El camino de Santiago, una búsqueda

JUSTO MAGAZ

 

El Bierzo ha sido denominado frecuentemente territorio de frontera, un espacio para transitar en una dirección y en otra. Por eso, quizás mejor que en ningún otro lugar, este territorio, desde los tiempos de las calzadas romanas, se ha visto asociado al Camino como metáfora. El Camino ha servido durante siglos para guiar la organización del territorio, para canalizar la orientación de la vida religiosa con advocaciones y topónimos referidos al Apóstol, para encauzar la espiritualidad (monasterios) y la devoción (santuarios).

El Bierzo es un espacio colonizado por elementos religiosos asociados al Camino, por el que han transitado durante siglos, y continúan haciéndolo, peregrinos, trajinantes y aventureros. El Camino es un flujo de civilización que llega del exterior, un trasiego de gentes, ideas e influencias. Porque el Bierzo es camino de paso.

1. el camino de santiago

Peregrino y peregrinación son términos que etimológicamente expresan la idea de cruzar fronteras, atravesar campos en los que el caminante se siente extranjero, no perteneciente a los lugares por donde pasa; es un viajero por países que no son el suyo.

El fenómeno de las peregrinaciones se halla presente en todas las grandes culturas. En todas ellas la peregrinación entraña una doble significación, un caminar en sentido físico y un caminar en sentido moral por una ruta que no es la de todos los días. Entre los cristianos este fenómeno encarna la idea del pueblo de Dios caminando hacia la patria celestial, a semejanza del pueblo de Israel, un pueblo errante. El peregrino cristiano sabe que sus pasos se orientan hacia un lugar sagrado, y este hecho está para él lleno de significación religiosa.

Desde los tiempos de los primeros cristianos los dos grandes centros de espiritualidad, Jerusalén y Roma, se habían asociado a lugares de peregrinación. En el siglo XI se unió a ellos Santiago de Compostela. A diferencia de Jerusalén y Roma, donde el interés residía ante todo en la visita a los Santos Lugares, en la ida a Compostela la importancia recaía en el viaje, en hacer el camino. No sólo la ciudad del Apóstol era un lugar sagrado; también lo era el camino que conducía a ella. Los peregrinos que acudían a Santiago sabían que su andar transcurría por una senda plena de sentido religioso, en cuyo derredor giraba un potencial de riqueza espiritual que no se encontraba en otros lugares. Como ruta cargada de religiosidad, recorrer el Camino de Santiago comportaba una experiencia purificadora, era vía de piedad y devoción; a él se asociaba la práctica de la penitencia y el anhelo de perfección. Desde este punto de vista, el Camino contenía los elementos de un viaje iniciativo, recogiendo mejor que ningún otro la idea de espiritualidad y mortificación. El Camino de Santiago, al pasar los años, terminó asociándose en la mente de todos a la ruta de peregrinación por excelencia. Y así en Dante encontramos escrita la siguiente aseveración: Se tiene por peregrino en sentido estricto a aquel que se dirige a la mansión de Santiago o vuelve de ella (Vita Nuova). En este camino se encontraban numerosos centros de culto que conservaban reliquias de santos, y numerosos santuarios donde era costumbre que se realizaran milagros.

En cuanto camino iniciativo la peregrinación a Santiago se rodeo en la Edad Media de un conjunto de ritos y de símbolos que nacían de la liturgia de la separación y de la partida, de la fractura que se establecía con la vida ordinaria. La ruptura con lo cotidiano introducía al peregrino en un espacio y en un tiempo sagrados, en el transcurso de los cuales se daba a devociones propias del momento, obligándose a visitar y venerar los mil y un lugares de culto que hallaba en el camino. Abandonando a los suyos, el peregrino se enfrentaba a lo desconocido, y la partida constituía un acto de renuncia igual al del monje, e implicaba un ritual semejante a la de la investidura del caballero medieval, por el que asumía los elementos simbólicos del viaje: el traje, la burjaca de piel y la concha. Había de confesar y pedir perdón a todos; a menudo también tenia que hacer testamento.

