Mitología berciana (3)

JOSÉ A. BALBOA DE PAZ

La mitología berciana, además de la pervivencia de ritos paganos, conserva el recuerdo de algunos seres fabulosos cuyos orígenes son muy diversos: unos son restos de antiguas creencias, como las señoras, xanas u ondinas; otros consecuencia de una visión animista del mundo, en las que determinados fenómenos sólo pueden explicarse por la existencia de seres extraordinarios que los producen; así la tormenta no es sólo la tormenta, sino que detrás y provocándola está el rañubeiro; las cosas se desordenan no por azar sino por el trasgo. Estos personajes pertenecen al mundo espiritual, pues no se pueden conocer y percibir como el resto de las cosas sensibles, pero al mismo tiempo han sido antropomorfizados, presentan rasgos humanos, tanto físicos como en su manera de ser. Como diosecillos no responden al paradigma de divinidad en sentido estricto: seres transcendentes y autónomos con capacidad de decidir de forma determinante sobre el decurso de los acontecimientos mundanos, es decir, plenamente sobrenaturales. En realidad, estos seres se parecen más a las entidades “divinas” de las religiones antiguas, que jugaban un papel social como intermediarias entre la divinidad suprema y lo mundano, dotadas de virtualidades extraordinarias de carácter ambivalente. Aunque las actuaciones de las distintas divinidades o fuerzas supranaturales se parezcan a las humanas, carecen de naturaleza personal propiamente dicha. Corresponden a un estrato poco evolucionado de la cultura popular; en el que los hombres trataban de explicar con tales creencias la dimensión misteriosa de ciertas fuerzas o fenómenos naturales –el agua, el viento, el fuego, las catástrofes cósmicas–, recurriendo a la deificación de la energía que los anima, lo cual nos hace pensar en la existencia de una mentalidad colectiva que concebía el universo animado por una fuerza misteriosa, sin ninguna configuración precisa y, consiguientemente, de contornos muy indefinidos y difusos (Fernández Conde, 1981).

Carlos Canales y Jesús Callejo han señalado algunas características de estos personajes míticos, a los que llaman “elementales”, término que los define muy bien, ya que son seres relacionados con los cuatro elementos básicos y primarios de la naturaleza, el agua, el fuego, el aire y la tierra. A pesar de sus diferencias, presentan algunas similitudes. Son seres interdimensionales y atemporales que, aunque viven como nosotros en la tierra, normalmente en comunidades y organizados jerárquicamente, no se rigen por las leyes físicas ordinarias; son invisibles aunque pueden materializarse y hacerse visibles, bajo la forma de determinados animales o antropomorfizados; pueden cambiar de forma y de tamaño, adoptando aspectos grotescos o hermosos; son juguetones y caprichosos; cuando se hacen amigos de los humanos les hacen grandes regalos materiales o psíquicos, pero pueden ser rencorosos y vengativos; éticamente son neutros, no distinguiendo entre el bien y el mal, aunque suelen ayudar a la gente bondadosa y perjudicar a los malvados; están interesados en determinados aspectos sexuales de los humanos, con los que mantienen relaciones y hasta llegan a casarse; y viven mas años que los hombres, pero no son inmortales (Canales y Callejo, 1994).

las señoras

Este personaje mítico, que en Galicia suele denominarse como donas, doncellas o señoritas, tiene un cierto parecido con el que en la mitología nórdica y centroeuropea se conoce como “hadas”. Se las puede definir como espíritus de naturaleza femenina, vinculados a las mas bellas manifestaciones de la vida, en especial a las flores, a los ríos, a las fuentes, a los bosques y a los niños. Se trata de seres de características sobrenaturales, que no pertenecen a nuestra especie, y que suelen vivir en los castros, montes y preferentemente en las aguas. En muchas leyendas se las describe como hermosas mujeres de ojos verdes y cabellos de oro, que se peinan con un peine del mismo metal; algunas van desnudas y otras llevan lujosos vestidos. Habitan en suntuosos palacios custodiando sus tesoros. Se enamoran de los humanos y a veces se casan con ellos, con los que suelen tener hijos. Se las ve, sobre todo en determinadas fechas, como la noche de San Juan, bien a la entrada de una cueva, al lado de una fuente o a la orilla de un lago (Risco, 1995; Callejo, 1995).

