De lugares mágicos y legendarios

JOVINO ANDINA YANES

 

Pero no por eso creas que el frío convierte a estos montañeses en hurones; antes bien durante él (el invierno) se reúnen todas las noches en la casa mas espaciosa del lugar, las mujeres a hilar (de lo cual viene a estas tertulias el nombre de filandón), y los hombres que vienen mas tarde a divertir con un poco de baile la ultima hora de la reunión. Excusado será el decirte que en estos filandones nunca faltan historias y cuentos maravillosos narrados por las viejas al amor de la lumbre.

ENRIQUE GIL Y CARRASCO

“Los montañeses de León

Semanario Pintoresco Español, 14 de abril de 1839

 

a modo de preámbulo

Podía haber sido cualquier otra la cita escogida para encabezar este fascículo; sin embargo, una efeméride de obligado recuerdo para los leoneses determinó la elección de ésta. Cúmplese este año el 150 aniversario del fallecimiento del emblemático autor villafranquino, quien fuera, a pesar de su temprana desaparición, un nombre significado en la época que le tocó vivir. Gil y Carrasco, como escritor romántico, va a encontrar en el tratamiento de los temas hist6ricos y legendarios una de sus principales fuentes de inspiración. Las novelas El Señor de Bembibre o El Lago de Carucedo resultan claros testimonios de esa militancia y ejercicio. Si a esto sumamos la serie de documentados artículos periodísticos sobre viajes y costumbres, en los que se estudian diversos aspectos históricos y etnográficos del Bierzo y del resto de la provincia de León, el porqué de tal evocación resulta mas que justificada.

acerca de los filandones

¿Y que añadir –a lo ya citado– sobre los filandones, o los ancestrales lares o lareiras donde éstos se celebraban? Resulta evidente que tales reuniones y espacios contribuyeron, con reconocida eficacia, al objetivo de recoger, conservar y transmitir la esencia de la cultura popular, especialmente la parcela conocida como tradición oral; el filand6n tuvo siempre un efecto socializador y lo que en él se decía o escuchaba era, por extensión, voz del pueblo. Al calor de la lumbre, las abuelas hilaban, además de lana, el hilo fino y hebroso de viejas crónicas, cuentos y leyendas. Y mientras los hombres preparaban las mimbres para hacer un maniego o las mozas bordaban la camisa de lino que regalarían a su prometido el día de la petición de mano, los mas pequeños, a hurtadillas, detrás del escaño, hipnotizados por la magia del ambiente y la temática, aprendían, al dedillo, las sucesivas e interminables lecciones. Los filandones, así de claro, creaban escuela, allí se transmitían los mil y un saberes e historias de autóctono sabor, hasta que los aires de modernidad acabaron con tan singulares tertulias.

Claro que no siempre lo que alrededor de aquel mundo sucedía resultaba del agrado de todos. No faltan, en épocas concretas, repetidos intentos, por parte principalmente de la Iglesia, de controlar tales reuniones, so pretexto de originarse en ellas gravísimos inconvenientes e inmoralidades, como recoge un documento que, fechado en 1751, llega a la iglesia de Toreno, desde el obispado de Astorga, en el que textualmente se dice: “... manda su merced que de aquí adelante no se agan semexantes junttas y filandones, ni persona ni vecino alguno lo permitta en su casa. Y así lo cumplan, en birtud de santa obedienzia, pena de excomunión maior y de un ducado de multa...”. Es evidente que no se trataba de un intranscendente rifirrafe; en el fondo latían cuestiones de mucha mayor envergadura.

