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DE AYER A HOY, RAFAGAS LEONESAS
Joaquín Nieves

 

Contamos en aquellos años con la estima del verinense Ignacio Estévez Estévez, militar, primer gobernador civil al iniciarse la guerra civil, en agosto de 1936, quien en ocasiones nos hizo confidencias de aquellos primeros días del conflicto con vivencias personales que publicamos en retazos de una página web gallega. El perfil del comandante Estévez nunca ocupó lugar relevante para his¬toriadores e investigadores, de ahí que, retomando aquellas confidencias, podemos incluirlas, al desaparecer personas influyentes de la vida política leonesa, como fueron, sin duda, su cuñado el doctor José Eguiagaray. Las hijas de aquel soldado estaban casadas con Fraga Iribarne y Robles Piquer, quie¬nes ocuparon altos cargos ministeriales en el franquismo. Quien fue goberna¬dor civil aquellos días del inicio de la guerra residía en su dehesa de Sahagún. Había conocido en diciembre de 1934 al general Carlos Bosch y Bosch cuando ocupó éste la Jefatura de la VIII Región en La Coruña y el Gobierno Militar de León poniéndole al frente del gobierno provincial.

Solía visitarnos Ignacio Estévez en la redacción del periódico. Así recorda­mos la fecha en que redactamos la nota necrológica y esquela de su esposa, Carmen Eguiagaray Pallarés, pésame que, a título personal, hicimos llegar a su hija Carmiña Estévez Eguiagaray, con quien nos había unido amistad en su casa solariega de Verín, donde residían su abuela doña Petra Estévez y sus tíos Manuel, también militar, Carmen, maestra, y María. Al contraer matri­monio Carmiña con Manuel Fraga mantuvimos aquella amistad con esta leo­nesa, que desde el Ministerio de Información y Turismo nos proporcionó la colección de obras de clásicos españoles, editada por RTVE con destino a un teleclub del alfoz verinense, localidad orensana que el 14 de agosto de 1964 les nombró "hijos adoptivos". Recientemente, con ocasión de participar en un acto cultural en aquella población (prensarla, comprobamos que una placa con dedicatoria a Carmen Estévez, hija predilecta, presentaba "pintadas" alusi­vas al señor Fraga, presidente que había sido del gobierno gallego, que nos causó desasosiego por haber sido testigos de sus desvelos por la ciudad por la que mostró gran cariño.

Había nacido en León en 1925 y al trasladarse la familia a Madrid en 1945, estudió Derecho en la Universidad Central. Recordaba el día en que conoció a Manuel Fraga con ocasión de leer éste su tesis doctoral y, después de tres años de noviazgo, contrajeron matrimonio en la capital de España en 1948 ante la ima­gen de la Virgen del Camino, que siempre decía tenía gran devoción. Tuvo el matrimonio cinco hijos y residió en León, Madrid, Londres, donde Fraga fue embajador de España y, al ser elegido presidente de la Xunta, hasta su falleci­miento a consecuencia de un cáncer en 1996 vivió en Perbes, donde se había repuesto de las lesiones a consecuencia de un accidente de automóvil.

En un trabajo recogimos aquella etapa de don Ignacio Estévez, quien nos faci­litó detalles del Alzamiento en León, cuando el 18 de julio llegó a la capital el inspector general del Ministerio de la Guerra, general Juan García Gómez Caminero, acompañado del general Ramírez y el ayudante Manuel Ordax, comandante de Infantería, quienes gestionaron la entrega de armas en las cer­canías de Onzonilla, procedentes del cuartel de Astorga para entregar a mine­ros asturianos que se dirigían a Madrid, fusiles y mosquetones defectuosos, sin percutor, según el informe que el maestro armero presentó a mandos milita­res conjurados en la sublevación. Todo esto y mucho más recordaba Estévez y retenía en la memoria.

