| |
– ESTUDIO INTRODUCTORIO
–
LA ARQUITECTURA GÓTICA: DE LA
RECUPERACIÓN
HISTORIOGRÁFICA A LA
RECUPERACIÓN ARQUITECTÓNICA
La catedral de León fue declarada Monumento Nacional por Real Orden de 28 de
agosto de 1844. Era la primera declaración de este tipo que se realizaba en
España, adoptada como prolongación de las disposiciones dictadas por el Estado
en 1840 para la protección de monumentos antiguos. Con estas medidas se iniciaba
el proceso institucional y administrativo que habría de llevar a la tramitación
del expediente de restauración de la catedral de León a partir del año 1857
1.
Desde esta fecha, el Estado, impulsado por la tutela consultiva de la Academia
de San Fernando, decide ocuparse definitivamente de la consolidación y
restauración de uno de los ejemplos más puros y perfectos del arte gótico en
tierras españolas. Esta determinación significaba no sólo la intención de
mantener una política oficial y efectiva de defensa del patrimonio histórico
artístico, sino también la aceptación plena a esta altura del siglo de la
arquitectura medieval como parte fundamental –incluso podemos decir que
privilegiada– del patrimonio arquitectónico.
La emisión de este embrión de normativa legal hacia mediados del siglo XIX y la
consiguiente puesta en marcha de la maquinaria administrativa y burocrática
supuso la novedosa consideración del problema de la protección del patrimonio
histórico como una cuestión de amplia repercusión social en que el Estado asume
la responsabilidad de su conservación debido a su interés público. Pero estas
medidas administrativas son el reconocimiento final de un trabajoso proceso de
recuperación de la arquitectura medieval iniciado desde finales del siglo XVIII
a través de la obra historiográfica emanada de los círculos eruditos
2.
1)
“EL GÓTICO DE LAS LUCES”
*.
La revaporización de la arquitectura medieval, especialmente de la
gótica, si
bien se ha considerado como una de las notas distintivas del romanticismo
decimonónico, en realidad parte de la plataforma
cultural cimentada durante la segunda mitad del siglo XVIII, momento de especial
importancia para la irrupci6n de la contemporaneidad.
Las publicaciones de destacados eruditos como Jovellanos, Ponz, Llaguno y
Cean, contribuyeron poderosamente a la revalorizaci6n de la arquitectura gótica
en la España de la Ilustración. Con las apreciaciones de estos intelectuales
acerca del gótico se conforma un discurso abierto que permitirá alternativas
diversas; a partir de esta recuperaci6n historiográfica del gótico en el siglo XVIII, esta arquitectura
servirá en la centuria posterior de sostén a tendencias
ideológicas y valoraciones arquitectónicas muy distintas, que podremos apreciar
de modo privilegiado en el recorrido a lo largo del proceso de restauración de
la catedral de Le6n durante el siglo XIX.
Las raíces de esta valoración del gótico en el último tercio del siglo XVIII
parten del vacío abierto tras la quiebra de la concepción unitaria y absoluta
del clasicismo. Las reflexiones sobre la arquitectura gótica en estas décadas
finales del setecientos muestran con claridad las tensiones y contradicciones de
la Ilustración al extender el ejercicio del método racional critico a la
revisión del pasado artístico.
La crisis del clasicismo tradicional tras la fractura abierta por la
“querelle”
francesa entre los antiguos –Blondel–
y los modernos –Perrault– abre una nueva
etapa en la concepción del clasicismo arquitectónico. Después de entrar en
crisis la pretendida organicidad del lenguaje clásico, varias fueron las vías
propuestas para intentar regenerar la arquitectura. Entre ellas nos interesa
destacar la necesidad de fundamentar la disciplina arquitectónica
–y el arte en
general– en la relectura crítica de la Historia. La
introducción de la Historia
en el debate teórico es, en este sentido, de suma importancia: el estudio
histórico fue utilizado en un primer momento para abstraer del cúmulo fáctico de
períodos, obras y artistas los principios “suprahistóricos” y absolutos de la
doctrina clásica; pero la investigación histórica, en un momento posterior,
conducirá irremediablemente a la destrucci6n de esta utopía unitaria con el
desarrollo de un historicismo que afirma la validez de otros períodos formados
al margen de las normas del clasicismo, aún cuando se valore a este
–al
clasicismo– como el
“verdadero estilo”.
Las primeras estimaciones de la arquitectura
gótica surgirán, por tanto, como
resultado del cultivo por los intelectuales ilustrados de la Historia,
considerada como instrumento privilegiado para entender y justificar la
situaci6n presente.
Las recopilaciones eruditas se inician, no obstante, con una figura intelectual
característica del siglo XVIII: los “anticuarios”; estos eruditos del pasado
dotan de una nueva coherencia visual y semántica a las
“antigüedades”, a
través
de un importante esfuerzo de conceptualizaci6n y revalorización del
“monumento”,
que se comienza a “conservar”
ahora en los corpus de edificios registrados en las publicaciones que actúan como un primer
“museo de papel”.
L’Antiquité
expliquée et representée en figures de Montfaucon (1722) proponía ya un
detallado y completo inventario de antigüedades. Además de esta extensión en la
nomenclatura utilizada, también se amplió notablemente el campo
espacio-temporal, con los descubrimientos de Herculano (1713), Pompeya (1748) y
Paestum (1746) –acompañados de las primeras publicaciones dotadas de
ilustraciones– y a su vez se dilató el espacio
geográfico estudiado a medida que
los viajes eruditos exploraron el Mediterráneo hasta el Oriente Medio y
atravesaron Egipto hasta llegar a Sudán.
Sin embargo, estos “anticuarios” de los valores
histórico y artístico del
monumento no retuvieron más que el primero y descuidaron casi completamente el
segundo; de ahí su escaso interés a la hora de valorar sus contribuciones para
la teoría del arte. Este componente crítico, fundamental para ir desbrozando el
camino hacia la introducción del gótico en los dominios de la reflexión estética
–aún cuando en principio sea para despreciarlo–, aparece en la obra teórica de
autores como Winckelmann y Mengs
3.
El desarrollo de los primeros intentos de estudio
científico, crítico y racional
de la Historia del Arte en la época coincidente con el auge de la Ilustración no
es, en modo alguno, casual. La Ilustración como movimiento ideológico no sólo de
carácter estrictamente filosófico, sino cultural en sentido extenso, trae
consigo un “estado de espíritu” que impregna todas las facetas del saber. En
este proceso de “efervescencia general de los
espíritus”, como lo calificara D’Alembert, el deseo de clarificación racional del mundo, del hombre y de su
actividad llevará a que hasta los conceptos más firmemente establecidos sean
sometidos a la “critica racional”. Como dice Marchan Fiz,
“la efervescencia
remueve lo más afianzado, promociona los nuevos principios erigidos en la nueva
autoridad tras la crítica a los modelos e instancias transcendentes, divinas
4.
El siglo XVIII se articula, pues, como el
“siglo de la crítica”
tal como lo deftnió Ernst Cassirer. Según este autor,
“el empeño radical del siglo se
orienta hacia un conocimiento claro y seguro de lo singular, hacia la
unificación formal y la concentración lógica rigurosa”
5.
En definitiva, se trata, como dirá Kant en 1784, de la
“salida del hombre de su
culpable minoría de
edad” a través del ejercicio racional y de la aplicaci6n rigurosa del principio
del sapere aude
6.
La extensión de la aurora de la razón posibilitará que en los dominios del Arte
se introduzca el método crítico y la consabida proliferación de estudios que
permitieron toda clase de fundaciones disciplinares, como las
“Poéticas” de Batteaux, du Bos o Lessing,
la “Critica del Arte” ejercida por Diderot o la
“Estética” como disciplina independiente con Baumgarten. En el campo de la
fundación disciplinar de los estudios de “Historia del Arte” fue de suma
importancia la labor desarrollada por el erudito alemán Johann Joachim
Winckelmann y el pintor-filósofo bohemio Anton Raphael Mengs.
La actividad de estos dos teóricos será fundamental. La nueva
investigación que
emprenden del pasado artístico comporta una revisión de valores para fundamentar
la doctrina clásica del Bello Ideal a partir del estudio histórico de los
principios y leyes que rigen el pasado artístico
7. De hecho, el
“bello ideal” actúa como
“criterio unificador” o
“articulador” del
método histórico adoptado
por Winckelmann y Mengs. Este punto de partida lleva a estos dos autores a
presentar una Historia del Arte de carácter “orgánico”, como una sucesión de
etapas de crecimiento y florecimiento para acabar marchitándose y muriendo,
imagen de la “Naturaleza orgánica”
8.
Este método esta presidido por un objetivo
claro que expresa Winckelmann de modo muy preciso cuando dice que
“la Historia
del Arte ha de enseñar el origen, el desarrollo, la transformación y decadencia
del mismo, así como los distintos estilos de los pueblos, épocas y artistas,
demostrando en la medida de lo posible, y por medio de las obras antiguas que
han sobrevivido la veracidad de lo expuesto”
9Mengs participa igualmente de
esta concepción del Arte cuando se propone escribir
“sobre el principio,
progresos y decadencia de las artes del diseño”, pues para
él “la Pintura (y
por extensión el Arte) ha estado sujeto a las mutaciones que padecen las cosas
humanas: ha tenido su aumento y decadencia, ha vuelto a levantarse hasta un
cierto grado, y va declinando de
nuevo”
10.
La intención última de estos autores es, por consiguiente, presentar en el
interior de este discurso histórico a la Grecia Clásica precisamente como un
modelo universal y suprahistórico
11. Así, deduce el
historiador italiano Giulio Carlo Argan que, “Winckelmann no refuerza la
continuidad histórica entre lo antiguo y lo moderno, sino que la anula”
12; por
esta razón, su actividad intelectual, aún cuando hace de la
Historia un instrumento de crítica privilegiado, no puede considerarse
“historicista” en sentido estricto.
En lo que ahora nos preocupa de modo más inmediato
–la recuperación historiográfica de la arquitectura gótica– este discurso
historiográfico
comportara la elaboración de un juicio negativo sobre el gótico; las acres
palabras que Mengs dedicó a la arquitectura gótica fueron muy conocidas en los
círculos intelectuales españoles, aunque no tardaron en ser superadas
13:
“Quando finalmente se perdió la estimación de las Bellas Artes en el Imperio
Romano ocupado en continuas guerras, y quando las invasiones de las
Naciones bárbaras destruyeron hasta los principios del buen Gusto, llegó el
tiempo de la Arquitectura que conocemos bajo el nombre de Gótica (...) queriendo
imitar
sin reglas los edificios antiguos, que ellos mismos arruinaban (...),
descuidando, para despachar presto las obras, el estudio, el buen gusto y las
bellas proporciones
(...) y poniendo el merito en la dificultad y el atrevimiento, produjeron cosas
extravagantes y ridículas, totalmente contrarias a la Belleza y la razón”.
El prestigio de que gozó la autoridad teórica de Mengs en nuestro
país fue una
importante contribución para la cimentación del gusto clásico en la España
ilustrada
14. Sin embargo, el exceso de rigidez
académica y de racionalismo que se aprecia en el pensamiento de Mengs serán
pronto atenuados; en los últimos decenios del siglo XVIII se contempla un
importante cambio de actitud estética en los pensadores ilustrados españoles: la lectura de las
teorías de Mengs les ha llevado a
la asimilación de la doctrina del Bello Ideal y la admiración por la Antigüedad
Clásica, pero el recorrido histórico se amplía ya hacia
otros estilos artísticos formados al margen del mundo clásico y que comienzan
ahora a ser apreciados
15.
Este giro conceptual que se aprecia en la teoría de las artes
española de fines
del siglo XVIII, no exento de tensiones, ha sido claramente expuesto por Henares
Cuellar que lo resume del siguiente modo
16“el proceso de pensamiento teórico
en la segunda mitad del siglo XVIII va desde una cultura unitaria con su propio
discurso historiográfico, a un historicismo que se introduce polémicamente para
contestar la organicidad del clasicismo, desembocando en una historia que
pretende convertirse par sí sola en objeto de expresi6n y exaltación”.
El estilo gótico será uno de los más beneficiados de esta apertura derivada de
la afirmaci6n del carácter utópico del clasicismo, de la quiebra de su horizonte
unitario
17. Esta fractura viene
señalada por diversos frentes: desde el
interior de la nueva historiografía contrastiva, con la incidencia de la
arqueología en las concepciones teóricas y por la introducción de las nuevas
categorías estéticas que emergen ahora –lo pintoresco, lo sublime o el despertar
del tema de la ruina– derivadas de la naciente conciencia
estética
individualista de la imaginación
18.
La subjetividad del juicio abre paso al cuestionamiento progresivo del
carácter
absoluto de la teoría del bello ideal tal como aparecía expuesta en los escritos
de Winckelmann o Mengs. Con ello no se quiere afirmar que en este periodo el
arte gótico o el hispano-musulmán, por ejemplo, formen una verdadera alternativa
al clásico: éste continuará siendo el aceptado como paradigma, pero lo
importante es que se ha introducido ya el relativismo histórco que afectara a la
valoración del arte clásico. Los estudios históricos, que primero afirmaron la
superioridad y universalidad del clasicismo, ahora siguen aceptando su primacía
pero de modo mas precario, puesto que por el desarrollo de la Historia se ha
introducido una duda racionalizada y crítica sobre la validez universal del
código clásico.
Estas tensiones entre el pujante subjetivismo
estético y el código racionalista
del clasicismo aparecen en la valoración del gótico realizada por algunos de
nuestros más lúcidos ilustrados. Las contradicciones entre el racionalismo y el
sentimiento sitúan sus juicios sobre la arquitectura gótica en un campo
comprometido: este dualismo critico les lleva a juzgar el gótico desde una
óptica clasicista –la imperante entonces–, pero no por ello dejan de percibir en
la arquitectura gótica rasgos diferentes al paradigma clásico y que son
interpretados con la nueva sensibilidad
19.
El polígrafo asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos fue uno de los eruditos
españoles que ofreció una visión más rica y compleja del ante medieval. En su
amplia bibliografía se puede marcar una línea divisoria entre las obras
publicadas con anterioridad a ser encerrado en el Castillo de Bellver y aquellas
otras que realizó durante el periodo de siete años que pasó en prisión en la
fortaleza gótica mallorquina.
El cambio que se aprecia en sus escritos de Bellver es de gran importancia. Del
juicio anterior, expresado en la línea de la doctrina clásica de Mengs o Milizia,
pasa Jovellanos a anticipar ciertas actitudes de la arqueología romántica
20. De
hecho, estos escritos –culminación del planteamiento crítico de Jovellanos– han sido considerados el germen de la obra de
románticos como
Piferrer, Quadrado, Pi i Margall, Roda o Assas
21.
Esta apertura del juicio de Jovellanos hacia la arquitectura medieval estará
acompañada de su confrontación con el modelo clásico, al que se reconoce su
calidad superior, de modo que esta primera visión del gótico es fundamentalmente
contrastiva. Esta tensión se deja ver claramente en los juicios de Jovellanos
sobre la catedral de Palma de Mallorca: critica su discordancia con las normas
clásicas, “falta de euritmia ... forma tan extraña”, pero, a pesar de ello,
reconoce que “tiene un no se qué de grande y majestuoso que sorprende y agrada
notablemente a la vista”
22. Es interesante subrayar ese no sé qué del que habla Jovellanos, reconocimiento en la arquitectura medieval de un contenido emocional
básico, aportación del subjetivismo estético, que desborda ya la concepción de
la crítica estrictamente racionalista de la arquitectura. Esta línea le llevará
a sostener en su Carta sobre la arquitectura inglesa y la llamada gótica la
supremacía de lo imaginario sobre lo real en una posici6n de gran modernidad.
Un papel destacado en esta visión historiográfica del
gótico ocupa también el
erudito castellonense Antonio Ponz Piquer. De gran importancia es su Viaje de
España, publicado en dieciocho tomos entre los años 1772 y 1794 y redactado de
forma epistolar
23. La importancia de esta obra, aparte de su valor
crítico,
reside en la idea de realizar un inventario completo de los bienes artísticos
existentes en España en esta época. Esta actividad de Antonio Ponz se vincula en
gran medida con su cargo como Secretario de la Academia de San Fernando. Las
disposiciones que el gobierno de Carlos III comenzaban a emitir en favor de la
Academia para poner bajo su control la actividad artística y la custodia de los
edificios de valor, favorecieron e impulsaron la actividad de Ponz
24.
Antonio Ponz en esta y otras obras desata sus iras contra el barroco
churrigueresco paralelamente a la apelación a las reglas de la estética
clasicista como medio de restaurar el buen gusto en las artes. El apelativo
“churrigueresco” quedará consagrado a lo largo del siglo XIX como sinónimo de
arte extravagante e irracional a partir de la culminación crítica que realiza Ponz. Incluso, como veremos en el proceso de
restauración de la catedral de León,
las partes barrocas del edificio medieval serán demolidas sin miramientos tras
la virulenta crítica despreciativa contenida en el apelativo
“churrigueresco”.
La crítica del gótico realizada por Ponz está exenta de estos
términos
despectivos pese al mencionado gusto artístico clasicista que mantiene, fruto de
sus estancias en Italia. Antes bien, en su lectura del gótico, de modo similar a
Jovellanos –aunque sin la riqueza conceptual
del asturiano– Ponz muestra ese
dualismo, mantenido entre tensiones, entre la apreciación de la arquitectura
gótica y el modelo clásico vigente. En rasgos generales, puede decirse que la
visión de Ponz sobre el gótico oscila entre una critica a su excesiva
ornamentación y un reconocimiento de ciertas virtudes técnicas, constructivas, e
incluso, podemos decir que hasta poéticas. En su Viaje de España la catedral de
León ocupa un puesto especial, pues ya se comienza a valorar como uno de los
monumentos más interesantes y representativos de la arquitectura gótica. De ella
habla Ponz con términos sumamente expresivos
25:
“Muy bien se puede decir que, en su género
gótico, es una de las cosas más
particulares que pueden verse, atendiendo a su gentil y delicada construcción, a
la finura de sus ornamentos, y, sobre todo, a su fortaleza, junta con tan poco
espesor de paredes, que parece milagro puedan mantener la gran máquina”.
Esta definición coincide con los calificativos que empleó para referirse a la
catedral de Toledo, destacando su “grandeza y solidez”, o a la de Burgos, que le
sugería sensaciones de “alegría y delicadeza”.
Pero, si extractamos alguno de los juicios negativos, veremos como a Ponz
le molesta de la arquitectura gótica su profusión ornamental, ese
“laberinto tan
intrincado de capiteles, torrecillas, pirámides y templetes derramados sin orden
y sin necesidad por todas las partes del templo”. El racionalismo
neogótico del
siglo XIX se encargará de refutar estas acusaciones y mostrará, como veremos, un
modelo interpretativo del gótico como arquitectura perfectamente sistemática y
coherente.
Las observaciones que Eugenio Llaguno y Amírola dedica a la arquitectura
gótica
en sus Noticias
de los arquitectos y de la arquitectura en España desde su restauración no
presentan la hondura de concepciones que podíamos observar en los escritos de Jovellanos
26. La obra, pese
a las largas descripciones y abundantes datos que aporta, carece prácticamente
de un aparato crítico que permita extractar una valoración o concepción acerca
de la arquitectura gótica. No obstante estas carencias, que ya fueron advertidas
algunos años después por Caveda y Nava, la obra de Llaguno distinguía ya entre
una arquitectura denominada “gótico-germánica” y otra
“gótica” propiamente dicha
en la que agrupaba a las grandes catedrales del siglo XIII
27. Interesa destacar
como Llaguno establece esta distinción en buena medida por las distintas
sensaciones que asocia a una y otra arquitectura: la gótico-germánica antigua la
caracteriza por la “pesadez y oscuridad”, mientras que la
gótica específica
destaca por su “elegancia, gentileza, claridad y bella proporción”. Nuevamente Llaguno considera a la catedral de
León como el ejemplo más destacado de esta
última arquitectura. Además, dentro de la recopilaci6n bibliográfica emprendida
para documentar su trabajo, Llaguno realzó una amplia lectura de títulos
diversos. Así, para el estudio de la catedral de León recurrió a la obra de
Atanasio de Lobera, Historia de las grandezas de la muy antigua e
insigne ciudad e iglesia de León y su Obispado (1596), la de Gil González
Dávila,
Teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas y catedrales de los reynos de
las Dos Castillas (1645), así como la Historia de la ciudad y corte de
León y
sus Reyes (1792) del padre Fray Manuel Risco.
Ceán Bermúdez, en sus anotaciones y comentarios a la obra de Llaguno, se detiene
en consideraciones más detalladas acerca de edificios de los siglos XI y XII, es
decir, de la arquitectura que hoy denominamos románica. García Melero,
comparando las anotaciones de Ceán con la obra de Llaguno, observa un avance en
lo que se refiere a la aportación erudita y un retroceso en cuanto a la
concepción estética
28.
En todo caso, interesa destacar en esta visión de ambos
–y del resto de
escritores de la época– la consideración de la arquitectura propiamente
gótica
como la culminación de las experiencias medievales, caracterizada por su
elegancia y delicadeza, en oposición con la arquitectura anterior altomedieval,
que es juzgada de una excesiva tosquedad, pesadez y oscuridad
29. Estas
apreciaciones aparecen claramente expresadas en comentarios de edificios de la
singularidad histórica de la catedral de Tarragona, de la que dice Ceán
30:
“... lo cierto es que tardó mucho tiempo en concluirse la obra de esta iglesia,
y que no tuvo la elegancia y la hermosura hasta el siglo siguiente, en que la
arquitectura gótica se presentó en España con toda su riqueza de adornos”.
Como vemos, los escritores ilustrados españoles del siglo XVIII no
distinguieron con claridad las distintas secuencias del arte medieval y las
diferencias estilísticas entre el románico y el gótico, pese a que diferenciaban
con claridad las artes de la Alta y la Baja Edad Media. Bajo el término de
“gótico”
se incluyeron todos los estilos medievales en una consideración indiferenciada.
A lo largo del siglo XIX, con el desarrollo de los estudios arqueol6gicos y la
necesidad de conocer en profundidad el mecanismo de los edificios medievales
para restaurarlos, se producirá un progresivo proceso de razonamiento entre
estas diferentes secuencias del arte medieval.
En todo caso, mas allá de estas imprecisiones, nos interesa
señalar como
conclusión a este breve bosquejo de la apreciación del gótico en la obra de los
ilustrados españoles, la “recuperación
historiográfica” que se produce en este
momento de la arquitectura gótica. El calificativo vasariano de
“gótico” se
atenúa en sus connotaciones ideológicas negativas y la arquitectura gótica
comienza a ser estudiada y estimada; como afirma el profesor Azcarate,
“los
estilos medievales se ofrecen la mayor parte de las veces no como una
degeneración de lo clásico, sino como una cosa diferente”
31.
Esta primera visión positiva del gótico es fundamentalmente contrastiva: la
arquitectura gótica tiene la consideración de las artes exóticas, se reconocen
ciertas cualidades interesantes a este genero de arquitectura
–técnicas,
espaciales o poéticas– pero siempre el gótico
será contemplado desde la atalaya
privilegiada del clasicismo, sin dudarse de la superioridad del modelo clásico.