de los lares... y otros lugares mágicos

Y ya haciendo referencia al segundo termino en cuestión, lar o lareira, la consulta del Diccionario de la Real Academia Española nos saca de dudas. “Lar. (Del latín lar, laris) m. Mitología: Cada uno de los dioses de la casa u hogar. 2: Hogar, sitio de la lumbre o cocina”. Y es que, desde siempre, alrededor del fuego, los hombres han practicado ritos empapados por el misterio de las fuerzas ocultas de la naturaleza; en la casa tradicional campesina, el lar fue también –además de sitio donde se preparaba la comida– lugar propio para el culto, o los cultos; porque, con mucha frecuencia, entre fe y superstición los limites eran tan prietos, que no cabía ni un papel de fumar. Junto al hogar la mujer daba a luz a sus hijos, costumbre que parece relacionarse (según Kruger) con antiguas ideas supersticiosas; junto a la lumbre se rezaba diariamente el rosario por las más diversas intenciones, y en el mismo espacio, no se dudaba tampoco, si era preciso, en realizar prácticas curativas de tipo ritual, como recoge Manuel Rodríguez y Rodríguez en su obra Etnografía y Folklore del Bierzo Oeste-Suroeste, donde describe el rito practicado en la citada zona para sanar a los afectados del mal de ojo. Nos encontramos, es notorio, a las puertas de un mundo de referencias envolventes.

Pero si la cocina era un lugar mágico de ámbito menor, meramente familiar, la faz de la tierra y, por ende, nuestra rugosa piel de toro están plagadas de sitios mágicos de ámbito mayor, enclaves donde los calificativos de misterioso, insólito, prodigioso o incomprensible van unidos, desde siempre, a las “cosas” que allí se dice que sucedían, y cuyas claves, según algunos, cabria buscarlas, quizá, en las energías telúricas, en el clima, la luz, la presión o la flora, que propician un microcosmos especial; o, según otros, en el poso de sustratos culturales varios: precristiano, cristiano, pagano, etc.

Puestos a seleccionar cualidades o rasgos que nos permitan localizar y definir, con cierta concreción, esos espacios considerados tradicionalmente mágicos, se pueden enumerar, a modo de síntesis, los siguientes:

–Para los místicos, la clave estaría en la posibilidad de “vivir” allí su propia trascendencia.

–Para los creyentes, la “presencia de Dios” debería manifestarse de forma especial.

–Para los supersticiosos, porque las “fuerzas ocultas” se hacen claramente visibles por sus efectos.

–En todo caso, característica común es ser lugar donde coinciden y se concentran circunstancias secretas, insondables.

–Los fenómenos allí vividos se escapan al análisis de la razón.

–Estos lugares han conservado esas características a lo largo de la historia, con diferentes culturas y religiones.

–Son puntos de encuentro que gozan de amplio reconocimiento popular, tienen magnetismo para las masas.

Mas resulta lógico que, sobre un tema tan susceptible de discusión, no exista unanimidad; así la escritora e investigadora, de raíces bercianas, Isabel Álvarez de Toledo, mantiene, desde una óptica estrictamente critica y actual: “Lo mágico –dice– está en nosotros. Si nosotros queremos convertir fuerzas perfectamente explicables en mágico, podemos; basta con que seamos ignorantes. La ignorancia es la que hace el misterio”. Y si para mayor abundamiento, queremos rescatar otra alusión a la ignorancia, nos la ofrece José Castaño Posse, en su libro Una excursión por las Medulas (1904), cuando relata las creencias de las gentes de entonces, quienes pensaban que los supuestos tesoros escondidos en las entrañas de aquel monte (las Medulas), se podían adquirir fácilmente con solo evocar al demonio por medio del celebre libro El Ciprianillo.

En fin, con los tiempos cambian las ideas, las creencias, los valores, y lo que durante sucesivas generaciones se admitía y transmitía con cuño de misterioso, oculto o enigmático, años después, a la luz de una mayor información, de la reflexión critica, y de corrientes filosóficas y culturales mas actuales, pierde tales virtudes y atributos. Todo depende pues, del tamiz por donde pasemos la mies.

