Alquimias y milagrerías

JUSTO MAGAZ

 

una ciencia oculta

Las artes de la Alquimia tienen una larga tradición que se remonta a los tiempos oscuros; durante la Antigüedad tuvo un gran desarrollo, llegando a Europa en la Edad Media a través de los árabes españoles. La Alquimia es un saber oculto y secreto; para algunos, una parte de la Filosofía natural cuyas operaciones y conocimientos solo son transmitidos a los hijos de la luz. Es ciencia que enseña a transmutar las sustancias y a transformar los metales bajos en verdadero oro y plata. Su finalidad es la búsqueda de la piedra filosofal o elixir.

Las descripciones que de la piedra filosofal hacen los tratadistas nunca son precisas, dado su deliberado hermetismo; unas veces hablan de ella como de piedra sólido, capaz de transformar los metales como el plomo, estaño o cobre, hierro y mercurio en metales preciosos; otras veces afirman que es polvo sutil, que sirve para proyectarlo sobre los metales innobles y transmutarlos en oro. Tampoco aclaran si la piedra filosofal y el elixir son la misma sustancia, pero a una y a otro le atribuyen propiedades y funciones distintas: la piedra actúa sobre los minerales y el elixir sobre los individuos. Para unos el elixir es la misma piedra filosofal reducida a agua mercurial. En cuanto materia inanimada, la piedra filosofal es la sustancia excelsa de todos los filósofos, que posee naturaleza sutil y noble, oculta a los ignorantes y a los indignos.

El elixir es el elemento purificador de los cuerpos, y tiene virtudes más eficaces que todas las medicinas de los médicos, porque es capaz de sanar toda enfermedad que proceda del calor o del frío, mantiene intacta la salud, ayuda a conservar la fuerza y la eficacia. Se trata de una medicina que a través de operaciones manuales secretas y mediante el empleo del calor del fuego confiere a los cuerpos la salud plena. Es la medicina que ha de ser buscada antes que todas las otras medicinas, y que todas las riquezas del mundo, porque quien la posee tiene un tesoro incomparable. Por eso mismo es también de naturaleza oculta.

De cualquier modo, bien bajo la modalidad de materia inanimada o de materia orgánica, la piedra filosofal y el elixir de los alquimistas entroncan con el sentir popular acerca de numerosas creencias sobre los efectos benéficos de materiales, a veces fabulosos –como puede ser el cuerno del alicornio–, o de líquidos, aunque sean modestos brevajes, pócimas y ungüentos que utiliza la medicina popular.

El carácter secreto de esta sabiduría es una nota característica que destacan todos los alquimistas. La obtención de oro artificial podía ocasionarles graves peligros, y hasta la mera sospecha de haber descubierto el secreto para su elaboraci6n resultaba extremadamente peligroso, porque quedaban expuestos a la avaricia de príncipes y personas de mala voluntad. Por eso los alquimistas no deseaban compartir con otros sus conocimientos, que podían ser de incalculable valor, y los rodeaban de un absoluto misterio. Acostumbraban a expresar sus teorías mediante un lenguaje enigmático, mezclándolo con toda clase de alegorías, metáforas, alusiones y analogías. Debido a tales expresiones crípticas nunca existe certeza absoluta de saber silos textos alquímicos describen experimentos prácticos o si solo expresan alegorías en un lenguaje simb6lico.

tratados de la alquimia hispánica

En torno al Toledo de los siglos XI y XII, abigarrada síntesis de culturas, surgió una floreciente alquimia hispánica, cultivada por importantes tratadistas y traductores, nacionales y extranjeros, que se dieron cita en la ciudad del Tajo. Este foco floreciente, desarrollado en torno a alquimistas de origen árabe y judío, irradió a los territorios del norte y se extendió por Europa. Eran los tiempos de Hugo de Santalla, ese medico medieval, mitad científico y mitad mago, cuya adscripción al Bierzo no ha sido todavía probada, como bien quisiera Ramón Camicer. Hugo de Santalla reunió en sus escritos toda una síntesis de la renovada alquimia medieval, ocupándose de las predicciones meteorológicas, o del arte de adivinar por puntos y rayas. A el se debe una versión de La Tabla Esmeralda o Tabula Smaragdina que, hasta 1923 en que se descubrió el texto árabe, era prácticamente la única conocida por la tradición occidental.

