Los templarios y sus laberintos

MIGUEL A. VARELA

Los templarios fueron los servidores de la Orden de los Caballeros de la Milicia del Temple, fundada en 1118 por Hugo de Payens, Geoffroy de Saint-Omer y otros siete compañeros, en Jerusalén, y desaparecida en 1314 con la ejecución en Paris de su Gran Maestre, Jacques de Molay. El templario sería un monje-soldado que protegería las rutas de los Santos Lugares. Así de simple explica el termino el autorizado Diccionario del esoterismo, de Pierre Riffard, quien sostiene que algunos elementos con ella relacionados –el simbolismo central (defensa de Jerusalén, lucha contra el mal), el hipotético Bafomet, los presuntos vínculos con el Grial y los “asesinos”, la enigmática negación de Jesús escupiendo sobre la cruz, los “graffiti” atribuidos a los templarios en los muros del castillo de Chinon– parecen indicar el carácter esotérico de la Orden.

¿Cómo es posible que una orden que apenas sobrevivió doscientos años haya despertado y siga despertando enorme curiosidad entre historiadores, investigadores de la heterodoxia e incluso publico no iniciado? ¿Cuáles eran realmente los fines de los templarios? ¿Qué buscaba la orden en lugares como el Bierzo, donde sus escasas huellas históricas han sido vueltas del revés en centenares de publicaciones y su presencia ha dado lugar a las mas insospechadas hipótesis? Son preguntas que admiten tantas respuestas como cada uno quiera permitir y a las que en este capitulo nos acercaremos, sin prejuicios, desde una óptica caleidoscópica que nos avance datos sin llegar a desvelar el misterio.

entre oriente y occidente

Con la aprobación del monarca de Jerusalén Balduino II, nueve caballeros franceses se constituyen en milicia, a principios del siglo XII, con el fin de escoltar a los numerosos peregrinos europeos que se dirigían al Santo Sepulcro. Hugo de Payens y sus ocho compañeros se plantean tal labor como algo ligado a la religión, con votos de obediencia, pobreza y castidad, ocupando un espacio en el Templo de Jerusalén, construido por Salomón. En 1128, la Hermandad del Templo solicita un concilio, celebrado en Troyes en enero de ese mismo ano, para constituirse como Orden, dotándose de una regla dictada por San Bernardo, quien describe a sus miembros como aquellos seres a los que “nunca veréis acicalados, rara vez lavados y siempre con las barbas enmarañadas, cubiertos de sudor y polvo, lacerados por los arneses bélicos y el calor”.

El éxito de la Orden es inmediato y a ella se unen centenares de caballeros. Los príncipes cristianos la dotan de patrimonio para sostener sus campañas, produciéndose un rápido incremento patrimonial y una progresiva europeización de intereses en países como Francia, Inglaterra, España, Portugal, Alemania, etc.

Tras la caída de San Juan de Acre en 1291 y la perdida de los Santos Lugares, la razón de ser de la Orden se venia abajo. Aunque en la Península desarrollaron acciones militares contra los musulmanes, la principal labor de los templarios en Europa se centró en la administración y la banca, concediendo prestamos bajo garantía de propiedades o adelantando dinero a los peregrinos. Los caballeros empezaron a ser desprestigiados, acusándoles el pueblo de toda clase de vicios que “aunque nunca pudieron ser demostrados, parece ser que existían”, según Javier Castán. En 1305 el rey francés Felipe IV, “el Hermoso”, lanza las primeras acusaciones y, tras un largo y oscuro proceso, en marzo de 1312 el papa Clemente V suprime oficialmente la orden.

Hasta aquí la versión “oficial” de la historia. Sin embargo, rastreando entre los datos conocidos, algunos autores hacen una “lectura entre líneas” de los hechos. Incluso alguien tan poco sospechoso como Américo Castro subraya la circunstancia de que la orden nazca según modelos de los teóricos enemigos: los árabes. Para el, los templarios “resultarían ininteligibles sin el modelo oriental”, en cuyo mundo “se dan unidos en la misma persona la vida de rigurosa ascesis y el combate contra el infiel”. Esta teoría es refrendada también por autores como Roso de Luna o Julius Evola. El equivalente árabe a los templarios cristianos, coincidente en el tiempo y el espacio, serían los haschischins.