Las que viven en montes y en antiguos castros parecen tener una cierta relación con los moras de las que hablaremos mas adelante, hasta el punto de que se cree que muchas de las moras que citan las leyendas fueron anteriormente señoras encantadas (Risco, 1995). Una de las leyendas mas frecuente es la que relata algún infructuoso intento por desencantar a una de estas señoras. En el cuento “Las Penas del Nuncio”, recogido en Teixeira, se narra como un joven entra en un bosque en el que hay una casa con siete camas, en las que cada noche duerme en una de ellas, pues siempre tiene frío. De regreso a su casa, su madre, al que le cuenta el suceso, le aconseja que otra noche, cuando tenga frío, encienda una cerilla. Así lo hace, apareciéndosele una mujer muy hermosa que le dice: ¡Que ladrona fue tu madre!, si no fuera por ella, me dejabas desencantada (Camerana, 1991).

Son frecuentes los relatos en que una de estas señoras se le aparece a algún humano al que le ofrecen un regalo con la condición de no mirarlo hasta llegar a casa. La curiosidad, sin embargo, les impide cumplir la promesa, encontrándose con que tal regalo son trozos de carbón o boñigas, que aquel suele tirar aunque siempre se le queda alguna brizna prendida en los bordes del vestido, que al llegar a casa se converira en oro. Echando pestes por su incredulidad, desanda el camino en busca de los trozos de carbón, pero lo más frecuente es que hayan desaparecido, al igual que la señora. Cuentan en Candín (Ancares) que en el camino que va hacia la braña, en medio de la cuesta, hay un campo grande llamado la Aire de Ribón, en el que se descubren restos de yacimientos auríferos. Dicen que por allí antiguamente habitaban los moros. Una vez iba una mujer a la braña cuando en medio del camino se encontró con una señora que le dijo: “ Mire, tome, leve esto para casa”. La mujer depositó en el mandil el regalo, que era “una regazada de carbón”. La señora le ordenó no mirarlo hasta llegar a casa, pero al poco rato miró el regalo, y viendo que era carbón lo arrojo al camino. “Pero le quedaron unos cachines en los pliegues del mandil y resulto que el carbón era una moneda de oro. ¡Santo pobre de min! Entonces volvió por los carbones pero cuando llego no había carbón ninguno. Los carbones habían desaparecido. Y la mujer se ponía loca de rabia porque perdiera aquellos carbones” (Fonteboa).

Otras veces, el cuento tiene un final terrible, en el que la señora, convertida en una mora sanguinaria, mata a la persona humana que vuelve con la intención de pedirle nuevamente carbones o boñigas, probablemente como castigo a su infidelidad y avaricia.

En Cadafresnas refieren que “había una madre que tenía una hija y eran muy pobres. Un día, la madre le mandó con los cerdos al monte. La niña salió llevando un mantel para acucharse. Caminando por el monte encontró a una señora que le dió unos cagallos, y metiéndoselos en el mantel le dijo que no los abriera hasta llegar a casa. La niña respondió que no los abriría, pero cuando había andado un poco y ya estaba cerca del pueblo, abrió el mantel, y viendo que lo que le había dado la señora eran cagallos los tiro, pero sin darse cuenta todavía le quedaron algunos en los pelgos del mantel. Cuando llegó a casa, sacudió el mantel y las pocas que habían quedado en el mantelo, tres o cuatro, se convirtieron en monedas. La madre, al ver esto, toda extrañada le preguntó que quién se las había dado. Ella respondió que una señora, que le dijo que no abriera el mantelo hasta llegar a casa. La madre, viendo esto, le dijo que volviera a mirar por donde había tirado las otras. Fue, pero no encontró nada. De regreso a casa, la madre le ordeno que volviera a pedir a la señora unas pocas más. La niña volvió a pedírselas a la señora y se la encontró convertida en mora. Esta mora mato a la niña. La madre, como ya era tarde y la niña no volvía a casa, fue a buscarla, llamándola de esta manera: “Mariquiña, Mariquiña” A lo que una voz respondía: “Mariquiña, Mariquela, está fritida en la cazuela” (Fernández,1986).

las xanas u ondinas

Estas señoras, cuando viven en el agua, en una fuente, rió o lago, se las denomina en el Bierzo xanas u ondinas. Algunos, a semejanza de la toponimia asturiana en la que son frecuentes los términos relacionados con las xanas, quieren ver en toponimos bercianos, como Fuente de la Chana, La Chana, Las Chanas, etc. una pervivencia de este ser mitológico. Otros topónimos, como Fontoria (fonte áurea), Fonte da Moura (Barjas), Fuente de la Mora (Lillo) parecen tener también una estrecha relación con el. Las xanas u ondinas suelen ser mujeres muy hermosas, de largas cabelleras, que se hacen visibles en la noche de San Juan, cuando salen a la orilla de fuentes y lagos a peinar, con peines de oro, sus largos cabellos dorados. Unos creen que este mito recuerda a las antiguas ninfas grecorromanas (Cabal, 1943; Castañón,1971); para otros, las xanas son una sublimación del importante papel que juega la mujer en el mundo astur (Fernández Conde,1981).