Lo cierto es que esta recuperación historiográfica de la arquitectura gótica
–pese a su timidez tendrá una importancia fundamental en el desarrollo
teórico-artístico
del siglo XIX; su papel de punta de lanza se sumó a las transformaciones
estéticas e ideológicas del momento y contribuyó poderosamente a la
relativización de la doctrina clásica, de su valor exclusivo, absoluto y
suprahistórico. La disolución del clasicismo, la plena recuperación de la Edad
Media y el eclecticismo serán los grandes temas que se debatirán en el siglo XIX.
Esta problemática, una vez introducida polémicamente, y no sin tensiones, por
los círculos ilustrados, será “teorizada” y dotada de un corpus
ideológico
consistente durante el siglo XIX.
El salto de la recuperación historiográfica a la
recuperación arquitectónica de
la arquitectura gótica se realizará en España durante el siglo XIX, El
reconocimiento de su singularidad histórica y artística fue el primer paso; pero
esta nueva apreciación de la arquitectura gótica que se produce a finales del
siglo XVIII limitará su incidencia a estos niveles teóricos, estéticos o
historiográficos, puesto que la repercusión práctica de las influencias
medievales en la producción arquitectónica del momento fue mínima, prácticamente
inexistente.
2) ALGUNOS CRITERIOS DE
INTERVENCIÓN ARQUITECTÓNICA DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL
SIGLO XVIII.
Las intervenciones que se realizaron en edificios medievales durante este
período
de recuperación historiográfica de la arquitectura gótica fueron numerosas.
Especial importancia tuvieron las reconstrucciones, transformaciones y adiciones
llevadas a cabo en las grandes catedrales góticas, que por sus dimensiones y
significados son susceptibles de experimentar una actividad casi permanente en
sus fábricas.
La complejidad de los criterios y planteamientos proyectuales que se observaron
en las intervenciones materializadas o imaginadas en este periodo de especial
interés permanece aún carente de un estudio detallado. Sin tratar aquí de
simplificar una problemática en exceso intrincada para ser cerrada en breves
líneas, nos limitaremos tan solo a extractar algunos criterios de intervenci6n
señalados recientemente por algunos autores al tratar el tema
32. Este veloz
recorrido por la temática nos puede servir de
precedente contrastante con lo que va a ser la restauraci6n monumental en el
siglo XIX, aplicada a la catedral de León.
Entre las personalidades que expusieron algunos criterios metodológicos para la
intervención en edificios medievales destaca la figura de Isidoro Bosarte,
Secretario de la Academia de San Fernando, sucesor en el cargo de Antonio Ponz.
Las opiniones de Bosarte sobre este tema parten de
su visión extremadamente
critica del gótico, producto de un vitrubianismo mantenido a ultranza, hasta ser
definido como “el principal crítico español del
gótico”
33. Este racionalismo y vitrubianismo adoptado como punto de partida le lleva a Bosarte a censurar
vivamente la arquitectura medieval por su falta de
“proporción”,
“simetría”,
“euritmia”,
“decoro”,
“equilibrio”, es decir, utilizando todo el rigor de la
doctrina clásica.
La oposición entre clásico y gótico, con la afirmación de la radical
superioridad del sistema clásico, la extiende hasta mantenerla como método de
restauración de edificios medievales en las opiniones expresadas en su Discurso
sobre la restauración de las Bellas Artes en España
34. Bosarte, en las paginas
de este libro, acepta la intromisión de la arquitectura clásica en el organismo
gótico del edificio, e incluso llega a afirmar que
“añadiendo nuevas obras al
gótico iría renaciendo el edificio según el buen arte”; es decir, las
interferencias clasicistas, realizadas conforme al
“buen gusto”, contribuyen a
“ennoblecer” las fábricas medievales. Como se puede observar, este es un
criterio que chocará frontalmente con el “purismo” historicista
mantenido en el
ochocientos.
Estas adiciones clásicas se limitarían a las obras nuevas, de completamiento,
que hubieran de realizarse en el edificio, como de hecho se materializaron en
multitud de ocasiones. Efectivamente, otro criterio interesante que mantiene
Bosarte le sitúa por el contrario dentro de una valoraci6n historicista del
monumento considerado como documento fundamental para la historia del arte,
puesto que sostiene la necesidad de conservar el edificio íntegramente, en toda
su heterogeneidad estilística; así afirma
35:
“La Historia de las Artes debe quedar dotada, y tanto lo bueno como lo malo
pertenece a la Historia del Arte, cada cosa para su fin. Un edificio, u otra
obra de Arte ya hecha, tiene un cierto derecho a existir. Las correcciones y las
enmiendas de otras escuelas no le pertenecen”.
Estos dos principios constituyen el nudo de toda
teoría de la restauración, que
fluctuará durante el siglo XIX entre la necesidad de respetar el testimonio
histórico del edificio o transformarlo siguiendo la aplicaci6n rigurosa del
criterio de la “unidad de estilo”
36. Las tensiones surgidas a finales del siglo XVIII con el nacimiento del incipiente historicismo y la
afirmación simultanea
de la superioridad del sistema clásico se reflejan también en las dudas con que
tropieza Bosarte a la hora de trazar una metodología para la intervención en
edificios medievales. En efecto, si en las opiniones que acabamos de expresar
admite la interferencia de la arquitectura clásica en los edificios medievales,
en un escrito posterior –de 1804–
modifica este criterio y se muestra partidario
de proseguir los edificios incompletos de la Edad Media en sus estilos
primitivos
37. Como ha sido
señalado
38, es
sintomático como esta importante
modificación que se aprecia en el pensamiento de Bosarte se realiza después de
sus viajes con el conde Aguilar entre 1778 y 1786 a Turín y Viena, donde pudo apreciar los celebres ejemplos de los
planteamientos para completar las catedrales de Milán y Estrasburgo en sus
estilos originales
39
Sin embargo, aunque Bosarte se decante en sus últimos escritos por admitir el
completamiento de los edificios medievales de acuerdo con su estilo original,
este criterio, afirmado progresivamente a partir del segundo cuarto del siglo
XIX, tropezará con la falta de conocimiento y manejo del mecanismo constructivo
de los edificios medievales por parte de nuestros arquitectos académicos,
formados en la tradición clásica. La intervención de Matías Laviña en la
catedral de León será un claro ejemplo de esta situación.
En cuanto a las realizaciones prácticas, un breve recuento de algunas de las
intervenciones más significativas realizadas en el siglo XVIII dará como
resultado “la pervivencia de una mentalidad barroca” en estas
“restauraciones”,
“aún con el empleo de unas formas más o menos barrocas clasicistas
o neoclásicas”
40.
Las nuevas fachadas que se erigen en las catedrales
góticas durante esta época
muestran una notoria concepción escenográfica, a modo de telones que permanecen
ajenos y totalmente independientes del resto de la fábrica medieval. De hecho es
una continuación de los criterios empleados tradicionalmente y que se pueden
ejemplificar en las antiguas fachadas de la catedral de León antes de la
restauración, sobre todo el remate de la meridional trazado por Manuel Conde
Martínez en 1694
41.
Esta práctica se extendió a lo largo de todo el siglo XVIII con las fachadas
principales de la catedral de Valencia (1703) de Conrado Rodulfo o la de Murcia
(1731) de Jaime Bort. Especial interés revisten las intervenciones del
omnipresente arquitecto de Ciempozuelos, Ventura Rodríguez. Las fachadas que
proyectó para las catedrales de Burgo de Osma en 1755
42, de Toledo en 1773
43,
la de Pamplona de 1783
44 y su
intervención en la fachada de Lugo
45
–realizada
en 1769 por Sanchez Bort bajo la supervisión de Ventura Rodríguez– testimonian
estos mismos criterios de imponer el clasicismo barroco con escasa atención a la
arquitectura preexistente.
Sin embargo, últimamente se ha puesto de relieve un interesante y significativo
cambio de actitud en la trayectoria de Ventura Rodríguez con motivo de su
destierro a Valladolid en 1760, tras los incidentes mantenidos con la Academia
de San Fernando. En su estancia en la capital castellana, Ventura Rodríguez se
ocupará de realizar un proyecto de consolidación de la catedral vallisoletana
que continuará en Madrid una vez levantado el destierro y completará con una
propuesta para concluir la fábrica de la catedral. Estos proyectos denotan una
transformación en el modo de valorar Ventura Rodríguez el edificio preexistente:
en las intervenciones anteriores, como ha señalado Chueca Goitia,
“cuando se le
encargaba la reparación de un antiguo monumento, solía aconsejar que se
derribara y se construyera otro en su lugar, naturalmente según sus planos”;
este criterio fue el seguido cuando informó sobre la iglesia de Silos o en su
proyecto de sustitución de la catedral gótica de Burgo de Osma por otra de
surgida de sus trazas. Sin embargo, en la intervención de Valladolid modifica
radicalmente este criterio: lo que pretende en 1761 es consolidar y finalizar la
iglesia, rematar las torres y capillas y definir la fachada lateral; como ha
indicado Carlos Sambricio, ahora Rodríguez “entiende el edificio como inconcluso
y propone su finalización reclamando el saber histórico; lejos quedan los años
de Soria o Burgo de Osma”
46. Para Sambricio esta
intervención es, por tanto, de suma importancia en el contexto
arquitectónico del momento, puesto que “"refleja como la
polémica sobre el
sentido de la historia ha transcendido a los arquitectos que todavía antes
mantengan posiciones próximas al barroco clasicista y abre una discusi6n sobre
la posibilidad de intervenir en los edificios del pasado”
47.
El respeto mostrado al edificio antiguo por Ventura
Rodríguez en Valladolid
supone un importante giro en la concepción desarrollada en España sobre los
criterios de restauración arquitect6nica. La intervención en la catedral de León
tras los daños ocasionados por las repercusiones del terremoto de Lisboa de
1755 llevaron a desmontar el rosetón de la fachada sur que se sustituyó por una
ventana geminada apuntada que también se trataba de hacer concordar con el
edificio al mantener las formas góticas. No obstante, las intervenciones en
edificios góticos siguieron en general los criterios anteriormente señalados de
yuxtaposición de elementos clasicistas que entran en contraste con el núcleo
gótico del edificio. Actitudes de respeto al estilo del edificio, como las
mantenidas en Valladolid por Ventura Rodríguez, fueron una excepción importante
y además aplicadas a un edificio herreriano. Opiniones como las expresadas por
Isidoro Bosarte a comienzos del siglo XIX, planteando la necesidad de continuar
las fábricas medievales incompletas de acuerdo con su estilo originario, fueron
propuestas que chocaron con la falta de conocimiento de los estilos medievales
por parte de los arquitectos españoles.
Efectivamente, si durante los últimos decenios del siglo XVIII se produce, como
vimos en el epígrafe anterior, una recuperación “historiográfica” de la
arquitectura gótica en los círculos eruditos, estas reflexiones o valoraciones
permanecieron en España en un nivel teórico o estético, con escasa incidencia en
la practica arquitectónica, bien en proyectos de nueva planta o bien en el caso
de las restauraciones o completamientos de edificios medievales.
La pérdida casi total de los métodos y principios de
construcción propios de la
arquitectura medieval en España creó este desajuste acusado entre la
“recuperación historiográfica”
y la “recuperación arquitectónica” del
gótico. Su incidencia
metodológica, como hemos visto en el caso de Ventura Rodríguez, llevó todo lo
mas al despertar de una cierta conciencia “historicista” en nuestros
arquitectos. A la larga esto ocasionó que la introducción del neomedievalismo en
España hubiera de ser “importado”, especialmente a
través de Francia.
En otros países europeos se dio, por el contrario, una
perduración mayor del
medievalismo, lo que facilitó su recuperación desde finales del siglo XVIII.
Este es el caso fundamentalmente de Inglaterra, donde nunca se perdieron los
hábitos constructivos de la arquitectura medieval, al tiempo que el
“gusto” por
el gótico estuvo siempre vivo, como ha sido largamente estudiado
48. La
continuación de las tradiciones medievales, junto con una débil y tardía
penetración del renacimiento, hicieron hablar a Kenneth Clark de
“survival>” al
referirse al caso especial del neogótico inglés. El carácter peculiar de la
“recuperación”
gótica inglesa es esta familiaridad y aceptación del estilo que hacía de
“la
manera gótica ... el más natural modo de construir”
49.
En efecto, el gótico era para los ingleses un
“estilo nacional”;
a este “survival”
de la arquitectura gótica en Inglaterra contribuyeron dos factores: por una parte
el triunfo de la Reforma que con las consiguientes reacciones destructoras
provocó la promulgación de tempranas medidas de protección a los monumentos por la reina Isabel
I
50; y por otro lado la mencionada poca
impronta que dejó el “estilo italiano” en la arquitectura inglesa
51. Frente a
esta situación, en Francia, Alemania o España la estimación del gótico se
produjo siempre en medio de tensiones y contradicciones derivadas de la
persistencia de una fuerte tradición antimedieval académica. Los arquitectos
ingleses del “clasicismo romántico”
realizaron siempre alguna obra en “gótico”: Chistopher Wren, John Vanbrugh, Nicolas Hawlsmoor,
Íñigo Jones o William Kent,
incluyeron en su repertorio arquitectónico el estilo gótico; es decir, obras
culminantes como Stramberry Hill (1748-1777) donde el pensamiento de Horace
Walpole conjugaba el gusto prerromántico y la arqueología
52, o Fonthill Abbey
(1795-1807) –punto culminante de este primer regreso
gótico– donde William Beckfort y James Wyatt materializan un
sueño mitad místico mitad arqueológico,
son ejemplos ambos de cómo las reflexiones sobre el gótico transcienden en
Inglaterra el nivel teórico en que quedaron en otros países y se convierten en
fuente importante de la creatividad arquitectónica. Claro es que este
“survival”
inglés encontró un fecundo caldo de cultivo a finales del siglo XVIII para
convertirse en “revival” a
través de la formulación de las doctrinas del
Picturesque, con el tema del Landscape Garden, el desarrollo de las nuevas
categorías estéticas y de toda la veta empirista-sensualista de la línea de
pensamiento trazada a lo largo del siglo XVIII por Shaftesbury, Joseph Adisson,
Alexander Pope, Francis Hutcheson o Edmund Burke. El contexto social y religioso
de Inglaterra en el siglo XIX propiciará la expansión del estilo.
El conocimiento práctico de los procedimientos de
construcción gótica tampoco
llegó a desaparecer en Francia o en Alemania por imperfectos, parciales o
débiles que estos conocimientos llegaran a ser.
En Alemania la reconstrucción en estilo románico de la nave principal de la
iglesia abacial de Andlau en Alsacia a partir de 1698 o la reconstrucción del
presbiterio de la abadía de Marmoutier en las cercanías de Estrasburgo en torno
a 1770 así lo testimonian
53. El
“himno” de Goethe ante la catedral de
Estrasburgo o la gran empresa “nacional” de
terminación de la catedral de
Colonia situaran la arquitectura gótica en el eje del movimiento romántico
alemán del siglo XIX, como veremos en el siguiente epígrafe.
En Francia la práctica constructiva gótica había sobrevivido ampliamente a la
Edad Media
54. No deja de ser significativo que entre 1644 y 1646 se recubriera
con bóveda de ojivas la nave principal de Saint-Germain de París, en pleno
centro de la capital francesa, donde la oposición “estética” y doctrinal al
gótico era más fuerte. Los proyectos de reconstrucción de la abadía de Saint-Maixent
en Deux-Sevres tras las destrucciones de los hugonotes de 1568 y los destrozos
ocasionados por un terremoto en 1660 son también importante testimonio de la
reedificación de una iglesia, de la que aún quedaban importantes restos, según
un esquema medieval. Pero el ejemplo más sobresaliente de esta perduración
gótica en Francia quizá sea el de la reedificación de la catedral de la Sainte-Croix
de Orleans
55. Esta importancia viene acrecentada porque en la Sainte-Croix
entraron en liza los estilos “clásico”
y “gótico”, confrontados en dos
ocasiones; en ambas salio victoriosa la arquitectura gótica: la primera vez con
motivo de los proyectos presentados para la edificación
–tras las destrucciones de los
hugonotes de 1568– de la fachada septentrional del crucero de la Catedral; los
proyectos presentados en 1623 por Salomon de Brosse, Jean Androuet du Cerceau,
Theodore Lefevre, Claude Johannet y Paul de Brosse sucumbieron ante
“le dessin à
la gothique” de Etienne Martellange. La segunda
ocasión tuvo aún más relieve,
pues en la decisión de levantar en 1707 la fachada occidental de la Catedral fue
el propio rey Luis XIV quien se interpuso a los comisarios y les encargó
realizar un proyecto en “1’ordre gothique”. Así lo trazaron Guillaume Renault y
Robert de la Cotte en 1708 con un proyecto “gótico” en el que son notables las
deudas con Notre-Dame de Paris
56; las intervenciones de los arquitectos que
sucedieron a Hénault apenas modificaron las trazas aportadas por este
57.
Sin embargo, ejemplos tan destacados como el de la Sainte-Croix d’Orleans fueron
una excepción
58 En general la pervivencia del
gótico en determinados ámbitos se
debió sobre todo a la rutina práctica de algunos constructores y al
conservadurismo de la clientela e incluso, tal vez, a un cierto asociacionismo
de la arquitectura gótica con el espíritu religioso católico. En cualquier caso,
no se alcanzó en modo alguno la creatividad que podía observarse en los ejemplos
ingleses anteriormente mencionados.
Lo que tiene más importancia a mi modo de ver son las reflexiones sobre la
arquitectura gótica contenidas en los textos de arquitectura de los más
destacados teóricos franceses del siglo XVIII. Tratadistas como Cordemoy,
Laugier o Soufflot no se limitaron –como
podía ser el caso de las reflexiones de
los eruditos españoles que vimos antes– a expresar una cierta admiración por la
arquitectura gótica o a estudios únicamente "historiográficos" desprovistos de
consecuencias concretas, desvinculadas de la practica arquitectónica
59. Antes
bien, alcanzaron unos niveles de interpretación de la arquitectura gótica
bastante profundos que les llevó a integrar en la arquitectura del siglo XVIII
algunos conceptos extraídos de su lectura del gótico. El interés que despiertan
estos elementos “tornados en préstamo” de la arquitectura
gótica es que no son
una simple o simplista recuperación literal de las
“formas” góticas
–como lo
serían multitud de “pastiches” neogóticos en el siglo XIX– sino que son el
producto de una profundización sobre conceptos abstractos de la arquitectura
gótica. Es decir, la capilla del castillo de Lunéville de Boffrand o la iglesia
de Sainte-Geneviève de París de Soufflot apenas nos
“parecen góticas”; sin
embargo, ambas reflejan una importante reflexión sobre los espacios internos y
la estructura de los edificios del siglo XIII, mantenidos dentro de un
tratamiento formal clásico. Esta aproximación hacia la
“comprensión estructural”
de la arquitectura gótica es propia de Francia en esta época. La mencionada
continuidad de una practica estereotómica y del análisis crítico de la
arquitectura apoyado en las matemáticas y el saber técnico propiciaron esta
visión. Sin embargo, se aprecia un evidente e interesante doble juicio critico
de carácter contradictorio en las apreciaciones de estos eruditos: la admiración
sin reservas por las cualidades técnicas del gótico, de su sistema constructivo,
se confronta con un irreconciliable desprecio por el resultado artístico final
de esta arquitectura; todos los teóricos condenan unánimemente el carácter burdo y
desmesurado de la arquitectura gótica como un atentado contra el arte
60.
Este notable “corpus” teórico creo que
será fundamental para la génesis de la
elaboración del sistema de interpretaci6n racionalista de la arquitectura
desarrollado por Viollet-le-Duc, aunque quizás no se haya insistido demasiado en
estas vinculaciones genéticas con la tratadística del siglo XVIII a la hora de
estudiar las aportaciones teóricas de Viollet.
En definitiva, puede afirmarse que la segunda mitad del siglo XVIII presenta el
germen de los elementos necesarios para que se produzca la gran eclosión del
movimiento neogótico en la Europa del siglo XIX. Los temas apuntados en las
discusiones mantenidas por los pensadores ilustrados superaran la difusión
restringida de los círculos eruditos para incrustarse en la médula social de las
transformaciones que vive la Europa revolucionaria. La aparición de la
conciencia histórica nacionalista a nivel de masas tras la guerras napoleónicas,
la reacción ante las destrucciones del patrimonio medieval par los excesos
revolucionarios, el romanticismo legitimista y la resurrección del
neocatolicismo social, son algunos de los acontecimientos sociales que muestran
la fractura ideológica de la contemporaneidad. Ahora bien, desde diferentes e
incluso enfrentadas posiciones ideológicas se asistirá a la recuperación del
patrimonio medieval, o más bien podríamos decir a su
“revitalización”. Este
complejo movimiento de ideas traerá consigo la aparición de una conciencia
social por los problemas de la conservación del patrimonio y la consiguiente
creación de las instituciones necesarias para velar por su salvaguardia. El
monumento –persistencia física del pasado en el presente– es el horizonte
mítico
de este siglo XIX, siglo de transformaciones y siglo de la Historia, que buscó
en el pasado medieval los valores que permitieran afrontar la crisis ideológica
abierta por los procesos revolucionarios que marcan la violenta conciencia de la
contemporaneidad. Sin embargo, este retorno hacia el pasado no estará exento de
conflictos debido a la multiplicidad de posibles “lecturas” de la Historia. En
definitiva, como dice Argan aplicando este razonamiento a los dominios del arte,
“al quedar fijado el principio de que el ideal del ante no pertenece al presente
sino a un tiempo pasado, el punto de referencia varía según los criterios
variables del gusto”
61.
3) CONSAGRACIÓN Y MITO DEL MONUMENTO
HISTÓRICO EN EL SIGLO XIX: LA RECUPERACIÓN TEÓRICA E IDEOLÓGICA DE LA ARQUITECTURA MEDIEVAL.
Los acontecimientos revolucionarios de 1789 marcan la irrupción de las nuevas
estructuras políticas y culturales del mundo contemporáneo. La trascendencia
histórica de la Revolución Francesa afectó poderosamente a la transformación de
la mentalidad social en sus más variados aspectos. La aparición efectiva del
concepto de “monumento histórico” y la
gestación de un primer aparato jurídico y
técnico para su conservación son resultados concretos y palpables de la vasta
metamorfosis operada en la relaci6n dialéctica mantenida con el pasado histórico.
La conciencia social de la inevitable fractura introducida por la Revolución
dotó de un poderoso significado a la Historia: se rompe la continuidad histórica
y se siente con claridad la existencia de un “antes”
y un “después” que quedan
separados por el filo cortante de la Revolución, acontecimiento capital que
introduce la nueva época. Este “replanteamiento” de la Historia es habitual en
todos los procesos revolucionarios, pero para nuestros propósitos la Revolución
Francesa reviste una especial significación tanto por el maduro nivel de
conciencia alcanzado en la reflexi6n histórica de algunos ideólogos como por sus
vastas repercusiones al extenderse la llama revolucionaria de modo incontenible
durante el siglo XIX.
Como decía, es común en los procesos revolucionarios el deseo de
señalar
claramente la ruptura con la continuidad histórica anterior para afirmar la
nueva situación. La respuesta social más repetida en pleno fervor revolucionario
ha sido siempre la destrucción indiscriminada de los signos visibles de ese
pasado histórico que se intenta borrar de la memoria social. El valor ideológico
acumulado en los monumentos –portadores materiales de la Historia– ha
llevado
tradicionalmente a masivas demoliciones de aquel patrimonio que se identificaba
con la época derrocada. El vandalismo revolucionario, cegado por esta lectura
unilateral del monumento, tuvo también una fuerza feroz en la Francia
revolucionaria y así ha
sido puesto de relieve en varias ocasiones por aquellos autores que se han
ocupado en “reconstruir”estas demoliciones
62.
