Animales imaginarios, enigmáticos y simbólicos

JOAQUÍN ALONSO

 

el hombre y los animales: fantasía y creencia popular

Citando Franco Cardini a Le Roy Ladurie (Le territoire de l'historien, Paris, 1973), recuerda que en “las sociedades rurales de la Europa occidental, la religión de los campesinos [consistió] esencialmente en un cristianismo interpretado según las modalidades del folklore local”. Con los siglos, el culto a los animales o determinadas y antiguas creencias sobre los mismos, ha ido perdiéndose, aunque, por debajo de una manifiesta religiosidad, permanecieran viejas supersticiones que respecto a los seres irracionales hacían creer que estos actuaban como terapia, anuncio o valedores de hechos prodigiosos.

Es obvio que el hombre de nuestros pueblos se identifica con el medio a través de un vínculo vital primigenio representado en las plantas y en los animales. Esa dependencia le ha llevado a crear de forma inconsciente unos mecanismos de defensa mediante el cambio de la realidad y de la identidad. De ello derivan las mascaradas en un intento de magia homeopática o imitativa que podemos observar en los disfraces y mascaras de carnaval con aspecto de ciervo en La Baña, de “maruxo-a” en Igueñ, de “vaca foira” (disfraz de toro o vaca) en Noceda del Bierzo y en San Pedro de Olleros, y en los “guirrios” y “zamarrones” vestidos zoomórficamente con pieles de cordero, de lobo, oso, zorro..., en manifiesta expresión antropomórfica. Correlativamente, las propiedades protectoras de partes de algunos animales como la cabeza de víbora cortada con una moneda de plata, la mano derecha del tejón que protege contra el mal de ojo o el asta de ciervo empleada para alejar los hechizos, hicieron que se utilizaran como amuletos, en unos casos, y en otros como remedio terapéutico, tan propio del asta del cérvido, de la tela de araña para restañar heridas o de la camisa de las culebras para sanar cortaduras o aliviar dolores de cabeza.

La falta de comprensión de ciertos fenómenos naturales, así como el temor a la noche, a lo desconocido y a la muerte, hicieron del hombre un ser medroso, especialmente en los momentos de crisis en los que el miedo y la incertidumbre favorecieron la magia, la hechicería, los tabúes, el fanatismo religioso, la creación de mundos fantásticos, afirmaciones apocalípticas, visiones sobrenaturales e imprecaciones divinas o devocionales, al mismo tiempo que surgían aversiones, simpatías o valencias favorecedoras o de repudio respecto a los animales, sin una aparente razón lógica.

Pero no es de extrañar que se produjeran estos comportamientos cuando encontraban una iconografía aleccionadora como la utilizada en el románico, que supone un mundo de permisividad en torno a lo fantástico, empleándose representaciones que simbolizaban, entre otras cosas, el maniqueo sentido del bien y del mal. Encontramos, pues, decoraciones zoomórficas de aves, cérvidos y felinos en las iglesias de san Esteban, y gatos, perros y ánades en la de san Miguel, ambos edificios en Corullón, que contribuyeron dentro de su afán doctrinal, a favorecer la fantasía de unas gentes en su mayoría ágrafas.

