Mitología berciana (2)

JOSÉ A. BALBOA DE PAZ

 

Continuamos en este capitulo la pervivencia en el imaginario colectivo berciano de mitos y cultos paganos que iniciamos en el anterior, en el que ya nos referimos al culto tributado a los montes y piedras y a las aguas, al tiempo que analizamos dos mitos, el de la serpiente y el del lobishome, que son también, al decir de Vicente Risco, vestigios de antiguas creencias paganas.

culto a los fenómenos atmosféricos

Aunque en lo que se refiere al culto a los astros en el N. de España no hay muchos datos en los escritores antiguos, con excepción de la luna, varios dioses prerromanos y romanos mencionados en el capitulo anterior son dioses del cielo, que dominan los fenómenos atmosféricos. Algunos ritos solares son testimonio de esas viejas creencias; por ejemplo en los Ancares gallegos, Murguía cuenta que cuando los campesinos ordeñan las vacas, la primera leche la ponen en una ventana mirando a Oriente porque la tienen ofrecida al sol (Risco, 1995). También las hogueras son en ocasiones pervivencias de viejos cultos solares, aunque en algunos casos tienen carácter purificador, especialmente las de San Juan (solsticio de verano), que en el Bierzo suelen hacerse en el centro del pueblo o en los montes cercanos, acarreando todos los vecinos materiales por lo que se ha de considerar un trabajo comunitario con finalidad ritual. En Chano de Fornela, en Nochebuena, la gente del pueblo recogía leña y se iba al monte de la Piniella, donde se hacía una gran hoguera. Luego se bajaba con antorchas encendidas y delante de la iglesia se hacia una nueva. En otros casos, estas hogueras las hacía cada vecino para proteger y purificar su casa. En Ancares se encendían en la cortina no sembrada de pan; estas hogueras o fumazos se hacían en Pereda con Herbas del aire (no saben cuáles), bieito (saúco), incienso, un pollo sin plumas, los excrementos de una gallina, un ramo de Domingo de Ramos y unos palitos de madera de la iglesia. Todo ello se quemaba en un caldero y se dejaba a las puertas de las casas y cuadras para que se purificaran (Rúa y Rubio). También tienen algunas hogueras relación con cultos agrarios, como las fachas de Sobrado.

La luna parece haber tenido mas importancia que el sol. Strabón señala que algunos pueblos del Norte rendían culto a una divinidad innominada en las noches de plenilunio; se trata sin duda de un culto a la luna, pues desde los tiempos del concilio de Braga las disposiciones de la iglesia insisten en contra del mismo. Probablemente fuera una divinidad agraria, lo que explicaría su importancia para el campesino berciano, pues muchas actividades están en relación con su ciclo, como la siembra, la poda, etc. Hay quien cree que la luna influye en la fecundidad de algunos animales, e incluso en la matanza del cerdo, pues dependiendo de sus fases merma o cunde mas la carne. También hay la creencia de que los árboles hay que cortarlos en luna menguante pues si no la madera se pudre o le entra carcoma. Su eclipse siempre ha sido de mal agüero, pues parece que viene acompañado de desgracias, aunque es mas frecuente referido al de sol.

En el mundo campesino los fenómenos atmosf6ricos se tienen muy presentes, pues de ellos depende el éxito o fracaso de las cosechas. Entre estos fenómenos ninguno es mas preocupante, sobre todo cuando la mies esta madura o las uvas a punto de vendimiarse, que una tormenta. La tormenta y el rayo, llamado también chispa, ofrecen un ejemplo claro de personificación en las creencias populares. Se habla de ellos como de cosas vivas, producto de seres fabulosos, como el troneiro y el nubeiro o renubeiro. El primero, causante del ruido y estampidos del trueno que lo produce, al parecer, al corner con unos zuecos de madera detrás de los nubeiros (cúmulos) para que suelten el pedrisco (Rodríguez, 1995).

El origen del Reñubeiro es discutido. Algunos lo creen pervivencia de viejos mitos precristianos, pues en todas las mitologías han existido dioses del cielo, con poderes sobre la lluvia y las tormentas; otros, como Cabal, lo relacionan con el demonio o con ciertos espíritus celestes. Hay quien los relaciona con los antiguos tempestarii, especie de brujos conjuradores de las tormentas, que incluso cobraban por realizar su labor. Sea cual sea su origen lo que interesa destacar es la larga pervivencia de esta creencia en todo el norte de España (Cabal, 1945; Rúa y Rubio, 1986).

