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CAPÍTULO I
HISTORIA DE LA CATEDRAL
Y RESTAURACIÓN
ARQUITECTÓNICA
"Si cualquier Catedral del mundo puede considerarse como un legado a las
generaciones futuras, destinadas fatalmente a restaurarlas de continuo, la de
León, por sus espacialísimas circunstancias, está, más que ninguna otra, sujeta
a esta ley ineludible de todo edificio en general, y de las Catedrales muy
señaladamente ".
Demetrio de los
Ríos, La Catedral de León. Madrid, 1895; t. II; p.6.
1) LAS CAUSAS DE LA RUINA DEL EDIFICIO
SEGÚN LOS ARQUITECTOS RESTAURADORES.
La actividad restauradora del siglo XIX alumbra la peculiar figura del
“arquitecto-arqueólogo”. En el dilatado proceso de
restauración arquitectónica
de la catedral de León cada una de las alteraciones de sus fábricas está
sustentada en un estudio histórico-constructivo y artístico, más o menos amplio,
de las partes sometidas a restauración. Además de estas
“memorias”
históricas
comprendidas en los proyectos e informes, el deseo de los arquitectos
restauradores de agrupar los conocimientos acumulados a lo largo de años de
observaciones y estudio detenido del edificio nos legó dos extensas monografías
póstumas sobre la catedral de León, como fueron la redactada por Matías Laviña
1 y, muy especialmente, la valiosa obra en dos
volúmenes de Demetrio de los Ríos
2. Juan de Madrazo
también expuso en un polémico opúsculo sus opiniones acerca
del proceso constructivo de la catedral
3 y Juan Bautista
Lázaro pronunció dos
extensas conferencias acerca de la catedral de León y su restauración en la
Sociedad Central de Arquitectos, años antes de ser nombrado director de las
obras de restauración
4.
Estas reflexiones históricas son
también el reflejo de la evolución de los
estudios histórico-artísticos en España a lo largo del siglo. Desde las
primeras aproximaciones de Matías Laviña hasta la documentada obra de Demetrio
de los Ríos, se produjo un notable incremento cuantitativo en el número de
publicaciones de historia del ante, al tiempo que el positivismo, el rigor del
hecho documental, se impuso como método de investigación histórica. Sin embargo,
la vasta erudición documental que despliega un Demetrio de los Ríos a lo largo
de su monografía sobre la catedral de León no debe confundirnos al leer su obra.
La historia del edificio, pese a querer presentarse bajo el prestigio del ropaje
histórico objetivo, del dato de archivo, es en realidad una historia
profundamente crítica; por debajo de la apariencia innocua e incuestionable del
testimonio histórico, late el deseo de justificar las amplias operaciones de
derribos y desmontes acometidos tanto por el como por sus antecesores
5.
La historia, el prestigio de la historia, es, pues, el argumento analítico del
“arqueólogo” que conduce a la
síntesis operativa del “arquitecto”: el
primero demuestra que ciertos elementos del edificio son posteriores
cronológicamente al núcleo gótico inicial y el segundo lleva esta constatación a
un arriesgado terreno crítico y juzga ese añadido como una contradicción a la
lógica constructiva y formal del edificio; es decir, deduce el carácter
defectuoso de esas modificaciones que están abocadas a la destrucción. Es, por
tanto, una postura racional y extremadamente crítica hacia la historia del
edificio, impregnada de juicios de valor, de análisis interesados del pasado y
de una especial concepción de la historia y valoración de los estilos que se han
ido sucediendo y superponiendo “estratificadamente” en el organismo del
edificio.
El análisis histórico es deudor de los cambios del gusto experimentados en la
evolución estética del historicismo decimonónico. El rechazo tajante de
determinados estilos artísticos –como es el caso del denigrado
“churrigueresco”–
o la revalorización plena de otros –como el propio
gótico– son rasgos que marcan señaladamente las investigaciones
estéticas desde la irrupción del historicismo
6. Este
“sectarismo estilístico”
7, que privilegia ciertos momentos
históricos,
tendrá una marcada incidencia en la restauración de la catedral de León: todo el
amplio proceso de recuperación de la arquitectura gótica condujo, como vimos, a
la “mitificación”
ideológica y constructiva de la “catedral
gótica”, plena de
significados. Este “ideal”
estético, ético y constructivo conforma un “modelo
teorético” explicativo de la arquitectura
gótica, atalaya privilegiada desde la
que se enjuiciara el proceso histórico-constructivo del edificio.
La lectura histórica de la catedral de
León realizada por los arquitectos
restauradores es, en definitiva, de suma importancia: la
“catedral gótica” en su
perfección formal, en su estilo unitario, “ideal”, tal como surge de los
proyectos de restauración, comienza a existir desde que se
“lee” el mensaje
contenido en el edificio y se descifran las leyes de su lógica constructiva al
margen de su verdadera historia. Es en la confrontación entre este
“modelo teorético”
de la arquitectura gótica y la constatación de su historia
“real” donde se
elaboran los proyectos de restauración en su máximo grado de tensión y polémica.
Pero es también en los tortuosos pliegues de esta oposición donde afloran con
gran riqueza conceptual numerosos aspectos aclaratorios de la teoría
arquitectónica del siglo XIX.
Este carácter especial de la
“lectura crítica” del edificio lleva a comenzar el
estudio de las restauraciones emprendidas en la catedral leonesa por una breve
visión general de este interesante y violento encuentro entre la
“historia”
del edificio y la propuesta de “restauración”
sistemática del mismo, dos momentos
fundamentales de su ciclo vital. No se tratara por consiguiente de realizar un
análisis exhaustivo de la historia de la catedral
8, sino antes bien se
intentara recorrer esta “historia” de la mano de los arquitectos restauradores
para una mayor comprensión de sus posteriores y controvertidas operaciones de
transformación del edificio en busca del mitificado
“esplendor” de la
“catedral
del siglo XIII”. Al final de esta exposición
se plantearan algunas de las contradicciones del “método”
histórico y se tratará de enmarcar en unas
coordenadas propias del siglo XIX esta indagación acerca de lo que he denominado
“modelo teorético” de
interpretación de la arquitectura gótica, concepto que
emana inferido de la restauración.
– Deficiencias materiales, constructivas y estructurales de la matriz
gótica.
Las fatalistas palabras de Demetrio de los
Ríos con las que encabezábamos este
capítulo son el resumen de la agitada historia de la catedral de León, sometida
a constantes reparaciones y transformaciones. El carácter orgánico de las
grandes catedrales góticas, sus enormes dimensiones, les convierten en colosales
fábricas en incesante metamorfosis. Pero en el caso de la catedral leonesa
concurren esas “especialísimas circunstancias” a las que se refiere Ríos que han
sido y son origen de la precaria estabilidad del edificio, fuente de una
constante atención y cuidado. Sin embargo, el agravamiento de estas deficiencias
materiales y constructivas, las imprudentes “restauraciones” y la falta de una
reparación radical que atajara estos males, llevó a la catedral de León al
peligroso estado en que se encontraba a mediados del siglo XIX: varias bóvedas
desmoronadas, otras agrietadas, pilares cerchados que habían perdido totalmente
su verticalidad, fachadas desplomadas, infinidad de sillares reducidos a tierra,
ventanales tapiados, y una cópula gravitando pesadamente sobre los debilitados
pilares del crucero, eran algunos de los alarmantes síntomas que amenazaban con
convertir la esbelta fábrica de la catedral en un informe montón de escombros.
Todos los arquitectos que ocuparon la direcci6n de las obras de
restauración
dedicaron su atención al esclarecimiento de las razones de la penosa situación
de semirruina que presentaba la ya no tan “Pulchra leonina”. Especialmente
sistemáticos se mostraron en esta indagación Matías Laviña
9 y, sobre todo,
Demetrio de los Ríos que enunció estas causas en dos ocasiones
10. Sin embargo,
parece oportuno dividir estas concausas mencionadas por los arquitectos en dos
grupos, en atención al distinto origen y consecuencias de la argumentación. Por
una parte, algunas de ellas se refieren a deficiencias que he designado como
“materiales, constructivas y estructurales” y que arrancan del momento mismo de
la fundación de la catedral gótica; como tales, son causas que podríamos
denominar “objetivas” y no plantean, en apariencia, grandes problemas
interpretativos. Pero a estas argumentaciones se suman otras razones para
descifrar las causas del desequilibrio del edificio que son de naturaleza mucho
más controvertida; estas explicaciones se refieren a la crítica de los añadidos
posteriores a la erección del núcleo gótico del templo: considerados estos
añadidos como “superfetaciones” en
contradicción con la lógica de la
construcción gótica –“injertos” interpuestos en el organismo
gótico que
desbarataron la “unidad” constructiva y formal de la arquitectura
gótica–, estarán destinados, como de hecho se realizó, a su desmonte y
sustitución por otros elementos “neogóticos”. Dada la
condición esencialmente crítica de la valoración de estos añadidos como causas de la
“ruina” del edificio, son
estudiados en otro apartado.
La catedral de León arrastra desde su
fundación gótica en el siglo XIII una
serie de deficiencias que tienen su origen en estos primeros momentos de la
construcción bajomedieval. La “dirección” total del edificio durante la
restauración del siglo XIX llevó a penetrar en el íntimo conocimiento de la
estructura primigenia del templo gótico. Estas causas originarias del deterioro
se resumen en cuatro aspectos fundamentales: cimentación, materiales utilizados
y defectos en la construcción, que, combinados con la arriesgada y atrevida
estructura gótica, son los principales agentes del deterioro que pasamos a
considerar brevemente
11.
–
Cimentación: la fundación de la Catedral gótica actual sobre un solar ocupado
por varias construcciones sucesivamente superpuestas en el tiempo condujo a
reaprovechar los cimientos de la fábrica anterior en cada nueva construcción.
