MATÍAS LAVIÑA BLASCO,
PRIMER ARQUITECTO RESTAURADOR
(1859-1868)
“¡Ojalá que sucesivamente se fuesen destruyendo todos los cuerpos
heterogéneos
que por todas partes se han ido agregando y se reemplazasen por otros en que
reinase un solo y único pensamiento artístico, el del primitivo autor de esta
bellísima Catedral!”.
Informe de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando sobre el primer
proyecto de restauración de Matías Laviña. (Firmado por el Duque de Rivas).
Madrid, 10 de mayo de 1861. A.G.A. (E. y C.)C.8.053, Lg. 8.841, Exp. n° 1.
1) MATÍAS LAVIÑA BLASCO,
“ARQUITECTO DEL ANTIGUO SISTEMA”.
Matías Laviña Blasco (1796-1868) se comenzó a ocupar de las obras de
restauración de la catedral de León a la avanzada edad de sesenta y tres años.
“Respetable arquitecto del antiguo sistema”, según le
definió Demetrio de los
Ríos
1, o
“educado en ideas y con preceptos muy distintos de aquellos en que se
funda el arte de construir durante toda la Edad Media”, al decir de Juan
Bautista Lázaro
2, en definitiva,
“no era el más apto para sentir el arte ogival”,
como sentenciaba Vicente Lampérez
3.
Estos juicios sobre la formación y cualidades
artísticas de Matías Laviña
definen muy significativamente la personalidad arquitectónica del primer
restaurador de la catedral de León. Además, estas estimaciones, pronunciadas por
arquitectos vinculados años más tarde con la restauración leonesa, estaban
señalando la distancia que separaba y las transformaciones que había
experimentado el pensamiento arquitectónico en España desde la generación de
arquitectos representada por Laviña hasta la que, en el ultimo tercio del siglo
XIX, estaría más capacitada para “sentir” y comprender el arte medieval.
La dilatada trayectoria de Matías Laviña es un interesante
ejemplo de un
arquitecto formado en la más sólida trayectoria clásica que al final de su vida
se encuentra al frente de las obras de restauración de una de las más afamadas
catedrales góticas en un estado de alarmante semirruina. No es un caso aislado
en el panorama arquitectónico español de los años centrales de la centuria: a
partir de 1852, Juan Bautista Peyronnet (1812-1875) se ocupó de la
reconstrucción de la fachada principal de la catedral de Palma de Mallorca y en
ese mismo año de 1852, Narciso Pascual y Colomer (1801-1870) firmaba el primer
proyecto de restauración de la iglesia de San Jerónimo el Real. No es casualidad
que estos dos arquitectos, que inician ese tímido cortejo a la arquitectura
medieval dentro de una formación igualmente clásica, aparezcan en varias
ocasiones en relación con el proceso de restauración de la catedral leonesa. A
Narciso Pascual y Colomer lo hemos visto realizando el primer informe sobre el
estado de la catedral por encargo de la Academia de San Fernando y formará parte
de las Comisiones que dictaminaron sobre los proyectos de restauración de Matías
Laviña. Igualmente ocurre con Peyronnet que, como veremos, integró, junto con
Aníbal Álvarez y Enríquez y Ferrer, la Comisión académica que inspeccionó las
obras de restauración con motivo de la polémica desatada por Cruzada Villamil en
1862, y también el mismo Peyronnet actuará como corresponsal de la Academia
cuando se rechazó el proyecto de fachada sur formado por Matías Laviña.
Las conclusiones que pueden extraerse de las interesantes intervenciones de
Peyronnet y Colomer efectuadas antes de los trabajos de Lavina en Leon trazan
una lfnea de actuacion que nos permite comprender y situar mejor estos primeros
anos de restauracion en la catedral leonesa. Catalina Cantarellas ha estudiado el proyecto de reconstrucción formado por Juan Bautista Peyronnet
para la fachada de la catedral de Palma de Mallorca y encuadra estos trabajos
“dentro de la tendencia del gótico inicial, no del
neogótico”, es decir,
“no hay
que buscar en ella –en la, fachada–
un gótico estructural, sino decorativo”,
“obra robusta y pesada, en la que imperaba el sentido de la
proporción clásica”
4.
La restauración de Pascual y Colomer en San Jerónimo el Real, estudiada por
Nieves Panadero, es el ejemplo de “un arquitecto de rigurosa formación
clasicista que se enfrentaba a la restauración de un edificio gótico sin apenas
precedentes ni directrices que seguir”;
también la intervención de Colomer se encuadra en ese
“goticismo” embrional,
“claro ejemplo de la visión multiforme y
pintoresca de la arquitectura medieval heredada del siglo XVIII que alcanza su cenit en el romanticismo para, poco
después, ser sustituida en pro del afán
rigorista y arqueológico de los historicismos”
5.
Este “estado de la
cuestión” acerca de los conocimientos sobre arquitectura
medieval en la España de mediados del siglo XIX nos muestra claramente las
dificultades a las que habría de enfrentarse Matías Laviña. La escasa
preparación de nuestros arquitectos en los dominios de la arquitectura medieval
quedaba en evidencia a la hora afrontar una empresa de considerable
responsabilidad, coma era la restauración de la exánime catedral de León,
“edificio herido de muerte”, como
dirá la Academia en uno de sus informes. Las
demoras y aplazamientos en el nombramiento de Matías Laviña, que vimos en el
capítulo anterior, seguramente se debieron a los temores de los arquitectos ante
el estado de la fábrica y la falta de los conocimientos necesarios para penetrar
en la íntima comprensión de su estructura. Pero a lo largo de los casi diez
años de intervención de Matías Laviña veremos cómo se produce en el seno de la
Academia un notable esfuerzo por asimilar las doctrinas francesas de
interpretaci6n estructural de la arquitectura gótica: sin penetrar en una
excesiva matización acerca de los contenidos y desarrollo de estas teorías, el
informe de la Academia sobre el “sistema seguido en la
restauración de la
catedral de León”, emitido en el año 1865, marcaba ya las pautas que
habrían de
conducir hacia una interpretación más rigurosa y “arqueológica” de la
arquitectura medieval durante los decenios siguientes. Y este informe había sido
redactado por destacadas personalidades de ese “clasicismo renovado”, producto
de la nueva visión historicista de la arquitectura, como Aníbal Álvarez,
Peyronnet, Enríquez y Ferrer y con la firma de José Caveda. Sin embargo, Matías
Laviña permanecerá ajeno a las investigaciones de Viollet-le-Duc, Lassus o
Didron sobre la arquitectura gótica. Su avanzada edad por estas fechas y su
profunda impronta clásica le impidieron asumir estas doctrinas.
En efecto, el itinerario artístico de Matías Laviña, por los datos de que
disponemos, es el de un perfecto maridaje con el arte clásico que tiene en la
restauración del templo gótico leonés un desconcertante epilogo
6. Matías
Laviña nació en Zaragoza el 24 de febrero de 1796 y, después de pasar por los
Escolapios, recibió su primera educación artística en la Academia de San Luis.
Sin embargo, pese a esta inclinación hacia el dibujo, sus actividades serán
bastante variopintas y le llevaran desde “el cultivo del dibujo, de la
música y
aún del baile”, hasta la
“guitarra, la ebanistería, la fabricación de objetos de
papel o de cartón, el paisaje y la geometría y el canto”
7. Con esta marcada
inclinación hacia la música, se trasladó a Roma en 1817, donde ingresó como
alumno en la Academia de San Lucas. La estancia romana fue fundamental para
Matías Laviña; se decide finalmente por el estudio de la arquitectura y su
aprendizaje en Roma dejará una impronta decisiva a lo largo de su carrera: en el Archigimnasio Romano estudio
física y química, historia y antigüedades y en la Academia cursó delineación,
ornamentación arquitectónica, composición y
construcción. Este profundo contacto con la arquitectura clásica será el tamiz
desde el que valoró la arquitectura gótica de la catedral de León.
Solicitó de la Academia de San Lucas el título de arquitecto que obtuvo, tras el
consiguiente examen, en 1830. Regreso a España y revalidó su título en la
Academia de San Fernando, donde se incorporó como arquitecto de merito. Realizó
varios trabajos de importancia, primero en Zaragoza
–modificaciones del Palacio
de Villahermosa, obras de la Biblioteca, pianos para una aduana en Canfranc– y,
después en Logroño, desde donde se trasladó a Madrid en 1844. Dos años más tarde
obtuvo la Cátedra de dibujo de adorno en la Academia de San Fernando. Entre las
obras escritas que nos legó destacan varios tratados, como unos Principios de
Geometría, su Memoria sobre la mejora de la enseñanza del adorno y un Tratado de
Geometría Descriptiva, entre otros
8. En Madrid realizó algunos trabajos como
arquitecto, como el palacio de los duques de Granada, donde introdujo el uso del
cemento romano para la ornamentación, que continuó en las iglesia de San
Jerónimo y en las Comendadoras de Calatrava. Fue entonces cuando le encargó el
Gobierno la dirección de las obras de restauración de la catedral de León. En la
actividad crucial desempeñada en León, destacó la redacción de su valiosa
monografía sobre la Catedral de León, memoria histórica sobre el templo y
registro donde consignó las obras de restauración hasta el 24 de mayo de 1867,
fecha en que firmó su trabajo. El estudio de Laviña sobre el templo leonés fue
examinado por la Academia de San Fernando en sesión del 9 de julio de 1868,
donde se hicieron “elogios de la inteligencia y laboriosidad de
Laviña” y se
acordó “excitar a la Academia a que la imprimiese”. Sin embargo, la
carestía de
fondos retrasó esta publicación hasta el año 1876.
Matías Laviña valoró el templo leonés, como veremos al exponer sus proyectos y
obras, desde los preceptos clásicos en que se había formado. Por eso la
actividad de Laviña en la catedral de León no permite
“reconstruir” una
“idea”
o concepción teórica amplia de la arquitectura gótica, al contrario de lo que
sucederá con los proyectos de sus sucesores en la dirección de las obras. Por
eso, el recorrido a lo largo de su intervención se centrará fundamentalmente en
la descripción de los trabajos que realizó, especialmente los desmontes, a
partir de la documentación existente.
Sin embargo, desde 1830, año en que Matías Laviña
volvió a España, la cultura
arquitectónica experimentó un giro importante en las dos décadas siguientes con
las novedosas reflexiones románticas y la renovación del clasicismo,
acontecimientos a los que Matías Laviña permaneció ajeno.
El desarrollo del romanticismo en España a partir de 1833 condujo a un
esforzado intento por renovar la arquitectura que se desarrolló en dos frentes
principales: la incorporación y desarrollo de los nuevos problemas compositivos
y la introducción del problema de la historia como eje de reflexión. Este último
aspecto nos interesa especialmente, pues, en definitiva, condujo a una nueva
estimación del pasado artístico español que tuvo en la catedral de León uno de
sus hitos de referencia fundamentales.
Los teóricos románticos, después del regreso del exilio, incorporaron la fecunda
veta de pensamiento de Víctor Hugo que actuó como un estímulo importantísimo
para dotar de un nuevo significado a la tradición arquitectónica medieval. Los
artículos publicados en revistas como El Artista, No me olvides, El Panorama o
El Alba, por nuestros teóricos románticos, Valentín Cardereda, Pedro de Madrazo,
Mitjana de las Doblas, Pi i Margall, etcétera, contribuyeron poderosamente a
asentar y desarrollar una nueva visión del “monumento” como depositario de la
historia. Se trataba de una prolongación y profundización de las primeras
estimaciones contenidas en las reflexiones de los ilustrados y también de la
penetración en el panorama artístico español de temas que habían sido debatidos
con amplitud en el resto de Europa
9. La
publicación desde 1839 hasta 1865 de la
serie Recuerdos y Bellezas de España fue una de las plasmaciones más
interesantes de esa nueva visión pintoresca del monumento, en un repertorio
geográfico, ilustrado con grabados y acompañados de interesantes textos en
busca de la síntesis histórica.
Con esta nueva apreciación del pasado medieval no quiere afirmarse que se
quebrara la tradición clásica. El gran peso doctrinal del pensamiento clásico
continuó durante largo tiempo vigente, pero, con la introducción de estos nuevos
temas, se renovó considerablemente el “corpus”
teórico clásico. No obstante,
persistieron actitudes claramente retardadas como las de Manuel Fornés y Gurrea
o, muy significativamente, la de Juan Miguel de Inclán Valdés que publicó en
1833 sus decepcionantes Apuntes para la Historia de la Arquitectura y
observaciones sobre la que se distingue con la denominación de gótica que, pese
al título, se limitara a repetir, con muy escasa carga reflexiva, el tradicional
repertorio vitrubiano.
Sin embargo, los intentos renovadores cuajaron y llegaron a manifestarse en las
nuevas instituciones dedicadas a la enseñanza de la arquitectura y custodia de
los monumentos. La creación de la Escuela de Arquitectura en 1844 supondrá una
cierta renovación educativa de la que saldrán las nuevas generaciones de
arquitectos: la novedosa y más rigurosa enseñanza de la historia de la
arquitectura, vinculada con ese importante magisterio ejercido por Antonio
Zabaleta, marcará a arquitectos como Juan de Madrazo o Demetrio de los Ríos que
salieron de la aulas de la Escuela
10. En 1844 se creó la
Comisión Central de Monumentos y las Comisiones Provinciales que trataran de
elaborar la celebre “estadística monumental” que culminó con los diecinueve volúmenes
incompletos de los Monumentos Arquitectónicos de España (1859-1887), vinculados
en su comienzo con las influyentes personalidades de José Caveda y Nava y
Antonio Zabaleta. En este contexto, como ya hemos visto, se declaró a la
catedral de León Monumento Nacional el año 1844, es decir, al mismo tiempo que
se creaba la Comisi6n Central de Monumentos. La amplia labor administrativa y
arquitectónica para el cuidado y conservación del patrimonio medieval estaba
dando sus primeros pasos, quizás un tanto inexpertos y balbucientes. El comienzo
de la restauración de la catedral de León en 1859 concentró en este edificio
gran parte de las miradas que habían renovado su interés por la arquitectura
medieval. La catedral de León fue uno de los “monumentos tipo” para la cultura
arquitectónica del siglo XIX y por eso su restauración será seguida de cerca y
con gran atención por amplios sectores sociales e intelectuales.
