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El Belén de Salzillo
La Navidad en Murcia
Cristóbal Belda Navarro
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LA COLECCIÓN RIQUELME
En el año 1897 Javier Fuentes y
Ponte inició la publicación de un estudio titulado La Colección Riquelme.
Catálogo de cuanto constituye el Panorama del Nacimiento de N. S. Jesucristo...
por el célebre escultor D. Francisco Salzillo. Nacido este trabajo como
consecuencia del interés prestado por un grupo de intelectuales murcianos a un
conjunto que, durante más de cien años, había permanecido oculto y casi
desconocido en algún lugar de la casa Riquelme, significó el primer intento
serio de dar a conocer el Belén de Salzillo.
En efecto, el Belén había sido
realizado por encargo del aristócrata local D. Jesualdo Riquelme y Fontes con
destino a los salones del palacio que la familia poseía en la ciudad con la
intención de ser montado en los días de Navidad. Aunque la tradición belenística
en Murcia era anterior al encargo y realización de este conjunto, la mayoría de
tales representaciones habían quedado recluidas en los recintos monacales.
Comunidades religiosas como Clarisas, Capuchinas o Agustinas dispusieron de este
tipo de obras montadas en salas especiales, a los que se identificaba como las
del Belén, y que fueron adquiriendo con el paso del tiempo tal importancia que,
al decir de Borrelli, la comunidad agustina de Murcia, con su monumental belén,
desempeñó un papel relevante en la difusión de esta tradición por el
Mediterráneo español.
Estos ejemplos murcianos,
desaparecidos en la actualidad, eran el reflejo de una tradición que en España
se remontaba, al manos, hasta el siglo XVI, época en la que parece quedar
configurado el belén español. Durante el siglo siguiente se consolidó esta
práctica que alcanzó su máxima difusión a lo largo del XVIII, pese a tener que
sufrir la competencia del presepe napolitano.
Fue, sin duda, la época borbónica la
que marcó el período de esplendor para el belén, dándole el carácter con que le
conocemos en la actualidad. Seguramente, el hecho de rescatarlo de los ámbitos
monacales fue uno de los mayores logros, pues permitía disponer, al igual que en
aquellos, de montajes anuales más o menos complicados en algún lugar de la casa.
Muy pronto, al calor de esta costumbre, difundida rápidamente entre los
estamentos nobiliarios, el belén fue adquiriendo su propia personalidad con la
introducción de valores diferentes que eran el resultado de la entidad social y
económica de los nuevos promotores.
En este ambiente se originó el Belén
de Salzillo, cuando el escultor había consolidado su fama como artista y cuando
la tradición belenística había definido sus modelos. Pero dos hechos confirman
la creciente importancia que esta costumbre iría adquiriendo. Por una parte, la
atención prestada por los monarcas hacia estas pequeñas figuras despertaría el
interés de los artistas que no desdeñaron modelar una clase de obras, propia de
las habilidades de un menestral, a la que una dignidad estética desconocida,
convertidas ya en auténticas esculturas. Famosos artistas trabajaron para el rey
Carlos III, cuando aún ocupaba el trono de las Dos Sicilias, ya que el interés
de la corte napolitana por estas manifestaciones plásticas tuvo el poder de
atracción necesario. En España se repetía este fenómeno, imponiendo sobre una
tradición centenaria los nuevos valores cortesanos introducidos a lo largo del
siglo XVIII, con lo que la función tradicionalmente asignada al monarca español
debe girar en torno a este asunto, es decir, a definirle como el verdadero
protagonista del cambio cualitativo del belén que definitivamente abandonó su
modesto origen artesanal.
Por otro lado, el siglo XVIII fue
la época de mayor esplendor del presepe napolitano y de su máxima
difusión europea. Estos extraordinarios conjuntos fascinaron tanto por su
calidad artística como por la intensidad expresiva y emocional que
representaban. Introducidos los misterios de la Navidad en el marco de las
costumbres diarias, fueron auténticos cuadros vivientes en los que quedaban
reflejados determinados estamentos sociales, cuya presencia llegó a rivalizar y
a disputar la primacía a las escenas típicamente religiosas. Su difusión por
España fue igualmente importante.
Este panorama influyó en la obra de
Francisco Salzillo. La nueva atmósfera, cortesana y elegante del belén
condicionó él ámbito diferente en el que se movían estas escenificaciones,
especialmente en los grupos con personajes sagrados, en la elección de sus ricas
policromías y en la presencia de unos modelos de arquitectura que serenamente
armonizaban con el delicado ambiente de la vivienda burguesa. La influencia
mediterránea del presepe quedó atenuada por el dominio casi absoluto del
elemento religioso y por la pauta impuesta por la imagen devocional. El
resultado fue la aparición de una obra genuinamente nueva en la que predominó el
sentido narrativo, la sumisión literal a la fuente evangélica que le servía de
origen, la adopción de una técnica ya experimentada en la escultura en madera
policromada y la función de lo profano como simple referencia ambiental. El
Belén de Salzillo, quintaesencia del belén español, fue una aportación de gran
trascendencia y novedad a esta parcela de la escultura española.
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LA COMPRA DEL
BELÉN
El Belén de Salzillo es una de las
obras que más fama ha dado a su autor, aunque en su época no fuera muy conocido.
La primera biografía murciana, escrita por Luís Santiago Bado, no lo menciona, a
pesar de que este ilustre matemático conoció bien al escultor, con el que
convivió en los locales de la Escuela Patriótica de Dibujo con sede en la Real
Sociedad Económica de Amigos del País de Murcia.
La biografía de Bado, conservada en
la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, es un encendido elogio a
Salzillo y una prueba de la estima de que gozó el artista en su ciudad. Escrita
cuando todavía vivían discípulos y familiares, constituye una estimable fuente
de información, cuyos juicios nos acercan a la realidad de una época en la que
la inspiración del natural constituía uno de los pilares básicos de la formación
artística. Sin embargo, el Belén es el gran ausente de este primer catálogo en
el que se hace una pormenorizada relación de las obras de Salzillo con detenidos
comentarios en las más destacadas, como eran los grupos procesionales de Viernes
Santo. El orden en el que aparecen mencionadas es muy similar el de Ceán,
incluido su recuento final, pero al que faltan, sin embargo, las calurosas
muestras de entusiasmo que en Bado despertó la escultura de Salzillo.
