "restauración"
de Demetrio de los Ríos y al mismo tiempo afirmaban el criterio de
“conservación” de todos los elementos existentes en el interior del templo.
Demetrio de los Ríos se apartó de todo compromiso en este proyecto, pues incluso
eludió admitir en el mismo los distintos altares y retablos que deberían
ejecutarse en años sucesivos, aunque ya anunciaba su intención de armar de nuevo
únicamente el retablo del Cristo y el de la Virgen del Dado.
Esta refección del interior de la Catedral enlazaba también con otros trabajos
de “complemento” ya comenzados en los años anteriores por haber sido incluidos
en el proyecto de 1885; se trataba de la eliminación de las enjablegaduras que
cubrían los paramentos del templo. Desde ese año de 1885 se comenzaron a picar
todos los paramentos interiores, rejuntando al mismo tiempo la fábrica y
limpiando toda esa “embadurnación”. Una propuesta curiosa es que en este
proyecto de 1885, Demetrio de los Ríos planteaba la posibilidad de volver a
pintar el templo “a la manera de los siglos a que pertenece”. Sin duda el sorprendente efecto de la restauración pictórica de la Sainte-Chapelle de
París debió de impresionar a Demetrio de los Ríos.
Con el comienzo de los trabajos de restauración, reparación, conservación y
limpieza interior, se iniciaba el camino para que la Catedral pudiera volver a
abrir su puertas al culto. Sin embargo, aún que-daba otro decenio de trabajos en
el interior de la Catedral presidido por la restauración de las vidrieras
llevada a cabo por Juan Bautista Lázaro.
* * *
5) LA CONSUMACIÓN DE LA
“UNIDAD DE ESTILO”: RECONSTRUCCIÓN DEL HASTIAL
OCCIDENTAL.
Las aportaciones más vistosas y significativas incorporadas a la catedral de
León a lo largo del proceso de restauración fueron, sin duda, los dos hastiales
correspondientes a las fachadas meridional y occidental del edificio. Es difícil
en la actualidad disociar la imagen la catedral de León de estos dos hastiales,
derribados en su totalidad y reconstruidos de nuevo hasta su coronación durante
esta segunda mitad del siglo XIX.
La actual unidad estilística e integridad formal de la catedral de León tiene en
estos dos hastiales las estructuras en donde la huella del siglo XIX se dejó
sentir de modo más rotundo, en la búsqueda del ansiado paradigma gótico, en la
recuperación material de la “Catedral ideal”. Las restauraciones parciales
ejecutadas en los paramentos y ventanas exteriores de la Catedral, unidos a
estos hastiales de nueva creación, materializaron el pensamiento y la aspiración
del siglo por devolver el edificio a su estado cerrado originario, a su forma o
“idea” primigenia, con la anulación de las barreras temporales y la consiguiente
supresión de los avatares y transformaciones que la
“historia” había incorporado
al edificio.
Esta pugna entre el “modelo ideal”
y el respeto por los distintos “sustratos de
la historia” fue el tema de discusión fundamental en el proyecto de
reconstrucción del hastial occidental formado por Demetrio de los Ríos en sus
últimos años al frente de las obras de restauración de la catedral de León.
Después de toda una década de debates en los que se confrontaron la
“restauración en estilo” y la
“conservación integral” como criterios rectores en
la intervención sobre el patrimonio arquitectónico, Demetrio de los Ríos logró
eliminar el “remate bramantesco” que coronaba el hastial para reemplazarlo por
una composición “neogótica” muy similar al hastial meridional proyectado años
antes por Juan de Madrazo.
El hastial occidental proyectado y construido por Demetrio de los Ríos es
prácticamente una aplicación y adaptación del diseño proporcionado por Juan de
Madrazo en el año 1879 para cerrar la fachada meridional de la Catedral. Sin
embargo, la argumentación de Demetrio de los Ríos para defender su proyecto de
reconstrucción “neogótica” siguió unos caminos argumentales más tortuosos y que
tropezaron con mayores inconvenientes en comparación con los que hubo de superar
Juan de Madrazo apenas diez años antes.
En efecto, vimos cómo tras la demolición de la fachada meridional por Matías
Laviña en 1862, nadie cuestionó la necesidad de reconstruir este lienzo de la
Catedral en el más puro estilo “gótico”; la posible opción de volver a montar el
derribado hastial con el remate barroco de Manuel Conde Martínez no fue
considerada ni por el arquitecto ni por las instituciones consultivas del
Gobierno: el problema al que se enfrentaba Juan de Madrazo era, por
consiguiente, un problema de “reconstrucción” de un cerramiento de fachada en
las más apropiadas condiciones constructivas y formales de la arquitectura
gótica. Este punto de partida nos llevó a situar la lectura del proyecto de Juan
de Madrazo desde esa óptica interna a los principios constructivos de la
arquitectura gótica que el arquitecto estaba extractando de su lectura del
estilo gótico con las claves interpretativas que alumbraba el
“racionalismo
neogótico” del siglo XIX.
La discusión suscitada en torno a la demolición y reconstrucción del hastial
occidental por Demetrio de los Ríos se planteó en términos distintos: tras la
reconstrucción del homólogo hastial meridional por Juan de Madrazo, había
quedado establecido y reconocido por la Academia que el proyecto de
Madrazo era la solución más apropiada y “racional” para el cerramiento de una
nave mayor gótica, tanto desde el punto de vista constructivo como histórico.
Esta idoneidad histórico-constructiva no sería discutida en el caso de la
reconstrucción del hastial occidental, pues los datos aportados por Madrazo en
1879 fueron asumidos plenamente. El debate se centró entonces en el núcleo
polémico de la doctrina de la restauración arquitectónica, debate planteado con
los mismos. términos en que páginas más atrás vimos discutirse la cuestión: es
decir, si la imposición del criterio de “unidad de estilo” debía llevar a
derribar el hastial “plateresco” para ser sustituido por otro
“neogótico”, en
unidad y armonía con el resto del edificio tal como emergía de la restauración,
o si, por el contrario, debía conservarse el remate atribuido por Ríos a los
Badajoz, previa consolidación del mismo, como testimonio irremplazable de una
época de la historia de la Catedral 160.
Cuando Demetrio de los Ríos plantea esta alternativa en su primer proyecto del
año 1887, la Academia de San Fernando y la Sociedad Central de Arquitectos ya se
habían pronunciado claramente sobre la necesidad de conservar todos los
vestigios del edificio, cualquiera que fuera su época de construcción, como
partes integrantes fundamentales de la historia -“historia evolutiva”- del
monumento. Sin embargo, en el campo doctrinal de la restauración arquitectónica
es difícil, incluso contraproducente, establecer principios apriorísticos.
Demetrio de los Ríos, partidario e impulsor del hastial
“neogótico”, condujo la
argumentación con gran habilidad hasta conseguir la aceptación definitiva de su
“reconstrucción purista” de este lienzo principal de la catedral de León. Esto
probaba además que la discusión metodológica sobre la intervención
arquitectónica no estaba, ni mucho menos, clausurada, (si es que en algún
momento puede considerarse “cerrado” el debate).
La destreza argumental de Demetrio de
los Ríos recorrió y superó varias etapas, como veremos en las páginas
siguientes: primero expresó la imperiosa necesidad de desmontar el hastial tras
demostrar su total inestabilidad, a continuación expuso con toda desenvoltura
persuasoria las defectuosas condiciones de conservación y los negativos efectos
estéticos y de estabilidad del remate “bramantesco”,
para deducir finalmente las “ventajas” que se derivaban de la adopción de su
composición “neogótica”,
tanto “estáticas” y
“estéticas”, como
“arqueológicas”.
Con ello, en suma, volvía a afirmar el criterio de la
“restauración integral, razonadora y en
profundidad” como fundamento de sus años de actividad al frente
de la restauración de la catedral de León.
-
Siete razones para derribar el hastial: los “siete vicios de construcción”.
La inestabilidad del hastial occidental ya fue anunciada en varias ocasiones por
Juan de Madrazo, especialmente en el Juicio pericial que emitió el 3 de
diciembre del año 1875, donde incluía la demolición del hastial como parte
imprescindible de las obras necesarias para “asegurar la estabilidad del
edificio-catedral”. A este informe de Juan de Madrazo se remitía Demetrio de los
Ríos para fundamentar la primera parte de su proyecto de la imafronte o hastial
oeste fechado el 10 de marzo de 1887161.
El proyecto de Demetrio de los Ríos comienza con la enunciación de las causas
que concurrían para que el hastial manifestara una descomposición tan agudizada
que desembocaba irremisiblemente en su desmonte total y posterior reconstrucción
en mejores condiciones de estabilidad y resistencia. La exposición del
descompuesto estado del hastial “restaurado” en el siglo XVI abre la
argumentación del proyecto.
El hastial occidental, según las noticias que ofrece Demetrio de los Ríos,
manifestó en el siglo XVI síntomas evidentes de una ruina que, no obstante, no
fue remediada por las “restauraciones” ejecutadas por los Badajoz, padre e hijo
162. Esta intervención del siglo XVI agudizó incluso los males al sobre-cargar
el paramento y rosetón del hastial con ese remate “ajeno a la estructura del
edificio”: el hastial había llegado al último tercio del siglo XIX en un estado
que Demetrio de los Ríos calificó de “decrépito”, con
“ostensibles signos de una
descomposición que a todo trance es preciso remediar” (fot.23). Del minucioso
examen de este hastial principal de la catedral de León tal como se encontraba
antes de proceder a su desmonte, Demetrio de los Ríos detectó varios defectos
constructivos que sintetizó en siete aspectos enunciados como las
“causas
fundamentales y originarias” del lamentable estado del hastial. Entre estas
causas de la ruina del hastial se encontraban defectos constructivos que se
remontaban a la fundación primera del hastial junto con otras deficiencias que
provenían de la desacertada restauración del siglo XVI. Estos
“siete vicios de
construcción” que manifestaba de modo alarmante el hastial eran los siguientes:
1°) “La fundación de la pilas laterales de caracol fuera de correspondencia con
el macizo en la parte más expuesta”. Este era uno de los defectos de
“origen”
que más se dejó sentir en la ruina del hastial. Las pilas de caracol que
flanquean el rosetón y paramento del hastial eran, como ya había demostrado
ampliamente Juan de Madrazo, estructuras sumamente importantes para el
equilibrio del hastial. Estas pilas se habían levantado en su origen de modo muy
defectuoso con una disposición que nos refiere Demetrio de los Ríos y que
califica como “el vicio fundamental de estar fabricadas entrambas pilas de
caracol sobre los dinteles perpiaños del pórtico, esto es, con más de 0,68 m. de
su base fuera del macizo sustentante”. Esta
“audacia” ya dejó sentir sus efectos
en el siglo XV, pues entonces fue preciso reforzar los dinteles del pórtico con
apoyos. Badajoz el Mozo en su reparación del hastial
“no bajo hasta el suelo de
la terraza”, como apuntaba Ríos. El defecto persistía, por tanto, sin haberse
corregido.
2°) “Faltas de equilibrio en la trabazón del muro del hastial con las
torrecillas”. Consecuencia mecánica del defecto anterior, el desequilibrio de
una de las estructuras se dejaba sentir forzosamente en la otra, de tal modo que
el desajuste de las pilas con el muro del hastial era un elemento más que
contribuía a la debilitada resistencia de ambos cuerpos.
3°) “Pésima elección de la clase de piedra”.
“El material se hace polvo en muros, arcos y
demás cuerpos de fábrica”, afirmaba Demetrio de los Ríos. Esta
debilidad de la piedra, común al resto del edificio, se dejaba sentir con
especial fuerza en las partes más expuestas del hastial que padecían los
defectos de estabilidad señalados, contribuyendo a su desmembramiento.
4°) “Carga de lo restaurado en el siglo XVI sobre el haz exterior del nuevo
sostinente”. Aquí comenzaba ya la
“crítica estática” contra los cuerpos añadidos
en el siglo XVI: los defectos “originarios” que presentaba el hastial fueron
agravados en los cuerpos superiores erigidos por Badajoz 163:
“no estuvo lógico consigo (Juan de Badajoz) ..., al tender el muro del hastial
de una a otra pila; pues ya levantado el cuerpo majestuosamente decorado con el
gran relieve de la Anunciación y cuando iba a establecerse el paso entre
aquellas (las pilas), en vez de cargar la fábrica hacia el paramento interior de
la baja, retallando hacia afuera lo bastante para el paso, gravitó sobre el haz
exterior, fiando dicho tránsito a un balcón voladísimo sobre el avance de la
cornisa, demasiado saliente (...) y como si esto no fuera bastante para
desplomar el muro hacia donde más daño causase, ambos Badajoz prosiguieron
sacando cuerpos fuera de base sin cesar, mientras más y más subían”.
Es decir, la terminación del hastial en el siglo XVI desde la cornisa hacia
su remate se construyó sobre los haces exteriores del hastial, con el
consiguiente agravamiento de los empujes provenientes de las bóvedas que
convertían al hastial en una “palanca a la acción de los empujes”.