La intervención de Matías Laviña ocupará las
líneas siguientes. Los casi diez
años que ocupó la dirección de las obras de restauración fueron decisivos para
el futuro de la catedral de León. Los amplios desmontes y derribos que ejecuto
condicionaron poderosamente la obra de sus sucesores. Desde las primeras
propuestas de “reparación” que
había reclamado el Cabildo, podremos asistir a un
progresivo incremento conceptual y operativo de la restauración que se extenderá
a lo largo de más de medio siglo por toda la inmensa estructura del edificio.
Las arriesgadas operaciones emprendidas por Matías Laviña forman un relato de
naturaleza casi novelesca, tantas fueron las dificultades, temores y polémicas
en que se vieron envueltos tan audaces derribos.
2) LAS PRIMERAS INTERVENCIONES EN LA CATEDRAL; (1859-1860).
Matías Laviña fue nombrado Arquitecto Director de las obras de
restauración de
la catedral de León por Real Orden de 3 de mayo de 1859. El día 28 de este mismo
mes se desplazó a León para hacerse cargo de modo efectivo de la dirección de
los trabajos. Desde esta fecha hasta la presentación de su primer proyecto ante
la Academia de San Fernando, firmado el 22 de diciembre de 1860, se dedicó a
examinar el estado de la catedral, a acometer los trabajos de mayor urgencia y
realizar los primeros preparativos del andamiaje para comenzar rápidamente el
desmonte de los pilastrones de la copula del crucero.
Estos meses inaugurales de la actividad de Laviña al frente de las obras
tuvieron una gran trascendencia para el futuro desarrollo de la restauración de
la catedral leonesa. Las importantes observaciones realizadas por Laviña tras
sus primeros reconocimientos fueron fundamentales, pues su decisivo proyecto de
22 de diciembre de 1860 –donde propuso los desmontes y derribos masivos– tiene
su origen en las primeras y cruciales determinaciones que adoptó a partir de los
exámenes iniciales del edificio. El indudable interés de las primeras
apreciaciones, reconocimientos e intervenciones de Matías Laviña en la catedral
de León nos lleva a realizar una reconstrucción un tanto detallada de los
comienzos de su actividad al frente de las obras de la Catedral, para asistir
así a la gestación de sus ideas sobre la restauración del edificio y la
justificación de los polémicos desmontes que ya emprendió desde estas primeras
semanas al frente de las obras, con el derribo de los pilastrones
churriguerescos.
Los primeros juicios y opiniones de Matías Laviña sobre la catedral,
así como
las operaciones de urgencia que ejecutó en los primeros meses, se pueden conocer
a través de la correspondencia que sostuvo con Antonio Ibarrola, persona
vinculada al Ministerio de Gracia y Justicia
11. Esta
documentación, como digo,
presenta el interés de ofrecer un seguimiento cercano de la formación del juicio
de Matías Laviña sobre la catedral, con sus dudas, temores y vacilaciones ante
el estado semirruinoso del edificio y es por ello de gran utilidad para conocer
las primeras apreciaciones del arquitecto de un modo mucho más directo e
inmediato que los informes oficiales que remitió al Ministerio con
posterioridad.
–
Primeros reconocimientos del edificio.
El día 29 de mayo de 1859, siguiente a su llegada a León, expuso
Matías Laviña
a Antonio Ibarrola las primeras impresiones que le produjo el edificio después
de un apresurado reconocimiento. Las palabras de Laviña ya apuntaban el grave
estado de la fabrica y el anuncio de la magnitud que habrían de tomar los
trabajos de restauración
12:
“... no dejé de dar un primer vistazo a nuestra insigne Catedral que tal vez por
lo tenebroso de la tarde y escasas luces me pareció bastante mal”. (...)
“muchos
preliminares conceptúo necesarios antes de operar y no podremos excusar un buen
delineante, porque habrá mucho que medir, nivelar y aplomar para hacer las
debidas anotaciones y cotejos”.
Los primeros exámenes detenidos de Laviña, efectuados en los primeros
días del
mes de junio, se concentraron en los lugares donde el deterioro era más
alarmante, con peligro inminente de ruina, así como en las partes de mayor
importancia para la solidez del edificio. Básicamente localizó los puntos más
conflictivos en las mismas estructuras que habían estudiado con anterioridad
Perfecto Sánchez Ibáñez y Narciso Pascual y Colomer; no obstante, Laviña se
detuvo más en el problema de la cúpula, aunque, al igual que estos arquitectos,
soslayó en este primer reconocimiento el estudio de los pilastrones de la cúpula,
es decir, reparo más en el análisis de los “efectos” de la ruina que propiamente
en el de las “causas”. Las estructuras reconocidas fueron las siguientes:
a) El “caracol de la Muerte” y la
cimentación de la Catedral: Laviña apreció
como botarel más debilitado el conocido como “caracol de la Muerte”, situado en
el lado izquierdo de la fachada meridional; este machón era fundamental para
contrarrestar los empujes por este costado. Para asegurarse Laviña que su
deterioro no provenía de un defecto de cimentación, mandó realizar una calicata
junto al estribo que verificó el buen estado de los cimientos en esta parte del
edificio
13:
“... lo descubierto hasta el presente lejos de ofrecer recelo,
manifiesta una
extensa cepa o retablo capaz de sostener el peso de muchos siglos”.
Por consiguiente, el efecto de la doble inclinación hacia poniente y
mediodía
que sufría el mencionado estribo lo atribuyó Laviña
“a la carga de otro machón
que gravita sobre el vano de la puerta lateral contigua al precipitado machón,
porque al paso que tiende a aplastar el arco, dilata su diámetro empujando
intensamente al punto debilitado¡”
14.
Este defecto y exceso de carga del caracol de la Muerte, unido a la debilidad de
resistencia producida por la escalera practicada en su interior, llevarán a
Laviña a desmontar por completo este estribo cuatro años más tarde.
En cuanto al examen de la cimentación, Matías Laviña se apresuró a generalizar
las conclusiones obtenidas de este reconocimiento parcial de los cimientos al
resto de la fabrica, suponiendo la misma solidez y firmeza en el resto de las fundaciones del edificio; esta
opinión
la mantuvo y la aplicó a la totalidad de los cimientos en la memoria redactada
en 1867, cuando habla del “tendido de
hormigón con buenas condiciones” al
referirse a los cimientos empleados al erigir la catedral gótca
15. Sin embargo,
esta conclusión de Laviña sería desmentida casi tres decenios más tarde al
acometerse detenidos reconocimientos de la cimentación en otras zonas del
edificio
16.
Interesa señalar como Mateas Laviña, descartada la falta de solidez de los
cimientos, atribuyó la totalidad de las hendiduras y desplomes de la Catedral a
otras causas constructivas, como la demasiada esbeltez del edificio en relación
con sus elementos sustentantes y escaso grueso de los muros, la poca exactitud
en el labrado y sentado de los sillares, la mala trabazón del dovelaje, los
continuados y excesivos empujes acompañados de la insuficiencia de los
contrarrestos como consecuencia de las intervenciones contrarias a la estructura
y carácter del edificio
17.
b) Pilares de la nave principal: de acuerdo con las causas mencionadas, la
extraordinaria altura y esbeltez de las naves del templo, se combina con unos
pilares en extremo delgados y sutiles que produjeron un incurvamiento de los
mismos como resultado de las presiones a las que se vieron sometidos. La
incurvación de los pilares se veía agravada por una doble acción: por un lado,
los pilares tenían que soportar los empujes causados por la estribación de los
arcos de las naves laterales que les impelían hacia el centro de la nave mayor,
con la consiguiente repercusión en la curvatura de estos pilares de la nave
central, y, por otro lado, este incurvamiento hacia el interior de la nave tenía
su efecto contrario en la parte superior de los pilares como consecuencia de la
presión de los arcos, nervios y peso de la plementería que tendía a separar los
extremos más elevados.
El resultado de estos empujes constantes y opuestos se dejó sentir en una fuerte
curvatura en el perfil vertical de los pilares de la nave principal, sometidos a
estas presiones contrarias. Además, Laviña atribuyó la incapacidad de
resistencia a las presiones de estos pilares a su débil construcción: antes de
emprenderse los desmontes de algunos pilares, y según afirmaba el padre Lobera
en sus Grandezas de León, se tenía la idea de que los pilares constaban de tres
sillares y eran macizos; los desmontes probaron que en realidad constan de
cuatro a seis sillares con un núcleo de mampostería en su interior,
“construcción
que podría compararse a un pozo rellenado”
18. Esto, unido
al uso excesivo de mortero en las juntas de hiladas y a las causas anteriormente
mencionadas, provocaron el consiguiente incurvamiento de las pilas.
La curvatura de estos pilares debió de ser tal que incluso produjo la
admiración
de algunos que la consideraron como una fantasía del arquitecto medieval, como
mencionaba Laviña
19:
“Y tan sensible se manifiesta su curvatura que ha dado lugar a creer, aún a
personas de cierta nota, que esta no es eventual sino dada en su origen
expresamente; pero basta observar los pilares de los ángulos interiores que
forman parte de la pared de la fachada del poniente, los cuales se hallan
perfectamente a plomo, en contradicción con tan absurda opinión”.
La solución inmediata que proponía Lavina se centraba en remediar la procedencia
de los empujes mediante un atirantado y encadenando las paredes del modo más
conveniente, puesto que los pilares conservaban el centro de gravedad.
c) Pilares del crucero: los pilares torales se
veían afectados por una curvatura
aún más alarmante que los de la nave central, puesto que si bien su diámetro y
robustez eran mayores, estaban por el contrario sometidos a unas presiones mucho
más considerables. Estas se debían a la sobrecarga del peso de
la cúpula de Juan de Naveda y los pilastrones de Churriguera. Los pilares del
crucero se mostraron insuficientes para sostener esta excesiva carga, con el
resultado de la incurvación de los mismos, a la vez que se hallaban con
numerosos sillares partidos y agrietados en sentido vertical. Los pilares
cerchados actuaron a su vez en la deformación del anillo de la cúpula, que, de
su primitiva forma circular, cada vez adoptaba una disposición más oblonga, como
resultado del desplazamiento de los pilares. Esto es lo que motivó el
desprendimiento de materiales entre las grietas de la cúpula, según observó el
Cabildo desde
1857
20.
d) Cúpula del crucero: el problema de la cúpula era, como ya
había ocurrido en
los trabajos de reparación realizados con anterioridad a Laviña, la causa de
mayores preocupaciones y discrepancias y que ahora se iba a convertir en el
origen de una fuerte polémica, debido a la decisión de Laviña, ya asentada desde
estos primeros momentos, de proceder a su desmonte y derribo.
Aparte de la mencionada deformación del anillo de la
cúpula como consecuencia de
la incurvación de los pilares, el resto de su estructura se encontraba al
parecer en muy defectuoso estado, “dañada por el efecto de una exhalación, se
cuelan las aguas llovedizas hasta encharcar la Iglesia”
21.
Como ya indiqué, Laviña adoptó sin titubeos la
decisión del desmonte de la media
naranja y pensó en un primer momento en su sustitución por otra cúpula más
acorde con la estructura del edificio, como expresaría en su proyecto de 1860.
Las causas que argumenta en estas fechas para proponer el derribo de la cúpula
obedecen tanto a motivos estéticos, la califica de
“verdadero plastón
grecorromano”, como también atendiendo a su deficiente estado de
conservación,
que exigiría notables esfuerzos para restaurarla, así como a la necesidad de
desmontarla para proceder a reparar los arcos torales sobre los que descansaba.
Los beneficios que se obtendrían con este desmonte
serían inmediatos a juicio de
Laviña; con la descarga del peso de la cúpula se posibilitaría la reconstrucción
de los arcos torales, al mismo tiempo que se aliviaría el empuje que ejercía
sobre los arcos torales y que, debido a la transmisión de empujes, tanto mal
causaban sobre los estribos de la fachada meridional del edificio.
De este modo, Matías Laviña, ya desde estos primeros reconocimientos del estado
del Catedral, con un primer acercamiento al análisis de las causas del deterioro
del edificio, concibe ya con claridad lo que será la decisión más trascendental
para el futuro de los trabajos, es decir, el desmonte de la cúpula del crucero.
Sin embargo, antes de proceder a tan importante operación, que por su magnitud
habría de contar con la pertinente aprobación de la Academia de San Fernando,
Laviña se detuvo en una primera planificación de los trabajos de más urgencia y
en el análisis de otros elementos en directa relación de dependencia con la
cúpula como eran los pilastrones del siglo XVIII, cuyo efecto hasta el momento
no había sido advertido por Matías Laviña ni por los arquitectos que le
precedieron en los reconocimientos.
– Planificación de los trabajos de más urgencia: el problema de los pilastrones
de la cúpula.
A la vista del lamentable estado de la Catedral y de las complejas operaciones
de desmontes que ya se pronosticaban, Matías Laviña agrupó en tres apartados
las obras de mayor urgencia
22:
– La
consolidación de los arcos torales y de todo el brazo derecho del crucero,
con especial atención al problema de la cúpula y bóvedas de crucería adyacentes.
– La
contención de los empujes para aliviar el estado de los pilares del
edificio, sobre todo de los pilares más afectados por el peso de la cúpula, y,
– Remediar radicalmente la
descomposición del estribo de la fachada meridional.
Al mismo tiempo que Laviña señalaba estas obras como las de más urgente
necesidad, llamaba la atención sobre la dificultad de realizar un presupuesto de
los gastos que habrían de generar estos trabajos, dependientes del cálculo de
estabilidad de cada uno de los elementos deteriorados.
A la vista de estas consideraciones, se hacía
necesario un análisis más detenido del grado de deterioro de las distintas
partes del edificio antes de poder aventurar el verdadero alcance de los
trabajos, para obtener datos suficientes en los que poder elaborar un presupuesto. A estas
tareas se dedicaría Laviña durante todo el mes de junio y principios de julio de
1859.
El progresivo conocimiento de la estructura del edificio y de la naturaleza y
causas de su deterioro le llevan a una mayor precisión en su pensamiento sobre
la restauración de la catedral. Así, el 19 de julio, en una nueva planificación
de los trabajos, insiste en la necesidad de realizar el apeo total del
“caracol
de la Muerte”, si bien este desmonte lo pone en relación con la necesidad de
contener los empujes ejercidos por la cúpula, pues al desmontar el estribo y
privar al edificio del necesario contrarresto por el costado meridional
peligraría la estabilidad de toda la fábrica
23:
“... mientras este apeo se va ejecutando, se
ceñirá la cúpula y los arcos
torales con hilo de hierro, agarrotándolos cuanto sea posible, a fin de contener
el excesivo empuje, y evitar una ruina imprevista y lastimosa al tiempo de
derribarlas”.
