Mitología berciana (1)

JOSÉ A. BALBOA DE PAZ

 

Mircea Eliade señala que los mitos son respuestas a las cuestiones mas profundas y graves de una comunidad, como explicar por ejemplo los orígenes del hombre, su destino, el del mundo, la realidad del más allá, etc. El mito centra su naturaleza en el relato, considerado verdadero y sagrado, de las hazañas de dioses y héroes sobrenaturales, refiriéndose siempre a una creación que explica el origen de todo lo creado, de todas las cosas. Además, el mito, de un modo u otro, es “vivido”, esto es, supone una experiencia “religiosa” por parte de quien habla y de quien escucha, en definitiva de toda la comunidad, pues su finalidad última es el mantenimiento de la cohesión del grupo humano que lo creo. Cuando en las formulaciones míticas opera la necesidad de localizar la acción en un ámbito espacial determinado, nos encontramos con la leyenda. Esta refiere hechos dotados, la mayor parte de las veces, de un trasfondo histórico pero siempre extraordinario, en el que los personajes, envueltos muchas veces en un mundo mágico, son individuos humanos determinados, hombres concretos e incluso vulgares. Para Van der Leeuw la leyenda es un mito que se ha quedado colgado en algún lugar o en algún hecho histórico. Mientras que el mito esta eternamente presente, la leyenda se refiere al pasado. El cuento, por último, lo sintetiza Van Gennep como un recitado maravilloso y fabuloso, en el que el lugar de la acción no esta localizado, es además intemporal, en el que los personajes no están individualizados, respondiendo a un concepto infantil del mundo y en el que hay una indiferencia moral absoluta (Cuenca, 1976).

En el Bierzo abundan los cuentos, existen algunas leyendas pero es difícil hablar de mitos, pues su cultura popular se encuentra hoy en proceso de descomposición, como ocurre también en las regiones limítrofes. Por eso, y refiriéndose a Galicia, Mar Llinares prefiere utilizar el concepto de “imaginario popular”, concepto que no excluye la relación con las construcciones míticas de otras culturas; más bien al contrario, lo imaginario colectivo se construye mediante el pensamiento simbólico o mítico, distinto del racional o conceptual. El acto de imaginación mítica tiende a dar una respuesta a las diferencias que se perciben en lo real, y lo hacen organizando lo real en un todo armónico (Llinares,1990).

Nada hay de singular en ese “imaginario popular” berciano, pues muchos de los mitos, leyendas, cuentos y especialmente ritos, que no son sino restos de un mundo mítico desarticulado o desaparecido, que nos hablan de la pervivencia de ciertos cultos paganos, la existencia de seres míticos (trasgos, ondinas, xanas, rañubeiros) o razas míticas (gigantes, enanos y mas frecuente moros), los encontramos en todos las regiones limítrofes. El Bierzo no constituye, pues, ninguna singularidad, sino que forma parte de un ámbito cultural mucho mas amplio, que probablemente hunda sus raíces en el mundo protohistórico; en concreto en el mismo ámbito cultural y religioso de galaicos, cantabros y astures, sobre el que más tarde se superpondrían la religión romana y el cristianismo.

En laAntigüedad, el Bierzo formo parte de un territorio denominado Asturia, cuyos habitantes, los astures, fueron un pueblo autóctono pero sobre el que se superpusieron elementos culturales –y probablemente étnicos– indoeuropeos y célticos, de manera semejante a otros pueblos del Noroeste. De uno de estos, los galaicos, dice Strabón que no tenían dioses y que sus vecinos daban culto a un dios innominado. Martín de Dumio, en el siglo VI, criticará la superstición de estos pueblos que adoraban las rocas, los árboles, las aguas y las encrucijadas. Estos dos datos han llevado a suponer que los galaicos eran ateos, y que sus vecinos, los astures, tenían una religión de carácter naturalista. Ni una cosa ni otra son ciertas. Como señala Mircea Eliade, el objeto de culto es siempre un dios, independientemente de la forma bajo la que sea representado o del lugar en el que reciba culto. El innombrar a ciertos dioses se debe a que sus nombres eran tabú; el encender velas en los caminos o adorar una roca, por otra parte, no supone que la religión tenga un carácter naturalista, pues lo que se adora no es la roca o el árbol, sino al dios que en ellos se manifiesta por medio de una teofanía (Eliade, 1981).