A finales del siglo XI, un amigo del poeta Omar Khayam, el llamado “Viejo de la Montaña”, funda esa orden de filiación ismaelita, con influencias sufíes, modelo para órdenes europeas como los templarios o los caballeros teutónicos. Los haschischins –conocidos como “fumadores de hachís” por la utilización de los derivados del cáñamo como estímulo antes de entrar en combate también se consideraban defensores de los Santos Lugares en el sentido esotérico y exotérico del termino. Curiosamente, usaban los mismos colores que el Temple y de su fama como crueles guerreros da idea el hecho de que de su nombre derive la palabra “asesino”.

Estamos, pues, ante una cuestión que se dirime no entre razas o creencias sino entre actitudes, entre maneras diferentes de acercarse a Dios y de concebir el orden social. Asesinos y templarios fueron caras iguales de igual moneda y ambos, en expresión de Sánchez Dragó, “abrevaban en un hontanar común”. Para este autor, ]as ordenes de caballería “se calcaron sobre la falsilla de los ribat musulmanes o monasterios fortificados en los que una gavilla de hombres de honor se las arreglaban para practicar simultáneamente la mística y el ejercicio de las armas”. Víctor Emile Michelet, por su parte, señala que “las congregaciones ismaelitas y el Temple nacen de un troquel homogéneo, se apoyan en doctrinas idénticas y reflejan un esoterismo análogo, invariable y eterno”.

En esta versión heterodoxa de la historia, Hugo de Payens y sus primeros templarios tenían la misión de recuperar cierto instrumento iniciativo escondido en algún buche soterrado del Templo de Salomón –¿las Tablas de la Ley?, ¿el Arca de la Alianza?, ¿el Grial?...–, a cuyo conocimiento tuvieron acceso. O bien podría tratarse de “ese templo que se edifica sin ruido de martillos ni de otras herramientas”. O de ambas tareas. En cualquier caso, siguiendo este camino, aquellos caballeros fundadores habrían sido iniciados en los misterios del cristianismo primitivo por los cabalistas de sectas nazarenas refugiados en el desierto, influyendo en determinados aspectos de sus costumbres como la del ritual de ingreso, que implicaba la renuncia a la cristolatría.

“Los templarios –concluye Drago– no subieron al patíbulo por empinar el codo ni escarbar con lo que cuelga en la culata de los aprendices, sino a causa de sus falsos o reales contubernios con el Islam”. La muerte en la hoguera del ultimo Gran Maestre, Jacques de Molay, fue vengada con la guillotina al heredero de Felipe IV, Luis XVI, en plena Revolución Francesa, como dicen que recordó a la multitud un anónimo espectador de la real ejecución.

Tras el proceso, los inventarios y libros templarios desaparecieron (algunos sostienen que incluso las actas del juicio fueron robadas y depositadas bajo siete llaves en los sótanos del Vaticano), echando leña a la hoguera del misterio. En su memoria de licenciatura, Javier Castán reconoce la escasez documental sobre la orden, incluyendo la desaparición de su cartulario, pese a la cual “la tradición popular mantiene en la memoria de sus habitantes los lugares de asentamiento templario, dada la importancia de la orden y las reacciones ante su disolución”.

Masones y rosacruces mantuvieron ser legítimos sucesores de los caballeros medievales. Desde 1760, templario es un grado masónico y “neotemplarios” se denominan a los miembros de una sociedad profana o de una organización iniciativa que se presenta como la supervivencia, la resurrección o la adaptación de la Orden del Temple, como la Orden de Cristo en Portugal (1317) o la Orden del Temple de Oriente, en Alemania (1905), relacionada por algunos con los nazis.

No es de extrañar que ese entorno misterioso haya hecho lamentar a Drago que “entre los chismes esparcidos por el rey de Francia, la mala leche de Su Santidad y la hipocresía filantrópica de las sociedades secretas contemporáneas, ya no sabemos si fueron maricones, borrachos, comecuras, lechuguinos de comunión diaria, tragasantos o caballeretes que gustaban de empolvarse la nariz”.

A su vez, las construcciones templarias conservadas son muy escasas: al igual que todo lo relacionado con la orden “su arquitectura fue sistemáticamente borrada”, dice Rafael Alarcón. Sin embargo, los edificios –iglesias, capillas, ermitas, castillos– conservan leyendas sobre tumbas de reinas, magos, pasadizos, cámaras ocultas, veneración de vírgenes negras, cristos medievales singulares o Lignum crucis, que favorecen la idea de recintos ideales para celebraciones mistéricas. Muchos de esos elementos legendarios aparecen en los espacios templarios bercianos.

elementos para el mito

Determinadas costumbres, reales o apócrifas, de los templarios, contribuyeron al nacimiento del mito y a la sacralización esotérica de la geografía templaria. Una de ellas es la referente a los ritos de entrada en la orden. Ya se ha mencionado la posible influencia cabalística en el ritual iniciático, magistralmente literaturizado por Gil y Carrasco en su novela El Señor de Bembibre, que incluía el acto de escupir sobre el crucifijo. Los catecúmenos, en un secretismo absoluto, de noche y sin personas extrañas presentes, se sometían a un ceremonial abierto con la lectura de la regla, el juramento de castidad, obediencia y pobreza y la imposición del manto.