La Tabla Esmeralda constituye un texto fundamental de la tradición alquímica, ampliamente comentado a través de los siglos por todos los estudiosos de las ciencias ocultas. La tradición atribuye la autoría de la obra a Hermes. Su descubrimiento se atribuye a Sara, la mujer de Abraham, y dice la leyenda que en su forma original se encontró en una cueva, escrita en caracteres fenicios, sobre una lámina de esmeralda. Está escrita en un lenguaje alegórico, con profusa utilización de expresiones herméticas, difíciles de comprender. Quienes se han ocupado de interpretar el texto consideran que en la Tabla se expresa la idea de que los poderes del alma cósmica se pueden concentrar en la piedra filosofal, poderes que capacitarían las transmutaciones.

Sin embargo, el texto más antiguo de la alquimia occidental es la Schedula diversarum artium, atribuida a un monje llamado Teófilo, en la cual se diferencia el procedimiento árabe del procedimiento hispánico para la obtención de oro. Según el modo árabe el oro se acrecentaba añadiendo a este metal noble cobre rojizo; el procedimiento hispánico resultaba mas complejo, porque, además de cobre rojo, requería vinagre, sangre humana y polvo de basilisco. El basilisco era un reptil de extrañas características, con un poderosísimo veneno, y que en algunas iconografías medievales se representaba en forma de pájaro reptil con cresta de gallo y cuernos. Según creencia de los alquimistas, este animal mataba a los metales y los convertía en plata y oro.

Otro texto de gran interés, estrechamente relacionado con la tradición alquímica, es el titulado Doce Experimentos con piel de serpiente pulverizada, obra de Johannes Paulinus, también conocido como Juan Hispano. Trata de los secretos para curar las enfermedades y preservar a las gentes de ciertos peligros. La serpiente constituye el símbolo más significativo de la renovaci6n cíclica de la existencia, porque, según creencia popular, a través de los sucesivos cambios de piel, se rejuvenece constantemente. Por eso mismo, se consideraba que los polvos de serpiente tenían propiedades maravillosas, virtudes preventivas y curativas; permitían adivinar el futuro, vislumbrar los secretos ocultos, preservar de venenos, y además asegurar el amor de las mujeres.

Está todavía por realizar el estudio sobre la alquimia en el Bierzo. Quiero decir con ello que nada se ha hecho aun por estudiar la influencia que los tratados alquimistas han ejercido en el pensamiento, creencias y convicciones de las gentes bercianas. Estoy convencido que un estudio de la obra de los escritores bercianos, religiosos o laicos, eruditos o legos, revelaría ideas y opiniones tomadas o relacionadas con la tradición alquímica. Tales ideas y creencias se pueden apreciar todavía en la tradición cultural de nuestros pueblos en forma de sortilegios, leyendas, remedios caseros, exorcismos, etc. Todavía muchos ancianos hablan de la sabiduría contenida en un misterioso Libro, que muy pocos han visto, siendo más los que han oído hablar de él. Se trata del Libro de San Cipriano, también conocido en el noroeste como Ciprianillo, y que ha sido muy estimado entre buscadores de tesoros, coutadores y curanderos. Constituye el tratado más reciente que ha llegado hasta nuestros días, cuya vinculación con la alquimia es innegable, y cuya influencia ha sido enorme en aquellos lugares y poblaciones donde perviven los restos de creencias populares, supersticiones, mitologías, especialmente en las zonas lindantes con Galicia.

los aparatos y las operaciones alquímicasñl

Todo alquimista precisa un laboratorio donde reunir diversidad de aparatos con los que practicar experimentos, ensayos y pruebas tendentes a reducir los metales a oro y plata y a obtener una sustancia benéfica para la salud. Entre los aparatos que no pueden faltar en un laboratorio de alquimista se hallan hornos de varios tipos, sublimatorios, crisoles y alambiques. Los hornos los utilizaban en operaciones de distinto tipo, pero sobre todo para la calcinación. La calcinación consiste en obtener polvo fino por medio de la combustión de un material sólido. El polvo puede obtenerse también a través de maceración, pero en este caso el polvo continúa manteniendo su estado mineral; como no implica cambio de sustancia, el polvo así obtenido no es valido para el alquimista, porque lo que mueve su ánimo es el cambio de estado de los metales. Era creencia común entre los alquimistas considerar que disponiendo de una temperatura suficientemente elevada alcanzarían más fácilmente la transformación de los metales; para conseguirlo insuflaban aire en la combustión mediante soplillos; de ahí les viene a los alquimistas el apodo despectivo de soufleurs (sopladores).