El Nubero o Reñubeiro es una creencia extendida por diferentes zonas del Bierzo, aunque nadie se pone de acuerdo en su fisónoma. Para unos se trata de un enanito deforme, para otros es una especie de gigante. Lleva un sombrero o boina negra y tiene un carácter muy caprichoso, pues deja caer sus carga destructora sobre determinados lugares, mientras que protege otros, al parecer si está agradecido al campesino (García,1984; Rodríguez,1995). Según Alonso Garrote se trata de un “brujo o personaje fantástico que las gentes sencillas pretenden haber visto caer de las nubes y tomar forma humana en tiempo de tormentas, con objeto de hacer mal de ojo y ser portadores de calamidades para las personas y los sembrados” (Alonso Garrote, 1947).

A veces se considera que el origen de un Reñubeiro es consecuencia de una maldicion, una especie de mal de ojo, que sufre un hijo de sus padres, como vemos en este cuento recogido en Manzanedo de Valdueza: “En un pueblecito cerca de aquí, un hombre tenía dos hijos, y los mandó a estudiar pa curas o pa frailes. Y uno de ellos era muy listo y muy trabajador, enseguida sacó la carrera de cura; pero el otro valía poco, no le gustaba nada el trabajo; así que el padre lo trajo para casa y lo llevó a segar a una tierra de pan con él. Pero, claro, se conoce que no tenía ganas de segar, ni sabía..., que le dice el padre:

–Anda, podías estar nel convento, porque mira tu hermano como valió pa cura, y tú... ni aun pa reñubeiro.

Y dice él:

–¿Ah, sí, ni aun pa reñubeiro?

Marchó el hijo p´allá, pal pico la Sierra, y mira que estaba el cielo limpio, pero cuando acabo de decir eso, aparecieron unos nubarrones que le fastidiaron toda la siega con la tormenta” (Fonteboa, 1992).

En otras ocasiones, rememorando la famosa Cueva de Salamanca, en la que muchos estudiantes de aquella célebre Universidad estudiaban el oficio de mago, los reñubeiros son tambi6n estudiantes, malos estudiantes. En Ancares se cuenta que hubo “un señor que echara a un hijo a estudiar abogado, estudió a reñubeiro. Cuando vino todo desalambrado, con toda la ropa desandrada, los padres le preguntan: pero, tú, ¿de qué manera (vienes)? Era cuando se segaba el centeno. El les dijo: atropen el pan que va a venir un trueno muy fuerte. Los padres no le creían: pero, tú, ¿qué vas a saber? El chico desapareció, y de repente se preparó un trueno muy grande. Atroparan el pan que pudieran, pero vino la nube antes de que terminaran. Eso era lo que se decía para el trueno” (Rúa y Rubio, 1986).

El reñubeiro se presenta a veces como un ser que habita en las nubes, como un diosecillo. Cuentan en Villar de Acero que “unha vez estaban mallando alí arriba –nos tiñamos antes una alzada, e temos, unhas cabañas.

Alí hay muita pradería ie antes sembrábase centeno e mallábase; pero é muy lejos, leva chegar tres horas andando co carro desde eiquí.

E taban mallando e entón preparouse o trueno; ie, claro, había un renubeiro alí que non sabían, a xente que había alí non sabía que era renubeiro. Ie entonces pues ya se preparou a nube, a xente taba mallando –ainda se mallaba a pau, a pértigo-ie, claro, a nubre iba descargar ya. Entonces saliu o renubeiro e acenoulle así:

–Adelante, Pedro, con las mulas.

La nube ya non podía andar mas porque iba muy cargada de piedra. Dice:

–No puede, que revienta.

–Se arreventa que arrevente, to tira palante!

Ie non descargou alí, descargó mas alante, en Como Maldito, que é un pico que hay ahí por riba de Campo del Agua, muy alto (Fonteboa, 1992).

Otro cuento de Villar de Acero nos presenta al reñubeiro como sufridor de las condiciones metereológicas: “Otra vez era outro renubeiro que baixó da riba ie meteuse nunha casa onde lle deron pousada.

Claro, todos os días quentaba o sol, is maná preguntabálle ó amo cuando se levantaba:

–¿Qué día tenemos, amo?

–Hoy hay un día de sol muy bueno.