Las primitivas termas romanas levantadas en el siglo segundo de nuestra era
proporcionaron un asiento estable al palacio o Aula Regia construida por Ordoño
II que, tras la destrucción de Almanzor a finales del siglo X, sería sustituido
por la catedral románica, precedente de la construcción gótica actual del siglo XIII. Sin embargo, las trazas de la nueva catedral gótica superaban con creces,
en planta y alzados, a las de la anterior iglesia. Al tratar de aprovechar los
cimientos viejos de la antigua fábrica románica, sustentados a su vez en las
termas romanas, se produjo un evidente desequilibrio, pues la magnitud de la
nueva edificación gótica requería lógicamente una cimentación acorde con las
enormes cargas que habría de soportar, con pilares que sustentan bóvedas
levantadas a más de treinta metros de altura del suelo; es decir, y como
señalaba Demetrio de los Ríos, la nueva construcción gótica requería una
cimentación sustancialmente diferente a la que se empleó en las anteriores
fundaciones, pues obedecía a distintas condiciones de comprensibilidad y
presiones.
Las primeras observaciones acerca de la
cimentación las realizó Matías Laviña
que examinó el asiento del botarel izquierdo de la fachada meridional, que
presentaba un fuerte desplome. Por esta parte de la fábrica los cimientos eran
resistentes y Laviña se apresuró a extender estos resultados a la totalidad de
la cimentación del edificio
12. Sin embargo, reconocimientos posteriores más
detenidos efectuados por Demetrio de los Ríos demostraron la desigual
cimentación de la catedral, especialmente débil en algunos de los pilares
torales y brazo oriental del crucero. El detallado estudio de los cimientos
realizado por Ríos a partir de 1887 le llevó a considerar esta diferente
resistencia de los asientos del edificio como una de las
causas principales de su desequilibrio. La conclusión de sus análisis la resumía
con las siguientes palabras
13:
“... resulta toda la fundación buena y mediana, que más valiera que hubiera sido
en general lo uno o lo otro para que las presiones no se ejercieran
desigualmente con necesarios quebrantos en arcos y bóvedas, y con dificultades
muy serias para restaurar sus pilas”.
Las obras de cimentaci6n serán, como veremos, uno de los
capítulos importantes
de las restauraciones parciales realizadas por Demetrio de los Ríos; además, al
mismo tiempo que realizaba las prospecciones para determinar el estado de los
cimientos, su inquieta curiosidad de “arqueólogo” le motivó a levantar varios
planos de los sustratos inferiores de la catedral que constituyen la fuente
gráfica más importante para el conocimiento de las construcciones que se
levantaron primitivamente en el solar actual del edificio gótico
14.
–
Materiales, el “mal de la piedra”:
la extremada debilidad de la piedra
empleada en la construcción de la catedral fue una de las principales causas
generales de la ruina de la catedral de León, según senaló Demetrio de los Ríos
en varias ocasiones, y que, como es sabido, sigue planteando en la actualidad
numerosos problemas en la conservaci6n del edificio. Durante la restauración del
siglo XIX se sustituyeron multitud de sillares que estaban descompuestos,
prácticamente transformados en barro. Además, al igual que ocurría con la
cimentación, el uso de la piedra a lo largo de las distintas etapas
constructivas no fue uniforme, sino que ésta varió cronológicamente provocando
la consiguiente desigualdad en la resistencia según el tipo de material
utilizado.
Nuevamente es Demetrio de los Ríos quien nos ofrece noticias más detalladas
acerca de la naturaleza y condiciones resistentes de estos materiales.
En el proceso cronológico de
construcción de la catedral leonesa se emplearon,
según señalaba
Ríos, tres tipos de piedra
15.
La primera, de color rojizo, pese a ser calificada por el arquitecto como la
“más resistente y menos deleznable” en
comparación con las usadas después, “no
dejó de ofrecernos casos de fácil descomposición y escasa entereza”; sin
embargo, su cualidad más resistente fue de gran importancia para la estabilidad
de la estructura general del edificio debido a que, al ser utilizada en primer
lugar, se aplicó en la zona baja de la catedral que tenía que soportar las
mayores presiones.
La piedra con la que se continuó la catedral en el siglo XIV
correspondió al
proceso constructivo de algunos de los pilares meridionales, las pilas torales
con excepción de la noroeste, la totalidad de la fábrica exterior y la delicada
y sutil labra de la tracería y maineles del ventanaje; esta piedra, de color
blanquecino salpicada con puntos amarillos, blanda y porosa en exceso, era mucho
menos resistente que la rojiza anterior; esto provocó que, según testimonia
Demetrio de los Ríos, numerosos sillares se vieran reducidos
“ya, no a barro,
sino a tierra”.
Por ú1timo, se empleó otra calidad de piedra de naturaleza más compacta, pero
fina de grano, tambi6n de condición sumamente deleznable, como señalaba Ríos al
referirse a la misma: “sienta la humedad constante a sus espaldas, descompónese
interiormente, bota fuera la costra que se conserva al parecer sin el menor
detrimento, y asoma las cariadas capas para caer en polvo, como la piedra de la
segunda etapa constructiva”.
El resultado que la detestable calidad de la piedra produjo en el estado general
del edificio era expresado por Demetrio de los Ríos con términos catastróficos:
“Los muchos sillares rotos en muros y pilas, los corroídos en su mayor parte,
los vaciados por completo, tenían que debilitar fatalmente estructura tan
delicada como la de nuestro Templo, y, en efecto, tal destrucción contribuyó a
sus deformaciones, quebrantamiento y total ruina”.
Sin embargo, tan patéticos
términos sirvieron al mismo tiempo para justificar
las sistemáticas operaciones de sustitución o relevos de bloques de piedra
viejos y deteriorados por sillares de nueva labra, recién extraídos de las
canteras, según se realizó durante la restauración por toda la inmensa
estructura
del edificio
16.
–
Construcción: dentro de los límites de la
“esencial estructura”
y “carácter
arquitectónico”, de las
“primitivas obras”
–según denominaba Demetrio de los
Ríos al núcleo constructivo y estructural gótico
17–
se advierten varias deficiencias constructivas en cuanto al uso de la piedra,
despiezos y trabazón de la mampostería que, sin presentar la gravedad de las
causas anteriores, fueron inconvenientes que se sumaron a la debilidad de su
organismo constructivo.
Algunos de estos
“relajamientos” fueron ya
señalados por Matías Laviña que
detectó ciertas irregularidades en el proceso constructivo inicial de la
catedral
18: descuidos en la colocación de la piedra,
“debajo de un sillar
–decía
Laviña– se ha encontrado un rodillo de chopo”, o falta de regularidad en el
trazado, “el piso del triforio se halla en un lado quince pulgadas más alto que
en otro”, eran algunos de la
“multitud de arrepentimientos” que detalló más
detenidamente Demetrio de los Ríos. Para Ríos estas imperfecciones se
concentraban en el despiezo, realizado en hiladas muy delgadas, en el uso de
tacos y montacaballos y en el espesor excesivo de las juntas, así como en
descuidos en la trabazón de la mampostería con la sillería o en el abuso de
aquella en la construcción de pilas de sección amplia, como era el caso de las
torales, que, con un exceso de presión de la mampostería, reventaron el cerco de
sillería.
En definitiva, observaba Ríos un
“cierto forzado apresuramiento, economía tal
vez impuesta por las circunstancias y descuidos adoptados con indiferencia y
desenfado”, si bien, presentaba estas faltas como excepciones, pues no dudó en
calificar la construcción del núcleo gótico “en conjunto de
admirabilísima ...
porque a no ser tan buena, edificio de tal atrevimiento, siglos ha que hubiera
desaparecido del hermoso campo de las Artes”
19.
–
Estructura originaria de la Catedral: sin ser propiamente una causa de su
deterioro lo cierto es que siempre fue motivo de admiración y asombro el
carácter arriesgado, expuesto y atrevido de la estructura gótica del templo
catedralicio leonés. Ya en el siglo XVIII a Antonio Ponz, como vimos, le
maravillaba el “poco espesor de paredes, que parece milagro puedan mantener la
gran máquina”
20; Jose Caveda y Nava
señalaba “el empeño de adelgazar la
fábrica, y hacerla parecer suelta y endeble”
21, es decir, la catedral de
León expresa esas cualidades “aéreas” o
diáfanas, predominio del vano sobre el
macizo, con inmensas superficies perforadas y adornadas de vidrieras, suma
delgadez de los pilares y delicadeza de tracerías y maineles, que han sido
siempre causa de la admiración de todos aquellos que se han detenido a
contemplar el templo. Desde luego no faltaron a lo largo del siglo XIX
románticas descripciones de los múltiples efectos de claroscuro y perspectivas
variadas, producto de esta dinámica concepción espacial gótica; recreaciones
como las de José María Quadrado, en plena madurez del movimiento romántico, que
nos habla de la catedral de León como “el más gentil
espectáculo que pudo
combinar el arte y crear la fantasía”
22, perduran y se extienden en el propio
Demetrio de los Ríos, que hermana en el último tercio del siglo esa
“poética”
visión tardorromántica con un detallado análisis positivista de la función de
cada uno de los elementos constructivos que configuran este espacio.
Lo cierto es que más allá de la apasionada
adjetivación romántica, la estructura
gótica del templo catedralicio fue entendida cada vez con mayor profundidad como
un meditado y complejo equilibrio entre vanos y macizos, empujes y
contrarrestos, producto de la progresiva comprensión racionalista del
funcionamiento mecánico gótico. El nuevo espíritu positivista y analítico, como
método de estudio constructivo, se superpone y conjuga sin contradicción con las
románticas consideraciones acerca de los efectos “perceptivos” del espacio
gótico, espacio sujeto a una inexorable lógica constructiva, pero capaz al mismo
tiempo de producir las más variadas sensaciones y dar curso libre a la
imaginación.
Matías Laviña ya apuntaba esta lectura en su
caracterización general de la
catedral de León
23:
“El pensamiento es de lo más atrevido y aun arriesgado; sus proporciones
esbeltísimas y sus relaciones entre vanos y macizos perfectamente combinados”.