Antes, como ahora, viajar presuponía el deseo de ir mas allá; en algún sentido todo viaje es huida de lo cotidiano y búsqueda de una vida nueva, de esa vida que en palabras de Antonio Colinas está mas allá de la propia vida, de una vida excelsa que, por ello, ya no pertenece a este mundo.

los franceses en el camino

En Francia se tuvo conocimiento del descubrimiento del sepulcro de Santiago ya en la segunda mitad del siglo IX, pero la veneración por sus reliquias solo cobró resonancia a partir de la centuria siguiente. Estaba ya próximo el final del milenio cuando a los campos de Aquitania llegaron noticias de peregrinos que acudían a visitar la tumba del Apóstol en el país de los gallegos, allí donde los confines de la tierra se abrían al mar Océano. Algunos viajeros procedentes de la Península hablaban de combates entre moros y cristianos por las parameras del Ebro y del Duero, y del conde Raimundo de Rouergue se decía que había perecido asesinado en los aledaiños del Camino. Ciertos penitentes que se dirigían a Poitiers y San Martín de Tours contaban que un obispo de Le Puy, apodado Godescalco, había regresado de su viaje a Compostela con valiosos manuscritos. También se mencionaba el regreso del arzobispo de Reims, Hugo de Vermandois; y se aiñadía que un caudillo moro, de nombre Almanzor, había iniciado incursiones terribles en los territorios cristianos. Compostela había sido asaltada, su basílica destruida y numerosos habitantes hechos prisioneros y trasladados como esclavos a Córdoba y Sevilla. Huyendo de la dominación árabe, religiosos y laicos cruzaban los yermos de la Meseta y buscaban refugio en los valles recónditos de los Montes de León. Algunos monjes que huían de la Península llevaban entre sus hábitos y manteos códices Beatos de colores llamativos e imágenes deslumbrantes que aludían a un Apocalipsis cercano y al regreso del Anticristo, códices que en Saint-Sévèr y otros lugares de Francia se habían apresurado a reproducir.

Todo esto ocurría a finales del milenio. Pasado el año mil, los reyes cristianos lograron fijar la frontera del sur. Desfondado el Califato de Córdoba, se rehicieron las calzadas romanas, se desbrozo el Camino, se repararon sus puentes, y quedo asegurada la vía de comunicación entre el norte de España y Francia. Llenas de fervor religioso gentes de varia condición se pusieron en camino a Compostela. Eran gentes de allende los Pirineos que el vulgo llamaba francos. Eran los extranjeros del Camino. Unos llegaban como peregrinos, y otros como feriantes y vividores al amparo de las nuevas villas y burgos. Pero no todos llegaban a Santiago. Había quienes se quedaban por el camino; se agrupaban, y al lado de un puente, en el cerro cercano o a la vera de un río formaban un barrio, fundaban un pueblo.

Para fijarlos al lugar los soberanos y dueños seculares del territorio les otorgaban fueros con toda suerte de derechos y exenciones, de manera que, frente a los pobladores autóctonos, disponían de privilegios especiales. Por eso la palabra franco no solamente denotaba extranjero, pues era sinónimo también de hombre libre y privilegiado.

Villafrancas hay muchas en el Camino, pero a nosotros nos interesa la de aquí, afamada entre los viajeros por sus caldos, buena posada y buena mesa. Cuando se llega a Villafranca viene a la memoria el recuerdo de los extranjeros que ganaron el perdón en la pequeña iglesia de Santiago y allí se establecieron sin continuar a Compostela. En Valdueza, camino de Peñalba, se encuentra Valdefrancos. Es difícil sustraerse en este lugar a la evocación de los peregrinos que en él se quedaron, levantaron casa centenaria con las losas de La Guiana y se ocuparon de labrar exiguos fundos para satisfacer los diezmos al abad de San Pedro de Montes. También en Molinaseca, desde los primeros tiempos de la peregrinación se levantó un vico francorum que tenía su asentamiento en tomo a la iglesia de san Nicolás.