Un horno distinto es el athanor; éste se construye para mantener siempre continuo el fuego, e introducir en él, llegado el momento, la piedra filosofal o el elixir. Su interior posee un recipiente lleno de cenizas, y en medio se coloca la vasija con la sustancia que se desea mantener permanentemente caliente.

Para la sublimación de los metales se utiliza un horno diferente, denominado sublimatorio. La sublimación consiste en calentar una sustancia hasta evaporarla, y a continuación, por enfriamiento, en condensar el vapor hasta dejarlo en estado sólido. El horno de sublimación tiene de particular una barra de hierro en sentido transversal, situada a unas cinco pulgadas del fondo; en el interior del horno se introduce una vasija de cristal, redoma, con la sustancia que va a ser sublimada, colocada sobre un soporte de hierro, pero sin tocarlo. Por la parte superior se cierra con un disco de hierro preparado para que pueda sobresalir el cuello de la redoma y expulsar los gases de la combustión. Sobre la boca de la redoma se ajusta un receptáculo cónico que recoge la sustancia sublimada.

El crisol de los alquimistas es un recipiente de arcilla empleado en la fusión de metales; ha de estar hecho de arcilla muy resistente para soportar el fuego de la combustión; podía ser de una pieza o de dos. El crisol compuesto consistía en una vasija inferior sobre la que se colocaba la superior con el fondo perforado; en este se introducía la ganga (metal con impurezas) y el fundente; calentando el horno, el metal se derretía descendiendo al crisol inferior y dejando arriba la escoria.

Los alambiques eran especialmente utilizados para la destilación, pero también para la sublimación. El alambique consiste en dos recipientes unidos entre sí por un tubo de liberación. En el primer recipiente, llamado redoma o cucúrbita, introducían el liquido de la destilación; el segundo recogía el producto, una vez condensado. Las diferentes uniones del alambique se sellaban con una pasta especial hecha de harina o arcilla, y que con el tiempo se llamó, en el lenguaje pomposo de los alquimistas, arcilla de filosofo o arcilla de la sabiduría. La destilación por medio de alambiques la practicaban los alquimistas para la obtención de ungüentos, aceites y esencias. Un alambique especial de doble reflujo lo llamaban pelícano por la semejanza con este animal; estaba formado por cucúrbita y crisol, unidos ambos por dos asas, y se empleaba para destilar una sustancia repetidas veces. El resultado mas espectacular de la destilación en alambiques fue la obtención del alcohol, hecho que tuvo lugar en el siglo XII. Como resultado de múltiples destilaciones del alcohol los alquimistas hablaban de obtener el aqua ardens, sustancia próxima al elixir, que según creencia curaba todos los males.

prácticas alquímicas en el bierzo

La búsqueda de oro en el Bierzo tiene una larga historia, que se remonta, por lo menos, al tiempo de los romanos, y continua hasta tiempos cercanos con las aureanas del Sil. Sin embargo, no se tiene constancia de practicas alquímicas en el Bierzo para obtener oro artificial. Sí existe, en cambio, una larga tradición en la transformación de los metales. El origen de la actividad metalúrgica en el Bierzo puede rastrearse en la Edad Media a través de los tumbos y cartularios monásticos. Pero las noticias fidedignas mas antiguas son del siglo XV, con la confirmación de las herrerías de Ponte Petri y San Vitor en la merindad de Aguiar. La historia de las ferrerías bercianas puede seguirse en la obra de J. A. Balboa. Aquí solo nos interesa resaltar las similitudes del saber de los ferrones con el arte de la alquimia.

El elemento más importante de las ferrerías era el horno –que ya hemos visto entre los aparatos de laboratorio de los alquimistas–, en el cual se producía la reducción de los óxidos de hierro a metal. Este proceso se llevaba a cabo utilizando carbón vegetal como combustible, que se mezclaba con la mena o vena, así llamado el mineral de hierro. Con el fin de facilitar la reducción se provocaba monóxido de carbono insuflando un chorro de aire mediante barquines, aparatos que recuerdan a los soplillos del alquimista. Solo en el siglo XIX esos aparatos fueron sustituidos en el Bierzo por trompas de aire. Durante tres o cuatro horas seguidas se añadía al homo encendido carbón y mineral, al tiempo que se eliminaba la escoria. Por efecto del calor, las partículas de hierro se adherían unas a otras, separándose de la escoria, y formándose una masa sólida y porosa que en el Bierzo llamaban goa, aunque fuera de él es mas conocida con el nombre de zamarra. Esta masa irregular estaba formada por metal de hierro con impurezas de escoria, que solo se eliminaban bajo el golpeteo insistente del mazo.