Por el momento, la información más
veraz sobre el Belén es la contenida en el llamado Protocolo de Atienza (1800),
titulado “Inventario,
aprecio, cuenta y partición de los bienes que quedaron por fallecimiento del
Señor D. Jesualdo Riquelme y Fontes verificado en 29 de octubre de 1798”.
Si Bado hubiera conocido los datos, allí consignados, es seguro que habría
añadido una nota más de gloria a Francisco Salzillo. Esto viene a confirmar el
hecho de que el Belén, recluido en el ámbito doméstico, no gozó de igual fama
que aquellas otras obras destinadas a la pública contemplación y que suscitaban
el entusiasmo colectivo.
El desconocimiento del Belén fue
general a lo largo del siglo XIX, época en la que no se llegó a montar en casa
de sus propietarios, hasta que en la celebración del I Centenario de la muerte
del escultor (1883) se permitió a la ciudad de Murcia el acceso al palacio
Riquelme para admirar unas obras que facilitarían, años después, a Javier
Fuentes y Ponte redactar su famoso Panorama del Nacimiento o primer catálogo
razonado del llamado Belén de Salzillo o Colección Riquelme. En 1997 se
cumplieron 100 años de aquella importante edición.
A partir de entonces la historia del
Belén es bien conocida. Transmitido por herencia desde su poseedor, D. Jesualdo
Riquelme, a sus descendientes (sucesivamente a D. Antonio Fontes y Riquelme, Dª
Teresa Riquelme y Arce, Dª Teresa Bustos y Riquelme) llegó a manos de D. Alfonso
Bustos y Bustos, en quien recayeron los bienes y títulos familiares. Fue este
miembros de la familia Riquelme quien mostró, a principios de este siglo, su
deseo de vender la colección.
Los avatares del Belén, hasta su
definitiva adquisición en 1915, fueron un conjunto de estrategias, astutamente
planeadas por D. Isidoro de la Cierva. Alertada la ciudad de Murcia de la
irreparable pérdida que supondría su venta, se inició una campaña en la que
participaron todos los medios sociales, culturales y de comunicación, cada cual
dispuesto a impedir que de llevara a efecto. El A todos los murcianos, donde
quiera que se encuentren, lanzado por este singular murciano encontró rápido
y favorable eco además de las naturales reservas. Varios medios de comunicación
se adhirieron a la propuesta, otros se opusieron sobre todo cuando se supo que
los fondos con os que se pretendía adquirir estaban inicialmente destinados a
otros fines sociales.
El mayor enfrentamiento -luego
amistosamente resuelto- se produjo entre D. Andrés Baquero y el promotor de la
iniciativa D. Isidoro de la Cierva, al no ver aquel con buenos ojos la propuesta
de que la adquisición se verificara, previa autorización del Ministerio de
Fomento y Bellas Artes, con cargo a los fondos excedentes del Instituto de
Segunda Enseñanza, previstos inicialmente para la creación de la Escuela
popular de Artes y Oficios. La correspondencia cruzada entre ambos
-publicada en la prensa local y resumida en el Boletín de Patronato del Museo
Provincial de Bellas Artes de 1924- demuestra que la adquisición no estuvo
exenta de polémica. La imagen pública de D. Andrés Baquero quedó
involuntariamente dañada al aparecer como un obstáculo para la compra del Belén.
Una visita de Baquero al Palacio Riquelme, invitado por el Marqués de Salinas,
la rebaja en las pretensiones económicas de sus propietarios -que fijaron el
precio final en “33.000
duros”-
dejaba vía libre a D. Isidoro de la Cierva para conseguir una sustanciosa rebaja
a las pretensiones económicas del marqués de Corvera y ponía al descubierto las
tensas relaciones originadas entre ambos. La cuestión, lejos de solucionarse, se
agrio más hasta el punto de dimitir Baquero de sus cargos de Comisario Regio y
de Presidente del Patronato de los bienes del Instituto.
Rotas as negociaciones -pese a la
caballerosa actitud de Baquero y De la Cierva, amigos y colaboradores en otros
muchos temas de interés para Murcia- el marqués de Corvera, propietario de la
colección, trasladó el Belén a Madrid a la espera de un comprador. De esta
manera fue depositada la colección en el Museo Arqueológico Nacional bajo la
custodia de D. Manuel Pérez Villamil, un murciano de adopción, que, por
evidentes razones sentimentales y de amistad, no mostró mucho interés en que la
venta se llevara a efecto y el Belén se perdiera para Murcia.
Fue entonces ideada entre Pérez
Villamil y De la Cerva una secreta estrategia con la esperanza de que Baquero,
desde Murcia, se adhiriera en el momento oportuno. Se convenció al marqués de
Corvera de que solicitara al Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes la
compra del Belén, opción que precisaba del preceptivo informe y tasación de la
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El camino era sencillo, pues la
Academia habría de designar a uno de sus miembros como ponente, al que confiaba
el informe, y de esta elección dependía en gran parte el éxito de la operación.
¿Actuó secretamente Pérez Villamil?
¿Llegó a intervenir la influencia política de De la Cierva? Parece que sí. Lo
cierto es que el ponente, Narciso Sentenach, suscribió el texto esperado, nada
propicio a la adquisición estatal. “El lujoso y artístico Nacimiento” -decía-
era desigual e híbrido, sin méritos sobresalientes para figurar en un museo
estatal y sí digno de figurar en algún centro local “constituyendo por sí motivo
de atracción y curiosidad”. El informe concluía, a la vista de la discreta
valoración anterior, con una sustanciosa rebaja en el precio, el cual debería de
oscilar entre las veinte y las treinta mil pesetas. La contundencia del informe
dejaba bien claro el discreto interés que despertaba la colección y, en virtud
el “escaso”
aprecio que merecía, su precio debería ser sensiblemente inferior. Estaba
conseguido. De las inalcanzables ciento sesenta y cinco mil pesetas -los
demasiados miles de duros de Baquero- se había llegado a treinta mil como máximo
y su lugar de destino, un museo local Murcia podía, por fin, conseguir el Belén.