Al conjunto de factores a considerar en este contexto de relaciones, hay que añadir la frecuente transformación del hecho real para convertirlo en leyenda, que pasa a la fabula por la presencia de animales. Leyendas bercianas como la de “Santa Marina y la serpiente”, “La vaca branca” villafranquina, “La serpiente de siete cabezas”, “La vaca y la serpiente”, “La cabra montesina” que se alimentaba de niños, “El gato cerval” que devoraba animales y personas, “La loba da xente” que se dedicaba a glutir seres humanos, y fábulas como la creencia en Ancares de un “buey de oro macizo” en Villasumil o una piel de buey llena de oro en Las Corradas de Sosas; de un “cabalo de ouro” que guardaba un cúmulo de monedas en Villadepalos; de una gallina que ponía huevos del precioso metal, propiedad de un moro y una mora que habitaban en la castro de “San Martin de las Reguerinas” en Igüena o con polluelos de oro en Tremor; de una “cabra de oro” en Noceda; de una “corza de oro” enterrada en el Picón de Pieros o de unas “mulas” también de oro en Páramo del Sil. Unas y otras representan una nueva vinculación con animales reales a los que se reviste de valores imaginarios tanto por la materialidad –se creen de oro– como por los lugares donde se encuentran, generalmente coincidentes con áreas de ocupación castreña donde habitan fantásticos guardianes que pueden ser moros, moras, dragons, sierpes o culebras que, incluso, llegan a tener alas. Asimismo, los animales suelen ser protagonistas de cuentos, resultando frecuente el protagonismo de la zorra [“La cerda, el lobo y la raposa” (Peñalba de Santiago)], del lobo y del buey [“La raposa, el lobo y el buey” (Santiago de Peñalba)], de la vaca [“O home da vaca marela (Balouta)], de la serpiente [“La serpiente das sete cabezas” (Balouta)], del cerdo [“El cochino-puerco en figura de lobo” (Pereda)], del burro [“El diablo en forma de burro” (Pereda)]... Sin duda son componentes de esa fantasía, cuya función se encuentra a medio camino entre la leyenda y la fabula.

De forma semejante, las imágenes de la iconografía heráldica son expresivas en cuanto al use de figuras quiméricas como representaciones de linajes en el soporte o en el campo del escudo de armas, aunque fueron mas frecuentes la de lobos, serpientes, leones, águilas..., constituyendo un elemento cotidiano visualizado por el campesino en las fachadas de las casas señoriales. En Arganza, por ejemplo, su ayuntamiento tiene un escudo con dos lobos pasantes; igualmente encontramos en el de don R. Osorio Balcarce Balboa, dragones con forma de serpiente y alas de ave. El escudo de los Balboa esta representado por un león rampante; el sello del municipio de Bembibre presenta en el primer cuartel un águila de frente y con alas abiertas; el escudo de Juan Fernández de Vergonde de Bembibre posee un león y una cabeza de lobo; el de Sebastián Flores de Villafranca dos leones y un águila explayada. Aunque escasa la reseña, expresa en el ámbito berciano un nuevo ideograma de animales tanto reales como fabulosos, extendiendo su acepción hasta el extremo de ser símbolos de alcurnias.

Por su parte, la zootoponimia evidencia una vez más esa conjunción hombre-animal. Así tenemos, entre otros, “Valdelaloba” (Vega de Espinareda), “Mataculebra” (Matavenero), “Cerro de la Coruxa” (Corullón), “La Coruxa" (Torre del Bierzo), “Fuente del Sapo” (Páramo del Sil), “Altos de Piedra de Lobo” (Primout), “Alto de la Raposera” (Igüena), “Cantalobos” (San Clemente de Valdueza), junto a “Las Peñas del Diablo” (Villar de Otero) y “El Cancerbeiro” (Páramo del Sil) –este ultimo alusivo al can mitológico Cerbero que guardaba las puertas del infierno–, algunas de las denominaciones identificativas de lugares simbólicos por lo sucedido en ellos o simplemente por la frecuente presencia de determinados animales.

animales imaginarios

Incluimos en este apartado aquellos animales fabulosos consecuencia de la imaginación popular o de un pasado mítico, literario o supersticioso que, con el tiempo, han ido transformándose hasta desaparecer o adquirir en algunos casos nuevas formas en su simbología. Los dividimos en dos apartados: reptiles y mamíferos.

– Reptiles:

Forman un conjunto constituido por el basilisco, la sierpe, la culebra voladora y el dragón, todos ellos considerados seres peligrosos y procedentes, los tres últimos, de mundos subterráneos que protegen grandes tesoros en cuevas, creencia muy frecuente de León, Galicia, Asturias y Cantabria.