García Gómez Caminero y séquito, -según Ignacio Estévez- temiendo ser detenidos, posiblemente alertados por un confidente, no regresaron a la capi­tal, trasladándose en dirección a Benavente para dirigirse a tierras gallegas por Puebla de Sanabria; pero, a la altura de la localidad de Requejo, el vehículo ofi­cial que ocupaban los mandos militares fue tiroteado, sin que, a ciencia cier­ta, quedase demostrada la autoría de quien efectuó disparos, que unos atri­buyen a trabajadores del ferrocarril estratégico Zamora-Orense y, según otros, a efectivos de la Guardia Civil y falangistas. Lo que sí conseguimos saber décadas después, por su sobrino Javier García, magistrado, en un almuerzo en el Casino Peñalba, que su tío logró cruzar la frontera portuguesa por Villavieja, en la divisoria de las provincias de León, Zamora y Orense, evitando ser apresados y linchados, llegando los tres militares a las localidades lusita­nas de la raya fronteriza de Nimantes y Vingues donde guardias fiscales por­tugueses -guardinhas- les encaminaron al viceconsulado de España en Miranda de Douro, dato éste para nosotros novedoso. Nos desveló el sobri­no del general, que su tío retornó a zona republicana por Badajoz, para llegar el 4 de agosto del 36 a Madrid, no el día 1 que aparece en un trabajo, entre­vistándose con Casares Quiroga e Indalecio Prieto en el Ministerio de Marina en la calle Montalbán, para reintegrarse a su despacho en el Ministerio de la Guerra. Como dato inédito, que no consta en ningún estudio y del que fuimos testigo, añadiremos que el vehículo de García Gómez Caminero y acompa­ñantes fue trasladado a Verín, como "trofeo" de guerra, donde permaneció esta­cionado frente al "Hotel Dos Naciones", mostrando impactos de bala en la par­te posterior y en el asiento había fajines de general y una cartera de mano que fue examinada por un mando militar en el "Casino", frente el hotel, don­de había anotaciones breves con contactos leoneses y el previsto en Galicia con Ceano Vivas, del Regimiento de Orense, quien ya se había sumado a la rebe­lión con militantes falangistas, procediendo a la detención del gobernador y su secretario político, el abogado Aníbal Arias Cid, casado con la hija de un general de E.M., siendo "paseados" los dos políticos.

En la Redacción de "Proa", existía un mueble librería con los tomos del "España", procedente del Ateneo Obrero y colecciones de "Historia de la Cruzada", donde se hacía referencia a la sublevación militar en León en el fas­cículo IV, páginas 134 y siguientes y en el II página 140, que incluía el texto de Félix Gordón Ordás, desde Méjico: "Mi política fuera de España", y la "Historia de España", de Tuñón de Lara, editada en Barcelona, así como un ejemplar del "Boletín Oficial de la Provincia". Consultadas aquéllas de las que conse­guimos notas relacionadas con movilizaciones en la ciudad, como sindicalis­tas de UGT y la CNT, al grito de UHP se reunieron en el edificio de la Casa del Pueblo al objeto de hacer frente a los sublevados, siguiendo instrucciones de las autoridades civiles que habían contactado con Madrid, donde la situación era preocupante por las noticias que llegaban de Marruecos. En aquellas horas de confusión, el teniente José González, indeciso al lado de los rebeldes, fue sus­tituido por el teniente Emilio Fernández al mando de los guardias de Asalto y Seguridad, quien arengó al personal a que defendiese al Gobierno legítimo de la República, mientras Emilio Francés, en su despacho del Gobierno Civil, estimaba controlada la situación por contar con el apoyo de la Guardia Civil a las órdenes del teniente coronel Alfonso Muñoz. Según algunos historiado­res en la madrugada del 19 de julio grupos sindicalistas y somatenes habían con­seguido escopetas y pistolas en una armería.

