Los heterodoxos

FRANCISCO J. RÚA ALLER

MANUEL E. RUBIO GAGO

Algunos fueron seres anónimos, probablemente no existieron, otros son personajes con nombres y apellidos. Todos tienen en común su contacto con el Bierzo y su característica general es el alejamiento del comportamiento, que podríamos considerar normal, del colectivo de gentes. Este alejamiento puede ser por su conducta, su modo de vida, su forma de entender la realidad. Son heterodoxos en el sentido amplio de la palabra, se muestran disconformes con las normas de comportamiento o con la religión y ciencia oficiales.

En algún caso, este distanciamiento hace que se les conciba con poderes especiales y entren en el plano mítico, como la serrana bandolera, el estudiante reñubero, o el individuo que sigue a los lobos. Otros personajes reales son, sin embargo, necesarios para alejar los malos espíritus del pueblo: son los conjuradores y ensalmadores. También entran dentro de esta esfera de “alienados”, los intelectuales peculiares, elitistas, que se alejan de la ciencia y religión “oficiales” y se adhieren a teorías innovadoras, no al alcance de cualquiera; por ejemplo, el teósofo Roso de Luna o el frenólogo Cubi y Soler.

la que seduce y mata en la montaña

En varios lugares del Bierzo la gente sabe y recita antiguos romances, que pudieran ser considerados “de enamorado”, pero cuyo trasfondo es mucho mas profundo. La protagonista de los mismos es una extraña mujer, conocida como la “serrana de la cueva”, quien seduce y mata a los viajeros de las montañas (especialmente a los pastores), está dotada de una fuerza extraordinaria y tiene una especial habilidad para manejar la honda.

La historia no es exclusivamente leonesa, ni tan siquiera de España, pues ya aparece este tema en la Silvática, obra literaria del Medievo europeo. Sin embargo, es muy probable que hasta nosotros haya llegado (con mayor intensidad) las andanzas de una serrana particular, famosa por sus fechorías en las sierras de Garganta la Olla, en la comarca cacereña de la Vera. No es de extrañar, pues desde el primer romance de don Gaspar Azedo, algunos autores teatrales del siglo XVII la convirtieron en personaje de sus comedias; así ocurre con la Leonarda de Lope de Vega o con la aldeana Gila, de Vélez de Guevara. Las dos destacan por su fuerza, destreza y habilidad. Las dos huyen a las montanas y desafían o roban a los caminantes.

Por lo que se refiere a los romances bercianos sobre el tema, el libro recoge cuatro: dos titulados La Serrana de la Vera, versión de Fresnedelo (Peranzanes) y otra de Matalavilla (Palacios del Sil), y otros dos con el nombre La Gallarda, versiones de Tejeira (Villafranca del Bierzo) y Peranzanes. Estos dos últimos se diferencian de los anteriores en que la seductora mujer se encuentra no en una montaña, sino en su casa de “ventana florida” y son similares a otros titulados con este nombre “Gallarda”, de tierras galaico-asturianas, donde la tal dama seduce a los galanes, desde su balcón de oro, mientras peina sus cabellos.

A continuación mencionaremos como ejemplo el primero de los romances citados, y posteriormente trataremos de ahondar en este personaje que se aleja de las gentes del lugar y desarrolla una gran ferocidad
contra los hombres:

"Un domingo, yendo a misa,

encontróme y encontréla:

me encontré con la Serrana,

que era de Sierra Morena,

y me agarró de la mano,

me llevo para su cueva;

 cuanto más arriba iba

más me aprieta la muñeca.

Y al entrar en su cueva

yo una mala seña viera;

atrevíme y preguntéle:

–¿Que es aquello que allí cuelga?

–Son cabezas de hombre,

que yo he matado en mi cueva;

lo mismo he de hacer contigo,

cuando mi voluntad sea.

Serrana atizó la lumbre,

dio una vuelta por la sierra,

de palomas y pichones

trajo la morrala llena;

las palomas para mí,

los pichones para ella.

Serrana hizo la cama

para descansar en ella;

entre colchón y colchón

puñales de oro metiera.

–Esta cama, gran villano,

no es al uso de tu tierra,

que estas son pillejas de oso,

con pillejas de rapiega.