Una de las primeras menciones a las xanas se debe a la pluma del escritor berciano E. Gil y Carrasco, en el articulo “Los asturianos”, publicado en 1838 en el Semanario Pintoresco Español: “La otra creación de su fantasía, aunque más limpia y risueña al parecer, no por eso les infunde menos interés y pavor. Dicen que hay una especie de lindas mujercitas de plata que salen por el agujero de las fuentes, que hacen coladas más blancas que la nieve y secan sus delicadas ropas a la luna, retirándose con ellas apenas se acerca algún importuno que las estorba en tan inocentes ocupaciones. A estas mujercitas, de un codo de estatura, misteriosas y llenas de poder en la mente de estos montañeses, señalaban con con el nombre de janas” (Gil y Carrasco, 1954).

En el Bierzo la leyenda más conocida sobre xanas u ondinas es la que se las relaciona con el origen del lago de Carucedo, de la que existen numerosas variantes (Caceres,1883; De Llano, 1896; Roso de Luna, 1916). Una de ellas cuenta que Borenia, hija de Médulo, un caudillo astur, vivía con su padre en el valle hoy ocupado por el lago, dedicada al cuidado de sus rebaños. Un día la paz de aquella tierra se vió turbada por la presencia de las armas romanas. La defensa de Médulo y los suyos fue endiablada, mientras Borenia buscaba refugio en una cueva cercana. La batalla termina indecisa. Médulo y Carisio, el general romano al mando de las tropas invasoras, negocian la paz. Borenia, creyendo haber pasado el peligro, regresa al lado de su padre. Su belleza encandilará al romano, pero el fracaso de las negociaciones enciende de nuevo la guerra, en la que los romanos derrotan a los valientes astures. Carisio piensa entonces en cobrar en Borenia el precio de la victoria. Va a buscarla a la orilla de la fuente en la que ella espera el resultado de la batalla. Pero apenas Carisio trata de apoderarse por la fuerza de la joven, aquella fuente, en la que hasta entonces sólo manaba un tenue hilillo de agua, empieza a vomitar un torrente de agua que anega el valle convirtiéndolo en un lago. Dice la leyenda que Carisio logro ponerse a salvo mientras Borenia era arrastrada por las aguas hacia el fondo del lago, en el que desde entonces yace su cuerpo mientras su espíritu pervive convertido en una ninfa, en la Ondina Caricea, a la que algunos dicen haber visto en la noche de San Juan, sentada a la orilla del lago, peinando sus cabellos dorados.

el trasgo

El mito del duende o trasgo es común a todos los países del oeste y norte de Europa, pues al parecer tiene origen celta; otros, por el contrario, lo asimilan a los lares romanos, especie de espíritus protectores del hogar y de los campos, e incluso a los larvae y lemures considerados como almas perversas de ciertos difuntos, que errabundean por los campos y casas molestando a sus moradores. Covarrubias, en 1611, lo define como “espíritu malo que toma alguna figura, o humana o la de algún bruto, como es el carbón”. En realidad se trata de un ser de pequeño tamaño, travieso y juguetón que se introduce en las casas, especialmente en la cocina o en las cuadras, y lo revuelven todo, aunque también tiene la manía de dejarlo luego ordenado. Del Llano Ovalle, en 1896, recuerda que los niños bercianos cantan en corro esta canción: “¿Quién será el duende/ que anda por ahí?/ que ni de día ni de noche/ nos deja dormir...?”. Algunos visten un gorro colorado –en Asturias se le llama “el del gorru colorau”– y suelen tener la mano izquierda agujereada, por lo que para echarlo de casa se le ponen granos de maíz, linaza o mijo desparrados por el suelo, pues como es un amante del orden los quiere recoger, pero se le caen, se aburre y se va. También si se le manda la tarea de contarlos le ocurre lo mismo pues no sabe contar mas que hasta cien, diez o dos, y cuando llega a esas cifras deben empezar de nuevo por lo que se aburre y también se va (Callejo y Canales, 1994; Cabal, 1945; Castañón,1976; Poncelas, 1993).