Por uno de aquellos militares supimos que la tropa y mandos permanecí­an acuarteladas y la autoridad civil estaba alertada de que la oficialidad del Regimiento de Burgos 36 esperaba la orden de sumarse a la rebelión para salir y tomar la calle, como se desprende de un telegrama remitido a los mandos mili­tares de Astorga con el texto: "Estad preparados para el partido de fútbol de mañana" (Fascículo IV. Tomo 15, pág. 134 de Historia de la Cruzada Española), y una cuartilla con diversas anotaciones donde se decía que habían llegado a León 4.000 milicianos y mineros asturianos que, según Tuñón de Lara, fueron 2.500, al frente de ellos guardias de asalto con algunos mandos quienes se diri­gieron al Cuartel de la Guardia Civil y Comandancia, donde el coronel Afonso Muñoz prometió entregar, pero encontró la enérgica oposición de dos capi­tanes, conjurados con la rebelión, precisamente en la mañana que esperaban la llegaban a León el comisionado del Ministerio de la Guerra, Juan García Gómez Caminero, uniformado, acompañado por el general Rafael Rodríguez, quienes se entrevistaron en el Gobierno Civil con Emilio Francés y oficiales del Ejército y Asalto, comunicándose telefónicamente con el gobernador militar Carlos Bosh para que se entregasen armas al grupo de milicianos asturianos en las afueras de la capital. Fueron entregados unos doscientos mosqueto­nes y 4 ametralladoras de campaña, que, según algunas versiones, procedían del Cuartel de Astorga y coinciden con la versión de Ignacio Estévez de que los cerrojos y percutores estaban defectuosos, motivo por el que García Gómez Caminero no firmó el documento de entrega. En el citado tomo 15 de la "Historia de la Cruzada Española" encontramos el dato referido a las guar­niciones y cuarteles de la Provincia con unos 500 soldados en el Regimiento Burgos 36, a los que se añaden 379 guardia civiles y 180 de Asalto; en Santocildes de Astorga un batallón del Regimiento 36 con 320 militares y 30 de la Guardia Civil, que en el cuartel de Ponferrada tenía 193 números, con una escuadrilla de aviación en la Base de la Virgen, efectivos armados que se verían incre­mentados al incorporarse voluntarios y reservistas.

Al ver las autoridades gubernativas que los mandos del Ministerio de la Guerra se desplazaban a Benavente y que milicianos y sindicalistas abandona­ban la ciudad para dirigirse a Madrid, quedaron convencidos del fracaso de la gestión, considerándose engañados por Bosch. Mientras los sindicalistas de CNT Y UGT anunciaban la convocatoria de huelga para el 20 de julio, censurando la decisión tomada por García Gómez Caminero, quien les había dejado en la esta­cada, a su suerte, huyendo, convencido de que el Ejército le traicionaba, con­formándose con la entrega de mosquetones y fusiles inservibles que entregó a los asturianos, no regresando a León donde contaba con el apoyo de sindicalis­tas y algunos militares afines a la República para impedir la sublevación.

Así la situación, el día 20 la tropa de reemplazo, a la que se sumaban efec­tivos de la Benemérita y de Asalto, salió a la calle, dirigiéndose al Gobierno Civil, "Radio León", Telefónica y otros edificios públicos y religiosos, el Ayuntamiento y Diputación, apoyados por organizaciones de derecha, espe­cialmente afiliados a Falange, registrándose forcejeos en el Gobierno Civil y Casa del Pueblo, reseñando un historiador que el grupo de afines a la República se entregó a los rebeldes al tener aviso de que el edificio del Gobierno Civil iba a saltar por los aires, bombardeado por militares de la Virgen del Camino. Según "Historia de la Cruzada Española " (pág. 140), con el gobernador civil señor Francés, fueron detenidos los señores Barthe, Vela Zaneti, el alcalde Miguel Castaño y los capitanes Rodriguez Lozano y Timoteo Bernardo, el que había sido presidente de la Diputación Ramiro Armesto y el inspector de Primera Enseñanza señor Ferrer.

Nos comentaba Estévez que durante aquellos días se registraron enfren­tamientos entre asturianos y soldados en los aledaños de la ciudad por la zona de la Copona, huyendo en dirección al Principado unos doscientos sindica­listas. Bosch se puso al frente de los sublevados y un teniente, a través de la ocupada "Radio León". dio lectura a una proclama para tranquilizar al vecinda­rio, recomendando se sumase al nuevo régimen que en aquellos momentos dependía de una Junta Militar que daba instrucciones para que los jefes mili­tares de provincias decretasen el estado de guerra en las mismas, distribu­yendo un "bando" que, en León, fue redactado por el coronel jefe del Regimiento acantonado en el Cuartel del Cid, Vicente Lafuente, quien alcan­zó el grado de general. Así las cosas, a partir del día 23 la normalidad fue la tóni­ca generalizada en casi toda la provincia, a excepción de la divisoria con Asturias y Santander donde se había consolidado el frente. Estévez se hacía car­go del Gobierno Civil el 5 de agosto; Enrique González Luaces, de la gestora municipal; y Joaquín López Robles, de la Diputación, abriéndose un fichero para clasificar a quienes eran adictos al nuevo régimen o que no colaboraban con el mismo. El primer documento que firmó Estévez -nos decía- fue una circular recabando donativos, colectas ineludibles en aquel momento:"La Patria nos lo pide y es mal español quien lo niegue". Todo esto sucedía cuando aquel aero­plano republicano conocido como el "Negus" en una incursión sobre León arrojó una bomba, lo que motivó se tomasen medidas para la defensa antiaé­rea, pues se había divulgado el rumor que el objetivo era la Catedral.