5°) “Cuerpos volados fuera del paramento
exterior del hastial”. Esta causa ya
aparecía expuesta en las palabras anteriores de Demetrio de los Ríos y se dejaba
sentir en esa excesiva gravitación hacia el exterior de todos los balcones y
cuerpos añadidos en el siglo XVI.
6°) “Falta de trabazón entre el muro del hastial y los normales y laterales del
templo”. Esta deficiente unión del hastial con los muros de la nave central de
la Catedral era atribuida por Demetrio de los Ríos a la
“restauración” ejecutada
en los muros de la Catedral por Baltasar Gutiérrez a comienzos del. siglo XVII.
Esta indispensable “trabazón” se veía imposibilitada por la interposición de la
torrecillas que, además, presentaban condiciones defectuosas e irregulares en
sus espesores.
7°) “Excesiva elevación del hastial sin amparo de ninguna especie”. Este punto
se sumaba a la censura constructiva de la intervención de Badajoz, cuando en
realidad estaba ocultando más bien un criterio estético que retomará
posteriormente Demetrio de los Ríos al hablar más detenidamente de este
coronamiento “plateresco”. Desde el punto de vista constructivo contribuía esta
sobrecarga a la ruina del hastial con su excesiva elevación y el enorme peso de
estos cuerpos cooperaba a incrementar el desequilibrio general de la fábrica.
Los efectos de todas estas concausas obrando a la par se dejaban sentir en los
síntomas evidentes de una ruina que se agudizaba por momentos. Los desplomes de
la pilas de caracol, junto con el muro del hastial, los desvíos y desuniones de
la fábrica y su desquiciamiento, las grietas y fracturas verticales y oblicuas,
manifestaban una descomposición progresiva y un desequilibrio alarmante que fue
expresiva-mente descrito por Demetrio de los Ríos 164:
“toda esta máquina (el remate de los Badajoz), azotada por los ciclones,
obligada a fatal cabeceo y echada sobre antigua construcción que se muele por
momentos, abriéndose en rajas oblicuas y verticales, éstas últimas de hasta
veinte hiladas, y calando todas las delgadas paredes de las pilas, rompiéndose
el formero por uno de sus hombros y cayendo incesantemente en menudos detritus
la deshecha piedra del triforio, rosa, enjutas y torrecillas, hasta entapizar
cien y cien veces la terraza, donde tal arena cruje de continuo bajo nuestros
pies, y dando, en fin, otras muchas señales de ruina, sorprende no se haya
venido la susodicha máquina al suelo desde que la denunció Don Juan de Madrazo y
la volvimos a denunciar nosotros hasta tres veces, deteniéndonos mucho en
estudiar sus siete vicios originarios de construcción y los siete nulos efectos
resultantes de ella”.
Con estas vehementes y efusivas palabras defendía Demetrio de los Ríos la
demolición del hastial, al tiempo que pretendía silenciar las tempestuosas
críticas que se alzaron contra el desmonte completo del lienzo de hastial, como
denunciaba el propio Demetrio de los Ríos cuando violentamente arremetía contra
“aquellos tan torpemente obcecados que aún pretenden que tal muro se podía
sostener por más tiempo”.
Sometido el proyecto a la obligada supervisión de la Academia de San Fernando,
el informe de la Sección de Arquitectura, en el que actuó como ponente Simeón
Avalos, dio vía libre al derribo del hastial 165:
“En vista, pues de los efectos producidos por las causas originarias o vicios
anteriormente bien trazados, la Sección informante no puede menos de considerar
el hastial Oeste de que se trata en un estado de ruina casi inminente, con una
existencia precaria y de indudable riesgo”.
Sin embargo, el informe de la Academia se demoró considerablemente, retraso
aún más notorio si tenemos en cuenta el lamentable estado que presentaba el
hastial, con esos acuciantes síntomas de ruina pronosticados por Demetrio de los
Ríos. La Academia, en efecto, no se pronunció sino quince meses después de ser
firmado el proyecto. La trascendencia de las decisiones que debían tomarse
seguramente sus-citó las discusiones en el seno de la institución académica.
“La
necesidad imperiosa del derribo por la imposibilidad material de aplicar el
sistema de restauraciones parciales”, fue la primera de las cruciales
determinaciones adoptadas en el dictamen académico. La segunda fue la adopción
del proyecto “neogótico” trazado por Demetrio de los Ríos para reconstruir el
hastial. Ahora bien, esta grave resolución contó con la hábil y elocuente
argumentación desplegada por Demetrio de los Ríos en que puso de relieve los
inconvenientes de volver a montar sobre el hastial el remate renacentista.
- La crítica estética y estática del hastial renacentista.
Demetrio de los Ríos dejó a la Academia el peso de la decisión sobre cómo debía
reconstruirse el hastial una vez desmontado. En su proyecto de 1887 contemplaba
las dos alternativas posibles, es decir, la reposición del remate
“plateresco”
una vez afirmada la solidez del hastial o bien la construcción de un gablete
“gótico” según las pautas que había marcado Juan de Madrazo en el homólogo
hastial meridional.
Juan de Madrazo en su proyecto de reconstrucción del hastial sur no sólo había
proporcionado un modelo que podía trasladarse fielmente a la fachada principal
de la Catedral, sino que, incluso, en la memoria del proyecto, había sentado las
bases de la crítica del hastial occidental, considerado como una estructura
constructiva en completo desacuerdo con los principios racionales de la
arquitectura gótica 166:
“construido
según las ideas predominantes de la época, como objeto exclusivo de
ornamentación o como mera exterioridad destinada en primer término a satisfacer
la vista del público, es una estructura que no tiene ninguna relación con la
disposición de los tejados que hoy existen ni con la de los que pudieron existir
en otro tiempo”.
Demetrio de los Ríos se encargó de desarrollar y ampliar estas críticas, pues si
bien en el proyecto de 1887 se recogía la posibilidad de volver a armar este
remate, esta opción no fue presentada en igualdad de condiciones con respecto a
la reconstrucción del gablete “neogótico”, pues Ríos puso el acento en las
contrariedades que resultarían en caso de reinstalarse el remate de Badajoz.
Pero antes de seguir el hilo de esta argumentación, es apropiado retomar las
palabras de Demetrio de los Ríos en que describe las trazas de este
“remate bramantesco”. A partir de esta descripción, sumada a los grabados y fotografías
anteriores al desmonte (figs.103,104 y fot.23), así como al plano elaborado por
el propio Ríos (fig.105) y a algunos de los restos que se conservan del desmonte
(fots.26 y 27), podemos recomponer muy fidedignamente el aspecto de la parte
superior de la fachada de la catedral de León antes del iniciarse el desmonte en
1889. El remate del siglo XVI presentaba dos cuerpos superpuestos, el primero de
ellos dominado por el gran relieve de la Anunciación 167:
“Por encima de todo este cuerpo (el hastial) se eleva la restauración de los
Badajoz, padre e hijo, realizada en la primera mitad del siglo XVI. Un gran
relieve de figuras colosales, muestra al ángel San Gabriel con el vaso de
azucenas; la Virgen arrodillada ante su reclinatorio, y el Espíritu Santo, en
forma de paloma, entre nubes; cuadro escultural de la Anunciación, ejecutado con
la maestría de aquellos tiempos y afamados artistas; y sobre él se extiende el
cornisamiento asaz volado, en virtud de sus tallados canes, corriendo por el
frente y alrededor de las torrecillas, con un antepecho de ligeros balaustres”.
Sobre este monumental relieve se alzaba el cuerpo de remate, flanqueado por
los dos chapiteles y todo él ampliamente exornado de esculturas (fig.105) 168:
“Un ático, que se acuerda con la mayor línea del lienzo de muro por medio de
amplias escocias, y se compone de intercolumnio jónico adosado, friso de cabezas
de querubines y grutescos, rosa calada y frontón agudo, termina el hastial,
cuyas torrecillas rematan en ligeros templetes de base exágona, sostenidos por
pilares esbeltos y coronados de agujas cónicas, alrededor de las cuales suben en
hélices, ornadas de baquetones y medias cañas con equinos, multitud de
fantásticas bichas de diversas especies y cataduras, a manera de crochets o
cárdinas de estilo gótico. Varias estatuas colocadas en los ángulos y la cúspide
de esta especie de pináculos platerescos completan su singular arreo, sin que
ninguno pueda resistir de cerca la contemplación de los inteligentes, pues no
resplandecen por su ejecución, propia sólo para efectos de larga distancia”.
Hasta aquí discurría la descripción “objetiva” de Demetrio de los Ríos. El resto
de las palabras dedicadas por el arquitecto en sus escritos y proyectos a este
remate están dominadas por el interés pragmático de argumentar las razones para
justificar su demolición. Es en estos juicios de Demetrio de los Ríos donde se
produce ese trasvase desde la “historia” hacia la
“crítica histórica”, tan
frecuente en el siglo XIX 169. La
“historia” de la Catedral elaborada por
Demetrio de los Ríos era profundamente crítica y en el caso del hastial
occidental las apreciaciones fueron aún más marcadamente vehementes, con una
efusiva adjetivación, hasta poner en evidencia cómo el remate de Badajoz había
transterminado con toda impunidad los límites del sistema constructivo gótico
con las discordancias constructivas y estéticas que de ello se derivaban.
La crítica “estática” de este remate de Badajoz había comenzado ya cuando
Demetrio de los Ríos enunció las causas del desequilibrio y deterioro del
hastial. Entre los “siete vicios constructivos” enumerados por Ríos, tres hacían
especial referencia a estos cuerpos añadidos en el siglo XVI. En primer lugar su
defectuosa integración con la estructura inferior al cargar el remate sobre el
haz exterior del hastial, y después por las propias cualidades constructivas del
coronamiento, a modo de “cuerpos volados fuera del paramento exterior del
hastial” y, por último, por su excesiva elevación que hacía peligrar la
estabilidad de todo el lienzo de fachada.
Pero todos estos efectos negativos que este coronamiento había ocasionado en la
estabilidad del hastial se derivaban en última instancia de un principio más
general: con la inserción de un cuerpo ajeno al organismo constructivo gótico se
había violado la “unidad” del sistema en
“equilibrio” de la catedral de León,
desbaratando la lógica relación que mantenían todos sus miembros constitutivos.
El pensamiento arquitectónico del siglo XIX había recorrido un amplio y
ramificado camino para recuperar la arquitectura gótica. La aportación del
“racionalismo neogótico” residió en demostrar la
“necesidad” de cada uno de los
elementos constructivos del edificio gótico, a modo de órganos que desempeñan
una función y forman un conjunto ordenado, enlazado y deducible por principios y
reglas conexos. En definitiva, la arquitectura gótica, tenía
“estilo” en sentido
pleno, es decir, en cuanto “manifestación de un ideal derivado de un principio”,
según expresó Viollet-le-Duc. Por eso para Juan de Madrazo era posible obtener
“deducciones exactas y soluciones congruentes” en torno a la arquitectura
gótica: el edificio podía ser controlado conceptualmente porque era un
“sistema”. El remate del siglo XVI, al transgredir la lógica del
“sistema”, era
una “falsedad e inverosimilitud”, tal como lo calificó Demetrio de los Ríos.
En todo ello, como he apuntado en diferentes ocasiones, se evidenciaba la
afirmación de una “ética constructiva”
inherente al sistema. La “ascésis” de la
estructura era el criterio clave para Juan de Madrazo, que siempre se cuidó de
mantenerse en el interior de los límites “materiales y positivos” de la
arquitectura como “hecho constructivo”. Demetrio de los Ríos añadió un concepto
de carácter mucho más difuso para defender la “unidad e integridad” del
edificio: la “ciencia de lo bello”. He aquí la barrera que, a mi juicio,
separaba a Juan de Madrazo de Demetrio de los Ríos. El primero condujo siempre
su análisis del edificio a “la esfera de lo real y lo positivo”
de tal manera que el difuso concepto “espiritualista” de
“belleza” carecía de sentido al igual
que cualquier otra “disquisición metafísica”. Desde esta plataforma centrada en
la concepción de la arquitectura como “construcción”, como racional aplicación
de los nuevos materiales y las nuevas técnicas, Juan Madrazo estaba sentando las
bases para la renovación de la arquitectura contemporánea. La importancia
histórica de su obra de restauración en la catedral de León reside, pues, en
cómo este “método” de razonamiento estrictamente constructivo lo estaba
descubriendo y formulando a través de su lectura de la arquitectura gótica del
siglo XIII: las derivaciones “funcionalistas”,
“estructuralistas”
o “constructivistas”
ahondarían en la brecha abierta por esta corriente de pensamiento compuesta por
aquellos que como Madrazo, vieron en la arquitectura gótica un estímulo y
precedente razonador de los nuevos problemas que planteaba la arquitectura de la
era industrial.