El basilisco se dice que nace del huevo de un gallo viejo que pone a los siete años. Incubado por un sapo, nace de él un monstruo, ser maligno que, al menos las personas que interrogamos, no identificaron. Lo cierto es que este animal fabuloso, con forma de gallo y cola de serpiente, solo vencible por la “durnicela”, “donicela” o “furela” (comadreja), fue temido por su mirada porque con ella mataba, con su aliento quemaba vegetales y rompía piedras y porque su silbido atraía a otras serpientes.

La sierpe suele asociarse a la “quilobra” que a veces aparece como mujer encantada que pulula por cavernas o fuentes, derivando en este caso en el personaje de las “xanas”. El cuento de “As serpentes e a ola de ouro”, la leyenda de la serpiente de Cacabelos en cuya cueva encontraron la imagen de la Virgen de la Quinta Angustia y el frecuente topónimo de “La cueva de la sierpe” como en Folloso o Montes de Valdueza, son ejemplos de fabulaciones o sencillamente estrategias de los adultos para evitar que la población infantil acudiese a ciertos parajes peligrosos.

Otro tanto ocurre con la culebra voladora o “cuelebre”, encargada de la custodia de tesoros.

El dragón es un ser mítico relacionado con Pitón, bestia emparentada con el monstruo-reptil que mataría el dios Apolo. Pero ante la duda del desconocimiento de la mitología clásica, cosa probable en el pueblo llano, se considera como posibilidad creativa de tan feroz y fabuloso animal, representado con cuerpo de serpiente provista de alas y patas, capaz de expulsar fuego de sus fauces, al hallazgo fortuito de fósiles de animales antediluvianos.

En el Bierzo se creía que en las tierras del Boeza había un dragón o “cuelebre” oculto en la fuente de Santa Marina, que devoraba animales y personas. Fue vencido al presentarle una cruz llevada por la víctima de tumo, previamente entregada por la Virgen Maria después de súbita aparición. El suceso dio motivo a levantar una ermita, hoy desaparecida, dedicada a la misma advocación que el manantial citado. En Montes de Valdueza existe un retablo en la ermita de la Santa Cruz con un relieve que representa una serpiente, antiguo dragón que habitaba en el castro Rupiano, muerto por san Fructuoso al clavarle una estaca de castaño en uno de los ojos, después de haberle adormecido con una mezcla de pan, extracto de tejo, apio y otras plantas sedantes. Esta legendaria, sin embargo, se vuelve más prosaica cuando, estudiando a Ramón Carnicer, descubrimos que en Pereje había la costumbre de encender una hoguera en una cueva. Las llamaradas servían para hacer creer a los mas pequeños que aquello eran las puertas del infierno o, según la conveniencia, el fuego que desprendía un endiablado “ogru” Por semejante motivo, era creíble que en la cueva de “Las Cabras” en Las Medulas habitaba el “diañu” (diablo), pues de ella salía un rojizo resplandor entre una gran humareda, dificultad añadida a la defensa que el maligno hacía de un oculto tesoro de “doscientas arrobas de oro en pepitas”, tal como relata José Castaño Posse en sus andanzas del año 1904 par esos aledaños.

– Mamiferos:

En este grupo hay que considerar, primeramente, el alicornio. Es palabra deformada del mítico unicornio que griegos y romanos tenían como originario de la India, probablemente a causa de la descripción sobre unos “caballos con cabeza de ciervo coronada por un solo cuerno” que, según Estrabón (s. V a. de C.) en su Geografía hace el griego Megástenes en su libro Indicas. Plinio (s. I d. de C.) lo cita como auténtico, con cuerpo de caballo, cabeza de ciervo con un cuerno, patas de elefante y cola de jabalí. Pero es sabido que este animal es el rinoceronte, y que a falta del cuerno por la dificultad de conseguirlo, se sustituyó por el de ciervo o el de narval, como ocurrió en Britania. Aún incluso, Robert Graves nos habla del onagro como variedad que Herodoto (s. V a. de C.) había considerado igualmente real. Los eruditos de la simbología lo describen con cuerpo blanco y cabeza roja, los ojos azules y de gran fuerza y agilidad. La tradición considera que este “comin del alicornio” (Villanueva de Valdueza) fue un talismán milagroso. Con él se podía conseguir el “agua de alicor” haciendo tres cruces con el cuerno sobre el agua y sumergiéndolo en ella durante varias horas, nueve días o con un simple contacto. Esta debía mantenerse pura, por lo que era vertida en otro recipiente para poder empapar el apósito utilizado en la herida que era necesario curar. En Santalla, Villanueva de Valdueza, Valdecanada –donde había otro ejemplar–, Losada del Bierzo, Peñalba de Santiago..., se utilizaba contra las infecciones y picaduras venenosas, bien aplicándose directamente o rociando con ella la que se llamo “piedra del veneno”, empleada mediante frotamiento en la parte afectada por la mordedura. Esa relación con el agua ha mantenido la creencia de convertir en salutífera la que estaba emponzoñada con sólo sumergir el “venau” sus astas en el arroyo en el momento de beber. En Peñalba de Santiago se dio por supuesto que estos animales purificaban las aguas envenenadas, como ocurrió con las del río Caprada. Sin embargo, el agua beneficiada con esas virtudes, nunca debía beberse.

El afamado cuerno normalmente consiste en un fragmento de asta de ciervo o corzo, incluso de vaca (Sotogayoso), que por su valor llegaba a constituir un bien preciado en las herencias, equivalente a una pareja de bueyes, según hemos podido saber por las partijas de un testamento que se hizo en Villanueva de Valdueza. La leyenda sobre este animal fantástico se acrecentó con el crédulo convencimiento de que San Genadio se dejaba acompañar por un unicornio, tal como nos cuentan Manuel Rubio y Javier Rúa, aunque Miguel García atribuye la anécdota a San Fructuoso con una cierva. A su muerte, las gentes procuraban repartir esta parte cornea por los beneficios que reportaba y por creer que incluso podía actuar como amuleto contra el “mal de ojo”.

La vaca branca se relaciona en el Bierzo con el origen de Villafranca. La versiona dictada por nuestro interlocutor –D. Candido Muelas Arroyo (Herrerías)– sitúa a unos pastores en Peña Rubia, cerca de Cornatel, que, a causa de una fuerte nevada, decidieron trasladar sus ganados guiados por una vaca blanca. El lugar en que se detuvo se marco con un cerco, donde se levantaría mas tarde el castillo de Villafranca, en torno al cual se asentó después un burgo.

El mito de la vaca blanca lo encontramos relacionado con la diosa Isis y el dios Dionisio en la figura de Io de Argos, simbolizando la fertilidad. Tiene, de igual modo, vínculos con el ciervo blanco –dios Cernunnos de la mitología celta- con semejante valor de inmortalidad y resurrección que posee el hirco-cervus (cabra-ciervo) en los cultos dionisíacos.

animales enigmáticos

Algunos de los animales que citamos no deben tenerse estrictamente por seres tan enigmáticos si al concepto nos atenemos, sino que, con cierta flexibilidad, debemos admitirlos en este apartado al estar provistos de ciertas condiciones o creencias producto de la superstición. Esa característica es la que nos ha hecho incluirlos en los grupos que pasamos a describir.

– Reptiles:

El lagarto es calificado como benefactor para el hombre puesto que avisa de la presencia de la culebra cuando éste duerme. Sin embargo, respecto a la mujer, tiene connotaciones sexuales, pues las persigue durante el período menstrual quedando incluso “preso en las partes”.