–Bueno para ustedes y malo para mí.

Pero chegou un día que taba chovendo:

–¿Qué día tenemos, amo?

–Hoy esta un día malo, esta lloviendo.

–Bueno para mí y malo para ustedes.

Ie entonces aquel día subiu pa riba, pras nubes, porque como taba chovendo pudo escapar”.

Contra la tormenta y el rayo existían muchos remedios. Lo mas frecuente era tocar las campanas por alguien que supiera el toque de “tente trona”. En Dragonte contra la truena se tocan las campanas con un ritmo especial, diciendo “Tente trona, tente trona, que Dios pode mais que tu”. También se tocaban las campanas a las doce de la noche del primer viernes de marzo con el fin de ahuyentar las tormentas en la época de la recogida de la hierba o la de los cereales. En Lombillo aún existe una persona encargada de espantar la truena por medio de una campana que tiene grabada la imagen de santa Bárbara. En Ancares también se tocaban las campanas, pero en Villasumil se “revolvían”, es decir, se ponían boca arriba. Lo mismo hacían en Villaverde de la Abadía, Rimor y Peñalba. En Villasumil y Peñalba también la ahuyentan sacando a la calle los palos de meter el pan al horno, haciendo con ellos una cruz de san Andrés. En Montes de Valdueza surtía el mismo efecto colocando un hacha con el filo hacia arriba. Con la cristianización, santa Bárbara se convirtió en protectora contra las tormentas, a la que se invoca en estos términos: “Santa Bárbara bendita, que en el cielo estas escrita, quita trono, quita rayos e quita esa pedra maldita”, o “Santa Bárbara Bendita que en el cielo estos escrita, guarda pan, guarda vino, guarda gente en el camino”. En Vilarinos (Balboa) a Nª Sª de las Nieves “se tiene por costumbre sacarla al atrio de la iglesia cuando hay tormenta con el fin de ahuyentarla”. Losada Carracedo decía, en 1908, que a la Virgen de la Estrella, de San Juan de Paluezas, “el pueblo la tiene por especial abogada contra los truenos, y tan pronto amenaza tempestad, toca su campana y al son de su toque, no cree invocar en vano su intercesión contra el rayo y el granizo”.

culto a los árboles y plantas

El culto a los árboles estaba muy extendido entre los celtas y germanos, siendo los robles, encinas y tejos árboles a los que se les rendía culto. También los griegos y romanos rendían culto a diosas relacionadas con la vegetación y la fecundidad, como Deméter, Ceres, Flora, etc.. Algunos árboles, además, se relacionaban con dioses: así Júpiter con el roble y Apolo con el laurel. En realidad se trata de vestigios de antiguos cultos agrarios o de la fecundidad de procedencia muy diversa y de épocas que se remontan al Paleolítico y que perviven hasta bien entrada la Edad Media. Como tantos otros, estos cultos fueron prohibidos por el cristianismo o asimilados. Así es frecuente encontrar leyendas que relatan el hallazgo de imágenes de la Virgen o de algún santo en el hueco de una encina o roble, como ocurre con las varias vírgenes de la Encina bercianas (Ponferrada, Ozuela, Campo y Finolledo). Una clásica tríada es la de encontrar una fuente, una ermita y un árbol, como vemos en numerosos lugares del Bierzo, como en Fombasalla o Castañoso, cuya ermita se halla “a la sombra de un milenario tejo”, al igual que la de San Cristóbal de Valdueza.

Restos del antiguo culto de la fecundidad y materialización del espíritu de la vegetación son los mayos, festejados el primer día de mayo. En el Bierzo hay varios tipos diferentes: humanos, como el que se celebra en Villafranca, en que unos jóvenes se visten de mayos, cubierto su cuerpo de cañaveiras y flores. De tal guisa recorren el pueblo cantando ante cada casa estrofas en gallego, con las que solicitan a los vecinos asomados a los balcones, castañas, nueces, almendras o dinero; y figurativos, cuando el mayo no es mas que una figura o muñeco hecha con palos y recubierta con musgo, ramas y flores (González,1994). También hay auténticos “árboles de mayo”, en los que a veces se colgaban muñecos. En Bembibre se colocaban dos árboles, uno con ropas de hombre y otro de mujer, llamados el mayo y la maya, a cuyo pie bailaba la juventud todos los días del mes. En Palacios de Compludo se descolgaba el muñeco el último día del mes y los mozos lo paseaban pidiendo de casa en casa para hacer una merienda. En Ferradillo, el mayo que salía a pedir por las casas era una representación exacta del muñeco colgado del árbol (Alonso y Diéguez,1984).