Demetrio de los Ríos, por el contrario, permanecerá prisionero de una concepción
de la arquitectura “tradicional” en que la
“belleza” era un objetivo básico. La
arquitectura era parte de las bellas artes y en su
“teoría de la arquitectura”,
faceta importante de la actividad de Demetrio de los Ríos, latía ese poso
idealista vinculado con el clasicismo “renovado”, tan característico de la
segunda generación romántica de la que Ríos fue parte destacada. Este, por otra
parte, fue el pensamiento teórico dominante del panorama arquitectónico de la
España del siglo XIX. Además, este punto de partida no era obstáculo para
entender y apreciar la arquitectura gótica desde el punto de vista de sus
“principios constructivos”. Antes bien, a esta altura del siglo la arquitectura
gótica había sido plenamente subsumida en el “corpus” académico desde hacía
varios decenios e incluso se la dotó de esa “belleza” intangible que, sin
embargo, podía ser “explicada” a partir de leyes
“positivas”.
En suma, ambos pensamientos confluían en la afirmación de un criterio de
“verdad”
“verdad estrictamente material” o también
“verdad estética”- intrínseca
al edificio gótico. “La vulneración de los fueros de la verdad estética” era el
principal cargo imputado por Demetrio de los Ríos al remate del siglo XVII 170:
“sin tener en cuenta para nada que reproducían un frontón, cerramiento
genuino de una armadura equilátera, se remontaron excesivamente con un ático
ocioso, sin más significación que la de hacer bulto a la vista, con fealdad
notoria del total aspecto de la fachada principal, pues en reducido espacio
apiñaron tres torres, que si el ático no lo era en realidad, como torre y no de
las menos altivas, con las de las campanas y del reloj se las apostaba en
soberbio descollamiento y gentileza, rebajándolas relativamente en la
comparación estética y robándolas diafanidad libre para descollar sin
rivalidades enojosas”.
Esta crítica del coronamiento del siglo XVI, considerado como
“innovación
extemporánea del conjunto, contraria a la estructura del monumento”, tuvo que
contender con los agradables efectos y sensaciones
“pintorescas” que cuarenta
años atrás había suscitado la obra de los Badajoz a tan prestigioso historiador
como José Caveda y Nava, que hablaba del remate de la fachada principal de la
catedral de León con los-siguientes términos 171:
“Un trozo bellísimo de arquitectura plateresca, elegante y rico, constituye el
tercer cuerpo (del hastial), en que no hay mezcla alguna de gótico, y tan aéreo
y gentil, cual conviene a la gallardía del conjunto”.
Ya señalamos en otro momento la diferente concepción histórica que denotaban
ambas valoraciones “crítico-artísticas” como resultado de los interesantes
cambios que se estaban introduciendo en la segunda mitad del siglo XIX con la
ampliación del estudio “sistemático” de la historia de la arquitectura 172.
Demetrio de los Ríos no rechazaba el remate de Badajoz el Mozo por el estilo al
que pertenecía, pues ya mencionamos cómo se encontraba muy próximo al ideal
renacentista que había formulado el historicismo decimonónico. Incluso, en su proyecto de reconstrucción del hastial,
Demetrio de los Ríos se declaraba a sí mismo
“arquitecto apasionado del
Renacimiento bramantesco”
y reconocía
“el genio artístico de los Badajoz”. Ahora
bien, el punto de partida de sus críticas de este cuerpo residía en que
“era
ajeno de todo punto su carácter bramantesco al estilo y estructura del Templo”.
“Superafectación”,
“pretensiones manifiestas de admirar”,
“fealdad notoria del total aspecto de la
fachada principal”,
“falsedad violenta y perjudicial”,
“ático capricho de sus autores vestido con galas del Renacimiento”, eran los
calificativos empleados por Demetrio de los Ríos para censurar la vulneración de
la “verdad”
estética y constructiva de la Catedral gótica por parte de Juan de
Badajoz. A todo ello, por último, debía añadirse la constancia
“arqueológica”
del remate en forma de gablete de la fachada de la Catedral en el siglo XV,
corroborada por la existencia de una pintura de esta época conservada en una de
las capillas de la girola que fue ampliamente difundida a partir de una copia
realizada años después por el arquitecto Torbado (fig.106).
En definitiva, las razones apuntadas por Demetrio de los Ríos para proponer
retirar definitivamente el remate del siglo XVI de la fachada principal de la
catedral de León, se desarrollaron en torno a los tres criterios que él mismo
centraba en
“la Estética, la Arqueología y
la Estabilidad”.
Estas razones fueron atendidas por la Academia de San Fernando. En la segunda de
las transcendentales decisiones adoptadas por la institución académica en su
informe se decantaba por la reconstrucción “neogótica” según las trazas
aportadas por Demetrio de los Ríos: “debe ser demolido y reconstruido con
arreglo a la traza o planos de proyecto formados por Don Demetrio de los Ríos
que constituyen la primera solución que propone”
173.
- Demolición y reconstrucción "neogótica" del hastial.
* La parte común: derribo del hastial, consolidación del pórtico y
reconstrucción del rosetón.
El informe de la Academia de San Fernando era preciso y rotundo en su decisión
de no volver a armar el remate del siglo XVI. Sin embargo, el Gobierno se mostró
mucho más reticente a adoptar tan radical decisión. Las dudas y vacilaciones se
dejan sentir en las lentas resoluciones de la Administración central, que fue
adoptando únicamente decisiones parciales, sin aprobar el proyecto de
reconstrucción de Demetrio de los Ríos en su totalidad, como lo había hecho la
Academia de San Fernando.
La primeras Reales Ordenes de 7 y 11 de agosto de 1888 que el Gobierno comunicó
al arquitecto autorizaban a acometer de inmediato el andamiaje y derribo del
hastial occidental. Los problemas de estabilidad y síntomas de ruina,
minuciosamente estudiados por Demetrio de los Ríos, hacían inevitable el
desmonte del hastial para recomponerlo en mejores condiciones de resistencia y
solidez.
La construcción del colosal andamio y desmonte del hastial se realizó con gran
rapidez por Demetrio de los Ríos, que consumó todas estas operaciones en apenas
seis meses, de agosto de 1888 a enero de 1889.
Las
“gigantes carpinterías”
levantadas por Demetrio de los Ríos para desmontar
el hastial cubrieron de maderas a la fachada principal de la Catedral en su
totalidad, que ofrecía por estas fechas un impresionante aspecto, como queda
reflejado en las fotografías obtenidas poco después de concluirse el andamiaje (fots.24
y 25). Este sistema de carpinterías era, como señalaba Demetrio de los Ríos,
“el
más elevado de cuantos se han erigido en este templo y uno de los mayores de
cuantos en nuestros días se han acometido o acometen”
174. La experiencia
adquirida en el terreno de la carpintería de armas después de haberse encimbrado
en su totalidad el edificio, facilitó la rápida construcción del andamiaje
preciso para derribar el hastial occidental.
La función del andamiaje no sólo era la de posibilitar el desmonte del hastial
desde su coronamiento hasta la galería del triforio, sino también debía
“sostener”
el hastial, toda vez que la ruina, según refería Ríos, se extendía
progresivamente. Para esta función se adoptaron dos triples y enormes puntales
con una longitud de casi treinta metros que contuvieron las torres laterales de
caracol mientras se verificaba el desmonte, pues, como relataba Demetrio de los
Ríos, estos puntales sirvieron
“para evitar que una
vez descargadas las pilas y el muro intermedio del peso superior, y dada su
absoluta descomposición e incoherencia, se desplomaran con la conmoción de los
repetidos golpes del derribo, cosa muy de esperar después de visto y palpado tan
de cerca el estado del hastial”.
Asegurada la estabilidad del hastial por medio de estos poderosos puntales y de
las cimbras que sujetaron los arcos del pórtico, se levantó el andamiaje desde
el nivel del pavimento del edificio hasta el coronamiento del hastial,
alcanzando una altura de casi cincuenta y cuatro metros, es decir, hasta el
punto medio de las agujas de las torres laterales. Todo este maderamen se
apoyaba en los costados de las torres y en el encimbrado interior antiguo,
reforzándose por el exterior con un castillejo central que gravitaba sobre el
pavimento y sobre el muro de terraza, por lo que eran imprescindibles las quince
cimbras que se montaron para los arcos del pórtico, arcos del interior del
templo y el gran arco del hastial.
El desmonte del hastial fue una impresionante operación que apeó desde esa
sobrecogedora altura de más de cincuenta metros pesados y voluminosos cuerpos
como son los chapiteles que podemos ver desmontados en el claustro de la
Catedral (fot.26). Para ello se armó una plataforma en la parte superior donde
se instaló una máquina que elevaba de sus asientos las estatuas, chapiteles y
remates del ático. El descenso y ascenso de materiales se efectuaba a partir de
un cuerpo añadido delante del pórtico y el transporte se hacía en los pisos por
medio de vagonetas:
“el derribo avanza a su terminación, merced a estas
precauciones, con éxito excelente”, escribía Demetrio de los Ríos en 1889.
Una vez consumado el andamiaje y desmonte del hastial occidental se planteaba la
necesidad de comenzar los trabajos de reconstrucción, como indicaba claramente
el Obispo Francisco de León al Director General de Obras Públicas
175:
“urge imperiosamente la aprobación del
proyecto que ha de realizarse sin pérdida de momento en evitación de riesgos que
en manera alguna se deben provocar”. El
Gobierno nuevamente fue adoptando decisiones parciales. Por Real Orden de 12 de
enero de 1889 dispuso que el proyecto que había formado Demetrio de los Ríos en
marzo de 1887 se desglosara en las dos partes en que podía dividirse el
proyecto, es decir, la parte común y los dos remates. La intención del Gobierno
era obtener un plazo más amplio para poder adoptar la resolución definitiva
sobre el aspecto más problemático del proyecto, es decir, la decisión sobre qué
remate debía coronar el hastial. Cualquiera de las dos posibles soluciones que
había planteado Demetrio de los Ríos -reposición del remate del siglo XVI o
construcción del gablete “gótico”-
tenían una parte común correspondiente a la
zona del triforio y rosetón del hastial que fue la primera zona que desglosó el
arquitecto en febrero de 1889
176.
La decisión del Gobierno de aprobar parcialmente la reconstrucción del hastial
ocasionó la necesaria elaboración de esta nueva documentación que hacía prever
una irremediable paralización de las obras mientras se tramitaban los desgloses.
Fue entonces cuando Demetrio de los Ríos presentó el proyecto de restauraciones
en el interior de la catedral de León para evitar esta detención de los
trabajos.
La “parte común”
a la alternativa presentada por Demetrio de los Ríos en su
proyecto de 1887 comprendía la zona inferior del hastial. En la memoria del
desglose, Ríos insistía en la necesidad de su rápida tramitación, debido al
estado en que había quedado el edificio tras tan considerable desmonte
177.
“en el momento de terminar el encimbrado, apuntalamiento y andamio del Hastial
Oeste, derribado éste, quedan sin tan poderoso contrarresto las bóvedas, abierta
a los pies del Templo inmensa brecha que le expondría a la acción de las aguas y
demás injurias del tiempo, y la torre de las campanas, ruinosa ha generaciones,
por el ángulo contra el cual se apoyan los arbotantes del hastial en cuestión,
desamparada y expuesta con su derribo”.
La aprobación de este primer desglose se realizó por Real Orden de 23 de febrero
de 1889. La parte común de la reconstrucción del hastial principal comprendía la
fábrica correspondiente a la galería del triforio y todo el rosetón hasta el
comienzo del remate superior. Sin embargo, previamente a levanta de nuevo esta parte del hastial fue necesario proceder a la consolidación del
pórtico para soportar el peso de las fábricas superiores, puesto que la
construcción del andamiaje y el desmonte habían puesto de manifiesto la
inestabilidad del pórtico principal de la Catedral.
Al afirmar las cimbras de los arcos del pórtico, que a la vez sostenían la
terraza superior, así como los enormes puntales que sujetaban las pilas de
caracol, Demetrio de los Ríos excavó buena parte del atrio para dotar a todos
estos poderosos elementos auxiliares de suficiente resistencia en sus apoyos. La
ejecución de estos cimientos proporcionó a Ríos la oportunidad de examinar los
fundamentos de toda esta parte occidental de la Catedral.
Al abrir las zanjas por todo el atrio, Demetrio de los Ríos pudo comprobar la
muy deficiente cimentación de los pies de la Catedral. Los cimientos adolecían
de las mismas carencias que había detectado años antes en el interior del
edificio, como se deduce del resultado de sus prospecciones
178:
“convertidos los tramos del pórtico en enterramientos comunes de tiempo
inmemorial, debajo del enlosado no se halló más que humus o tierra producto de
cadáveres con las osamentas de éstos, que depositamos en el hipocausto, aún
existente, de las antiguas termas, con otras infinitas del tiempo de la
primitiva basílica. La humedad constante de estas tierras flojas, se ha
transmitido a la mala piedra elegida desgraciadamente para las primeras hiladas
y se ha descompuesto más de lo que en principio pareciera”
.179
Esta descomposición de sillares a que se refería Ríos se localizaba en las
primeras hiladas del zócalo de las pilas grandes del hastial y pequeñas del
pórtico que se encontraban prácticamente descompuestas. Demetrio de los Ríos
decidió comenzar la reedificación del hastial con la previa restauración de esta
parte inferior del pórtico tan deteriorada. El pórtico fue objeto, pues, de una
restauración total, tanto de sus cimientos, como de esas hiladas inferiores que
tenían que soportar todas las presiones superiores, del mismo modo que también
se repararon ampliamente las pilas exteriores del pórtico, aprovechando las
cimbras que se habían montado.