Historiadores como Raymond Oursel sostienen que un inocente beso de la paz en el pecho, en el corazón y entre los hombros por detrás sellaba la admisión, aunque otros autores especifican otros lugares del cuerpo –la boca, el ombligo y el culo como depositarios de los ósculos. Hasta los mas ortodoxos de los investigadores incluyen en el ceremonial el acto de renegar de la cruz, aunque éstos suavizan los gestos sosteniendo que se escupía a un lado del símbolo sagrado y no, como afirman otros, sobre ella, además de pisotearla y cubrirla de injurias, preferiblemente el día de Viernes Santo. Para Oursel este acto era “prueba del grado de constancia del nuevo hermano admitido en la orden”, mientras que Dragó va mas allá y ve en el sacrilegio “un juego expiatorio para que el aspirante demostrase por la tremenda su decisión de traspasar los aspectos exotéricos y gazmoños de la liturgia”.

Oursel cita una declaración nada menos que de Jacques de Molay ante la Comisión Pontificia en la que el último Gran Maestre reconocía que “la noche de mi admisión en la Orden hice, para empezar, toda clase de promesas a cuenta de las observancias y los estatutos, después me impusieron el manto. El hermano Humberto de Pairaud me hizo traer a continuación una cruz de bronce y me exhorto a renegar del Cristo representado en aquella cruz. De mala gana lo hizo. Me dijo seguidamente que escupiera sobre la cruz; yo escupí a tierra; no creo que el ceremonial fuera para mí diferente al de los otros”.

Según parece, en el Temple existían en realidad dos clases de recepciones: la primera, reservada a la admisión y que se desarrolla sin ningún tipo de ceremonia reprensible y la segunda, que sólo tiene lugar varios años después, no es aplicada más que a algunos y es muy secreta” (Victoria Sendón de León). No falta quien sostenga que incluso existían dos diferentes reglas: la conocida, de San Bernardo, y otra paralela, secreta, llamada del maestre Roncelín, solo accesible a los miembros destacados. Al igual que en otras ceremonias iniciáticas de carácter grialista, más de un caballero poco preparado “salió de la prueba peinando canas y con definitiva expresión de naufragio en su desencajado rostro”.

Divulgados estos aspectos tras las declaraciones obtenidas bajo tortura durante el proceso parisino, se fomentó el odio de un pueblo ignorante y mísero hacia una organización fuertemente jerarquizada, destinada únicamente para la nobleza. De hecho, expresiones populares como la de “bebes o juras como un templario”, proceden de las acusaciones publicitadas tras el juicio y autores críticos hay, como Victoria Sendón de León, que señalan que “frente a las herejías de los pobres, cuya ideal se resuelve con la igualdad, los templarios representan el ansia de perfecci6n –gratuita– de cierta nobleza”.

Otro de los aspectos que alimentan el misterio es el del Bafomet, para algunos un demonio representado por una cabeza, en ocasiones con tres caras, como símbolo de la fertilidad y la vida. En el siglo XIX se identificó esta cabeza con la del “cabrón de los aquelarres y la del venerado en Egipto, que copulaba con sus fieles como el Diablo con las brujas” (Diccionario del erotismo).

Custodiado y utilizado por los templarios, en el legendario origen del Bafomet se cruzan curiosos aspectos. El monje benedictino Gerberto –que llegó a ser Papa con el nombre de Silvestre II (999-1003) aunque posteriormente no fue incluido en la lista oficial de los padres de la iglesia–, vino a Córdoba en el siglo X para estudiar la ciencia andalusí. En España sedujo a la hija de un hombre sabio, a quien robó un manuscrito. Siguiendo sus instrucciones, fundió una cabeza cuyo mecanismo, enteramente basado en formulas donde sólo intervenían dos cifras (¿antecedente mistérico del lenguaje binario de los ordenadores?), permitía contestar afirmativa o negativamente a cualquier pregunta. Los templarios, al parecer, honraban la memoria de Gerberto.