Demetrio de los Ríos, con la agilidad y expresividad de su pluma, nos
describía
este “sistema”, resultado de un sabio equilibrio, con las siguientes palabras
24:
“En medidas tan exactamente fijas, todo está pesado en la balanza, de un
equilibrio tan absolutamente perfecto, que nada sobra nunca, faltando, por el
contrario, muchas veces resistencia para que los apoyos verticales no se
inclinen ni se doblen con su flexibilidad admirable, y para que la estructura
general del Templo y de sus grandes cuerpos de fábrica no adquiera, desde su
primitiva erección, una elasticidad sumamente sensible que transmite los más
mínimos movimientos a considerables distancias, y se resiente de las
trepidaciones y estremecimientos más pequeños, increíbles para quien mil y mil
veces no los haya experimentado”.
Estas palabras de Demetrio de los
Ríos nos sirven de puente para pasar a
considerar las más polémicas y discutidas causas de la ruina enunciadas por los
arquitectos del siglo XIX. De ese “equilibrio tan absolutamente perfecto”
enunciado por Ríos se deduce que cualquier alteración del mismo había de
conducir a la descomposición de su “orden” constructivo. Algunas de las
modificaciones de la fábrica emprendidas a partir del siglo XVI serán entendidas
en este sentido, como veremos a continuación.
– La catedral de León antes de la restauraci6n: la
alteración del sistema
constructivo gótico (Ss. XVI-XIX).
La falta de unidad en la ejecución de la catedral de
León fue presentada por los
arquitectos restauradores como una de las causas principales del deterioro del
edificio. La virulenta crítica desplegada contra los añadidos realizados a
partir del siglo XVI es al mismo tiempo la afirmación radical de la defensa de
la “unidad de estilo” como principio rector de la restauración. Sin embargo,
pese a coincidir en la crítica negativa de algunos de estos añadidos, los
arquitectos del siglo XIX no se mostraron unánimes en cuanto a las conclusiones
que habrían de deducirse de estas críticas; en este aspecto también se deja
sentir con claridad la evolución doctrinal que tuvo lugar en España: desde la
afirmación radical de Juan de Madrazo, que proponía en 1872 la devolución al
“templo de aquella pureza con que fue ideado por sus constructores del siglo XIII”
25, y la
reafirmación de este principio por Demetrio de los Ríos en la
década de 1880 –ya en medio de un amplio debate
polémico–
26, llegamos hasta la
moderna postura “conservadora” mantenida por Juan Bautista
Lázaro, que ya antes
de ser nombrado director de la restauración se mostraba claramente partidario de
“dejar las cosas como están”
27. Sin embargo, interesa
señalar ahora no tanto las discrepancias en la “valoración
histórica” de estos añadidos, cuanto los
puntos comunes en esta crítica de las construcciones realizadas desde el siglo
XVI para entender las posteriores demoliciones de algunas de estas partes.
El punto de partida de esta nueva etapa es remontado por Demetrio de los
Ríos
al siglo XV, “época de desglose entre lo que se acaba y se renueva”. La
progresiva alteración a partir del siguiente siglo del sistema constructivo
gótico de la catedral denotaba en su opinión una notable carencia de unidad y
consecuencia en el desarrollo de los trabajos. Matías Laviña lamentaba
“la
profanación que se había hecho del arte con las heterogéneas adiciones en los
siglos posteriores”
28 y Demetrio de los
Ríos se expresaba de modo similar en
1880, apenas ocupada la dirección de las obras de restauración, refiriéndose a
las “restauraciones sucesivas” ejecutadas con posterioridad al siglo XV
29:
“... en general puede afirmarse que rara o ninguna se ejecutó, ni
arqueológicamente, ni en buenas condiciones de estabilidad, ni con las más
atinadas prevenciones de la buena construcción”.
La crítica a los
“añadidos” injertados en
contradicción con el sistema gótico se
realizaba tanto desde el punto de vista estético, con la censura del empleo de
formas “arqueológicamente” ajenas al
gótico inicial, como sobre todo a partir
del argumento estático, es decir, son consideradas injerencias constructivas
opuestas a la estabilidad del edificio, por lo que se enuncian como una de las
causas que contribuyeron a su “ruina”. Este juicio
venía a afirmar críticamente
la racionalista consideración de la catedral gótica como un
“sistema en
equilibrio activo”, donde la unidad constructiva y la unidad de estilo eran
mutuamente dependientes e inseparables
30:
“... el sabio producto de todas sus partes no
podía admitir elemento extraño,
sin alterar la armonía del todo y la particular de cada parte suya lo mismo en
las condiciones estáticas de su material existencia que en la externa
manifestación artística, tan entrañablemente unida a su ingénita belleza”
31.
A la vista de estos principios, cuando Juan de Madrazo y Demetrio de los
Ríos
propusieron en sus proyectos de restauraciones parciales
“depurar”
el edificio, “quitándole agregados a todas luces posteriores”, la justificación de tan
radical opción reposaba en la mencionada unidad constructiva y decorativa del
sistema gótico. Estos criterios de valor son el fundamento crítico de partida
para trazar la historia del edificio en esta etapa cuyo inicio marcaba Ríos en
el siglo XV y que terminaba en su época, con la restauración
“arqueológica”
comenzada en 1859.
Si comparamos el estado de la catedral antes de la
restauración con su aspecto
actual, se comprueba como las alteraciones más relevantes se refieren a tres
elementos fundamentales de la estructura del edificio que fueron derribados
durante la restauración
32: el hastial de la fachada principal u occidental (figs.15
y 17), la cúpula que se levantaba sobre el crucero (figs.18, 19 y 20) y el
hastial de la fachada meridional (figs. 15 y 21)
33. Todos estos
importantísimos
elementos eliminados en el siglo XIX y sustituidos por formas
“góticas” (fot.8)
correspondían a estructuras levantadas
durante este período comprendido entre los siglos XVI a XIX, caracterizado por
las “restauraciones sucesivas” de las que nos hablaba Demetrio de los
Ríos.
Entre las obras realizadas en este periodo nos ocuparemos fundamentalmente de
estas zonas que fueron sustituidas por el “purismo” arqueológico del siglo XIX,
pero precisando que se tratará antes bien de presentar una visión panorámica y
sintética de las mismas –que evite la
excesiva “reconstrucción” de su proceso
histórico–, y por tanto se pondrá el acento en los juicios
críticos y artísticos generales vertidos por los restauradores, que son los que realmente más nos
interesan para comprender su intervención en el edificio
34.
Es en el siglo XV, como afirmaba Demetrio de los
Ríos, cuando se debieron
realizar las primeras reparaciones de importancia en la catedral. Las
deficiencias de cimentación y la debilidad de la piedra señaladas más arriba
dejaron sentir sus negativos efectos en los pilares del crucero que se abrieron
hacia los costados norte y sur. La construcción de torres cuadrangulares, a modo
robustos contrafuertes, –las llamadas Silla de la Reina y la Gomia–
contrarrestaron estos empujes procedentes del crucero. En este mismo siglo se
construyó el frontón del hastial del norte y la torre del reloj
35.
En el siglo XVI es cuando se completa el edificio: se concluye el claustro, la
capilla de Santiago, la sacristía y el oratorio y se realiza el problemático
remate de la fachada occidental o principal
36. Fundamentales durante este siglo
fueron las intervenciones de los Badajoz, padre e hijo, cuyas
“restauraciones”
fueron enjuiciadas por Demetrio de los Ríos como “excelentes por
lo general”.
Entre las obras realizadas por los Badajoz, y que podríamos denominar sin
problemas como una verdadera “restauración o
consolidación estructural”,
destacaron las que afectaron fundamentalmente a la consolidación del hastial del
norte: sus torrecillas de caracol habían comenzado a desplomarse hacia el
interior y amenazaban con aplastar el rosetón intermedio; la obra de
consolidación consistió en dotar al hastial de fuertes arbotantes por el costado
oeste y cargar los estribos y contrafuertes de templetes, jarrones y pináculos
abalaustrados para evitar su movimiento, realizados según el gusto imperante
entonces, pero en cualquier caso “recursos eficaces que hasta hoy han evitado la
catástrofe”, según enjuiciaba Demetrio de los
Ríos (fig.16)
37.
Menos afortunados, en opinión de Demetrio de los
Ríos, se mostraron en la
construcción del remate del hastial oeste. Ríos atribuyó a los Badajoz el
derribo a comienzos del siglo XVI de la parte superior de este hastial para
reedificarlo después del modo en que se encontraba hasta que el propio Demetrio
de los Ríos desmontara la totalidad del hastial. Debido a ser Ríos el autor de
este polémico desmonte no es de extrañar que dedicara a esta parte del edificio
numerosas páginas, tanto en los proyectos “neogóticos” elaborados para su
reconstrucción, como en su monografía dedicada a la catedral de León
38.
Los grabados y fotógrafas anteriores al derribo y los propios planos trazados
por Demetrio de los Ríos nos muestran el aspecto del hastial renacentista (figs.
15 y 17)
39. Las
críticas de Ríos, pese a declararse é1 mismo como un partidario
ardiente del “estilo bramantesco”, radicaban en considerar el remate de los
Badajoz como una “innovación extemporánea del conjunto, contraria a la
estructura del monumento”. Interesante, y sobre ello volveremos en el apartado
siguiente, es la afirmación por parte de Ríos de la
“verdad” estética y
arquitectónica que debía cumplirse en la función propia e interrelación de todos
los elementos constructivos del “sistema” gótico: cada uno de ellos debía
expresar del modo evidente la función desempeñada en el organismo constructivo,
rigurosa definición del “funcionalismo estructural”, aplicado a la arquitectura
gótica por Viollet-le-Duc. Los calificativos empleados por Ríos para juzgar el
remate renacentista son evidentes al respecto: “ático ocioso sin más
significación que la de hacer bulto a la vista”,
“vulneración de los fueros de
la verdad estética”,
“superafectación”,
“pretensiones manifiestas de admirar”,
etcétera
40, son algunas estimaciones que nos
conducirán a la afirmaci6n de ese
“modelo teorético” de la arquitectura gótica, afirmado por la crítica del
edificio. Sin embargo, a la postre seria el análisis estático
–la demostración
de la inestabilidad del hastial– el argumento de más peso para convencer a la
Academia de San Fernando de la “necesidad” de demoler el hastial, pues la
institución académica ya se había declarado partidaria por estas fechas de
mantener todos los añadidos del edificio, cualquiera que fuera su época de
construcción
41.