Pero al mismo tiempo que afirma su opinión de proceder al desmonte del machón,
encuentra nuevas razones en que apoyar el derribo de la cúpula, considerada de
nuevo como causa fundamental del desequilibrio del edificio:
“estos derribos (de la úpula y arcos torales) son inevitables, porque los arcos
torales del presbiterio y coro han dilatado sus diámetros obligando al anillo de
la cúpula a prolongarse, desquiciándola enteramente, de suerte que con los arcos
dichos se halla en alarmante ruina”.
Sin embargo, hasta el momento Laviña solo se ocupó de los empujes ejercidos por
la copula sin reparar en los efectos ocasionados por los pilastrones que se
levantaron en el siglo XVIII cargando en falso sobre las pilas torales del
crucero. No obstante, pronto advirtió el estado y efecto de los mismos,
calificándolos como “nuevos agentes destructores,
quizás los más potentes”.
Para expresar de un modo grafico las consecuencias que sobre los pilares torales
ejercían tanto la cúpula como los pilastrones, Laviña envió a Ibarrola un
croquis (fig. 27) en donde se demostraba esquemáticamente las distintas fuerzas a
que se veían sometidas las pilas; al empuje de las naves laterales, señalado con
la letra A, común al resto de los pilares de la nave mayor, se unían los empujes
ejercidos en sentido contrario, es decir hacia el exterior, por los arcos
torales, la cúpula y la armadura del tejado, empujes localizados en los puntos
señalados por Lavina, en la parte superior de los pilares torales, con las letras
B y C; a ello debía sumarse el peso de los pilastrones, D, de los que una parte
se hallaba voladiza y cargaba en falso, con lo que aumentaba el empuje
considerablemente
24.
Una vez convencido Laviña del efecto nocivo de los pilastrones,
procederá a
realizar un análisis más completo de los mismos, orientado a establecer con
precisión sus características para poder detallar de manera más concreta su
acción sobre los pilares y arcos torales.
La primera operación fue la medición de estos pilastrones y el cálculo de su
peso. Los resultados de estas mediciones dejaron a Laviña sumamente preocupado,
como explica en expresiva carta a Antonio
Ibarrola
25:
“al acabar el trazado de las medidas que había tornado por uno de los cuatro
pilares que superan sobre el tejado 60 pies (...) me estremecí de tal modo que
en largo rato no pude sosegarme, pues advertí que pesaban los cuatro 29.444
arrobas de las que 15.560
26 posaban al aire, o sea sobre las pechinas de la
cúpula. En toda la noche no he podido dormir, y me he propuesto derribarlos sin
aguardar ni aún a formar relación ni croquis, porque acaso no daría tanta tregua”.
Efectivamente, ese mismo día 25 de julio comenzó a preparar la madera para el
andamiaje de desmonte de los cuatro pilares.
Con estos resultados de las mediciones, Laviña hizo de estos pilastrones el
principal agente del
deterioro del edificio
27:
“estos pilares son el peor enemigo que tiene la Catedral, obra costosa de
Churriguerismo, que sin duda quedó suspensa por sospecha o indicio del mal
resultado que está produciendo, si bien produce al exterior cierta visualidad
que hace que la gente del pueblo sienta el derribo”.
Como indicaba Laviña en su reconocimiento de los pilastrones, un motivo
principal de preocupación era que estos pilares cargaban en falso gran parte de
su peso con lo que se agravaba su efecto negativo. Así, llegó a establecer que
estos cuatro pilastrones “sustentaban 6 partes y proyectaban 7 fuera de macizo,
y aún dando de barato que los machones fundamentales estuviesen a plomo,
(fig. 28)
28.
El anuncio de la demolición de estos pilares fue acogido con desconfianza por
todos aquellos que estaban persuadidos del vistoso efecto que producían al
exterior. Para vencer estas reticencias Matías Laviña procedió a un ingenioso
sistema de explicación publica para demostrar como los pilares cargaban en
falso, mediante la superposición de plantas desde la base del crucero hasta la
planta al nivel de los
pilastrones en cuestión
29.
La urgencia que para Laviña presentaba esta
demolición le llevó a solicitar
directamente al Gobierno su inmediato derribo, sin presentar proyecto previo o
memoria detallada alguna que dilatase el proceso por la preceptiva supervisión
que debía realizar la Academia de San Fernando. El Gobierno autorizó el derribo,
“sin perjuicio de haber de dar cuenta a la Real Academia en su
día de las
razones convincentes que a esto obligaban”
30.
–
Desmonte de los pilastrones
31.
La preparación del andamiaje necesario para demoler los pilares se realizó con
gran rapidez. Vimos como inmediatamente después de proceder al análisis de los
pilastrones el día 25 de julio de 1859, Laviña comenzó a hacer acopio de la
madera necesaria para montar los andamios. El día 8 de agosto estaba ya cubierto
uno de los pilares del andamiaje necesario para su desmonte que, sin embargo,
habría de esperar a que se prepararan los andamios de otro pilar para acometer
el desmonte en turno diagonal y evitar así desequilibrios en la distribución del
peso que hicieran peligrar la estabilidad de la Catedral
32.
Al mismo tiempo que disponía los andamios, Laviña se dedicó a preparar los
borradores de la nueva cúpula que, según decía, se encontraban bastante
adelantados, lo que manifiesta claramente su preafirmación en la decisión de
desmontar la cúpula de Naveda inmediatamente después de los pilares.
Desde el punto de vista de la ejecución material, este desmonte hubo de vencer
numerosas dificultades, como la falta de utensilios adecuados para el
desplazamiento de los materiales y la poca preparación de los operarios para una
empresa tan arriesgada y compleja, circunstancias que exigieron una constante
supervisión de los trabajos por Laviña
33.
Estas dificultades se fueron superando, y ya para finales de año el desmonte
estaba muy avanzado
34. Los utensilios que se utilizaron fueron muy sencillos:
tres juegos de poleas para el desmonte de los sillares, una cabria, un torno
para fijarse en el tejado y una maroma gruesa. El procedimiento de descenso de
los materiales consistía en desmontar los sillares de su lugar ocupado en los
pilastrones y bajarlos al tejado de la catedral; desde allí se desplazaban a los
tejados de la nave lateral, desde donde se introducían al interior de la iglesia
a través de una de las ventanas de la nave y se bajaban hasta el pavimento del
edificio, para transportarlos seguidamente al exterior del templo. El trabajo se
veía dificultado por el enorme peso de los sillares que componían los
pilastrones, pues algunos de ellos superaban las 50 arrobas, es decir, en torno
a los 575 kilogramos, lo que hacía sumamente difícil su manejo y desplazamiento
sobre todo desde la altura a la que habían de moverse para su descenso.
El día 19 de noviembre de 1859 se consumó por completo el desmonte de los
pilastrones
35. Con este derribo se descargó a los pilares y arcos torales de un
peso de mas de 350.000 kilogramos. Los efectos benignos de este derribo se
dejaron sentir de inmediato, según Laviña, y la fábrica permaneció veinte meses
sin el menor movimiento
36.
Durante los doce meses que discurrieron entre estos
días finales de 1859 hasta
diciembre de 1860, Matías Laviña se dedicó a elaborar su primer proyecto, donde
presentaba la alternativa conservación-restauración. Las observaciones y
estudios acumulados durante estos siete primeros meses de actividad en León
fueron el material fundamental para la redacción del proyecto, uno de los más
decisivos para la historia del edificio debido a las amplísimas operaciones de
derribos que se sucedieron tras su aprobación por el Gobierno. Pero antes,
Matías Laviña hubo de recibir el peso de las críticas por los desmontes de los
pilastrones, en un primer proceso polémico que llegaría a oídos del Ministro de
Gracia y Justicia y de la Academia de San Fernando.
3) LA
POLÉMICA EN TORNO A LOS DESMONTES. MARTÍN DE OCHOA Y SU PROYECTO DE
CONSOLIDACIÓN.
La operación de desmontes emprendida por Matías Laviña fue sin duda arriesgada y
sumamente polémica, al tiempo que condicionó en gran medida el futuro de la
restauración. Al privar a la catedral de los pilastrones, y con el anuncio de la
inminente demolición de la cúpula, Laviña chocó con la fuerte oposición de todos
aquellos que consideraban a estos elementos como unas de las partes distintivas
y más características del edificio (fig. 30). El propio Laviña reconocía el
impresionante efecto visual que producía el perfil de la cúpula destacada en el
crucero del templo e, incluso, planteó en su primer proyecto de restauración la
construcción de una cúpula en sustitución de la desmontada.
La demolición de estos elementos sumamente significativos del edificio, por lo
audaz de la decisión, hubo de ser largamente argumentada por Laviña, sabedor de
las polémicas que iban a levantar estos desmontes. Como hemos visto, Laviña
justificó su decisión amparándose en razones constructivas, con la demostración
del efecto desestabilizador de la cúpula y pilastrones en el edificio y su mal
estado de conservación, como también apelando al juicio estético, en la línea
del sectarismo estilístico imperante, tendente a rebajar el merito artístico de
la solución de Naveda y añadiduras posteriores consideradas como producto del
“mal gusto”
característico de la época.
Sin embargo, estas razones fueron debatidas desde el momento mismo de ser
adoptadas por Laviña. La primera fuerte oposición que encontró Laviña a sus
desmontes tuvo lugar en los primeros meses de desarrollo de las obras y fue
encabezada por un erudito local, Martín de Ochoa.
Los desacuerdos sobre el sistema adoptado por Laviña en la
restauración del
edificio dieron lugar a una áspera polémica entre ambos, encauzada a través de
artículos periodísticos, cartas personales e incluso envíos de anónimos. No
obstante, el carácter de esta polémica, pese a ser llevada hasta el Ministro y
la Academia, no alcanzó la repercusión posterior que tendrían los incidentes que
Laviña mantuvo con Cruzada Villamil que llevarían, como veremos, a la detenida
inspección de los trabajos por una Comisión de la Academia de San Fernando.
El origen de la enemistad entre Matías Laviña y
Martín de Ochoa, que llegó hasta
las fuertes descalificaciones publicas, comenzó con la publicación de unos
artículos por Ochoa sobre la restauración de la catedral en julio de 1859, en
que criticaba con dureza el método seguido por Laviña
37. Laviña, pese a tener
redactada una contestación, no respondió a estos ataques, pero parece ser que
difundió la opinión de que Martín de Ochoa no tenía titulación de arquitecto por
la Academia de San Fernando, lo que equivalía a cuestionar la validez
profesional de sus opiniones
38.Ochoa contestó a Laviña con una carta en la que
le explicaba su titilación y su intención de demandarle por sus
descalificaciones
39.
Además, el día 10 de agosto Martín de Ochoa publicó un artículo en la prensa en el que explicaba sus competencias profesionales
40.
Sin embargo, más interés que estas rencillas de orden facultativo tienen las
discrepancias de Martín de Ochoa con respecto a los métodos seguidos por Matías
Laviña en sus obras de la catedral.
Martín de Ochoa partía de la idea de que eran innecesarios los desmontes de la
cúpula y pilastrones para consolidar y reparar los desperfectos de edificio.
Esta opinión la fundamentaba en un proyecto de consolidación de la catedral que
había remitido con fecha 29 de abril de 1859 al Ministro de Gracia y Justicia
41. Este proyecto constaba de una breve memoria y un plano donde se explicaban
visualmente las operaciones propuestas (fig. 29).
Como puede observarse en el plan presentado por
Martín de Ochoa, su proyecto
consistía en un sistema de embarramiento y atirantado de las partes desplomadas
del edificio, con el objetivo inmediato de contener los movimientos y reparar
las bóvedas arruinadas. Es decir, se trataba de una operación de
“contención”,
“conservación”
y “reparación” que no contemplaba la necesidad de proceder a ningún desmonte.
En cierta medida lo podemos considerar como una alternativa a las conclusiones a
las que había llegado el informe de Narciso Pascual y Colomer que seguramente
conocía Ochoa
42.
La solución de Ochoa se concentraba en las partes deterioradas del edificio, es
decir, en los tramos de las bóvedas del coro y presbiterio y brazo sur del
crucero. Para contener los movimientos y proceder a las reparaciones, Ochoa
planteaba el embarramiento de estas partes. Sin embargo, este sistema partía de
la necesidad previa de atar el prisma en el que descansaba la cúpula antes de
proceder al embarramiento. Esta operación consistía en aplicar una fuerza de
opresión al anillo que rodeara todo el perímetro que quedaría afirmada sobre la
fábrica misma por medio de almas.
Sólo una vez afianzada la cúpula se procedería al embarramiento del modo
señalado gráficamente en el plan; este sistema consistía en colocar unas vigas
verticales que sostenían otras horizontales de las que arrancaban los tirantes,
enlazados a su vez a otras vigas transversales en el crucero
43.
Se trataba, pues, de un sistema de atirantado que presentaba como novedad el
atado de la cúpula como operación previa al embarramiento del edificio. Martín
de Ochoa defendía su proyecto por su sencillez y economía
44:
“... esta operación es sencilla y
económica; sencilla porque se adapta a
todas las inteligencias y sus fines son bien conocidos; y económica porque,
atendiendo a los valores del hierro, no dudo que los fondos sean incapaces para
esta operación y la construcción de las bóvedas que tanta falta hacen y exigen
en primer lugar un apoyo firme donde descansar”.
A la vista de este proyecto que tenía en la
conservación de la cúpula mediante
su atado uno de sus aspectos más destacados, los desmontes de los pilastrones
ejecutados por Laviña fueron duramente criticados por Martín de Ochoa,
calificándolos de “resolución extravagante y poco digna de hombre de mediano
talento”
45.
Ochoa insistió con violentas palabras en la necesidad de mantener
los pilastrones que, incluso, según su opinión, eran imprescindibles para
mantener el equilibrio del edificio
46:
“esa demolición debe detenerse porque es, no un absurdo, sino una barbarie
embozada con el nombre de las cosas; los chapiteles son necesarios para igualar
la potencia con la resistencia, que en el momento que desaparezcan quedan
destruidas las fuerzas, porque en los edificios góticos estuvo y está admitida
la practica de disminuir el grueso de los machones para dar hermosura y lozanía
a la obra, (...) el cálculo que formó el artífice nace de un principio fijo e
invariable, que sobre el arranque de los chapiteles puede levantarse un nuevo
templo sin lastimar el interior”.
Pese a estos intentos de Martín de Ochoa de detener los desmontes de los pilares
y los que se anunciaban para la cúpula, lo cierto es que Matías Laviña contó con
el respaldo de la Academia de San Fernando, del Cabildo y de las autoridades
civiles para ejecutar estos trabajos que, como hemos visto, se comenzaron con
bastante rapidez
47.