Concluyendo, hora es ya de alejarnos de disquisiciones teóricas, y tomar, a la espalda, nuestro morral de viajeros ávidos de recorrer o rememorar mundos mágicos y legendarios, ¡que ahí es nuestra batalla!, sean éstos cuevas, castillos, fuentes, ermitas o aquelarres, porque de nada falta en este mosaico multicolor de gentes y credos llamado Bierzo. Nos adentraremos así por las sendas de una singular geografía, en la cual no priman las consabidas coordenadas de longitud, latitud, o distancia. Lo que sí resulta imprescindible ahora es la complicidad del lector o el andarín, empapados de ciertas dosis de curiosidad. Si llegar a cada lugar mágico es nuestro pequeño objetivo puntual –la eclosión–, el camino, la ruta que hasta allá nos conduce esta en la leyenda –la ensoñación–.

entrar en el vierzo

Para entrar en El Vierzo, “un país encantado ... y fecundo en antiguas memorias” (como lo describiera, allá por 1855, el escritor y geógrafo menorquín J. M. Quadrado), siempre hemos de hacerlo bajando, salvo que penetremos contracorriente, siguiendo el curso del Sil, desde tierras de Valdeorras. El Bierzo es un anfiteatro natural, y desde la muralla montañosa que lo abraza, se ofrece amplio, orondo y acogedor como un regazo, y, a medida que uno desciende y se adentra en sus valles, estos acaban embriagándole de voluptuosidad, atrapándole. El Bierzo es un vergel, dijo algún estudioso de la etimología, a quien esta –perdido el control por un arrebato de enamoramiento incontrolado– le jug6 una mala pasada. Los geólogos se empeñan en sostener que este país es, en síntesis, una cubeta tectónica conformada durante un período que llaman terciario. Sin embargo, los bruñidores de leyendas mantienen que el Bierzo fue uno de los últimos caprichos obrados por el Creador, cuando en el ocaso del tercer día, se hallaba embebido separando las aguas de las tierras, y ya a la hora de dar los últimos retoques a la Cordillera Cantábrica y Montes de León, exhausto de tanto trabajo, descansó la palma de su mano derecha sobre la susodicha faz; de tal suerte, que, en el acto, conformó la hoya berciana, y sus cinco dedos arañaron al instante el cauce por donde iban a discurrir los ríos (Boeza-Tremor, Noceda, Sil, Cúa y Burbia-Valcarce), mientras, con el largo antebrazo, marcó el curso del Sil-Miño hasta el Océano.

Sea como fuere, si la ruta que al vergel nos conduce desde Castilla es la alumbrada por las estrellas de la Vía Láctea o Camino de Santiago, sepa el viajero que allá en el limite, donde Maragatería y Bierzo cruzan vientos y reparten aguas, allí encontrara un singular mojón que le advierte de lo insólito del lugar. El largo mástil de madera, de unos cinco metros, rematado por la Cruz de Ferro, se hinca sobre un enorme montón de piedras que los incontables viajeros, peregrinos, segadores y caminantes han ido dejando por los siglos de los siglos. Cuentan que el lugar ya fue, en tiempos de los romanos, altar dedicado a Mercurio (la divinidad del comercio y también protector de los caminos), si bien hay autores que incluso aventuran un origen anterior. El hecho es que cristianizado durante el medievo con el impulso de las peregrinaciones, allí permanece como símbolo de creencias; y hoy, como ayer y como mañana, continua creciendo, sublime sinfonía de culturas, gratitudes y hasta supersticiones. Y no pasa día sin que el montículo aumente con el inseparable mensaje de gracias, promesa o deseo.

de la tebaida a la bailía

Continuando el camino estelar, el transeúnte se encuentra, de pronto, a las puertas de El Acebo. Uno deberá abandonar ahora la ruta principal y perderse por el desvío que le lleva hasta Compludo, Montes y Peñalba, en el corazón del Valle del Silencio o de la Tebaida berciana, porque cualquiera de las denominaciones es harto significativa. Este es un marco de atractivos imantados, que a todos cautivan y a nadie defraudan. Aquí, en las faldas de los Aquilanos y no lejos del Teleno (dos montes sagrados desde que los hombres tienen memoria), tuvo su cuna, hacia mediados del siglo VII, el monacato berciano-visigodo, de tan fructífero recuerdo. San Fructuoso, San Genadio, San Valerio y otros monjes anacoretas moraron, oraron, predicaron y contagiaron a tantos seguidores con la fuerza irresistible de su palabra. Un fenómeno eremítico que sembró el Bierzo de monasterios (37 según los estudios de Mercedes Durany) y sobre el que, todavía hoy, se buscan explicaciones. En palabras del Padre Henrique Flórez, España Sagrada, Tomo XV, (Madrid, 1905), “... en todo el continente no conocemos otro que le iguale en razón de Theatro, donde solo se militaba para el Cielo. Ninguno mejor puede competir con la Tebayda...