Los astures eran politeístas y buena prueba de ello es la variedad de dioses que conocemos. En el Bierzo, las lapidas epigráficas citan los nombres de Bodo, Deganta, Mandica, Camenio, Tutela Bolgense y Cossue, a los que podríamos añadir otros conocidos por la toponimia: Candamio (LaCandamia de las Puentes (Igüena), Pico Candanedo en Foncebadon, Candanedo en Santa Marina del Sil); Cemunnos la Cemada (Cadafresnas), Cerneiro (Páramo del Sil); Bodo (además de la lápida que lo menciona, Altar de Bodos cerca de Viñales), Lug (cuesta de Lugo en Camponaraya), Cabar (Cabarcos), Taranis (Pico Tara en Cabarcos, Pico Taragudo en Folgoso de la Ribera, Fuente Taraneiros en Susañe del Sil). De la mayoría de estos dioses no conocemos más que una sola referencia epigráfica, pero de Cossue se han hallado ocho lápidas en la zona de Bembibre, y una en Laciana.

¿Qué relación tienen estos dioses con la organización política y social de los astures? No esta muy claro, pero posiblemente existieron dioses de gentilidad, de gens e incluso comunes a todo el pueblo astur. De estos últimos eran Lug y Taranis; es probable que también Cossue, cuya forma Coso, aparece en otros lugares del territorio astur. Todos ellos son dioses guerreros, asimilados a Marte, dios de la guerra, y al que se le ofrecían sacrificios de animales e incluso humanos, como señala Strabón. La diosa Deganta y la Tutela Bolgense, que aparecen en dos lapidas de Cacabelos, son dos diosas propias de una gentilidad y por tanto con un radio de acción pequeño. Lo mismo podríamos decir de la diosa Mandica (Ponferrada) y tal vez del dios Bodo (Villadepalos). Estos últimos tenían un carácter pacífico y salutífero (Blázquez); velaban por la salud y el bienestar de los miembros de la pequeña comunidad que los adoraba (Miguel y Balboa, 1994).

La inserción del Bierzo en el mundo romano supuso una transformación lenta de sus creencias religiosas. Durante largo tiempo pervivieron los viejos dioses indígenas, como lo demuestran las menciones de los mismos en lapidas de época romana. Según Mangas, “durante el Imperio, cuando estas creencias indígenas eran sostenidas por creyentes latinizados y al menos formalmente romanizados, fueron expresadas siguiendo prácticas romanas, pero aún en esos casos, el indigenismo aflora de manera ostensible; las creencias funerarias son una buena muestra” (Mangas, 1978). Sin embargo, hay cambios evidentes. No solo en el hecho de que las propias lapidas estén escritas en latín, la lengua de los conquistadores, sino que incluso algunos de esos mismos dioses empiezan a sufrir “interpretaciones”, para asimilarlos a los dioses romanos, como sucede con la Tutela Bolgensis, pues Tutela es una diosa romana que se aplica a un pueblo prerromano, los bolgenses.

Mas importante, si cabe, fue la introducción de dioses claramente romanos o difundidos por todo el Imperio, como el Jupiter Dolichenus de la lápida de Villadecanes, el Júpiter Optimo Maximo de la de Torre del Bierzo o el Júpiter de la lapida de los Queledini de San Andrés de Montejos. A estos habría que añadir la generalización de la creencia en los dioses manes que aparecen en numerosas lapidas funerarias, bajo las siglas D.M.S. (consagrada a los dioses manes); la creencia en los dioses lares, como atestigua la lapida encontrada en Castro Ventosa y que se encabeza con un La/Pat, y cuya lectura puede ser La(ribus) Pat(rii); o el culto a Mercurio que refleja el ara hallada en Villar de los Barrios. No faltan, en una zona de numerosos soldados y emigrantes, dioses de carácter oriental y mistérico, que llegan al Bierzo de la mano de soldados, administradores y comerciantes; entre estos dioses tenemos referencias al culto tributado a Isis y Serapis, por una lucerna encontrada en Cacabelos. También con ellos, un poco más tarde, llegarán el cristianismo y otras creencias religiosas de suevos y visigodos, todos los cuales dejaran su impronta en el mundo de creencias de los habitantes del Noroeste.