Al trasgo se le confunde muchas veces con el diablo burlón y a este con aquel. El trasgo o diablo hace muchas travesuras. Alicia Fonteboa recogió en Ancares esta narración de labios de una señora: “Estábamos en la cama. Viu un ancarés y en esto andaban con los palos arrastro. Y el marido mío, dice: ¿pero quen é este que anda por eiqui?, quen é? Pasó un ratadín y al ratadín volviu outra vez a enredar ailí. Era el diablo. Dice el home: ¡como me levante engánchote por las orellas y amátote! Y en esto marchou el diablo pateando por la habitación y aplantouse en una ventana y desde ailí saltó pra abaixo y ya non vimos mas nada” (Fonteboa). Otra de sus trastadas consiste en enredar con los animales. En Viñales el trasgo solía entretenerse al estilo de los follets catalanes, es decir, trenzando las crines de las caballerías y provocando estruendos de lo más variado con el único propósito de no pasar desapercibido (Canales y Callejo, 1994).

Una de las anécdotas mas frecuentes del trasgo –trasno se dice en Ancares– es la de mudarse de casa con los vecinos cuando estos, aburridos de sus trastadas, deciden abandonar su casa. “Andar de casa mudada” suele ser la fórmula con la que terminan muchos cuentos, como ste recogido en Ancares: “Un día que no estaba la ama fue (el trasgo) a la corte de las vacas. Antes se comía en unas cazolas de barro. Llegó el demonio a casa, fue a la corte y llenó las cazolas de boñigas de las vacas. Fue arriba y dijo: hoy fixemos papas, hoy hay que comer papas, que hoy fixemos papas. Y cuando llegaron los otros a casa vieran las cazolas llenas de basura de las vacas, y él muerto de risa. Hacía muchas tonterías. Entonces decidieron cambiar de casa. Ir para otra casa para ver silos dejaba en paz el demonio y cogieron las cosas que había antes, que eran muy pocas; antes no había nada. Marcharon con todo a otra casa y les quedaba un rastrelo de lino y o que ven detrás dixo: andamos de casa mudada, pero inda nos quedo el rastrelo y voy a ir a por él, decía el demonio (el trasgo) (Fonteboa).

A veces esas trastadas y burlas las hace también fuera de casa, con lo que se confunde con el diablo burlón: “Una mujer que venía para Candín y la llamaron detrás: comadre, comadre. ¿Pero, quién me llama? ¡Dios mío pero si no esta nadie!, ¿Quén e? ¡Vuelve, vuelve! ¿Quén é, quén e? ¡Comadre, comadre, vuelve aquí! Era el diablo, pero ella no vio a nadie. Era el diablo”.

El trasgo es un duende doméstico, aunque en los Ancares, según Canales y Callejo, existe la tradición de colocar cruces en los árboles que bordean los pueblos para impedir que este penetre en ellos y se quede en los alrededores. En el supuesto de que sea visto en el interior de una casa, desaparece de allí cuando se pronuncian palabras tales como ¡Jesús!, ¡Dios mío!, o simplemente se reniega de el diciendo: ¡Arrenégote, cochino! (Canales y Callejo, 1994). Me parece que en este caso no se trata de un trasgo sino del diablo burlón, como luego veremos.

los xanines

Una variante del trago es el xanin. En el Bierzo se cuentan varias leyendas de xanines, personajes que si bien parecen trasgos, no habitan en las casas sino en el bosque, especialmente en las laderas boscosas del Carballal de Folgoso de la Ribera. Aquilino Poncelas cuenta que los “Xainines tiñan como lugar de apouse as mentas ladeiras do Carballal, monte cheo de rebolos ie eili entregábanse a vida de folga e viaubadeira, mui concorde co caracter galvaneiro e tranquilo da súa raza, e a acexar durante as súas eternas caminatas a presencia de calquera hóspede de fóra. En muitas ocasiois aplicábanse a importunar e a facer unha a mil mugangas as persoas que avantaban nos suos dominios (...).