La radical novedad de la Revolución Francesa es la
aparición junto a estas
“destrucciones ideológicas” de los primeros intentos institucionales para la
conservación de los monumentos históricos con medidas oficiales
–jurídicas y
técnicas–: los procedimientos, decretos e instrucciones emitidos durante el
período de 1790 a 1795 prefiguran el elaborado sistema administrativo francés
que surgirá a partir de
1830
63.
Esta contradictoria convivencia de medidas
“conservadoras” y medidas
“destructoras” testimonia las
tensiones y violencias entre las que brota el
concepto de monumento histórico.
Una de las primeras disposiciones de la Asamblea Constituyente fue poner
“a la
disposición de la nación” los bienes del clero, los emigrados y de la corona por
decreto de 2 de octubre de 1789
64. La gestión de este patrimonio tropezará con
dificultades institucionales y económicas, derivadas también de la
inexperiencia administrativa en este campo: el papel simbólico desempeñado por
el museo del Louvre
65 y la accidentada historia del Museo de los Monumentos
Franceses de Alexandre Lenoir
66 fueron las dos
grandes empresas que iniciaron la política museológica del nuevo Estado
67. Sin
embargo, la ambigua y contradictoria actitud del gobierno revolucionario con
respecto al patrimonio se evidencia en la promulgación casi simultanea de medidas
contrapuestas: la emisión el 3 de marzo de 1791 de una Suite d’instructions imponía la conservación de los monumentos en virtud de nueve criterios de
valor, entre los que se mencionaban como más destacados el reconocimiento de la
trascendencia de los monumentos para la historia de la naci6n, la belleza de su trabajo o el provecho pedagógico que para
el arte y las técnicas se derivaba de su conservación; es decir, se trataba,
como ha afirmado F. Choay, de la enumeración conjunta
por vez primera de estos valores, lo que constituye ya una definición implícita
y oficial de los monumentos o del patrimonio histórico
68. Pero poco
después emitía la Asamblea legislativa varios decretos
que daban curso legal a las demoliciones: el 4 de agosto de 1792 se ordena la
“supresi6n de los monumentos del feudalismo”, confirmada por el más radical decreto de 1 de
noviembre de ese mismo año en que se afirmaba que todos los monumentos del
feudalismo debían ser convertidos en “pasto de las llamas o destruidos”. A estos
decretos acompañaron paradójicamente otros claramente
“conservadores” que
incluso incluyen medidas penales para evitar las destrucciones, como el de 13 de
abril de 1793
69
o la elaborada “Instrucción sobre el modo de Inventariar”,
documento éste muy completo desde el punto de vista
metodológico y técnico
70.
Estas contradicciones de la política revolucionaria muestran los excesos de los
sectores más radicales que identificaron de un modo un tanto primario el
monumento con los signos del feudalismo y trataron de destruir ideológicamente
cualquier residuo del pasado, terminar de raíz con la cultura elitista y
reemplazarla por la dinámica de una cultura igualitaria. Pero interesa
contraponer –como novedoso y determinante para el siglo XIX– la
aparición
simultanea de una conciencia más evolucionada dentro del mismo seno
revolucionario que asume y sobrepasa el significado histórico original del
monumento y lo integra en un nuevo estadio semántico. Estos sectores percibieron
rápidamente la utopía que suponía vivir únicamente en el presente, comenzar a
contar el tiempo a partir de la Revolución y abolir radicalmente el pasado, aún
cuando éste fuera vergonzoso: las medidas en contra de las demoliciones
ideológicas de los monumentos testimonian el desarrollo
–en pleno fervor
revolucionario– de una conciencia que capta claramente que los individuos y
sociedades nacidos de la Revolución no pueden preservar y desarrollar su
identidad más que incorporando el pasado de modo pleno y dialéctico a las
conquistas revolucionarias e integrando la Historia como una dimensión
fundamental, privilegiada, de las sociedades modernas
71.
Este modo de pensamiento, que encontramos en personajes comprometidos con la
Revolución como Romme, Kersaint
72 o Vicq d’Azyr
73, es el que nos interesa
destacar porque será el que desarrolle el pensamiento liberal del siglo XIX.
Ahora bien, esta mentalidad más compleja y evolucionada que el primario
vandalismo revolucionario no quiere decir que estos autores lleguen a valorar el
monumento histórico con “neutralidad
histórica”, como frío documento
“científico”,
testimonio de un pasado inhibido del presente. Antes bien
–y esto también es
determinante para el siglo XIX– la Historia, contenida de modo privilegiado en
el monumento, será entendida no sólo como un medio para explicar el presente
sino también, y sobre todo, como un instrumento privilegiado para actuar sobre
el. Esto nos lleva a la consideración de uno de los rasgos esenciales de la
restauración monumental en el siglo XIX: este vasto movimiento en favor de la
conservación de los vestigios del pasado no será “aséptico” o neutral, sino que
tratara de “restaurar” el monumento antes que de conservarlo, de
“revitalizarlo”, de hacerlo significativo y operativo en la sociedad e
impregnarlo de contenidos y valores ideológicos. La interpretación de estos
valores dentro de armaduras ideológicas distintas no estará exenta de
conflictos, como podremos ver de modo privilegiado en el caso de la restauración
de la catedral de León en torno al agrio problema planteado en relación con la
destitución del arquitecto Juan de Madrazo
74.
Por lo tanto, las experiencias críticas y eruditas mantenidas por los
intelectuales de la Ilustración a lo largo de los últimos decenios del siglo
XVIII encontraron con la Revolución Francesa una amplia plataforma de proyección
social y política, no exenta de contradicciones, pero imprescindible para que se
iniciara el amplio movimiento en favor de la restauración de los monumentos
medievales. Es decir, la creación de la compleja infraestructura administrativa,
jurídica, financiera y técnica que posibilitó las restauraciones monumentales
sólo era factible previa transformación de la ideología social hasta el punto de
concebirse la “resurrección” de la arquitectura de la Edad Media como un tema
instalado en la médula de las preocupaciones sociales e ideológicas del momento.
Esta riqueza semántica y conceptual que alcanzó el monumento histórico en el
siglo XIX se advierte en el papel que asume este patrimonio en el discurso
apologético de destacados pensadores y en el eje de algunas corrientes de
renovación moral de la sociedad: todas estas líneas de pensamiento se articulan
en la elaboración del “mito” de la Catedral
gótica considerada como el momento
artístico por excelencia o testimonio pétreo de las
“grandes ideas” que debía
recuperar el siglo XIX, nueva época de la Historia y la Filosofía; y también
otro rasgo común es que en el fondo de estas reflexiones palpita como punto de
referencia obligado –para
“negarlo” o para
“regenerarlo”– el nuevo modelo de
hombre y sociedad surgido tras las convulsiones revolucionarias. En este
intrincado y tortuoso contacto entre la arquitectura medieval y las aspiraciones
de la sociedad contemporánea es donde se sitúan algunos de los acontecimientos o
reflexiones que condujeron por diversas vías a la elaboración del
“mito gótico”
en el siglo XIX.
Las guerras napoleónicas extendidas por el continente, arrastrando consigo la
ideología revolucionaria, fueron un poderoso estímulo para que la Historia se
convirtiera en una experiencia de masas: la escala de los conflictos contribuyo
a que los individuos comenzaran a percibir su existencia condicionada
históricamente. El ejemplo más claro lo tenemos en Alemania; el precoz
romanticismo alemán había alimentado culturalmente el fervor nacionalista que
las guerras contra Napoleón se encargaron de enardecer.
La arquitectura gótica aparece en el centro de este
fructífero movimiento
político y cultural en Alemania. El famoso “Himno” pronunciado por Johann Wolfgang Goethe ante la catedral de Estrasburgo era la
fusión romántica del
poeta con el pueblo a través del sentimiento común de la nación simbolizada en
la Catedral gótica, amalgama y símbolo de la unidad alemana (fig. 2)
75. Goethe
defendió con una intención polémica contra Francia el origen alemán de la
arquitectura gótica, siguiendo una teoría que se remontaba a Vasari
76. A
diferencia del arte clásico francés, esencialmente normativo, la fachada de
Erwin von Steinbach de Estrasburgo le parecía la representación perfecta de un
arte enraizado con la naturaleza, obra propia del genio alemán
77. Las categorías
sentimentales e ideológicas vertidas por Goethe en la arquitectura gótica fueron
repetidas por los poetas del romanticismo; Heinrich Wackenroder
78 o Ludwig
Tieck
79 fueron los que más fielmente siguieron las invocaciones goethianas entre
los artistas del grupo Sturm and Drang.
Las guerras contra Napoleón provocaron, como antes dije, que estas ideas
nacionalistas explícitas en el texto de Goethe y simbolizadas en la arquitectura
gótica alcanzarán una proyección masiva
80. Ello posibilitó el comienzo de la más
ambiciosa empresa neogótica acometida en Alemania: la restauración y conclusión
de la incompleta catedral de Colonia (fig.3). Símbolo de la fraternidad entre
todos los alemanes, el proyecto sobrepasa ampliamente su significado
estrictamente arquitectónico y se hace portador de las aspiraciones de unidad
política y espiritual formuladas en la línea del Volkgeist de Herder o del
discurso apologético contenido en las Cartas a la nación alemana de Fichte.
La catedral de Colonia, receptáculo de contenidos
ideológicos, se convirtió al
mismo tiempo en el más fructífero campo de experimentaci6n arquitectónica
neomedieval de Alemania (fot. 3)
81. Alrededor de los trabajos se concentraron
algunas de la más destacadas personalidades intelectuales del momento: la
iniciativa se debió a Sulpiz Boisserée y entre 1811 y 1813 Georg Moller diseñó
la magnífica vista interior de la nave principal; al año siguiente se encontró
la mitad izquierda del piano de la fachada con dos torres trazada a comienzos
del siglo XIV; este mismo año de 1814 Joseph Gorres realizó en la prensa una
emocionante exhortación en favor de la terminación de la Catedral. Boisserée
adquirió la otra mitad del piano de la fachada en París en 1816
82. En 1821, un
concordato entre la Santa Sede y el rey de Prusia reestablece el arzobispado de
Colonia; el estado prusiano se hizo cargo de los gastos de las obras que, sin
embargo, no se comenzaron hasta 1842, pues previamente se produjeron toda una
serie de amplios trabajos preparatorios y de consolidación de tal modo que a los
pianos de Boisserée se sumaron los estudios de Schinkel, los proyectos de
reparación del coro de Ahlert y los trazados de Ernst Friedrich Zwirner, alumno
de Schinkel. La amplísima repercusión de los trabajos de la catedral de Colonia
–que se prolongaron hasta 1880– se dejó sentir notoriamente en la
teoría y la
práctica arquitectónica en el territorio germánico: en primer lugar, en un
sentido amplio, posibilitó la recuperación, estimación y mitifcación del estilo
gótico al cargarlo de contenidos emocionales, nacionales, suprarquitectónicos,
con la exaltación romántica de esta arquitectura considerada como el momento
“germánico”
por excelencia (fig. 4). El novedoso papel que asume un edificio como el castillo
de los Caballeros Teutónicos en la Prusia oriental
–trazado en 1794 por Gilly y
rápidamente restaurado de modo arqueológico ejemplar– es evidente al respecto.
Pero las obras de Colonia permitieron además la formación de una
“escuela” de
curio neogótico de la que surgirían arquitectos que se encargaron de difundir el
estilo, como Vinzens Statz que actuó fundamentalmente en Renania, Friedrich von
Schmitz, arquitecto de la catedral de San Esteban en Viena, o, sobre todo, en la
interesante huella neogótica que se aprecia en la obra de un Karl Friedrich
Schinkel que proyectó templos góticos como monumentos a la liberación
–Kreuzberg
(1818)–, e incorporó el gótico fantástico o el paisaje
gótico romántico junto a
sus creaciones neogriegas
83. De este modo, el
gótico, en sentido amplio, quedó
plenamente incorporado a las fuentes de creación artística alemana del siglo XIX,
tanto en un uso estrictamente arquitectónico –en
las documentadas restauraciones de edificios y en las recreaciones
“neogóticas”– como
también en
las crípticas alusiones que se encuentran en los paisajes hierogríficos y
simbólicos de Otto Runge, Caspar David Friedrich o los Nazarenos, que, frente a
los sueños unitarios de los grandes proyectos eran conscientes de vivir una
época de crisis y ruptura. En definitiva, como afirma P.K. Schuster, la
recuperación del gótico en Alemania más que un
fenómeno de recepción es propiamente la manifestación de un fenómeno de
“identificación”
84.
Esta capacidad “significativa” que era asociada a la arquitectura medieval,
especialmente a la gótica, fue un lugar común en las exhortaciones
arquitectónico-literarias
del movimiento romántico europeo. Además de la exaltación nacionalista de la
arquitectura gótica considerada como patrimonio patrio por excelencia, una
de las invocaciones más repetidas y elaboradas por los literatos románticos fue
el elogio de las formas góticas por su insuperable capacidad para expresar los
contenidos de la fe cristiana.
En la Francia postrevolucionaria, profundamente conmovida en sus cimientos
ideológicos, la formulación del romanticismo legitimista se sirvió a menudo de
la arquitectura gótica como grito de batalla para apelar a la pacífica
cooperación de todas la clases sociales bajo la unitaria égida teocrática. El
historicismo legitimista propuso el regreso al idilio social de la Edad Media
como medio de neutralizar la ideología revolucionaria. Se justifica así el
subjetivismo expreso a la hora de enfrentarse a la Historia, una Historia de la
que debe extraerse un contenido “moral”: la
“verdad de los hechos” retrocede
ante la “verdad de la idea”. En el fondo, la ideología del legitimismo
romántico
es un residuo del Antiguo Régimen: retoma el carácter
“revelado” de la Historia,
mientras que la Ilustración ya había negado críticamente la tutela divina y
desplazó a un nivel antropológico la discusión sobre los sentidos de la
Historia.
Sea como fuere, la utilización ideológica del pasado y las luchas por la
“apropiaci6n simbólica” de las grandes catedrales góticas, dotaron a la
arquitectura medieval de un impulso globalizante, de regeneración social,
identificada con un pasado idealizado.
Los escritos y obras Hubert Texier, de los abades Jules Corblet y Jouve, de
Chateaubriand, Montalembert, Philippe Buchez, Alfred de Vigny, Lammenais o
Joseph de Maistre, desde diferentes posturas ideológicas
–aunque comunes en la exégesis cristiana– contribuyeron poderosamente a despertar este
interés por la
arquitectura de la Edad Media en la Francia romántica. La lectura de la
arquitectura de alguno de estos literatos insistió en la necesidad de hacer
significativa la arquitectura, de renovar este arte a partir de las categorías
estéticas introducidas por el Romanticismo. Dos párrafos escogidos de dos obras
muy significativas, ambas publicadas el mismo año de 1833,
–en pleno apogeo romántico– pueden servirnos para ilustrar las aspiraciones que se agitaban por
estos años como ejemplos de la exaltación espiritual de la arquitectura gótica.
Jules Michelet, poeta de la Historia, lamentaba con palabras cargadas de énfasis
romántico la pérdida en la época contemporánea de la potencialidad expresiva de
la arquitectura, de su capacidad para amalgamar contenidos simbólicos, anímicos
y subjetivos que encontraba condensados magistralmente en la invisible presencia
del tiempo acumulado en las venerables piedras de los edificios medievales
85:
“Está huérfana, está vacía, la iglesia. Su profundo simbolismo, que entonces
hablaba tan alto, se ha quedado mudo. Es ahora un objeto de curiosidad
científica, de explicaciones filosóficas, de interpretaciones alejandrinas. La
iglesia es un museo gótico que visitan los máss avispados: dan vueltas alrededor,
miran irreverentemente, y alaban en lugar de orar... ¡Hombres ordinarios, que
creéis que estas piedras no son más que piedras, que no sienten correr la savia
de la vida!. ¡Cristianos o no, reverenciad, besad el signo de que son portadoras;
ese signo de la pasión, que es el del triunfo de la libertad moral...!”.
Philippe Buchez insiste con el mismo tono
apologético en la exégesis romántica
de los contenidos internos y simbólicos de la arquitectura medieval, texto este
que igualmente resume por sí solo el punto culminante de la recuperación
romántico-religiosa de la arquitectura gótica
86:
“El catolicismo
imprimió una modificación profunda a todas las partes del arte
(...). Vanamente se nos ha dicho que la época en que estos monumentos fueron
construidos era un tiempo de barbaries y de tinieblas, que eran obras
ordinarias, extravagantes, desprovistas de armonía; vanamente nos hablan
enseñando una teoría de la Belleza toda convención y del todo opuesta;
vanamente, en una palabra, habían hecho todo lo posible para extraviar nuestras
miradas. Nuestro siglo ha abierto los ojos y cualquiera que haya sido su
incredulidad, ha sido conmovido de asombro, agitado de admiración y de simpatía”.
El argumento religioso fue aún de mayor peso para la
difusión del gótico en la
Inglaterra del siglo XIX. Para ello se disponía de una situación privilegiada:
por una parte, como vimos en el apartado anterior, la tradicional familiaridad
con la arquitectura gótica y las fructíferas experiencias y reflexiones del
siglo XVIII allanaron el camino para su total recuperación en la centuria
siguiente, y, por otro lado, el clima general de renovación religiosa situó a la
arquitectura gótica en el centro de las aspiraciones reformistas, dotándola de
una gran popularidad y un amplísimo respaldo social.
El movimiento conservador creado en torno a la Universidad de Oxford
–Oxford movement o también llamado
“tractiano”– replanteará el significado de la
institución religiosa anglicana. El sermón de John Keble titulado La
apostasía nacional –pronunciado el 14 de julio de 1833– marca el comienzo del movimiento.
A la libertad de pensamiento y la individualidad de la conciencia, oponen la
tradición y el dogma de la religión revelada y preservada en la jerárquica
estructura de la Iglesia anglicana y el cuidado de los sacramentos junto al
esplendor del culto. El “integrismo” de Oxford
–como se le ha denominado– se
vincula con la tendencia de la High Church o alta Iglesia anglicana y significó
en más de uno de los aspectos mencionados un acercamiento hacia el catolicismo
de Roma; incluso alguno de sus máximos exponentes se convirtieron al
catolicismo, como es el caso destacado de John Henry Newman que abrazó la
religión católica en 1845
87; poco
después, en 1810, el Papa restablecía la
jerarquía católica en Inglaterra.
Este agitado movimiento en el interior de la Iglesia anglicana nos ofrece el
contexto adecuado para comprender la obra de uno de los grandes proselitistas de
la arquitectura gótica: Augustus W.N. Pugin. La ardiente conversión al
catolicismo de Pugin el aiio 1835 será el testimonio de fe que dará lugar al año
siguiente a una de las más apasionadas defensas del gótico interpretado como
estilo arquitectónico esencialmente cristiano y perfectamente adecuado a las
necesidades espirituales y materiales de la religión católica. La argumentación
desarrollada en sus celebres Contrastes reposa en un esquema histórico,
ideológico y hasta formal extremadamente sencillo
88; el
título completo del
libro resume su contenido: la afirmación radical de la supremacía de la
arquitectura gótica y la decadencia de la arquitectura contemporánea. La franca
y maniquea oposición entre el estilo cristiano gótico y el pagano clásico, en su
misma simplificación de la problemática, así como el tono dogmático y apasionado
del converso, fueron factores que contribuyeron al éxito y difusión de la obra
de Pugin. El “revivalismo” propuesto por Pugin es total, la arquitectura y la
sociedad están ligadas orgánicamente, hasta tal punto que sólo es permisible una
vuelta a la arquitectura gótica previa transformación y recristianización
católica de la sociedad. Citemos uno de sus párrafos como resumen de su
pensamiento
89:
“No es sino en comunión con el
espíritu de épocas pasadas, tal que éste ha
aparecido en la vida de los hombres santos de antaño y en sus monumentos y sus
obras maravillosas, como podremos llegar a una apreciación justa de los
esplendores que nosotros hemos perdido o encontrar los medios que nos son
necesarios para redescubrirlos”.
Paradójicamente, la Iglesia católica de Inglaterra no
manifestó nunca un interés
desbordado por el gótico. La influencia de los escritos de Pugin se dejó sentir
sobre todo en la pujante, activa y anglicana Cambridge Camdem Society, fundada en mayo de 1839 y que tuvo en
The
Ecclesiologist un influyente órgano de expresión pública a partir de
noviembre de 1841. El grupo formado en torno a personalidades como John Neale, Benjamin
Web y Alesander Beresford Hope se impregnó del entusiasmo por el gótico
vertido en los Contrastes de Pugin, a la vez que estuvieron fuertemente
influenciados por los tracts anglicanos de Oxford. La amplísima difusión de la
Sociedad –ya en un maduro ambiente de
estimación medieval– convirtió al gótico
en un fenómeno “de moda” en la sociedad inglesa
90. Entre las actividades
que desarrollaron nos interesa señalar que incluyeron la restauración de
edificios medievales como uno de sus objetivos principales; la restauración
estaba vinculada directamente con el estudio de la disposición que debían
guardar los templos. En el prefacio que Neale y Webb realizaron en 1841 a la
traducción
de unas Ordenanzas de oficios divinos de Guillaume Durand, obispo del siglo XIII,
se resumen de modo conciso las exigencias de la sociedad bajo un título muy
significativo, El Simbolismo de las iglesias y sus ornamentos, texto al que añadieron otro sumamente interesante en 1844,
Algunas palabras destinadas a los
constructores de iglesias
91.
Sin participar nunca en los actos de la Sociedad de Cambridge, la poderosa
personalidad de John Ruskin –culminación estética del revivalismo neogótico
inglés–, compartió con los articulistas del
Ecclesiologist la convicción
fundamental de la íntima unión entre arquitectura, religión y sociedad, así como
el
mito de la arquitectura gótica considerada coma expresión simbólica privilegiada
de la alegórica cohesión entre la sociedad y la religión cristiana. Ahora bien,
a partir de este núcleo común, John Ruskin
sumerge la arquitectura sagrada en una riquísima elaboración estética que, en su
consideración básica de la construcción religiosa como acto de sacrificio
colectivo por excelencia, supera y se aparta del “utilitarismo” litúrgico
mantenido por Pugin o los miembros de Camden Society.
Las argumentaciones de Ruskin son de una tal hondura y sutiliza de matices que
hacen difícil resumirlas en unas breves líneas
92. A mi modo de ver, el gran
interés de su pensamiento radica en el profundo “humanismo” en que sumerge su
interpretación de la arquitectura como hecho social y humano; es
decir, a partir de su propuesta de recuperación de la arquitectura gótica irá
definiéndose simultáneamente uno de los más finos análisis de la problemática
identidad del individuo moderno, claramente dibujada al
contrastar con toda crudeza la unidad y totalidad del hombre medieval con la
fragmentación y alienación del hombre contemporáneo. La arquitectura gótica se
convierte así en el héroe antológico de uno de sus más importantes ensayos, Las
siete lámparas de la arquitectura
93.