la pervivencia de cultos paganos

Con la llegada del cristianismo se produce un lento proceso de desintegración del viejo mundo de creencias de los astures romanizados. La conversión a la nueva religión fue un proceso lento de evangelización, en el que no faltaron la represión y la cristianización de antiguas creencias, cultos y santuarios. De la esfera oficial, es decir de las clases altas de la sociedad, desaparecieron los viejos dioses, pero el pueblo los conservó si no como tales dioses sí como seres benéficos en algunos casos, maléficos en otros (diablos o diablillos) y sobre todo siguió practicando los antiguos ritos de fertilidad, curación o apotropaicos. Fernández Conde señala que “los efectos perturbadores y maléficos de los espíritus o dioses indígenas se cohíben frecuentemente a base de conjuros, pero las formulas conjuratorias usadas son siempre cristianas” (Fernández Conde,1981). La influencia del cristianismo en el mundo religioso tradicional se revela también en otros fenómenos puestos de relieve por varios investigadores hace bastante tiempo, por ejemplo procurando desplazar y transformar las practicas y rituales paganos por el procedimiento de la sustitución, lo que podemos ver en el caso de las fiestas. Puede asegurarse que las fiestas celebradas los primeros días de mayo (Árbol de Mayo, Cruz de Mayo) no son el resultado de creencias cristianas sino restos de creencias paganas que o bien pervivieron como tales o fueron cristianizadas. Esas celebraciones recuerdan la fiesta celta de Beltene (1 de mayo) o las Floralia en honor de la diosa romana Flora. Lo mismo podríamos decir de los carnavales, la noche de San Juan, el día de los difuntos, etc. (Mangas, 1978).

De igual modo el cristianismo erigió sus iglesias y santuarios cerca de centros de culto autóctonos. En el Bierzo no es extraño encontramos con ermitas o antiguos monasterios en los viejos yacimientos castreños: San Pedro de Montes en el Castro Rupiana, San Saturnino (Corullón), Santa Bárbara (Borrenes), San Martín (Lombillo), San Juan de Vilarello (Carucedo), San Mamed (Espinoso de Compludo), Nª Sª de la Asunción (Cueto), Nª Sª de Naraya (Fuentesnuevas); o los numerosas referencias a santuarios marianos en montañas o zonas elevadas, casi siempre, como veremos, al pie de una fuente y con algún árbol (tejo, olivo, roble) cerca: Santuario de la Aguiana, el de las Nieves o el de la Virgen de la Peña. Hablando de este ultimo señala el P. Flórez, en el siglo XVIII, “y porque nada vacase en aquel territorio (del Bierzo), hasta los peñascos más encumbrados sirven a algún santuario”.

Prisciliano, de probable origen gallego y obispo de Ávila, comenzó en el 379 a predicar un cristianismo ascético, criticando la conducta licenciosa de los clérigos, lo que le atrajo algunos seguidores pero también muchos detractores, los cuales lograron que se le condenara a muerte en Tréveris en el año 385 junto a varios discípulos, acusados de practicar ritos mágicos, pronunciar conjuros sobre las primicias de las cosechas, consagrar un ungüento con imprecaciones a la luna y al sol; también se les acusó de reuniones con mujeres y de andar de noche, así como leer libros peligrosos y apócrifos en los que sostenían que Dios no es responsable directamente de todo lo bueno que ocurre en el mundo o que es el diablo quien causa los fenómenos atmosféricos. Pese a su carácter herético, el priscilianismo fue un poderoso movimiento de cristianización del Noroeste, aunque sería reiteradamente condenado por diversos concilios. Otero Pedrayo, cree que fue tal vez un movimiento de adaptación de la religiosidad celta al mundo católico y no un ensayo de doctrinas extrañas (Armesto, 1994).

A través de las condenas del priscilianismo conocemos la pervivencia de practicas paganas en esta zona del Noroeste Peninsular, especialmente entre los campesinos, en la época sueva y visigoda. Así, en el I Concilio de Braga, del año 561, se dice: “Si alguno cree que el diablo ha hecho en el mundo criaturas y que el de propia autoridad produce los truenos, relámpagos, tempestades y sequías, como afirmo Prisciliano, sea anatema” (c. VIII); “Si alguno cree que las almas y los cuerpos humanos están ligados a los hados celestes, como afirmaron los paganos y Prisciliano, sea anatema" (c. IX). El II Concilio de Braga, del año 572, recalca la critica y pervivencia de tales creencias: “Si alguno, siguiendo la costumbre de los paganos, introdujere en su casa a adivinos y sortilegios, para que pagan salir fuera al espíritu malo, o descubran los maleficios, o realicen las purificaciones de los paganos, hará penitencia cinco años” (c. LXXI); “No está permitido a los cristianos el conservar las tradiciones de los gentiles ni festejarlas, ni tampoco tomar en cuenta los elementos, o el curso de la luna, o de las estrellas, o la vana falacia de los astros, para la construcción de su casa, o para la siembra o plantación de árboles, o para la celebración del matrimonio...” (c. LXXII); “No esta permitido celebrar las perversas fiestas de las calendas ni entregarse a las diversiones gentiles, ni cubrir las casas con laurel o con el verdor de los árboles, pues todas estas prácticas son del paganismo” (c. LXXIII); “No está permitido al recoger hierbas que son medicinales, hacer uso de algunos supersticiones o encantamientos...” (c. LXXIV) (Vives, 1963).