Puestos a señalar un lugar único o singular dentro de este teatro, ninguno mas propio que las famosas Cuevas del Silencio, en las cuales los monjes se recluían durante los tiempos de mayor penitencia y mortificación (la cueva natural siempre ha sido un lugar mistérico que invita a la meditación, a tomar contacto con lo cósmico; no en vano, fue la primera casa del hombre primitivo). Se hallan no lejos del propio núcleo rural de Peñalba, obradas por la misma naturaleza en la montaña, y desde la entrada, que está protegida por una reja, se divisa el pueblo. De Fray Antonio de Yepes, en su obra Crónica General de la Orden de San Benito, II (Madrid, 1960), tomamos lo que sigue: “Aprovechábanse de éstas los santos monjes en adviento y cuaresma, ... se retiraban aquí con sumo silencio; con yerbas y raíces, disciplinas, oraciones, hacían sus advientos y cuaresmas, hasta que, llegando las Pascuas, salían a celebrarlas en los monasterios con sus hermanos. Y es lo bueno que los naturales de estas montanas dicen que están grandes tesoros escondidos en estas cuevas, y no son otros sino la santidad que les quedo de los santos que dentro de ellas hicieron tales penitencias”. También Pascual Madoz refiere la costumbre del vulgo de acudir de visita el día de San Juan, para recoger polvo dentro, que suponían especifico contra las calenturas.

Y desde la cuna de los monjes, dejándose llevar de las saltarinas aguas del Oza, el viajero, antes de continuar su periplo por este mar de narraciones extrañas, puede recalar en uno de los máximos santuarios del esoterismo, el Castillo de Ponferrada. Si bien los últimos estudios publicados acerca de los elementos constructivos hoy visibles vienen a dar al traste con las anteriores teorías relativas al origen templario, pareciendo más acorde una adscripción posterior (siglo XV) las leyendas que a tan misteriosa Orden lo emparentan sobreabundan. Son relatos relativos a la edificación de las torres de la fortaleza según estructuras de ciertos signos del zodiaco, al tema de la cruz de Tau, a la aparición en tal lugar de la imagen de la Virgen de la Encina, a los ritos de tan extraños caballeros, a sus practicas alquimistas, o también al enigmático lugar donde se halla enterrada el Arca de la Alianza.

En fin, este es un terreno harto abonado y que dará cumplida cosecha. iAh!, y no se olvide el andarín de pasar por la cueva de la Mora, porque allí pena, todavía, el espíritu de la infeliz Lía.

por tierras de bene vivere

Fue G. Borrow quien, en 1837, cuando realizaba una campana de divulgaci6n de la Biblia, impactado por los atractivos de la vega del Boeza, escribió una de las paginas mas bellas y apasionadas: “Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle de Bembibre”. Parece como si quisiese ratificar con su prosa las bondades descriptivas del topónimo “Bene vivere” (1198) que los estudiosos coinciden en traducir por lugar de tierras fecundas donde se “vive bien”.