La culiebra”, que se entiende en el Bierzo como un reptil no venenoso mientras que “quiobra” es el nombre que se le da a la víbora, sólo adquiere significación diabólica a partir del siglo primero de nuestra era. No obstante, el Genesis (III,1-15) da a la serpiente un papel de animal demoníaco que engaña al hombre. Posteriormente, tanto san Agustín como san Gregorio Magno, tuvieron gran empeño en demostrar que esa serpiente era la encarnación del diablo. Desde entonces el hombre ha sido victima del pecado y de las supersticiones. En la cultura cristiana es símbolo del mal y frecuentemente utilizada en la iconografía románica. En otras culturas y religiones adquiere otros símbolos mas positivos como animal totémico hacia el cual se profesaban ritos ofiolátricos. Su simbología es amplísima, identificada con la fecundidad, el principio y el fin, la inmortalidad, la astucia e inteligencia..., que la hace merecedora de un tratado aparte. Respecto a lo que nos ocupa, se encuentra inmersa en la mentalidad supersticiosa. Es un animal que se mata sistemáticamente por sentir hacia él una aversión irracional y considerársele siempre dañino, aunque se haya reconocido, por ejemplo, que es capaz de controlar la población de pequeños roedores y topos; que el caldo producido por el hervor de la “camisa” o muda sirve para curar la tos del ganado vacuno (Santiago de Pañalba); que esa misma piel alivia los dolores de cabeza y de muelas si se aplica sobre la misma; que, incluso, la carne sirve de alimento y la de víbora como recurso terap6utico. Ha sido, tambi6n, componente de las pócimas brujeriles, es decir de la magia, atribuyóndola cualidades benefactoras y supersticiosas al utilizar la cabeza de la víbora como amuleto protector (Castropodame). Asimismo la serpiente ha formado parte del argumento de leyendas, cuentos y de la literatura en general.

Contra sus picaduras El libro magno de san  Cipriano, comúnmente conocido por el Ciprianillo, recomienda una oración. Jose Luis Alonso Ponga y Amador Diéguez en su libro El Bierzo recogieron en su día el método de curación consistente en machacar ajo y mezclarlo con aceite de oliva, aplicándolo sobre la herida, a la vez que se recita: “Corta quilobra/ corta quilobrón/ corta bixo/ de toda nación./ Corto o rabo/ corto a cabeza/ corto o mal/ pa que no creza”. Se creyó también, que los cabellos metidos en agua se convertían en serpientes, una misteriosa posibilidad muy propia del noroeste hispánico. A propósito de esta superchería, Fray Antonio Fuentelapena en su Ente dilucidado (s. XVII), escribía que era experiencia llana el que de “los cabellos de los hombres vivos y especialmente de las mujeres menstruadas, se engendran culebras”, de la misma forma que surgían de las espinas de los muertos. La superstición se proyectó igualmente en la facilidad con que las culebras mamaban de las ubres de vacas, ovejas y cabras, con gran placer para éstas por la suavidad con que lo hacían. Para evitar el daño y recuperar la leche de la vaca, se untaba el “reteso” con ajo machacado, costumbre que se repetía en las manos de los segadores para ahuyentarlas cuando, tras segar, se atropaban las gavillas o manizas de hierba, donde gustaba de estar el reptil. Esta inclinación por la leche llevo a pensar y dar por hecho que las madres que amamantaban eran susceptibles, mientras dormían, de ser mamadas por serpientes, metiendo el “bicho” su cola en la boca del recién nacido para evitar que con su lloro despertase a la madre.

– Anfibios:

Hacia el sapo se tuvo cierto repudio por considerarse venenoso, estar relacionado con las brujas y ser símbolo del diablo. En cierto conjuro contra los herpes, recogido por Alicia Fonteboa, se le nombra como ser ponzoñoso, y para la curación se ha de decir: “Si esta ponzoña/ es de sapo sapón/ salamanca salamancón/ culebra culebrón/ lagarto lagartón/ araña arañón/ ratón o bicho/ de mala condición/ le corto el rabo,/le corto las piernas/ le corto la cabeza,/ y con estas hierbas/ no dejaré que crezca”.

En cuanto a la rana, su croar al atardecer era anuncio de calor, aunque para otros de los entrevistados su canto significaba mal tiempo.