Este II Concilio estuvo presidido por san Martín de Braga. A instancias de Polemio, obispo de Astorga, se le pidió a aquel que redactara una pastoral sobre el origen y daño de los ídolos, para ayuda de los obispos en el cumplimiento de los preceptos del concilio. Su respuesta seria el celebre De correctione rusticorum, libro que nos permite conocer como todavía en el siglo VII perduraban muchas creencias paganas, que el santo relacionaba con el diablo: “Pues encender velas junto a las piedras, a los árboles, a las fuentes, y en las encrucijadas ¿qué otra cosa es sino culto al diablo? Los actos de adivinación y los augurios y el celebrar el día de los ídolos, (...) Festejar las Vulcanales y las Calendas, adornar mesas y poner ramas de laurel, prestar atención al pie que se usa, derramar grano y vino en el fuego sobre un tronco y poner pan en las fuentes, (...) Que las mujeres invoquen a Minerva mientras tejen, que elijan el día de Venus para sus nupcias y que presten atención a que día se ponen en camino. (...) Hechizar hierbas para encantamientos e invocar los nombres de los demonios al hacerlo, ¿qué otra cosa es sino culto al diablo?” (San Martín, 1981).

En ese siglo en el que san Martín de Braga atestigua la pervivencia de viejos cultos paganos, en las vaguadas de los montes Aquilianos iniciaba san Fructuoso su labor cenobítica, erigiendo los monasterios de Compludo y Rupiana, este en el castro rupianense; labor que tras la conquista musulmana reemprendería san Genadio. Durante los siglos IX al XI se construirían hasta un total de 37 monasterios, con numerosos monjes, a los que habría que añadir el sin número de eremitas que hacían oración en las cuevas de aquellos montes, por lo que con razón pudo llamar a esta comarca el P. Flórez la “Tebaida Berciana”, comparando la fiebre ascética y mística de los monjes bercianos con los de la Tebaida Egipcia. Lo curioso, señala Atienza, “es que todos los indicios llevan a la sospecha fundada de que aquellos lugares fueron zona sagrada por lo menos desde las migraciones celtas y que los dos picos que dominan la comarca, el Teleno y la Aquiana, fueron montes sagrados desde tiempo inmemorial”. De uno de estos monjes del siglo VII, Saturnino, que procedía de “lejanas tierras”, buen cantor de salmos, constructor de monasterios y oratorios, todavía “tenía tiempo para realizar milagros de curaciones instantáneas o recuperaciones de paralíticos y hasta actos paranormales como conseguir que las puertas se abrieran solas a su paso. Claro que Valerio, que es quien nos da la noticia –como buena parte de las demás noticias sobre esta aventura mística colectiva– le trata de soberbio, de ladrón y de apostata y cuenta de él que, en un acto de orgullo, se emparedó en una cueva y “sin que nadie que velase por él, como estaba solo, le atacó el diablo, atormentándole día y noche, hasta que logró la victoria sobre el monje” (Atienza,1984).

Aunque el Tumbo de Montes nos habla todavía en el siglo X de pervivencias paganas (en 930 el conde Cidiz dona al monasterio bienes en Borrenes por su alma “et pro uno meo filio que obiit pagano” ), lo cierto es que en la Edad Media el Bierzo se llena de iglesias y monasterios, signo de su completa cristianización. Por entonces, siglo XII, sobresalen en santidad monjes y eremitas como san Florencio, san Gil de Casayo y santo Domingo de Corullón, todos monjes de Carracedo. Santo Domingo fue además un eremita de vida austera que únicamente se alimentaba de agua, pan y hierbas, y al que perseguía impagablemente el demonio, apareciéndose primero en Carracedo y luego en su cueva de Corullón. Dice san Herberto, en la vida de aquel santo, que un día le salieron al paso tres espíritus bajo la apariencia de ladrones. Era el demonio que trataba de inferirle miedo. A veces los espíritus malignos le azotaban, y en ocasiones se le aparecían bajo la forma de dragón o serpiente (Flórez, 1762).