Muchos peregrinos nunca llegaban a Santiago. Se desviaban a tierra de moros, tentados por el lujo y el esplendor de sus ciudades. Allí estaba la riqueza y de allí regresaban con monedas de oro y plata, los morabetinos, cordobanes, perfumes de berbería, tejidos finos; chucherías primorosas. Y se incorporaban a las ferias del Camino. Se les vela pasar de Mansilla a Bembibre; aparecían en Ponferrada, Cacabelos y Villafranca.

Muchos peregrinos, hartos del Camino, endurecidos por el esfuerzo diario, agobiados por la sed y el calor, tomaban la ruta del sur y engrosando el grupo de algún señor de la tierra o de algún rey cristiano practicaban correrías y algaradas en los territorios musulmanes bajo la protección del Apóstol. Al cabo de los años, algunos tomaban de nuevo el Camino. Unos llegaban caballeros en sus mulas, llenos de ostentación y riqueza; otros venían tullidos y lisiados. Los primeros se procuraban el perdón, los demás buscaban cada día el sustento o algún milagro.

Unos pocos regresaban de la morería nutridos de saberes antiguos recogidos en juderías y aljamas. Eran los saberes que llegaban de Damasco y Alejandría transmitidos por los árabes. En Toledo los hacían pasar al latín y al romance. Desde allí tomaban el camino del norte, el camino de la universitas cristiana. En Salamanca, Paris, Bolonia o Palermo se transformaban en saber escolástico, en ciencia o en alquimia.

Los peregrinos francos disponían desde principios del siglo XII de una guía que los orientaba en su marcha a Compostela y les explicaba diversos pormenores de las poblaciones por donde pasaban. Los libros de viaje de este estilo eran frecuentes en la Edad Media. La guía que traían los francos formaba parte de una colección de textos destinados a promover la peregrinación y el culto a Santiago, y se conocía con el nombre de Liber Sancti Jacobi o Codex Calixtinus. En ella no se habla mucho de las poblaciones del Bierzo, pues se limita a enumerar los pueblos y villas mas notables, pero lo incluye en un amplio territorio en el que recomienda no comer barbo, anguila o tenca: O te mueres o te pones malo, dice. El texto añade que tanto el pescado como la carne de vaca o de cerdo producen enfermedades a los viajeros. Por el autor del libro sabemos que el tramo del Camino de Santiago que va de Rabanal a Portomarín hubo de rehacerse por completo durante los primeros tiempos de la peregrinación, y que esto sucedio antes del ano 1120.

De la Borgoña francesa llegaban monjes de hábitos negros que establecían prioratos a lo largo del Camino y difundían una reforma monástica basada en ejercicios ascéticos, las plegarias y el oficio divino. Traían un proyecto de cristiandad que recogía un cambio en la moralidad de la iglesia, pretendían la unificación de la liturgia y la exaltación de la pobreza, la disciplina y la caridad. Aportaban a las ceremonias gusto por la suntuosidad y la magnificencia, los ritos solemnes, los oros y los inciensos.

Los monjes de la Orden de Cluny hicieron del monasterio de Sahagún un centro influyente y poderoso, que proporcionaría obispos de origen francés a las principales sedes episcopales de León y de Castilla, contribuyendo a sustituir numerosas tradiciones locales.

Al Bierzo llegaron cuando en 1120 la reina Dona Urraca donó a la abadía de Cluny la iglesia villafranquina de san Nicolás. Hasta Villafranca se desplazaron monjes franceses que, además de organizar elpriorato de Cluniaco, fundaron un hospital para atención de los peregrinos. La llegada de estos monjes no estaba solo motivada por sentimientos nobles y elevados, el ejercicio de la devoción y de la caridad. La acogida de peregrinos reportaba ingresos y recursos procedentes de las donaciones de los benefactores. La piedad coexistía con el interés, y no puede extrañar que los monjes de Villafranca protestaran contra la implantación de un hospital pr6ximo aduciendo que usurpaba injustamente sus derechos sobre los peregrinos. De la mano de los cluniacenses penetró el románico de planta benedictina, o también llamado estilo de Cluny II. En el Bierzo se conservan algunos edificios singulares en estilo románico, como la iglesia de Santa Maria de Vizbayo, Nuestra Señora de la Plaza en Cacabelos, la iglesia de Santiago en Villafranca y las de San Miguel y San Esteban en Corullón. Conservan trazas del mismo estilo la iglesia de San Martín de Salas y la de Santo Tomas de las Ollas.