Afirmada la solidez de la parte inferior del pórtico, se comenzó a rehacer el
hastial en la zona “común” desglosada por Demetrio de los Ríos. En dos hojas de
planos, una de alzados y otra de plantas (figs.107 y 108), mostraba Demetrio de
los Ríos un trazado de esta parte común muy semejante al del hastial meridional.
El triforio es idéntico al del resto de la Catedral mientras que en el rosetón
introducía novedades respecto a su estado antes del derribo. En el siglo XVI,
con motivo de la "restauración" seña-lada, se redujo el diámetro de la gran rosa
ochenta centímetros, disminución que corregía Demetrio de los Ríos en sus
planos. La parte decorativa de este rosetón de fachada principal fue también
“retocada” por Demetrio de los Ríos: el arco formero que con sus dos ramas
cobija el rosetón fue adoptado por Juan de Madrazo para su trazado del rosetón
meridional; este arco formero era recuperado por Demetrio de los Ríos, pero si
en este plano de 1889 el arco aparece liso, posteriormente, durante el proceso
de construcción, Demetrio de los Ríos lo decoró con crochets góticos, subrayando
su perfil por el intradós. Demetrio de los Ríos se decidió a aplicar este motivo
decorativo, que no existía antes del derribo y que incluso renunció a incluirlo
en su alzado de 1889, en la memoria redactada al año siguiente a propósito del
remate del hastial. Ríos deducía la presencia primitiva de estos crochets en el
arco del rosetón por analogía con el resto de la decoración del templo, de la
que “había encontrado vestigios” y que había
“recuperado” a lo largo de los
varios proyectos de restauraciones parciales de cantería:
“Si pues la Iglesia estaba decorada en su nave, crucero, presbiterio y ábside
con semejantes requisitos y estos aparecieron al verificar los derribos de los hastiales Sur y Oeste, ¿había de quedar su arco principal, el de la imafronte,
sin semejante característico requisito?”.
Con esta misma intención de incorporar elementos decorativos característicos de
la arquitectura gótica del siglo XIII, Demetrio de los Ríos retomaba dos motivos
presentes en el proyecto de hastial
meridional de Juan de Madrazo. Uno de ellos el triángulo curvilíneo en cuyo
interior encerraba el anillo de la gran rosa y que variaba en su lado inferior
con respecto del trazado por Madrazo; el otro motivo era el de las rosas ciegas
en las enjutas que, con un dibujo en forma de estrella de David cobijada en
hexágono, también era ligeramente diferente de las rosas de Madrazo. Estos
elementos definitorios de los edificios del siglo XIII que ya había aplicado en
los lienzos murales y de ventanas no podían faltar, a juicio de Ríos, cuando se
trataba de reconstruir la fachada más importante del templo catedralicio.
Completaban esta parte del hastial las torrecillas laterales de caracol y los
arbotantes laterales que también fueron reconstruidos de nuevo.
La construcción de todo este amplio lienzo de fachada llevó todo el resto del
año 1889 y la mayor parte del siguiente. En 1890, Demetrio de los Ríos remitió
al Gobierno el desglose de la parte superior del hastial que debía coronar la
fachada principal de la catedral de León. Quedaba aún por adoptarse la
definitiva resolución respecto a esta compleja alternativa.
* El gablete "neogótico" de Demetrio de los Ríos.
Demetrio de los Ríos transcribió y repitió literalmente las mismas
argumentaciones que ya había expresado con anterioridad en favor del cerramiento
superior “gótico” del hastial al presentar en julio de 1890 la Memoria sobre los
remates que deben coronar el Hastial Oeste 180.
De la crítica al coronamiento del siglo XVI que vimos más arriba, se deducen
claramente las razones que llevaban a Demetrio de los Ríos a defender con tanta
efusión su trazado “neogótico”. La más radical afirmación de la
“unidad de
estilo” sostenía teóricamente el diseño con que acompañaba Ríos la memoria (figs.109
y 110) 181:
“El primer modo de resolver este no muy fácil problema consiste en la
reedificación del hastial conforme a su primitiva estructura forma y estilo,
observando unidad perfecta con todo el templo, preciosa manifestación del siglo XIII. (...) El espíritu verdaderamente reparador del que restaura impone
racionalmente la exigencia de retrotraer las cosas a su origen, de restablecer
en el más bello de los monumentos españoles todo su ser, en la plenitud de su
más radical y originaria pureza, apartando injerencias enclavadas en él con
individual intolerancia que destruyen la unidad e integridad estéticas, afeando
tal vez demasiado el conjunto donde tales divergencias aparecen”.
Estas palabras pronunciadas por Demetrio de los Ríos a tan sólo una década de
culminarse el siglo XIX eran el testamento más clarividente de una manera de
concebir la “restauración” de monumentos arquitectónicos que había dominado en
España durante toda esta segunda mitad de la centuria y que manifestaba ahora
los primeros claros síntomas de entrar en crisis, pese a que aún tendría muy
larga vigencia entre algunos arquitectos.
La justificación de este criterio tan tajantemente expresado con vistas a su
aplicación concreta para el caso de la reconstrucción del hastial occidental
nuevamente fue hábilmente hilvanada por Demetrio de los Ríos: si el hastial
hubiera podido ser reparado, en ningún caso hubiera propuesto la sustitución del
siglo XVI “aceptando las alteraciones históricas de las épocas por las cuales ha
pasado el edificio”; pero, demostrada la necesidad de derribar el hastial por su
ruinosa condición -como había reconocido el Gobierno con su autorización-“es
necesario un esfuerzo de voluntad -exponía Ríos- para erigir lo mismo”. A todas
estas razones sumaba en 1890 otra nueva, resultado del desmonte de toda esta
obra del siglo XVI; el nuevo argumento se centraba en la pésima conservación de
el cuerpo de remate del siglo XVI que llevaría a continuas reparaciones en caso
de rehacerse de nuevo sobre el hastial. Toda la escultura de este remate fue
cuidadosamente desmontada y vuelta a armar en el claustro de la Catedral y fue
entonces cuando se comprobó su mal estado de conservación 182:
“Todo esto perfectamente dispuesto y ordenado, presenta sus respectivas
piedras, si bien con su pátina en la parte exterior, llenas de rajas, efecto de
las heladas, en la interior, cosa que impide a nuestro modo de ver, volver a
colocarlas en su respectivo sitio”.
Con ello volvía a insistir en no rehacer el remate del siglo XVI e, incluso, en
la última parte de la memoria, incluía un apartado titulado
“conservación de toda la parte plateresca
del hastial”, donde proponía montar este remate en la
fachada del Palacio episcopal, “abriendo en
sus paredes huecos bien proporcionados, decorándolos al estilo, colocando en el
eje central la puerta y llevando a los extremos derecha e izquierda los
pináculos de los templetes”183.
Lo cierto es que, con el respaldo del informe de la Academia de San Fernando
-donde Ríos tenía una consolidada posición- el Gobierno aprobó finalmente el
gablete “neogótico” trazado para cerrar el hastial por su parte superior por
Real Orden de 13 de marzo de 1891.
El gablete de Ríos poseía todos los mismos elementos con que Madrazo había
trazado el cierre meridional de la Catedral, a los que añadió algunas ligeras
variantes en los detalles. La cornisa sigue el mismo diseño que la del resto del
cornisamiento que recorre la parte superior del templo. El antepecho calado
imita el diseño de Madrazo aunque es menos rico y de más escasas dimensiones,
para “ganar en diafanidad”. En la armadura del hastial repite la rosa calada que
trazó Madrazo para el hastial meridional en 1879 y que en la actualidad, como
dije en su momento, no se conserva. A esta rosa la dotó Ríos de
“un punto más de carácter gótico, sobre el
más románico de su antecesor”. En los pináculos que
rematan las escaleras de caracol la variante introducida por Demetrio de los
Ríos, en lugar de repetir las dobles archivoltas sostenidas por delgadas
columnas en los ángulos, adoptó grupos de baquetones, de lo que resultaba
“alguna variedad”, como decía el arquitecto. El repertorio decorativo de estas
torrecillas o pináculos era el mismo, es decir, dentro del más puro
“repertorio gótico” de gabletes, bichas, pirámides y crochets.
El gablete aparece decorado con una hornacina donde se representa el Misterio de
la Anunciación en que las estatuas de la Virgen y el Ángel imitaban el estilo de
la escultura del siglo XIII. Corona el vértice superior del gablete la figura
del Salvador, como estatua también existente.
* * *
Estas trazas de Demetrio de los Ríos fueron aceptadas por el Gobierno para
rematar el hastial occidental de la fachada principal de la catedral de León
después de más de siete meses de haber presentado Demetrio de los Ríos la
memoria ante el Ministerio. La construcción del hastial se prolongó durante dos
años más, dándose cima al hastial el mes del mayo del año 1893, ya bajo la
dirección de Juan Bautista Lázaro. La cantidad presupuestada inicialmente fue
ampliamente superada debido a las obras que debieron realizarse y que no estaba
previstas inicialmente, como la restauración del pórtico, o la reparación de la
terraza que cubre a éste, que fue preciso descargarla de amplias capas de
"hormigón" con las que se encontraba cubierta esta terraza, junto con otros
gastos como la falta de aprovechamiento de la piedra vieja por estar en su
mayoría descompuesta o gastos extraordinarios causados por los trabajos
escultóricos 184.
Con la aceptación de su proyecto “neogótico”, Demetrio de los Ríos cumplía su
aspiración de ver “uniformadas” a las fachadas de la catedral de León, todas
ellas provistas de los característicos gabletes góticos. Su pensamiento, como
vimos, se hubiera completado con la erección de la cubierta en correspondencia
con los gabletes de los hastiales. Pero este proyecto, que sin duda hubiera
elevado al Ministerio una vez rematado el hastial, no pasaría del
“pensamiento” contenido en ese
plano del año 1885 que vimos anteriormente. Otra de las aspiraciones de Demetrio
de los Ríos que truncó la muerte fue la de despejar la nave mayor de la catedral
de León. En el momento de su fallecimiento tenía ya formados los planos precisos
para proponer como proyecto formal esta idea. Estas propuestas de traslado
cierran la actividad de Demetrio de los Ríos al frente de la catedral de León.
6) PROYECTOS Y PROPUESTAS DE TRASLADO DEL CORO.
Con el avance hacia 1885 de los trabajos de restauración concernientes a los
fundamentos estructurales del edificio, se pudieron comenzar a plantear a partir
de entonces proyectos de “embellecimiento”,
“conclusión” o
“complemento” de la
Catedral, destinados a abrirla de nuevo al culto con renovado esplendor.
Dentro de esta categoría de trabajos
uno de los proyectos más discutidos fue el de traslado del coro desde su
emplazamiento actual en la nave mayor hasta lo que debió de ser su localización
primitiva en el presbiterio, propuesta de traslado que, como es sabido, no llegó
a realizarse 185.
Como el resto de las intervenciones proyectadas dentro del plan de
restauraciones de la catedral de León, el traslado del coro adquirió también una
amplia resonancia pública. La problemática sobre si era necesario, deseable, o
incluso factible, el traslado del coro suscitó una interesante polémica debido a
que el debate se planteó desde diversas perspectivas que permitían ser
utilizadas en sentidos contrapuestos: los argumentos históricos, litúrgicos,
económicos y los estrictamente arquitectónicos fueron empleados tanto para
justificar el traslado como para negar esta alternativa.
- Primeras propuestas de traslado.
Una primera propuesta explícita de traslado del coro partió de la dirección
facultativa de Juan de Madrazo que en su primer proyecto elevado a la
superioridad, el proyecto de encimbrado de las bóvedas altas, se lamentaba del
impedimento visual que supone el emplazamiento de la sillería de coro en medio
de la nave central de la Catedral para captar la estructura y el sistema de
proporciones del edificio 186.
“.. Coro y Capilla Mayor, al Oriente del crucero deberán ser una misma cosa y la
nave principal destinada al público debería extenderse hasta la fachada de
Occidente sin que nada interrumpiera su vista y menguara sus proporciones”.
Sin embargo, la necesidad de emprender trabajos de urgencia para contener el
estado de semirruina que amenazaba al edificio, hicieron que estas propuestas no
tomaran cuerpo hasta fechas más avanzadas.
Demetrio de los Ríos fue quien realizó las primeras sugerencias importantes de
traslado del coro ante el Ministerio de Fomento, a medida que avanzaban los
trabajos en la Catedral.
Las primeras cuestiones relativas al traslado surgieron en relación con la
restauración de los pilares de la nave central entre los que se encuentra
empotrada la sillería de coro. En el proyecto de restauraciones parciales de
mayo de 1885 al tratar de la restauración de los pilares al norte y sur de la
nave central, Demetrio de los Ríos aprovecha para plantear su propósito de
trasladar el coro al presbiterio; la necesidad de adaptar la sillería al espacio
de la nave central enmarcado por estas pilas, llevó a modificar estos pilares de
la forma que indica el arquitecto en su proyecto 187.