Esta cristianización del Bierzo no significa que se hubieran olvidado las viejas creencias, que se mantenían en el inconsciente colectivo y se manifestaban en ritos, conjuros o exorcismo. Las constituciones sinodiales del obispo de Astorga don Pedro de Rojas, de 1595, mandan a los curas que enseñen la doctrina cristiana a sus feligreses, “dexando cosas curiosas y obscuras que no aprovechan al bien espiritual de las almas, y cosas inciertas, falsas o supersticiosas”; por ejemplo, “no permitan usar de ninguna superstición en las dichas procesiones, como son quando las hacen por falta de agua sacan imagenes y reliquias con ellas, y las suelen meter en fuentes o ríos, y las piden favor para que llueva, y que de otra manera, no las sacan del agua, y pasando por álamos, ciruelos y otros árboles, especialmente la noche de San Juan” (...); “ni nadie cure con salmos y bendiciones, sin ser primero examinado de las palabras que dice, y de la forma que guarda en ellos (...)”; “Todos los hechiceros, agoreros y sortílegos, y adivinos, y los que van a ellas para que les manifiesten las cosas pasadas o futuras, o otras cosas, sean descomulgados y castigados por todo rigor...” (Constituciones, 1595).

Los visitadores eclesiásticos extremaban su celo para que se cumplieran las obligaciones de los fieles, especialmente asistir a misa. En el siglo XVI un acta de visita de la iglesia dc Nª Sª de la Plaza de Ponferrada dice que “los feligreses no impedidos de la parroquia tenían la obligación de asistir a misa entera los domingos y fiestas de guardar. De lo contrario tenían que pagar una multa de un real”. Multas se imponían también por trabajar en domingo. A la iglesia había de irse decentemente, por ejemplo un acta de 1735 en Ponferrada manda “que ninguna persona entre en la iglesia con gorro sin grave causa, pena de excomunión”; pena que también se impone en 1751 en otra acta de la iglesia de Villafeile (Balboa): “y vaxo la misma pena este cura no permita en su yglesia persona con pelo atado, rreal ni gorro”. Penas muy duras se imponían a los que hacían exorcismos o prácticas de curación. Un acta de 1716 de Villafeile manda que ningún clérigo mercenario sin licencia del obispo “exsorcice ni conjure a ninguna persona que dijere que esta achicada o endemoniada, ni le agan ni le echen escriptos...” Dos actas de Pereda de Ancares nos muestran la existencia de curanderos de métodos poco ortodoxos: Una de 1735 dice “que en algunos de los lugares de esta feligresía havia algunas personas que se entremeten a curar diferentes males con modos impertinentes y supersticiosos...”; y otra de 1745 pide a los curas de la parroquia de Pereda si saben “que Geronimo Lopez, vezino de Solbeira, cura enfermedades, o dolencias, ya sea razionales o irrazionales, con oraciones, ensalmos y bendiciones, como pasta aqui lo a acostumbrado...”. En Burbia, en 1799, los vecinos de este lugar ponen una demanda a su párroco “por el ningún cumplimiento de las rogaciones que se hacen anualmente en todas las parroquias por el mes de mayo, para la conservación de los frutos” Como vemos, la pervivencia de cultos paganos puede rastrearse en la documentación hasta nuestros días y, por supuesto, todavía permanecen en el imaginario colectivo de muchos bercianos.

culto a los montes y las piedras

La dureza, la rudeza, la permanencia de la materia constituyen para la conciencia religiosa del primitivo, según Eliade, una hierofanía. Dicho autor añade que los hombres no han adorado las piedras en tanto que piedras; mas bien se debe a lo que incorporan y expresan, es decir, una roca, una piedra, son objeto de devoción y respeto porque representan o imitan algo distinto para el hombre. Las han adorado o las han usado como instrumentos de acción espiritual, pues servían para obtener algo, para asegurarse la posesión de algo (Eliade, 1981). El culto a los montes, los megalitos funerarios, las piedras fertilizadoras, las piedras horadadas o las del rayo estuvieron presentes en toda la cultura del Noroeste desde la Antigüedad hasta nuestros días.

Respecto a los montes, señala Eliade, que no se trata de un culto en los montes sino a los montes. Justino habla de un Mons Sacer en Gallaecia, abundante en oro, en el que era sacrilegio cavar allí con instrumentos de hierro; solo se cogía el oro cuando el rayo rasgaba sus alturas. El topónimo Monte Sacro o Pico Sacro es frecuente en Galicia; también en el Bierzo algunos de sus montes tienen una larga tradición sacra, por ejemplo el Pico Tara de Cabarcos y especialmente la Aquiana, monte en el que se halla el Campo de las Danzas, del que la tradición cuenta que las mujeres astures danzaban desnudas en las noches de plenilunio alrededor del fuego, para que no se agostase en los varones el ímpetu generativo de perpetuar la especie (Alonso, 1994). Este monte fue refugio de eremitas (la Tebaida Berciana) y en su cima existieron dos capillas, una para la Virgen de Peña Aquiana y otro para la Virgen de la Guiana, cuyas imágenes se subían en procesión desde Villanueva de Valdueza y Montes de Valdueza respectivamente al comienzo de la primavera para volver a bajar en el otoño. Lo mismo podríamos decir de otros muchos santuarios emplazados en peñas o montes, como los de la Virgen de la Peña (Congosto), la Virgen de Fombasalla (Paradaseca), la Virgen de las Nieves (Anllares), etc. Hay incluso una leyenda, la de las siete hermanas, recogida por Alonso Ponga, que relaciona todos estos santuarios, más los de la Quinta Angustia de Cacabelos y la Virgen de los Escallos en Valdueza (Alonso y Diéguez,1984).