Polas longas e frías noites invernais, nas que os do lugar asaban patacas nas cuciñas baixas e alegraban os fiandois con contos ie estorias, que ó ax do lume arriscadeiro tomaban un aire misterioso ie pantasmal, estes seres baixaban hasta o barrio de Santa Euxenia a quentarse no braseiro e a saboreala comida e as patacas que os veciños deixaban desque se iban á cama.

Cuntan que nunha das casas, na que vivía un matrimonio sen fillos, solían os Xainines aparecer mentes a muller se quedaba noite arriba fiando, e as patacas asadas desaparecían como se andaran as bruxas. Fui estoncias que, despois das amentas que a muller lle sacou ó home polo xeito raro en que certa comida voaba da casa, lle dixo él a muller:

–Mañá voume quedar na cuciña. Veremos se aparecen diante de min.

E así sucedeu; colleu un fuso e unha roca, puxo un pano na cabeza e aguardou expectante a chegada dos visitantes.

Noite arriba, e sen poder endilgar a naide, escutiou que alguén langrexaba:

–Felique, felique, nada pavique; oite sen babas e hoi con babas.

Que invertido á nosa fala, se ben pouco se deferenciaría dela na actualidá, e cuntando que o texto orixinal pudera sufrir modificaiois durante a transmisión oral, viría dicir un parecido a:

– Fiaba, fiaba, pero nada se notaba; oite sen barbas e hoi con barbas.

O certo é que a imaxen daquela muller barbuda, facendo como que fiaba, asustou tanto ós Xainines, que consiguíu escorrentalos pra sempre” (Poncelas, 1992).

Estos xanines parecen tener poderes mágicos. Mar Llinares recogió también en Folgoso una versión del cuento de Blancaflor, en la que su protagonista masculino, Juanillo, para poder casarse con la hija del rey, tenía que cortar todos los carballos del monte, sacar las raíces, sembrar trigo, segarlo, moler el grano, amasar la harina, y todo esto en una sola noche, porque a la mañana siguiente tenía que llevar una hogaza de pan caliente al rey. Blancaflor, ante el desconsuelo de Juanillo, le dio la solución mágica: en el Carballal vivían los Xainines, amigos suyos, que eran unos hombrecillos de dos cuartas de tamaño que podían hacer autenticas maravillas. Ellos fueron capaces de realizar el difícil trabajo con lo que los dos enamorados pudieron casarse. (Llinares,1990).

el diablo burlón o el cochino-puerco

La frontera entre el trasgo y el diablo burlón es difusa, por lo que es no es raro confundirlos. Como aquél, también tiene un carácter bromista y no es un diablo maligno. Canales y Callejo dicen que el “trasno do choco” de los Ancares actúa básicamente en los caminos como cualquier “diaño burlón”, haciendo que la gente forastera se extravíe con algún sagaz procedimiento, tendente a que pierda así toda orientación”; pero en mi opinión, pese a la identidad de nombre, no se trata de un trasno o trasgo sino de un diablo burlón. Esta confusión se puede ver en este cuento recogido en Balouta, en el que por cierto aparece una de sus aficiones más corriente, ver desnudas a las mujeres: “Era una señora a la que le faltaban las ovellas y fue a buscarlas por ahí abajo, a un camín, y estaba el trasgo allí. Y el trasgo hacía que era un carneiro. Y el carneiro la agarró por el corno y tira, tira por el para casa (...) y después que estaba quente xa, el trasgo levantouse y la muller púsose desnuda, que antes había pulgas, fue a mirar las pulgas, y el trasgo sube por la pregancia arriba y cuando estaba en el pico, dixole ¡Cucurucu, que to vin as tetas y o cu!” (Fonteboa).

El diablo burlón se le conoce en Ancares con el nombre de cochino-puerco, al que le gusta transformarse en diferentes animales, como vemos en el cuento “Cazcarran ou cochino-puerco”, recogido en Pereda de Ancares, en el que también vemos sus aficiones sexuales: “Nos tempos dos meus antepasados, fai xa muitos anos, o cochino-puerco –que era o demo– vagaba con muita frecuencia polo Valle de Ancares. Gustáballe de transformarse, e con preferencia en toda clase de animais: unhas veces tomaba forma de burro, outras de vaca, de ovella... ou de calquera animal con tal de engañar a xente.

En todos os pueblos había veceiras que rotando de veciño en veciño, sacaban as ovellas ó monte.