Ciertas plantas también eran objeto de culto; y en la mayoría de los ritos para proteger las casas, conjurar el mal de ojo, expulsar los malos espíritus o curar determinadas enfermedades, intervienen siempre algunas plantas, con las que se hacen vahos o fumazos. Sobre los fumazos, que se encendían en muchas casas la víspera de san Juan, quemando plantas olorosas, se saltaba haciendo cruces, pronunciando al mismo tiempo el conjuro: “si eres bruja, te arreniego,/ si eres demo, vaite al inferno”. En Galicia se cree que el roble cura las hernias de los niños. En el Bierzo, el laurel, especialmente el que crece en los atrios de las iglesias y es bendecido el Domingo de Ramos, evita el rayo. El sabugueiro se aplicaba a los “aojados” y a los enfermos de “cuxillo” y erisipela; por ejemplo untando una rama de sabugueiro con agua y aceite de oliva y pasándosela por la parte afectada, sin alentar tres veces. También el acebo se utilizaba para la curación de animales dañados con el mal de ojo, diciendo, al tiempo que se pasaba la rama por el lomo, patas, etc: “logramento che corro/ de sete estados en fondo,/ esta vara d´acebo che poño” (García, 1984).

En los trabajos agrarios, el encontrar una “monforadiña”, especie de albahaca, por un trabajador de la cuadrilla en la labranza del viñedo se acogía con gran regocijo, cantando la canción: “Mi monforadiña,/ mi monforadina/, el que te encontrare/ y no cantare,/ cántaro y medio de vino pagare”. Seguidamente se bebía por la calabaza y se proseguía la faena. Semejante a esto era –la costumbre de cantar el “piñeiro”, planta semejante al “ajo de lobo”. Esta planta se cría en los campos incultos, pero cuando aparecía en la viva, al hacer la cava, celebraban con triunfo su extracción completa, cantando: “Miu piñeiro, miu pineiru/ mio piñeiritu delgado,/ te he de cortar miu piñeiro/ para el eje de mi carro/”, desde el puesto que ocupaba hasta llegar a la altura del ultimo hombre de la cuadrilla. Este le seguía recorriendo el frente ocupado por la cuadrilla, bailando, cantado y tocando con una piedra en su azada, hasta llegar a la altura de otro obrero, que hacía otro tanto, y así hasta realizarlo todos. Luego bebían vino y continuaba la faena (Bouza-Brey, 1982). La sombra de ciertos árboles tiene también sus virtudes. La del castaño y nogal es mala; la del roble, buena.

mitología de la serpiente

Las creencias, leyendas y ritos relacionados con el culto a la serpiente son muy numerosas en todo el Noroeste. En León y Asturias se la suele denominar cuélebre, culebrón, sierpe o dragón; en el Bierzo fundamentalmente sierpe, culebrón, cobra, culobra, quilobra, etc. El origen de este culto es bastante confuso. Algunos autores gallegos, como Cuevillas y Bouza Brey, creen descubrir en el restos de viejos mitos que relacionan con el relato de los ofidios que invaden el país de los Oestrymnios, del que nos informa Avieno en su periplo, y que tendría que ver con la invasión de los Saefes, un pueblo indoeuropeo, que tendría a la serpiente como totem o dios. M. Eliade, cree que los relatos de héroes que se enfrentan con monstruos son pruebas típicamente iniciáticas, que con variantes aparecen en la historia de muchas religiones: “a veces los dragones montan la guardia alrededor de un “tesoro”, imagen sensible de lo sagrado, de la realidad absoluta; la victoria ritual (iniciática) contra el monstruo-guardián equivale a la conquista de la inmortalidad” (Eliade, 1981). En otros casos, el dragon o la sierpe se identifica con el demonio. Los primeros cristianos pintaron a Satanás con forma de dragón, león, lobo.., pero mas frecuentemente con forma de serpiente (Cabal, 1943).