Pero además de un culto a los montes también hubo un culto en los montes, pues en ellos residían o se producían teofanías de los dioses prerromanos. Son los dioses del cielo, que se manifiestan a través de los fenómenos metereológicos: trueno, rayo, tempestad, meteoros, etc. Así al dios celta Taranis, asimilado a Júpiter, se le adoraba en las montañas, como también ocurría con Júpiter Candamio o Marte Tileno, cuyo recuerdo ha quedado en la toponimia de Tarna en Asturias, la Candamia leonesa o el Teleno, en cuyas inmediaciones apareció una placa dedicada al Marti Tileno. La toponimia berciana que alude a esos dioses ya la hemos visto anteriormente.

Las cuevas también fueron objeto de culto. En el Bierzo se relacionan con tesoros ocultos y con la raza mítica de los moros, de los que hablaremos en un próximo capítulo, pero muchas fueron posteriormente cristianizadas. Ya hemos hablado de la presencia de eremitas en ellas; de algunas tenemos incluso constancia documental. Así, de la de San Genadio, en el Valle del Silencio, tenemos noticia del siglo XVI de antiguos exvotos que se ponían a la entrada. En el siglo XIX la gente acudía en la noche de san Juan a recoger polvo como remedio para las calenturas; en la de Ruitelán vivió también como eremita san Froilan, patrón de León, adosándosele después una ermita; en la “cova do frade” de Corullón vivió Santo Domingo, monje de Carracedo; en Cadafresnas existe una caverna donde se han encontrado exvotos de losa, etc. (García,1984).

Un caso de cristianización de una de estas cuevas es la leyenda que refieren en Tremor de Arriba acerca de la ermita de la Virgen de la Casa, erigida a unos diez kilómetros del pueblo, en una pradera entre montañas en la que se levantan piedras aisladas de extrañas formas. Una de ellas es una gran roca de más de diez metros de altura con una bóveda que sirve de refugio a los pastores. Se cuenta que una vez al levantarse, hace muchísimos años, unos pastores vieron que alguien se había lavado en su palangana. En otra ocasión, un día frío de invierno, guardaron en aquella cueva el ganado y se fueron a otro refugio. A medio camino vieron luz en la cueva, regresaron y se encontraron con una pequeña y hermosa mujer que estaba lavándose la cara. Asustados, la dama les calmo diciendo que ella era la que había usado su palangana, tras lo que desapareció. Cuando regresaron al pueblo lo contaron a sus vecinos incrédulos; pero al invierno siguiente, a otro grupo le sucedió lo mismo. Después de lavarse la cara, la mujer les daba las gracias. Esto sucedió varias veces. Un día en lugar de aquella señora apareció una pequeña imagen de piedra. Los vecinos de los pueblos de los alrededores construyeron allí una ermita, a la que se sube en peregrinación todos los 15 de agosto.

Respecto a las piedras, Miguel J. García, siguiendo a Eliade y Taboada, las clasifica en funerarias y protectoras (García, 1984). Funerarias son los amilladoiros o montones de piedras formadas por los peregrinos en determinados lugares como en la Cruz de Ferro (Foncebadón), que en época romana fueron asimilados a Mercurio (Montes de Mercurio, como recuerda una lapida hallada en las cercanías, entre Lombillo y Villar de los Barrrios) y a los laces Viales. En el mundo grecorromano los montones de piedras se formaban en las encrucijadas probablemente por ser Mercurio, el protector de los viajeros, padre de los dioses Lares, encargados de velar particularmente en las dichas encrucijadas y en ciertos lugares domésticos. Otros ven en esos montones, en los que los viajeros arrojan las piedras, un rito de purificación (Eliade,1979). Atienza, cree que es un pago a la divinidad: “En lugares como este puerto de Foncebadón, se trata de propiciar un camino peligroso y difícil que se avecina. O se trata también de un tributo depositado a la entrada de un espacio particularmente sagrado” (Atienza, 1984).