Ie habia unha muller neste pueblo que non creía nesas cousas do cochino-puerco. Chegou o día en que lle tocaba a ela saír ó monte ca veceira. E cuando estaba aló arriba no pico da montaña, desatouse unha gran tormenta. Non tuvo máis remedio que afalar ás ovellas pra casa a toda prisa e metelas na corte. Cuando se puxo a cuntalas, deuse cuenta que lle faltaba un carneiro.

Foran caían chuzos de auga, pero ela chovendo e todo botou polo monte arriba en busca do carneiro perdido, e despois dunhas horas, deu con él entre unhas xestas. O carneiro taba tan aterecido que a muller, como pudo, colleuo ó carrelo e levouo pra casa.

O chegar ó curral, chamou polo marido pra que encendera unha boa llamarada de lume na lareira e así poder enxugarse ela io carneiro. Estuvo quentando o animal por un lado e por outro, e cuando xa iba enxuito, empezó ela a quitar a roupa que tamén traía muy mollada, e colgouana garmalleira e nus paus que había por baxo do caiñzo.

Cuando a muller taba eilí desnuda xunto o lume esperando a que lle enxugara a roupa, oiu un estampido, e dun brico escapou o carneiro decindo:

–Juju-ru-jú.

que che vin as tetas io cu.

A muller, dándose cuenta que era o cochino-puerco, dixo:

–¡Ay, de min; ay, de min

agora que o vin,

xa o crin! (Fonteboa, 1992).

Una de las travesuras de este diablo, que actúa casi siempre de noche, es la de convertirse en un animal que se encoge o estira permitiendo que se vayan subiendo en el más y más personas. Solo al decir !Jesús! desaparece echando a la gente por el suelo. En Ancares se cuenta que “habían ido de Filandón, como de costumbre, un grupo de mozos y mozas muy jaraneros a una casa a hicieron baile en el astrago y cuando danzaban al son de una pandereta, apareció una mocita muy hermosa que se convirtió en la seducción de todos los jóvenes que allí estaban. Y al decir uno “¡Jesús qué mocita tan bonita!”, desapareció por la puerta y los mozos y tras ella hasta que en un lugar llamado el Portelo desapareció.

Anduvieron buscándola pero no vieron sino una yegua de lustroso pelaje negro, salpicado de manchas blancas, paciendo en un prado. Se montaron a horcajadas dos en ella, luego otro, y cuantos más se subían más cabían, hasta que a uno se le ocurrió manifestar: “¡Jesús, hombre, nunca había visto otro tanto!”. Y no bien terminara de decirlo, explotó la yegua y cuentan que fueron todos diseminados por diferentes puntos del pueblo” (Poncelas,1987).

La creencia en el diablo o cochino-puerco estaba tan arraigada en la gente, que algunos de los relatos recogidos por A. Fonteboa refieren sucesos acaecidos a personas muy concretas, por ejemplo en el cuento titulado “O diabro no monte de Pinareira”, Rosa Abella, mujer de 85 años vecina de Tejedo de Ancares, lo refiere como sucedido a sus suegros: “Unha vez, esto oínllo eu am mía sogra, que lle faltaba unha vaca dun monte que lle chamaban o monte de Pinareira. Ie paseron así nuhas tierras que habia, ie el diabro aparecífuselles:

–¡Subide arriba, ho, subide arriba, quea vaca ta eiquí!

Ielos iban subindo, subindo –meu sogro ie mía sogra– buscar a vaca al monte. Ie chegaban elí, iel diabro andaba un cacho máis arriba:

–¡Subide hasta eiquí, ho, subide hasta eiquí, que a vaca to no chozo, ho!

Elos foron subindo, subindo; ie, despois de muto subir, dícelle mía sogra a meu sogro:

–¡Oi, Grabiel, oi Grabiel!, ¿ie non será el diabro, porque tanto cacho que subimos... ia a vaca non aparece...? ¡Leve el diabro se non é el diabro! Voun arrenegalo: ¡Juasús, María y José; arrenegado sea el diabro!