Las críticas a estos añadidos realizados durante el Renacimiento estaban
fundamentadas en su consideraci6n “interna” al edificio, es decir, subrayando su
“nociva incrustación” en partes fundamentales de la estructura de un templo
gótico, que responde a un funcionamiento mecánico y a unas leyes estáticas
diferentes. Con ello quiero decir que no hay una crítica especial a estos añadidos por su adscripción
estilística al Renacimiento, sino que, al
contrario, la arquitectura del siglo XVI fue un ideal artístico para gran parte
de los arquitectos del XIX, actitud que resume el propio Ríos, cuando al mismo
tiempo que se declaraba “arquitecto apasionado del Renacimiento bramantesco”,
proponía la demolición y reconstrucción “gótico-arqueológica” de este hastial
occidental
42.
No ocurrió lo mismo con la crítica practicada contra las modificaciones
realizadas en la catedral de León durante los siglos XVII y XVIII. A las
censuras declaradas por su efecto negativo en la estructura gótica del templo se
suma una especial repulsa por el arte de estos siglos que alcanzará su máxima
intensidad en todas las connotaciones despectivas encerradas en el calificativo
“churrigueresco”. Esto es la evidente
plasmación de cómo el “sectarismo
estilístico” del siglo XIX, como parte fundamental de la
“crítica”
histórica,
estará influyendo poderosamente en la visión “purista” del edificio medieval. Si
algunos de los añadidos realizados durante el siglo XVI se apreciaron y
conservaron durante la restauración, prácticamente todos los agregados del siglo
XVII, y muy especialmente del XVIII, fueron eliminados durante el proceso de
“purificación”
y “recuperación”
estilística del edificio.
Incluso un arquitecto como Juan Bautista
Lázaro, tan comprensivo con los “añadidos”
de otras épocas, juzgara con dureza las “reparaciones” realizadas en la fábrica
catedralicia durante el periodo “Barroco”, si bien poniendo el acento en la
ignorancia de la estructura gótica al efectuarse estas obras
43:
“no sería aventurado asegurar que si las reparaciones que un monumento de esta
índole exige se hubieran llevado con inteligencia y oportunamente, su gallarda
construcción estaría tan firme y duradera como permanecen aquellas de sus partes
que por fortuna han escapado al furor reformista y desatinado de que otras, la
mayor parte, han sido victimas”.
Es decir, todas las fuentes del siglo XIX que hablaron sobre la historia de la
catedral de León en los siglos XVII y XVIII muestran una línea argumental
similar: a una predisposición contra el arte de esta época
–propia de la crítica
histórico-artística del momento– se unió la puesta en evidencia de la falta de
conocimiento de la arquitectura gótica por estos “maestros” que agravaron
considerablemente la ya de por sí precaria estabilidad de la catedral hasta
conducirla a un peligroso estado de semirruina. La restauración del siglo XIX
aparece como el epilogo de esta accidentada historia, poniendo fin al
encadenamiento de errores acumulados durante los dos siglos precedentes.
El siglo XVII se abre con la
“restauración” de Baltasar
Gutiérrez ejecutada,
según noticias de Demetrio de los Ríos, en 1604
44,
Ríos atribuye a este maestro
la mayoría de los gravísimos “errores” cometidos en la parte superior del
edificio que él mismo se encargaría de corregir en los distintos proyectos de
restauraciones parciales que elaboró con tal fin: demolición de los gabletes de
las ventanas y sustitución por un arco liso de descarga, reconstrucción de la
cornisa superior, “tan barroca que no nos parece suya”,
transformación de la cubierta, reposición de pináculos,
reconstrucción de bóvedas y reparación de gárgolas, así como de botareles y
contrarrestos, son los principales trabajos identificados con la personalidad de
Baltasar Gutiérrez. En suma, una restauración calificada por Ríos, retomando
palabras de Madrazo, “de muy mal entendida”; todos estos elementos,
fundamentales para la fisonomía de la catedral, fueron derribados y
reconstruidos por Demetrio de los Ríos, como continuación de los trabajos que ya
había emprendido Juan de Madrazo a finales de la década de 1870
45.
Sin embargo, la gran máquina desbaratadora del equilibrio de la catedral, origen
de un sinfín de problemas, polémicas y preocupaciones, fue la colosal cúpula que
se levantó en el crucero del edificio a partir del año 1632.
“Plastón
grecorromano”, según palabras de Matías Laviña,
“balumba impertinente”, como la
definió Demetrio de los Ríos, o producto de una “funesta preocupación” al decir
de Juan Bautista Lázaro, todos los arquitectos del siglo XIX coincidieron en
inculpar a esta cúpula como causante principal de los graves desequilibrios y
arruinamientos sufridos por las fábricas de la catedral.
Los arquitectos que pasaron por la
dirección de las obras se ocuparon
ampliamente de la cúpula, especialmente Matías Laviña, que fue quien la desmontó
46, y Demetrio de los
Ríos que utilizó ampliamente la documentación del Archivo
Catedralicio para seguir detalladamente su proceso constructivo
47. Estos
amplios análisis, los grabados realizados con anterioridad al desmonte de
Laviña (figs. 18, 19 y 20), así como la recopilación documental llevada a cabo
por Eloy Díaz-Jiménez
48, permiten una reconstrucción bastante exacta del
aspecto de la cúpula y los “pilastrones” que se añadieron con posterioridad.
La construcción de la cúpula tuvo su origen como consecuencia de la ruina
parcial de la bóveda central del crucero y del encurvamiento de los pilares
torales, desastres que motivaron que en 1631 el Cabildo catedralicio llamara
para efectuar las reparaciones a Juan de Naveda, arquitecto mayor de Felipe IV
en Castilla. Naveda, en lugar de limitarse a reparar los desperfectos del
crucero, planteó un proyecto de construcción de cúpula o media naranja,
“cediendo a las exigencias de la opinión preponderante, que consideraba rebajado
el merito de esta catedral tan celebrada por carecer de una cúpula como en otras
se ostentaba”, como apuntaba Matías Laviña
49. Demetrio de los
Ríos, a la vista
de la amplia documentación que examinó y de las fuentes gráficas que consultó,
nos ofrece una detallada descripción de la cúpula que puede confrontarse con las
ilustraciones, especialmente del interior del edificio (figs. 19 y 20)
50:
“Aprovechando los antiguos torales, vueltos
a colocar por nosotros, entre ellos ingirió Naveda nuevas pechinas decoradas con las colosales
figuras de Santos
Padres dentro de líneas torcidas o de mal gusto. Sobre estas cuatro pechinas
fabricó el anillo, que no era muy alto, sino con las dimensiones y molduras de
una regular cornisa, no omitiendo en su arquitrabe y friso sobre los vértices de
los arcos torales medallones o cartelas propias de la época. Sobre esta anular
cornisa volteó la medianaranja en buenas condiciones constructivas y ornada
interiormente con nichos simplemente figurados, medallones circulares y
rehundidos de varias formas, distribuido todo esto en compartimentos por medio
de fajas que, partiendo del anillo inferior, confluían en el superior o de la
linterna. Para las hornacinas se esculpieron estatuas de los Doctores, en los
medallones se representaron ocho sibilas y mujeres bíblicas, y se tallaron
ornamentos diversos en los rehundidos”.
La construcción de esta cúpula resultó fatal para el maltrecho organismo
constructivo del edificio. En efecto, con las obras en trámite, Juan de Naveda
emitió un prolijo informe acerca del lamentable estado del edificio del que no puede más que deducirse que la aparatosa cúpula fue un gasto superfluo en un edificio con graves problemas de
estabilidad. De las dudas del Cabildo sobre seguridad de la cúpula nos informa
Demetrio de los Ríos cuando nos refiere las inspecciones de dos maestros que
fueron llamados a León para informar sobre las posibilidades de éxito del
proyecto de Naveda: Juan de Aza en 1632 y el “Padre Maestro de
Ávila” en 1634,
avalaron la solidez de la media naranja que por estos años se volteaba en el
crucero catedralicio.
Los excesivos empujes laterales ejercidos por la cúpula pronto se manifestaron
en el brazo sur del crucero, incapaz de resistir las presiones. La inestabilidad
de esta zona del edificio, agudizada por el aplastamiento lateral de la cúpula,
iba a ser otro de los gravísimos problemas de la catedral de León.
A finales del siglo XVII, el arquitecto Manuel Conde
Martínez percibió la
gravedad del crucero sur y desmontó el hastial hasta la línea superior del
pórtico. Firmadas en el año 1694, se conservan dos trazas de Conde Martínez que
diseñó para el remate del hastial, con la intención de que el Cabildo escogiera
una de ellas, y que publicó Demetrio de los Ríos en su monografía sobre la
catedral leonesa (figs. 22 y 23)
51. Sumamente interesantes son los juicios
críticos expresados sobre estos dos dibujos de Conde Martínez. Los dos diseños
de 1694 muestran diferencias notables en cuanto a la concepci6n general que
fueron diferentemente valorados en el siglo XIX. El que fue rechazado por el
Cabildo muestra un perfil de triangulo equilátero, similar al remate existente
en la actualidad, producto de la reconstrucción del siglo XIX; por eso fue el
mejor acogido por Demetrio de los Ríos (fig. 22):
“... conserva la forma y proporciones del gablete
equilátero, respetando con
loabilísimo instinto el frontón que en tiempo del autor allí mismo subsistía, o
aprendiéndolo del opuesto del Norte, que bien pudo tomar por ejemplo, con no
menos excelente propósito”.