La Serrana se acostó

y un dulce sueño le diera.

Cuando la Serrana ‘espierta,

lleva andando legua y media;

maldice el pan, maldice el vino,

la madre que la pariera,

también maldició sus ojos

por qu’aquel sueño durmiera.

Garró la fronda en la mano

y se puso a tirar piedras;

las tira de teso en teso,

las tira de sierra en sierra.

La primera que tiró,

le derribó la montera.

–¡Ay, vuelve atrás, gran villano,

que te queda la montera!

–La montera es de rempaño,

pero, aunque fuera de seda,

¡Dios no me diera pa otra

que yo por esa volviera!

–Por Dios te pido, villano,

que no sea descubierta.

–Descubierta no, señora,

hasta la primera venta.

Llegó a la primera venta

y dio parte a la ventera.

–Vayan matar la Serrana,

que queda en Sierra Morena,

que tiene mas hombres muertos

que aposean por la tierra.

Fueron siete justicias

y a todas dio muerte eterna;

sólo un chico de quince años,

que en los cabellos se enriestra

y con un cuchillo de oro

el corazón le atraviesa.

Cada pie pesa una arroba,

cada mano arroba y media

Mas que un personaje local, el romance parece aludir a una extraña mujer que habita en las montañas de Sierra Morena, y es probable que la historia fuera traída a las tierras bercianas por algunos pastores que ascendieran por los cordeles de la Mesta desde el sur de España hasta las zonas leonesas de pastos altos. Tampoco podría descartarse que existieran versiones originales de tierras leonesas, como lo existieron en toda España y que no sea único el origen de estos romances, circunscrito a las sierras cacereñas. En cualquier caso, lo que nos interesa es que la Serrana ha permanecido como un personaje más del mundo mágico berciano en la memoria de algunos habitantes de esta zona, lo mismo que en otras lugares de León, principalmente de lugares montañosos.

El personaje ha sido suficientemente estudiado por varios investigadores del folklore español, intentando asignarle una identidad: podría tratarse de una bandida o salteadora de caminos, o tal vez una guiadora de pastores por los senderos de montaña. Quizás se trate de verdaderos personajes históricos: de mujeres de extraordinaria fiereza que huyen de la autoridad paterna y se adaptan a una vida violenta en las montañas. Sus fechorías serían engrandecidas por la mentalidad popular, convirtiendo a la Serrana en un ser fabuloso, casi mítico. Los romances podrían también basarse en restos de antiguas leyendas populares que hablan de genios maléficos de las montañas. Estas son lugares sagrados por excelencia en las primitivas culturas del noroeste de España, y en ellas se creía que habitaban personajes poderosos que podían tanto ayudar a los mortales como destruirlos, por ejemplo por medio de las tormentas que creaban. Muchas leyendas de genios de las montañas se encuentran en estas zonas bercianas, relacionados en ocasiones con la custodia de tesoros.

Si aceptamos esta última idea, genios de montanas y cuevas, respetados y temidos por aldeanos, pastores y labriegos, podríamos buscar una semejanza de la Serrana con otras viejas creencias existentes en el norte de España. Las leyendas de nuestro personaje estarían relacionadas con las vascas del “Baxa-Juan”, “Besarande” (genio troglodita), “Mari” (numen jefe de todos los genios) o del mismo “Busgosu” asturiano; o de la “Ojancana” de las montañas cántabras; o en general de esa estirpe de “encantos” o “gentiles”, llamados “Moros”. Como ellos, destaca por su gigantesca altura, por su grandísima agilidad, por su extraordinaria fuerza física e inspira cierto temor por su cuerpo todo cubierto de pelo.

Aparte de estos mitos, la Serrana pudo añadir también otras características procedentes de la misma diosa griega Diana, ya que como ella vive en parajes agrestes, en el interior de las cuevas, es vigorosa y gran cazadora y ambas muestran especial odio por los hombres. En muchas descripciones la Serrana aparece con caracteres físicos propios de yegua. Diana era también adorada como Artemis Hippia en Arcadia y otra diosa, Deméter, se representaba en Figalia con cabeza equina.