Roto el pacto de silencio que De la
Cierva propuso a Baquero para no aumentar la tensión entre ambos por el Belén de
Salzillo “que tantos belenes había engendrado”, fue rápido el entendimiento,
pues el informe de San Fernando confirmaba la tesis de Baquero de no desembolsar
por el mismo más de cincuenta mil pesetas. Se negoció con el marqués de Corvera
con quien se convino la adquisición en veintisiete mil pesetas en el mes de
diciembre de 1914 y el 30 de enero del año siguiente el Ministerio de
Instrucción Pública y Bellas Artes autorizaba su compra a la Junta de Patronato
del Instituto.
Gracias a la tozudez de D. Isidoro
de la Cierva y al prestigio y autoridad de Baquero, Murcia pudo contar con una
de las joyas más exquisitas del barroco español. La astucia de Pérez Villamil y
sus “secretos” manejos en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando,
consiguiendo un informe favorable a los intereses murcianos, fue definitiva.
El Belén volvió a Murcia precedido
por un oficio de remisión del Museo Arqueológico Nacional en el que se comentaba
la conformidad del marques de Corvera. Depositado en el Museo Provincial de
Bellas Artes de Murcia, permaneció en el mismo hasta que por orden ministerial
de 15 de marzo de 1956 fue trasladado a su emplazamiento definitivo en el Museo
Salzillo. La entrega, firmada por D. Andrés Sobejano y por D. Juan Torres Fontes,
se realizó el 20 de noviembre del año siguiente. Hasta el día de hoy, el Belén
ha permanecido en su antigua instalación, tras un breve traslado a Madrid, desde
noviembre de 1961 a marzo de 1962, para su exposición. Hoy, gracias a la
financiación de Cajamurcia que ha permitido la brillante restauración llevado a
cabo por Mª Paz Barbero, el Belén vuelve a ser un extraordinario conjunto de
quinientas cincuenta y seis esculturas, cuya calidad individual y su integración
en un conjunto armónico, hacen de La Colección Riquelme uno de los conjuntos más
bellos del área mediterránea.
La compra del Belén y la creación
del Museo Salzillo fueron dos iniciativas con una historia común e idénticos
protagonistas, cuyo alcance puso de relieve el hábil negociador D. Isidoro de la
Cierva. Presidente de la Junta de Patronato del Museo Provincial de Bellas Artes
e imbuido por el ya lejanísimo eco ilustrado que facilitó en Europa la creación
de museos públicos, figuraba al frente de una institución (el Museo de la
Trinidad) nacida a consecuencia de las Desamortizaciones para evitar la pérdida
y dispersión del patrimonio artístico local y regional. El discurso pronunciado
en el Círculo Liberal Conservador en 1914 refleja la influencia de los
postulados que desde el siglo XIX veían en los museos la posibilidad de devolver
al pueblo todos los instrumentos de la cultura. Por ello, no extraña que uno de
los principales objetivos del Programa Murciano (título de la
conferencia) fuera la creación del Museo Salzillo, en el que se habrían de
reunir esculturas del imaginero dispersas por iglesias y conventos y el Belén
“que aún no ha salido de las manos del Sr. Marqués de Covera”. Cuando en 1915 se
formalizó su compra, nadie dudó de cuál era su destino y de que, a la espera de
su definitiva creación, habría de reposar interinamente en los locales del Museo
Provincial de Bellas Artes.
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EL BELÉN EN LA
OBRA DE FRANCISCO SALZILLO
No hay datos fiables acerca del
encargo del Belén ni del período de tiempo en el que pudo ser realizado. Las
autorizadas voces de Joaquín Báguena, Andrés Sobejano, José Ballester o Andrés
Baquero, discreparon en torno a esta cuestión basándose en la observación de las
figuras y en la posibilidad que éstas ofrecían de establecer paralelos con otras
obras de Salzillo para poder despejar esta incógnita. Las conclusiones a las que
llegaron fueron tan contradictorias como para comprender la profunda divergencia
existente en torno a una obra considerada, por unos, como fruto de una lenta
maduración desarrollada a lo largo de una dilatada carrera artística como la de
Salzillo y, por otros, como delicioso “juguete de ancianidad”. Esta última
afirmación de Baquero dio pie a Ernesto Giménez Caballero a aventurar la fecha
de 1780, pues, considerado el Belén como “un microcosmos de imaginería”, era el
reflejo de las conquistas realizadas por el escultor en sus grupos
procesionales, concluidos dos años antes. José Moreno y Enrique Pardo Canalls no
admitieron esta hipótesis y A. Ruiz Navarro, por el contrario, sugería una
significativa fecha de realización en torno a 1776.
El llamado Protocolo de Atienza es
el único testimonio escrito que por el momento se conoce sobre el Belén. Su
importancia radica no sólo en su exclusividad, sino también en las posibilidades
que presenta de aportar determinada luz a la cronología de los grupos y a la
identidad de sus autores. Gracias al mismo, Sánchez Moreno pudo determinar, al
menos, la cronología final, pues, redactado ese documento notarial en 1800,
recoge la partición de bienes de Jesualdo Riquelme y en él se realiza una
sumaria descripción del conjunto con la tasación hecha por Roque López. Desde
entonces esta fecha sería decisiva para la datación cronológica de la Colección
Riquelme.
Nada nuevo en relación a este tema
permite aventurar conclusiones diferentes a las conocidas en torno a la
personalidad de Jesualdo Riquelme y Fontes, cuya muerte acaeció en 1798 y que
este hecho sea, por el momento, la única fuente de información sobre el Belén.
Antes de 1783 Francisco Salzillo, al parecer, dio por concluidos los grupos más
importantes de la colección y entre esa fecha y la de 1798, en que murió su
protector, se añadió el grupo de Herodes y su guardia, obra de Roque López,
incluida ya en la relación de Atienza.