El cuélebre o sierpe es, según M. Alonso, una serpiente alada que custodia tesoros y personajes encantados. Vive en bosques, cuevas y fuentes subterráneas, a veces en las angostas gargantas de los ríos, alojándose en covachas cercanas a recodos fluviales. Atacan a las personas y animales. Sus escamas son tan duras que resisten las armas arrojadizas por lo que su muerte solo es posible hiriéndole en los ojos o en la garganta. Cuando el cuélebre es viejo y ya no puede seguir viviendo en las cuevas tiene que ir volando a la “mar cuajada”, donde viven los cuélebres viejos expulsados de sus viviendas. En el fondo de este mar hay montones de riquezas, pero los hombres no pueden apoderarse de ellas por su estrecha vigilancia. Este mito, probablemente de origen griego, aunque también en la mitología germánica encontramos dragones custodiando tesoros, es semejante al del dragón que custodiaba las manzanas de oro del Huerto de las Hespérides, y al que Hércules mató robándoles las naranjas (Alonso, 1994).

La serpiente, además de con tesoros escondidos, aparece en historias, hagiografías, en leyendas recogidas en los nobiliarios, en relación con los castros, y con seres encantados. En hagiografías, como la de santo Domingo de Corullón, los demonios adoptan forma de serpientes: “alguna vez ocurrió, cuenta san Herberto, que sentado en su guarida de ermitaño, levantando la mirada en contra de los rayos del sol, observaba atentamente su brillo. Y he aquí que se le aparecía un tortuoso Leviatán que se mostraba bajo la apariencia de un dragón ardiente y descendía por los propios rayos precipitándose en un súbito deslizamiento hacia su rostro como si fuera a devorarlo vivo. Y cuando aquel, estremecido, lo vela, como si de una amarillenta serpiente se tratase, se aterrorizaba por completo y casi exánime clamaba con votes anhelantes y oponía a la bestia feroz la insignia de la cruz” (P. Flórez). También en esa forma lo vemos en relación con el descubrimiento de imágenes sagradas. Por ejemplo en Cacabelos se cuenta la leyenda de que persiguiendo a una gran serpiente (otros dicen un gran lagarto)  –materialización del demonio– “que amedrentaba a toda la comarca”, los vecinos consiguieron matarla en su cueva, en cuyo interior se halló la imagen de la Virgen de la Quinta Angustia.

Pero sin duda la mas importante leyenda de este tipo es la de la sierpe de Rupiana, muerta por san Fructuoso. En dicho lugar este monje visigodo había fundado uno de sus tres monasterios bercianos, lugar por cierto que san Valerio, autor de una vida de san Fructuoso, describiría como los jardines de Dafne. Muy cerca del monasterio de Montes se halla la ermita de la Santa Cruz, en cuyo retablo se representa la celebre sierpe. Desde la ermita se contempla el abismo y allá abajo se abre la boca de una cueva legendaria. Es la cueva donde vivía la famosa sierpe, representada en lo alto del retablo de la ermita, y donde se aprecia el ojo del terrible cuélebre. Este vivía en una covacha a orillas del Oza, debajo del castro de Rupiana, y era tal su magnitud que su cola aún estaba en la cueva cuando su cabezota subía hasta las proximidades de la ermita, comiéndose hombres y animales. San Fructuoso libró para siempre a sus monjes y vasallos de este demonio de Rupiana. Se las arregló para ello emborrachando a la sierpe con un gran pan de harina de castañas amasado con jugo de tejo y de apio hasta dormirla. Luego le metió por un ojo, como se aprecia en el retablo de la ermita, un gran madero de castaño aguzado y requemado en fuego hasta abrasarle el cerebro (Alonso, 1994). Con un pan caliente, que por el contrario ha de tomar el joven convertido en león, se vence a la serpiente que guarda a la muchacha encantada en varios cuentos recogidos en la Somoza, como los del “O Mouro” (Poncelas, 1992) y la “Peñas del Nuncio" (Camerana, 1991). Este tipo de leyendas en que aparece una serpiente monstruosa o dragón que extermina a una comunidad hasta que un héroe la mata, lo tenemos también en el cuento de la “Cobra de sete cabezas” (Poncelas, 1992), y como señala Eliade, parece una prueba típicamente iniciática.