Otra operación practicada por los ferrones bercianos recuerda también los experimentos alquímicos. Se trataba de la calcinación de la vena. Una vez transportado el mineral a la ferrería, se extendía en un descampado denominado ragua, donde lo trituraban. A continuación, en el mismo lugar, reunían el mineral y formaban una gran pila con él, añadiéndole madera gruesa de roble o castaño. Seguidamente procedían a su calcinación, prendiéndole fuego. La pila permanecía ardiendo durante varios días, en el transcurso de los cuales la limonita o el oligisto utilizado se transformaba en oxido férrico, sólido y muy poroso. Los ferrones del Bierzo se referían a toda esta operación hablando de raguar la vena. Era un procedimiento directo, mas lento y primitivo que el que se realizaba en el horno, aunque ambos resultaban complementarios; tan primitivo era que recuerda los procedimientos empleados por ciertas tribus de África central, que hasta hace poco llenaban con mineral de hierro pozos abiertos en el suelo y avivaban su combustión con carbón vegetal y soplando con la boca. Ninguno de los dos procedimientos utilizados en las ferrerías bercianas alcanzaban la temperatura de fusión (1.535 grados Celsius). Mientras en los hornos se podían alcanzar hasta los 1.200 grados Celsius, en la ragua se obtenía una temperatura inferior.

Como el saber de los alquimistas, los conocimientos que los ferrones poseían sobre la obtención del hierro constituía una sabiduría esotérica, mantenida en secreto dentro del grupo. Las historias conservadas sobre estos personajes hablan de seres huraños, esquivos y poco sociables, quizá de origen foráneo (vascos en algún caso). Es cierto que las ferrerías estaban alejadas de los núcleos de población, y quienes trabajaban en ellas constituían un grupo humano cerrado, lo que debió acentuar su aislamiento. Pero también se dice de ellos que se rodeaban de cierto misterio y rehuían el contacto con los semejantes. De ellos se habla aun con asombro por la riqueza que un día llegaron a acumular. Tampoco puede resultar extraño, porque los habitantes de los pueblos de los contornos, al llegar las épocas del año en que las labores agrícolas menguaban, acudían como venagueros a las escarpadas cumbres del Formigueiros –arriba de La Seara (Lugo)– a transportar el mineral de hierro hasta las ferrerías. Transitaban con sus carros en jornadas interminablemente duras y penosas por caminos angostos a cambio de una módica paga. Se cuenta en Lusío de uno de estos ferrones que llego a acumular en su domicilio tanta riqueza en monedas de oro y plata, que, suscitando la envidia de algunas personas, le asaltaron una noche la vivienda y se la incendiaron. Causaba fascinación y estupor, dicen, contemplar el fulgor del oro y de la plata cayendo derretida por entre los muros y maderas del edificio. Leyendas de este tipo son bastante frecuentes, y nos devuelven al objeto de nuestro asunto, la obtención oscura de los preciados metales.

En nuestra comarca la aplicación mas frecuente de la destilación ha consistido en la elaboración del aguardiente para orujo, actividad que se viene realizando, mas antes que ahora, en los días próximos a la Navidad. Para ello se utiliza la alquitara, compuesta de pota y capacete. La pota es el recipiente inferior, en el que se introduce el bagazo. Sobre la pota se coloca el capacete lleno de agua fría. La unión de ambos recipientes se cubre con masa de harina, que recuerda en alguna manera la arcilla del filosofo. El fuego que se enciende bajo la pota hace que el bagazo emita vapores, que al paso por el capacete se condensan y salen al exterior en forma de gotas. La destilación de aguardiente ha sido una practica habitual en estas tierras. Por las zonas lindantes con Galicia era frecuente que poteiros de Orense, provistos de alquitara, se desplazaran por los pueblos destilando orujo. Como al aqua ardens de los alquimistas, al orujo siempre se le han atribuido propiedades medicinales: se sigue utilizando todavía como eficaz remedio contra males y dolores, convirtiéndose en algunos casos en misterioso elixir que alarga la vida.