Otra historia, recogida en los interrogatorios del proceso. Cierto noble, enamorado de una muchacha, desesperado tras la muerte de ésta, profana la tumba de la amada y viola el cadáver. Acabado el acto, una voz le advierte que debe regresar al lugar al cabo de nueve meses para recoger un objeto del que nunca debe separarse pues le procurará cuanto quiera. Ese objeto era una cabeza. La mujer se llamaba Yse, nombre relacionado con la Isis egipcia: a quien ose levantar su veto se le confiere conocimiento y poder.

Ambas historias desvelan el origen del Bafomet, uno de los objetos sagrados de los templarios en el que, aunque no haya coincidencia a la hora de describirlo, parece clara su relación con un elemento de conocimiento. Las contradicciones sobre su descripción –a veces blanco, otras negro, gato negro, urraca, mujer-demonio–, hacen sospechar a algunos investigadores las posibles relaciones de su visión con los efectos de determinadas sustancias psicodelicas procedentes de la cultura arabe.

En cualquier caso, el mismísimo Pedro Rodríguez Campomanes, en sus Disertaciones históricas del orden y cavalleria de los templarios, aparecido en Madrid en 1747 y considerado un texto básico sobre la orden, reconoce que los caballeros “adoraban con culto de latría una cabeza blanca que parecía casi humana, que no había sido de santo alguno, adornada con cabellos negros y encrespados y con adorno de oro cerca del cuello y delante de ella rezaban ciertas oraciones y ciñéndola con unos cíngulos que ceñían después a sí propios con ellos, como si fueran saludables”. Como en el caso del ceremonial iniciático antes explicado, el conocimiento del Bafomet sin la debida preparación mental podía acarrear graves consecuencias.

rostros perdidos

Pero, ¿cuáles eran las autenticas intenciones de los templarios?, ¿qué planteamientos defendían para justificar tanto misterio a su alrededor? De las decenas de teorías existentes, nos detenemos en la defendida, entre otros, por Rafael Alarcón, para quien está claro que la Orden, desde sus inicios, mantuvo una doble doctrina: una, restringida para los dirigentes, escasamente conocida y de marcado carácter mistérico y otra, católica y romana, para el círculo exterior: La organización templaria funcionara a esos dos niveles: la minoría esotérica, dirigente, y la mayoría exotérica, guerreros y servidores”.

En función de ese sistema organizativo, de los contactos del núcleo fundacional con grupos orientales de sabiduría primitiva y de la trasmisión secreta de los conocimientos adquiridos, avanza Alarcón que la gran contribución que los templarios pretendían hacer a la humanidad era un sistema político denominado sinarquía en el que aquellos que disponen de Poder habrían de estar auténticamente subordinados a quienes, por su saber, por su inteligencia y por su moral trascendente, son detentadores de la Autoridad. Las funciones esenciales de la actividad colectiva –enseñanza, justicia y economía– estarían representadas por estamentos elegidos por sufragio universal, Los cuales, a su vez, a través de un tipo de prueba iniciática, seleccionarían a los cuerpos políticos encargados de aplicar las leyes.

Luchando por la implantación de este régimen sinárquico y apoyándose en el tremendo poder adquirido, que había convertido al Temple “en un Estado dentro del Estado y en una Iglesia dentro de la Iglesia”, los caballeros aparecen directa o indirectamente relacionados con los mas destacados acontecimientos que supusieran un avance histórico, económico o político en la Edad Media: desde la aparición de la primitiva letra de cambio a la independencia de Portugal o a las Cortes leonesas de 1188.

Al mismo tiempo que se detecta esa presencia templaria en los acontecimientos de progreso del medievo europeo, los caballeros buscan elementos de fusión entre las culturas cristiana y árabe, a la vez que el sincretismo y la tolerancia entre Cristianismo, Islam y Judaísmo. No es difícil imaginar el gran campo de cultivo que para esos intereses, resumidos en unir las tres grandes religiones monoteístas que por entonces dominaban el mundo y a partir de ahí crear un poder universal, ofrecía nuestra península.

Los templarios se habían instalado en España en el mismo ano de su Concilio fundacional. Dos años mas tarde, en 1130, están en Castilla, donde les son concedidos derechos fiscales como la luctuosa, que obligaba al pago tras la muerte de un vasallo, o económicos, como la explotación de salinas en la provincia de Zamora. Parece que la orden tuvo, en el Reino de León, una alta cotización.