Bajo la denominación de un Belén
se describen las escenas del Nacimiento, la Anunciación, el Sueño de
San José, la Visitación, Presentación en el Templo, Huida a
Egipto, La Posada, Herodes y su guardia, el cortejo de los
Reyes Magos, pastores y ganado, además de las casas que representaban la
ciudad de Jerusalén, el pórtico del Nacimiento, el Templo de Salomón,
la venta y la casa de la Virgen. Es decir, que en 1798 las piezas básicas
del Belén estaban realizadas y, a juzgar por sus rasgos formales y por la
certeza que inspira el Protocolo de Atienza, intervinieron en su ejecución
Francisco Salzillo, su discípulo Roque López y otros miembros del taller.
El documento menciona además
doscientos sesenta animales y un número indeterminado de aves, estas últimas
valoradas en ciento cincuenta reales. El recuento del documento notarial permite
aventurar el balance final hecho en Fuentes y Ponte en 1897 en el que
contabilizó trescientas setenta y dos representaciones animalísticas, número
coincidente con el conservado en la actualidad. La feliz circunstancia de pasar
el Belén en herencia junto a los bienes patrimoniales de la casa Riquelme evitó
pérdidas de figuras, pues la Colección permaneció siempre en el domicilio
familiar hasta que, a principios de este siglo, salió para Madrid con la
intención de ser vendida.
De los grupos humanos, que componen
las escenas básicas del Belén, Salzillo realizó antes de 1783 los llamados
misterios, es decir, las escenas basadas en los Evangelios que comenzaban
con la Encarnación y concluían con la Huida a Egipto.
Herodes y su guardia fueron ejecutados por Roque López entre 1783 y 1798 y,
con posterioridad, este mismo autor realizó la Matanza de Inocentes que
no aparece consignada en el Protocolo de Atienza. El testamento de Jesualdo
Riquelme va fechado el 22 de octubre de 1798 y el inventario de bienes, cuenta
de partición y adjudicación, indicada en la cláusula final, lleva la fecha de
1800.
De los ciento ochenta pastores que
Roque López contabilizó parece desprenderse una estimación muy desigual
seguramente en función del coste estimado para cada figura -en la que no hay
estofados- y de la diversidad de manos que intervinieron en su realización. Fue
en este capítulo en el que los colaboradores de Salzillo se asomaron con más
insistencia, seguramente por el elevado número de piezas y por la función que
las mismas representaban como complementos ambientales de los grandes grupos,
cuya ejecución estuvo reservada a Francisco Salzillo. Roque López conocía como
nadie esta circunstancia y era, por ello, el artista más indicado para llevar a
cabo la tasación.
La fecha de comienzo del Belén no
aparece clara. Frente a las ideas tradicionales, antes comentadas, parece
confirmarse la hipótesis sustentada por el Dr. D. José Rivera Tortosa de
establecer una relación entre el inicio de la serie y el primer matrimonio de
Jesualdo Riquelme, celebrado en 1776 con Isabel María Abad y Ulloa. Al morir
ésta, diez años más tarde, la mayor parte del Belén estaba ya concluida, pues su
fallecimiento ocurrió tres años después del de Salzillo. La pormenorizada
descripción del Protocolo de Atienza confirma esta idea y permite establecer
unos límites temporales en torno a 1776-1800 contando con los grupos añadidos
por Roque López.
No hay duda de que el análisis de
las piezas en nada autoriza a establecer estudios comparativos con otras obras
de Salzillo, salvo en cuestiones meramente atributivas, si tenemos en cuenta que
los misterios, por su importancia jerárquica y por el hecho de formar los
repertorios básicos del relato, habrían de estar realizados con un tratamiento
singular que los diferenciara de los grupos secundarios. Cada personaje tenía su
propia entidad y los protagonistas sacros habían de ser diferenciados también
por el tratamiento de sus ropajes, que en este caso son de gran riqueza y
colorido. Ésta es la única circunstancia que aproxima estas figurillas a las de
mayores dimensiones y ello no implica necesariamente una concordancia
cronológica. La fecha establecida para la Sagrada Familia de Orihuela
confirma esta teoría a la vez que desecha toda posibilidad de basar el estudio
de la obra de Salzillo en rígidas etapas determinadas por una forma particular
de aplicar policromías.
Con la provisionalidad que se quiera
dar a estos datos nada se opone, por el momento, a estimar la cronología del
Belén en un período de tiempo comprendido entre 1776-1800.
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EL BELÉN DE
SALZILLO
Aunque bajo de denominación de
Belén de Salzillo se identifica un numeroso grupos de figuras atribuidas al
escultor murciano, fueron, sin embargo, varios los colaboradores que con él
formaron este “panorama del Nacimiento”. El elevado número de piezas, que en su
totalidad escenifican los Misterios y completan la tradicional
ambientación navideña, requirió, al menos, un escogido grupos de ayudantes
capaces de modelar tan extensa representación. Aun con las dudas que todavía
suscita el Belén, las atribuciones han sido claras a la hora de concretar cuáles
fueron las obras realizadas por su principal ejecutor, Francisco Salzillo, y por
su más caracterizado discípulo, Roque López.
Al maestro quedaron reservados los
grupos principales que narraban los hechos bíblicos y representaban a sus
sagrados protagonistas. Desde la Encarnación (Anunciación) hasta la
Huida a Egipto Salzillo modeló un ciclo completo que incluía, además de los
mencionados temas, el Sueño de San José, La Visitación, la Posada, el
Nacimiento, Los Reyes Magos y su cortejo y la Presentación en el Templo. La
secuencia narrativa permitía visualizar el evangelio como un escenario continuo
de manera que, a excepción de la Matanza de los Inocentes, del rey
Herodes y su Guardia, modelados con posterioridad por Roque López, ofrecía
un panorama muy detallado.
La participación directa de Salzillo
en estas representaciones es también signo del carácter jerárquico imperante en
la organización de un taller y del valor concedido a las escenas de los
misterios. Los protagonistas eran personajes sagrados, en los que había que
poner especial énfasis, tanto en la calidad del modelado como en la vistosidad
de sus ropajes. Por eso, Salzillo se reservó esa parcela, porque así quedará
establecido o porque estas figuras, destacando sobre las demás, habrían de tener
un aire de distinción que él sólo podría aportar.