Ignacio Estévez estaba convencido de que el fallido intento de García Gómez Caminero fue decisivo en aquellos primeros días de guerra, tras fracasar al no controlar la situación en la ciudad, donde se declaraba el estado de guerra militar, facilitando que los accesos a Castilla por El Bierzo y Sanabria, dejaban aislado el frente de Asturias al norte de la provincia y, no así el sur y el oeste leonés, que permitió el paso de tropas de Galicia hacia Castilla para unirse a banderas de la Falange vallisoletana y las JONS de Onésimo Redondo en el Alto de los Leones. Ciñéndonos a vivencias retenidas de forma confidencial por quienes participaron en conversaciones de las que no había constancia en escri­tos a los que no se les daba curso oficial, por lo que hay que ceñirse a investi­gaciones de historiadores con sus versiones más o menos interesadas.

Otro testigo de aquella fecha inicial de la guerra fue el doctor Enrique González Luaces, lucense de Villalba, que ejerció la medicina en Pajares de los Oteros, donde se casó con la propietaria de viñedos "prieto picudo", de ahí que muchos le considerasen enólogo y buen catador de caldos de la tierra y en León residió en un piso de Lubén en la calle Ordoño, llegando a ocupar la secretaría y presi­dencia del Colegio de Médicos, cuyo "Boletín" había publicado su trabajo sobre un caso de distrofia de vesícula. Metido Luaces en política, a raíz de los sucesos de Asturias de 1934, el 21 de julio del 36 el comandante militar general Carlos Bosch le encargó se pusiese al frente de la Alcaldía con una gestora adicta y, días después, el hedillista fue nombrado presidente de la Diputación.

De Luaces, con quien sostuvimos conversaciones en su consulta, conservaba anotaciones con caligrafía inglesa y recortes de prensa figurando entre sus libros la "Guía cómica de León", de "Lamparilla" y "Bujía", -Carmelo Hernández Moros y Angel Suárez Ema-, que elogiaban los vinos de su bodega con la inge­niosa frase: "El que a León vino y no vino a vender vino, nadie sabe a lo que vino".

Ciñéndonos a su militancia política sabemos que Luaces era hedillista, motivo de su "depuración" y retirado del cargo. Solía reunirse diariamente para disputar partidas de naipes con el propietario de "La gafa de Oro", un fotó­grafo alemán que revelaba rollos de película para el óptico y el sacerdote y periodista González de Lama, falleciendo de un infarto en presencia de éstos el día de de San Andrés de 1953, entierro y reseña que Manolo Valdés publi­caba en "Proa".

En relación con el Alzamiento hay que dejar constancia del protagonismo del general de brigada, Toribio García Cabrera, nacido en la pedanía astorgana de Santa Colomba de Somoza, trasladándose cuando tenía 18 años para alistarse voluntario en el regimiento de artillería de El Ferrol, ingresando en la Academia de Infantería, siendo destinado a Lugo, participando en la defensa de la isla de Cuba. En 1920, ascendido a teniente coronel, hizo una meteórica carrera mili­tar, participando en unas maniobras en los montes de León, en las que tam­bién estuvo Franco, le fue concedida la Gran Medalla al Merito Militar.

Durante la República fue nombrado subsecretario del Ministerio de la Guerra en la calle de Alcalá. Coincidiendo con otros altos cargos militares, entre ellos el general de E.M., nuestro pariente Joaquín Nieves Coso.

García Cabrera, que permaneció leal a la República, fue el soldado más condecorado del ejército. Al mando de las fuerzas en el Sur, al finalizar la con­tienda, invitado a salir de España con exiliados republicanos, se negó, siendo detenido y degradado, en juicio sumarísimo condenado a muerte v ser fusilado el 23 de junio de 1939.