milagros y prodigios

Existe un conjunto de fenómenos y acontecimientos extraordinarios a los que, en el transcurso de los siglos, se les ha venido atribuyendo naturaleza sobrehumana o sobrenatural, habiendo sido interpretados como producto de fuerzas no controladas por el hombre. Se trata de acciones prodigiosas que operan donde existe fe religiosa, y, por tanto, constituyen para los creyentes una realidad llena de simbolismo. Sin duda, existen condicionamientos culturales y predisposición sicológica según Los cuales las personas creen percibir lo sobrenatural a través de lo extraordinario. El cristianismo en esto no ha sido distinto a otras concepciones religiosas; difundió la idea de milagro como una acción de la Providencia, aunque estableció una separación rigurosa entre lo que considera milagro y lo que es prodigio. Milagro es toda intervención divina en los asuntos de cada día. Esta intervención puede resultar de una acción directa, o puede realizarse por mediación de personas investidas del favor divino. Con el cristianismo los prodigios pasaron a ser considerados el resultado de acciones relacionadas con la magia, y fruto de la intervención de fuerzas diabólicas. Las proezas de los magos, las revelaciones de los adivinos y los resultados de los exorcistas paganos fueron declarados perversos y obra de Satán. Milagros y prodigios, sin embargo, solo parecen separados por el poder en nombre del cual se realizan.

El Santoral esta lleno de acciones maravillosas, que, realizadas en nombre de Dios, atestiguan sobre la santidad de las personas que las realizaron. En la religión popular los santos son vistos como intermediarios e intercesores, y son mejor apreciados por su proximidad a los hombres. De los santos se espera que en vida realicen hechos prodigiosos. Tras su muerte se espera que su santidad quede confirmada con la realización de milagros. Tocar un objeto que ha pertenecido al santo, o el instrumento de su suplicio, permite garantizar su protección frente a las calamidades naturales o frente a las perversidades de los hombres o de los demonios. Las reliquias, por tanto, cumplen la triple función de proteger de los peligros, de otorgar prosperidad a la comunidad, y de proporcionar una identidad colectiva bajo la figura del santo patrón.

Un repaso a la hagiografía berciana demuestra que la vida de los santos que habitaron en el Bierzo esta llena de sucesos y fenómenos que escapan de lo habitual. Siendo el Bierzo tierra donde se asentaron tantos monjes y anacoretas no podían faltar aquí acciones atribuidas a la naturaleza divina o a la santidad de sus gentes. Valerio del Bierzo dejo constancia en sus escritos de diversos monjes y gentes piadosas que en aquellos lejanos tiempos destacaron por su religiosidad, y se vieron favorecidos con la realización de hechos maravillosos. No se trata de hechos extraordinarios por su grandeza o trascendencia, sino de sucesos que llaman la atención por su sencillez, simplicidad y la simpatía con que se realizaron. De Fructuoso cuenta el autor de su biografía que, habiendo salvado de morir a una cervatilla, esta se había tornado domestica y había seguido al santo durante mucho tiempo en señal de agradecimiento. En otra ocasión en que el santo estaba recibiendo una tanda de duros golpes de parte de un desconocido, con solo hacer el santo la señal de la cruz, el impertinente atacante había caído fulminado al suelo arrojando espuma y sangre por la boca. Se cuenta también de el una leyenda según la cual habría liberado al pueblo de Montes de una gigantesca serpiente que asolaba el valle devorando a hombres y animales. Otras muchas anécdotas relata el cronista de Fructuoso, y que están recogidas entre los escritos de Valerio.

De entre los eremitas y monjes que menciona Valerio se encuentran algunos otros que también se vieron favorecidos con el poder de obrar prodigios. Uno de ellos, Saturnino, era un santo varón, piadoso y muy milagrero, que, cegado por el orgullo, acabo en el camino de la perdición. Dos monjes, Bonelo y Baldario, tenían visiones extraordinarias, según las cuales accedían a ver el cielo en coda su belleza y beatitud, o contemplaban el infierno con su espanto.

Cuenta un monje de Carracedo, llamado Herberto, que en Corullón el ermitaño Domingo mantuvo numerosas batallas contra el demonio, el cual se le presentaba en abyectas y repugnantes apariciones. En su retiro se vio obligado a soportar persecuciones, tratos violentos que por la noche le impedían conciliar el sueño, y que terminaron por quebrantar su salud. La firmeza y decisión con que supo defenderse de tantas iniquidades le granjearon el favor del Altísimo, recibiendo el consuelo inefable de visiones sobrenaturales. Cada día recibía del cielo la ración de comida necesaria para su sustento, y, animado de espíritu profético, desfase que podía prever los acontecimientos futuros.