El recurso técnico utilizado por el
escultor fue similar al de otras obras suyas hechas en grandes dimensiones. Pero
cuanto en aquellas se podría admirar por sus soluciones compositivas, de silueta
o expresión aplicadas a grandes superficies, aquí quedaba reservado a obras de
pequeño formato y de contemplación en cercanía. Acaso en esta variedad Salzillo,
como La Roldana o Risueño, alcanzó un inigualable dominio del modelado con
delicadas texturas, que se quiebran en mil pliegues, describiendo líneas
sinuosas e insólitas, resaltadas con el brillante color de una policromía
directa.
El tratamiento individualizado de
las figuras y su exquisito modelado ponen de manifiesto un hecho hasta ahora
desconocido y es el de que el Belén es algo más que un simple relato navideño.
Cada figura tiene vida propia, resuelta de modo independiente, pero a su vez
vinculada a la narración y a un sentido unitario capaza de superponerse al
detalle en función de su contemplación como conjunto. La mano de Salzillo supo
infundir esta doble cualidad como también un aliento de encantadora ambientación
a cada grupo en los que el espectador puede admirar la atmósfera de silenciosa
quietud en el Sueño de San José, de artística contemplación en el
Nacimiento de cortesana elegancia en los Reyes Magos.
La riqueza del Belén viene
determinada por la genial interpretación que Salzillo hizo de las cualidades
fundamentales de la imagen como entidad portadora de formas y colores. La
materia era un simple instrumento que sólo contaba por su condición de débil
soporte. Arcilla, cartón, lienzo, a veces madera, eran sólo parte de un proceso
ennoblecido por la brillantez de la policromía y esa suntuosidad se adaptaba a
la solemne dignidad de los protagonistas, al carácter de místico recogimiento de
los ángeles, a la riqueza exótica de los Reyes, cuyos caballos en corbeta, a la
moda velazqueña, traen el recuerdo del Constantino berniniano y de los fastuosos
cortejos dominantes en la fiesta barroca.
En efecto, cada detalle está
calculado para producir la sensación de que un sentido jerárquico preside el
Belén. La selección del color ha sido cuidadosamente determinado en función de
la entidad de cada protagonista y de la misión que en el relato le corresponde.
Por eso, el ritmo general si realizamos una lectura continua según se desprende
de la secuencia cronológica del Evangelio es diferente. La plácida quietud del
Sueño de San José se contrapone al gesto de ligera sorpresa de la
Virgen de la Anunciación; la levedad de los ángeles, flotando en el espacio
como seres irreales -acaso una de las más afortunadas versiones de este tema
hecha jamás por Salzillo- al ambiente cotidiano y doméstico de la Visitación
y, de esta manera, a base de contraposiciones y de calculados gestos, se rompe
la monotonía, se cambia insensiblemente de escenario y vibra el color en cada
escena.
El efecto teatral del conjunto está
sabiamente calculado, puesto que cada grupo representa instantes de diferente
intensidad que cobran mayor agitación en la Matanza de los Inocentes. Aquí Roque
López supo infundir todo el horror de la tragedia decretada por Herodes a las
puertas de su palacio. La intensidad emocional hace vibrar a las figuras, cuyos
rostros atemorizados contrastan con la pretendida crueldad de sus verdugos.
Muchas de estas secuencias tienen
como soporte a la arquitectura. Los modelos de vivienda urbana, habitual en la
Murcia del siglo XVIII, están concebidos para subrayar la diversidad de
escenarios. No es posible afirmar quién los diseñó, pero la mención que de ellos
se hace en el Protocolo de Atienza, lleva a la conclusión de que estuvieron
previstos desde el primer momento. Es posible que cupiera a Salzillo la
responsabilidad de los diseños, puesto que en la formación de un artista
intervenía una serie de conocimientos de carácter enciclopédico -y en esto
Salzillo no se diferenció de sus contemporáneos- entre los que se encontraban la
proyección arquitectónica, la teoría de los órdenes, la simetría y la proporción
como base de unos saberes que eran imprescindibles y que quedaban claros a la
hora de comprometer un retablo o de trazar un tabernáculo. Los exámenes de
escultor y los tratados de la época son tajantes a este respecto, pues la
formación artística tenía un tronco común que era patrimonio de todas las artes.
Por ello, no es descabellado pensar que Salzillo tuviera alguna responsabilidad
en esta tarea y que ninguno de sus detalles quedara fuera de su alcance.
Lo único cierto que se puede afirmar
es que Jesualdo Riquelme fue completando el Belén, encargando, tras la muerte de
Salzillo, los grupos mencionados de Roque López y a otros escultores y
artesanos contemporáneos diversos complementos imprescindibles para su montaje
anual. Al escultor José López se le adeudaban mil novecientos ochenta reales,
resto de un encargo de mayor cuantía, sin especificar, seguramente relacionado
con el Belén y el carpintero Pedro Collado habría de cobrar los dos mil
novecientos que importaba su trabajo en el pórtico del Nacimiento. Nada más por
el momento. Sin embargo, la mención de estos nombres aclara la identidad de
ciertos colaboradores: los dos discípulos, José y Roque López, de los que existe
constancia documental, y otros artesanos, como Pedro Collado, que intervino en
la realización de la arquitectura. La circunstancia de que a principios del
siglo XIX el pórtico del Nacimiento aún estuviera sin pintar es signo de la
habitual división del trabajo y del distinto alcance de las responsabilidades
artísticas: Salzillo, dirigió, modeló y trazó los grupos y escenas más
importantes, mientras que en el taller se fueron completando las series
numerosas de pastores y ganado.
A pesar de todas estas
intervenciones un sentido de asombrosa unidad preside el Belén. Este efecto está
conseguido por la escala de las figuras y por la uniformidad con la que el
modelado impone sus normas. Pero además, aunque en la extensa serie de pastores
se puede adivinar la presencia de más de un colaborador, cuyos rasgos se pueden
catalogar en función de un análisis formal de cada figura, Salzillo puso a
disposición de sus ayudantes un extenso repertorio de formas que, en algunos
casos, reproducían en pequeñas dimensiones los personajes de sus grupos
procesionales. Tales fueron los casos de los sayones de la Caída y de los
Azotes que, con expresiones dulcificadas, ahora cumplen la función de
simples pastores. Y en estas versiones se puso a prueba la calidad de un taller
que dio hasta en los personajes más modestos una contrastada muestra de delicada
habilidad.