Hay otro dato importante para asemejar a la Serrana con los genios de las grutas. Cuando persigue al pastor solo recorre una cierta porción de terreno. No se aleja nunca de las montanas, se limita a lanzarle amenazas y a derribar con una piedra la montera del fugitivo. La Serrana esta encantada. Vive reducida a un espacio del que no puede salir; y al igual que las janas, moros y cuelebres perdería su poder si se alejase de su vivienda. Su habitáculo esta situado en el interior de la tierra, es el conducto que la une con la Gran Tierra-Madre, de donde obtiene su energía para realizar tan asombrosas proezas.

No obstante, si seguimos la línea de interpretar a la Serrana como una mujer en estado semi salvaje, también podríamos encontrar otros ejemplos tanto en León como en otros lugares del norte de España. En las cercanías del antiguo pueblo de Riaño nos hablaron de la existencia de una cueva denominada “Cueva del osón”. En ella habitaba la “Fiera Corrupela”, un extraño ser come-hombres, que tan pronto mostraba un aspecto femenino natural como una apariencia de quimera o arpía, saliéndole entonces patas de cabra. Este personaje probablemente pudiéramos relacionarlo con el que describe Joaquín Fuste y Garcés en el año 1875 y que se refiere a una mujer salvaje de las montañas cántabras, denominada “La Osa de Andara”, que habitaba en las cavernas de Grajal, Macondio y la Hermida. Dotada de gran fuerza, de carácter imprevisible, al irritarse bizqueaba y extendía sus brazos amenazadoramente. Su cabellera era de color caoba y tenía las piernas y brazos velludos, con una pelambrera a la que debía su nombre de “osa”. Una nueva mujer salvaje la volvemos a encontrar en la legendaria asturiana, apoderándose de un niño, cuyo rescate es considerado milagroso y motiva la fundación del monasterio de San Salvador de Cornellana, en la cuenca del Nalón.

Quedémonos finalmente con una pregunta que puede marcar un camino de investigación de estos romances de Serranas de nuestras montañas: ¿Acaso esta mujer es un prototipo de una tribu especifíca de hombres salvajes, cuyas fechorías permanecieron en el recuerdo popular? Algunas leyendas o tradiciones medievales se refieren a los “hombres salvajes”, una humanidad paralela cercana a la bestialidad; una etnia particular que en un lejano pasado vivió en nuestro país, llegando a distinguirse del resto de los humanos por su robustez y fuerza física; y también probablemente por sus superiores conocimientos sobre los productos de la tierra.

los que andan con lobos

En la zona del noroeste español es donde mas arraigada se encuentra la creencia en hombres lobos o “lobishomes”, como mayoritariamente se designa en estos pueblos.

Vicente Risco en un completísimo estudio sobre el “lobishome” gallego aporta, entre otros, los siguientes rasgos para su caracterización: Una persona se convierte en “lobishome” por razón de su nacimiento o bien porque le hayan “echado la fada”. En el primer caso ocurriría si el hombre es el séptimo hijo varón de los mismos padres que hayan tenido otros seis varones en serie ininterrumpida. La “fada” se la pueden echar por maldición de sus padres o por una operación mágica como el mal de ojo.

Por lo general, la licantropía es intermitente, y el “lobishome” no anda siempre convertido en lobo; tan solo algunas noches o en ciertas ocasiones abandona su casa y se va al monte durante horas, días, meses o años en forma de lobo. Mientras se encuentra como “lobishome” es inmune contra todo y nadie puede dañarle con palos, piedras, armas blancas o de fuego.

No son muchas las leyendas que se encuentran en León sobre la temática de los hombres-lobos, o al menos nosotros no hemos tenido noticia de que abunden tanto como en las provincias vecinas de Galicia. Un caso de “lobishome” es el ocurrido en la Sierra del Cebreiro, montaña limítrofe entre Galicia y León; el suceso le ocurre a cierto hombre que llevaba un burro para vender en una localidad cercana. Cuando transita por dicha sierra le sale al paso una manada de lobos conducida por un licántropo. Este es quien tira del ronzal al burro para llevárselo, mientras el resto de los lobos azuza al animal con dentelladas.