El rey Fernando II, monarca amante de la poesía y las artes que había avanzado en la reconquista por territorios extremeños con la ayuda de los caballeros, premia a éstos, en 1178, con la villa de Ponferrada, una pequeña población nacida por generación espontánea al pie del puente sobre el Sil construido por el Obispo Osmundo para facilitar el paso de los peregrinos y que acabó dando nombre a la ciudad. Sin embargo, la amenaza musulmana estaba lejos de las fronteras bercianas en ese momento y parece excesiva la presencia de estos caballeros solo con el pretexto “oficial” de defender de bandidos a los peregrinos.

Realmente, los templarios, cumpliendo con eficacia y discreción las tareas para las que fueron oficialmente instituidos, buscan enclaves donde se alberga una tradición mágica, tomando el termino como sinónimo de conocimiento o experiencia de lo trascendente. Allí se instalan, viven los efluvios de la vieja sabiduría y velan.

Dice Juan García Atienza en una de sus múltiples obras sobre el tema que “los emplazamientos clave de los templarios coincidían con lugares en los que pueden encontrarse restos, recuerdos o manifestaciones tardías bajo formas de costumbres o tradiciones, de enclaves de especial importancia religiosa o mágica a través de los siglos”.

El Noroeste peninsular, junto con Portugal, Irlanda y Bretaña, es la tierra que contenía el testimonio secreto de una civilización portadora de la tradición arcana.

Hay otros rasgos de la actuación templaria que nos acercan directamente al territorio berciano. En su afán de separar el grano del conocimiento de la paja de la ortodoxia, los caballeros seguían el rastro de las supervivencias pre-cristianas trascendentes –la céltica, entre otras–, e investigaban las derivaciones heterodoxas cristianas, una de las cuales había arraigado con especial fuerza entre los habitantes de estos valles de la diócesis astorgana: el Priscilianismo.

Prisciliano, noble hispanorromano nacido en Galicia “que había ejercido las artes mágicas desde su juventud”, según Sulpicio Severo, había tornado contacto con las artes célticas y druídicas de su tierra e incluso con las doctrines arcanas de Oriente, según un autor tan poco sospechoso corno Marcelino Menéndez Pelayo. Con estos antecedentes y el éxito y la persistencia que sus doctrinas tuvieron muchos años después de la decapitación del líder en el 385 (dice Severo que después de su muerte “no solo no se reprimió la herejía sino que se afirmo y propago mas”), no es de extrañar el interés templario por recoger los restos de aquella desviación del pensamiento ortodoxo.

A la vez, desde el primer momento los templarios se instalaron a lo largo del Camino Jacobeo, erigiéndose en sus guardianes y fomentando el culto tanto al Apóstol como a la Virgen Madre Negra. En el Bierzo encontraron un punto clave del Camino donde, además, se mantenían arraigadas las revolucionarias tesis de Prisciliano.

Los caballeros se establecían en lugares desde los cuales podían vigilar determinados hechos insólitos. ¿Cuáles son estos hechos en el caso del Bierzo? Nos detendremos en algunos, además de los ya citados, sobre la permanencia del Priscilianismo, y el Camino de Santiago. Aunque no existe documento alguno que lo pruebe, prácticamente todos los especialistas en esoterismo dan por sentado que uno de los elementos de atracción de esta comarca para los templarios fue el oro de las Médulas, esa gigantesca y aún hoy imponente explotación romana abandonada en el siglo III de nuestra Era. Para Atienza, por ejemplo, no existe ninguna duda de que en mayor o menor medida se aprovecharon e incrementaron sus riquezas con estos yacimientos, cercanos al Lago de Carucedo, cargado de leyendas con ecos atlantes.

La presencia de una importante corriente espiritual y eremítica desde el siglo VII seria otro hecho a destacar: San Fructuoso y sus herederos construyeron iglesias de apariencia sencilla pero cargadas con todo el saber que el mundo esotérico otorga a los constructores medievales. Además, estamos en una zona donde son abundantes las ferrerías, atendidas por maestros que dominaban los secretos de un elemento fundamental en las culturas tecnológicas: el hierro, con su particular aire legendario.