Hasta ahora se ha valorado el Belén
como un ejemplo menor, aunque de los más completos del arte español. La
observación de cada una de sus figuras desmiente esta visión tradicional y abre
el camino a la consideración del mismo como el primer intento serio de rescatar
esta variedad escultórica del nivel artesanal que había tenido hasta entonces.
En efecto, los grupos realizados por Salzillo fueron trazados -técnica y
pictóricamente- con los mismos procedimientos que sus otras obras, en las que
sólo varió la aplicación directa de la policromía, pero de resultados igualmente
brillantes. La cualidad fundamental de la misma se basaba en la posibilidad de
sugerir sensaciones similares a las producidas por una rica tela o por un
suntuoso bordado que ennoblecía a la figura. El movimiento, el gesto elegante,
los giros acompasados, quedaban equilibrados por el color y por la delicadeza de
un moldeado que se hacía más sutil en el ritmo ondulante de los ángeles.
El Belén de Salzillo puede, por
tanto, ser considerado como el más completo escaparate de los valores y formas
culturales de su época. Al concebir el relato como una secuencia continua,
introdujo muchos aspectos de la vida cotidiana, que hicieran más verosímil la
sensación de realidad y permitieran la presencia de elementos con los que estaba
familiarizado el contemplador, en este caso, su mecenas y protector Jesualdo
Riquelme. De ahí la diferencia en los modelos de arquitectura, en la entidad
simbólica del color y en un estudio del gesto llevado hasta sus últimas
consecuencias.
No es, sin embargo, el escenario
urbano de los presepi napolitanos el que hace acto de presencia en el
Belén de Salzillo, aunque en determinados momentos la ciudad se asome, cuando
resulte imprescindible. El paisaje dominante es agreste y rural, propio de la
España mediterránea, en la que vivió el escultor, con decenas de campesinos y
pastores repartidos en escenas tan clásicas como La Lectura del Romance,
el Ciego de la zanfoña, los interminables rebaños y los pastores reunidos
al calos de la lumbre. La variedad de escenarios es, sin duda, una nota de
originalidad impuesta por el dominio casi literal del relato evangélico y por la
necesidad de subrayar efectos diversos. La fascinación producida por la fiesta
barroca fue determinante en el cortejo de los Reyes Magos, cuya irrupción en las
proximidades del Portal, recuerda los desfiles con los que las ciudades solían
celebrar acontecimientos señalados. Y dos de sus pajes, con gestos resueltos,
parecen sacados de una representación operística.
Las teorías dominantes sobre el
gesto fueron uno de los recursos mejor empleados por Salzillo. La capacidad
mostrada en sus grupos procesionales pata transmitir por medio del rostro
sentimientos de compasión o de repulsa encontró en el Belén un campo ilimitado
de posibilidades. Es bien conocido que el mejor elemento de persuasión unido a
la palabra fue el de su puesta en escena. Para convencer había que ser
igualmente eficaz con las manos, con la inflexión de la voz, con la intensidad
de la mitrada, con los mil y un recursos que la oratoria sagrada ofrecía a
diario. En los numerosos grupos de pastores estos instrumentos se desarrollaron
con gran perfección, ofreciendo, desde el punto de vista escultórico, un
variadísimo repertorio de gestos y expresiones que elevan a estos personajes a
la categoría de verdaderos retratos. Por aquí desfilaron todos los tipos
populares, con gestos resueltos, abandonados a sus tareas, en cuyos rostros se
encuentra a veces un inesperado aire de nobleza y de serenidad. El influjo de la
pintura de costumbres y de los hábitos imperantes en el vestuario permitieron
acomodar a estos personajes a las normas de la modo contemporánea.
No cabe duda de que Salzillo,
formado en el ambiente tradicional de su época, comprendió el valor de la
realidad como un medio necesario para alcanzar fines. Pero este realismo lo
reservó para los personajes de condición más modesta, a los que representó en
sus ocupaciones habituales, y en los que quedó patente su función de complemento
ambiental de los grandes misterios. Pero la calidad de su modelado no es menor
que la de aquéllos que fueron ennoblecidos por la riqueza de una policromía en
la que abundaban los oros y las grandes manchas de color. Por el contrario,
destacan por la extraordinaria percepción de sus rasgos, por la intensidad de
sus miradas, por su capacidad de expresión.
Fue, sin duda, uno de los primeros
valores aportados por el Belén el de transmitir la diversidad de mundos
representada. La arquitectura ayudaba a determinar los límites espaciales de una
escena y a fijar de manera más o menos libre el marco de su representación. La
elección de sus diversos modelos -a excepción del actual Templo de Salomón, que
es reciente- obedecía a las normas derivadas del tema representado de tal manera
que permitía variaciones según el escenario ideado. Así, la gruta del Nacimiento
fue sustituida por un pórtico de orden toscano en ruinas, lo que añade una nota
más de modernidad, si se tiene en cuenta la atracción que sobre los artistas
ejercieron estas visiones y la capacidad de sentimientos que originaban. La
“ruina”
aparecía en la pintura con toda la grandiosidad de un enigma y no extraña, por
ello, que paulatinamente fuera imponiendo su protagonismo. Salzillo recurrió a
ella, como sus contemporáneos napolitanos, porque, además de las sugerencias
románticas que entrañaba, creaba un espacio transparente en el que se movían las
numerosas figuras del Nacimiento.
Esa diversidad de mundos
representados fue hábilmente interpretada por la escultura de manera que sus
valores quedaran patentes a simple vista. Los personajes sobrenaturales o de
condición sagrada son portadores de la belleza ideal que transmiten sus serenos
rostros. La elegancia de sus gestos, el ensimismamiento místico de que hacen
gala, nos recuerdan la expresión de sus Inmaculadas y de sus Cristos. Por el
contrario, los pastores y gañanes, representantes de ese mundo cotidiano de la
España rural, ponen de manifiesto la diversidad de fuentes utilizadas por el
escultor. La estética barroca, con toda la suntuosidad de sus ropajes y con la
entidad retórica de la imagen sagrada, domina en aquellas; en éstas, por el
contrario, como ha puesto de manifiesto el Dr. Rivera, se hace eco de las
láminas que ilustran la colección de estampas de Juan de la Cruz Cano y
Holmedilla.