La valentía con que Ruskin propone restablecer el acuerdo y coherencia de la
sociedad a través del arte se duplica debido a una íntima percepción de la
pérdida y la fragmentación contemporáneas que invade su pensamiento. La
exaltación de la arquitectura gótica corre pareja a la denuncia de la sociedad
industrial y liberal, con un agudo diagnóstico de las enfermedades espirituales
del hombre contemporáneo. La vuelta a la arquitectura gótica no es sólo para Ruskin
una posibilidad de “recristianizar” la sociedad sino
también la imperiosa
necesidad de recuperar a través del paradigma gótico las dimensiones
espirituales del “hombre total”, lamentablemente extraviadas en el liberalismo
de la sociedad industrial y postrevolucionaria, que mutila, uniformiza y aliena
al hombre. Por eso la arquitectura gótica es considerada por John Ruskin desde
el interior de esta riqueza argumental que oscila desde la reforma social y el
motivo económico hasta una visión puramente antropológica
–como producto físico
y moral del hombre– todo ello ensamblado en
una “cosmología” que reposa en la
convicción fundamental de la existencia de un logos filosófico capaz de lograr
la preciada síntesis de la unidad y la diferencia.
Efectivamente, la estética ruskiniana se fundamenta en la imitación del
particular y no del general, ahora bien, sin perder nunca la unidad del
conjunto; en esta idea reside su aprecio por la pintura de Turner, puesto que
este artista logra imitar el funcionamiento de las entidades particulares de la
naturaleza pero siempre bajo la captación unitaria de la dinámica
“naturante”.
La coherencia del sistema observa este mismo proceso de creación en la
arquitectura gótica: la catedral es diversidad, variedad y libertad, pero su
fusión dinámica conforma un “todo” de una irreprochable unidad y majestad.
Las siete lámparas de la Arquitectura enumeran las cualidades de la arquitectura
gótica: en ella se reúnen la verdad, quo consiste en no engañar con el
enmascaramiento de la estructura del edificio o sobre la naturaleza y valor de
los materiales empleados en la construcción, y la variedad, porque el
gótico es
la diversidad misma tanto en sus formas, que aceptan dimensiones y proporciones
infinitamente variadas, como en su ornamentación, que recoge todas las
iniciativas particulares del artesano: el gótico es, pues, una perseverante
renovación, el resultado de una inquietud y búsqueda constantes, sin que ello
suponga un menoscabo que atente contra su unidad.
La belleza y la potencia del gótico residen en su imitación
–en el sentido turneriano- de la naturaleza: arquitectura bella porque sus formas y decoración
captan las apariencias naturales y potente porque es capaz de condensar la
dinámica que se encuentra en el germen mismo de la creación natural. Ruskin
acusa a la sociedad industrial de haber destruido esta dinámica de la naturaleza
con la aberrante mecanización de todos los dominios de la producción y, en
especial, el campo de la creación artística; con la denuncia del prepotencia
nihilista de la técnica que anula al hombre, Ruskin demuestra su aguda
sensibilidad para intuir los fantasmas de la sociedad contemporánea: la energía,
la libertad, la belleza “vital”, el hombre
“total” y, en definitiva, la
vida
misma (quinta lámpara) estallan y se fraccionan en mil pedazos en la mutilación
y alienación del hombre contemporáneo que ve difuminarse la plenitud de sentidos
de la vida que ofrecía el orden teológico y social fuerte y estable de la
sociedad medieval.
La complejidad del análisis de Ruskin se ve teñido de un halo de nostalgia y de
impotencia: la sexta lámpara, la lámpara del recuerdo, evoca el sagrado respeto
por los monumentos que son el único y frágil hilo que nos une con aquella época de feliz acuerdo entre la arquitectura, la sociedad y el orden del mundo.
Pero Ruskin no se limita a lamentar la inevitable perdida de sentidos de la
experiencia contemporánea, sino que en la lámpara de la obediencia propone con
envidiable arrojo la necesidad de reestablecer este acuerdo y coherencia de la
sociedad entera, aún cuando sea completamente consciente de las grietas de la
sociedad industrial, mecanizada y dislocada, agitada en un continuo conflicto en
el que ya no caben respuestas homogéneas.
En el marco de esta fecunda reflexión se entiende la actitud de Ruskin hacia el
monumento: su “sacralización”, la tajante prohibición de desvirtuar su precioso
valor con intervenciones sacrílegas, se deben a esta consideración del monumento
como irremplazable vínculo que nos une con el pasado, que, si quizás no podemos
“reinstalar” en su totalidad de significados, cuando menos estamos obligados a
reivindicar su recuerdo crítico, su memoria, coma la clave para recuperar el
sentido de una experiencia cada vez más disgregada, fragmentada y extraviada en
la mitificación tecnológica e industrial.
Estas variadas líneas de pensamiento, convergentes en la estimación de la
arquitectura gótica, encontraron a lo largo del siglo XIX una amplia acogida
social. Hemos visto cómo en Alemania la sociedad entera se volcó en un proyecto
avivado por las invocaciones literarias del movimiento romántico. En Inglaterra
la creación en 1818 de la Church Building Society con la intenci6n de promover
la construcción de nuevas iglesias en Londres es otro ejemplo evidente de cómo
las reflexiones de los intelectuales calaron en proyectos de una evidente
repercusión social. En los países de tradición católica coma Francia, Italia y
España la consolidación del “neocatolicismo” coma fuerza de presión social e
ideológica a lo largo del siglo impulsó la masiva asimilación de los estilos
medievales para las nuevas construcciones religiosas, así como el renovado valor
y significación que alcanzan los antiguos monumentos medievales que ahora se
quieren restaurar, recuperar, devolver a su primitivo esplendor.
El fervor religioso y constructivo desarrollado en Francia, especialmente
durante la segunda mitad del siglo, en gran medida se asocia a esta renovación
neocatólica como reacción al laicismo que imponía el ritmo imparable de la
sociedad industrial. Figuras destacadas como el Cardenal Donnet en Burdeos
94, Monseñor Cousseau en la Diócesis de Angulema
95 o, como no, el Cardenal Guibert
de Paris –impulsor del Sacre Coeur de Montmartre
96– fueron personalidades
enérgicas que se encontraron a la cabeza de las grandes construcciones
religiosas neomedievales de la Francia del siglo XIX. La burguesía cómodamente
instalada en las posiciones de poder apoyará francamente estas empresas.
Estos grandes proyectos de arquitectura religiosa adquieren un marcado tono
ideológico: financiados en su mayor parte por suscripción popular, se presentan
como una “necesidad de comunidad”, en un deseo de aglutinar y unificar bajo la
égida teocrática la inevitable dispersión y fractura social impuesta por los
repetidos acontecimientos revolucionarios que recorren el siglo XIX.
En España, las condiciones históricas para el desarrollo de un neocatolicismo
activo y combatiente se dieron con la Restauración de la monarquía borbónica y
el nuevo sistema político de compromiso liberal-conservador diseñado por Canovas
del Castillo. Algunas de las más ambiciosas empresas de arquitectura religiosa
del siglo XIX comenzaron en nuestro país a partir de entonces, al mismo tiempo
que en esta década de 1880 se multiplican las restauraciones de los edificios
medievales con una interesante discusión sobre los principios y métodos de
restauración arquitectónica.
Sin embargo, el origen y desarrollo del movimiento
neogótico en el siglo XIX no
permite una interpretación unilateral, ni en sentido amplio
–como factor
integrante de distintas ideologías sociales– ni tampoco dentro del campo
estrictamente relacionado con la teoría arquitect6nica.
Efectivamente, en cuanto al primer punto, si aquí nos hemos detenido en
considerar la recuperación de la arquitectura medieval como un componente
fundamental de la ideología legitimista, de la renovación anglicana o del
neocatolicismo social, también es cierto que en la pluma de otros autores la
Edad Media fue vista como la época de la libertad por excelencia, del desarrollo
del movimiento laico y racional, comunal, como dirá Auguste Thierry
97, hasta
ser definida la arquitectura gótica como “arquitectura burguesa y liberal” por Ludovic Vitet
98. Las opiniones
históricas de Viollet-le-Duc sobre las causas de
la formación de la arquitectura gótica fueron sumamente difundidas y tuvieron en
el arquitecto español Juan de Madrazo a un radical defensor
99. Lo cierto es que, en general,
con el desarrollo del neocatolicismo social a lo largo del siglo, la
arquitectura gótica quedará progresivamente identificada con los sectores más
conservadores de la sociedad.
Igualmente ambivalente y contradictoria se muestra la arquitectura gótica desde
el punto de vista exclusivamente arquitectónico. En un primer momento, y con el
impulso del romanticismo literario, la recuperación de la arquitectura medieval
fue un importantísimo estímulo para la regeneración arquitectónica. Sería
simplificar en exceso afirmar la existencia de una oposición radical entre
románticos neogóticos y clasicistas académicos como dos frentes
irreconciliables. Antes bien, se produce una renovación del modelo clásico que
pervive, se amplía y se prolonga a lo largo de todo el siglo. Las críticas
dirigidas por los sectores románticos hacia la Academia Francesa se centraban en
tres aspectos fundamentalmente
100: en la necesidad de terminar con el
exclusivismo clásico con el consiguiente desarrollo de nuevos repertorios
lingüísticos, en la respuesta al desafío de las nuevas necesidades tipológicas y
en la adaptación de la arquitectura a los requerimientos impuestos por el medio
y las nacionalidades. La obra de arquitectos como Labrouste o Duban, aunque
adecúan elementos procedentes de diversas tradiciones, se mueve sustancialmente
en el interior de unos límites sintácticos y compositivos claramente deudores de
la tradición clásica. El eclecticismo de la segunda mitad del siglo XIX, pese a
fragmentarse en una gran diversidad formal y en la recurrencia a diversos y
variados estilos históricos, no perderá nunca de vista el sentido unitario de la
teoría clásica, con la afirmaci6n en el proyecto de los tradicionales principios
compositivos y teóricos de este clasicismo que encierra un concepto tradicional
de la arquitectura bajo el disfraz de una aparente libertad estilística
101.
Sin entrar en profundidad en esta discusión en el interior del pensamiento
arquitectónico del siglo XIX (que por otra parte retomaremos en alguno de sus
aspectos al comentar la restauración de la catedral de León), es imprescindible
en este marco de un estudio introductorio mencionar brevemente el papel
desempeñado en esta recuperación ideológica y teórica de la arquitectura gótica
por una personalidad que, con el poder de la palabra, sintetizó y anticipó gran
parte de los temas desarrollados a lo largo del siglo: se trata de Víctor Hugo.
Entre su numerosa obra literaria, Víctor Hugo contribuyó poderosamente a la
creación del mito de la arquitectura gótica con su famosa novela Notre-Dame de
Paris publicada por vez primera en 1831 y reeditada con ampliaciones en 1833.
Esta obra atrae nuestra atención especialmente por dos causas principales: en
primer lugar por el tema mismo, presidido por la Catedral de Paris que es
concebida como un ser vivo y palpitante, como el “monumento” por excelencia que
encierra y sintetiza la memoria colectiva del pueblo en sus formas
arquitectónicas simbólicas, privilegiado modo de expresión del pensamiento hasta
el siglo XV
102. En segundo lugar, la gran difusión de la novela y de las ideas
de Víctor Hugo tuvo una especial importancia para la formación del movimiento
romántico español a partir de 1833.
Las ideas fuerza con las que Hugo articula su relato reposan en una serie de
puntos que resumen la enorme influencia literaria que el Romanticismo trasvasa a
la arquitectura: la afirmación de la arquitectura como un fenómeno de naturaleza
espiritual, la primacía de la arquitectura entre las artes hasta el declinar de
la Edad Media precisamente por su capacidad expresiva hasta la invención de la
imprenta, nuevo símbolo del pensamiento humano, y las condiciones de la creación
artística donde afirma claramente el lazo existente entre las formas artísticas,
la sociedad y el medio en que surge la obra. Las grandes catedrales góticas son
definidas por Víctor Hugo como la “creación colectiva” de todo un pueblo; con
ello se ensalzaban los insustituibles valores del “monumento histórico” para la
colectividad, su carácter insustituible y la obligaci6n moral de preservarlos y mantener
íntegro el legado de las generaciones pasadas
103:
“... las más grandes producciones de la arquitectura menos son obras individuales que
sociales, más son productos del trabajo de los pueblos que inspiración de
hombres geniales; el depósito que deja una nación; los sedimentos que acumulan
los siglos; el residuo de evaporaciones sucesivas de la sociedad humana; en una
palabra, especies de formaciones”.
Con el éxito de Notre-Dame de Paris Víctor Hugo elevó la Catedral de Paris a la
categoría de mito nacional. El abandono y deterioro de Notre-Dame en tiempos de
la Revolución Francesa se tratan ahora de detener y de superar. La restauración
arquitectónica de Notre-Dame de Paris se imponía después de que Víctor Hugo
“restaurara ideológicamente” el monumento y desvelara la potencialidad de
significados que encerraban sus piedras en su famosa y exclamativa definición del
edificio:
“vasta
sinfonía en piedra, por decir así; obra colosal de un hombre y de un
pueblo, un todo conjunto y complejo como las Ilíadas y Romanceros de los que es
hermana; producto prodigioso de la concentración de todas las fuerzas de una
época, donde cada piedra expresa la fantasía del obrero disciplinado por el
genio del artista; suerte de creación human, en una palabra, potente y fecunda
como la creación divina de la que parece haber tornado el doble carácter:
variedad, eternidad”.
Después del éxito de la novela de Víctor Hugo, la convocatoria de un concurso
nacional para la restauración de Notre-Dame que sería adjudicado en 1843 a los
más célebres arquitectos de la “escuela neogótica”, Jean-Baptiste Lassus y
Eugène Viollet-le-Duc, despertó la atención de todo el país. En España, las
obras de Notre-Dame fueron el punto de referencia para la restauración de la
catedral de León, como manifestaron expresamente Juan de Madrazo y Demetrio de
los Rios.
La influencia de la obra de Víctor Hugo fue
también fundamental para la
gestación del movimiento romántico en España después del regreso de los
exiliados a partir de 1834. Los artículos de Eugenio de Ochoa, Pedro de Madrazo,
Valentín Cardereda, Salas y Quiroga o Mitjana de las Doblas en revistas como El
Artista, No me olvides, El Panorama, El Genio del Cristianismo,
etcétera,
recogieron algunas de las ideas clave sintetizadas por Hugo: el despertar en
España del interés por la tradición y la arquitectura medieval y la
reivindicación del carácter simbólico y expresivo de la arquitectura, en una
formulación ético-social fueron algunos de los temas principales introducidos en
este momento
104. En este contexto se sitúan las iniciativas para la
restauración de la catedral de León, considerada ya como uno de los más
preciados monumentos medievales de España.
La repetición de las tesis románticas de Víctor Hugo a lo largo del siglo
será
una constante, incluso cuando ya se había perdido la primera riqueza conceptual
que tuvieron en su origen. Ejemplo claro de esta situación puede ser el discurso
del arquitecto Enrique Mª Repullés y Vargas titulado El simbolismo de la
arquitectura cristiana, pronunciado en el año 1898, cerrando el siglo, donde
encontramos repetido de forma casi literal el argumento hugoniano
–aunque para
rebatirlo– de la arquitectura com
“el libro del pueblo”" antes de que la
imprenta la sustituyera como medio de expresión, como medio privilegiado para
registrar el pensamiento de los pueblos
105.
Las reflexiones de Víctor Hugo fueron, pues, fundamentales para la
recuperación
de la arquitectura gótica: incluso, sobre estas ideas románticas, sin
contradicción alguna, se formularan las doctrinas de carácter positivista de la
arquitectura o convivirán con un planteamiento arquitectónico clasicista que se
renovará y dotará de una nueva capacidad significativa o
“poética”
al contacto con estas ideas. Las descripciones “románticas” del espacio interior de la
catedral de León son buena muestra de este enriquecimiento de las cualidades
perceptivas de la arquitectura producto de su sensibilidad romántica conservadora y retardada.
* * *
En estas breves paginas se ha tratado de presentar un apresurado bosquejo de las
variadas dimensiones en que se sitúa la recuperaci6n teórica e ideol6gica de la
arquitectura gótica en el siglo XIX: integrada en el corazón de los problemas
sociales, morales y culturales del siglo, esta época se nos presenta como el
apasionado despertar del reconocimiento de un pasado orgánicamente vinculado con
el presente; la valoración de la arquitectura como un problema social de amplia
magnitud debe llevarnos a situar restauraciones de la radicalidad e intensidad
de la catedral de León en un comprometido campo en que la presión social, el
pensamiento religioso, la ideología –además de los criterios propiamente
arquitectónicos– requirieron transformaciones de los edificios en busca de un
mitificado resucitar del pasado que nuestra sensibilidad contemporánea rechaza
de plano como operaciones de “necrófila palingenesia”.
Del mismo modo, la recuperación de la arquitectura
gótica –en este campo de experimentación privilegiado de las restauraciones– se integra en el pensamiento
y la práctica arquitectónico de un modo igualmente contradictorio: en primer
lugar como un estimulante acicate que condujo a renovar la reflexión acerca de
los principios de la arquitectura después de la crisis del pensamiento
arquitectónico de finales del siglo XVIII. Desde su recuperaci6n plena
–ideológica
y arquitectónica– el papel de la arquitectura
“gótica-neogótica” se desarrollara
en distintas líneas de pensamiento, más o menos audaces e incluso abiertamente
conservadoras, tanto en lo arquitectónico como en lo ideológico.
Es cierto que el “neogótico” acabará por ser plenamente aceptado y subsumido en
el repertorio académico perdiendo gran parte del carácter de revulsivo que tuvo
como estandarte de las críticas a la Academia; sin salirnos del ejemplo de la
catedral de León podemos ver dos ejemplos claros de esta actitud de asimilación
del gótico por arquitectos de trayectoria clásica en dos momentos diferentes: en
primer lugar en un arquitecto como Matías Laviña, de clara formación clásica
tradicional, hay ya un notable intento por entender y valorar la arquitectura
gótica con el respaldo de la Academia de San Fernando; en el ultimo cuarto del
siglo, el pensamiento desarrollado por un Demetrio de los Ríos en su
intervención en León es un ejemplo claro de la inmersión de la arquitectura
gótica en un “corpus”
teórico de clara raigambre clásica que fluctúa sin
aparente contradicción entre el clasicismo renovado y enriquecido con la
experiencia de la Historia, un poso idealista-espiritualista tardorromántico y
la aceptación del análisis positivista de la arquitectura gótica como método de
restauración neomedieval; esta posición de Ríos será, por otra parte, común
entre los arquitectos comprometidos con la recopilación histórica de estos
estilos que, como el gótico, fueron aceptados por la Academia y englobados en la
poderosa síntesis teórica clasicista, perduración de sus principios unitarios
mas allá de las formas. Pero también es cierto que en este siglo XIX la
reflexión sobre los edificios medievales se erigió en el punto de partida de
alguna de las corrientes arquitectónicas que más comprometidamente apuntaron
hacia el futuro; es decir, hay otra “lectura” del gótico que sirve para proponer
una renovación en sentido progresista y moderno de la arquitectura a través de
una estimación crítica del sistema constructivo gótico; esta será la tarea de un
teórico de la talla de Eugène Viollet-le-Duc, que deducirá su doctrina del
contacto directo con la arquitectura medieval a través de las restauraciones.
En definitiva, la restauración
“neomedieval se nos ofrece
–más allá de las
indiscutibles aberraciones que para nosotros encierra– como el primer y
principal punto de contacto de los arquitectos con los edificios de la Edad
Media: su importante papel como “fuente” del pensamiento
arquitectónico en el
siglo XIX, es decir, en la gestación de la arquitectura de nueva planta es,
sobre todo, el de una reflexión que llevó a los arquitectos a una valoración
“constructiva” de la arquitectura, entendida en
términos de estructuras, por
influencia del racionalismo violletiano; y esto se produce, como dije antes,
tanto en arquitectos de claro compromiso con la tradición teórica clásica, como
en arquitectos de un planteamiento más innovador como pueda ser el propio Juan
de Madrazo o los modernistas catalanes. De aquí se desprende la dificultad a la
hora de interpretar los proyectos de restauración: desde distintas posiciones
teóricas y prácticas se llegará a los mismos resultados en la restauración dada
la general aceptación del método “francés”, positivista, para la
restauración de los edificios
medievales que mantuvo y prolongo su vigencia absoluta en España hasta más allá
de la década de 1880 en que se comienza a cuestionar la doctrina. La copia y
continuación literal de los proyectos de Juan de Madrazo por Demetrio de los
Ríos es sumamente significativa al respecto.
La transposición literal de los métodos y pensamiento restaurador de Viollet-le-Duc
en España nos lleva a detenernos brevemente a apuntar algunos de los principios
desarrollados por el arquitecto francés, ejemplificados en la más significativa
de sus restauraciones, la de la catedral de Notre-Dame de Paris. En las paginas
siguientes trataremos de esbozar tanto su pensamiento en torno a la restauración
arquitectónica, como mostrar los comienzos de la doctrina en Francia, todo ello
como preámbulo y punto de referencia obligado para el estudio concreto de las
transformaciones realizadas durante el proceso de restauración de la catedral de
León.
4) LA FORMACIÓN DE LA TEORÍA DE
RESTAURACIÓN ARQUITECTÓNICA EN FRANCIA. VIOLLET-LE-DUC
Y LA RESTAURACIÓN DE NOTRE-DAME DE PARIS.
La historia de la restauración arquitectónica tiene en la brillante personalidad
del arquitecto francés Eugène E. Viollet-le-Duc (1814-1879) un constante y
polémico reencuentro. La gran influencia de su pensamiento en la cultura
arquitectónica y artística del siglo XIX obliga a detenerse brevemente en la
exposición de las líneas maestras de su pensamiento. Esta importancia se
acrecienta en el caso de la restauración de la catedral de León, pues la
autoridad del pensamiento de Viollet-le-Duc en materia de restauración hizo de
sus doctrinas un punto de referencia constante a lo largo del proceso de
restauración. Viollet-le-Duc tuvo la gran importancia histórica de compilar por
vez primera de modo sistemático, amplio y coherente los principios de una teoría
de restauración arquitectónica que ejemplificó de modo práctico en las
intervenciones de los numerosos edificios medievales que estuvieron bajo su
dirección. Pero la riqueza del pensamiento de Viollet-le-Duc no se puede
considerar como una obra individual y aislada; antes bien, sus restauraciones
significan uno de los hitos culminantes de todo ese amplio proceso de
recuperaci6n de la arquitectura medieval que hemos tratado de esbozar en los
apartados anteriores. Este papel que compendia la figura de Viollet-le-Duc, a
modo de síntesis o interprete de las aspiraciones de una época, nos llevará a
reconstruir y centralizar en torno a su figura la concurrencia de esfuerzos que
se encuentran en los inicios de la restauración del patrimonio medieval en
Francia.
Ciertamente, como hemos visto en los apartados anteriores, desde finales del
siglo XVIII se abrió el camino hacia una nueva estimación y valoración del
monumento histórico. Este novedoso papel que asume el pasado artístico en el
campo de la investigación historiográfica o de la ideología en general se
tradujo en una también inédita actitud operativa hacia el monumento. El grado de
madurez alcanzado en la práctica de la intervención arquitectónica estará
enormemente vinculado con el despertar de la reflexi6n crítica hacia el pasado.
Por eso no es de extrañar que en la Italia de la segunda mitad del siglo XVIII,
centro de la cultura erudita, se gestara una fructífera corriente de pensamiento
acerca del valor de las “antigüedades”, como ha sido recientemente estudiado
106. Esta interesante actitud nos llevará desde las restauraciones de Carlo
Cesti en Segesta en 1781 hasta las sorprendentemente modernas intervenciones de
Giuseppe Valadier en el Coliseo romano o en el arco de Tito, ya entrado el siglo
XIX
107.