La solución del proyecto de Martín de Ochoa y la
polémica que mantuvo con Matías
Laviña fue una alternativa, a mi juicio un tanto simplista y en todo caso
provisional, que trataba de contener los empujes y que tenía como principal
atractivo plantear la posibilidad de conservar todos los elementos constructivos
del edificio, ahora bien, no tanto en consideración a un meditado valor
artístico o histórico, sino más bien por consideraciones estrictamente
constructivas de su integración como elementos necesarios para la estabilidad
del conjunto.
4) LA CATEDRAL DE
LEÓN, “UN EDIFICIO HERIDO DE MUERTE”. DOS AÑOS DE DERRIBOS Y
DESMONTES, (1861-1863).
– El proyecto de Matías Laviña de 22 de diciembre de 1860: la alternativa entre
la conservación y la restauración radical.
Uno de los momentos más cruciales y decisivos para la historia de la catedral de
León tuvo lugar cuando Matías Laviña Blasco envió al Ministerio de Gracia y
Justicia su proyecto de fecha 22 de
diciembre de 1860
48. Era este el primer proyecto que se elaboraba desde que se
declar6 abierto el expediente de restauración de la catedral de León y en el se planteó la radical
disyuntiva entre una propuesta de contención o conservación y otra de
restauración que contemplaba importantísimos derribos. Hay que adelantar, sin
embargo, que las dos opciones no se presentaron en grado de igualdad, sino que
todo apuntaba hacia la alternativa de los desmontes como la más plausible. Así
se había manifestado la Academia, como acabamos de ver, al desestimar el
proyecto de Martín de Ochoa por considerar que la gravedad de los daños en las
fábricas exigían operaciones de mayor dureza, y del mismo modo se había venido
perfilando el pensamiento del propio Matías Laviña durante los primeros meses al
frente de las obras.
La memoria del proyecto constaba de tres capítulos, que encabezaba una
introducción histórica, seguida de la relación de las operaciones ejecutadas por
Laviña durante los primeros meses al frente de las obras, todo ello a modo de
prólogo para la exposición final de los medios de restauración propuestos por el
arquitecto.
La memoria histórica se detenía, como era de esperar, en la
demostración de los
desajustes creados por aquellas estructuras cuya demolición o bien ya se había
consumado –como era el caso de los pilastrones– o bien se
proponía páginas más
adelante en este mismo proyecto.
Especialmente implacables fueron las críticas vertidas por
Matías Laviña contra
el hastial del sur, la cúpula y los pilastrones. El remate del hastial
meridional, “frontis o romanato”, levantado por Manuel Conde
Martínez en 1694,
era presentado, con su excesivo peso y balanceo, como el responsable, ayudado
por la acción del viento, del movimiento de esta parte del templo, que mostraba
evidentes “tendencias a separarse de sus muros laterales”
49. Pero era la cúpula
el elemento constructivo en el que Laviña concentró todo el rigor e
inflexibilidad de su censura; “injerida en mala hora”, porque
“no se consideraba
Catedral la que carecía de este cuerpo lanzado al aire contra toda regla de
estabilidad”, el mal estado de la media naranja era
también un argumento para
proponer su derribo: de construcción “poco esmerada”, se
había levantado labrada
con lechos constantemente horizontales hasta el ojo de la linterna, lo que
provocó el cuarteamiento del anillo y su deformación. Los pilastrones, producto
del “prurito de empingorotar de los Churrigueras”, fueron de nuevo presentados
como los principales causantes del desequilibrio y ruina del edificio, pues
“han
desgajado como una granada las dos pilas torales del sur”. A todo ello
añadía,
como novedad, la crítica del remate del hastial occidental,
“ático meramente
mural o espadaña de puro ornato” causante, al igual que su
compañero del sur,
del desplome de la fachada principal de la catedral.
Este patético cuadro, por otro lado ya familiar, era el exordio adecuado para
proponer los consiguientes medios de restauración para evitar la ruina del
edificio. De las dos propuestas presentadas por Laviña, la opción que
contemplaba el proyecto de contención quedaba sumamente debilitada después de
esta contundente argumentación histórico-crítica, a pesar de sus más favorables
condiciones económicas. El propio arquitecto se mostró partidario sin titubeos
de los derribos, como ya había venido expresando repetidas veces con
anterioridad. Además, el proyecto de “conservación”
realmente era poco atractivo
y de dudosa eficacia: consistía en taladrar las paredes a lo largo de la nave
mayor, crucero y presbiterio, “valiéndose de barrenas y aparatos ideados y
construidos al intento”, para aplicar a
continuación un sistema de barras de
hierro galvanizado que, atornilladas entre sí, atirantasen las paredes para
evitar movimientos de las fábricas; estas barras se colocarían en cuatro
niveles, a la altura del triforio, del escamado de los ventanales, en los
arranques de los arcos torales y en un nivel superior oculto en la construcción.
La alternativa a este cuestionable atirantado solo
podía ser una en opinión de Matías Laviña; el desmonte masivo de todos los elementos debilitados y su
posterior reconstrucción. La somera enumeración de las zonas del edificio que
debían ser desmontadas, en caso de ser elegida esta opción, da una idea de la
considerable magnitud de las operaciones proyectadas por Matías Laviña: proponía
el desmonte de la cúpula y su linterna, de tres de los arcos torales y parte de
los pilares fundamentales del crucero contiguos al brazo sur, el derribo de la
práctica totalidad de los costados de este brazo meridional hasta la altura del
piso de triforios, es decir, todos los arcos, arbotantes, bóvedas, y tejado con
su armadura, y también de la fachada del crucero hasta la altura de la galena
del triforio, con sus arcos, contrafuertes, frontón y templetes superiores.
Matías Laviña, después de mas de dos siglos de desequilibrios, quebrantos,
desajustes y deterioros, planteaba por vez primera atajar los males en su raíz
con el inmediato derribo del principal agente destructor, la copula, y el
posterior desmonte masivo de todos los elementos debilitados y. maltrechos. La
gravedad de la decisión correspondió finalmente a la Academia de San Fernando,
que, en su terminante informe, avaló con todas sus consecuencias estas arriesgadas operaciones
contempladas en el proyecto de Laviña.
–
El respaldo de la Academia de San Fernando a la propuesta de derribos masivos.
El proyecto de Matías Laviña fue remitido por el Ministerio de Gracia y
Justicia a examen de la Academia de San Fernando por Real Orden de 14 de marzo
de 1861
50. La Academia celebró Junta General el
día 5 de mayo y emitió su
decisivo informe con fecha 10 de mayo de 1861; el informe estaba firmado por el
Duque de Rivas, como Presidente de la Academia, y Eugenio de la Cámara, como
Secretario General de la Institución
51, Finalmente, el proyecto, tras el
informe favorable de la Academia, fue aprobado por Real Orden de 26 de julio de
1861, es decir, ocho meses después de que fuera terminado por Matías Laviña.
El informe de la Academia de San Fernando es más radical incluso que el propio
proyecto de Matías Laviña: expone con toda crudeza arriesgadas declaraciones en
favor de la más categórica “unidad de estilo” y apoya incondicionalmente la
alternativa de derribos y desmontes al pronunciarse sobre la disyuntiva
planteada por Matías Laviña en su proyecto.
Llamamientos a la “destrucción de todos los cuerpos
heterogéneos” de la catedral
en beneficio de ese “sólo y único pensamiento
artístico”, pronunciados con la
contundencia de estas frases con las que encabezábamos este capítulo, son
realmente sorprendentes y arriesgadas declaraciones si las comparamos con el
comedimiento y prudencia que mantendrá la Academia de San Fernando en
posteriores informes. Sin embargo, el respeto por el valor histórico de todos
los añadidos del edificio, cualquiera que fuera su época de construcción, se
iría imponiendo sólo lentamente, y no sin discusiones y polémicas, como
consecuencia de un progresivo cambio de actitud hacia el monumento. También hay
que decir, en descargo de la Academia y del propio arquitecto Matías Laviña, que
el estado de la catedral, después de numerosos informes acumulados,
arruinamientos, desplomes y un deterioro incontenible, requería de una vez por
todas una acción contundente y radical. La peligrosidad de las declaraciones de
la Academia residía sobre todo en el grado en que estas sentaban doctrina en
cuanto se afirmaban como principios operativos que podrían ser tornados como
precedentes. La alarma se centraba en la valoración de los añadidos realizados
en la catedral de León desde el siglo XV que, tanto desde el punto de vista
estético como constructivo, parecían estar abocados a su indiscriminada
destrucción en consecuencia con las palabras pronunciadas por la Academia:
“Es indudable que la mayor parte de las obras agregadas a la principal o primitiva desde mediados del siglo XV en adelante, no solamente han producido el
daño de desfigurar y afear tan bello edificio con impropios y anacrónicos
borrones, sino que han influido fatalmente contra su solidez y seguridad”.
Esta resuelta sentencia seria contumazmente seguida durante los tres siguientes
decenios en el obstinado intento de “recuperar” la imagen purista del edificio
gótico; en estos momentos servía de licencia para que Matías Laviña eliminara
todos los elementos cuyo derribo contemplaba en la memoria de su proyecto.
El sistema de “embarramiento" planteado por Laviña, pese a juzgarlo la Academia
como “bien entendido”, se consideraba como una propuesta claramente
insuficiente, “un recurso para prolongar por unos cuantos años más la existencia
precaria de un edificio herido de muerte”.
Las expresivas palabras de la Academia abrían el camino de los derribos,
“verdadera restauración”, y
única salida en opinión de la Academia a este
“importantísimo problema” arrastrado secularmente por la extenuada fábrica
catedralicia. Únicamente discrepaba la Academia en un importante aspecto del
proyecto de Matías Laviña; el arquitecto aragonés había planteado la
construcción de una nueva cúpula en el crucero de la catedral de León en caso de
ser aprobado por el Gobierno el derribo de
la entonces existente. La Academia se pronunció decididamente
“contra la erección de toda cúpula cualquiera que fuese su forma o
carácter”, y atribuía
esta peregrina idea de Laviña a los efectos de la presión popular que veía en
este elemento uno de los rasgos más característicos de edificio
52. La Academia
se declaraba partidaria nuevamente del “purismo
arqueológico” y proponía que en
lugar de la copula “se construya una bóveda por arista ... y decorada en sus
aristones y demás con elementos tomados del sistema general que predomina en
todo el templo”
53.
La única propuesta de reconstrucción contenida en el proyecto de
Laviña era
rechazada por la Academia, como ocurriría también después con el proyecto de
reconstrucción del hastial meridional. Con este rechazo de la cúpula de Laviña,
se aprobaba únicamente la parte “destructiva”, por así decir, del proyecto. La
Academia, sabedora de las polémicas que podría levantar
–y que de hecho desató–
una intervención que se presagiaba de una dureza inusitada
–como era desmontar
en su totalidad todo un brazo del crucero de una catedral, con su fachada y
varias bóvedas– ofreció su firme apoyo y refuerzo moral y legal a
Matías Laviña
ante la responsabilidad de las operaciones que debería acometer en los dos años
siguientes:
“la confianza debe ser completa y debe
revestírsele de todo el prestigio
necesario y de facultades amplias para hacer frente según su leal saber y
entender a todas las eventualidades y accidentes posibles”.
Estas palabras eran el anuncio de las descalificaciones que
habría de sufrir
Matías Laviña cuando estalló la polémica a propósito de los derribos. Pero, como
veremos, la Academia se mantuvo firme en su apoyo al arquitecto como ya había
expresado en esta ocasión al aprobar su proyecto de
“restauración”.
– Desmonte de la copula, brazo sur del crucero, fachada meridional y
bóvedas
altas.
El trepidante proceso de derribos y desmontes fue consumado por
Matías Laviña
con una celeridad y agilidad pasmosas. Estas arriesgadas operaciones se
realizaron con medios sumamente modestos, y es ciertamente un relato casi
novelesco seguir de cerca estos desmontes ejecutados a alturas sobrecogedoras.
En aparente paradoja es en estas operaciones de desmontes
–al igual que en el
anterior derribo de los pilastrones– donde
Matías Laviña demostró sus cualidades
de experto constructor, obrando con gran precisión y arrojo. Sin embargo, no
ocurrirá lo mismo con los medios que ideo para contener los empujes
descompuestos tras los desmontes, ni con las obras y proyectos de reconstrucción
que realizo, facetas fundamentales en las que acusaría un notable
desconocimiento de los principios constructivos de la arquitectura gótica, hasta
el punto de hacer peligrar la existencia de la totalidad del edificio.
La Real Orden de 26 de julio de 1861 por la que se aprobaban por el Gobierno los
desmontes suponía al mismo tiempo una cierta clarificación administrativa de la
restauración; esta se declaraba de dependencia exclusiva del Ministerio de
Gracia y Justicia, y el arquitecto quedaba obligado a enviar trimestralmente
“una noticia detallada de los adelantos en las obras, sus gastos y cuanto
concierna a tener al Gobierno al corriente de unos trabajos que han de dar por
resultado ver a esa Iglesia Catedral en el estado
de sus primitivos tiempos”
54.
Matías Laviña, arquitecto laborioso y concienzudo, detalló con todos sus
pormenores el proceso de desmontes en su memoria de 1867 y en los informes que
envió al Ministerio y a la Academia refiriendo sus avances en los trabajos. Toda
esta documentación permite resumir con precisión la marcha de las operaciones
ejecutadas por Laviña.
Desde el 26 de julio de 1861 en que se aprobó la propuesta de derribos de
Laviña hasta el 16 de junio de 1863 en que “se colocó el primer sillar de nueva
restauración”
55, transcurrieron
prácticamente dos años de continuados desmontes
de elementos fundamentales de la catedral, y ello pese a la celeridad con que se
realizaron las operaciones.
Matías Laviña, durante los ocho meses de
tramitación del proyecto, fue
realizando acopio de maderas y levanto el andamiaje necesario para acceder a las
partes altas del edificio. Una vez aprobado el proyecto por el Gobierno, comenzó
los preparativos para el derribo de la cúpula; para ello subió el andamiaje
hasta montar cimbras en los arcos torales del crucero desde los que levantó dos
plataformas, una sobre los arcos torales y otra al nivel de la cornisa de la
cúpula y, desde esta ultima, sustentó otros dos andamios superpuestos hasta
alcanzar la parte superior de la cúpula. Este andamiaje fue montado por
operarios vizcaínos bajo la supervisión de Perfecto Sánchez Ibáñez. A comienzos
de septiembre de 1861 ya estaba totalmente armado e inmediatamente se procedió a
desmontar la linterna de madera y el día 6 de ese mismo mes comenzaba el derribo
de la copula
56. Este desmonte de la cúpula causó la
admiración de unos y el
estupor de otros debido a ser ejecutado sin cimbras ni apoyo alguno, como
refería el propio Laviña, y par la rapidez con que se consumo, pues el día 23 de
noviembre de 1861 la cúpula de Naveda, origen de tantos quebraderos de cabeza,
ya se encontraba completamente desmontada
57.