Un aspecto destacado del Belén es el
de las representaciones animalísticas. A excepción de los camellos de los Reyes
Magos -extraños, por su ingenuismo- las numerosas series de animales son dignas
de atención. Era lógico que en un conjunto como éste,. en el que predominan los
espacios abiertos y los amplios horizontes del paisaje rural, los ganados y sus
cuidadores, fueron cuidadosamente seleccionados. En el Protocolo de Atienza se
mencionan más de doscientas piezas de
“ganado
lanar, cabrío y benados”
además de perros, mulas y bueyes y animales volátiles. Aunque en el montaje
anual del Belén se variara la disposición de muchas de ellas, componen un
caracterizado conjunto que sorprende por la soltura de su modelado y por la
naturalidad de sus gestos.
En fin, el Belén de Salzillo resume
los más destacados aspectos de la vida y de las costumbres de la España
contemporánea. Pero su gran valor no sólo hay que considerarlo en función del
cuadro de costumbres que representa, sino más bien -y la esplendida restauración
de Mª. Paz Barbero lo ha demostrado- como el más refinado conjunto de pequeñas
esculturas realizadas en los años finales del barroco.
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LA ORIGINALIDAD DEL BELÉN DE
SALZILLO
Ha sido tendencia común en toda la
historiografía relacionar este conjunto son los modelos de belén, originarios de
Nápoles, genéricamente conocidos como presepi. En realidad, fueron estas
representaciones navideñas las más populares y conocidas de toda Europa y, sin
duda alguna, las de mayor calidad. La fama de tales presepi fue creciendo
hasta alcanzar su máxima difusión durante el siglo XVIII gracias al favor
prestado por el rey Carlos III y al hecho de dedicarse a ellos muchos de los más
importantes escultores de la corte napolitana. El presepe fijó muchas de
las normas de estas representaciones navideñas, en las que predominaba el
colorista y ruidoso mundo de la ciudad del Vesubio.
El gran escaparate urbano que
desfila por el belén napolitano llegó a dominar a estas fantásticas
composiciones, llenas de gracia e ingenio, de tipos pintorescos, de ambientes y
de personajes exóticos, de soberbias arquitecturas, entre las que no faltaron
las conocidas referencias a los impresionantes descubrimientos arqueológicos de
Pompeya y de Herculano. La conocida afición por estos belenes mostrada por
Carlos III y por su esposa, la reina María Amalia de Sajonia, abrieron el camino
a muchos artistas que convirtieron el presepe en una verdadera obra de
arte. A la larga este favor real produciría los mismos efectos en España, pues
significaría la consolidación definitiva de una tradición centenaria que,
gracias al impulso regio, entraría en el ámbito doméstico.
Con estos precedentes y con la nada
casual circunstancia del origen napolitano de la familia Salzillo, parecía
lógico pensar que la Colección Riquelme no fuera más que un reflejo a esta
orilla del Mediterráneo de cuanto se había desarrollado en la vieja Nápoles. Es
cierto que el modelo italiano trazó muchas de las líneas maestras del belén y
que sus ejemplos fueron muy solicitados, creando una industria que estuvo
vigente a lo largo del siglo XIX sin prácticamente alterar los antiguos modos
barrocos.
Por toda Europa se había difundido
la costumbre de modelar nacimientos, los cuales recibieron diverso nombre como
el de presepe en Italia, belén en España, crèche en Francia
y krippe en los países de lengua germánica. España no estuvo ausente de
esta moda. Desde el siglo XVI existen versiones navideñas, a las que se ha
asociado el nombre de determinados escultores, aunque resulte difícil precisar
con exactitud el momento en el que hizo acto de presencia por primera vez un
auténtico belén con características propias, es decir, pequeñas figurillas
exentas, modeladas en reducidas dimensiones pensadas para formar escenas
incluidas en un conjunto o diorama. Uno de los más famosos ejemplos fue el
realizado por el fraile mercedario Fr. Eugenio Gutiérrez de Torices.
Éste y otros testimonios (como el de
plata y coral regalado a Felipe II por el virrey de Sicilia Francisco de Ávalos
en 1570) confirman la difusión del belén por España, con anterioridad a la
llegada del rey Carlos III. Desde La Roldana (a la que se atribuye el misterio
central del conservado en las Descalzas Reales de Madrid) a Ramón Andreu (con el
que el nacimiento español proyectó en el siglo XIX las modas barrocas) fueron
varios los escultores que prestaron atención a este tipo de representaciones, no
desdeñando, como Pedro Duque Cornejo, una costumbre que se había popularizado
por Andalucía con destino, en la mayoría de los casos, a las clausuras
femeninas. En el reino de Valencia, José Esteve Bonet y José Ginés fueron, bien
entrado el siglo XVIII, caracterizados belenistas.
Italia había producido, sin duda,
los modelos más valiosos y espectaculares y remitido, con destino a la corte,
muchos de ellos. A lo largo del siglo XVIII escultores de la importancia de
Giuseppe Sanmartino, G.B. Gaggni, G. Pragio,. F. Viva, Salvatores Cocchiara,
Giuseppe de Luca o G.B. Poliodoro, modelaron numerosas figuras con destino a las
varias modalidades de presepe, aunque en razón del origen de algunos de
ellos les infundieron un inconfundible aire napolitano.
En realidad era Nápoles el centro
productor más caracterizado de Italia con sus coloristas conjuntos, dominados
por ese ambiente de
“evasión
arcádica”
de que habla Teodoro Fittipaldi. La influencia de la pintura de género, de
naturaleza muerta, de paisaje o de ruinas, fue paulatinamente invadiendo el
escenario del presepe al que dató de la misma atmósfera ruidosa y
variopinta de la ciudad de Nápoles. En efecto, es la ciudad la que vibra por
todas partes. Vendedores, ambulantes, músicos callejeros, puestos de carne,
verduras o pescado, mendigos,. menesterosos y pedigüeños, formaban abigarrados
conjuntos de una extraordinaria calidad, en los que prevaleció la imagen
romántica de los humildes. El misterio o los misterios de la Navidad eran tan
importantes como la ambientación escénica profana con su aire de asombrosa
vitalidad.