Las piedras protectoras pueden ser:

Piedras de termino, por ejemplo las Piedrafitas que rodean al Bierzo (Piedrafita del Cebrero, de Babia, Cabrera y Compludo) que estarían delimitando demarcaciones tribales. Los mojones de las fincas tienen un sentido idéntico, además del carácter protector del campo, de ahí las terribles sanciones a los que los mueven y cambian de sitio.

Piedras del rayo: se las supone producidas par la caída del rayo. Algunos creen que éste al caer penetraba siete estados o varas en la tierra, surgiendo a la superficie siete años después. Se las tiene por amuletos que protegen a las personas y casas de las tormentas; también preservan a personas y ganado de ciertas enfermedades.

Piedras de azar: fragmentos de altar de iglesia o de “monumentos antiguos”, que actúan contra el mal de ojo.

Peñas o piedras furadas, de finalidad salutífera, pues curan a los enfermos al pasarlos por el hueco de las mismas, como las que hay en San Martín de Moreda, Tremor de Arriba o Villablino.

Piedras insculturadas, como la roca de “Fonte Lameira” (Corullón) que presenta incisiones semejantes a huellas (creencias sobre apariciones de Virgen en aquel lugar).

Piedras fertilizantes, como la de Castrohinojo (Cabrera) llamada el “morrillo del extremadero", donde las mujeres se frotaban la barriga para ser fecundadas, y que con ironía comenta Matías Díez que no falla nunca “si luego se va al monte”.

Piedras de la salad, como las que se encuentran cerca de algún camino y que “nunca hubiesen sido movidas”. Servían para curar ciertas dolencias, invocando al peñasco. En San Fiz y San Sadurní, municipio de Corullón, había sendos peñascos a donde iban los traumatizados, reumáticos, etc. invocándolos de esta manera: “Pena que nunca fuche movida cúrame esta perna, costilla, mano, etc. Un padrenuestro e un Avemaría pra que me quites esta porquería" (Rodríguez, 1995). En Corullón, en el barrio Piñeiro, hay otra piedra de la salud, a la que se invocaba así: “Pedra que nunca fuche movida,/ quitalle o aberto y o´escaño y o aire/ da persona (Nombre), do brazo (o parte dañada)” (García,1984).

culto a las aguas

El medio acuático ha inspirado a los hombres de todas las épocas un sentimiento de veneración. Las aguas simbolizan la totalidad de las virtualidades; son fons y origo, matriz de todas las posibilidades de existencia. Principio de lo indiferenciado y virtual, fundamento de toda manifestación cósmica, receptáculo de todos los gérmenes, las aguas simbolizan la sustancia primordial de las que todas las formas nacen y a las que todas las formas vuelven por regresión o por cataclismo. Existieron en el comienzo y reaparecen al final de todo ciclo histórico o cósmico. Por ello, el simbolismo de las aguas implica tanto la muerte como el renacer. En este ultimo caso, la inmersión en el agua simboliza la regeneración total, el volver a nacer –de ahí el bautismo cristiano. El agua confiere un nuevo nacimiento por un ritual iniciático; por un ritual mágico, cura; por rituales funerarios, garantiza un renacimiento postmorten. El agua es el símbolo de la vida, fecunda la tierra, los animales, la mujer (Eliade, 198 1).

El culto a las aguas, a la fuentes, ríos y seres que en ellas habitan estuvo muy extendido en todo el Noroeste en la Antigüedad. En el Bierzo tenemos las aras a la diosa Deganta y la de las ninfas Camenas, en ambos casos diosas relacionadas, según Blázquez, con las aguas. A su culto se refiere, como hemos visto, san Martín de Dumio en el siglo VI y las constituciones sinodiales en siglos posteriores. También existen numerosas leyendas que refieren la existencia de seres de vida acuática, como las ninfas, xanas, ondinas o mouras.

En relación con las aguas aún se conservan ceremonias de sentido profiláctico, como el baño de personas y ganado en la noche de San Juan para purificarse, pues se supone que ese día el agua está bendita. En la Cabrera “es creencia que San Juan tiene influencias sobre los ganados y a esa hora de las doce de la noche (...) bajan de la sierra los rebaños para bañarse en el rió, y es que sus aguas esa noche, son aguas confortantes, benditas de misterioso poder. El río, esa noche, posee el secreto de preservar de todo mal durante el año, al ganado que se ha bañado en sus aguas También en esa noche hacían las mozas solteras la prueba de la virginidad: “...bajan al río y sobre sus orillas tienden un tronco resbaladizo, y todas las mozas que han de tomar parte en la prueba tienen que pasar sobre él, de orilla a orilla, a pie descalzo. La que resbala y cae es que alguna mancha empaña su condición de virgen” (Aragón,1921).En Dragonte, el día siguiente de San Juan, la gente se lava la cara con el agua donde antes de salir el sol se puso una rosa, para tener suerte todo el año. Es la llamada en algunos sitios “flor del agua”, que proporciona hermosura, concede felicidad y un buen marido, además de contener propiedades curativas. En esa misma noche al rocío se le considera bendito, pues adquiere virtudes curativas, de ahí que algunas gentes se revuelquen en él, para curar ezcemas u otras enfermedades de la piel. Así, en Burbia los jóvenes dormían al sereno y en Anllares se tomaba el rocío para preservarse del asma. En el Bierzo y la Cabrera para preservar las prendas de la polilla, se sacaban las mantas y cobertores al rocío en la mañana de San Juan (García, 1984).