Mas tarde llegaron monjes cistercienses que pretendían recuperar el ideal de los antiguos monjes benedictinos: espiritualidad sencilla, oración silenciosa y trabajo manual en los campos. Contrarios al lujo y opulencia de los cluniacenses, preconizaban entre los fieles una piedad sincera y llana. En el arte impusieron los principios de austeridad en el alzado de la planta y sencillez en los detalles. Los capiteles de los edificios cistercienses abandonaron la ornamentación abigarrada y la representación de escenas naturales, tan características del románico. Los cistercienses en el Bierzo comenzaron instalándose en Carracedo, aunque esta abadía y los monasterios dependientes retrasaron su incorporación a la Orden del Cister hasta que lo hicieron en el año 1200. El monasterio de San Miguel de Almázcara o de las Dueñas se restauró en 1152, y todo parece indicar que se hizo bajo la regla cisterciense.

Durante la Baja Edad Media la peregrinación se convirtió en un rito necesario para los señores centroeuropeos que vivían el ambiente caballeresco de la época; a los francos se unían teutones, polacos y sajones que venían a alcanzar el jubileo, llegando con sequitos numerosos. La Reforma, en cambio, produjo en el siglo XVI un cambio en la consideración en que hasta entonces habían vivido los peregrinos, creándose una opinión desfavorable a la peregrinación. Luteranos y erasmistas criticaron la santurronería y la hipocresía con que se rodeaban los peregrinos. El peligro protestante obligo a los reyes a limitar y controlar el numero de extranjeros, y a dictar normas impidiendo el vagabundeo y la picaresca de quienes con hábitos de peregrinos pretendían vivir sin trabajar. Durante los siglos posteriores se acentuó la critica a la religión entre enciclopedistas e ilustrados, y el numero de peregrinos descendió, hasta hacerse insignificantes los que en el siglo XIX llegaban a Santiago.

2. el camino iniciático

El Camino de Santiago no es solo una creación medieval. En todos los tiempos la Vía Láctea ha suscitado interpretaciones diversas acerca del simbolismo cósmico, siendo estrechamente relacionada con las corrientes telúricas que recorren Europa, y que, de alguna manera, estarían manifestando caminos de peregrinación. Mucho antes de los tiempos medios la ruta de la estrellas había guiado a los pueblos de la cultura del hierro en su vagar desde las estepas de Asia. Era la misma ruta que seguía el sol naciente y que la Vía Láctea mostraba hasta perderse en los confines donde la tierra se abría al inmenso mar, frontera ultima de la civilización y origen de los pavores antiguos.

Muchos autores actuales, cuando vuelven la mirada hacia lo remoto de los tiempos, ponen en relación el Camino de Santiago con la Vía de Lug o ruta del Arco Iris de Lug, una divinidad de los pueblos celtas que se asocia a la luz y al sol, y cuyo símbolo sería el cisne y la pata de la oca, trasunto, en la iconografía jacobea, de la vieira o concha y de la estrella radiante.

La cultura clásica también había alimentado numerosas tradiciones míticas relacionadas con los confines occidentales de la tierra y con las márgenes de un inquietante Océano, en cuyo interior se sucedían extraños prodigios, maravillas y fenómenos sobrenaturales. El escaso conocimiento que el mundo griego tenía de los límites espaciales por el lado occidental había contribuido a situar en aquellas tierras un escenario geográfico de especulaciones míticas y fantásticas donde vivirían pueblos privilegiados.