Con la operación del derribo de la cúpula se terminó la temporada de 1861. El
año siguiente fue de una gran actividad en estas labores de desmontes. Después
de retirar la cúpula, se procedió al acodalado de los arcos torales, con
excepción del septentrional, y de los correspondientes al brazo sur del crucero;
esta sería la zona que comenzaría a desmontarse de inmediato
58: primero se
bajaron las vidrieras de los ventanales altos y, después de montar el
correspondiente andamio, se llegó el día 25 de junio de 1862 hasta el tejado;
las tejas y armadura se bajaron en tres días, de tal manera que el 28 de junio
se comenzaron a desarmar las bóvedas altas; en esta parte del edificio, el
desmonte siguió un proceso lógico que comenzó con los plementos de la bóveda y
continuó con los nervios como elementos sustentantes
59; después se armaron en
el exterior, a ambos costados del crucero, “andamios voladizos”
para acometer el desmonte de los arbotantes, mientras que en el interior se
derribaron los tres arcos torales más dañados; se comenzó entonces a rebajar las paredes del brazo
sur del crucero, lo que exigió realizar apeos y acodalados en estas panes.
Después de estos desmontes vitales era preciso acondicionar estas zonas para que
la fábrica, con los enormes huecos que habían quedado al descubierto, resistiera
la intemperie hasta su reconstrucción: el tejado provisional que se había
instalado en el crucero, es decir, en el lugar que ocupaba la cúpula, se
extendió hacia el coro y el presbiterio, cuyas bóvedas se habían derrumbado
hacía tiempo y que con los desmontes habían quedado desguarnecidas; también
debieron apuntalarse los arcos de estas zonas que,
“con la caída de sus bóvedas
quedaban desamparados y sin contraste”.
Prosiguieron los desmontes con los dos pilares torales del crucero, que
“estaban
hendidos de arriba abajo”, y se llegaba así al desmonte de otra de las zonas
fundamentales del edificio, el lienzo de la fachada meridional.
Se desmonto el “ático o romanato”, y se continuó con el
rosetón de luces hasta
llegar, durante el verano de 1862, al piso del triforio. El derribo del rosetón
suponía demoler la obra que había realizado el padre Echano en 1848
60. La
descripción que nos ofrece Matías Laviña de este desmonte nos brinda datos
importantes para conocer la intervención de Miguel Echano
61:
“... se desmonto la obra del Padre Echano, consistente en un revestimiento de
ladrillo a mediasta, dos contrafuertes con su cimentación de buenos sillares
apoyada en las enjuntas del arco central, esto es en falso, y un arco de
sillarejos, todo
lo cual se hallaba sin tizón ni grapa alguna y por consiguiente desprendido,
ofreciendo no poca dificultad su desmonte. Quitada esta postiza construcción
apareció la primitiva original fachada, igual perfectamente a la del brazo
Norte, como ya estaba previsto y tal cual deberá quedar en la restauración según
se tiene aprobado”.
El proceso de desmontes estaba previsto en principio solo hasta el piso del
triforio, como había expresado Laviña en la memoria de su proyecto. Pero al
llegar a este nivel, se descubrieron “dos hendiduras verticales, muy
prolongadas, profundas y con dos pulgadas y medio de separación en la fábrica
primitiva, que en aquella época dio origen a la adición de tres arcos pegadizos
a la antigua fachada”
62. Esta sobreportada tenía la finalidad de contener los
empujes y las grietas que puso al descubierto Laviña, y que habían aparecido
súbitamente en 1859, procedían según su opinión, del violento efecto ocasionado
por la sobrecarga de los contrafuertes que levantó Miguel Echano
63:
“Dichas hendiduras quedaron de manifiesto algunos
días con el objeto de que el
público comprendiese la necesidad de proseguir el desmonte hasta la raíz”.
Realmente “hasta la
raíz” llego Matías Laviña con los desmontes, pues en poco
más de medio año logro tocar el pavimento con los derribos hasta recalar en la
rasante del patio de esta fachada meridional
64. Durante los
últimos meses de
1862 se construyeron las cimbras y apeos para desmontar los arcos de las
portadas, operación que se consumó inmediatamente, procediendo después a
desarmar las archivoltas y el tímpano de la portada central; las piezas se
colocaron por orden en el presbiterio de la catedral para facilitar su posterior
reconstrucción. También se derribaron las dos bóvedas bajas que apoyaban en la
fachada y en el contrafuerte del ángulo suroeste y las cinco estatuas de la
portada “de la Muerte”. Con la llegada del invierno se detuvieron las
operaciones que se reanudaron de nuevo el 31 de marzo de 1863 con la elevación
de un andamio de 130 pies de altura para desmontar el Caracol de la Muerte que
se encontraba sumamente inclinado y profundamente debilitado, como ya había
señalado Laviña desde los primeros reconocimientos. Este desmonte comenzó el 20
de abril y el 11 de mayo se extendió por toda la portada hasta llegar, como
dijimos, al nivel del suelo exterior del atrio. El día 16 de junio de 1863,
después de estos ingentes y vastos desmontes, se colocó el primer sillar de la
reconstrucción de todo este brazo meridional que, sin embargo, se iba a
prolongar durante mas de dos decenios.
Las operaciones de desmontes y derribos masivos ejecutados por
Matías Laviña
fueron determinantes para el futuro del edificio. La catedral de León se veía
despojada de numerosos elementos fundamentales de sus fábricas lo que ofrecía la
ocasión, como dijo Demetrio de los Ríos años más tarde, de realizar una
verdadera “restauración arqueológica”. Sin embargo, los problemas de estabilidad
fueron los más alarmantes y se dejaron sentir de modo inmediato al trastocarse
con los desmontes todo el sistema de equilibrio, de empujes y contrarrestos, de
la estructura gótica. Laviña, como veremos, fue incapaz de alcanzar la total
comprensión de este mecanismo de funcionamiento de la construcción gótica. Hasta
la llegada de Juan de Madrazo, con su proyecto y ejecución del encimbrado total
del edificio, la catedral de León vivirá momentos angustiosos que hicieron temer
por su existencia. Las polémicas se desataron con toda su virulencia apenas
consumados por los desmontes, y la labor de derribos y contención de la fábrica
ejercida por Matías Laviña fue cuestionada por segunda vez, aunque ahora de modo
mucho más sistemático y con una repercusión pública mucho mayor, al anunciarse
por Gregorio Cruzada Villamil la ruina total de la catedral de León.
5) GREGORIO CRUZADA VILLAMIL, VIOLLET LE-DUC Y LAS CRÍTICAS AL
“SISTEMA
SEGUIDO EN LA RESTAURACIÓN DE LA CATEDRAL DE LEÓN”.
Con la ampliaci6n en el año 1863 de la línea de ferrocarril desde Palencia
hasta León, las obras de restauración fueron visitadas por un considerable
número de personas interesadas en conocer tan afamado monumento. Entre estos
viajeros se encontraba el director del boletín mensual El Arte en España,
Gregorio Cruzada Villamil. A su vuelta a Madrid después de haber visitado la
catedral de León, Cruzada Villamil publicó un alarmante artículo que abría
expresando contundentemente “el doloroso sentimiento de ver que en muy breve se hundirá por completo aquel
hermosísimo templo si las obras de restauración que
en la actualidad se están haciendo, no siguen otro orden distinto del actual”
65.
La expectación y agitación producida por el
artículo de Cruzada Villamil venían
respaldadas por su carácter de crítico riguroso, de acentuada francofilia, que
apoyaba sus juicios en aspectos técnicos, internos a la propia índole
constructiva del edificio, más allá de las vagas interpretaciones
espiritualistas por entonces tan en boga. Cruzada se ofrecía a demostrar
públicamente a través de la prensa y “con razonamientos basados en el arte de la
construcción ojival”,
“lo desacertado de la actual reconstrucción de la catedral
de León, el inmenso peligro que corren de venir a tierra las naves del crucero,
si no se pone pronto y eficaz remedio”.
Cruzada Villamil proponía como solución llamar urgentemente a Eugene Viollet-le-Duc
para encargarse de la restauración, “porque es la persona más autorizada que se
conoce en el mundo artístico en este genero de construcciones”. Esta apelación
al arquitecto francés no es sorprendente, en primer lugar por el propio cariz y
la magnitud que habían cobrado las obras de restauración tras los desmontes de
Laviña, y en segundo lugar debido a la señalada tendencia de Cruzada Villamil
hacia la estimación de los diversos aspectos de la cultura francesa.
Otro aspecto destacado del articulo de Cruzada Villamil es su evidente tono
polémico, pues no solamente se limitó a presagiar la ruina de la catedral, sino
que también solicitó una explicación por parte del Ministro de Gracia y Justicia
que, como Presidente de la Junta de Reparación de Templos, era el responsable
directo de la restauración de la catedral de León
66.
Las denuncias de Gregorio Cruzada Villamil, expresadas con este tono cortante,
fueron ampliamente acogidas por parte la prensa madrileña, que se encargó de
ampliarlas, de tal modo que rápidamente llegaron a oídos del Ministro de Gracia
y Justicia. La gravedad y resonancia publica que había adquirido el asunto llevó
al Ministro a dirigirse por Real Orden de 28 de noviembre de 1863 a la Academia
de Bellas Artes de San Fernando para que informara
“sobre el sistema que se
sigue en las obras de restauración de la Santa Iglesia Catedral de León”
67. La
Academia emitió un breve informe el 22 de diciembre de ese mismo año formulado a
partir del estudio de los antecedentes existentes en la Academia, de los planos
y explicaciones proporcionados por Matías Laviña, y atendiendo al especial
informe de Narciso Pascual y Colomer, con lo que, después de tres sesiones,
decidió que “no tiene fundamento sólido ninguno la injusta
acusación que se ha
dirigido al modesto y laborioso profesor que dirige aquella importante obra”
68. Además,
entendía que también se estaba cuestionando la valía profesional de la
propia
Academia, pues afirmaba que esas acusaciones “no sólo comprometen la
reputación
de un Arquitecto, sino que afectan a toda la clase y pueden hasta lastimar el
decoro y dignidad del primer cuerpo artístico de España”.
Comprometían hasta tal
punto a la institución académica estas críticas de Cruzada Villamil, que la
Academia de San Fernando aplazaba su definitivo informe hasta que una Comisión
examinara detenidamente el estado de las obras y emitiera un detallado informe
que “ponga las cosas en su verdadero lugar y
señale la responsabilidad a quien
verdaderamente la haya merecido”.
Sin embargo, los escritos polémicos continuaron
después de este primer informe
de la Academia. En León salió a la luz un artículo anónimo en defensa de la
actuación de Matías Laviña el día 4 de diciembre que se orientó a demostrar que
“la fachada que se ha desmontado no tenía gran pureza de estilo”
69. Este articulo fue contestado por Cruzada Villamil en el número de diciembre de su
Boletín y las disputas continuaron durante los primeros meses del año 1864
70.
La cuestión no quedaría definitivamente zanjada hasta que la Academia de Bellas
Artes de San Fernando comisionó a tres de sus más reputados arquitectos, Aníbal
Álvarez, Juan Bautista Peyronnet y José Enríquez y Ferrer, para desplazarse a
León y examinar sobre el terreno el estado de las obras de restauración de la
catedral.
El extenso informe de la Academia se demoró hasta el 22 de marzo de 1865.
Firmado por José Caveda y Nava, como director interino de la Academia, recogía
las conclusiones del detenido examen de la Comisión, cuyo dictamen
“fue aprobado unánimemente por la Academia y hecho suyo en todas sus
partes”
71.
El informe rechazaba las críticas de Cruzada Villamil y sus pretensiones de
llamar a Viollet-leDuc o cualquier otro arquitecto, pues
“a la altura que
alcanzan hoy en España los conocimientos científicos y artísticos, hay muchos
Arquitectos capaces de llevar a cabo la obra con toda perfección e inteligencia
y no hay necesidad de recurrir al extranjero en demanda de otros por más
entendidos que sean”. Sin embargo, el informe es una
exposición de cómo la Comisión, en representación de la Sección de Arquitectura de la Academia,
había
asimilado los principios de comprensión racionalista de la arquitectura gótica
enunciados por Viollet-le-Duc, que son reproducidos de forma casi literal, y sin
excesivas matizaciones, en el informe. Considerada la catedral de León como el
“modelo más perfecto que se conoce de su genero en
España”, es presentada como
ejemplo del “pensamiento más razonado y lógico posible”, de tal modo que
“todas
las partes están relacionadas entre sí de manera que no puede existir ninguna de
ellas sin la cooperación de las demás que forman el conjunto”, en definitiva, en
la catedral de León –decía el informe
académico– “nada sobra y nada falta,
habiéndose conseguido un perfecto equilibrio entre sus diferentes masas”.
A partir de estos principios se realizaba la lectura del edificio y la crítica
a la alteración de su sistema constructivo gótico a partir del siglo XVI,
“sufriendo por el espíritu intransigente de las escuelas
artísticas,
modificaciones y aditamentos tan innecesarios como impropios”; es decir, en un
esquema histórico-crítico que ya señale al mencionar como la visión histórica
propia del momento, impregnada de este “modelo
teorético” de comprensión de la
arquitectura medieval, estaba alumbrando la restauración
del siglo XIX
72.
Este informe de la Academia es de una radicalidad semejante al que
había emitido
con anterioridad al pronunciarse sobre el proyecto de restauración de Matías
Laviña. Pero ahora no solamente justificaba los derribos autorizados por el
Gobierno y ejecutados por Matías Laviña, sino que también la Academia en este
extenso informe estaba trazando el camino que, a grandes rasgos, marcaría el
futuro de la restauración, con la enumeración de todas las operaciones necesarias
para recuperar la pureza de estilo del edificio: el futuro derribo del hastial
occidental venía anunciado al juzgarlo como “la gran balumba de columnas
salomónicas, entablamentos y otras obras gruesas de mucho peso y
de malísimo efecto”, lo mismo que el retablo de
Simón Gavilán, “maderamen
dorado, informe y caprichoso” y, por supuesto, se
volvían a retomar con
recargadas críticas las opiniones de Matías Laviña acerca de la cúpula y hastial
meridional, como justificación de los derribos realizados.