No faltan tampoco en Bembibre crónicas subyugantes, ni eventos curiosos, que nos hablan, allá por el siglo XIII, de una sinagoga allanada por unos vecinos de excesivo celo; o de un Cristo, que por Rojo, se salvo de la pira en 1934. Pero una romería, la de la salida del Santo, concentra mas atenciones que ninguna otra. Se celebra este evento cada siete años (el siete es un numero universal y clave en la mitología, que también paso al cristianismo con carácter de numero mágico), y cuando esto ocurre, la imagen del Santo Ecce Homo se baja en procesión, escoltado por cruces y pendones, desde el santuario hasta la iglesia parroquial, donde permanece nueve días, una costumbre que, a juicio de Alonso Ponga, probablemente tenga reminiscencias paganas. Tal romería constituye, por su poder de convocatoria, una particular manifestación de religiosidad popular y certifica la atracci6n que determinados lugares, imágenes o acontecimientos siguen ejerciendo sobre las gentes; y tanto es así, que la ultima salida del Santo (1994) volvió a movilizar la mayor riada humana que en una procesión recuerden las calles de Bembibre. El caso es que el Santo Ecce Homo, como sostiene Antonio Díaz Carro en su Historia de Bembibre, es “algo especial entre bembibrenses y bercianos, y su culto se distingue y separa del de la iglesia parroquial. Se dan casos paradójicos. Personas que no practican la religión y, sin embargo, no dejan de asistir por nada del mundo a las ceremonial anuales del Santuario”.

Pero no todo es religiosidad cristiana y devoción en el Bierzo Alto, también se conservan rastros de creencias que se remontan a los tiempos prerromanos. La toponimia y los hallazgos arqueológicos, entre otros, ofrecen pistas de posibles lugares consagrados a los cultos paganos. Así, en la zona de Santibáñez del Toral, Noceda, Arlanza y Viñales, han aparecido varias inscripciones dedicadas al dios “Cossue” o “Coso”, quizá asimilado a Marte, e igualmente aparecen lugares con el nombre altar, como “Altar de Bodos”. Estos datos y referencias a la pluralidad de dioses dan razón de las aludidas practicas politeístas. Y si ponemos tiempo por medio, y nos acercamos a nuestros días, tampoco faltan rituales de tipo curativo, heredados de ancestrales creencias, que refieren las virtudes mágico-curativas atribuidas a ciertos manantiales. Así, en Tedejo, las aguas de la Fuente de la Salud o de los Milagros se utilizaban, hasta bien entrados los años cincuenta, para desencanillar o curar a los niños enfermizos. Allí la señora Maria oficiaba un rito que consistía en rezar algunas oraciones mientras bañaba al “canijo” en sus aguas, sobre las cuales previamente había dibujado una cruz con la vela encendida aportada por la madre de la criatura. Después lavaría las ropas sucias y le pondría otras totalmente limpias, para pasar finalmente a repartir pan, queso y vino entre los asistentes. Así se obraba el prodigio, bien lo remachan los testigos que rememoran tan insólitas vivencias.

de moros y tesoros escondidos

Las leyendas son una de las fuentes mas socorridas para aproximarnos al conocimiento de mitos y lugares preñados de misterio. Cuentan en Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, que allá en la Campa, cerca del lugar donde manan las fuentes del río Boeza, ocurrió uno de los hechos mas singulares que jamás hayan protagonizado los hombres de la montaña. Eran tiempos de la reconquista, y las huestes moras se habían parapetado, para su mejor defensa, en el Monte Paleiro, mientras los cristianos lo hacían el la llera –pedregal– del Monte de Fernán Peláez. Al ser estos, los de Colinas, muy inferiores en número, y como pretendían expulsar a los moros de allí, decidieron “pedir fuerza al rey”, pero este les respondió que no pensasen en echar a los moros del Paleiro, pues eso era mas difícil que coger un oso vivo. Tomáronlo ellos como una afrenta, por lo que, al día siguiente, comparecieron, de nuevo, ante el monarca Alfonso IX, con una gran alimaña como presente. Este, sorprendido, les animó diciendo que nada se hacia imposible frente a su veteranía y empeño.

De vuelta ya al lugar, unidas sus fuerzas a las de los vecinos de Los Montes y Urdiales, y gracias además a la milagrosa ayuda recibida de Santiago Ap6stol, dieron, por fin, la gran derrota al enemigo.

Así la hazaña tomo después sones de romance:

Señor Santiago bendito

que de los cielos bajaste

veinticinco mil moros mataste

en el campo de la victoria.

Y ahora te vas a los cielos

con los santos y la gloria.