En la formulación de los poetas épicos el Océano frecuentemente rodeaba con sus aguas la morada de los dioses, el Hades o morada de los muertos, los Campos Elíseos, las Islas de los Bienaventurados, donde residían todos los héroes que no habían perecido en la Guerra de Troya, y el Jardín de las Hespérides. A la tradición clásica pertenece también el mito de la Atlántida, tierra exuberante y fértil, cuyos pobladores, inteligentes e industriosos, habrían sido extremadamente hábiles en el arte y la tecnología. A los Atlantes, sus pobladores, debían los antiguos sus conocimientos en metalurgia, astronomía, medicina, otras ciencias y artes. De ellos habían aprendido los maestros egipcios la técnica de levantar las pirámides, y los griegos el arte de esculpir las figuras de los templos.

Durante mucho tiempo el Océano fue limite y barrera final de las tierras habitadas, mas allá del cual se abría un horizonte de expectativas con materia inagotable para toda clase de ensoñaciones y proyectos de viajeros y visionarios. De ese carácter mático y nebuloso que vemos asociado al Océano participaban también las tierras circundantes. La región del ocaso, en la imaginación de griegos y romanos, quedo asociada a la idea de riqueza y abundancia. Se hablaba de los minerales nobles, oro y plata, que escondían sus entrañas, de la longevidad y bravura de sus gentes. Y todo ello había contribuido a suscitar en los tiempos antiguos un atractivo especial para expedicionarios indómitos y avezados, a la vez que un sentimiento de temor por la lejanía y el desconocimiento. Cuando la expedición de Décimo Junio Bruto cuenta Floro (I, 32,12)se enfrentaba a los galaicos, sus sol dados se habían negado a atravesar lo que ellos denominaban rió Leteo, el terrible río del olvido que daba paso al mundo de los muertos, y entre las razones esgrimidas para su retirada de la zona estaba el haber creído cometer sacrilegio por contemplar con horror como el sol se apagaba en las aguas del Océano. Estaban en la región del ocaso, que la fabulación de griegos y romanos había poblado de fenómenos extraños y misterios.

mensajes herméticos

Con el paso del tiempo algunas de estas tradiciones y leyendas se han visto asociadas a la historia de la Orden del Temple. Cuentan las crónicas medievales que cuando Hugo de Payens y Godofredo de Saint Omar con otros caballeros nobles de Francia se hicieron devotos de Dios, a instancias de Bernardo de Claraval se establecieron en los aledaños del Templo de Salomón, de donde recibirían el nombre de caballeros templarios. Además de serles confiada el Arca de la Alianza, en el Templo de Jerusalén estos caballeros de Cristo conocieron una sabiduría olvidada que Moisés había recibido de los constructores egipcios. Eso al menos dice una tradición, y añade que ese conocimiento fue celosamente guardado entre los miembros de la Orden para ser transmitido solamente por vía esotérica. Establecidos en puntos neurálgicos del Camino de Santiago los caballeros templarios se hicieron protectores de viajeros y caminantes, y constructores de singulares edificios en cuyos muros grabaron los misterios de la sabiduría esotérica. Desde entonces, por el Camino fluyen enseñanzas ocultas y añoradas, perseguidas con tesón por los penitentes del Hermetismo en el muestrario de escenas bíblicas, mitológicas y naturales que el arte nos legó. Son muchos los que interpretan estas figuras a la luz de las antiguas creencias, y examinan en las construcciones góticas el misterio que esconden, su mensaje oculto en la geometría, la matemática y la arquitectura.

Hoy, como ayer, el Camino es recorrido por místicos e iniciados, cabalistas, nuevos templarios, sabios impregnados de esoterismo, iluminados, alquimistas y visionarios que buscan a lo largo de él señales extrañas, símbolos de unos mensajes herméticos que comunican una sabiduría superior. Desempolvan viejos mitos y figuras legendarias enfrentándose a la expresión de misterio y de magia que el tiempo ha formulado en el Camino.