Sin embargo, la situación de abandono secular del patrimonio arquitectónico
medieval requería otro tipo de intervenciones diferentes
–tanto en lo
arquitectónico como en lo ideológico– de las
“restauraciones” de monumentos de la
antigüedad clásica. La madurez crítica de la
reacción inglesa de finales del siglo XVIII señalaba ya el nuevo y crucial papel
que iban a desempeñar los monumentos medievales en el siglo XIX. Los
“anticuarios” ingleses pasaron
rápidamente de la observación y descripción de
los monumentos medievales a posiciones más activas; con un sentido eminentemente
práctico, las sociedades de anticuarios crearon una infraestructura organizada
para la protección de los edificios medievales.
Todo este dinamismo planteó precozmente la cuestión
clave de la restauración
arquitectónica, es decir, el difícil y problemático equilibrio entre la
conservación y la restauración. Este debate, siempre abierto, ya se planteó por
la Sociedad de Anticuarios de Londres a finales del siglo XVIII con ocasión de
las radicales intervenciones del arquitecto James Wyatt en las catedrales de
Lichfield (1788), Hereford (1789), Salisbury (1789) y Durham (1791). La
“simetría”
y la “unidad de estilo” fueron conceptos manejados por Wyatt para proponer
alteraciones y reconstrucciones de importancia en estos conjuntos catedralicios.
La defensa de la “autenticidad” del monumento encontró su amparo en la Sociedad
londinense y especialmente en las polémicas desatadas por el reverendo Milner y
el diseñador Carter
108. Todo ello nos anticipaba en medio siglo los combates
que habrían de librar John Ruskin y William Morris contra el James Wyatt del
siglo XIX, Georges Gilbert Scott.
Francia creará a partir de 1830 un solidó modelo de
restauración de los
edificios medievales encauzado a través de dos conductos principales: un amplio
proceso de racionalizaci6n administrativa y una consistente formación doctrinal
“neogótica”. Estos dos aspectos dejaran sentir su fuerte influencia en la
restauración de monumentos emprendida en España en el siglo XIX.
La Revoluci6n de 1789 dio el primer gran paso en la
reunión de todos los
elementos necesarios para el comienzo de una política de conservaci6n del
patrimonio histórico monumental. Su obra no fue continuada durante la época de
Napoleón I que concentro todo su interés en la gestión museológica. Sin embargo,
en opinión de F. Choay, el período comprendido entre 1796 y 1830 no presenta
un balance totalmente vacío en este sentido; la creación del Conseil des
bâtiments civils en 1795 como sustitución del Conseil des bâtiments du roi,
planteó los primeros intentos de restauración de edificios medievales: el
Conseil tuvo por misión controlar las construcciones hechas por el Estado y la
conservación de los edificios que estaban bajo su tutela; bajo este concepto
pasaron por su supervisión los proyectos de restauración de la grandes
catedrales hasta la reorganización administrativa en el Segundo Imperio
109. No
obstante, hay que precisar que algunos arquitectos vinculados inicialmente al Conseil, especialmente Peyre, Godde o Debret, fueron contundentemente criticados
por la “escuela neogótica”, censurando su incapacidad para comprender el sistema
constructivo de los edificios medievales y sus nefastas técnicas de restauración,
como ocurrió en el caso especial de la intervención de Godde en Notre-Dame de
Paris.
Lo cierto es que durante este primer tercio del siglo XIX se fueron acumulando
en Francia varios factores que apuntaban hacia la “revitalización” de la
arquitectura medieval
110. Algunos, como el incipiente romanticismo literario o
la exégesis neocatólica de la arquitectura medieval, ya han sido señalados más
arriba. A todo ello habría que sumar el papel más concreto desempeñado por
coleccionistas como Durant, Revoil, Du Sommerand, que reagruparon buena parte de
las obras dispersas tras la tormenta política
111, o la importancia que tuvieron
las obras de imágenes a modo de repertorios pintorescos, como los célebres Voyages pittoresques de Taylor y Nodier
112, que, con sus grandes
tiradas, contribuyeron a difundir el gusto por la arquitectura medieval.
A este proceso acompañó la acción de las sociedades
arqueológicas que
desempeñaron un importante papel tutelar en los inicios de la conservación de
los monumentos medievales
113. A la fundación en Paris de la
Académie celtique en
1806, convertida en 1817 en la Société royale de Antiquaires, siguió la de
l’École des chartres en 1821 y, sobre todo, la influyente
Commission
départamentale des Antiquités de Normandía, región ésta precozmente estimulada
por el contacto con los “anticuarios”
británicos. Arqueólogos y eruditos de la
talla de Arcisse de Caumont, Thomine o Auguste Lenormand desarrollaron una
intensa actividad que llevo a la creacion de la celebre Société des Antiquaires
de Normandie y en 1824 la Société française d’archéologie.
Todo este vasto movimiento culminó con la estructuración de una
política estatal
para la protección del patrimonio a partir de la Monarquía de Julio, con la
creación en 1830, bajo los auspicios de Guizot y siendo Ministro del Interior
Duchâtel, del cargo de Inspecteur Genéral des Monuments Historiques. La labor de
Ludovic Vitet y después de Prosper Merimée fue crucial en estos puestos clave de
la naciente administración, que tuvo en la Commission des Monuments Historiques,
creada en 1837, su órgano más importante: Vitet y Mérimée componían la
Commission junto con Charles Lenormand, León de Laborde y Auguste Leprevost
114.
En este contexto surge la figura de Eugène Viollet-le-Duc: hijo de un alto
funcionario pronto estuvo en contacto con las altas esferas del poder y, por
mediación de su tío Delécluze, frecuentó y trabó amistad con Prosper Merimée,
que le brindó un apoyo considerable en su ascendente carrera como arquitecto
restaurador del Estado
115. Su prueba de fuego fue la restauración de la iglesia
de la Madeleine de Vézelay, primera gran obra de Viollet-le-Duc, iniciada en
1840, cuando tan solo contaba veintiséis años. El estado ruinoso del edificio
exigía actuar con un especial cuidado para evitar una posible ruina
irreversible, como se desprende del primer informe redactado por Viollet-le-Duc
acerca del estado de la iglesia
116. El
éxito de las primeras operaciones de
restauración en Vézelay le abrieron el camino de los más importantes trabajos de
restauración.
Los primeros estudios de Viollet-le-Duc, como éste de Vézelay, son de una
especial importancia para comprender la génesis de su pensamiento.
Efectivamente, Viollet-le-Duc alcanzó un gran renombre internacional a partir de
la publicación de los artículos contenidos en su Dictionnaire raisonné de
l’Architecture française du XIéme au XVIéme siécle, obra donde expone su
concepción de la arquitectura medieval con una gran profundidad y sistematicidad.
Los diez volúmenes del Dictionnaire fueron publicados desde el año de 1854, si
bien por estos años Viollet ya había dirigido importantes trabajos de
restauración (Vézelay, Notre-Dame de Paris, Amiens...); por ello, es antes,
entre 1840 y 1845, cuando se encuentra la exposición del germen de sus
doctrinas.
Louis Grodecki, cuando trata de buscar las fuentes de la formulaci6n
teórica de
Viollet-le-Duc, insiste en l’entourage o contexto intelectual en el que se movió
el arquitecto francés como explicativo de su formación. Debieron de ser
estimables las influencias y estímulos que recibió de Ludovic Vitet y Prosper
Merimée, este, como ya dijimos, gran amigo de Viollet-le-Duc. Otros exponentes
importantes de este círculo cultural fueron Félix de Verneilh que publicó en
1845 un interesante articulo sobre los orígenes de la arquitectura gótica en los
Annales Archéologiques, próximo a las concepciones de Viollet
117 o Daniel Ramée,
arquitecto director de la restauración de la catedral de Noyon. Grodecki, en
búsqueda de posibles paralelos o antecedentes de la concepción racionalista
desarrollada por Viollet-le-Duc en su análisis de la arquitectura gótica, cita el nombre de tres arquitectos: el alemán Johannes Wetter (1806-1897) que publicó en 1835 una descripción de la catedral
de Maguncia siguiendo un modelo de explicación mecánica del sistema gótico
similar al que desarrollara Viollet
118; el segundo nombre es el del inglés Robert Willis (1800-1878) que se
distinguió por ser autor de un libro sobre la
arquitectura gótica, donde distingue claramente los elementos funcionales del
estilo de los formales
119; de más interés es su extenso ensayo sobre la
construcción de las bóvedas en la Edad Media, publicado en 1842
120. El ultimo
paralelismo citado por Grodecki es el del arquitecto Franz Mertens (1808-1897)
que desarrolló su actividad en Diisseldorf y que propuso un esquema histórico de
evolución de la arquitectura gótica bastante próximo al desarrollado por Viollet-le-Duc
121. La
conclusión de Grodecki, a la vista de estos trabajos, es la siguiente
122:
“Es necesario reconocer que el «racionalismo» del sistema de Viollet-le-Duc
no fue una tentativa aislada en su siglo, sino que correspondía a una dirección
de investigaciones que la evolución de las ideas y las técnicas durante el siglo XIX entrañaba inevitablemente”
123.
Sin necesidad de recurrir a posibles influencias o paralelismos más o menos
lejanos o hipotéticos, lo cierto es que en la década de 1840 existía en Paris
una sólida pléyade de arquitectos y arqueólogos interesados por el estudio de la
Edad Media. La fundación de los Annales Archéologiques por Didron en 1844 dotará
de un importante órgano de expresión a la “escuela neog6tica”. En el equipo de
redacción se reunieron personalidades destacadas como los arqueólogos Ghilhermy,
Montalembert, los padres Martin y Cahier, del Comité historique, miembros
correspondientes en Inglaterra –Albert Way y Thomas Wright–
o en Alemania –Roissin
y Reichensperger–, con la colaboración destacada de arquitectos como el propio Eugene Viollet-le-Duc, Jean-Baptiste Lassus o Boeswillwald. Didron marcó cuatro líneas principales de acción
124: la conservación de monumentos,
“todo lo
relativo, tanto en la teoría, como sobre todo en la práctica, a la conservación,
reparación, restauración, abandonó, destrucción de monumentos (...) verdadero
campo de batalla de la arqueología”; el estudio integral del pasado, con
especial dedicación a la Edad Media; una sección varia y otra de
“aplicación
directa de las teorías”, proponiendo modelos de iglesias; en suma,
“queremos que
esta publicación sea el órgano del apostolado arqueológico e instrumento del
renacimiento cristiano de las artes”.
En las páginas de los Annales se plantearon tanto los primeros artículos acerca
del “racionalismo constructivo medieval”, como también interesantes reflexiones
sobre los principios de restauración arquitectónica, en una mutua relación de
dependencia.
Las publicaciones y los trabajos de restauración juntaron en un mismo objetivo
las firmas de los dos arquitectos que acaudillaron la reivindicación de la
arquitectura gótica, Jean-Baptiste Lassus y Eugene Viollet-le-Duc. La
importancia de Lassus –siete años mayor que Viollet– en los inicios de la
restauración de edificios medievales en Francia ha quedado demostrada con el
importante ensayo monográfico dedicado a este arquitecto por Jean-Michel Leniaud
125. Lassus
contribuyó a la resurrección de la arquitectura medieval en la triple dimensión
del movimiento, es decir, en los dominios de la erudición, de las creaciones
neogóticas y de las restauraciones de edificios medievales. La restauración de
los más significativos monumentos góticos de Paris fue encomendada a Jean-Baptiste
Lassus
126:
“los comienzos de la actividad de Lassus pueden considerarse como las primeras
experiencias neogóticas que encuentran su fundamento en la arqueología medieval,
y ello en el momento en que los esfuerzos administrativos de Guizot desembocan
en la apertura de los grandes trabajos de restauración como el de la Sainte-Chapelle”.
Jean-Baptiste Lassus fue el pionero de las restauraciones del siglo XIX. Sus
trabajos en la restauración del porche y rosetón de Saint-Germain 1’Auxerrois en
torno a 1836 ocupan una plaza privilegiada en la historia de las restauraciones,
debido a que no sólo fue el primer edificio medieval restaurado en Paris, sino
tambi6n el punto de partida de toda una serie de trabajos (fot. 4)
127 La
escasamente documentada restauración de Saint-S6verin dirigida por Lassus y
Gréterin en 1837, con la reedificación y restauración de la portada de
Saint-Pierre aux Boeuf y la flecha, se produjo poco después de acceder Lassus a
la inspección de uno de los monumentos mas significativos, la Sainte-Chapelle de
Paris: Lassus fue nombrado primer inspector de los trabajos de la Sainte-Chapelle
el 4 de octubre de 1836 por el Ministro del Interior. El arquitecto director de
la restauración fue Félix Duban.
La apertura del expediente de restauración de la Sainte-Chapelle estuvo
acompañado de un amplio movimiento de opinión en el que Víctor Hugo desempeñó un
papel fundamental, caracterizando a la Capilla como
“uno de los más populares
edificios”
128. Esta campaña fue de una importancia crucial, pues entre 1803 y
1836 se tiene constancia de la existencia de proyectos para la demolición del
edificio emanados del Conseil des bâtiments civils (fot. 6).
Lassus obtuvo una medalla de oro en el Salón de 1835 por un proyecto de
restauración para la Sainte-Chapelle. Parece que Duban debió de escoger a Lassus
como inspector en razón de su trabajo premiado en el Salón. Es difícil
determinar cual es la parte de los trabajos que corresponde a cada uno: la
flecha en estilo del siglo XIII parece idea de Duban, mientras que la escalera
Luis XII se asocia con los proyectos de Lassus
129. Lo cierto es que Duban,
vinculado a la dirección del estudio de Labrouste donde le conocería Lassus, era
considerado por Didron como un buen arquitecto, “comprensivo”, aunque también se
advertía su escaso conocimiento de la arquitectura medieval
130.
Los trabajos en la Sainte-Chapelle reunieron a varios arquitectos salidos del
estudio de Labrouste: aparte de Duban y Lassus, también intervinieron Suréda, Boeswillwald y Todouze. Entre ellos, sin formarse con Labrouste,
destacó Viollet-le-Duc
que realizó un proyecto similar al de Duban (fig.5). La relación entre Lassus y
Viollet-le-Duc a partir de estos primeros contactos en la Sainte-Chapelle se fue
haciendo cada vez más estrecha hasta culminar en el proyecto conjunto que ambos
arquitectos elaboraron para la restauración de la catedral de Notre-Dame de
Paris.
Si los primeros trabajos de Lassus marcan los inicios de la restauraciones
arqueológicas del siglo XIX, la restauración de la catedral de Paris supuso su
culminación. El papel de “mito” nacional y popular de Notre-Dame fue estimulado,
como vimos, por el éxito de la novela de Víctor Hugo, exaltación del simbolismo
de la arquitectura gótica. Hugo lanzó el grito de alarma en 1831 ante el estado
de la Catedral, incluyendo como uno de los más poderosos agentes destructores
del edificio a los “modernos arquitectos”. Con ello se refería a las operaciones que realizaba el arquitecto
Godde, encargado por entonces de la restauración de Notre-Dame
131.
Las críticas de Víctor Hugo iniciaron toda una campaña contra Godde
132. En
realidad estas censuras se extendían a los procedimientos y métodos de
restauración ejercitados por los arquitectos de la generación de Godde, vinculados al
Conseil des bâtiments civils y de una
formación clásica académica. La falta de comprensión de la estructura
constructiva de los edificios medievales, la confusión de los
estilos, una restauración esencialmente “decorativa”
y el empleo de materiales como el “mastic” o el hierro, se saldaron con escandalosos fracasos
133;
especialmente alarmantes fueron los trabajos ejecutados
en Saint-Denis desde 1805 por Cellerier, y a partir de 1837 por Debret, tío de
Duban: los procedimientos utilizados provocaron el agrietamiento de las bóvedas
y la nueva flecha construida por Debret se
comenzó a desplomar
134. Peyre en el Palacio de Justicia y Godde en Saint-Germain
des Près y Notre-Dame se guiaron por los mismos métodos que condujeron a
análogos
resultados.
Las virulentas críticas contra Godde llevaron a su
destitución en 1842. Su
sustitución fue un asunto un tanto irregular, pues primero se encomendó la
dirección de la restauración al arquitecto Arveuf,
pero, tras una nueva campaña de prensa, Dessauret, Director de Cultos, encargó
al equipo formado por Lassus y Viollet-le-Duc redactar otro proyecto
alternativo; un cuarto arquitecto, Danjoy, fue también
autorizado a presentar otro proyecto para lo que ya se había convertido en
“concurso” para la
restauración de Notre-Dame de Paris.
El proyecto formado por Jean-Baptiste Lassus y Viollet-le-Duc fue el
seleccionado (figs.8 a 11)
135. Sin entrar en una descripción detallada de los
proyectos presentados al concurso o de los posteriores trabajos realizados por Lassus y Viollet, me limitaré a presentar algunas
consideraciones generales sobre los principios de restauración arquitectónica
contenidos tanto en la memoria presentada por Lassus-Viollet
como en las opiniones expresadas al respecto por algunas importantes
personalidades del momento, dada la amplia repercusión que alcanzaron los
trabajos
136.
Pocos años antes de la convocatoria del concurso para la restauración de Notre-Dame
de Paris, Didron se manifestaba contra cualquier tipo de
“restauración”,
precisando las diferencias entre “restauración” y
“reparación”
137:
“Desde el principio, y ante todo, me pronuncio contra las restauraciones,
cualquiera que estas sean. Una restauración es un enlucido que esconde pero no
cura una enfermedad; se puede decir que incluso agrava el peligro, ocultándolo”.
(...) ...“Y que no se tergiverse el sentido de la palabra
restauración que yo
distingo completamente de la reparación. Una restauración tiene la pretensión de
convertir lo viejo en nuevo, de rejuvenecer... Una reparación es una operación
tan sensata cuanto la otra es absurda; apuntala un monumento que iba a
derrumbarse; lo consolida, lo sostiene; prolonga su duración, pero conservando
su carácter, porque no disfraza como la restauración”.
La conclusión de Didron era clara, no debía restaurarse porque no se
lograría
más que desvirtuar el monumento. Sin embargo, no hay que olvidar que estas
palabras las pronunciaba Didron en 1839 en un artículo en que comentaba la
restauración de Saint-Germain 1’Auxerrois. Como vimos, Lassus intervino junto
con el criticado Godde a quien irían especialmente dirigidos los reproches de
Didron. Efectivamente, seis años después, en 1845, Didron volvió a pronunciarse
acerca de las restauraciones; pese a mantener la rigidez de principios expresada
en 1839 Didron admite ya la posibilidad de reconstruir partes del edificio de
las que se tuviera clara constancia de su estado, llegando a apoyar la
reconstrucción total de las flechas de la iglesia de Notre-Dame de Chalons-sur-Marne,
tras las destrucciones revolucionarias
de 1793
138.
Las limitaciones impuestas por Didron a la
restauración en 1839 tenían mucho que
ver con las conclusiones extraídas de las intervenciones señaladas de
arquitectos como Godde, Peyre o Debret. Las primeras restauraciones, ante el
desconocimiento de la arquitectura medieval, fueron desastrosas y por eso Didron
era partidario de restringir al máximo la intervenci6n.
Sin embargo, el desarrollo de la arqueología medieval y las meticulosas
aplicaciones de estos conocimientos a la restauración
–como en el proyecto Lassus-Viollet de Notre-Dame– fueron variando el criterio de Didron y de los que
pensaban como él. Ludovic Vitet insistía en la necesidad de estos conocimientos,
fundamentales para restaurar con rigor los edificios medievales
139. Del mismo
modo que Vitet, subrayando la modernidad de estos estudios y su aplicación a la
restauración, se expresaba Schmitt, inspector general de monumentos de Loire-et-Cher,
en el Congreso celebrado en París en 1844 para la conservaci6n de monumentos
140.
Sin embargo, el conocimiento fidedigno de la arquitectura medieval no era
suficiente para autores como Cesar Daly que expresó interesantes opiniones
acerca de los proyectos presentados para la restauración de Notre-Dame de Parfs.
Daly planteaba la problemática en otros términos: en los proyectos de
restauración de un edificio sacro como Notre-Dame de París debían entrar en
conflicto dos valoraciones del monumento, es decir, la consideración del
edificio como “monumento histórico” y la
atención a sus “cualidades utilitarias”
como “lugar destinado al culto”. En caso privilegiarse una u otra
valoración la
actitud operativa hacia el edificio, el resultado, sería completamente diferente
141.
“Los primeros
–valor “histórico”– piden que se respete la obra de arte de
nuestros antepasados, que se la respete hasta en sus debilidades, pues estas
imperfecciones han vivido la sanción del tiempo y deben gozar de las
consecuencias de la prescripción. Los segundos –valor
“instrumental”– quieren
que el edificio sagrado sea de un esplendor, de una brillantez y de una majestad
digna en todos sus aspectos de su alto destino”
142.
Daly veía en el proyecto presentado por Arveuf
“muy poco respeto por la religión
de los recuerdos”, porque su restauración mostraba
“que su concepción es de una
brillantez y de una grandiosidad que hacen honor a su imaginación”, es decir, y
como sentenciaba Daly enjuiciando su proyecto, Arveuf
“era un excelente artista
y un detestable arqueólogo”
143.
El proyecto de Danjoy era en opinión de Daly una feliz conjugación entre un
“artista hábil” y un
“arqueólogo de mérito”
144, mientras que en el proyecto de Viollet-Lassus detectaba ciertas contradicciones, pese a su reconocido
interés,
como veremos poco después.
La conclusi6n de Daly tras analizar los proyectos era en cierto modo similar a
la de Didron: las intervenciones debían limitarse a los trabajos de
“consolidación” que fueran estrictamente necesarios para conservar el edificio,
aunque admitía “la eliminación de algunas superafectaciones añadidas en el
siglo XVIII, allí donde se esté seguro de recuperar la construcción antigua bajo
el revestimiento moderno”. Además, aunque recomendaba la simple
“conservación”
del edificio, reconocía que “en veinte o treinta años nuestros estudios
estarán
mucho más avanzados, y entonces se podrá posiblemente actuar
con más audacia”
145.
La reflexión sobre el valor histórico del monumento estaba muy desarrollada en
Francia por estos años. Víctor Hugo siempre se declaró opuesto a la destrucci6n
de los añadidos posteriores del edificio e, incluso, hizo de este
“sedimento que
acumulan los siglos” uno de los rasgos distintivos e insustituibles de los
monumentos. Esta valoración del monumento como testimonio del pasado la
encontramos expuesta en las argumentaciones de estos años con una doble
matización: en este sentido más bien “romántico” expresado por
Víctor Hugo, con
la valoración de la “antigüedad” acumulada en la historia del edificio por sí
misma, y también en cuanto “documento” fundamental para la historia del arte que
debe conservarse en cuanto tal sin modificaciones o alteraciones.
Esta estimación del monumento, fruto de la reflexi6n historicista,
conducía a
limitarse a la estricta conservación del monumento, y tal fue el criterio
sostenido por Didron, Merimée, Montalembert, Ghilhermy y los miembros del
Comité
des arts et monuments. Sin embargo, la cuestión era bastante compleja y era muy
difícil establecer principios “oficiales” en la materia por confluir distintas
argumentaciones en la exégesis del monumento e, incluso, es claramente
observable disparidad de criterios en las opiniones de un mismo autor.