La reconstrucción de los remates de los hastiales
en forma de gablete o “tímpanos
muy agudos”, como realizarán Madrazo y Ríos ya
venía también esbozada en este
informe.
Incluso se apuntaba la posibilidad de realizar trabajos de
“restitución gótica”
de zonas del edificio que, posteriormente, con una opinión más moderada, serían
rechazados en estimación de su valor histórico; se criticaba la
“sustitución por
candelabros el tímpano y torrecillas adyacentes de la fachada del Crucero del
lado del Evangelio, contiguo al claustro procesional, que son del renacimiento
en lugar de la obra primitiva ogival”; esta
eliminación de los candelabros y
jarrones renacentistas por pináculos góticos la encontramos en el dibujo de este
costado norte realizado por Ricardo Velázquez Bosco para la serie Monumentos
Arquitectónicos de España (fig. 33); lo mismo ocurría con las armaduras de
cubierta que deberían seguir el perfil triangular marcado por los gabletes y ser
cubiertas con pizarra, operación esta que, pese a ser propuesta tanto por Juan
de Madrazo como por Demetrio de los Ríos, tampoco se llegó a
ejecutar
73.
En definitiva, dos importantes principios sentaba la Academia con su informe: en
primer lugar, el carácter “lógico y razonado” de la arquitectura
gótica que
debía presidir la restauración, “a fin de que no haya nada arbitrario y
caprichoso sino que todo este justificado por algún ejemplar ya existente de la
misma época e igual estilo”, y, en íntima
unión con este principio, la
afirmaci6n radical de la “unidad de estilo”, pues no se trataba
“de construir
una Iglesia nueva sino de conservar la antigua limpia de las aberraciones en que
por desgracia incurrieron desde el siglo XVI al presente en las obras de su
restauración”.
Este importante informe de la Academia de San Fernando
ponía fin a las polémicas
desatadas por Gregorio Cruzada Villamil y apoyaba con todas sus consecuencias
las operaciones de derribos y desmontes realizadas por Matías Laviña. Pero su
importancia venía también señalada porque suponía el reconocimiento pleno de las
teorías de Viollet-le-Duc para la restauración de monumentos que eran
interpretadas en la más radical de sus posibles lecturas al afirmar el carácter
racional y lógico de la arquitectura medieval hasta el punto de justificar
derribos de todos los añadidos realizados con posterioridad, como
contradictorios a la lógica del edificio
74.
El reconocimiento del arquitecto francés, que
suponía la aceptación
institucional de la arquitectura medieval incorporada en el corpus teórico
académico, tuvo lugar de modo simbólico con el nombramiento de Eugène Viollet-le-Duc
como Académico honorario de la Real de San Fernando en el año 1868
75.
Sin embargo, las obras de reconstrucción emprendidas por
Matías Laviña desde
1863 y su proyecto de reconstrucción del hastial meridional demostrarían que las
críticas vertidas por Cruzada Villamil no eran infundadas: pese a esta apelación
a los principios racionales de la arquitectura gótica invocados por la Academia
en su informe, Matías Laviña evidenció su formación
“clásica”, dentro de los márgenes del
“antiguo y mecánicos de la arquitectura
gótica”, sino también sus
aspectos puramente “arqueológicos” y formales.
El arquitecto que demandaba Gregorio Cruzada Villamil en sus
artículos y que
habría de seguir, desarrollar y superar ampliamente las indicaciones expresadas
por la Academia en su informe, sería finalmente Juan de Madrazo y Kunz. Con sus
proyectos de restauración Madrazo demostraría la inutilidad de acudir al
arquitecto francés por contarse en España con uno de los arquitectos que cada
vez se muestra con mayor relieve como una de las personalidades más interesantes
del siglo XIX español. Pero eso será materia de estudio para otro capítulo.
6) LA OBRA DE RECONSTRUCCIÓN DE
MATÍAS LAVIÑA EN LA FACHADA MERIDIONAL,
(1863-1868).
–
Reconstrucción de las portadas meridionales pasta la galería del triforio.
Después de desmontado todo el brazo meridional de la catedral, con su fachada y
pórtico, la cúpula del crucero y varias de las bóvedas altas, comenzaba a partir
del año 1863 la lenta reedificación de estas partes del edificio. La obra de
reconstrucción de Laviña será escasa, equívoca y denota un acusado
desconocimiento de las formas y funcionamiento mecánico de la arquitectura
gótica.
La actividad de Laviña prácticamente se concentró en los dos primeros años,
puesto que a partir de 1866 los problemas presupuestarios fueron tan acuciantes
que poco se pudo progresar en la reconstrucción. En estas tareas Matías Laviña
se vio auxiliado desde abril de 1863 por Ricardo Velázquez Bosco en funciones de
delineante
76, mientras que la parte
escultórica fue confiada primero a Antonio
Peña y más adelante a Inocencio Redondo y Baltasar Toledo, escultores éstos que
prolongaron su actividad con Juan de Madrazo y Demetrio de los Ríos
77.
La obra de reconstrucción comenzó con bastante
ímpetu, pues, terminados los
desmontes a finales de mayo de 1863, se inició inmediatamente la refundición de
los cimientos de la fachada meridional, regulando la posición de los
“pilares de estribación” de las nuevas portadas, es decir, de tres contrafuertes de los
cuatro en que estriban los arcos de las portadas. Después se continuó con la
obra del grueso de la fachada que a mediados del mes de octubre de 1863 se
encontraba ya “a nueve pies de altura bien cumplidos, unidamente a la escalera
espiral de la Muerte”
78. Al finalizar la temporada correspondiente al año 1863,
se habían elevado cinco hiladas sobre el zócalo de mármol del basamento.
Durante el invierno comenzaron las tareas escultóricas con la labra de ménsulas,
capiteles y doseletes. Ya en el año 1864 se montaron los dinteles de las
portadas, de tal modo que se permitió el paso de uno a otro pilar. Sobre los
dinteles se asentó el gran tímpano historiado de la puerta principal y el primer
orden de dovelas efigiadas. Para finales del año 1864 se cerraban los otros
arcos de las portadas, como
dice el propio Laviña
79:
“Quince meses ha que
comenzó a levantarse la obra nueva y se ha llegado a
colocar la parte antigua de los arcos sobre sólidos machones unidos y completa
mente enlazados con la fachada y llegan a 22 pies de altura”.
En marzo de 1865 se acabaron de sentar las
“dovelas de emparrado y las hojas de yedra, con lo que adquirieron las portadas mayor realce”
80. Se colocó la
cornisa sobre las tres portadas y el enlosado de
la terraza encima. En este mismo año se labraron capiteles para las ojivas de
las ventanas y arranque de los arcos de la nave lateral.
Durante el año de 1866, como ya apuntamos más arriba, comenzaron los problemas
económicos que, sumados al mal tiempo, impidieron continuar las obras de
reconstrucción con el mismo ritmo de los dos años anteriores. Sin embargo, se
consiguió alzar el Caracol de la Muerte
ocho pies por encima del nivel de la terraza, lo mismo que las escaleras de los
dos botareles angulares de los flancos de la fachada. Se comenzó también la
erección de la galena del triforio, trabajos estos que, como veremos, fueron
derribados posteriormente por Juan de Madrazo al demostrar la imposibilidad de
continuar la construcción del hastial meridional con las disposiciones adoptadas
por Laviña para el triforio
81:
“esta parte ya fija del triforio
–decía Laviña
en 1867– aguarda la terminación de algunas piezas de sus principales para su
prosecución”
82.
La escasez de fondos y el progresivo debilitamiento de las fuerzas y la salud
del anciano Matías Laviña se dejaron sentir en 1867. La última memoria
trimestral redactada por el arquitecto aragonés lamentaba esta penuria
presupuestaria para terminar las obras. Al mismo tiempo informaba sobre el
estado de la reconstrucción en los días finales de ese año, situación que será
la que prácticamente encuentre dos años después Juan de Madrazo
83:
“Al día de la fecha se está cubriendo el triforio, los dos pilares fundamentales
están casi al igual en su altura, habiendo solemnizando el día de su patrono,
(San Froilán) subiendo la víspera tres sillares del cuerpo alto del rosetón del
cual están labradas más de la mitad de las piezas”.
Ante la ausencia total de fondos y debido a que el Obispo de
León “había
comprometido su responsabilidad por más de catorce mil escudos”, el Prelado se
dirigió a Matías Laviña el día 17 de octubre de 1867 para que procediera a la
suspensión total de los trabajos. Laviña, en vista de tan apremiante
resolución, interrumpió toda actividad, efectuó el recuento y anotación de los
materiales y pertrechos, y dejó la obra bajo la custodia de tres vigilantes,
“para que cuiden de los materiales esparcidos y ... atender a los movimientos de
las fábricas”, como comunicó oficialmente al Ministro de Gracia y Justicia
84.
Los trabajos quedaban detenidos en un punto
crítico, con la falta de enlace
entre las partes nuevas y viejas y con el crucero y varias zonas de la nave
precariamente apoyadas en “puntales y armaduras de madera que sufren ya siete años la inclemencia y variaciones
atmosféricas con el deterioro y torcimiento
vicioso consiguiente”.
El Obispo se dirigió de modo confidencial al Ministro de Gracia y Justicia y ya
presagiaba la pronta sustitución de Matías Laviña que
“adolece hoy –decía el
Prelado– de cierta falta de actividad a causa de la edad y achaques que padece”,
por lo que solicitaba que en la primavera del año siguiente se visitaran las
obras “por personas de igual competencia que la del Señor Laviña, y se viese de
adoptar algún aventajado sistema especialmente en lo mecánico que diese más
resultados”
85. La siguiente
comunicación dirigida por el Prelado leones al
Ministro de Gracia y Justicia fue el 24 de enero de 1868 para comunicarle el
reciente fallecimiento del “probo y acreditado Director
Académico de la Real de
San Fernando D. Matías Laviña Blasco”. El estado especialmente delicado en que
se encontraban los trabajos requería el nombramiento acelerado de un nuevo
arquitecto para una “restauración en que se cruza la honra
artística de la
Nación y el interés público, que está consignado en el sentir de cuantos conocen
o han oído hablar de la Catedral de León”
86.
–
El fracaso del proyecto de Matías Laviña para la reconstrucción del hastial
del sur.
Matías Laviña concentró todos sus esfuerzos en la
edificación de la fachada
meridional. Su pensamiento era culminar la reconstrucción de este lienzo desde
la altura del atrio del edificio hasta el coronamiento del hastial. Su obra, como acabamos de ver, quedó detenida una vez
cubierta la galena del triforio, cuando se disponía a armar el rosetón, si bien
esta galena sería desmontada posteriormente por Juan de Madrazo.
El proyecto completo de fachada meridional fue un trabajo que ocupó a
Matías
Laviña durante gran parte de su período al frente de las obras de restauración.
Desde septiembre de 1861, en plena operación de desmonte de la cúpula, tomaba
los primeros apuntes para este proyecto y daba a entender que ya tenía formada
la concepción básica de las trazas que elaboró posteriormente
87:
“Voy
ocupándome de mediciones y detalles para la reconstrucción de la fachada
Sur que será una copia exacta de la del Norte, salvo en su frontón, que me
prometo bajo la aprobación de la Academia habrá de llenar los deseos, no sólo de
los entendidos, sino también de los muchos que van comprendiendo la estimación
que se merece esta última fachada, envuelta entre escombros y oculta en los
desvanes de los tejados, malamente enlosados”.
El proyecto no lo finalizaría hasta el 20 de noviembre de 1863, fecha en que lo
envió al Ministerio de Gracia y Justicia, que a su vez, el 15 de enero de 1864,
remitió los planos de Laviña a la Academia de San Fernando para que emitiera su
informe
88.
La Academia no se pronunció sobre el proyecto de Laviña sino hasta
después de
más de un año de haber recibido los planos, pues su informe lleva fecha de 28 de
marzo de 1865. Esta demora se explica por coincidir con el examen de la Comisión
inspectora de las obras de restauración, cuyo informe se envió al Ministerio tan
sólo seis días antes de dictaminar sobre el proyecto de fachada sur, y también
este retraso se debió seguramente al juicio necesariamente negativo que expresó
la institución académica, lo que provocó ciertos contactos con el arquitecto
antes de ser adoptada la terminante decisión de rechazar el proyecto.
En efecto, en el informe de la Comisión que visitó las obras de
restauración,
pese a evaluar positivamente el “sistema” seguido por
Matías Laviña en la
restauración, se apuntaba claramente que “la
terminación de las fachadas
principales y de los brazos del crucero deben hacerse por tímpanos muy agudos
adornados con crestería, abriendo un rosón en el centro de cada uno de ellos
para aligerar estos muros y dar ventilación a la armadura de la nave
longitudinal y transversal más elevada de la obra, y en cuyos tímpanos debe
apoyarse y terminar la armadura a dos aguas de esta parte de las fábricas”
89.
Este criterio rector expresado por la Academia choco frontalmente con la
propuesta de reconstrucción elaborada por Matías Laviña. Los dos planos enviados
por el arquitecto aragonés al Ministerio consistían en el proyecto de
reconstrucción propiamente dicho (fig. 31) y en el alzado con la reproducción
del estado de esta fachada meridional antes de proceder a su desmonte (fig. 32)
90.
El proyecto de Laviña muestra la reedifcación del
pórtico tal como efectivamente
se llevó a cabo, y la de los arbotantes y botareles de contrarresto a ambos
costados de las portadas laterales; por encima de la terraza del pórtico abre la
galería del triforio y sobre ella se levanta el gran rosetón del lienzo de
fachada que, tal como anticipaba en 1861, eran ambas partes una reproducción
exacta de la fachada septentrional, “la cual
–decía Laviña– ha sido fielmente
copiada en cada uno de sus cuerpos y en todos sus detalles”
91. La parte más
discutible del proyecto de Matías Laviña se centraba en el remate del hastial.
Aquí, como el mismo decía, “la Dirección ha separado la vista del
frontón
existente en el otro testero Norte”. En lugar gablete o
“tímpano o frontón muy
agudo” prescrito por la Academia, Laviña adoptó como remate una arcada a modo de
galena abierta; así explicaba Matías Laviña su proyecto de remate del hastial:
“... ofrecer a V.E, como proyecto de coronación la
galería superior ...
terminada por dos torretas cuyos chapiteles cubren con toda propiedad las
escaleras practicadas en lo interior de los machones, y la amparan dándola
variedad correlativa, y a la vez que sirven de paso para comunicar en los
andenes practicados sobre el cornisón, evita el andar por las vertientes del
tejado, con notable deterioro y exposición consiguientes”.