Efectivamente, el remate de hastial en triangulo
equilátero era el que respondía a la “lógica funcional” de la arquitectura gótica, remate de fachada que
debía
ser puesto en correspondencia funcional con la armadura triangular de la
cubierta y también con el sistema de “proporciones” de la arquitectura del siglo XIII, que tiene en el triángulo su generatriz;
así se encargarían de demostrarlo
Juan de Madrazo con su proyecto de reconstrucción de este hastial meridional y
Demetrio de los Ríos en el occidental
52. Manuel Conde
Martínez en esta traza
recogió la “idea”
general de lo que “debía ser” un remate de hastial en un
edificio gótico, aún cuando Ríos matiza que fue producto del
“instinto”, con
lo
que viene a afirmar la pérdida por estos años finales del siglo XVII de la
comprensión del comportamiento de las formas góticas. En efecto, si la
“idea”
del perfil triangular es acertada, las “figuras, hubiera ganado mucho con
suprimirlas”: crochets convertidos en
“una especie de cestería”,
rosetón
figurado solamente de relieve, las tres enjutas “entretenidas con ciertos
conatos de reproducción gótica” y una peana
“decididamente churrigueresca”, son
rasgos que para Ríos demuestran el “mal gusto imperante por entonces”.
La otra traza fue la que, con
pequeñas modificaciones, escogió el Cabildo para
reconstruir el hastial en estos años finales del siglo XVII y que persistió
hasta que Matías Laviña desmontara el hastial en el año 1862 (figs. 21 y 23).
Este remate de la fachada meridional recibió todo el rigor de la repulsa de la
crítica del siglo XIX contra el arte Barroco: fue considerado por Matías Laviña
como una solución “conforme al gusto reinante en aquella
época de decadencia” y
Demetrio de los Ríos lo calificó de “fatal decadencia barroca”
53. Prescindiendo
de la rica y detallada descripción que nos brinda Demetrio de los Ríos
–no
carente de una sutil adjetivación– interesa destacar su
conclusión en la que
pone en evidencia el desajuste estético y funcional de este remate:
“El nombre de espadaña, que todos le daban, demuestra lo olvidado que estaba ya
el de frontón y su oficio, y el acto de aprobar el ático con romanato en vez de los que al
frontón más se parecía, comprueba ese olvido o completo
desuso de lo que tanto contribuía a la esencia y salvación del edificio,
predominando en esta elección lo más desaforadamente barroco, porque así lo
imponía la tiránica e inconsciente moda”.
Con estas palabras, Demetrio de los Ríos no solamente vilipendiaba el hastial
barroco y justificaba su derribo, sino que con ello tambi6n estaba reafirmando
el proyecto formado por Juan de Madrazo para esta fachada y el suyo propio para
la occidental, que permanecerán como dos de las contribuciones más destacadas de
la restauración, rasgos sumamente característicos de la actual catedral de León.
Durante el siglo XVIII se asiste a un auténtico desfile de arquitectos que
visitarán la catedral de León para tratar de afrontar tres tareas fundamentales:
la terminación de cúpula, que se encontraba cerrada provisionalmente, la
decoración interior de templo y, sobre todo, en búsqueda de soluciones para los
serios problemas de estabilidad de la catedral, progresivamente recrudecidos por
los efectos de la cúpula.
Ante el excesivo peso de la media naranja, los pilares del crucero comenzaron a
abrirse. Para contener este movimiento y evitar el corrimiento de las pechinas
de la cúpula, Joaquín de Churriguera levantó unos poderosos estribos que remató
en pináculos (fig. 18). Los efectos de destructores de estos pilastrones fueron
detenidamente demostrados por Matías Laviña durante su desmonte en 1859, primera
tarea a la que se dedicó al acceder a la dirección de la restauración
54.
Demetrio de los Ríos desató toda la saña crítica de su verbo contra esta
intervención del “estigmatizado” Churriguera:
“Con ningún propósito racional ni
justificable, sino con el pueril e
inconsciente de remontar al cielo algún conato artístico de la concepción más
descabellada, en derredor de la cúpula echáronse en época del más pésimo gusto
cuatro pilarones ... Estos cuerpos extraños gravitaban sobre las pilas torales
tan solo 0,816 m. de su sección, proyectando muy cerca de 1,950 m. fuera de
dichas pilas y cargando por tanto sobre la parte, y no pequeña, del cimborrio,
en esta forma. (...) Celebramos como un milagro que, aunque muy tarde, se
atajaran sus efectos; porque de no ser así, el derrumbamiento de tal armatoste,
de la bóveda, de las pilas y de sabe Dios cuanto más del templo, hubiera sido
infalible”.
Afirmada de este precario modo, el Cabildo tratará de cerrar la
cúpula; en 1711
Pantaleón de Pontón Setién da las trazas de una linterna que fueron modificadas
por fray Pedro Martínez de Cardeña con un notable incremento de la carga
decorativa y, con ello, del peso. Sin embargo, la fábrica catedralicia demostró
de nuevo síntomas evidentes de ruina que hicieron dudar al Cabildo catedralicio
de la conveniencia de esta linterna; varios arquitectos emitieron informes en
sentido contrario: en 1713 Fernando de las Casas y Novoa recomendó no seguir la
obra, detectando fallos en los pilares de Churriguera; del mismo modo se
manifestó Andrés Hernando y, años después, en 1734, los maestros leoneses Felipe
y José Álvarez de la Viña y Pedro de Valladolid emitieron un informe en que se
mostraban claramente partidarios de desmontar con urgencia la cúpula y reparar
radicalmente los pilares torales
55. Sin embargo, Narciso Tomé y Simón Gavilán
se mostraron en 1737 partidarios de conservar la cúpula y construir la linterna,
con la sola prevención de aligerarla algo en su peso.
Pero el desastre sobrevino en enero del
año 1743: cuatro bóvedas y un pilar se
derrumbaron y la capilla del Carmen se arruinó; todo el brazo sur del crucero se
resintió poderosamente. Los daños fueron de una gravedad tal que Tomé y Gavilán
no se atrevieron a enfrentarse con la ruina. Un estrambótico proyecto de Alonso
de la Fuente, que contemplaba la construcción de dos cúpulas, una en la capilla
derrumbada y otra en la girola, fue rechazado por el Cabildo. La reparación
corrió a cargo del italiano Giacomo Pavía que se limitó a reponer las partes
derrumbadas, fabricó de ladrillo la bóveda caída y las otras igualmente tabicadas, reconstruyó
el pilar y se levantó finalmente la
linterna, si bien construida en madera (fig. 20); en definitiva, como decía
Demetrio de los Ríos, “sin acordarse nadie de los pilastrones ni sospechar que
ellos y la bóveda central habían de dar al traste con todo el equilibrio y
estabilidad del
templo”
56.
Pero la necesidad de una restauración radical y en profundidad quedó de nuevo al
descubierto cuando se dejaron sentir en la catedral de León, al igual que
sucedió en otros edificios españoles, los efectos del desolador terremoto de
Lisboa de 1755. La gravedad mayor afectó a la fachada meridional que sufrió un
fuerte desplome. La soluci6n practicada ante este desplome era claramente
insuficiente para Demetrio de los Ríos, “pues sin enderezar ni el muro ni los
mayores entuertos, macizaron el triforio y el rosetón de luces, dejando en su
lugar dos ventanas gemelas”
57. Esta sustitución del
rosetón por la ventana “gótica”
geminada es la que puede apreciarse en el grabado de Navarro de 1792 que
presenta el estado de la fachada meridional por estas fechas (fig. 21).
El resto del siglo XVIII y los comienzos del siglo XIX no ofrecen ninguna
alteración de importancia. La cúpula siguió gravitando en el crucero y el
desplome de la fachada meridional continuó. Algunas obras de consolidación se
produjeron, como el recalzo de los botareles de la fachada meridional por
Fernando Sánchez Pertejo en 1830. De cualquier modo, el problema de los empujes
desiguales de la cúpula y de la impotencia de los contrarrestos del brazo sur
para soportarlos seguía planteado con toda su complejidad. La declaración de la
catedral de León como Monumento Nacional en 1840 favoreció el inicio de algunas
obras, pero tendría que esperarse a la grave ruina de las bóvedas adyacentes a
la cúpula en 1857 para que se iniciara la tramitación del expediente de obras de
restauración de la catedral de León
58. Una nueva etapa para la historia del
edificio se abría con el nombramiento de Matías Laviña; en cincuenta años se
transformó radicalmente la estructura y fisonomía de la catedral de León en la
búsqueda del paradigma gótico del siglo XIII.
2) LA HISTORIA OPERATIVA: LA FUNDAMENTACIÓN CRÍTICA E
HISTÓRICA DE UN “MODELO TEORÉTICO” DE
INTERPRETACIÓN RACIONALISTA DE LA ARQUITECTURA GÓTICA.
A través de esta extractada
“lectura” de la historia de la catedral de
León se
ha podido comprobar cómo la “catedral gótica” aparece redefinida
críticamente
por oposición a su historia posterior –la historia de los siglos XVI a XIX–
antagónicamente confrontada al núcleo gótico que emerge como punto de referencia
“ideal” de esta
búsqueda histórica. La catedral gótica tal como surgirá de la
restauración –en su reinventada plenitud formal y constructiva– comenzaba a
existir, limitada en principio a los contornos de la critica histórico-artística,
como idea formada en las mentes de los actores del presente, de los arquitectos
del siglo XIX, que interpretaron el edificio como un
“sistema constructivo” en
perfecto equilibrio.
El vértice de la restauración del siglo XIX se encuentra localizado en ese
modelo teorético de explicación de la arquitectura gótica que permite la critica
histórico-artística del edificio y que, desde su papel inicial de idea previa,
se transforma en idea operativa una vez que se admite la posibilidad de
recuperar la imagen formal y constructiva en la “realidad” material del edificio
a partir de su cotejo con el “modelo”
teórico.