La salamandra o “salamanca”, si no era una especie escandalosamente aborrecida, sí era rechazada por venenosa, animadversión extendida desde época medieval.

– Mamíferos:

El zorro o raposo es un animal peculiar con diversas acepciones: desde personaje principal de cuentos hasta representación de brujas en la tradición galesa y alemana. Es animal tan astuto como para dar por cierto el dicho de que “nunca va la zorra a gallinas donde tiene la cueva” (Castropodame). Su frecuente presencia en la vida cotidiana del campesino ha servido para denominar determinados pagos con su nombre: así tenemos “La Raposa” en Rozuelo o el alto de “La Raposera” en Igüena. Sin merecer ningún comentario, más fantástica parece la creencia que relatan José Luis Alonso Ponga y Amador Diéguez, recogida en Labaniego, donde una raposa podía volverse incordiona subiéndose al carro cuando los herederos de un difunto no cumplían las mandas por las que era beneficiaria la iglesia o cuando no se pagaba las rentas de aquellas tierras que eran propiedad del clero.

El “lloubo” es otro de los mamíferos peculiares y muy arraigado en la mentalidad popular. Topónimos, trampas para cazarlos –“Pozo de los Lobos” en Montealegre–, batidas reguladas por ordenanzas y especialmente el miedo que producía, advierten del rechazo generalizado hacia esta alimaña portadora de desgracias por el perjuicio que puede causar en los rebaños. Hay que imaginarse en una economía de subsistencia la penuria que podía provocar la muerte de un ternero, potro o varias ovejas. Es también un componente de la narrativa oral popular, motivo de escarnio y, desde luego, un animal perdedor. En otro tiempo fue abundante en estos montes bercianos, por lo que no era muy difícil coincidir con él. Si se veía al lobo antes de que el lobo viese a uno, no había que temer; en caso contrario, la situación podía ser peligrosa (Castropodame). Pero quizá la creencia más espeluznante es la que se refiere a la conversión de un hombre o mujer en lobo. Estos seres monstruosos semihumanos que obedecen al fenómeno conocido por licantropía, fueron estimados por la demonología como embrujos, incorporándose a la tradición de la provincia como sucede con el cuento de “La muchacha lobo” de Burbia que, expulsada de casa por sus padres con la maldición de que se la comieran los lobos, se convirtió en uno de ellos.

La comadreja es un mustélido venenoso: “si te pica la donicela busca camisa para la terra” (Cabarcos). El simple roce con alguna planta o piedra en la que se haya frotado el animal es suficiente para padecer el envenenamiento. Recordemos, además, que es quien puede vencer al basilisco.

El gato negro es para algunas gentes, hermano de las brujas negras (Ambasmestas), cuando no una especie de zoantropía o apariencia de las brujas. Y si para la cultura popular del occidente cristiano era animal demoníaco, puesto que en él se podía encarnar el diablo, entre los celtas el gato fue un animal benéfico. Jean Markale nos recuerda un proverbio irlandés que afirma que “los ojos de los gatos son la puerta del otro mundo”.

– Aves:

Hay alusiones permanentes en los textos homéricos a las transformaciones de los dioses en pájaros. Pero también resultan ser una representación del alma, frecuente simbolismo en la hagiografía, en las leyendas del mundo mediterráneo y del arte románico.

Quien domina las alturas son los seres volátiles, especialmente los pájaros. De entre ello se consideran présagos, la “coruxa” (lechuza), el mochuelo, el búho, la corneja, el cuervo y la urraca, la mayoría aves nocturnas o de plumaje negro, cargadas de advertencias que desde la antigüedad y a lo largo del medioevo y siglos posteriores se observaron detenidamente por las consecuencias que podían acarear. La “coruxa” es un pájaro fúnebre de mal agüero que anuncia la muerte. Por extensión recibe este nombre la persona considerada bruja, transmutación también tenida como cierta en Cantabria, idea próxima a la “guaxa” asturiana, mujer fea y de un solo diente. A pesar de ser ave funesta, en Sotogayoso servía su canto para anunciar el estado del tiempo al menos con una semana de antelación dependiendo de la zona del pueblo en que cantase. Es obvio que en este caso no se la tenía como portadora de malos presagios.