Estas contradicciones eran subrayadas por Daly al comentar la memoria del
proyecto de restauración de Notre-Dame redactada por Lassus y Viollet
146. Daly
contraponía dos principios opuestos expresados en la misma memoria, donde se lee
en la primeras páginas, “pensamos que cada parte añadida, de cualquier
época que
sea, debe, en principio, ser conservada, consolidada y restaurada en el estilo
que le es propio, y ello con religiosa discreción, con una abnegaci6n completa
de toda opinión personal”; pero los mismos arquitectos declaraban más adelante su deseo de
“devolver a
nuestra bella catedral todo su esplendor, restituirle todas las riquezas de que
ha sido despojada”.
El difícil equilibrio entre estos criterios será el centro de la
polémica a lo
largo del siglo XIX en materia de restauración de edificios. La anulación de la
personalidad del arquitecto ante el edificio, esa “religiosa abnegación”,
parecen atribuirse más bien a Lassus que a Viollet, en opinión de Jean-Michel
Leniaud que se ha ocupado de confrontar las dos personalidades 147. Tras la
muerte prematura de Lassus en 1857, la restauración arquitectónica se identificó
con la tajante y tantas veces repetida definición de la
“restauración” enunciada
en 1866 por Viollet-le-Duc en el Dictionnaire 148:
“Restaurar un edificio no es conservarlo, repararlo o rehacerlo, sino
restablecerlo a un estado completo que puede no haber existido en un momento
determinado”.
La enorme difusión del Dictionnaire durante el siglo XIX, su
descomposición analítica de los elementos constructivos de la arquitectura medieval, llevará
consigo el germen de la reflexión en torno a esta definición, en cuanto a los
contornos de aplicación de este principio 149.
Para completar esta breve visión de los inicios de la
formulación de la teoría
de la restauración arquitectónica en Francia hay que mencionar siquiera
brevemente cómo estos métodos de restauración planteados con especial sistematicidad por Viollet-le-Duc son inseparables de una concepción de la
arquitectura gótica. En efecto, Viollet-le-Duc se esforzó a lo largo de su
extensa actividad como teórico, constructor y restaurador en demostrar la
absoluta racionalidad del sistema constructivo gótico. Este es el centro de la
sonada polémica que mantuvo con la Académie des Beaux Arts de París en el año
1846. Viollet-le-Duc, en contra de las opiniones del Secretario de la Academia,
Raoul Rochette, mantuvo que la arquitectura gotica formaba un sistema
constructivo perfectamente coherente.
La polémica surgió con la publicación del Memorial de
l’Academie des Beaux-Arts,
redactado por su secretario Raoul Rochette, publicado en mayo de 1846 en Le
Moniteur des Arts 150. La demostración
histórica de la racionalidad del método gótico ya la había desarrollado Viollet-le-Duc el año anterior a la
polémica
con la publicación de la serie de artículos agrupados bajo el titulo,
“De la construction des édifices réligieux en France depuis du commencement du
christianisme jusqu’au XVIème siecle”
151.
El criterio de “unidad”,
“unidad de sistema y de principios”,
entendido como “combinación
del conjunto, de tal manera que no se pueda ni variar, ni añadir, ni cambiar
nada, sin alterar el conjunto”, según definición que el propio Viollet tomaba de
Quatremère de Quincy, se cumplía en todo su rigor en la arquitectura del siglo
XIII, “donde toda la construcción está sometida a un sistema invariable”152. La
postura de los “neogóticos” reposaba en dos argumentos: el
carácter “nacional”
de la arquitectura gótica, adaptada a las condiciones y necesidades geográficas,
y la “lógica” de esta arquitectura como
“sistema”, es decir, su
“unidad” de
principios y de estilo. En realidad, como ha sido señalado, ambas posturas se
aproximaban en cuanto manejaban los mismos conceptos teóricos:
“unidad”,
“estilo”, afirmado por las proporciones o la solidez. Si bien la diferencia
consistía en “el desliz desde el racionalismo compositivo
clásico hasta un
racionalismo fundamentalmente constructivo y adecuado a las necesidades del
programa”153. Esta
visión de la arquitectura gótica como “sistema” afirmado por
las proporciones154, por su
racionalidad 155, en definitiva por su
“unidad de estilo” 156 dominará en la
restauración de la catedral de León, donde se aplicaron estos principios al
interpretar la “pureza” del edificio.
Al proponer Viollet-le-Duc el estudio de la arquitectura
gótica como medio para
la renovación contemporánea de la arquitectura, no sostenía, como repitió en
varias ocasiones, la reproducción literal de las formas góticas, sino la
recuperación de los principios racionales en que se fundamenta la arquitectura
gótica como base sólida y racional para la consecución de una arquitectura
propia del siglo XIX: “Pedimos
–decía Viollet– que nuestra arquitectura del
siglo XIII sea estudiada por nuestros artistas, pero estudiada como se debe
estudiar la lengua, es decir, de manera que se conozca no solamente las
palabras, sino la gramática y el espíritu”. La
apropiación de la “gramática”
y el “espíritu” de la arquitectura
gótica, es decir, de sus “principios
abstractos”, explica el carácter especial del
revivalismo neogótico que propone
el arquitecto francés: “comenzareis por hacer copias”, pero
“una vez enseñado,
el principio, sin restricciones, dejad hacer a cada uno; en nuestro país, en el
medio de la actividad y de la industria moderna, este arte nacional no tardará
en progresar”157. En definitiva, supone la propuesta de un camino para
solucionar el problema central de la arquitectura del siglo XIX, a saber, la
falta de un estilo propio de la época; para Viollet-le-Duc y sus seguidores
“racionalistas” (Anatole de Baudot, Paul Abadie, Auguste Choisy,
etcétera), la
solución al problema del estilo no podía ser una solución
“formal”, como
propongan los eclécticos de formación clásica, sino que la consecución de un
estilo propio de la época pasaba por la aplicación rigurosa de dos premisas
fundamentales: la racional satisfacción en el proyecto de las necesidades
impuestas por el programa constructivo y la utilizaci6n de los nuevos materiales
que proporcionaba la industria moderna de acuerdo con su naturaleza.
La arquitectura gótica es propuesta como modelo de estudio, pero Viollet-le-Duc
estaba convencido de que la arquitectura de su época saldría del extravío en que
se encontraba mediante la solución racional y coherente de las necesidades que
demandaba la nueva sociedad. Además, de acuerdo con las doctrinas deterministas,
para Viollet-le-Duc a cada época diferente le corresponde una arquitectura
diferente, y a la era del maquinismo y de la industria le corresponderla también
una arquitectura propia, según anunciaba con un mayor rigor teórico César Daly
desde la paginas de su revista 158. En suma, es
aquí donde Viollet-le-Duc se
sitúa entre el “revival” neomedieval y la arquitectura
contemporánea, como se
observa en sus "visiones" de la arquitectura del futuro contenidas en las laminas
de los Entretiens sur l’architecture, donde la historia, el pasado, se funde con
el futuro, en su punto de máxima tensión, pronta a disolverse en la negación de
la Historia. El paso de la demostración histórica de los principios
constructivos góticos como resultado de la evolución constructiva a la
abstracción de estos principios como leyes universales de la arquitectura, de
validez eterna, producto de la lógica satisfacción de las necesidades del
programa constructivo y la adecuada aplicación de los materiales según sus
cualidades, y, por tanto, de validez moderna, la realiza en los Entretiens sur
l’architecture. La restauración de edificios medievales, especialmente góticos,
supone, dentro de esta amplia, total y coherente formulaci6n teórica del
“racionalismo arquitectónico”,
la “recuperación” en el edificio de los
principios constructivos de los que deriva como sistema. El articulo
“Restauration”
del Dictionnaire significó en este sentido la “fundación disciplinar” de la
moderna teoría de la restauración arquitectónica que Viollet-le-Duc se atribuye
a sí mismo y a su época, como primera elaboración de una teoría racional de
tratamiento de los monumentos con principios y objetivos propios y formulada
como capítulo imprescindible de una “teoría de la arquitectura”, en donde las
interacciones entre la restauración y la construcción son continuas, con lo que
la restauración alcanza, en palabras de G.C. Argan,
“la amplitud y sistematicidad de una verdadera teoría del arte”.
Recurrir a la obra de Viollet-le-Duc para la
comprensión de algunos aspectos de
la cultura arquitectónica de la España del siglo XIX es de suma importancia, y
más en materia de restauración monumental 159. Sin embargo, la
valoración de la influencia del pensamiento de
Viollet-le-Duc en España está aún pendiente de un estudio amplio. Las relaciones
concretas que mantuvo el arquitecto francés con nuestro país parecen limitarse
al envío el 28 de diciembre de 1857 de un dibujo para la Capilla de Santa Maria
en Córdoba que le había sido encargado por el marques de Guadalcazar, que según
noticia que nos transmite Demetrio de los Ríos sirvió para que Viollet-le-Duc
participara en un concurso para la restauración de la Capilla en 1871 160.
Asimismo, en 1867 diseñó el proyecto del monumento de la duquesa de Alba en Carabanchel que
había de ser ejecutado por el arquitecto Sureda, según el deseo
de la Emperatriz 161. Sin embargo, pese a estas limitadas relaciones directas
con España, el prestigio de su autoridad como historiador, restaurador y
arquitecto fue notable en nuestro país, como lo testimonia de un modo oficial su
nombramiento el 20 de abril de 1868 como Académico Honorario de la Real de San
Fernando.
La difusión de su pensamiento en España durante el ultimo tercio del siglo XIX
se realizó fundamentalmente a través del Dictionnaire raisonné, que
permitió el
conocimiento de sus teorías racionalistas, si bien, como indica Julio Arrechea,
“la difusión del racionalismo en España fue siempre ambigua, ... a Viollet se le
conoció más como erudito y divulgador de los principios del gótico que como
teórico y crítico de la arquitectura” 162. Sin embargo, los escritos y obras de
Elías Rogent, Eduardo Mariátegui, Juan Bautista Lázaro y, como no, los estudios
de Juan de Madrazo y Demetrio de los Ríos para la restauración de la catedral de
León, son ejemplos claros de su influencia teórica sobre algunos de los más
prestigiosos arquitectos españoles de finales del siglo pasado. Ahora bien, la
influencia de Viollet-le-Duc como teórico salta a nuestro siglo y llega hasta la
obra de Antonio Gaudí, influencia ya apuntada por H.R. Hitchcock 163, que la
encuentra también desarrollada en Juan Martorell y en Puig y Cadafalch y más
recientemente por Ignasi de Sola Morales 164.
En el tratamiento y restauración de monumentos los
métodos empleados y
desarrollados por Viollet-le-Duc tuvieron una general aceptación y difusión en
España durante el último tercio del siglo XIX y encuentran en la restauración
de la catedral de León uno de los más interesantes, paradigmáticos y polémicos
procesos. En las páginas siguientes veremos como a partir del comienzo de las
obras de restauración arquitectónica en León en el año 1859, la presencia de
Viollet-le-Duc se hará cada vez más intensa hasta llegar a cuestionarse sus
doctrinas en la década de 1880.
____________
1
Véase cap. II.
2
Además, incluso las primeras disposiciones que contemplan la protección del
patrimonio histórico se emiten en esta segunda mitad del siglo XVIII. Sin
embargo, estas medidas iniciales no serán realmente eficaces hasta que la
cuestión de la conservación y restauración de monumentos quede enmarcada en el
aparato administrativo de los modernos Ministerios; este punto es el que nos
hace considerar la normativa de mediados del siglo XIX como el verdadero inicio
de la preocupaci6n estatal por el patrimonio histórico, puesto que es a partir
entonces cuando se hace realmente operativa la protección, más allá de las
funciones de tutela sobre patrimonio que delegó el Estado en la Academia de San
Fernando durante el siglo XVIII y primera mitad del XIX. Para un comentario más
amplio sobre esta cuestión, véase V,5.1.
* Tornado del ensayo Michel BARDON, Le gothique des lumières. París, 1991.
3
Quizás una excepción la constituya la importante obra de Caylus,
Recueils d’Antiquites face="Times New Roman">(1752-1761), que, dentro de la perspectiva de los estudios eruditos
de los anticuarios, realiza ya una historiación del arte menos abstracta de la
que veremos en Winckelmann, pero más sensible y atenta a los caracteres
propiamente plásticas, además de que fue una importante fuente para Lessing y el
propio Winckelmann.
4 Simón MARCHAN FIZ,
La estética en la cultura moderna. Madrid, 1987; p. 13.
5
Ernst CASSIRER, Filosofía de la Ilustración. México, 1943; p.304.
6 Enmanuel KANT,
Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung?. 1784. Edición española con el
título Filosofía de la Historia. 3ª edición, Madrid, 1984.
7 La trascendencia y significado de la formulación de un método para el estudio
de la Historia del Arte en la obra teórica de A.R. Mengs la he tratado en “La fundación disciplinar de la Historia del Arte en los escritos de Antonio Rafael
Mengs”. Revista de Arte Liño; Oviedo, 1992; n° 10; pp. 209-223.
8 Esquema que podemos encontrar aplicado a las artes
plásticas por Vasari en sus
Vidas, que adoptó a su vez libremente de pensadores de la Antigüedad como Floro o
Veleyo Patérculo que lo compararon con la vida de los estados. Julius VON
SCHLOSSER, Die Kunstliteratur. Ein Handbuch zur Quellenkunde der neuen
Kunstgeschichte. Wien, 1924; p. 277.
9 Jochann Joachim WINCKELMANN,
Geschichte der Kunst des Alterums. 1764; edición
de W. Senff; Weimar, 1964. Historia del Arte en la Antigüedad. Barcelona, 1984;
p. 2.
10 Anton Raphael MENGS, “Carta a don Antonio Ponz”.
Tratado de la Belleza;
Murcia, 1989; p. 215.
11 Interesa dejar claro que la aportación de estos
“historiadores-filósofos”
reside precisamente en este componente crítico y teórico que les sitúa por
encima de la recopilación histórica realizada por los
“anticuarios”. Esta
“historia crítica” la ha perfilado Momigliano como la
síntesis entre el proceso
de los “anticuarios” y las aproximaciones
interpretativas de la Historia de los filósofos de las Luces. A.MOMIGLIANO,
Problemes d’historiographie ancienne et modern. París, 1983. Este autor cita a
Gibbon y su Declin and Fall of the Roman Empire, (1776-1788), junto a los
intentos de Winckelmann por lograr la síntesis histórica.
12 Giulio Carlo ARGAN,
El Arte Moderno, 1770-1970. Valencia, 1975; t. I; p.12. Véase también sobre este
carácter del historicismo dieciochesco en el marco de
un estudio más amplio Javier HERNANDO, Teoría y Arte en España en el siglo XIX:
Del Neoclasicismo a la Restauración. (Tesis doctoral inédita); Universidad de
León, 1987 y del mismo autor, “La crisis del clasicismo y la renovación de la
Arquitectura”; Arquitectura en España, 1770-1900. Madrid, 1989; cap. I; pp.
15-46.
13 Anton Raphael MENGS, “Carta a un amigo sobre el principio, progresos y
decadencia de las Artes del diseño”. Tratado... p. 272.
14 De gran importancia para la difusión del pensamiento de Mengs en España fue
la publicación de sus
escritos un año después de su muerte por el político español y amigo personal
del pintor bohemio, José Nicolás de
Azara, bajo el título Obras de Don Antonio Rafael Mengs, primer pintor de Cámara
del Rey, publicadas por Don
Joseph Nicolás de Azara, 1780. Las vicisitudes de la génesis de la obra, así
como los aspectos relacionados con la
amistad entre Azara y Mengs, se encuentran analizados con detalle en la
introducción a la edición facsímil de Azara llevada a cabo por Mercedes ÁGUEDA. Sobre la influencia de las doctrinas de
Mengs en el pensamiento español de
la época puede verse en la Introducción de M. Águeda, los apartados tercero, “Fortuna crítica de la obra”, y cuarto,
“Repercusiones de las teorías de Mengs en la
Estética y crítica de Arte
españolas”. Para la valoración del arte español por Mengs,
GONZÁLEZ-VARAS, “La
fundación disciplinar...” pp. 217-218.
15 La labor iniciada sobre las
antigüedades clásicas por los “anticuarios”
inspiró pronto a estos eruditos la apertura de un nuevo campo cronológico de
estudio que Françoise Choay denomina de las “antiquités nationales”, (Françoise
CHOAY,L’Allegorie du Patrimoine. París, 1992). Entre los factores que
contribuyeron a despertar este interés por períodos al margen del clasicismo
grecorromano –aunque siempre desde esa restringida
óptica exclusivamente histórica– F. Choay cita los siguientes: el efecto estimulante de los
investigadores en busca de vestigios grecorromanos en sus territorios
nacionales, el deseo de dotar a la tradición cristiana de un corpus de obras y
edificios históricos, el interés por afirmar la originalidad y excelencia de la
civilización occidental y también el afán de afirmar las peculiaridades
nacionales contra la hegemonía de los cánones arquitectónicos italianos. La obra
de Dom Bernard de MONTFAUCON, Monuments de la monarchie française, qui
comprennent l’histoire de la France, avec les figures de chaque regne que
l’injure des temps a épargnées (10 vols.), publicada a partir de la temprana
fecha de 1729, muestra y resume los rasgos sustanciales de esta primera mirada a
los tiempos “oscuros” realizada después de su primera empresa investigadora
sobre la “bella antigüedad”;
las “antigüedades francesas” son consideradas
fundamentalmente en su valor histórico y Montfaucon, como todos sus
contemporáneos, conserva el esquema tripartito procedente de Petrarca y Vasari
en la división histórica, al tiempo que rechaza cualquier contribución a las
Bellas Artes de los “tiempos intermedios”,
“siécles de barbarie”
a los que asocia “monuments décadents et grossiers” (Véase J.VANUXEM, “The Theories of
Mabillon and Monfaucon on French Sculpture of the Twelfth Century”.
Journal of
the Warburg and Courtauld Institutes; 1957; t. XX; pp. 45-48; y también, A.ROSTAND, “La documentation iconographique de Monuments de la monarchie française de
Bernard de Montfaucon”. Bulletin de la Société de l’histoire de l’art français,
1932). El Monasticum Gallicanum de Dom Michel GERMAIN (1645-1694) y la
Histoire
de l’Abbaye royale de Saint-Denis en France
(1706) (reedic. Paris, 1973) de
Michel FELIBIEN anticiparon la obra de Montfaucon, lo mismo que en Inglaterra la
temprana recopilación Monumenta britannica: chronologica architecture (1670) de
J. AUBREY. De 1754 a 1758 apareció la obra del abad LEBEUF, Histoire de la Ville
et de tout le diocése de París, que fue el primer intento sistemático de estudio
de todos los monumentos de una región, (véase J.VANUXEM, “L’Abbe Lebeuf et
l’étude methodique des monuments du Moyen Age”.
Cahiers d’archéologie et
d’histoire. Auxerre, 1963). Ya en los decenios finales del siglo fue importante
la labor de SEROUX D'AGINCOURT, que en 1780 concibe su
Histoire de l’Art par les
monuments depuis sa decadence au IVè siècle jusqu’à son renouvellement au XVlè
siècle, obra ésta que, pese a su importancia (contenía en sus 6 volúmenes 375
planchas que ilustraban 1400 monumentos) no sería publicada hasta 1823. En
general, véase Jacques HEURIET, “Erudition et poésie. De Montfaucon a Michelet”.
Goth. retr., pp. 61-74.
16 Ignacio HENARES CUELLAR,
La teoría de las Artes plásticas en España en la
segunda mitad del siglo XVIII. Granada, 1977; p. 181. El estudio del profesor
Henares incorpora un apéndice con un completo repertorio bibliográfico, ordenado cronológicamente, sobre las fuentes
teóricas del siglo
XVIII; pp. 240-262. A esta obra nos remitimos para un conocimiento más amplio del
pensamiento artístico en la España del setecientos.
17 El término
gótico, como hemos visto en la definición de Mengs y como veremos
en las opiniones de los ilustrados españoles, alcanzaba unos límites
cronológicos y conceptuales bastante imprecisos, englobándose bajo
este vocablo la arquitectura que conocemos como románica. El papel desempeñado
por el Románico en esta recuperación historiográfica ha sido estudiado con
precisión por José Enrique GARCÍA MELERO, “La
visión del Románico en la historiógrafa española del «Neoclasicismo romántico»”.
Espacio,
Tiempo y Forma; Madrid, 1988; n° 2; pp. 139-186.
18 Para la aparición de estos temas
véase especialmente Rosario ASSUNTO,
Stagioni e ragioni nell’estetica del Setecento. Milano, 1967. Naturaleza y
razón
en la estética de setecientos. Madrid, 1989. La influencia del pensamiento empirista y sensualista inglés en la
definición de estas nuevas
categorías será fundamental. A partir de la “estética del sentimiento” se
abrirá
paso el relativismo y el subjetivismo que modificaron sustancialmente el
carácter
absoluto de la teoría de lo bello.
19 Henares Cuéllar
ha calificado a esta visión del gótico desde la óptica clasicista como “vitrubiano-aristotélica”. Ignacio HENARES,
La Teoría... p. 194.
20 Gaspar Melchor de JOVELLANOS,
Memorias históricas sobre el castillo de
Bellver. Obra póstuma de Gaspar Melchor de Jovellanos. Palma de Mallorca, 1813.
Memoria del castillo de Bellver. Apéndice I a la descripción histórico-artistica del castillo de Bellver.
Apéndice II Memoria sobre las fábricas de los conventos de Santo Domingo y San Francisco de Palma. B.A.E. t. 46.
21
Ignacio HENARES, La Teoría... p. 204.
22 G.M. de JOVELLANOS, Memoria... p. 360.
23 Antonio PONZ PIQUER, Viage de
España, en que se da noticia de las cosas más
apreciables, y dignas de saberse, que hay en ella... Dedicado al Príncipe
Nuestro Señor. 1772-1794, 18 v. Madrid, 1947.
24 Véase V,5.1. Estos primeros intentos de clasificación del patrimonio bajo el
reinado de Carlos III contaban con los precedentes de los deseos de la Academia
de promover la publicación de grabados de nuestros monumentos desde 1756; en
este sentido, la actividad de José de Hermosilla en el estudio de las
antigüedades de Granada y Córdoba junto con Pedro Arnal y Juan de Villanueva, prueba el nuevo
interés por la
historia entre algunos avanzados círculos de la Academia.
25 Antonio PONZ, Viaje... t. IX, 28 edic.,1787.
26 Eugenio LLAGUNO Y AMÍROLA,
Noticias de los arquitectos y Arquitectura en España desde su restauración por D. Eugenio Llaguno y Amírola ilustradas y
acrecentadas con notas, adiciones y documentos por D. Juan Agustín Ceán Bermúdez,
Censor de la Real Academia de la Historia, Consiliario de la de San Fernando e
individuo
de otras de Bellas Artes. Publicado por Ceán Bermúdez, Madrid, 1829; 4 ts.
27 Esta distinción quizás la tomara del
teórico francés Jean-François Felibien
que esbozó a finales del siglo XVII una de las primeras distinciones conocidas
entre el románico y el gótico como dos periodos diferentes aunque agrupados –al
igual que en Llaguno– bajo la generalidad gótica: al
románico lo denominó “Gothique
ancien” y al gótico propiamente dicho
“Gothique modern”;
además está comprobado
el conocimiento por algunos ilustrados españoles de las obras de Felibien.