Uno de los rasgos que más se ha criticado de los edificios restaurados durante
el siglo XIX ha sido su exagerada “perfección”, su
“falta de vida”,
su pulida “corrección”,
que les hace aparecer como verdaderos “ejercicios” de escuela. Este
carácter “acabado” que hoy presenta la catedral de León, en su unidad de estilo y completa estructura formal y constructiva, es el resultado de
“interpretar”
el edificio a partir de una “teoría” explicativa de la
arquitectura gótica: los edificios del siglo XIII se entendieron como el sabio
equilibrio de sus elementos constructivos, cuya perfección formal reside en la
coherencia absoluta entre la forma y su comportamiento mecánico; funcionalismo
estructural y sistema en equilibrio activo son dos de los principios rectores de
esta interpretación de la arquitectura gótica. Con esto he enunciado someramente
algunas de las propiedades que se encuadran en un esquema teórico comprehensivo
y que llevan a
hablar de la formulación de un “modelo
teorético”
58 bis.
Los esfuerzos analíticos desarrollados por Viollet-le-Duc en la
redacción del
Dictionnaire parecen converger hacia la exposición de la arquitectura
medieval integrada en un modelo “científico”; el término
“modelo” aparece en Viollet en
dos sentidos principales: el modelo en tanto que representación esquemática de
una serie de objetos concretos –los edificios y sus elementos constructivos– y
el modelo como teoría formada en relación a esta idealización
59.
Esta “teoría”
es un sistema hipotético-deductivo concerniente al objeto modelo elaborado con
anterioridad. Es decir, la línea de estudio desarrollada por Viollet se muestra
especialmente sistemática: cada uno de los artículos dedicados a los elementos
constructivos de la arquitectura medieval (bóvedas, arbotantes, nervios,
etcétera) supone un proceso de abstracción de estos elementos, desgajados de
edificios ostensiblemente diferentes y agrupados en especies. Nace así el objeto
modelo o modelo conceptual de cada uno de estos elementos. Pero Viollet-le-Duc
no se detiene en este estadio “descriptivo”, sino que elabora a partir de estos
objetos modelos una teoría, les atribuye propiedades susceptibles de ser
tratadas por una teoría; artículos del Dictionnaire como
“Style”,
“Construction”,
“Restauration”, etcétera, incluyen esos objetos modelo, en un sistema
hipotético-deductivo,
en una teoría de explicación de la arquitectura medieval, o, dicho en una
palabra, surge un “modelo teorético"
60.
No entraré aquí en el análisis de este mencionado sistema
hipotético-deductivo de la arquitectura medieval: algunos de los principios de
esta “teoría” han sido
enunciados más arriba y su desarrollo irá apareciendo conforme penetremos en el
proceso de restauración de la catedral de León, sobre todo a
partir del sistema de encimbrado de bóvedas ideado por Juan de Madrazo que, dada
la gravedad de las operaciones, se vio obligado a formular los principios de
funcionamiento de la arquitectura gótica antes de proceder a la
“reconstrucción”
de la catedral
61.
Interesa ahora más bien detenerse en dos aspectos: en la definición concreta por Viollet-le-Duc de un
objeto modelo o representación esquemática de la
“catedral
gótica” y en las derivaciones que de ello se desprenden en cuanto al uso de la
“historia” y la definición del
“estilo” en una nueva concepción arquitectónica
deudora de los métodos del positivismo.
La creación de objetos modelo relativos a los elementos arquitectónicos de la
arquitectura medieval, culmina en el modelo conceptual de
“catedral gótica” que
presenta la suma lógica y razonada de todos los miembros constructivos de la
arquitectura gótica en su perfecto ensamblaje.
Esta representaci6n necesariamente
esquemática la encontramos desarrollada
gráficamente por Viollet-le-Duc en dos ocasiones: cuando presenta la vista
general de la catedral de Clusy (fig. 25), catedral supuestamente comenzada en el
siglo XIII y terminada en todos sus detalles conforme a su plan original, que es
trazada como ilustración a su recreación de la Histoire d’un hôtel de ville et
d’une cathédrale, y, sobre todo, en la
“catedral ideal” que cierra el
articulo “Cathédrale” del
Dictionnaire raissonné (fig. 26). El propio Viollet-le-Duc al
explicar este dibujo nos habla de su carácter de objeto modelo
62:
“... con el fin de dar una idea de lo que
debía ser una catedral del siglo XIII,
completa, acabada, tal como había sido concebida, reproducimos una vista
caballera de un edificio de esta época, ejecutada a partir del tipo adoptado en Reims”.
Estas dos
“catedrales”, producto de una
“idea”, son representaciones
conceptuales, esquemáticas y más o menos convencionales que abstraen las
características que individualizan a las “catedrales reales”; de
ahí ese
carácter “frío”,
“impersonal”, derivado de su naturaleza de objeto modelo que
representa todos los “rasgos clave” que deben aparecer en una catedral
gótica.
Pero el interés de estos objetos modelos reside en que, como dije más arriba, no
se presentan aislados, sino que están encajados en un cuerpo de ideas, en una
red teórica acerca del funcionamiento de la arquitectura gótica. El grado de
atractivo de las relaciones mantenidas a través de la restauración entre un
objeto concreto –como la catedral de León– y el objeto modelo creo que reside
precisamente en la manera en que se produce esta confrontación: el
“modelo” se tomó en ocasiones como una soluci6n que encerraba un valor de
“verdad” por sí
mismo, pero en las formulaciones más complejas, como los estudios de Juan de Madrazo, el modelo asume un valor
únicamente de referente que es sometido a una
constante contratación empírica a partir del análisis material y concreto del
propio edificio.
Lo cierto es que a lo largo del siglo XIX estos dos dibujos de Viollet-le-Duc
adquirieron un valor casi normativo por resumirse en ellos el
“ideal”
arquitectónico del edificio gótico completo y acabado que aplicaba la idea de
perfección del arte clásico a la arquitectura gótica: la radical
“recuperación”
de la imagen del edificio no ya tal como fue, sino tal como debiera haber sido,
tenía en estas imágenes conceptuales elaboradas por Viollet-le-Duc un precioso
instrumento de referencia
63.
El “normativismo” que encierra la formulación cerrada del edificio producto de
la restauración, la unanimidad de expresión y de estilo en cada una de sus
partes, deja traslucir una visión anti-histórica de la arquitectura, o por lo
menos denota una concepción estática de la historia. Las críticas de Demetrio de
los Ríos hacia los añadidos que sobrepasan o contradicen la unidad estética y
constructiva gótica de la catedral de León, se oponen a la continuidad de la historia
señalada en cada
uno de esos distintos sustratos acumulados o superpuestos, a lo largo del
proceso
temporal.
La unidad de estilo surgida de la crítica-histórica parece enraizarse en las
pautas de una concepción de la historia positivista en antinomia con el
historicismo romántico. Efectivamente, el rasgo característico de la concepción
de la historia desarrollada por el Romanticismo es la afirmación del pluralismo
estético ligado a la noción del paso del tiempo y a una visión dinámica de la
historia; la aproximación hacia el monumento es, pues, fundamentalmente
emocional, un acercamiento que se interesa más en su contenido, en su pluralidad
de significados, que en su imagen arquitectónica: como actitud artística, si no
provocaba, al menos justificaba la transformación. del monumento a lo largo de
su historia. Una actitud de este tipo la encontramos en José Caveda y Nava; el
polígrafo asturiano en su Ensayo sobre los diversos géneros de arquitectura
empleados en España, trata de ordenar el material histórico, de
“sistematizar”
los distintos estilos; pero este afán “científico”
–propio de una obra de este carácter– no deja de traslucir contenidos deudores del historicismo
romántico
que encontramos, por ejemplo, en su valoración de la catedral de León: la
diferencia de estilos observable en el exterior de edificio es juzgada por su
efecto sorprendente, valorando el contraste, la acumulaci6n de impresiones capaz
de expresar la continuidad histórica acumulada en el monumento, la diversidad de
estilos en una unidad perceptiva de conjunto
64:
“... No produce, sin embargo, esta variedad de estilo un desagradable contraste.
El clasicismo gótico rechazará sin duda esta inusitada amalgama, como una
violación de sus principios; verá en ella una osadía inexplicable el espíritu de
escuela; pero nadie habrá con todo eso que a juzgarla por sus efectos, la
condene: olvidará los preceptos y las épocas, las convenciones artísticas, y las
reglas admitidas, para gozarse en el carácter fantástico, y la atrevida
arrogancia del conjunto y de su inexplicable belleza”.
Como ya anunciaba Caveda, el progresivo conocimiento de los estilos, la
atribución de un criterio moral de “verdad” a los principios derivados del
estilo y la compartimentación histórica en épocas a las que se dota de un valor
diferente, modificó sustancialmente esta apreciación del monumento: el carácter
“fantástico”, la
aproximación emocional, será sustituida por la aproximación
racional, la valoraci6n histórica por la “arquitectónica”, y el
interés por el
“contenido”
será desplazado por el interés por su estructura material. Esta
evolución se produce en Francia en la década de 1840 a 1850, como ha señalado
Paul León, producto de una intensificación del positivismo como método de
conocimiento
65.
La crítica al espiritualismo y la gradual
aproximación al positivismo afectó a
diversas facetas del saber; intelectuales de disciplinas variadas se sintieron
llamados a aplicar los procedimientos y métodos de las ciencias naturales.
Viollet-le-Duc imitó esta gesticulación científica al tratar de establecer la
arquitectura en unas pautas “taxonómicas”, derivadas de principios racionales e,
incluso, utilizó en el Dictionnaire las mismas categorías de análisis y
terminología que los naturalistas: función, estructura, necesidad; medio,
etcétera
66. La
formulación de ese modelo teorético de explicación de la
arquitectura medieval es el resultado del intento de sistematizar la
arquitectura, considerada como fenómeno dotado de un orden lógico que parte de
principios deducidos rigurosamente
67.