De Nicolás Flamel, escribano y famoso alquimista francés, se dice que fue precisamente en la peregrinación a Santiago como adquiri6 sus conocimientos en el arte de la alquimia. A sus manos había llegado un viejo manuscrito en pergamino, grabado en caracteres extraños y figuras simbólicas. Incapaz de interpretarlo por sí mismo o con la ayuda de otros, decidió recorrer el Camino a Compostela, esperando con este piadoso acto recibir la gracia de poder descubrir el conocimiento que guardaba en su interior. Corría el año 1378 cuando el escribano francés vistió túnica de peregrino, tomo el bordón y la concha, y emprendió las duras jornadas que le llevarían a la ciudad del Apóstol. De regreso a su tierra, cuando cruzaba las tierras de León conoció a un versado cabalista, judío converso, denominado Maestro Canches, quien reconoció el manuscrito de Flamel como obra del Rabbí Abraham. El Maestro Canches comenzó a descifrarle el contenido del manuscrito, y al mismo tiempo fue iniciándole en el simbolismo del saber hermético. Ambos hicieron juntos el camino de regreso a Paris, aunque desgraciadamente el cabalista judío murio a la entrada de Orleáns. A pesar de todo, Flamel, con los conocimientos adquiridos de Canches, pudo proseguir interpretando las revelaciones que ofrecía el manuscrito.

Este viaje del alquimista francés ha tenido para los devotos del esoterismo una significación especial. El Camino de Santiago representa para todos ellos la ruta del conocimiento. Entre la simbología esotérica relacionada con el Camino se halla la propia figura del Apóstol, patrón de los alquimistas, cuyo báculo culmina en forma de Tau, símbolo utilizado también por el Temple. Los esotéricos, llamados a realizar la peregrinación para alcanzar el verdadero saber, siguen el recorrido tradicional, pero viven un camino distinto, porque persiguen otra realidad: aspiran a descubrir, como Flamel, la Gran Tradición. Y así, siguiendo los secretos de ese antiguo saber plasmado en la ruta, recorren el Camino como si este fuera un libro de piedra que encerrara un conocimiento por descubrir.

3. el bierzo en el camino

Después de haber dejado atrás eriales y tierras sedientas en la Meseta, el peregrino llega a las cumbres de Foncebadón el monte Irago de los tiempos altomedievales, cumbres soberbias y desoladas donde el viajero se siente caminando entre el cielo y la tierra. A estos lugares apartados se había retirado el ermitaño Gaucelmo cuando a finales del siglo XI la peregrinación se hallaba todavia en sus comienzos. Gaucelmo, que pertenecía al tipo de solitario con ánimo inquebrantable, dedicó su vida a consolidar el camino que seguían los peregrines, la strata de Monte Irago, edificando en aquellos lugares iglesia y hospedería, y entregándose al servicio de los viajeros expuestos a todo tipo de penalidades. Lo mismo que él, en otros lugares del Camino habían hecho Domingo de la Calzada en la Rioja, Alón en Burgos, Juan de Ortega en los Montes de Oca y Gerardo de Aurillac en El Cebrero.

Desde Foncebadon y la Cruz de Ferro, hierática y mística, comienzan a verse valles angostos, profundas simas donde se asientan los primeros pueblos bercianos, parajes de paz y frescura espiritual en los que pervive el recuerdo del misticismo de monjes, anacoretas y sonadores: Manjarín, Las Tejedas, Carracedo, Compludo. Desde estos altos el Bierzo aparece en toda su extensión, ameno y diverso, rodeado de montañas, mostrándose con su variada y vistosísima escala, con las cordilleras que los surcan empleamos palabras de Enrique Gil, los ríos que lo bañan, los castillos que lo decoran, los monasterios e iglesias que lo santifican, las poblaciones que lo adornan, y los campos, praderas y viñedos que derraman sobre él sus raudales de abundancia... El descenso de estos montes finaliza en Molinaseca, pueblo donde pervive la belleza de su pasado, con el puente medieval, el santuario de las Angustias, y la calle Real o de peregrinos, que se ramifica en angostos callejones para delimitar construcciones de hermosa figura tradicional.