“Al Norte y al Sur de la nave central, y con el desdichado objeto de afirmar los
costados del Coro, que tan inopinadamente se trajo a este lugar, se mutilaron
sin la más leve consideración las dos pilas (...). Y como si esto no fuera
suficiente y estorbasen para subir al tal Coro, una columna en cada una de ellas
la suprimieron, mutilándolas monstruosamente, cosa que en manera alguna podrá
aparecer cuando se restituya el coro a su lugar originario, propio y definitivo”.
La decisión de Demetrio de los Ríos de realizar el traslado de la sillería de
coro se ve claramente afirmada en la primera hoja de planos que acompaña a este
proyecto. En este interesante plano, al que volveremos más adelante, propone ya
la situación que habría de adoptar el coro en el presbiterio en comparación con
su situación en la nave central (fig.114). Del mismo modo, en el presupuesto,
documento tercero del proyecto, incluye en el apartado de limpieza general del
templo una partida para el traslado de la sillería y de los costados del coro de
la nave al presbiterio.
Sin embargo, a pesar de estos datos que muestran claramente el propósito de
Demetrio de los Ríos de proceder al traslado, la falta de una propuesta
explícita de traslado donde se detallaran los pormenores de ejecución, creará
una situación ambigua.
En efecto, una vez aprobado el Proyecto de restauraciones parciales, las
reparaciones de los pilares torales y de la nave mayor las entendió Demetrio de
los Ríos en relación con las obras de traslado de la sillería de coro al
presbiterio, pues para proceder a la restauración de las pilas tuvo que
desmontar parte de la sillería y costados del coro. Estos trabajos los emprendió
al mismo tiempo y los tuvo que detener por orden del Inspector General de la
Academia de San Fernando, Simeón Avalos 188:
“...Al proponer estas pilas para su nueva labra, nos fue indispensable apartar
de allí las tablas esculpidas de Coro, y como en este mismo presupuesto se
propuso la limpieza general del Templo, repicando y rejuntando todos sus
paramentos interiores, se agregó cantidad para trasladar las piedras de los
costados del coro actual a los costados del Presbiterio, después de bien
repicadas y limpias las diversas pinturas que recibieron durante los malos
siglos intermedios. Llegada la hora de construir, fue visitada la obra por el
Inspector General de la Academia de San Fernando que al presente existía, y
enterándose de que tenía apartadas en el lugar de la antigua sacristía baja las
tablas del coro y que había levantado muchas piedras de los costados para
efectuar convenientemente la reposición de las pilas, me ordenó que dejase todo
en su lugar, pues era criterio de la Academia no alterar nada en los Coros y
demás partes del Templo”.
Esta disposición de la Academia detuvo de inmediato el primer intento efectivo
de traslado de la sillería de coro. Posteriormente, por Real Orden de 20 de
enero de 1888 se confirmó de modo oficial la
paralización del desmonte al suprimirse la partida presupuestaria destinada a
estos trabajos en espera de la elaboración de un proyecto especial para el
traslado de la sillería de coro.
Demetrio de los Ríos se volvió a
pronunciar en favor del traslado en su Proyecto de reparación del pavimento,
coro, verjas, sepulcros y demás necesario al inmediato uso del Templo, fechado
en 10 de enero de 1889, pero sin redactar un proyecto específico para tal fin 189:
“En proyectos anteriores el que suscribe ha manifestado más de una vez su
opinión clara y explícita sobre lo que respecto de esta importantísima parte del
templo debía hacerse, abogando ahincadamente por que se volviese dicho coro al
presbiterio, lugar donde estuvo desde que en el siglo XV se esculpió la sillería
y donde permaneció en el siglo XVI, época en que se practicaron en él muchas y
muy importantes obras de Arte, que todas, sin excepción alguna, deberían ocupar
su primitiva colocación (...). Esta es hoy y siempre la opinión franca del que
suscribe, mas si se pierde esta ocasión, que será la última, de hablar
oficialmente del asunto, confía el que ahora lo hace que así como una corriente
de negativos efectos sacó todos los coros españoles de su centro, otro influjo
mucho más universal los volverá a poner en el presbiterio, sino en el ábside,
donde las sillerías en manera alguna pueden entrar, no construidas para ellos”.
- Peticiones de traslado: documentos, informes oficiales y necesidad de un
proyecto especial (1891).
Demetrio de los Ríos, ante la falta de una decisión oficial, no realizó ninguna
obra en el coro y su sillería a pesar de sus deseos de emprender el traslado
que, como hemos visto, propuso en varias ocasiones. En los dos años siguientes,
de 1889 a 1891, se realizaron los trabajos correspondientes a las obras de
pavimentación de la Catedral, contenidas en el proyecto anteriormente mencionado
y que habían sido aprobadas por Real Orden de 9 de septiembre de 1889. El
problema del emplazamiento del coro volvió a plantearse de nuevo cuando se llegó
al momento de pavimentar los suelos del presbiterio y de la nave central en sus
dos tramos ocupados por la sillería. Estas zonas se habían dejado sin pavimentar
en espera de una solución definitiva.
La necesidad de resolver esta cuestión llevó a Demetrio de los Ríos a solicitar
el pronunciamiento de la superioridad sobre el traslado del coro, para así poder
terminar las obras de pavimentación. Para ello, en sesión de la Junta de Obras
de 16 de abril de 1891, emitió un informe que fue elevado por su presidente al
Director General de Instrucción Pública el día 5 de mayo de 1891 190. En este
informe se planteaban las dos posibilidades, con la explícita preferencia del
arquitecto por el cambio de emplazamiento del coro, que para comenzarse
precisaría de una Real Orden en donde se autorizase el traslado de modo oficial
y se consignaran las cantidades necesarias para las obras.
A este informe de Demetrio de los
Ríos se sumaron en las mismas fechas otras peticiones de las instituciones
leonesas en apoyo del traslado: un informe de la Comisión Provincial de
Monumentos Históricos y Artísticos y una petición del Ayuntamiento de León
solicitaban el traslado y lo justificaban adjuntando las trascripciones de
documentos que avalaban históricamente estas opiniones 191.
Toda esta documentación, junto con un informe en sentido negativo al traslado
redactado por Cabildo de la catedral de León 192,
se remitió al Ministerio de Fomento que a su vez dio traslado del expediente a
la Junta de Construcciones Civiles que, como órgano consultivo, emitió su
informe el 27 de junio de 1891 193.
El informe de la Junta de Construcciones Civiles se limitó a considerar el
problema exclusivamente desde las razones técnicas que intervenían en el caso
concreto del traslado del coro de la catedral de León, sin enjuiciar la cuestión
general de si era conveniente desde el punto de vista histórico y litúrgico
proceder a este tipo de traslados. Una vez acotado el problema a esta dimensión
técnica, la conclusión de la Junta consultiva era clara:
“la Junta de
Construcciones Civiles encuentra que no figuran en el expediente los documentos
especiales en que dichas razones deben detallarse y que a su juicio son
indispensables para emitir informe razonado”194.
Derivada de esta conclusión, la Junta de Construcciones Civiles requirió la
elaboración por parte de Demetrio de los Ríos de un proyecto detallado donde se
hicieran constar con detenimiento las consecuencias que tendría este traslado
tanto para el coro y su sillería como para el edificio en general. La Junta de
Construcciones Civiles, consciente de la complejidad de la problemática, plantea
una serie de cuestiones constructivas que tendría que resolver el proyecto; sin
embargo, en su informe no sólo se limita a exponer la problemática, sino que
también propone unos criterios de intervención que presentan un indudable
interés, pues en ellos se apoyará Demetrio de los Ríos para trazar su proyecto.
En primer lugar, el proyecto debería estudiar los efectos que el traslado
pudiera producir sobre las pilas torales y los pilares de la nave central, es
decir, sobre “los pilares que hoy están como
acodalados y contenidos por aquellos cerramientos”. Otro aspecto importante era detallar convenientemente la
nueva disposición que habría de adoptar el coro en el presbiterio, con el
consiguiente levantamiento de planos que especificasen la posición de la
sillería con respecto a los pilares del presbiterio. Además de trazar la planta
de la disposición del coro en el presbiterio, el proyecto tendría que resolver
en alzado otra espinosa cuestión, el problema de los cerramientos del coro; aquí
se planteaba, en conexión con el tema del “testero del nuevo coro”, la falta de
adecuación del actual cerramiento del coro para su nuevo emplazamiento en el
presbiterio que impediría la visión del altar y presbiterio a los fieles. La
Junta de Construcciones Civiles no duda en admitir que en el caso de conservarse
el actual cerramiento, éste tendría que modificarse considerablemente para
adaptarlo a las nuevas condiciones espaciales. Ante esta dificultad, y
anteponiendo el criterio de “la unidad de estilo”, proponía que se proyectara
un nuevo cerramiento del coro tanto para los laterales como para el frente y que
se adaptara a las condiciones espaciales del presbiterio y al estilo general del
edificio: en definitiva, un cerramiento “neogótico” para los costados y frente
del coro, toda vez que los muros actuales se juzgaban
“de mala época” de acuerdo
con el sectarismo estilístico imperante.
A estos problemas más importantes tendrían que sumarse otras cuestiones
complementarias, como la necesidad de disponer de algún sistema de calefacción
que permitiera al Cabildo asistir a los oficios religiosos en el extremado clima
leonés, otros aspectos en relación con la distribución del mobiliario
litúrgico y el órgano, además de la solución de la cuestión del desnivel
existente entre los suelos de las dos zonas de la Iglesia.
A cumplir estos requerimientos se dedicará Demetrio de los Ríos durante los
meses siguientes. Aunque el informe de la Junta de Construcciones Civiles en
apariencia se limitara a exponer los problemas técnicos que presentaba el
proyecto de traslado, al mismo tiempo, como hemos visto, incluía un
planteamiento de los criterios que deberían guiar la intervención que dejaba
abierto el camino a las aspiraciones de Demetrio de los Ríos.
En primer lugar, se emitía un juicio crítico sobre el mermado valor artístico
que presentaba tanto el trascoro como los cerramientos laterales del coro,
considerados “de mala época”, lo que equivalía a justificar su sustitución, como
de hecho se propugnaba en el informe.
Además se afirmaba el criterio de la “unidad de estilo” como guía para el
proyecto de nuevo cerramiento del coro: los muros tendrían que armonizar con el
interior gótico del templo.
Éstos son los criterios que presidirán la ejecución del proyecto de Demetrio de
los Ríos para el traslado del coro de la catedral de León. El día 15 de julio de
1891 el Director General de Instrucción Pública solicitó al Arquitecto Director
de las obras de restauración de la catedral de León que elevara a esa Dirección
los planos con el resultado de los estudios y reformas realizados para el
traslado del coro donde se diese la conveniente solución a los problemas
planteados por la Junta de Construcciones Civiles en su informe. Seguramente
desde estas fechas Demetrio de los Ríos se dedicó a la realización de este
proyecto que, sin embargo, no llegaría a ser presentado como tal ante la
Superioridad debido al fallecimiento del arquitecto el 27 enero de 1892. De este
proyecto de Demetrio de los Ríos sólo se conservan los planos que fueron
enviados por su sucesor en la dirección de las obras de restauración, Juan
Bautista Lázaro, al Director General de Instrucción Pública junto con un
anteproyecto y una memoria explicativa del mismo Juan Bautista Lázaro que
veremos más adelante.
- La polémica en torno al traslado: argumentos históricos, litúrgicos y
artísticos.
Uno de los principales argumentos para solicitar el traslado del coro de la nave
a su emplaza-miento primitivo en el presbiterio fue el razonamiento histórico.
Varios documentos de los archivos fueron empleados como precedentes históricos
de la intervención que ahora se pretendía realizar 195. Demostrar por medio del
prestigio de la investigación histórica y documental que el coro tuvo su
primitivo emplazamiento en el presbiterio de la Catedral era un requisito
fundamental para proponer su devolución al lugar que históricamente le
correspondía. El traslado del coro del presbiterio a la nave central a mediados
del siglo XVIII se consideró como un absurdo histórico, como una contradicción
injustificada de la lógica de la historia.
La investigación documental se orientó a demostrar que el espacio genuino y
original que correspondía a la sillería de coro en la Catedral gótica era el
comprendido en el presbiterio 196. Con ello la polémica histórica rebasó los límites concretos del problema del emplazamiento
del coro de la catedral de León para convertirse en una discusión general sobre
lugar que correspondía a las sillerías de coro en las catedrales góticas. De
este planteamiento deriva el carácter “general”, podemos decir que casi
“nacional” que adquirió la discusión sobre la conveniencia del traslado de la
sillería de coro de la catedral de León. Como ocurrió con la mayoría de los
proyectos de restauración ejecutados en la catedral de León, las decisiones que
se tomaran para el caso concreto de la sillería de la catedral leonesa podrían
adoptar un valor “ejemplar” y sentar un importante precedente para otras
intervenciones. La comprometida decisión que adoptara la Administración adquiría
un carácter paradigmático al estimarse que daba su aprobación no sólo a la
cuestión concreta del traslado del coro de la catedral de León sino también al
razonamiento general de la conveniencia de devolver los coros de las catedrales
españolas a su primitivo emplazamiento en el presbiterio 197.