En fecha reciente, el 26 de marzo de 2008, fue rehabilitado, entregándosele a la familia su fajín azul, celebrando actos en su memoria en su pueblo natal y en Astorga; donde, a mediados del último siglo, se le recordaba como estra­tega, asegurando veteranos soldados que de haber acudido a León como mando del Ejercito del Norte en aquellos días de inicio de la rebelión en lugar de su compañero del Ministerio Juan García Gómez Caminero, es pro­bable que el Batallón del Regimiento de Burgos, destacado en Astorga no se hubiese unido a los sublevados cuando, nos consta, que éstos estaban con­jurados en la conspiración.

En el presente siglo se publicaba en "El Diario", con ocasión de adquirir el Archivo de Salamanca, unos manuscritos de puño y letra del doctor Luaces en los que se decía que éste había sido "fusilado por masón", información que nos sorprendía, pues ninguno de sus biógrafos la había recogido en su momento, hecho incluso desconocido por quienes le habían tratado y conocido, des­mentida la noticia por una descendiente.

Muchos de aquellos profesionales de la Medicina, miembros del Cuadro Médico de la Asociación de la Prensa, en cuyo honor se ofrecía anualmente una cena de confraternidad el día del Patrono San Francisco de Sales, el 29 de enero, recordaban en sobremesa a quienes ocuparon puestos directivos en el Colegio y el paso por el mismo de González Luaces. Lo que sí podemos afirmar rotundamente es que no fue fusilado por masón, información que desmentimos al trazar aquí su perfil humano, profesional y politico, afirmando que fue un buen leonés de adopción, un médico con profundos conocimientos en su especiali­dad y un frustrado político, aunque otros opinen lo contrario sosteniendo la polé­mica, cuando la realidad sólo tiene un camino en el que nos hallamos los que nos consideramos amigos, como lo fueron compañeros tan ilustres con domicilios cercanos al suyo en la acera de enfrente en Ordoño: Félix Salgado Benavides, patriarca de la medicina leonesa, Medalla al Mérito en el Trabajo, a quien entrevistábamos para "Proa"; y sus sobrinos Fernando Salgado Gómez, jefe del Servicio de Oftalmología del Hospital Provincial; y su hermano Enrique, oftalmólogo, residente en Barcelona, a quien citarnos en el apartado de inte­lectuales leoneses, autor de narraciones sobre miopía, libros que nos dedicaba y remitía dada la amistad que mantuvimos con aquella familia.

Otro de los políticos con quien compartimos amistad en aquellos años de posguerra, pocas veces mencionado al margen de la actividad cultural, fue Francisco Roa de la Vega, considerado en círculos sociales como uno de los intelectuales destacados, de su generación. En torno a una mesa camilla en su residencia en el Paseo de la Condesa disfrutábamos de su conversación, refi­riendo acontecimientos en la capital a raíz de la Revolución de Octubre del año 34 en Asturias y las cuencas mineras leonesas, sucesos que influyeron en su pensamiento conservador, obteniendo el acta de diputado en las elecciones de febrero de 1936 en la candidatura de coalición derechista en las que se pre­sentó por Renovación Española.

Roa de la Vega defendió con énfasis la tradición religiosa secular, luchador hasta la saciedad de la unidad de España frente al separatismo que surgía en algunas regiones como Galicia, el País Vasco, atacando la autonomía de la Generalidad de Cataluña, que -según él- permitió en gran parte el Alzamiento militar y el pronunciamiento en León, del que fue testigo, permaneciendo al margen de la situación en momentos convulsivos y confusos retirándose de la vida activa política para ser un espectador, atendiendo a la formación de sus hijos en su vocación universitaria y cultural.

Colaboró con la Asociación de la Prensa en múltiples ocasiones y uno de los últimos actos, al lado de los periodistas, fue aceptar ser el mantenedor del fes­tival de despedida del "Teatro Trianón", donde dio lectura a un sentido pre­gón, bella pieza literaria digna de un veterano orador intelectual. Aunque la ciu­dad dio nombre a una calle, su personalidad fue lentamente quedando olvidada. La familia Roa Rico tan vinculada a la capital sabe que aquellos viejos profe­sionales del periodismo esta en el recuerdo constante.