Jean-François. FELIBIEN, sieur des Avaux, Recueil historique de la vie et des
ouvrages des plus celèbres architectes. París, 1687. Sin embargo, hay que decir
que en Francia, en estos decenios finales del siglo XVIII, la estética propia de
la arquitectura románica –o altomedieval en general– era
prácticamente
desconocida, con escasas excepciones, como puedan ser los estudios de Desgodetz
sobre las basílicas paleocristianas de Italia.
28 José Enrique GARCÍA MELERO,
“La visión...” p. 164.
29 Por ejemplo la
distinción anteriormente mencionada de J.F. Felibien entre “gothique
ancien” y “gothique modeme” reflejaba claramente este componente
crítico cuando
asoció el teórico francés al primero el calificativo de
“vilain gothique”
y al segundo el de “bon gothique”. Esta
será la terminología que encontremos aún en
autores como Laugier o Quatremère de Quincy.
30 CEÁN-LLAGUNO, Noticias... t. I; cap. IV; p. 26, nota 2.
31 José Mª AZCÁRATE RÍSTORI, “Valoración del gótico en la estética del siglo
XVIII”. El Padre Feijóo y su siglo. n° 3.
Cuadernos de la Cátedra Feijóo; Oviedo,
1966; n° 18; pp.525-549.
32 Me refiero especialmente al interesante estudio realizado por José Enrique GARCÍA MELERO,
“Bases metodológicas para el estudio de las transformaciones
arquitectónicas en las catedrales góticas”. El Arte en tiempo de Carlos III;
C.S.I.C. Madrid, 1989; pp.125-135. También, dentro en una visión de conjunto,
Javier RIBERA, “Algunos conceptos sobre
restauración e intervención en
monumentos desarrollados en Castilla y León (Ss. XVI-XX). Informe que hizo el
Arquitecto de S.M.D. Ventura Rodríguez de la Santa Iglesia de Valladolid.
Valladolid, 1987; pp.47-54.
33 J.E. GARCÍA MELERO, “Bases...” p. 127.
Véase también del mismo autor, “Isidoro Bosarte y la Arquitectura de los
«cimentarios»”, en
“La visión...” pp.
165-168.
34 Isidoro BOSARTE, Discurso sobre la restauración de las Bellas Artes en
España.
Disertación sobre el estilo que llaman gótico en las obras de arquitectura.
Madrid, 1789.
35 Isidoro BOSARTE, Discurso... cit. por G. MELERO, “Bases...” pp. 127-128.
36 Sobre todo ello volveremos más adelante al analizar el alcance conceptual que
tuvieron las obras agrupadas en los proyectos denominados de
“restauraciones
parciales” al ser aplicados a la
transformación de la catedral de León, sobre
todo en su afirmación polémica en la década de 1880,
–en medio del debate internacional sobre la
teoría
de la restauración– bajo la dirección del arquitecto Demetrio de los Ríos. Véase,
VI, 2. y VII, 1.
37 Isidoro BOSARTE, Viaje
artístico a varios pueblos de España, con el juicio de
las obras de las Tres Nobles Artes, que en ellos existen, y épocas a que
pertenecen. Madrid, 1804. Véase también la edición facsímil con introducción de
Alfonso Pérez Sánchez. Madrid, 1978.
38 J.E. GARCÍA MELERO, “Bases...” p. 128.
39 La significación de la catedral de Estrasburgo la comentamos en el apartado
siguiente; sobre los proyectos de finales del siglo XVIII para la terminación de
la catedral de Milán véase especialmente de Giovanni Battista SANNAZZARO, “Il dibattito sulla facciata del Duomo di Milano (1787-96): alcune precisazioni”.Il neogotico nel
XIX e XX secolo. Milano, 1989; 2° vol.; pp. 95-104.
40 J.E. GARCÍA MELERO, “Bases...” p. 129.
41 Véase I,2.
42 Al respecto de esta Catedral
véase Ant6n CAPITEL, “La transformación de la
Catedral de Burgo de Osma”. Metamorfosis de monumentos y
teorías de la
restauración; Madrid, 1988; pp. 131-144.
43ARÍAS,
“Ventura Rodríguez en Toledo”.
Estudios sobre Ventura Rodríguez; Madrid, A.S.F. 1885; pp. 61-95, y Juan NICOLAU CASTRO, “Obras del
siglo XVIII en la Catedral de Toledo”. Anales Toledanos; Toledo, 1984; n° XIX.
44 Véase José GOÑI GAZTAMBIDE, “La fachada neoclásica de la catedral de
Pamplona”. Príncipe de Viana; Pamplona, 1970; n° 118-119; t. XXXI; pp. 5-64.
45 L. VÁZQUEZ SACO, La Catedral de Lugo. Santiago de Compostela, 1953.
46 Carlos SAMBRICIO, “Ventura Rodríguez en Valladolid: el informe de la Catedral
y la transformación radical de su pensamiento historicista”.
Informe que hizo el
Arquitecto de S.M. Don Ventura Rodríguez, en el año 1768, de la Santa Iglesia de
Valladolid. Valladolid, 1987; pp. 17-22. Véase también en la misma
publicación, Guadalupe ROLDAN, “La torre de S.I. Catedral de Valladolid y la
intervención del
arquitecto D. Ventura Rodríguez”". pp. 23-36 y Daniel VILLALOBOS ALONSO,
“El
proyecto de Ventura Rodríguez para la reforma del Colegio Mayor de Santa Cruz en
Valladolid: el inicio de un debate”". pp. 37-46.
47 Carlos SAMBRICIO, “Ventura Rodríguez en Valladolid...” p. 21.
48 Citemos solamente como referencia algunos estudios capitales; Kenneth CLARK,
The Gothic Revival. An Essay in the History of Taste. lª edit. London, 1928;
London, 1983; también el survival inglés más que revival ya era mencionado en
1872 por Charles E. EASTLAKE, A History of the Gothik Revival. An Attempt to
Show How the
Taste for Medieval Architecture Whinch Lingered in England During the Two last
Centuries Has Since Been Encouraged And Developed. Leicester, 1970. Véase
también Arthur O. LOVEJOY, The first gothic revival and the return to nature.
London, 1932 (hay también traducción al francés de este estudio, La redécouverte
du Gothique. Paris, 1991). James MACAULAY, The Gothic Revival, 1745-1845.
Glasgow y London, 1975 y Michael McCARTHY, The Origins of the Gothic Revival.
Yale, 1987. Una amplia bibliografía sobre este tema es recogida por Michel
BARIDON, agrupada en apartados de fuentes y literatura crítica en la traducción
francesa del ensayo de Lovejoy: Michel BARIDON, Le Gothique des lumières. Paris
1991; pp. 147-156. Una breve síntesis interesante, también con recopilación de
fuentes comentadas, es aportada por Frances CAREY,
“Anglaterre: «Gothic Revival»”. Got. retr. pp. 17-28.
49 Luciano PATETTA, L’architettura dell’Eclettismo. Fonti, teorie, modelli,
1750-1900. Milano, 1975;
p. 142.
50 Especialmente importante fue
el edicto “Against breaking and defacing
monuments”. Véase N.BOUTLING, “The law’s delays: conservatist legislation in
fhe British Isles”. The Future of the past: attitudes towards
conservation, 1774-1974. London, 1974.
51 Kenneth CLARK, The Gothic... y John SUMMERSON,
Architecture in Britain
1550-1830. London, 1962 (4ª edic.).
52 En Strawberry Hill, Twickenham, ademas de Walpole, intervinieron Richard
Bentley, John Chute, James Essex y William Robinson.
53 Véase al respecto H. SCHMITZ,
Die Gothik im deutschen Kunst-und Geistesleben.
Berlín, 1921; y A. NEUMEYER, “Die Erweckung der Gotik in der deutschen Kunst des
spaten 18 Jahrhunderts. Ein Beitrag zur Vorgeschichte der Romantik”.
Repertorium
fur Kunstwissenschaft; München,1928; t. 49; pp. 75 y ss. y 159 y ss.
54 Los estudios de P. HELIOT ofrecen mucha luz sobre esta
perduración de las
construcciones medievales en Francia; véase, “Remarques sur les survivances
medievales dans l’architecture française des XVIIè et XVIIIè siècles”.
Bulletin
de la Société des antiquaires de l’Ouest; 1942-1945; pp.
287-301; “Eglises
françaises de l’Est et du Midi influencees par l’art medieval aux XVIIè et XVIIIè siècles”.
Bulletin Archéologique; París, 1954; pp. 207-231; y sobre todo,
“La fin de l’architecture gothique en France durant les XVIIè et XVIIIè siècle”.
Gazzette des Beaux-Arts; París, 1951; t. 38; pp. 111-128. También es interesante el
estudio de A. ROSTAND, L’oeuvre architectural des Bénédictins de la Congrégation
de Saint-Maur en Normandie (1618-1789). Caen, 1940. Véase también de R. LANSON,
Le goût du Moyen Age au XVIII siècle. París, 1926.
55 Véase G. CHENESSEAU, Sainte-Croix d’Orleans.
Histoire d’une cathédrale
réédifiée par les Bourbons, 1599-1829. París, 1931; 3 ts.
56 Bibliothèque Nationale de Paris. Estampes, Va 408 (1).
57 Estos fueron, Jacques V. Gabriel (1667-1742)
–Maquete, Bibliothèque
Municipale d’Orleans–, Louis-François Trouard
(1729-1797) –Projet de façade,
Bibliothèque Municipale de Besançon– y Etienne-Frangois Legrand –Elévation du
Portail, Musée Historique d’Orleans>–.
58 Véase Maryse BIDEAULT y Jacques HENRIET, “Le dix-huitième siècle français et
le «gothique»”. Got. retr. pp. 45-60; y Louis HAUTECOEUR,
Histoire de
l’architecture classique en France. París, 1943-1957; ts. III y IV. Otro ejemplo
excepcional que hubiera ilustrado la continuidad de la construcción en estilo
gótico es el proyecto concebido para la fachada de la abadía de Saint-Ouen en
Rouen de mediados del siglo XVII, que sin embargo no se levantaría hasta el
siglo XIX según los planos de Grégoire; este proyecto fue reproducido por Dom
Pommeraye en su Histoire de l’abbaye royale de Saint-Ouen de Rouen, publicado en
Rouen en 1662, donde incorporaba un grabado de Harel que recogía este proyecto
(B.N.P. Estampes, Ve22 a II, pl. 19). Véase Jean-Michel LENIAUD, “Historicité ou
perfectionnisme?. Le débat sur la façade de Saint-Ouen de Rouen”.
Bulletin
archéologique. París, 1978; pp. 141-162.
59 Con ello no quiero afirmar que las reflexiones de los ilustrados españoles
fueran“ inocuas”: ha quedado claro que actuaron como un componente fundamental
para la quiebra de la unidad del clasicismo, aunque es cierto que no se
encuentran en España reflexiones detalladas por parte de arquitectos que
reflejen una “idea” propiamente
arquitectónica de la comprensión de la “estructura”
gótica.
60 Esta original tradición
teórica francesa ha sido señalada por Robert
MIDDLETON, “The Abbé Cordemoy and the Graeco-Gothic ideal: a prelud to romantic
classicism”. Journal of the Warburgand Courtauld Institutes. London, 1962-1963.
También puede verse sobre el mismo tema, J.M.PEROUSE DE MONTCLOS,
L’Architecture à lafrançaise. París, 1982.
61 Giulio Carlo ARGAN, “El revival”.
El pasado en el presente. Milán, 1974;
edición española, Barcelona, 1977; p. 15.
62 Véanse especialmente los estudios de F.DESPOIS,
Le vandalisme
révolutionnaire. París, 1848; Louis REAU, Histoire du vandalisme. París, 1959 y
Les monuments détruits de l’art français. París, 1959. y D.HERMANT, “Le Vandalisme revolutionnaire”.
Annales. París, juillet-août, 1978.
63 Fundamental a este respecto es el estudio de Friedrich RÜCKER,
Les Origines
de la conservation des monuments historiques en France, 1790-1830. París, 1913.
64 A estas tareas se dedicaron el Comité des affaires ecclésiastiques y el
Comité de 1’alienation des biens nationaux.
65La Naissance du musée du Louvre, la politique
museologique sons la Révolution, d’après les archives des musees nationaux.
París, 1981; 2 vols.
66 El Museo de Lenoir adquirió una aureola de leyenda en la Francia
romántica
sobre todo a través de la sugestiva visión de las salas relatada por Michelet: “... en ninguna otra parte
–decía Michelet– he recibido de modo tan directo la
viva impresión de la historia. ¡Cuántas almas adquirieron allí el destello de la
historia, el interés por los grandes recuerdos! ... Todavía evoco la emoción,
siempre la misma, y siempre viva, que me hacía palpitar el corazón, cuando, de pequeño, entraba bajo esas bóvedas sombrías y contemplaba esos rostros
pálidos”.
Le Peuple. París, 1846; 2ª edic.; p. 26. Sobre la significación en el contexto
revolucionario de Lenoir y su Museo pueden verse especialmente, Louis COURAJOD,
Alexandre Lenoir. Son journal et le musée des monuments français. París, 1878; 3
vol.; L.DIMIER, Les impostures de Lenoir. Examen de plusieurs opinions reçues
sur la foi de cet auteur concernant quelques points de l’histoire de
l’art.
París, 1903; L.DE LANZAC DE LABORIE, “Alexandre Lenoir et le Musée des Monuments
français pendant la période napoléonnienne”.
Revue des questions historiques.
París, 1913; t. XLIII; pp. 26-52; Bruno FOUCARD, “La fortune critique d’Alexandre
Lenoir et du premier Musée des Monuments français”.
L’information d’Histoire de
l’Art. París, 1969; n° 5; pp. 223-232; Alain ERLANDE-BRANDENBURG, “Le Musée des
Monuments français et les origines du Musée de Cluny”.
Das Kunst-und
Kulturgeschichtliche Museum im 19 Jahrhundert. München, 1977; pp. 49-58 y
también, “Alexandre Lenoir et le Musée des Monuments français”.
Goth. retr.,
pp. 75-84.
67 Estas dificultades ocasionadas por la transferencia de la propiedad
eclesiástica y nobiliar al patrimonio del Estado serán similares a las que se
plantearán en España como consecuencia de la Desamortización. Sin embargo,
debido a la diferente coyuntura histórica, no existirá en el proceso de
desamortización español el “vandalismo revolucionario” observable en Francia;
estas destrucciones ideológicas serán propias de la Revolución de 1868, si bien
como producto de las masas incontroladas: Sobre ello volveremos al plantear la
cuesti6n administrativa, (véase V,5.1.).
68 Françoise CHOAY, L’Allegorie... p. 84; Choay recoge la recopilación completa
de los nueve puntos (pp. 218 y 219).
69 Este decreto introducía una importante medida punitiva:
“todos aquellos que
sean inculpados de haber mutilado o derribado obras de arte de escultura en el
jardín de las Tullerías u otros lugares pertenecientes a la República serán
penados a dos años de detención”.
70 Felix, VICQ D’AZUR,
Instruction sur la manière d’inventorier et de conserver
dans toute l’étendue de la République, tous les objets qui peuvent servir aux
arts, aux sciences et à l’enseignement, proposée par la Commission temporaire
des arts et adoptée par le Comité d’Instruction publique de la Convention
nationale. París, Imprimerie Nationale, an second de la République.
71 En realidad, esta postura observable en algunos intelectuales revolucionarios
creo que se puede relacionar de modo inmediato con la madurez alcanzada por la
historiografía de la Ilustración que actuó como una fecunda preparación
ideológica para la Revolución Francesa: la crítica de la estructura de la
Historia contenida en esta historiografía demostraba la necesidad de reformar la
“irracional” sociedad feudal absolutista para deducir de las experiencias
históricas los principios racionales en qué fundamentar la nueva sociedad; es
decir, en algunos de los más lúcidos historiadores ilustrados es posible
apreciar una visión clara de la Historia como proceso, como condición previa y
concreta del momento presente: en el discurso de los seguidores
“naturales” de
los ilustrados al presentarse la Revolución Francesa como la culminación y
consecuencia de la historia anterior, la Historia en sí misma adquiría un nuevo
significado, una nueva estimación e incluso se hace objeto de exaltación como
portadora del germen del progreso humano. De este carácter ejemplar se deduce
que, en el contexto revolucionario, la pasión por conservación de la Historia
registrada en los monumentos es tan explicable como la pasión por su
destrucción
72 A.G.KERSAINT, Discours sur les monuments publics, prononcé au Conseil du
Département de Paris, le 15 decembre 1791. París, 1792.
73 Felix VICQ D'AZYR, Oeuvres complètes. París, 1805; especialmente, t. IV
y V.
74 Véase
V,5.
75 Johann Wolfgang GOETHE,
Von deutscher Baukunst, 1772. El texto apareció con
fecha de 1773 (aunque ya estaba en la calle desde noviembre del ano anterior) y
el editor fue Johann Conrad Deinet que mantenía estrechas relaciones con el
grupo “Sturm and Drang”. En 1773 fue publicado por Johann Gottfried Herder en la
colección titulada Von deutscher Art and Kunst. Hamburg, 1773, que tiene
también
el interés de presentar un estudio del italiano Paolo Frisi titulado Ensayo
sobre la arquitectura gótica, como confrontación de las teorías expresadas por
Goethe sobre el origen de la arquitectura ojival, en un deseo de objetividad
histórica. Sobre esta obra de Goethe véase especialmente, E.BEUTLER, Von
deutscher Baukuns. Goethes Hymnus auf Erwin von Steinbach. Seine Entsheung and
Wirkung. München, 1943 y H. KELLER, Goethes Hymnus auf das Strasburger Miinster
and die Wiederentdeckung der Gotik em 18. Jahrhundert. München,1974.
76 Hasta la publicación en 1841 del estudio de Franz Mertens sobre la catedral de
Colonia, la escuela gótica francesa y el desarrollo de este estilo en Alemania
no quedaría demostrado que la cuna de la arquitectura gótica
estaba en Francia.
77 En su
“Himno” Goethe
llamaba dolorosamente la atención hacía la falta de una
de las dos torres para completar la catedral de Estrasburgo; en 1808, Georges
Moller diseño una primera vista ideal de la fachada con dos tomes y en 1815
present6 el conjunto de sus diseiios a Goethe y a Boisserée.
78 Heinrick WACKENRODER,
Herzeusergiessungen eines Kunstliebenden Klosterbruders,
1797; a estos contenidos simbólicos añade Wackenroder la religión.
79 Ludwig TIECK, Franz Sternbalds Wanderungen, 1797.
80 Heinrich MEYER, consejero de Goethe en materia
artística, al reeditar el
estudio de Goethe en 1817 con el título Neu-deutsche religios-patriotische Kunst,
subrayaba que el amplio alcance popular que había alcanzado la arquitectura de
la Edad Media entre los alemanes tenía por origen el patriotismo nacido de las
guerras contra Napoleón.
81 La bibliografía sobre la catedral de Colonia es numerosa, tanto en las
monografías realizadas durante el desarrollo de las obras de terminaci6n en el
siglo XIX, como también en los estudios dedicados con motivo de la conmemoración
del centenario de su reapertura; entre las primeras destacan –con el carácter de
fuentes– las obras de August REICHENSPERGER,
Der Kolner Dom and die Kathedrale
von Amiens. Leipzig, 1856 y Zur neuren Geschichte des Dombaues in Köln. Köln,
1881; Franz SCHMITZ, Der Dom zu Koln. Seine Konstruktion and Ausstattung. Koln,
1879 y Leonard ENNEN, Der Dom zu Koln von seinem Beginne bis zu seiner
Vollendung. Köln, 1880. Entre las monografías publicadas en 1980 pueden
mencionarse las de Hugo BORGER, DOPPELFELD y BEYRES, Ute KALTWASSER, Adolf KLEIN,
KRALISCH y RONTE, Jakob SCHLAFKE, Gerard SCHMITZ y Arnold WOLF, como algunos de
los trabajos más significativos entre los numerosos estudios publicados en 1980.
82 P.MOISY, Les séjours en France de Sulpice Boisserée. Lyon-Paris, 1956. Sulpiz
BOISERÉE fue autor además de importantes obras sobre la catedral de Colonia,
como su Ansichten, Risse and einzelne Teile des Doms von Köln. (1821 a 1832),
Köln,1979 y Geschichte and Beschreibung des Doms von Koln. Stuttgart, 1823.
83 Un desarrollo amplio del
movimiento neogótico alemán puede consultarse en la
obra de Georg GERMANN, Neugothik, Geschichte ihrerArchitekturtheorie. Stuttgart,
1974.
84 Peter-Klaus SCHUSTER, “L’Allemagne et le
«gothique retrouvé»”. Goth. retr.
p.29.
85 Jules MICHELET, Histoire de France, París, 1833; 2 vols.
86 Philippe BUCHEZ,
Introduction a la science de l’histoire ou science des
développements de l’humanité. Paris, 1833; p. 468.
87 La obra fundamental de John Henry NEWMAN, resumen de su pensamiento, fue su
Apología Pro Vita. 2ª edic. London, 1865.
88 Augustus Welby Northmore PUGIN,
Contrast; or a parallel between the noble
edifices of the fouteenth and fifteenth centuries, and similar buildings of the
present day; shewing tue present decay of taste. 1ª edit. London, 1836; 2ª edic. –corregida y ampliada– London, 1841.
89 Augustus W.N. PUGIN, Contrast. 2ª edic. London, 1841; cap.II; “On the Revived
Pagan Principe”; p. 17. Sobre la obra de Pugin, Phoebe STANTON,
Pugin. London,
1971.
90 En 1830 contaba ya con 700 socios,
además de pertenecer muchos de ellos a la
élite intelectual, religiosa y política del país. James F. WHITE, The Cambridge
Movement. The Ecclesiologisth and the Gothic Revival. Cambridge, 1962.
91 John NEALE y Benjamin WEBB,
The Symbolism of Churches and Church Ornaments: A
Translation of the First Boock of the Rationale Divinitorum Officiorum, Written
by Williams Durandus, Sometime Bishop of Mende. Leeds, 1843. El texto
añadido en
1844, “A Few Words to Church Builders” (London,
3ª edic. Cambridge, 1844;
pp.3-7) se puede consultar extractado en edición bilingüe inglés-francés en
Pierre FONTENAY, Le renouveau gothique en Angleterre. Bordeaux, 1989; pp.80-97.
En esta antología se recoge también un interesante texto de difícil localización
como es el discurso pronunciado en 1844 por el ministro anglicano Francis Close
en el que polemizó contra la Camden Society hasta operarse un giro total en la
concepción del gótico: considerada la arquitectura medieval por Close como la
expresión de la idolatría y la superstición, declarara “impío” el retorno al
estilo gótico. Francis CLOSE, The restoration of Churches is the restauration of
Popery: proved and illustrated from the authenticated publications of the «Cambridge
Camdem Society»: a sermon, preached in the parsh church Cheltenham, on tuesday,
november 5 th, 1844. 3ª edit., London, 1881. Pierre FONTENAY, Le renouveau...
pp.98-109.
92 La figura y escritos de John Ruskin (1819-1900)
han sido abundantemente
estudiados; citemos solamente algunos de los estudios capitales coma referencia
para un conocimiento más amplio de sus doctrinas y personalidad. Henry LADD, The
Victorian Morality of Art. An Analysis of Ruskin’s Esthetic. New York, 1932;
Francis G. TOWSEND, Ruskin and the Lanscape Feeling. A Critical Analysis of His
Thought During the Crucial Years of His Life, 1843-1856. Urbana,1951; John D.
ROASENBERG, The Darkening Glass. A Portrait of Ruskin’s Genius. Columbia, 1961.