Poco mas adelante se halla Pons-Ferrata puente de hierro-, obra de herreros y pontífices, que en sí misma concita en el recuerdo los símbolos del ocultismo medieval. En Ponferrada el caminante se encuentra frente al pasado templario, transformado por el arte de Gil en epopeya romántica. Son muchos los que han especulado acerca del quehacer en el Bierzo de los monjes guerreros los guardianes del templo, relacionando sus fortalezas con la riqueza, los símbolos mistéricos, la encina de la virgen y los cultos prohibidos. La fortaleza de Ponferrada, punto mágico en la ruta jacobea, ha provisto de materia inagotable las especulaciones de numerosos escritores. Poco importa ahora que muchas de estas fabulaciones se nutran de leyendas sin demasiado fundamento. Lo importante es que numerosos caminantes vienen movidos por convicciones arraigadas en el hermetismo, e iluminados por una fe que les hace recorrer y visitar estos lugares. Camino de Compostela pasan los peregrinos, iniciados o legos, compartiendo una fe imprecisa en los misterios de la vida y del cosmos, participando en la búsqueda de un mas allá indefinido e inconcreto, persiguiendo un conocimiento inalcanzable para el común de los mortales. Ponferrada añade además la fascinación de su virgen negra, la Morenica, y la leyenda que vincula su aparición a las gentes del Temple.

Poco después se entra en Cacabelos, población agrícola y mercantil, con amplia tradición en ferias y mercados. Los restos romanos aparecidos en su territorio vinculan el antiguo asentamiento con las explotaciones de oro, asunto siempre atractivo para viajeros de toda clase y orden. En Villafranca, tranquila y señorial, se conservan algunos de los monumentos mas representativos del ante berciano. Junto con Corullón ofrece la representación mas completa de la iconografía románica existente en el Bierzo. Repartidos en capiteles, canecillos y modillones de las iglesias encontramos imágenes llenas de simbolismo, representando la dialéctica de lo sagrado y lo profano, de la sabiduría y la ignorancia, de la salvación y la condenación. Encontramos allí las cabezas de león, guardianes del templo, y símbolos también de Cristo. Junto a ellas, bestias que representan la muerte; mujeres en actitudes poco decorosas, de posturas procaces y lascivas, imágenes todas de la lujuria y la tentación diabólica; aparecen repetidamente grifos y aves, que encarnan el espíritu de la sabiduría. Todas estas representaciones se rodean de una decoración sencilla y de candorosa expresión, que invita al caminante a indagar en el sentido de la vida.

Desde Villafranca ya todo es subir hacia El Cebrero siguiendo el valle del río Valcarce. Atrás quedan pueblos coma Trabadelo, Ambasmestas, Vega o Ruitelán. Los castillos de Auctares y Sarracín son sólo un recuerdo pleno de leyendas. En El Cebrero, sede del Grial gallego, un francés había levantado en el siglo XI una capilla y había abierto albergueria para los de su país. Se llamaba Gerardo y procedía de Aurillac. Mas tarde se detendría en este lugar Guy de Borgona, el futuro papa Calixto II cuando había venido a Compostela para asistir a la prestación del juramento que los nobles gallegos debían a su sobrino Alfonso, el hijo de Raimundo de Borgoña y Urraca de Castilla. Se contaba que en agradecimiento a las atenciones que aquí había encontrado había donado al lugar una reliquia de la Vera Cruz, muy milagrosa. Tiempo después vino lo del milagro aquel del clérigo de poca fe a quien en el momento de la consagración la hostia y el vino se le transformaron en carne y sangre visibles. De entonces data la subida de fieles al santuario todos los años. En nuestros días todo esto lo ha actualizado, contándolo de nuevo muy bien, un cura menudo, emprendedor como los ermitaños del medievo, que redacto un libro con todo detalle para poner al día el Camino. Desde El Cebrero en adelante ya todo es un bajar a Compostela por tierras de Galicia.