Es aquí donde creo que radica una de las mayores y a la vez más sutiles
paradojas de la teoría de la restauraci6n del siglo XIX: las intervenciones
realizadas desde el siglo XVI en la catedral de León fueron desechadas, como
vimos, por considerarse inexactas y contradictorias al carácter y sistema del
edificio, tanto en su aspecto formal como en sus leyes constructivas; por el
contrario, la restauración del siglo XIX se presenta rodeada de un halo
“científico”
de prestigio, fundamentada en las reglas seguras y ciertas que derivan
directamente de la lógica constructiva del edificio; es decir, las
intervenciones se consideraron despojadas de cualquier contenido de valor, al contrario de los que
había sucedido con las intervenciones anteriores que impusieron sus valores
–la
“moda”
estilística propia de su época– a la catedral. Pero la paradoja de este
razonamiento reside en que la apelación a la “verdad” inherente al edificio,
entronizada como principio de partida de la restauración, no estaba menos
interconectada con una determinada concepción de la arquitectura, anclada en su
propia circunstancia histórica, que todas las anteriores intervenciones.
Este uso contradictorio de la historia por Viollet-le-Duc fue señalado por
Maurice Besset, que afirmaba el error de buscar en el arquitecto francés a un
“historiador puro”, no interesado mas que en la presentación exacta, neutra y
rigurosa de la cultura de una época desaparecida, separada de nuestro tiempo por
un abismo infranqueable; por el contrario, la historia es sometida por Viollet-le-Duc
a la voluntad de actuar en su tiempo
68:
“Este intercambio recíproco entre la
construcción histórica que persigue
honestamente la objetividad y la doctrina que toma partido de una manera
absolutamente categórica constituye la contradicción, pero también la
originalidad, el pensamiento de Viollet-le-Duc”.
Deducir de las
“lecciones” que ofrece la historia los principios que puedan
ayudar a crear una arquitectura comprometida con el progreso, próxima a la misma
negación de la historia, es el propósito más sugestivo de la formulación
desarrollada por Viollet-le-Duc. Estos principios deducidos de la historia
aparecen inicialmente formulados a partir de la restauración arquitectónica y su interpretación del funcionamiento de las estructuras medievales: su doctrina
ascética de la estructura y de la función y el principio de elasticidad, los
extraía Viollet –más como visionario que como riguroso analista– de las
estructuras medievales. La utopía de la restauración del siglo XIX residió en
atribuir al monumento valores universalmente válidos, enunciados al margen de la
consustancial historicidad desde la que se atribuyen estos valores, de la que no
se pudieron despojar los arquitectos. Interpretando los edificios medievales
durante el proceso de restauración, estaba en realidad proyectando
retrospectivamente sobre estos edificios ciertas posibilidades y ciertas
tendencias de su tiempo: Juan de Madrazo tendrá la posibilidad de demostrar el
carácter lógico y razonado de la catedral de León a partir del estudio
funcionalista derivado del sistema de bóvedas y Demetrio de los Ríos aporta
consideraciones extraídas del corpus teórico clásico en boga. En esta derivación
de la restauración hacia la problemática propia del pensamiento arquitectónico
del siglo XIX es donde radica su interés fundamental; y es en esta difícil
posición desde donde intentaremos situarnos para analizar algunos de los
proyectos de restauración realizados para la catedral de León durante el siglo XIX.
____________
1 Matías LAVIÑA BLASCO, La Catedral de
León. Madrid, 1876. Prólogo de Manuel M. Fernández y González.
2 Demetrio de los
RÍOS Y SERRANO, La Catedral de León. Madrid, 1895. 2 ts.
(Reeditada en 1989 con estudio introductorio de Julio Arrechea y Javier Ribera).
3 Juan de MADRAZO Y KUNZ,
Contestación que da D. Juan de Madrazo, Arquitecto
Director de la obras de restauración de la Catedral de León, al M.I Cabildo de
ésta. León, 1878.
4nbsp; Juan Bautista
LÁZARO DE DIEGO, “La Catedral de León. Conferencias pronunciadas
en la Sociedad Central de Arquitectos”. A.D.C.I., “Primera conferencia explicada
en 25 de abril de 1884”. Madrid, 1885; t. X; pp. 279-282; Madrid, 25 de octubre de
1885; t. X; n° 20; pp.305-307; Madrid, 10 de julio de 1886; t. XI; n° 13;
pp. 193-195; “Segunda conferencia explicada el 9 de mayo de 1884”. Madrid, 25 de julio de
1886; t. XI; n° 14; pp. 209-212.
5 Incluso la
división formal de la obra de Demetrio de los Ríos en dos volúmenes
no es gratuita, ya que esta partición responde a la duplicidad temática adoptada
por Ríos: el primer tomo está dedicado a la exposición de los datos objetivos
con los que el autor elabora la historia de la catedral de León, mientras que el
segundo volumen trata de las “restauraciones” realizadas en el edificio, desde
el siglo XV hasta las que él mismo realizó; es en esta segunda parte donde Ríos
introduce y desarrolla su propio pensamiento arquitectónico y sus ideas acerca
de la restauración de monumentos.
6 Véase Est. intr.
7
Tomo el término de Javier Hernando que junto con el
“purismo” define las dos
ideas rectoras de la restauración monumental del siglo XIX. Javier HERNANDO,
Arquitectura en España.1770-1900. Madrid, 1989. p. 283.
8 Para esta historia me remito al apartado
bibliográfico dedicado a la catedral
de León.
9
Matías LAVIÑA, “Nueva edificación por Alfonso IX, y vicisitudes por los vicios
de construcción”. La Catedral de León. cap. II; pp. 31-51.
10 La primera pocas semanas
después de hacerse cargo de la dirección de las
obras de restauración en una amplia memoria manuscrita donde relata sus primeras
impresiones del edificio (Demetrio de los RÍOS, Catedral de León. Breve
reseña
del estado actual de sus obras. Año de 1880. León, 20 de abril de 1880. A.G.A.
(E. y C.) C. 8.054, Lg. 8.842), y la segunda en la publicación de su monografía
sobre la catedral de León, donde añade a las observaciones anteriores los
resultados de los doce años que permaneció al frente de las obras, agrupando las
causas del deterioro en seis apartados. (Demetrio de los RÍOS, “Causas generales
de la ruina en la Catedral de León”. La
Catedral de León. t. II; pp. 52-65).
11 Cada uno de estos aspectos
será retomado al tratar los proyectos especiales de
restauración formados para remediar estos defectos; a estos apartados me remito
para un conocimiento más detallado de los mismos.
12
Véase III,2.
13 Demetrio de los
RÍOS, La Catedral de Le6n. t. II; p. 58.
14 Véase VI,2.
15 La deplorable
condición de la piedra empleada en la construcción de la
catedral de León ya fue señalada por Demetrio de los Ríos como una de las
principales causas de la ruina del edificio en el citado informe que realizó al
poco tiempo de llegar a ocupar la dirección facultativa de las obras de
restauración, (Breve reseña del estado actual de las obras de la Catedral de
León; León, 20 de abril de 1880). Posteriormente, en su monografía sobre el
edificio, amplió estas consideraciones; de aquí están extraídas las citas.
Demetrio de los RÍOS, La Catedral de León; t. II; p. 58-60.
16 La
polémica en cuanto a la sustitución de materiales es tratada en VI,2.
17 Demetrio de los RÍOS, Breve
reseña... s.p.
18 Matías LAVIÑA,
La Catedral de León. p. 33 y ss.
19 Demetrio de los
RÍOS, La Catedral de León. p. 60.
20 Antonio PONZ,
Viage de España. t. IX. Véase Est. intr.
21 José CAVEDA Y NAVA,
Ensayo histórico sobre los diversos géneros de
arquitectura empleados en España desde la dominación romana hasta nuestros días.
Madrid, 1848. cap. XXI; p. 353.
22 José Mª QUADRADO y Francisco J. PARCERISA,
Recuerdos y Bellezas de España.
Asturias y León. Madrid, 1855. p.65.
23 Matías LAVIÑA,
La Catedral de León. p. 32.
24 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. t. II; p. 53.
25 Juan de MADRAZO,
Presupuesto fechado en León a 9 de noviembre de 1872.
Traslado de la comunicación y presupuesto de la Dirección facultativa de las obras de
restauración de
la catedral de León por el Gobierno eclesiástico del Obispado de León al Ministro de Gracia y Justicia.
León, 13 de
noviembre de 1872. A.G.A. (E. y
C.), C.8.053, Lg. 8.841, Exp.n° l. Véase V,2.
26 Véase VI,2.
27 Juan Bautista
LÁZARO, “La Catedral de León”.
Primera conferencia. A.D.C.I.
p. 279. Véase VII, I.
28 Matías LAVIÑA,
La Catedral de León. p.58.
29 Demetrio de los RÍOS,
Breve reseña... s.p.
30 Demetrio de los RÍOS,
ibídem.
31 Por otra parte, adelanto que en esta defensa de Demetrio de los
Ríos de la
“unidad” de estilo del edificio, aparte de la consideración propiamente
“constructiva” –caracteristica del “racionalismo neomedieval”– vemos cómo
utiliza argumentos extraídos de la tradición teórica clásica, apelando a la
“armonía”
del todo y de las partes, a la “ingénita belleza”, como conceptos que se suman a los anteriores sin
contradicción, actitud propia de un “ecléctico” en sentido amplio como Demetrio
de los Ríos. Estas consideraciones teóricas serán matizadas en su momento. Véase, VI,1 y 2.
32 Las fuentes
graficas más importantes para conocer el estado de la catedral de
León antes de la restauración –aparte de los proyectos trazados por los propios
arquitectos que presentaremos en su momento– son las estampas
diseñadas por
Fernando SÁNCHEZ PERTEJO, grabadas por Manuel NAVARRO y realizadas por Josef
ASENSIO,
contenidos en la obra del Padre Fr. Manuel RISCO, Iglesia de León y monasterios
antiguos y modernos de la misma ciudad. Madrid, 1792 (reedición León, 1978),
así
como las litografías de Francisco J. PARCERISA pertenecientes al tomo Asturias y
León, con texto de José Mª QUADRADO, de la serie Recuerdos y Bellezas de
España.