Y para espejo de escépticos, por si alguien lo dudase, se levanto, en la Campa, la ermita del Patrón Santiago.

Si bien la leyenda que aquí se transcribe tiene un poso épico, no deja de ser una excepción dentro de las de este grupo. Los moros que nos rememoran tantas otras leyendas, se personan como seres pacíficos, casi siempre ligados a hechos extraordinarios, que solían vivir bajo tierra, trabajando frecuentemente en obras bienhechoras para el pueblo, siendo capaces de realizar acciones mágicas. Según los estudiosos, su existencia cabe entroncarla con la mitología indo-europea y prerromana.

Pues bien, estos legendarios habitantes aparecen, al hilo con este principio, omnipresentes en una gran mayoría de los yacimientos arqueológicos bercianos (castros, cuevas, castillos abandonados) donde residían, a decir de la gente, rodeados de tesoros y toda suerte de lujos. En “Los Castillos” de Cariseda, en “El Calvario” de Tombrio, en “El Corón” de la Granja de San Vicente, en “El Castro” de Santa Marina de Torre, en “La Corona” de San Andrés de las Puentes, en “El Castro” de Vega de Valcarce, en “La Torre” de Barjas, en “El Castrín” de Viñales... en fin, una lista de difícil punto final, que alimenta, con hartura, desde la época medieval, las paginas de numerosos cronicones.

Y hablando de tesoros áureos, el botín de los anunciados cargaría cumplidamente cualquier carruaje: una “olla con oro” en Viñales, una “corza de oro” en Pieros, una “cabra de oro” en Noceda, unas “mulas de oro” en Páramo del Sil, varios “yugos de oro” en la zona de Balboa, “cubas de oro” en la Ribera de Folgoso, un “manto de oro” en Castropodame, o una “caja de monedas de oro” en Albares de la Ribera. Parece como si todo el oro de las Medulas, fundido en mágico crisol, permaneciese aquí encantado.

de pinturas rupestres

La noticia salto a las paginas de la prensa allá por los primeros años de los ochenta. En el farallón de Peña Piñera, cerca de Sésamo, se había denunciado la aparición de un conjunto de pinturas prehistóricas, las primeras de la provincia. Fueron los profesores de la Universidad de León, José Avelino Gutiérrez y José Luis Avello, quienes dieron las primeras explicaciones autorizadas del hallazgo, calificándolas como “Pinturas rupestres esquemáticas”, con una cronología datable en el Calcolítico y Bronce Inicial (2300 al 1500 a. C.), añadiendo que tanto estas como las de Librán, en Toreno, descubiertas algunos años después, son “autdnticos santuarios” y que al estar lejos de los poblados donde podían residir las gentes que las pintaron “aún sin conocer sus significados y el que adquiere cuando se interrelacionan entre si... tuvieron que haber sido realizadas con fines religiosos, sociales o económicos". El caso es que estos interesantes documentos del arte parietal (figuras humanas –antropomorfos–, de animales –zoomorfos–, soliformes, ídolos, escenas funerarias), constituyen toda una preciada herencia y abren otros capítulos en el brumoso álbum de curiosidades casi inéditas.

de lugares de brujas

No es este país, como cabria suponer por su situación de zona limítrofe con Asturias y Galicia, una tierra especialmente fecunda en historias brujeriles, pues, aunque existan referencias puntuales sobre las creencias de las gentes acerca de los embrujamientos, o de los conjuros empleados para librarse de tales males (y que tanta extrañeza causaron, a finales del siglo XVII, al general Munárriz), sin embargo, mas bien poco se sabe sobre los lugares donde las brujas hacían sus reuniones