Otro caso nos fue referido por un amigo de Ponferrada y al parecer tuvo lugar entre los pueblos de San Fiz de Seo y Guimil. Por aquella zona vivía una señora que andaba siempre descalza, a pesar de lo cual nunca vieron que se ensuciara los pies. Vestía una túnica blanca y algunos atardeceres cuando ahuyaban los lobos en las cercanías, decía que se iba al monte porque la llamaban sus hermanos. Las gentes creían que eran “lobishomes” que andaban entre la manada.

Esta leyenda podríamos encasillarla en otro apartado del mito del “lobishome”, el denominado en portugués “peeiro dos lobos”, que no solo existe en Portugal, sino que también se encuentra en algunos pueblos de Galicia y como vemos, alguna manifestación se encuentra en el Bierzo. El “peeiro” o “peeira dos lobos” desganaría al muchacho o muchacha que acompaña a los lobos, que anda al pie (“ao pé”) de ellos, de ahí el nombre. Este ser humano, que en muchas ocasiones es una mujer, conserva sus formas y costumbres humanas, tan solo se va al monte, se reúne con los lobos, vive con ellos, es su amiga y su jefe. La más completa de estas leyendas es la recogida en la provincia de Lugo por Vicente Risco y que tiene por heroína a una joven que habiendo huido de su casa vivía en una cueva en el monte y era obedecida por todos los lobos de la comarca.

los exorcistas y desconjuradores

En ocasiones los sacerdotes de determinadas parroquias parecen emplear rituales que se alejan de la ortodoxia católica, guiados por el deseo de librar del mal al colectivo o a personas particulares. Los casos mas abundantes de curas desconjuradores los encontramos en relación con las tormentas o incluso contra las plagas del campos, no faltando también sucesos en los cuales se llegan a conjurar a personas endemoniadas.

Por lo que se refiere a las tormentas, en Pereda de Ancares se acuerdan aún de un sacerdote especialmente querido, don Ezequiel. El “desconxuraba” las nubes y les había dicho a las gentes: “Mientras yo esté en este pueblo no tengáis miedo a las tormentas”. Nadie sabe como lo hacia, pues a nadie se lo contó.

Digamos, a propósito de las temibles tormentas o “truenas”, que en la mentalidad popular aún perviven recuerdos relacionados con personas de mala conducta los cuales se cree que son los desencadenantes de este agua indeseada. Estas personas, asociados con los “renubeiros” o geniecillos de las tormentas, o incluso identificados con ellos, parecen haber adquirido un poder en algún lugar distinto al pueblo; si no, leamos lo que se contaba en algunos lugares de Ancares:

“Era un señor que echara un hijo a estudiar a abogado. El hijo en vez de estudiar a abogado estudio a renubeiro. Cuando vino todo desalambrado, con toda la ropa desandrada, los padres le preguntan: pero, tú, ¿de qué manera (vienes)? Era cuando se segaba el centeno. El les dijo: atropen el pan, que va a venir un trueno muy fuerte. Los padres no le creían: pero, tú, ¿qué vas a saber? El chico desapareció y de repente se preparo un trueno muy grande. Atroparan el pan que pudieran, pero vino la nube antes de que terminaran. Eso era lo que se decía para el trueno”.

En ocasiones los sacerdotes llegan a conjurar las plagas del campo. Este es el caso que nos refirieron en una aldea berciana:

“Un año por julio, en el que había una cosecha muy buena, vino una epidemia que llamaban la “corta”, producida por unos insectos parecidos al escarabajo de la patata que chupaban las espigas del centeno, dejándolas blancas e impidiéndolas granar: aquello era como una nube. Entonces salió el cura con la procesión, llevando las imágenes de San Pedro y la Virgen. La corta fue desapareciendo a medida que iba avanzando la procesión. Fue como un milagro”.

En el Bierzo, al menos durante el siglo XVIII, parecían abundar los conjuradores, brujos y curanderos. A esta situación aluden los siguientes testimonios. Uno de ellos son documentos procedentes de la parroquia de San Esteban, en Corullón, y están fechados el 27 de junio de 1719. En ellos se amenazaba con dar aviso a la Inquisición si se mantenían ciertas costumbres en el pueblo: “usos extravagantes y oraciones supersticiosas para curar enfermedades de hombre y bestia..., para que el lobo no mate ganados...”. Se condenaban también los filandones donde se contaban historias sobrenaturales. Otros datos los encontramos en la descripción de las gentes bercianas a finales del siglo XVIII por el general Juan Manuel Munárriz. Suyas son las siguientes juicios y observaciones:

“No hay un cirujano ni un mal barbero en toda la Somoza; pero a falta de ellos, hay en cada lugar uno o mas curanderos, a los que apelan en sus enfermedades... Si el mal se resiste con estas medicinas lo atribuyen a hechizo o brujería, y apelan a buscar conjuradores y exorcistas, aunque sea a larga distancia, los cuales ejercen su ministerio con la misma o mayor ridiculez que los curanderos sus medicinas. Sería muy largo exponer cuanto nos han dicho sobre este asunto, y podría pasar por cuentos de viejas si no hubiéramos sido testigos de la grande superstición y tontería de estas gentes”.

Un caso bastante detallado de la actuación de un cura desconjurador o exorcista es el que nos refiere Manuel Rodríguez en su Etnografía y Folklore del Bierzo Oeste-suroeste. Tal sacerdote residía en Cacabelos y parecía ser especialista en sacar los demonios a la gente. Según la historia, el hecho ocurrió en Corullón, donde una señora que asistía a los oficios del Jueves Santo, en la iglesia de San Esteban, se sintió, al parecer, poseída por un ser maligno. Salio a todo correr a su casa y ante el decaimiento sufrido las gentes llamaron al susodicho “especialista” de Cacabelos. Este llevó a la poseída a la iglesia y realizó un ritual de exorcización delante de toda la gente: Comenzó con unas palabras en latín y luego, alzando la voz, pronunció:

Yo to mando como Ministro de Dios, u os mando, espíritus inmundos, que salgáis del cuerpo de esta criatura. ¡Salid por el pie derecho!

Varias voces medio apagadas exclamaron:

–Por el pie derecho no, por los ojos.

–Por los ojos no, porque quedaría ciega –contestó el cura.

–Entonces por la boca.

–Por la boca no, porque se quedaría muda.

–Déjanos salir por los oídos –insistieron los demonios.

–Por los oídos no, porque quedaría sorda.

Por fin el sacerdote pronuncio ¡¡Vade retro!!, resonando en toda la iglesia. A continuación dijo:

–¡Salid como he dicho, desgraciados!

En ese momento el exorcizante mandó descalzar a la señora y por entre la uña y la carne del dedo gordo del pie derecho salieron uno a uno nueve “cocos” (gusanos). De esta forma la poseída se vio libre de los demonios y volvió a quedar en gracia de Dios.

el teósofo roso de luna

El 17 de abril de 1912 llegaba a Cacabelos un singular personaje: Mario Roso de Luna, corresponsal científico del diario madrileño El Liberal. Le acompaña una comisión de la Junta de Investigaciones Científicas. El objeto de su visita es informar acerca del eclipse total de Sol, que se haría especialmente visible en esta villa berciana.

Roso de Luna goza en aquel momento de gran reputación como astrónomo. En 1893 (tenia entonces veintiún años) había descubierto a simple vista un cometa al que dio su nombre; y mas tarde publicaría varios trabajos sobre los eclipses de 1900 y 1905, así como un tratado de astronomía popular titulado Kinotherizon. Pero además este cacereño, de Logrosán, era un apasionado investigador de lo oculto, dando muestras de su extraordinaria sensibilidad psíquica desde la mas temprana edad. En 1902 las obras de Helena Petrovna Blavatsky le impulsan a unirse al movimiento teosófico que lidera la eslava.

El Tesosofismo era una corriente filosófica ocultista, hija del Espiritismo e impregnada de mística oriental. Pretendía conseguir el conocimiento de la Naturaleza y de los espíritus que la conformaban aunando los procedimientos científicos oficiales con el conjunto de leyendas y filosofías de los tiempos antiguos.