Muchos de los rasgos del
presepe napolitano influyeron en el belén español, pero en éste fue
importante el peso de la tradición, de tal manera que, a la hora de analizarlo,
es preciso diferenciar los valores propios de la cultura tardobarroca y rococó
-que se proyectan sobre ésta y otras modalidades escultóricas- de las que
genuinamente definen el modelo napolitano o son exclusivas del belén español.
Antes de que Francisco Salzillo
realizara el famosísimo conjunto de la familia Riquelme, en Murcia existía ya
una tradición belenística, como en otros lugares de España. Las clausuras
femeninas habían sido las destinatarias de esta clase de objetos que se
integraban en las cálidas y sencillas iconografías de la imagen conventual.
Hasta tal punto llegó a ser importante su presencia y elevado el número de
piezas que lo componían que hubo de ser habilitada una sala especial en el
convento de Agustinas para que el belén permaneciera montado durante todo el
año. Pero desgraciadamente es poco lo que sabemos de este importante conjunto,
desaparecido durante la guerra civil, si no es el recuento de unas pocas figuras
de extraordinaria calidad.
La técnica empleada por Francisco
Salzillo en el Belén de la familia Riquelme es el primero de los rasgos que lo
diferencias de los modelos napolitanos. El escultor recurrió a los métodos
tradicionales de la imagen en madera policromada, modelando íntegramente unas
figurillas que habrían de ir revestidas de color. Su efecto se conseguía por
medio de los procedimientos habituales de policromado y estofado produciendo la
misma riza sensación de las esculturas devocionales. La imaginería religiosa,
tan importante en un artista como Salzillo, fue el punto de partida para estas
pequeñas obras y la única variación vino impuesta por la ausencia de las
obligadas fases preparatorias. El resultado, técnica y estéticamente, es
diferente, pues la figura destinada al presepe estaba trazada de una
forma muy particular en la que su riqueza y vistosidad estaban modeladas en sus
partes esenciales -aquellas que estaban expuestas a la vista- pues las ricas
vestiduras sobrepuestas a un armazón interior bastaban para producir la
impresión deseada.
Este mismo concepto de la imagen
religiosa dominante en Salzillo fue definitivo a la hora de configurar los
distintos grupos, pues fue el procedimiento del que se valió el escultor para
trazar la jerarquía dominante en su Belén. El hecho religioso determina toda la
narración, de tal manera que los episodios evangélicos son los puntos esenciales
sobre los que gravita la concepción fundamental del Belén. En efecto, el
desarrollo del presepe napolitano partía de la concepción religiosa que
le daba origen para disgregarse en una serie de efectos, sorprendentes y
llamativos, que tendían a convertirlo en un cuadro de género. Lo accesorio, es
decir, aquellas escenas que servían para desplegar la incontenible imaginación
de sus autores, encontró una fuente insustituible de inspiración en el amiente
que les rodeaba y que no era otro que el desarrollo cotidiano de la vida de la
ciudad. Ésta fue, sin duda, la razón por la que tuvieron tan extraordinario
desarrollo los temas de la vida diaria en la que triunfó
“la
imagen romántica de los humildes”
y “el
amor por la vida simple del campo”,
de acuerdo con un sentimiento que -dice Fittipaldi se originó en la ciudad y no
en aquel.
El Belén de Salzillo, con las
anacrónicas recreaciones tan usadas por el escultor, describe un panorama muy
diferente. La importancia concedida a las escenas en las que se narran los
episodios evangélicos no ha de compartir su protagonismo con los tipos populares
que ambientan la narración. Éstos adquieren una función subordinada a aquellos y
mantienen una mayor fidelidad a la fuente de inspiración. La ciudad apenas si se
asoma para construir el fondo obligado de un escenario o una lejana referencia
especial en la que los hechos ocurrieron. Por el contrario, el mundo de la
España rural y mediterránea sirve de punto de partida para la inclusión en su
medio natural de pastores y de ganados que ilustran igualmente un cuadro de
costumbres que nada tiene de urbano y sí, por el contrario, de campesino. La
diferencia de escenarios es básica para entender los distintos mundos que
representan el presepe y el Belén de Salzillo como dos concepciones
diferentes en la manera de narrar los episodios de la Navidad.
Una cuestión derivada de éstas es
seguramente el soporte iconográfico dominante en el Belén. Aunque pastores y
ganados son por su número los que constituyan una seria de indudable entidad,
como ya se puso de manifiesto, no decantan, por ello, la atención hacia lo
profano. El carácter secuencial, cronológico y de misterios del Belén establece
una lectura continua como una página ilustrada de los Evangelios, por lo que la
misión reservada a lo profano será la de adornar y complementar, la de servir de
marco referencial a las escenas sagradas. Las notas cultas y la inspiración
sacada de la cultura libresca quedarán reservadas para la arquitectura, cuyos
diferentes modelos se adaptarán al carácter de la escena a la que acompañan.
Estas ideas pueden servir para
establecer algunas de las cualidades básicas del Belén de Salzillo como una
interpretación original y personal de la Navidad hecha por un entender al que no
fueron ajenas las conquistas del presepe napolitano. Es fácil entender el
impacto que estas sugestivas versiones tuvieron entre los españoles y la
fascinación ejercida por aquellas figuritas articuladas, ataviadas con vistosos
ropajes. El sentimiento del color, conseguido -como se ha explicado- por
procedimientos diversos respondía en ambos casos a una tradición secularmente
enraizada en todo el Mediterráneo, pero el sentido acumulativo, la capacidad
para trasmitir la tensión de la vida diaria, tan persistente en los modelos
napolitanos, y su total protagonismo, fueron sustituidos por una narración más
atemperada, por una sumisión mayor a la fuente evangélica y por la influencia
ejercida por los más estrictos cánones de la imagen religiosa barroca.
El Belén de Salzillo, por tanto,
puede considerarse como una aportación valiosísima, personal y original, del
artista a la historia de la escultura europea de su siglo, siendo, sin duda
alguna, el mejor exponente español de esta modalidad artística. Con Francisco
Salzillo el belén español conquistó su verdadera personalidad.
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