En algunos nobiliarios hallamos igualmente el mito de la serpiente o dragón; por ejemplo al hablar del origen legendario de los Balboa, naturales del Bierzo, el licenciado Molina, en el siglo XVI, en su Descripción del Reyno de Galicia recoge esta leyenda:

Aquella pelea–de mucha mención/ entre el león–y la sierpe reñida/ que fue por un fuerte–varón despartida/ por quien de muy grato–se ahoga el león/ dio causa aqueste–sabido blasón/ de caso esforzado–por cierto y de loa/ de donde procede–el solar de balboa/ que en cabo del reyno–vereys su nación”; que luego amplía más pormenorizadamente: “Exemplo de gran gratitud nos dio el hecho de aquel leon que sucedio a este cauallero deste solar; el qual yendo un dia por una montaña deste reyno uio una gran pelea que trayan una sierpe y un leon, al qual la sierpe traya a mal parar, y el cauallero con esfuerzo que tuuo se fue para la sierpe, y la mato”. Esta leyenda se refleja en su escudo nobiliario, del que podernos ver ejemplos en Villafranca, Cacabelos o San Esteban de Valdueza, y que J. S. Crespo, en Blasones y Linajes de Galicia describe así: “En campo de plata un león rampante, de gules, luchando con una sierpe alada o dragón de su color en su flanco diestro, y en el siniestro un caballero armado, que introduce una espada de plata en las fauces de dicha sierpe”.

La función principal de los culebrones o sierpes es la de ser guardiana de tesoros y encantamientos; de ahí su relación con las xanas como ya veremos. Otras veces la sierpe aparece como mujer encantada, compartiendo con los moros el espacio mítico del encantamiento. Para desencantarla es necesario realizar un rito, que la mayoría de las veces consiste en comer un bolo de pan caliente que proporciona una fuerza mágica con la que poder vencer al dragón, como hemos dicho anteriormente, o bien atreverse a besar la serpiente, como se recoge en la leyenda de “As serpentes y la ola de ouro”, en el que un matrimonio del Bierzo, que había hecho una gran fortuna, dispuso conservarla incluso mas allá de la muerte, enterrándola en una olla protegida por un encantamiento y dos terribles serpientes. Pasado el tiempo, un joven del pueblo encontró el libro del encantamiento en el que aparecía el lugar donde se encontraba el tesoro con la fórmula para su desencantamiento, que decía “quen deiquí te quiera sacar, tres bicos che ten que dar”. A la vista de las serpientes, por repugnancia, nadie se atrevía a besarlas hasta que el muchacho, venciendo el asco y el miedo, cero los ojos y beso a aquellas serpientes. De este modo consiguió el caldero con las monedas de oro (Poncelas, 1992).

De algunos culebrones se dicen que sienten la siniestra pasión de comer cadáveres, como el del cementerio de Cacabelos. Es por ello un animal al que se le tiene mucho asco y miedo. Florinda Álvarez cuenta que su abuela le decía que cuando ya nadie vivía en el pueblo de Herrerías de Marciel había una culebra de tal tamaño que parecía una serpiente, con cabeza como la de un gato, y que se metía en los homos de las casas abandonadas, asustando a la gente que no se atrevía a pasar por allí. También es muy frecuente la creencia de que a las culebras les gusta la leche y que a veces se la chupan a las vacas, que la ceden gustosamente pues alivian sus mamas. Sobre su origen, en algunas zonas del Bierzo se piensa que cuando cae un pelo de mujer en agua remansada este se convierte en culebra.

creencias relativas al lobo y el lobishome

Se trata igualmente de un animal mítico –en la mitología romana estaba consagrado a Marte–, cuyas leyendas superan con mucho a las de la serpiente. Se le tiene por animal totémico, también por un animal diabólico al se le relaciona con el espíritu de la vegetación. En la tradición popular gallega y berciana, el lobo es el enemigo principal del hombre, al que este ha perseguido durante siglos hasta su casi total extinción. El lobo es un ser maléfico y endiablado, nocturno y dotado de poderes mágicos e incluso satánicos, como recuerda el dicho berciano: “Ten tres pelos do demo no corpo”. De ahí le vienen sus efectos perniciosos, como poner nerviosa a la gente, erizar los pelos (“poner los pelos de punta”) aun sin verlo, o creer que las armas de fuego no disparan si el lobo las esta mirando. Es de noche cuando puede atacar, tiempo de espíritus y fantasmas. En Aira da Pedra se cuenta que “Enfermou o lobo e llamóu a un médico. E después, claro, doille unas medeciñas y resultó que eran buenas. Y un día, después, avantaron xuntos: se encontraron os dos, ó medico y o lobo; (...) y que le preguntara o medico ao lobo a ver que tal le fueran as mediciñas. Entonces, que le contestara que le fueran muy buenas. Díxole o médico: –Y ahora?, no me comerás... Dice: no, pero, por si acaso anda de día, que la noche es mía” (Camerana, 1991).