Por lo tanto, los razonamientos históricos para justificar el traslado de la
sillería de coro de la catedral de León adoptan una doble dimensión: si bien por
una parte se refieren a los acontecimientos históricos particulares que
documentan la primitiva posición de la sillería de la catedral leonesa en el
presbiterio como la genuina y original, por otra parte también la argumentación
alcanza un juicio crítico general sobre el traslado de los coros de las
catedrales españolas hacia la nave.
En este último sentido, la ubicación del coro en el presbiterio se considera
como la más “lógica” situación dentro de la estructura general del templo
gótico, pues el mismo proceso histórico-constructivo así lo confirmaba: de la
primitiva situación de los coros en el ábside de las iglesias, en el período
gótico pasaron a colocarse en el presbiterio como la adecuada subordinación de
las sillerías a las nuevas condiciones espaciales introducidas por el sistema
constructivo gótico. Los traslados ejecutados desde el siglo XVII en las
catedrales españolas se interpretaron por la historiografía artística
decimonónica como un profundo desconocimiento de las condiciones espaciales,
constructivas e históricas del sistema gótico 198.
Estos argumentos que fundamentaban la conveniencia de
“devolver” el coro a su
emplazamiento primitivo en el presbiterio fueron mayoritariamente apoyados por
las instituciones y opinión pública leonesa. Sin embargo, el Cabildo de la
Catedral de León fue desde el primer momento el principal enemigo del proyecto
de traslado. En su informe de 6 de mayo de 1891 expresó las razones de su
oposición al tras-lado: las condiciones climatológicas, la opinión facultativa
de la Academia de San Fernando y las necesidades litúrgicas fueron los
fundamentos de su razonamiento. En la búsqueda de argumentos que justificaran la
presencia del coro en la nave, el Cabildo, citando las actas capitulares,
sostenía que se hacía imposible la presencia del Cabildo en el presbiterio en
días de riguroso frío y de extremado calor, lo que motivó que el coro se
trasladara a la nave en el siglo XVIII. Además de esta razón, el Cabildo se
apoyó en la autoridad de la Academia de San Fernando cuando en 1888 mandó
detener el desmonte comenzado por Demetrio de los Ríos y se pronunció en favor
de no tocar el coro. Sin embargo, donde realmente se encontraba el fondo del
problema era en el conflicto que se planteaba entre los argumentos estéticos y
las “necesidades del culto divino”. El Cabildo sostenía que la colocación del
coro en el interior de la Catedral antes que un problema estético o
arquitectónico era sobre todo “una cuestión de carácter casi exclusivamente
litúrgico y ritual” y, como tal, era a los Prelados y Cabildos a quienes debía
reconocerse verdadera competencia para juzgar la posición más conveniente del
coro. El esplendor y la grandeza del culto requerían que el coro estuviera
colocado en la nave de la Catedral, tanto para la mejor celebración de los
oficiantes y capitulares como para la conveniencia de los fieles, puesto que el
Cabildo entendía que la colocación del coro en el presbiterio impediría la vista
de los oficios divinos a los fieles. En este conflicto entre la arquitectura y
la liturgia el Cabildo expresó su juicio rotundo de que debía ceder el arte ante
las necesidades del culto divino: “somos los
amantes del arte -concluía el Cabildo su informe- pero no sus idólatras, y
entendemos que tratándose de la casa de Dios deben anteponerse a la
contemplación estética y a las exigencias del arte la necesidad y conveniencias
del culto”.
Estas razones litúrgicas que argumentaba el Cabildo fueron también contestadas
con el juicio histórico: el proceso constructivo de las catedrales góticas
demostraba que el espacio originalmente destinado a los fieles era comprendido
en la nave y por ello los traslados del coro del presbiterio a la nave suponían
invadir el espacio de los fieles en beneficio exclusivo de los capitulares 199.
Lo cierto es que, pese a la oposición
pública, el Cabildo consiguió hacer valer su criterio. Para ello envió una
comisión de canónigos a Madrid del día 1 al 4 de junio de 1891 que hizo las
gestiones necesarias para que la Academia se pronunciara en contra del traslado 200.
El Cabildo en su polémica argumentación planteó el problema del emplazamiento
del coro de la Catedral como un conflicto entre los intereses litúrgicos y
artísticos. En efecto, en definitiva, los argumentos históricos se esgrimieron
en defensa de una u otra perspectiva. Los defensores de trasladar el coro al
presbiterio fundamentaban su opinión en los beneficios visuales que se
obtendrían con la eliminación del coro de la nave. La pureza de estilo y la
armonía de proporciones de la Catedral se consideraban menguadas con la
colocación del coro en el lugar donde la vista buscaba la grandeza de formas del
edificio 201.
Desde el punto de vista de los principios teóricos de la restauración
arquitectónica adoptados por Demetrio de los Ríos, el conocimiento y estudio de
un estadio histórico anterior, y además original y coetáneo con el proceso de
construcción del edificio, era de suma importancia para proponer la devolución
del coro al presbiterio.
- El proyecto de Demetrio de los Ríos para el traslado de la sillería de coro
al presbiterio.
Con todos estos razonamientos en que se fundamenta la propuesta de restitución
del coro a su ubicación primitiva en el presbiterio del edificio, Demetrio de
los Ríos elaboró un proyecto de traslado en que trataba de resolver los
problemas que planteaba esta operación. Este proyecto, como dijimos, no llegó a
ser remitido como tal al Ministerio debido al fallecimiento del arquitecto. Por
ello, pese a que se conservan los planos, carecen de una memoria explicativa
redactada por el propio Ríos que permita conocer los pormenores del proyecto,
puesto que la comunicación que adjuntó su sucesor en la dirección de los
trabajos de restauración para remitir el proyecto a la superioridad está
redactada con un sentido muy diferente. Por consiguiente, para valorar las
propuestas concretas de traslado del coro formuladas por Demetrio de los Ríos
contamos con las opiniones que expresó en diversas ocasiones sobre el tema y con
la parte gráfica del proyecto, documentación ésta que permite una reconstrucción
muy aproximada de su pensamiento 202.
Los planos elaborados por Demetrio de los Ríos comprenden cinco hojas a escala
5/200 203; las tres primeras hojas son las plantas que muestran la disposición
del “coro abajo” (en la nave),
“los dos coros” y el
“coro alto” (en el
presbiterio), (figs. 115, 116, 117). La hoja cuarta es el alzado de uno de los
muros de los costados del coro en su estado actual (fig.118) y la quinta el
alzada “neogótico” proyectado para sustituir al actual cerramiento (fig.119);
estos alzados están realizados a escala 5/100. Todos los planos están sin datar
ni firmar y sin la conformidad y rúbrica del Presidente de la Junta de Obras,
como era preceptivo, al no haber sido elevados a la Superioridad como proyecto
formal 204. A estos planos hay que sumar otra hoja a la que ya nos hemos
referido y que fue elaborada con anterioridad a este proyecto especial, en el
año 1885, donde muestra una planta de la catedral y dependencias anejas, en que
dispone la doble colocación comparativa del coro, en la nave y en el presbiterio
(fig.114) 205.
En una primera observación de estos planos se comprueba que, aunque quedaba
históricamente demostrada la disposición anterior del coro en el presbiterio,
esta argumentación histórica la tomó Demetrio de los Ríos solamente en su
sentido general para sostener la necesidad de proceder al traslado.
En efecto, si por una parte las investigaciones que realiza sobre el primitivo
emplazamiento del coro le llevan a formular una hipótesis sobre su disposición
original, por otra parte esta hipótesis no es tomada como guía para formular su
propuesta de traslado del coro de la nave al presbiterio.
El propio arquitecto reconoció que sus ideas acerca de traslado del coro no
seguían fielmente las conclusiones a las que le habían conducido sus
investigaciones históricas sobre su disposición original, con lo que no
pretendía realizar una restauración arqueológica en sentido estricto.
Las modificaciones que introduce Demetrio de los Ríos en su proyecto con
respecto a su hipótesis sobre la disposición original del coro son considerables
y afectan sobre todo a cuatro elementos fundamentales, a saber, el número y
colocación de las sillas, las escaleras de acceso al piso alto, los muros de
cerramiento del coro por los costados y el trascoro actual o antecoro original.
oEn toda la documentación que hemos podido consultar, Demetrio de los Ríos está
convencido de que el número de sillas era en su origen el mismo que en la
actualidad, es decir una totalidad de 76 estalos, dispuestos 38 a cada lado 206.
El problema que se planteaba era adaptar las sillas al presbiterio en una disposición en que primara la
especialidad interior del edificio.
Demetrio de los Ríos fundamentaba su hipótesis sobre la disposición original del
coro en el presbiterio en un plano trazado por Matías Laviña copia de una planta
de “un rancio papel”. Esta planta mostraba, según la descripción que de la misma
hace Ríos, el mismo número de sillas que en la actualidad y en una disposición
muy semejante: 22 sillas arriba, 18 en cada costado y 4 vueltas en escuadra en
la parte interior de los muros del antecoro; la diferencia más acusada se
encontraba en las escalerillas para subir que en lugar de ser dos como en la
actualidad eran tres, dos en los extremos y una en la mitad de la sillería baja.
El propio arquitecto declaraba al describir esta traza originaria que no se guió
por ella para las restauraciones, por no considerarla
“infalible” en las
disposiciones que mostraba. Sin embargo, más bien parece que estas divergencias
entre el proyecto de traslado trazado por Demetrio de los Ríos y la
reconstrucción histórica de su disposición original obedecen a la necesidad de
someter la sillería al realce de las condiciones espaciales del edificio.
Con este criterio suprime el antecoro
(o trascoro actual) de su proyecto de traslado. Esta supresión obedecía a la
causa ya señalada por la Junta de Construcciones Civiles en su informe donde
apuntaba que la conservación de este cerramiento ocultaría la visión del altar y
presbiterio a los fieles, y por lo tanto, de las ceremonias del culto. En el
plano del Proyecto de restauraciones parciales de 1885 (fig.114) ya se muestra
claramente la supresión del trascoro en la situación propuesta para el coro en
el presbiterio. Esta eliminación la repitió verbalmente en su comunicación de 16
de abril de 1891 y de modo gráfico en los planos de su proyecto completo de
traslado 207.
Al suprimir del proyecto el antecoro, se planteaba el problema de colocar las 4
sillas altas y 3 bajas que se encuentran por la parte interior del muro, vueltas
en escuadra con respecto a las laterales, por el lado interior del trascoro. En
la planta de 1885 (fig.114) conserva el número total de sillas y resuelve este
problema mediante la prolongación de los muros laterales del coro que se
extienden y superan las pilas del presbiterio, segundas hacia el este contando
desde las torales; en este plano puede verse además cómo retorna la idea,
respecto a su hipótesis de disposición original del coro, de las tres escaleras
para subir al piso superior de sillas; de este modo resultaría una distribución
de los 76 estalos de la sillería del modo siguiente: 21 sillas superiores en
cada lado dispuestas en línea y 17 sillas bajas entre las tres escaleras; esta
alineación de la sillería daría lugar a la supresión de los tableros de esquina.
Otros detalles interesantes de este primer plano son la disposición de los
púlpitos, accesibles desde el piso superior de la sillería, y la ausencia de
muros laterales de cerramiento, con la consiguiente falta, por tanto, de
escaleras interiores.
El proyecto final de 1891 de Demetrio de los Ríos es mucho más elaborado y trata
de resolver en todos los detalles los problemas arquitectónicos que planteó la
Junta de Construcciones Civiles en su informe de 27 de junio de 1891.
Presenta este proyecto también esenciales diferencias tanto con respecto al
estado actual del coro como de la reconstrucción histórica descrita por Demetrio
de los Ríos; asimismo introduce considerables diferencias a su idea anterior que
hemos visto desarrollada en la planta de 1885.
La primera característica que llama la atención es la supresión de estalos: al
eliminarse el trascoro se suprimen tres sillas altas en cada lado, la cuarta se
conserva vuelta en ángulo recto en el pasillo de este piso superior de la
sillería, con lo que se mantienen los tableros de esquina en los dos costados.
También se suprime una de la dos escaleras de acceso al piso superior en cada
lado y, en consecuencia, dos sillas en la parte baja de la sillería. Es decir, se eliminan en este proyecto diez
sillas en total, cinco en cada costado.
El antecoro se elimina del proyecto, y en su lugar, por lo que puede observarse
en las plantas (figs. 116 y 117), dispone una verja en el nivel superior del
peldaño que se encuentra en la entrada del presbiterio.