Ie nesto marchoule el cochino-puerco. Volveron para casa e, cuando viñan, viron a vaca eilí cerca delos, eilí nuns leiros que había. Ie trougueron a vaca pra casa” (A. Fonteboa).

el rañubeiro

En otro capitulo, al hablar de los fenómenos atmosféricos ya hemos citado a algunos seres fabulosos relacionados con ellos, como los troneiros y nubeiros o reñubeiros, por lo que remitimos a dicho capitulo.

la raza mítica de los moros

La creencia en moros y tesoros ocultos está extendida por todo el Bierzo, como lo refleja la abundancia de lugares donde hay referencias a moros o a cuevas de moros. Una relación no exhaustiva señala la existencia de cuevas en Barjas “A Cova” y a “Cova das Gallas”, Moldes “La Pena”, Salas de los Barrios “Matocalero”, Ocero “El Reguerón”, Villar de Acero “La Bramuda”, Villar de ]as Traviesas “Cimadevilla”, Castropodame “La cueva del Morel”, Salientes “La cueva de la Mora”, Paradela de Muces “Castillo da Cova da Moura”, Ponferrada “la cueva de la Mora” ; en la Cancela se habla de una “mora" que muchos aseguran haber visto. Raro es el lugar del Bierzo en el que no se mencionan moros o tesoros de moros, hasta el punto que pueden señalarse mas de treinta lugares con menciones a moros o cuevas de moros.

Esta creencia es muy antigua. Munárriz, hacia 1807, dice, hablando de las explotaciones auríferas romanas, que “la gente común y aldeana cree ver en ellas otras tantas ciudades y habitaciones de moros, en las que cuando se verificó su expulsión dejaron escondidos tesoros inmensos. Esta patraña se halla tan radicada aún entre sujetos que debieran tener algún discernimiento, que con mucha frecuencia gastan su tiempo y caudales buscando esos tesoros imaginados, y algunas personas chistosas queriendo divertirse a su cuenta y para mas alucinarlos, han formado desde tiempo muy antiguo unos manuscritos ridículos con el titulo de Tumbo de San Ciprián o cédula de tesoros, que pueden muy bien compararse a las cédulas de lotería, en las que con algunas señales exteriores del terreno pasan a describir lo que se irá hallando hasta cierta profundidad y hasta dar con el moro encantado y tesoro imaginado, que unos dicen es un carro y bueyes de oro, otros una arquilla y vasija llena de tantas y tales monedas, y otros cuentos tan absurdos, que era imposible creerlos si no lo hubiéramos palpado” (Balboa, 1992). Del libro de San Ciprián y su relación con estos tesoros nos habla también Castaño Pose, describiendo con gracia toda la ceremonia que unos valdeorreses llevan a cabo en las Médulas para con ayuda del libro y el lector, que invoca al demonio, poder sacar un tesoro (Castaño, 1904). También del Llano y Ovalle, en 1896, menciona la gruta de la Cancela, descubierta por unos paisanos, que era “algo así, parecido a aquellos palacios subterraneos, que solo los moros, ayudados de genios invisibles del encantamiento, pudieron realizar, in illo tempore, para pasmo y asombro de las actuales generaciones; entre los cuales y muy especialmente las que viven esparcidas por toda la región berciana, nunca faltan fantasías privilegiadas, que lleguen a ver por el intersticio de alguna enorme peña, correr entre prados de esmeralda, fuentes de perlas, cascadas de oro, ríos de sangre, en cuyo ignoto fondo, gimen prisioneros, centenares de cristianos; todos ellos, inocentes víctimas sacrificadas, sin duda alguna, por la reina y señora de aquellas encantadas mansiones, la imprescindible y enamoradiza reina mora” (Llano, 1896).

Para la mentalidad popular, los moros son seres imaginarios, misteriosos y terribles, con facultades sobrenaturales y poderes especiales para encantar a la gente y realizar hazañas prodigiosas. De las distintas leyendas que sobre ellos se cuentan podemos extraer algunos caracteres comunes: son pobladores antiguos, normalmente se les sitúa en relación con yacimientos o castros; son una raza distinta a la del campesino; no son cristianos pero tampoco son los moros históricos, pues a veces se dice que tienen iglesias, bautizan a sus hijos y se organizan en parroquias; su habitación, casi siempre en zonas despobladas y montañosas, es debajo de tierra, en cuevas, que a veces se comunican con otras por decenas de kilómetros; también habitan en fuentes: en Lillo y en Barjas existe una “Fuente de la Mora”, de aguas buenas y abundantes (Risco, 1995; Llinares, 1990).

A veces en estas leyendas se confunden o entremezclan los moros míticos con los moros históricos, como relata el siguiente cuento berciano en el que los moros que habitaban el Bierzo se convirtieron, tras su expulsión, en Moragatos. Dice así: “Os mouros ocupaban daquela fortificados bastiois da Veiga e Balboa, impoñendo á población aborigen toda sorte de foros, mentras eles vivían arrodeados de incarculables riquezas.