Al mochuelo en Castropodame se le consideraba portador de desgracias. Manuel Rodríguez lo conceptúa como ave enigmática y en la cultura tradicional gallega se tiene por fatídica pues “venta a morte”.

El cuervo era para Plinio el único pájaro capaz de comprender el sentido de los presagios. Para el estoico Epícteto (s. I d. de C.) es signo de adversidad cuando grazna delante de alguien, idéntica superstición a la recogida en Oencia donde se cree que el graznido de cuervo en el momento que pasa por encima del cementerio es señal de que alguien va a morir. En Castropodame se considera que las desgracias aumentan si lo hace el numero de ejemplares de esta especie y en Sotogayoso, cuando pasa cerca de una casa donde hay un enfermo grave, se cree que este fallecerá. En general puede decirse que estos sentimientos eran frecuentes en el Bierzo (Villafranca, Portela de Aguiar, Montes de Valdueza...), curiosamente muy distintos a la hagiografía cristiana, pues los restos de san Vicente fueron protegidos, además de por un lobo, por un cuervo.

Los gallos y las gallinas, aves domésticas por excelencia, formaron parte de la superstición. Desde luego, su canto al amanecer señalaba el final del aquelarre. En nuestros pueblos cuando canta a deshora es signo de mal augurio o señala el cambio de tiempo anunciando “invernías” (Sotogayoso, Oencia). Si el canto era al oscurecer, indicaba muerte. Cuando la gallina cantaba como un gallo era señal de que alguna desgacia iba a suceder pronto (Portela de Aguiar) o pronosticaba mal tiempo (Ambasmestas, Bembibre, Almazcara).

El cuco es un ave con unas cualidades especiales. Canta solo durante los meses de abril, mayo y junio: “El cuco rubiello, como es holgazán, en llegando el vranu deja de cantar”, recogido por Francisco Quindós. Es además un pájaro enigmático porque únicamente es visible unos pocos días del verano y porque además desaloja los huevos de otro nido para depositar los suyos y que sean incubados. Este comportamiento es el que le tilda de holgazán. Su canto es anuncio de buen tiempo y su silencio de lo contrario. Es creencia que su canto, que cesa por san Pedro, ejerce favorables efectos en el casamiento, muerte y otras manifestaciones. Los pastores, principalmente, le preguntan por los años que les faltan para casarse: “cuco del rey,/ flor de la escoba,/ ¿cuántos años me das/ para mi boda?”, siendo el número de cantos la respuesta. Si se refiere a la muerte se dice como una letanía: “cuco del rey,/ flor de oliva,/ ¿cuántos años me das/ para mi vida?”; “cuco rabelo,/ rabo de pelo/ ¿cuántos años me das para mi entierro? (Ambasmestas, Portela de Aguiar). En Santiago de Peñalba, sin embargo, se entonaba: “cuco rabo de arao,/ ¿cuántos años me das/ para andar con el arao?”.

– Insectos:

En otro tiempo se dijo que el moscón era una representación del “demógeno". De hecho, en Ambasmestas se llama “mosquito del diablo” al “mosquito cabalton”. Pero hoy solo la presencia de las moscas anuncia mal tiempo, en caso de que “piquen”.

La vaca-loura corresponde al “lucanus cervus”.

Se le asocia al llamado “ciervo volador” y se le describe como terrenal, de color negro, con dos apéndices o cuernos (Cabañasraras, Villadecanes, Herrerías, Sotogayoso) que eran utilizados contra el mal de ojo, la envidia, tener buena suerte y colocados en una ventana, para evitar que caigan rayos en la casa (Santiago de Peñalba).

La libélula es conocida por “cabalo do demo” o “caballito del diablo” sin mas acepciones, que sepamos, que la de la propia denominación popular. Su picadura se curaba con aceite y vinagre (Ambasmestas).