Fiel a este carácter, Roso de Luna no solo recogerá en el Bierzo los datos físicos del eclipse, sino que estará especialmente atento a cuanto de mágico pueda asomar en la región berciana, y le dará una explicación en su línea teosófica, guiado por esa figura de hermano mayor, casi “jina” o superhombre, llamado Antonio Miranda. Este personaje de ficción será el conductor de Roso de Luna por la antesala leonesa, en el camino que emprenderá hacia la conquista del tesoro místico encerrado en la Asturias tenebrosa: “El tesoro de los Lagos de Somiedo”.

orígenes atlantes

En general los ocultistas teosóficos, y Roso de Luna no es una excepción, concedían una gran importancia al continente perdido denominado Atlante, al que consideraban el lugar de nacimiento de una raza de hombres prodigiosos acosados, que se vieron obligados a recluirse en las entrañas de la tierra tras la catástrofe del continente, expandiéndose por los países americanos y euroasiáticos. Blavatsky, en la introducción al primer tomo de la Doctrina Secreta, asegura que la Atlantida seria considerada “el primer continente si prestásemos mayor atención a las tradiciones y leyendas de los antiguos pueblos”.

Esa raza “roja atlante” sería para los teósofos el origen de un gran núcleo que agruparía las actuales provincias de León, Asturias, Galicia, “hasta las sierras que dan vista a los llanos de Zamora”, y a donde llegarían las poblaciones arias de indo-escitas y parsis, gentes braquicéfalas y rubias “de raza y religión solar, que tomarían como punto central de su difusión el Bierzo...; y allí se alzó después, andando los siglos, la ciudad celtibérico-romana de Astúrica, nuestra Astorga leonesa actual”.

¿Qué queda de estos pueblos primitivos, adoradores del Sol y de la “Vaca-celeste”? Quedan, a juicio del “mago de Logrosan”, las palabras sánscritas alusivas a sus dioses. Así los topónimos de Somiedo, Somanas u Omañas, Somoza, provendrían de “Soma”, el licor sagrado iniciático, o del prefijo “Sam”, que significa “tierra de verano” o “fuente de salud”. El puerto de Leitariegos es el puerto de “los lecheros” o de los felices bebedores de “Soma” y ordeñadores de la “Vaca-Símbolo”. El recuerdo de esta “Vaca-solar” pervive en las añejas tradiciones de los bueyes escondidos bajo tierra, acompañados por inauditos tesoros. Bal-oute, Cristóbal, Cacabelos, Balboa, apuntan al símbolo solar que es “Baal” o “Ber”.

Posteriormente esta región sería colonizada por las razas lunares o helenas. Gentes siluras o ibéricas, dolicocéfalas y morenas. “Hermanas de los vindyas indios, de los misteriosos mundas o moth”, quienes dejarían numerosos nombres relacionados con la Luna (Lynya, Luiña) o derivados de “Nara”, las “Aguas ofitas” o de “Arga”, la plata, metal de la Luna (Argayos),o algunos, como Isoba, relacionados con la diosa Isis.

una ceremonia templaria

El asentamiento de los Caballeros del Temple en el Bierzo, así como su permanencia durante varios siglos esta perfectamente justificada, según Roso de Luna, porque el “anfiteatro de las montanas bercianas se decía ser el refugio de una de las “cuatro gotas de sangre” o logias hispánicas del Santo Grial”. Las otras tres estarían situadas en Los Pirineos, en Quintanar de la Orden y en el Moncayo soriano.

Una ceremonia de iniciación templaria, pasada por el tamiz cristiano, esta fielmente representada, nos dirá nuestro “mago”, en una tabla que se encuentra en la puerta de la sacristía de la ermita cacabelense de la Virgen de la Quinta Angustia, patrona de la villa. El relieve representa al Niño Jesús jugando una partida de cartas con San Antonio. El Niño está en actitud de dar al santo un cinco de oros, mientras le retira el cuatro de copas. Aquí viene la explicación del teósofo: “El Niño sería el Adepto, quien alargaría el Oro del Conocimiento iniciático con el cinco correspondiente, al par que retina al candidato el naipe simbólicamente contrario, o sea el cuatro, que es de copas, por representar éstas al vino de las pasiones que embriagan a los humanos, sometiéndoles a la tiránica, cuanto grata ley del sexo, y es un cuatro al par, como símbolo de la crucifixión en la carne, la limitación, la caída en el sexo”. Al mismo tiempo en la tabla queda representado el emblema rosacruciano del cinco con el cuatro, “del Conocimiento con la Pasión, de la Rosa con la Cruz”.