Genadio fue otro penitente de aquellos pasados tiempos, que llegó a ser abad de San Pedro de Montes y obispo de Astorga. No se cuentan de el prodigios que hubiera realizado en vida, pero sí tras la muerte. Junto al nacimiento del río Silencio había mandado hacer unas cuevas, cuenta Madoz en su Diccionario, para llevar vida eremítica en aquel apartado lugar. Una vez que había muerto, las gentes de los alrededores acudían el día de la natividad de san Juan Bautista a colocar coronas de flores en las cruces que existían en la entrada de las cuevas, y recogían allí bolsas de polvo, porque atribuyan a aquella tierra propiedades salutíferas para los enfermos.

La noticia, así transmitida por Madoz, parece el relato de alguna romería anual con elementos de supersticiones populares. La versión de los cronistas monásticos recoge una tradición que se remonta a los días de la muerte de Genadio. Según esta tradición, al morir el Santo, la devoción por el prendió con rapidez entre los pueblos de los contornos, de manera que su tumba se convirtió pronto en lugar de peregrinación para muy diversas gentes; de ella emergía una dulce fragancia, y la tierra que cubría su cuerpo, en contacto con las reliquias, se había transformado en elemento de salud. Según la creencia popular, la tierra recogida en ese lugar tenía efectos milagrosos y proporcionaba la salud a los enfermos.

En este muestrario de hombres no esta de mas proporcionar algunos ejemplos de mujeres piadosas que igualmente se vieron favorecidas con mercedes divinas. Sor Ángela Francisca de la Cruz fue una monja, dominica primero y cisterciense después, que nació en Cubillos del Sil en 1664. Desde pequeña se dio a penitencias y devociones, alcanzando éxtasis frecuentes. Afirmábase de ella que tenía visiones religiosas, durante las cuales recibía revelaciones y otros favores divinos. Entrando en sospechas la Inquisición, fue examinada en Valladolid por teólogos experimentados, aunque finalmente salio absuelta por el Tribunal. Otra monja visionaria fue Ana Maria Gavilanes. Nacida en Bembibre, llego a abadesa del convento de Sancti Spiritus de Astorga. Se le atribuyen sucesos extraordinarios, como la salvación de diversas personas. De cuando en vez se le aparecía el diablo en formas muy diversas, llegando a verlo en alguna ocasión bajo la figura de un pavo real.

Milagros y prodigios se atribuyen en todos los pueblos a sus santos preferidos; es el caso de santo Tirso en Villafranca, Librán o Cabarcos, y san Juan en Carucedo. Otro tanto ocurre con la devoción mariana. La Virgen de la Encina tiene una larga tradición en intervenciones milagrosas, especialmente en casos producidos por incendios, guerras, partos difíciles, o caídas a pozos de agua; muchos de estos caos han sido recogidos por sus glosadores. Lo mismo puede decirse de la Virgen de las Nieves en Páramo del Sil. Los exvotos que todavía pueden verse por numerosas iglesias y ermitas son muestra evidente del agradecimiento popular ante las mercedes recibidas de parte de sus santos patronos. Hasta el siglo pasado fue practica habitual en el Bierzo vestir, durante la procesión celebrada en honor del santo protector, la mortaja, cuando habiéndose hallado in articulo mortis, los interesados creían haber vuelto a la vida por intercesión del santo patrón. Otra forma de reconocer la acción sobrenatural en los sucesos cotidianos la encontramos en el caso de los ofrecidos.

Otra práctica que atestigua la fe con que el pueblo vive determinados acontecimientos es la ofrenda del ramo. En la tradición de nuestros pueblos el ramo abarca un amplio campo semántico, aunque en los últimos treinta años la pérdida del contexto ha hecho de el una costumbre en la que perviven solo algunos aspectos, los más significativos desde el punto de vista religioso. Desde el punto de vista estrictamente religioso el ramo es una composición popular que narra la superación de una adversidad extrema por parte de alguna persona, debido a la intervención del patrono. En reconocimiento a esta ayuda divina, el día de la fiesta patronal, ante la imagen del Santo, un grupo de jóvenes canta o recita el ramo durante la misa mayor. Son muchos los ramos que se han ido recogiendo en el Bierzo durante los últimos anos, pero son más los que todavía perviven en la memoria de las gentes devotas. En todos ellos se expresa la creencia en una intervención sobrenatural, y describen la fe con que son vividos acontecimientos que escapan a su comprensión racional.