– Arácnidos:

Dícese, si lo pica un alacrán, “busca vino, busca pan, que manaña te enterrarán” (Ambasmestas). Algo parecido se entona si se es víctima del escorpión porque hay que “buscar pala y azadon”, aludiendo a la muerte (Bembibre). El dolor de su picadura se evita con ajo machacado (Almazcara).

La araña, cuando aparece o cambia de lugar, anuncia aguaceros, considerándose como venenosa. No obstante, en líneas anteriores ya se indicó la utilidad de la tela que tejen para restañar heridas.

animales simbólicos

Reunimos en este nuevo epígrafe aquellos a los que por una razón u otra se les han concedido ciertos atributos, en la mayoría de los casos benéficos, entendiendo, por tanto, la existencia de un componente supersticioso en clara disensión con la racionalidad o la causalidad científica.

– Aves:

La golondrina o “anduriña” es ave benéfica que anuncia la primavera, el buen tiempo y el inicio de la sementera de las hortalizas. No deben quitarse sus nidos porque traería mala suerte, y protegen la casa contra el rayo de las tormentas. Es, además, casi sagrada porque la tradición mantiene que quitó las espinas de la corona de Cristo.

– Insectos:

La mariquita es respetada porque se consideraba emisaria de Dios (en Galicia también la relacionan con san Antonio). Por ello, cuando una se posaba en la mano, se recitaba de carrerilla: “mariquita de Dios, cuéntame los dedos y márchate con Dios” (Portela de Aguiar). También, “carralina de Dios, cuéntame los dedos y márchate con Dios” (San Andrés de Montejos) o “cabalino de Dios, cuéntame los dedos y márchate con Dios” (Villafranca del Bierzo). Manuel Rodríguez nos cuenta que la frase se repite en una mano, y si no ha levantado el vuelo, se pasa a la otra para volver a decir lo mismo. Dentro de las mariposas hay que distinguir las blancas y las negras. Las primeras o “parvulinas” (Santiago de Peñalba) daban suerte, anunciaban carta o una visita (Ambasmestas, Bembibre, San Andrés de Montejos). En caso de matarlas, proporcionaban mala ventura. Las negras siempre eran señal de infortunio o anunciaba una muerte (Oencia, Castropodame) pues se pensaba, incluso, que el demonio podía aparecerse en forma de mariposa.

informantes. Jesús García Cobo (75 años) (Corporales de Barjas); Manuel Lama Gutiérrez (83) (Cela de Paradaseca-Villadecanes); Josefa Domínguez Rodríguez (Ambasmestas); Marcos López Montejo (70) (Ponferrada); Elena Robles de Celis (San Andrés de Montejos-Ponferrada); Leoncio Núñez Varela (85) (Portela de Aguiar); Asunción Colinas Castro (Villaverde de los Cestos); Antonio Díez Corral (91) (Almázcara-Congosto); Eloy García Álvarez (71) (Bembibre); Maria Pérez González (88) (Pando do Freixedo-Lugo); Cándido Nuelas Arroyo (82) (Herrerías); Leoncio Marqués Marqués (90) (Cabañasraras); Félix Rodríguez Fernández (82) (Villavieja del Castillo de Cornatel-Priaranza); Manoli Tejero Alonso y Enrique Pérez Acevedo (Montes de Valdueza); Argentina Núñez López (Cabarcos-Portela de Aguiar); Benito Fernández González (Castropodame); Pedro Iglesia Pena (80), Enedina Puente Gallardo y Saturnino Quiroga Gallardo (Portela de Aguiar); Ángel Rodríguez García (Santiago de Peñalba); Pedro Iglesias Pena (80) (Sotogayoso); Ignacio Prieto Moretón (Villafranca del Bierzo); Rogelia Arias López (Villanueva de Valdueza); Leoncio Lolo Rodríguez y Francisco Terrado Faredo (Oencia).