La tabla en cuestión procede del monasterio cisterciense de Carracedo, construido, según la tradición, con piedras de algún castro celta de los alrededores. Posiblemente estos frailes bercianos conservaron la iniciación templaria y uno de ellos labró la mencionada talla hacia el siglo XVI. Hoy día se encuentra restaurada, pues alguien quiso apoderarse de ella sin conseguirlo, pero rompiéndola en el intento.

otros lugares mágicos

Interamnium Flavium; la “montaña jaina” de Aquiana; la Tebaida berciana, asentada en las cuevas y místicas gargantas de la Peña Alba, retiro espiritual de San Genadio, o “jina-dio”, quien “dejando en la ermita de Peñalba a sus doce discípulos, ascendió a lo alto de los picos aquellos y vivió al modo de un perfecto gimnósofo de la “Ario-India”; los relatos de tesoros, guardados por una extraña raza de hombres primigenios que viven bajo los castros, son otras elementos del Bierzo mágico, captado por Roso de Luna.

el frenólogo cubí y soler

Mariano Cubí y Soler, catalán, nacido en 1801, había dedicado parte de su juventud a viajar por Europa y América. En Nueva Orleans entró en contacto con un nuevo sistema filosófico-científico experimental, denominado Frenología, teniendo la oportunidad de conocer a los principales frenólogos americanos. La Frenología, también llamada Craneoscopia, había surgido en 1782 con los experimentos de Gall y Spurzheim. Al tiempo filosofía y ciencia experimental, pretendía deducir por el estudio extremo del cráneo las facultades y el alma de cada individuo.

A su vuelta a España, en 1842, Cubí y Soler se instaló en Barcelona y durante los siguientes seis años inició una importante campaña divulgadora, cuyo resultado positivo fue la creación de varias “Sociedades Frenológicas” en Madrid, Andalucía, Zaragoza y sobre todo Cataluña. Además el catalán se esforzó en divulgar el sistema frenológico por medio de gran numero de publicaciones (que incluso se tradujeron al francés y se reimprimieron en Sudamérica). Pero esta febril actividad difusora le ocasionó mas de un disgusto al fren6logo. Los representantes de la religión oficial le acusaron en ocasiones de heterodoxo y a los ojos de muchos médicos, Cubí y Soler no era más que un embaucador. Menéndez y Pelayo le incluyó en su Historia de los heterodoxos españoles. Incluso, después de su muerte, las ideas sobre Frenología fueron criticadas por algunos médicos leoneses, como Máximo Carrera Martínez, médico de Soto de la Vega. Posteriormente, en 1907, en el manual de la asignatura de Historia eclesiástica del Seminario de León, escrito por José González, se desprecia la aportación a la ciencia de Cubí y Soler, aunque sin tacharle de heterodoxo.

un viajero en villafranca del bierzo

En 1847, y dentro de su campaña de viajes divulgadores de la “nueva ciencia”, Mariano Cubí se acercó a varios lugares del noroeste español, entre ellos Villafranca del Bierzo. Allí trabó amistad con Antonio Fernández y Morales, Comandante de Infantería e Inspector Provincial de Estadística, si bien es probable que la relaci6n hubiera comenzado un año antes, ya que por entonces, cuando Cubí y Soler escribe una lista de doce de sus discípulos, incluye, junto a once catalanes, a un tal Antonio Fernández.

En cualquier caso, Fernández y Morales aparece coma un defensor tanto de las ideas frenológicas como de la persona de Cubi y Soler. Un ejemplo de ello fueron los comentarios que vertió en la prensa a favor del catalán en el pleito que en 1847 se sostuvo contra el frenólogo en Santiago de Compostela, donde el médico Antonio Severo Borajo le denunció ante el Tribunal Eclesiástico, por hereje. En 1848 obtuvo la absoluci6n y se declara que su doctrina no se oponía a la moral ni al dogma.

Durante su estancia en Villafranca, Cubí y Soler, gran estudioso de las lenguas, se interesó por el lenguaje de los bercianos, el cual consideraba en riesgo de desaparición, por lo que convenció a su amigo Fernández y Morales a que escribiera poemas en berciano, donde quedase constancia de esta lengua y del saber popular de la comarca. Según parece, el militar cumplió el cometido y así, en 1861 publicó sus Ensayos poéticos en dialecto berciano, con prólogo de Mariano Cubí.