George LANDOW, The Aesthetic and Critical Theories of John Ruskin. Princenton,
1971. Pierre FONTANEY, Ruskin estheticien. Les anneés do formation (1819-1849).
thèse-Lille, 1980. Elizabeth K. HELSINGER, Ruskin and the Art of the Beholder.
Harvard, 1982; Michael BROOKS, John Ruskin and Victorian Architecture. Rutgers,
1987.
93 Sus tres obras más influyentes fueron
Los Pintores Modernos, Modern Painters,
publicado en cinco volúmenes (1843, 1846, 1856, 1856 y 1860), Las siete lámparas
de la Arquitectura, The Seven Lamps of Architecture (1849) y Las Piedras de
Venecia, The Stones of Venice, en tres volúmenes (1851, 1853, 1853). Una
admirable edición de la totalidad de sus obras en treinta y nueva volúmenes con
un índice detallado se publicó con el titulo The Works of John Ruskin. Edited by
E. T Cook and Alexander Wedderburn. London, 1903-1912.
94 Además de impulsores de nuevas obras, buena parte del alto clero
francés
estimuló el cultivo de la arqueología y de la historia durante el siglo XIX (se
crearon especialidades de Arqueología en los Seminarios) y propició el amplio
movimiento de restauraciones arquitectónicas. Es además sumamente interesante la
personalidad de algunos religiosos que, como es el caso del Cardenal Donnet
(1795-1882), formularon interesantes argumentaciones polfticoideológico-artísticas
en favor de la recuperación del gótico como arquitectura cristiana por
excelencia, que, con algún retraso, se retomaran en España. Véase, R. DARRICAU, “Puissance
du catholicisme”; Historie de Bordeaux;
t. IV, pp. 297-320; J. GADILLE, La pensée et
l’action politiques des évêques français au début de la
IIIé République. 1870-1883;
París, 1967; Monseigneur O. LAROZA, “Le Cardinal Donnet, archevêque de Bordeaux”;
Actes de l’Académie de Bordeaux; Bordeaux, 1884; 5é serie; t. VIII (1983);
pp. 99-120.
95 Monseigneur Cousseau (1805-1875) realizó una
importantísima obra en Angulema:
además de los trabajos de restauración de la Catedral, renueva el Palacio
Episcopal, erige numerosas parroquias y multiplica las escuelas religiosas.
Dotado de una gran capacidad persuasiva y oratoria, católico intransigente,
utilizó toda la fuerza de su discurso para avivar el celo religioso que, según
el, debía conducir a borrar los templos impíos de la Revolución. Véase, T. DE
MOREMBERT, “Antoine-Charles Cousseau”;
Dictionnaire de biographie franfaise;
Paris, 1967; t. IX.; y
J. BAUDET, Le dioceèe d’Angoulême sous l’episcopat de Mgr. Cousseau
(1850-1872) –thèse de 3è cycle– Bordeaux, 1990.
96 El Sacre Coeur de Montmartre,
Basílica levantada según los planos del
arquitecto Paul Abadie, fue el templo expiatorio de la Francia que surgía del
trauma de 1870. Mgr. Guibert buscó suscitar una obra común levantando una
iglesia nacional. El compendio y análisis más completo de la significación del
proyecto de Abadie es el Catálogo dedicado a Paul Abadie, architecte. 1812-1884.
Musée des Monuments français; Paris, 1988; especialmente, F. LOYER, “Une Basilique synthétique”, pp. 189-190; J. BENOIST, “Le Voeu national au Coeur du
Christ”, pp. 190-199 y C. LAROCHE, “Le concours de 1874”
y “Anatomie d’une
chimère: genese et fortune du projet Abadie”, pp. 211-252.
97 cit. Louis HAUTECOEUR, Histoire de l’architecture classique. t. VI, p. 285.
98 vic VITET, “Rapport au Ministre de l’Instruction publique”. cit. Louis
HAUTECOEUR, Histoire... t. VI; p. 285.
99 Véase V,6.
100 Para un desarrollo más amplio de estos temas
véase, Javier HERNANDO,
Arquitectura en España, 1770-1900. Madrid, 1990 y Julio ARRECHEA, Arquitectura y
Romanticismo. Valladolid, 1989.
101 Esto es lo que ha llevado a Ramón
RODRÍGUEZ LLERA a hablar de la “unidad
ecléctica”, pese a la diversidad estilística, (Ramón
RODRÍGUEZ, Arquitectura
regionalista y de lo pintoresco en Santander, 1900-1950. Santander, 1988;
p. 122); del mismo modo Tomás LLORENS y Helio PIÑÓN afirman el sentido unitario
del eclecticismo como “supersistema integrador de un
número ilimitado de «subsistemas»”
(“Eclecticismo e ideología”.
Arquitecturas Bis; 1975; n° 8; pp. 26-50.
102 Entre los numerosos estudios dedicados a Víctor Hugo obligado es destacar el
magnífico trabajo de Jean Mallion que analiza las ideas de Víctor Hugo sobre la
arquitectura así como el papel fundamental que desempenó en el naciente aparato
administrativo para la eonservación de los monumentos medievales. Jean MALLION,
Víctor Hugo et l’art architectural. Paris, 1962. En un contexto general, Marcel
AUBERT, Le romantisme et le Moyen Age
dans la litterature et l’art. Paris, 1928.
103 Víctor HUGO, Notre-Dame
de Paris. 2ª edic. Paris, 1833. (Cito por Paris,
1967); l. III; cap. 1; p. 136.
104 Una antología de textos de nuestros
románticos con un estudio introductorio y
explicativo se puede consultar en Ignacio HENARES y Juan CALATRAVA, Romanticismo
y Teoría del Arte en España. Madrid, 1982.
105 Enrique Mª REPULLÉS Y VARGAS,
El simbolismo en la arquitectura cristiana.
Conferencia dada en la Sociedad Central de Arquitectos por su Presidente Enrique
Maria Repullés y Vargas el día 13 de junio de 1898. Madrid, 1898. 45 pp.
Víctor
HUGO, Notre-Dame de Paris. Paris, 1831. Livre cinquième, cap. II “Ceci tuera
cela”,
pp. 198-211.
106 Pierluigi PANZA,
Antichità e restauro nell’Italia del Settecento. Del
ripristino alla conservazione delle
opere d’arte. Milano, 1990. Véase
también, M. PRAZ, Gusto neoclásico. Roma,
1939-Napoli, 1959 y M. CAGIANO DE AZEVEDO,
Il gusto del restauro nelle opere
d’arte antica. Roma, 1948 y
“Falsi settecenteschi di pitture antique”.
Bolletino
dell’Istituto centrale di restauro. Roma, 1950; n°
1, y, en el mismo número, “Una scuola napoletana di restauro del XVII e XVIII secolo”.
107 Stella CASIELLO, “Aspetti della tutela dei beni culturali nell’ottocento e
il restauro di Valadier per 1’Arco di Tito”. Restauro. Napoli, gennaio-febbraio
1973. Año II; n° 5; pp. 79-111.
108
J. MILNER, A dissertation on the modem style of altering ancient cathedrals as
exemplified in the cathedral of Salisbury. London, 1798. CARTER, miembro de la Sociedad de anticuarios
de Durham, fue autor de la importante publicación Ancient architecture of
England, 1798-1807. London, 1807 y además colaborador del
The Gentleman’s
magazine a partir de 1789, desde donde escribió varios artículos polémicos
contra las restauraciones de Wyatt. Véase Nicolaus PEVSNER, “Scarpe and anti-scarpe”.
The Future of the past: attitudes towards conservation. London,1976.
109 Con esta afirmación F. Choay se opone a la
opinión tradicional establecida
por Friedrich Rockers que considera este período presidido por un vacío
completo, incluso por una regresión, en materia de conservación de monumentos. (Françoise
CHOAY, L’Allégorie. p. 95). F. Choay se apoya para sostener su
opinión en el
reciente estudio de
L.M. O’CONNELL, Architecture and the French Revolution: the Conseil des
bdtiments civils and the redefinition of the architect’s fiel of action in the
1790s. Cornell University, 1988.
110 Para una estimación amplia del movimiento es fundamental el ensayo de Paul
LEÓN, La vie des monuments français, destruction, restauration. Paris, 1951.
111 Véase especialmente de Daniel ALCOUFFE y Fabienne JOUBERT, “Les collectionneurs”.
Goth.retr. pp. 92-104.
112 Baron TAYLOR y Charles NODIER,
Voyages pittoresques et romantiques dans
l’ancienne France. Paris, 23 vols. (1er. vol. 1818). Una completa
bibliografía
comentada sobre estas publicaciones puede consultarse en Eliane VERGNOLLE, “Les voyages pittoresques”.
Goth. retr. pp. 105-120.
113 Françoise BERCÉ, “Les Sociétés savantes et la protection du patrimoine
monumental”, Acres du 100ème Congrès national des Societes Savantes. Colloque
interdisciplinaire; Paris, 1976; pp. 155-167.
114 Sobre este sistema administrativo volveremos al estudiar el caso español en
relación con el cuadro institucional creado y cuestionado en el proceso de la
catedral de León. Véase, V.5.1.
115 Los aspectos biográficos de Viollet-le-Duc han sido ampliamente tratados. La
más importante publicación es el catálogo elaborado con motivo del centenario de
su muerte, donde se recoge una exhaustiva bibliografía. A.A.V.V. Viollet-le-Duc.
Paris, 1980.
116
Rapport sur l’état actuel de l’ancienne
église de la Madelaine à Vézelay et
sur les reparations à faire à cet édifice. 21 mars 1840. La documentaci6n se
encuentra en el A.C.M.H. n° 3249.
117 Annales Archéologiques. Paris, 1845. vol.II,
pp.133-138.
118 TTER, Geschichte and Beschreibung des Domes zu Meinz. Mainz, 1835.
119 Robert WILLIS Remarks on architecture of the Middle ages, especially of
Italy. Cambridge, 1835.
120 Robert WILLIS, “The construction of vauls of the middles ages”,
Transactions
of the Royal Institute of the British Architects, vol.I, 2. London, 1842.
Grodecki afirma que no ha podido comprobar el posible conocimiento de los
trabajos de Willis que Viollet-le-Duc pudiera haber tenido durante el viaje que
realizó a Londres en 1850 en compañía de Prosper Merimée; lo que no parece
conocer Grodecki es que Viollet-le-Duc pudo adquirir un conocimiento directo y
casi inmediato del trabajo de Willis sobre la construcción medieval de las
bóvedas, a través de la publicación de su ensayo en traducción al francés en la
influyente Revue Generale de l’Architecture et des Travaux Publics de César Daly,
(vol.IV, col.3, Paris, 1843); de este modo, el conocimiento de las teorías de
Willis por Viollet-le-Duc,
considerado como probable por Grodecki, podemos afirmar que fue casi seguro a
través de la Revue.
121 Franz MERTENS, “Paris baugeschichtlich im Mittelalter”, en
Allgemeine
Bauzeitung. Wien, 1843; p.159
y ss.
122 Louis GRODECKI, “Viollet-le-Duc et sa conception de l’architecture gothique”.
A.C.I; Paris, 1980; pp. 116-126.
123 Efectivamente, en Inglaterra ya en el siglo XVIII encontramos intentos de
buscar los “principios” de la arquitectura medieval, como puede ser la obra de Batty LANGEY, publicada en 1742,
Gothic Architecture improved by Rules and
Proportions in many grand Desings, donde intentó someter la arquitectura
gótica
a un sistema reglado análogo al de la arquitectura clásica. Obras como las de
Thomas HOPE, An Historical Essay on Architecture. London, 1835 o William WHEWELL,
Architectural Notes on German Churches. London, 1835, abrieron el camino para un
entendimiento estructural de la arquitectura gótica que hubiera podido conducir
hacia una obra de la magnitud de la de Viollet.
124 A.N. DIDRON. Annales Archéologiques. Paris, 1944; t. I; p.3.
125 Jean-Michel LENIAUD, Jean-Baptiste Lassus (1807-1857)
ou le temps retrouvé
des cathédrales. Paris,
1980.
126 Jean-Michel LENIAUD,
Jean-Baptiste Lassus... p. 3.
127
Jean-Michel LENIAUD, Jean-Baptiste Lassus... p. 57-59.
128 Le Journal des Débats. Paris, 10 mai 1835. citado por Jean MALLION,
Víctor
Hugo... p.655.
129 Jean-Michel LENIAUD,
Jean-Baptiste Lassus... p. 60.
130 DIDRON. La Presse. 2 juillet 1837.
131 El 16 de agosto de 1819 el Ministro del Interior decidió la restauración
general de Notre-Dame de Paris. (A.N.F. F19-7803). Después de esta decisión,
Godde, sucesor de Brongniard, presentó en 1820 un presupuesto para la reparación
de los muros de las capillas (A.N.F. F19-7789). Los proyectos de Godde datan de
23 de febrero de 1833 (A.C.M.H. n° 21.653 y 54), de 27 de junio de 1835 (A.C.M.H.
n° 21.652 y 21.655), un proyecto para las bóvedas del deambulatorio y otro de
1837 (A.C.M.H. n° 21.649 a 51). Godde ocupó la dirección de los trabajos de Notre-Dame hasta 1842. El trabajo más documentado para conocer el proceso de
restauración de la catedral de Notre-Dame es el de Hanna LOSOWSKI, Fonds
concernant la cathèdrale de Paris et ses annexes au XIXème siècle. A.C.M.H. 4° DOC. 282 (1)
y 4° 282(2 y 2bis).
132 El Director de la Administraci6n de Cultos, Dessauret, en su informe de julio
de 1842 dudaba de la cualificación de Godde para dirigir restauración tan
importante como la de Notre-Dame de Paris cuando todos las miradas estaban
concentradas en este proceso de restauración (A.N.F. F19-7803). Los artículos
dirigidos contra Godde en las mismas fechas por Didron y Raoul-Rochette desde la
revista L’Univers, acusándole de desconocimiento total de la arquitectura de la
Edad Media y de falta de talento, tuvieron una gran repercusión.
133 Sobre estas técnicas y materiales de restauración volveremos más adelante (VI,2).
134 Paul VERDIER, “Le service des monuments historiques, son histoire,
organisation, administration, législation (1830-1834)” y
“La conservation des oeuvres d’art en France et le service
des monuments historiques”; Congrès archéologique de France, Paris 1934; pp.53-246
y 425-440.
135 Los tres proyectos fueron objeto de examen tras un informe valorativo de los
mismos presentado al Conseil des bâtiments civils por una Comisión formada por
Mérimée, inspector general de monumentos históricos, Rohault, inspector general
del Conseil y Duban, miembro honorario, el 1 de junio de 1843. A.N.F, F19-7803.
136 A algunos de estos trabajos realizados en Notre-Dame y en otros edificios
significativos me referiré de modo concreto al exponer el proceso de
restauración de la catedral de León, por su carácter de precedente metodológico
explicativo de las obras emprendidas en León. Para el conocimiento de los
proyectos y trabajos realizados en torno a Notre-Dame de París me remito a su
localizaci6n en los archivos, junto con la presentación de algunos de los planos
más importantes realizados por Lassus y Viollet. Dentro de los numerosos
estudios dedicados a la restauración de Notre-Dame puede consultarse los
siguiente, Pierre Marie AUZAS, “Viollet-le-Duc et la restauration de Notre-Dame
de Paris”. A.C.I. Paris, 1980, Alain ERLANDE-BRANDENBURG, “La restauration de
Notre-Dame de Paris au XIXème siécle”. Archéologia. Paris, avril 1980; n° 141, E.
HERPÉ, “La restauration des tours de Notre-Dame de Paris”.
Monuments historiques.
Paris, 1955; pp. 155-160, Genevieve VIOLLET-LE-DUC,
“Restauration de Notre-Dame
de Paris: Découverte par Viollet-le-Duc des roses des travées de la nef”.
Les Monuments historiques de la France. Paris, 1968; n° 3; p. 108 y ss. A. CARLIER, “Le trasvetissement de Notre-Dame de Paris par Viollet-le-Duc”. Les Pierres de
France. Paris, 1937; t. II; pp. 51-67.
137 DIDRON,
“Archéologie chrétienne, histoire et restauration de Saint-Germain
l’Auxerrois”. Revue Française. Paris, mai-juin 1839; t. XII; pp. 288-320.
138 DIDRON,
“Retablissement des fleches de Notre-Dame de Chalons-sur-Marne”. Annales Archéologiques. Paris, 1845.; t.
II; pp. 19-22. (incluimos la reproducción
del grabado con la comparaci6n de los dos estados del edificio).
139 Apropiarse los arquitectos de
“los secretos del pasado” llevaría a poderles
confiar la tarea hasta entonces impensable de restaurar con los edificios
medievales. L. VITET, “Discours aux antiquaires de Normandie”.
Etudes sur
l’histoire du Moyen Age, l’art et l’archéologie. 1847; pp. 405-417. (citado por
Jean-Michel LENIAUD, Jean-Baptiste Lassus... p. 79).
140
“Séance tenue à Paris pour la conservation des monuments le 6 mars 1844”. (Discours
de M. SCHMITT, Communication de M. DU CHASTELLIER, Rapport de M. DE CUSSY y
Nouvelles de M. GUIRAULT DE PRANGEY). Bulletin Monumental. Paris, 1844; t. X; pp.
a.250.
141 César DALY, “Restauration projectée de Notre-Dame de Paris”.
Revue Generale
de l’architecture et des travaux publics. Paris, mars 1843; t. 4; p. 137.
142 En la atribución de los calificativos de
“valor histórico” y “valor
instrumental” a la distinción establecida por Daly aplico la terminología
empleada por Alois Riegl al referirse a estos mismos conceptos. Aloïs RIEGL, Der
moderne Denkmalkultus. Sein Wesen and seine Entstehung. Wien-Leipzig, 1903. trad.
esp. El culto moderno a los
monumentos. Caracteres y origen. Madrid, 1987.
143 César DALY,
“Restauration...” p. 138.
144 César DALY,
“La restauration...” p. 138. El proyecto completo de Danjoy data
de marzo de 1843 y consta de una memoria y cinco planos. (A.N.F. F19-7803 y
A.C.M.H. n° 21.661 a 21.664 y 21.698).
145 César DALY,
“La restauration...” p. 141.
146 Jean-Baptiste LASSUS y Eugène VIOLLET-LE-DUC,
Projet de restauration de Notre-Dame
de Paris par MM. Lassus et Viollet-le-Duc. Rapport adressé a M. le Ministre de
Justice et des Cultes, annexé au projet de restauration remis le 31 janvier
1843. Esta memoria del proyecto ha sido reproducida parcialmente por Bruno FOUCARD, Viollet-le-Duc.
L’eclectisme raisonné. Paris, 1984; pp. 145-155. El
proyecto constaba de los planos de la planta, tramo de la nave y ábside con la
sacristía (A.C.M.H. n° 21.694, 21.700, 21.688 y 21.699) con un dibujo
complementario añadido el 8 de mayo de 1843 (A.C.M.H. nº 21.703).
147
Jean-Michel LENIAUD, “Viollet-le-Duc et Lassus, deux temperaments, deux styles”.
Archéologia. Paris, avril 1980; n° 141; pp. 13-16.
148 Eugène E. VIOLLET-LE-DUC,
“Restauration”. Dict. rais. Paris, 1866; t .VIII;
p. 14.
149 Aplicados a España en relación con la catedral de León
véase VI,2 y VII,1.
150 Véase la recopilación de textos en Luciano PATETTA,
La polémica fra i
Goticisti e i Classicisti dell’Academie de Beaux-Arts. Francia 1846-47. Milano, novembre 1974. Patetta recoge textos de R. Rochette, E. Viollet-leDuc, J.B.
Lassus, C. Daly, J. P. Schmit, J. Beule y P. Coste. Para la introducción
histórica, véase, “Introduzione” del
autor, pp. 2-12.
151 E. VIOLLET-LE-DUC
“De la construction des édifices religieux en France depuis
du commencement du christianisme jusqu’au XVIème siècle”. Annales Archéologiques.
Paris, 1845. t. II.
152 E. VIOLLET-LE-DUC,
“Du style gothique au XIXème siècle”, Annales
Archéologiques, t. IV, Paris, juin
1846.
153 Julio ARRECHEA. Romanticismo...
154
Véase V,4.3.
155 Véase V,3.
156 Véase VI,2.
157 E VIOLLET-LE-DUC, “Du style gothique au XIXème siècle”, 1846; este texto
puede consultarse en la antología de Bruno FOUCARD, “Peut-on construire en style
gothique au XIXème siècle”, Viollet-le-Duc. L’eclectisme raisonné, choix de
textes; Paris, 1984; pp. 202-203.
158 Véase Marc SABOYA,
Presse et architecture. César Daly et la Revue Cénérale
de l’architecture et des Travaux Publics; Paris, 1991.
159
Sobre la influencia del pensamiento de Viollet-le-Duc en el resto de Europa,
véanse especialmente las comunicaciones presentadas en el Colloque International
Viollet-le-Duc celebrado en Paris en 1980 con motivo del centenario de la muerte
del arquitecto francés. (DEANOVIC, Ana, “L’influence de Viollet-le-Duc en
Croatie; l’Eglise, le Château-fort et le Jardin”, pp. 223-228; GEZA HAJOS, M., “Relations
entre Viollet-le-Duc et l’Autriche au XIXème siècle", pp. 229-236; MIKLOS HORLER,
M. “Viollet-le-Duc et les restaurations au XIXème siècle en Hongrie”, pp.
243-250; JAKIMOWICZ, Teresa, “Viollet-le-Duc et la Pologne”, pp. 251-262; MIDDLETON, Robin
D., “Viollet-le-Duc: son influence en Angleterre”, pp. 263-284; MUTHESIUS, Stefan,
“L’influence de rationnalisme néo-gothique sur l’architecture
populaire en Anglaterre à la fin du XIXème siècle”, pp. 285-288; WESSEL REININK,
Adriaan, “Nouveaux aspects de l’influence de Viollet-le-Duc aux Pays-Bas”, pp.
289-294; VAN CLEVEN, Jean F., “Viollet-le-Duc et la Belgique”, pp. 295-304; AART
DE VRIES, “Viollet-le-Duc et l’architecture hollandaise du XIXème siècle”, pp.
305-318; SAVARENSKAIA, Tatiana F., “Le livre de Viollet-le-Duc L’Art Russe”, pp.
319-323. A.C.I., París, 1982). La difusión de las teorías de Viollet-le-Duc en
Francia, resto de Europa y Estados Unidos es recogida, tanto en las fuentes como
en los estudios dedicados al arquitecto francés, por Pierre-Marie AUZAS, “L’influence
de Viollet-le-Duc en France et a l’Etranger”, Catalogue Viollet-le-Duc
(1814-1879); París, 1980; cap. III; pp. 209-251. Una revisión del tratamiento
historiográfico de Viollet-le-Duc puede consultarse en Geert
BEKAERT, A la recherche de Viollet-le-Duc, Bruxelles, 1980.
160 Demetrio DE LOS RÍOS, La Catedral de León. t. II; p. 188.
161 Pierre Marie AUZAS, Eugène Viollet-le-Duc, 1814-1879. Paris, 1979; p.228.
162
Julio ARRECHEA, Arquitectura... p.141.
163 Henry R. HITCHCOCK,
The Museum of modern art, catalogo,1957.
164 Ignasi DE SOLÁ MORALES,
Eclecticismo y vanguardia. El caso de la arquitectura moderna en Cataluña. Barcelona, 1980.
|
|