Madrid, 1855. (reedición de León, 1989). También recoge el aspecto de la fachada
meridional un grabado realizado por José Mª AVRIAL en 1845 incluido en Cuaderno
de vistas de León tomadas del natural y ejecutadas por don José Mª Avrial y
Flores. Año de 1845. (A.A.S.F. sig.BA\76).
33 Para la comparación del estado anterior a la restauración con el aspecto
actual, véase fot.8, que reproduce una fotografía realizada poco después de
reconstruirse las fachadas y donde se observa con gran claridad la diferencia de
color entre las piedras producto de la pátina acumulada.
34 Para un estudio más pormenorizado de esta etapa del edificio puede
consultarse la bibliografía mencionada sobre la catedral de León. Por otra
parte, un análisis más detenido de estas estructuras será reiniciado al estudiar
los proyectos concretos de demolición, reconstrucción o restauración de estas
zonas a cuya localización que me remitiré a lo largo del texto.
35
Véase Waldo MERINO RUBIO,
Arquitectura hispano flamenca en León. León, 1974 y
“León en el siglo XV”.
Tierras de León. León, 1972; n° 15.
36 Sobre la actividad desarrollada en la catedral de
León durante este período,
véase Javier RIBERA
BLANCO, La arquitectura de la segunda mitad del siglo XVI en la ciudad de León.
León, 1982 y Mª Dolores
CAMPOS SÁNCHEZ-BORDONA, Juan de Badajoz y la arquitectura del Renacimiento en
León. León, 1993.
37 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. t. I. p. 53 y t. II. p. 18.
38
Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León, t. I. p. 36 y ss.; t. II.
pp. 15-19; 110-113; 129-130.
39 Para los planos y proyectos de
Ríos, véase VI,4.
40 La cursiva es mía.
41 Me remito de nuevo al
análisis del proyecto en el interior del proceso de
restauración (VI,4).
42 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. 01, p.110.
43 Juan Bautista
LÁZARO, “La Catedral de León”.
Primera conferencia... A.D.C.I. t. X; n° 20; p. 205.
44 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. t. II; pp. 19 y
20.
45 Véase, VI,3.
46 El desmonte de los pilastrones y la cúpula efectuado por
Matías Laviña fue la
más importante decisión adoptada durante la restauración, pues su derribo
condicionó en gran medida las intervenciones posteriores al iniciarse
seguidamente los desmontes masivos del brazo meridional del crucero con el
consiguiente trastorno y
desorden del sistema de cargas y contrarrestos del edificio. Dada la
trascendencia de estos derribos nos ocuparemos de seguir con bastante detalle
las incidencias de estos desmontes durante la etapa de Matías Laviña. (Véase,
cap. III; al final de este capitulo se incluye un apéndice documental con el
relato detallado de los desmontes).
47 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. t. II; pp. 21 y ss.ç
48 Eloy
DÍAZ-JIMÉNEZ Y MOLLEDA, “Catedral de León. La cúpula del siglo XVII y la
linterna del XVIII”. Erudición Ibero- Ultramarina. Madrid, 1931; t. 1I; n° 8;
pp. 498-525.
49 Matías LAVIÑA,
La Catedral de León. p. 36.
50 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. p. 23.
51 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. t. II; p. 25 y ss.
52
Véase el desarrollo de estas argumentaciones en V,4 y VI,4 respectivamente.
53
Demetrio de los Ríos tuvo que rebatir la opinión expresada por José Caveda y
Nava que consideraba al remate de esta fachada de época plateresca, como “riquísima y delicada obra del Renacimiento” (José CAVEDA Y NAVA, Ensayo
histórico... p. 357). Al fijar Ríos su cronología en 1694, en pleno barroco,
contribuía poderosamente a desacreditar este “ático” y, por tanto, a justificar la
demolición de Laviña.
54 Véase
III,2.
55
Este informe favorable al desmonte de la cúpula fue utilizado como un precedente
de los derribos emprendidos durante la restauración del siglo XIX e, incluso, se
remitió una copia del mismo al Ministro de Gracia y Justicia para avalar las
polémicas operaciones acometidas por Laviña. A.G.A. (E. y C.).
56 Demetrio de los RÍOS,
La Catedral de León. t. II; p. 34.
57
Demetrio de los RÍOS,
ibídem.
58 Véase cap. II.
58 bis Al hablar de
“modelo teorético” aplicado a las formulaciones sobre la
arquitectura medieval realizadas por Viollet-le-Duc soy consciente de estar
aplicando un concepto extraído de los positivistas lógicos, y, muy
particularmente de las definiciones del filosofo argentino Mario Bunge que, como
es sabido, se aparta de aquellos en el rechazo de todo fenomenismo y
subjetivismo y en la adopción de un realismo crítico. Sin embargo, creo que en
la aplicación de este concepto se reúnen, como veremos a lo largo de la
exposición, algunos de los componentes fundamentales del método de estudio de la
arquitectura trazado por el “racionalismo neomedieval”, que, influenciado por
las formulaciones positivistas, trata de desarrollar el estudio de la
arquitectura, considerada como fenómeno natural, en una sucesión de etapas:
reconocimiento del problema, formaci6n de objetos modelos, es decir
idealizaciones como medio para atrapar conceptualmente la realidad
arquitectónica, formulación de hipótesis y contratación, todo ello producto de
la emulación científica. Para el concepto de “modelo
teorético”, véase Mario
BUNGE, La ciencia, su método y su filosofía. Buenos Aires, 1960; La
investigación científica, 1969 y, especialmente, Teoría y realidad. Madrid,
1972.
59
Mario BUNGE, Teoría. p. 33.
60 Leopoldo Torres Balbás realizó en 1920 una
sistemática critica a la teoría de
la historia de la construcción formulada por Viollet-le-Duc; precisamente, el
punto clave de la crítica era el exceso de formulación teórica que detectaba
Torres Balbás en los escritos de Viollet, carentes de una detenida contrastación
empírica: “sus dibujos obedecen a concepciones teóricas”, las restauraciones
siguen una “idea abstracta”,
“verdaderas teorías sin vida”, con un notable
“abuso de las nociones científicas”, mientras que afirmaba que el contraste con
los edificios medievales, posterior a las formulaciones de Viollet-le-Duc,
ofrecía unos resultados diferentes, menos sistemáticos: “Ese largo proceso de comprobación y
análisis parece terminar ahora; de toda esa labor crítica surge
una nueva concepción de la arquitectura medieval, según la cual vemos a ésta
menos lógica, menos razonadora y científica, con todos los tanteos, errores y
vacilaciones de las obras humanas”. Leopoldo TORRES BALBÁS, “De cómo evoluciona
una teoría de la historia de la construcción”.
Arquitectura. Madrid, agosto de
1920; año III; n° 28; pp. 205-215. Este articulo de Balbás servía como “prólogo”
a un extenso estudio de Rogerio GILMAN, “Las
teorías de la arquitectura gótica y
el efecto de los bombardeos en Reims y Soissons. Los problemas teóricos de la
arquitectura gótica”, donde se cuestionaban más detalladamente las
teorías
racionalistas de Viollet-le-Duc aplicadas a la arquitectura medieval. Sin
embargo, considero que el “modelo teorético” formulado por Viollet-le-Duc para
explicar el comportamiento de la arquitectura medieval no quedó invalidado ni
con estas ni con otras críticas que recibió (véase cap. V), sino que realmente
como tal modelo es lógicamente parcial y aproximativo, es decir pretende
esquematizar la realidad y abstraer unos principios de funcionamiento de la
arquitectura medieval; pero más que la adecuación histórica de su lectura de la
arquitectura gótica, interesa “su estimulante actitud de leer la catedral gótica
en función del edificio moderno de estructura reticular”. Renato de FUSCO, La
idea de la arquitectura. Historia de la crítica desde Viollet-le-Duc a Persico.
Milano, 1968; Barcelona, 1976. p. 21.
61
Véase cap. V.
62 Eugène VIOLLET-LE-DUC,
Dict.rais. t. VI; p. 324.
63 La influencia del dibujo de Viollet en los dominios de la
creación arquitectónica no sólo se hace patente en el alto grado creativo que
adquirió en
ocasiones la restauración de monumentos, como en el caso de la catedral de León,
sino que tambi6n se aplicó a la construcción de nueva planta; en este ultimo
sentido parecen claras las deudas con este objeto modelo del Dictionnaire en dos
de los grandes proyectos de edificaciones religiosas del siglo XIX, como fueron
el proyecto de Francisco de Cubas para la catedral de la Almudena de Madrid y el
de Repullés y Vargas para la Basílica de Santa Teresa en Alba de Tormes. Sin
embargo, en la producción del propio Viollet-le-Duc, como ha demostrado Bruno
Foucard, no parece encontrarse resonancias, como quizás sería de esperar, de
estos ejemplos de “catedrales del siglo XIII”, así sentencia Foucard: “la cathédrale restée
idéale”. (Bruno FOUCARD, “Viollet-le-Duc et la construction des
églises”. Catalogue Viollet-le-Duc. Paris, 1980. pp. 178-183).
64
José CAVEDA Y NAVA, Ensayo... pp. 349-350.
65 Paul
LEÓN, La vie des monuments français. Paris, 1951.
66
Véase Germain BAZIN, “Viollet-le-Duc et la science de l’art”. A.C.I. pp. 127-130. y Bernard THAON,
“Viollet-le-Duc, pensée scientiphique et pensée architecturale”. A.C.I. pp. 131-142.
67 Esta
metodolgía sería adoptada con todas sus consecuencias, hasta llegar a
la polémica violenta, por Juan de Madrazo. Véase V,5.
68 Maurice BESSET,
Les Architectes celébres. Paris, 1959. 2 vols. y también “Viollet-le-Duc,
seine Stellung zur Geschichte”. Historismus and Bildende Kunst. München, 1965.
(citado en extracto de textos por Geert BEKAERT, A la recherche de Viollet-le-Duc.
Bruxelles,1980. pp. 26 y 27).
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