El lobo ataca en grupo y produce en el hombre extraños efectos fisiológicos, como la afonía (no puede hablar) o el que se le pongan los pelos de punta aun sin verlo, cuando está cerca. Tampoco es bueno mentar al lobo, su nombre es tabú, pues aparece cuando menos se piensa, por lo que en el Bierzo Oeste, dice M. Rodríguez, se le denomina como “el outro”, “el Perillán”. Cuentan en Carracedelo, que “había una mujer llamada la tía Olaya y tenía por costumbre decir “malos lobos te coman”. Y durante la época de la recolección del grano los vecinos se unían y hacían la maja juntos, en una era comunal. Por la noche se quedaba cada día una persona a cuidar el grano. Y una noche le tocó quedarse a la tía Olaya y vinieron los lobos y se la comieron” (Fonteboa). Su carácter diabólico, según algunos, se manifiesta en que cuando comen
a alguien, dejan siempre como resto el brazo derecho.

En relación con los lobos, en siglos pasados estuvo muy en boga la creencia en la licantropía, es decir la existencia de hombres lobos o lobishomes. Vicente Risco define al lobishome como “el hombre que por una causa mas o menos preternatural o mágica, se convierte en lobo y vive como tal durante un tiempo mas o menos largo, señalándose, por lo común, por su ensañamiento y crueldad, especialmente con los seres de la especie humana”. Según este autor se llega a tal condición bien por ser el séptimo –en algunos casos el noveno– hijo varón de los mismos padres que hayan tenido otros seis hijos varones anteriormente en serie no interrumpida por ninguna hija; bien por sufrir una maldición –fada–, ya de sus padres ya de alguien que le quiera mal. Se trata, pues, de una especie de mal de ojo (Risco, 1994).

En el Bierzo se menciona uno de los primeros casos documentados de licantropía de nuestro país, como recoge Pedro Calatayud en su libro Del comercio de las brujas, publicado en 1754: “En ese siglo acia el año de 20, un hombre transformado en lobo, en cuya figura le vieron muchos, despedazó y mató en los montes, prados y cercanías de Villafranca del Vierzo más de veinte personas, y perdonó a veces a los becerros, bacas y ovejas, se tiraba con una furia infernal a los muchachos, y muchachas, que los cuydaban y oí decir, que saliendo uno armado, y a caballo contra él, huía el cuerpo y declinaba los golpes con destreza propia del hombre, el que era lobo figurado” (cit. en Blanco, 1992).

Según Miguel J. García todas las épocas de crisis producen monstruos, fruto del terror colectivo; monstruos que aunque imaginarios responden a necesidades muy reales y concretas. Uno de esos monstruos es el lobo. En 1868 fue un año funesto: malas cosechas, un invierno terrible, hambre. En Corullón el lobo devoró a tres niños: Dionisio Amigo, de 14 años, el 29 de abril en San Antonio; Manuel Rodríguez Abella, de 9 años, el 30 de mayo en monte Oscuro; y Encamación González de Alba, de 10 años, el 13 de noviembre en la Fócara. Un anuncio del BOPL de 9 de abril de 1869 se hace eco del miedo de la gente: “Esta corporación (Diputación), afectada por las muchas víctimas que ha causado una fiera en el ayuntamiento de Corullón y en vista de las cuatro criaturas que ha devorado esta vez en los días 23 y 24 de marzo ahora en Sobredo y Cabeza de Campo, hace un llamamiento a todos los cazadores del Bierzo. El que consiga presentarla muerta a esta Diputación recibirá 8.000 reales a los 14 meses siguientes para evitar estar seguros que es esa misma fiera. Según dicho autor no se conocen informes médicos, ni del ayuntamiento, ni del desenlace por lo que “mucho nos tememos que ese “lobo” era de los de dos patas” (García, 1983). Se trataría, pues, no de un caso de licantropía sino de simple antropofagia provocada por el hambre.

En ese contexto de hambre y miedo puede situarse el cuento del “lobo da xente” narrado por Floripes Díaz Morcelle: “En unha familia pobre de Corullón a madre fixo, un día, a comida pra todos seus fillos. Unha filla comeu toda a carne da pota nun deixando nada pra os demás. Ao enterarse a madre, enfadouse muito con ela e botoulle “o mal de ollo” dicindolle: ¡Ojalá te convertas en lobo! Y así foi.