Esta galería abierta fue considerada por la Academia de San Fernando como un
anacronismo: “la terminación en línea horizontal pertenece a la tercera
época de
la Arquitectura ogival o gótico florido”
92.
Matías Laviña se vio obligado a argumentar las razones que le
habían llevado a
desechar el remate en forma de gablete que, “arqueológica y funcionalmente”, era
el que correspondía a un cerramiento de fachada de un edificio gótico. Laviña
denota en sus juicios desconocer totalmente las catedrales góticas francesas,
filiación estilística de la catedral de León, y que su único punto de referencia
fue el contiguo hastial septentrional. Laviña sabía que el gablete del hastial
del norte se construyó en el año 1444 por lo que “pertenece a la
época del Gótico
Florido y carece de la armonía que presentan los monumentos contemporáneos”,
cuando en realidad, pese a esta tardía fecha, este gablete septentrional
conservó básicamente la disposición triangular observable en los edificio
góticos del siglo XIII, como señalaron los arquitectos posteriores. Además, ya
en informes anteriores, había considerado el “frontón” del norte una estructura
poco estable, como manifestaba desde 1862
93:
“... su excesiva pesantez,
además de gravitar sobre el esbelto rosetón,
alzándose cincuenta pies sobre la cornisa general y recibiendo los embates de
los recios vientos, tiende a desunir las partes laterales como se advierte en
las escaleras de ambos costados y contribuye a que las aguas llovedizas se
infiltren por las grietas que produce la oscilación”.
Sin embargo, la Academia desestimó estas consideraciones y antes de emitir su
decisión definitiva invitó a Matías Laviña, por mediación de Juan Bautista
Peyronnet, a acudir a la Sección de Arquitectura de la Academia para explicar
detalladamente las razones que le indujeron a rechazar el
“frontón” triangular.
Matías Laviña se excusó por motivos de salud y escribió una carta a Peyronnet en
la que insistió en que el perfil horizontal resuelto con una galería abierta era
el más indicado “para establecer un tránsito continuado en toda la
coronación de
la fabrica que quedaba interrumpido en ambos frontones”
94.
La Academia se vio obligada a rechazar el proyecto de
Matías Laviña: “el
Arquitecto Director deberá, pues, hacer en concepto de la Academia, un nuevo
trazado ... donde evite con el mayor cuidado la falta de unidad artística que
demuestran los dos trabajos”
95.
Matías Laviña cuando recibió esta resolución de la Academia, tenía ya
sumamente debilitadas sus fuerzas y, en los dos años que aún permaneció al
frente de las obras, se vio impotente para rehacer el proyecto de fachada
meridional. Las indicaciones de la Academia serían retomadas años después por
Juan de Madrazo que, a lo largo de tres proyectos de reconstrucción, cumplimentó
con destacado acierto las pautas señaladas en el informe.
7) FALLECIMIENTO DE MATÍAS LAVIÑA EN 1868.
SIGNIFICACIÓN DE SU OBRA DE
RESTAURACIÓN.
El rechazo del proyecto de Matías Laviña para la fachada meridional, debido a
esa “falta de unidad”
señalada por la Academia, era el más claro reconocimiento
de la incapacidad del anciano “arquitecto del antiguo sistema” para discernir y
encerrar en una unidad conceptual la arquitectura gótica.
La obra más perdurable de Matías Laviña en la catedral de
León quedo
identificada con las arriesgadas y diestramente gobernadas operaciones de
derribos y desmontes. Así fue señalado por los autores posteriores que
detectaron las contradicciones de los proyectos y obras de Matías Laviña.
Vicente Lampérez y Romea, célebre medievalista formado en la catedral leonesa
como ayudante de su suegro Demetrio de los Ríos, evaluaba en este sentido la
contribución de Matías Laviña: “la verdadera importancia de los trabajos de Laviña en la restauración de la Catedral leonesa consiste en las demoliciones
que efectuó, dejando el campo preparado para empresas más gloriosas”
96.
Quizás quien más certeramente puso de relieve la falta de
comprensión de la
estructura general del templo leonés por Matías Laviña fue Juan Bautista Lázaro.
Para Lázaro, Laviña era un arquitecto “encariñado con las formas y los
procedimientos de la arquitectura clásica”, y desde esta ofuscada
dimensión le
fue imposible llegar a penetrar en el entendimiento de los principios
característicos de la arquitectura
medieval
97:
“El principio de elasticidad y de las fuerzas vivas a que responde la estructura
gótica era para el desconocido ya que no vicioso y rechazable en buena práctica
de construcción, y la viril libertad de los procedimientos, no sometidos a vanos
preceptos de simetría y formalismo, teníalos por descuidos y atropellamientos
hijos de la pobreza de medios y apresuramiento con que, a su juicio, se habían
llevado a cabo las obras”.
Vemos como estas interesantes palabras están alumbrando una nueva concepción de
la arquitectura gótica sustentada en esos principios de la
“elasticidad” y de
“las fuerzas vivas” que
serán los que Juan de Madrazo asuma para apoyar
teóricamente su sistema de encimbrado. Este sistema ideado por Madrazo debió
realizarse ante la insuficiencia de los medios dispuestos por Matías Laviña para
contener los descompuestos empujes y proporcionar los procedimientos adecuados
para la reconstrucción.
Como indicaba Juan Bautista Lazaro, los principios de
“simetría” y
"formalismo", propios de la doctrina clásica, fueron el espejo deformante desde
el que Matías Laviña contempló y criticó a la catedral de León. Los defectos
constructivos del edificio gótico surgían por comparación con los métodos
empleados en la construcción romana: tomando al anfiteatro Flavio como ejemplo
de “buena construcción”, puso Laviña el acento en el defectuoso asiento de los
sillares de los pilares de la Catedral para explicar su incurvamiento,
“que a
buen seguro no tendría si los asientos y los tendeles se hubiesen hecho según los
ejemplos de las más antiguas construcciones”
98. Tampoco
comprendió, como
señalaba Lázaro, la causa de las diferencias que notó al reponer las dovelas de
las portadas, pues se empeñó en rectificar y regularizar los vanos de las
mismas. Demetrio de los Ríos señaló los errores cometidos por Laviña al reconstruir las
bóvedas bajas de la naves del crucero que había desmontado
99: una
de ellas mostraba “un arranque que acusa la idea más ajena a la estructura y
construcción de la especie de bovedaje propia del Templo”, pues en ella
Laviña
empleaba una bóveda de arista, así como un aparejo de sillería de gran dovelaje,
muestras claras, como decía Ríos, del “prurito de grecorromanizar la Iglesia
Legionense”. La desacertada reconstrucción del triforio sería puesta de relieve
por Juan de Madrazo que, como he venido diciendo, se vio obligado a derribar la
galena levantada por Laviña. El intento de reconstruir la cúpula en el crucero
del templo y los anacronismos y desajustes funcionales de su proyecto de remate
de la fachada meridional no pudieron ser pasados por alto por la Academia de San
Fernando.
Estos desaciertos denotan el profundo poso de la doctrina
clásica en un
arquitecto que no fue capaz o no se interesó en descifrar y valorar la
arquitectura gótica de acuerdo con las nuevas estimaciones emocionales que había
aportado el Romanticismo o, sobre todo, con las claves del análisis estructural
que estaba convirtiendo en “sistema” y
“método” el racionalismo
francés. Su obra
se enmarca en un momento de especial interés en la cultura arquitectónica
española; los nuevos planteamientos sobre la arquitectura medieval llevaban un
camino de progresión irresistible y así lo hemos visto en los informes de la
Academia que se esforzaron por trazar el camino a Matías Laviña. Las nuevas
generaciones de arquitectos tomarán a la arquitectura medieval como un punto de
referencia crucial en el nuevo alcance de la reflexión sobre el estilo, tema
clave del pensamiento arquitectónico en la segunda mitad del siglo XIX. La
restauración de la catedral de León se convertirá en el foco de interés para
demostrar de modo privilegiado el carácter esencialmente
“razonado” y
“lógico”
de la arquitectura gótica.
En cuanto al futuro del edificio, la actividad de
Matías Laviña fue crucial. El
arquitecto aragonés, como hemos visto, recibió el edificio en un estado
sumamente delicado y grave. El detallado análisis de las causas de su ruina y el
proceso de desmontes fueron las facetas en las que Laviña se mostró más
certero, demostrando sus dotes de “laborioso y observador arquitecto”,
como reconoció Lázaro. Los derribos, pese a ser sumamente polémicos y fuertemente
criticados por un historiador como Street, fueron una decisión radical,
profundamente meditada, que no ha de ser enjuiciada a la ligera, sino solamente
a la luz de los detallados exámenes y la demostración de la inestabilidad. del
edificio efectuados por el concienzudo Matías Laviña. La catedral de León, tras
los desmontes, iniciaba una nueva etapa de reconstrucción,
“dejando el campo
preparado para empresas más gloriosas”, como mencionaba Vicente Lampérez.
____________
1
Demetrio de los RÍOS, La Catedral de León. t. II; p. 48.
2 Juan Bautista LÁZARO, “La Catedral de León”.
Primera conferencia.... A.D.C.I.
Madrid, 10 de julio de 1886; año XI; n° 13; p. 194.
3 Vicente LAMPÉREZ Y ROMEA, “La restauración de la Catedral de León”. A.C.
Barcelona, 8 de enero de 1901; t. V; n° 93; p. 10.
4 Catalina CANTARELLAS CAMPS, “La intervención del arquitecto Peyronnet en la
Catedral de Palma”. Mayurqa. Palma de Mallorca, 1975; n° 4; pp. 185-213.
5 Nieves PANADERO PEROPADRE, “La restauración de San Jerónimo el Real por
Narciso Pascual y Colomer”. Revista de Arte Goya; Madrid, noviembre-diciembre
1989; n° 213; pp. 161-171.
6 Una buena parte de las informaciones
biográficas de Matías Laviña las tomamos
del prólogo a su obra sobre la Catedral de León redactado por Manuel M.
Fernández y González. Véase también Pedro NAVASCUÉS, Arquitectura y arquitectos
madrileños del siglo XIX. Madrid, 1973.
7 Manuel M.
FERNÁNDEZ. “Prólogo...” p. 10.
8 A.A.S.F. sig. 308-16\3.
9 No insisto en el desarrollo de esta
temática. Véase Est. intr.
10 Véase V.1 y VI,
I.
11 Matías Laviña mantuvo cordiales relaciones con Antonio Ibarrola como se
desprende del trato amistoso de la correspondencia que cruzaron, hasta el punto
de hacerle Laviña confidente del avance de los trabajos y de los enojosos
problemas suscitados por sus primeras intervenciones. Este correo se conserva en
el Archivo General de la Administraci6n del Estado, agrupados en el mismo
legajo; por consiguiente, en las citas referidas a esta correspondencia me
remito siempre a la misma signatura: A.G.A. (E. y C.), C.8.053, Lg. 8.841, Exp. n° l.
12 Matías Laviña a Antonio Ibarrola.
León, 27 de mayo de 1859.
13 La descripción de los trabajos de reconocimiento realizados para la
comprobaci6n de la cimentación en la zona del caracol de la Muerte, junto con
los resultados y conclusiones obtenidos de los mismos, se encuentran expuestos
en una relación de 9 de junio de 1859 que Matías Laviña envió adjunta a Antonio
Ibarrola en carta de la misma fecha. Estos trabajos, según se desprende de esta
relación, consistieron en la excavación de una zanja desde el ángulo del
basamento del botarel deteriorado, con unas dimensiones de 4 pies de ancho (“el
correspondiente a dos filas del enlosado del pavimento del atrio”) y 27 pies de
largo. Como resultado de esta calicata se encontró la siguiente cimentación:
“una cepa, o sea un aumento de fábrica que en varios resaltes va proyectando
fuera de la plomada, o vivo del machón hasta 7 pies, 5 pulgadas y llega a 13
pies de profundidad, al llegar a la cual se ha encontrado un manto explanado y
terso de hormigón muy compacto y de una dureza extraordinaria, cuya extensión no
solo llena el largo de los 27 pies que tiene la zanja sino que prosiguiendo aún
más ha parecido superfluo indagar su último extremo. Taladrado el hormigón se ha
encontrado del espesor de más de 6 a 8 pulgadas, porque tendido sobre un terreno
irregular no puede apreciarse éste con exactitud. El terreno sobre el que fue
extendido dicho hormigón se compone de arena gruesa o llámese grava con
guijarros o cantos rodados formando un amasijo natural, compacto,
excelente, y muy apropiado para recibir la carga más colosal”.
14 Matías Laviña a Antonio Ibarrola.
León, 2 de junio de 1859.
15 Matías LAVIÑA, La Catedral de
León, p. 32.
16 Ya vimos como Demetrio de los
Ríos estableció en la desigual cimentación de
la fábrica una de las causas de la ruina de la catedral. Véase, I,1 y VI,2.
17 Véase cap. I. Esta
crítica que realizaba Matías Laviña de la estructura gótica
fue presentada por Juan Bautista Lázaro como una prueba del desconocimiento por
parte de Laviña de los principios mecánicos de la función y comportamiento de la
construcción gótica.
18 Matías LAVIÑA. La Catedral de
León, p. 70. Para mayor conocimiento de la construcción de los pilares véanse los pianos trazados por Demetrio de los
Ríos;
VI,3.
19 Matías Laviña a Antonio Ibarrola. León, 2 de junio de 1859.
20 Véase cap. II.
21 Matías Laviña a Antonio Ibarrola.
León, 5 de junio de 1859. En esta fecha
Laviña no parecía aún muy informado de la historia de construcción de la cúpula
pues la data de “mediados del pasado siglo”.
22 Matías Laviña a Antonio Ibarrola.
León, 9 de junio de 1859.
23
Matías Laviña a Antonio Ibarrola. León, 19 de junio de 1859.
24
Matías Laviña a Antonio Ibarrola. León, 26 de julio de 1859.
25 Matías
Laviña a Antonio Ibarrola. León, 29 de julio de 1859.
26 Es decir, unos 338.465 kilogramos, de los que cargaban al aire unos 179.071.
27
Matías Laviña a Antonio Ibarrola. León, 29 de julio de 1859.
28 Matías
Laviña a Antonio Ibarrola. León, 3 de agosto de 1859.