La veneración de las fuentes fue uno de los cultos mas importantes en el mundo grecorromano, siendo célebres por sus propiedades algunas de ellas. En la mitología romana, Fons, Fontus o Fontanus representaban el genium o numen aquae, o sea el espíritu divino que residía en los manantiales de agua potable. Las fuentes eran celebradas anualmente en Roma en las ceremonias religiosas llamadas fontanalia, durante las cuales los pozos públicos se adornaban con flores y lo mismo se hacía con las fuentes a las que se arrojaban coronas. En la Península Ibérica han persistido hasta nuestros días diversas formas de expresión del culto, particularmente referido a las fuentes, de lo cual se conservan multitud de aras votivas que señalan la existencia de númenes a quienes se ponía en relación con aquéllas. Muchas serían posteriormente, cristianizadas (Bouza-Brey,1982).

En el Bierzo existen varias fuentes de origen romano, como las de Campo y Villanueva de Valdueza. Otras están relacionadas con anfibios y peces, como la de la “Salamandra” (Manjarín), Fuente del Sapo (Igüeña) o la de la “Trucha” (El Acebo). Según Atienza, “truchas y muérdago son signos propios y específicos de,los druidas”, y acebo y muérdago designan la misma planta parásita considerada sagrada por  los celtas Muchas fuentes tienen propiedades salutíferas, como la Fuente de la Salud (Cacabelos), Fuente de la Salud (Noceda),Fuente de la Furrusia, Fuente de la Ferruna (Igueña), Fuente del Azufre (en Ponferrada, donde hubo un balneario, y en Noceda). A las aguas que nacen cerca de la ermita de Nª Sª de la O de Paradasolana acudían antiguamente mucha gente a tomar las aguas. Topónimos como Focebadón (fons sabatonis), Fontoria (fons aurea), Fuente Sagrada (Leitariegos), ilustran este carácter salutífero. En otros casos se las relaciona con apariciones. A la de Albares, la Fuente del Cubillo, nadie se atrevía a ir de noche, pues existía, el rumor de apariciones sobrenaturales. Se cuenta de un mozo del pueblo que, por una apuesta, fue de noche a la fuente, encontrándose con la Santa Compañía; se salvo porque uno de los difuntos era su padrino (Rúa y Rubio,1986).

Uno de los rasgos mas frecuentes es encontrar asociados la triada fuente-iglesia-árbol, especialmente ocurre esto con muchas de las ermitas dedicadas a san Juan, del que Caro Baroja cree que la hagiografía cristiana hizo que sustituyese y unificase siglos atrás los diferentes númenes acuáticos. En el Bierzo son muy numerosas las iglesias y ermitas, al pie de una fuente; por ejemplo, la fuente que mana al pie de la ermita de las Chanas (Noceda), de la que dicen los viejos que tiene la virtud de dar novia a los que deseen casarse, siempre que sin alentar beban siete sorbos del preciado líquido. El santuario de Trascastro (Fornela) se encuentra al lado de una fuente, como reza la canción: “A vos Virgen de Trascastro/ ¿dónde fuiste aparecida?/ En el campo de Melandriegas/ al pie de una fuente fria”.

Los ríos fueron considerados seres vivos poderosos, a los que se han de hacer ofrendas o a los que se les habla pidiéndoles cosas. Los exvotos de espadas halladas en el Esla y en el Sil se han entendido por López Cuevillas como un tributo a estos ríos divinizados. La creencia en las propiedades profilácticas de los ríos la confirma el que hasta no hace mucho tiempo, las madres de Paradiña llevaban a sus hijos enfermos hasta el puente de Sin Martín de Moreda (río Ancares) de noche, sin que nadie los viera. Se atravesaba tres veces tirando cada vez una piedra blanca y rogando por su salud. (García,1984). También las aguas de los lagos guardan leyendas, como la de la ondina Caricea, en Carucedo, o el de la mítica ciudad de Lucerna también en ese lago.