Además de la radical supresión de sillas, otra de las transformaciones más
llamativas es la que se refiere a los muros de cerramiento del coro por sus
costados. Demetrio de los Ríos se apoyó seguramente en la opinión expresada por
la Junta de Construcciones Civiles en su informe para proyectar un nuevo
cerramiento del coro por sus costados. La propuesta señalada por la Junta
consultiva era la de proyectar nuevos muros laterales del caro
“para armonizar
con el estilo del templo”. Esta supresión del actual cerramiento se apoyaba en
la baja estima que merecían los muros actuales desde el punto de vista de la
crítica artística, considerados por la Junta como “de
mala época” y por Demetrio
de los Ríos de escaso valor al haberse adulterado considerablemente por el
“churriguerismo”. Además, la colocación de los muros en la nave, llevó a la
mutilación de los dos pilares intermedios donde estos muros iban encajados, en
la forma que explicó en su Proyecto de restauraciones parciales de 1885.
El proyecto de reconstrucción de los muros de los costados del coro consta de
dos hojas en las que realiza un estudio comparativo entre los muros del coro en
su estado actual (fig.118) y los muros proyectados para sustituirlos en el
presbiterio (fig.119). La dos hojas se componen de planta, alzado exterior y
corte transversal.
La primera diferencia se observa en planta con la disminución del grosor de los
muros en el cerramiento proyectado, disminución que también se acusa claramente
en el corte transversal. Esta reducción de los muros hace que no se mutilen las
columnas exteriores adosadas a los pilares, que además se incorporan en el
alzado como elementos ordenadores de la arquería neogótica. El alzado del
proyecto de cerramiento del coro por los costados de Demetrio de los Ríos es
totalmente diferente al aspecto actual. Se suprime el lenguaje clásico del
cerramiento actual y se dispone en su lugar una arquería gótica ciega, formada
por ocho arcos apuntados separados en dos tramos por la columna del pilar
central. Esta arquería es básicamente igual a la arquería ciega que recorre el
interior del templo por sus muros laterales interiores. Se eleva también sobre
un basamento de dos hileras de piedras y está también rematada por una línea de
cornisa; se diferencia en el trazado más complicado de los arcos del coro,
apuntados en su extradós y lobulados en su intradós, y en la decoración de las
enjutas con figuras de ángeles que presenta el proyecto de Demetrio de los Ríos.
La disposición de la arquería sigue un ritmo simétrico en dos tramos acotados
por las columnas de los pilares y se articula también por los tres huecos
abiertos, dos para acceder a las escaleras y uno ciego, que introducen un
interesante juego de claroscuros en el muro.
La parte superior se decora con una ventana circular enmarcada por un octógono y
con cuatro círculos interiores. El muro remata en un antepecho calado que
muestra un diseño muy similar al que se proyectó para rematar los paramentos en
la parte exterior del edificio.
Radical transformación, por lo tanto, la que planteaba Demetrio de los Ríos en
su proyecto de tras-lado del coro de la nave al presbiterio. La supresión total
del trascoro, la de un número considerable de sillas y la total reconstrucción
de los cerramientos laterales del coro, eran las características fundamentales
de este inconcluso proyecto.
Demetrio de los Ríos, como antes dijimos, no llegó a elevar el proyecto al
Ministerio debido a que le sorprendió la muerte antes de darle la total
conclusión. Su sucesor en la dirección de las obras de restauración de la
catedral de León, Juan Bautista Lázaro, con unos criterios diferentes en la
manera de concebir la restauración, propondrá de modo decisivo la permanencia
del coro en la nave.
- El anteproyecto de Juan Bautista Lázaro y la negativa al traslado.
Juan Bautista Lázaro al ser nombrado para la dirección de la restauración de la
catedral de León se ocupará de proseguir las obras y proyectos que había dejado
sin terminar Demetrio de los Ríos. La pavimentación de la nave y el presbiterio
continuaba aún sin realizarse debido al aplazamiento de la resolución sobre la
colocación definitiva del coro. Entre la documentación que Lázaro encontró en
las oficinas de las obras se hallaba el proyecto de traslado del coro al
presbiterio, incompleto y sin firmar, que el nuevo arquitecto se encargará de
tramitar.
Juan Bautista Lázaro remitió el proyecto de su antecesor a la Dirección General
de Construcciones Civiles y lo acompañó de un estudio suyo y de una comunicación
donde afirmaba claramente su pro-puesta de no alterar la actual disposición del
coro en la nave 208:
“el arquitecto que suscribe se cree en el deber de manifestar que por su parte
retira la proposición hecha por el Señor Ríos y tiene el honor de proponer a V.
E. se continúe la ejecución del proyecto de pavimento aprobado por Real Orden de
9 de septiembre de 1889, sin alteración alguna en la situación del coro”.
Estas palabras las fundamenta Juan B. Lázaro en un análisis de los
inconvenientes que presentaba el proyecto de Demetrio de los Ríos desde el punto
de vista estrictamente arquitectónico, si bien la causa final para rechazar el
proyecto de traslado del coro al presbiterio se debe a los diferentes criterios
que Lázaro mantenía respecto al tratamiento de los monumentos, con posturas
mucho más próximas a la estricta conservación y consolidación del edificio,
conforme a los nuevos planteamientos que se estaban introduciendo en España,
frente a los criterios restauradores, de alteración de las fábricas, que había
mantenido y practicado Demetrio de los Ríos.
La principal crítica que Juan Bautista Lázaro hace al proyecto de Demetrio de
los Ríos se fundamenta en las radicales transformaciones que habrían de
introducirse de ser aprobado este proyecto que “conduce forzosamente -dice
Lázaro- a inventar o componer nuevos y no pocos elementos que serán siempre
extraños y postizos en un edificio como éste”.
La incompatible conservación del trascoro, convertido en antecoro en el
presbiterio, con la necesaria visibilidad del altar mayor, llevaban el problema
a un extremo en que no era posible una solución de compromiso. Demetrio de los
Ríos propuso, como hemos visto, la radical supresión del trascoro que llevaba
aparejada la consiguiente eliminación de sillas en el número y forma ya
descritos, solución ésta inadmisible para Lázaro.
En cuanto a la sustitución de los costados del coro por el cerramiento neogótico
propuesto por Demetrio de los Ríos, Juan Bautista Lázaro afirma en principio su
concordancia en formas y decoración con el estilo general del edificio que
realzaría estéticamente el aspecto interior de la Catedral. La objeción que
observa Lázaro es que, a pesar del cambio formal del nuevo cerramiento, la
persistencia de su estructura y disposición como muro grueso y elevado
perjudicaría a la especialidad interior del edificio,
“con lo cual se perdería el bello efecto del
templo precisamente en su parte más interesante que es en aquella en que por
tener cinco naves ofrece bellísimas y variadas perspectivas”.
A estos inconvenientes más importantes suma Lázaro otros que derivarían de la
aplicación del proyecto de Ríos, como la conservación de los desniveles en el
emplazamiento que ocultaría la visión del altar mayor por el facistol central,
la falta de comodidad para el servicio litúrgico al situarse los púlpitos a
espaldas del coro y con el acceso por las naves colaterales, además de las
reparaciones que habrían de efectuarse en los pilares de la nave central cuando
se eliminaran los muros actuales, ya una vez desaparecidos los medios auxiliares
de encimbrados para efectuar estas reparaciones.
Sin embargo, a pesar de esta crítica que Lázaro realiza del proyecto que
preparaba su antecesor, él mismo reconoce que “la actual situación del coro es
harto inconveniente”. Por ello el problema de la colocación del coro en el
interior de la Catedral se presentaba como un problema sin solución al admitir
las dificultades que las dos opciones de ubicación -nave y presbiterio-
presentaban desde el punto de vista arquitectónico.
Como solución para resolver el problema, Juan Bautista Lázaro presentó un
anteproyecto con la colocación del coro en la capilla mayor en un intento de
resolver los inconvenientes que señaló en las dos ubicaciones anteriores 209.
Sin embargo, hay que adelantar que esta propuesta la presentó Lázaro más bien
como solución “ideal” o ejercicio arquitectónico al problema de la situación del
coro, pues él mismo rea-liza una fuerte autocrítica de su trabajo, para llegar a
la solución con la que comenzaba su informe: no mover el coro de su situación en
la nave central de la Catedral.
El estudio de Lázaro se compone de un plano con la planta del coro en el
ábside (fig.120), sección longitudinal, ambos a escala 5/200, y un detalle de
los ángulos a escala 1/100 (fig.121). Este plano está realizado con el objetivo
de lograr una colocación de la sillería que perjudique lo menos posible la
percepción interior de la estructura y sistema de proporciones del edificio.
Para ello la colocación del coro en el ábside evitaría los problemas de
visibilidad que presentaban las otras soluciones.
Juan Bautista Lázaro fundamentó su anteproyecto en que los cinco intercolumnios
de la parte poligonal del ábside ya se encontraban cerrados, con lo que podrían
ser utilizados como trascoro sin la necesidad de tocarlos, mientras que para
cerrar los dos tramos rectos del presbiterio se podrían utilizar
“los retablos
platerescos del trascoro actual”.
Sin embargo, el mismo arquitecto señalaba los numerosos inconvenientes de su
trabajo: sería preciso alejar el altar mayor al segundo de los dos
intercolumnios de la capilla mayor, tendría que buscarse un nuevo emplazamiento
para el órgano y músicos (sugiere sobre la puerta principal del oeste), además
de las deficiencias en el servicio litúrgico. Pero el más grave inconveniente se
presentaba precisamente en lo que fundamentaba su crítica al proyecto de
Demetrio de los Ríos: el traslado del coro de la nave al ábside obligaría a
adaptar la sillería a un espacio para el que no fue concebida, como puede verse
en la planta y detalle de los ángulos, además de que tendrían que suprimirse un
número considerable de sillas.
Los informes de la Junta de Construcciones Civiles y de la Academia de San
Fernando apoyaron la propuesta fundamental de Juan Bautista Lázaro, es decir,
dejar el coro en su situación actual.
La Junta de Construcciones Civiles admitía nuevamente que la situación del coro
en la nave no era la más adecuada para el edificio y además desde el punto de
vista estético sus cerramientos eran discordantes con el estilo general de la
Catedral 210. Sin embargo, reafirma las conclusiones de Juan Bautista Lázaro
acerca del complejo problema que plantea la adecuada colocación del coro que
para llevarse a cabo requeriría sustanciales modificaciones con respecto a su
estado actual. Por ello, para proponer la permanencia del coro en su
emplazamiento actual, enfoca la cuestión desde el punto de vista económico: la
cantidad presupuestada por Demetrio de los Ríos es considerada claramente
insuficiente para realizar el proyecto habida cuenta de las modificaciones del
estado actual e incorporaciones de elementos nuevos que tendrían que producirse.
Por ello, y sobre todo en la consideración de que esta obra no revestía carácter
de urgencia puesto que no afectaba a la estabilidad del edificio, aconsejaba que
no se realizase el traslado.
El informe de la Academia de San Fernando presenta un indudable interés puesto
que sus conclusiones superan el caso concreto de las propuestas de traslado del
coro de la catedral leonesa y pretenden clausurar la polémica general de la
situación de los coros en las catedrales españolas.
Para llegar a estas conclusiones generales se parte de principios también
generales. En primer lugar la Academia afirma el criterio de
“conservación”, de
“respeto a la historia del edificio”, como primer principio que debe respetarse
en cualquier trabajo de intervención arquitectónica 211:
“El
principio fundamental en todo trabajo de restauración o mejor dicho de
conservación de un monumento o edificio antiguo es el respeto a lo existente.
Introducir en él alteraciones a pretexto de que debió estar algún día como al
restaurador le parece, es procedimiento condenado por la sana crítica, y que
sólo conduce las más de las veces a alterar, a desfigurar el edificio, a
quitarle el carácter con que ha llegado hasta nosotros, respetado por una y otra
generación”.
Sin embargo, si bien la rigurosa aplicación de este principio era suficiente
para desechar cualquier intento de modificar la disposición del coro, la
Academia, deseosa de clausurar el debate, realiza un razonamiento histórico de
carácter general en el que trata de demostrar las razones históricas que
intervienen para conservar los coros de las catedrales españolas en la nave.
La Academia presenta la disposición de las sillerías de coro en la nave central
de las catedrales españolas como una peculiaridad histórica paralela y
simultánea al proceso constructivo de los edificios y no como un producto de la casualidad o el capricho de épocas desconocedoras
del sistema constructivo de los edificios. La comparación con los trazados de
las catedrales francesas lleva a la Academia a afirmar que existe una diferencia
considerable en la disposición de la cabecera que sería el producto de un uso
distinto de este espacio: en las iglesias francesas el altar se encuentra muy
adelantado y detrás se prolonga el gran espacio interior del ábside para colocar
en él el coro, mientras que en las iglesias españolas el altar se coloca al
fondo y se reduce considerablemente el interior del ábside, con la consecuente
disposición del coro en la nave 212.
Como se puede observar, la Academia, en su deseo de responder a los
razonamientos históricos que demostraban la disposición del coro en el
presbiterio como la genuina y la original, fuerza y distorsiona los hechos
históricos para tratar de encontrar asimismo un argumento convincente qué
permitiera sostener la necesidad de mantener los coros de las catedrales
españolas en la nave como producto de la peculiar evolución histórica de la
arquitectura hispana y no como forzado capricho injustificado, tal como argüían
los defensores de la devolución de los coros al presbiterio de las catedrales
213.