29 Ap. doc. 1.
30 Matías LAVIÑA,
La Catedral de León, p. 56.
31 Ap. doc. 2.
32 Matías Laviña a Antonio Ibarrola. León, 3 de agosto de 1859.
33 Matías Laviña a
Antonio Ibarrola. León, 11 de agosto de 1859.
34
Matías Laviña a Antonio Ibarrola. León 18 de diciembre de 1859.
35
Informe de Matías Laviña. León, 19 de noviembre de 1859. A.A.S.F. Lg. 42-1/2.
36 Matías LAVIÑA, La Catedral de León. p. 57.
37 Estos artículos, seguramente publicados en el diario local El Anunciador
Leonés, no se conservan. Su contenido aproximado se puede conocer por una carta
enviada por Matías Laviña a Antonio Ibarrola, fechada el 26 de
julio de 1859.
38 Como es sabido, los
títulos de arquitecto debían ser obligatoriamente
expedidos por la Academia y más aún este título era necesario para realizar
cualquier intervención en un edificio que se hubiera declarado Monumento
Nacional. Véase, V,7.
39
El contenido de esta carta, de fecha 8 de agosto de 1859, lo trasladó Laviña
a Antonio Ibarrola el día 11 del mismo mes, con una explicación de los
pormenores de la disputa.
40 “El Arquitecto”,
El Anunciador leones; 10 de agosto de 1859; año II, n° 122. “... el titulo de que goza el Sr. Martín de Ochoa es una
excepción poco común
que S.M. le ha concedido atendiendo a sus estudios y conocimientos. Mis
atribuciones se extienden no solamente a proyectar, dirigir y edificar obras de
utilidad publica y particular, sea
de la clase que fueran, sino que puedo ejecutar cuantas operaciones pertenezcan
a las ciencias físico-matemáticas”.
41
Martín de OCHOA, Proyecto de consolidación de la Catedral de León. León, 29
de abril de 1859. A.G.A. (E. y C.), C. 8.053, Lg. 8.841, Exp. n° 1. Este proyecto,
remitido antes del nombramiento de Arquitecto director para las obras de
restauración, tendría la intención. de presentarse como una propuesta de
nombramiento en su persona.
42
Véase cap. II.
43
La alternativa de “conservación” presentada por
Matías Laviña en su proyecto
de 22 de diciembre de 1860 no difería mucho de estas operaciones de
embarramientos y atirantados, propuestas por Ochoa, como veremos en el siguiente
epígrafe.
44
Martín DE OCHOA, Proyecto de reparación...
45
Martín DE OCHOA, “Temores sobre el derribo de los chapiteles que rodean la
copula de la Catedral”; El
Anunciador leonés.
46 Martín DE OCHOA, “"Temores...”
47 El proyecto de Martín de Ochoa había sido remitido por el Ministerio de
Justicia, ya antes de las polémicas a informe de la Academia de San Fernando que
lo desestimó argumentando que “los medios que propone no pueden ser aceptables
... porque no remedian el mal, y (1a aplicación de los atirantados) no daría
resultado para contener el
empuje de los arcos torales que es donde está el mal”. A.A.S.F. sig. 2-32\5.
48 El proyecto de Matías Laviña puede consultarse en una copia autentificada por
el Secretario de la Academia de San Fernando, Eugenio de la Cámara, conservada
en el Archivo de esta institución. A.A.S.F. sig. 42-1\2. De esta copia están
extractadas las referencias del proyecto.
49 Véase I, 1.
50 A.A.S.F. sig. 42-1\2.
51 Informe de la Academia de San Fernando sobre el Proyecto de
restauración de
la Catedral de León formado por el arquitecto Matías Laviña. Madrid, 10 de mayo
de 1861. A.G.A. (E. y C.), C.8.053, Lg. 8.841, Exp. n° 1. (Expediente n° 11 de la
Academia de San Fernando. A.A.S.F. sig. 42-1\2).
52 Esta intención de Matías Laviña de volver a levantar una cúpula en el crucero
de un templo gótico es una prueba más, muy evidente, del desconocimiento de los
principios arquitectónicos de la arquitectura gótica, pues, como apuntaba la
Academia, era éste un elemento constructivo que “ordinariamente no tuvieron en
su origen los
(edificios) del género vulgarmente llamado gótico”.
53 Esta
“bóveda de crucería gótica” que la Academia
prescribía se levantase en el
crucero de la catedral fue la opción que finalmente se realizó, si bien,
amparándose en ese mismo “purismo arqueológico”, Demetrio de los
Ríos propuso
tímidamente, sin llegarlo a formular como proyecto,
“mejorar” el edificio con la
construcción de una flecha en el crucero, rasgo clave de la
“catedral gótica
ideal”, a ejemplo de la multitud de flechas que se elevaron en Francia durante
el siglo XIX. Véase, VI, 3.
54 A.A.S.F. sig. 42-1\2.
55 Matías LAVIÑA, La Catedral de
León. p. 75.
56
Matías Laviña a Antonio Ibarrola. León, 5 de septiembre de 1861.
57 Ap. doc. 4
y 5.
58
Matías LAVIÑA, La Catedral de León. p. 67.
59 Ap. doc. 6.
60
Véase cap.II.
61
Matías LAVIÑA, Memoria trimestral dirigida al Ministerio de Gracia y Justicia.
León, 28 de noviembre
de 1862. A.A.S.F. sig. 42-1\2.
62 Matías LAVIÑA, La Catedral de León. p. 71.
63 Matías LAVIÑA, La Catedral de León. p.71.
Véase Ap. doc. 7.
64 Matías LAVIÑA,
La Catedral de León. pp. 71-75.
65 Gregorio CRUZADA VILLAMIL,
“Restauración de la Catedral de León”.
El Arte en España. Madrid, 19 de noviembre de 1863; n° XIX; año II; p. 29.
66 Esta dependencia administrativa del expediente de obras de
restauración en
el Ministerio de Gracia y Justicia, por su carácter de edificio religioso, era
criticada, quizás un tanto subrepticiamente, por Cruzada Villamil al afirmar que
el Ministerio de Gracia y Justicia, “al llamar a sí el expediente, exime a la
obra de toda vigilancia artística”, lo que no era verdad en su totalidad, pues
como hemos visto la Academia de San Fernando actuó como órgano consultivo con
fuerza vinculante; lo cierto es que Cruzada proponía una mayor racionalización
administrativa en materia de restauración de monumentos religiosos, alejándolos
de cualquier tutela eclesiástica en beneficio de un mayor control estrictamente
artístico vinculado a “las comisiones de monumentos, la Academia, y el negociado
de Bellas Aries del Ministerio de Fomento, verdaderas autoridades en este linaje
de asuntos”, es decir, como años más tarde
polemizaría Juan de Madrazo, en la
misma línea ideológica “positivista” o
“naturalista” que Cruzada, se trataba
de considerar las restauraciones como una empresa esencialmente
“laica”,
“artística”
y “científica”.
67 A.A.S.F. sig. 42-1\2.
68 Informe de la Academia de Bellas Artes de San Fernando
sobre el sistema
seguido en la restauración de la catedral de León. Madrid, 22 de diciembre de
1863. A.G.A. (E. y C.), C.8.053, Lg. 8.841, Exp. n° 1.
69 El Eco de León. León, 4 de diciembre de 1863; año IV; n° 364.
Según refiere
Matías Laviña en su Memoria de 1867 la polémica desde las páginas del Eco de
León la sostuvo el arquitecto Aquilino Rueda, director del Instituto provincial
de León. Matías LAVIÑA, La Catedral de León. p. 83.
70 Véase Gregorio CRUZADA VILLAMIL,
El Arte en España. Madrid, 24 de diciembre.
de 1863; año II; n° XX; pp. 33-34. y los artículos del Eco de León, 8 de enero de
1864; año V; n° 374; 2 de febrero de 1864; n° 381 y 19 de febrero de 1864; n° 383.
71 Informe de la Academia de San Fernando sobre la
restauración de la catedral
de León, emitido en cumplimiento de la Real Orden de 28 de noviembre de 1863.
Madrid, 22 de marzo de 1865; 25 pp. A.G.A. (E. y C.), C.8.053, Lg. 8.841, Exp. n°
1.
72 Véase cap. I.
73 Véase V, 4 y VI, 3.
74 La Academia, en su deseo de demostrar que no era necesario acudir a la ayuda
extranjera debido al conocimiento en España de la arquitectura medieval, parece
interpretar el “modelo” de
explicación de la arquitectura gótica de un modo
excesivamente literal, sin entrar en matizaciones detalladas, necesarias
atendiendo a la originalidad especial del edificio que estaban examinando.
75 Viollet-le-Duc fue propuesto como
Académico honorario de San Fernando en
sesión celebrada el 23 de junio de 1868 con la conformidad de Valentín Cardereda,
José Amador de los Ríos, Pedro de Madrazo y Francisco Jareño. Viollet contestó
con una carta con fecha 21 de junio de 1868 en que aceptaba el nombramiento y
enviaba a la
Academia algunos ejemplares de sus obras. A.A.S.F. sig. 53-4\1.
76 Ya desde los primeros momentos de su
dirección, Matías Laviña solicitó al Gobierno el auxilio de un delineante, si bien la Academia se vio imposibilitada a
responder a estas demandas, debido a “la escasez de jóvenes dedicados a aquella
especialidad”. Félix María Gómez, nombrado por Real Orden de 4 de julio de 1859,
renunció al cargo el día 12 de ese mismo mes “por circunstancias particulares”.
Poco antes de finalizar con los desmontes, Matías Laviña volvió a solicitar de
nuevo un delineante; Ricardo Velázquez Bosco fue nombrado el 7 de abril de 1863, “con la obligación de ocuparse seis horas al
día en la delineación, asistiendo
además a los replanteos, plantillajes e inspección de los trabajos mecánicos de
los operarios, hasta el completo de diez horas diarias”. A.G.A. (E. y C.)
C.8054, Lg. 8842.
77 Antonio Pena fue nombrado
“escultor adornista” el 6 de abril de 1864 con un
sueldo de 20.000 reales de vellón anuales y se dedicó a las tareas escultóricas
del pórtico sur, capiteles y repisas de las portadas y fajas ornamentales de las
archivoltas, hasta, que, debilitada su salud, se trasladó a Sevilla. A.G.A. (E.
y C.) C.8054; Lg. 8842.
78 Informe de Matías Laviña al Ministro de Gracia y Justicia.
León, 18 de
octubre de 1863. A.A.S.F. sig.42-1\2.
79 Matías LAVIÑA, Breve
reseña de las vicisitudes de la Catedral de León y
estado de su restauración, dirigida al Ministro de Gracia y Justicia. Madrid, 21
de diciembre de 1864. A.G.A. (E. y C.), C.8054; Lg. 8842.
80 Matías LAVIÑA, La
Catedral de León. p. 81.
81 Véase V, 4.
82 Matías LAVIÑA, La Catedral de
León. p. 87.
83 Matías LAVIÑA, Memoria trimestral dirigida al Ministro de Gracia y Justicia.
León, 7 de octubre de
1867. A.G.A. (E. y C.), C.8054, Lg. 8842.
84 Comunicación de la
Dirección facultativa para la reparación de la Catedral de
León al Ministro de
Gracia y Justicia. León,18 de octubre de 1867. A.G.A. (E. y C.), C.8054, Lg. 8842.
85 Comunicación confidencial del Obispo Calixto de
León al Ministro de Gracia y
Justicia. León, 26 de
octubre de 1867. A.G.A. (E. y C.), C.8054, Lg. 8842.
86 Comunicación del Obispo Calixto de
León al Ministro de Gracia y Justicia. León, 24 de enero de 1868.
A.G.A. (E. y C.), C.8054, Lg. 8842.
87 Matías Laviña a Antonio Ibarrola.
León, 5 de septiembre de 1861.
88 A.A.S.F.
sig. 42-1\2.
89 Informe de la Academia de San Fernando sobre la
restauración de la catedral de
León, emitido en cumplimiento de la Real Orden de 28 de noviembre de 1863. Madrid, 22 de marzo de
1865; 25 pp. A.G.A. (E. y C.), C.8.053, Lg. 8.841, Exp. n° 1.
90 Estos dos planos se encuentran en la Escuela
Técnica Superior de Arquitectura
de Madrid. La “memoria” correspondiente al proyecto
consistía en dos breves
páginas manuscritas explicativas del proyecto: Remisión del proyecto de
reconstrucción de la fachada meridional de la Catedral de León al
Ministro de Gracia y Justicia. A.A.S.F.
sig. 42-1\2.
91 A.A.S.F. sig. 42-1\2. Juan de Madrazo, con un
análisis comparativo más
detallado del hastial del norte, demostraría la imposibilidad de realizar una
reproducción literal de sus disposiciones para la reconstrucción del hastial
meridional, de tal modo que, con un agudo estudio analítico, convierte las
relaciones de “identidad” entre ambos hastiales en unas más sutiles relaciones
de “analogía”.
Véase V, 4.
92 Informe de la Academia de San Fernando sobre el proyecto de
reconstrucción de
la fachada meridional de la Catedral de León. Madrid, 28 de marzo de 1865. A.G.A.
(E. y C.), C.8053, Lg. 8841, Exp. n° 1.
93 Informe trimestral de la
dirección facultativa de las obras de restauración
de la Catedral de León dirigido al Ministro de Gracia y Justicia. León, 28 de
noviembre de 1862. A.A.S.F. sig. 42-1\2.
94 Carta de Matías Laviña dirigida a Juan Bautista Peyronnet.
León, 16 de enero
de 1869. A.A.S.F. sig. 42-1\2.
95 Informe de la Academia de San Fernando. Hay que hacer notar que la Academia
consideró el alzado en el que Laviña reproducía el estado de la fachada antes de
la demolición como una propuesta o proyecto de reconstrucción del mismo, que
rechazó, pues “pertenece en gran parte al siglo XVI y es del Renacimiento toda
su terminación superior”; llama la atención esta
estimación de la Academia si
atendemos a la leyenda que acompaña a los dos planos trazados por Laviña y que
citamos anteriormente donde deja claro que este alzado solo tiene carácter de
referente del
estado anterior al derribo.
96 Vicente LAMPÉREZ Y ROMEA,
“La restauración...” A. C.; p. 10.
97 Juan Bautista
LÁZARO, “La Catedral...” Primera conferencia... A.D.C.1. p. 194.
98 Matías LAVIÑA, La Catedral de León. p. 76.
99
Demetrio de los RÍOS, Breve reseña... (1880), s.p.