Antes secábanse as castañas no monte, en unha cabana, e turnábanse as xentes pra guardarlas. Esta familia tamen tina castañas eilí e un día estaba guardándoas o fillo pequeno cando apareceu “o lobo” eo comeu.

O día siguiente veu outro irmau pra o relevo e viú os restos desfeitos do pequeno. Trepou ao canizo pra poder cazar a animal. Pronto apareceu “o lobo” ieste saltoulle encima e arrancolle dún tirón a pel viendo que era a sua irmá que dixolle: “quiema toda a pel, toda; si deixas un solo pelo, volverei a convertirme en lobo”.

Tiroua ao lume pra desfacer o hechizo pero a piel rebotaba da lume. Despois de muitos esfuerzos, consiguiu queimala toda e levo a asustada irmá pra casa acabando así con as mortes qu´este “lobo” había feito en Corullón: una nina na Fócara, seu irmau, etc (A Curuxa, nº 22).

Convertirse en lobishome no es algo voluntario ni deseado para el que le ocurre tal desgracia, sino consecuencia de una “fada” o de un mal hado; por ejemplo, como hemos dicho, ser el séptimo hijo de unos padres que no tuvieron mas que varones, por tener la osadía de haber nacido el 24 de diciembre o por una maldición, que casi, siempre suele ser temporal. Esto último suele ser el motivo mas frecuente, como reflejan algunos cuentos populares. En Candín se cuenta que “una madre tenía muchos hijos, y entre ellos uno muy goloso, muy zampón. Un día la mujer echó carne para cocer en la olla y aquel rapaz fue y le cogió un trozo de carne. Lo vió la madre y le dijo: parece mentira, que zampón. Dios quiera que te vuelvas lobo siete años, a ver si te hartas de carne”. Y así fue. Pasado el tiempo, ya curado, contaba que en en forma de lobo había bajado muchas veces al pueblo. “Y una vez dijo que estuvo en Peña Tallada, que es un camino que va para la braña. Y decía: muchas veces nos juntábamos muchos lobos y arrollábamos una res que era de un pobre y yo quería dejarlo marchar, pero los otros reñían conmigo y pegábanme. Y decía que vagaba por los montes de por aquí y que cogía a la gente (Fonteboa).

En Burbia se recogió este otro cuento, en el que igualmente el lobishome es consecuencia de una maldición paterna: “Era una muchacha que la echaron sus padres fuera de casa con una maldición: que la comieran los lobos. Y luego la chica pues se echó al monte, con los lobos; pero con la maldición que la echaron los padres, los lobos no la comieron. Y se hizo ella de lobo; cogió la piel y todo de lobo.

Y luego, pues en un pueblo había una casa que secaban las castañas todos los del pueblo, en la casa aquella. Había, así, un desván por arriba...; yo no se - cómo lo harían, pero que secaban muchas castañas. Y luego, pues iban a darle vuelta. Y aquél que iba, la muchacha lo comía; ya no salía más. Y ella, de que los comía, pues se peinaba y se preparaba en la casa aquella, a la lumbre. Y cuando se preparaba, pues tiraba la piel; luego la volvía a poner y era lobo.

Y cuando vino un chico del servicio y le dijeron lo que pasaba en el pueblo, dijo:

–Pues voy a ir yo.

Y la familia no quería que fuera, porque lo comía. Y é dice:

–Pues voy.

Pues voy, pues voy..., pues fue. Fue, hizo la lumbre y se subió a las castañas; y tapó la boca y todo, que ella no oliera nada. Y ella, luego, se puso a peinarse y a prepararse; tiró la piel y era una chica..., ¡bueno! ¡estupenda! Y el bajó despacio, despacio, con todo tapado, que no oliera nada. Como ella tenía pelo largo, se estaba peinando así: cara para abajo. Y el baja, coge la piel y se la tira; había un fuego grande, grande grande grande, y se la metió en el medio del fuego. Y la abrazo bien: así, bien abrazada; porque, si no, la saca. Y dijo ella:

–Mira; si un pelo me quedara de la piel, lo mas grande que lo iba a quedar a ti era una oreja.

Y luego, pues como la piel la quemó toda, pues se caso con ella” (Camerana,1991).