Otros elementos a tener en cuenta son la cercanía a de un pueblo misterioso y legendario como los maragatos –con instalaciones como la de Rabanal, cercanas también al oro– o de enclaves eminentemente sagrados desde tiempos remotos como pueden ser los picos del Teleno, la Aquina o el cercano Campo de las Danzas.

un castillo con claves secretas

La administración templaria parte de una unidad mínima que es la encomienda o bailía, conjunto territorial al mando de un comendador, de vida monacal. En un rango superior se encuentra la provincia, bajo el mando de un Maestre provincial. De las doce provincias occidentales, dos eran peninsulares: la castellano-portuguesa y la aragonesa-catalana. La bailía se formaba a partir de donaciones, compras y aportaciones de los miembros. Las principales donaciones fueron reales, de carácter estratégico o defensivo, caso de Ponferrada.

A lo largo del siglo XII, el Bierzo adquiere un auge importante, mejorando la agricultura, la ganadería y creciendo la población de los núcleos urbanos. Ya hemos visto que en 1178, por donación del rey Fernando II, los templarios reciben Ponferrada en un momento, no lo olvidemos, en el que el frente de batalla estaba lejos, en tierras extremeñas. Se dice que el propio rey hubiera preferido ceder a los caballeros un punto mas próximo a la línea del frente pero que estos exigieron instalarse en Ponferrada.

La tesis de la defensa del peregrino también se tambalea si se analiza la escasa presencia de la orden a lo largo de la Ruta, con apenas otro par de posesiones en Castilla, Galicia y Navarra. En parte, ya hemos visto que la orden buscaba algo mas. En la villa protagonizan, además, un episodio oscuro: en el año 1204 son expulsados de ella por un período de siete años. ¿Lucha de intereses con los monasterios cercanos con los que sostuvieron, como veremos mas adelante, importantes pleitos? Las incógnitas son todavía muchas.

En cualquier caso, entre finales del siglo XII y principios del XIII, los templarios estaban en Ponferrada construyendo la fortaleza que hoy lleva su nombre. La historia ortodoxa cuestiona hoy el alcance de lo templario en la construcción conservada hoy en ruinas. Como ocurre con la arquitectura militar, este sector de la investigación sostiene que tampoco se puede determinar con claridad si los edificios religiosos atribuidos a la orden “fueron elevados por los templarios o si, por el contrario, les fueron encomendados ya construidos”. En cualquier caso, no es la ortodoxia lo que nos interesa ahora sino los laberintos de la leyenda y, en este sentido, el castillo de Ponferrada es un autentico paradigma del templarismo español.

Inmediatamente relacionado con la propia construcción del castillo y los templarios, surge el mito de la aparición de la virgen, que algunos autores, quizá exagerando su celo histórico, se atreven incluso a fechar en el año 1200. Estamos, además, ante una Virgen Negra.

Otro elemento vinculado a los templarios ponferradinos es el Lignum Crucis, objeto formado, según algunos autores, por la superposición de dos cruces ya conocidas: la griega de cuatro brazos iguales sobre la Tau en forma de T mayúscula. Estamos de nuevo ante una dualidad que integra la cultura de Oriente mediante la esotérica cruz griega y la de Occidente a través de la esotérica tau. Pues bien, en el Museo de la Catedral de Astorga se guarda el Lignum Crucis o relicario de la Vera Cruz que la tradición atribuye a los templarios de Ponferrada y sobre cuyos poderes existen un par de leyendas poco conocidas en las que merece la pena detenerse.

La primera nos presenta a un caballero templario berciano prisionero de los musulmanes que lleva consigo como reliquia un precioso Lignum Crucis de oro. Cuando es registrado por los infieles para buscar armas u objetos de valor antes de ser vendido como esclavo, el templario se encomienda a la Virgen de la Encina. Sorprendentemente, los carceleros no le encuentran la cruz, que se hace diminuta durante el registro. Conducido como esclavo a Alejandría, el caballero mantiene su fe en la Virgen de la Encina y, a lo largo de siete años de cautiverio, la intercesion de la Madre impide que la preciosa reliquia sea descubierta. El año séptimo, coincidiendo con la fiesta de la Virgen, el templario se durmió encadenado en su celda despertándose al día siguiente. Cargado de cadenas, ante los pies del altar de Nuestra Señora de la Encina en Ponferrada.

La otra leyenda relaciona el tradicional milagro de la aparición de la Virgen en una encina con el simbólico objeto. Alarcón recoge en A la sombra de los templarios: interrogantes sobre esoterismo medieval un romance popular que cuenta la historia:

Cubierto de sangre y gloria

un caballero templario

a Ponferrada volvía

de la batalla de Alarcos.

Pero su alma se dolía

de mas grande herida y daño,

pues la Vera Cruz perdida

quedo en la rota de Alarcos.

Y en la copa de una encina

entre celestiales cantos,

se le muestra una mujer

con un niño entre los brazos.