El único aquellarre berciano, citado en diversas fuentes y contrastado también por los testimonios de la tradición, es el que se celebraba en el Campo de las Danzas (una montaña que concita cultos diversos y que debe su nombre, según unos, a que los antiguos astures practicaban allí sus ritos de fertilidad; o según otros, porque era el lugar donde bailaban los romeros que peregrinaban con las Vírgenes hasta cercana ermita), no lejos de la cumbre de La Guiana. Hasta tal campo volaban periódicamente todas las brujas del contorno para bailar, al son de la chifla y en presencia de un macho cabrío. Solo se habla de una excepción: la bruja de los molinos de Agadán, de quien cuentan que desertó de su condición, porque, prendada de un joven galán, al que no conseguía enamorar, terminó implorándole ayuda a la Virgen de la Encina, y como gracias a Ella obtuvo su amor, acabo colgando la escoba. Este estratégico enclave es, para los poseídos del mundo de la hechicería, su centro de peregrinación, su particular monte del Gozo.

de la abadía sumergida

En tomo a las Medulas y el Lago de Carucedo ha fructificado igualmente un fértil semillero de fabulaciones. Ciñéndonos a las que refieren la formación del lago, quizá la mas conocida sea la que hace derivar los topónimos Borrenes, Medulas y Carucedo de los personajes de una leyenda: Borenia (hija de Médulo, que tenía su choza en aquel paraje), y Carucedo (nombre de la supuesta Ondina Caricia, amada del general romano Caricio, anteriormente llamada Borenia). Pero hemos preferido rescatar la publicada en 1952 por García de Diego, aquí resumida:

Allá por lejanos días, había una magnífica abadía emplazada cerca del Lago de Carucedo, y los religiosos de la misma habían recogido en ella a un joven huérfano. Van pasando los años, y el joven se enamora de una bella muchacha vecina, a la que también persigue de amores el conde de Cornatel. Ciego de celos, el joven busca a alguien que elimine al feudal, y, una vez consumado el crimen, huye del lugar, dejando allí a su amada. Pasan los años, y un día decide regresar en su búsqueda, pero al no hallar razón suya, resuelve profesar como religioso en dicha abadía, de la que, tiempo adelante, se convierte en prior. Pero hete aquí, que una noche los vecinos del convento apelan a él para que acuda a exorcizar a una supuesta bruja que ronda sus tierras. Accede gustoso a la petición, y su sorpresa resulta suprema al encontrarse con su amada vestida de penitente. Ambos, sedientos de amor, se entregan al fuego de su pasión, olvidándose de los votos hechos; al momento, desde la montaña próxima broto, como castigo, una enorme catarata que sepulto a los amantes y a la abadía, formándose al instante el Lago de Carucedo. Y tal es así el recuerdo, que todavía hoy no falta quien pretenda emparentar los inencontrables restos del convento con las ruinas de la casa de las Pedreiras, que allí se emplazo, prueba inequívoca de que la imaginación popular aún continua fabulando.

villafranca de los prodigios

Norte, sur, este, oeste. Tampoco Villafranca podía quedar al margen de este recorrido. Como siempre, lo difícil es abreviar. Que si la leyenda sobre la fundación de la Villa por los vaqueiros de Valdeprado, que si la historia del peregrino al que robaron la capa, que si el relato de los adúlteros amores entre el marques don Fadrique de Toledo y la esposa del alguacil mayor, todas ellas envolventes, o la crónica histórico legendaria sobre San Lorenzo de Brindis, al punto, imposible de obviar. Fue este un fraile capuchino, nacido en Italia y famoso en Europa por su ciencia y santidad, que falleció en Lisboa (1619), siendo traídos sus restos hasta Villafranca, donde reposan en el convento de la Anunciada. Aseveran los devotos que el poder del Santo era tal, que el día que su cuerpo llego (10 de agosto de 1619) las campanas de las iglesias de la villa sonaron solas, y hasta el gran ciprés de la huerta del convento se doblo en profundidad para venerarlo.

En fin, al recopilador, que gusta discurrir por los regueros las antiguas memorias, le queda la sensación de haber vuelto a revivir una inefable noche de filandón; y para epilogar este ramo encuentra una frase de Miguel de Unamuno, que aun fuera de contexto, piensa, puede venir a cuento: “¡Felices los pueblos soñadores! ¡Felices los pueblos que guardan en el rescoldo de su alma alguna fe, aunque sin dogma alguno!”.