Sucedeu que un día na Treita, porriba das Ferrerias, unha madre presentouse chorosa co xentar onde os seus fillos, que se atopaban escadabando unha seara no monte.

–¿Qué teis, madre?– manifestaron preocupados o ve-la aparecer así.

–¡Qué ma de pasar, qué ma de pasar! –queixábase–. Fai ben pouco que lles tuvemos que dar unha xata, e hoi veinnos por la traseira cabeza de gado.

Os cinco irmaos desmangaron as aixadas de sou e, cheos de furia, saliron tras dos galafrais recaudadores. Desafiaron os mouros pra que deixasen as terras que non lles pertenecían e, ante a negativa deles, emprenderon unha encarnizada contenda.

A estes irmaos fóronse xuntando outros lugareños que, providos de rudimentais armas, consiguiron escorrentalos daqueles asentamentos e facerlles froxar cara o chancelo berciano.

Asegun fuxian en obligada escascabullada, ibanse axuntando os primeiros insurrectos xente nova, de xeito que lograron empuxalos hasta as proximidades de Astorga.

Ellí os mouros, xunto autros, repoñénrose, obligando ós bercianos a regresar ás suas casas.

Os mouros, que se dedicaban á roubar e a desplumar a todo caminante (de ahí o nome de moregatos), sábese que, nalgunhas ocasiois, regresaban ó Bierzo en busca de tesouros que polas presas tuveran que deixar. Muitos deles continúan aínda hoxe acubullados nun lugar calquera, aguardando que alguén os atope” (Poncelas, 1992).

En Igüena, según Benito Suárez, hubo varios parajes que fueron posesiones de los moros, como la Era de los Moros y la Fuente de Moriscal, que se halla en el limite con Colinas. En este ultimo lugar se cree que hubo un destacamento de moros que, al parecer, dejaron allí en gran número sus huesos. Cuando los moros se iban ya de retirada allá por tierras granadinas, se dice que cantaban: “Allá en Igüena, en la Cuca y el Pontón de mal pasar, queda una liga de oro para siete reinas reinar”. A causa de este relato, un poco por aventura y ambición, hubo quien se dedicó a revolterar la tierra por si llegara a tocar el burro la flauta. Aun existe hoy la poza del tesouro, que fue una más de esas excavaciones (Suárez,1990).

Las actividades de los moros y moras son muy diversas. A veces parecen llevar una vida normal: en Villar de las Traviesas iban a lavar la ropa al “arroyo de san Lázaro”; en Salientes lo hacían en una cascada que hay debajo de la cueva; en el castro de Cerunales (Noceda) se oye tejer a las moras. Éstas cocinan, crían gallinas y otros animales, van al mercado o a la feria, como relata la leyenda que transcribe Roso de Luna del castro de Altamira, en Villasumil (Roso de Luna, 1916)). Los moros suelen ser muy trabajadores haciendo obras para el servicio de los pueblos. En Santibañez se conoce un “canal del morel” (en realidad es un canal romano); en Ocero, en el “carballo” se dice que tenían una fundición de hierro. Otras veces sus obras rayan en lo maravilloso, como la leyenda recogida en Cabarcos, según la cual la llamada “Peña del reloj”, una gran roca en la cumbre de una montaña, la subió hasta allí una mora (Mañanes y Alonso,1983).

La mayoría de sus útiles de trabajo son de oro, metal del que guardan inmensas cantidades, con el que a veces pagan favores a los cristianos o simplemente se lo dan, con alguna condición, que los humanos siempre incumplen convirtiéndose en carbón o excrementos, como hemos visto al hablar de las señoras. Los moros viven en cuevas subterráneas guardando fabulosos tesoros. En algunos lugares ese tesoro consiste en algún animal de oro. En el castro de Ceruñales hay una cabra escondida, en Pieros una corza de oro lo mismo que en el Corón de Quilós, en Páramo del Sil unas mulas de oro junto a una bola tan bien de oro, en Castañeiras y Villanueva (Balboa) un yugo. A veces las leyendas encierran un carácter moralizador, pues el tesoro, escondido en un arca, se acompaña con otra arca llena de un gas venenoso. Si aciertas, lo conviertes en rico, pero si te equivocas mueres o envenenas a todo el país, como ocurre con las leyendas recogidas en Villar de las Traviesas, El Valle Tedejo o Turienzo Castañedo (Mañanes y Alonso, 1982).