Pero el mismo el otro día

de muchos acompañado,

fue al bosque, busco una encina,

abrió el tronco de un lanzazo,

y dentro de el una imagen

de la Virgen encontraron;

la cual sonriente mostraba,

prendida en la diestra mano,

la divina Vera Cruz

del caballero templario;

allí mismo en breves días

se edifico un santuario.

La leyenda, efectivamente, cuenta la aventura de un caballero templario de Ponferrada que participó en la batalla de Alarcos, en la que Alfonso VIII fue derrotado por los musulmanes. Tal caballero, portador de un estandarte con la vera Cruz traído de Jerusalén, cayo en el fragor de la batalla perdiendo la preciada reliquia. De vuelta, cabizbajo, a Ponferrada, se le apareció en un encinar una lama luminosa exculpándolo y alabando su valor en la batalla, que le pidió que volviera al día siguiente con sus compañeros del castillo.

De vuelta al día siguiente los caballeros al bosque, identifico el guerrero la encina del día anterior y, al no hallar nada destacable, golpeo el árbol con un hacha, apareciendo en su interior la imagen morena de Nuestra Señora con el niño en un brazo y la Vera Cruz perdida en la batalla en el otro.

Esta versión no contradice el origen legendario de la imagen, traída de Jerusalén por Santo Toribio en el siglo V y oculta en el tronco de una encina ante el peligro de los avances infieles. Toribio, que llego a ser Obispo de Astorga, tiene tras de sí otras historias que lo relacionan con el Temple y con las vírgenes negras, aunque algunos autores, paradójicamente, lo colocan como martillo y perseguidor de la herejía priscilianista en la diócesis.

Las vírgenes negras comienzan a aparecer alrededor de los siglos XI-XII y en ellas los templarios hacían confluir a la Maria cristiana, la diosa tierra céltica, la Isis egipcia y la piedra negra cósmica. Casi siempre en la leyenda de su aparición aparece su origen oriental y el lugar donde se hallan tienen un fuerte contenido de culto antiguo. En este sentido, la Virgen de la Encina podría estar emparentada con la Virgen Negra de Monsacro, en Asturias, custodiada por misteriosos frates, traída también de Jerusalén por Santo Toribio y en cuyo pozo tomaban los peregrinos un puñado de tierra curativa, como recuerdo del lugar de culto megalítico a la Gran Madre. La imagen original de la Encina, sustituida por la actual del siglo XVI, hay quien sostiene que fue robada por un sucesor del Temple y que volverá a aparecer cuando resurja la Orden.

De entre la abundante literatura esotérica sobre el Castillo de Ponferrada es muy de destacar, por su originalidad, la teoría apuntada por Luis Sanjuán en un libro publicado a mediados de los años setenta Sanjuán, recientemente fallecido, era medico de profesi6n y, además de un enamorado de su tierra, la llevo con sus planteamientos a los territorios de la leyenda y el mito, a la reconstrucción de un referente colectivo heterodoxo de impresionante atractivo.

En resumen, la teoría de Luis Sanjuán es que el castillo fue construido mediante un plan preestablecido que dejó marcado en su propia estructura arquitectónica torreada un mensaje cifrado que ofrecería la clave para acceder a los subterráneos de la fortaleza. El autor sostiene que descifró la clave y halló esa entrada pero que no consiguió permiso para continuar su investigación. En este subterráneo estaría depositado un objeto de extrema importancia simbólica. Un objeto que bien podría ser, en su opinión, el mismísimo Arca de la Alianza, rescatada por la orden templaria del Templo de Jerusalén y escondida en estos valles perdidos y plenos de referencias mágicas del noroeste peninsular. Aunque con menos argumentaciones, Antoine Nolla prefiere pensar en el castillo como depositario del Grial.

Atienza es más cauto en sus opiniones y menciona en uno de sus últimos trabajos, sin citar a Sanjuán, a “estudiosos que han definido como mágica la estructura misma del recinto fortificado llegando incluso a identificar cada una de sus torres como una estructura edificada conforme a reglas zodiacales”. Este autor dice que “tal vez sea arriesgada esta aseveración, ya que se sabe que la fortaleza fue profundamente modificada durante los siglos posteriores a la estancia templaria en aquellos andurriales”. No cede, sin embargo, Atienza y acaba subrayando que “incluso las mas recientes catas arqueológicas llevadas a cabo en el recinto fortificado dan cuenta de hallazgos, como medallas y piezas de cerámica de los siglos XII y XIII, en las que surgen los símbolos ocultistas y las señales de reconocimiento del Temple y de sus allegados, los constructores de las logias”.

más puntos de vigilancia

Aunque el castillo ponferradino es sin duda el enclave templario más importante de la comarca, no es el único. La Orden tejió una red a lo largo de toda esta tierra que es más o menos amplia en función de quien interprete los signos.