A pesar del carácter decisorio de
estos informes del arquitecto director y órganos consultivos la cuestión del
coro de la catedral de León no se zanjó aún, aunque las conclusiones adoptadas
en estos informes fueran posteriormente las definitivas. Las aspiraciones de los
partidarios del traslado del coro llegaron nuevamente al Ministerio de Fomento:
en la sesión parlamentaria del 24 de julio de 1896 a propósito de la discusión del presupuesto, el Ministro de Fomento
Linares Rivas instó a Lázaro a que buscara una solución para el emplazamiento
del coro en la Catedral. Juan Bautista Lázaro contestó al Ministro con la
reiteración de la conclusión a la que llegó en su comunicación de 1893,
“en
cualquier parte adonde se llevara el coro estorbaría” 214.
Con la inauguración de la Catedral en el año 1901, tras la finalización oficial
de la restauración, el coro continuó en la nave. No obstante, al año siguiente
se inició en la capital leonesa otra violenta campaña periodística para
solicitar de nuevo el traslado del coro al presbiterio como poco antes se
realizó en la catedral de Oviedo 215.
Pese a todos estos esforzados intentos, la complejidad que revestía el traslado
y la negativa del arquitecto Lázaro se volvieron a imponer y el coro permaneció
definitivamente en la nave como uno de los pocos proyectos del plan integral de
restauraciones de la catedral de León que no llegó a consumarse.
__________________
1
Carta de Francisco de Cubas al Ministro de Fomento. Madrid, 24 de noviembre de
1879. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
2 Comunicación de José
Fernández Solar, ayudante de las obras de restauración de
la catedral de León,
dirigida al Ministro de Fomento. León, 31 de octubre de 1879. A.G.A. (E. y C.),
C.8.054, Lg.8.842.
3 Real Orden de 17 de diciembre de 1887. A.G.A. (E. y C.),
C.8.054, Lg.8.842.
4 Véase V,1.
5
Petición de Demetrio de los Ríos al Ministro de Fomento. Madrid, 8 de
noviembre de 1879. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
6 La Catedral de León redactada por Demetrio de los
Ríos fue publicada
póstumamente en Madrid en el Año 1895, gracias en buena medida a la iniciativa e
interés de su yerno Vicente Lampérez y Romea que saco a la luz esta monografía
en la colección del Resumen de Arquitectura.
7 Para este
“uso” de a historia desde el presente véase 1,1 y 2.
8 Demetrio de los RÍOS, Arquitectura. Teoría del Arte.
Invención. Distribución y
Decoración. Memoria sobre las fuentes de conocimiento y método de enseñanza y
programa razonado de la indicada Asignatura. Madrid, 1870
9 Véase para este concurso, Julio ARRECHEA, Arquitectura y romanticismo...
p.165. Uno de los miembros
del tribunal fue Juan de Madrazo.
10 Para un recuento de su actividad como arquitecto e historiador véase J.M.
SUAREZ GARMENDIA; Arquitectura y Urbanismo en la Sevilla del siglo XIX. Sevilla,
1986 que trata algunos aspectos de la producción de Demetrio de los Ríos en la
capital andaluza. Su relación de obras las consignó el propio arquitecto en su
monografía sobre La Catedral de León. t.II; pp. 187-180.
11 El plano se conserva en el A.C.L.
12 Restauración emprendida por Demetrio de los Ríos a partir de 1887 y
continuada por Juan Bautista Lazaro. A.G.A. (E. y C.), C.8.059, Lg.8.845.
13 Véase VI,5.
14 El Porvenir de León. León, 17 de marzo de 1880. n°1.511.
15 El Bernesga.
León, 25 de abril de 1880; n°77.
16 Oficio de Demetrio de los Ríos al Director General de Obras Públicas. León,
20 de febrero de 1881.
A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
17 Peticiones con fecha 4 de octubre de 1882. A.G.A. (E. y C.), C.8.054,
Lg.8.842.
18 A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
19 A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
20 A.G.A. (E. y C.), C.8.055, Lg.8.842, Exp.n°2.
21 Demetrio de los RÍOS, Breve reseña del estado actual de sus obras.
Año de
1880. León, 20 de abril de
1880. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
22 Véase V,3.
23 Juan de MADRAZO, Presupuesto fechado en León a 9 de noviembre de 1872.
Traslado de la comunicación y presupuesto de la Dirección facultativa de las
obras de restauración de la catedral de León por el Gobierno eclesiástico del
Obispado de León al Ministro de Gracia y Justicia. León, 13 de noviembre de
1872. A.G.A. (E. y
C.), C.8.053, Lg.8.841, Exp.n°l. Véase V,2.
24 Juan de MADRAZO, Presupuesto de obras parciales
que han de ejecutarse durante el Año económico
1878.1879. León, 15 de abril de 1879. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842. (La
cursiva es mía).
25 Demetrio de los RÍOS,
Proyecto de obras parciales de restauración para el
Presbiterio en la zona de la nave alta. León, 29 de octubre de 1881. A.G.A. (E.
y C.), C.8.062, Lg.8.846, Exp.n°5.
26 Juan de MADRAZO, Presupuesto de obras parciales de restauración que se deben
ejecutar en el Año económico de 1878 a 1879. León, 15 de abril de 1879. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
27 Juan de MADRAZO, Presupuesto de las obras parciales de restauración que se
deben ejecutar en el presente Año económico,1879 a 1880. León, 19 de agosto de 1879. A.G.A. (E. y C.),
C.8.062, Lg.8.846, Exp.n°4-2.
28 Demetrio de los RÍOS,
Presupuesto para las obras de restauración que deben
ejecutarse en el presente año económico de 1880 a 1881. León, 2 de mayo de 1880. A.G.A. (E. y C.),
C.8.062, Lg.8.846, Exp.n°4-4.
30 Eugene VIOLLET-LE-DUC,
“Restauration”,
Dict.
rais., t.VIII, 1866.
31 Esto era una deducción obligada en la interpretación racionalista de la
arquitectura gótica, donde cada forma era interpretada como el resultado de una
necesidad funcional, como ya ha sido visto.
32 Véase cap.VIII.
33 Véase I,1.
34 Demetrio de los Ríos, Proyecto obras parciales de restauración. Presbiterio.
35 Alois RIEGL, Der modern Denkmalkultus. Sein Wesen and seine Entstehung. Wien-Leipzig,
1903. El culto moderno a los monumentos. Caracteres y origen. Madrid, 1987.
Interesantes reflexiones sobre esta moderna valoración del monumento en el
contexto de la sensibilidad contemporánea han sido realizadas por Ignasi de
SolaMorales que toma como punto de partida las reflexiones de Alois Riegl;
Ignasi de SOLA-MORALES I RUBIO, “Del contrast a l'analogia.
Transformaciones en
la concepción de la intervención arquitectónica”.
Historia i Arquitectura. La
recerca histórica en el proces d'intervenió en els monuments; Barcelona, 1986;
pp.48-51.
36 Véanse la paginas que le hemos dedicado en el Est.Intr.
37 Demetrio de los
Ríos, La Catedral de León, t.II, p.156.
38 Demetrio de los Ríos,
La Catedral de León, t.II, p.153.
39 Antón CAPITEL, Metamorfosis de monumentos y teorías de la restauración.
Madrid, 1988; pp.31-37.
40 Demetrio de los Ríos, La Catedral de León, 01, p. 154.
41Demetrio de los Ríos, La Catedral de León, t.II, p.155 y 157.
42 Véase Est.Intr.
43 A.N.F. F19-7803.
44 A.N.F. F19-7803.
45 Proces-verbaux du Conseil des Bdtiments Civils, seance du 21 aoflt 1838.
A.N.F. F21-2534 y Rapport fait n
au Conseil des Bdtiments Civils par Rohault, Duban et Mérimée, le 1 juin 1843.
A.N.F. F19-7803.
46 Algunos aspectos de este proceso ya han sido comentados. Véase
Est.Intr.
47 Véase Jean-Philippe DESPORTES,
“Alavoine et la fleche de la Cathedrale de Rouen”.
Revue de l'Art.
Paris, 1973; n°13; pp.48-62.
48 Véase V.4.
49 Comunicación de la Dirección facultativa de las obras de restauración de la
catedral de León al Director General de Obras Públicas. León, 8 de agosto de
1879. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
50 Existe un documento en borrador en el A.C.L., fechado en octubre de 1890, que
no llegó Ríos a remitir a la superioridad, donde daba cuenta de los criterios
que había mantenido en la elección de la piedra y de las ventajas econ6micas y
de solidez derivadas de esta preocupación por la selección y use de los
materiales. Informe en borrador. León, octubre de 1890. A.C.L. C. Memorias y
correspondencia particular.
51 Demetrio de los Ríos. doc. cit., octubre 1890.
52
Demetrio de los BIOS, doc. cit., octubre 1890. Las ventas de piedra de deshecho
no fueron muy productivas: de un precio de 20 pesetas el metro cúbico fijado en
1883 se hubo de reducir a 17 en los años siguientes ante la falta de
compradores. Informe de la Junta Inspectora de obras de la catedral de León.
León, 6 de junio de 1883.
A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
53 Eugene VIOLLET-LE-DUC,
“Restauration”;
Dict.rais. t.VIII; p.31.
54 VBase
Est.Intr.
55 Alts RIEGL, El culto... pp.85-86.
56 Alois RIEGL, ibídem. p.85.
57 Véase
cap.l.
58 QUATRAMERE DE QUINCY, Dictionnaire Historique de l'Architecture. t.II;
p.636.
59 Jean-Baptiste LASSUS,
“De fart et de l'archeologie”.
Annales Archeologiques.
Paris, 1845. t.II; p.75.
60 Demetrio de los Ríos, Proyecto de restauraciones...
1885.
61 Demetrio de los Ríos, La Catedral de León. t.II; p.9.
62 Véase V,4.
63Juan de MADRAZO, Presupuesto de restauraciones parciales que se deben
ejecutar en el presente año
económico. León, 15 de abril de 1879. A.G.A. (E. y C:), C.8.054, Lg.8.842.
64 Juan de MADRAZO, Presupuesto de las obras parciales de restauración que se
deben ejecutar en el presente año económico, 1879-1880. León, 19 de, agosto de
1879. A.G.A. (E. y C.), C.8.062, Lg.8.856.
65 Juan de MADRAZO, Presupuesto
restauraciones parciales. León, 15 de abril de 1879.
66 Demetrio de los Ríos, Breve reseña... (1880), apart.13.
67 Demetrio de los Ríos, Presupuesto para las obras parciales de restauración
que deben ejecutarse en el presente año económico de 1880 a 1881. León, 11 de
mayo de 1880. A.G.A. (E. y C.), C.8.062, Lg.8.846, Exp.n°4-4.
68 Este presupuesto formado por Demetrio de los Ríos para el
año económico
1881-1882 no lo conocemos al haberle sido devuelto. Sin embargo, puede
fácilmente deducirse su contenido a partir del informe de la Junta Consultiva.
Informe de la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos sobre el
presupuesto de restauraciones parciales para el año económico 1881-1882. Madrid,
14 de septiembre de 1881. A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842. Los informes
sobre los presupuestos anteriores se encuentran localizados en la misma
signatura.
69 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. t.II; p.145.
70 Demetrio de los RÍOS, Proyecto de obras parciales de restauración para el
Presbiterio en la zona de la nave alta. León, 29 de octubre de 1881. A.G.A. (E.
y C.), C.8.062, Lg.8.846, Exp.n°5. Informe de la Junta Consultiva. Madrid, 24 de
noviembre de 1881.
71 Demetrio de los RÍOS, Proyecto de restauraciones parciales en la nave central
y laterales, en el interior y exterior de las capillas absidiales y en otras
partes del Templo. León, 10 de mayo de 1883. A.G.A. (E. y C.), C.8.063, Lg.8.847,
Exp.n°4. Informe Junta Consultiva. Madrid, 30 de agosto de 1883.
72 Demetrio de los RÍOS, Proyecto de restauraciones parciales necesarias para
abrir el Templo al culto. León, 2 de mayo de 1885. A.G.A. (E. y C.), C.8.063, Lg.8.847,
Exp.n°5. Informe de la Academia de San Fernando. Madrid, 22 de junio de 1886.
Los informes en A.G.A. (E. y C.), C.8.054, Lg.8.842.
73 En lugar de citar los presupuestos y proyectos en su toda la extensión de su
nomenclatura, a partir de ahora me referiré a ellos únicamente consignando entre
paréntesis el año de su cumplimiento.
74 Demetrio de los RÍOS, (1880).
75 Juan de MADRAZO, (1879).
76 Juan de MADRAZO,
(1879).
77
Véase V,4.
78 Véase V,4.
79 Demetrio de los Ríos, Breve reseña... (1880), apart. 10.
80Demetrio de los
RÍOS, ibídem.
81 Demetrio de los RÍOS, (1881).
82 Demetrio de los RÍOS, (1885).
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