Pocas dudas ofrece que el castillo de Cornatel fue templario. Su vinculación con la orden ha quedado reflejada para siempre en el episodio bélico de El Señor de Bembibre. Rebautizado por los templarios como Ulver, que Atienza hace derivar de Ullw=fuego, la fortaleza, fechada en torno al siglo XI, es adjudicada a los caballeros por autores como Madoz, Luengo y Quintana, quien sostiene que perteneció a ese grupo hasta la extinción de la orden. Tiene forma de pentágono irregular y la leyenda dice que la construcción esta asentada sobre una gran cueva cuya entrada es difícil de encontrar pero que permitía bajar hasta el río en caso de asedio. También circula la historia de que de él parte un largo túnel de unos diez kilómetros que lo comunicarían con el castillo de Ponferrada.

Aunque con mas titubeos, autores hay que hacen templarios los castillos de Balboa y Vega de Valcarce, a los que se le atribuyen labores de vigilancia sobre el espacio griálico cercano del Cebrero, e incluso al de Bembibre, prácticamente desaparecido, que Atienza califica como pequeña sucursal o avanzadilla de Ponferrada.

Templaria fue también la iglesia de San Miguel de Corullón (citada como tal por Quadrado y Luengo), que en plena Edad Media no aparece entre las posesiones del Obispado ni del Monasterio de Carracedo. Construida antes de la llegada de los caballeros, según Atienza “fue convento de templarios cuando estos entraron en posesión de los territorios bercianos que comprendía Ponferrada”. Como dato que corrobora esta tesis, aunque mas de la mitad de las iglesias templarias localizadas en Castilla y León están bajo la advocación de la Virgen, es frecuente también la de San Miguel, santo de carácter militar.

Muy cerca de este lugar, la iglesia de San Juan, en San Fiz de Corullón, podría haber pertenecido a la orden. Este espacio sagrado pasó a los Hospitalarios, herederos de muchas propiedades templarias. San Martin de Pieros, consagrada por Osmundo en 1086, les perteneció también al menos desde 1224. Un documento citado por Quintana menciona a un tal Domingo Fernández como comendador. Atienza, que ubica en este lugar un castillo, lo señala como uno de los puntos que formaba parte del cinturón en torno a las Medulas. Aunque fuera de las fronteras estrictamente bercianas, en las cercanías y en pleno Camino de Santiago, aparece el espacio templario de Rabanal del Camino, cuyo convento dependía de la encomienda de Ponferrada y se dedicaba a labores de vigilancia de las cercanas minas de oro.

Asimismo, parece claro que hacia el año 1300 los templarios tenían propiedades en la zona de Valdueza, chocando sus intereses con los de los monjes de San Pedro de Montes, con quienes mantuvieron largos pleitos. Reivindicando una heredad en Villabuena, el Temple se ampara en el privilegio otorgado por Alfonso XI en 1211 pero la sentencia real apoyara al monasterio.

Otros autores amplían la nomina de influencia templaria a puntos como Puente de Domingo Flórez, Priaranza, Borrenes, Espinoso de Compludo, Tremor... Mezclando literatura con historia, no falta quien incluya entre las posesiones templarias la derruida y recientemente semireconstruida ermita de la Aquiana, donde Don Alvaro Yáñez, el enamorado Señor de Bembibre de Gil y Carrasco, paso sus últimos días como eremita.

Frente a los excesos interpretativos de algunos autores y la racionalidad histórica de otros, de lo que no cabe ninguna duda es que en el. Bierzo la presencia templaria ha dejado huellas que permanecen, mas o menos visibles, casi setecientos años después de la desaparición de la orden. Aunque se ha especulado mucho sobre los templarios quizá, como señala Victoria Sendón de León, por el reto mismo que ello supone, lo cierto es que no existe nada definitivo cuando de lo que se trata es de explotar no los signos visibles, sino las claves que hicieron nacer esas mismas señales. Huellas que hacen de esta tierra una región mágica que a veces desaparece sin que nos demos cuenta, como tan bien definió el escritor Manuel Vázquez Montalbán al Bierzo, regalándonos algo mas que un hermoso eslogan turístico publicitario.